(cotinuación capítulo Honda y
Guaduas)
Después del desayuno empezamos el ascenso lentamente y llegamos
a Las Cruces, donde un viajero con más experiencia se hubiera
detenido a desayunar mucho mejor que yo, solo que habría perdido
dos o tres horas. Además en las posadas de los caminos se corre
siempre el riesgo de encontrar una despensa pobre, con el agravante
de una mala cocina. Preparar uno mismo la comida es muy aburrido,
pero comer en las casas del camino es incómodo, demorado y caro. El
ideal para el viajero sería que inventaran la forma de hacer
galletas de carne o carne deshidratada. Por ahora mi consejo es que
la persona que vaya a viajar de Honda a Bogotá consiga antes de
salir provisiones para cuatro días, llevando de
|todo menos
azúcar, chocolate y agua.
Después de salir de Las Cruces el camino es casi plano durante
un trayecto bastante largo y entonces decidí entregarle la mula a
Gregorio para sentirme más libre. Caminando pasé debajo de una
enredadera bignoniácea, llena de flores moradas, que me encantaría
ver en Nueva York.
Encontré también una planta de hojas tiesas y espinosas,
parecidas a las de la pita. Las hojas de adentro son rojas y rodean
un manojo de flores de seis pulgadas de diámetro que se convierten
luego en numerosas frutas del tamaño de un dedo. Se llaman
piñuelas, son de las más deliciosas que se dan en el país y de las
más dulces del mundo, pero al mismo tiempo tienen un sabor ácido
muy agradable. La piñuela tiene el inconveniente de que hay que
pelarla y las manos quedan pegajosas, además tiene demasiadas
semillas. El nombre científico es
|Bromelia Karatas y dicen
que sus semillas fueron originalmente la medida del quilate de oro.
La planta forma cercos prácticamente impenetrables y abrirse camino
con el machete hasta el centro de ella, donde están las frutas,
desanima a cualquiera. Para cogerlas, los muchachos a veces cavan
unas especies de trincheras de seis y
|
ocho pies de largo
para arrastrarse debajo de las hojas, proeza que me pareció digna
del Barón Trenck. Hay otra especie de la misma familia que da
frutas tan ácidas que ampollan los labios, pero no le sé el nombre,
y en las Indias Occidentales conocí otra especie, la
|Bromelia
Pinguin, cuyas flores crecen en espiga y no en la base de las
hojas. Después vi una acedera que me hizo recordar nostálgicamente
a mi patria.
Empezamos luego a ascender más rápidamente y la vista desde las
montañas era imponente. Por primera vez desde que salí de Nueva
York pude darme el lujo de tomar agua fría. Por fin terminamos el
ascenso del día, momento tan temido como esperado, y allí estábamos
en el Alto del Sargento, a 4.597 pies sobre el nivel del mar.
Honda, a 718 pies, está 3.879 pies más abajo, y para llegar a
Guaduas hay que bajar 1.000 por una serranía que tapa la vista del
Magdalena. Despedirme de mi tierra no me costó ni una lágrima; más
me afligió ver desaparecer, en el crepúsculo, el mástil del barco
que me trajo a la Nueva Granada, y todavía más perder de vista las
chimeneas del vapor del Magdalena en una vuelta del río; pero ahora
estaba a punto de cortar el último
|
eslabón que me unía a
todo lo que más apreciaba en la vida. Me bajé de la mula y
contemplé el inmenso valle a mis pies. El río serpenteante y de
aguas cobrizas se veía tan nítidamente que si hubiera habido un
vapor, desde este sitio lo habría podido ver avanzar durante dos
días seguidos sin perderlo de vista ni por media hora.
Por todas partes había selva virgen, exactamente como cuando
llegaron los primeros conquistadores. ¡Cuánta riqueza vegetal, para
no hablar de mineral, ha quedado inexplorada por más de trescientos
años! ¿Y cuánto tiempo habrá que esperar para que alguna industria
progresista envíe maderas valiosas por el Magdalena y se empiecen a
sembrar naranjales y platanales en las laderas? En la distancia se
veía una colina suave toda cubierta de selva primigenia.
Posiblemente nadie había bebido las aguas de sus manantiales, ni
nadie había aprovechado el arroyo que corre a sus pies, tan propio
para mover un molino.
