INDICE





III

Las grandes reformas políticas introducidas bajo la Administración del General José Hilario López, no sólo habían obtenido el asentimiento, sino el unánime aplauso de la comunidad política que elevó a la presidencia de la República a aquel egregio ciudadano. Esto alentó seguramente a los hombres de iniciativa del mismo partido para introducir otras reformas, que no tuvieron igual fortuna.

En la Constitución política de 1853 se consignaron tres disposiciones que motivaron la división del partido liberal, a saber: la separación de la Iglesia y el Estado, el sufragio universal directo y secreto, y el nombramiento de Gobernadores de provincia por el voto popular.

Los liberales de la vieja escuela creyeron ver amenazados por esas reformas dos grandes intereses: el de la conservación del orden público, y el de la continuación del partido liberal en el poder.

La separación de la Iglesia y el Estado implicaba nada menos que la renuncia al derecho de patronato, que la República había venido ejerciendo desde su fundación, como herencia del Gobierno español. Conforme a esta institución secular, el poder civil tenía preeminente intervención en el nombramiento de prelados católicos, en la provisión de beneficios cúrales y en la fijación de impuestos y contribuciones eclesiásticas. Al amparo de ella, el clero gozaba de cierta libertad de opiniones en materias políticas y filosóficas, de donde resultaba que podía haber, y había en efecto clérigos liberales. Estos no pudieron ver con agrado una disposición que los ponía bajo la esclavitud y a merced de la intolerancia absoluta de la Curia romana; y como a virtud de esa misma disposición quedaba privada la Iglesia de la especial sanción legislativa de que hasta allí había gozado para el cobro de las contribuciones eclesiásticas, resultó que ni el clero liberal ni el conservador, - éste por un motivo, y aquél por otro o por ambos, - recibieron bien la trascendental reforma, no obstante que, a virtud de ella, reasumía la Iglesia católica el derecho de establecer libremente sus contribuciones y de nombrar prelados, vicarios, párrocos, etc. La misma fracción política a que he aludido últimamente, juzgó a su vez que, no teniendo ya el clero católico nada que esperar del Gobernador civil, y sí todo del eclesiástico, cuyo centro está en Roma, sus vínculos con la patria podrían debilitarse de manera de convertirlo en ciego instrumento de la Corte pontificia, a la que se han atribuido siempre miras políticas contrarias al sistema de gobierno republicano.

En cuanto al sufragio universal directo, muchos liberales Juzgaron prematura esta reforma, hasta el punto de creer que, para nuestro país, se había anticipado un siglo. Otros pensaron que ella daría al clero una influencia electoral difícil de contrarrestar; y la generalidad de los hombres reflexivos de todos los partidos, vieron simplemente en ella una falsa institución. Y lo era en realidad, por estar basada en una falsa suposición, a saber: la de que hombres ignorantes, que carecen de la más elemental instrucción, puedan emitir conscientemente sus votos en la elección de altos funcionarios nacionales. Ellos tienen indudablemente aptitud para elegir, dentro del círculo de sus convecinos, miembros de cabildos y de asambleas electorales; pero de esto a votar para Presidente de la República, Senadores, Representantes, Magistrados de la Corte etc., hay gran distancia.

La división de las elecciones en directas e indirectas, y la de los sufragantes en dos grupos - el de los que saben leer y escribir y el de los que, siendo mayores de veintiún años, carecen de esta rudimentaria instrucción - se impone como consecuencia de la gran desigualdad de cultura intelectual que existe entre las clases alta y baja de la sociedad. De ese modo se consultan, en la medida de lo posible, estos tres grandes intereses: la verdad en el sufragio; la igualdad de derechos políticos, y la educación del pueblo para la vida democrática, por medio de una participación en los negocios públicos, proporcionada a la instrucción que vaya adquiriendo. Esto es lo posible, lo practicable por ahora; y todo lo que de ahí pase entra en el campo de la peligrosa utopía. (1)

En cuanto a la tercera de las indicadas reformas - la elección popular de Gobernadores de provincia - fue reputada por cierto círculo como un acto de hostilidad al Gobierno, y como ocasionada a romper la unidad política y administrativa. El Presidente Obando juzgó, por su parte, que al privársele de la facultad de nombrar libremente los Gobernadores de provincia, se le había puesto en incapacidad de conservar el orden público. Desde ese momento surgió en la mente de algunos personajes políticos la idea de un golpe de Estado, para echar por tierra las nuevas instituciones, y reconstituir el país sobre la base de la centralización política. Pero como quiera que lo imprevisto suele entrar por mucho en la solución de los grandes problemas políticos, hasta el punto de frustrar a veces las más profundas combinaciones, un suceso que no tiene en sí ninguna significación política, vino a cambiar repentinamente la situación, haciendo abortar el plan preconcebido. Este incidental suceso fue el asesinato del cabo Quirós, ejecutado por el Comandante en Jefe de la fuerza pública, General José María Meló, quien, para eludir la responsabilidad de aquel crimen, precipitó por su propia cuenta el golpe que se meditaba para más tarde, y de cuyo secreto estaba él en posesión.

