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Al día siguiente, noveno del viaje, Morgan dió orden de marcha
muy temprano a objeto de evitar a sus hombres los rigores del sol.
A cosa de una hora de camino los piratas avistaron una partida de
unos veinte españoles que espiaban sus movimientos y aunque, como
los indios, les dieron caza cuidadosamente, no pudieron atrapar a
ninguno, porque cuando menos lo esperaban sus perseguidores se les
escabullían por una de las innumerables grutas o pasadizos que
había en aquellas montañuelas.
Después de marchar algunas horas los piratas llegaron a una
cumbre desde la cual pudieron divisar el mar del Sur. A la vista de
aquel paisaje, los piratas prorrumpieron en gritos de alegría. Para
colmo de su dicha vieron una cantidad de vacas que pacían
tranquilamente y acto seguido procedieron a degollarlas, no
perdonado siquiera algunos caballos y toros y era cosa de verlos,
luego, comer con tal desesperación y gula que más parecían salvajes
Y caníbales que hombres europeos.
La preparación de aquella carne era sumarísima; no pasaba de
cortarla en trozos y medio chamuscarla en el fuego. Así veíaseles
devorarla chorreante de sangre que les corría por las barbas y caía
en grandes goterones sobre la indumentaria ya de por sí bastante
sucia de aquellos hombres famélicos.
Satisfecha el hambre, Morgan dió orden de marcha, destacando en
avanzada un grupo de cincuenta piratas con el propósito de que
capturasen algún prisionero, pues, resultaba desesperan te que en
nueve días de camino no hubiesen podido atrapar ni una sola persona
que pudiese informarles sobre los preparativos que se hacían en
Panamá para la defensa.
Al atardecer avistaron los piratas una partida de unos
doscientos españoles que sin hacerles frente les gritaban desde
lejos algo que resultaba ininteligible. Poco después se hallaban a
la vista de los expedicionarios las torres de las iglesias de la
ciudad. La alegría no tuvo límites. En todas formas daban muestras
de ella los hombres de Morgan; tocaban las cornetas, redoblaban los
tambores y los chambergos volaban por el aire. Calmada la algazara,
Morgan ordenó acampar allí. Dicha orden fue bien recibida porque
los piratas ansiaban caer cuanto antes sobre la ciudad.
Ya de noche, los centinelas advirtieron una partida de cincuenta
hombres de caballería española que se acercó hasta la distancia de
un tiro de mosquetes y haciendo revolver sus caballos, gritaban los
soldados: " ¡Ya nos veremos perros"! La partida
regresó a la ciudad, dejando destacados unos siete jinetes que se
mantuvieron a la espectativa de los movimientos del campamento
pirata.
Cuando ya creían los piratas que los españoles los dejarían
tranquilos hasta la mañana siguiente; abrieron fuego las baterías
de la ciudad en dirección del campamento, mas hallándose fuera del
alcance de las baterías los piratas no se inquietaron mucho. No
obstante el fuego duró toda la noche, con pequeños intervalos.
A poco vieron los piratas que volvía a salir un contingente de
tropas de caballería de la ciudad y que tomaban posiciones en forma
que parecía decir: "por aquí no pasarán". Pero
aquellos hombres habituados a la lucha no se inquietaron por aquel
despliegue de fuerza; tranquilamente sacaron de sus mochilas los
trozos de carne que les había sobrado del banquete de la mañana y
comieron con gran parsimonia, tendiéndose después a dormir el más
dulce de los sueños y dejando a los centinelas al cuidado de espiar
los movimientos de los españoles.
Cuando amaneció revistó Morgan cuidadosamente a sus hombres y
los colocó en orden de batalla. El ánimo de los piratas no podía
ser mejor. Así al son de sus trompetas y tambores emprendieron la
marcha hacia Panamá. Uno de los guías comunicó a Morgan que conocía
un camino que aunque más abrupto que el que llevaban, estaría menos
sembrado de emboscadas. Pero los españoles advirtieron pronto aquel
astuto cambio de ruta que hicieron los piratas y corrieron a
esperarlos, dejando sus atrincheramientos y baterías que tenían
preparados.
El gobernador contaba para la defensa de Panamá con dos
escuadrones de caballería, cuatro regimientos de infantería y
varias partidas de indios y negros; además había una manada de
toros salvajes que los indios sabían utilizar muy bien contra sus
enemigos y que resultaban peligrosos por su brutal atropellada. Al
llegar los piratas a una colina, desde donde pudieron advertir la
cantidad de gente de que disponía el gobernador para su defensa,
comenzaron a dudar del éxito de aquella empresa; mas ninguno
hubiese propuesto regresar sin acometerla.
