INDICE




 

Al día siguiente, noveno del viaje, Morgan dió orden de marcha muy temprano a objeto de evitar a sus hombres los rigores del sol. A cosa de una hora de camino los piratas avistaron una partida de unos veinte españoles que espiaban sus movimientos y aunque, como los indios, les dieron caza cuidadosamente, no pudieron atrapar a ninguno, porque cuando menos lo esperaban sus perseguidores se les escabullían por una de las innumerables grutas o pasadizos que había en aquellas montañuelas.

Después de marchar algunas horas los piratas llegaron a una cumbre desde la cual pudieron divisar el mar del Sur. A la vista de aquel paisaje, los piratas prorrumpieron en gritos de alegría. Para colmo de su dicha vieron una cantidad de vacas que pacían tranquilamente y acto seguido procedieron a degollarlas, no perdonado siquiera algunos caballos y toros y era cosa de verlos, luego, comer con tal desesperación y gula que más parecían salvajes Y caníbales que hombres europeos.

La preparación de aquella carne era sumarísima; no pasaba de cortarla en trozos y medio chamuscarla en el fuego. Así veíaseles devorarla chorreante de sangre que les corría por las barbas y caía en grandes goterones sobre la indumentaria ya de por sí bastante sucia de aquellos hombres famélicos.

Satisfecha el hambre, Morgan dió orden de marcha, destacando en avanzada un grupo de cincuenta piratas con el propósito de que capturasen algún prisionero, pues, resultaba desesperan te que en nueve días de camino no hubiesen podido atrapar ni una sola persona que pudiese informarles sobre los preparativos que se hacían en Panamá para la defensa.

Al atardecer avistaron los piratas una partida de unos doscientos españoles que sin hacerles frente les gritaban desde lejos algo que resultaba ininteligible. Poco después se hallaban a la vista de los expedicionarios las torres de las iglesias de la ciudad. La alegría no tuvo límites. En todas formas daban muestras de ella los hombres de Morgan; tocaban las cornetas, redoblaban los tambores y los chambergos volaban por el aire. Calmada la algazara, Morgan ordenó acampar allí. Dicha orden fue bien recibida porque los piratas ansiaban caer cuanto antes sobre la ciudad.

Ya de noche, los centinelas advirtieron una partida de cincuenta hombres de caballería española que se acercó hasta la distancia de un tiro de mosquetes y haciendo revolver sus caballos, gritaban los soldados: " ¡Ya nos veremos perros"! La partida regresó a la ciudad, dejando destacados unos siete jinetes que se mantuvieron a la espectativa de los movimientos del campamento pirata.

Cuando ya creían los piratas que los españoles los dejarían tranquilos hasta la mañana siguiente; abrieron fuego las baterías de la ciudad en dirección del campamento, mas hallándose fuera del alcance de las baterías los piratas no se inquietaron mucho. No obstante el fuego duró toda la noche, con pequeños intervalos.

A poco vieron los piratas que volvía a salir un contingente de tropas de caballería de la ciudad y que tomaban posiciones en forma que parecía decir: "por aquí no pasarán". Pero aquellos hombres habituados a la lucha no se inquietaron por aquel despliegue de fuerza; tranquilamente sacaron de sus mochilas los trozos de carne que les había sobrado del banquete de la mañana y comieron con gran parsimonia, tendiéndose después a dormir el más dulce de los sueños y dejando a los centinelas al cuidado de espiar los movimientos de los españoles.

Cuando amaneció revistó Morgan cuidadosamente a sus hombres y los colocó en orden de batalla. El ánimo de los piratas no podía ser mejor. Así al son de sus trompetas y tambores emprendieron la marcha hacia Panamá. Uno de los guías comunicó a Morgan que conocía un camino que aunque más abrupto que el que llevaban, estaría menos sembrado de emboscadas. Pero los españoles advirtieron pronto aquel astuto cambio de ruta que hicieron los piratas y corrieron a esperarlos, dejando sus atrincheramientos y baterías que tenían preparados.

El gobernador contaba para la defensa de Panamá con dos escuadrones de caballería, cuatro regimientos de infantería y varias partidas de indios y negros; además había una manada de toros salvajes que los indios sabían utilizar muy bien contra sus enemigos y que resultaban peligrosos por su brutal atropellada. Al llegar los piratas a una colina, desde donde pudieron advertir la cantidad de gente de que disponía el gobernador para su defensa, comenzaron a dudar del éxito de aquella empresa; mas ninguno hubiese propuesto regresar sin acometerla.