Así fue como la funesta división del partido liberal en 1853 vino a dar, en resumen, estos resultados: el escándalo de un gran crimen - el crimen de alta traición - cometido en desdoro de la patria; mucha sangre derramada; gran suma de riqueza pública estérilmente consumida, y por remate, la caída del partido político que se hallaba en el poder.

Visto está que sin el desastre de Zipaquirá, el último de aquellos resultados no habría ocurrido; pero el partido radical, que se había mostrado intemperante o poco mesurado en materia de reformas políticas, se exhibió luego impaciente en demasía por derribar la dictadura. Y he ahí dos elocuentes lecciones, política la una y militar la otra, de que el partido liberal se ha aprovechado tanto como si ellas hubiesen acontecido en un planeta distinto del que habitamos. Dícese vulgarmente con relación al individuo, que nadie escarmienta en cabeza ajena; debe añadirse que las colectividades políticas no experimentan ni en la suya propia.

Por lo demás, la historia dirá, en honor de aquella época, 4 e la división del partido liberal no fue entonces obra de ambiciones contrariadas ni de mezquinas rivalidades personales, sino de verdaderas divergencias políticas. De ahí seguramente el que no hubiera ocurrido defecciones que merezcan ser recordadas, si se exceptúa la del Vicepresidente Obaldía; y de ahí también que en el corto espacio de cuatro años - de 1855 a 1859 - el partido liberal se hubiera reintegrado, de manera de haber podido presentarse en 1860 tan unido y compacto como lo había estado cuando eligió al General José H. López Presidente de la República. Cuando no son las ambiciones contrariadas ni los odios personales lo que divide, las luchas que suelen empeñarse en el seno de una familia política no dejan tras si amargos recuerdos ni rencores inextinguibles. La razón es obvia: lo único que no se perdona entre adversarios es la superioridad moral de algunos de ellos, y ésta no existe cuando de una y otra parte hay sinceridad y honradez de convicciones, y cuando la deslealtad o la traición no figuran como armas de combate. En este caso el vencido se resigna, y el vencedor, a quien la victoria ha enaltecido, se muestra noble y generoso con su adversario.

Una última reflexión relativa a los acontecimientos de aquella época.

Desde el punto de vista del positivismo actual, puede juzgarse acaso por los que no fueron testigos de aquella sangrienta lucha, que después del desastre de Zipaquirá, que inclinó la balanza política del lado del partido conservador, el liberal doctrinario hubiera experimentado alguna perplejidad o vacilación en cuanto a la línea de conducta que en tal emergencia debía seguir; pero no fue así. La principal mira política de este partido, al empuñar las armas, fue la de restablecer el régimen legal, audazmente subvertido por la rebelión de cuartel; y a ese interés capital subordinó todos los demás.

Y no fue que hiciese de la necesidad virtud. Los triunfos de El Cornal y de Pamplona, triunfos netamente liberales, pudieron servir de base a ese partido para tratar de recobrar su preeminencia política; pero él había consentido ya de buen grado en renunciar a sus aspiraciones como partido, a cambio de hacer más seguro y menos costoso el triunfo de la causa constitucional, persuadido como estaba, por otra parte, de que esa causa no correría el menor peligro en manos del partido conservador, que hasta entonces no había soñado siquiera en renegar de su fe republicana.

Pudo también el partido liberal - siento embarazo en decirlo-absolver al Presidente Obando para continuar con él en posesión del poder. Pero no! Aquellos tiempos eran bien distintos de los que ahora hemos alcanzado. Había verdadera sanción política, y los hombres prominentes de todos los partidos competían en decoro político y en dignidad personal.

