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IX


La situación política de Santander, a fines de 1858 y principios de 1859, no sólo llegó a ser crítica sino también por extremo alarmante. Para colmo de embarazos administrativos, la Constitución apenas reconocía dos entidades políticas: el Estado y el Municipio. De modo que en vez del nombramiento de ocho o nueve Prefectos para otros tantos Cantones o Departamentos administrativos -como los que hay en la actualidad- nombramientos que habría podido hacer el Presidente en individuos que le fuesen personalmente conocidos, y cuya importancia política y social pudiera añadir prestigio al Gobierno, nombraba a ciegas cien Alcaldes, con quien se entendía directamente el único Secretario que la ley le había concedido.

En tan azarosas circunstancias, las elecciones ofrecían el medio eficaz de corregir esa mala situación, que tanto los conservadores como los liberales reconocían y deploraban.

La convocación de una Asamblea Constituyente, decretada un año después de expedida la Constitución del Estado, indicaba del modo más inequívoco, que el partido de la mayoría, reconociendo los defectos de aquel Código, se afanaba por corregirlos. Y así lo habría hecho en el breve término de seis meses, si entretanto el partido conservador no hubiese formado el ambicioso y criminal proyecto de derribar al Gobierno por medio de un golpe de mano, para adueñarse del poder.

Contando con extraño apoyo, como más adelante verá, y con el Gobierno del Estado se hallaba inerme y desapercibido, los revolucionarios, que obraban con el mayor sigilo, creyeron asegurado el triunfo; y aunque al aproximarse el momento crítico, el Presidente del Estado dio el grito de alarma y llamó a los pueblos a la defensa de sus derechos, estos no se hallaban en situación de responder a ese llamamiento. (1)

"Desapercibidos e inermes, algunos tuvieron que someterse a los que con las armas se les imponían por la fuerza: otros, lejanos del centro, residencia del Gobierno, no pudieron acudir con la prontitud que los acontecimientos hacían necesaria. Por el contrario, los autores de la rebelión habían dado el golpe cuando su plan, lenta y perfectamente combinado, lo indicaba como oportuno y cuando todo les era propicio. Contaban con las armas profusamente repartidas entre ellos desde 1857 por los agentes del Gobierno de la Confederación; con la generosa confianza del Gobierno del Estado; con la índole pacífica de las instituciones, y sobre todo con la impotencia de los pueblos, que a la hora carecían de todo elemento con que ensayar una resistencia cualquiera". (2)

Tan exacta es esta pintura de la situación, que los revolucionarios, por medio de un movimiento simultáneo, se habían apoderado sin resistencia de la mayor parte del territorio del Estado (febrero de 1859).

En presencia de tan graves cuanto imprevistos sucesos, los liberales de Vélez, de acuerdo con los de Suaita -unos y otros abandonados a sus propias fuerzas e incomunicados con la capital del Estado- resolvieron hacer un esfuerzo casi desesperado para defender la causa de la legitimidad.

El Gobierno no contaba a la sazón en la capital sino con cuarenta defensores armados y con un número poco más o menos igual que los patriotas cucuteños organizaron precipitadamente para atender a la defensa del Gobierno; pequeños cuerpos, que debían ser muy pronto vencidos por fuerzas superiores.

Del campo en que habitaba me trasladé sin tardanza a la ciudad de Vélez, donde la opinión era casi unánime en favor del Gobierno, pero donde sólo había, por todo armamento, cinco fusiles destinados a la escolta del correo. Por fortuna encontré en el Alcalde de la ciudad, doctor Lucas Villafrádez, toda la decisión patriótica que las circunstancias exigían; y contando con el apoyo de uno de los más valerosos Jefes militares que he conocido, el señor Vicente Olarte Galindo, y con el entusiasmo de la valerosa juventud veleña, fácil me fue impulsar el movimiento contrarrevolucionario que tuvo al principio por teatro del Departamento de Vélez y que se extendió luego al centro del Estado. No habiendo fondos públicos de que echar mano, suministré los necesarios para la compra de armas dentro y fuera del Departamento, y para los gastos de raciones y equipo de la columna de cien hombres, que en pocos días se organizó en la ciudad.

Ocupados estábamos en estos preparativos bélicos, cuando llegó de Cúcuta el señor Diego Uscátegui, persona de reconocida veracidad, e informó a sus amigos concreta y minuciosamente sobre el estado las cosas en el centro y norte del Estado. Según esos informes, el Presidente Herrera sólo tenía en Bucaramanga cuarenta hombres armados; y si bien estaba acompañado por dos jóvenes de grande energía -Luis Flórez y Marcelino Gutiérrez- nada podía hacer, rodeado como estaba por fuerzas muy considerables.

