INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
LA SABANA DE BOGOTÁ |


 

La Negra Francisca — Subiendo y bajando — Las salchichas de la venta de Cuní — Villeta — Gran tertulia y mal alojamiento — Subiendo siempre — La Sabana — Tradiciones indígenas — Cercas — El Orejón —Campos de batalla — Gente en el mercado — Fontibón — Entrada a Bogotá.


 

En el grupo en que salí de Guaduas estaban los dos músicos holandeses, que también se quedaron unos días en esa población para evitar los efectos de un cambio demasiado brusco de clima y de altura, y dos personas más que habían llegado la noche anterior, en el barco que venía después del nuestro. Eran un tipógrafo bogotano de apellido Martínez y un niño Páez, de Caracas, que viajaba bajo la tutela de él.

Entre todos teníamos once cabalgaduras, suministradas por la emprendedora Negra Francisca, como le dicen siempre. Esta quería dividirnos en tres grupos, cada uno con menos de cinco bestias, de manera que tuviera que pagar un peón como bestia adicional. Pretendía enviarnos con tres peones y que pagáramos catorce cabalgaduras. Pero no nos dejamos. Devolví el peón que ya estaba envolviendo los baúles en los encerados, explicándole que pensaba viajar con otro peón y otras mulas. Al fin la Negra Francisca accedió a mandar dos peones y cobrar solamente por las once bestias, pero yo tuve que pagarle extra la montura, que resulté muy mala. A la Negra le costaba mucho trabajo contar el dinero, pero era muy carera. Se me perdió el papel donde apunté los precios; pero recuerdo que una vez pagué por un peón y tres bestias (cuatro), de Bogotá a Guaduas, $ 12,80; y de Guaduas a La Bodega, abajo de Honda, $ 6,40, que es muy caro.

Partimos a las 9, ya habiendo desayunado. Salir tan temprano es prueba de la eficiencia de la Negra Francisca, aunque en ese momento no lo aprecié como lo haría ahora, después de la larga experiencia que tengo con los desayunos “temprano” en la Nueva Granada.

Subiendo por los quingos empedrados de la montaña observé que entre el horizonte y el lomo de las mulas había un ángulo de 20º a 40º. Finalmente llegamos a un sitio donde se contempla tan nítidamente el valle como podría observarse en un mapa extendido.

Pensé que al paso que íbamos estaríamos en la Sabana de Bogotá antes del anochecer, pero al rato empezamos un descenso enorme y mientras bajábamos comprendí que si el camino hubiera seguido un poco más hacia el norte habría bordeado la montaña, economizándose gran parte de la subida y toda la bajada. Llegamos al Alto del Raizal y otra vez a bajar para volver a subir a un punto todavía más alto, el Alto del Trigo. Es posible que aquí se produzca el trigo, porque de acuerdo con Mosquera, la mayor autoridad en este camino, el Alto del Trigo está a una altura de 6.139 pies. Según este dato, habíamos subido 2.839 pies. Lewey habla de 4.148, poco menos de una milla, lo cual posiblemente es un error tipográfico de 2.000 pies. En Mosquera hay otro parecido, de 8.000 pies en la altura de Guaduas.

No me di cuenta en qué momento pasamos la hacienda de El Palmar, del señor Haldane, el “Obispo de Guaduas”. Lamenté no haber conocido a este excelente hombre, del cual he oído decir que ha sufrido muchísimo por carecer del tacto especial que se necesita para manejar peones. Dicen que sus primeros problemas surgieron a raíz de haber despedido un terrazguero porque insistía en vivir con su compañera sin casarse, para ahorrar los $ 5,60 que costaba la ceremonia. Parece que también hubo un intento de asesinar a la familia, pero el valor del escocés pudo más que el número de los atacantes. Tenía un trapiche nuevo que se quemó completamente la víspera de comenzar a cortar la caña de un cañaveral muy grande y perdió la cosecha. Luego se dedicó a cultivar café, y lo último que supe es que está otra vez a punto de perder toda la cosecha por no tener quién se la recoja.

