Veamos ahora lo que el Presidente de Santander dijo a la
Asamblea del Estado en relación con este mismo punto, en el informe
que le dirigió con fecha 20 de junio de 1859, documento que se
halla publicado en el número 76 de la
Gaceta de
Santander.
"El vecino Estado de Boyacá se constituyó desde el
principio de la rebelión en el asilo seguro a donde los rebeldes
escapados de los campos de guerra, acudían a rehacerse conservando
sus armas y trabajando pacíficamente y sin que nadie les inquiete
en sus preparativos para intentar, como ya ha tenido lugar, una
invasión al Estado y la reacción consiguiente a sus planes; o ya,
país de tránsito, por el cual, tanto al principiarse la campaña y
en vísperas del combate de Güepsa, como recientemente en la marcha
de los rebeldes sobre San Gil, han tenido éstos paso franco, no
obstante que el espíritu de la legislación de Boyacá, por lo que
hace a orden público, no tolera la presencia en su territorio de
gentes armadas, so pena de ser juzgadas como sediciosas, previas
ciertas formalidades. Y no se ha limitado a aquello simplemente el
espíritu de hostilidad contra el Gobierno y los defensores de la
legitimidad en Santander, sino que, al iniciarse la rebelión, el
primer corifeo de ella pudo a mansalva conducir armas y soldados
desde una capital de Departamento, en Boyacá, sin que autoridad
alguna hubiese pedido cuenta de tales procedimientos al que fue su
autor.
Contra el paso franco de las fuerzas rebeldes por territorio de
aquel Estado, contra la hostilidad armada que desde ese mismo
territorio hicieron los rebeldes refugiados en él y de que fueron
víctimas ciudadanos de Santander y contra algunos otros hechos más
escandalosos y violatorios, si cabe, que se consumaron entonces,
reclamó para ante el Gobierno de Boyacá mi antecesor, Señor Azuero,
apoyando su reclamo con comprobantes de incontestable autenticidad.
Ignoro cómo se diera satisfacción a tan justas reclamaciones, y aún
parece que nada se obtuvo; ni siquiera la contestación prescrita
por la cortesanía oficial. No sucedió así con el Senado de la
Confederación, al que igualmente se dirigió el señor Azuero, dando
cuenta de lo que sucedía y con tácita solicitud de un pronto
remedio a los males que tales procedimientos aparejaban. Aquella
Cámara sometió el asunto a la investigación de una comisión
nombrada al efecto, comisión respetable por el carácter de los
Senadores que la constituían y la que, en su informe, publicado por
la prensa, hizo notar el vacío que en la Constitución y leyes
nacionales existía para casos de la naturaleza del que se le
presentaba, y terminó improbando de una manera enérgica la conducta
del Gobierno boyacense. Posteriormente, y habiéndose agravado la
situación a ese respecto, puesto que el Gobierno se ha visto
obligado a guardar la línea divisoria con Boyacá con fuerza armada,
a efecto de contener a los rebeldes invasores y dar seguridad a los
ciudadanos pacíficos frecuentemente amenazados por los primeros
desde su seguro asilo, he resuelto dirigirme al Poder Ejecutivo
nacional, encargado especialmente de velar por la conservación del
orden en la Con federación, exponiendo minuciosamente lo que
sucede. Aguardo saber cuál sea la contestación que dé el Presidente
federal, uno de cuyos primordiales deberes conforme a la
Constitución es el de guardar, y hacer que se guarde el orden
público en la Confederación: sabrá entonces Santander si se puede
contar con que sus hermanos, mediante la obligatoria intervención
del Gobierno general, le garanticen, por lo que a ellos toca, su
reposo interior, estorbando que se le invada y promueva guerra, o
si rehusándosele lo que hasta las potencias berberiscas
concederían, tendrá que darse seguridad a balazos y mantenerse en
pie de guerra sacrificando sus recursos y agotando su vida
industrial y de progreso, a trueque de conservar su dignidad e
impedir que se les supedite y envilezca por la ambición de algunos
de sus malos hijos, apoyada en sus miras por entidades
extrañas".
Mas la prueba irrefragable de las aludidas complicidades
vinieron a suministrarla dos meses después las cartas cogidas a los
vencidos en la Concepción, que corren publicadas en
Los
Debates de Bucaramanga y en
El Comercio de Bogotá. Por
ellas se supo que los señores Joaquín Peralta y Blas Hernández,
como agentes de los revolucionarios en Bogota, estaban en
correspondencia con el Prefecto de Tundama, que era el
intermediario para enviar recursos a los rebeldes de Santander,
después de haber tolerado o de no haber impedido la primera
expedición del Coronel Márquez sobre aquel Estado; y que el
individuo destinado a reemplazar al señor Leonardo Canal en la
Intendencia del Norte hacía enganches en Bogotá para auxiliar la
rebelión de Santander
(1)
Así, pues, cuando ya se había dado por terminada la guerra en el
Estado, una nueva invasión, procedente también de Boyacá, y
compuesta de novecientos hombres al mando de los Coroneles Márquez
y Corona, tuvo lugar a mediados de agosto del mismo año.
