MI VIDA
PUBLICA
(DE 1854 A 1862)
I
De todas cuantas reacciones populares han tenido por objeto en
Colombia el restablecimiento del régimen legal, ninguna ha tenido
en tan alto grado los caracteres de espontaneidad, de vigor y
rapidez como la de 1854. El escandaloso atentado del 17 de Abril
había sorprendido de modo antes no visto a la Nación. Verdadero
golpe de cuartel, dirigido audazmente contra el Congreso por un
Jefe militar de segundo orden, desprovisto de antecedentes
políticos, debió de suscitar, y suscitó en efecto la indignación
general. No bien era recibida en cada población - especialmente en
las del Norte de la República, que a mí me conste por propia
observación -la noticia del nefando crimen, cuando los ciudadanos,
sin distinción de colores políticos, sin la menor vacilación y sin
previo acuerdo, acudían a las autoridades a ofrecer sus servicios
como defensores de la legalidad y como altivos vengadores del
ultraje inferido a la Nación.
Debo hacer notar, sin embargo, en homenaje a la verdad
histórica, que la uniformidad de opinión en la provincia de Vélez
contra el golpe militar del 17 de Abril, tuvo dos notables
excepciones: la del prócer de la independencia doctor Juan
Nepomuceno Azuero Plata, y la del distinguido jurisconsulto y
honorable ciudadano doctor Julián Herrera.
Ambos habían representado en el Congreso a la provincia de Vélez
en el período parlamentario próximo anterior, y allí habían
combatido algunas de las reformas políticas iniciadas por
copartidarios suyos, pertenecientes a la más avanzada escuela
liberal. Firmes en sus convicciones antireformistas, más allá de lo
que el verdadero republicanismo y el sentimiento de dignidad
nacional permitían, no retrocedieron ante la dictadura misma, y lo
que es más extraño aún, ante la siniestra y vulgar figura del
hombre que la personificó.
Con dolor hago este recuerdo, por referirse a dos personas que
me honraron con su amistad, y de las cuales conservo gratísima
memoria.
Cuando el doctor Azuero supo que yo estaba resuelto a tomar las
armas en defensa de la causa constitucional, con visible afán vino
a mi casa a exigirme, en nombre de la amistad, que desistiera de
tal propósito.
- "Usted es un hombre de trabajo - empezó diciéndome
que tiene a su cargo numerosa familia; y tanto el porvenir de ella
como el de usted mismo está fincado en el crédito que, a riesgo de
su vida, ha sabido usted crearse y conserva hasta hoy. Si usted
abandona sus negocios para ir a tomar parte en la guerra, a usted
lo arruinarán, sin que yo pueda evitarlo. Quédese usted aquí, en su
casa o en la mía. Yo le respondo de que nadie le molestará a causa
de sus opiniones políticas".
Y luego, con aquel tono de resolución que hacía recordar al
guerrillero de 1809, o al digno sucesor del jefe de los Comuneros
de 1781, añadió: "No lo dude usted, tendrían que pasar por
sobre mí para tocarle a usted un cabello".
Entretanto, el doctor Herrera, que no se atrevió a hacerme
observación alguna en cuanto a la conducta que yo había resuelto
seguir, se ocupaba oficiosa y activamente en ocultar las mercancías
existentes en mi almacén, que sólo así pudieron salvarse.
¿Cómo no recordar con profunda gratitud semejantes
manifestaciones de aprecio, y cómo no dar puesto preferente a la
expresión de ese dulce sentimiento cada vez que se presenta la
ocasión?
- "Usted nos lleva a muchos una gran ventaja"
-me dijo en cierta ocasión, con generosa complacencia, el doctor
Salvador Camacho Roldan- "usted tiene verdaderos
amigos".
Sí lo reconozco. Ha sido éste, sin duda, uno de los lados no
diré
pocos, por no aparecer ingrato o quejumbroso, ni
muchos, por no decir una jactanciosa mentira - ha sido éste,
digo, uno de los lados por los cuales me ha sonreído de modo menos
inconstante la veleidosa Fortuna!
Ya se le considere en su conjunto o en sus detalles, aquel
movimiento restaurador honrará, como el que más, la historia de
nuestra vida republicana. ¡Pluguiese a Dios que "esta
Nación valiente y orgullosa", como, aludiendo al referido
acontecimiento, la llamó el Presidente del Congreso de 1855 en un
célebre discurso inaugural, -pluguiese a Dios que se hubiese
mantenido hasta hoy, para justificación de esa frase histórica, a
la altura del precedente que la inspiró!