Cuál fuera el efecto moral de estos informes, es bien fácil de comprender. Así, pues, era urgente combatir esa desfavorable impresión. Con tal objeto, llamé a mi casa al doctor Villafrádez, y después de conferenciar brevemente con él acerca de lo crítico de la situación, le mostré una carta cualquiera de las de mi suegro, el Coronel Antonio María Díaz, y le pregunté si podría imitar su letra. Habiéndome respondido afirmativamente, le dicté una supuesta carta de mi suegro para mí, en la cual me decía que acababa de llegar de Bogotá a la hacienda de El Potrero a aguardar allí los voluntarios armados que había dejado listos en aquella ciudad, para venir a formar la expedición militar con que un grupo de liberales notables, a excitación del Presidente titular, el doctor Murillo, había resuelto auxiliar al Gobierno legítimo del Estado. Que pronto se pondría él en marcha con dicha fuerza, y que mientras tanto debíamos los vélenos salvar a todo trance la que habíamos organizado en la ciudad.

El efecto de esta carta, cuya autenticidad nadie puso en duda, excedió a mis esperanzas. La opinión se reanimó al punto: personas que sólo pensaban ya en substraerse a los primeros actos de hostilidad del enemigo, a quien juzgaban irresistible, se presentaron de nuevo en la plaza, y ciertos recaudadores de rentas de algunos Municipios, que se habían ocultado para no entregar los pocos fondos que tenían reunidos, acaso con la mira de aplacar con ellos al enemigo, se apresuraron a ofrecerlos.

En estas propicias circunstancias se iniciaron las operaciones militares con la traslación a San Benito de la fuerza organizada en Vélez, la que, unida allí a la que en Suaita había levantado el Comandante Rudesindo López, debían hacer frente a la columna enemiga que había ocupado esta última ciudad a las órdenes del Coronel Habacuc Franco.

A este tiempo llegó a Vélez el Coronel Clodomiro Ramírez con carta de recomendación del doctor Murillo, a ofrecer sus servicios al Gobierno del Estado.

La espontaneidad con que este distinguido Jefe había ido a hacer tal ofrecimiento, y su graduación militar, superior a la de los Comandantes Olarte y López, me decidieron a recomendarlo para el puesto de Comandante al Alcalde en Jefe de la columna.

Por esos mismos días recibí en San Benito carta de un pariente y amigo mío, escrita en San Gil, en la cual me daba noticia del trágico suceso de Suratá, y de la consiguiente desaparición del Gobierno legítimo en el centro y norte del Estado, a excepción del departamento de Ocaña, que permanecía en paz. De esta carta sólo di conocimiento al Comandante Otarte, a quien interesaba personalmente como a hermano político del mártir de Suratá.

El 21 de marzo, a las seis de la mañana, se recibió en San Benito u aviso enviado por el señor Mauro Galvis, patriota vecino de Suaita, sobre que, a la una de la mañana de ese mismo día, había salido de aquella ciudad la fuerza enemiga en dirección a Güepsa, con el propósito de pasar el Suárez por aquel punto, que estaba desguarnecido, y ocupar sin resistencia la ciudad de Vélez, dejando a su espalda la fuerza legitimista. Pero como el paso del río por tarabita para un cuerpo de tropas que constaba aquel día de más de trescientos hombres, no podría hacerse en menos de ocho horas, ni en menos de cuatro la traslación de Suaita a Güepsa, había tiempo suficiente para salirle al paso antes de que llevara a cabo su proyectada operación.

Partimos, pues, de San Benito entre once y doce del día, no sin haber enviado antes en observación del enemigo, y con orden de embarazarlo en su marcha, un piquete de caballería a órdenes del intrépido Coronel Ramón Perea, quien, en unión de otros liberales de Charalá, había venido recientemente a incorporarse en nuestras filas. El doctor Ricardo Becerra, que de Bogotá se había dirigido a Vélez con igual objeto, y que anhelaba ocupar primer puesto al frente del enemigo, se incorporó en la partida de observación.

Entre una y dos de la tarde se hallaba ya nuestra fuerza a tres cuartos de hora de distancia de la plaza de Güepsa, donde el Jefe enemigo esperaba su caballería, que había tenido que hacer largo rodeo para pasar el río, y distribuía a su tropa una ración de carne. En esa situación le sorprendió la vista de nuestra primera avanzada de infantería, mandada por el Capitán Camilo Vanegas. La necesidad de esperar la llegada de los dos destacamentos que custodiaban los pasos del río, detuvo nuestro movimiento de ataque; por lo cual invité al doctor Ricardo Becerra, que acababa de unirse a la infantería, para que fuésemos a inspeccionar el campo enemigo y a darle orden al Capitán Vanegas de batirse en retirada, si llegaba a ser atacado. Cuando llegamos al punto que éste ocupaba, se presentó el enemigo a doscientos pasos de distancia, e hizo su primera descarga. En ese instante el doctor Becerra echó pie a tierra, tiró a lo alto su sombrero, y al grito de ¡Viva el Estado de Santander! se incorporó al piquete de vanguardia. Yo hube de regresar solo, y a poco andar encontré al Comandante Olarte, que venía con su batallón. La presencia de este gallardo Jefe, cuyo semblante parecía haberse iluminado al estruendo de la primera descarga, me infundió tal entusiasmo, que no pude prescindir de dirigirles a él y a sus valientes soldados unas pocas palabras, a modo de arenga militar. Pocos días antes habían combinado él y el Comandante López un proyecto de asalto nocturno al enemigo acantonado en Suaita; proyecto al cual me opuse manifestando que era preferible esperar a que intentase el paso del río. Por alusión a eso, pude decir al Comandante Olarte: "Ha llegado el momento tan deseado por usted. El enemigo está a diez cuadras de distancia". Continué mi marcha hasta encontrar la retaguardia, que venía al mando del Comandante López, y en la cual se hallaba también el Comandante en Jefe de la columna, Coronel Ramírez.