En ese momento me sentí como en el umbral del destino, sin saber
qué me depararía el futuro y me pregunté cuántas alegrías y
tristezas habría en mi pecho cuando volviera a este punto, de
regreso a la patria, y mirara el río por el que tendría que
recorrer seiscientas millas para llegar de nuevo al hogar. Sentí la
incertidumbre de no saber si sobreviviría a los peligros del
camino, los precipicios, las culebras escondidas, y sobre todo no
tenía la certeza de poder resistir la seducción de los vicios
sajones y no sajones que tan a menudo llevan a su perdición al
cuerpo y al carácter.
Tiempo después
|
(1)
,
queriendo contemplar el paisaje de nuevo, regresé al mismo sitio
pero todo estaba nublado, y bajo las nubes, en el valle, había dos
bandos hostiles esperando enfrentarse en conflicto mortal para
decidir quién controlaría el Magdalena, y en ese momento el temor
ante el futuro distante y desconocido se trocó en ansiedad por el
presente.
Una de las cosas que más le gusta exagerar a la gente es el
peligro. En esa ocasión me encontré con un soldado que me aseguré
que cuando él desertó los ejércitos estaban a punto de abrir fuego,
y viendo que esa noticia no me hacía mella, agregó que era
imposible pasar por Honda y que ni en Pescaderías ni en La Vuelta
se conseguía un bocado de comida. Definitivamente esto era menos
malo que le dieran a uno un tiro, pero también más probable y, por
consiguiente, una posibilidad más grave; pero como estaba decidido
a seguir mi camino, compré una gallina viva y el peón consiguió
medio pescado seco en una casa por la que pasamos; los amarramos
encima del equipaje y seguimos adelante. Llegamos a Pescaderías en
el momento en que caía la defensa de Honda y las tropas de Melo
entraban victoriosas a la ciudad. En vez de balas que me pasaran
silbando, lo único que me ocurrió fue tener que quedarme toda la
noche en la margen oriental del río y ayunar durante veinticuatro
horas.
Dejando atrás el Magdalena encontré el mejor remedio para mis
sombrías meditaciones al contemplar no ya otra inmensa selva sino
un valle risueño sembrado de pastos, caña y maíz, salpicado de
casitas y de árboles frutales, y en la distancia, hacia el oriente,
una población grande, con calles empedradas, llenas de gente y a
todo el frente mío la fachada blanqueada de la iglesia. Era el
valle de Guaduas, un paraíso en cuanto a temperatura y fertilidad,
donde se desconocen el calor y el frío, pues el termómetro marca
siempre entre 70º y 76º. Dicen que el clima es malsano por ser
húmedo, pero lo dudo, me parece que es pura imaginación.
Me detuve en uno de los ranchos del camino y pedí agua a una
mujer que estaba sentada en un asiento bajito, tejiendo un sombrero
de paja y con una niñita al pie. Me ofrecieron dulce, que no
acepté, pero me quedé conversando con ellas hasta que me alcanzó el
peón y seguimos bajando al valle. En este hacía rato que llovía y
pronto nos alcanzó la lluvia. Nos refugiamos en una choza
abandonada donde vi una amarilis florecida muy hermosa, quizá una
planta de jardín que había regresado a su estado salvaje. Saqué mi
encauchado y mi escopeta y descubrí una mala pasada que me había
jugado Gregorio, quien decidió hacer negocio trayendo algunos de
los pescados secos de Honda, y viendo que mis cargas no estaban muy
pesadas los colocó encima, precisamente sobre una de mis cobijas,
de manera que cuando llovió y se mojó el pescado, la cobija quedó
impregnada de olor a este. Ante mis acaloradas protestas, Gregorio
resolvió poner unos manojos de paja entre el pescado y mis
mantas.
De allí bajamos por un camino empinado que por la lluvia estaba
muy resbaloso, y yo, con el estorbo del encauchado y la escopeta,
seguí siendo víctima de mi doctrina de sumisión pasiva. Pero por
fin llegué a la llanura sin haberme caído ni una sola vez, y me
dirigí directamente a la casa del señor William Gooding, quien tuvo
la gentileza de acomodar mi equipaje en una casa que tenía
desocupada, y a mí en su propia casa y mesa, despojando así a la
Negra Francisca de su presa legítima. A todo viajero que llega a
Guaduas lo mandan donde esta mujer emprendedora, quien se encarga
de darle posada, comida y conseguirle bestias para seguir el
camino; y lo importante es que siempre las consigue, si no a la
hora exacta, muy poco después.