Estábamos entre una multitud de cerros separados por valles profundos y estrechos, con casitas y labranzas en las laderas, pero ni un camino a la vista. La mayoría de los cultivos eran cañaverales. La palabra se deriva de “caña vera”, verdadera caña, esto es, caña de azúcar. Seguramente alguna vez hubo uno en el Cabo Cañaveral de la costa de Flórida, o Florida, como se decía antes de que Andrew Jackson le cambiara la pronunciación.

Para mí la caña es el cultivo más antipático de todos. Las hojas en los tallos rígidos son escasas y de un amarillo verdoso desteñido, y antes de la florescencia, cuando los hermosos penachos se mecen en la brisa, hay que cortar la caña para extraer el azúcar o para utilizarla como forraje. El cañaveral es todavía peor de cerca, porque es imposible cruzarlo sin exponerse a que el follaje, tieso y áspero, lastime la cara y los ojos.

En el Alto del Trigo entregué mi caballo a Nepomuceno, el peoncito del niño Páez, y descendí a pie hasta Cuní, a sabiendas de que por esa loma el que baja un paso pierde dos. Por el camino divisé una chimenea alta de ladrillo que me recordó mediatamente la de los países del Norte. Era la de la destilería del señor Wills, un inglés que compró el monopolio del suministro de bebidas alcohólicas para Bogotá. Destila el licor de la caña de azúcar, utilizando fuerza hidráulica.

Hace mucho tiempo que el señor Wills vive en la Nueva Granada, habla y escribe muy bien el español y se interesa enormemente por la prosperidad financiera del país. En una ocasión se pensó enviarlo como agente fiscal a Londres, pero no viajé porque los acreedores ingleses prefirieron que con lo que se iba a gastar en su sueldo les aumentaran los escasos dividendos. La inmensa caldera que está en la Bodega de Honda era para esta destilería.

Tres mujeres vadearon valerosamente la quebrada de Cuní mientras que yo la crucé saltando tímidamente de piedra en piedra. Al pasar, las mujeres entraron en la primera casa y yo las seguí y me encontré con la venta mejor que he visto en mi vida. El cuarto en que entramos podría llamarse la tienda, almacén diminuto de víveres, pero en realidad era más y era menos que una tienda. No me explico cómo se sostienen los propietarios de esta clase de establecimientos con las pocas ventas que realizan. Lo extraordinario es que en este caso los dueños casi habían logrado construir una casa enclaustrada, que aquí es la casa perfecta. La mayoría de las ventas no tienen más que una pieza fuera de la tienda, y a veces una ramada atrás para cocinar. En Cuní se puede entrar montado a caballo al patio y hay forraje para las cabalgaduras, a pesar de que contadas veces los viajeros lo compran, aun cuando pasan allí la noche.

Decidí esperar al resto del grupo en la venta y mientras llegaba me entretuve observando las mujeres. Lo primero que hicieron fue pedir un cuartillo de ajiaco. El cuartillo no es una medida; en la Nueva Granada no se utilizan las de capacidad y muy pocas veces las de peso, con excepción de la carga, que equivale más o menos a doscientas o doscientas cincuenta libras nuestras y es la carga de una mula. El cuartillo es la más pequeña moneda de plata y vale dos y medio céntimos. Unos señores que pasaron mientras esperaba, me mostraron la única moneda granadina de cobre que he visto. Teóricamente el cuartillo se divide en cuatro cuartos, pero en la práctica siempre se gasta entero y la mayoría de los panes y de las pastas de chocolate se venden por un cuarto. Una mitad es medio cuartillo; un medio es una moneda que vale cinco céntimos; y el real está legalmente dividido en diez céntimos, pero estos últimos nunca se usan.

