EL ORO Y LA SANDIA
Muchas fueron las causas a que la Panamá Railroad Company debió
su brillante fortuna. Tratándose de una comunicación interoceánica
rápida y relativamente barata, el público no podía menos de
favorecerla. Pero, por encima de todo, lo que más contribuyó a ella
fue el descubrimiento del oro en California y la estampida a que
este hallazgo dio lugar entre los infinitos inmigrantes que por
entonces pululaban en Nueva York, así como entre los propios
americanos, del Norte y del Sur.
Es curioso: durante los trescientos o más años que duró el
imperio español en América, los conquistadores, y después los
colonos, recorrieron, de punto a cabo, el enorme Continente
americano, poseídos de frenética fiebre de oro, sin dejar valle, ni
montaña, ni río, ni menos poblado indígena alguno donde no
registrasen hasta la última sepultura para apoderarse del codiciado
metal. Enfermo, Hernán Cortés, fue preguntado gentilmente por un
cacique de la región de Veracruz cómo creía que podía ser curado; a
lo que respondió el Conquistador, no sin algo de razón:
"¡Con oro!" Y cuentan los cronistas de esa misma
época que cierta vez, durante una de sus correrías por el Norte de
la actual Colombia, el fundador de Cartagena, don Pedro de Heredia,
llegó al amanecer a una aldea indígena en donde el aterrorizado
cacique, creyendo que el cristiano tenía hambre y tal vez se
aplacaría si le era ofrecida una víctima humana, sacó un niño por
entre las palmas del bohío en donde estaba atrincherado; mas como
Heredia rechazara aquella oferta, el cacique, con mucha lógica, le
hizo preguntar a través de una "lengua" o
intérprete qué era entonces lo que quería para desayunar. A lo que
el desnarigado don Pedro respondió sin pestañear, y también sin
vergüenza: "Oro"
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.
Pues bien, ocurre que esos hombres así poseídos de aquella
"áurea, sed non sacra fames" no obstante haber
recorrido para saciarla, a todas las argucias y violencias
imaginables, pasaron, como si hubiera sido una burla de los Hados,
por encima de los propios y fabulosos placeres auríferos
californianos, sin darse cuenta de que allí el regio metal afloraba
a la superficie ¡y no había más que agacharse para recogerlo! La
fruición de aquel hallazgo, el Destino se la tenía secreta y
paradójicamente reservada a los Estados Unidos, al parecer como un
premio por haberle arrebatado a México, en forma injusta y
violenta, aquella vasta y valiosa región continental.
Como a través de inmenso cuerno que convocase a somatén
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, la noticia resonó por
todo el mundo. Aquello fue una especie de locura general, y para
muestra, un botón: ya desde algún tiempo antes, el empresario
neoyorquino William M. Aspinwall (posteriormente creador de la
Panamá Railroad Company, como hemos visto en el capítulo anterior)
había fundado, con alguna ayuda oficial, una empresa de navegación
por el Pacífico: "The Pacific Mail Steamship
Company". Tenía tres barcos: "El
Oregón", "El California" y el
"Panamá". El plan era navegar desde el Istmo
panameño, hasta San Francisco, por lo menos. Pero, obviamente, los
barcos había que llevarlos primero por la vía del estrecho de
Magallanes. Pues bien, cuando el "California"',
primero de la nueva flota que zarpó hacia el Pacífico por aquella
vía, llegó al puerto de El Callao, ya el descubrimiento del oro en
California acababa de ocurrir, y la noticia había llegado hasta el
Perú. Más de 100 peruanos, deslumbrados por una leyenda que en
cierto modo reproducía cuatro siglos después la de su propio país,
resolvieron embarcarse en el "California", rumbo
al Oeste norteamericano, a probar fortuna. Los dolores de cabeza
del pobre Capitán de la nave, comenzaron cuando al llegar a Panamá,
ya una verdadera turba de compatriotas suyos, estaban allí
esperándolo para embarcarse y, encalabrinados, con su Cónsul a la
cabeza, exigían el desalojo de los peruanos. Las cosas se
arreglaron al fin, pero para desgracia de estos últimos; pues fue
tal el cúmulo de peripecias que sufrió el
"California" durante su viaje, que más les
hubiera valido quedarse en su tierra: el barco terminó llegando a
San Francisco dos meses después, a vela, luego de haber quemado,
como combustible, todo el maderamen que no era estrictamente
necesario para mantenerse a flote o para ser empujado por los
vientos. Esto sólo da una idea de cómo la humanidad se lanzó a
mediados del siglo XIX, hacia la conquista del dorado vellocino
californiano.
