III
Las grandes reformas políticas introducidas bajo la
Administración del General José Hilario López, no sólo habían
obtenido el asentimiento, sino el unánime aplauso de la comunidad
política que elevó a la presidencia de la República a aquel egregio
ciudadano. Esto alentó seguramente a los hombres de iniciativa del
mismo partido para introducir otras reformas, que no tuvieron igual
fortuna.
En la Constitución política de 1853 se consignaron tres
disposiciones que motivaron la división del partido liberal, a
saber: la separación de la Iglesia y el Estado, el sufragio
universal directo y secreto, y el nombramiento de Gobernadores de
provincia por el voto popular.
Los liberales de la vieja escuela creyeron ver amenazados por
esas reformas dos grandes intereses: el de la conservación del
orden público, y el de la continuación del partido liberal en el
poder.
La separación de la Iglesia y el Estado implicaba nada menos que
la renuncia al derecho de patronato, que la República había venido
ejerciendo desde su fundación, como herencia del Gobierno español.
Conforme a esta institución secular, el poder civil tenía
preeminente intervención en el nombramiento de prelados católicos,
en la provisión de beneficios cúrales y en la fijación de impuestos
y contribuciones eclesiásticas. Al amparo de ella, el clero gozaba
de cierta libertad de opiniones en materias políticas y
filosóficas, de donde resultaba que podía haber, y había en efecto
clérigos liberales. Estos no pudieron ver con agrado una
disposición que los ponía bajo la esclavitud y a merced de la
intolerancia absoluta de la Curia romana; y como a virtud de esa
misma disposición quedaba privada la Iglesia de la especial sanción
legislativa de que hasta allí había gozado para el cobro de las
contribuciones eclesiásticas, resultó que ni el clero liberal ni el
conservador, - éste por un motivo, y aquél por otro o por ambos, -
recibieron bien la trascendental reforma, no obstante que, a virtud
de ella, reasumía la Iglesia católica el derecho de establecer
libremente sus contribuciones y de nombrar prelados, vicarios,
párrocos, etc. La misma fracción política a que he aludido
últimamente, juzgó a su vez que, no teniendo ya el clero católico
nada que esperar del Gobernador civil, y sí todo del eclesiástico,
cuyo centro está en Roma, sus vínculos con la patria podrían
debilitarse de manera de convertirlo en ciego instrumento de la
Corte pontificia, a la que se han atribuido siempre miras políticas
contrarias al sistema de gobierno republicano.
En cuanto al sufragio universal directo, muchos liberales
Juzgaron prematura esta reforma, hasta el punto de creer que, para
nuestro país, se había anticipado un siglo. Otros pensaron que ella
daría al clero una influencia electoral difícil de contrarrestar; y
la generalidad de los hombres reflexivos de todos los partidos,
vieron simplemente en ella una falsa institución. Y lo era en
realidad, por estar basada en una falsa suposición, a saber: la de
que hombres ignorantes, que carecen de la más elemental
instrucción, puedan emitir conscientemente sus votos en la elección
de altos funcionarios nacionales. Ellos tienen indudablemente
aptitud para elegir, dentro del círculo de sus convecinos, miembros
de cabildos y de asambleas electorales; pero de esto a votar para
Presidente de la República, Senadores, Representantes, Magistrados
de la Corte etc., hay gran distancia.
La división de las elecciones en directas e indirectas, y la de
los sufragantes en dos grupos - el de los que saben leer y escribir
y el de los que, siendo mayores de veintiún años, carecen de esta
rudimentaria instrucción - se impone como consecuencia de la gran
desigualdad de cultura intelectual que existe entre las clases alta
y baja de la sociedad. De ese modo se consultan, en la medida de lo
posible, estos tres grandes intereses: la verdad en el sufragio; la
igualdad de derechos políticos, y la educación del pueblo para la
vida democrática, por medio de una participación en los negocios
públicos, proporcionada a la instrucción que vaya adquiriendo. Esto
es lo posible, lo practicable por ahora; y todo lo que de ahí pase
entra en el campo de la peligrosa utopía.
(1)
En cuanto a la tercera de las indicadas reformas - la elección
popular de Gobernadores de provincia - fue reputada por cierto
círculo como un acto de hostilidad al Gobierno, y como ocasionada a
romper la unidad política y administrativa. El Presidente Obando
juzgó, por su parte, que al privársele de la facultad de nombrar
libremente los Gobernadores de provincia, se le había puesto en
incapacidad de conservar el orden público. Desde ese momento surgió
en la mente de algunos personajes políticos la idea de un golpe de
Estado, para echar por tierra las nuevas instituciones, y
reconstituir el país sobre la base de la centralización política.