Tras aquel momento de indecisión, todos reaccionaron. Sabían muy
bien los piratas que no podía esperar merced de los españoles
contra los cuales habían cometido tantas tropelías: no había, pues,
otro recurso que pelear, y seguir adelante no importando cuántos
fuesen los contrarios y cuán terrible hubiese de ser la lucha. El
grito unánime fue: "hay que conquistar la ciudad o dejar
aquí el pellejo".
Divididas las fuerzas en tres batallones, se colocaron en
avanzada un grupo de bucaneros que son muy diestros en el tiro y de
una puntería que jamás falla. Los españoles se hallaban desplegados
al pie de la colina que ocupaban los piratas. Lentamente, con paso
firme marcharon los piratas contra las fuerzas reales que los
esperaban. Al verlos llegar, los españoles, comenzaron a animarse
mutuamente con su grito de guerra: " ¡Viva el Rey! ¡Viva
el Rey! " Entre tanto los de caballería comenzaron a hacer
maniobrar sus caballos, pero era evidente que no podían lograr
hacerlo en la forma prevista por el estado en que se encontraba el
terreno medio inundado por la reciente lluvia. Dándose cuenta de
ello, los doscientos bucaneros que iban a la descubierta echaron
rodilla a tierra y les largaron una descarga cerrada. Desde aquel
instante la batalla se generalizó por ambas partes.
Como los españoles no habían logrado su propósito de
desarticulación la formación de los piratas con la caballería,
arrearon los toros salvajes que tenían preparados para el efecto,
lo que en el primer momento produjo cierto desconcierto en las
avanzadas de Morgan; pero de nuevo los bucaneros echaron rodilla a
tierra y comenzaron a derribar a las bestias con sus certeros
disparos, eliminando así el peligro.
Ya duraba dos horas la batalla cuando los españoles comenzaron a
tratar de retirarse hacia la ciudad, pero los piratas en rápido
movimiento lograron acorralar contra la orilla del mar a muchos que
trataban de escapar escabulléndose entre los mangalares,
exterminándolos a todos los que cayeron en la trampa. Entre estos
prisioneros cayó un clérico a quien Morgan no quiso perdonar por
más que éste se lo pedía por todos los santos del cielo. También
capturaron los piratas a un capitán, que sometido a severo
interrogatorio informó a Morgan sobre las fuerzas con que contaba
el gobernador para defender la ciudad.
Según el capitán mencionado había en la ciudad 400 hombres de
caballería; 24 compañías de infantería de cien hombres cada una; y
60 indios y algunos negros que tenían a su cargo el cuidado de dos
mil toros salvajes listos para arrearlos contra los piratas.
Igualmente aquél capitán informó a Morgan que se había cavado
trincheras en torno a la ciudad y que el camino real se hallaba
defendido por una fuerte batería y un fuerte que contaba con ocho
cañones de cobre de los grandes, y servidos por cincuenta diestros
artilleros.
Tan pronto como terminó el interrogatorio comenzó el capitán
Morgan a impartir las órdenes del caso. Hízose el recuento de las
pérdidas que resultó muy doloroso, aunque inferiores a las de los
españoles que habían tenido 600 muertos, además de los prisioneros
y heridos. Así no obstante contar con menos tropas, los piratas se
consolaron de sus pérdidas.
Después de un pequeño descanso, Morgan dio orden de avanzar de
nuevo sobre la ciudad, previa prestación del juramento de luchar
hasta que el último pirata quedase con vida.
Desde el comienzo de su marcha comenzaron los piratas a
confrontar dificultades, pues, los españoles tenían
estratégicamente montados sus cañones que cargaban con pedazos de
hierro y balas de mosquete aumentando así los efectos mortíferos de
aquel fuego graneado. Cada paso que avanzaban significaba pérdida
para los piratas, viendo los que quedaban en pie cómo caían sus
compañeros bajo la metralla enemiga. Pero esto en vez de
amilanarlos los enfurecía; y asi cargaban con mayor denuedo.
Todo el valor de los españoles, que no dejaron de luchar un sólo
instante, no le sirvió de nada, porque después de tres horas de
sangriento combate la ciudad cayó en poder de los piratas. Todos
los que en pequeños grupos permanecieron haciendo resistencia a los
piratas, después que Morgan llegó al centro de la ciudad, fueron
poco a poco exterminados.
Aunque los habitantes de la ciudad habían tenido tiempo para
llevar sus dineros y sus joyas a remotos escondites, los hombres de
Morgan lograron hacer un buen botín, apoderándose de los grandes
almacenes que había llenos de mercancía, tales como telas de seda,
hilo y algodón; además de otras de considerable valor.