No fui yo de los últimos en tomar puesto entre los defensores
armados de la causa constitucional; pero el día anterior al
señalado para la salida de la fuerza organizada en Vélez, en vía
para el cuartel general del Ejército del Norte, que estaba próximo
a abrir operaciones, fui llamado al despacho del Gobernador de la
provincia, doctor Ramón Matéus, y fui
amonestado por él
(esta es la palabra propia) de acuerdo con el primer Designado,
señor Ignacio Castañeda, allí presente, para que me quedara
acompañando a este último, como Secretario de la Gobernación,
durante la ausencia del doctor Matéus, quien había determinado
partir al frente de la fuerza por él organizada, "siempre
que pudiese estar seguro -tales fueron sus palabras - de que el
orden constitucional sería conservado en la provincia y de que ésta
seguiría suministrando contingentes para la guerra".
Mi deber era servir en el puesto que se me designase, y no
vacilé en aceptar la Secretaría.
Apenas habrían transcurrido veinte días después del desastre de
Zipaquirá, de que trataré adelante, cuando llegaron a Vélez, por la
vía de Carare, y procedentes de Honda, lugar adonde había ido a
parar la mayor parte de los derrotados de Tíquisa, el entonces
Comandante Antonio María Díaz, que se había distinguido en
Zipaquirá como primer Jefe del batallón
Vélez; el valeroso
Capitán Cándido Rincón, que había sido levemente herido en aquel
mismo desgraciado encuentro, y otros oficiales. Sirviendo de base
la fuerza organizada por el nuevo Gobernador de Vélez, se levantó
allí prontamente el segundo batallón de este mismo nombre, con el
cual se retiró el Comandante Díaz a la Provincia del Socorro, al
tener noticia de la aproximación de dos cuerpos de tropa enemigos,
mandados, respectivamente, por los Comandantes Velasquez y Forero
(a.
negro Justo).
Debido a la eficaz cooperación del Gobernador del Socorro doctor
Lucas Caballero, el Comandante Díaz pudo elevar en corto tiempo a
seiscientos hombres, mal armados por supuesto, la columna de
doscientos que había llevado de Vélez. De esa fuerza destinó una
parte a ocupar la ciudad de Piedecuesta, bajo las órdenes del
Comandante Cándido Rincón, a fin de observar de cerca el General
Martiniano Collazos, que se hallaba en Bucaramanga al frente ,de
una pequeña fuerza, y cuya conducta política empezaba a infundir
justas desconfianzas.
No bien hubo llegado Rincón a Piedecuesta, cuando lo atacó
Collazos; pero habiendo sido éste rechazado por aquél, regresó a
Bucaramanga; se alzó allí con el Gobierno de la provincia, y
procedió activamente a aumentar la fuerza de que disponía. En vista
de esto, Rincón emprendió retirada hacia la ciudad del Socorro,
donde tenía lugar a ese tiempo la transmisión constitucional del
destino de Gobernador de esta provincia, de manos del doctor
Caballero a las del doctor Antonio María Pradilla. Uno de los
primeros actos de este nuevo mandatario fue nombrar jefe de la
columna de operaciones existente en la capital de la provincia al
Teniente Coronel Antonio María Díaz, y Comandante del batallón
Socorro, que hacía parte de esa misma columna, al Gobernador
cesante, doctor Caballero. Al acercarse a esa capital, por la vía
de Mogotes, la división de setecientos hombres que mandaba el
Coronel Dámaso Girón, y, simultáneamente por la vía de Guadalupe,
la columna de trescientos hombres que conducía Velasquez, el
Comandante Díaz emprendió retirada hacía la provincia de Soto, por
la vía de Zapatoca, para recibir allí doscientos fusiles que el
General Mosquera había enviado de la Costa al cuidado del Capitán
Gabriel Vargas Santos.
En seguida ocupó a Piedecuesta, y destinó al mismo valeroso
Comandante Rincón, para que, al frente del batallón
Vélez,
atacase a Collazos, que se había atrincherado en Bucaramanga.
Después de algunas proposiciones de avenimiento, que fueron
desatendidas por el jefe dictatorial. Rincón atacó el cuartel y lo
tomó tras de reñido combate, en que quedó muerto el General
Collazos.
A ese tiempo se acercaba a Piedecueta el Coronel Girón con la
fuerza de su mando; pero, habiendo recibido noticia del resultado
del combate de Bucaramanga, retrocedió hasta pasar el Chicamocha.
El Coronel Díaz se movió en persecución de él; y habiendo ocupado
la formidable posición de
Los Santos, envió partidas de
observación hasta la orilla del río.
Reforzada que fue la columna de Girón, volvió éste sobre sus
pasos, y emprendió un temerario ataque a las inexpugnables
posiciones que ocupaba la fuerza constitucional. Este ataque fue
rechazado desde luego y en él tuvo algunas pérdidas la fuerza de
Girón. Mas, no pudiendo el Comandante Díaz defender la extensa
línea del Chicamocha contra un enemigo superior en número,
principalmente en armamento, emprendió retirada, en buen orden,
hacia Pamplona, donde encontró al General Reyes Patria, quien,
después de haber intentado resistir en Paipa a la división del
Coronel Girón, se había retirado con sólo cien hombres por la vía
de García Rovira hacia la misma ciudad de Pamplona.