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Ingeniero John C. Trautwine constructor del ferrocarril de
Panamá
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Coronel George M. Totten constructor del ferrocarril de
Panamá.
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Los tropiezos iniciales de la Pacific Mail sobre el mar de Balboa
fueron, no obstante, corregidos poco a poco, y al fin se estabilizó
un servicio de barcos mensuales que operaban, en combinación con
otra línea marítima, la "United States Line", que
itineraba por el lado del Atlántico de Nueva York a Chagres y
viceversa; Gracias a estos servicios coordinados, los inmigrantes
empezaron a afluir en forma cada vez más caudalosa a través del
Istmo panameño. Las estadísticas de la época nos revelan que en el
solo año de 1853, viajaron a bordo de la Pacific Mail hasta San
Francisco, 15.505 pasajeros, y unos 10.533 regresaron hacia el
Este; mientras que, durante muchos años, casi todo el oro en barras
que se produjo en California fue transportado por la misma empresa
marítima, cuyos dividendos anuales se elevaron entonces hasta el
33% del capital de la compañía.
Pronto, como era de esperarse, apareció la competencia, y no de
cualquier clase. El sujeto Georges Law, poseedor en los Estados
Unidos de una concesión de correos en el Atlántico, resolvió llevar
cuatro pequeños vapores al Pacífico; y, algo más temible todavía
para la "Pacific": el famoso
"Comodoro" Cornelius Vanderbilt decidió entrar en
la pelea, colocando también en el Pacífico sus propios buques, pero
no ya para transportar pasajeros por la vía de Panamá, sino por la
de Nicaragua, en donde, como veremos en capítulo posterior, obtuvo
concesión para construir, y efectivamente construyó, una carretera
transístmica que conectaba el lago de Nicaragua con el Pacífico.
Las tres empresas lucharon así bravamente durante más de una
década, hasta que la "Pacific", que era la más
veterana y la más dura para los negocios, compró a sus rivales y
las unificó bajo una sola administración, en 1865.
Ahora bien: las condiciones en que se viajaba en esos barcos,
eran horrendas. "Cualquier cosa que flotase", era
considerada apta por los armadores para la riesgosa travesía, y en
esa forma lograban hacinar cientos de pasajeros en buques que,
razonablemente, apenas podían transportar la tercera o la cuarta
parte de aquel personal. Por ejemplo: al
"Humboldt", de apenas 500 toneladas, le embutían
con frecuencia hasta 400 pasajeros por viaje, mal acomodados en
caramancheles mínimos y fétidos; enfermos, muchos de aquellos de
paludismo o fiebre amarilla, alimentados de cualquier modo con una
comida escasa y agua abombada e intolerable al paladar; y cada uno
por el "módico" precio de US $ 200.00! Por todo
lo cual se explica fácilmente lo que cierto pasajero, después de
tan dura experiencia, le escribiera a un amigo de Nueva York:
"Vente mejor a nado antes que embarcarte en semejantes
navios..."
Con los años, pero sólo con muchos años, aquello fue mejorando.
No obstante, hasta 1869, casi todos los barcos que navegaban por el
Pacífico, unos 110, eran todos todavía de casco de madera y ruedas
laterales, cuando ya en el Atlántico se había generalizado el uso
del casco de hierro y de la hélice. El "Golden
Gate" de 2.000 toneladas, logró sin embargo, acomodar en
las postrimerías de la década del 50 unos 850 pasajeros sin
excesiva apretazón. Y, de este modo, el viaje de Panamá a San
Francisco, con breve arribada en Acapulco, se logró hacer en sólo
trece días; y el periplo total, desde Nueva York, incluso el
trasbordo ístmico, en apenas tres semanas, o sea tres días menos
del tiempo necesario para hacer el recorrido terrestre, en
carromatos y diligencias, desde San Louis hasta California. Eso sí:
con el pretexto de mejoras e innovaciones, los precios de los
tiquetes, siempre erráticos y arbitrarios, se colocaron en la cifra
de US$ 450.00, pero como con frecuencia eran objeto de especulación
y de reventa, llegaron en ocasiones, a cotizarse hasta en US$
1.000.00 cada uno, pues por el miedo a la fiebre amarilla, los
inmigrantes pagaban cualquier cosa, a trueque de salir de Panamá.
