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INDICE
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|EL CHAMPÁN
Los bogas — Adiós al vapor —
Enfermo buscando cama — La hamaca —Prisioneros en el
champán — Comida racionada — Aserrando tablas
—Platanal — Chocolate — Buenavista — Camino a
Honda.
El champán, por tantos días olvidado, se convirtió de pronto en
el centro de la atención. Lo habían traído a fin de que nos
transportara durante el corto trayecto en que el río no es
navegable para barcos de vapor, y como ahora aumentaba el
recorrido, fue necesario sostener prolongadas conversaciones
diplomáticas para llegar a un acuerdo sobre las nuevas condiciones
del servicio que fuera satisfactorio a las partes interesadas. No
hay nada más desagradable que negociar con bogas. A la mañana
siguiente hubo que volver sobre todo lo acordado el día anterior y
durante la discusión, los bogas, pretendiendo que no querían
aceptar los términos convenidos, volvieron a llevar al barco parte
del equipaje, escogiendo, eso sí, los bultos más grandes pero más
livianos.
Este es el momento de describir el champán. Se trata de una
embarcación mucho más grande que un bongo, plana y con techo
arqueado, de ramas trenzadas y cubierto con hojas de palmera, que
llaman toldo, palabra que también significa toldillo, cortinas de
cama y carpa. El champán tiene aproximadamente siete pies de ancho
y la parte cubierta, abierta en los dos extremos, una longitud de
quince a veinte pies. El nuestro traía apenas un tonel con loza,
pero cuando acomodaron el equipaje quedó prácticamente lleno. Uno
de los pasajeros corrió a extender su cama en el suelo, logrando
así reservar el único espacio libre de baúles. En cuanto a mí, no
le puse mucha atención a lo que sucedía a mi alrededor porque
estaba sintiéndome muy mal de una diarrea, posiblemente causada por
tomar las aguas claras del Nare. Por la mañana, antes de salir, no
comí nada y a los otros pasajeros solo les dieron una taza de
chocolate.
A bordo del vapor se quedaron un yanqui radicado en Bogotá y su
hijo porque traían una cantidad enorme de equipaje. Entonces fuimos
ocho los que quedamos a merced de esa horda de bogas primitivos, en
su mayoría completamente desnudos, y dirigidos por el patrón,
apenas un poco más civilizado que ellos. El y su mujer, la patrona,
ocupaban el sitio descubierto que había en la popa. En
representación de todos los que habían sido los amos del vapor
—el capitán, el oficinista, el camarero, el cocinero—
solo vinieron Ricardo, el negro jamaicano, y Manuel, un muchacho
indígena totalmente estúpido y que casi no entendía español. Me
quejé al capitán por todas las incomodidades que se nos esperaban,
pero él me contestó que todo lo había hecho como un favor, muy
costoso por cierto; así que si no me gustaba el arreglo, podía
quedarme a bordo esperando que creciera el río y, por lo tanto, no
tenía razón para quejarme.
Permítanme ahora presentarles a mis compañeros, las otras
víctimas de esa intimidad tan estrecha y tan poco deseada. Eran
siete: Un granadino bajito, de apellido Lara, vecino de Honda y que
solo hablaba español. Un boticario francés que había vivido en
Jamaica y hablaba bastante bien el inglés y el español. Su hijo, un
ladronzuelo sinvergüenza, que hablaba francés y español y leía toda
la literatura infantil que yo le prestaba, además de los folletos
anti-católicos que sacaba a escondidas de debajo de mi colchón,
donde los tenía guardados porque no creía del caso prestárselos.
Otro francés, sastre en Bogotá, tipo simpático. Hablaba francés y
español. Un joven italiano, muy agradable, llamado Dordelli,
sobrino de un comerciante en Bogotá; iba a abrir una sucursal del
negocio en Cúcuta. Era naturalista y nos hicimos muy amigos.
Hablaba francés y español. Un violinista holandés que había hecho
una gira por los Estados Unidos con Sivori y ahora iniciaba otra
por la América tropical. Hombre culto pero sin escrúpulos y
extremadamente avaro. Hablaba holandés, alemán, inglés, francés y
un poco de español. Su acompañante, un pianista, hombre simpático y
muy generoso, que había decidido dejar todos los asuntos de dinero
en manos del socio tacaño; hablaba los mismos idiomas y además algo
de latín, el cual utilizábamos cuando no queríamos que el boticario
francés nos comprendiera.