El Coronel Ramírez, que no conocía absolutamente el terreno en que iba a tener lugar el encuentro, me había exigido al salir de San Benito que no me separara de él.

Sin embargo, hube de hacerlo dos veces, y la segunda quizá por fortuna para mí, como adelante se verá.

Cuando nuestra retaguardia se acercaba al centro de la línea enemiga, situado en una estrechura del camino que comunica a Güepsa con San Benito, y donde se había empeñado ya el combate con nuestra vanguardia, se nos hacía un fuego bastante nutrido por el flanco derecho. Comprendiendo al punto el plan del enemigo, que consistía en atacar simultáneamente por el centro y por los dos flancos, fijé la vista al lado izquierdo, que lo mismo que el derecho estaba cubierto de espeso matorral, y pronto descubrí, por el movimiento del ramaje, la presencia de fuerza enemiga emboscada.

-Indudablemente- dije al Coronel Ramírez- estamos amenazados también por el flanco izquierdo, y no es prudente dejar al enemigo en capacidad de ocupar nuestra retaguardia.

En virtud de esta observación, el Coronel Ramírez hizo llamar al Comandante Rudesindo López, que iba un poco adelante, y le dio orden de destinar una compañía al encuentro de aquella fuerza, que tan cerca al camino estaba ya.

El Comandante López ordenó a un capitán Acuña que ejecutara el movimiento indicado, y cuando ya este se había puesto en marcha, pregunté al mismo comandante si tenía bastante confianza en la pericia del capitán.

-Sí, señor- me contestó- pero si usted quisiera acompañarlo...

No era el caso para vacilar, y yo seguí el movimiento de la compañía.

A tiempo en que los soldados rompían una cerca de palos para abrirme paso, se presentó a todo galope, en un hermoso macho negro -que horas después debía servir de patíbulo al Coronel Ramírez- uno de nuestros compañeros que se había quedado atrás y que, habiéndose tomado algunas copas, venía rebosando de ardor bélico. Al llegar me dijo con arrogante voz: "Por donde usted entre, entraré yo también"; y así diciendo, obligó a su macho a dar un salto por sobre la mal desbaratada cerca.

Cual si hubiéramos equivocado la dirección, resultó que al cabo de un rato nos hallábamos en el fondo de la maleza, sin encontrar rastro del enemigo; por lo cual propuse a mi compañero que subiésemos a una colina que cerca de allí había, con el objeto de observar el campo.

-Nada de inútiles detenciones- replicó él con acento desdeñoso.-Aquí no hay más táctica que la de ir adelante y cargar al enemigo.

A pesar de este exabrupto subí solo al lugar indicado, y no habiendo visto al rededor nada que me llamara la atención, excepto una casa pajiza, rodeada de sauces y situada en una eminencia, hice enderezar la marcha de la tropa hacia ese paraje.

No bien llegamos al patio de la casa cuando sentimos una descarga cerrada, que se nos hizo desde una zanja contigua, en la que, después de haber observado sin duda la dirección que llevábamos, se había emboscado el enemigo.

Al oir el fragoroso estallido, mi intrépido compañero volvió instantáneamente la rienda y se ocultó detrás de la casa.

-Este sí es el momento de "cargar al enemigo"- le dije en alta voz, llamándole por su nombre; y él, al verse apostrofado de esta suerte, volvió, un tanto mohíno, a ocupar su puesto en la fila.

Extraño parecerá que la voz del amor propio herido se hubiera dejado oir en tan crítico momento; pero más extraño ha de parecer, sin que sea por ello menos cierto, que otra pasión no tan dominante como aquélla -la presunción de no equivocarse nunca- se hubiera sobrepuesto al temor en la ocasión de que voy a hablar.

Viajando por el Carare en compañía de mi hermano Trino (q.e.p.d.) llegamos a un paso tan peligroso, que, después de- contemplarlo un rato, dije a mi compañero: éste sí es el caso de echar pie a tierra.

-No!- repuso él con vivacidad: tu muía es buena; Echate sin miedo.

-Quién sabe, le repliqué; este salto hacia abajo me parece sumamente peligroso.

-Déjame, pues, pasar adelante- contestó él con la mayor naturalidad.

Más por efecto de una estúpida susceptibilidad que por haber visto probabilidades de salir bien librado en aquel trance, le arrimé las espuelas al macho, que vacilaba tanto como yo» y ambos nos arrojamos al precipicio.

Al hundir el animal hasta el codillo las patas delanteras en el ya endurecido fango, dio literalmente la vuelta del carnero, y cuando estaba yo a punto de caer debajo de él, lancé triunfalmente -según lo afirmaba Trino, riendo a carcajadas- esta exclamación: No te lo dije!

