EL SANCOCHO ESTA A PUNTO DE
EMPEZAR
Así pues, en Panamá, un pobre chino y un humilde burro, muertos;
un Gobernador "autopreso", y siete Generales
amarrados. Nada más, y nada menos
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Pero, del lado del Atlántico, ¿qué pasaba del lado del
Atlántico, en Colón? Pasaba, nos dice Terán, que "el
Coronel Torres, viendo que amanecía Dios el miércoles 4 de
noviembre, sin que se dieran por los encargados del Ferrocarril de
Panamá las trazas conducentes al transporte de tropas, apretó sus
gestiones delante del Superintendente con tanto vigor que obligó a
este empleado a entregarle la carta; vale decir, a confesarle que
el negocio del transporte estaba todo en manos del Comandante
Hubbard, del "Nashville", y no en las suyas
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Confesión que dejó a Torres en gran perplejidad. Porque tanto él
cómo la oficialidad del Crucero "Cartagena",
ignoraban por completo lo que el día anterior había acontecido en
la capital del Istmó
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Mas el Comandante Hubbard sí que tenía
ya noticia de todo, lo mismo que un grupillo de conjurados de la
localidad. Pues ha de saberse que en Colón también estaba operando
aquella "negra y sórdida maquinación" que el
Senador Pérez y Soto había denunciado en el Senado de Bogotá. Allí,
nos cuenta don José Agustín Arango, "el encargado de
secundar el movimiento separatista fue don Porfirio Meléndez, y la
Policía, con su Primer Jefe, el General Ortiz, y su Segundo, el
Capitán Achurra entraron también en la conjura. Además, don
Orondaste Martínez y don J. E. Lefevre dieron asimismo eficaz y
buena ayuda"
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. Había, por tanto, en Colón, una
"célula" separatista a la cual, como es lógico,
se había provisto de plata contante y sonante para operar. Y el
mismo día 3 por la nochecita, una vez que los Generales colombianos
estuvieron a buen recaudo, Amador Guerrero utilizó el teléfono
privado del Ferrocarril para transmitirle a Porfirio Meléndez el
santo y seña más criollo, salado y tropical que, jamás, en estos
países de conspiraciones, cuartelazos y pronunciamientos, ha podido
inventarse: "El sancocho está a punto de
empezar". Lo que en buen romance quería decir: los
Generales, presos, y también de Obaldía: puede proceder. ..
¿Proceder a qué? ¿Pues a qué iba a ser sino a sobornar o a
intentarlo, puesto que el arma principal que estaba en juego era el
dinero? Así que temprano, aquél miércoles 4 de noviembre, don
Porfirio y don Orondaste se dieron a la tarea que se les tenía
encomendada y fueron en busca del Coronel Torres, lo llevaron a la
cantina del Hotel Astor (sitio al parecer adecuado para
conferenciar con el oficial colombiano) y allí, "entre
copa y copa, le soltaron la noticia de lo ocurrido la víspera en la
capital, remachándosela poco más o menos con el siguiente discurso:
la independencia de Panamá es obra de los Estados Unidos. El navio
de guerra yanqui que está en la bahía y otros que están al llegar,
demostrarán a usted lo mucho que le va en esta aventura al Gobierno
de aquel país... Torres, por fortuna, no parecía hecho de madera
tan porosa como la de Huertas. Así que cuando se hubo persuadido de
la verdad de los hechos, su indignación no tuvo límites y juró no
darse descanso hasta obtener la libertad de los prisioneros. Mas,
¿cómo la obtendría desde Colón, donde estaba en patio para él
extraño y además hostil?... Sin embargo, llamó al Prefecto de
Policía, Pedro A. Cuadros, y le ordenó que fuera al Consulado
norteamericano y le dijera al Cónsul, señor Malmrose, de cómo
estaba resuelto a declarar la ciudad en estado de sitio y a
arremeter contra todos los patrocinadores extranjeros del
pronunciamiento, si antes de las dos de la tarde no se ponía en
libertad a los Generales. Dice aquí Henry N. Hall en "The
Story of Panamá". Cuadros trató de disuadir a Torres de
este empeño; pero Torres se mantuvo en sus trece, agregando que se
apoderaría del tren a la fuerza. A lo cual se opuso el Prefecto
(que estaba metido en la conjura, agregamos nosotros) quien acabó
por aconsejarle que aceptara el dinero ofrecido por Meléndez y
tomara, con su gente, el camino de Cartagena"
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El Coronel Elíseo Torres Gutiérrez era oriundo del Valle del
Cauca, y como tantos otros oficiales de la guerra civil que no
buscaron en el ejercicio de las armas otra cosa que un modo de
sobrevivir en medio de la tormenta, era lo que se llama un pobre
diablo. Quizá en el curso de su carrera demostrase algún mérito en
obediencia de órdenes superiores; pero carecía de iniciativa y,
sobre todo, le faltaba esa chispa genial que, en un momento dado,
es capaz de convertir en héroes a los simples mortales. Además, era
también "cultor apasionado del dios de las
Viñas". Y quiso el triste Destino de Colombia que en
aquellas manos irresolutas y sobre una tal cabeza de chorlo,
viniera a reposar, en la hora más crítica de su historia, la suerte
entera de toda la Nación. Sin embargo, algo se agitaba oscuramente
en el subconsciente del Oficial colombiano que le estaba diciendo
cómo aquellas propuestas eran criminales. Y su reacción primaria no
pudo ser más dramática.