Ocupada que fue por los invasores la plaza de La Concepción, el
Jefe de las fuerzas legitimistas, Coronel Santos Gutiérrez, los
atacó allí sin demora, y se trabó el más sangriento combate de
cuantos se libraron en aquella desastrosa guerra. Todos los Jefes
del gobierno, con la sola excepción del doctor Poción Soto,
recibieron heridas más o menos graves al tomar a viva fuerza los
cuarteles y atrincheramientos del enemigo; y quedó muerto el
Coronel Márquez, el principal caudillo de la fuerza rebelde.
Los Coroneles Melchor Corona y Eusebio Mendoza, y los señores
Leonardo, Ezequiel, Pedro León y Manuel Francisco Canal, Salustiano
Ortiz, Pedro Salas, Juan de Dios Ramón y Presbítero Andrés Blanco,
quedaron prisioneros, junto con trescientos más entre oficiales y
soldados. El número de muertos y heridos excedió de doscientos, y
todo el parque del enemigo cayó en poder del vencedor.
Fue un hecho generalmente reconocido, y denunciado por la prensa
liberal, el que de la revolución de Santander se hizo con el mismo
armamento que había sido distribuido el año de 1857 por agentes del
Gobierno de la Confederación entre varios conservadores de
Santander. Sobre este particular dijo el Presidente a la Asamblea
del Estado estas precisas palabras, cuya misma concisión demuestra
que aquel era un hecho notorio en Santander.
"Contaban los rebeldes, dice el mensaje antes citado,
con las armas profusamente repartidas entre ellos desde 1857, por
los Agentes del Gobierno de la Confederación". (
Gaceta
de Santander, número 76).
¿Se hizo este reparto en previsión de lo que iba a suceder?
Nadie podría afirmarlo, por falta de pruebas, que sólo una
infidencia o la casualidad podían suministrar; pero la distribución
de armas de la Nación entre individuos particulares desafectos al
Gobierno del Estado, fue un acto sospechoso, que dio pie al
Presidente de Santander para formular la acusación que aparece en
las siguientes líneas del memorado documento:
"Casi ningunas han sido las relaciones habidas entre el
Gobierno del Estado y el de la Confederación durante la azarosa
época de la rebelión y en los días transcurridos después del
restablecimiento del orden; ni las que han existido han podido ser
cordiales y cónsonas con el sistema político que, sancionando la
federación, ha hecho de la entidad del Estado y de la nacional dos
fuerzas que jamás pueden chocar y que por el contrario deben
marchar unidas en pos de un bien común. Bastaría recordar para
explicar esta disidencia, que las armas con las cuales Santander ha
visto inundado en sangre su suelo, y en difícil trance la
existencia de sus instituciones y de las autoridades erigidas para
hacerlas respetar y administrar con ellas la cosa pública, fueron
puestas en manos de los enemigos de esas mismas instituciones y de
esas mismas autoridades, y de una manera inconsulta si no con
criminal intención, por los Agentes del Gobierno nacional.
Posteriormente la opinión pública, que en muy raros casos se
equivoca en sus apreciaciones, ha señalado al Presidente de la
Confederación como el oculto, pero principal promotor de la infame
revuelta que tantos sacrificios de sangre, de dinero y de créditos
ha costado a Santander. Es lo cierto, sin entrar en enojosas y
estériles inquisiciones sobre la materia, que casi todos los altos
empleados de la Confederación residentes en el Estado han tomado
parte activa en la revuelta, los unos con las armas en la mano,
como el Intendente de Hacienda señor Leonardo Canal, y los otros de
una manera embozada, pero no menos eficaz, como el Administrador de
la Aduana de Cúcuta, quien posteriormente ha sido llamado a juicio
por tal motivo y por las autoridades judiciales de aquella ciudad,
con poder al efecto. Sábese igualmente que un Coronel de la
Confederación ha sido el primer caudillo de los rebeldes; y si el
ciudadano Presidente de la Confederación, a tiempo que proponía al
Congreso federal misiones gravosas y sobre todo estériles (pues que
el Gobierno del Estado jamás habría querido ni podido aceptar
transacciones con los rebeldes), hubiera deseado atajar los males
que afligían al Estado, habría llamado al servicio al referido
Coronel, puesto que tal acto le era potestativo, quitando con tal
medida a la causa de la rebelión su primero y único caudillo. En
atención a tales antecedentes, y en presencia de las pruebas de
cierta naturaleza aducidas por la opinión pública en el juicio
moral abierto al Presidente de la Confederación por su conducta en
nuestros asuntos internos, el Gobierno del Estado se ha limitado a
meras exposiciones de todo lo que, teniendo relación con el Poder
Ejecutivo Nacional, afecta al Estado, sin solicitar medida alguna,
una vez que aquellas solicitudes no habrían de tener un eco
favorable en las decisiones del Gobierno federal".