Tras aquel momento de indecisión, todos reaccionaron. Sabían muy bien los piratas que no podía esperar merced de los españoles contra los cuales habían cometido tantas tropelías: no había, pues, otro recurso que pelear, y seguir adelante no importando cuántos fuesen los contrarios y cuán terrible hubiese de ser la lucha. El grito unánime fue: "hay que conquistar la ciudad o dejar aquí el pellejo".

Divididas las fuerzas en tres batallones, se colocaron en avanzada un grupo de bucaneros que son muy diestros en el tiro y de una puntería que jamás falla. Los españoles se hallaban desplegados al pie de la colina que ocupaban los piratas. Lentamente, con paso firme marcharon los piratas contra las fuerzas reales que los esperaban. Al verlos llegar, los españoles, comenzaron a animarse mutuamente con su grito de guerra: " ¡Viva el Rey! ¡Viva el Rey! " Entre tanto los de caballería comenzaron a hacer maniobrar sus caballos, pero era evidente que no podían lograr hacerlo en la forma prevista por el estado en que se encontraba el terreno medio inundado por la reciente lluvia. Dándose cuenta de ello, los doscientos bucaneros que iban a la descubierta echaron rodilla a tierra y les largaron una descarga cerrada. Desde aquel instante la batalla se generalizó por ambas partes.

Como los españoles no habían logrado su propósito de desarticulación la formación de los piratas con la caballería, arrearon los toros salvajes que tenían preparados para el efecto, lo que en el primer momento produjo cierto desconcierto en las avanzadas de Morgan; pero de nuevo los bucaneros echaron rodilla a tierra y comenzaron a derribar a las bestias con sus certeros disparos, eliminando así el peligro.

Ya duraba dos horas la batalla cuando los españoles comenzaron a tratar de retirarse hacia la ciudad, pero los piratas en rápido movimiento lograron acorralar contra la orilla del mar a muchos que trataban de escapar escabulléndose entre los mangalares, exterminándolos a todos los que cayeron en la trampa. Entre estos prisioneros cayó un clérico a quien Morgan no quiso perdonar por más que éste se lo pedía por todos los santos del cielo. También capturaron los piratas a un capitán, que sometido a severo interrogatorio informó a Morgan sobre las fuerzas con que contaba el gobernador para defender la ciudad.

Según el capitán mencionado había en la ciudad 400 hombres de caballería; 24 compañías de infantería de cien hombres cada una; y 60 indios y algunos negros que tenían a su cargo el cuidado de dos mil toros salvajes listos para arrearlos contra los piratas. Igualmente aquél capitán informó a Morgan que se había cavado trincheras en torno a la ciudad y que el camino real se hallaba defendido por una fuerte batería y un fuerte que contaba con ocho cañones de cobre de los grandes, y servidos por cincuenta diestros artilleros.

Tan pronto como terminó el interrogatorio comenzó el capitán Morgan a impartir las órdenes del caso. Hízose el recuento de las pérdidas que resultó muy doloroso, aunque inferiores a las de los españoles que habían tenido 600 muertos, además de los prisioneros y heridos. Así no obstante contar con menos tropas, los piratas se consolaron de sus pérdidas.

Después de un pequeño descanso, Morgan dio orden de avanzar de nuevo sobre la ciudad, previa prestación del juramento de luchar hasta que el último pirata quedase con vida.

Desde el comienzo de su marcha comenzaron los piratas a confrontar dificultades, pues, los españoles tenían estratégicamente montados sus cañones que cargaban con pedazos de hierro y balas de mosquete aumentando así los efectos mortíferos de aquel fuego graneado. Cada paso que avanzaban significaba pérdida para los piratas, viendo los que quedaban en pie cómo caían sus compañeros bajo la metralla enemiga. Pero esto en vez de amilanarlos los enfurecía; y asi cargaban con mayor denuedo.

Todo el valor de los españoles, que no dejaron de luchar un sólo instante, no le sirvió de nada, porque después de tres horas de sangriento combate la ciudad cayó en poder de los piratas. Todos los que en pequeños grupos permanecieron haciendo resistencia a los piratas, después que Morgan llegó al centro de la ciudad, fueron poco a poco exterminados.

Aunque los habitantes de la ciudad habían tenido tiempo para llevar sus dineros y sus joyas a remotos escondites, los hombres de Morgan lograron hacer un buen botín, apoderándose de los grandes almacenes que había llenos de mercancía, tales como telas de seda, hilo y algodón; además de otras de considerable valor.