Ya que estamos hablando de monedas, más vale continuar con el tema. El peso equivale legalmente a diez reales, pero de hecho nunca vale más de ocho, y el viajero, aunque solo se lo digan una vez, no debe tener ninguna duda al respecto. Si después de un acuerdo |verbal le exigen pesos legales de diez reales, no debe pagarlos, porque simplemente es un engaño en el que no caen las personas con experiencia.

A los dólares los llaman pesos fuertes, duros o fuertes, excepto en las subastas y en los documentos legales. El patacón es una moneda que vale ocho reales, pero también puede ser la tajada del plátano verde, cortada transversalmente y frita hasta que quede bien tostada. Una onza es una moneda de oro que vale aproximadamente diez y seis dólares, y existe además otra, un poco más pesada que la doble águila de los Estados Unidos, que se llama Cóndor.

Pues bien, la numismática nos entretuvo mientras se calentaba el ajiaco y lo servían en la totuma que colocaron en unaargolla de madera clavada al mostrador; en esta forma la totuma, que tiene la base redonda, no se vuelca. El ajiaco es un caldo espeso con pedazos de plátano o de papa y a veces hasta dos o tres bocados de carne, en caso de que la cocinera sea generosa; si esta además es buena guisandera, el plato es aceptable.

A las mujeres no les llevaron sino una cuchara de madera, tal vez de totumo, y cada una, por turnos, tomaba una cucharada hasta que pronto, demasiado pronto, terminaron el ajiaco. En realidad era una porción moderada para una sola persona, quizá la menos pobre de las tres estaba compartiendo con sus vecinas lo poco que tenía.

Hace diez años, en este mismo lugar, hubo una comida muchísimo más divertida. Un sombrerero neoyorquino que solo hablaba unas palabras de español estaba desesperado y casi muriéndose de hambre porque no resistía la comida granadina, que le parecía horrible, en especial los cominos, pero se le iluminó la cara cuando vio en esta misma tienda unas legitimas salchichas colgadas del techo. (Aquí la “bologna” se llama salchicha). Entonces tuvo una idea brillante: recordó haber visto cómo se preparaban; aún más, tenía seguridad de poder cocinarlas él mismo, y estaba decidido a darse un banquete, costara lo que costara. Compró una cantidad enorme de salchichas, y las pagó en cantidad inversa al español que sabía. Pero esta fue la parte más fácil de todas. Con gran dificultad consiguió una olla de barro de fabricación casera, que servía para freír. Los campesinos, atónitos ante los preparativos, lo llevaron a ese sitio que todavía me falta describir, la cocina granadina.

Gesticulando, con su mal español y con la dedicación que solo puede tener un hombre mil veces asediado y perseguido por los cominos, vigiló celosamente que no echaran ni un solo ingrediente heterodoxo en la olla, en especial ese detestable aliño. El éxito rotundo coronó sus esfuerzos. Se sentó feliz a la mesa, con un plato de salchichas tan buenas como las que preparaba su madre. Se llevó ávidamente el primer bocado a la boca y ¡horror de los horrores!, descubrió que a las salchichas también las pueden rellenar con cominos.

Steuart nos describe vívidamente su experiencia: “Entonces serví las salchichas mientras los ojos, con deleite infinito, seguían el movimiento del cuchillo al partir en dos el tan anhelado pedazo; pero ¡oh horror de los horrores! Todas las deliciosas expectativas se desvanecieron de un solo golpe porque el primer mordisco me reveló que también las habían condimentado generosamente con el siempre presente y nunca ausente comino”.

En cuanto a mí, debo confesar que hasta llegar a Cuní no había probado nada tan desagradable como la salchicha. Es la única cosa que he sido absolutamente incapaz de comer, pero mi problema no está en los cominos sino en los ajos. Sin embargo, los campesinos que presenciaron el fracaso de Steuart lo atribuyeron a su ignorancia culinaria en materia de preparación de salchicha. En esta misma venta comimos dos personas por seis reales y tuvimos que esperar menos de una hora. Sería un sitio ideal para pernoctar, pero como es casi obligado cambiar de bestias y pasar la noche en Guaduas, se llega aquí cerca del medio día. En el viaje de Cuní a Guaduas que realicé meses después, entre las 2 y las 4 de la tarde, experimenté una de las jornadas más calurosas que he conocido en el trópico.

