UN POCO DE HISTORIA DE COLOMBIA
Para mejor comprender las molestias y perturbaciones que por
razón de sucesos políticos locales iba a sufrir la Compañía
francesa constructora del Canal durante el año de 1885 y de las
cuales se quejaban a París sus directores, es necesario que
hagamos, entre tanto, un poco de historia de Colombia.
El buen éxito logrado por los Estados Unidos con su sistema de
gobierno federativo, y la poca originalidad que ha caracterizado a
los países latinoamericanos en materia constitucional, indujo
siempre a muchos colombianos, desde el comienzo de nuestra vida
independiente, a pensar en que también aquí un régimen federalista
sería la estructura ideal como sistema de gobierno.
Se olvidaban de que en los Estados Unidos, la federación reunió
varios Estados débiles en una sola nación fuerte, e hizo
verdaderamente, como lo dice bien su escudo, "e pluribus
unum", mientras que en Colombia la federación en vez de
unir y de vigorizar, debilitaba el cuerpo nacional al desmembrarlo
en nueve estados pseudo soberanos.
Así pues, cuando en 1863, luego de terrible guerra civil, la
antigua Nueva Granada se convirtió en los pomposos
"Estados Unidos de Colombia", en nuestro escudo
se habría podido grabar un lema totalmente contrario al
norteamericano, o sea "ex uno plures". Y aunque
por aquellas calendas la idea federativa era sin duda popular,
muchas personas de criterio práctico comprendieron que el nuevo
sistema no iba a ser, como efectivamente sucedió, sino "la
anarquía organizada".
Claro que el sistema federal en Colombia satisfacía a muchos
desde el punto de vista parroquial. Tener cada jefe "su
republiquita", como dijo Bolívar del General Páez cuando
éste empezó a sacar las garras y a apartar a Venezuela de la Unión
-esa sí fecunda, con la Nueva Granada-, no dejaba de ser atractivo
para los políticos. Y donde el sistema tenía más agarre, por
razones de todo orden, era obviamente en Panamá.
Ya hemos visto antes, en capítulos anteriores, cómo la ley
aprobada en 1855 por el Congreso de la Nueva Granada, mediante la
cual se creaba el Estado Federal de Panamá, fue la señal de la
desbandada general y el germen del sistema federativo colombiano
aprobado en la Convención de Rionegro ocho años después.
Pero la realidad comprobó que aquello no funcionaba en modo
alguno: ni en lo nacional ni en lo regional. Las conspiraciones,
los golpes de Estado, las revolucioncitas, las guerras de unos
Estados contra otros y por último las guerras civiles generalizadas
y extendidas por todo el territorio nacional, retrasaron el
progreso del país y lo hundieron en una especie de caótica edad
media republicana, cuyo cuadro histórico resulta casi imposible de
revivir.
Donde, paradójicamente, más estragos produjo la dederación fue
en Panamá. Allá, en esa comarca entonces lejana, y separada como
aún hoy, del resto de Colombia por selva impenetrable, sí que se
justificaba el otorgamiento de un status político especial. Algo
así como lo que en el moderno Puerto Rico se ha llamado muy
atinadamente un "Estado Libre Asociado". No otra
fue la intención del legislador, en 1855. Por desgracia, preciso es
reconocerlo, los istmeños no sacaron del régimen federal nada
distinto a la pequeña satisfacción de saber que si su gobierno era
malo, y todo género de perturbaciones obstruían su progreso, a
ellos mismos y no al gobierno de Bogotá se debían tantas
calamidades. Algo era algo. En capítulo anterior, hemos hecho una
breve reseña de lo que fue aquello.
Hubo, sin embargo, en la Colombia de esa época, un hombre, un
gran político, y además un político liberal, y encima de todo
coautor, al menos en parte, de la Constitución federativa, que
pronto reconoció el error que se había cometido en Rionegro: el Dr.
Rafael Núñez. El Dr. Núñez, como todos los hombres públicos de su
época, era también poeta; pero era un hombre con los pies en la
tierra e ideas claras; sucedió pues, que el Dr. Rafael Núñez, luego
de larga y fructífera permanencia de más de 10 años en Europa,
regresó a Colombia, y empezó a predicar la necesidad de abolir el
sistema federal y de retornar al régimen centralista.
Los políticos de todos los partidos se conmovieron. No sólo,
como se ha creído, los hegemones del radicalismo liberal, que
mandaban en lo nacional desde hacía quince años, sino también
muchos conservadores, como por ejemplo los de Antioquia, en donde
el conservatismo, luego de un golpe de Estado, se había instalado
en casa propia bajo la jefatura cuasi perpetua del General Pedro
Justo Berrío, y no quería que el gobierno federal metiera las manos
en sus asuntos. A los conservadores de algunas regiones, por lo
tanto, no les seducía mucho que se cambiara el régimen federal para
que desde Bogotá les fueran a nombrar gobernador, que sin duda
sería liberal.
Vencer todas estas resistencias coligadas era una tarea de
titanes. Núñez, es cierto, tenía su propia cauda, y pronto a su
alrededor se fue arremolinando toda un ala del partido liberal
descontenta con la política idealista y por lo mismo romántica,
pero también exclusivista e intransigente, del grupo de notables
que dirigía a ese partido, al que desde entonces se conoció con el
nombre de "El Olimpo Radical"; y cuando vino a
ver, estaba convertido en el caudillo de una gran fracción liberal,
opuesta al radicalismo, la que se denominó a sí misma partido
"Independiente".
