XII
Me hallaba en la hacienda de El Trapichito, de vuelta dé las
sesiones del Congreso, cuando se presentó allí el doctor Ricardo de
la Parra, con el objeto de invitarme para que lo acompañase al
Socorro, adonde se dirigía en misión de paz, cerca del Presidente
del Estado, doctor Antonio María Pradilla, que era su hermano
político, y uno de mis más queridos amigos.
Sin vacilar acepté la simpática invitación y me dispuse a partir
sin pedir explicación alguna. Mas cuando ya habíamos andado buen
trecho del camino, pregunté a mi compañero cuál era la misión
especial que había recibido, y de quién o quiénes.
-No vengo en representación de nadie, me contestó con enfática
entonación; vengo por mi propia cuenta a hacer "una
atmósfera de paz" en Santander, y necesito para ello la
ayuda de usted.
¡Medrados estaríamos dije para mí, si yo no pudiera hacer por mi
parte algo más positivo; y seguimos adelante.
Nuestra primera entrevista con el Presidente Pradilla dio lugar
a una escena cuya penosa impresión no se ha borrado aún de mi
memoria.
El doctor Parra inició la conferencia en perfecta calma; pero, a
medida que hablaba, se exaltaba en tal grado, que terminó su
discurso de un modo asaz patético... pidiendo la paz "por
el amor de Dios", como si en manos del Presidente
Pradilla. hubiese estado el decretarla!
Qué alma tan noble era aquella, pero al mismo tiempo ¡cuán
sencilla! Difícilmente se encontrará otro hombre de espíritu
superior, tan desprovisto como él de sentido práctico.
Luego que se retiró el doctor Parra, entramos el Presidente y yo
a tratar el asunto con la serenidad que él exigía; y al cabo de
corta conferencia, nos pusimos de acuerdo en los términos de un
proyecto de nota oficial del mismo Presidente del Estado al de la
Confederación, en que resueltamente le manifestara que si el
Gobierno federal, manteniéndose dentro de los límites de la
Constitución, declaraba que reconocía la inviolabilidad del
territorio de Santander mientras no se turbase en él la paz
general, el Gobierno del Estado reduciría la fuerza pública al pie
de paz, y se abstendría de tomar parte en la revolución.
Esta nota no debía de ser entregada sin consultarla previamente
con una junta compuesta de determinados liberales de la capital,
consulta que me encargué yo de hacer. Como no había tiempo de
perder, ese mismo día salí del Socorro en compañía del infatigable
doctor Parra.
Sabido es que el Presidente de la Confederación hizo
sigilosamente sus preparativos de invasión a Santander, y que se
abstuvo, por consiguiente, de hacer al Gobierno del Estado la menor
notificación de guerra, antes de pisar el territorio de éste, por
lo cual fuimos sorprendidos el doctor Parra y yo cuando, al llegar
a Puente Nacional, tuvimos noticia de que el Presidente, a la
cabeza del ejército invasor, entraba ese mismo día a la ciudad de
Moniquira.
Aunque era esto motivo suficiente para desistir del proyectado
viaje, resolvimos llevarlo a cabo, en atención a que esa última
tentativa, ya bien adelantada en favor de la paz, habría de
contribuir a poner más en relieve la injusticia del ataque a
Santander. El doctor Parra se dirigió al lugar donde se hallaba el
Presidente Ospina, con el cual tenía relaciones personales; y
después de haber sacado de la Secretaría de Gobierno un pasaporte
para mí, regresó a Puente Nacional. Yo continué aceleradamente,
aunque ya sin ninguna esperanza de buen éxito, mi viaje a
Bogotá.
Al llegar a la capital dirigí una invitación para conferenciar
en casa sobre la misión que llevaba, a los doctores Manuel Murillo,
Lorenzo María Lleras, Rafael Núñez y Salvador Camacho Roldán, que
eran las personas que se designaron al efecto en el Socorro. Una
vez reunidos en mi casa, se impusieron del contenido de la referida
nota y le impartieron su aprobación. En seguida el doctor Murillo
hizo presente que, habiendo partido el día anterior el General
Herrán a ponerse a la cabeza del ejército invasor, la última
esperanza de paz, fincada hasta entonces en las disposiciones
conciliatorias que animaban a este influyente personaje, se había
desvanecido.
