XVII
Pasados los primeros días, se apoderó de mí la idea de volver
pronto al lugar de mi residencia, a ver de reparar el estrago
causado en mis cortos intereses por los defensores del Gobierno; y
pensando en esto me hallaba cuando recibí un recado del doctor
Murillo en que me daba cita para su casa en ese mismo día, e
inmediatamente me trasladé a ella. Se hallaban allí reunidos varios
santandereanos tratando del asunto que había motivado mi
llamamiento, del cual fui enterado al llegar. Era el nombramiento
que el Presidente provisional de los Estados Unidos de Colombia se
proponía hacer en mí para Presidente de Santander.
El único ciudadano que tenía entonces título constitucional para
ejercer la Presidencia de aquel Estado, era el doctor Eustorgio
Salgar, quien había sido nombrado Procurador general antes de la
revolución; pero este distinguido patriota, cediendo a los ruegos
de su familia, de que había estado separado largo tiempo, acababa
de aceptar el empleo de Jefe de Sección de la Secretaría de
Hacienda, y estaba ya en posesión de él.
Yo manifesté a la junta que por mí mismo no tenía inconveniente
para aceptar ese o cualquiera otro nombramiento que se me hiciese
durante la guerra; pero que por respeto a la opinión pública de
Santander -que hasta entonces se había mantenido celosa en todo lo
relativo a los títulos de sus gobernantes- era de concepto que se
hiciese un último esfuerzo para decidir al doctor Salgar a
encargarse de aquel puesto, que de derecho le correspondía.
En fuerza de esta observación se resolvió por la junta enviar
nueva comisión al doctor Salgar; y luego que se supo que él cedía a
esta nueva excitación, me manifestó el doctor Murillo que, en su
concepto, estaba yo en el deber de ir a presentar personalmente mi
excusa al Presidente provisional.
Dudando de que el General Mosquera me reconociese, invité al
doctor Marcelino Gutiérrez para que me acompañara a la visita.
Acabábamos de subir la escalera cuando el General apareció en la
puerta del frente a despedir a uno de sus numerosos visitantes, y
le bastó alzarse los anteojos para reconocerme. Adelantándose hacia
mí me tendió la mano, y después de haberme hecho entrar y dado
asiento a su derecha, inició la conversación con esta pregunta:
-¿Recuerda usted la noche aquella que hablamos en Pinchote de
los cariños que le habían hecho a usted los melistas, de los cuales
me había dado noticia mi Secretario el doctor Vanegas?
-Por supuesto, General, le contesté.
Luego añadió:
-Para que usted vea que yo sí tengo memoria.
¡Cómo si la tenía!
Entre mil pruebas que dio entonces de que conservaba en su vigor
juvenil esa preciosa facultad, citaré una de las que más me
llamaron la atención.
El año de 1854, cuando el General Mosquera pasaba por la
provincia del Socorro a la cabeza del ejército del Norte, se le dio
denuncio de que el doctor Ramón Ardila, agente de Melo, sobre quien
pesaban graves acusaciones, y más que todo, fuertes antipatías, se
hallaba oculto en determinado lugar. El General hizo llamar a un
oficial cualquiera, y le dio orden de marchar con un piquete de
tropa al punto designado, y de traer vivo o muerto al doctor
Ardila. Este oficial, que era el Subteniente Alejandro Navas, al
oír semejante orden, suplicó al General que le excusase de
cumplirla, a no ser que tuviese a bien revocar la última parte de
ella.
Este joven había venido a Bogotá entre los prisioneros de El
Oratorio, y como desease ir al Cauca, se valió de un amigo suyo
para que lo recomendara al Presidente, a fin de obtener colocación
en la primera fuerza que se destinase al Sur.
No bien hubo oído el General pronunciar el nombre de Alejandro
Navas, cuando interrumpió al sujeto que le hablaba, diciendo:
"Este oficial no me gusta; es muy discutidor".