Tan pronto como pasó el primer momento de desorden, Morgan
reunió a todos sus hombres en la plaza principal prohibiéndoles que
tomasen ninguna clase de licor, pues según informes que tenía los
españoles los habían envenenado con el proposito de exterminarlos
si lograban apoderarse de la ciudad. Sin duda, Morgan quiso
precaverse contra los excesos en las bebidas a que sabía que se
entregaban los piratas después de una victoria, temerosos de que en
aquella embriaguez general que sobrevenía los españoles pudiesen
reaccionar y hacer una masacre general en sus hombres.
Apenas hizo colocar guardias en los puntos que consideró
estratégicos, dispuso Morgan proceder al salvamento de una goleta
que estaba parada en la entrada del puerto. En secreto impartió
orden para que se les prendiese fuego a varios de los edificios más
hermosos de la ciudad. Para todos resultó inexplicable cómo se
había producido el incendio que, rápidamente, asumió proporciones
terribles cubriendo las llamas gran parte de la población. Al
propio tiempo Morgan hizo correr la noticia de que los responsables
del siniestro eran los españoles promoviendo de esta suerte el odio
contra éstos por parte de los piratas (
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). Tanto los piratas como algunos
pobladores nativos hacían grandes esfuerzos por dominar el fuego,
cosa que no conseguían porque un fuerte viento que soplaba daba
constantemente incremento al fuego. La mayor parte de las casas de
la ciudad estaban construidas de madera de cedro, pero resultaban
hermosas mansiones por lo bien construidas y la. proporción de su
estructura. Interiormente aquellas casas estaban decoradas con el
mejor buen gusto y alhajadas con hermosos cuadros y ricos muebles y
candelabros. Algunos de estos tesoros fueron salvados por los
piratas, pero considerable parte fue pasto de las llamas o quedó
dañada o enterrada entre las ruinas.
Panamá contaba, como sede obispal, con dos hermosas iglesias,
ocho conventos, de los cuales siete eran de monjes y el octavo de
religiosas. También había en la ciudad un gran hospital. Los
piratas no pudieron a su llegada a Panamá, hacerse de los vasos
sagrados y otras alhajas que se guardaban en aquellas iglesias y
conventos, porque los religiosos los habían puesto a salvo con
anticipación. Por lo menos había en la ciudad dos mil casas de
personas pudientes y unas quinientas de gente pobre. También
contaba la ciudad con gran número de establos para las recuas de
mulas en que se llevaba a los puertos del Norte el tesoro en plata
y oro que llegaba allí procedente del Sur. La ciudad está rodeada
de hermosos y fértiles campos, destacándose en su vegetación las
palmeras. Gran número de huertas y jardines contribuía a hacer muy
hermosa su vista, sintiéndose el viajero deseoso de permanecer
allí.
Los genoveses tienen en Panamá un gran edificio donde está el
asiento de su comercio negrero que hacen por aquellas costas del
sur. Entre las casas destruidas quedó ésta, además de gran número
de las más hermosas. Más de doscientos galpones o depósitos fueron
también pastos de las llamas; allí perecieron muchos esclavos que
sus amos habían tratado de esconder entre las bolsas de harina y
otras mercaderías que se guardaban en dichos depósitos.
Cuatro semanas después de aquella noche terrible, se veía arder
todavía la que había sido próspera y hermosa ciudad de Panamá.
Mientras aquellos sucesos tenían lugar los piratas acampaban en
las afueras, pues no dejaban de comprender que aun derrotados como
habían quedado los españoles, eran tan numerosos que podían
atacarlos con buena fortuna. Tanto el largo y penoso viaje, como la
batalla que hubieron de librar para tomar a Panamá, había
disminuido notablemente los efectivos de Morgan. Buen número de
piratas heridos fueron alojados en la iglesia que quedó en pie. El
haber enviado Morgan cien hombres hacia Chagres para llevar la
nueva del éxito de su expedición a Panamá había disminuido también
sus tropas.
No era raro que desde el campamento de los piratas viesen éstos
merodear por las cercanías algunos contingentes de las derrotadas
fuerzas españolas, que por fortuna para las de Morgan habían
quedado tan escarmentadas que no se atrevían a atacarlos.
