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XIII


Yo había regresado sin tardanza a Santander; pero cuando llegué a Vélez, las fuerzas del Estado se habían retirado hacia el Departamento de Soto, quedando interpuesto el ejército de la Confederación entre este Departamento y el de Vélez. Durante esa corta ausencia había sido asaltada, de noche, mi casa de campo de El Trapichito, con el objeto de aprehender a unos jóvenes liberales que en vía para el Socorro se habían alojado allí esa misma noche. La guerrilla asaltadora, capitaneada por el señor Julián Moncada, había sido organizada con aquel exclusivo objeto, y mi casa fue ocupada por ella militarmente. Uno de los referidos huéspedes, el señor Escipión Villafrádez, recibió grave herida al presentarse en la puerta de la casa, y fue reducido a prisión junto con sus compañeros, entre los que figuraban el doctor Ricardo Becerra, el Comandante Tatis, el señor Pedro María Pinzón (hoy General), los señores Nepomuceno y Foción Azuero y algunos otros distinguidos jóvenes de Vélez y Puente Nacional. A todos ellos se les despojó de sus monturas y caballerías y se les hizo seguir hasta la capital de la República, para ser allí sometidos a juicio. ¿Por qué delito?...

La familia que habitaba dicha casa, compuesta en su mayor parte de señoras ancianas, fue reducida a una alcoba, y vigilada durante la noche por centinelas de vista. Las bestias de servicio de la hacienda fueron recogidas el día siguiente por los guerrilleros y tomadas como botín de guerra. Todo esto a pesar de que los referidos huéspedes no habían opuesto ni la más leve resistencia y de que el Departamento de Vélez se hallaba en completa paz. Conocidos eran, por otra parte, los esfuerzos que ya había hecho en el último Congreso y los que en esos mismos momentos estaba haciendo para evitar la guerra.

 

XIV

 

El ejército de Santander, después de haber recibido el, Soto algunos auxilios pecuniarios, adelantó su marcha por el camino de Ocaña, para salir al encuentro del batallón que de aquella ciudad venía a incorporársele, al mando del patriota Coronel Pedro Quintero Jácome.

Esta incorporación tuvo lugar a tiempo que una parte del ejército enemigo, que había tomado la vía del páramo de Juan Rodríguez, bajo la inmediata dirección del General Herrán, con el objeto de cortar la supuesta retirada hacia Ocaña del ejército santandereano, se presentó a la vista de éste en el sitio de Galán. Inmediatamente se trabó un combate entre las dos fuerzas, el cual dio resultado favorable a la de Santander. A pesar de esto, no creyéndose prudente esperar allí el grueso del ejército de la Confederación, se situó una parte de la fuerza en un punto del camino que éste traía, llamado Jaboncillo, para detener al enemigo y proteger así la contramarcha por camino excusado del grueso del ejército santandereano, en dirección al Socorro, dejando a retaguardia al de la Confederación.

Este movimiento estratégico, tan frecuentemente empleado en la guerra y ejecutado esa vez con admirable precisión, fue calificado por el Presidente Ospina de un modo burlesco, al decir con referencia a él "que la campaña se había convertido en cacería de zorras". (1)

Cara pudo haberle salido al Gobierno de la Confederación esa cacería de zorras, a no haber caído herido mortalmente en Galán el experto y denodado Coronel Juan de Jesús Gutiérrez, a cuyas órdenes, como Jefe de Estado Mayor General, estaba el ejército de Santander; pues aunque éste era muy inferior en número, en material de guerra y en instrucción militar al de la Confederación, el incomparable valor que desplegó en aquella campaña, como efecto del convencimiento que hasta el ánimo de los mismos soldados había llegado, de que se trataba de rechazar una injusta agresión, pudo contrapesar por sí sólo aquellas considerables ventajas. Muy pronto se verá, en efecto, que lo único que faltó a ese ejército para hallarse en aptitud de vencer al de la Confederación fue un buen jefe militar. El Coronel Arnedo, que reemplazó a Gutiérrez como Jefe de Estado Mayor, era un valiente oficial, que conocía especialmente el manejo de la artillería, pero a quien faltaban otras dotes esenciales para el mando en jefe.

