LA SABANA DE
BOGOTÁ
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La Negra Francisca — Subiendo y
bajando — Las salchichas de la venta de Cuní — Villeta
— Gran tertulia y mal alojamiento — Subiendo siempre
— La Sabana — Tradiciones indígenas — Cercas —
El Orejón —Campos de batalla — Gente en el mercado —
Fontibón — Entrada a Bogotá.
En el grupo en que salí de Guaduas estaban los dos músicos
holandeses, que también se quedaron unos días en esa población para
evitar los efectos de un cambio demasiado brusco de clima y de
altura, y dos personas más que habían llegado la noche anterior, en
el barco que venía después del nuestro. Eran un tipógrafo bogotano
de apellido Martínez y un niño Páez, de Caracas, que viajaba bajo
la tutela de él.
Entre todos teníamos once cabalgaduras, suministradas por la
emprendedora Negra Francisca, como le dicen siempre. Esta quería
dividirnos en tres grupos, cada uno con menos de cinco bestias, de
manera que tuviera que pagar un peón como bestia adicional.
Pretendía enviarnos con tres peones y que pagáramos catorce
cabalgaduras. Pero no nos dejamos. Devolví el peón que ya estaba
envolviendo los baúles en los encerados, explicándole que pensaba
viajar con otro peón y otras mulas. Al fin la Negra Francisca
accedió a mandar dos peones y cobrar solamente por las once
bestias, pero yo tuve que pagarle extra la montura, que resulté muy
mala. A la Negra le costaba mucho trabajo contar el dinero, pero
era muy carera. Se me perdió el papel donde apunté los precios;
pero recuerdo que una vez pagué por un peón y tres bestias
(cuatro), de Bogotá a Guaduas, $ 12,80; y de Guaduas a La Bodega,
abajo de Honda, $ 6,40, que es muy caro.
Partimos a las 9, ya habiendo desayunado. Salir tan temprano es
prueba de la eficiencia de la Negra Francisca, aunque en ese
momento no lo aprecié como lo haría ahora, después de la larga
experiencia que tengo con los desayunos “temprano” en la
Nueva Granada.
Subiendo por los quingos empedrados de la montaña observé que
entre el horizonte y el lomo de las mulas había un ángulo de 20º a
40º. Finalmente llegamos a un sitio donde se contempla tan
nítidamente el valle como podría observarse en un mapa
extendido.
Pensé que al paso que íbamos estaríamos en la Sabana de Bogotá
antes del anochecer, pero al rato empezamos un descenso enorme y
mientras bajábamos comprendí que si el camino hubiera seguido un
poco más hacia el norte habría bordeado la montaña, economizándose
gran parte de la subida y toda la bajada. Llegamos al Alto del
Raizal y otra vez a bajar para volver a subir a un punto todavía
más alto, el Alto del Trigo. Es posible que aquí se produzca el
trigo, porque de acuerdo con Mosquera, la mayor autoridad en este
camino, el Alto del Trigo está a una altura de 6.139 pies. Según
este dato, habíamos subido 2.839 pies. Lewey habla de 4.148, poco
menos de una milla, lo cual posiblemente es un error tipográfico de
2.000 pies. En Mosquera hay otro parecido, de 8.000 pies en la
altura de Guaduas.
No me di cuenta en qué momento pasamos la hacienda de El Palmar,
del señor Haldane, el “Obispo de Guaduas”. Lamenté no
haber conocido a este excelente hombre, del cual he oído decir que
ha sufrido muchísimo por carecer del tacto especial que se necesita
para manejar peones. Dicen que sus primeros problemas surgieron a
raíz de haber despedido un terrazguero porque insistía en vivir con
su compañera sin casarse, para ahorrar los $ 5,60 que costaba la
ceremonia. Parece que también hubo un intento de asesinar a la
familia, pero el valor del escocés pudo más que el número de los
atacantes. Tenía un trapiche nuevo que se quemó completamente la
víspera de comenzar a cortar la caña de un cañaveral muy grande y
perdió la cosecha. Luego se dedicó a cultivar café, y lo último que
supe es que está otra vez a punto de perder toda la cosecha por no
tener quién se la recoja.