Dejaré allí, por ahora, a estos dos jefes, preparándose para
resistir un nuevo ataque del Coronel Girón, y continuaré el
derrotero que, en aquella crítica ocasión, me tocó seguir.
Habiendo coincidido con la aproximación de las fuerzas
dictatoriales a la ciudad de Vélez, la llegada al puerto de Carare
del primer cargamento de mercancías extranjeras, expresamente
importadas para mi casa de comercio por la muy respetable que
dirigía en Mompós el señor Tomás G. Ribón, en vez de incorporarme a
la fuerza del Comandante Díaz, tomé la vía de Carare, acompañado de
mi hermano Trino, para poner en relativa seguridad las mercancías
que acababan de llegar, y seguir luego, por el Magdalena, a unirme
a las fuerzas constitucionales que se habían replegado hacia el
Norte.
No había terminado aún la operación de trasladar las mercancías
al punto denominado
Cincinato, donde creí que podían quedar
con mayor seguridad, cuando llegaron al puerto de Carare los
doctores Ricardo Vanegas y Juan Iregui, acompañados del Capitán
Melitón Olarte, quienes venían de Honda provistos de doce fusiles
de percusión, seis lingotes de plomo y una pequeña cantidad de
pólvora. Con tan escasos elementos se proponía el doctor Vanegas
rescatar la provincia de Vélez para la causa constitucional;
proyecto temerario, si los hay, aun tratándose de la guerra, en
cuyos resultados suele entrar lo imprevisto como factor principal.
Se creyó que era el caso de intentar una aventura cualquiera, y se
procedió a ello sin vacilación.
Como lugar de cita para los voluntarios que debían venir de
Vélez a tomar las armas, se designó a
Cincinato, que está
situado hacia la mitad de la distancia entre el puerto y Vélez, y
en donde había construido el doctor Manuel María Zaldúa una
espaciosa casa de habitación. Los señores doctor Iregui y Capitán
Olarte se encargaron de salir a Vélez a reunir sigilosamente los
elementos bélicos que fuese posible obtener y llevarlos al lugar
convenido.
Como hubiese transcurrido un término mayor del calculado para
recibir en el puerto noticias de los comisionados sin que éstos
llegaran, el doctor. Vanegas resolvió salir a su encuentro,
adelantándose hasta
Cincinato, donde debíamos reunimos a él
Trino y yo, dentro de tercer día.
Partimos, en efecto, el día convenido, conduciendo el escaso
armamento; pero no habíamos andado tres leguas cuando encontramos
de regreso al doctor Vanegas acompañado del joven antioqueño Tomás
Pérez, que vivía en
Cincinato, ambos a pie, extenuados por
el hambre y la fatiga y dominados por el temor de hallarse
perseguidos muy de cerca.
¿Qué había sucedido? Que la noche del día siguiente a la llegada
del doctor Vanegas a
Cincinato fue sorprendido por una
partida armada que el intruso Gobernador de Vélez, señor Avelino
Rodríguez, había enviado con tal objeto, a órdenes del Capitán
Manuel López.
Los asaltados, contando al señor Pérez, tuvieron tiempo apenas
para refugiarse en el bosque, donde pasaron el resto de la noche y
de donde salieron, al amanecer el día siguiente, en dirección al
puerto de Carare.
No había, pues, tiempo que perder. Trino y yo pusimos nuestras
bestias ensilladas a disposición de los dos amigos, que venían
rendidos de cansancio, y todos regresamos al puerto para
embarcarnos a la mayor brevedad posible y salvar así nuestras
personas y los pocos fusiles de que disponíamos.
¿Qué fue, entretanto, del cargamento de mercancías trasladado a
Cincinato? Lo que era natural que fuese:
todo él, sin
escaparse un alfiler, cayó en manos de López y sus compañeros,
quienes lo hicieron transportar a Vélez, donde fue declarado
buena presa por el Gobernador de la provincia.
De Boca de Carare hicimos rumbo hacia Ocaña: en ese viaje nos
había precedido el General Tomás Herrera, que bajó de Honda en
champán, sin equipaje y sin más compañía que la del joven Ramón del
Corral, en calidad de Ayudante do campo.
Entretanto subía el Magdalena el General Mosquera, obedeciendo a
un llamamiento que le había hecho el Gobierno desde la ciudad de
Honda.
Del vapor en que subían algunos diputados al Congreso que iba a
reunirse en Ibagué, se nos trasmitió de paso la noticia del combate
de
El Cornal, cuyo resultado había sido en parte favorable a
las armas constitucionales; y luego, al llegar a Puerto Nacional,
tuvimos la más plausible del completo triunfo obtenido en Pamplona
el 27 de Agosto. En este sangriento combate quedaron muertos los
dos jefes de uno y otro ejército, Coroneles Rojas Pinzón y Dámaso
Girón; y allí empezó a mostrarse la marcial figura de Santos
Gutiérrez.