Sin embargo, hizo extender el nombramiento.
Nada de extraño tiene que al cabo de siete años recordase el
General Mosquera lo sustancial del incidente; pero el hecho de no
haber olvidado el nombre del oficial, a quien no había conocido
antes ni vuelto a ver después, sí es una prueba de extraordinaria
memoria.
Volviendo a la interrumpida conferencia, ella terminó de modo
muy satisfactorio para mí. El General se mostró satisfecho con la
noticia que le di de que el doctor Salgar estaba dispuesto a ir a
Santander, y yo le ofrecí, por mi parte, que ayudaría en cuanto
pudiese al restablecimiento del régimen constitucional en dicho
Estado.
Sabido es que el doctor Salgar se encaminó días después hacia
Santander con el ejército que se destinó a abrir operaciones sobre
este Estado, a las órdenes del General Santos Gutiérrez.
A pesar de la ocupación de la capital, la guerra continuaba sin
tregua en diversos puntos de la República, lo mismo en el Norte que
en el Sur y Occidente, y las medidas propias de aquella situación
no debían escasear. El General Mosquera habría de continuar, por
tanto, investido de un poder discrecional; y en tal estado de las
cosas, la situación personal del doctor Murillo, como hombre de
doctrina y Jefe de partido, era sumamente embarazosa. Esta
consideración me determinó a solicitar del Presidente provisional
una Legación para aquel eminente servidor de la causa liberal, y
así lo hice aprovechando la ocasión de una visita de despedida que
le hice antes de irme para Santander.
El General recibió con visible agrado mi indicación y me
manifestó que acreditaría al doctor Murillo como Ministro en
Francia o en Bélgica. No habló de los Estados Unidos, porque
pensaba ya, seguramente, en ofrecer esa Legación al General
Herrán.
Luego que el tercer ejército ocupó la capital de Santander, el
Presidente convocó la Asamblea legislativa elegida en 1860, de la
cual era yo miembro, e inmediatamente me dirigí al lugar de la
reunión.
Como el período constitucional de los Diputados estaba ya a
Punto de expirar, la Asamblea sólo pudo tener tres días de
sesiones, pero en ellas reorganizó la hacienda pública
estableciendo el monopolio del aguardiente por cuenta del Estado
(Ley de 14 de Septiembre), y el impuesto de degüello a razón de un
peso por cabeza de ganado mayor. Dictó otras disposiciones menos
importantes, y convocó una Asamblea constituyente para el año de
1862.
Para monopolizar el aguardiente estaba autorizada por el acto
legislativo reformatorio de la Constitución del Estado, expedido el
1° de Junio del año próximo anterior.
XVIII
Los decretos dictatoriales sobre tuición y desamortización,
expedidos en Septiembre de aquel año, hicieron tan en lo vivo al
partido conservador, y lo exacerbaron a tal punto, que,
excediéndose a sí mismo, hubo de realizar la fábula de Anteo.
Si tan poderoso esfuerzo hubiera sido hecho seis meses antes, el
desenlace de la guerra habría sido probablemente muy distinto, a
pesar del genio revolucionario que desplegó el caudillo liberal, y
no obstante la incontestable superioridad en el combate que en lo
general ha mostrado siempre la oficialidad liberal sobre la
conservadora; pero lejos de unirse y compactarse aquel partido
cuando las circunstancias se lo aconsejaban, se dividió
profundamente por las causas que atrás se han apuntado; de ahí el
que sucumbiese ante un enemigo al cual aventajaba considerablemente
en organización y en elementos de guerra.
La llamada guerrilla de Guasca, alentada y sostenida por el
clero, llegó a constituír en pocos días un ejército.
En el Norte, el General Canal, aprovechando el armamento
introducido por Cúcuta, se hizo de tal modo fuerte, que después de
impedir durante varios meses la entrada en Pamplona del tercer
ejército, emprendió larga entrada hacia el Sur, abriéndose paso en
las cercanías del puente de Boyacá por entre las filas del ejército
que mandaba el General Mosquera, y combatiendo después valerosa
pero estérilmente en San Agustín.
