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CAPITULO IX
|El Golfo de Panamá; Sus Islas Hermosas y la Antigua Pesca de
las Perlas La Suerte que corrió una Expedición Norteamericana en
busca de Perlas - La Alfarería, los Implementos de Piedra y Los
Ornamentos de Oro de las Tumbas Prehistóricas - Un Bosquejo de la
Historia Antigua de las islas del Golfo de Panamá.
El Golfo de Panamá es célebre por sus islas (
|1
) y su historia antigua está
llena de leyendas y de las muy valientes y atrevidas hazañas que
tuvieron lugar en sus aguas y costas. El golfo tiene
aproximadamente 100 millas de largo y se encuentra al lado opuesto
de la moderna ciudad de Panamá que está ubicada en el extremo
superior con veinte millas de ancho; es notable por, sus corrientes
y mareas; éstas suben y bajan de dieciséis a veinticuatro pies de
acuerdo con las fases de la luna. Tanto el Golfo como una gran
extensión de mar, hacia el occidente son notorios por su falta de
brisa; por cierto, descansa en la zona de calmas ecuatoriales y los
veleros no tienen la necesidad de usar el puerto de Panamá. Sin
embargo, mientras que esto se relaciona con el tránsito de buques
de vapor y del ferrocarril, Panamá está por encima de las otras
ciudades del Istmo; pero cuando se trace la ruta del canal, la
población deberá establecerse en un lugar fuera de la zona de
calmas, en Nicaragua o Méjico"*.
Algunas veces, a causa de esta circunstancia y de otras como lo
son los vientos variables o corrientes muy fuertes, los veleros
luchan por dos y tres semanas por penetrar en el golfo hasta
Panamá. Sobre la zona de calmas, recuerdo el caso del barco
británico |
Straun, de manufactura canadiense, que
partió de Panamá rumbo a Chile a principios del mes de mayo de
1884. Cientocinco dias más tarde regresó y al llegar al golfo,
chocó contra la zona de calmas la cual lo mantuvo en continuo subir
y bajar. Al fin atravesó la línea y por semanas tentó el vado más o
menos a latitudes 4, 5 y 6 entre grandes aguaceros, tormentas y
vendavales. El Capitán tenía provisiones suficientes para llegar
hasta Chile, pero cuando comenzaron a terminarse y el fondo del
barco empezó a podrirse, a consecuencia de las aguas tibias y
lentas, la tripulación ocupó gran parte de su tiempo en la caza de
tiburones. Por último, el barco pudo enfilarse hacia Panamá. En
realidad, había estado en el mar cientocinco días después de haber
dejado atrás la isla Naos. Esto les dará a mis lectores cierta idea
de la zona de calmas en esa parte del Istmo, la cual constituye una
seria desventaja para cualquier proyecto canalero en esta sección.
Claro que sólo me refiero a los veleros, porque los oficiales de
los barcos de vapor consideran que a veces las corrientes del golfo
tienen un curso de tres a cuatro nudos por hora. Sé de una nave que
iba hacia Panamá con una carga de carbón que estuvo a la deriva por
casi un mes.
Las islas más cercanas al Panamá moderno son las de Naos y
Flamenco o Isla del Hombre Muerto y están aproximadamente a tres
millas de la ciudad. Constituyen virtualmente su puerto, ya que
varias compañías de vapores tienen allí sus muelles. Una de éstas
es la inglesa |
Pacific Steam Navigation Company,
muy rica e influyente, y lo mismo cabe decir de la |
Pacific
Mail Steamship Company y otras. Todas mantienen un
numeroso grupo de oficiales residentes, obreros especializados,
negros y marineros chinos en la Isla de Naos; asimismo grandes
talleres de reparación y bodegas. Cuando necesitan limpieza, la
compañía encalla los barcos en la arena de las partes pobladas de
las islas. Estos se mantienen a flote bien asegurados cuando la
marea sube, y cuando baja, están altos y secos; mientras que
cuadrillas de hombres limpian los cascos y los pintan.