Tan pronto como pasó el primer momento de desorden, Morgan reunió a todos sus hombres en la plaza principal prohibiéndoles que tomasen ninguna clase de licor, pues según informes que tenía los españoles los habían envenenado con el proposito de exterminarlos si lograban apoderarse de la ciudad. Sin duda, Morgan quiso precaverse contra los excesos en las bebidas a que sabía que se entregaban los piratas después de una victoria, temerosos de que en aquella embriaguez general que sobrevenía los españoles pudiesen reaccionar y hacer una masacre general en sus hombres.

Apenas hizo colocar guardias en los puntos que consideró estratégicos, dispuso Morgan proceder al salvamento de una goleta que estaba parada en la entrada del puerto. En secreto impartió orden para que se les prendiese fuego a varios de los edificios más hermosos de la ciudad. Para todos resultó inexplicable cómo se había producido el incendio que, rápidamente, asumió proporciones terribles cubriendo las llamas gran parte de la población. Al propio tiempo Morgan hizo correr la noticia de que los responsables del siniestro eran los españoles promoviendo de esta suerte el odio contra éstos por parte de los piratas ( |9 ). Tanto los piratas como algunos pobladores nativos hacían grandes esfuerzos por dominar el fuego, cosa que no conseguían porque un fuerte viento que soplaba daba constantemente incremento al fuego. La mayor parte de las casas de la ciudad estaban construidas de madera de cedro, pero resultaban hermosas mansiones por lo bien construidas y la. proporción de su estructura. Interiormente aquellas casas estaban decoradas con el mejor buen gusto y alhajadas con hermosos cuadros y ricos muebles y candelabros. Algunos de estos tesoros fueron salvados por los piratas, pero considerable parte fue pasto de las llamas o quedó dañada o enterrada entre las ruinas.

Panamá contaba, como sede obispal, con dos hermosas iglesias, ocho conventos, de los cuales siete eran de monjes y el octavo de religiosas. También había en la ciudad un gran hospital. Los piratas no pudieron a su llegada a Panamá, hacerse de los vasos sagrados y otras alhajas que se guardaban en aquellas iglesias y conventos, porque los religiosos los habían puesto a salvo con anticipación. Por lo menos había en la ciudad dos mil casas de personas pudientes y unas quinientas de gente pobre. También contaba la ciudad con gran número de establos para las recuas de mulas en que se llevaba a los puertos del Norte el tesoro en plata y oro que llegaba allí procedente del Sur. La ciudad está rodeada de hermosos y fértiles campos, destacándose en su vegetación las palmeras. Gran número de huertas y jardines contribuía a hacer muy hermosa su vista, sintiéndose el viajero deseoso de permanecer allí.

Los genoveses tienen en Panamá un gran edificio donde está el asiento de su comercio negrero que hacen por aquellas costas del sur. Entre las casas destruidas quedó ésta, además de gran número de las más hermosas. Más de doscientos galpones o depósitos fueron también pastos de las llamas; allí perecieron muchos esclavos que sus amos habían tratado de esconder entre las bolsas de harina y otras mercaderías que se guardaban en dichos depósitos.

Cuatro semanas después de aquella noche terrible, se veía arder todavía la que había sido próspera y hermosa ciudad de Panamá.

Mientras aquellos sucesos tenían lugar los piratas acampaban en las afueras, pues no dejaban de comprender que aun derrotados como habían quedado los españoles, eran tan numerosos que podían atacarlos con buena fortuna. Tanto el largo y penoso viaje, como la batalla que hubieron de librar para tomar a Panamá, había disminuido notablemente los efectivos de Morgan. Buen número de piratas heridos fueron alojados en la iglesia que quedó en pie. El haber enviado Morgan cien hombres hacia Chagres para llevar la nueva del éxito de su expedición a Panamá había disminuido también sus tropas.

No era raro que desde el campamento de los piratas viesen éstos merodear por las cercanías algunos contingentes de las derrotadas fuerzas españolas, que por fortuna para las de Morgan habían quedado tan escarmentadas que no se atrevían a atacarlos.