Sin acoger como indudable la opinión que "señaló al
Presidente de la Confederación como oculto pero principal promotor
de la revolución de Santander", creo que le corresponde
parte de la responsabilidad en aquel desastrozo atamiento. Esta
responsabilidad podría deducirse, a falta de otras pruebas, de la
misma defensa que el Presidente hizo de su conducta oficial en el
Mensaje que dirigió al Congreso de 1860.
Para que se pueda pueda juzgar de la exactitud de este concepto,
insertaré enseguida, anticipando fechas, aquel documento en la
parte que trata de la revolución de Santander.
"SANTANDER. Este Estado, como el del Magdalena, ha sido
organizado y regido por instituciones basadas en las teorías
radicales; y su marcha ha debido por esto llamar de una manera
especial la atención pública. Yo, que he juzgado que el principal
beneficio de la federación ha de ser que, practicándose a un tiempo
en diferentes Estados las doctrinas opuestas que dividen los
ánimos, del ensayo comparativo resulte el conocimiento general de
lo que realmente es verdadero y bueno, sin que haya que hacer en
toda la República el costoso experimento, miraba con singular
satisfacción y deseaba más que todos, la marcha pacífica del
régimen de Santander paralelamente con el de otros Estados regidos
por instituciones opuestas.
"Así, he sentido profundamente el alzamiento que allí
tuvo lugar en el mes de marzo último, tanto por los inmensos males
que toda guerra civil trae consigo, como por el precedente funesto
que él establecía en los Estados de ocurrir a las vías de hecho
para cambiar el Gobierno, por el descrédito que toda revuelta trae
sobre la República entera, por la perturbación que aquel movimiento
podía ocasionar en la marcha pacífica de los demás Estados, y por
los gastos y perjuicios que debía causar a la Confederación,
obligando al Gobierno general a aumentar la fuerza pública, cuanto
porque él interrumpía la práctica pacífica de las doctrinas
radicales, en la cual, después de la insurrección, ha retrocedido
notablemente la Legislatura del Estado, tal vez antes de
tiempo.
"La elección de Diputados para la Asamblea
constituyente de aquel Estado no se hizo por círculos como en todos
los demás, sino votando cada elector por todos los Diputados que
debían formar dicha Asamblea, encargándose la Legislatura de la
provincia de Pamplona de hacer el escrutinio de las votaciones.
Esto dio por resultado que uno de los dos partidos que pretenden
tener allí la mayoría quedó excluido de la Constituyente;
originándose quejas y cargos contra los procedimientos empleados,
yendo hasta el punto de poner en duda la legitimidad de la
Asamblea. Así fue que, desde el primer paso dado en la existencia
de aquel Estado, hubo un principio de disgusto que tendía a
preparar una catástrofe.
"Las instituciones radicales no fueron del agrado del
partido excluido de la Constituyente; y se les hizo una fuerte
oposición por la imprenta, atribuyéndoles, entre otros defectos,
que sacrificaban la seguridad de las personas y de las propiedades;
que centralizando el Gobierno destruían el Poder Municipal; y que
organizando el sistema electoral como lo había sido por la
Constituyente, los que fueron excluidos de ésta lo serían a
perpetuidad de toda participación en el ejercicio de los Poderes
Públicos. No obstante, la paz se conservó hasta febrero de 1859, en
que una insurrección a mano armada ocupó en pocos días una gran
parte del Estado. El encargado del Gobierno obró con actividad y
energía, v pereció desgraciadamente combatiendo por su causa. La
derrota de los sublevados en Güepsa reanimó a los sostenedores del
gobierno, que después de varios encuentros quedaron dueños del
Estado. Los vencidos huyeron a Boyacá y a Venezuela, y después de
algunas semanas entraron de nuevo a Santander. Un combate
sangriento ocurrido en La Concepción el 29 de agosto, dejó en el
campo muertos o prisioneros a los principales jefes de la
insurrección, y ésta terminó allí.
"La gravedad de estos acontecimientos, la manera con
que se ha querido explotarlos, y su influencia en la marcha de la
Confederación, me obligan a detenerme un poco sobre ellos.