Según lo acordado con don Diego Tanco, dejé la montura en casa
de su primo, el señor Gregorio Tanco. Este dirige una escuela en
Guaduas, pero no estoy muy seguro de que las impresiones y
recuerdos que tengo de ella sean exactas, porque son completamente
diferentes a lo que he visto desde entonces. En primer lugar, en la
escuela recibían niñas, o al menos eso fue lo que le entendí a las
del señor Gooding, quienes me contaron que ellas iban allí a
aprender, entre otras cosas, a coser. Yo ya conocía el verbo cocer,
pero era la primera vez que oía coser, así que estuve a punto de
agregar otra inexactitud más al recuerdo equivocado que tengo de
esa escuela. En segundo lugar, en ninguna parte de la Nueva Granada
he visto que un hombre tenga nada que ver con una escuela para
niñas; en tercer lugar, a la escuela iban muchachos, y ahora que
conozco mejor las costumbres del país, no creo que en ninguna parte
se permitan escuelas mixtas. Por último, tuve la impresión de que
era una escuela buena. Pensándolo bien, lo que debía pasar era que
las hijas del señor Gooding iban a estudiar a la sala de la señora
de Tanco. En Guaduas también hay una escuela pública para mujeres,
pero no entré a conocerla.
Cuando el peón entregó la montura y la carta que la acompañaba,
quise pagarle y llamé, “Gregorio”. El señor Tanco, del
que me acababa de despedir, volvió a salir pensando que lo estaba
llamando a él. Entonces me di cuenta que era tocayo de mi peón, es
decir, que ambos tenían el mismo nombre. El apellido lo usan poco y
a veces emplean la palabra tocayo como vocativo; así, por ejemplo,
cuando Cristóbal Vergara llama a Cristóbal Caicedo, no le dice el
nombre sino tocayo.
Al pagarle a Gregorio tuve un malentendido por no comprender el
significado de “suelto”, que quiere decir plata suelta,
menuda. El insistía en que le diera suelto, porque las mulas no
habían comido bocado en tres días —cosa que creo hoy en
día— y porque su casa estaba muy lejos de la población, y yo
pensaba que lo que quería era sacarme más dinero. Le dije que
ya le había pagado lo convenido y además de eso, su peaje y el
transporte del pescado. Creo que pagué seis dólares o tal vez cinco
por el alquiler de tres mulas y los servicios del peón. Y sin que
yo acabara de entender lo que quería Gregorio, nos
separamos.
La semana que pasé con la familia Gooding fue el primer episodio
feliz de mi peregrinaje. Algunos de los hijos hablaban inglés y me
dieron clases de español, que tal vez son las más agradables de
todas las que he recibido. En su mesa aprendí el significado de la
palabra guarapo, nombre de una bebida fermentada hecha con azúcar y
parecida a la sidra en cuanto al sabor y propiedades. En el Valle
del Cauca la palabra se refiere al jugo de caña, fresca o hervida.
El guarapo es una bebida barata para peones, dieciséis litros valen
un real; pero en las ventas de los caminos, los señores, que
tampoco la desprecian, la pagan al doble.
La Nueva Granada tiene tres clases de cárceles de acuerdo con la
clase de ofensa del acusado: las de trabajos forzados, el presidio
y la casa de corrección o de reclusión. A las dos primeras envían a
los hombres, mientras que las mujeres y los jóvenes van por
períodos más largos a las casas de reclusión. En Guaduas está una
de las dos que hay en Nueva Granada y gracias a la amabilidad del
General Acosta, jefe político en aquel momento y la única persona
que podía autorizar visitas al establecimiento, pude recorrerlo
todo. Antiguamente el edificio había sido un convento franciscano
fundado en 1606, el cual, por la clase de construcción, se puede
adaptar muy bien para cárcel sin hacerle ninguna reforma. Casi
todos los edificios públicos de la Nueva Granada, con muy pocas
excepciones, fueron originalmente conventos o edificios de los que
se habían apropiado los frailes.
En la casa de corrección encontré a las reclusas haciendo
cigarros y cajas para estos con la madera que otras cortaban con un
serrucho. Daba la impresión de que la disciplina era excelente y la
carcelera sabía su oficio. Sin embargo, me atreví a criticar uno de
los castigos, porque me pareció excesivamente duro para las presas
más sensibles y menos depravadas, pues consistía en encerrar a
estas en el ataúd público, o sea en el que llevaban al cementerio
el cadáver de los pobres.