 


IV


La noticia de la toma de Bogotá el 4 de Diciembre de aquel mismo año, me encontró en Chiquinquirá, de paso para las montañas de Muzo, adonde iba a buscar el árbol del caucho, artículo que había alcanzado últimamente alto precio en el mercado de Nueva York. Esta especulación no dio el resultado que de ella me prometí; por lo cual no pasó de simple ensayo. El árbol del caucho no forma agrupaciones, sino que se halla a caprichosas distancias uno de otro. La extracción de la goma es dispendiosa de tiempo, y sólo haciéndose por cuenta del mismo extractor, con toda la diligencia y economía del caso, produce utilidad equivalente a un buen jornal. Afortunadamente se presentó por ese tiempo el negocio de la extracción de la quina, cuyo consumo se había aumentado considerablemente a causa de la guerra de Crimea. Esta sola especulación me indemnizó ampliamente de las pérdidas sufridas en la última guerra civil. Reanudé el hilo de mis negocios, consistentes en la exportación e importación por Carare, y los continué en condiciones más favorables.

V

 

Por ese tiempo habían venido a ser demasiado frecuentes los ataques de las tribus indígenas a los habitantes y transeúntes en el camino de Carare; circunstancia que me determinó a solicitar del Gobernador de la Provincia el auxilio de la fuerza pública para ir yo mismo en busca de los agresivos salvajes, con la mira de ahuyentarlos de las cercanías del camino, ya que no podía pensarse entonces, como no se ha pensado todavía, en la lenta y difícil labor de apaciguarlos.

Acompañado del doctor Domingo Téllez Caro, joven emprendedor, animoso y entusiasta partidario del camino de Carare, y que fue víctima años después de su patriótico empeño en mejorarlo; y auxiliado por treinta hombres de tropa, a órdenes del Capitán Lorenzo Sarria, emprendí en julio de aquel año la penosa expedición. Desde que nos acercamos a los lugares donde se sospechaba que los indios tendrían sus guaridas, dividimos la fuerza en dos grupos. Con el más numeroso de ellos siguió el Capitán Sarria hacia el Opón, y con el otro emprendimos a pie, el doctor Téllez Caro y yo una excursión por las márgenes del Guayabito, desde el punto denominado La Cimitarra, - donde abandonamos el camino que conduce al puerto - hasta la desembocadura de dicho río en el Carare. En toda la extensión recorrida (ocho leguas por lo menos) sólo encontramos dos habitaciones de indios, situadas cada una en el centro de una plantación de maíz, yuca y batata; pero esas habitaciones habían sido recién abandonadas. Por lo que se ha podido observar después, los indios bajan en la estación del verano a las márgenes del Guayabito, donde hacen sus plantaciones y gran provisión de pescado (que preservan de la descomposición por medio del humo), y se vuelven luego a las tierras altas, cuando se acerca el invierno.

Más afortunado el Capitán Sarria, encontró en el Opón un caserío habitado por ocho o diez familias, las que huyeron precipitadamente a la vista de la tropa; de modo que sólo un niño de siete años fue capturado. A este indiecito se le bautizó en Vélez y se le puso el nombre de Lorenzo, que era el del Capitán Sarria.

A propósito de esta expedición dijo el señor Gobernador de Vélez en su informe dirigido a la Legislatura provincial, en 1855, lo siguiente:

 

"TRIBUS SALVAJES

"Seriamente amenazada la empresa del Carare por las incursiones vandálicas de algunas tribus salvajes que vagan por las márgenes de este río y por las del Opón, y muy particularmente por la que tuvo lugar el 18 de Julio último, en que los salvajes llevaron su audacia hasta penetrar a unas cincuenta varas de la bodega del puerto de San Fernando, cometiendo allí un horrible asesinato en la persona de un infeliz pescador, creí de mi deber el ocurrir al Poder Ejecutivo, dando cuenta de lo sucedido y solicitando alguna fuerza para enviarla al Carare a escarmentar a aquellas tribus feroces. El Poder Ejecutivo accedió solícito a tan justa demanda, y envió un piquete de tropa de treinta hombres, que sin demora alguna siguió a su destino. La expedición, dirigida en su principio por los patriotas ciudadanos Aquileo Parra y Domingo Téllez Caro, y más tarde por el Teniente Lorenzo Sarria, jefe de aquel piquete, tuvo un resultado feliz...

"El número de habitaciones encontradas, lo espacioso de ellas, la abundancia de las provisiones que allí se hallaron, y todos los informes que se han adquirido, conspiran a probar que aquellas tribus son más considerables y más peligrosas de lo que antes se creía".