Al medio día de aquel que había de resultar fatal, Morgan dió
permiso a una fracción de sus hombres para que procedieran a la
búsqueda de los objetos de valor entre las ruinas de las iglesias,
conventos y casas dé la ciudad incendiada. El resultado de ésta
búsqueda resultó fructífero, pues, los piratas consiguieron gran
cantidad de objetos de valor. Ciento cincuenta de los mejores
hombres de Morgan fueron destacados por los alrededores de la
ciudad con el propósito de capturar a los fugitivos que hallasen.
Dos días después volvieron éstos piratas a presencia de su jefe
trayendo doscientos prisioneros en una minuciosa requisa de los
campos vecinos que había efectuado. Aquel mismo día llegó el buque
que Morgan había despachado a los mares del sur trayendo cautivos 3
barcos españoles; pero aquel botín no había satisfecho a los
piratas porque la mejor presa, cierto galeón en donde iba toda la
plata que se encontraba en la tesorería del Rey, se les había
escapado de entre las manos. Sabían los piratas que en aquel navío
iba también cuanto de gran valor tenían los comerciantes de Panamá,
tal como perlas, oro y joyas. También se supo que en aquel mismo
barco iban todas las monjas y los tesoros de los conventos.
Por uno de los barcos que habían apresado, los piratas
obtuvieron noticia de que aquel galeón estaba débilmente artillado,
pues, sólo tenía 7 pequeños cañones y 12 mosquetes. También
supieron los piratas que carecía de vituallas. Así consideraron que
hacer aquella rica presa no les resultaría difícil ni costoso,
porque sin duda tendrían los españoles que viajaban en dicho galeón
que recalcar en alguna de las radas de la costa para hacer
provisiones. Pero faltos de previsión los piratas se entregaron a
buscar un rico vino de España que llevaba por cargamento uno de los
barcos apresados. Bien pronto los efectos de la embriaguez dejaron
a los piratas en circunstancia nada propicias para efectuar el
abordaje que tenían que intentar si querían apoderarse del galeón
del Rey. Cuando al día siguiente de la orgía los piratas se dieron
cuenta de su falta de previsión, parecía ser ya tarde para echarle
el guante al galeón. Así ninguna diligencia les resultó propicia
porque por más que registraron todas las ensenadas e islas no
pudieron echarle el ojo encima al buque que buscaban. Sin embargo
las diligencias que hicieron les procuraron dos buques cargados de
mercancías, que eran los que llevaban a su jefe, además del otro
capturado con anterioridad.
Morgan no se consoló de la pérdida del galéon real. Interrogó
hábilmente a los prisioneros tomados en los otros buques y ordenó
inmediatamente que cuatro barcos se hicieran a la vela en
persecución del galeón del tesoro. Salieron, pues, los buques
dichos de Panamá inspeccionando detenidamente todas las costas
hasta que convencido de que todo era inútil, regresaron a Taboga
donde encontraron un navío que había recalado allí procedente de
Paita y que traía un gran cargamento de ropa, azúcar, jabón y
galletas, además de 20.000 piezas de a ocho. También se apoderaron
en aquel lugar de una goleta y en la "cual trasbordaron
parte de la mercancía y algunos esclavos negros que habían tomado
en las plantaciones de la isla. Así no muy contentos regresaron a
Panamá.
Casi al mismo tiempo regresaron los comisionados que habían ido
a Chagres trayendo la noticia de que por allá las cosas también
marchaban a pedir de boca. Contaron cómo un barco español cargado
de abastecimientos había caído en sus manos incautamente. Este
buque perseguido de cerca por los barcos de Morgan que hacían el
crucero por aquellas costas, había corrido a buscar refugio en el
fuerte, visto lo cual por los que lo guardaban enarbolaron la
bandera española con lo que acabaron de engañar al español que se
metió tranquilamente por el puerto.
Aquellas buenas noticias hicieron que Morgan decidiese
permanecer algún tiempo más en Panamá. Diariamente enviaba partidas
por los alrededores a capturar a los españoles que se habían fugado
de la ciudad a su llegada. En poco tiempo pudo reunir el pirata
gran número de personas de calidad a quienes sometió a sus bárbaras
torturas de costumbre obteniendo confesiones que le permitieron ir
reuniendo un cuantioso botín. Recuerdo que en una de estas
ocasiones capturaron los piratas a un pobre diablo que hallaron
escondido en una de las casas de un caballero principal. El tal
prisionero iba vestido con un calzón de tafetán que había
pertenecido a su amo y llevaba colgada al cuello, pendiente de una
cinta, una llavecita de plata. Sobre la marcha los piratas
preguntaron al español por el paradero del cofre a que pertenecía
aquella llavecita; pero el infeliz no supo qué contestar
manifestando que habiendo vuelto del campo a la ciudad y hallando
la casa de su señor en ruinas, se había apropiado de aquel traje y
de la llavecita de plata. Está de más decir que los piratas no
quedaron satisfechos con aquella contestación y que acto seguido lo
sometieron a las más crueles torturas. Puesto en el potro trataban
de hacerlo hablar y como no lo consiguiesen, indignados, le
descoyuntaron brazos y piernas; pero allí no terminó aquello: acto
seguido lo sometieron al torniquete en forma tan brutal que los
ojos se le saltaron de las órbitas como si fuesen huevos. Con todo
el infeliz permaneció mudo o sosteniendo su primera declaración.