Al medio día de aquel que había de resultar fatal, Morgan dió permiso a una fracción de sus hombres para que procedieran a la búsqueda de los objetos de valor entre las ruinas de las iglesias, conventos y casas dé la ciudad incendiada. El resultado de ésta búsqueda resultó fructífero, pues, los piratas consiguieron gran cantidad de objetos de valor. Ciento cincuenta de los mejores hombres de Morgan fueron destacados por los alrededores de la ciudad con el propósito de capturar a los fugitivos que hallasen. Dos días después volvieron éstos piratas a presencia de su jefe trayendo doscientos prisioneros en una minuciosa requisa de los campos vecinos que había efectuado. Aquel mismo día llegó el buque que Morgan había despachado a los mares del sur trayendo cautivos 3 barcos españoles; pero aquel botín no había satisfecho a los piratas porque la mejor presa, cierto galeón en donde iba toda la plata que se encontraba en la tesorería del Rey, se les había escapado de entre las manos. Sabían los piratas que en aquel navío iba también cuanto de gran valor tenían los comerciantes de Panamá, tal como perlas, oro y joyas. También se supo que en aquel mismo barco iban todas las monjas y los tesoros de los conventos.

Por uno de los barcos que habían apresado, los piratas obtuvieron noticia de que aquel galeón estaba débilmente artillado, pues, sólo tenía 7 pequeños cañones y 12 mosquetes. También supieron los piratas que carecía de vituallas. Así consideraron que hacer aquella rica presa no les resultaría difícil ni costoso, porque sin duda tendrían los españoles que viajaban en dicho galeón que recalcar en alguna de las radas de la costa para hacer provisiones. Pero faltos de previsión los piratas se entregaron a buscar un rico vino de España que llevaba por cargamento uno de los barcos apresados. Bien pronto los efectos de la embriaguez dejaron a los piratas en circunstancia nada propicias para efectuar el abordaje que tenían que intentar si querían apoderarse del galeón del Rey. Cuando al día siguiente de la orgía los piratas se dieron cuenta de su falta de previsión, parecía ser ya tarde para echarle el guante al galeón. Así ninguna diligencia les resultó propicia porque por más que registraron todas las ensenadas e islas no pudieron echarle el ojo encima al buque que buscaban. Sin embargo las diligencias que hicieron les procuraron dos buques cargados de mercancías, que eran los que llevaban a su jefe, además del otro capturado con anterioridad.

Morgan no se consoló de la pérdida del galéon real. Interrogó hábilmente a los prisioneros tomados en los otros buques y ordenó inmediatamente que cuatro barcos se hicieran a la vela en persecución del galeón del tesoro. Salieron, pues, los buques dichos de Panamá inspeccionando detenidamente todas las costas hasta que convencido de que todo era inútil, regresaron a Taboga donde encontraron un navío que había recalado allí procedente de Paita y que traía un gran cargamento de ropa, azúcar, jabón y galletas, además de 20.000 piezas de a ocho. También se apoderaron en aquel lugar de una goleta y en la "cual trasbordaron parte de la mercancía y algunos esclavos negros que habían tomado en las plantaciones de la isla. Así no muy contentos regresaron a Panamá.

Casi al mismo tiempo regresaron los comisionados que habían ido a Chagres trayendo la noticia de que por allá las cosas también marchaban a pedir de boca. Contaron cómo un barco español cargado de abastecimientos había caído en sus manos incautamente. Este buque perseguido de cerca por los barcos de Morgan que hacían el crucero por aquellas costas, había corrido a buscar refugio en el fuerte, visto lo cual por los que lo guardaban enarbolaron la bandera española con lo que acabaron de engañar al español que se metió tranquilamente por el puerto.

Aquellas buenas noticias hicieron que Morgan decidiese permanecer algún tiempo más en Panamá. Diariamente enviaba partidas por los alrededores a capturar a los españoles que se habían fugado de la ciudad a su llegada. En poco tiempo pudo reunir el pirata gran número de personas de calidad a quienes sometió a sus bárbaras torturas de costumbre obteniendo confesiones que le permitieron ir reuniendo un cuantioso botín. Recuerdo que en una de estas ocasiones capturaron los piratas a un pobre diablo que hallaron escondido en una de las casas de un caballero principal. El tal prisionero iba vestido con un calzón de tafetán que había pertenecido a su amo y llevaba colgada al cuello, pendiente de una cinta, una llavecita de plata. Sobre la marcha los piratas preguntaron al español por el paradero del cofre a que pertenecía aquella llavecita; pero el infeliz no supo qué contestar manifestando que habiendo vuelto del campo a la ciudad y hallando la casa de su señor en ruinas, se había apropiado de aquel traje y de la llavecita de plata. Está de más decir que los piratas no quedaron satisfechos con aquella contestación y que acto seguido lo sometieron a las más crueles torturas. Puesto en el potro trataban de hacerlo hablar y como no lo consiguiesen, indignados, le descoyuntaron brazos y piernas; pero allí no terminó aquello: acto seguido lo sometieron al torniquete en forma tan brutal que los ojos se le saltaron de las órbitas como si fuesen huevos. Con todo el infeliz permaneció mudo o sosteniendo su primera declaración. Así llegaron a cortarle las orejas, la nariz y luego le entregaron a un esclavo negro para que lo rematara a lanzazos.