En cuanto al cuitado amigo de quien he venido hablando, debo añadir, para honor suyo, que, además de ser un joven inteligente, era cumplido caballero; y que sin tener vocación para la carrera militar, su amor a la causa liberal lo había nevado dos veces a los campamentos. Estando en conversación un día sobre los azares de la guerra, que él pintaba con terríficos colores, le hacía un hermano suyo cierta observación encaminada a atenuar ese horror a las batallas, cuando fue bruscamente interrumpido con esta decisiva réplica: ¿No ve usted que le pueden dar a uno un balazo en la cabeza?

Sobre el humo de la descarga antes citada, y a la voz del capitán, se lanzaron nuestros soldados al borde de la zanja sin dar tiempo a los contrarios para volver a cargar sus armas; de donde resultó que la mayor parte de estos se pusieron en precipitada fuga, y que los restantes, en número de catorce, quedaron prisioneros. Atados con una cuerda y puestos en fila, los echamos por delante, sin haberlos despojados de su uniforme, cosa que iba dando lugar a una trocatinta que pudo ser funesta. Al reincorporarnos al grueso de la tropa, que acababa de vencer al enemigo en el reñido encuentro de La Teja, una compañía mandada por el Coronel Pérez y por el doctor Ricardo Becerra, tomándonos a primera vista por enemigos, estuvo a punto de disparar entre nosotros.

El primer jefe a quien encontré al tomar de nuevo la vía pública fue al Comandante Olarte.

Fresco cual si nada acabase de pasar, venía lentamente en una muía, vestido de dormán blanco, y con la espalda cubierta de sangre.

-Lo han herido a usted en la cabeza- le dije al verlo -sin disimular mi consternación.

-Sí, señor, me contestó, pero la herida no debe de ser grave, puesto que no me ha impedido montar a caballo.

Con un tornillo pedrero le habían destrozado las membranas del occipital; pero como él era de constitución vigorosa, la hemorragia no alcanzó a trastornarlo.

Después de haber dejado el enemigo, en el mencionado punto de La Teja, más de treinta individuos entre muertos y heridos, se había refugiado en la plaza de Güepsa, y parapetádose en algunos edificios, para tentar el último esfuerzo.

Al llegar a la entrada de la población observó el Coronel Ramírez que parte considerable de nuestros soldados se había rezagado en el camino; y como la única corneta que teníamos había sido rota por una bala, volviéndose a mí el Coronel, me dijo: usted que está bien montado es quien con facilidad puede reunir la gente dispersa que ha quedado atrás, y que nos hace falta para este último ataque.

No me lo dejé decir segunda vez, y partí acompañado de un Ayudante de campo. A esta comisión debí probablemente el no haber caído en la celada en que cayó El Coronel Ramírez. Cuando regresé, minutos después, a la cabeza de los dispersos, encontré al Comandante López y al doctor Becerra atacando una de las primeras casas del poblado.

Cedo ahora la palabra al Comandante Olarte, tomando de su extenso parte de la batalla los siguientes pasajes:

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"El combate así empeñado, empezó a las dos de la tarde; el fuego fue vivísimo hasta las tres, en que decayó por parte del enemigo, que ya empezaba a retirarse hacia Güepsa; el grito de guerra de nuestros bravos era el de ¡Viva la República!, al que contestaban los enemigos con insultos o con los de ¡Viva el Gobierno provisorio!, ¡Vivan mis Comandantes! Desde las tres y media hasta las seis de la tarde en que terminó el combate, los enemigos emprendieron retirada hacia Güepsa, dejando en nuestro poder armas, numerosos prisioneros y todos sus heridos. El fuego continuó escaso por ambas partes hasta que, estrechados los revoltosos en las calles del mismo Güepsa, se reanimaron por algunos instantes, parapetados en las casas, haciendo un fuego vigoroso, que nos costó la irreparable pérdida del heroico Clodomiro Ramírez! Al ruido de los últimos disparos, plegadas ya las banderas vencedoras, acallado el toque de ¡a la carga! por sobre el unánime y entusiasta grito de ¡Viva la República! y hendiendo el espacio los primeros marciales sones de una música guerrera, cayó exánime el valeroso Jefe, engrandeciendo con el sacrificio de su vida y sellando con su sangre la gloriosa victoria de Güepsa!

"De los Jefes enemigos sólo el señor Benito Franco, correspondiendo a su reputación de guapo soldado, se presentó en el campo, retirándose gravemente herido. Los soldados y algunos oficiales sostuvieron el nombre de granadinos. El coronel Habacuc Franco seguido del doctor Francisco Peñuela y del titulado Secretario general, Trino Orbegozo, emprendió fuga a las cuatro de la tarde, llevándose el dinero, y dando a sus pobres soldados la orden de resistir, sin duda para tener tiempo de ponerse en salvo, sacrificando a su miedo la vida de tantos desgraciados! Y es tal hombre uno de los jefes de esa revolución que se titulaba justa y popular! Y fue a manos de ese cobarde a las que los revoltosos de Santander encomendaron la suerte de su causa y la sangre y la vida, ambas preciosas, de trescientos granadinos!...