Pero como quiera que lo imprevisto suele entrar por mucho en la
solución de los grandes problemas políticos, hasta el punto de
frustrar a veces las más profundas combinaciones, un suceso que no
tiene en sí ninguna significación política, vino a cambiar
repentinamente la situación, haciendo abortar el plan preconcebido.
Este incidental suceso fue el asesinato del cabo Quirós, ejecutado
por el Comandante en Jefe de la fuerza pública, General José María
Meló, quien, para eludir la responsabilidad de aquel crimen,
precipitó por su propia cuenta el golpe que se meditaba para más
tarde, y de cuyo secreto estaba él en posesión.
Así fue como la funesta división del partido liberal en 1853
vino a dar, en resumen, estos resultados: el escándalo de un gran
crimen - el crimen de alta traición - cometido en desdoro de la
patria; mucha sangre derramada; gran suma de riqueza pública
estérilmente consumida, y por remate, la caída del partido político
que se hallaba en el poder.
Visto está que sin el desastre de Zipaquirá, el último de
aquellos resultados no habría ocurrido; pero el partido radical,
que se había mostrado intemperante o poco mesurado en materia de
reformas políticas, se exhibió luego impaciente en demasía por
derribar la dictadura. Y he ahí dos elocuentes lecciones, política
la una y militar la otra, de que el partido liberal se ha
aprovechado tanto como si ellas hubiesen acontecido en un planeta
distinto del que habitamos. Dícese vulgarmente con relación al
individuo, que nadie escarmienta en cabeza ajena; debe añadirse que
las colectividades políticas no experimentan ni en la suya
propia.
Por lo demás, la historia dirá, en honor de aquella época, 4 e
la división del partido liberal no fue entonces obra de ambiciones
contrariadas ni de mezquinas rivalidades personales, sino de
verdaderas divergencias políticas. De ahí seguramente el que no
hubiera ocurrido defecciones que merezcan ser recordadas, si se
exceptúa la del Vicepresidente Obaldía; y de ahí también que en el
corto espacio de cuatro años - de 1855 a 1859 - el partido liberal
se hubiera reintegrado, de manera de haber podido presentarse en
1860 tan unido y compacto como lo había estado cuando eligió al
General José H. López Presidente de la República. Cuando no son las
ambiciones contrariadas ni los odios personales lo que divide, las
luchas que suelen empeñarse en el seno de una familia política no
dejan tras si amargos recuerdos ni rencores inextinguibles. La
razón es obvia: lo único que no se perdona entre adversarios es la
superioridad moral de algunos de ellos, y ésta no existe cuando de
una y otra parte hay sinceridad y honradez de convicciones, y
cuando la deslealtad o la traición no figuran como armas de
combate. En este caso el vencido se resigna, y el vencedor, a quien
la victoria ha enaltecido, se muestra noble y generoso con su
adversario.
Una última reflexión relativa a los acontecimientos de aquella
época.
Desde el punto de vista del positivismo actual, puede juzgarse
acaso por los que no fueron testigos de aquella sangrienta lucha,
que después del desastre de Zipaquirá, que inclinó la balanza
política del lado del partido conservador, el liberal doctrinario
hubiera experimentado alguna perplejidad o vacilación en cuanto a
la línea de conducta que en tal emergencia debía seguir; pero no
fue así. La principal mira política de este partido, al empuñar las
armas, fue la de restablecer el régimen legal, audazmente
subvertido por la rebelión de cuartel; y a ese interés capital
subordinó todos los demás.
Y no fue que hiciese de la necesidad virtud. Los triunfos de
El Cornal y de Pamplona, triunfos netamente liberales,
pudieron servir de base a ese partido para tratar de recobrar su
preeminencia política; pero él había consentido ya de buen grado en
renunciar a sus aspiraciones como partido, a cambio de hacer más
seguro y menos costoso el triunfo de la causa constitucional,
persuadido como estaba, por otra parte, de que esa causa no
correría el menor peligro en manos del partido conservador, que
hasta entonces no había soñado siquiera en renegar de su fe
republicana.
