PANAMA, UN BIEN VACANTE
Cuando Bolívar, en noviembre de 1821, supo en Popayán la noticia
de que Panamá se había independizado de España y resuelto anexarse
a Colombia como parte integrante de esta nueva República, brincó de
alegría, y corrió a escribirle al Coronel José de Fábrega,
personaje central de aquel acontecimiento, una carta que resultó
históricamente comprometedora: "No me es posible, dijo el
Libertador en su característico estilo rimbombante, expresar el
sentimiento de gozo y admiración que he experimentado al saber que
Panamá, el Centro del Universo, es regenerado
|por sí mismo, y
libre por su propia virtud. La Acta de Independencia de Panamá
es el monumento más glorioso que pueda ofrecer a la Historia
ninguna Provincia Americana. Todo está allí consultado: justicia,
generosidad, política e interés nacional. Transmita, pues, usted a
esos beneméritos colombianos, el tributo de mi entusiasmo por su
acendrado patriotismo y verdadero desprendimiento"
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1
.
No era para tanto. Los panameños se habían independizado de
España y anexado a Colombia porque no podían hacer otra cosa, y
aquella Acta de Independencia, que tan gloriosa le parecía en esos
momentos al Padre de la Patria, no era sino un modesto documento en
el que se repetían, palabra más, palabra menos, las recriminaciones
contra España ya acostumbradas en documentos de esa clase; había,
sí, en medio de todo aquello, algo novedoso y muy importante: las
Provincias Istmeñas de Panamá y de Veraguas, declaraban solemne y
espontáneamente que se adherían a la República ue Colombia. O sea
que se integraban a la gran Nación de que ya hacían parte la Nueva
Granada, Venezuela y Ecuador; y lo hacían, como el propio Bolívar
lo reconociera, por sí mismas
|
2
.
No les había costado, en verdad, mucho trabajo a los panameños
llegar a aquellas decisiones. Porque la independencia les había
llegado "por su propia virtud", o sea sin guerra,
ni sangre, ni martirio. Allí, en ese Centro del Universo, España
falleció de muerte natural, y hubo un momento en que el Istmo no
tuvo más camino que buscar un tutor para que lo defendiera y le
administrara sus negocios, como sucede cuando muere el padre sin
que el hijo menor esté suficientemente habilitado para manejarlos.
Ya llegaría el momento para reclamar su herencia.
La historia, en breves trazos, es como sigue: salvo una
desgraciada expedición que el prócer cartagenero Juan Elías López
Tagle organizó, con ayuda de los Ingleses, en 1818, para atacar a
Portobelo, y de la que no se salvó ni el propio López Tagle, las
llamas de la Revolución no alcanzaron, durante el segundo decenio
del siglo XIX, a perturbar la vida tranquila de los panameños,
entre quienes, no obstante, había algunos ciudadanos que
participaban de las ideas liberales e ilustradas de la época. Pero
no tanto, ni con perspectivas de éxito feliz, como para que se
atrevieran a lanzarse a la pelea. Visto lo cual, el Brigadier don
Benito Pérez, nombrado en 1812 Virrey de la Nueva Granada, resolvió
convertir a Panamá en sede de su gobierno. Era una elección
juiciosa, por varias razones. Desde el punto de vista jurídico,
porque ya desde 1739 Panamá había sido, al menos teóricamente,
adscrita a aquel Virreinato, aunque en la realidad la subordinación
había sido inoperante; por el aspecto práctico, porque desde allí,
al menos, vigilaba, ya que no podía dominar, a todas las antiguas y
alborotadas colonias centro y sur americanas. Y, en fin, porque la
presencia de un Virrey en sitio de tan notable importancia
geográfica, era un símbolo: el de la intransigencia española a
desprenderse de su imperio colonial.
Esta primera sede virreinal de Panamá fue efímera, pues al año
siguiente, el clima de Panamá mandó a don Benito para el otro
mundo; y su sucesor, el Virrey Montalvo, prefirió trasladarse a
Santa Marta mientras el Pacificador Morillo le abría las puertas de
Cartagena, en donde se instalaría hasta ser reemplazado por don
Juan Sámano, en 1818. Un año después, en 1819, Panamá volvía a
convertirse en Capital del Virreinato cuando Sámano llegó al Istmo,
huyendo de Bolívar y de sus huestes. Mas para regocijo de los
panameños, entre quienes ya para esta época las ideas
revolucionarias se habían generalizado, también el clima istmeño se
llevó pronto, en 1821, a aquel anciano malgeniado que tenía, entre
sus dotes de gobernante, la muy notable de "escupir y
pisar a las personas que le incomodaban"
|
3
.
A Sámano lo reemplazó el Mariscal de Campo don Juan de la Cruz
Murgeón, "a quien la Corona ofreció el título de Virrey si
lograba reconquistar los dos tercios de la Nueva
Granada"
|
4
.