Este es solo uno de los casos que se sucedían en la ciudad, pues, aquellas torturas constituían la diversión favorita de los hombres de Morgan. Ni la edad ni el sexo constituían para éstos hombres motivos de excepción; tampoco perdonaban a los religiosos cuyos hábitos menospreciaban con escarnio. Las mujeres eran víctimas de sus deseos; pero en ello no hacían sino seguir el ejemplo que les daba su jefe Morgan, pues, no había prisionera hermosa que cayera en su poder que no tratase el pirata de hacerla víctima de sus deseos e instrumento de su placer. Uno de aquellos casos marca la conducta del capitán.

Entre los prisioneros traídos de Taboga se hallaba una hermosísima dama que era la esposa de uno de los más ricos comerciantes de Panamá ( |10 ). Aquella dama no sólo era hermosa en extremo sino que tenía un corazón todo bondad. Era una mujer tan distinguida que en Europa no hubiese desmerecido en cortejo con las mejores damas de las sociedades de allí; y quizás no hubiese tenido una que la sobrepasara. El esposo de esta dama se encontraba en viaje por el Perú, pues su inmensa fortuna y extensos negocios lo requerían así frecuentemente. Al tener noticia de la llegada de los piratas la dama en referencia había huído en compañía de algunos de sus criados más fieles y varios familia res a Taboga. Mas los piratas la apresaron en Taboga y fue traída a presencia del capitán Morgan. Tan pronto como los ojos de Morgan repararon en la singular belleza de la dama, dió orden de que fuese alojada en una habitación especial. La baila dama se deshizo en lágrimas pidiendo al pirata que le permitiese permanecer en compañía de sus criados y amigos, pero no pudo conseguirlo. Las atenciones de Morgan con la dama no se limitaron al alojamiento excelente que le hizo dar, sino que le hacía servir de los alimentos de su propia mesa. Como la dama había escuchado siempre mil historias crueles referentes a los piratas, a quienes se imaginaba empedernidos malhechores que vivían maldiciendo el santo nombre de Dios, quedó atónita ante las atenciones de Morgan, quien con pretensión de conquistar su corazón hacía lo imposible por mostrarse gentil a sus ojos. Su descaro llevaba hasta invocar el nombre de Jesucristo ante la dama y es muy seguro que jamás aquel hombre creyó en la santidad del Mesías. La dama cada vez más engañada parecía arrepentida de haber tenido en tan mal concepto a los piratas; ya no veía a Morgan como el monstruo sanguinario que le habían pintado y llegó a la conclusión de que también aquellos ladrones eran seres humanos como ellos, los españoles.

Pero la dulzura no duró más que tres o cuatro días porque al surgir las primeras dificultades en la relación de su propósito, tornóse de amable en cruel. Durante todos aquellos días Morgan había visitado a su prisionera requiriéndola de amor. La dama resistía a sus pretensiones en la forma más gentil que le era dado, temerosa de su propia suerte y de sus criados que el capitán tenía prisioneros, más su modestia y su bondad no calmaban al pirata; por el contrario aquella dulzura de la dama hacía que la desease más cada día; nada pudo conseguir el capitán halagando la vanidad de la dama en cuyas manos ponía la rica colección de.joyas producto de sus rapiñas. La española con dulce firmeza resistía el halago del oro y las joyas, dando al capitán evidentes pruebas de su virtud.

Cuando Morgan vió agotados todos los pedidos convincentes, montó en terrible cólera y comenzó a amenazarla con castigos crueles y tormentos inenarrables. Mas la dama no cejó; aquel mismo día hízole llegar un billete en que decía al pirata: "Señor: Mi vida está en vuestras manos; pero habéis de separar mi alma de mi cuerpo antes de conseguir lo que de mi pretendéis, pues ninguna violencia ni ningún tormento me harán llegar voluntariamente a vuestros brazos".