Mientras que se efectuaba aquel movimiento estratégico, semejante al que ejecutó el Ejército Libertador de Bonza a Tunja, en vísperas de la batalla de Boyacá, me ocupaba yo en recoger en el Departamento de Vélez los pocos elementos de guerra que aún quedaban por aprovecharse, y con el eficaz apoyo del jefe departamental organicé una compañía de cincuenta hombres, al frente de la cual y acompañado de mis hermanos y de un considerable número de amigos, me puse en marcha para la capital del Estado, tan luego como supe la preocupación de ella por el ejército de Santander.

El día 15 de agosto, entre tres y cuatro de la tarde, al llegar al Puente de San Bartolo, que dista unas seis leguas del sitio de El Oratorio, recibí un papelito del Presidente Pradilla, en que me decía: "Estamos al frente del enemigo, y mañana, al romper el día, principiará el combate."

Era, pues, el caso de hacer un grande esfuerzo para llegar a tiempo. La noche se interpuso oscura y tempestuosa. Cuando llegamos al pueblo de Palmas, entre ocho y nueve de la noche, hacía poco rato que había partido de allí una de las guerrillas que concurrieron a rodear el campamento ocupado por el ejército de Santander (la que mandaba el doctor Francisco Peñuela).

A pesar de todo, y aún quizá a favor de la oscuridad de la noche, logramos hacer felizmente la última parte del camino, pasando por en medio de las fuerzas enemigas; y cuando resonaban los toques de diana, al amanecer del día 16, entramos al campamento, con sorpresa y grande alborozo de nuestros amigos. Grato y solemne fue para mí aquel momento; pero como doce horas después era en el campo enemigo donde resonaban esas mismas alegres dianas, en celebración de la victoria, no puedo recordarlo sin pesar.

En aquella hora todo estaba dispuesto y preparado para el combate, que de un momento a otro debía empezar.

El campamento de El Oratorio, formado por una meseta de poca elevación en algunos de sus lados, en los cuales se habían levantado atrincheramientos, ofrecía considerables ventajas para resistir el ataque de un grande ejército, como lo era el de la Confederación, siempre que se hubiese contado con una cantidad suficiente de pertrechos y vituallas para uno o dos días más.

Por el lado oriental, que era el que miraba al campamento enemigo, la meseta está comunicada por la llanura por una suave pendiente, circunstancia que hizo necesaria la construcción de una doble línea de fosos, dentro de los cuales estaban colocados nuestros soldados de primera fila.

El ejército de la Confederación había tomado como centro de sus operaciones una corraleja cercada de piedra, distante un kilómetro, poco más o menos, de nuestro campamento.

Entre siete y ocho de la mañana desplegó el enemigo la mayor parte de sus batallones al frente de los nuestros, y en seguida se rompieron los fuegos de una y otra parte, pero el combate no se empeñó vivamente sino una hora después, cuando las fuerzas auxiliares del ejército de la Confederación, compuestas de guerrillas levantadas en Simacota, Charalá y otros lugares cercanos, atacaron nuestro flanco derecho. El enemigo, redoblando entonces el vigor de su ataque, intentó más de una vez tomar nuestras posiciones del frente, pero fue siempre rechazado.

A las doce del día, después de tres horas de rudo batallar, las guerrillas huían desbandadas, y los cuerpos de línea que habían atacado por el frente, se abatían en retirada, no en el mejor orden posible, dejando en el campo considerable número de muertos y heridos y algunos prisioneros, entre los cuales se contaba el Capitán Guillermo Terán.

La fuerza santandereana que había rechazado las formidables cargas de los veteranos de la guardia, avanzó en persecución de ellos hasta que oyó un toque de retirada.

Para adelantar la persecución del enemigo, al ir a ser este apoyado por cuerpos de reserva, había sido necesario empeñar en el ataque la totalidad de nuestra fuerza, abandonando el campamento, a tiempo de hallarse él amenazado por el costado izquierdo.

Componía nuestra reserva el batallón Vélez, al cual se ordenó cargar sobre el enemigo; pero el Comandante de este cuerpo, que estaba presenciando un movimiento de ataque a nuestra izquierda, se limitó a ejecutar a medias la orden, destinando para ello una sola compañía de su batallón, refuerzo insuficiente para continuar con probabilidad de buen éxito la persecución del enemigo. Al retroceder nuestros batallones para aupar nuevamente sus primitivas posiciones, pudo el enemigo rescatar una pieza de artillería que se le había tomado. Y fue en tan crítico instante cuando se hizo más patente la falta de un jefe militar, cuya reputación hubiera infundido confianza a la oficialidad en el acierto de sus disposiciones, y lo hubiera revestido a él de la autoridad moral y de la energía necesarias para hacerse obedecer en toda ocasión.