En el Cauca y Antioquia se levantaron también numerosas huestes;
por lo cual puede decirse que este segundo acto de la guerra, si
menos sangriento, fue más formidable que el primero.
Además de esos ejércitos regulares, las guerrillas conservadoras
pululaban, así en el centro como en el Norte de la República.
Recuerdo que estando todavía ocupado Santander por el tercer
ejército, la pequeña guarnición de Vélez fue asaltada más de dos
veces por guerrillas conservadoras. Por consecuencia de uno de esos
asaltos tuve que salir de la ciudad a pie, a las cinco de la
mañana, a reunir por fuera alguna fuerza para rescatar el
cuartel.
Otro de los asaltos de que hago memoria, ocurrido algún tiempo
después, fue seguido de un acto de arrojo que merece ser referido
con todos sus detalles.
Treinta o cuarenta guerrilleros tomaron por sorpresa el cuartel
a las cuatro de la mañana, y llevándose todos los elementos de
guerra que allí encontraron, lo abandonaron a las cinco. Media hora
después partían en persecución de ellos, armados de trabuco y
lanza, Belisario Guerrero, Miguel Vanegas y José María Parra. En el
sitio de Loma Alta, distante tres cuartos de hora de la ciudad,
dieron alcance a los guerrilleros, y después de haber tendido en
tierra al primero que se les encaró, acometieron con tal ímpetu a
los demás, que casi en seguida los vieron huír en vergonzosa
derrota, abandonando el parque que habían tomado en Vélez y gran
parte del que les pertenecía.
Estos tres jóvenes se habían distinguido peleando valerosamente
en Güepsa, y los dos últimos fueron los que tomaron en El Oratorio
un cañón al enemigo; pero el ataque a la guerrilla fue, sin duda,
su mayor hazaña. Lástima es que esa acción distinguida de valor
hubiera tenido lugar en tan insignificante ocasión. Mas, cuántas
otras superiores a ella han pasado también en la oscuridad!
A medida que el tercer ejército abandonaba el territorio
santandereano para seguir en persecución del que mandaba el General
Canal, la reacción conservadora surgía en pos de aquel movimiento
con inesperado vigor. Pronto fue organizada en Bucaramanga una
columna de trescientos hombres al mando de un valiente joven
oficial, de apellido González, y bajo la superior dirección del
titulado Presidente provisional doctor Ramón Rueda Navarro.
En Charalá y Gámbita, los Coroneles Floro Gómez y Luis Felipe
Jaramillo organizaron una fuerza igual a la anterior; y a mediados
de Febrero, otra columna de trescientos hombres, procedente de
Chiquinquirá y mandada por el Coronel Bartolomé Cobos, invadió por
el Sur el territorio de Santander.
Cuando esta invasión tuvo lugar se ignoraba en Vélez lo que por
el. Norte y centro del Estado estaba ocurriendo; pero viéndonos
amenazados de cerca los liberales de aquella ciudad por la fuerza
de Cobos, y siendo aquella nuestra única salida, la adoptamos, sin
saber a dónde iríamos a parar. Después de haber detenido al enemigo
por dos días en el paso de Juntas, continuamos la retirada hasta
San Gil, donde encontramos al Presidente Salgar, apoyado por una
compañía de ochenta hombres, al mando del valiente Capitán Antonio
Vázquez y por los señores Ruedas Martínez, vecinos notables de
aquel lugar.
Pocos días antes de esa fecha habían tenido lugar dos
acontecimientos, que tenían consternada la población: la muerte de
los distinguidos jóvenes Luis Flórez y Cupertino Rueda, a manos de
feroces guerrilleros. La del primero se había ejecutado en la misma
plaza de San Gil, y la del segundo a inmediaciones de Pinchote. Los
hermanos del joven Rueda, que no habían tomado parte en la lucha
armada, se pusieron inmediatamente en campaña; y como personas
acaudaladas y de influencia, prestaron de ahí en adelante
importantes servicios a la causa de la legitimidad en Santander,
que era entonces, como había sido antes, la de sus simpatías.