El champán
Si en el barco la disciplina no había sido muy estricta, en el
champán desapareció casi por completo, apenas había la que imponía
el patrono a los bogas. Estos antes de ponerse a trabajar se
reunían en el espacio abierto de la proa y uno de ellos empezaba a
rezar y los otros lo seguían, pero nunca pude saber si las
oraciones eran en latín, español o en algún
dialecto.
Después la mayoría de los bogas saltaba al techo, palanca en
mano, y se ponían a empujar apoyando la palanca en el fondo del
río, mientras caminaban hasta llegar a la popa, gritando todo el
tiempo: osh, osh, osh, osh. El grito de todos juntos era
impresionante. ¡Cómo me habría gustado haber tenido manera de
registrarlo, utilizando algún método similar al proceso
fotográfico, que por su exactitud obligara a creer hasta al más
incrédulo! Apenas una jauría de lebreles podría hacer ruido
semejante ladrando media hora seguida, con la diferencia de que los
bogas gritaban todo el tiempo, desde el amanecer hasta la noche,
callándose únicamente para comer y para cruzar el río. Tenía la
sensación de estar alejándome de la civilización y entrando a la
barbarie, sin saber dónde y cuándo la volvería a encontrar. Decidí
buscar tranquilidad y una posición horizontal que eran los únicos
remedios a mi alcance, pero el problema era dónde hallarlos.
Aprovechando que la cama de Lara estaba desocupada me acosté hasta
que él, temeroso de perder sus mal fundados derechos, me pidió que
se la dejara. Había otro espacio desocupado donde antes había
estado Ricardo y pensé extender mi hamaca para acostarme, pero me
di cuenta de que allí ya estaba dormido el niño francés y no quise
molestarlo. Estaba esperando que se despertara cuando llegó el
padre y tomó plena posesión del sitio libre poniendo su colchón en
el suelo. Mi predicamento no le importaba a nadie, así que me
despabilé, desperté al niño y llamé a Ricardo para que me guindara
la hamaca.
“En este champán no se puede colgar hamacas”, dijo el
francés. “Pero yo tengo que acostarme porque ya no puedo
tenerme en pie”, le contesté; y como nadie más protestó,
guindaron la hamaca en un sitio que no molestaba a nadie, a un lado
de la embarcación, bien alta y sobre montones de equipaje y corrí
feliz a acostarme. Lo único que puedo decir es que espero que algún
día uno de mis mejores amigos obtenga satisfacción semejante en
recompensa por alguna acción noble y meritoria. Quedé tan aislado
del resto de los viajeros como si me hubiera tirado por la borda y
ahogado, lo cual, creo yo, les habría importado un bledo a todos
ellos. Permanecí acostado, con cortas interrupciones, durante
veinte horas y me levanté como nuevo.
Y aquí me siento en la obligación de hacer una pausa en el
relato para consignar mi público reconocimiento de gratitud hacia
la hamaca, a la cual doy puesto de honor entre todas las
comodidades que puede tener el hombre. Es cama limpia en la choza
más sucia; en ella no encuentran refugio ni la asquerosa chinche ni
la ágil pulga; brinda al viajero sueño espléndido, cuando sin ella
no podría pegar los ojos. En el monte, en medio de una lluvia
torrencial, he dormido tranquilo y seco en mi hamaca guindada entre
dos árboles, y cuando nubes de zancudos revoloteaban a mi
alrededor, al igual que acreedores insaciables, el toldillo
impenetrable, convertía el zumbido amenazador en música soporífera.
Son muchas las veces, de día y de noche, que estando en la hamaca
he leído para dormirme o para quedarme despierto, sin experimentar
jamás dolor en la nuca, la incomodidad de sostener el libro o el
problema de acomodar la cabeza, es decir, sin sentir ninguno de los
inconvenientes de leer acostado en la cama. Sin embargo, creo que
la mejor ocasión para apreciar todo lo maravillosa que es la hamaca
son esas noches de verano, de calor infernal, que seguramente han
arrastrado a muchos de mis lectores a tirarse poco románticamente
en el duro suelo. Pero hasta cuando no regrese a la tierra de los
días largos y las noches cortas, esa virtud de mi hamaca será solo
una cualidad en potencia, como las posibilidades de los recién
nacidos, porque en la Nueva Granada no he conocido noches tan
calientes como las del verano en mi país.