"Las fuerzas del Gobierno han sufrido las pérdidas siguientes: un Jefe muerto, otro herido, doce soldados muertos, y diez y siete heridos. Del enemigo quedaron sobre el campo cuarenta y cinco muertos, entre ellos un Teniente; veintitrés soldados heridos; un Capitán, N. Rodríguez, herido y prisionero, y el guapo Benito Franco, que sacó del combate dos balazos. Un famoso bandolero encausado por los delitos de asesinato y robo, llamado Rafael Franco, terror de estas poblaciones, tomó servicio en las filas enemigas, habiéndosele nombrado Capitán: aunque huyó, se sabe que está herido.

"Han quedado prisioneros siete oficiales, veinte sargentos y cabos y ciento cinco soldados. Se tomaron al enemigo ciento treinta fusiles, ciento sesenta fornituras, cuatro mil piedras de chispa, mil fósforos de fusil y quinientos fósforos pequeños, todas sus municiones, la correspondencia pública y privada de los jefes, y el equipaje de Habacuc Franco. En la banda opuesta del Suárez, perteneciente al territorio de Boyacá, se hallan muchos de los derrotados, la mayor parte desarmados; los que lograron salvar sus fusiles los mantienen en su poder, patrocinados por las autoridades de ese Estado, cuya complicidad con el enemigo está comprobada con documentos de incontestable veracidad que a su tiempo verán la luz pública".

"Atacado de frente el enemigo, que resistía atrincherado en las casas de la esquina Noroeste de la plaza, el Coronel Ramírez se dirigía a otra esquina, para atacar de flanco a la cabeza de un piquete de soldados, cuando cayó herido por una bala que, partiendo de lugar oculto, le atravesó el costado; pero este intrépido lidiador, de constitución atlética, se levantó al punto, turbada ya la vista, y desenvainando el puñal con que el año de 54 había tomado en Palmira un cuartel del ejército dictatorial, atravesó de parte a parte el cráneo de uno de sus propios soldados que imprudentemente había vestido el uniforme de un prisionero; y así, bañado en la propia y en la ajena sangre, cayó para no levantarse más este héroe casi legendario.

"A tiempo que el enemigo se refugiaba en la plaza de Güepsa, apareció sobre la cuchilla que domina la población por el occidente, rompiendo el aire con sus marciales notas, una banda de músicos que habiendo llegado a Vélez a tiempo de recibirse la noticia de que se estaba combatiendo no lejos de la ciudad, partió aceleradamente a incorporarse en nuestras filas. Los acentos de esta banda, que fueron oídos con igual sorpresa en uno y otro campamento, contribuyó a desconcertar al enemigo, quien naturalmente la tomó como precursora de alguna fuerza enviada en nuestro auxilio. Siento no recordar los nombres de los patriotas que la componían.

"Fue circunstancia digna de notarse la de que, habiendo sido la ciudad de San Gil el lugar donde se fraguó el plan revolucionario, y siendo casi unánime la opinión allí en favor del movimiento armado, no se hubiese visto en la fuerza que mandaba el Coronel Franco, ni en ningún otro de los cuerpos de tropa que estuvieron al servicio de la revolución, una sola siquiera de las personas notables de aquella importante población.

"A las seis de la tarde de aquel para mí memorable día, se hallaban en nuestro poder ciento cincuenta prisioneros y un número igual de fusiles tomados al enemigo. No ocultaré que a la vista de este trofeo de la victoria sentí, por primera vez en mi vida, toda la satisfacción del vencedor".

Y así debía ser, puesto que la causa de la legitimidad y la del liberalismo en Santander se habían salvado en aquel desigual combate, en que con sólo ciento sesenta hombres habían triunfado sobre trescientos bien armados.

Como un testimonio de la parte contraria sobre la importancia del combate de Güepsa, trascribiré en seguida el informe que el Prefecto del Departamento de Tunja dirigió al Secretario de Gobierno del Estado de Boyacá.

Dice así:

"Después que despaché el posta que debió entregar a usted mis notas fechadas ayer en Santa Ana y señaladas con los números 15 y 17, en que comunico al Gobierno el estado de estos pueblos y la pasada de tropas armadas por el Distrito de Santa Ana, tuvo lugar una función de armas a inmediaciones del Distrito de Güepsa, en un punto llamado La Teja, que principió a la una y terminó a las seis de la tarde, con la completa derrota de los revolucionarios, que han dejado en poder del enemigo casi todas las armas, que eran cerca de trescientas de todas clases, muchos prisioneros, los pertrechos, dinero, equipajes y papeles que llevaban. Los derrotados han vuelto a repasar el río Suárez y se han refugiado en este Distrito, pero sin armas, pues todas las dejaron en el campo enemigo, o en el río, adonde las botaban. Habacuc Franco y Trino Orbegozo pasaron en la madrugada de este día por los Distritos de Pare, Santa Ana y Chitaraque con dirección a Oiba, con una partida como de veinte o treinta hombres, sin tocar con ninguna población, según he sido informado. En este Distrito se encuentran muchos asilados, entre ellos el jefe Benito Franco, con dos heridas de bala, una en un brazo y otra en una pierna, varios soldados, también heridos, otros que se titulaban jefes y-oficiales, como Lino García, Francisco Peñuela, Miguel Luque, José Angel Mejía y un hijo, Samuel Franco, el médico Andrés Cote, el abanderado N. Mora y otros.