II
En la plaza de Ocaña, a tiempo de partir para el cuartel general
del Ejército del Norte, fui presentado al General Tomás Herrera por
el doctor Ricardo Vanegas, grande estimador suyo, que había tenido
la clara visión de preferirlo al General José María Obando como
candidato para la Presidencia de la República, y la entereza - que
así puede calificarse - de proclamar y sostener por la prensa
aquella candidatura, a tiempo que las nueve décimas partes de la
opinión liberal favorecían la del General Obando, con un entusiasmo
igual, si no mayor, al que tuvo años después por la del General
Trujillo. En ambos casos quedó desmentido - salvo inescrutables
designios - el afamado concepto de que la voz del pueblo es la voz
de Dios.
Era esta la primera vez que me encontraba yo en presencia del
soldado de Ayacucho, vencedor de Alzuru en Panamá y de Borrero en
Antioquia, y que pocos meses antes había ceñido la banda
presidencial de la República.
La seriedad de su semblante y el acentuado aire marcial que le
distinguían, no eran a propósito para infundir aquella confianza
que otros tienen la forma de inspirar a primera vista. Pero como yo
tenía altísima estimación por este ilustre personaje, y él había
recibido del doctor Vanegas favorables informes respecto de mí,
fácil nos fue entrar en franca y cordial conservación; a lo cual
contribuyó también la ocasión de viajar juntos en pequeña comitiva,
de la que hacía parte el citado doctor Vanegas, el inolvidable
Jacinto Corredor, tipo de caballeros y valientes en primera línea;
el joven Ramón del Corral y Trino, mi hermano menor.
A poco andar entramos el General Herrera y yo en franca y
expansiva conversación sobre el estado de los negocios públicos,
especialmente en lo relativo a la guerra; conversación que duró
hasta nuestra llegada a
La Cruz, que era el término previsto
de nuestra primera jornada, y donde nos alojamos en casa del
patriota liberal cubano señor Ramón Santodomingo, quien nos
obsequió galantemente. Pasada la comida, y como a eso de las ocho
de la noche, me invitó el General a dar un paseo por los
alrededores de aquella silenciosa población. No bien hubimos salido
del recinto de ella, cuando el General movió la conversación sobre
el rechazo de Zipaquirá, sobre la consiguiente dispersión de
Tíquisa, y sobre la marcha, en derrota, que él tuvo que emprender
hasta el campamento de la fuerza constitucional organizada en
Occidente, la que se había retirado de la altiplanicie al tener
noticia de lo ocurrido en Zipaquirá. El relato era por su
naturaleza conmovedor, y si a esto se agrega el tono de amargura y
la expresión de varonil despecho que lo acompañaban, puede
suponerse cuan vivamente me impresionó. Traté al punto de llamar la
atención de mi respetado interlocutor a los triunfos que yo creía
probables en el curso de la guerra; pero todo debía ser en vano. El
General Herrera no tenía ya el mando del Ejército, y en tal
situación no podía aspirar a una rehabilitación como General en
Jefe. Además, la suprema dirección política y militar del
movimiento reivindicador había pasado irrevocablemente, el mismo
día del desastre de Zipaquirá, y por consecuencia de él, de manos
del partido liberal a las del partido conservador; cosa que debía
mortificar profundamente al pundonoroso caudillo liberal. De modo,
pues, que la única perspectiva consoladora que en aquella situación
se le presentaba, era el triunfo de la causa constitucional,
gloriosamente coronado con el sacrificio de su vida, como lo había
sido la victoria de Bárbula por el del inmortal Girardot!
Y sea esta la ocasión de decir dos palabras sobre el desastre de
Zipaquirá.
Que hubo precipitación de parte de los Generales Herrera y
Franco al mover el ejército de la ciudad de Tunja, antes de que
hubiera recibido completa organización y mediana disciplina, y se
hubiese provisto de suficiente cantidad de municiones, es cosa de
todo punto incontestable, y que los resultados se encargaron de
demostrar; pero una vez cometido el error de aproximarse al
enemigo, ya no quedaba quizá otro camino que el de atacarlo sin
dilación. Con tropas colecticias, como eran aquéllas, mandadas por
una oficialidad entusiasta y valerosa, pero extraña en su mayor
parte al servicio militar, no era posible emprender movimientos
estratégicos, que exigían precisión y rapidez; y si a esto se
agrega el natural ardimiento del General Franco, que tenía el mando
inmediato del ejército, ardimiento estimulado quizá por la briosa y
selecta juventud que le rodeaba, se tendrá la explicación, mas no
la justificación del ataque hecho con dos mil quinientos hombres,
de ellos sólo setecientos bien armados, a una plaza forticada y
defendida por novecientos cincuenta, parte veteranos, y todos
provistos de buenas armas; plaza que no era fácil, ni aun posible
quizá, rendir en pocas horas, y que podía ser, en breve tiempo,
auxiliada desde la capital.