Estábamos entre una multitud de cerros separados por valles
profundos y estrechos, con casitas y labranzas en las laderas,
pero ni un camino a la vista. La mayoría de los cultivos eran
cañaverales. La palabra se deriva de “caña vera”,
verdadera caña, esto es, caña de azúcar. Seguramente alguna vez
hubo uno en el Cabo Cañaveral de la costa de Flórida, o Florida,
como se decía antes de que Andrew Jackson le cambiara la
pronunciación.
Para mí la caña es el cultivo más antipático de todos. Las hojas
en los tallos rígidos son escasas y de un amarillo verdoso
desteñido, y antes de la florescencia, cuando los hermosos penachos
se mecen en la brisa, hay que cortar la caña para extraer el azúcar
o para utilizarla como forraje. El cañaveral es todavía peor de
cerca, porque es imposible cruzarlo sin exponerse a que el follaje,
tieso y áspero, lastime la cara y los ojos.
En el Alto del Trigo entregué mi caballo a Nepomuceno, el
peoncito del niño Páez, y descendí a pie hasta Cuní, a sabiendas de
que por esa loma el que baja un paso pierde dos. Por el camino
divisé una chimenea alta de ladrillo que me recordó mediatamente la
de los países del Norte. Era la de la destilería del señor Wills,
un inglés que compró el monopolio del suministro de bebidas
alcohólicas para Bogotá. Destila el licor de la caña de azúcar,
utilizando fuerza hidráulica.
Hace mucho tiempo que el señor Wills vive en la Nueva Granada,
habla y escribe muy bien el español y se interesa enormemente por
la prosperidad financiera del país. En una ocasión se pensó
enviarlo como agente fiscal a Londres, pero no viajé porque los
acreedores ingleses prefirieron que con lo que se iba a gastar en
su sueldo les aumentaran los escasos dividendos. La inmensa caldera
que está en la Bodega de Honda era para esta
destilería.
Tres mujeres vadearon valerosamente la quebrada de Cuní mientras
que yo la crucé saltando tímidamente de piedra en piedra. Al pasar,
las mujeres entraron en la primera casa y yo las seguí y me
encontré con la venta mejor que he visto en mi vida. El cuarto en
que entramos podría llamarse la tienda, almacén diminuto de
víveres, pero en realidad era más y era menos que una tienda. No me
explico cómo se sostienen los propietarios de esta clase de
establecimientos con las pocas ventas que realizan. Lo
extraordinario es que en este caso los dueños casi habían logrado
construir una casa enclaustrada, que aquí es la casa perfecta. La
mayoría de las ventas no tienen más que una pieza fuera de la
tienda, y a veces una ramada atrás para cocinar. En Cuní se puede
entrar montado a caballo al patio y hay forraje para las
cabalgaduras, a pesar de que contadas veces los viajeros lo
compran, aun cuando pasan allí la noche.
Decidí esperar al resto del grupo en la venta y mientras llegaba
me entretuve observando las mujeres. Lo primero que hicieron fue
pedir un cuartillo de ajiaco. El cuartillo no es una medida; en la
Nueva Granada no se utilizan las de capacidad y muy pocas veces las
de peso, con excepción de la carga, que equivale más o menos a
doscientas o doscientas cincuenta libras nuestras y es la carga de
una mula. El cuartillo es la más pequeña moneda de plata y vale dos
y medio céntimos. Unos señores que pasaron mientras esperaba, me
mostraron la única moneda granadina de cobre que he visto.
Teóricamente el cuartillo se divide en cuatro cuartos, pero en la
práctica siempre se gasta entero y la mayoría de los panes y de las
pastas de chocolate se venden por un cuarto. Una mitad es medio
cuartillo; un medio es una moneda que vale cinco céntimos; y el
real está legalmente dividido en diez céntimos, pero estos últimos
nunca se usan.