Pero quien debe narrarnos lo que de aquí en adelante sucedió, es
el propio Comandante del "Nashville", cuyo
testimonio, una vez descontada tal cual exageración encaminada a
relievar ante sus superiores su "buena conducta",
debe prestarnos crédito entero. Dijo, en efecto, el Comandante
Hubbard a su gobierno en parte oficial:
"A la 1 p. m. del día 4 de noviembre me llamaron desde
tierra por medio de señal previamente convenida. Encontré en el
muelle al Cónsul de los Estados Unidos, señor Malmrose, al
Vicecónsul señor Hyatt, y al Coronel Shaler, Superintendente del
Ferrocarril. Díjome el Cónsul haber recibido del Jefe de las tropas
colombianas, Coronel Torres, por conducto del Prefecto de Colón,
aviso de que si los Generales colombianos Tobar y Amaya, hechos
prisioneros, no eran puestos en libertad antes de las 2 p. m. de
hoy, él, Torres, haría fuego sobre la ciudad y mataría a todos los
ciudadanos americanos que encontrase; por lo que me pedían consejo
y esperaban que yo obrase... Yo (entonces) recomendé que todos los
ciudadanos de los Estados Unidos se refugiasen en el caserón de
manipostería que sirve de Estación Ferrocarril, construcción que se
presta admirablemente para la defensa, y dispuse desembarcar
inmediatamente un cuerpo de soldados tan numeroso como lo
permitieran las conveniencias del buque, con armas suplementarias
para los ciudadanos. Habiéndose convenido así, regresé acto seguido
a bordo... y di la orden para el desembarco. A las 1:30 p. m. se
trasladaron en sus botes unos 42 hombres... (y) como el caso urgía,
dispuse verbalmente que se tomaran el edificio mencionado y lo
pusieran en las mejores condiciones posibles para la protección de
las vidas de los ciudadanos allí reunidos, no debiendo hacer fuego
mientras no se les hiciera a ellos... El
"Nashville", entonces, levantó anclas y se puso a
rondar el frente marítimo de la ciudad, pronto a disparar sobre
ella... Momentos después de ocupar nosotros el caserón, los
colombianos lo rodearon y durante hora y media se mostraron
amenazantes, como queriendo provocar un ataque. Por fortuna nuestra
gente conservó su sangre fría aún en los momentos más tensos, y ni
de una parte, ni de otra, salió un solo tiro..."
Hasta aquí el Comandante Hubbard. ¿Se concibe un instante más
crítico? Todo, pero absolutamente todo estaba listo para que la
opereta que hasta allí se había venido representando, se tornara
tragedia, y tragedia sublime, que habría hecho de su principal
protagonista uno de los grandes héroes no sólo de Colombia sino de
la América española, y aún de todo el mundo. El plomo de una bala,
pero de una sola, que en aquel momento hubiera sido disparada, se
habría convertido con el tiempo en río inagotable de bronce para
perpetuar el gesto romántico y simbólico de todos los pueblos
débiles y oprimidos.
Por desgracia para toda Hispanoamérica, incluso Panamá, el
Coronel Torres no estaba hecho con la misma masa de un Ricaurte, y
ni siquiera con la de uno de tantos e incontables héroes conocidos
o anónimos que en nuestras muchas guerras civiles o internacionales
dieron muestras de bravura comparable a la de los mejores soldados
del mundo. El Coronel Torres no era, ya lo dijimos, sino un pobre
diablo. Y los pobres diablos no tienen sino figura de tales. Y si,
además, son "cultores del Dios de las Viñas", su
valor y su ferocidad sólo tienen lugar cuando esa divinidad está
ejerciendo influencia sobre su ánima.