"Según los informes que he adquirido, en la función do armas indicada han muerto muy cerca de cien hombres por una y otra parte, entre ellos algunos oficiales: se sabe también que el señor Vicente Olarte, que era uno de los jefes que comandaban las tropas del Gobierno está gravemente herido. Ha muerto otro de los jefes: Clodomiro Ramírez.

"Por el puente de Barbosa, que queda sobre el río que divide el Distrito de Moniquirá del de Cite, han pasado muchos derrotados, casi todos sin armas, a excepción de unos seis o siete que traían fusiles y los han depuesto allí. En este Distrito hay también unos cuatro fusiles que han entregado algunos que lograron llegar con ellos hasta este punto.

"Los revolucionarios, no encontrando por donde pasar para Güepsa las caballerías que tenían, que eran unas ochenta, las reunieron y enviaron por el puente de Barbosa, pasado el cual, fueron tomadas por el oficial del Gobierno, Carlos Vanegas, que se hallaba en Cite.

"En Bucaramanga, capital del Estado de Santander, se ha organizado un Gobierno provisional, compuesto de cinco individuos. La revolución había avanzado mucho, pues estaba ya casi en posesión de todo el Estado, no quedándole por someter sino el antiguo Cantón de Vélez; pero con el descalabro que ha sufrido en Güepsa, es muy posible que se rehaga el Gobierno, y reconquiste una gran parte de los pueblos del Socorro. El Distrito de Suaita está nuevamente sometido al Gobierno.

"En los Distritos de este Estado se conserva la paz, a pesar de las amenazas y declaraciones de algunos individuos de la oposición, y de las sugestiones malignas de algunos perversos que desean con vehemencia que se turbe el orden para vengar enconos y resentimientos personales, y también para buscar medros a la sombran de las calamidades públicas.

"Sírvase el señor Secretario poner esta nota en conocimiento del ciudadano Presidente del Estado para los fines convenientes.

Soy de usted muy atento servidor,

 

 

"FRANCISCO J. LEAL".

 

A las ocho de la noche de aquel mismo día nos pusimos en camino para Vélez el doctor Becerra y yo, a llevar a nuestros amigos de aquella ciudad la noticia del triunfo obtenido, y al siguiente día salimos al encuentro del cadáver del Coronel Ramírez, y conducirlo a Vélez para tributarle allí los honores fúnebres.

Dos meses más tarde me tocó salir de Vélez en esa misma dirección, y también con numeroso acompañamiento, a encontrar los restos de Vicente Herrera, que su excelente cuñado -el vencedor de Güepsa- había hecho exhumar en Suratá Para trasladarlos al lugar donde reposan las cenizas de todos los antepasados de aquel malogrado joven, orgullo de su ciudad natal.

Vicente Olarte frisaría por aquel tiempo con los treinta años. Era de figura arrogante, y aunque de mediana estatura, tenía un aire del todo marcial. A pesar de que no frecuentaba los salones, sus modales eran muy cultos, y se distinguía por el esmero en el vestir. En la ocasión a que me refiero debía de sentirse ufano por los laureles obtenidos en Güepsa y en Porqueras, lo cual contribuyó a aumentar cierto aire fanfarrón que le era peculiar y que su extraordinario valor le hacía perdonar. Por eso no se ofendió ninguno de los de la numerosa comitiva al oirle decir, tendiéndome la mano: "Es usted el único ante quien me descubro".

Antes de seguir la relación de las operaciones militares, diré en pocas palabras cómo se fraguó aquella malhadada revolución. Y me valdré para ello, haciéndole algunas correcciones de forma, de la exposición que hice ante el Senado de Plenipotenciarios en la sesión del 9 de mayo de 1874, con motivo de un ataque que me dirigió por la prensa, aunque de modo anónimo, el autor principal de aquella revolución. Prefiero este relato al que pudiera escribir hoy, porque habiendo sido hecho en presencia, puede así decirse, del personaje aludido, y no habiendo sido contradicho, tiene el sello de lo incontestable. Es como sigue:

"Por un procedimiento distinto del que hasta entonces habían seguido todos los promotores de revueltas políticas en nuestro país, consistente en suscribir actas que contenían los motivos del pronunciamiento, y en presentarse, por consiguiente, a cara descubierta, ante el Gobierno que iban a combatir, asumiendo resueltamente la responsabilidad legal que aquel acto pudiera aparejarles y apareciendo ante la sociedad como garantes del fin patriótico que por medio de él se proponían alcanzar; a diferencia de ese modo digno, franco y patriótico de proceder, los fautores de la revolución de 1859 en Santander engancharon sigilosamente jefes militares de fuera del Estado, los pusieron a la cabeza del movimiento, investidos de facultades discrecionales, y se quedaron ellos -los autores del sangriento drama- no quisiera a retaguardia, que habría sido lo de menos, sino tras de bastidores, con el oído atento al fragor de la tormenta que acababan de desencadenar.