El desarrollo de la vida marina en esas aguas es asombrosamente
rápido. He visto y envié carcoma marina de una pulgada y media de
largo al conocido científico americano, el Rev. Dr. Samuel
Lockwood, de Freehold, Nueva Jersey. Esta creció en el fondo de un
barco pescador de focas que se limpió en el Golfo de Panamá y tomó
rumbo a las Islas Galápagos, más allá de la costa del Ecuador, casi
debajo de la línea ecuatorial. El barco regresó al cabo de cuatro
meses, porque el fondo estaba tan podrido que tuvo que limpiarse
nuevamente y el capitán fue quien me dio la muestra. Los barcos que
toman parte en este oficio se limpian cada tres meses, si es que no
quieren retrasarse y perder el combustible.
Hace algunos años, la compañía del canal estableció un
observatorio marino al extremo de la isla. Está equipado con
termómetros, barómetros, un mareógrafo y otros instrumentos que
registran la temperatura, el alza y baja de la marea y otras
informaciones de la misma naturaleza. La |
Pacific Steam
Navigation Company tiene un barco viejo anclado en las
aguas de Flamenco que se usa como bodega y algunos oficiales y
marinos viven abordo. Cerca de estas islas, cuando la marea está
seca, se puede anclar con toda seguridad. Flamenco o la Isla del
Hombre Muerto está a más de cien yardas de Naos. Es rocosa y su
parte, sudeste es un inmenso desfiladero y en el lado que da hacia
Naos se encuentra el cementerio, totalmente lleno, por lo que toma
el nombre de isla del Hombre Muerto. En ella encontraron su última
morada miles de oficiales y marinos que antes fueron abatidos por
las tormentas y chubascos de la vida. Muchos de estos valientes
resultaron víctimas de la fiebre amarilla. Por la parte que da a la
ciudad, se puede ver un simpático monumento que se erigió a la
memoria de los oficiales y tripulantes del barco americano,
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Jamestown, los cuales perecieron a causa de esta
enfermedad, mientras el barco se encontraba anclado en el año de
1858; allí reposan casi ochenta, oficiales y tripulantes. El navío
se envió al Pacífico Norte en donde se mantuvo por dos años, luego
se le ordenó ir a las islas hawaianas, pero tan pronto como llegó a
un clima tropical, la fiebre amarilla se desarrolló otra vez. Tal
es la vitalidad de los gérmenes de este espantoso mal.
A unas seis millas están las islas de Taboga, El Morro y
Taboguilla. Taboga es de aproximadamente una milla y media de largo
por tres cuartos de ancho, es la más alta en ese sector y su punto
más elevado está a 908 pies sobre el nivel del mar. Es un lugar
hermoso que sirve de punto de reunión a muchos excursionistas.
Tiene dos villorios que son: el de Taboga, el más viejo, y el de la
Restinga. En el primero se encuentra una vieja iglesia con su
acostumbrada torre morisca. Las personas emprendedoras acostumbran
subir por sus angostos y sombríos escalones de piedra para llegar
al campanario y recrearse con una vista magnífica y pintoresca de
los alrededores, ya que la iglesia se alza sobre una pequeña
elevación. Debajo y a sus lados están las calles que, por estar en
malas condiciones, resultan intransitables para los vehículos. Las
casas son de lo más sencillas, generalmente ranchos con techos de
pencas o bijao, pero algunas están construidas de piedra y
ladrillos, cubiertas con tejas rojas de manufactura local. Se
extienden desde el pie de la montaña hasta la costa y parte del
pueblo descansa sobre una hondonada entre dos cerros y, visto desde
el fondo, produce un efecto placentero. Más allá, a la izquierda
del villorrio, a la entrada de la bahía, viniendo desde Panamá, hay
un sanatorio que construyó la |
Panamá Universal
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Interoceanic Canal Company a un costo de 400,000
dólares; en donde se envían a los oficiales y algunos trabajadores
del canal para recuperar sus fuerzas. La Restinga siempre me
encantó por ser esencialmente autóctona y poder examinar sus
ranchos ampliamente, ya que hay en ellos cientos de Juanes y
Marías. Tiene una preciosa alameda que Tomes bautiza en su libro ** como el "paseo del
tamarindo", por tener gran cantidad de esos árboles que
dan mucha sombra. Su frondosidad recrea la vista y su fruta en
forma de vaina es verde al principio y luego se torna chocolate; la
peculiaridad de ella y de sus hojas atrae la atención de los
visitantes. Las casuchas primitivas rodean ambos lados de la plaza;
un costado colinda con el mar y el otro con la propia Taboga. La
vida de sus habitantes es sencilla y aparentemente alegre y feliz.