Tan pronto como Morgan recibió aquel mensaje, dió orden de que se le quitaran sus ricos vestidos y que se la encerraran en el más oscuro y malsano de los calabozos que hubiera en la ciudad y que se le diera por todo alimento un pan y el agua suficiente a fin de que no pereciera de hambre y de sed. Ya en su oscura prisión la dama no cesaba de pedir al cielo paciencia y fuerza para resistir su cautiverio. Convencido Morgan de que aquella mujer era inquebrantable y enterado de que algunos de sus capitanes le criticaban, compadecidos de la bella señora, propaló la noticia de que la prisión de la dama obedecía a que se había comprobado que trató de enviar un mensaje a los españoles dándoles noticia sobre los piratas y pidiéndoles que atacasen la ciudad.

Como testigo ocular que fui de aquellas escenas, puedo certificar que jamás presencié en la azarosa vida con aquellos piratas, un caso más excepcional de virtud en ninguna de las mujeres que caían en manos de aquellos foragidos. Mas dejémosla por algunos momentos, que ya volveremos a encontrarla más adelante.

Hacía tres semanas que los piratas estaban en la ciudad, cuando el capitán Morgan dio orden de que comenzaran a hacer los preparativos para la marcha. Algunas partidas de piratas salieron en busca de caballerías, especialmente mulas que abundaban en aquella comarca para llevar el botín hasta el río donde se encontraban las canoas.

Corrió la voz, sin saber de donde partía, de que un grupo de piratas abrigaba el propósito de separarse del capitán Morgan y apoderarse de uno de los barcos que estaban en el puerto para salir por cuenta propia pirateando camino de las Indias Orientales, de regreso a Europa. Se murmuraba que dicho plan estaba bien estudiado y que sus presuntos autores habían venido de tiempo atrás haciendo provisiones de armas, pólvora y hasta que contaban con varios cañones pequeños para artillar el barco. Lo cierto es que aquel proyecto tenía visos de realidad y se aseguró que fue denunciado a Morgan por uno de los capitanes comprometidos, por lo cual éste dio orden de incendiar todos los barcos que estaban en el puerto, aunque sólo uno podía servir para el intento porque los restantes eran canoas impropias para la empresa.

Para mantener ocupados a sus hombres Morgan dio orden de que volviesen a salir algunas partidas a traer a los españoles que hallasen por los alrededores, encargándoles que hiciesen lo propio con los monjes cuyo rescate siempre era pagado a alto precio. También dió orden al capitán que se procediese al desmantelamiento de la artillería española y envió una comisión especial hacia cierto lugar en que se decía se había refugiado el gobernador con algunas fuerzas y donde había puesto algunas emboscadas para precaverse contra los piratas. Pronto regresó esta comisión trayendo algunos pocos prisioneros, parte de un pequeño grupo de soldados que intentó cerrarles el paso y manifestando que no había tales emboscadas.

El 24 de febrero de 1671 salió el capitán Morgan de Panamá o mejor dicho del lugar en que existiera la ciudad. Delante de los expedicionarios marchaban 175 mulas cargadas de oro, plata, joyas y objetos de valor. Llevaban, además, seiscientos prisioneros entre hombres, mujeres, niños y esclavos. El primer día pasamos junto a un río que riega la más deliciosa campiña que ojos humanos puedan haber contemplado. Dicho sitio está como a una legua de la ciudad. Allí procedió Morgan a colocar sus hombres en orden militar e hizo colocar a los prisioneros en el centro de la columna y rodeados de piratas. Terriblemente conmovedor resultaba escuchar los lamentos, lloros y gritos de esos infelices.

Parece ser que el mismo Morgan no se sentía tranquilo porque decidió deshacerse de ellos donde primero pudiese venderlos como esclavos, si no pagaban el rescate. Hay que tener en cuenta que dichos prisioneros no solamente iban casi desnudos sino hambrientos y sedientos hasta el extremo, porque Morgan había dispuesto que se les diese de comer lo menos posible para obligarlos a que se comunicaran con los suyos que habían :huido de la. ciudad para que pagasen el rescate. Al paso de Morgan los infelices pedían se les dejase en Panamá donde estaban dispuestos a vivir en chozas que edificarían, ya que sus casas habían sido incendiadas. Morgan respondía invariablemente:

No tengo tiempo que perder escuchando lloriqueos; pidan su rescate a los suyos y quedarán libres.

