ORIBES Y PLATEROS EN LA NUEVA GRANADA
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Oro y esmeraldas en el culto religioso de indios y españoles  

Luis Duque Gómez.

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá. La Lechuga

En un principio, y de esto hace ya más de trece milenios, los grupos indígenas que arribaron a las tierras de lo que es hoy Colombia, se corrieron a lo largo de las costas y establecieron allí sus primeros asentamientos. Utilizando luego las cuencas de los grandes ríos como vías naturales de penetración, iniciaron el ascenso por los planos inclinados de las cordilleras hasta alcanzar las tierras de los pisos térmicos templado y frío. Allí desarrollaron una organización social estructurada sobre la base de pequeños señoríos independientes, favorecidos por la formación laberíntica del relieve andino, que les brindó a la vez la posibilidad de contar con una gran variedad de tierras de cultivo, de fauna y de flora y con la riqueza de recursos naturales como el carbón mineral, el oro, el cobre, el platino, la plata, las esmeraldas, la sal, entre otros, que explotaron para sus tratos comerciales y para beneficiarlos en sus variadas artesanías. 

Así los sorprendió la llegada de los expedicionarios españoles, en las décadas iniciales del siglo XVI. El panorama que ofrecían era el de un verdadero mosaico de pueblos, disímiles en sus formas de vida, en su organización social, en sus concepciones mágico-religiosas, como disímiles y contrastadas eran las regiones naturales que ocupaban entonces y cuyos grupos supérstites quedan todavía anclados en rincones y versantes de la cordillera, empobrecidos, después de haber olvidado casi por completo el esplendor artístico que en la orfebrería y en otras expresiones artesanales alcanzaron sus mayores. 

Casi la totalidad de las tribus que tenían su asiento en la zona andina, explotaban los ricos yacimientos auríferos allí existentes. La orfebrería logró un alto grado de desarrollo en distintas áreas desde varios siglos antes de la era cristiana, como lo atestiguan las más recientes investigaciones arqueológicas realizadas en las regiones del centro y suroccidente del país. Fue, pues, un prolongado proceso de perfeccionamiento en las técnicas y en los recursos decorativos, que se prolongó hasta la llegada de los colonos europeos. Son numerosos los testimonios dejados en las crónicas de la Conquista acerca del primor de los objetos que elaboraban para el adorno personal y para que sirviesen como digna ofrenda para propiciar el favor de sus deidades tradicionales. El Museo del Oro del Banco de la República, en Bogotá, es una muestra de aquel fastuoso tesoro sagrado, que la piedad de los nativos acumuló durante largos siglos en las lagunas sagradas, en las tumbas de sus dignatarios, en las cuevas, en las cimas de las cordilleras, en fin, en donde quiera que se cumplían las prácticas y ceremonias mágico-religiosas.  

Detalle de La Lechuga

Logrados los primeros desembarcos en la Tierra Firme, precisamente en las costas de los territorios de Venezuela y Colombia, la ruta del oro fue trasegada presurosamente por los capitanes y soldados españoles y en no pocos casos sembró la ruina y la desolación en vastas poblaciones de nativos, cuyo saldo trágico fueron incontables víctimas, a las que se despojó de la rica joyería, que señalaba la dignidad de sus jefes y que en sus santuarios se ofrecía a las divinidades de la tribu. Los grandes y pajizos templos fueron incendiados y en numerosos y sangrientos encuentros con los grupos rebeldes el oro que relucía en sus desnudos cuerpos era el principal halago que ofrecían los capitanes a la ruda soldadesca para que se empeñara con ahínco y entusiasmo en la contienda. Y en verdad, es de imaginar la codicia de estos trajinados expedicionarios a la vista de escuadrones de guerreros indios, que sallan a su encuentro vestidos de oro de pies a cabeza, como los describe el verídico cronista don Pedro Cieza de León, compañero de Robledo, cuando se refiere a las tribus que moraban en las quebradas y montañas que bordean la cuenca del Cauca, al norte del antiguo Caldas. No menos esplendente fueron las riquezas halladas entre muiscas, tolimas, taironas, sinúes, quimbayas, calimas, quillacingas y otros grupos, cuyos acabados productos les ha merecido el calificativo de los mejores orfebres de la América precolombina. 

Corrieron los años siguientes a las campañas descubridoras y vinieron con ellos una relativa calma y bonanza para los establecimientos de los españoles localizados en el interior del territorio nacional, hacia mediados del siglo XVII. Vencidos y sometidos los más pertinaces reductos de los valientes pijaos y paeces, las ciudades de Cartago, Popayán, Cali, Toro, La Plata, Roldanillo, Buga y otras, lo mismo que las colonias del oriente, particularmente las de Cundinamarca y Boyacá, pudieron consolidar su poblamiento e iniciar la exploración de los recursos naturales de sus distritos, especialmente la minería. Paralelamente, un florecimiento de las construcciones religiosas se hizo manifiesto. El padre Zamora refiere que durante el mandato eclesiástico de don Pedro García Matamoros, primer prelado del Nuevo Reino, se erigieron más de cuatrocientas casas religiosas, entre iglesias, capillas y casas conventuales, de las cuales cerca de trescientas estaban ubicadas en pueblos indígenas. Era el fruto de la catequesis desplegada por misioneros entre los nativos y del concurso de los encomenderos españoles, a quienes las reales cédulas obligaban a contribuir para la digna exaltación del culto divino.