"Desde los primeros actos de la Asamblea Constituyente
se mostró disgusto en una parte de la población del Estado, y cada
día se multiplicaban las quejas; pero como los representantes de
ese disgusto eran propietarios y los hombres pacíficos e
industriosos de los campos, gente antipática a las vías de hecho y
poco hábil para conspirar, los rumores de una rebelión que
circulaban no merecieron crédito. Cuando algunos hechos públicos me
persuadieron de que esos rumores podían ser fundados, no teniendo
nada que hacer oficialmente Para impedir una sublevación contra el
Gobierno del Estado, escribí privadamente a varios sujetos
respetables de los que hacían la oposición, y que juzgué más
influyentes, improbando el alzamiento anunciado y procurando
demostrar los resultados funestos que él tendría, con el fin de
inducirlos a que pusieran en acción su influencia para evitarlo. No
alcanzaron mis cartas el éxito que buscaba, y la rebelión estalló
estando reunido el Congreso.
"Tres objetos me propuse entonces: 1° manifestar que el
Gobierno general condenaba las vías de hecho contra los Gobiernos
de los Estados; 2° persuadir que, aunque los miembros del Gobierno
de ese Estado hicieran al Poder Ejecutivo federal una oposición
sistemática y ardiente, éste no miraba a aquel Gobierno como
enemigo, sino que se interesaba en su conservación; y 3° evitar los
combates y el derramamiento de sangre, estableciendo el precedente
de que las luchas intestinas de los Estados se terminasen
pacíficamente por avenimiento.
"Para lo primero se presentó por el secretario de
Gobierno un proyecto de ley al Congreso, prohibiendo a los
militares de la Confederación tomar parte en las sublevaciones
contra los Gobiernos de los Estados, y sancionando esta prohibición
con la pérdida del empleo y de la pensión. Para lo segundo dispuse
que se dieran al señor Murillo, como apoderado del gobierno de
Santander, cincuenta fusiles que pedía. Aquel Gobierno debía tener
a su disposición armas de la Confederación en número más que
suficiente para defenderse: porque partidarios suyos habían
arrebatado por la fuerza el parque que de San José conducía el
Comandante Rueda, sin que hubiera sido dable recuperar ni un fusil;
y porque el Gobernador había recogido las armas que, para evitar un
lance semejante, había depositado en varios propietarios el
comandante Mogollón. Así, las armas dadas al apoderado del Gobierno
de Santander no eran tanto un auxilio, cuanto la manifestación de
las disposiciones benévolas del Poder Ejecutivo federal hacia los
Gobiernos de los Estados que se les mostraban hostiles.
"Para alcanzar la pacificación, que era lo más
importante y urgente, nombré una comisión, que, mediando entre los
beligerantes, evitase conflictos sangrientos y procurase a la
contienda una terminación razonable. Los nombrados fueron sujetos
que por su carácter, precedentes, imparcialidad y posición
enteramente independiente de la influencia del Presidente de la
Confederación, no podían ser tachados por nadie.
"No dudé que el congreso se asociaría gustoso a un
pensamiento semejante, y solicité su cooperación para dar más
respetabilidad a la misión; pero no sucedió así. Los Diputados que
veían en las instituciones de Santander el tipo de la libertad, se
indignaron de que se buscase un término pacífico al alzamiento,
juzgando que el atentado debía expiarse con la sangre de los
insurrectos. Los que no tenían la misma opinión de aquel régimen
pensaron que, no pudiendo el Gobierno general satisfacer los deseos
de los que se creían oprimidos, debían dejarlos en libertad para
buscar su satisfacción por el medio que juzgasen conveniente. Unos
y otros, con pocas excepciones, opinaron que el Poder Ejecutivo
federal, al pretender por medio de una misión de paz cortar la
guerra y procurar la reconciliación, entraba en la vía de las
usurpaciones y contrariaba el sistema federal, y negaron su
cooperación. Sin entrar en el examen de esas opiniones, debo
manifestaros que las desgracias ocurridas y los males que el país
ha experimentado en el curso de esa guerra funesta, y a virtud de
ella han corroborado mi concepto sobre la conveniencia del paso
improbado.
"La conducta de las Cámaras en este negocio hizo que
los comisionados se negasen a aceptar la misión, juzgándola ya
desautorizada. Pero como yo estaba profundamente penetrado del
deseo de cortar una guerra civil desastrosa, y de la convicción de
que convenía a la paz y a la marcha legal de la Confederación el
evitar que se estableciese el precedente de quitar y poner
gobiernos a balazos, persistí en mi pensamiento e hice nuevos
nombramientos para llevar a efecto la misión de paz; pero fue en
vano, porque los nuevamente nombrados se excusaron por el mismo
motivo que los primeros. Cuando encargado del Gobierno del Estado
el señor Azuero, se juzgó por algunos que la contienda podía
terminarse pacíficamente, escribí al sujeto que me pareció mejor
colocado para influir eficazmente en tal sentido, esforzándome para
inducirlo a procurar aquel bien. Y más tarde, cuando equilibradas
las fuerzas de los contendientes, el triunfo del Gobierno pareció
muy dudoso, y un Senador afecto a este quiso buscar una terminación
pacífica, escribí también en igual sentido a quien se me indicó que
convendría que lo hiciese para alcanzar aquel fin.