Era un bonito negocio ese que también se explotaba entonces en el
Istmo, pero por desgracia no por los colombianos, sino por
especuladores extranjeros, que sobre Panamá habían ya caído como
nube de cuervos.
Mientras tanto, como era obvio, la Panamá Railroad Co. hacía
también su agosto, tal como en capítulo anterior hemos narrado, y
no son por eso extrañas las fenomenales utilidades que encajaba año
tras año. Sin embargo, quien pagaba las botellas y los platos
rotos, era Colombia, y sobre todo la ciudad de Panamá, que pronto
se vio convertida de amodorrada y pacífica villa provinciana, en
ruidosa ciudad cosmopolita; y a la quietud mortal de aquellos días
de pobreza en que "un caballo se vendía por ochenta
centavos", sucedió el alboroto de una enloquecida caravana
de aventureros de todas las pelambres y raleas, a cuyo paso no
quedaba casi nada en pie.
"Entre 1852 y 1853, nos dice quien lo vio, don Salvador
Camacho Roldán, era tal en Panamá el consumo de cerveza y de
champaña, que durante la noche, al pasar por ciertas calles,
creyérase uno estar oyendo descargas de batallones armados de
pistolas; y todas las mañanas era una grandísima dificultad recoger
y botar al mar cuatro o cinco mil botellas vacías que aparecían
regadas en las calles frente a hoteles y restaurantes
|
54
.
No es raro, pues, que aquella súbita transformación diese origen
a permanentes desórdenes de carácter policivo, y que estos a su vez
dieran lugar a ocurrencias más graves, que para Colombia vinieron a
convertirse en preocupación constante y, a veces, en lamentables
incidentes diplomáticos. Entre estos, el más resonante es sin duda
el que la Historia conoce con el nombre de "el incidente
(o la guerra) de la tajada de sandía". Porque señala, como
un hito histórico, el momento en que los Estados Unidos, prevalidos
de lo estipulado en la cláusula XXXV del Tratado Mallarino-Bidlack,
empezaron a hacer uso y abuso de sus prerrogativas
contractuales.
***
Era el 15 de abril de 1856. Hasta entonces, las relaciones entre
panameños y estadinenses habían sido tranquilas, y cordiales.
Tanto, que precisamente el año anterior el pueblo panameño,
indignado por el asesinato de un carpintero norteamericano, había
linchado a los presuntos asesinos. Pero aquella tarde, todo cambió
súbitamente. Unos 940 pasajeros, recién llegados de Colón, erraban
al azar, cerca de la estación del ferrocarril mientras esperaban
que subiera la marea para hacer el trasbordo al vapor
"Jobn L. Stephens", el cual debían abordar
embarcados en la balandra "Taboga". El correo,
los equipajes, la carga, estaban ya en la
"Taboga". De repente se oyeron unos disparos y
pronto un grupo de negros enfurecidos cayó sobre los desprevenidos
emigrantes. Resultado: 15 norteamericanos muertos y 16 heridos; 13
panameños heridos y sólo dos muertos. El balance era
"favorable" para los panameños. ¿Qué había
pasado?
Los testimonios resultaron, al principio, contradictorios y
confusos. Y, desde luego, las autoridades granadinas y las
norteamericanas, se fueron polarizando alrededor de las versiones
que más les convenían. En busca de un mejor esclarecimiento de los
hechos, Washington envió a Panamá al sujeto Amos C. Corwine, cuyo
informe, en síntesis, fue el siguiente: un pasajero norteamericano,
Jack Oliver, hallándose en estado de embriaguez, rehusó pagarle a
un negro vendedor ambulante de frutas, diez centavos por una tajada
de sandía que le había arrebatado. Furioso, el negro esgrimió una
navaja-cuchillo y persiguió, con insistentes demandas de pago, al
borracho, el cual, sin embargo, no hizo caso de ellas. Uno de los
compañeros, finalmente, arojó al frutero una moneda, y le ordenó
que se alejase. Mas para entonces el negro había perdido ya todo
control, y continuó insultando a los norteamericanos. Oliver sacó
entonces su pistola.
Lo que sucedió en ese momento fue lo que nunca pudo esclarecerse
plenamente. Pues al tiempo que el informador oficial de los Estados
Unidos afirmó que Oliver no disparó, sino que otro negro distinto
al vendedor de sandía le había agarrado la pistola y era quien la
había disparado, los testigos panameños del hecho insistieron en
que había sido Oliver el autor del disparo. En todo caso, el pobre
negro frutero, cayó muerto.