Pudo también el partido liberal - siento embarazo en
decirlo-absolver al Presidente Obando para continuar con él en
posesión del poder. Pero no! Aquellos tiempos eran bien distintos
de los que ahora hemos alcanzado. Había verdadera sanción política,
y los hombres prominentes de todos los partidos competían en decoro
político y en dignidad personal.
IV
La noticia de la toma de Bogotá el 4 de Diciembre de aquel mismo
año, me encontró en Chiquinquirá, de paso para las montañas de
Muzo, adonde iba a buscar el árbol del caucho, artículo que había
alcanzado últimamente alto precio en el mercado de Nueva York. Esta
especulación no dio el resultado que de ella me prometí; por lo
cual no pasó de simple ensayo. El árbol del caucho no forma
agrupaciones, sino que se halla a caprichosas distancias uno de
otro. La extracción de la goma es dispendiosa de tiempo, y sólo
haciéndose por cuenta del mismo extractor, con toda la diligencia y
economía del caso, produce utilidad equivalente a un buen jornal.
Afortunadamente se presentó por ese tiempo el negocio de la
extracción de la quina, cuyo consumo se había aumentado
considerablemente a causa de la guerra de Crimea. Esta sola
especulación me indemnizó ampliamente de las pérdidas sufridas en
la última guerra civil. Reanudé el hilo de mis negocios,
consistentes en la exportación e importación por Carare, y los
continué en condiciones más favorables.
V
Por ese tiempo habían venido a ser demasiado frecuentes los
ataques de las tribus indígenas a los habitantes y transeúntes en
el camino de Carare; circunstancia que me determinó a solicitar del
Gobernador de la Provincia el auxilio de la fuerza pública para ir
yo mismo en busca de los agresivos salvajes, con la mira de
ahuyentarlos de las cercanías del camino, ya que no podía pensarse
entonces, como no se ha pensado todavía, en la lenta y difícil
labor de apaciguarlos.
Acompañado del doctor Domingo Téllez Caro, joven emprendedor,
animoso y entusiasta partidario del camino de Carare, y que fue
víctima años después de su patriótico empeño en mejorarlo; y
auxiliado por treinta hombres de tropa, a órdenes del Capitán
Lorenzo Sarria, emprendí en julio de aquel año la penosa
expedición. Desde que nos acercamos a los lugares donde se
sospechaba que los indios tendrían sus guaridas, dividimos la
fuerza en dos grupos. Con el más numeroso de ellos siguió el
Capitán Sarria hacia el Opón, y con el otro emprendimos a pie, el
doctor Téllez Caro y yo una excursión por las márgenes del
Guayabito, desde el punto denominado
La Cimitarra, - donde
abandonamos el camino que conduce al puerto - hasta la
desembocadura de dicho río en el Carare. En toda la extensión
recorrida (ocho leguas por lo menos) sólo encontramos dos
habitaciones de indios, situadas cada una en el centro de una
plantación de maíz, yuca y batata; pero esas habitaciones habían
sido recién abandonadas. Por lo que se ha podido observar después,
los indios bajan en la estación del verano a las márgenes del
Guayabito, donde hacen sus plantaciones y gran provisión de pescado
(que preservan de la descomposición por medio del humo), y se
vuelven luego a las tierras altas, cuando se acerca el
invierno.
Más afortunado el Capitán Sarria, encontró en el Opón un caserío
habitado por ocho o diez familias, las que huyeron precipitadamente
a la vista de la tropa; de modo que sólo un niño de siete años fue
capturado. A este indiecito se le bautizó en Vélez y se le puso el
nombre de Lorenzo, que era el del Capitán Sarria.
A propósito de esta expedición dijo el señor Gobernador de Vélez
en su informe dirigido a la Legislatura provincial, en 1855, lo
siguiente:
"TRIBUS SALVAJES
"Seriamente amenazada la empresa del Carare por las
incursiones vandálicas de algunas tribus salvajes que vagan por las
márgenes de este río y por las del Opón, y muy particularmente por
la que tuvo lugar el 18 de Julio último, en que los salvajes
llevaron su audacia hasta penetrar a unas cincuenta varas de la
bodega del puerto de San Fernando, cometiendo allí un horrible
asesinato en la persona de un infeliz pescador, creí de mi deber el
ocurrir al Poder Ejecutivo, dando cuenta de lo sucedido y
solicitando alguna fuerza para enviarla al Carare a escarmentar a
aquellas tribus feroces. El Poder Ejecutivo accedió solícito a tan
justa demanda, y envió un piquete de tropa de treinta hombres, que
sin demora alguna siguió a su destino. La expedición, dirigida en
su principio por los patriotas ciudadanos Aquileo Parra y Domingo
Téllez Caro, y más tarde por el Teniente Lorenzo Sarria, jefe de
aquel piquete, tuvo un resultado feliz...