Algunos de los casos de las mujeres en la Casa de Corrección
serían dignos de figurar en un catálogo de crímenes. Me mostraron
una que en conspiración con un sacerdote asesinó a un hombre a
quien había servido como ama de llaves; habían planeado que ella
heredara la fortuna para repartírsela luego, y el cura declaró que
los había casado en secreto poco antes de que el hombre
muriera.
Una mujer y su hija estaban en la cárcel pagando las crueldades
más atroces practicadas a unas pobres desgraciadas que cayeron bajo
su poder y a las que torturaban sin motivo. Algo parecido leí que
había sucedido en Nueva Orleáns, pero cometieron el error de dejar
en la puerta del hospital a una de las víctimas mutiladas,
convencidas de que no podría hablar. Dicen que después de que
estaban en la cárcel encontraron un esqueleto en una de las paredes
de la casa del par de mujeres.
En Guaduas vivió el padre del escritor más conocido de la Nueva
Granada, el coronel Joaquín Acosta. Aunque en los libros siempre
aparece como coronel, era general cuando murió. El coronel Acosta
hizo mucho por la geografía y la historia del país, especialmente
cuando fue embajador en París, donde recopiló y tradujo al español
gran parte de las memorias de Boussingault. También resumió y
reeditó El Semanario, único periódico científico que se ha
publicado en la Nueva Granada. Instalé en la torre de la iglesia de
Guaduas el único reloj que conozco en este país que tenga las dos
manecillas, y parte de su valiosa biblioteca es hoy patrimonio
nacional. Su viuda, una dama inglesa, aún reside en Guaduas, y me
contaron que las inmensas propiedades del padre del coronel están
repartidas entre su familia y un hermano medio, otro general
Acosta.
El general Acosta tiene fama de ser muy rico y es una lástima
que haya llegado al ocaso de su vida sin haber contraído
matrimonio, algo desafortunadamente muy común en la Nueva Granada.
Es uno de los hombres más hospitalarios que he conocido. Steuart
comenta que “mucha gente acostumbra aceptar la hospitalidad
del General Acosta para después desacreditarlo”, ejemplo que
él mismo sigue, pero que yo no podría imitar.
El general me invitó a una comida típicamente granadina. Entre
los platos demasiado numerosos y raros para poder describirlos
todos, recuerdo uno llamado bollo. En el primer momento pensé que
se trataba de una raíz blanca, tierna e insípida, pero resultó ser
una masa de maíz que se envuelve en las brácteas del maíz y luego
se hierve.
Llegué a Guaduas al final del verano, época poco propicia para
el botánico. Hice una excursión por la banda norte del río que
atraviesa el valle, con la intención de cruzarlo mucho más arriba y
regresar por el camino que bordea la otra orilla. Caminé hasta un
sitio donde anteriormente existió un rancho y todavía se veía la
acequia por la que los dueños habían traído agua de la quebrada;
desde allí el camino por el que pensé regresar estaba apenas a unos
diez metros, pero no tenía el machete y gasté casi una hora
intentando abrirme paso entre los matorrales. Finalmente, como ya
entraba la noche, me di por vencido y resolví regresar dando un
inmenso rodeo por unas lomas quebradas y ásperas hasta llegar a la
población.
Hablando de Guaduas debo referirme a la guadua, que en la Nueva
Granada es la planta más útil después del plátano, de la caña y del
maíz. Podría llamarla el
|“árbol de la
|madera” porque sirve para hacer casi todas las
construcciones que no sean de ladrillo, tierra apisonada o de
piedra, éstas últimas muy escasas. Además reemplaza la obra de
madera en las casas y, por lo general, se utiliza en todas aquellas
cosas en las que nosotros empleamos tablas de madera. La guadua es
una planta inmensa, muy parecida al bambú del oriente tropical,
pero menos alta, crece solo unos treinta o cuarenta pies. Tiene el
follaje tan hermoso y delicado, que comparado con el de los otros
árboles parece el plumaje de un ganso al lado del de un avestruz.
El tronco mide aproximadamente seis pulgadas de diámetro por uno de
grueso, con nudos cada veinte pulgadas.