Convínose, no obstante, en que los doctores Camacho Roldán y
Núñez irían conmigo al campamento del ejército de la Confederación
a poner en manos del Presidente la precitada comunicación. Más, al
siguiente día volvió a casa el doctor Núñez a manifestarme que
tanto él como el doctor Camacho habían desistido del proyectado
viaje, por haberse persuadido, después de madura reflexión, de que
sería completamente inútil. Ellos habían formado resolución, según
me lo manifestaron, de no tomar parte en la revolución, mientras
que yo, en mi calidad de santandereano, persuadido como el que más,
de lo injusto del ataque que se dirigía contra el Estado de mi
nacimiento, me consideraba obligado a tomar puesto entre los
defensores de su Gobierno, por lo cual me puse inmediatamente en
marcha para el teatro de la guerra.
Pero antes de entrar en la relación de la campaña haré una
importante explicación.
Se ha visto ya cómo la minoría liberal del Congreso, con el
redactor de El Tiempo a la cabeza, había trabajado hasta última
hora para detener el movimiento revolucionario que encabezaba el
Gobernador del Cauca, con apoyo de un gran número de liberales de
ése y de otros Estados. Es el caso exponer ahora las razones que
tuvieron los ciudadanos que formaban esa minoría para mantenerse,
como se mantuvieron, en el terreno de la paz, aún después de
decretada la separación del Estado del Cauca, y hasta cuando se
llevó a efecto la invasión de Santander.
Sin dejar de reconocer que el acto reformatorio de la ley de
elecciones de 1859, expedido por el Congreso de 1860, no consultaba
rigurosamente la equidad, según puede observarse a la simple
lectura de sus disposiciones, arriba transcritas, nadie se
atrevería hoy a sostener que, después de obtenida esa reforma, la
causa justificativa de la guerra quedaba en pie.
Una gran masa de opinión conservadora se oponía ostensible y
enérgicamente a la política antifederalista del Poder Ejecutivo y
de la mayoría del Congreso, de manera que podía esperarse, con
bastante fundamento, para el año siguiente, el triunfo pacífico de
esta reacción constitucional. Prueba de ello fue la reclamación que
seis de los ocho Estados que formaban la Confederación, habían
dirigido al Congreso de 1860 en contra de la citada Ley de 1859,
por conducto de sus respectivas Asambleas.
Bajo la liberal Constitución de 1858, que era la que regía
entonces, la libertad de imprenta era un derecho efectivo,
invulnerable e invulnerado.
El régimen federal, aunque conculcado por la ley de orden
público de 1860, y adulterado por la política del Gobierno general,
dejaba todavía ancho campo a los Estados para contrarrestar la
acción absorbente del poder central, gracias a la estructura de
aquel sistema político, la más adecuada para defender las
libertades públicas.
Por último, al período presidencial del señor Ospina no le
restaba ya un año cabal, y el candidato adoptado unánimemente por
el partido conservador para el siguiente período constitucional era
el General Pedro Alcántara Herrán.
Pero se preguntará: ¿Qué podía esperar de este futuro gobernante
la causa federal?
Las opiniones manifiestas del candidato y la conducta que hasta
entonces había observado como General en Jefe del Ejército,
responden satisfactoriamente a ésta pregunta.
Federalista decidido y partidario, por lo tanto, de un sistema
electoral que consultase la autonomía de los Estados; propagador
sincero de una política conciliadora, como la que él mismo acababa
de plantear con el reconocimiento del Gobierno de Bolívar, surgido
de una revolución liberal; interesado como el que más en la
expedición de una amnistía para conjurar la guerra; admirador
entusiasta de las prácticas federativas de la Unión Americana -país
en que había residido largos años;- este benemérito servidor de la
patria benévolo Por carácter y altamente respetable, se presentaba
como mediador entre los dos bandos, prontos a lanzarse en
fratricida lucha.
Tal era, en resumen, la situación política del país hasta
mediados de Julio de
1860, o sea hasta dos meses después de
que el Gobernador del Cauca había dictado su célebre Decreto de
8 de mayo de aquel mismo año.
