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MI VIDA PUBLICA
(DE 1854 A 1862)
I

De todas cuantas reacciones populares han tenido por objeto en Colombia el restablecimiento del régimen legal, ninguna ha tenido en tan alto grado los caracteres de espontaneidad, de vigor y rapidez como la de 1854. El escandaloso atentado del 17 de Abril había sorprendido de modo antes no visto a la Nación. Verdadero golpe de cuartel, dirigido audazmente contra el Congreso por un Jefe militar de segundo orden, desprovisto de antecedentes políticos, debió de suscitar, y suscitó en efecto la indignación general. No bien era recibida en cada población - especialmente en las del Norte de la República, que a mí me conste por propia observación -la noticia del nefando crimen, cuando los ciudadanos, sin distinción de colores políticos, sin la menor vacilación y sin previo acuerdo, acudían a las autoridades a ofrecer sus servicios como defensores de la legalidad y como altivos vengadores del ultraje inferido a la Nación.

Debo hacer notar, sin embargo, en homenaje a la verdad histórica, que la uniformidad de opinión en la provincia de Vélez contra el golpe militar del 17 de Abril, tuvo dos notables excepciones: la del prócer de la independencia doctor Juan Nepomuceno Azuero Plata, y la del distinguido jurisconsulto y honorable ciudadano doctor Julián Herrera.

Ambos habían representado en el Congreso a la provincia de Vélez en el período parlamentario próximo anterior, y allí habían combatido algunas de las reformas políticas iniciadas por copartidarios suyos, pertenecientes a la más avanzada escuela liberal. Firmes en sus convicciones antireformistas, más allá de lo que el verdadero republicanismo y el sentimiento de dignidad nacional permitían, no retrocedieron ante la dictadura misma, y lo que es más extraño aún, ante la siniestra y vulgar figura del hombre que la personificó.

Con dolor hago este recuerdo, por referirse a dos personas que me honraron con su amistad, y de las cuales conservo gratísima memoria.

Cuando el doctor Azuero supo que yo estaba resuelto a tomar las armas en defensa de la causa constitucional, con visible afán vino a mi casa a exigirme, en nombre de la amistad, que desistiera de tal propósito.

- "Usted es un hombre de trabajo - empezó diciéndome que tiene a su cargo numerosa familia; y tanto el porvenir de ella como el de usted mismo está fincado en el crédito que, a riesgo de su vida, ha sabido usted crearse y conserva hasta hoy. Si usted abandona sus negocios para ir a tomar parte en la guerra, a usted lo arruinarán, sin que yo pueda evitarlo. Quédese usted aquí, en su casa o en la mía. Yo le respondo de que nadie le molestará a causa de sus opiniones políticas".

Y luego, con aquel tono de resolución que hacía recordar al guerrillero de 1809, o al digno sucesor del jefe de los Comuneros de 1781, añadió: "No lo dude usted, tendrían que pasar por sobre mí para tocarle a usted un cabello".

Entretanto, el doctor Herrera, que no se atrevió a hacerme observación alguna en cuanto a la conducta que yo había resuelto seguir, se ocupaba oficiosa y activamente en ocultar las mercancías existentes en mi almacén, que sólo así pudieron salvarse.

¿Cómo no recordar con profunda gratitud semejantes manifestaciones de aprecio, y cómo no dar puesto preferente a la expresión de ese dulce sentimiento cada vez que se presenta la ocasión?

- "Usted nos lleva a muchos una gran ventaja" -me dijo en cierta ocasión, con generosa complacencia, el doctor Salvador Camacho Roldan- "usted tiene verdaderos amigos".

Sí lo reconozco. Ha sido éste, sin duda, uno de los lados no diré pocos, por no aparecer ingrato o quejumbroso, ni muchos, por no decir una jactanciosa mentira - ha sido éste, digo, uno de los lados por los cuales me ha sonreído de modo menos inconstante la veleidosa Fortuna!

Ya se le considere en su conjunto o en sus detalles, aquel movimiento restaurador honrará, como el que más, la historia de nuestra vida republicana. ¡Pluguiese a Dios que "esta Nación valiente y orgullosa", como, aludiendo al referido acontecimiento, la llamó el Presidente del Congreso de 1855 en un célebre discurso inaugural, -pluguiese a Dios que se hubiese mantenido hasta hoy, para justificación de esa frase histórica, a la altura del precedente que la inspiró!