Pero no pasaré adelante sin detenerme un momento ante las tumbas
de aquellas dos interesantes víctimas del furor salvaje de nuestras
guerras civiles, de aquellos dos mártires del deber patriótico, el
primero de los cuales fue íntimo amigo mío.
El Secretario de Vicente Herrera y compañero suyo en Girón y en
Suratá, después de haber ocupado un asiento en el Congreso de 1860,
hallándose al servicio del Gobierno de Bolívar en la lucha con el
de la Confederación, había caído prisionero en Santamarta, de donde
fue trasladado por su vencedor Arboleda a las bóvedas de Panamá;
este pundonoroso e inteligente joven, descendiente inmediato de uno
de los más connotados hijos de la ciudad de Vélez, el doctor Angel
María Flórez, acababa de unirse en matrimonio con una distinguida
señorita, hija de esa misma ciudad, cuando tuvo jugar la amenaza a
la población, y la consiguiente retirada de que he hablado. No
habiendo bastado los ruegos de su compañera de sólo ocho días para
decidirlo a ocultarse, se incorporó en la expedición, y como
hubiese enfermado al segundo día de marcha se adelantó en busca de
asistencia médica acompañado del doctor Leonidas Olarte.
Hallábase una noche en San Gil, en casa de un amigo suyo, cuando
recibió aviso de que la plaza había sido ocupada por una guerrilla
enemiga. Sin reparar en el peligro salió solo y desarmado de
aquella habitación, probablemente en busca de amigos o
copartidarios a quienes unirse para ensayar alguna resistencia; y
como la noche estaba muy clara, a poco de haber pisado la calle
vino sobre él un grupo de guerrilleros y le atravesó con sus
bayonetas.
El joven Rueda acababa de volver al lado de su anciano padre,
después de recibir en la Universidad Nacional el grado de doctor en
Jurisprudencia. Pertenecía, como se ha dicho, a una respetable y
acaudalada familia; el porvenir que se abría ante sus ojos era muy
halagüeño. Pues bien, esta vida de esperanzas para la familia y
para la patria, fue sacrificada del modo más bárbaro y cobarde de
que hay memoria en los anales de nuestras contiendas
domésticas.
Después de corta conferencia con el Presidente y el Comandante
Ramón Rueda Martínez, se resolvió contramarchar al Socorro, para
reforzar allí la pequeña columna formada por nuestras fuerzas
unidas; objeto que se consiguió en breve tiempo y en la medida de
lo posible, debido principalmente al patriotismo que ha distinguido
siempre a esa valerosa población.
Entretanto la fuerza enemiga, que mandaban Jaramillo y Gómez se
movió rápidamente sobre San Gil. Para no dar tiempo de que se le
uniera la que estaba en Bucaramanga, era preciso atacar
inmediatamente a la primera, y así se resolvió.
A las cuatro de la tarde del siguiente día, estando ya en la
entrada occidental de San Gil, conferenciábamos el Presidente y yo
sobre el modo de atacar la plaza, cuando vimos que nuestra
vanguardia se precipitaba hacia el centro de la cuidad. Seguimos el
inesperado movimiento, y pronto descubrimos qué el enemigo salía en
retirada.
Fácil era para comprender la causa de este movimiento, ejecutado
a la vista de nuestra tropa, por un enemigo superior en número y
que ocupaba una plaza fortificada; mas, para cerciorarme de la
verdad, me puse a caza de informes con el interés que es de
suponerse, y a las siete de la noche pude saber de un modo
indudable que cuando nuestra tropa se acercaba a la ciudad, el Jefe
de la plaza recibió orden perentoria del Presidente provisional de
no comprometer acción y de acercarse al Chicamocha, donde ese día
la columna procedente de Bucaramanga pasaba el río por Tarabita,
pues que entonces no había puente en ese lugar.