Años después, cuando ya aquel indiecito hablaba un poco el español, se presentó una ocasión en que pudo dar idea de las costumbres de los suyos. Pasaba por una de las calles de Vélez una mujer que había perdido la nariz a consecuencia de un ataque de reuma, y al verla el indiecito exclamó: "fea como catite". Hechas las averiguaciones del caso, se vino en conocimiento de que la voz catite significa hermano, y que por haberse comido el indio a quien Lorenzo se refería parte de una yuca (macaño) que su padre (ponupo) le había mandado asar, éste le cortó la nariz con un cuchillo. Cuando se hablaba a Lorenzo de enviarlo al Opón, se sobrecogía de espanto. Creía que ponupo le daría muerte al verle.

Otro indio, capturado en Guayabito por los doctores Casimiro Díaz y Eusebio Morales, el año de 1866, el cual tendría entonces diez y ocho años de edad, tenía la misma idea que Lorenzo sobre el modo como lo recibiría su padre. Habiéndole encontrado el año de 1874, en Landázuri, formando parte de la guarnición militar establecida allí, le pregunté, mostrándole el valle del Carare, si quería volver allí; y me contestó que sí, pero armado de un rifle, como el que tenía en la mano, para entrar haciendo fuego a sus antiguos compañeros de tribu. Este mismo indio me refirió que el castigo más comúnmente aplicado entre ellos consiste en colgar de un árbol al delincuente por los pies, atarle las manos y exponerlo así al furor de los insectos, desnudo cómo habitualmente está.

Las personas extrañas que llegan a caer en manos de esos salvajes - y adviértase que pasa tal vez de doscientos el número de esas victimas en los últimos cuarenta años -reciben tantas flechas cuantas les caben materialmente en el cuerpo, de manera que mueren con los más terribles dolores. Por los cadáveres que han solido encontrarse, se ha venido a conocer esos actos de atroz ferocidad.

El uso de la sal les es completamente desconocido. Nunca han tomado ni la menor porción de ella en las canoas que han asaltado; al paso que de otros comestibles, de las herramientas y de la ropa de uso sí se han apoderado en toda ocasión. La mayor parte de ellos son de elevada estatura, ágiles y esforzados, pero en extremo negligentes. Los caracteriza una excesiva desconfianza, justificada en su raza por la perfidia de que fue víctima en la época de la conquista.

Entre los asaltos dados por los indios salvajes de Carare a varios transeúntes do aquella comarca, merece ser referido con todos sus detalles y seguido en sus consecuencias el que tuvo lugar el año de 1866 en el sitio denominado Los Botes, a la margen derecha de aquel río. Regresaba de boca del Carare al puerto de San Fernando una pequeña canoa tripulada por Gabriel Mesa - traficante en cacao y otros artículos menudos - y por un mozo de apellido Zúñiga, que hacía de boga. Al acercarse al antiguo puerto de Los Botes - situado sobre una pequeña elevación del suelo, proveniente acaso de la prolongación de uno de los contrafuertes de la cordillera vecina, - a tiempo que patrón y boga departían tranquilamente sobre los asaltos que en ese mismo sitio, y en no muy remotas fechas, habían dado los indios a otros pasajeros no menos incautos que ellos, vieron caer sobre su canoa un largo y pesado madero, armado en la punta de fuerte garabato, con el cual, asido el borde de la canoa, fue instantáneamente sujetada a la orilla del río, quedando así dispuesta para el abordaje. Sin dar tiempo a los sorprendidos viajeros para apercibirse a la defensa, con una escopeta cargada y un cuchillo de monte que traían a bordo y atronando el aire con salvaje gritería, se lanzaron los indios sobre nuestros aterrados pasajeros, quienes se dieron por bien librados de haber podido arrojarse al fondo del río. Una vez allí se despojaron a toda prisa de sus ligeros vestidos, y emprendieron el paso a la opuesta ribera, nadando por entre dos aguas para tratar de escapar a las flechas de los feroces asaltantes. Como la anchura del río en aquel lugar no es menor de cuarenta metros, imposible era recorrer tal distancia sin sacar la cabeza fuera del agua para respirar. Sucedió, pues, que al ejecutar uno de esos forzados movimientos fueron sorprendidos con la presencia, ya en mitad del río, de la canoa que habían dejado en la orilla, y que montada por un grupo de salvajes con flechas tendidas sobre el arco, se les había venido encima...

Un grito de espanto debió de quedar ahogado en aquellas tranquilas ondas; pero seguido como fue de un supremo esfuerzo para ganar la orilla, los infelices fugitivos, sin volver la vista atrás, pudieron refugiarse, instantes después, dentro del bosque protector. Una lluvia de flechas les vino encima al momento de salir a tierra, y Zúñiga fue alcanzado por una que le atravesó el brazo, lo cual no le impidió continuar la fuga.