No fui yo de los últimos en tomar puesto entre los defensores armados de la causa constitucional; pero el día anterior al señalado para la salida de la fuerza organizada en Vélez, en vía para el cuartel general del Ejército del Norte, que estaba próximo a abrir operaciones, fui llamado al despacho del Gobernador de la provincia, doctor Ramón Matéus, y fui amonestado por él (esta es la palabra propia) de acuerdo con el primer Designado, señor Ignacio Castañeda, allí presente, para que me quedara acompañando a este último, como Secretario de la Gobernación, durante la ausencia del doctor Matéus, quien había determinado partir al frente de la fuerza por él organizada, "siempre que pudiese estar seguro -tales fueron sus palabras - de que el orden constitucional sería conservado en la provincia y de que ésta seguiría suministrando contingentes para la guerra".

Mi deber era servir en el puesto que se me designase, y no vacilé en aceptar la Secretaría.

Apenas habrían transcurrido veinte días después del desastre de Zipaquirá, de que trataré adelante, cuando llegaron a Vélez, por la vía de Carare, y procedentes de Honda, lugar adonde había ido a parar la mayor parte de los derrotados de Tíquisa, el entonces Comandante Antonio María Díaz, que se había distinguido en Zipaquirá como primer Jefe del batallón Vélez; el valeroso Capitán Cándido Rincón, que había sido levemente herido en aquel mismo desgraciado encuentro, y otros oficiales. Sirviendo de base la fuerza organizada por el nuevo Gobernador de Vélez, se levantó allí prontamente el segundo batallón de este mismo nombre, con el cual se retiró el Comandante Díaz a la Provincia del Socorro, al tener noticia de la aproximación de dos cuerpos de tropa enemigos, mandados, respectivamente, por los Comandantes Velasquez y Forero (a. negro Justo).

Debido a la eficaz cooperación del Gobernador del Socorro doctor Lucas Caballero, el Comandante Díaz pudo elevar en corto tiempo a seiscientos hombres, mal armados por supuesto, la columna de doscientos que había llevado de Vélez. De esa fuerza destinó una parte a ocupar la ciudad de Piedecuesta, bajo las órdenes del Comandante Cándido Rincón, a fin de observar de cerca el General Martiniano Collazos, que se hallaba en Bucaramanga al frente ,de una pequeña fuerza, y cuya conducta política empezaba a infundir justas desconfianzas.

No bien hubo llegado Rincón a Piedecuesta, cuando lo atacó Collazos; pero habiendo sido éste rechazado por aquél, regresó a Bucaramanga; se alzó allí con el Gobierno de la provincia, y procedió activamente a aumentar la fuerza de que disponía. En vista de esto, Rincón emprendió retirada hacia la ciudad del Socorro, donde tenía lugar a ese tiempo la transmisión constitucional del destino de Gobernador de esta provincia, de manos del doctor Caballero a las del doctor Antonio María Pradilla. Uno de los primeros actos de este nuevo mandatario fue nombrar jefe de la columna de operaciones existente en la capital de la provincia al Teniente Coronel Antonio María Díaz, y Comandante del batallón Socorro, que hacía parte de esa misma columna, al Gobernador cesante, doctor Caballero. Al acercarse a esa capital, por la vía de Mogotes, la división de setecientos hombres que mandaba el Coronel Dámaso Girón, y, simultáneamente por la vía de Guadalupe, la columna de trescientos hombres que conducía Velasquez, el Comandante Díaz emprendió retirada hacía la provincia de Soto, por la vía de Zapatoca, para recibir allí doscientos fusiles que el General Mosquera había enviado de la Costa al cuidado del Capitán Gabriel Vargas Santos.

En seguida ocupó a Piedecuesta, y destinó al mismo valeroso Comandante Rincón, para que, al frente del batallón Vélez, atacase a Collazos, que se había atrincherado en Bucaramanga.

Después de algunas proposiciones de avenimiento, que fueron desatendidas por el jefe dictatorial. Rincón atacó el cuartel y lo tomó tras de reñido combate, en que quedó muerto el General Collazos.

A ese tiempo se acercaba a Piedecueta el Coronel Girón con la fuerza de su mando; pero, habiendo recibido noticia del resultado del combate de Bucaramanga, retrocedió hasta pasar el Chicamocha. El Coronel Díaz se movió en persecución de él; y habiendo ocupado la formidable posición de Los Santos, envió partidas de observación hasta la orilla del río.

Reforzada que fue la columna de Girón, volvió éste sobre sus pasos, y emprendió un temerario ataque a las inexpugnables posiciones que ocupaba la fuerza constitucional. Este ataque fue rechazado desde luego y en él tuvo algunas pérdidas la fuerza de Girón. Mas, no pudiendo el Comandante Díaz defender la extensa línea del Chicamocha contra un enemigo superior en número, principalmente en armamento, emprendió retirada, en buen orden, hacia Pamplona, donde encontró al General Reyes Patria, quien, después de haber intentado resistir en Paipa a la división del Coronel Girón, se había retirado con sólo cien hombres por la vía de García Rovira hacia la misma ciudad de Pamplona.