Ya que estamos hablando de monedas, más vale continuar con el
tema. El peso equivale legalmente a diez reales, pero de hecho
nunca vale más de ocho, y el viajero, aunque solo se lo digan una
vez, no debe tener ninguna duda al respecto. Si después de un
acuerdo
|verbal le exigen pesos legales de diez reales, no
debe pagarlos, porque simplemente es un engaño en el que no caen
las personas con experiencia.
A los dólares los llaman pesos fuertes, duros o fuertes, excepto
en las subastas y en los documentos legales. El patacón es una
moneda que vale ocho reales, pero también puede ser la tajada del
plátano verde, cortada transversalmente y frita hasta que quede
bien tostada. Una onza es una moneda de oro que vale
aproximadamente diez y seis dólares, y existe además otra, un poco
más pesada que la doble águila de los Estados Unidos, que se llama
Cóndor.
Pues bien, la numismática nos entretuvo mientras se calentaba el
ajiaco y lo servían en la totuma que colocaron en unaargolla
de madera clavada al mostrador; en esta forma la totuma, que tiene
la base redonda, no se vuelca. El ajiaco es un caldo espeso con
pedazos de plátano o de papa y a veces hasta dos o tres bocados de
carne, en caso de que la cocinera sea generosa; si esta además es
buena guisandera, el plato es aceptable.
A las mujeres no les llevaron sino una cuchara de madera, tal
vez de totumo, y cada una, por turnos, tomaba una cucharada hasta
que pronto, demasiado pronto, terminaron el ajiaco. En realidad era
una porción moderada para una sola persona, quizá la menos pobre de
las tres estaba compartiendo con sus vecinas lo poco que
tenía.
Hace diez años, en este mismo lugar, hubo una comida muchísimo
más divertida. Un sombrerero neoyorquino que solo hablaba unas
palabras de español estaba desesperado y casi muriéndose de hambre
porque no resistía la comida granadina, que le parecía horrible, en
especial los cominos, pero se le iluminó la cara cuando vio en esta
misma tienda unas legitimas salchichas colgadas del techo. (Aquí la
“bologna” se llama salchicha). Entonces tuvo una idea
brillante: recordó haber visto cómo se preparaban; aún más, tenía
seguridad de poder cocinarlas él mismo, y estaba decidido a darse
un banquete, costara lo que costara. Compró una cantidad enorme de
salchichas, y las pagó en cantidad inversa al español que sabía.
Pero esta fue la parte más fácil de todas. Con gran dificultad
consiguió una olla de barro de fabricación casera, que servía para
freír. Los campesinos, atónitos ante los preparativos, lo llevaron
a ese sitio que todavía me falta describir, la cocina
granadina.
Gesticulando, con su mal español y con la dedicación que solo
puede tener un hombre mil veces asediado y perseguido por los
cominos, vigiló celosamente que no echaran ni un solo ingrediente
heterodoxo en la olla, en especial ese detestable aliño. El éxito
rotundo coronó sus esfuerzos. Se sentó feliz a la mesa, con un
plato de salchichas tan buenas como las que preparaba su madre. Se
llevó ávidamente el primer bocado a la boca y ¡horror de los
horrores!, descubrió que a las salchichas también las pueden
rellenar con cominos.
Steuart nos describe vívidamente su experiencia: “Entonces
serví las salchichas mientras los ojos, con deleite infinito,
seguían el movimiento del cuchillo al partir en dos el tan anhelado
pedazo; pero ¡oh horror de los horrores! Todas las deliciosas
expectativas se desvanecieron de un solo golpe porque el primer
mordisco me reveló que también las habían condimentado
generosamente con el siempre presente y nunca ausente
comino”.
En cuanto a mí, debo confesar que hasta llegar a Cuní no había
probado nada tan desagradable como la salchicha. Es la única cosa
que he sido absolutamente incapaz de comer, pero mi problema no
está en los cominos sino en los ajos. Sin embargo, los campesinos
que presenciaron el fracaso de Steuart lo atribuyeron a su
ignorancia culinaria en materia de preparación de salchicha.