Vivió entonces la ciudad horas de confusión y terror, pues una
turba enardecida de gentes de color, empezó a atacar los hoteles.
El señor Corwine, en su informe, dice que el agente de la Pacific
Mail, Capitán Mac Laine, llamó urgentemente al Jefe de la Policía
panameña, Coronel Garrido, pero ya los panameños habían sitiado a
los extranjeros en la Estación del Ferrocarril, detrás de cuyos
muros, éstos se parapetaron, sacando a relucir cuantas armas
estuvieron a su alcance; un viejo cañoncito que se hallaba medio
enterrado en la arena, catorce chopos, un par de pistolas y un
sable. No obstante -sigue contando el investigador norteamericano-
los sitiados se dieron la consigna de no disparar sino cuando fuera
imposible contener el asalto; pero la policía no hizo nada para
contener a la multitud embravecida. Por el contrario, se unió a
ésta, y empezó a disparar contra la Estación. Algo más: Garrido
desarmó a otros pasajeros que ya estaban en la balandra
"Taboga" y se llevó el cañón de abordo.
Posteriormente, el Gobernador de Panamá negó rotundamente
aquellas aseveraciones de Corwine, sobre todo en lo referente a la
participación de la Policía en el ataque a la Estación
ferrocarrilera, y sostuvo que los primeros disparos habían salido
de la propia Estación asediada... Pero Corwine trató de desvirtuar
esta afirmación, asegurando que el incidente de la tajada de sandía
no había sido más que un pretexto, que ocultaba el resentimiento
del bajo pueblo panameño contra la Compañía del ferrocarril por
haber dejado a muchos braceros sin trabajo desde que reemplazó al
primitivo trasbordo en lanchas a remo con la moderna balandra
"Taboga"; y afirmó que el ataque había sido
"deliberadamente premeditado por la propia
policía". Corwine concluyó su informe manifestando que el
Gobierno de la Nueva Granada, era incapaz de mantener el orden, y
recomendando la inmediata ocupación del Istmo, de un Océano a otro,
por fuerzas de los Estados Unidos, a menos que la Nueva Granada nos
dé una amplia reparación".
Convencido por este informe parcializado, Washington envió dos
barcos de guerra, el "Independence" y el
"St. Marys" al Istmo, donde desembarcaron 160
"marines", los cuales ocuparon la Estación del
ferrocarril el 19 de septiembre de 1855. La ciudad permaneció en
calma y las tropas se reembarcaron tres días después. Había sido,
pues, un desembarco innecesario, y además, tardío, porque los
hechos habían ocurrido 5 meses antes. Pero para los Estados Unidos,
en aquellos momentos, lo importante era poner la bota en tierra
granadina, para con ese acto, demostrar que no sólo tenían derecho
a intervenir para proteger el libre tránsito contra cualquier
agresión de una tercera potencia hostil a la Nueva Granada, sino
también en las ocasiones en que este país no quisiera, o no
pudiera, o no supiera resguardar debidamente el orden. La malhadada
cláusula XXXV del Tratado Mallarino-Bidlack les daba el derecho a
ello; o por lo menos así lo interpretaba abusivamente el Tío
Sam.
Se armó entonces uno de los más endiablados embrollos
diplomáticos, entre los que han fatigado los anales de la
Cancillería colombiana. Pues además de que las familias de las
víctimas reclamaban pago de perjuicios, la opinión norteamericana,
atizada por cierta prensa sensacionalista, se exaltó
|
55
. El Presidente Pierce, entonces,
nombró Ministro en Bogotá al señor James E. Bowlin y como Consejero
a Isaac E. Morse, con el encargo especial de arreglar aquel
problema; y por su parte, el Gobierno de Bogotá, deseoso de
terminar el enojoso pleito, nombró negociadores a don Florentino
González y a don Lino de Pombo, dos veteranos diplomáticos, pero
cuya experiencia de nada o poco vino a servir a la Nueva Granada,
pues aunque las declaraciones de los Cónsules de Francia, Gran
Bretaña y el Ecuador en Panamá eran contestes en el sentido de que
los norteamericanos habían sido los agresores, los negociadores de
los Estados Unidos insistieron en sus parciales puntos de vista, e
inclusive presentaron a la Nueva Granada una inaudita demanda de
cuatro puntos, que desde luego fue rechazada por los granadinos con
indignación. En ella se pretendía: a) que Colón y Panamá se
convirtieran en ciudades libres cuyo gobierno, bajo una supuesta
soberanía granadina, controlaría una zona de 20 millas de ancho, de
mar a mar, con la línea férrea como eje; b) que la Nueva Granada
cediera a los Estados Unidos las islas de la Bahía de Panamá; c)
que se le transfiriesen a aquéllos, los derechos de la Nueva
Granada en el ferrocarril, y d) que se pagara una indemnización de
dos millones de dólares por las pérdidas de vidas y bienes
ocurridas en abril de 1856.