Dejaré allí, por ahora, a estos dos jefes, preparándose para resistir un nuevo ataque del Coronel Girón, y continuaré el derrotero que, en aquella crítica ocasión, me tocó seguir.

Habiendo coincidido con la aproximación de las fuerzas dictatoriales a la ciudad de Vélez, la llegada al puerto de Carare del primer cargamento de mercancías extranjeras, expresamente importadas para mi casa de comercio por la muy respetable que dirigía en Mompós el señor Tomás G. Ribón, en vez de incorporarme a la fuerza del Comandante Díaz, tomé la vía de Carare, acompañado de mi hermano Trino, para poner en relativa seguridad las mercancías que acababan de llegar, y seguir luego, por el Magdalena, a unirme a las fuerzas constitucionales que se habían replegado hacia el Norte.

No había terminado aún la operación de trasladar las mercancías al punto denominado Cincinato, donde creí que podían quedar con mayor seguridad, cuando llegaron al puerto de Carare los doctores Ricardo Vanegas y Juan Iregui, acompañados del Capitán Melitón Olarte, quienes venían de Honda provistos de doce fusiles de percusión, seis lingotes de plomo y una pequeña cantidad de pólvora. Con tan escasos elementos se proponía el doctor Vanegas rescatar la provincia de Vélez para la causa constitucional; proyecto temerario, si los hay, aun tratándose de la guerra, en cuyos resultados suele entrar lo imprevisto como factor principal. Se creyó que era el caso de intentar una aventura cualquiera, y se procedió a ello sin vacilación.

Como lugar de cita para los voluntarios que debían venir de Vélez a tomar las armas, se designó a Cincinato, que está situado hacia la mitad de la distancia entre el puerto y Vélez, y en donde había construido el doctor Manuel María Zaldúa una espaciosa casa de habitación. Los señores doctor Iregui y Capitán Olarte se encargaron de salir a Vélez a reunir sigilosamente los elementos bélicos que fuese posible obtener y llevarlos al lugar convenido.

Como hubiese transcurrido un término mayor del calculado para recibir en el puerto noticias de los comisionados sin que éstos llegaran, el doctor. Vanegas resolvió salir a su encuentro, adelantándose hasta Cincinato, donde debíamos reunimos a él Trino y yo, dentro de tercer día.

Partimos, en efecto, el día convenido, conduciendo el escaso armamento; pero no habíamos andado tres leguas cuando encontramos de regreso al doctor Vanegas acompañado del joven antioqueño Tomás Pérez, que vivía en Cincinato, ambos a pie, extenuados por el hambre y la fatiga y dominados por el temor de hallarse perseguidos muy de cerca.

¿Qué había sucedido? Que la noche del día siguiente a la llegada del doctor Vanegas a Cincinato fue sorprendido por una partida armada que el intruso Gobernador de Vélez, señor Avelino Rodríguez, había enviado con tal objeto, a órdenes del Capitán Manuel López.

Los asaltados, contando al señor Pérez, tuvieron tiempo apenas para refugiarse en el bosque, donde pasaron el resto de la noche y de donde salieron, al amanecer el día siguiente, en dirección al puerto de Carare.

No había, pues, tiempo que perder. Trino y yo pusimos nuestras bestias ensilladas a disposición de los dos amigos, que venían rendidos de cansancio, y todos regresamos al puerto para embarcarnos a la mayor brevedad posible y salvar así nuestras personas y los pocos fusiles de que disponíamos.

¿Qué fue, entretanto, del cargamento de mercancías trasladado a Cincinato? Lo que era natural que fuese: todo él, sin escaparse un alfiler, cayó en manos de López y sus compañeros, quienes lo hicieron transportar a Vélez, donde fue declarado buena presa por el Gobernador de la provincia.

De Boca de Carare hicimos rumbo hacia Ocaña: en ese viaje nos había precedido el General Tomás Herrera, que bajó de Honda en champán, sin equipaje y sin más compañía que la del joven Ramón del Corral, en calidad de Ayudante do campo.

Entretanto subía el Magdalena el General Mosquera, obedeciendo a un llamamiento que le había hecho el Gobierno desde la ciudad de Honda.

Del vapor en que subían algunos diputados al Congreso que iba a reunirse en Ibagué, se nos trasmitió de paso la noticia del combate de El Cornal, cuyo resultado había sido en parte favorable a las armas constitucionales; y luego, al llegar a Puerto Nacional, tuvimos la más plausible del completo triunfo obtenido en Pamplona el 27 de Agosto. En este sangriento combate quedaron muertos los dos jefes de uno y otro ejército, Coroneles Rojas Pinzón y Dámaso Girón; y allí empezó a mostrarse la marcial figura de Santos Gutiérrez.