En esta misma venta comimos dos personas por seis reales y tuvimos
que esperar menos de una hora. Sería un sitio ideal para pernoctar,
pero como es casi obligado cambiar de bestias y pasar la noche en
Guaduas, se llega aquí cerca del medio día. En el viaje de Cuní a
Guaduas que realicé meses después, entre las 2 y las 4 de la tarde,
experimenté una de las jornadas más calurosas que he conocido en el
trópico.
Por fin llegaron los compañeros y me fui con ellos. Al poco rato
vimos un pedazo de camino que parecía el terraplén para un
ferrocarril, pero con una vuelta en ángulo agudo. Nadie lo utiliza
porque es más fácil cruzarlo que seguirlo. Únicamente un
norteamericano podría trazar carreteras útiles en la Nueva Granada,
porque apenas en los Estados Unidos se construyen todos los años
grandes trayectos de caminos
|baratos. Hay personas que como
“Jack el ciego” de Derbyshire, en Inglaterra, son genios
para trazar caminos, y un genio de esos está haciendo mucha falta
en la Nueva Granada. Aquí se construyen los caminos derecho loma
arriba y derecho loma abajo. Frente a una montaña, los europeos,
que ya casi no tienen que hacer caminos y poseen dinero de sobra,
abren túneles; los yanquis la bordean. Los granadinos deberían
aprender de estos últimos.
Otra vez volvimos a subir, y en el Alto de Petaquero vi un
naranjo solitario. Contento de comer unas frutas gratis, me fui con
mi caballo debajo del árbol y con algún trabajo llené los bolsillos
de naranjas. Para mi sorpresa, resultaron ser de una especie que
tiene la cáscara gruesísima y tan ácidas que es imposible comerlas.
Son las naranjas agrias o
|Citrus vulgaris, conocidas también
como naranjas sevillanas. Solamente son buenas cocinadas con azúcar
o mezclando el jugo con agua y endulzándolo.
Después de otro descenso escarpado llegamos a Villeta, el único
pueblo de verdad que hay entre Guaduas y la Sabana de Bogotá. Según
Mosquera, está a 2.635 pies y tiene una temperatura media de 77º,
así que es bastante más bajo que Guaduas, lo cual quiere decir que
perdimos todo el tiempo que gastamos subiendo. Comparando los
ascensos con los descensos que hicimos entre Honda y Villeta, hemos
perdido unos 4.129 pies, solo 488 pies menos que una milla
vertical. Pero si a esto se agregan los descensos de los altos de
El Raizal y de Petaquero, hay una pérdida absoluta de mucho más de
una milla subiendo y otro tanto bajando. Es imposible comprender
semejante desgaste de energías en subidas innecesarias seguidas por
bajadas inútiles.
Imagínese el lector que el principal camino de los Estados
Unidos subiera en zig-zag de la base hasta la cima del monte
Washington y que de allí bajara al otro lado. Ese sería un
recorrido mucho
|menor que el inútil descenso que hicimos en
día y medio de viaje y que los itinerarios del correo calculan en
once horas. ¡Once horas para recorrer una distancia real de treinta
y una millas! Precisamente para que la capital siga administrando
semejante joya de camino se extiende la provincia de Bogotá hasta
Pescaderías, por una región de clima completamente distinto y de
gentes con costumbres e intereses del todo diferentes a los de los
bogotanos.
Villeta está situada a orillas del río Negro, que desemboca en
el Magdalena cerca a Buenavista. Posiblemente la carretera de la
capital al Magdalena se construya en un futuro pasando por Villeta
y no por Guaduas, aunque el valle de ésta sea más amplio, fértil y
hermoso que el de Villeta. Además el clima es más fresco, y por
eso, a pesar de estar más lejos de Bogotá, Guaduas sigue siendo más
visitada. Pero Villeta produce mayor cantidad de miel y de
azúcar.
Por melado se entienden varios productos: la miel, que es una
melaza delgada; la miel de purga, más espesa, y el almíbar, todos
sacados de la caña de azúcar. La miel de abejas no se utiliza en la
mesa granadina. Todo el azúcar que se produce en Villeta es de una
clase barata llamada panela, que se hace mediante concentración
suficiente de azúcar como para que forme cristales finos sin
convertirse en melaza. A la panela la funden en forma de ladrillos
y vale la tercera parte del pan de azúcar moreno, que es al único
que aquí le dicen azúcar y que a veces cuesta hasta quince céntimos
la libra. También se encuentra algo parecido al azúcar refinado,
pero es muy difícil encontrar lo que nosotros llamamos pan de
azúcar.