Rajando el tronco en cuatro, seis u ocho partes, se sacan
estacas y tablillas. Para hacer tablas que sirvan como mesas,
bancos y camas rústicas se abre el tronco y se aplana, rajándolo a
cada pulgada a lo ancho, pero teniendo cuidado de que no se separe
completamente por las hendiduras. Cortándolo arriba y abajo de los
nudos sirve como plato, candelero, recipiente para manteca y como
jarra improvisada para cargar agua. A estos recipientes de guadua
los llaman tarros y los hay dobles para acarrear agua con destino a
toda la familia. En este caso cortan un pedazo de tronco más
grande, que tenga dos secciones, un nudo en cada extremo y otro en
la mitad, y le abren un hueco en el nudo de arriba y en el de la
mitad. Si se utiliza el tarro para llevar melaza, lo tapan con un
tarugo o con una naranja. Los tarros pequeños, hechos de una sola
sección, sirven para guardar remedios, como el aceite de ricino. Es
decir, la guadua tiene innumerables usos y la utilizan también al
norte del país, como en Sabanilla; cerca de Cartagena se produce
igualmente, aunque no tan bien.
El tallo de la guadua es grueso desde la base, pero las
secciones entre los nudos son más cortas. Algunas guaduas tienen
ramas largas, desparramadas y llenas de espinas; en otras el
diámetro máximo de los troncos no pasa de dos pulgadas, y éstos los
cortan para tumbar naranjas, las cuales se pudren si no son bajadas
del árbol, porque no se caen cuando están maduras.
Las secciones de la guadua contienen agua y aquí creen
equivocadamente que las fases de la luna influyen en la cantidad de
agua. Dicen también que a veces se encuentran piedras en los nudos;
quizá sea cierto, pero yo nunca vi ninguna y hasta que no lo
compruebe lo pondré en duda. El único caso que tuve oportunidad de
investigar no probó nada porque la piedra resultó ser común y
corriente.
Otra característica de la guadua que vale la pena mencionar,
porque es poco común en la vegetación tropical aunque si muy
general en Norte América, es que tiende a monopolizar completamente
los terrenos donde se produce. En nuestro país es normal encontrar
un bosque natural, de una milla cuadrada, con solo pinos, robles o
hayas, o hectáreas con la misma especie de hierba, arándano o
cualquier otra clase de planta. Pero en el trópico es muy distinto.
Aquí las plantas no son gregarias y son mucho menos exclusivas. Es
cierto que hay guayabales naturales, donde en un área bastante
extensa la mayoría de los árboles son
|Psidium; pero esto no
es lo común; por lo general no se puede esperar encontrar juntas
varias plantas de la misma especie. Por ejemplo, si uno ve un
limero y quiere encontrar otro, da lo mismo buscarlo cerca que
lejos. En cambio, el guadual cubre una extensión considerable de
terreno, casi siempre al lado de una quebrada, y se da en forma tan
tupida que no queda espacio para que crezca prácticamente ninguna
otra planta. El cultivo de la guadua podría dejar grandes
utilidades, pero apenas sé de un caso en que se cultiva para
negocio. La flor y la semilla de la guadua son tan escasas que muy
pocos botánicos las conocen.
Una noche las niñas del señor Gooding me mostraron unos insectos
coleópteros luminosos, aproximadamente de una pulgada de largo, que
aquí llaman cocuyos. El
|Elater ocellata nuestro se parece
mucho en tamaño y forma, pero no en luminosidad. Las niñas los
habían metido en un pedazo de caña al que le habían abierto una
cavidad para cada bicho, de manera que las paredes de la cárcel les
servían de alimento. Cuando no están descansando alumbran
continuamente con una lucesita que no es más brillante que la
intermitente de los
|Elater, pero la de los cocuyos tiene dos
colores diferentes y muy bellos, rojo y verde amarillento. No sé si
la diferencia del color en la luz dependa del sexo. Mucha gente
cree que los cocuyos se acercan cuando uno les silba, pero los
experimentos que presencié en el Cauca para probar el fenómeno
produjeron el efecto contrario. Me parece que el cocuyo es el
|Elater noctíluca.
|
Pasé el domingo en Guaduas y desde el amanecer la plaza al
frente de la iglesia estaba casi llena de campesinos de todos los
matices, desde el indio y el negro puros hasta el blanco, y traían
una variedad increíble de productos de todos los climas. El mercado
dominical es una molestia para cualquier familia decente, pero para
nadie es tan ofensivo como para el señor Haldane, de El Palmar,
cuyo solo nombre hace pensar en un escocés presbiteriano muy
rígido. El señor Haldane le solicitó al arzobispo Mosquera que
suprimiera el mercado dominical en Guaduas; éste le contestó que
era el mejor día para el mercado, pues los campesinos no tenían
tiempo de bajar al pueblo dos veces y porque además, siendo día de
fiesta, podían aprovechar para oír la misa. Y burlándose de los
escrúpulos del buen escocés, el arzobispo le puso el apodo de
“Obispo de Guaduas".