"A esos militares enganchados (fletados los llamó el pueblo de Santander) se les hizo firmar la correspondiente proclama, en cuya redacción fue preciso emplear una frase que cohonestara la extraña intervención de aquellos jefes en los asuntos domésticos de Santander. Supúsose al intento de esos jefes militares, impuestos de la desgraciada situación de aquel Estado, y movidos por ella a compasión, habían venido a poner sus espadas al servicio de la redentora revuelta. La proclama principiaba así:

"!Santandereanos! Condolidos de vuestra situación hemos venido, etc."

"Desde que ese original documento vio la luz pública, los jefes, oficiales y soldados al servicio de la revolución fueron bautizados por el pueblo de Santander con la denominación de los condolidos, epíteto irrisorio, que, como afrentoso estigma, impidió a esos valientes oficiales llevar la frente erguida y mantener la lucha con vigor. Y por eso se les vio marchar en cumplimiento de su odioso compromiso, de derrota en derrota, hasta caer rendidos bajo el peso de ese apodo abrumador!

"Desprevenido como estaba el Gobierno de Santander y falto de prestigio por las razones antes indicadas (se habla de ellas en el discurso) y habiendo llegado la penuria del Tesoro hasta el punto de no haber conque suministrar ración a los presos, la revolución surgió triunfante en diversos puntos del Estado. El Presidente Herrera, reducido a la impotencia y viéndose rodeado de enemigos, resolvió con la pequeña fuerza que tenía en Bucaramanga, aumentada inesperadamente con otra igual que los distinguidos patriotas Urbano Villar y Samuel Guerrero llevaron en su auxilio, atacar al enemigo que tenía más cerca, sin embargo de hallarse éste atrincherado en una plaza relativamente fuerte, como es la de Girón. Sobre ella marchó el heroico Presidente, recitando esta estrofa que le fue favorita en la ocasión:

"El número en la lid es lo de menos,
que los menos son más cuando son buenos".

"Rendida aquella plaza, el Presidente abrazó a sus prisioneros Y bajo promesa de no atentar nuevamente contra el orden establecido en el Estado, les devolvió sus armas y caballerías Y les dejó en completa libertad.

"¿Cómo correspondieron éstos a tan inusitado acto de generosidad?

"Volando a incorporarse a la fuerza enemiga del Gobierno que se hallaba a menos distancia, y que fue la misma que persiguió al Presidente Herrera en su retirada hacia Ocaña y le dio muerte en Suratá. (1)

"Este trágico acontecimiento suscitó, como era natural que sucediera, la más profunda indignación en el partido liberal de Santander, etc.". (2)

Hasta aquí la anunciada trascripción; y ahora, antes de reanudar el interrumpido relato, haré constar que no fue todo invención lo del contenido de la ficticia carta del Coronel Díaz de que atrás hice mención. Algo se decía en Vélez, con referencia a cartas de Bogotá, sobre auxilios que podrían enviar de allí los liberales al Gobierno de Santander; y el hecho es que pocos días después del triunfo de Güepsa llegó a Vélez el inmejorable patriota Coronel Domingo Triana, acompañado de veinte o treinta voluntarios armados, que vinieron a ponerse al servicio del Estado. El Coronel Triana fue nombrado pocos días después Jefe de Estado Mayor de la División que se organizó en la ciudad del Socorro.

Tres días antes del combate de Güepsa asumió el título de Presidente del Estado, en San José de Cúcuta, como Secretario general que había sido el Presidente Herrera, el distinguido joven Luis Flórez, y nombró para su Secretario al venerable patriota señor Isidro Villamizar. Con el valioso concurso de los liberales cucuteños organizó prontamente una columna, que fue atacada y vencida el 27 del mismo mes de marzo, por la que mandaba el Jefe revolucionario, Coronel Ensebio Mendoza. Pero a ese tiempo apareció en Málaga con poco más de cuarenta hombres armados el Garibaldi colombiano, Santos Gutiérrez, y el 4 de abril atacó y venció en La Concepción una fuerza rebelde compuesta de cerca de doscientos hombres, que mandaba el señor Antonio Jaime Sarmiento.

Habiéndose elevado en pocos días a cuatrocientos hombre la pequeña columna vencedora en Güepsa, su Jefe, el bizarro Comandante Olarte, salió de Vélez a la cabeza de ella a reconquistar, para la causa de la legitimidad, el resto del territorio del Estado.

Ya Por entonces había asumido en la ciudad de Suaita, el respetable patriota señor Evaristo Azuero las funciones de Presidente del Estado, en su carácter de tercer Designado para ejercer el empleo, y había nombrado Secretario general a uno de los ciudadanos que más se han distinguido en Santander por la elevación de su carácter y por su amor a la República, el malogrado doctor Narciso Cadena.