Entramos a almorzar en la mejor venta o posada de Villeta y como
la espera parecía larga, salí a pasear por las calles mal
empedradas hasta llegar a la plaza y a la iglesia. El aspecto de
esta es igual al de la de Guaduas, pero es más pobre; todas las
estatuas están mal pintadas y los cuadros tienen imágenes burdas y
planas. Lo único que me interesó fue una orquídea a los pies de un
santo, la segunda de esa clase que veía en la Nueva Granada, pero
no me atreví a cogerla. De regreso de la iglesia encontré la
escuela. El maestro era un muchacho inteligente de diez y siete
años, bien vestido pero con la ropa toda vieja. Aunque el salón
estaba dispuesto para enseñar utilizando el plan lancasteriano, se
veía que el maestro no tenía ni idea de nada diferente a enseñar
los procesos mecánicos de leer, escribir y rezar. Desde entonces he
visitado muchas escuelas y pocas son mucho mejores o mucho peores
que esta.
Cuando regresé la comida no estaba lista todavía, aun cuando
había habido tiempo suficiente para matar un novillo, cocinarlo y
comerlo. Me temo que deseaban que permaneciéramos ahí en Villeta a
pasar la noche, pero cuando vieron que habíamos enviado el equipaje
adelante, se resignaron y nos sirvieron la comida, que no fue
ninguna maravilla, pero así pudimos salir a eso de las
cinco.
Seguimos a lo largo del río Negro, cruzamos el puente de Guama y
pasamos Guayabal y Mave. En esta jornada aprendí un dato nuevo de
historia natural: parece que algunas cabalgaduras no pueden tomar
agua con el freno puesto, lo cual es supremamente molesto y me ha
obligado a apearme muchas veces en los sitios más incómodos, como
son las riberas fangosas de algunas quebradas. Estoy seguro de que
cualquier caballo mío, siempre y cuando que hubiera suficientes
bebederos, aprendería esearte en un solo día. Pero cuando se
alquila una bestia por dos días, es mejor tolerarle los
caprichos.
Ya era de noche y nos habría gustado detenernos para pernoctar,
pero los peones, en un despliegue de diligencia inexplicable, se
habían adelantado con el equipaje. Cruzamos El Salitre, un trecho
de camino tan malo que a veces se necesita medio día para pasarlo,
pero en la oscuridad no nos dimos cuenta de los peligros y llegamos
por fin a una venta repleta de gente bulliciosa y donde estaba todo
el equipaje amontonado bajo un alero. Solo tenía ella una pieza
fuera de la tienda. Dos velas de sebo en un candelero rústico de
madera iluminaban débilmente la multitud de hombres y mujeres. Dos
o tres estaban en una mesa jugando con unas cartas cuyo aspecto,
número y nombre ni el mismo Hoyle conocería
|
|
(1)
. Los cuatro palos son copas,
bastos, oros y espadas, y creo que consta de cuarenta
cartas.
En la venta estaban cantando, tocando y, si no me equivoco,
también bailaban. El instrumento principal era el tiple, una
bandola en miniatura que, a su vez, es más pequeña que la guitarra.
El tiple es un instrumento de tortura, de poco más de doce pulgadas
de largo, al cual creo que nunca le pisan las cuerdas con la
precisión de un violinista o de un guitarrista. Una vez afinado es
fácil de tocar porque las cuerdas se rasgan de cualquier manera;
solo se necesita guardar cierto ritmo y compás.
El tiple es baratísimo, cuesta dos o tres reales y el país está
plagado de ellos, no solo en las tiendas sino hasta en los caminos.