Pocas son sus necesidades y la naturaleza parece satisfacérselas
del todo. La isla es famosa por sus magníficas piñas y bien vale la
pena un viaje al Istmo, para saborear ese delicioso producto
natural que madura en su tallo. También hay guineos, plátanos y
otros bienes de la tierra, cuyos nombres son desconocidos por mis
lectores. En sus aguas abundan los peces, las tortugas y las
pequeñas ostras. Más allá de la Restinga, en una quebrada, se
encuentra una eterna fuente natural de agua fría que proporciona el
líquido a los villorrios, lo mismo que se proveen de ella*** todos los barcos con rumbo al puerto
de Panamá. Los taboganos tienen sus canoas-pequeñas y grandes- y
las usan para pescar o visitar las islas aledañas y la tierra
firme. En esa parte de Sur América hay árboles inmensos y en
tiempos pasados los naturales del lugar construían sus famosas
canoas de guerra, que pesaban de diez a doce toneladas, cuya
tripulación era de 50, 80 y a veces hasta 100 hombres. Taboga es un
lugar encantador para visitar y siempre tuvo mi mayor interés.. En
todo momento el sol baña la isla adornada con un eterno verdor por
lo que en realidad, es uno de los sitios más bellos que existen.
Los niños están tostados por el sol, juegan en la arena, se
alimentan de frutas y usan poca o mucha ropa, como gusten sus
familiares; constituyen los grandes eventos en sus vidas: las
corridas de toros, las peleas de gallos y, las fiestas religiosas.
"Se cuenta que en Taboga en los últimos días de cuaresma,
los cangrejos de tierra descienden en grandes cantidades de los
cerros, y hasta se trepan en las chozas que encuentran a su paso:
se unen a la procesión del Viernes Santo"****.
La cita anterior se lee con agrado y es oportuna para mi
propósito, pero las visitas de los crustáceos en número
incalculable no se debe a ninguna causa religiosa ya que ellos
sencillamente descienden una vez al año a depositar sus huevos en
la arena y luego se retiran a los cerros. En estos países donde la
superstición es el ingrediente esencial de la religión de los
habitantes, la pequeña fantasía de que bajan ese día para unirse al
acto religioso les satisface y nos instruye porque nos revela su
atraso.
La comida favorita es la iguana: una especie de lagartija
terrestre y varía entre las 18 pulgadas y los 3 pies de largo. Son
animales bien raros; les gusta dormir a pleno sol y así es como las
cazan, para la venta, los taboganos. La carne de la hembra se
considera un plato exquisito; pero se tiene una costumbre barbara
con éstos animales. Las mujeres abren la iguana por el vientre para
sacarle largas tiras de huevos, los cuales cuando están frescos son
del tamaño de las ciruelas; se dice que son muy nutritivos y los
ponen al sol para que se sequen. Luego los guardan o los envían al
mercado para su venta. Aunque parezca extraño, después de hacerles
la cesárea colombiana, las iguanas no mueren. Se las mantiene en el
rancho por unos tres días, como fuese el caso, y finalmente se las
comen. La carne de estos reptiles es blanca y dicen que sabe a
gallina, pero todos mis instintos me prohibieron que introdujera
esa rara especie en mi estómago canadiense y me dispuse a aceptar
lo que dijeran sin discusión.