De ahora en adelante en el arzón de mi montura siempre habrá
sitio para colgar la hamaca, ya que nunca pienso prescindir de
ella. No se debería construir ninguna casa sin dejar espacio
suficiente para colgarla, porque el único inconveniente de la
hamaca es su longitud y la necesidad de amarrarla en dos puntos
altos y bastante distanciados entre sí. ¡El ingenio que he tenido
que desplegar y las piruetas que he tenido que hacer en sitios
donde me han asegurado que era imposible guindar una hamaca! Pero
volvamos ya al champán.
Esta embarcación, de treinta a cuarenta pies de largo, con el
equipaje amontonado a ambos lados y el pasadizo en la mitad de
menos de tres pies de ancho, habría sido prisión tolerable para
siete hombres, un niño, dos sirvientes e innumerables bogas, porque
estos no tenían derechos ni en la proa ni bajo el toldo;
desgraciadamente tres vigas atravesadas de lado a lado y colocadas
a tal altura que no dejaban gatear por debajo ni saltar sobre ellas
recortaban el espacio, de tal manera que quedábamos hacinados como
ganado en feria.
Esa fue nuestra casa, o mejor nuestra prisión, de lunes a
sábado. Bajábamos a tierra solo una o dos veces al día, mientras
los bogas cocinaban el sancocho, pero tan pronto comían empezaban a
rezar y luego otra vez el osh, osh, osh, brincando y gritando.
Entre ellos había un negro con cara de muy pillo y una cuerda
amarrada en la cintura de la que colgaba la llave de su baúl, de
manera que en algún sitio debía tener algo de ropa, pero como hasta
el último trapo lo tenía guardado, solucionó el espinoso problema
de la falta de bolsillos en forma completamente satisfactoria para
él.
En cambio yo todavía no he podido dilucidar el complicadísimo
problema de economía política de cómo se logra que un vagabundo
desnudo haga un esfuerzo casi sobrehumano, trabajando día tras día,
en un país donde es casi imposible morirse de hambre. Antes, cuando
no había vapores, el boga debía empujar los enormes champanes
contra la corriente violenta del río, desde Mompós a Honda, lo cual
significaba un mes espantoso de doce horas diarias de trabajo
agotador, con solo dos o tres descansos cortos al día, y como es
natural, en esos momentos nada lograba hacerlo mover ni una
pulgada, ni promesas, ni insultos, ni siquiera amenazas con
pistola; pero imagino que ese es el mismo problema de saber porqué
algunos hombres escogen ser poetas, naturalistas o escritores
sabiendo que, exactamente como al boga, se les espera mucho trabajo
y poco dinero. Por eso creo en el
|boga
nascitur.
|
La verdad es que el boga es sobre todo un ser sensual. Le
encantan los adornos y las camisas bordadas y no puede prescindir
de los bailes y las borracheras. Es fácil imaginar lo que sucede
cuando regresa a casa con más plata en el bolsillo que la que nunca
verá el indio de tierra fría: las viejas deudas y un par de juergas
lo dejan sin centavo. Entonces tiene que volver a prestar hasta que
agota ese recurso y no le queda más remedio que buscar trabajo otra
vez en un champán. Debo advertir a mis lectores que de lo anterior
no deben formarse la idea de que aquí es fácil conseguir préstamos;
la realidad es que en estas latitudes el sistema crediticio está
poco o nada desarrollado.
El vicio y la negligencia de los bogas son, en realidad, las
palancas que mueven las embarcaciones del río, y en este sentido es
muy grande la similitud entre los bogas, los estibadores del
Misisipi y los marineros comunes y corrientes; por eso estoy
convencido de que una de las reformas importantes que debe
implantar el milenio es la de transformar a muchas de las clases
sociales.
El río Magdalena tiene generalmente una orilla más alta que la
otra y el champán navega al lado de la más baja. Cuando esta
empieza a elevarse, los bogas saltan del toldo a la proa, todos
toman el canalete para cruzar el río, y durante ese tiempo guardan
silencio hasta ganar la otra orilla y vuelven al toldo y las
palancas. Algunos bogas, parados en la proa, utilizan los ganchos
para pasar una vuelta no muy grande del río o una orilla empinada,
evitando así cruzar dos veces, en lo cual se pierde mucho
tiempo.