Así llegaron a cortarle las orejas, la nariz y luego le entregaron
a un esclavo negro para que lo rematara a lanzazos.
Este es solo uno de los casos que se sucedían en la ciudad,
pues, aquellas torturas constituían la diversión favorita de los
hombres de Morgan. Ni la edad ni el sexo constituían para éstos
hombres motivos de excepción; tampoco perdonaban a los religiosos
cuyos hábitos menospreciaban con escarnio. Las mujeres eran
víctimas de sus deseos; pero en ello no hacían sino seguir el
ejemplo que les daba su jefe Morgan, pues, no había prisionera
hermosa que cayera en su poder que no tratase el pirata de hacerla
víctima de sus deseos e instrumento de su placer. Uno de aquellos
casos marca la conducta del capitán.
Entre los prisioneros traídos de Taboga se hallaba una
hermosísima dama que era la esposa de uno de los más ricos
comerciantes de Panamá (
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). Aquella dama no sólo era hermosa en
extremo sino que tenía un corazón todo bondad. Era una mujer tan
distinguida que en Europa no hubiese desmerecido en cortejo con las
mejores damas de las sociedades de allí; y quizás no hubiese tenido
una que la sobrepasara. El esposo de esta dama se encontraba en
viaje por el Perú, pues su inmensa fortuna y extensos negocios lo
requerían así frecuentemente. Al tener noticia de la llegada de los
piratas la dama en referencia había huído en compañía de algunos de
sus criados más fieles y varios familia res a Taboga. Mas los
piratas la apresaron en Taboga y fue traída a presencia del capitán
Morgan. Tan pronto como los ojos de Morgan repararon en la singular
belleza de la dama, dió orden de que fuese alojada en una
habitación especial. La baila dama se deshizo en lágrimas pidiendo
al pirata que le permitiese permanecer en compañía de sus criados y
amigos, pero no pudo conseguirlo. Las atenciones de Morgan con la
dama no se limitaron al alojamiento excelente que le hizo dar, sino
que le hacía servir de los alimentos de su propia mesa. Como la
dama había escuchado siempre mil historias crueles referentes a los
piratas, a quienes se imaginaba empedernidos malhechores que vivían
maldiciendo el santo nombre de Dios, quedó atónita ante las
atenciones de Morgan, quien con pretensión de conquistar su corazón
hacía lo imposible por mostrarse gentil a sus ojos. Su descaro
llevaba hasta invocar el nombre de Jesucristo ante la dama y es muy
seguro que jamás aquel hombre creyó en la santidad del Mesías. La
dama cada vez más engañada parecía arrepentida de haber tenido en
tan mal concepto a los piratas; ya no veía a Morgan como el
monstruo sanguinario que le habían pintado y llegó a la conclusión
de que también aquellos ladrones eran seres humanos como ellos, los
españoles.
Pero la dulzura no duró más que tres o cuatro días porque al
surgir las primeras dificultades en la relación de su propósito,
tornóse de amable en cruel. Durante todos aquellos días Morgan
había visitado a su prisionera requiriéndola de amor. La dama
resistía a sus pretensiones en la forma más gentil que le era dado,
temerosa de su propia suerte y de sus criados que el capitán tenía
prisioneros, más su modestia y su bondad no calmaban al pirata; por
el contrario aquella dulzura de la dama hacía que la desease más
cada día; nada pudo conseguir el capitán halagando la vanidad de la
dama en cuyas manos ponía la rica colección de.joyas producto de
sus rapiñas. La española con dulce firmeza resistía el halago del
oro y las joyas, dando al capitán evidentes pruebas de su
virtud.
Cuando Morgan vió agotados todos los pedidos convincentes, montó
en terrible cólera y comenzó a amenazarla con castigos crueles y
tormentos inenarrables. Mas la dama no cejó; aquel mismo día hízole
llegar un billete en que decía al pirata: "Señor: Mi vida
está en vuestras manos; pero habéis de separar mi alma de mi cuerpo
antes de conseguir lo que de mi pretendéis, pues ninguna violencia
ni ningún tormento me harán llegar voluntariamente a vuestros
brazos".