II

 

En la plaza de Ocaña, a tiempo de partir para el cuartel general del Ejército del Norte, fui presentado al General Tomás Herrera por el doctor Ricardo Vanegas, grande estimador suyo, que había tenido la clara visión de preferirlo al General José María Obando como candidato para la Presidencia de la República, y la entereza - que así puede calificarse - de proclamar y sostener por la prensa aquella candidatura, a tiempo que las nueve décimas partes de la opinión liberal favorecían la del General Obando, con un entusiasmo igual, si no mayor, al que tuvo años después por la del General Trujillo. En ambos casos quedó desmentido - salvo inescrutables designios - el afamado concepto de que la voz del pueblo es la voz de Dios.

Era esta la primera vez que me encontraba yo en presencia del soldado de Ayacucho, vencedor de Alzuru en Panamá y de Borrero en Antioquia, y que pocos meses antes había ceñido la banda presidencial de la República.

La seriedad de su semblante y el acentuado aire marcial que le distinguían, no eran a propósito para infundir aquella confianza que otros tienen la forma de inspirar a primera vista. Pero como yo tenía altísima estimación por este ilustre personaje, y él había recibido del doctor Vanegas favorables informes respecto de mí, fácil nos fue entrar en franca y cordial conservación; a lo cual contribuyó también la ocasión de viajar juntos en pequeña comitiva, de la que hacía parte el citado doctor Vanegas, el inolvidable Jacinto Corredor, tipo de caballeros y valientes en primera línea; el joven Ramón del Corral y Trino, mi hermano menor.

A poco andar entramos el General Herrera y yo en franca y expansiva conversación sobre el estado de los negocios públicos, especialmente en lo relativo a la guerra; conversación que duró hasta nuestra llegada a La Cruz, que era el término previsto de nuestra primera jornada, y donde nos alojamos en casa del patriota liberal cubano señor Ramón Santodomingo, quien nos obsequió galantemente. Pasada la comida, y como a eso de las ocho de la noche, me invitó el General a dar un paseo por los alrededores de aquella silenciosa población. No bien hubimos salido del recinto de ella, cuando el General movió la conversación sobre el rechazo de Zipaquirá, sobre la consiguiente dispersión de Tíquisa, y sobre la marcha, en derrota, que él tuvo que emprender hasta el campamento de la fuerza constitucional organizada en Occidente, la que se había retirado de la altiplanicie al tener noticia de lo ocurrido en Zipaquirá. El relato era por su naturaleza conmovedor, y si a esto se agrega el tono de amargura y la expresión de varonil despecho que lo acompañaban, puede suponerse cuan vivamente me impresionó. Traté al punto de llamar la atención de mi respetado interlocutor a los triunfos que yo creía probables en el curso de la guerra; pero todo debía ser en vano. El General Herrera no tenía ya el mando del Ejército, y en tal situación no podía aspirar a una rehabilitación como General en Jefe. Además, la suprema dirección política y militar del movimiento reivindicador había pasado irrevocablemente, el mismo día del desastre de Zipaquirá, y por consecuencia de él, de manos del partido liberal a las del partido conservador; cosa que debía mortificar profundamente al pundonoroso caudillo liberal. De modo, pues, que la única perspectiva consoladora que en aquella situación se le presentaba, era el triunfo de la causa constitucional, gloriosamente coronado con el sacrificio de su vida, como lo había sido la victoria de Bárbula por el del inmortal Girardot!

Y sea esta la ocasión de decir dos palabras sobre el desastre de Zipaquirá.

Que hubo precipitación de parte de los Generales Herrera y Franco al mover el ejército de la ciudad de Tunja, antes de que hubiera recibido completa organización y mediana disciplina, y se hubiese provisto de suficiente cantidad de municiones, es cosa de todo punto incontestable, y que los resultados se encargaron de demostrar; pero una vez cometido el error de aproximarse al enemigo, ya no quedaba quizá otro camino que el de atacarlo sin dilación. Con tropas colecticias, como eran aquéllas, mandadas por una oficialidad entusiasta y valerosa, pero extraña en su mayor parte al servicio militar, no era posible emprender movimientos estratégicos, que exigían precisión y rapidez; y si a esto se agrega el natural ardimiento del General Franco, que tenía el mando inmediato del ejército, ardimiento estimulado quizá por la briosa y selecta juventud que le rodeaba, se tendrá la explicación, mas no la justificación del ataque hecho con dos mil quinientos hombres, de ellos sólo setecientos bien armados, a una plaza forticada y defendida por novecientos cincuenta, parte veteranos, y todos provistos de buenas armas; plaza que no era fácil, ni aun posible quizá, rendir en pocas horas, y que podía ser, en breve tiempo, auxiliada desde la capital.