Por fin llegaron los compañeros y me fui con ellos. Al poco rato vimos un pedazo de camino que parecía el terraplén para un ferrocarril, pero con una vuelta en ángulo agudo. Nadie lo utiliza porque es más fácil cruzarlo que seguirlo. Únicamente un norteamericano podría trazar carreteras útiles en la Nueva Granada, porque apenas en los Estados Unidos se construyen todos los años grandes trayectos de caminos |baratos. Hay personas que como “Jack el ciego” de Derbyshire, en Inglaterra, son genios para trazar caminos, y un genio de esos está haciendo mucha falta en la Nueva Granada. Aquí se construyen los caminos derecho loma arriba y derecho loma abajo. Frente a una montaña, los europeos, que ya casi no tienen que hacer caminos y poseen dinero de sobra, abren túneles; los yanquis la bordean. Los granadinos deberían aprender de estos últimos.

Otra vez volvimos a subir, y en el Alto de Petaquero vi un naranjo solitario. Contento de comer unas frutas gratis, me fui con mi caballo debajo del árbol y con algún trabajo llené los bolsillos de naranjas. Para mi sorpresa, resultaron ser de una especie que tiene la cáscara gruesísima y tan ácidas que es imposible comerlas. Son las naranjas agrias o |Citrus vulgaris, conocidas también como naranjas sevillanas. Solamente son buenas cocinadas con azúcar o mezclando el jugo con agua y endulzándolo.

Después de otro descenso escarpado llegamos a Villeta, el único pueblo de verdad que hay entre Guaduas y la Sabana de Bogotá. Según Mosquera, está a 2.635 pies y tiene una temperatura media de 77º, así que es bastante más bajo que Guaduas, lo cual quiere decir que perdimos todo el tiempo que gastamos subiendo. Comparando los ascensos con los descensos que hicimos entre Honda y Villeta, hemos perdido unos 4.129 pies, solo 488 pies menos que una milla vertical. Pero si a esto se agregan los descensos de los altos de El Raizal y de Petaquero, hay una pérdida absoluta de mucho más de una milla subiendo y otro tanto bajando. Es imposible comprender semejante desgaste de energías en subidas innecesarias seguidas por bajadas inútiles.

Imagínese el lector que el principal camino de los Estados Unidos subiera en zig-zag de la base hasta la cima del monte Washington y que de allí bajara al otro lado. Ese sería un recorrido mucho |menor que el inútil descenso que hicimos en día y medio de viaje y que los itinerarios del correo calculan en once horas. ¡Once horas para recorrer una distancia real de treinta y una millas! Precisamente para que la capital siga administrando semejante joya de camino se extiende la provincia de Bogotá hasta Pescaderías, por una región de clima completamente distinto y de gentes con costumbres e intereses del todo diferentes a los de los bogotanos.

Villeta está situada a orillas del río Negro, que desemboca en el Magdalena cerca a Buenavista. Posiblemente la carretera de la capital al Magdalena se construya en un futuro pasando por Villeta y no por Guaduas, aunque el valle de ésta sea más amplio, fértil y hermoso que el de Villeta. Además el clima es más fresco, y por eso, a pesar de estar más lejos de Bogotá, Guaduas sigue siendo más visitada. Pero Villeta produce mayor cantidad de miel y de azúcar.

Por melado se entienden varios productos: la miel, que es una melaza delgada; la miel de purga, más espesa, y el almíbar, todos sacados de la caña de azúcar. La miel de abejas no se utiliza en la mesa granadina. Todo el azúcar que se produce en Villeta es de una clase barata llamada panela, que se hace mediante concentración suficiente de azúcar como para que forme cristales finos sin convertirse en melaza. A la panela la funden en forma de ladrillos y vale la tercera parte del pan de azúcar moreno, que es al único que aquí le dicen azúcar y que a veces cuesta hasta quince céntimos la libra. También se encuentra algo parecido al azúcar refinado, pero es muy difícil encontrar lo que nosotros llamamos pan de azúcar.