Fuera de sí estos desgraciados no pensaron siquiera en que debían permanecer juntos; y mientras que Zúñiga, - dotado quizá de más serenidad que su compañero, o favorecido por la causalidad, - tomó una dirección paralela al río, Mesa se internó aturdidamente en la espesura del bosque. El primero salió el día siguiente a una estancia llamada San Antonio, situada a la orilla izquierda del río, dos o tres leguas arriba del lugar del desastre, y allí encontró su salvación; en tanto que Mesa, vagando desorientado por entre el bosque, no acertaba a tomar rumbo ni dirección. Otro más avisado que él habría comprendido que, caminando constantemente en dirección oriental, no habría tardado mucho tiempo en encontrar la orilla del Carare, y en ella su salvación.

La primera noche halló abrigo en el hueco de un árbol; y aunque temeroso de la presencia del tigre, debido al excesivo cansancio, logró conciliar el sueño por algunas horas; pero su despertar debió de se terrible.

Como nada había que pudiera detenerle en aquel lugar, continuó su marcha al despuntar el día, sin saber si iba adelante o volvía atrás y sin otra esperanza que la que, en la hora de las grandes aflicciones, pone el hombre en la misericordia de Dios!

Ese mismo día encontró en los tiernos cogollos de una palma un engañoso recurso contra el hambre que ya lo devoraba, y de allí en adelante hizo de ese insípido vegetal su cotidiano alimento. Tropezó otro día con un morrocoy, y se lanzó sobre él con la avidez del tigre. A dentelladas le arrancó los palpitantes muslos, y le chupó la sangre con deleite; pero, habiéndole sobrevenido una indigestión acompañada de fiebre, hubo de renunciar en lo sucesivo a la dura carne de aquel testáceo. Soñó una noche que estaba en un festín comiendo pedazos de gallina, y con furor canino se hirió profundamente con los dientes incisivos uno de los antebrazos.

La única vez que hablé con Mesa sobre su dramática aventura, no advertí preguntarle si había hecho uso de la madera seca para producir fuego, a imitación de Robinson Crusoe; pero es probable que así lo hiciese, para ahuyentar de noche las bestias salvajes y para calentar su desnudo cuerpo.

Por lo demás, la afanosa marcha del desorientado viajero, ejecutada quizá al rededor de un mismo sitio, era interrumpida a cortos intervalos para tomar descanso; pero, qué descanso aquél, entre las agonías del hambre y la perspectiva siniestra de caer rendido, si no hoy, mañana, sobre el escabroso suelo, a retorcerse en cruelísima agonía, en medio de inclemente soledad, y sintiendo hincarse en sus desnudas carnes el voraz aguijón de los insectos!

Basta colocarse un momento en la situación de aquel hombre, víctima de uno de los más crueles infortunios, para poder medir la intensidad de su congoja, superior sin duda a la que siente el náufrago; por cuanto la soledad del mar es comparativamente menor, y no tiene la lobreguez de la del bosque; y porque, si allí se muere también de inanición, con el postrer suspiro se va la última esperanza de socorro humano.

Pero Mesa no debía tener el trágico fin que su delirante imaginación le representaba hora por hora. A los veintisiete días de andar a ciegas por entre la espesura del bosque, sin oír cantar un pájaro y sí solamente el gutural quejido de ciertas águilas que vuelan en pos de las manadas de cerdos monteses, para aprovechar ciertos despojos (1) , y el destemplado grito de los apareados guacamayos que, a la hora de ponerse el sol, pasan a grande altura sobre la solitaria selva, siempre con dirección al ocaso; a los veintisiete días de haber emprendido Mesa su triste y forzada peregrinación, días transcurridos bajo la constante obsesión de medrosos ruidos y de misteriosas sombras, lució para él un rayo de esperanza: oyó de repente un ruido que le hizo estremecer de alegría: el de la corriente de un riachuelo. A la inversa de los compañeros de Colón que gritaron ¡Tierra! Mesa debió de gritar ¡Agua! Se hallaba cercano a una caudalosa corriente, cuyas murmurantes aguas debían ir a desaguar, según toda probabilidad, en el Carare.

Tenía, pues, Mesa un derrotero seguro: el curso de aquellas aguas, y lo siguió con el corazón henchido de esperanza.