La táctica de Núñez, y la base de su éxito, consistió entonces
en trazar un programa moderado, que conquistara para su causa a los
exasperados conservadores, de modo que aún aquellos de entre estos
que defendían al federalismo, se pusieran de su lado. La
reconciliación con la Iglesia, por ejemplo, fue pronto clave de su
programa general. Pero en el fondo la flecha envenenada y el golpe
maestro iban dirigidos contra el federalismo.
Aquella política le dio el triunfo, y en el año de 1880, Núñez
llegaba por primera vez a la presidencia, en medio de la iracundia
de sus enemigos radicales.
No podía, sin embargo, el Presidente Núñez sacar adelante su
programa de reforma, porque la Constitución de 1863 era
prácticamente irreformable por vías legales pues para los
constituyentes rionegrinos, aquello era como las tablas de Moisés:
perfecto y para la eternidad. ¿Qué hacer?
Núñez intuía que todo aquello terminaría en una serie de
dificultades, y quizá en una guerra, porque él como Burke sabía que
"una Constitución que no da a un Estado los medios para
cambiar, no le da tampoco los medios para
conservarse".
Pero, ¿cómo podría provocar una revolución un hombre cuya única
arma era la pluma, un civilista pacífico, supercivilizado, pulido
además en sus métodos políticos por el largo contacto con las
gentes británicas y cuyo programa era por encima de todo la paz?
Aquello habría sido la negación de todas sus tesis y programas. Su
primera Presidencia de 1880-82 terminó en nada. Una Ley de Orden
Público, que autorizaba al Gobierno Federal a intervenir en ciertos
casos de querellas internas en los Estados o entre Estados, fue
quizá el único fruto positivo de su paso en el poder.
Las cosas se pusieron de otro color cuando, aliados ya
francamente los independientes liberales con gran parte del
conservatismo, y reunidos en una coalición que desde entonces
empezó a tomar el nombre de "partido
nacional"
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105
, Núñez llegó por segunda vez a la
Presidencia en 1884 abrigando el proyecto de abrogar la
constitución de 1863 por medio de una medida de facto, pero
pacífica. La soberbia y el rencor del vencido radicalismo no
pudieron soportar aquella nueva humillación y sus dirigentes se
aferraron más y más, por simple reacción, a la anacrónica
constitución federalista.
Sin embargo, el Presidente buscaba afanosamente la colaboración
radical, pues se daba perfecta cuenta de que sin ella la reforma no
saldría pacíficamente. Ya esta vez su ascenso al poder no había
sido, como en 1880, el fruto de un claro triunfo del liberalismo
independiente sobre el radicalismo liberal, sino que era el
producto de la coalición del independientismo liberal, un tanto
debilitado en sus efectivos, con los conservadores.
Su primer impulso fue por eso llamar a colaborar con él al
Olimpo radical y le ofreció la Secretaría del interior (hoy
Ministerio de Gobierno), al más significativo exponente de esa
fracción liberal: "Que venga Felipe Pérez a la Secretaría
de Gobierno -dijo el Presidente-, con él me entiendo"
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106
. Pérez
quería aceptar, y opinó que debía entrarse en inteligencia con el
Dr. Núñez
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107
.
Pero el Olimpo interpuso su veto. "Es un traidor a la
causa", dijeron, y Pérez se acobardó.
Con todo, Núñez siguió tratando de conciliar la buena voluntad
de los radicales, detrás de cuya incorporación al gobierno estaba
la reforma política, fácil y pacíficamente al alcance de su
mano.
Entonces le pidió al propio ex-presidente Aquileo Parra, corno
quien dice al Júpiter del Olimpo, que fuera a Palacio, para tratar
directamente con él. Pero de esa entrevista no salió nada, pues
aunque Núñez ofreció que si el radicalismo aceptaba la reforma de
la Constitución, él se retiraba de la Presidencia, el señor Parra
se dio sus trazas para no dejarse comprometer, y a los pocos días
le mandó a decir a Núñez que "eso era tan bueno, que no le
tengo fe"
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108
. Ya "el Sapo" Gómez
(D. Ramón) en un discurso famoso en la Plaza de bolívar de Bogotá,
había dicho: "La bandera del partido (del radicalismo) por
ahora, es la de la intransigencia". Cosas del
radicalismo.
De allí a declararle la guerra al odiado político cartagenero,
no había más que un paso.
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105.
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Núñez había escrito: "Juzgamos practicable la
organización de un partido numeroso que tenga por objeto inmediato
la reforma de la Constitución, no sólo porque esta reforma es hoy
de reconocida urgencia generalmente, sino porque en los puntos
fundamentales no hay, en nuestro concepto, divergencias importantes
irreconciliables". Cita de Indalecio Liévano Aguirre,
"Rafael Núñez", pág. 228.
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106.
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Ibid, pág. 219.
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107.
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Enrique Pérez. Cita de Indalecio
Liévano Aguirre, opus cit. pág. 218.
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108
|
Daniel Lemaitre. "Soledad
Román de Núñez, Recuerdos", pág. 81.
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