Siempre fue dificilísimo manejar a los bogas en las
embarcaciones que subían el río de Mompós a Honda. Era casi
imposible hacerlos trabajar más rápido de lo que ellos querían y
unas veces desertaban y otras se amotinaban; ahora las últimas
leyes han hecho todavía más complicado mantener la disciplina. Si
la navegación del Magdalena no recibe rápidamente protección
especial, el transporte fluvial empezará a sufrir obstáculos y
demoras y se hará más costoso. El problema es que el republicanismo
a ultranza, que se intenta imponer, tiende a proteger al vagabundo,
pero pronto habrá que ponerle límites a esta política.
Siempre comíamos cuando el champán estaba navegando y la cocina
era solo un cajón lleno de tierra colocado en la popa. Era
imposible, aunque hubiéramos querido, comer al mismo tiempo que los
bogas, pero la verdad es que preferíamos aprovechar la hora en que
ellos comían para dar paseos cortos por la orilla. Un día,
caminando con Dorelli, encontramos a dos hombres trabajando, cosa
rara en esta tierra. Con un remedo de hacha habían cortado un
árbol, cuadraron el tronco y estaban abriéndole una ranura en forma
de batea en la parte de arriba. Nos mostraron otra ranura más honda
al lado opuesto y nos explicaron que cuando las dos se encontraran
en la mitad tendrían dos tablas, sistema definitivamente
complicadísimo. Creo que las iban a utilizar para hacer un champán.
Esos dos hombres fueron los únicos que vi trabajar en todo el
trayecto entre Cartagena y Bogotá, con la excepción de otro que
observé tejiendo una red de pescar en una aldea del
Magdalena.
Ese día anduvimos más tiempo del acostumbrado y cuando
regresamos todos nos estaban esperando. Nos habíamos demorado
porque creímos que los otros iban a una casa a comprar provisiones,
pero no fueron y estaban muy molestos con nosotros, pues mientras
nos esperaban los bogas se pusieron a pelear y los compañeros
pensaron que la riña iba a retrasar varias horas la salida. Pero al
poco rato los bogas volvieron a rezar y arrancaron tan
ordenadamente como siempre; sin embargo, de allí en adelante el
patrono ordenó parar en una isla o lejos de la ribera, y mientras
los bogas badeaban para ir a almorzar, nosotros teníamos que
quedarnos en el champán.
Lo que más me molestó del viaje en el champán fue la actitud del
negro jamaicano. Ricardo había sido camarero en el barco y en el
champán se volvió cocinero, pero cualquiera de nosotros lo habría
hecho muchísimo mejor en ese oficio. Además decidió economizar al
máximo, y prácticamente no nos daba nada; a veces la comida para
todos nosotros era un pollo y unas galletas duras, y todavía se
quejaba de que “los señores le ponen demasiado azúcar al
café”, (en todo el viaje no vimos gota de leche); así que
resolvió endulzarlo él mismo. No nos dieron frutas ni ningún lujo
por el estilo, entre otras cosas porque después de San Pablo no
vimos ni una fruta ni un árbol frutal, apenas una piña verde en una
de las paradas. Esa era la situación, casi sin provisiones y sin
más remedio que seguir adelante.
Para colmo, el boticario francés se puso intolerable. En una de
esas míseras comidas con un único pollo, en virtud de su puesto
cerca a la popa se apropió de la mitad del ave para él y para su
hijo. Después seguía yo y luego Dorelli, pero nosotros
acostumbrábamos pasar la bandeja para que se sirvieran los otros
primero, solo que esta vez nos la devolvieron con un pedazo
diminuto de ala; Dorelli se lo comió y yo tuve que ayunar hasta la
comida siguiente. Para evitar que se repitiera la injusticia, el
pianista se sentó al lado del francés acaparador. La verdad es que
nunca había encontrado a nadie con un comportamiento tan egoísta e
inculto.
Por aquellos días me llamó la atención un árbol peculiar y muy
común en la región. A veces crece hasta treinta pies, tiene el
tronco hueco, y las hojas pecioladas y enormes crecen únicamente en
la extremidad de las ramas. Las flores parecen inmensas candelillas
de sauce o abedul. Es la
|Cecropia peltata, conocida aquí
como guarumo.
Otro día bajamos a tierra con la esperanza de comprar algo para
comer. Después de bordear un bosque llegamos a un platanal, que
para mí es uno de los espectáculos más imponentes de la naturaleza.