Ese domingo fue la primera vez que asistí a misa en la Nueva
Granada, porque las otras ocasiones había llegado demasiado tarde.
Me acompañó una de las niñas del señor Gooding. Esta dejó el
sombrero en la casa y se puso un chal negro sobre los hombros con
el cual, al llegar a la iglesia, se cubrió la cabeza; luego entró y
se sentó en el suelo. Me dolió ver a una niña tan amable e
inteligente identificada en vestido y en actitud con la gente que
la rodeaba. Los hombres nunca se sientan en el suelo; si hay bancas
en la iglesia, son exclusivamente para ellos; si no, oyen la misa
de pie; las mujeres nunca se paran. En ciertos momentos todo el
mundo debe arrodillarse y el que no lo haga es considerado como un
impío; en esos mismos instantes repican las campanas y las gentes
que están en el mercado se descubren. El protestante que no se
quita el sombrero se expone a que le arrojen cosas, aunque la ley
lo protege. Hasta donde yo sé, ningún protestante residente en la
Nueva Granada ha intentado oponerse a estas exigencias
supersticiosas. Claro que un viajero como yo puede ignorar algunas
costumbres sin que la gente se ofenda; me parece que esta tiene
todo el derecho a exigir que nos descubramos en la iglesia, aunque
en el caso de la señora que lleva una gorra al estilo europeo puede
ser a veces incómodo quitársela.
Antes de entrar a describir la misa vale la pena observar que la
iglesia de Guaduas es muy parecida a todas las que he visto en la
Nueva Granada; además del altar principal, fastuoso y magnifico,
hay a los lados otros menos llamativos que tienen cierto parecido a
una repisa de chimenea muy ornamentada. A muchos de estos altares
laterales se les atribuyen méritos específicos. En cada uno hay
generalmente una imagen o un cuadro cubierto por una o dos cortinas
que se enrollan en lo alto al jalar una cuerda. Todas las imágenes
son pintadas en un intento de darles vida y a menudo están vestidas
en la forma más absurda que uno pueda imaginar. Muchas veces a los
cuadros les pegan joyas y adornos, lo cual acaba con el mérito
artístico de los pocos que valen la pena. Hay un crucifijo que
choca especialmente, porque da la impresión de que lo pintaron
completamente desnudo, y luego alguien escandalizado resolvió
coserle encima un pedacito de muselina. Sin embargo estoy seguro de
que si se la quitaran, debajo habría otra tela
pintada.
La misa es el punto clave del antiguo culto romano, en una época
tan esplendorosa. Teóricamente se supone que en la misa se recrea
el cuerpo de Cristo por el poder especial conferido al sacerdote en
su ordenación. Ese cuerpo se considera divino, no humano, Dios
mismo y no hombre. La misa consiste en comer ese cuerpo. La
ceremonia de la misa presenta pequeñas variaciones de acuerdo con
la época y estación del año, en cuanto al color de lasvestiduras
del sacerdote y a algunas de las palabras que lee; la diferencia es
mucho mayor cuando es rezada o cantada, es decir, si es misa menor
o misa mayor. La primera requiere solo un sacerdote y un
monaguillo; pero en la misa mayor se necesitan por lo menos dos y
creo que también otros celebrantes. Un sacerdote que sepa bien el
latín puede decir la misa en veinticinco minutos; pero la misa
cantada toma hasta dos horas, aunque básicamente el programa y las
ceremonias de las dos son las mismas.
La preparación a la misa se lleva a cabo en una pieza adjunta al
altar, la sacristía, que casi siempre tiene salida a la calle por
el rincón de la derecha. Únicamente conocí una que estaba detrás de
la iglesia y debajo del techo principal, no de uno lateral, como
generalmente está. El sacerdote se lava las manos y se viste
mientras reza algunas oraciones; luego sale de la sacristía, ya
ataviado y llevando una copa que es siempre de oro o dorada por
dentro, el cáliz, y encima de éste un plato de plata, la patena,
que parece como si fuera la tapa, y sobre ella algo que parece un
pequeño libro delgado y un lienzo bordado. Estando al lado derecho
del altar, cerca a la sacristía, el sacerdote, entre las muchas
cosas que lee y dice, lee parte de una epístola. Después pasa al
otro lado, donde, además de otras tantas lecturas, recita el
evangelio. Por esto es que a veces llaman el lado izquierdo de un
caballo, el del evangelio.