Al siguiente día, muy temprano, vio de repente aclararse el bosque, y sintió en seguida el armonioso estruendo que allí producen las corrientes del Carare, al romperse en piedras y empalizadas; pisó luego las estrechas playas del suspirado río, y recibió a cielo descubierto los vivificantes rayos del sol. Un himno de gratitud y de alabanza hacia el Supremo Ser brotaría del abatido corazón de este hombre, que por modo ya inesperado volvía a la vida.

En tal situación de espíritu sus fuerzas se reanimaron hasta el punto de poder romper sobre sus rodillas unas guaduas secas, que las corrientes del río habían dejado a la orilla, y de trozar con los dientes unos bejucos que halló suspendidos de las ramas, y con estos materiales improvisó una balsa para echarse en ella sobre las corrientes del Carare, allí muy impetuosas todavía. Ah! qué de esfuerzos para salvar un resto de existencia, que no valdría ni el menor quizá de aquellos sacrificios!

De pie sobre la frágil e ingobernable embarcación, se arrojó Mesa en los rugientes raudales, con menos de diez probabilidades en ciento, de llegar felizmente al puerto de San Fernando, que dista del lugar donde se embarcó (la boca de La Corcovada) seis leguas por lo menos.

Ya a la vista del deseado puerto, amenazaba todavía a Mesa un nuevo peligro.

El alarma difundido desde un mes antes entre los escasos habitantes del Carare, por el suceso de Los Botes, los tenía en guardia contra un ataque de los indios, y su vigilancia a este respecto no había cesado todavía. Al presentarse, pues, a la vista del puerto la balsa en que bajaba Mesa, el bodeguero bajó de prisa a la orilla del río y se situó convenientemente para poder disparar a golpe seguro sobre el atrevido navegante, en quien creyó ver un indio salvaje, tanto por venir de un lugar desierto, cuanto por su estado de completa desnudez. Afortunadamente reconoció a tiempo que aquél era un hombre blanco, y en lugar de dispararle el rifle tomó su canoa, le salió al encuentro en mitad del río, y lo condujo al puerto. En brazos del bodeguero y de su familia fue trasladado Mesa a la habitación de estas buenas gentes, quienes le prodigaron lo poco de que podían disponer, y por de pronto, una panela que Mesa no pudo masticar hasta que se la ofrecieron molida.

Al cabo de veintinueve días de indecibles padecimientos físicos y de mortales congojas, Mesa se había salvado, pero solamente a medias. Las terribles emociones que había experimentado, y de las que apenas he dado ligera idea, habían trastornado su razón; y el hambre, la desnudez, el insomnio y la constante agitación, habían quebrantado de tal modo su salud, que no llegó nunca a recobrar el vigor de otro tiempo. Su aspecto era el de un joven de veinticinco años cuando le asaltaron los indios, y veintinueve días después recogió en una balsa el bodeguero de San Fernando un verdadero esqueleto, que si bien recobró luego algunas carnes, no recuperó nunca el vigor, la fuerza ni la animación de la juventud.

No encaneció en el transcurso de aquellos mortales días, pero su aspecto era el de un hombre de más de cuarenta años.

Además de la incoherencia de sus ideas, fácilmente perceptible para cualquiera que conversara con él, se le veía frecuentemente caer en un estado de abstracción, del que salía dando muestras de sobresalto, y volviendo repentinamente la vista hacia atrás. Ah! el momento aquel en que, rendido ya por el esfuerzo de nadar bajo el agua, vio acercarse la canoa en que venían los indios, con sus flechas tendidas sobre el arco, y sus semblantes de antropófagos, debió de ser un momento verdaderamente terrible. La espantosa escena debió de quedar tan profundamente grabada en su memoria, que cual imagen fotográfica reaparecía en su enferma imaginación durante aquellas horas de enajenación mental a que quedó irremediablemente condenado. Si mi memoria no me engaña, Mesa sobrevivió apenas cinco o seis años a su sin igual catástrofe. El madero con que los indios sujetaron la canoa, abandonada por ellos en el lugar del asalto, fue conducido después, como objeto de curiosidad, al puerto de Carare. Allí lo vi tendido en el salón de la bodega, y la primera idea que me ocurrió fue la de que los indios que habían manejado con tanta agilidad y precisión ese largo y pesadísimo madero, debían de ser muy esforzados. La longitud del mástil era de tres metros, y el diámetro en su parte más gruesa no bajaba de diez pulgadas. Había sido despojado del garabato (gambía en el lenguaje de los bogas) para aprovechar seguramente el fuerte cordón de pita con que lo habían asegurado a la punta más delgada del madero.