El verdadero tallo del plátano,
|Musa paradisiaca, no se
desarrolla, y el tronco falso, formado de pedúnculos fibrosos de
hojas, crece unos diez pies y alcanza de seis a ocho pulgadas de
diámetro. Sería importante averiguar si la fibra de este enorme
tallo herbáceo sirve para hacer papel; por ahora se utiliza para
hacer cuerdas y a los caballos les encanta comerlo. Las plantas las
siembran a intervalos de doce pies y cuando las cortan sale un
retoño que madura más o menos al año. Las hojas miden de seis a
ocho pies de largo y dos de ancho. De la copa brota una espiga de
flores que se convierte en racimo de frutas de tres pies de largo y
que es carga suficiente para un hombre.
El plátano no tiene semilla, mide una pulgada o más de diámetro
y el hartón tiene ocho pulgadas de largo. Se pela muy fácilmente y
maduro es bueno crudo, o cocinado en cualquier forma. Asado
sustituye al pan y tiene sabor parecido al de un pastel o al de la
batata, aunque es más blando y dulce que esta. Por lo general lo
comen verde, asado o cocinado, pero así me parece insípido y
horroroso.
El banano o guineo,
|Musa coccinea y
|Musa
sapientium, se conoce en nuestras ciudades. Como fruta es mejor
que el plátano, pero cocinado no sabe a nada y no se puede comer
verde. La planta es parecida a la del plátano, el tallo es morado y
la fruta un poco más pequeña, pero no lo cultivan mucho. Dicen que
es mortal tomar bebidas alcohólicas inmediatamente después de comer
un guineo; no sé si será cierto porque nunca hice el ensayo.
Existen otras especies y variedades de Musa que cultivan todavía
menos. El dominico,
|Musa regia, es más pequeño y para mi
gusto, aunque sabroso, es inferior al banano. Es inútil entrar a un
platanal esperando encontrar frutas maduras. Por mi cuenta nunca he
encontrado un racimo maduro, siempre me lo han tenido que mostrar.
Creo que esto se debe a la imprevisión de los campesinos que
siempre siembran menos de los que necesitan, así que van cogiendo
inmediatamente los de buen tamaño.
Avanzamos media milla por el platanal y llegamos a una choza
donde había tres individuos medio desnudos, tirados perezosamente
en el suelo. En ese sitio conocí el árbol del cacao, de cuya fruta
se saca el chocolate. Lo primero que llama la atención es la forma
tan extraña como crece la fruta, pegada al tronco o a las ramas más
gruesas, proyectándose horizontalmente como si estuviera colgada en
un gancho por la punta. La flor también sería exótica si fuera más
grande y más adornada, como son en general las flores de las
bitneriáceas, pero la del cacao es blanca y pequeña. La fruta tiene
seis o siete pulgadas de largo y tres o cuatro de diámetro; es
estriada como el melón y nunca se abre sola. Cuando calculan que
está madura la arrancan del árbol, y generalmente en cada árbol no
maduran más de dos o tres frutas al mismo tiempo. Los niños las van
amontonando en una pila que crece todos los días hasta que juntan
una carga.
Entonces toda la fuerza de trabajo, el hombre, la mujer, los
niños y los perros, se sientan alrededor del montón, y dos de ellos
con el machete empiezan a abrir la fruta, la cual también llaman
mazorca, solo que la del cacao, a diferencia de la del maíz, tiene
los granos por dentro y no en el exterior. Le dan tres machetazos a
lo largo, pero con suavidad para no lastimar las valiosas semillas,
y se la pasan a las mujeres y a los niños, quienes acaban de abrir
la corteza con las manos hasta encontrar, en la mitad, todas las
semillas adheridas a una especie de vena central. Pero cuando la
mazorca está madura, la parte interna es una pulpa con las semillas
tan apretujadas, que si se las echara de nuevo en desorden
llenarían ellas solas toda la cavidad de la fruta. Después separan
los granos de la pulpa y los recogen en un cuero o en una hoja de
plátano. La pulpa es muy sabrosa pero como tiene muchísimas
semillas es muy difícil comerla y no vale la pena tanto trabajo
para sacar apenas una cucharada de pulpa. Lo que hacen a veces es
chupar las semillas a medida que las van sacando. Para
transportarlas a lomo de mula las ponen en un talego tejido llamado
guambía, pero como la trama es tan abierta que deja pasar una papa,
se necesita práctica para empacarlas. Primero ponen hojas de
plátano en la guambía y encima todas las semillas que quepan en la
hoja, luego más hojas contra los bordes de la primera, en seguida
más semillas, y así sucesivamente de manera que cuando el talego
está lleno parece forrado en hojas. En la casa ponen las semillas
en una artesa y las dejan fermentar hasta que botan una especie de
arilo o envoltura falsa, las extienden en un cuero en el patio y
las dejan secar.