"Un alzamiento promovido y sostenido no por gente
baldía que busca en él medros pecuniarios, sino por propietarios Y
labradores pacíficos para quienes la guerra es un azote destructor,
que no puede ser apetecido sino cuando se juzga indispensable para
alcanzar la paz y seguridad, envuelve en sí un cargo grave contra
las instituciones y los gobernantes. Estos y sus copartidarios han
juzgado que podían declinar la responsabilidad moral que sobre
ellos pesa, imputando al Gobierno federal, sin fundamento ni prueba
alguna, que había fomentado una rebelión, que él más que todos
deplora, y que acaso ha sido el único en toda la Confederación que
ha procurado activamente impedirla o cortarla. Para compeler a los
que tal imputación hacían a exhibir las pruebas de ella, el Poder
Ejecutivo ha requerido al Procurador general para que se someta a
juicio al Gobernador de Santander, que oficialmente propagó aquella
calumnia.
"Durante la lucha civil de Santander los vencidos de
uno y otro bando pasaron al territorio de Boyacá, como antes he
dicho, y de allí volvieron armados o desarmados al teatro de la
contienda. Esto dio ocasión a que el Gobierno de Santander
pretendiese que el de Boyacá desarmase a los refugiados, los
alejase del límite de su jurisdicción, los confinase, y no
permitiese que volvieran a Santander, suponiendo para ello que
entre los Estados de la Confederación rigen las prácticas del
Derecho internacional, respecto de asilados.
"El Gobernador de Boyacá no rechazó esas pretensiones,
y se prestó a desarmar y disolver las partidas de gente armada que
pasaron de Santander a Boyacá, sin que su acción fuese bastante
eficaz para impedir que por diferentes puntos de la extensa línea
divisoria de los Estados entrasen a Santander hombres, armas y
municiones a sostener la guerra por uno y otro partido.
"Quejóse por esto el Gobernador de Santander,
suponiendo que aquello implicaba protección a los insurrectos por
parte del gobierno de Boyacá, y amenazando tomar con las armas
satisfacción del supuesto agravio. Quejábase también el Gobernador
de Boyacá de que el territorio de su mando había sido violado por
partidas armadas al servicio del Gobierno vecino, cometiendo en él
diversos atentados. El Gobierno general, por resolución de 14 de
julio, requirió a los Gobiernos de los dos Estados para que se
abstuviesen de todo acto de hostilidad del uno contra el otro; para
que dictasen providencias eficaces a fin de evitar que individuos
vecinos o residentes en uno de los dos Estados entrasen en armas
con objeto hostil en el otro; para que no se formasen reuniones de
gente armada en las fronteras de los Estados, o en sus
inmediaciones, que amenazasen la seguridad individual o el orden
público en el Estado vecino; para que se juzgase y castigase a los
individuos que, violando las leyes y las disposiciones dirigidas a
mantener la paz entre los pueblos de la Confederación, turbasen o
comprometiesen ésta; y finalmente, para que hiciesen cesar todo
armamento y toda actitud belicosa que, mirándose como una amenaza,
indujese al Estado vecino a tomar igual actitud, poniendo así en
peligro la paz, y obligando a imponer a los pueblos exacciones que
producen disgusto público y comprometen el orden. Advirtió también
a los dos gobiernos, que si alguno de ellos, desatendiendo el
requerimiento, ejecutaba alguna agresión contra el otro, sería
considerado como infractor de la paz, y responsable de los daños y
gastos que esto ocasione; y que el Gobierno general haría uso de
las fuerzas de la Confederación para desarmarlo y reducirlo a la
paz.
"Oído el informe del Gobernador de Boyacá sobre las
quejas elevadas por el de Santander, se dictó la resolución de 3 de
agosto, inserta en el número 2.418 de la
Gaceta Oficial', y
habiendo hecho sobre ella varias observaciones una comisión
nombrada por la Legislatura de Santander, se dictó la resolución de
11 del mismo mes, que fue publicada en el número 2.420 de la misma
Gaceta. En esos documentos están examinados atentamente
todos los puntos sobre que se había suscitado queja, y resuelto lo
que el Poder Ejecutivo ha juzgado conforme a las leyes vigentes y a
los principios en que está basado el Gobierno establecido.