"El número de habitaciones encontradas, lo espacioso de
ellas, la abundancia de las provisiones que allí se hallaron, y
todos los informes que se han adquirido, conspiran a probar que
aquellas tribus son más considerables y más peligrosas de lo que
antes se creía".
Años después, cuando ya aquel indiecito hablaba un poco el
español, se presentó una ocasión en que pudo dar idea de las
costumbres de los suyos. Pasaba por una de las calles de Vélez una
mujer que había perdido la nariz a consecuencia de un ataque de
reuma, y al verla el indiecito exclamó: "fea como
catite". Hechas las averiguaciones del caso, se
vino en conocimiento de que la voz
catite significa
hermano, y que por haberse comido el indio a quien Lorenzo
se refería parte de una yuca
(macaño) que su padre
(ponupo) le había mandado asar, éste le cortó la nariz con
un cuchillo. Cuando se hablaba a Lorenzo de enviarlo al Opón, se
sobrecogía de espanto. Creía que
ponupo le daría muerte al
verle.
Otro indio, capturado en Guayabito por los doctores Casimiro
Díaz y Eusebio Morales, el año de 1866, el cual tendría entonces
diez y ocho años de edad, tenía la misma idea que Lorenzo sobre el
modo como lo recibiría su padre. Habiéndole encontrado el año de
1874, en Landázuri, formando parte de la guarnición militar
establecida allí, le pregunté, mostrándole el valle del Carare, si
quería volver allí; y me contestó que sí, pero armado de un rifle,
como el que tenía en la mano, para entrar haciendo fuego a sus
antiguos compañeros de tribu. Este mismo indio me refirió que el
castigo más comúnmente aplicado entre ellos consiste en colgar de
un árbol al delincuente por los pies, atarle las manos y exponerlo
así al furor de los insectos, desnudo cómo habitualmente está.
Las personas extrañas que llegan a caer en manos de esos
salvajes - y adviértase que pasa tal vez de doscientos el número de
esas victimas en los últimos cuarenta años -reciben tantas flechas
cuantas les caben materialmente en el cuerpo, de manera que mueren
con los más terribles dolores. Por los cadáveres que han solido
encontrarse, se ha venido a conocer esos actos de atroz
ferocidad.
El uso de la sal les es completamente desconocido. Nunca han
tomado ni la menor porción de ella en las canoas que han asaltado;
al paso que de otros comestibles, de las herramientas y de la ropa
de uso sí se han apoderado en toda ocasión. La mayor parte de ellos
son de elevada estatura, ágiles y esforzados, pero en extremo
negligentes. Los caracteriza una excesiva desconfianza, justificada
en su raza por la perfidia de que fue víctima en la época de la
conquista.
Entre los asaltos dados por los indios salvajes de Carare a
varios transeúntes do aquella comarca, merece ser referido con
todos sus detalles y seguido en sus consecuencias el que tuvo lugar
el año de 1866 en el sitio denominado
Los Botes, a la margen
derecha de aquel río. Regresaba de boca del Carare al puerto de San
Fernando una pequeña canoa tripulada por Gabriel Mesa - traficante
en cacao y otros artículos menudos - y por un mozo de apellido
Zúñiga, que hacía de boga. Al acercarse al antiguo puerto de
Los
Botes - situado sobre una pequeña elevación del suelo,
proveniente acaso de la prolongación de uno de los contrafuertes de
la cordillera vecina, - a tiempo que patrón y boga departían
tranquilamente sobre los asaltos que en ese mismo sitio, y en no
muy remotas fechas, habían dado los indios a otros pasajeros no
menos incautos que ellos, vieron caer sobre su canoa un largo y
pesado madero, armado en la punta de fuerte garabato, con el cual,
asido el borde de la canoa, fue instantáneamente sujetada a la
orilla del río, quedando así dispuesta para el abordaje. Sin dar
tiempo a los sorprendidos viajeros para apercibirse a la defensa,
con una escopeta cargada y un cuchillo de monte que traían a bordo
y atronando el aire con salvaje gritería, se lanzaron los indios
sobre nuestros aterrados pasajeros, quienes se dieron por bien
librados de haber podido arrojarse al fondo del río. Una vez allí
se despojaron a toda prisa de sus ligeros vestidos, y emprendieron
el paso a la opuesta ribera, nadando por entre dos aguas para
tratar de escapar a las flechas de los feroces asaltantes. Como la
anchura del río en aquel lugar no es menor de cuarenta metros,
imposible era recorrer tal distancia sin sacar la cabeza fuera del
agua para respirar. Sucedió, pues, que al ejecutar uno de esos
forzados movimientos fueron sorprendidos con la presencia, ya en
mitad del río, de la canoa que habían dejado en la orilla, y que
montada por un grupo de salvajes con flechas tendidas sobre el
arco, se les había venido encima...