Con la intempestiva retirada de nuestra fuerza coincidió la fatal noticia, trasmitida en reserva, pero difundida al fin, de que nuestras municiones estaban a punto de agotarse, como así era en realidad; y fue también en ese momento cuando se cayó en la cuenta de que tampoco había víveres en el campamento para un día más, ni posibilidad de obtenerlos, pues que la ciudad del Socorro, único lugar donde podían encontrarse, se hallaba desde muy temprano ocupada por el enemigo.

En semejante situación, y teniendo en cuenta que el Gobierno de Santander nada tenía que esperar de un aplazamiento para la terminación de la campaña, sino antes bien que temer la desmoralización de su ejército, por falta de fondos para racionarlo, no hay duda que se debió aprovechar ocasión tan favorable como la del simultáneo rechazo del enemigo en sus dos puntos de ataque, para decidir a todo riesgo el éxito de la batalla. No se tentó este único lance de alcanzar el triunfo, y el desaliento empezó a cundir en nuestras filas.

Sin embargo, el ataque dirigido por el enemigo sobre nuestro flanco izquierdo, como a eso de las cuatro de la tarde, fue también vigorosamente rechazado. Mas no sucedió otro tanto con el que emprendió por segunda vez sobre el frente, al que fue ya imposible resistir, por falta de municiones.

A las seis de la tarde cesaron los fuegos, quedando el enemigo en posesión de nuestro campamento y prisionero casi todo nuestro ejército, el cual sólo alcanzaba ese día a novecientos veinte hombres (cifra social); mientras que el de la Confederación, reforzado a Ultima hora por la División que trajo de Boyacá el General Briceño, y contando las guerrillas auxiliares, pasaba de tres mil hombres. Eramos, pues, los federalistas uno contra tres en aquel combate de diez horas.

No hay quizá momento más crítico en la guerra que el de la rendición al enemigo.

Afortunadamente el Capitán Terán, correspondiendo al benévolo tratamiento que se le había dado durante las horas en que fue nuestro prisionero, izó bandera blanca e invitó a todos cuantos cerca de él se hallaban para que se acogiesen a esa protectora insignia.

No habiendo sido yo del número de los invitados, me mantuve a distancia del grupo favorecido, con la resolución de correr separadamente la suerte que me tocase; y juzgando que la actitud de rendido, sin dejar de ser digna, sería menos ocasionada a un ataque individual estando a pie, me desmonté inmediatamente y tomando del cabresto el caballo en que andaba, aguardaré el primer grupo de soldados enemigos, que, sin dejar de hacer fuego, avanzaba en dirección al lugar en que yo me hallaba. En ese instante se desprendió de aquel grupo un oficial montado que, lanza en - ristre, se me vino encima. Me había dado ya por muerto, aunque sin proferir una palabra ni ejecutar el menor movimiento, cuando a dos pasos de distancia paró el oficial repentinamente su cabalgadura, y echando pie a tierra tomó de mi mano la brida de mi caballo, saltó sobre los robustos lomos del brioso animal, y al partir me dijo, con la familiaridad de un camarada: "Quítese usted ese trapo del sombrero".

Había yo olvidado completamente que en la mañana de ese día nos habíamos divisado los defensores del Gobierno de Santander con una faja blanca en el sombrero. Sin perder un instante seguí la benévola indicación del desconocido oficial, a quien probablemente debí la vida, y por cuyo nombre tuve cuidado de averiguar después. Salvo una confusión de recuerdos, a este oficial lo designaban comúnmente con el sobrenombre de "el loco Camacho". ¡Que así sean todos los locos con quienes, por desgracia, tenga yo otra vez cuentas que arreglar!