Mucho se censuró entonces a los Generales Herrera y Franco Por no haber tratado de obrar en combinación con la fuerza de Occidente; pero como puede comprenderse, esa operación no era fácilmente practicable. Además de la guarnición de Zipaquirá se hallaba interpuesto, para impedirla, el General Melo con seiscientos veteranos y dos piezas de artillería.

Esta fuerza pernoctó en el Puente del Común la noche del día en que fue atacada la plaza de Zipaquirá (20 de Mayo).

Una vez en Nemocón el Ejército del Norte, teniendo a la vista el campamento enemigo, habría sido muy difícil impedir que se moviese en dirección a él; y aun cuando fue cosa acordada entre los Generales Herrera Y Franco, que no se atacaría al enemigo dentro de la ciudad, el segundo de dichos Jefes, a quien embriagaba el humo de la pólvora, olvidó el solemne compromiso.

No ha faltado quien juzgue (y persona competente, por supuesto) que si Napoleón hubiera querido evitar la sangrientísima batalla de La Moskowa, el ejército habría pasado por sobre él pira empeñarla (1) .

De esperarse es, por tanto, que la historia se mostrará indulgente para con los Generales Herrera y Franco en lo relativo al desastre de Zipaquirá; si bien es verdad croe no necesitan de indulgencia quienes, como ellos, supieron morir gloriosamente.

Al salir de Ocaña nos dirigíamos a Pamplona; pero habiendo sabido, a una jornada de La Cruz, que el victorioso Ejército del Norte se había puesto en marcha para Bucaramanga, nos encaminámos a esta última ciudad. Poco tiempo después de nuestra llegada tuvo lugar la del General Mosquera, seguido de la División que traía de la Costa y del armamento comprado en los Estados Unidos por el comisionado del Gobierno Jacinto Corredor. Esa división no excedió, o excedió en muy poco de quinientos hombres, porque la mayor parte de la fuerza organizada en la Costa había sido destinada por el General Mosquera a emprender operaciones contra las fuerzas de Labarcés, que ocupaban la Ciénaga; operaciones cuya dirección fue encomendada al General Posada. El General Mosquera había sido destinado por el Gobierno al marido en Jefe del Ejército del Norte, del que fue después segundo Jefe el General Herrera.

Cerca de sesenta días se emplearon en elevar este Ejército al pie de tres mil hombres de todas armas, en disciplinarlo y equiparlo. Preciso era también, por otra parte, dar igual tiempo al Ejército del sur para que completase su organización y disciplina, de manera que los dos pudiesen concurrir simultáneamente a estrechar al enemigo y a librar, en combinación, la última batalla.

El río Chicamocha era la línea divisoria del territorio ocupado por los beligerantes del Norte, y fuerzas pertenecientes a uno y otro vigilaban de ambos lados los pasos de aquel río.

Durante la larga permanencia en Piedecuesta, adonde se trasladó de Bucaramanga el Cuartel general, ningún incidente notable llegó a turbar la monotonía de la vida militar en guarnición, a no ser que se dé importancia de tál a la impaciencia con que algunos asilados de aquende el Chicamocha veían transcurrir los días sin que el ejército se pusiera en movimiento y los redimiera de las expropiaciones de que estaban siendo víctimas por parte del Gobierno dictatorial; pero el General Mosquera, que sabía a qué atenerse en el particular, y que había dicho una vez por todas "que la cuestión era de tiempo y organización", no se preocupó en lo mínimo de las censuras que se le hacían a causa de la tardanza.

Pero el día menos esperado, y a tiempo que el ingeniero Reed se ocupaba en construir un puente de lazos para pasar el Chicamocha al frente del enemigo, se recibió la noticia de que éste había abandonado sus posiciones del otro lado del río, y retirádose de la ciudad de San Gil.

El Coronel Antonio María Díaz, quien como Jefe de vanguardia ocupaba la posición militar de Los Santos, sobre la ribera derecha del Chicamocha, pasó rápidamente el río por una improvisada tarabita en la noche del 23 de octubre, a la cabeza del cuerpo de tropas que comandaba; remontó la alta escarpa que tiene el río por su lado izquierdo, y ocupó el alto de Corregidor. Una vez acampado allí, dio parte del movimiento ejecutado al General en Jefe, quien ordenó inmediatamente la salida del Ejército en esa dirección. Cuando el enemigo pensó en recuperar la línea del Chicamocha, que había abandonado a causa de una falsa noticia, ya era demasiado tarde.

Al tercer día de marcha pernoctó el Ejército constitucional en el pueblo de Pinchote, que dista aproximadamente uno Y medio miriámetros de la ciudad del Socorro, donde se hallaba concentrada la fuerza dictatorial que, a órdenes del experto y valeroso Coronel Juan de Jesús Gutiérrez, obraba sobre las provincias del Norte.