Esta circunstancia puede dar lugar a algunas reflexiones sobre la fuerza muscular de aquella raza. ¿Abundará en ella el tipo de los hombres de elevada estatura, fornidos y vigorosos, o será éste un privilegio exclusivo de las familias a que pertenecen los jefes de las tribus, debido a una alimentación más suculenta que la del resto de la población? Así sucede en las islas Sandwich y en varias otras comarcas habitadas por salvajes, según lo observa Spencer en su libro titulado Instituciones políticas.

Por lo demás, ya he consignado en otra parte mis propias superficiales observaciones, acerca del carácter de las condiciones físicas de los indios que fueron capturados en el Carare y conducidos a la ciudad de Vélez. Aunque no menos desconfiados que los que gozan de los beneficios de la civilización, muestran en su semblante mayor altivez que estos últimos.

A excepción del Presbítero doctor José María Céspedes, que vivió algún tiempo en relación con esas tribus, pero que no dejó escritas - al menos que yo sepa - sus obras curiosas sobre las condiciones físicas de aquella raza, ningún otro de los que han tenido la desgracia de mirar de cerca a los habitantes de la selva, ha podido "contar el cuento".

La monogamia entra en sus costumbres. Forman, por tanto, familias separadas, y cierto número de ellas compone una tribu. Por lo poco que se ha podido descubrir en ellos en punto a religión, se cree que son idólatras. Una de las rarísimas veces que se les ha observado impunemente, fue cuando asaltaron, por segunda vez, la finca de Boca de Guayabito. Eran en número de treinta a cuarenta mozos fornidos, y el de mayor estatura entre ellos, que debía de ser el jefe, llevaba como distintivo alta gorra de plumas. Todos huyeron precipitadamente al ver caer herido a su jefe, por una bala que le disparó el dueño de la casa que tenían sitiada, señor Agapito Castañeda, quien se había encerrado en ella con su mujer; y gracias a lo certero del tiro, se libraron de perecer en medio de las llamas, pues que los agresores se disponían ya a incendiar la casa. Hasta ahora poco se calculaba que el número total de esos indios no pasaría de trescientos; pero recientes incursiones por las márgenes del Minero dan pie para elevar esa cifra a cerca de dos mil. La zona que recorren y que tienen ya bajo su exclusivo dominio, es bien considerable, pues partiendo de las márgenes del Opón, que la limita por el Norte, alcanza hasta las riberas del Minero (alto Carare). No era así en otro tiempo, como veinticinco años atrás, en que el radio de sus excursiones se hallaba circunscrito por las márgenes del Opón y del Guayabito. Hasta ahora cincuenta años habría sido relativamente fácil atraerlos, por medios suaves, al trato con la gente civilizada. Sabido es que el venerable sacerdote doctor Céspedes estuvo en el Opón por los años de 1840; que entabló y mantuvo por algún tiempo amistosas relaciones con las familias que allí había; y que al cabo de algunos meses regresó trayendo cinco mujeres, que vinieron hasta Bogotá. Si se hubiese perseverado en este medio de pacificación, o si al menos no hubieran sido entradas a saco sus plantaciones del Opón, probable es que esas familias hubieran continuado en la actitud pacífica en que permanecieron hasta el año de 1853, que fue cuando empezó la recolección de tagua en las orillas del Opón, y con ella el pillaje de las sementeras de los indios. A no haberse procedido de ese modo bárbaro, el camino de Carare no se hallaría hoy despoblado. Empresas agrícolas, como las establecidas a orillas del Sogamoso y del Lebrija, se habrían fundado allí; el camino se habría mantenido constantemente transitado, y no tendríamos que lamentar la pérdida de más de doscientas vidas, sacrificadas por las flechas de los salvajes. En el estado actual de las copas no hay tal vez otro medio de reducir esas familias a la vida civilizada que el de capturarlas por sorpresa, formar con ellas, dentro de la misma desierta comarca, colonias agrícolas sostenidas por guarniciones militares, y someterlas a la catequización de misioneros cristianos, dándoles al mismo tiempo lecciones prácticas de agricultura, y enseñándoles algunas artes y oficios. Conocidos como son los lugares en que ellas permanecen durante el verano, acercarse sigilosamente a esos parajes, que se descubren por la humareda, y rodear de noche las habitaciones, es operación menos difícil de lo que a primera vista puede parecer. Así fue como los señores Díaz y Morales, ayudados de cuatro o cinco compañeros, capturaron la familia a que pertenecía el segundo de los indios de que he hecho mención. Reducidas que fueran unas pocas familias, se podría, a poco tiempo y valiéndose de los indios ya civilizados, ensayar otro medio más eficaz de ir reduciendo las familias restantes. ¿Habría en este caso inmigrantes que pudieran igualar a los indios como cultivadores del suelo en que han nacido, y que es para ellos singularmente propicio?