Tan pronto como Morgan recibió aquel mensaje, dió orden de que
se le quitaran sus ricos vestidos y que se la encerraran en el más
oscuro y malsano de los calabozos que hubiera en la ciudad y que se
le diera por todo alimento un pan y el agua suficiente a fin de que
no pereciera de hambre y de sed. Ya en su oscura prisión la dama no
cesaba de pedir al cielo paciencia y fuerza para resistir su
cautiverio. Convencido Morgan de que aquella mujer era
inquebrantable y enterado de que algunos de sus capitanes le
criticaban, compadecidos de la bella señora, propaló la noticia de
que la prisión de la dama obedecía a que se había comprobado que
trató de enviar un mensaje a los españoles dándoles noticia sobre
los piratas y pidiéndoles que atacasen la ciudad.
Como testigo ocular que fui de aquellas escenas, puedo
certificar que jamás presencié en la azarosa vida con aquellos
piratas, un caso más excepcional de virtud en ninguna de las
mujeres que caían en manos de aquellos foragidos. Mas dejémosla por
algunos momentos, que ya volveremos a encontrarla más adelante.
Hacía tres semanas que los piratas estaban en la ciudad, cuando
el capitán Morgan dio orden de que comenzaran a hacer los
preparativos para la marcha. Algunas partidas de piratas salieron
en busca de caballerías, especialmente mulas que abundaban en
aquella comarca para llevar el botín hasta el río donde se
encontraban las canoas.
Corrió la voz, sin saber de donde partía, de que un grupo de
piratas abrigaba el propósito de separarse del capitán Morgan y
apoderarse de uno de los barcos que estaban en el puerto para salir
por cuenta propia pirateando camino de las Indias Orientales, de
regreso a Europa. Se murmuraba que dicho plan estaba bien estudiado
y que sus presuntos autores habían venido de tiempo atrás haciendo
provisiones de armas, pólvora y hasta que contaban con varios
cañones pequeños para artillar el barco. Lo cierto es que aquel
proyecto tenía visos de realidad y se aseguró que fue denunciado a
Morgan por uno de los capitanes comprometidos, por lo cual éste dio
orden de incendiar todos los barcos que estaban en el puerto,
aunque sólo uno podía servir para el intento porque los restantes
eran canoas impropias para la empresa.
Para mantener ocupados a sus hombres Morgan dio orden de que
volviesen a salir algunas partidas a traer a los españoles que
hallasen por los alrededores, encargándoles que hiciesen lo propio
con los monjes cuyo rescate siempre era pagado a alto precio.
También dió orden al capitán que se procediese al desmantelamiento
de la artillería española y envió una comisión especial hacia
cierto lugar en que se decía se había refugiado el gobernador con
algunas fuerzas y donde había puesto algunas emboscadas para
precaverse contra los piratas. Pronto regresó esta comisión
trayendo algunos pocos prisioneros, parte de un pequeño grupo de
soldados que intentó cerrarles el paso y manifestando que no había
tales emboscadas.
El 24 de febrero de 1671 salió el capitán Morgan de Panamá o
mejor dicho del lugar en que existiera la ciudad. Delante de los
expedicionarios marchaban 175 mulas cargadas de oro, plata, joyas y
objetos de valor. Llevaban, además, seiscientos prisioneros entre
hombres, mujeres, niños y esclavos. El primer día pasamos junto a
un río que riega la más deliciosa campiña que ojos humanos puedan
haber contemplado. Dicho sitio está como a una legua de la ciudad.
Allí procedió Morgan a colocar sus hombres en orden militar e hizo
colocar a los prisioneros en el centro de la columna y rodeados de
piratas. Terriblemente conmovedor resultaba escuchar los lamentos,
lloros y gritos de esos infelices.
Parece ser que el mismo Morgan no se sentía tranquilo porque
decidió deshacerse de ellos donde primero pudiese venderlos como
esclavos, si no pagaban el rescate. Hay que tener en cuenta que
dichos prisioneros no solamente iban casi desnudos sino hambrientos
y sedientos hasta el extremo, porque Morgan había dispuesto que se
les diese de comer lo menos posible para obligarlos a que se
comunicaran con los suyos que habían :huido de la. ciudad para que
pagasen el rescate. Al paso de Morgan los infelices pedían se les
dejase en Panamá donde estaban dispuestos a vivir en chozas que
edificarían, ya que sus casas habían sido incendiadas. Morgan
respondía invariablemente:
No tengo tiempo que perder escuchando lloriqueos; pidan su
rescate a los suyos y quedarán libres.