El conocimiento práctico de aquellas localidades me sugirió al
instante el partido que podíamos sacar de la situación en que
acababa de colocarse el enemigo; y me dirigí sin tardanza al
Presidente para comunicarle el plan concebido.
De San Gil parten dos caminos con dirección al paso del Sube.
Uno de ellos, el más directo, remonta casi perpendicularmente la
peña que se levanta al Norte de la ciudad; y el otro, pasando por
un puente la quebrada de Curití, sigue por la falda de la serranía
oriental que cae sobre dicha quebrada. No pudiendo el enemigo tomar
el primero de dichos caminos porque habría quedado expuesto a
recibir nuestros fuegos por retaguardia, tomó el segundo, y fue a
acampar esa noche en el sitio de
Campo hermoso, que dista
una hora o poco más de la ciudad.
El plan a que me refiero consistía en salir de la población a
las doce de la noche, por el camino que nos había dejado libre la
fuerza que acababa de retirarse; adelantarnos a ésta y caer, al
romper el día, sobre la columna que, a esa misma hora, debía estar
subiendo la cuesta que queda de este lado del Sube; movimiento
tanto más certero cuanto el Jefe de dicha columna debía tener ya
como cosa indudable que entre su fuerza y la nuestra se hallaba
interpuesta la que, por orden suya, se había retirado de San
Gil.
"Sorprenderemos al enemigo -recuerdo haberles dicho al
Presidente y al entonces Comandante (hoy General de la República)
señor Ramón Rueda Martínez, que estuvo presente a la conferencia-
sorprenderemos al enemigo y lo obligaremos a rendirse sin disparar
un tiro".
Después de esto nos separamos, ellos a descansar y yo a ponerme
al lado del Jefe de día, a fin de no dejar pasar ni un minuto la
hora señalada para empezar el movimiento, pues que el tiempo y la
distancia estaban medidos. A las doce en punto me presenté en el
cuartel y comuniqué al comandante Floro Franco la orden de marcha.
De ahí pasé a la habitación del Presidente.
Nuestra situación era demasiado crítica para que yo pensase en
dormir. Nos hallábamos rodeados por tres cuerpos de tropa, cada uno
de los cuales era numéricamente superior al nuestro. En nuestras
guerras, que en lo general pueden llamarse de partidas, el que
menos duerme tiene a su favor, por ese solo hecho, grandes
probabilidades de triunfo. Conocer día por día, y si posible hora
por hora la situación del enemigo; informarse hasta de sus menores
movimientos y estudiar, punto por punto, la topografía del terreno
en que se ha de maniobrar, es tener mucho adelantado para obtener
el triunfo.
Confiando en el propio denuedo y en la disciplina y valor de las
tropas que mandan, nuestros Generales suelen descuidar un poco esas
precauciones; pero como, por otra parte, es un hecho que sus
formidables acometidas rompen cuadros, toman trincheras y deshacen
escuadrones, nada se les puede objetar. La victoria todo lo cubre
con su esplendoroso manto.
Sintiendo pesar sobre mí toda la responsabilidad de aquel
movimiento, tomé la delantera en compañía del jefe departamental de
Vélez, señor Diego Uscátegui, y de tres o cuatro oficiales
clérigos sueltos, hasta llegar a un punto denominado
Sauce, donde se abrían entonces -que hoy parece ser más
adelante- dos caminos para el paso del Sube: el de
Montegrande y de
Corregidor. Estas vías se apartan
considerablemente una de otra, y como ninguna de las dos Puede ser
recorrida por tropa en menos de dos horas, resultaba de ahí que, en
caso de no acertar con la que traía el enemigo, el movimiento
quedaría frustrado.