Así que mientras estuvo habitado por Baco, dio rienda suelta a
su justa indignación con juramentos y amenazas; aún más: se lanzó a
la acción y desplegó sus fuerzas de combate. El honor de Colombia
iba a ser vengado con una masacre histórica digna de Sansón. Pero
en cuanto el "Dios de las Viñas" empezó
lentamente a alejarse, de igual modo el ánimo se le fe aflojando al
presunto héroe, y pensamientos e inquietudes de orden menos divino
llegaron a asaltarlo. ¿Sería cierto lo que Porfirio y Orondaste le
habían asegurado sobre la participación del Gobierno norteamericano
en el asunto? Tenía que serlo, puesto que allí estaban los marinos
del "Nashville", parapetados detrás de unas pacas
de algodón, frente a la Estación Ferrocarrilera. Entonces, ¿tenía
objeto práctico una matanza general de la que él mismo y no sólo
sus soldados serían víctimas? De momento, él era el mas fuerte,
pero, aunque lograra reducir a los yanquis y eliminar a todos los
refugiados en la Estación, ¿solucionaría aquello el problema
político del separatismo istmeño bajo la protección de la bandera
de las barras y las estrellas? Detrás del
"Nashville", ¿cuántas unidades navales estarían
por llegar para vengar a sus compatriotas? ¿Se hallaría Colombia en
condiciones de enviar refuerzos? ¿Hasta cuándo y con qué elementos
podrían el y sus gentes resistir sucesivas oleadas de marinos
yanquis, de refresco? No; lo mejor sería entonces esperar...
Pero, estando a la espera, he aquí que algo intempestivo y
terrible acontece al infortunado Torres.
Y fue que, viendo el General Elias Borrero (vallecaucano),
Comandante del Crucero "Cartagena" surto en la
bahía (en el cual había llegado el General Tobar con su Batallón)
que el "Nashville" preparaba zafarrancho de
combate y apuntaba sus cañones así al tricolor de su buque, como al
que cobijaba en tierra el Batallón de
"Tiradores", levó anclas y puso proa hacia el
Océano, en cuya inmensidad, dejando sólo larga estela de espuma y
humo, lo vio perderse Torres, desde sus parapetos. La historia
colombiana debe recoger el nombre del General Elías Borrero para
exhibirlo como un ejemplo de cobardía incalificable. Y si el
Coronel Torres hubiera tenido alguna remota noticia de literatura
griega, se habría acordado de Philoctetes, abandonado cruelmente
por sus compatriotas en una isla desierta; aquel recuerdo habría al
menos confortado su espíritu pensando que, acaso, un oráculo
misterioso le tendría reservada como al personaje de Sófocles,
sorpresiva escapatoria de la trampa en que estaba agarrado. Pero el
pobre Coronel no sabía nada de nada, y lo único que veía y de que
se daba cuenta era de que sus propios compatriotas lo habían dejado
a la luna de Valencia. Resolvió parlamentar
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390.
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Con perversidad, y quizá para saciar algún resentimiento viejo
contra el desgraciado perdedor de los dos Aguadulces, Huertas, en
su citada obra, página 34, dice que al General F. de P. Castro lo
cogieron preso en el retrete, donde había permanecido oculto
durante el desarrollo de los sucesos.
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391.
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Terán, Opus cit. Tomo III, parte 2a. Pág. 235.
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392.
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El secreto había sido tan bien
guardado y las tropas colombianas en Colón hallábanse tan ajenas a
lo que en Panamá había ocurrido, que el General Marcos Alzate
(padre del que fue líder del partido conservador colombiano
Gilberto Alzate Avendaño) le refirió al autor de esta obra que él,
siendo capitán adscrito a la oficialidad del Crucero "Cartagena",
resolvió el día 4 de noviembre y con permiso de su superior "ir a
Panamá a hacer una diligencia", para lo cual tomó el tren de la
mañana. Su sorpresa fue grande cuando al llegar a la estación de
"Emperador" compró un ejemplar de "La Estrella" y, "por el
periódico me enteré de lo que acababa de pasar. Luego, al
desembarcar, me pusieron preso". (De notas tomadas por el autor en
conversación con el General Alzate).
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393.
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José Agustín Arango, Opus Cit. Pág. 233. hay que anotar,
marginalmente, aunque el personaje no valga para tanto, que el
señor Orondaste Martínez Jánica, era oriundo de Cartagena,
residenciado mucho tiempo atrás en el Istmo, donde se dedicaba a
actividades de agiotista. En cuanto a J. E. Lefevre, el popular
"Joe" Lefevre, como era generalmente conocido (después embajador de
Panamá en Colombia)a quien cita José Agustín como cómplice segundón
en la tramoya conviene destacar que él mismo y burla burlando, se
tenía por el "cuarto prócer panameño" (después, naturalmente, de
Amador, Arango y Arias) por la sencilla razón, contaba él en tono
de chunga, que a mí me dieron una carta del Coronel Torres para que
se la llevara al Coronel Tobar, y yo me hice el tonto y no la
llevé..." (Anécdota de don Leopoldo Borda Roldán).
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Terán, Opus cit. Tomo III, parte 2a páginas 236 y ss.
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Después de los episodios que en éste y en el próximo capítulo
se relatan, Eliseo Torres se residenció en Cartagena, donde ocupó
varios cargos subalternos y llevó una vida oscura hasta su
muerte.
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