"El artículo 12 de la Constitución federal, disponiendo
que es obligatorio para las autoridades de cada Estado, entregar a
las de aquel en que se haya cometido un delito, la persona o
personas que se reclamen, y contra las cuales se haya librado orden
de prisión; que lo es asimismo auxiliar los despachos o exhortes
dirigidos por la autoridad de otro Estado', ha establecido el modo
de proceder en los casos ocurridos entre Santander y Boyacá. Si las
autoridades del primero hubieran procesado a los insurrectos que
habían pasado a Boyacá, y pedido entrega con arreglo a la ley, el
Gobierno de Boyacá los habría aprehendido y puesto a su
disposición, como repetidas veces manifestó que estaba dispuesto a
hacerlo; y así habría cesado todo motivo de queja y toda dificultad
en la materia. Pero la legislación Penal de Santander excluía del
catálogo de los delitos el acto de derribar por vías de hecho el
Gobierno del Estado; y aunque después se ha procesado a los
insurrectos, procediendo por analogía, según se expresa en los
documentos oficiales de aquel Estado, como si hubieran cometido el
delito de resistencia a la autoridad, parece que se tenía escrúpulo
en intentar los sumarios, porque para decretar la prisión se
necesitaba el veredicto previo de un Jurado, y se dudaba que éste
lo diese.
"Resultó de aquí que, no queriendo o no pudiendo el
Gobierno de Santander proceder conforme a las leyes generales
vigentes. y sintiendo los inconvenientes de que los habitantes del
Estado que huían al vecino volviesen de él a continuar sus
hostilidades, pretendiera que el de Boyacá violase la Constitución
y las leyes, atropellando las garantías individuales, para sacarlo
de aquella dificultad. Las autoridades de Boyacá no podían procesar
a los refugiados, que no habían cometido delito ninguno en su
territorio, y que estaban en posesión de todos los derechos y
garantías que tanto la Constitución y las leyes generales, como las
del Estado, otorgan a sus habitantes, según las cuales pueden
entrar y salir libremente del Estado, por donde y cuando quieran,
residir en el punto que a bien tengan, y mantener en su poder las
armas que juzguen conveniente, sin que la sospecha de que pueden
hacer mal uso de esas armas, o moverse en cierta dirección con
intento culpable, sea razón suficiente para desarmarlos y
confiscarlos.
"De algunos años atrás se populariza la teoría de que
los Gobiernos deben estar desarmados y armados los ciudadanos, de
manera que éstos puedan sin dificultad derribar a aquellos cuando
lo juzguen conveniente. Esto se ha presentado como una garantía
preciosa para la libertad, y podría serlo si todos los ciudadanos
se armaran y todos se creyeran igualmente obligados a tomar parte
activa en el mantenimiento o en la caída del Gobierno; pero estas
condiciones están muy distantes de la realidad. La gente vaga y
turbulenta se arma y se combina para obrar, mientras que la gran
masa de la población, solícitamente ocupada en sus quehaceres
industriales, no tiene tiempo ni voluntad para ocuparse en
política; prefiere tener un arado a tener un fusil, y una azada a
una lanza. En consecuencia, aquella teoría en el actual estado de
las cosas, propende a entregar el Poder público a las pandillas que
se organicen y se armen para derribar y establecer Gobiernos. La
doctrina de que hablo be penetrado bastante en nuestra legislación
y es muy digno de notarse que sus más ardientes defensores hayan
pretendido hacer caso de guerra la práctica legal de esta teoría en
un Estado vecino".
Queda trascrita íntegramente, como la lealtad lo exige, la
defensa hecha ante el Congreso por el Presidente Ospina, de los
cargos que el Gobierno de Santander y la prensa liberal le
hicieron, con motivo de su conducta oficial, en lo relativo a la
guerra civil que por espacio de ocho meses se hizo sentir, con
todos sus horrores, en aquella importante sección de la
República.
Juzgue el lector, en vista de esa extensa exposición, si fue o
no sincero el interés que allí se manifiesta en favor de la marcha
pacífica del Gobierno de Santander. Por mi parte me limitaré a
hacer sobre tan delicado punto las siguientes observaciones.
Desde que el Presidente se atrevió a afirmar "que eran
los propietarios y los labradores pacíficos de Santander"
los que se habían alzado en armas contra el Gobierno del Estado,
dejó ver claramente de qué parte habían estado, en su concepto, la
razón y la justicia; y cuál de los dos bandos contendientes había
sido acreedor, por consiguiente, a las simpatías del Jefe de la
Nación.
Como la causa del descontento que originó la guerra no fue otra,
ajuicio del mismo magistrado, que la de "atribuírseles a
las instituciones vigentes, entre otros defectos, el de que
sacrificaban la seguridad de las personas y de las
propiedades", nada menos que de un mal corazón se
necesitaba para "mirar con singular satisfacción la marcha
pacífica" de tan monstruoso régimen, y para desear la
estabilidad o conservación de él. Porque causa de aficción, que no
de júbilo, debía ser para todo buen ciudadano el espectáculo de un
pueblo que soportaba pacientemente tan espantosa opresión.