Entre la selecta juventud que componía el cuerpo de oficiales del Ejército del Norte, recuerdo especialmente uno que vi pasar cerca de mí, vestido de saquito blanco y marchando a pie, a la cabeza de su compañía. Este joven, de modesto aspecto, en quien empezaban ya a revelarse las grandes virtudes públicas y privadas de su ilustre padre, y que desde el tiempo de nuestra común prisión en 1860 ha sido uno de mis mejores y más queridos amigos, se llamaba Foción Soto.

En Pinchóte me tocó hacerle los honores de huésped al General Mosquera, en representación del dueño de la casa en que él se había alojado con su Estado Mayor; y como el General acostumbraba retirarse muy tarde a dormir, después de pasadas las diez nos quedamos él y yo en la sala de recibo. A poco rato se oyeron tiros de fusil, y un oficial 'de órdenes entró a dar parte de aquella novedad. Salimos en seguida a la plaza, y después de un momento de observación, en que el General se convenció de que no había motivo de alarma, volviéndose con presteza hacia mí, me dijo en tono jovial: "Vea usted: si mañana derrotamos nosotros a Juan de Jesús Gutiérrez, venceremos a un Sargento Mayor; mientras que si él llegara a derrotarnos, triunfaría sobre tres Generales de la Independencia". (1) En seguida volvimos a entrar a la sala, y continuó la conversación, o por mejor decir, el monólogo del General Mosquera.

Después de hablar largamente de su último viaje a los Estados Unidos, pasó a tratar de un proyecto de ley sobre fijación del interés del dinero en los contratos de particulares, proyecto que pensaba proponer a la Cámara de Representantes, de la que iba a ser miembro. Yo me permití hacer algunas observaciones a tal proyecto, las que fueron oídas por mi eminente interlocutor con la atención propia de una persona bien educada. Fue esta la única vez que en el curso de la campaña conversé con el General en Jefe.

De Pinchóte salió el ejército con la perspectiva de un combate en la ciudad del Socorro o sus inmediaciones; pero, a poco andar, se tuvo noticia de que la fuerza enemiga, compuesta de más de mil quinientos hombres, que hasta el día anterior permanecía en aquella ciudad, había emprendido marcha en retirada por la vía de Mogotes con dirección a la sabana de Bogotá, donde el dictador Meló había resuelto concentrar sus fuerzas, al saber que el ejército de Occidente se disponía también a abrir operaciones. Desde que se tuvo aquel aviso, no se pensó en otra cosa que en dar alcance al enemigo y obligarlo a combatir; pero esto no se logró hasta la tarde del segundo día, al pie del alto de El Petaquero, en cuya áspera falda había construido el enemigo fuertes trincheras, aprovechando la fragosidad del camino, formado por hondos callejones, y difícilmente franqueable a causa de lo inaccesible del terreno a uno y otro lado.

Natural era suponer, en vista de las fuertes posiciones ocupadas por el enemigo, que éste había resuelto librar allí decisiva batalla, con tanta mayor razón cuanto dos jornadas adelante podría hallarse entre dos fuegos; pues que el Coronel Santos Gutiérrez tenía a sus órdenes en la provincia de Tundama una respetable columna. Pero el General Mosquera apreció la situación de modo distinto. En la suposición de que el Jefe de la fuerza que tenía al frente sólo se había propuesto, con la construcción de atrincheramientos, detener por algunas horas la marcha del Ejército del Norte, que venía picándole la retaguardia, y ganar así algún tiempo para su retirada, evitando a todo trance un combate desigual, el General Mosquera dispuso inmediatamente que la columna de seiscientos hombres que mandaba el Coronel Weir, contramarchase a la ciudad del Socorro a impedir la ocupación de ella por fuerza enemiga de que se creyó amenazada, y a prestar apoyo a la autoridad constitucional de esa provincia y la de Vélez, en la organización de nuevas fuerzas, en la exacción de empréstitos forzosos y en la adquisición de otros elementos de guerra.

A esa misma hora fue puesto en mis manos el nombramiento de Gobernador interino de la provincia de Vélez, en nota Armada por el General en Jefe del Ejército."

 

República de la Nueva Granada - General en Jefe del Ejército del Norte- Cuartel General en Mogotes - Noviembre 3 de 1854.

Señor Aquileo Parra.

Tengo el gusto de participar a usted que por decreto de esta fecha, y haciendo uso de autorizaciones que el Poder Ejecutivo me ha delegado, he tenido a bien nombrar a usted Gobernador de la provincia de Vélez, hasta que restablecido allí el imperio de la Constitución y de la ley, puedan verificarse todas las elecciones populares que sea preciso hacer, o el nombramiento de la persona que constitucionalmente deba encargarse de esa Gobernación.