Pocos días después llegó de la capital el doctor Eustorgio Salgar, segundo Designado para ejercer el Poder Ejecutivo del Estado, y reemplazó en ese puesto al señor Azuero.

El doctor Becerra continuó prestando importantes servicios a Santander, como Secretario General.

Las operaciones militares fueron activamente impulsadas en el territorio que formó la antigua provincia del Socorro; y en el curso de ellas tuvo lugar, como incidente notable, la retirada al frente del enemigo, que con bandera desplegada y tambor batiente ejecutó la columna que mandaba el Coronel Olarte, desde un punto inmediato a Curití hasta muy cerca de la ciudad del Socorro.

Casi enseguida (29 de abril) se libró a inmediaciones de esa ciudad el combate de Porqueras, que se decidió a favor del Gobierno después de ocho horas de rudo batallar. En él también sobresalió el Coronel Olarte por el decisivo ataque que, a la cabeza de cincuenta hombres, dirigió sobre un puente ocupado por el enemigo.

Este importante hecho de armas, que por el número de combatientes (900 revolucionarios y 600 legitimistas); por lo costoso en vidas y por la categoría de los Jefes que lo dirigieron de una y otra parte (El Presidente Salgar y el Coronel Márquez) tuvo las proporciones de-una batalla; el triunfo que el día antes había obtenido en Cúcuta el Comandante Pedro Quintero Jácome a la cabeza del Batallón Ocaña, y la derrota de otro grupo de rebeldes en San Andrés, pusieron fin al primer acto de la revolución de Santander.

Entretanto, y por algún tiempo después, permanecí yo al frente de una pequeña fuerza de observación sobre la ribera izquierda del Suárez, entre Barbosa y Güepsa, para impedir la invasión al Departamento de Vélez, más de una vez intentada desde la frontera de Boyacá, a ciencia y paciencia del Gobierno de aquel Estado, de cuyo territorio había partido la primera invasión, dirigida por el Coronel Márquez. "Este Jefe, después de haber tomado cuenta y razón, por encargo del Gobierno general, de todos los elementos de guerra que había en Tundama, y de haber vuelto a Bogotá a hablar con quienes debía, regresó a Santa Rosa de Viterbo, y en plena luz solar y a ciencia y paciencia de las autoridades, marchó con el presidio que allí había, con la guardia que lo custodiaba y el parque, y se fue para Santander atoque de rebelión y se pronunció en Onzaga, desconociendo por anarquista y flojo al Gobierno del Estado". (1)

La escandalosa tolerancia del Gobierno conservador de Boyacá no necesitaba de especial comprobación. Sin embargo, el Presidente de Santander, para denunciar el hecho al Senado de la República, hizo levantar una información de cinco testigos, quienes declararon unánimemente: "1° Que las fuerzas mandadas por Habacuc Franco cuando salieron del distrito de Suaita para el de Güepsa pasaron por las poblaciones de Santa Ana y Pare, pertenecientes al Estado de Boyacá; 2° Que cuando dichas fuerzas llegaron a Santa Ana, se encontraba allí el señor Prefecto del Departamento de Tunja, a que pertenece dicho Distrito; 3° Que dicho prefecto no se opuso a la entrada y tránsito de tales fuerzas a ese Distrito de su mando, y que por el contrario, consintió y coadyuvó a facilitar esas operaciones; 4° Que después de la derrota de los rebeldes en Güepsa, algunos de éstos, con su comandante, se refugiaron armados en el Distrito de Chitaraque (sitio de Vado real) y que allí se organizaron de nuevo y cometieron actos de hostilidad manifiesta contra las fuerzas legítimas del Estado de Santander; 5° Que esas operaciones se verificaron sin oposición del prefecto indicado ni de ninguna otra autoridad, lo que hacía juzgar a los declarantes que tales autoridades prestaban apoyo y cooperación a los rebeldes; y 6° Finalmente, que las fuerzas expresadas hacían fuego con armas a las personas que del Estado de Santander se acercaban al puente que se halla situado sobre el río que separa los dos Estados: que impedían el tránsito de pasajeros, interceptaban la correspondencia oficial y particular e invadían el territorio de Santander, y que antes de que Habacuc Franco y sus fuerzas penetraran a Boyacá, se hallaba en comunicación con las autoridades de los Distritos de Santa Ana y Pare: lo que hacía creer a los declarantes que esas autoridades habían estado auxiliando a los rebeldes de Santander. (1)


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1.
Con fecha 1° de febrero expidió el Poder Ejecutivo del Estado un decreto orgánico de la fuerza pública, el que apenas alcanzó a ser conocido en los Distritos más lejanos un día o dos antes de estallar la revolución. (Regresar)
1. Mensaje del Presidente a la Asamblea del Estado, del mes de junio de 1859 (Regresar)
1.
El señor Adolfo Harker fue el único de los agraciados en Girón que no continuó en armas contra el gobierno, formando así una honrosa excepción. (Regresar)
2. Anales del Senado de Plenipotenciarios, número 74. (Regresar)
1. Felipe Pérez, Anales de la Revolución, página 164. (Regresar)
1. Tomado del número 24 de El Tiempo. (Regresar)

 

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