Entramos a almorzar en la mejor venta o posada de Villeta y como la espera parecía larga, salí a pasear por las calles mal empedradas hasta llegar a la plaza y a la iglesia. El aspecto de esta es igual al de la de Guaduas, pero es más pobre; todas las estatuas están mal pintadas y los cuadros tienen imágenes burdas y planas. Lo único que me interesó fue una orquídea a los pies de un santo, la segunda de esa clase que veía en la Nueva Granada, pero no me atreví a cogerla. De regreso de la iglesia encontré la escuela. El maestro era un muchacho inteligente de diez y siete años, bien vestido pero con la ropa toda vieja. Aunque el salón estaba dispuesto para enseñar utilizando el plan lancasteriano, se veía que el maestro no tenía ni idea de nada diferente a enseñar los procesos mecánicos de leer, escribir y rezar. Desde entonces he visitado muchas escuelas y pocas son mucho mejores o mucho peores que esta.

Cuando regresé la comida no estaba lista todavía, aun cuando había habido tiempo suficiente para matar un novillo, cocinarlo y comerlo. Me temo que deseaban que permaneciéramos ahí en Villeta a pasar la noche, pero cuando vieron que habíamos enviado el equipaje adelante, se resignaron y nos sirvieron la comida, que no fue ninguna maravilla, pero así pudimos salir a eso de las cinco.

Seguimos a lo largo del río Negro, cruzamos el puente de Guama y pasamos Guayabal y Mave. En esta jornada aprendí un dato nuevo de historia natural: parece que algunas cabalgaduras no pueden tomar agua con el freno puesto, lo cual es supremamente molesto y me ha obligado a apearme muchas veces en los sitios más incómodos, como son las riberas fangosas de algunas quebradas. Estoy seguro de que cualquier caballo mío, siempre y cuando que hubiera suficientes bebederos, aprendería esearte en un solo día. Pero cuando se alquila una bestia por dos días, es mejor tolerarle los caprichos.

Ya era de noche y nos habría gustado detenernos para pernoctar, pero los peones, en un despliegue de diligencia inexplicable, se habían adelantado con el equipaje. Cruzamos El Salitre, un trecho de camino tan malo que a veces se necesita medio día para pasarlo, pero en la oscuridad no nos dimos cuenta de los peligros y llegamos por fin a una venta repleta de gente bulliciosa y donde estaba todo el equipaje amontonado bajo un alero. Solo tenía ella una pieza fuera de la tienda. Dos velas de sebo en un candelero rústico de madera iluminaban débilmente la multitud de hombres y mujeres. Dos o tres estaban en una mesa jugando con unas cartas cuyo aspecto, número y nombre ni el mismo Hoyle conocería | | (1) . Los cuatro palos son copas, bastos, oros y espadas, y creo que consta de cuarenta cartas.

En la venta estaban cantando, tocando y, si no me equivoco, también bailaban. El instrumento principal era el tiple, una bandola en miniatura que, a su vez, es más pequeña que la guitarra. El tiple es un instrumento de tortura, de poco más de doce pulgadas de largo, al cual creo que nunca le pisan las cuerdas con la precisión de un violinista o de un guitarrista. Una vez afinado es fácil de tocar porque las cuerdas se rasgan de cualquier manera; solo se necesita guardar cierto ritmo y compás.

El tiple es baratísimo, cuesta dos o tres reales y el país está plagado de ellos, no solo en las tiendas sino hasta en los caminos. Esa noche acompañaba al tiple un alfandoque, instrumento hecho con la sección pequeña de una guadua, con muchas clavijas que atraviesan la cavidad del canuto, en la cual meten granos de maíz o guijarros. Es la sonajera más estupenda que jamás se puso en las manos de un niño grande. Alfandoque también llaman una pasta de azúcar del tamaño de una galleta y llena de huecos, que se deshace en la boca; como otro dulce al que le dicen besos.