Un grito de espanto debió de quedar ahogado en aquellas
tranquilas ondas; pero seguido como fue de un supremo esfuerzo para
ganar la orilla, los infelices fugitivos, sin volver la vista
atrás, pudieron refugiarse, instantes después, dentro del bosque
protector. Una lluvia de flechas les vino encima al momento de
salir a tierra, y Zúñiga fue alcanzado por una que le atravesó el
brazo, lo cual no le impidió continuar la fuga.
Fuera de sí estos desgraciados no pensaron siquiera en que
debían permanecer juntos; y mientras que Zúñiga, - dotado quizá de
más serenidad que su compañero, o favorecido por la causalidad, -
tomó una dirección paralela al río, Mesa se internó aturdidamente
en la espesura del bosque. El primero salió el día siguiente a una
estancia llamada
San Antonio, situada a la orilla izquierda
del río, dos o tres leguas arriba del lugar del desastre, y allí
encontró su salvación; en tanto que Mesa, vagando desorientado por
entre el bosque, no acertaba a tomar rumbo ni dirección. Otro más
avisado que él habría comprendido que, caminando constantemente en
dirección oriental, no habría tardado mucho tiempo en encontrar la
orilla del Carare, y en ella su salvación.
La primera noche halló abrigo en el hueco de un árbol; y aunque
temeroso de la presencia del tigre, debido al excesivo cansancio,
logró conciliar el sueño por algunas horas; pero su despertar debió
de se terrible.
Como nada había que pudiera detenerle en aquel lugar, continuó
su marcha al despuntar el día, sin saber si iba adelante o volvía
atrás y sin otra esperanza que la que, en la hora de las grandes
aflicciones, pone el hombre en la misericordia de Dios!
Ese mismo día encontró en los tiernos cogollos de una palma un
engañoso recurso contra el hambre que ya lo devoraba, y de allí en
adelante hizo de ese insípido vegetal su cotidiano alimento.
Tropezó otro día con un morrocoy, y se lanzó sobre él con la avidez
del tigre. A dentelladas le arrancó los palpitantes muslos, y le
chupó la sangre con deleite; pero, habiéndole sobrevenido una
indigestión acompañada de fiebre, hubo de renunciar en lo sucesivo
a la dura carne de aquel testáceo. Soñó una noche que estaba en un
festín comiendo pedazos de gallina, y con furor canino se hirió
profundamente con los dientes incisivos uno de los antebrazos.
La única vez que hablé con Mesa sobre su dramática aventura, no
advertí preguntarle si había hecho uso de la madera seca para
producir fuego, a imitación de Robinson Crusoe; pero es probable
que así lo hiciese, para ahuyentar de noche las bestias salvajes y
para calentar su desnudo cuerpo.
Por lo demás, la afanosa marcha del desorientado viajero,
ejecutada quizá al rededor de un mismo sitio, era interrumpida a
cortos intervalos para tomar descanso; pero, qué descanso aquél,
entre las agonías del hambre y la perspectiva siniestra de caer
rendido, si no hoy, mañana, sobre el escabroso suelo, a retorcerse
en cruelísima agonía, en medio de inclemente soledad, y sintiendo
hincarse en sus desnudas carnes el voraz aguijón de los
insectos!
Basta colocarse un momento en la situación de aquel hombre,
víctima de uno de los más crueles infortunios, para poder medir la
intensidad de su congoja, superior sin duda a la que siente el
náufrago; por cuanto la soledad del mar es comparativamente menor,
y no tiene la lobreguez de la del bosque; y porque, si allí se
muere también de inanición, con el postrer suspiro se va la última
esperanza de socorro humano.