Preocupado estaba yo con esta nueva dificultad, cuando al través
de la bruma (empezaba a amanecer) vi venir dos hombres a pie por el
camino de
Montegrande. Confiadamente se acercaron a mí, y
aquel de los dos que parecía más despierto, sacó un pliego de su
guarniel y lo puso en mis manos. Venía dirigido al Coronel Floro
Gómez, y en él se decía que la columna que acababa de pasar el Sube
tomaría el camino de
Corregidor.
Mientras me imponía de la comunicación, el portador de ella, con
una perspicacia que hasta hoy no he dejado de admirar, cayó en la
cuenta de que estaba entre enemigos, y luego, con una aparente
naturalidad, que envidiaría el más astuto de nuestros hombres
políticos y de guerra, me dijo: "Debo advertir a usted
que, en previsión de que esta nota llegara a caer en poder del
enemigo, se dice en ella que la tropa saldrá por
Corregidor,
pero no es así: viene por el mismo camino que yo he traído, que,
como usted ve, es el de
Montegrande".
Quien haya tenido la paciencia de seguirme en esta relación
puede comprender la contrariedad que esto me causó, no habiendo,
como no había, minutos que perder, puesto que el enemigo que había
dejado a la espalda podía presentarse de un momento a otro y
traernos una grave complicación. Inmediatamente mandé poner presos
al posta y a su compañero, amenazándolos con fusilarnos si
resultaba falso el informe que el primero de ellos acababa de
darme. Y como los oficiales que me acompañaban empezaron a
tratrarlos con algún rigor, el compañero del posta manifestó al
puesto que "él no tenía por qué someterse a malos
tratamientos; que
la gente venía por
Corregidor, y
que bien podía conducírsele a ese punto y fusilarlo allí, si no
había dicho la verdad". A ese tiempo llegaba el Presidente
a la cabeza de la columna, y todos marchamos sin pérdida de
instantes hacia el alto de
Corregidor.
Cuando nos acercábamos a ese punto, empezaba el enemigo a
coronar la altura, y aunque nos tenía a su vista no se inquietó en
lo mínimo, persuadido como está de que éramos sus amigos. A poco
empezaron de nuestro lado los gritos de ¡Viva el Gobierno de la
Confederación!, gritos que eran correspondidos con grande
entusiasmo por los del lado de allá. Vino en seguida el
reconocimiento de ordenanza, Y al descubrir el jefe enemigo el
engaño en que había incurrido, lanzó el grito de traición!, el que
desgraciadamente fue correspondido por uno de nuestros oficiales
con un tiro a quemarropa, que despedazó la cara de aquel valeroso
jefe el joven González.
Fue esta la señal de ataque, y todos partimos sobre el enemigo.
La confusión en las filas de éste fue espantosa: los que, en
precipitada fuga, descendían la empinada cuesta, atropellaban a los
que subían, y como no tenían modo de escapar, los que no se
dispersaron en la maleza, cayeron en nuestro poder, en excepción
del titulado Presidente doctor Rueda y del señor Adolfo Harker,
quienes alcanzaron a pasar el río.
Fuera del Coronel González no hubo más muertos que cinco o seis
soldados, que en la carrera se asfixiaron. Trescientos fusiles;
igual número de vestuarios que venían de repuesto, y gran cantidad
de municiones fueron el botín
oficial de aquella singular
jornada.
Descansábamos por la noche uno al lado de otro el Presidente y
yo en mitad de la plaza, cuando se suscitó una disputa entre varios
oficiales, por la distribución de bagajes tomados al enemigo; y
habiendo proferido alguno de ellos ciertas expresiones contra los
clérigos sueltos, el Presidente, que deseaba sin duda
revelar de algún modo el secreto de tan feliz movimiento, se
levantó y dijo en alta voz: "Hay clérigos sueltos que
sirven como el mejor General".