Esa noche acompañaba al tiple un alfandoque, instrumento hecho con
la sección pequeña de una guadua, con muchas clavijas que
atraviesan la cavidad del canuto, en la cual meten granos de maíz o
guijarros. Es la sonajera más estupenda que jamás se puso en las
manos de un niño grande. Alfandoque también llaman una pasta de
azúcar del tamaño de una galleta y llena de huecos, que se deshace
en la boca; como otro dulce al que le dicen besos.
Ahora sí comprendimos la prisa que se habían dado nuestros
peones. Por eso es que el viajero debe tener mucho cuidado cuando
pase al atardecer por un sitio donde hay fiesta o parranda, si el
equipaje va atrás, porque inevitablemente le ocurrirá algún
accidente a las bestias o al peón y tendrá que dormir esa noche sin
equipaje.
Al salir de la tienda para escapar al ruido, pisé una cosa
blanda, me imaginé que era un perro o un gato y quité rápidamente
el pie; pero en vez de los aullidos de dolor de un animal oí los
sollozos de un bebé que estaba desnudo. La mamá, tan buena madre
como una avestruz, creyó que no le pasaría nada gateando entre pies
descalzos y el pobre terminó debajo del tacón de mi bota de
montar.
Me sentía enfermo y al reunirnos en consejo los viajeros todos
estábamos desesperados. El único que tenía hamaca era yo y el
equipaje estaba tan revuelto y los peones tan
|ocupados que
nos costó mucho trabajo encontrar las mantas. Los holandeses
dijeron que ellos no dormirían allí; cogieron sus bayetones y se
fueron a una casa vecina pero volvieron al rato. En el corredor de
atrás había una artesa de melaza con tapa y encima de esta
acomodamos la cama para el niño venezolano. Martínez extendió sus
trastos en el suelo y paró una estora al lado para proteger la
cabeza del viento frío de la montaña. Encima de él guindé yo la
hamaca y después de que me acostumbré al ruido, dormí como un
príncipe.
Por la mañana me desperté y vi que los holandeses se habían
dormido por fin, los dos acurrucados como un par de cerdos sobre
las piedras al frente de la casa. De colchón habían puesto un
bayetón que servía tanto como una pluma en una roca, mientras que
con el otro se cobijaron. Pero después no se quejaron tanto de la
cama como del ruido, que les pareció una serenata infernal. Parte
de los asistentes a la fiesta se había ido, pero otros estaban
dispersos por el suelo, durmiendo en distintas
posiciones.
Sin ni siquiera esperar una taza de chocolate nos marchamos de
la venta, diciendo adiós en tantos idiomas que sería innecesario,
pedante y molesto repetirlos todos. Cerca a la venta vi un arbusto
florecido de Cinchona, pero de una especie inútil.
Desayunamos después de Chimbí en El Escobal o Agualarga, con
carne de res frita, huevos fritos y plátano frito. A los pocos
minutos de estar en camino empezó a lloviznar. Me puse el
encauchado y presté mi paraguas. Más adelante no había llovido ni
una gota pero luego volvió a comenzar la lluvia. Escampó cuando
llegamos a Aserradero, sitio que me recordó a Vermont. En especial,
había una casa que parecía muy yanqui, rodeada de pastos con cercas
y hasta las flores se veían distintas. Me llamó la atención una
florecita que me habría interesado todavía más si en ese momento
hubiera sabido que se da en los sitios que pasan de cierta altura,
y que se puede considerar como la señal que marca el umbral de la
tierra fría. Es parecida al diente de león, pero no tiene tallo, y
si se quiere ver la conexión entre la hoja y la flor, hay que
escarbar la tierra. Es la
|Aschyrophorus sensiliflorus,
llamada aquí achicoria, y crece desde la respetable altura de casi
7.900 pies sobre el nivel del mar.