Ahora sí comprendimos la prisa que se habían dado nuestros peones. Por eso es que el viajero debe tener mucho cuidado cuando pase al atardecer por un sitio donde hay fiesta o parranda, si el equipaje va atrás, porque inevitablemente le ocurrirá algún accidente a las bestias o al peón y tendrá que dormir esa noche sin equipaje.

Al salir de la tienda para escapar al ruido, pisé una cosa blanda, me imaginé que era un perro o un gato y quité rápidamente el pie; pero en vez de los aullidos de dolor de un animal oí los sollozos de un bebé que estaba desnudo. La mamá, tan buena madre como una avestruz, creyó que no le pasaría nada gateando entre pies descalzos y el pobre terminó debajo del tacón de mi bota de montar.

Me sentía enfermo y al reunirnos en consejo los viajeros todos estábamos desesperados. El único que tenía hamaca era yo y el equipaje estaba tan revuelto y los peones tan |ocupados que nos costó mucho trabajo encontrar las mantas. Los holandeses dijeron que ellos no dormirían allí; cogieron sus bayetones y se fueron a una casa vecina pero volvieron al rato. En el corredor de atrás había una artesa de melaza con tapa y encima de esta acomodamos la cama para el niño venezolano. Martínez extendió sus trastos en el suelo y paró una estora al lado para proteger la cabeza del viento frío de la montaña. Encima de él guindé yo la hamaca y después de que me acostumbré al ruido, dormí como un príncipe.

Por la mañana me desperté y vi que los holandeses se habían dormido por fin, los dos acurrucados como un par de cerdos sobre las piedras al frente de la casa. De colchón habían puesto un bayetón que servía tanto como una pluma en una roca, mientras que con el otro se cobijaron. Pero después no se quejaron tanto de la cama como del ruido, que les pareció una serenata infernal. Parte de los asistentes a la fiesta se había ido, pero otros estaban dispersos por el suelo, durmiendo en distintas posiciones.

Sin ni siquiera esperar una taza de chocolate nos marchamos de la venta, diciendo adiós en tantos idiomas que sería innecesario, pedante y molesto repetirlos todos. Cerca a la venta vi un arbusto florecido de Cinchona, pero de una especie inútil.

Desayunamos después de Chimbí en El Escobal o Agualarga, con carne de res frita, huevos fritos y plátano frito. A los pocos minutos de estar en camino empezó a lloviznar. Me puse el encauchado y presté mi paraguas. Más adelante no había llovido ni una gota pero luego volvió a comenzar la lluvia. Escampó cuando llegamos a Aserradero, sitio que me recordó a Vermont. En especial, había una casa que parecía muy yanqui, rodeada de pastos con cercas y hasta las flores se veían distintas. Me llamó la atención una florecita que me habría interesado todavía más si en ese momento hubiera sabido que se da en los sitios que pasan de cierta altura, y que se puede considerar como la señal que marca el umbral de la tierra fría. Es parecida al diente de león, pero no tiene tallo, y si se quiere ver la conexión entre la hoja y la flor, hay que escarbar la tierra. Es la |Aschyrophorus sensiliflorus, llamada aquí achicoria, y crece desde la respetable altura de casi 7.900 pies sobre el nivel del mar.