Mucho se censuró entonces a los Generales Herrera y Franco Por
no haber tratado de obrar en combinación con la fuerza de
Occidente; pero como puede comprenderse, esa operación no era
fácilmente practicable. Además de la guarnición de Zipaquirá se
hallaba interpuesto, para impedirla, el General Melo con
seiscientos veteranos y dos piezas de artillería.
Esta fuerza pernoctó en el Puente del Común la noche del día en
que fue atacada la plaza de Zipaquirá (20 de Mayo).
Una vez en Nemocón el Ejército del Norte, teniendo a la vista el
campamento enemigo, habría sido muy difícil impedir que se moviese
en dirección a él; y aun cuando fue cosa acordada entre los
Generales Herrera Y Franco, que no se atacaría al enemigo dentro de
la ciudad, el segundo de dichos Jefes, a quien embriagaba el humo
de la pólvora, olvidó el solemne compromiso.
No ha faltado quien juzgue (y persona competente, por supuesto)
que si Napoleón hubiera querido evitar la sangrientísima batalla de
La Moskowa, el ejército habría pasado por sobre él pira empeñarla
(1)
.
De esperarse es, por tanto, que la historia se mostrará
indulgente para con los Generales Herrera y Franco en lo relativo
al desastre de Zipaquirá; si bien es verdad croe no necesitan de
indulgencia quienes, como ellos, supieron morir gloriosamente.
Al salir de Ocaña nos dirigíamos a Pamplona; pero habiendo
sabido, a una jornada de La Cruz, que el victorioso Ejército del
Norte se había puesto en marcha para Bucaramanga, nos encaminámos a
esta última ciudad. Poco tiempo después de nuestra llegada tuvo
lugar la del General Mosquera, seguido de la División que traía de
la Costa y del armamento comprado en los Estados Unidos por el
comisionado del Gobierno Jacinto Corredor. Esa división no excedió,
o excedió en muy poco de quinientos hombres, porque la mayor parte
de la fuerza organizada en la Costa había sido destinada por el
General Mosquera a emprender operaciones contra las fuerzas de
Labarcés, que ocupaban la Ciénaga; operaciones cuya dirección fue
encomendada al General Posada. El General Mosquera había sido
destinado por el Gobierno al marido en Jefe del Ejército del Norte,
del que fue después segundo Jefe el General Herrera.
Cerca de sesenta días se emplearon en elevar este Ejército al
pie de tres mil hombres de todas armas, en disciplinarlo y
equiparlo. Preciso era también, por otra parte, dar igual tiempo al
Ejército del sur para que completase su organización y disciplina,
de manera que los dos pudiesen concurrir simultáneamente a
estrechar al enemigo y a librar, en combinación, la última
batalla.
El río Chicamocha era la línea divisoria del territorio ocupado
por los beligerantes del Norte, y fuerzas pertenecientes a uno y
otro vigilaban de ambos lados los pasos de aquel río.
Durante la larga permanencia en Piedecuesta, adonde se trasladó
de Bucaramanga el Cuartel general, ningún incidente notable llegó a
turbar la monotonía de la vida militar en guarnición, a no ser que
se dé importancia de tál a la impaciencia con que algunos asilados
de aquende el Chicamocha veían transcurrir los días sin que el
ejército se pusiera en movimiento y los redimiera de las
expropiaciones de que estaban siendo víctimas por parte del
Gobierno dictatorial; pero el General Mosquera, que sabía a qué
atenerse en el particular, y que había dicho una vez por todas
"que la cuestión era de tiempo y organización",
no se preocupó en lo mínimo de las censuras que se le hacían a
causa de la tardanza.
Pero el día menos esperado, y a tiempo que el ingeniero Reed se
ocupaba en construir un puente de lazos para pasar el Chicamocha al
frente del enemigo, se recibió la noticia de que éste había
abandonado sus posiciones del otro lado del río, y retirádose de la
ciudad de San Gil.
El Coronel Antonio María Díaz, quien como Jefe de vanguardia
ocupaba la posición militar de Los Santos, sobre la ribera derecha
del Chicamocha, pasó rápidamente el río por una improvisada
tarabita en la noche del 23 de octubre, a la cabeza del cuerpo de
tropas que comandaba; remontó la alta escarpa que tiene el río por
su lado izquierdo, y ocupó el alto de Corregidor. Una vez acampado
allí, dio parte del movimiento ejecutado al General en Jefe, quien
ordenó inmediatamente la salida del Ejército en esa dirección.
Cuando el enemigo pensó en recuperar la línea del Chicamocha, que
había abandonado a causa de una falsa noticia, ya era demasiado
tarde.