Para forzar a los padres, hijos y hermanos de los que llevaba prisioneros, Morgan advirtió a los emisarios que hacían el oficio de mediadores, que seguiría marchando con los prisioneros y por tanto si no se apresuraban a mandar el valor de los rescates, no sería posible más tarde hacerlo porque estaba dispuesto a vender a los prisioneros como esclavos.

Aquella noche se descansó allí; pero al día siguiente al darse orden de seguir adelante la gritería y llanto de los prisioneros eran tan general que los mismos piratas, endurecidos en toda una vida de infamia, se mostraban indecisos; pero Morgan no sintió la menor piedad, terminantemente dió orden de que obligasen a marchar a los prisioneros arreándolos a golpes de látigo y planazos de alfanjes.

Entre los prisioneros iba la bella dama de cuya virtud hemos dado noticia. Al ver que la alejaban para siempre de su esposo, la dama informó a uno de los piratas de que había confiado a uno de los religiosos que intervenían en el rescate de los prisioneros, el secreto del lugar en que tenía guardada una fuerte suma de dinero; pidiéndole que se la trajese para pagar su rescate, pero dicho religioso había abusado de su confianza, tomando la suma y rescatando con ella a un amigo suyo. Aquel rumor llegó a oídos de Morgan, quien dio órdenes terminantes para que el religioso en cuestión fuese traído a su presencia. A poco se obligó a comparecer al fraile, quien no pudo menos que confesar la verdad. Indignado Morgan por aquel proceder, dio su merecido al fraile, ordenando seguidamente que la dama fuese puesta en libertad y que ocupase su lugar el religioso.

Llegados al pueblo de Cruz, que como he dicho queda en el banco del río Chagre, Morgan hizo publicar un edicto en que se notificaba a los prisioneros que si en el término de tres días sus parientes no enviaban el importe de sus rescates, todos serían llevados a Jamaica. También ordenó Morgan que se colectase cuanto arroz y maíz fuese necesario para el aprovisionamiento de los buques.

Durante los tres días de plazo fijado los emisarios que negociaban los rescates anduvieron muy activos y consiguieron rescatar buen número de prisioneros. Muchos otros no pudieron lograr ser rescatados no porque no dispusiesen del dinero necesario sino porque el término angustioso dado por Morgan no permitió a sus parientes disponer de tiempo para ello.

El 5 de marzo salió la caravana del pueblo de Cruz llevando cuanto botín se pudo hacer y además algunos nuevos prisioneros que se hicieron en el pueblo y que se unieron a los de Panamá que no habían podido pagar su rescate. Tres días después alcanzó a la caravana un emisario trayendo el importe del rescate del religioso que había engañado a la dama.

Hallándose la caravana a medio camino del castillo de Chagre, Morgan dio orden a los piratas de entregar cuanto llevasen encima y que perteneciese al fondo común, pero para garantizar la efectividad de su orden impuso un minucioso registro. Para que la orden fuese cumplida sin protesta Morgan dio el ejemplo permitiendo que se le registrase minuciosamente; ni siquiera las suelas de las botas escaparon al registro que él mismo requería, porque es sabido que los piratas tienen una sorprendente habilidad para ocultar cualquier objeto de valor. Según la orden el jefe de cada compañía debía encargarse de practicar la requisa. Esta medida originó enérgicas protestas entre los piratas franceses, que encontraron improcedente la orden; mas como estaban en minoría respecto de los ingleses hubieron de someterse. Terminada esta operación, que dio lugar a escenas cómicas, embarcaron los piratas en las canoas y goletas, llegando al castillo de Chagre el día 9.

Morgan encontró todo en buen orden, aunque los piratas tuvieron que lamentar la muerte de casi todos los piratas heridos que habían dejado. Pocos días después envió Morgan uno de sus buques a Portobelo con algunos de los prisioneros que hicieron en Chagre a requerir al gobernador de aquella ciudad para que pagase el rescate que demandaba el pirata por el castillo y para notificarle que en caso contrario desmantelaría y destruiría completamente dicha fortaleza. La respuesta no se hizo esperar; podían comenzar a destruir- el castillo cuando quisieran porque no se pagaría ni un solo cobre.