Después se coloca el misal en forma oblicua para que el
sacerdote, de pie en el centro del altar, pueda leerlo. Acto
seguido le quita la cubierta al cáliz y resulta que el librito es
una tela doblada, la desenvuelve y adentro encuentra una oblea
blanca, del tamaño de un sello notarial, con una cruz impresa, que
pone sobre la patena. También saca de la copa una cucharita que
parece para servir sal y una pala de tamaño mínimo para recoger
boronas, ambas de plata. Limpia cuidadosamente la copa, la vuelve a
tapar y regresa otra vez a la derecha del altar (el lado de la
Epístola). En seguida el monaguillo toma una jarrita que hay en una
bandeja del tamaño de una para pasar rapé, la pone debajo de las
manos del sacerdote y le vierte agua sobre los dedos. Luego derrama
en el piso la que queda en la bandeja, el sacerdote se seca los
dedos en una pequeña toalla, se la entrega al monaguillo y éste la
besa.
Después el sacerdote procede a leer las palabras de la
consagración y la oblea se convierte en hostia, es decir, según la
creencia, en
|Dios. El sacerdote se arrodilla y la adora,
luego se levanta y todavía de espaldas a los fieles eleva la hostia
para que estos puedan adorarla. El monaguillo toca la campana del
altar y todo el mundo se arrodilla; muchas veces también repican
las campanas de la torre, y si frente a la iglesia hay gente, lo
menos que esta debe hacer es quitarse el sombrero, aunque esté
lejos y ocupada en sus negocios. Después de elevar la hostia, el
sacerdote levanta el cáliz, en el cual vertió antes una copa de
vino. Durante todo este tiempo se hacen las demostraciones más
ruidosas; el órgano toca música alegre, marchas, danzas y valses, y
si en la plaza hay un cañón o un pelotón de soldados, disparan las
armas. A veces lanzan al aire unos voladores llamados cohetes, que
se elevan y estallan con un ruido como el disparo de una pistola, y
el olor de la pólvora entra en la iglesia y se mezcla con el del
incienso. Los soldados formados pueden quedarse con el quepis
puesto y el organista permanece sentado, y aunque los protestantes
pueden también seguir sentados o de pie, esta actitud molesta
tremendamente a los devotos que, si por ellos fuera, los harían
arrodillar a la fuerza, si la ley lo permitiera.
Después de la elevación el sacerdote parte la hostia en tres
partes, pone una en el cáliz y se come las otras dos. Recoge
cualquier migaja real o imaginaria de la hostia con la patena, si
no tiene paleta, y las echa en el cáliz. Bebe el vino, se enjuaga
los dedos, primero con vino sin consagrar y después con agua y
luego bebe uno y otra para asegurar que ninguna de las partículas
de la hostia se queda sin llegar a su destino. Inmediatamente lava
el cáliz, vuelve a poner la cucharita y la pala en su sitio y
después de otros rituales termina la ceremonia.
Se prolongaría demasiado este relato al describir los pasos de
los monaguillos en las misas cantadas. En realidad es mucho lo que
ellos deben aprender: echar el incienso, llevar de un lado a otro
los dos ciriales (el cirial es una vara larga de plata con un cirio
en el extremo), alzar el extremo o borde de la vestidura del
sacerdote cuando éste se arrodilla, derramarle el agua sobre los
dedos, pasarle la toallita, tocar la campana, contestar las
oraciones, pasar el misal de un lado a otro del altar, cantar parte
del servicio religioso; en fin, es todo un oficio.
La misa rezada se puede decir en el mismo tiempo que toma leer
esta descripción; en cambio, la cantada es larguísima; el sacerdote
canta todas las palabras y el coro entona las respuestas que en la
rezada reza el monaguillo. Por esta razón, la mayoría prefiere
asistir a la misa rezada. Varias veces durante la misa el sacerdote
se vuelve hacia los fieles y dice: Dominus vobiscum —la paz
sea con vosotros—. (sic)
|
(2)
, y éstos responden: Et cum spiritu tuo
—y con tu espíritu—. Durante la confesión, al principio
de la misa, los feligreses se dan tres golpecitos en el pecho y si
la concurrencia es grande, es impresionante el ruido extraño y
hueco que llena la iglesia. Al final el sacerdote termina la misa
con las palabras Ite, missa est —idos, la misa ha
terminado—; (sujeto:
|concio, la asamblea ha terminado).