Al tercer día de marcha pernoctó el Ejército constitucional en
el pueblo de Pinchote, que dista aproximadamente uno Y medio
miriámetros de la ciudad del Socorro, donde se hallaba concentrada
la fuerza dictatorial que, a órdenes del experto y valeroso Coronel
Juan de Jesús Gutiérrez, obraba sobre las provincias del Norte.
Entre la selecta juventud que componía el cuerpo de oficiales
del Ejército del Norte, recuerdo especialmente uno que vi pasar
cerca de mí, vestido de saquito blanco y marchando a pie, a la
cabeza de su compañía. Este joven, de modesto aspecto, en quien
empezaban ya a revelarse las grandes virtudes públicas y privadas
de su ilustre padre, y que desde el tiempo de nuestra común prisión
en 1860 ha sido uno de mis mejores y más queridos amigos, se
llamaba Foción Soto.
En Pinchóte me tocó hacerle los honores de huésped al General
Mosquera, en representación del dueño de la casa en que él se había
alojado con su Estado Mayor; y como el General acostumbraba
retirarse muy tarde a dormir, después de pasadas las diez nos
quedamos él y yo en la sala de recibo. A poco rato se oyeron tiros
de fusil, y un oficial 'de órdenes entró a dar parte de aquella
novedad. Salimos en seguida a la plaza, y después de un momento de
observación, en que el General se convenció de que no había motivo
de alarma, volviéndose con presteza hacia mí, me dijo en tono
jovial: "Vea usted: si mañana derrotamos nosotros a Juan
de Jesús Gutiérrez, venceremos a un Sargento Mayor; mientras que si
él llegara a derrotarnos, triunfaría sobre tres Generales de la
Independencia".
(1)
En seguida volvimos a entrar a la
sala, y continuó la conversación, o por mejor decir, el monólogo
del General Mosquera.
Después de hablar largamente de su último viaje a los Estados
Unidos, pasó a tratar de un proyecto de ley sobre fijación del
interés del dinero en los contratos de particulares, proyecto que
pensaba proponer a la Cámara de Representantes, de la que iba a ser
miembro. Yo me permití hacer algunas observaciones a tal proyecto,
las que fueron oídas por mi eminente interlocutor con la atención
propia de una persona bien educada. Fue esta la única vez que en el
curso de la campaña conversé con el General en Jefe.
De Pinchóte salió el ejército con la perspectiva de un combate
en la ciudad del Socorro o sus inmediaciones; pero, a poco andar,
se tuvo noticia de que la fuerza enemiga, compuesta de más de mil
quinientos hombres, que hasta el día anterior permanecía en aquella
ciudad, había emprendido marcha en retirada por la vía de Mogotes
con dirección a la sabana de Bogotá, donde el dictador Meló había
resuelto concentrar sus fuerzas, al saber que el ejército de
Occidente se disponía también a abrir operaciones. Desde que se
tuvo aquel aviso, no se pensó en otra cosa que en dar alcance al
enemigo y obligarlo a combatir; pero esto no se logró hasta la
tarde del segundo día, al pie del alto de
El Petaquero, en
cuya áspera falda había construido el enemigo fuertes trincheras,
aprovechando la fragosidad del camino, formado por hondos
callejones, y difícilmente franqueable a causa de lo inaccesible
del terreno a uno y otro lado.
Natural era suponer, en vista de las fuertes posiciones ocupadas
por el enemigo, que éste había resuelto librar allí decisiva
batalla, con tanta mayor razón cuanto dos jornadas adelante podría
hallarse entre dos fuegos; pues que el Coronel Santos Gutiérrez
tenía a sus órdenes en la provincia de Tundama una respetable
columna. Pero el General Mosquera apreció la situación de modo
distinto. En la suposición de que el Jefe de la fuerza que tenía al
frente sólo se había propuesto, con la construcción de
atrincheramientos, detener por algunas horas la marcha del Ejército
del Norte, que venía picándole la retaguardia, y ganar así algún
tiempo para su retirada, evitando a todo trance un combate
desigual, el General Mosquera dispuso inmediatamente que la columna
de seiscientos hombres que mandaba el Coronel Weir, contramarchase
a la ciudad del Socorro a impedir la ocupación de ella por fuerza
enemiga de que se creyó amenazada, y a prestar apoyo a la autoridad
constitucional de esa provincia y la de Vélez, en la organización
de nuevas fuerzas, en la exacción de empréstitos forzosos y en la
adquisición de otros elementos de guerra.
A esa misma hora fue puesto en mis manos el nombramiento de
Gobernador interino de la provincia de Vélez, en nota Armada por el
General en Jefe del Ejército."
República de la Nueva Granada -
General en Jefe del Ejército del Norte- Cuartel General en Mogotes
- Noviembre 3 de 1854.
Señor Aquileo Parra.