Para forzar a los padres, hijos y hermanos de los que llevaba
prisioneros, Morgan advirtió a los emisarios que hacían el oficio
de mediadores, que seguiría marchando con los prisioneros y por
tanto si no se apresuraban a mandar el valor de los rescates, no
sería posible más tarde hacerlo porque estaba dispuesto a vender a
los prisioneros como esclavos.
Aquella noche se descansó allí; pero al día siguiente al darse
orden de seguir adelante la gritería y llanto de los prisioneros
eran tan general que los mismos piratas, endurecidos en toda una
vida de infamia, se mostraban indecisos; pero Morgan no sintió la
menor piedad, terminantemente dió orden de que obligasen a marchar
a los prisioneros arreándolos a golpes de látigo y planazos de
alfanjes.
Entre los prisioneros iba la bella dama de cuya virtud hemos
dado noticia. Al ver que la alejaban para siempre de su esposo, la
dama informó a uno de los piratas de que había confiado a uno de
los religiosos que intervenían en el rescate de los prisioneros, el
secreto del lugar en que tenía guardada una fuerte suma de dinero;
pidiéndole que se la trajese para pagar su rescate, pero dicho
religioso había abusado de su confianza, tomando la suma y
rescatando con ella a un amigo suyo. Aquel rumor llegó a oídos de
Morgan, quien dio órdenes terminantes para que el religioso en
cuestión fuese traído a su presencia. A poco se obligó a comparecer
al fraile, quien no pudo menos que confesar la verdad. Indignado
Morgan por aquel proceder, dio su merecido al fraile, ordenando
seguidamente que la dama fuese puesta en libertad y que ocupase su
lugar el religioso.
Llegados al pueblo de Cruz, que como he dicho queda en el banco
del río Chagre, Morgan hizo publicar un edicto en que se notificaba
a los prisioneros que si en el término de tres días sus parientes
no enviaban el importe de sus rescates, todos serían llevados a
Jamaica. También ordenó Morgan que se colectase cuanto arroz y maíz
fuese necesario para el aprovisionamiento de los buques.
Durante los tres días de plazo fijado los emisarios que
negociaban los rescates anduvieron muy activos y consiguieron
rescatar buen número de prisioneros. Muchos otros no pudieron
lograr ser rescatados no porque no dispusiesen del dinero necesario
sino porque el término angustioso dado por Morgan no permitió a sus
parientes disponer de tiempo para ello.
El 5 de marzo salió la caravana del pueblo de Cruz llevando
cuanto botín se pudo hacer y además algunos nuevos prisioneros que
se hicieron en el pueblo y que se unieron a los de Panamá que no
habían podido pagar su rescate. Tres días después alcanzó a la
caravana un emisario trayendo el importe del rescate del religioso
que había engañado a la dama.
Hallándose la caravana a medio camino del castillo de Chagre,
Morgan dio orden a los piratas de entregar cuanto llevasen encima y
que perteneciese al fondo común, pero para garantizar la
efectividad de su orden impuso un minucioso registro. Para que la
orden fuese cumplida sin protesta Morgan dio el ejemplo permitiendo
que se le registrase minuciosamente; ni siquiera las suelas de las
botas escaparon al registro que él mismo requería, porque es sabido
que los piratas tienen una sorprendente habilidad para ocultar
cualquier objeto de valor. Según la orden el jefe de cada compañía
debía encargarse de practicar la requisa. Esta medida originó
enérgicas protestas entre los piratas franceses, que encontraron
improcedente la orden; mas como estaban en minoría respecto de los
ingleses hubieron de someterse. Terminada esta operación, que dio
lugar a escenas cómicas, embarcaron los piratas en las canoas y
goletas, llegando al castillo de Chagre el día 9.
Morgan encontró todo en buen orden, aunque los piratas tuvieron
que lamentar la muerte de casi todos los piratas heridos que habían
dejado. Pocos días después envió Morgan uno de sus buques a
Portobelo con algunos de los prisioneros que hicieron en Chagre a
requerir al gobernador de aquella ciudad para que pagase el rescate
que demandaba el pirata por el castillo y para notificarle que en
caso contrario desmantelaría y destruiría completamente dicha
fortaleza. La respuesta no se hizo esperar; podían comenzar a
destruir- el castillo cuando quisieran porque no se pagaría ni un
solo cobre.