La precipitación con que este oficial andaba, me dejó en muy azarosa situación. Por derecha e izquierda veía desfilar a Paso de carga, y rozándose conmigo oficiales con las espadas desnudas y soldados con bayoneta calada, sin que ninguno de ellos fijase su atención en mí para proporcionarme la anhelada oportunidad de declarar que yo era del número de los vencidos, y salir así del paso, a cualquier riesgo. Algunos momentos, que debieron parecerme años, transcurrieron sin que mi situación cambiase, hasta que al fin oí una voz protectora que me llamaba de lejos; era la del simpático Coronel Honorato Barriga, que por encargo de mis compañeros -los que habían sido amparados por el Capitán Terán, y que ya estaban en seguridad- venía a buscarme al campamento. Tomándome de brazo se dirigió conmigo a una casucha que distaba de allí seis u ocho cuadras, en la cual habían sido colocados mis aludidos compañeros Pradilla, Eustorgio y Januario Salgar, Felipe Zapata, Luis Bernal, Santiago Izquierdo, mi hermano Trino y algunos más que no recuerdo.

En el descenso a la llanura tropezamos con el General Ramón Espina, que subía. El Coronel Barriga se detuvo para presentarme a dicho General; y éste, después de estrecharme afectuosamente la mano, sacó del cojinete una cantimplora de aguardiente y me ofreció un trago, que acepté de buena voluntad. Como nuestro campamento estaba a esa hora (las siete de la noche) profusamente iluminado por el incendio de las barracas en que nuestros soldados, a falta de toldos de campaña, se habían guarecido de la intemperie, pude observar la huella de una bala en la copa del sombrero de fieltro que llevaba el General Espina. A ese tiempo me asaltó un doloroso recuerdo: el de un joven Mantilla que, habiendo caído mortalmente herido entre once y doce de la mañana, a un paso de distancia de mí, había sido conducido a una de esas barracas, y que hasta las cinco de la tarde, en que lo vi por última vez, no había expirado. Probable era, por tanto, que el incendio le hubiese cogido vivo, lo mismo que a otros muchos heridos.

Con ser tan fuerte esa impresión, ella debía ceder su puesto a la que experimenté al entrar a la indicada casucha, donde yacían literalmente hacinados diez o doce heridos de los nuestros, que en vano pedían un vaso de agua para calmar su ardiente sed.

No tuve al amanecer del día siguiente la terrible impresión que se experimenta al volver del primer sueño después de haber sufrido una gran desgracia; y esto por la sencilla razón de que no pude dormir ni un solo instante.

¿Y quién habría podido hacerlo en semejante estado de ánimo oyendo el continuo lamento de unos heridos, el hipo persistente de otros y el estertor de aquellos a quienes rodeaban Ya las sombras de la muerte? Ah! éstos son los gajes de la guerra, y por eso ocurre renovar ciento y mil veces la eterna pregunta de cuándo llegará para la humanidad el venturoso día en que vea proscrita y olvidada para siempre la última ratio regum.

A tan angustiosa noche sucedió un espléndido día, como los que ordinariamente se ven a mediados de agosto; pero a los ojos de los vencidos esa refulgente claridad tenía un tinte melancólico.

Como a las diez de la mañana se presentó en nuestro alojamiento un Ayudante de campo del Secretario de Gobierno de la Confederación, doctor Manuel A. Sanclemente, seguido de dos sirvientes que, en ricas bandejas, traían un abundante almuerzo con que el señor Secretario tuvo la galantería de obsequiar al ya ex-Presidente de Santander, doctor Pradilla. Con estas viandas nos confortamos todos los allí presentes, dejando a un lado dos botellas de champaña que hacían parte del obsequio.

Poco después vimos pasar por frente a la mencionada casita, en dirección a la ciudad del Socorro, al Presidente de la Confederación y al General en Jefe del Ejército, seguidos de numeroso acompañamiento. El segundo de estos personajes tuvo la cortesía de separarse por un momento de la comitiva para venir a saludar al Presidente prisionero y a sus compañeros de infortunio.

La conducta benévola y conciliadora del general Herrán en esta época, contrastó con la observada en los principios de su carrera, cuando fue ciego instrumento del Libertador en sus planes liberticidas, y con mano sacrílega rompió las tablas de la Constitución en 1828. Ya al fin de su carrera dio también este personaje relevantes pruebas de amor a la República.