Sea ésta, pues, la ocasión de manifestar que en ninguna de las
veces en que estuve en campaña tuve colocación oficial en el
ejército, ni obtuve, por consiguiente, grado militar; así como
tampoco recibí emolumentos ni auxilios de ninguna clase.
Tengo, sin embargo, entre mis papeles un despacho de General de
las milicias de Bolívar, expedido por el Presidente doctor Núñez, a
excitación de la Asamblea legislativa de 1877. Este título
honorífico, que recibí entonces con el debido aprecio, no podría
dejar de mencionarlo en esta ocasión sin faltar a un deber de
gratitud.
Como resultado de la sorpresa de
Corregidor, quedó roto
el cerco que se le había puesto a la escasa fuerza del Gobierno, Y
totalmente cambiada la situación de los beligerantes.
De regreso al Socorro tuvimos en San Gil noticia de la valerosa
defensa del cuartel de San Agustín, efectuada en los postreros días
de Febrero; y yo recibí, particularmente, la del nacimiento de la
última de mis hijas, la única a cuya venida al mundo no me fue dado
asistir.
A la noticia de lo ocurrido en
Corregidor, Jaramillo y
Gómez se retiraron precipitadamente a Charalá, y Cobos se replegó
hacia Confines. Una vez puesto en buenas manos el armamento recién
tomado al enemigo, nos disponíamos a salir en busca de las fuerzas
que aún quedaban por vencer, cuando se recibió carta del Coronel
Jacinto Hernández en que anunciaba al Presidente del Estado su
próxima llegada a Bucaramanga, con una fuerza organizada en
Pamplona, y le suplicaba encarecidamente que le diese tiempo para
llegar al Socorro antes de librar la última batalla.
Imposible era desatender la noble y patriótica exigencia de
aquel gallardo jefe, lujo de la juventud santandereana, como
caballero y como valiente. Se resolvió, pues, aguardarle; pero como
hubiese motivo para temer que entretanto la ciudad de Vélez fuera
ocupada por guerrillas de Moniquirá, el Prefecto de aquel
Departamento, el entonces Comandante, hoy Coronel, Floro Franco y
yo, de acuerdo con el Presidente, resolvimos marchar para esa
ciudad llevando algunas armas.
Esta traslación no estaba exenta de peligros, a causa de la
proximidad de algunos guerrilleros; y el hecho es que, a pesar de
las precauciones tomadas para la marcha, estuvimos a punto de ser
sorprendidos y consiguientemente asesinados por -una partida armada
que entró en Guadalupe momentos después de nuestro paso por aquel
lugar. Digo
asesinados y no
aprehendidos o
simplemente desarmados, porque esa era la suerte que corrían
cuantos caían en manos de esas gentes desalmadas.
Pocos días después tuvo lugar el triunfo de Palmas, obtenido a
costa de algunas vidas, entre ellas la muy preciosa de Jacinto
Hernández; triunfo que impuso una tregua, por desgracia no muy
larga, a las matanzas en Santander.
Con referencia a esa corta pero brillante campaña, el Presidente
provisional de la Unión dijo en su Mensaje a la Convención le
Rionegro lo que se leerá en seguida:
"En el Estado de Santander se habían engrosado las
pequeñas guerrillas que dejó Canal a órdenes de Obdulio Estévez y
del Coronel José de D. Ucrós, que vagaba por aquellos bosques desde
que fue derrotado en Papayo, sin que le dieran grande importancia
sus mismos copartidarios. Elevó el Presidente de Santander la
guarnición a una hermosa división; obró con mucho acierto
destruyendo a los perturbadores del orden en su Estado, en
diferentes combates, y reconociendo sus buenos servicios lo nombré
General de los Estados Unidos y le conferí el mando de la segunda
División del 5°- Ejército. Así quedó terminada la guerra por el
Norte de Santander...".
El 15 de Septiembre del mismo año se instaló la Asamblea
constituyente de aquel Estado, y yo tuve el honor de ser nombrado
su primer Presidente. Esta distinción, que también me había sido
hecha por la anterior legislatura, se me hizo después por todas las
Asambleas del Estado a que tuve la honra de concurrir.