Es extraño que el Gobierno no haya dado siquiera el primer paso para redimir de la barbarie a esa desgraciada porción de nuestra especie. Si estas tribus habitaran, como otras, alguno de los remotos confines de nuestro territorio, tal incuria sería hasta cierto punto excusable; pero es el caso que las familias indígenas de que ahora se trata, se encuentran cerca de los principales centros de la República, codeándose, por decirlo así, con la gente civilizada. Debe tenerse también en cuenta que la actitud implacablemente hostil que ellas han asumido de 1853 para acá, no sólo ha sido causa principal, sino única, del abandono absoluto en que ha caído la antigua vía del Carare; como también de que permanezca inexplotada una de las más ricas porciones del país. Para no hablar más que de uno solo de los cultivos que allí pueden emprenderse con grande utilidad, haré notar que el árbol del cacao, exento como ha estado hasta hoy en las márgenes del Carare de la enfermedad de la mancha, dura más de cincuenta años rindiendo pingües cosechas. Para apreciar esta ventajosa condición de aquel suelo en todo lo que vale, basta tener Presente que, ya sea por empobrecimiento del terreno, o Por habérsele destinado a otros cultivos, el hecho es que las cosechas de cacao han disminuido considerablemente en dos de los principales distritos productores del artículo, Cúcuta y Girón, y que se vende hoy a elevadísimo precio.

Habiéndose elevado la población indígena en aquellas comarcas de un modo verdaderamente inesperado, los medios de subsistencia, consistentes hasta hoy casi exclusivamente en la caza y la pesca, se irán haciendo cada día más difíciles, lo cual obligará a esa hambreada población a ensanchar el radio de sus agresivas expediciones en busca de instrumentos de agricultura, que vendrán a ser más codiciables para ella, que lo fue el oro para los conquistadores de este Continente.

 

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1.
















Si el sufragio supone criterio, no se comprende cómo ni para qué se otorga a individuos que carecen de toda conciencia política; y a eso conduce la teoría fantástica de un derecho natural indefinible y extraño a la ciencia de la organización social. Asimismo y por razones idénticas, se debe a todo ser humano que pide su pequeña parte en el gobierno de la comunidad y que se halla dispuesto a tomarla si se le rehusa. No que su sola voluntad o aspiración sea título bastante para la concesión, sino que ella es un indicio casi seguro de la aptitud para el buen uso del sufragio. La naturaleza adapta siempre los medios a los fines, y no exige al hombre adivinanzas para descubrir sus leyes, sino sólo paciente observación.
Digna es de observarse a este respecto la marcha política de Inglaterra, cuyos publicistas y hombres de Estado buscan la ciencia en los hechos sociales sin cuidarse de sistemas especulativos. De 1832 para acá ha efectuado grandes cambios o revoluciones pacíficas en el sentido de la democracia y conjurado otras tantas revoluciones sangrientas. Los adueñados del poder han ido admitiendo al común banquete los firmes aspirantes a medida que mostraban su aptitud y su deseo de entrar. Adelantarse a la aspiración hubiera sido crear situaciones artificiales y falsas, desmoralización y falacia en los resultados. Persistir en cerrar la puerta a los que, sintiéndose fuertes y capaces, llamaban respetuosamente. después de una larga exclusión, hubiera sido preparar la escala del asalto, y despertarse al ruido aterrador de la ola revolucionaria, para entregar precipitadamente mucho más de lo que antes se exigiera.
(Arosemena, Constituciones políticas)
Y más adelante, tomado de Laboulaye:
"Creer que el sufragio universal producirá por sí la elección más acertada, es una ilusión el sufragio universal es una masa enorme muerta, impulsada por la pasión: los hombres de más talento no son por lo común los más populares, y es muy dudoso que la multiplicidad de sufragios produzca necesariamente las elecciones más ilustradas"(Regresar)
1. Esta clase de aves de rapiña, que sólo he visto en aquella región, es conocida por las gentes del lugar con el nombre de cacaus, por ser ésta la palabra que imitan con la voz.(Regresar)

 

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