Por esta razón el ambicioso militar español determinó organizar una
expedición para atacar a los patriotas colombianos por el Ecuador,
empresa de la que no habría de regresar. Mas tuvo poco acierto al
dejar encargado del gobierno del Istmo a un hijo del país, el
Coronel José de Fábrega, que era cripto-revolucionario, porque un
mes después, el 28 de noviembre de 1821, Panamá se declaraba
independiente, y el héroe principal de aquella jornada era nadie
menos, como puede suponerse, que el propio Fábrega. Es decir, que
los españoles le dieron las llaves al ladrón, y la secesión con
respecto a España se llevó a cabo en el Istmo, en 1821, lo mismo
que se llevaría a cabo con respecto de Colombia 82 años después, o
sea, con la complicidad del propio Gobierno local, y sin
traumatismos ni efusión de sangre. Todo dentro de la mayor
cordialidad. Un panameño ilustre, el doctor Belisario Porras,
describió así aquel episodio: "Panamá solo se alzó, al
tener noticia de que los españoles iban de capa caída por todas
partes, y no lo hizo tampoco con picos, lanzas, rifles y cañones,
sino pacíficamente, cuando ya contaba con los jefes de la
Plaza"
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5
.
Ahora bien, los hechos, lo mismo que "la
Acta", se habían producido dentro del molde clásico.
Primero, en un pueblecito provinciano, la Villa de los Santos, se
lanzó "el grito", un 10 de noviembre. Y luego en
la ciudad de Panamá, "juzgándose preparado el terreno
mediante una inteligente labor realizada por los promotores de la
secesión, el 28 del mismo mes se reunió una Junta, a la cual
asistieron el Cabildo, las altas autoridades militares, civiles y
eclesiásticas, y miembros de la diputación provincial... la Junta
acabó por declarar la independencia del Istmo, del gobierno
español, y determinar que el territorio hiciese parte de la
República de Colombia. El Coronel Fábrega fue reconocido como Jefe
Superior del Istmo"
|
6
. Luego hubo juramento, iluminación y
pólvora. Y todos tan contentos, a dormir.
Hubo, no obstante, un momento crucial y difícil. El Istmo se
independizaba, es cierto, y declaraba rotos sus vínculos con
España. Pero todos estaban de acuerdo en que, por la pobreza
general que reinaba en el país, sobre todo desde que la Madre
Patria, a causa de la piratería, había abandonado la vía panameña
para su comercio con el Perú y restablecido la navegación por el
estrecho de Magallanes, Panamá no estaba en condiciones de
sostenerse como nación soberana, ni mucho menos de defender su
independencia. Había, pues, que elegir un tutor. ¿Cuál de
ellos?
Los aspirantes eran tres. México, en primer lugar. Luego el
Perú. Y Colombia, en fin. En México, don Agustín de Itúrbide, tenía
ya puestos los ojos en Panamá, y mandó unos comisionados al Istmo
"para hacerlo parte de la nación mexicana, como los demás
Estados centroamericanos"
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7
. Proyecto grande y ambicioso, digno de quien
estaba en vísperas de autoconvertirse en Emperador. Pero los
panameños no se dejaron seducir. Como tampoco se dejaron convencer
por su Obispo Fray Higinio Durán, que era limeño, a quien acolitaba
don Mariano Arosemena, personaje de campanillas. Los dos querían a
todo trance que Panamá se anexara al Perú, y no sin cierta lógica,
porque era la Nación con la cual el Istmo tenía más fáciles
comunicaciones. Los demás en la Junta, capitaneados por don José
Vallarino, fueron partidarios de la unión con Colombia. Y la unión
se hizo. Estaba de por medio, es cierto, la cuestión del
|uti
possidetis juris, que se derivaba de aquella famosa
subordinación por lo menos jurídica, ya que no práctica, que la
Corona española le había impuesto a Panamá con respecto a la
remotísima capital del Nuevo Reino de Granada; mas era, sin duda,
la gloria de Bolívar y de su reciente epopeya, que tenía
enceguecidos, lo que les atraía hacia Colombia; y además, era que
aquella nueva nación grande, extensa, conformada por tres ricas
antiguas colonias, se aparecía ante los ojos de los panameños como
la protectora natural de sus intereses. Y hacia ella se fueron como
la mariposa hacia la luz, "libres, por su propia
virtud".
De todos modos, el hecho escueto y cierto es este: Panamá,
abandonada por España, sin protector ni poseedor, y sin recursos
suficientes para subsistir por sus propios medios, había quedado
prácticamente convertida en un valioso bien vacante. El vacío de
poder produjo el fenómeno de su erección en nación soberana. Pero,
al mismo tiempo su incorporación a Colombia, si libre y espontánea,
no fue más que una necesidad temporal, mientras el país, separado
física y temperamentalmente del mundo andino cuyo epicentro está en
Bogotá, crecía y se hacía apto para asumir el manejo de sus propios
intereses y para sobrevivir de modo independiente.
Así, pues, lo lamentable de cuanto sucedió más tarde, en 1903,
no fue tanto la separación de Panamá y su independencia de
Colombia, sino el modo como esa misma independencia
sobrevino.
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1.
|
Bolívar, "Obras
Completas". Edición dirigida por Vicente Lecuna, Editorial
Lux, La Habana, 1947.
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|
2.
|
El redactor de esta Acta fue el
payanes Manuel José Hurtado.
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|
3.
|
José Manuel Restrepo.
"Historia de Colombia".
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|
4.
|
Ernesto J. Castillero R. y E. J.
Arce. "Historia de Panamá. Pág. 79
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|
5.
|
Belisario Porras.
"Memorias de las Campañas del Istmo". Pág.
55.
|
|
6.
|
Ibid. Página. 81.
|
|
7.
|
Ibid. Página. 80.
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