Pero Mesa no debía tener el trágico fin que su delirante
imaginación le representaba hora por hora. A los veintisiete días
de andar a ciegas por entre la espesura del bosque, sin oír cantar
un pájaro y sí solamente el gutural quejido de ciertas águilas que
vuelan en pos de las manadas de cerdos monteses, para aprovechar
ciertos despojos
(1)
,
y el destemplado grito de los apareados guacamayos que, a la hora
de ponerse el sol, pasan a grande altura sobre la solitaria selva,
siempre con dirección al ocaso; a los veintisiete días de haber
emprendido Mesa su triste y forzada peregrinación, días
transcurridos bajo la constante obsesión de medrosos ruidos y de
misteriosas sombras, lució para él un rayo de esperanza: oyó de
repente un ruido que le hizo estremecer de alegría: el de la
corriente de un riachuelo. A la inversa de los compañeros de Colón
que gritaron ¡Tierra! Mesa debió de gritar ¡Agua! Se hallaba
cercano a una caudalosa corriente, cuyas murmurantes aguas debían
ir a desaguar, según toda probabilidad, en el Carare.
Tenía, pues, Mesa un derrotero seguro: el curso de aquellas
aguas, y lo siguió con el corazón henchido de esperanza.
Al siguiente día, muy temprano, vio de repente aclararse el
bosque, y sintió en seguida el armonioso estruendo que allí
producen las corrientes del Carare, al romperse en piedras y
empalizadas; pisó luego las estrechas playas del suspirado río, y
recibió a cielo descubierto los vivificantes rayos del sol. Un
himno de gratitud y de alabanza hacia el Supremo Ser brotaría del
abatido corazón de este hombre, que por modo ya inesperado volvía a
la vida.
En tal situación de espíritu sus fuerzas se reanimaron hasta el
punto de poder romper sobre sus rodillas unas guaduas secas, que
las corrientes del río habían dejado a la orilla, y de trozar con
los dientes unos bejucos que halló suspendidos de las ramas, y con
estos materiales improvisó una balsa para echarse en ella sobre las
corrientes del Carare, allí muy impetuosas todavía. Ah! qué de
esfuerzos para salvar un resto de existencia, que no valdría ni el
menor quizá de aquellos sacrificios!
De pie sobre la frágil e ingobernable embarcación, se arrojó
Mesa en los rugientes raudales, con menos de diez probabilidades en
ciento, de llegar felizmente al puerto de San Fernando, que dista
del lugar donde se embarcó (la boca de
La Corcovada) seis
leguas por lo menos.
Ya a la vista del deseado puerto, amenazaba todavía a Mesa un
nuevo peligro.
El alarma difundido desde un mes antes entre los escasos
habitantes del Carare, por el suceso de
Los Botes, los tenía
en guardia contra un ataque de los indios, y su vigilancia a este
respecto no había cesado todavía. Al presentarse, pues, a la vista
del puerto la balsa en que bajaba Mesa, el bodeguero bajó de prisa
a la orilla del río y se situó convenientemente para poder disparar
a golpe seguro sobre el atrevido navegante, en quien creyó ver un
indio salvaje, tanto por venir de un lugar desierto, cuanto por su
estado de completa desnudez. Afortunadamente reconoció a tiempo que
aquél era un hombre blanco, y en lugar de dispararle el rifle tomó
su canoa, le salió al encuentro en mitad del río, y lo condujo al
puerto. En brazos del bodeguero y de su familia fue trasladado Mesa
a la habitación de estas buenas gentes, quienes le prodigaron lo
poco de que podían disponer, y por de pronto, una panela que Mesa
no pudo masticar hasta que se la ofrecieron molida.
Al cabo de veintinueve días de indecibles padecimientos físicos
y de mortales congojas, Mesa se había salvado, pero solamente a
medias. Las terribles emociones que había experimentado, y de las
que apenas he dado ligera idea, habían trastornado su razón; y el
hambre, la desnudez, el insomnio y la constante agitación, habían
quebrantado de tal modo su salud, que no llegó nunca a recobrar el
vigor de otro tiempo. Su aspecto era el de un joven de veinticinco
años cuando le asaltaron los indios, y veintinueve días después
recogió en una balsa el bodeguero de San Fernando un verdadero
esqueleto, que si bien recobró luego algunas carnes, no recuperó
nunca el vigor, la fuerza ni la animación de la juventud.