Y no importa que sólo se tratara, como lo dice el Mensaje, de un
ensayo comparativo, por medio de la práctica simultánea en varios
Estados de la Confederación, de las doctrinas opuestas que dividen
los ánimos en el país"; pues que sería verdadero acto de
demencia el de ensayar, por un día que fuese, y mucho más el de
prolongar indefinidamente, el ensayo de un régimen semisalvaje,
como el que se suponía existente en Santander. Bastaba, en todo
caso, y aún sobraba, el período de quince meses que contaba de
existencia ese abominable sistema político cuando estalló la
revolución para que todo hombre de buenos sentimientos, por más
aficionado que fuese a experimentos de esta clase, deseara
ardientemente la cesación del que ahora nos ocupa. Así, pues, lo
del profundo sentimiento con que vio el Presidente interrumpida
"la práctica pacífica de las instituciones radicales en
Santander" es un acierto que implica la más flagrante
inconsecuencia.
Sin embargo, el Presidente se muestra de tal modo imperturbable
a este respecto, que, aludiendo a la reforma constitucional
decretada por la Asamblea de Santander a raíz de la revolución de
1859, no vacila en decir que esa Corporación retrocedió
"talvez antes de tiempo".
Claro es, por tanto, y manifiesto hasta la evidencia, que el
Presidente Ospina deseaba o aparentaba desear (esta última
suposición es la menos desfavorable para él) la continuación de un
régimen político que, a su juicio, se hallaba en pugna abierta con
las ideas y los intereses de la más
sana y respetable
porción de la sociedad.
Veamos, si no, lo que en otro lugar dice acerca de esa misma
revolución:
"Un alzamiento promovido y sostenido, no por gente
baldía que busca en él medros pecuniarios, sino por propietarios y
labradores pacíficos, para quienes la guerra es un azote
destructor, que no puede ser apetecida sino cuando se juzga
indispensable para alcanzar paz y seguridad, envuelve en sí un
cargo grave contra las instituciones y los gobernantes".
¡Y ese era, sin embargo, el régimen gubernativo cuya indefinida
duración deseaba el Presidente, a manera de ensayo!
La vivisección es un método experimental, del que la ciencia ha
sacado gran provecho; pero sólo se practica en animales.
Que la revolución de Santander se hizo con armas pertenecientes
a la Nación, fue un hecho cuya evidencia nadie de buena fe pudo
negar; porque si bien es cierto que la libertad del comercio de
armas y municiones contaba ya para entonces cerca de un año de
decretada, nadie se atrevía a decir que a Santander se hubiera
introducido un solo fusil en uso de esa libertad.
Por su parte, el Poder Ejecutivo tenía conocimiento de que
"algunas de dichas armas (las pertenecientes a la Nación)
habían sido depositadas en poder de varios
propietarios, por
el agente a quien el Gobierno general había encargado de recogerlas
en Santander" (el Comandante Mogollón).
Y aunque el Presidente añade, a raíz de esta ingenua confesión,
que esas armas, todas, fueron recogidas por el Gobierno del Estado,
esta aserción del Presidente, desprovista como está de pormenores
relativos a los nombres de los depositarios, y al número de armas
que cada uno de ellos hubiera recibido y entregado, deja campo para
sospechar que los aludidos
propietarios, o
enemigos
del Gobierno de Santander, -que a tanto equivale esa palabra en el
tecnicismo político del Presidente- si llegaron a entregar algunas
armas, no fue indudablemente el mayor número de las que habían
recibido, y menos la totalidad. Ello es que al Gobierno de
Santander lo encontró desarmado la revolución; y que al rendir los
rebeldes las armas con que le hicieron la guerra, dejaron en poder
de él la prueba material de que esas armas procedían de los parques
de la Nación.
Ahora bien, el Presidente de la Confederación tenía no sólo la
facultad natural, sino también el deber legal de exigir la
devolución de esas armas, de quienquiera que las tuviese. Y tan
cierto es que tenía esa facultad, que de ella hizo uso en esta
ocasión, bien que no en contra de los rebeldes, sino de los amigos
del Gobierno de Santander.
En el número 225 de
El Tiempo, correspondiente al 19 de
abril de 1859, se encuentran los comprobantes de que en la mañana
del día 3 de ese mes, fueron tomadas por orden del Gobernador de
Cundinamarca, a la salida de la capital, tres cargas de fusiles que
el ciudadano Manuel Murillo Toro había comprado por cuenta del
Gobierno de Santander Y que remitía a Puente Nacional. El lector
puede informarse por esos mismos documentos oficiales, de que el
Gobernador de Cundinamarca procedió en aquel caso con expresa
autorización del Ejecutivo Nacional; de que los fusiles fueron
tomados por presumirse que pertenecían al Gobierno; de que éste,
suponiéndolo así, los hizo ingresar en el Parque
nacional; de que el señor Murillo solicitó del Secretario de
Gobierno la devolución de ellos, y de que este funcionario se
denegó a devolverlos, por resolución dictada el 18 del mismo mes de
abril.