Mucho antes de llegar a Aserradero podíamos ver los cerros que bordean la Sabana de Bogotá, erguidos como los muros de una fortaleza. Tuve la impresión de que el camino nos llevaba a un sitio por donde era muy difícil atravesarlos, pero nunca he sabido de un paso fácil para entrar a la Sabana. Sin embargo, habrá que encontrarlo el día que se construya un ferrocarril, a menos que el maquinista le enseñe a la locomotora a trepar como hormiga y a saltar como grillo. Hasta un plano inclinado sería más difícil de construir que un funicular. El camino avanzaba dando vueltas todo el tiempo y tan empinado como una escalera, pero lo que más me sorprendió fue la vegetación, diferente a la que había pensado encontrar en estas alturas, y variaba a cada vuelta del camino. Vi begonias y fucsias que entre nosotros son flores de invernadero y me llamó mucho la atención una planta sin flores, con hojas amplias y grandes racimos de bayas o nueces, que resultó ser la forma más rara y reducida de una amapola, la |Bocconia Frutescens. |

Finalmente el ascenso se hizo menos duro y en El Roble terminó la subida. Allí hay una venta en la que nos detuvimos un rato. No podía creer que estábamos a la altura de Bogotá, pero la verdad era que ese sitio es todavía más alto. Eran algo más de las doce y desde la noche anterior habíamos subido más de una milla perpendicular. De acuerdo con Humboldt estábamos a 8.858 pies sobre el nivel del mar, o sea a 300 más que la cima del monte Washington. De allí seguimos por una bajada suave, sin piedras, y por fin la inmensa llanura se abrió ante nuestros ojos. Para el viajero el espectáculo es increíble; parece imposible que después de semejante subida se pueda llegar a tierras planas sin antes haber tenido que bajar horas enteras. La Sabana se extendía frente a nosotros treinta millas hacia el oriente, más o menos sesenta millas desde Suesca, al norte, hasta Sibaté, al sur. Se calcula que tiene 1.378.331 millas cuadradas, o sea 220.533 acres, más unas pocas pulgadas cuadradas.

La acción del agua niveló la Sabana; pocos dudan hoy en día de que la inmensa llanura fue un lago hace años. Pero sea como fuere, es un hueco de profundidad desconocida y lleno de tierra aluvial. La línea divisoria entre los cerros y la llanura es tan clara, que en lo primero que piensa el observador desprevenido es en un lago, y las colinas que se elevan cerca a los límites de la Sabana parecen |islas y los cerros |playas. |

La tradición indígena cuenta que Chía o Yubecayguaya o Huitaca era una diosa bellísima pero maligna que inundó la Sabana obligando a sus habitantes a huir a las montañas para salvar la vida. Su esposo Bochica, también llamado Zuhé o Nemqueteba, la transformó en luna y golpeando con el bastón los cerros que bordeaban el lago formó el Salto de Tequendama. Las aguas encontraron salida y se desecó la llanura; entonces Bochica se retiró a Sogamoso donde reinó durante dos mil años.

Es muy difícil saber qué profundidad tuvieron las aguas de ese lago, si es que en realidad existió. La tradición dice que él se desaguó, pero no he encontrado ninguna prueba en apoyo de esta teoría, como indudablemente sí existe en el caso de otras llanuras que hay al norte de la Sabana. Pero si aquí hubo alguna vez un lago debió haber sido muy poco profundo comparado con su extensión.Para los bogotanos la Sabana es lo más maravilloso del mundo y poco les importa que lo único que en ella se produce sea el trigo, la cebada, pastos y unas pocas raíces. El clima es tan frío que en cualquier época del año puede haber escarcha y en cualquier mes una serie de días nublados y noches claras termina por congelar toda la superficie de la Sabana.

Ese día la vimos en todo su esplendor, absolutamente plana y fuera de unos sectores inundados en el centro, tan seca comolas llanuras de Illinois en octubre, con un clima también parecido. La Sabana nunca alcanza a tener esa verdura primaveral que adquiere la naturaleza cuando acaba de escapar de la prisión invernal. Pero la transparencia del aire, las montañas que la enmarcan y el contraste con el territorio escarpado que hay que cruzar para llegar a ella, hacen de la Sabana un espectáculo imborrable e indescriptible. 

Empezamos a trotar pero pronto me faltó el aire y tuve que rogar a mis compañeros que disminuyeran el paso porque ya no tenía fuerzas ni para jalar las riendas y estaba a punto de caerme de la montura.