No encaneció en el transcurso de aquellos mortales días, pero su
aspecto era el de un hombre de más de cuarenta años.
Además de la incoherencia de sus ideas, fácilmente perceptible
para cualquiera que conversara con él, se le veía frecuentemente
caer en un estado de abstracción, del que salía dando muestras de
sobresalto, y volviendo repentinamente la vista hacia atrás. Ah! el
momento aquel en que, rendido ya por el esfuerzo de nadar bajo el
agua, vio acercarse la canoa en que venían los indios, con sus
flechas tendidas sobre el arco, y sus semblantes de antropófagos,
debió de ser un momento verdaderamente terrible. La espantosa
escena debió de quedar tan profundamente grabada en su memoria, que
cual imagen fotográfica reaparecía en su enferma imaginación
durante aquellas horas de enajenación mental a que quedó
irremediablemente condenado. Si mi memoria no me engaña, Mesa
sobrevivió apenas cinco o seis años a su sin igual catástrofe. El
madero con que los indios sujetaron la canoa, abandonada por ellos
en el lugar del asalto, fue conducido después, como objeto de
curiosidad, al puerto de Carare. Allí lo vi tendido en el salón de
la bodega, y la primera idea que me ocurrió fue la de que los
indios que habían manejado con tanta agilidad y precisión ese largo
y pesadísimo madero, debían de ser muy esforzados. La longitud del
mástil era de tres metros, y el diámetro en su parte más gruesa no
bajaba de diez pulgadas. Había sido despojado del garabato
(gambía en el lenguaje de los bogas) para aprovechar
seguramente el fuerte cordón de pita con que lo habían asegurado a
la punta más delgada del madero.
Esta circunstancia puede dar lugar a algunas reflexiones sobre
la fuerza muscular de aquella raza. ¿Abundará en ella el tipo de
los hombres de elevada estatura, fornidos y vigorosos, o será éste
un privilegio exclusivo de las familias a que pertenecen los jefes
de las tribus, debido a una alimentación más suculenta que la del
resto de la población? Así sucede en las islas Sandwich y en varias
otras comarcas habitadas por salvajes, según lo observa Spencer en
su libro titulado
Instituciones políticas.
Por lo demás, ya he consignado en otra parte mis propias
superficiales observaciones, acerca del carácter de las condiciones
físicas de los indios que fueron capturados en el Carare y
conducidos a la ciudad de Vélez. Aunque no menos desconfiados que
los que gozan de los beneficios de la civilización, muestran en su
semblante mayor altivez que estos últimos.
A excepción del Presbítero doctor José María Céspedes, que vivió
algún tiempo en relación con esas tribus, pero que no dejó escritas
- al menos que yo sepa - sus obras curiosas sobre las condiciones
físicas de aquella raza, ningún otro de los que han tenido la
desgracia de mirar de cerca a los habitantes de la selva, ha podido
"contar el cuento".
La monogamia entra en sus costumbres. Forman, por tanto,
familias separadas, y cierto número de ellas compone una tribu. Por
lo poco que se ha podido descubrir en ellos en punto a religión, se
cree que son idólatras. Una de las rarísimas veces que se les ha
observado impunemente, fue cuando asaltaron, por segunda vez, la
finca de
Boca de Guayabito. Eran en número de treinta a
cuarenta mozos fornidos, y el de mayor estatura entre ellos, que
debía de ser el jefe, llevaba como distintivo alta gorra de plumas.
Todos huyeron precipitadamente al ver caer herido a su jefe, por
una bala que le disparó el dueño de la casa que tenían sitiada,
señor Agapito Castañeda, quien se había encerrado en ella con su
mujer; y gracias a lo certero del tiro, se libraron de perecer en
medio de las llamas, pues que los agresores se disponían ya a
incendiar la casa. Hasta ahora poco se calculaba que el número
total de esos indios no pasaría de trescientos; pero recientes
incursiones por las márgenes del Minero dan pie para elevar esa
cifra a cerca de dos mil. La zona que recorren y que tienen ya bajo
su exclusivo dominio, es bien considerable, pues partiendo de las
márgenes del Opón, que la limita por el Norte, alcanza hasta las
riberas del Minero (alto Carare). No era así en otro tiempo, como
veinticinco años atrás, en que el radio de sus excursiones se
hallaba circunscrito por las márgenes del Opón y del Guayabito.