Creo inútil al dirigirme a un patriota como usted, hacerle un encarecimiento especial para que en circunstancias tan difíciles, y en medio de la crisis que agita la República, se preste a aceptar un encargo de tanta importancia como el de la Gobernación de esa provincia. Así que, persuadido de que usted lo aceptará, paso a hacerle las siguientes excitaciones que estimo absolutamente necesarias:

1. a Que se organicen las guardias nacionales de la provincia, con cuyo objeto autorizo a usted para hacer el nombramiento de Jefes y Oficiales como lo tenga a bien;

2. a Que dé usted cumplimiento al decreto dictado por el Poder Ejecutivo en Junio último, ordenando la exacción de un empréstito general. A este propósito encarezco a usted muy particularmente, que cuide de hacerlo pesar de preferencia sobre los enemigos del Gobierno y desafectos a la causa constitucional;

3. a Que inmediatamente tome usted las más eficaces providencias para auxiliar al señor Coronel Gabriel de Vega, que con un batallón de Artillería vendrá a esa provincia por el puerto de Carare, y que necesitará de algunas cabalgaduras, prácticas en aquella vía, recursos de subsistencia, etc.

Más tarde haré a usted otras indicaciones, limitándome ahora a participarle que continúo mis operaciones militares siempre con la mira de destruir al enemigo.

Soy de usted atento servidor.


T.C. DEMOSQUERA".


Inmediatamente me trasladé a Mogotes en compañía de mi normano Trino, a relevar las caballerías para continuar la marcha al día siguiente, junto con la mencionada columna que ya estaba en camino. Como a las siete de la mañana del día siguiente, a tiempo que me dirigía a casa del Alcalde en reiterada solicitud de bagajes, empezó a circular el rumor de que se combatía en la cuesta de El Petaquero. Las detonaciones no se oían, pero de la torre de la iglesia, adonde me dirigí, se veían dos espesas columnas de humo, como a distancia una de otra de tiro de fusil, que se renovaban de momento en momento. No habiendo lugar a duda de que se había empeñado el combate, y habiéndose dado ya el segundo toque de marcha de la columna, me dirigí al Jefe de ella para hacerle presente lo que acababa de ver, e indicarle que debía suspender la marcha del Cuerpo, hasta nueva orden del General en Jefe.

Pero ¡cosa extraña! El Coronel Weir me contestó secamente: "que la orden de marcha que había recibido la víspera era incondicional y que su deber era cumplirla puntualmente, sucediera lo que sucediere". A pesar de algunas reflexiones que agregué a las que ya le había hecho, mandó dar el tercer toque de marcha. Entonces le manifesté mi resolución de regresar hasta el lugar del combate, y me despedí de él sin poderme explicar satisfactoriamente ese modo de entender la disciplina militar.

Ignoraba seguramente el Coronel Weir la conducta que, en situación análoga, observó el General Desaix, quien, habiéndose separado del cuerpo del ejército con la división de su mando, para ejecutar un movimiento ordenado por Napoleón, al percibir al día siguiente el estampido del cañón, regresó sin vacilar al campamento de donde había partido, con lo cual logró convertir una derrota ya consumada en la gran victoria de Marengo.

Sí, la batalla está perdida, dijo el General a Napoleón al llegar al campo de batalla, y después de haberlo recorrido con la vista: la batalla está perdida, pero no son más que las tres, y hay tiempo de ganar otra". (1)

Al cabo de dos angustiosas horas perdidas esperando los prometidos bagajes, resolvimos Trino y yo dirigirnos a pie al lugar del combate, que distaba como dos leguas del poblado, por camino llano hasta el pie de la serranía. Había llovido toda la noche, y la mayor parte del camino estaba cubierta por dos o tres pulgadas de agua. Ibamos armados de rifles de nueva invención, los primeros de cargar por la recámara - no con cápsulas sino con cartucho - que se introdujeron al país, y que eran sumamente pesados.

Al llegar al pie del Alto de los Cacaos o de El Petaquero, encontramos a los señores doctor Antonio María Pradilla, Gobernador del Socorro, y doctor Ricardo Vanegas, Secretario del General en Jefe, que iban precipitadamente en alcance de la columna que había partido muy temprano de Mogotes, con orden de hacerla retroceder.

Este simple informe, dado por aquellos amigos, hacía innecesaria toda pregunta sobre el estado de la batalla. Poco más adelante empezamos a encontrar camillas rústicamente construidas, en que conducían los heridos a una casa situada al pie de la serranía. Era la primera vez que veía yo piernas y brazos rotos, pechos y vientres agujerados en una batalla. Aún resuenan en mi oído los lastimeros ayes de aquellos heridos.