Tengo el gusto de participar a usted que por decreto de esta
fecha, y haciendo uso de autorizaciones que el Poder Ejecutivo me
ha delegado, he tenido a bien nombrar a usted Gobernador de la
provincia de Vélez, hasta que restablecido allí el imperio de la
Constitución y de la ley, puedan verificarse todas las elecciones
populares que sea preciso hacer, o el nombramiento de la persona
que constitucionalmente deba encargarse de esa Gobernación.
Creo inútil al dirigirme a un patriota como usted, hacerle un
encarecimiento especial para que en circunstancias tan difíciles, y
en medio de la crisis que agita la República, se preste a aceptar
un encargo de tanta importancia como el de la Gobernación de esa
provincia. Así que, persuadido de que usted lo aceptará, paso a
hacerle las siguientes excitaciones que estimo absolutamente
necesarias:
1.
a Que se organicen las guardias nacionales de la
provincia, con cuyo objeto autorizo a usted para hacer el
nombramiento de Jefes y Oficiales como lo tenga a bien;
2.
a Que dé usted cumplimiento al decreto dictado por
el Poder Ejecutivo en Junio último, ordenando la exacción de un
empréstito general. A este propósito encarezco a usted muy
particularmente, que cuide de hacerlo pesar de preferencia sobre
los enemigos del Gobierno y desafectos a la causa
constitucional;
3.
a Que inmediatamente tome usted las más eficaces
providencias para auxiliar al señor Coronel Gabriel de Vega, que
con un batallón de Artillería vendrá a esa provincia por el puerto
de Carare, y que necesitará de algunas cabalgaduras, prácticas en
aquella vía, recursos de subsistencia, etc.
Más tarde haré a usted otras indicaciones, limitándome ahora a
participarle que continúo mis operaciones militares siempre con la
mira de destruir al enemigo.
Soy de usted atento servidor.
T.C. DEMOSQUERA".
Inmediatamente me trasladé a Mogotes en compañía de mi normano
Trino, a relevar las caballerías para continuar la marcha al día
siguiente, junto con la mencionada columna que ya estaba en camino.
Como a las siete de la mañana del día siguiente, a tiempo que me
dirigía a casa del Alcalde en reiterada solicitud de bagajes,
empezó a circular el rumor de que se combatía en la cuesta de
El
Petaquero. Las detonaciones no se oían, pero de la torre de la
iglesia, adonde me dirigí, se veían dos espesas columnas de humo,
como a distancia una de otra de tiro de fusil, que se renovaban de
momento en momento. No habiendo lugar a duda de que se había
empeñado el combate, y habiéndose dado ya el segundo toque de
marcha de la columna, me dirigí al Jefe de ella para hacerle
presente lo que acababa de ver, e indicarle que debía suspender la
marcha del Cuerpo, hasta nueva orden del General en Jefe.
Pero ¡cosa extraña! El Coronel Weir me contestó secamente:
"que la orden de marcha que había recibido la víspera era
incondicional y que su deber era cumplirla puntualmente, sucediera
lo que sucediere". A pesar de algunas reflexiones que
agregué a las que ya le había hecho, mandó dar el tercer toque de
marcha. Entonces le manifesté mi resolución de regresar hasta el
lugar del combate, y me despedí de él sin poderme explicar
satisfactoriamente ese modo de entender la disciplina militar.
Ignoraba seguramente el Coronel Weir la conducta que, en
situación análoga, observó el General Desaix, quien, habiéndose
separado del cuerpo del ejército con la división de su mando, para
ejecutar un movimiento ordenado por Napoleón, al percibir al día
siguiente el estampido del cañón, regresó sin vacilar al campamento
de donde había partido, con lo cual logró convertir una derrota ya
consumada en la gran victoria de Marengo.
Sí, la batalla está perdida, dijo el General a Napoleón al
llegar al campo de batalla, y después de haberlo recorrido con la
vista: la batalla está perdida, pero no son más que las tres, y hay
tiempo de ganar otra".
(1)
Al cabo de dos angustiosas horas perdidas esperando los
prometidos bagajes, resolvimos Trino y yo dirigirnos a pie al lugar
del combate, que distaba como dos leguas del poblado, por camino
llano hasta el pie de la serranía. Había llovido toda la noche, y
la mayor parte del camino estaba cubierta por dos o tres pulgadas
de agua. Ibamos armados de rifles de nueva invención, los primeros
de cargar por la recámara - no con cápsulas sino con cartucho - que
se introdujeron al país, y que eran sumamente pesados.
Al llegar al pie del
Alto de los Cacaos o de El
Petaquero, encontramos a los señores doctor Antonio María
Pradilla, Gobernador del Socorro, y doctor Ricardo Vanegas,
Secretario del General en Jefe, que iban precipitadamente en
alcance de la columna que había partido muy temprano de Mogotes,
con orden de hacerla retroceder.