Sobrevino entonces una encendida y amarga disputa diplomática
que se prolongó por casi diez años y en las que, según expresión
gráfica de Gerstle Mack, "ambas partes afectaron un aire
de agraviada inocencia"
|
56
. Ya en 1857, mediante el protocolo llamado
"Herrán-Cass" se había llegado a un acuerdo
conforme al cual la Nueva Granada, la pobrísima Nueva Granada,
admitía su responsabilidad y consentía en pagar una indemnización
de algo más de US$ 400.000.00; pero aunque el Senado de los Estados
Unidos impartió su aprobación a este Convenio en 1859, resulta que
los pliegos del Correo que los traía se perdieron en el naufragio
de un barco en el río Magdalena y por esto la aprobación del
Congreso granadino no pudo obtenerse sino hasta 1860; mas como
tanto los Estados Unidos como la Nueva Granada, se vieron para
entonces envueltas en largas guerras civiles, las Comisiones que se
habían nombrado para resolver concretamente todos los reclamos de
las víctimas, no pudieron reunirse. De este modo, los familiares de
éstas y la compañía del ferrocarril tuvieron que esperar hasta
1865, cuando por un nuevo Convenio firmado entre los dos países,
Colombia se avino a pagar las siguientes sumas:
Por indemnizaciones derivadas del motín del 15 de abril de
1856
………………………………….......................US$
195.410.00
Por otros reclamos nuevos
.....................................................65.070.00
Por gastos de los
Comisionados…………………..…..............9.277.00
Por intereses
.......................................................................
142.637.00
______________
Total………………………………………................
US$ 412.394.00
¡Casi medio millón de dólares, por una tajada de sandía!
___________
52.
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Noticia de la conquista y fundación
de la ciudad y provincia de Cartagena de Indias, narración
atribuida con mucho fundamento al señor Francisco Escudero,
Secretario del Obispo Doctor Diego de Peredo, quien rigió la
diócesis de Cartagena, desde 1767 hasta 1772, incluidas por el
historiador cartagenero D. Eduardo Gutiérrez de Piñeres en su libro
''Documentos para la historia del Departamento de
Bolívar", 2a edición. Imp. Departamental. Cartagena,
1924.
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53.
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California perteneció al Virreinato
español de México o Nueva España. y después a la República Mexicana
hasta el 5 de julio de 1846 en que los norteamericanos izaron su
pabellón nacional en Monterrey y declararon al mismo tiempo que
California quedaba anexada a los Estados Unidos. El 2 de febrero de
1849, México se vio forzado, después de cruenta e injusta guerra, a
firmar el Tratado Guadalupe-Hidalgo, por el que cedió a los Estados
Unidos todo aquel territorio, el cual fue poco después admitido en
la Unión, como un Estado más, el 9 de septiembre de 1850. Los
primeros placeres auríferos californianos fueron encontrados por
James Marshall, sujeto de origen suizo, el 24 de enero de 1848, o
sea exactamente mientras los episodios de la guerra contra México
tenían cumplimiento.
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|
54.
|
Salvador Camacho Roldan, "Notas de Viaje",
pág. 319.
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55.
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He aquí cómo se refería a este asunto, la Revista New Harpers
Magazine de New York, en su artículo titulado "Tropical
Journeyings", firmado con el pseudónimo
"Oran": "En el frescor del breve
crepúsculo tropical, continuamos nuestro camino hacia la ciudad a
través de la Ciénaga, escuálido arrabal que fue teatro de una
horrible matanza de americanos en abril de 1856, cuando una horda
de sanguinarios nativos azuzada y apoyada por las autoridades
locales, se lanzó contra los pasajeros en tránsito hacia
California, asesinó e hirió a decenas de hombres, mujeres y niños y
cometió robos por más de cien mil dólares, agravio por el cual,
hasta la fecha (1859) nuestro Gobierno, con inexplicable
indiferencia, ha retardado la imposición de un justo
castigo". Este artículo aparece reproducido en la Revista
Lotería N° 38, de Panamá.
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|
56.
|
Gerstle Mack, Opus Cit. pág. 164.
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