Como en todas partes, los indígenas preparan una bebida que
ponen a fermentar; tal como la que describí con anterioridad. Pero
una de mejor calidad se saca del jugo fermentado de la piña y se
considera un lujo; a ambas se les llama chicha. Los villorrios de
Taboga y de la Restinga se comunican por una vereda. En la parte
superior de la isla hay pequeñas plantaciones de guineos, plátanos,
piñas, ñames y de yucas, que reemplazan a la papa. Directamente
detrás de Taboga, en la parte opuesta a la isla, hay una cueva que
sólo se puede visitar cuando la marea está baja. Aseguran que se
extiende a considerable distancia debajo de la isla, aunque no
conocí a alguien que la hubiera explorado. Por supuesto que como
todas las cosas desconocidas, un misterio la rodea y se comenta que
tanto los sacerdotes como los bucaneros, escondieron en ella
grandes tesoros después de huir de Panamá la Vieja. Tengo mis
grandes dudas al respecto, pues el fiero galés, Henry Morgan, se
llevó todo lo que pudo; y en cuanto a los curas, decididamente
ellos no sobresalían por su desprecio hacia los bienes terrenales,
sea cual fuere su pensamiento acerca de los celestiales. Cerca de
esta cueva hay un desfiladero y el gran terremoto del 7 de
septiembre de 1882 arrastró parte de éste al mar.
Frente al villorio de la Restinga hay una pequeña isla llamada
El Morro (
|2
). Se
une a Taboga por un banco de arena, lo que las hace aparecer como
hermanas siamesas. Cuando la marea sube, se convierten en dos islas
separadas. El Morro es un promontorio de tierra, de aproximadamente
un cuarto de milla de largo lo mismo que de ancho y de unos 300
pies de altura. En la parte que da a la Restinga están los viejos
talleres y viviendas construidas por la |
Pacific Steam
Navigation Company. En 1849 y 1850 Taboga era el puerto de
Panamá. A veces se empleaban en la isla hasta unos 700 obreros
especializados, en su mayoría escoceses, que se reclutaban de vez
en cuando. Finalmente, la compañía tuvo que abandonar el Morro y
transferir a sus empleados y talleres al puerto de Callao en Perú,
para huir de la malaria y la fiebre amarilla. El traslado le costó
a la compañía mucho dinero, pero era la única manera de salvar al
personal. El clima de hoy es el mismo que encontró Paterson (
|3
) (fundador del
Banco de Inglaterra), al establecer una colonia hace doscientos
años en el Istmo del Darién. El llamó a su ciudad, Nueva Edinburgo
y consideró al Istmo como "La Llave del
Universo". Macaulay nos relata cómo un grupo de unos mil
ochocientos robustos escoceses se redujo a trescientos o
cuatrocientos en un período de quince meses cuando el clima y sus
enemigos los obligaron a retirarse. Se cuenta que al embarcarse
estaban tan débiles que no podían izar las velas de sus barcos, por
lo que los españoles, quienes estaban muy interesados en que se
fueran, los ayudaron*****.
Como prueba de mi afirmación de que el clima es pernicioso y
mortal, puedo referirme al hospital en la cresta de El Morro y el
cementerio más bajo del hospital que está totalmente lleno. Al
sudeste de la costa hay varios cañones viejos; afirman que los
abandonó Morgan, pero nunca pude encontrar pruebas satisfactorias a
esta aseveración.
Taboga y El Morro son famosos por sus paseos. Pequeños grupos de
personas de Panamá deciden pasar el día allí, portan sus refrescos
y gran cantidad de hielo. Si se organiza un baile pueden alquilarse
músicos locales con violines y guitarra. El sonido vibrante de ésta
se considera algo esencial para llevar el compás. No se pueden
encontrar mejores lugares para paseos.
Después de un día encantador, el grupo regresa a la ciudad en la
tarde. Muchos de los recuerdos más agradables de Panamá y de mis
amigos allí, tienen que ver con estas dos islas. Para que la
excursión resulte más amena debe componerse de amigos selectos; hay
una selección espontánea en estos asuntos como en otras cosas y
puedo decir que son maravillosos.