Y sin embargo de lo reciente de este acto oficial, cuya
justificación se hizo con la cita de disposiciones legales
preventivas, el Presidente no tuvo embarazo en decir al Congreso
"que no teniendo nada que hacer oficialmente para impedir
la sublevación contra el Gobierno de Santander, escribió
privadamente a varios sujetos respetables de los que hacían la
oposición, improbando el alzamiento".
Fue así, pues, arrebatando de manos de los amigos del Gobierno
de Santander las armas con que ellos trataban de auxiliarlo, y
absteniéndose de hacer otro tanto respecto de las que se hallaban
en poder de los rebeldes; fue así, por modo tan singular, como el
Presidente de la Confederación puso de manifiesto ante el país la
sinceridad del deseo que lo animaba "de que no se
interrumpiese la práctica pacífica de las doctrinas radicales en
Santander!".
Si al primer aviso recibido por el Presidente, de que en aquel
Estado se preparaba un alzamiento contra el Gobierno seccional, en
vez de escribir cartas particulares para desaprobar tal proyecto,
hubiera exigido de los presuntos revolucionarios la entrega de las
armas de la Nación, so pena de emplear la fuerza pública para
tomarlas; si tal hubiese sido el procedimiento del Poder Ejecutivo,
la guerra civil que estalló en Santander y que, al decir del mismo
Presidente, enardeció las pasiones de partido y turbó la confianza
que en todas partes dominaba sobre la marcha pacífica de la
Confederación"; esa funesta y asoladora guerra no habría
tenido lugar; y en ese caso, como parece insinuarlo el mismo autor
del Mensaje en las palabras trascritas, la marcha política del
país, bajo un régimen constitucional del agrado de la mayoría, no
se habría interrumpido, y el Gobierno entonces existente no se
habría visto arrastrado al abismo por el torrente revolucionario de
1860... ¡Misterios del destino!
Se ha visto en una de las anteriores páginas cuál fue la
conducta del Gobierno de Boyacá en lo relativo a la guerra de
Santander; conducta en que resalta la convivencia de algunos de los
agentes del Gobierno de aquel Estado con los rebeldes de Santander,
y la culpable tolerancia de parte de algunos otros de tales
agentes. Y sin embargo, la sola medida dictada por el Poder
Ejecutivo nacional en presencia de tan grande escándalo, consistió
en "requerir a los Gobiernos de los dos Estados para que
se abstuviesen de todo acto de hostilidad del uno contra el otro,
so pena de considerarlos infractores de la paz, si desatendían el
citado requerimiento, y de declararlos responsables de los daños y
gastos que aquella ocasionase; advirtiéndoles que el Gobierno haría
uso en tal evento de la fuerza de la Confederación para reducirlos
a la paz".
El Gobierno de Santander, que apenas se bastaba para repeler las
agresiones armadas que tenían por punto de partida el territorio
del vecino Estado, fue considerado por esta resolución como
presunto agresor. De este modo colocó el Presidente en una misma
categoría al ofendido y al ofensor, e hizo recaer de igual modo
sobre el culpable que sobre el inocente, el rigor de una intimación
oficial. En mala hora vino tan injusta determinación a la mente del
Jefe del Gobierno; pues ella colmó la medida de la indignación
pública en Santander, y contribuyó a generar los acontecimientos
que se desarrollaron después.
Ah! Procedimientos como éstos fueron, sin duda, los que
arrancaron al Libertador esta dolorosa exclamación: "no
hay buena fe en América".
Espero, sin embargo, que no se verá en cuanto he dicho ni en lo
que adelante diré sobre la conducta política del Presidente de la
Confederación Granadina, ningún sentimiento de malevolencia ni nada
que revele pasión política.
Lo único que en este caso me he propuesto -además de rendir
homenaje a la verdad histórica, no sólo respecto de los
acontecimientos sino también de los hombres que han hecho en ellos
principal papel- es hacer notar a qué extremos puede conducir el
espíritu de partido, aún a las personas más honorables y más
altamente colocadas.
Que el señor Ospina fue un hombre eminente por sus talentos
políticos y literarios; que tanto en la prensa como en el
parlamento luchó sin tregua ni descanso y con brillo incontestable
en servicio de su partido, y que se distinguió, además por la
austeridad de sus costumbres, son hechos que nadie se atreverá a
negar; pero tampoco habrá quien desconozca, ni aún entre los que
fueron fervientes admiradores suyos, que en los más críticos
momentos de su vida pública llevó su inflexibilidad política hasta
una deplorable extremidad, y que el sentimiento de benevolencia que
templa o que suaviza las medidas de rigor, que gana las voluntades
y predispone al perdón, no llegó a manifestarse en ninguno de los
actos que, con relación a sus adversarios políticos, ejecutó en uso
del poder; como si el espíritu dogmático, de suyo intransigente, y
el principio de autoridad, personificado en aquel carácter romano,
hubiesen destruído en él todo impulso de magnanimidad.
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