En vista de que aquel nuevo intento de expoliación no dio resultado, Morgan procedió a impartir órdenes para que se distribuyese el botín. Del reparto surgió un general descontento, aun entre los piratas compatriotas de Morgan. Se decía que no se había hecho la distribución con la acostumbrada justicia y se afirmaba que Morgan había retenido para sí las joyas más valiosas del botín; pero ni los capitanes más allegados al pirata se atrevieron hacerse responsables de dichos rumores. Sin embargo la protesta era general: se argüía que era imposible que de una expedición tan fructífera sólo correspondiesen 200 piezas de a 8 per capita. Esa suma resultaba todavía más ínfima si se tomaban en consideración las penalidades, peligros y trabajos sufridos. Pero la general cobardía de los piratas, que no se atrevían a asumir la responsabilidad de reclamar contra el reparto, permitía a Morgan permanecer tranquilo y sordo al rumor general.

Pero Morgan comprendió que el clima de Chagres no era saludable y temiendo que el descontento se tornase en hechos lamentables, dió orden que se desmantelara el castillo y se prendiese fuego al resto del poblado. Una vez realizadas las órdenes, sin proceder a reunir el consejo que era costumbre verificar entre los piratas antes de separarse, Morgan embarcó a media noche en su buque y abrió velas llevándose consigo otros tres navíos, sin despedirse de los que no estaban advertidos de su maniobra. Los bucaneros afirmaban que los piratas que habían acompañado a Morgan en su fuga habían recibido una parte superior del botín a la que se había dado al resto de los expedicionarios.

Tanto los bucaneros, como los piratas que Morgan dejó abandonados, entre éstos muchos ingleses, gustosos hubieran tomado venganza inmediata; pero como Morgan había tenido el suficiente egoísmo para dejarlos sin vituallas, tuvieron que proceder a aprovisionarse para hacerse a la vela.

Antes de dejar este asunto, resulta conveniente anotar el fin de las aventuras del notable Morgan. En los años que siguieron al saqueo de Panamá hasta 1680, tuvo suficiente destreza e interés - probablemente habilidad - en aplicar su mal adquirida fortuna y a obtener de Carlos II el honor de ser nombrado caballero y luego diputado-- gobernador--de Jamaica.

Resulta satisfactorio conocer que lo persiguió el destino y saber que algunos de sus viejos compañeros lo denunciaron, y que "después del ascenso al trono de Jaime II, se le removió del cargo y por algún tiempo lo enviaron a una prisión de Inglaterra".

La máxima de los bucaneros fue: "ningún lugar más allá de la línea" - y ellos estuvieron - "unidos a una virtud, y a miles de crímenes" *******.

 

******* Lices of Drake, Cavendish, et al., New York.
|9 |Este problema lo aclaró definitivamente el historiador Juan A. Susto en el artículo | Morgan no quemó a Panamá La Vieja, quien basándose en testimonios de primera mano, que reposan en el Archivo de Indias de Sevilla, comprobó que la responsabilidad del incendio le cupo al gobernador Juan Pérez de Guzmán: Véase: Rincón Histórico, Vol. I, pág. 125.
|10 |En relación con el nombre de la dama, creemos oportuno reproducir parte del artículo | El pirata y la dama, escrito por el historiador Ernesto Castillero R.: "La historia no ha conservado el nombre de la arrogante panameña. Esquemeling, prolijo en la descripción de las escenas de este episodio romántico de su jefe, no lo ha trasmitido a la posteridad; Salvador Calderón Ramírez le da el de María del Pilar Gamero ("Morgan"); Octavio Méndez P., llámala Inés de Santa Cruz ("Tierra Firme o El Tesoro de Morgan "); Charles Drissol la bautiza como Teresa Aguilar ("Amores de Morgan en Panamá"); Rodolfo Ballini llámala Beatriz de Rocafuerte, haciéndola esposa de don Juan de Escobar y Salbuena ("Asalto a Panamá"), Vicente Restrepo también alude a la protagonista sin mencionarla, ("La vida en el Ismeo y las invasiones de los bucaneros en el siglo XVII"); tampoco la nombra José Luis Lanquilef al narrar el mismo incidente ("El amor del pirata"); ni lo hizo el cronista español Dionisio de Alcedo y Herrera al recoger el episodio en su obra ("Piraterías y agresiones de los ingleses en la América Española"); y el historiador italiano Vechi que cita el suceso, se lamenta de que la "historia haya callado el nombre de la honorabilísima señora". ("Historia de la Marina Militar"). En Revista Lotería, Vol. XIV, No. 165, agosto de 1969, Pág. 65.
 

anterior | índice | siguiente