En vista de que aquel nuevo intento de expoliación no dio
resultado, Morgan procedió a impartir órdenes para que se
distribuyese el botín. Del reparto surgió un general descontento,
aun entre los piratas compatriotas de Morgan. Se decía que no se
había hecho la distribución con la acostumbrada justicia y se
afirmaba que Morgan había retenido para sí las joyas más valiosas
del botín; pero ni los capitanes más allegados al pirata se
atrevieron hacerse responsables de dichos rumores. Sin embargo la
protesta era general: se argüía que era imposible que de una
expedición tan fructífera sólo correspondiesen 200 piezas de a 8
per capita. Esa suma resultaba todavía más ínfima si se tomaban en
consideración las penalidades, peligros y trabajos sufridos. Pero
la general cobardía de los piratas, que no se atrevían a asumir la
responsabilidad de reclamar contra el reparto, permitía a Morgan
permanecer tranquilo y sordo al rumor general.
Pero Morgan comprendió que el clima de Chagres no era saludable
y temiendo que el descontento se tornase en hechos lamentables, dió
orden que se desmantelara el castillo y se prendiese fuego al resto
del poblado. Una vez realizadas las órdenes, sin proceder a reunir
el consejo que era costumbre verificar entre los piratas antes de
separarse, Morgan embarcó a media noche en su buque y abrió velas
llevándose consigo otros tres navíos, sin despedirse de los que no
estaban advertidos de su maniobra. Los bucaneros afirmaban que los
piratas que habían acompañado a Morgan en su fuga habían recibido
una parte superior del botín a la que se había dado al resto de los
expedicionarios.
Tanto los bucaneros, como los piratas que Morgan dejó
abandonados, entre éstos muchos ingleses, gustosos hubieran tomado
venganza inmediata; pero como Morgan había tenido el suficiente
egoísmo para dejarlos sin vituallas, tuvieron que proceder a
aprovisionarse para hacerse a la vela.
Antes de dejar este asunto, resulta conveniente anotar el fin de
las aventuras del notable Morgan. En los años que siguieron al
saqueo de Panamá hasta 1680, tuvo suficiente destreza e interés -
probablemente habilidad - en aplicar su mal adquirida fortuna y a
obtener de Carlos II el honor de ser nombrado caballero y luego
diputado-- gobernador--de Jamaica.
Resulta satisfactorio conocer que lo persiguió el destino y
saber que algunos de sus viejos compañeros lo denunciaron, y que
"después del ascenso al trono de Jaime II, se le removió
del cargo y por algún tiempo lo enviaron a una prisión de
Inglaterra".
La máxima de los bucaneros fue: "ningún lugar más allá
de la línea" - y ellos estuvieron - "unidos a una
virtud, y a miles de crímenes" *******.
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Lices of Drake, Cavendish, et al., New York.
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|Este problema lo aclaró definitivamente el historiador Juan
A. Susto en el artículo |
Morgan no quemó a Panamá La
Vieja, quien basándose en testimonios de primera mano, que
reposan en el Archivo de Indias de Sevilla, comprobó que la
responsabilidad del incendio le cupo al gobernador Juan Pérez de
Guzmán: Véase: Rincón Histórico, Vol. I, pág. 125.
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|En relación con el nombre de la dama, creemos oportuno
reproducir parte del artículo |
El pirata y la dama,
escrito por el historiador Ernesto Castillero R.: "La
historia no ha conservado el nombre de la arrogante panameña.
Esquemeling, prolijo en la descripción de las escenas de este
episodio romántico de su jefe, no lo ha trasmitido a la posteridad;
Salvador Calderón Ramírez le da el de María del Pilar Gamero
("Morgan"); Octavio Méndez P., llámala Inés de
Santa Cruz ("Tierra Firme o El Tesoro de Morgan
"); Charles Drissol la bautiza como Teresa Aguilar
("Amores de Morgan en Panamá"); Rodolfo Ballini
llámala Beatriz de Rocafuerte, haciéndola esposa de don Juan de
Escobar y Salbuena ("Asalto a Panamá"), Vicente
Restrepo también alude a la protagonista sin mencionarla,
("La vida en el Ismeo y las invasiones de los bucaneros en
el siglo XVII"); tampoco la nombra José Luis Lanquilef al
narrar el mismo incidente ("El amor del pirata");
ni lo hizo el cronista español Dionisio de Alcedo y Herrera al
recoger el episodio en su obra ("Piraterías y agresiones
de los ingleses en la América Española"); y el historiador
italiano Vechi que cita el suceso, se lamenta de que la
"historia haya callado el nombre de la honorabilísima
señora". ("Historia de la Marina
Militar"). En Revista Lotería, Vol. XIV, No. 165, agosto
de 1969, Pág. 65.
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