Más adelante tuvimos que regresar porque habíamos pasado de largo sin ver la posada donde íbamos a detenernos. La fachada sin ventanas a la calle no era nada halagadora, pero al cruzar el gran portón nos encontramos en una casa enclaustrada, con un patio enorme al que daban todas las puertas, inclusive la de la tienda, que en todas las otras ventas da a la calle. En el centro del patio había una era de seis por seis sembrada de arbustos.

En el patio también había animales, algunas guacamayas, |Ara glauca, y un mico tuerto; pero lo que más me llamó la atención fue un ave algo más pequeña que un pavo, que llaman paují. Creo que es el |Ourax alector y parece un ventrílocuo porque hace un ruido que primero da la impresión de venir de muy lejos y luego se vuelve un zumbido parecido al que hace un palo que se tira rápidamente por el aire.

La posada se llama Botello (no debe confundirse este nombre con botella) y es en realidad mucho mejor que las posadas comunes y corrientes. Si tuviera establos y pienso para las bestias, sería tan buena como una de nuestras hosterías campestres. Lo único malo era que en la pieza no había manera de guindar la hamaca y en el corredor hacía mucho frío. Hicieron lo posible por darme una cama que me gustara, pero de todas maneras me pareció demasiado dura. Sin embargo, la comida y el desayuno estaban bastante buenos, así que, en general, quedé muy satisfecho con el sitio.

Por la mañana me sorprendió ver el patio repleto de mulas de carga, lo cual me hizo pensar que la popularidad de Botello era enorme, pero ahora se me ocurre otra explicación. La presencia de casi un centenar de mulas cargadas en su mayoría con odres de miel no podía ser suceso diario, pero ese día era miércoles, día de mercado en Facatativá.

Cometí el grave error de salir de Botello sin antes haberme puesto grasa en la cara y especialmente en los labios. Contra el sol y el viento no hay mejor protección que la grasa, y el viento de la Sabana es tan seco que sus caricias resultan muy dolorosas. Los labios me han sangrado semanas enteras después de haberme expuesto al viento, aunque soplara a mis espaldas todo el tiempo. Muchas personas se protegen con algún pedazo de tela, pero a mí me parece menos conveniente y poco agradable viajar con la cara arropada.

Salimos muy tarde y sin ninguna organización. En primer lugar, los peones revolvieron todo el equipaje y fueron vanas mis súplicas para que pusieran mis cargas en una sola bestia, con el resultado de que al llegar a Bogotá hubo que descargar cuatro mulas para encontrar mis dos bultos. En segundo lugar, los peones dejaron salir unas de ellas antes de que todas estuvieran cargadas, y posiblemente lo hicieron a propósito, para tener oportunidad de conversar con las muchachas en el mercado de Facatativá; y para colmo, encontramos algunas mulas andando sin peón y nosotros tuvimos que arrearlas por las calles de Facatativá para no perder las cargas. Una mula se metió por entre dos casas a un potrero y casi no la saco, porque la en que estaba montado resolvió que quería pastar también con la otra, y yo no tenía espuelas.

Ya fuera del pueblo resolvimos detenernos y reunir toda la caravana, pero se nos presentó una dificultad: ninguno de nosotros, incluyendo al venezolano, y ni siquiera el bogotano, sabía la palabra para hacer parar las bestias. Aquí dicen |o-o-ís-te y en otras partes |sh y en otras |chí-to-o. Nosotros apelamos a un recurso mejor: compramos un medio de maíz, que en la Sabana se demora mucho para madurar, y les dimos las mazorcas a los famélicos animales, los cuales se pararon felices hasta que llegaron los peones con el resto de ellos. 
 

1.  Edmond Hoyle, 1672 - 1769, inglés, autoridad en whist, juego de naipes. Enciclopedia de juegos de mesa. (N. de la T.). (regresar 1)  

 

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