En menos de veinte días se discutió y sancionó la nueva
Constitución, no sin haber tenido en cuenta las severas lecciones
recibidas en cinco años de práctica del sistema federal. A esto se
debió que el nuevo Código durase en vigencia hasta el año de 1880,
en que, los albores no más de la
regeneración, fue reformada
para prorrogarle el período presidencial al General Solón
Wilches.
Durante las sesiones de la Asamblea tuvo lugar la ocupación de
Bucaramanga por una guerrilla de Arboledas, que se había hecho
singularmente odiosa por el asesinato de varios liberales, entre
ellos el simpático joven José María Guerrero, que era todavía casi
un niño, y por cuyas venas corría sangre de valientes, como hermano
de Samuel y Belisario Guerrero, de quienes he hablado ya en otro
lugar.
Sin pérdida de tiempo fue atacada y vencida esa guerrilla por
una columna de doscientos hombres, al mando del General Salgar. Por
desgracia este triunfo quedó manchado con la Sangre de algunos
prisioneros cruelmente derramada a tiempo de su rendición, sin que
al jefe vencedor le hubiese sido dable impedir semejante acto de
barbarie.
No bien fue sancionada aquella Constitución, cuando dejé ni
asiento en la Asamblea para acudir al lado de mi esposa, quien,
habiendo enfermado gravemente, reclamaba mis cuidados y atenciones.
Mas por desgracia ni éstos, ni los esfuerzos de la ciencia bastaron
a salvarla, y en la mañana del 17 de Octubre de ese mismo año
(1862), cuando apenas había cumplido veintisiete años, se despidió
de esta vida, dejándome cuatro hijas, la segunda de las cuales,
Clementina, al sentir tal vez el frío de la orfandad, alzó el vuelo
para seguir de cerca a su madre en ese viaje que no tiene vuelta!
En tan aflictiva situación, el cariño infantil de las tres
sobrevivientes, María, Matilde y Virginia, suavizó en lo posible la
doble pena que me agobiaba. Vino luego la juventud de estos
queridos seres, y con ella el consciente afecto y los filiales
cuidados a que he debido la mejor parte de mi escasa felicidad en
los últimos veinte años. Hoy, por el creciente afecto y por
ejemplar comportamiento doméstico y social que ellas han observado,
siempre, son el consuelo y el orgullo de mi vejez.
XIX
Mis conciudadanos de Santander me habían elegido diputado a la
Convención Nacional, convocada para el siguiente año de 1863, por
el Presidente provisional de la Unión.
A la expedición de ese decreto había precedido en más de un año
la reunión del Congreso de Plenipotenciarios, que, en cumplimiento
de cierto compromiso contraído durante la guerra, entre el
Gobernador del Cauca y los de algunos otros Estados, tuvo lugar en
Septiembre de 1861, en la capital de la República. Este Congreso,
cuyos miembros habían sido nombrados por los Gobernadores de los
Estados Soberanos, lleva la fecha de 20 de Septiembre del citado
año, y es conocido con el nombre de Pacto
de Unión.
Como la guerra continuaba en el Sur de la República (1862), a
pesar de la decisiva batalla de Santa Bárbara de Cartago, librada a
mediados de ese último año, y como en el Pacto de Unión habían sido
reconocidos y consagrados los principios políticos que informaron
el movimiento revolucionario de 1860, creía el Presidente
provisional, según lo manifestó a varios amigos suyos, que no había
necesidad ni aún conveniencia tal vez en acelerar la reunión de la
Convención. Sin embargo, cediendo a premiosas exigencias del
partido triunfante, que anhelaba el momento de ver sancionada de
derecho por la Nación la transformación política que de hecho
acababa de cumplirse, convocó una Convención popular para el mes de
Febrero de 1863, que debía reunirse en la ciudad de Rionegro.