Mucho antes de llegar a Aserradero podíamos ver los cerros que
bordean la Sabana de Bogotá, erguidos como los muros de una
fortaleza. Tuve la impresión de que el camino nos llevaba a un
sitio por donde era muy difícil atravesarlos, pero nunca he sabido
de un paso fácil para entrar a la Sabana. Sin embargo, habrá que
encontrarlo el día que se construya un ferrocarril, a menos que el
maquinista le enseñe a la locomotora a trepar como hormiga y a
saltar como grillo. Hasta un plano inclinado sería más difícil de
construir que un funicular. El camino avanzaba dando vueltas todo
el tiempo y tan empinado como una escalera, pero lo que más me
sorprendió fue la vegetación, diferente a la que había pensado
encontrar en estas alturas, y variaba a cada vuelta del camino. Vi
begonias y fucsias que entre nosotros son flores de invernadero y
me llamó mucho la atención una planta sin flores, con hojas amplias
y grandes racimos de bayas o nueces, que resultó ser la forma más
rara y reducida de una amapola, la
|Bocconia
Frutescens.
|
Finalmente el ascenso se hizo menos duro y en El Roble terminó
la subida. Allí hay una venta en la que nos detuvimos un rato. No
podía creer que estábamos a la altura de Bogotá, pero la verdad era
que ese sitio es todavía más alto. Eran algo más de las doce y
desde la noche anterior habíamos subido más de una milla
perpendicular. De acuerdo con Humboldt estábamos a 8.858 pies sobre
el nivel del mar, o sea a 300 más que la cima del monte Washington.
De allí seguimos por una bajada suave, sin piedras, y por fin la
inmensa llanura se abrió ante nuestros ojos. Para el viajero el
espectáculo es increíble; parece imposible que después de semejante
subida se pueda llegar a tierras planas sin antes haber tenido que
bajar horas enteras. La Sabana se extendía frente a nosotros
treinta millas hacia el oriente, más o menos sesenta millas desde
Suesca, al norte, hasta Sibaté, al sur. Se calcula que tiene
1.378.331 millas cuadradas, o sea 220.533 acres, más unas pocas
pulgadas cuadradas.
La acción del agua niveló la Sabana; pocos dudan hoy en día de
que la inmensa llanura fue un lago hace años. Pero sea como fuere,
es un hueco de profundidad desconocida y lleno de tierra aluvial.
La línea divisoria entre los cerros y la llanura es tan clara, que
en lo primero que piensa el observador desprevenido es en un lago,
y las colinas que se elevan cerca a los límites de la Sabana
parecen
|islas y los cerros
|playas.
|
La tradición indígena cuenta que Chía o Yubecayguaya o Huitaca
era una diosa bellísima pero maligna que inundó la Sabana obligando
a sus habitantes a huir a las montañas para salvar la vida. Su
esposo Bochica, también llamado Zuhé o Nemqueteba, la transformó en
luna y golpeando con el bastón los cerros que bordeaban el lago
formó el Salto de Tequendama. Las aguas encontraron salida y se
desecó la llanura; entonces Bochica se retiró a Sogamoso donde
reinó durante dos mil años.
Es muy difícil saber qué profundidad tuvieron las aguas de ese
lago, si es que en realidad existió. La tradición dice que él se
desaguó, pero no he encontrado ninguna prueba en apoyo de esta
teoría, como indudablemente sí existe en el caso de otras llanuras
que hay al norte de la Sabana. Pero si aquí hubo alguna vez un lago
debió haber sido muy poco profundo comparado con su
extensión.Para los bogotanos la Sabana es lo más maravilloso
del mundo y poco les importa que lo único que en ella se produce
sea el trigo, la cebada, pastos y unas pocas raíces. El clima es
tan frío que en cualquier época del año puede haber escarcha y en
cualquier mes una serie de días nublados y noches claras termina
por congelar toda la superficie de la Sabana.
Ese día la vimos en todo su esplendor, absolutamente plana y
fuera de unos sectores inundados en el centro, tan seca
comolas llanuras de Illinois en octubre, con un clima también
parecido. La Sabana nunca alcanza a tener esa verdura primaveral
que adquiere la naturaleza cuando acaba de escapar de la prisión
invernal. Pero la transparencia del aire, las montañas que la
enmarcan y el contraste con el territorio escarpado que hay que
cruzar para llegar a ella, hacen de la Sabana un espectáculo
imborrable e indescriptible.
Empezamos a trotar pero pronto me faltó el aire y tuve que rogar
a mis compañeros que disminuyeran el paso porque ya no tenía
fuerzas ni para jalar las riendas y estaba a punto de caerme de la
montura.