Más abajo del golfo, a unas cuarenta millas, están las famosas
islas de las Perlas, a las que hice referencia cuando hablé de las
iglesias de Panamá. Los primeros españoles las conocieron como el
Archipiélago del Rey. Dos veces he tratado de visitarlas y en ambas
ocasiones fracasé, así es que no he tenido la suerte de conocerlas.
Las he visto a distancia. La isla mayor se llama San Miguel y la
aldea que existe allí lleva el mismo nombre. Mi amigo, el señor
Ospino, me describió el villorio con ranchos, unas cuantas casas de
piedra y una iglesia bien construida con ese material y sus torres
cubiertas con madreperlas. Con anterioridad a la llegada de los
descubridores españoles, sus habitantes eran pescadores de perlas.
Cuando Vasco Núñez de Balboa descubrió el Pacífico visitó esas
islas, ya que tenía conocimiento de su riqueza. En ese lugar le
obsequiaron perlas de color negro que lo dejaron maravillado. Estos
salvajes, en vez de permitir que las ostras murieran, la ponían al
fuego para sacarles las perlas******.
Una de las islas del grupo es la de Pedro González y La
|
Central South American Telegraph Company tiene en
ella una estación de cable. Es célebre por su pita, una fibra
sumamente delicada y fuerte que se usa para hacer los finísimos
sombreros Panamá; es tan fina y resistente que puede dársele el
mismo uso que se le da al hilo y personalmente la he utilizado para
costuras quirúrgicas. Gran cantidad se exporta y se usa para
adulterar la seda. Hablando de los sombreros famosos que llevan ese
nombre y que se usan en todo el mundo, no se manufacturan aquí,
sino en Ecuador y el Perú, pero por razones incomprensibles, todo
el mundo los conoce como "Sombreros Panamá". Los
más finos le toma a un experto dos o tres meses en su
confección.
La pesca de perlas en el Golfo de Panamá ha sido histórica por
siglos. Se encontraron del tamaño de canicas y se sabe que un
comerciante del lugar tiene algunas por valor de $ 100.000. Los
bancos de ostras, que fueron una vez de inestimable valor, se
destruyeron por los métodos tan absurdos que usaban. Los buzos la
estropearon aun más porque traían gran cantidad y por muchos años
hubo que hacer veda. El método antiguo de pescar era de lo más
sencillo: los residentes de la isla empleaban a los pescadores; los
comerciantes les proporcionaban un mercado; hacían que los hombres
se endeudaran y los obligaban a permanecer en una condición igual
que la de los esclavos, y en igual condición se encuentran los
pescadores de perlas mejicanos. Los isleños salen en sus canoas y
los buzos bajan al fondo con una especie de canasta rústica.
Seleccionan las ostras más grandes y chatas y las que consideran de
mejor calidad. Cuentan que algunos podían permanecer en el fondo
por uno o dos minutos. Las historias que se oyen de que los buzos
permanecen bajo el agua de 10 a 15 minutos no tiene ningún
fundamento. En estas labores los tiburones fueron sus peores
enemigos y sostuvieron muchos y tremendos combates con estos
monstruos. Por lo general el isleño salía victorioso ya que debido
a sus hábitos anfibios podía nadar debajo del enemigo y abrirle una
brecha en la barriga. Los buzos regresaban a la superficie;
descansaban en sus canoas por algún tiempo y luego regresaban al
fondo otra vez. Las ostras se llevaban a la orilla y las
amontonaban para dejarlas morir. Tan pronto como se abría la
concha, procedían a sacar las perlas, de las que he visto muchas y
muy bellas. Una de las más lindas que recuerdo era una esfera
perfecta, del tamaño de un guisante, con un delicado tinte rosa
cuando le reflejaba la luz, lo que hace que la perla suba de valor.
Me convertí en el dueño de ella y se la envié a un familiar como
recuerdo.