Por otra parte, a los ciudadanos que compusieron la minoría,
tantas veces citados, no les inspiraba confianza el General
Mosquera como caudillo de la revolución, porque veían en él un
futuro dictador. Nadie, al menos, habría podido decir de este
prestigioso Jefe, representante el más caracterizado del
autoritarismo personal, después del Libertador, lo que el
historiador Macaulay dice de Hampden: "que siendo capaz de
alcanzar el triunfo, fuera al mismo tiempo incapaz de abusar de
él". Su progresista y tolerante administración de 1845 a
49, no había logrado borrar el recuerdo de los patíbulos de 1840,
ni aquel entusiasmo servil, rayano en frenesí, con que apoyó la
dictadura de Bolívar en 1827 y 28.
Ahora, que esa conducta de los liberales que formaron la minoría
parlamentaria podía dar origen a una funesta división en las filas
del mismo partido, era indudablemente un riesgo que iba a correrse;
pero hay dos cosas que no deben sacrificarse en aras de ese ídolo
que se llama el interés de partido, y son el honor y la
conciencia.
Después de que el Presidente de la Confederación publicó su
proclama de
25 de junio y se encaminó a Santander con su
ejército, el doctor Pradilla, Presidente del Estado, dirigió, a su
turno, la siguiente proclama:
"Conciudadanos: El Presidente de la
Confederación, infiel a sus juramentos de primer Magistrado de la
República, pero fiel a sus odios insensatos de partido, que son los
que han guiado su política en los dos últimos años de su oprobiosa
administración, ha invadido nuestro territorio, desconocido
nuestras leyes y derrocado a su paso las autoridades legítimamente
constituídas. El Gobierno del Estado, que no ha dado otro motivo
para la guerra que el haberlo vencido antes en la persona de sus
tenientes, se preparaba no obstante para rechazar la invasión que
creía segura aun cuando fuera injustificable, pero creía también
que el pudor velaría los actos hostiles del Presidente de la
Confederación y que él mismo que había negado constantemente haber
tenido participación en las rebeliones vencidas en el Estado, no
sería bastante torpe ni suficientemente audaz para despojarse de la
careta que lo cubría. Se había engañado: el mismo funcionario
dirige hoy en persona las huestes invasoras y excita a los pueblos
al desconocimiento del Gobierno, esparciendo por todas partes su
cortejo de guerrilleros y de malhechores a que proclamen nuevas
autoridades y difundan el espanto y el terror en las
poblaciones.
La guerra está declarada; pero para honor del Estado, sin que
haya precedido a ella ni el más leve motivo de parte de las
autoridades que pudiera excusar ante la Nación al empleado que la
declara. El Presidente de la Confederación no ha alcanzado a
comprender que si el éxito favorable de una batalla pudiera
lisonjearle sus pasiones del momento, el haber evitado la guerra
obrando con la honradez y circunspección que el puesto que ocupa
demanda lo habría rehabilitado en la consideración de sus
compatriotas, ha desatendido completamente su primer deber, cual es
el de conservar la paz, y lamentablemente extraviado ha venido a
buscar en oscuros pronunciamientos de pueblo la satisfacción que
debiera hacer consistir en merecer la estimación de los granadinos.
Compadezcamos al hombre y deploremos la suerte de la Patria!
Compatriotas armados. Habéis tomado las armas presurosos
al primer llamamiento de la autoridad: vuestro patriotismo es igual
a vuestro valor. En vuestras manos coloco con orgullo Y con
confianza la bandera de SANTANDER, que simboliza el derecho y la
victoria: no olvidéis lo que esa bandera significa en la
Confederación granadina y lo que se tiene derecho a esperar de los
hombres que la enarbolan. Vais a combatir con enemigos a quienes
estais acostumbrados a vencer y en cuyos oídos debe resonar aún el
cañón de Güepsa. La Concepción y
Las Porqueras; y vais a
combatir no solamente en defensa del Estado sino en defensa de la
República: la suerte de la Confederación está en vuestras manos, y
la América toda os observa.
Conciudadanos todos, a las armas.
Piedecuesta,
20 de julio de
1860.
ANTONIO MARIA PRADILLA -El Secretario, Narciso
Cadena".