¿Quién habría podido decirle, en tal momento, al General Herrán, que ese acto de benevolencia, precedido como estaba de otros varios en que había revelado un espíritu conciliador, y seguido de algunas manifestaciones en el sentido de poner término a la guerra por medio de un avenimiento, habrían de costarle la candidatura para la Presidencia de la Confederación

Sabido es que el Gobierno general se abstuvo de publicar el parte detallado de aquella ocasión de guerra. ¿Qué pudo motivar esta omisión? Díjose entonces que en la alternativa de dar a conocer la gran superioridad numérica del ejército vencedor, y los incidentes de la batalla, que tanto honor hacían al ejército vencido, o guardar silencio acerca de estas circunstancias, renunciando a la publicación del parte detallado, prefirió esto último.

Sin embargo, en la concisa nota del General en Jefe del Ejército que se verá en seguida, se hace debida justicia al valor de los que lidiaron aquel día en defensa del Gobierno de Santander.

Dice así:

 

"Confederación Granadina -General en Jefe del Ejército- Cuartel general en el Socorro, a 17 de agosto de 1860.
"Al señor Secretario de Estado del Despacho de Gobierno y Guerra.

"Tengo el honor de informar a usted que ayer ataqué al ejército enemigo, situado con toda su fuerza, que se componía de 1.119 hombres, sobre el alto de El Oratorio. La posición que allí tomó le infundió la confianza de que era inexpugnable, tanto por las ventajas naturales que el terreno le daba, como por las obras que se construyeron para perfeccionarla. Con este motivo, la resistencia que encontré fue obstinada y el combate largo y sangriento. El ejército de mi mando triunfó, y a consecuencia de la victoria tengo en mi poder, y pongo a disposición del Gobierno el personal de que se componía el ejército enemigo, con excepciones de poca importancia de los individuos que pudieron escaparse, favorecidos por la noche, que entró al terminar el combate.

"De parte del ejército nacional murieron un Coronel, tres oficiales y ciento diez y nueve individuos de tropa, y fueron heridos un General, doce oficiales y ciento treinta y un individuos de tropa.

"Los enemigos tuvieron fuera de combate como ciento cincuenta hombres entre muertos y heridos, número menor del que nosotros tuvimos, por la ventaja que les proporcionó su fuerte posición.

"por separado recomendaré a los individuos del ejército federal que se han distinguido; pero me anticipo a decir a usted que todos han llenado su deber, y no de otro modo podría haberse ganado un triunfo que fue disputado con admirable valor.

"Queda restablecido el orden general en el Estado de Santander, y el Gobierno puede destinar a donde tenga por conveniente el lucido ejército que ha llenado esta misión.

"Soy de usted con sentimientos de respeto, muy atento obediente servidor,

P. A. HERRAN".

 

Dos razones se alegaron para justificar la invasión a Santander: la existencia de una ley secreta expedida por la Asamblea Legislativa de ese mismo año, y la actitud bélica que parecía estar asumiendo el Estado. En cuanto a lo primero, suponiendo que la precitada ley autorizase al Presidente para hacer la guerra al Gobierno federal (cosa que nunca llegó a saberse positivamente) debió tenerse en cuenta que de una simple autorización, naturalmente condicional, al hecho de declarar la guerra, había una gran distancia; y por lo que toca a los preparativos bélicos que realmente se hacían, era de advertirse que todavía en julio de ese mismo año, cuando hacía ya dos meses que el Gobernador del Cauca había desconocido al Gobierno federal, el Presidente de Santander no había tomado una resolución definitiva sobre la actitud que debía asumir el Estado en presencia de aquella grave situación, y se inclinaba a la abstención, como lo prueba el envío de la comisión a Bogotá, de que atrás se ha dado cuenta.

Sobre las consecuencias de esa festinada invasión, tuve ocasión de decir en documento oficial el año de 1878, lo que se verá en seguida, y que creo oportuno repetir aquí:

"En 1860 el Gobierno de la Confederación, temiendo una agresión del Estado de Santander, que había puesto sus milicias sobre las armas, resolvió suprimir ese peligro antes de que el Estado hubiese desconocido la autoridad federal, o ejecutado hecho alguno de hostilidad. La operación desde el punto de vista militar pudo estar bien concebida, y dio el resultado material que sus autores se prometían; pero los acontecimientos demostraron que aquel paso fue un gravísimo error político, que unió en contra del Gobierno a toda la opinión liberal adversa a la revolución; que le dio a ésta fuerza moral, e infundió en los ciudadanos de Santander la idea de que ellos no eran revolucionarios sino defensores de su Gobierno local contra una injusta agresión".


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1. Carta Particular del señor Ospina, interceptada. (Regresar)


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