Como el fuego se sostenía, no tuvimos para que hacer pregunta alguna; y seguímos cuesta arriba hasta el lugar mismo en que se hallaba el General Mosquera con su Estado Mayor. No era la ocasión propia para saludar a nadie, y aunque había allí amigos y conocidos, a ninguno de ellos nos dirigimos. Para tomar algún respiro nos arrimamos a un barranco, y nos respaldamos en él. Entretanto el fuego continuaba, y a un rato apareció el General Herrera en un brioso caballo, lanza en ristre, acompañado de su primer Ayudante Jacinto Corredor, y seguido del Batallón 1° de línea, que había quedado de reserva; y todos se dirigieron a una de las trincheras enemigas. Terrible fue la embestida y costosísima en sangre; mas no por ello dio el resultado que se esperaba. Rechazados nuestros valientes Jefes de la segunda trinchera, volvieron a incorporarse al Estado Mayor, con las ruanas y los sombreros pasados por las balas. Los semblantes de las personas allí presentes, que hasta ese momento me habían parecido graves, se tornaron sombríos.

Todos los Cuerpos del Ejército que habían entrado en batalla estaban diezmados.

El batallón Vélez, que llevó la vanguardia al principio del combate, había sido literalmente destrozado. Otro de los más numerosos Cuerpos, que, a órdenes del Coronel Codazzi, fue destinado a flanquear al enemigo, al favor de la espesura del bosque, no habiendo encontrado acceso al campamento ocupado por éste, se había extraviado y aun dispersado en la enmarañada selva, a tiempo que la columna que mandaba el Coronel Weir se hallaba a no menos de cinco horas de distancia. La situación parecía ser, pues, verdaderamente crítica. Yo, que no había creído ni por un instante en la posibilidad de una derrota, recordé las palabras del General Mosquera en Pinchóte, y aun debo confesar que me asaltó la idea de que, en el estado de cansancio en que nos hallábamos Trino y yo, y careciendo de cabalgaduras, la derrota nos cogería en muy desfavorable situación personal. Pero el estado de postración del enemigo, según luego se supo, era mucho mayor que el nuestro, con la circunstancia agravante de contar entre sus heridos de gravedad al Comandante en Jefe de la fuerza, Coronel Gutiérrez.

Los fuegos cesaron poco después. Sólo algunos tiros de cañón partían de nuestro campamento, de hora en hora, para hacer acto de presencia ante el enemigo, y para indicar a los soldados de la columna de Codazzi, y a otros dispersos en el combate, la dirección que debían tomar para incorporarse al ejército.

La noche fue atroz, porque la lluvia no cesó un momento. El General Mosquera la pasó sentado en un baúl, mal abrigado por un paraguas; y fue el único que pudo gozar de tan exigua comodidad. Los demás estábamos a la intemperie Y con los pies entre el lodo. Pasamos allí el día siguiente hasta las tres de la tarde, hora en que se ordenó la contramarcha a Mogotes. Cuando el Coronel Gutiérrez observó que habíamos abandonado el campamento, levantó el suyo y continuo su marcha en retirada hasta encontrarse, en el sitio de Tierra azul, con el intrépido Santos Gutiérrez, a la cabeza de unos doscientos hombres, a quien bastó una carga de caballería dada por él en persona para obtener la completa rendición de aquella fuerza, que había quedado reducida a ochocientos hombres.

En Mogotes recibió el Coronel Díaz orden de marchar a la provincia de Vélez con los restos de su batallón, para rehacerlo allí en el menor tiempo posible y marchar luego al encuentro del ejército, antes de que tuviese lugar la última batalla; operación que ejecutó puntualmente.

Yo partí también en compañía de aquel jefe a cumplir la misión que se me había confiado antes de la batalla; pero habiéndoseme informado al llegar a Vélez que el Cabildo de la ciudad había nombrado un Designado para ejercer la Gobernación, y que este era el distinguido patriota y excelente amigo mío doctor Ramón Navarro, puse en sus manos el pliego de instrucciones que había recibido del General en Jefe del Ejército del Norte, y le presté luego mi cooperación para el cumplimiento de ellas.

El resultado de la campaña no podía ser ya dudoso, y mis servicios como soldado, que no habían sido hasta entonces de ninguna utilidad, menos podrían serlo en adelante.

Por otra parte, el quebranto sufrido en mis intereses había sido muy considerable, y era urgente atender a su reparación.


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1. Tolstoi. La guerra y la paz (Regresar)
1. Estos eran: el mismo General Mosquera y los Generales Herrera y Vicente González. (Regresar)
1. Thiers. Historia del Consulado y del Imperio. (Regresar)

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