Más adelante tuvimos que regresar porque habíamos pasado de
largo sin ver la posada donde íbamos a detenernos. La fachada sin
ventanas a la calle no era nada halagadora, pero al cruzar el gran
portón nos encontramos en una casa enclaustrada, con un patio
enorme al que daban todas las puertas, inclusive la de la tienda,
que en todas las otras ventas da a la calle. En el centro del patio
había una era de seis por seis sembrada de arbustos.
En el patio también había animales, algunas guacamayas,
|Ara
glauca, y un mico tuerto; pero lo que más me llamó la atención
fue un ave algo más pequeña que un pavo, que llaman paují. Creo que
es el
|Ourax alector y parece un ventrílocuo porque hace un
ruido que primero da la impresión de venir de muy lejos y luego se
vuelve un zumbido parecido al que hace un palo que se tira
rápidamente por el aire.
La posada se llama Botello (no debe confundirse este nombre con
botella) y es en realidad mucho mejor que las posadas comunes y
corrientes. Si tuviera establos y pienso para las bestias, sería
tan buena como una de nuestras hosterías campestres. Lo único malo
era que en la pieza no había manera de guindar la hamaca y en el
corredor hacía mucho frío. Hicieron lo posible por darme una cama
que me gustara, pero de todas maneras me pareció demasiado dura.
Sin embargo, la comida y el desayuno estaban bastante buenos, así
que, en general, quedé muy satisfecho con el sitio.
Por la mañana me sorprendió ver el patio repleto de mulas de
carga, lo cual me hizo pensar que la popularidad de Botello era
enorme, pero ahora se me ocurre otra explicación. La presencia de
casi un centenar de mulas cargadas en su mayoría con odres de miel
no podía ser suceso diario, pero ese día era miércoles, día de
mercado en Facatativá.
Cometí el grave error de salir de Botello sin antes haberme
puesto grasa en la cara y especialmente en los labios. Contra el
sol y el viento no hay mejor protección que la grasa, y el viento
de la Sabana es tan seco que sus caricias resultan muy dolorosas.
Los labios me han sangrado semanas enteras después de haberme
expuesto al viento, aunque soplara a mis espaldas todo el tiempo.
Muchas personas se protegen con algún pedazo de tela, pero a mí me
parece menos conveniente y poco agradable viajar con la cara
arropada.
Salimos muy tarde y sin ninguna organización. En primer lugar,
los peones revolvieron todo el equipaje y fueron vanas mis súplicas
para que pusieran mis cargas en una sola bestia, con el resultado
de que al llegar a Bogotá hubo que descargar cuatro mulas para
encontrar mis dos bultos. En segundo lugar, los peones dejaron
salir unas de ellas antes de que todas estuvieran cargadas, y
posiblemente lo hicieron a propósito, para tener oportunidad de
conversar con las muchachas en el mercado de Facatativá; y para
colmo, encontramos algunas mulas andando sin peón y nosotros
tuvimos que arrearlas por las calles de Facatativá para no perder
las cargas. Una mula se metió por entre dos casas a un potrero y
casi no la saco, porque la en que estaba montado resolvió que
quería pastar también con la otra, y yo no tenía
espuelas.
Ya fuera del pueblo resolvimos detenernos y reunir toda la
caravana, pero se nos presentó una dificultad: ninguno de nosotros,
incluyendo al venezolano, y ni siquiera el bogotano, sabía la
palabra para hacer parar las bestias. Aquí dicen
|o-o-ís-te y
en otras partes
|sh y en otras
|chí-to-o. Nosotros
apelamos a un recurso mejor: compramos un medio de maíz, que en la
Sabana se demora mucho para madurar, y les dimos las mazorcas a los
famélicos animales, los cuales se pararon felices hasta que
llegaron los peones con el resto de ellos.
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1.
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Edmond Hoyle, 1672 - 1769, inglés, autoridad en whist, juego de
naipes. Enciclopedia de juegos de mesa. (N. de la T.). (regresar 1)
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