De esta expresión se deriva la palabra inglesa mass, la latina
missa y la española misa.
También visité el cementerio de Guaduas, que es bastante amplio,
rodeado de un muro y con una capilla en el centro. A la mayoría de
los muertos los sepultan en la tierra, pero los ricos tienen tumbas
en bóvedas que parecen hornos. Recuerdo una en que habían sepultado
a un hombre, y debajo estaba otra bóveda bostezando en espera de la
viuda. Vi también la de Acosta, tan lamentado por el pueblo, con
una lápida de una piedra rosada muy bella, que si resistiera el
clima sería muy admirada en nuestro país para utilizarla en
monumentos.
En Guaduas utilizan muy poco los ataúdes. En la capilla del
cementerio vi dos, pintados de negro y con el dibujo a cada lado de
una calavera sobre dos huesos cruzados, iguales a los que había
visto en la cárcel. También vi en el suelo pedazos de los féretros
improvisados en que llevan a los niños muertos, y en un rincón una
almohadita y unos trapos, lo cual me conmovió profundamente. En
comparación con otros, este cementerio es bastante bueno,
probablemente fue obra del Coronel Joaquín Acosta.
Me falta describir la fuente que hay en la plaza de Guaduas.
Parece más bien un monumento y está rodeada de un muro de
aproximadamente tres pies de altura. Al frente y en los dos
extremos están las bocas de unos tubos de hierro por donde brotan
chorros de agua clara, traída de la loma vecina por una especie de
acueducto abierto, que llaman acequia. A la fuente le dicen pila,
lo mismo que a la fuente bautismal.
Las aguadoras van a la fuente con tina múcura grande de barro
apoyada en la cadera y una caña larga en la mano; ponen la primera
en el muro, y el extremo de la caña, que casi siempre tiene en la
punta un cacho, lo colocan en la boca del tubo de hierro para
llenar de agua la múcura. Cuando las muchachas que esperan ven que
esta ya está casi llena, pelean para ver cuál de ellas será la
próxima en poner el extremo de la caña en el chorro y llenar la
vasija.
Al llegar a la casa vacían el agua en la tinaja, la cual es un
recipiente mucho más grande y con boca ancha. Todas las casas
tienen un arco de ladrillos cocidos que se llama tinajera, que está
por lo general en el corredor y con huecos donde ponen dos o tres
tinajas. Podría decirse que la tinajera tiene para el círculo
familiar la misma importancia que el fuego sagrado en los países
nórdicos, y que, por lo tanto, en la Nueva Granada la traducción de
“Pro aris et focis” debería ser “por la alacena de
los santos y por la tinajera”.
Guaduas está situada exactamente a 1.000 metros sobre el nivel
del mar, es decir a 3.281 pies. Tiene una temperatura promedio de
74º, con muy pocas variaciones, y si no fuera por la humedad, no
habría en el mundo clima más delicioso. En la población hay algunos
casos de bocio, pero creo que tomando un poco de agua yodada
diariamente se evitaría o se curaría la enfermedad. Aquí lo llaman
coto, y al enfermo cotudo. Me pareció observar un caso de
cretinismo, pero a lo mejor se trataba de idiotez común y
corriente.
Pero llegó el momento de decirle adiós a Guaduas y es una
muestra curiosa de cómo influyen las costumbres de un país en las
del viajero el que esa vez me despedí de las niñas, a quienes tanto
cariño les había tomado por su carácter amable, afectuoso y maneras
delicadas, dándoles un beso. En cambio, después de más de un año de
viajar y conocer la vida granadina, para mi gran alegría las volví
a ver y saludé con la misma efusividad, pero esta vez dándoles
un abrazo. No es que el beso no se utilice nunca en la Nueva
Granada como forma de saludo, pero abrazarse es la regla en caso de
una larga ausencia, ya sea entre iguales, con inferiores o con
superiores y entre el mismo sexo o con los del otro. Más adelante
veremos ejemplos de esta costumbre.
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1.
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Los episodios descritos en los dos próximos párrafos se
refieren al viaje de regreso del autor, quien volvió al Alto del
Sargento veinte meses después, el 25 de abril de 1854. Véase Anexo
sobre Itinerario y Cuadros Cronológicos. (N. de la T.). (regresar 1)
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2.
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Este es uno de los errores a que se refiere el autor en el
Prefacio, (N. de la T.). (regresar
2)
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