No creo que sea del conocimiento general el que las perlas son
realmente el resultado de una enfermedad. En un comienzo la perla
es un granito de arena que se introduce en la concha. La ostra no
es capaz de expulsarlo, lo que hace que se irrite y aparezca una
especie de inflamación que va cubriendo el grano de arena, formando
capas y capas hasta modelar la perla, por lo que algunos escritores
los han comparado con las lágrimas. La vida e historia de estos
moluscos y su contenido están narradas de una manera encantadora e
instructiva en un folleto, por cierto muy interesante, del Rev. Dr.
Samuel Lockwood, de Freehold, Nueva Jersey.
Ya que estoy tratando el tema de las ostras, traigo a la memoria
la suerte de una expedición que se organizó en la ciudad de Nueva
York, para visitar las Islas de las Perlas. Los excursionistas
llegaron al istmo con secciones de un barco, que se armó en la
costa Pacífica del Istmo. Esto sucedió en 1858 cuando había una
epidemia en el Istmo. Los marineros, ingenieros y oficiales
contrajeron la enfermedad y la expedición nunca salió de las costas
de Panamá, ya que todos murieron a excepción de una persona, que
pudo regresar a la ciudad.
En esas islas se han encontrado muchas curiosidades
arqueológicas. Personalmente nunca las he visto, pero el señor J.A.
McNeil, arquéologo americano, residente en David, Chiriquí, las ha
examinaddo, tales como piezas de alfarería, hachas de piedra y
ornamentos de oro. Todos los que conocen la historia de México, de
América Central y del extremo de Sur América saben que los primeros
descubridores españoles encontraron muchos indígenas hábiles en
estas regiones. Colón*******,
cuando bordeaba la costa desde la Bahía de la Marina hasta
Portobelo y luego la de Méjico, encontró aquellas viejas ruinas que
luego describió Stephens en su admirable obra sobre la Exploración
de México. Squier********, en
su obra, arroja luces sobre la historia antigua del país y de los
notables ídolos en la isla de |
Ometepe en el Lago
de Nicaragua. Se dice que aún existen las ruinas en el extremo sur
del lago. Muchos suponen que los indígenas eran vástagos de sus más
civilizados hermanos de México y la América Central, y digo
"más civilizados", porque los primeros españoles
que invadieron lo que hoy es el territorio de Guatemala hasta
México, encontraron una civilización asombrosa entre esas tribus.
En las tierras altas, detrás de Retalhelen había un campo
fortificado, bien construido de piedra, en el que habitaban más de
dos mil estudiantes militares que aprendían las tácticas de esos
días.*********
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*
|
"Greater Britain", Dilke, New York.
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**
|
"Panama in 1885"; New York.
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|
***
|
"South Pacific Pilot, Imrie, London.
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|
****
|
"Antiquities and Ethnology of South America",
London, 1860.
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|
*****
|
Macaulay's "History of England" Véase también
"Enciclopedia Británica". Ed. of 1885.
|
|
******
|
"Viajes del Descubrimiento Español",
Washington Irving. "Panamá in 1885".
|
|
*******
|
"Vida y Viajes de Colón"
|
|
********
|
"Squier's Nicaragua". New York.
|
|
*********
|
"Historia de Centro América", Guatemala.
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|1
|
|Acerca de este tema el geógrafo Ángel Rubio escribió un
ensayo titulado El golfo de Panamá, Bahía Histórica, Fundamentos
naturales. Antecedentes históricos. Véase: Separata de la Revista
Lotería No. 5, Imprente de la Academia, Panamá, 1959.
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|2
|
|En nuestros días el Morro se encuentra abandonado y en
ruinas.
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|3
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|Guillermo Paterson estableció e n octubre de 1.698 en la
costa norte del Darién una colonia denominada "Nueva
Caledonia". La colonización duró hasta junio de 1699,
cuando por la escasez de alimentos, las enfermedades y falta de
apoyo exterior, los escoceses se vieron obligados a abandonar el
territorio ocupado. Sobre la aventura escocesa en el Darién se ha
publicado recientemente el más enjundioso y documentado estudio por
John Prebbles The Darien Disaster. London, Secker &
Warburg. 1968.
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