Este simple informe, dado por aquellos amigos, hacía innecesaria
toda pregunta sobre el estado de la batalla. Poco más adelante
empezamos a encontrar camillas rústicamente construidas, en que
conducían los heridos a una casa situada al pie de la serranía. Era
la primera vez que veía yo piernas y brazos rotos, pechos y
vientres agujerados en una batalla. Aún resuenan en mi oído los
lastimeros ayes de aquellos heridos.
Como el fuego se sostenía, no tuvimos para que hacer pregunta
alguna; y seguímos cuesta arriba hasta el lugar mismo en que se
hallaba el General Mosquera con su Estado Mayor. No era la ocasión
propia para saludar a nadie, y aunque había allí amigos y
conocidos, a ninguno de ellos nos dirigimos. Para tomar algún
respiro nos arrimamos a un barranco, y nos respaldamos en él.
Entretanto el fuego continuaba, y a un rato apareció el General
Herrera en un brioso caballo, lanza en ristre, acompañado de su
primer Ayudante Jacinto Corredor, y seguido del Batallón 1° de
línea, que había quedado de reserva; y todos se dirigieron a una de
las trincheras enemigas. Terrible fue la embestida y costosísima en
sangre; mas no por ello dio el resultado que se esperaba.
Rechazados nuestros valientes Jefes de la segunda trinchera,
volvieron a incorporarse al Estado Mayor, con las ruanas y los
sombreros pasados por las balas. Los semblantes de las personas
allí presentes, que hasta ese momento me habían parecido graves, se
tornaron sombríos.
Todos los Cuerpos del Ejército que habían entrado en batalla
estaban diezmados.
El batallón
Vélez, que llevó la vanguardia al principio
del combate, había sido literalmente destrozado. Otro de los más
numerosos Cuerpos, que, a órdenes del Coronel Codazzi, fue
destinado a flanquear al enemigo, al favor de la espesura del
bosque, no habiendo encontrado acceso al campamento ocupado por
éste, se había extraviado y aun dispersado en la enmarañada selva,
a tiempo que la columna que mandaba el Coronel Weir se hallaba a no
menos de cinco horas de distancia. La situación parecía ser, pues,
verdaderamente crítica. Yo, que no había creído ni por un instante
en la posibilidad de una derrota, recordé las palabras del General
Mosquera en Pinchóte, y aun debo confesar que me asaltó la idea de
que, en el estado de cansancio en que nos hallábamos Trino y yo, y
careciendo de cabalgaduras, la derrota nos cogería en muy
desfavorable situación personal. Pero el estado de postración del
enemigo, según luego se supo, era mucho mayor que el nuestro, con
la circunstancia agravante de contar entre sus heridos de gravedad
al Comandante en Jefe de la fuerza, Coronel Gutiérrez.
Los fuegos cesaron poco después. Sólo algunos tiros de cañón
partían de nuestro campamento, de hora en hora, para hacer acto de
presencia ante el enemigo, y para indicar a los soldados de la
columna de Codazzi, y a otros dispersos en el combate, la dirección
que debían tomar para incorporarse al ejército.
La noche fue atroz, porque la lluvia no cesó un momento. El
General Mosquera la pasó sentado en un baúl, mal abrigado por un
paraguas; y fue el único que pudo gozar de tan exigua comodidad.
Los demás estábamos a la intemperie Y con los pies entre el lodo.
Pasamos allí el día siguiente hasta las tres de la tarde, hora en
que se ordenó la contramarcha a Mogotes. Cuando el Coronel
Gutiérrez observó que habíamos abandonado el campamento, levantó el
suyo y continuo su marcha en retirada hasta encontrarse, en el
sitio de
Tierra azul, con el intrépido Santos Gutiérrez, a
la cabeza de unos doscientos hombres, a quien bastó una carga de
caballería dada por él en persona para obtener la completa
rendición de aquella fuerza, que había quedado reducida a
ochocientos hombres.
En Mogotes recibió el Coronel Díaz orden de marchar a la
provincia de Vélez con los restos de su batallón, para rehacerlo
allí en el menor tiempo posible y marchar luego al encuentro del
ejército, antes de que tuviese lugar la última batalla; operación
que ejecutó puntualmente.
Yo partí también en compañía de aquel jefe a cumplir la misión
que se me había confiado antes de la batalla; pero habiéndoseme
informado al llegar a Vélez que el Cabildo de la ciudad había
nombrado un Designado para ejercer la Gobernación, y que este era
el distinguido patriota y excelente amigo mío doctor Ramón Navarro,
puse en sus manos el pliego de instrucciones que había recibido del
General en Jefe del Ejército del Norte, y le presté luego mi
cooperación para el cumplimiento de ellas.
El resultado de la campaña no podía ser ya dudoso, y mis
servicios como soldado, que no habían sido hasta entonces de
ninguna utilidad, menos podrían serlo en adelante.
Por otra parte, el quebranto sufrido en mis intereses había sido
muy considerable, y era urgente atender a su reparación.
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