Custodia de Santa Clara la Real de Tunja

 

Humildes y modestas fueron las primeras manifestaciones arquitectónicas de los establecimientos iniciales de los españoles en estas tierras del Nuevo Reino de Granada, acordes con las peculiaridades de las construcciones de los grupos indígenas que aquí vivían y que, a diferencia de las de los pueblos peruanos y mesoamericanos, utilizaban en sus moradas y casas ceremoniales casi exclusivamente el bahareque y la techumbre de paja, tanto las gentes del común como las que formaban la jerarquía política o religiosa. A estas pautas se ajustaron los nuevos colonos y el sillar de piedra ola mampostería sólo alcanzaron a las pequeñas fachadas, con excepción de los grandes templos que con la categoría de catedrales empezaron a levantarse hacia finales del siglo XVII o bien entrado el siglo XVIII. 

Esta modestia arquitectónica de las casas religiosas se vio recompensada, en cambio, con el esplendor de la decoración interior, en la que los hijos de santo Domingo, san Francisco, san Agustín y los del santo de Loyola no ahorraron esfuerzo ni caudal hasta llegar a revestir los muros y techumbres de tales fábricas con la rica obra de oribes y ensambladores, como digno marco para la imaginería, las pinturas de mérito, las custodias y cálices, los atriles de plata cincelada, los sagrarios, sacras, calderetas, sitiales, etc. Por ello bien puede afirmarse que la escultura, la talla, la pintura, la platería, la orfebrería, encontraron en estos tiempos en la Iglesia el mejor estímulo, y que la aspiración de los dueños de obradores era alcanzar un puesto destacado para sus obras en los retablos y en los muros de capillas, templos y conventos. También la esmeralda, piedra sagrada entre los indios muiscas de Cundinamarca y Boyacá, fue incorporada, como el oro, a los ornamentos religiosos, para dar más dignidad y esplendor al culto. En este sentido puede decirse que hay una admirable continuidad en el empleo de estos elementos como medio de exaltación de las devociones, de la fe de los cristianos y de los lares y divinidades tradicionales de la tribu. Goranchacha, hijo del sol, nacido de una esmeralda, es el origen que atribuye una hermosa leyenda a uno de los primeros mandatarios muiscas. Sucedió que en tiempos antiguos —refieren las crónicas— se había anunciado que el Dios Sol fecundaría a una doncella del pueblo de Guachetá, y que el fruto de sus entrañas sería realmente hijo del astro rey. En espera de tan fausto suceso, las hijas del cacique frecuentaban las colinas del pueblo en horas matinales, con la esperanza de ser alguna de ellas la escogida, como efectivamente ocurrió, pues una empezó a sentir al poco tiempo síntomas de embarazo. Transcurrido el periodo de gestación, la princesa dio a luz una esmeralda, que, guardada en su pecho, bien envuelta, se convirtió a la postre en un niño, que la acompañó hasta la edad de veinticuatro años y a quien pusieron por nombre Goranchacha. Hecho hombre, el hijo del Dios Sol viajó hasta Ramiriquí y luego a Sogamoso, para destronar, por la fuerza y en castigo de las crueldades con su pueblo, a su antecesor, y asumir el mando.

Custodia La Preciosa de la Catedral de Bogotá

Desde mediados del siglo XVI se expiden reales cédulas para que la exposición del Santísimo Sacramento se haga con dignidad y para que los templos sean dotados con los elementos requeridos para el esplendor del culto divino. Como dejamos anotado, si en las provincias del Nuevo Reino de Granada las fábricas religiosas se levantaron con austera sencillez, sin la monumentalidad que alcanzaron las iglesias y conventos en Nueva España, en Nueva Castilla y en el Ecuador, en cambio una manifiesta suntuosidad se observó aquí en la riqueza de su decoración interior, profusa en el oro de los retablos y de los tabernáculos destinados a la exposición de la Sagrada Forma en ricas custodias y relicarios. En éstos, hábiles orfebres lograron obras que hoy todavía nos sorprenden por la belleza de su forma, las avanzadas técnicas metalúrgicas empleadas en su confección y la fastuosa pedrería de esmeraldas, diamantes, amatistas, rubíes, topacios, perlas y otras gemas preciosas que se muestran en sus engastes. José de Galaz, Nicolás de Burgos y Aguilera, José de la Iglesia, Antonio Rodríguez, N. Álvarez, son algunos de los nombres que recoge la historia entre quienes con singular destreza confeccionaron hermosas y ricas joyas religiosas para Santafé, Tunja y Popayán, las cuales constituyen significativas piezas del patrimonio histórico y artístico de la nación colombiana. 

En estas salas se presentan hoy a la admiración pública, entre otros, tres de los más hermosos especimenes de la orfebrería colonial, entrañablemente ligados a la historia misma del Nuevo Reino de Granada: la llamada Custodia Grande de Santa Clara la Real, de Tunja, recuperada recientemente, en 1987, después de que manos irreverentes la habían sacado clandestinamente del país; la Custodia de la Iglesia de San Ignacio, de Bogotá, conocida popularmente con el nombre de ‘‘La Lechuga” por el verde intenso de las esmeraldas de Muzo que la adornan y del esmaltado del ángel, que sostiene el refulgente sol que la informa en su remate, y la Custodia de la Catedral de Bogotá, más conocida como “La Preciosa”. La primera fue elaborada por el orfebre Nicolás de Burgos y Aguilera, para la iglesia del convento de las Clarisas de Tunja, en el año de 1737. Después de haber sufrido algunas alteraciones durante el tiempo que estuvo en manos de anticuarios y comerciantes, la custodia tiene hoy las siguientes características: altura 63.50 cms.; peso 4.217 gramos, equivalente a 135.6 onzas troy. La adornan 750 esmeraldas grandes; numerosas esmeraldas pequeñas, 37 diamantes, 2 rubíes, 42 amatistas, 2 topacios, 2 perlas barrocas, 580 perlas pequeñas, en total 1.500, entre unas y otras.

 

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