Hasta ahora cincuenta años habría sido relativamente fácil
atraerlos, por medios suaves, al trato con la gente civilizada.
Sabido es que el venerable sacerdote doctor Céspedes estuvo en el
Opón por los años de 1840; que entabló y mantuvo por algún tiempo
amistosas relaciones con las familias que allí había; y que al cabo
de algunos meses regresó trayendo cinco mujeres, que vinieron hasta
Bogotá. Si se hubiese perseverado en este medio de pacificación, o
si al menos no hubieran sido entradas a saco sus plantaciones del
Opón, probable es que esas familias hubieran continuado en la
actitud pacífica en que permanecieron hasta el año de 1853, que fue
cuando empezó la recolección de tagua en las orillas del Opón, y
con ella el pillaje de las sementeras de los indios. A no haberse
procedido de ese modo bárbaro, el camino de Carare no se hallaría
hoy despoblado. Empresas agrícolas, como las establecidas a orillas
del Sogamoso y del Lebrija, se habrían fundado allí; el camino se
habría mantenido constantemente transitado, y no tendríamos que
lamentar la pérdida de más de doscientas vidas, sacrificadas por
las flechas de los salvajes. En el estado actual de las copas no
hay tal vez otro medio de reducir esas familias a la vida
civilizada que el de capturarlas por sorpresa, formar con ellas,
dentro de la misma desierta comarca, colonias agrícolas sostenidas
por guarniciones militares, y someterlas a la catequización de
misioneros cristianos, dándoles al mismo tiempo lecciones prácticas
de agricultura, y enseñándoles algunas artes y oficios. Conocidos
como son los lugares en que ellas permanecen durante el verano,
acercarse sigilosamente a esos parajes, que se descubren por la
humareda, y rodear de noche las habitaciones, es operación menos
difícil de lo que a primera vista puede parecer. Así fue como los
señores Díaz y Morales, ayudados de cuatro o cinco compañeros,
capturaron la familia a que pertenecía el segundo de los indios de
que he hecho mención. Reducidas que fueran unas pocas familias, se
podría, a poco tiempo y valiéndose de los indios ya civilizados,
ensayar otro medio más eficaz de ir reduciendo las familias
restantes. ¿Habría en este caso inmigrantes que pudieran igualar a
los indios como cultivadores del suelo en que han nacido, y que es
para ellos singularmente propicio?
Es extraño que el Gobierno no haya dado siquiera el primer paso
para redimir de la barbarie a esa desgraciada porción de nuestra
especie. Si estas tribus habitaran, como otras, alguno de los
remotos confines de nuestro territorio, tal incuria sería hasta
cierto punto excusable; pero es el caso que las familias indígenas
de que ahora se trata, se encuentran cerca de los principales
centros de la República, codeándose, por decirlo así, con la gente
civilizada. Debe tenerse también en cuenta que la actitud
implacablemente hostil que ellas han asumido de 1853 para acá, no
sólo ha sido causa principal, sino única, del abandono absoluto en
que ha caído la antigua vía del Carare; como también de que
permanezca inexplotada una de las más ricas porciones del país.
Para no hablar más que de uno solo de los cultivos que allí pueden
emprenderse con grande utilidad, haré notar que el árbol del cacao,
exento como ha estado hasta hoy en las márgenes del Carare de la
enfermedad de la
mancha, dura más de cincuenta años
rindiendo pingües cosechas. Para apreciar esta ventajosa condición
de aquel suelo en todo lo que vale, basta tener Presente que, ya
sea por empobrecimiento del terreno, o Por habérsele destinado a
otros cultivos, el hecho es que las cosechas de cacao han
disminuido considerablemente en dos de los principales distritos
productores del artículo, Cúcuta y Girón, y que se vende hoy a
elevadísimo precio.
Habiéndose elevado la población indígena en aquellas comarcas de
un modo verdaderamente inesperado, los medios de subsistencia,
consistentes hasta hoy casi exclusivamente en la caza y la pesca,
se irán haciendo cada día más difíciles, lo cual obligará a esa
hambreada población a ensanchar el radio de sus agresivas
expediciones en busca de instrumentos de agricultura, que vendrán a
ser más codiciables para ella, que lo fue el oro para los
conquistadores de este Continente.
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