Luego muelen las semillas en la misma piedra que utilizan para
moler maíz. Esta es plana y la colocan sobre carbones encendidos
que la calientan a unos 120º. Para moler las semillas las presionan
con otra piedra que sostienen con las dos manos, pero aunque tiene
forma de rodillo, no la hacen rodar. Primero trituran el cacao
solo, después le añaden azúcar sin refinar y algunas veces migas de
pan para venderlo más barato a los pobres; así lo he tomado
muchísimas veces. Con el cacao triturado forman pastillas de onza u
onza y media. A una pastilla le agregan dos onzas de agua y la
ponen a hervir en una olleta de cobre para obtener una taza de
chocolate. Antes de servirlo y para que forme bastante espuma, lo
agitan rápidamente como batiendo huevos, utilizando el tallo de una
planta al que le dejan parte de las raíces.
El cacao se da muy bien en tierra caliente pero en la Nueva
Granada el precio del chocolate varía enormemente, a veces es más
caro que en Nueva York y otras vale solo diez centavos la libra o
menos, pero nunca es tan barato como para que el cultivo no deje
utilidades. Por lo general las familias compran el cacao para
molerlo en la casa.
Durante todos los días que viajamos en el champán no vimos sino
una aldea, llamada Buenavista, situada cerca a la desembocadura del
río Negro. Este nace abajo y al occidente de la gran sabana donde
está Bogotá. Deberían abrir un camino para carretas a lo largo del
río, porque en este sitio quedaría muy bien el puerto fluvial de
Bogotá. Por el momento no hay más que una población grande, de
chozas dispersas de bahareque y paja. Vi un champán a medio
terminar, de lo cual deduje que los hombres de Buenavista trabajan
a ratos. Observé también las ruinas de lo que alguna vez pudo haber
sido un huerto, con el portón caído y todo lleno de maleza.
Realmente es inexplicable el tremendo abandono de la horticultura
en este país, debido quizá a la dificultad de evitar los robos de
las frutas y las hortalizas. Con excepción del huerto de la finca
Bolivia de don Miguel Caldas, en las colinas de Vijes y que está
muy lejos de cualquier vecino, no he visto hasta ahora ningún
huerto sin candado. Pero sea como fuere, no debe haber rateros de
frutas en Buenavista. Aquí, como en todo el alto Magdalena, hay muy
pocos niños, contraste notable con las cantidades que pululan en
las orillas del bajo Magdalena. Posiblemente la falta de niños sea
la causa del abandono y la desolación de estas aldeas, que dan la
sensación de pueblos arruinados, sin porvenir
alguno.
El viernes el río se volvió más rápido y sinuoso. A la
izquierda, en la margen occidental y cerca de Honda, se eleva una
sierra con la formación más increíble. De la cima de los cerros
descienden perpendicularmente enormes precipicios cuyos perfiles se
destacan nítidamente contra el cielo. Es difícil ver un precipicio
solo y en la distancia; la serranía, llena de hondas simas,
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más parece nube que roca.
Hemos pasado varios avisperos, pero en realidad no sé si se
trata de nidos de avispas o de avispones; de todas maneras los
bogas los respetan muchísimo y los pasan en completo silencio. Si
por desgracia los alborotáramos, tendríamos que tendernos y esperar
a que se tranquilizaran, a menos que pudiéramos cruzar el río y
ganar la otra orilla.
Ese mismo viernes pasamos por Conejo, el punto donde debieran
haber comenzado nuestras penalidades, bajo la tiranía de Ricardo el
jamaicano, si el barco no hubiera encallado en el banco de arena.
Desde aquí la situación habría sido mucho más tolerable y hasta es
posible que el vapor hubiera podido llegar a La Vuelta, a donde un
buen barco de poco calado debe llegar en cualquier época del año.
Algunos vapores dejan los pasajeros en Conejo o en La Vuelta para
que de allí en adelante se las arreglen como puedan. Nuestra
embarcación, en cambio, nos llevó hasta donde el río deja de ser
navegable.
Por fin, el sábado por la mañana, me llamaron para preguntarme
si prefería seguir encarcelado otro día en el champán o
caminar hasta Honda, decisión que tomé rápidamente. Los
dosholandeses estuvieron de acuerdo conmigo, terminamos los diez y
siete días de viaje tomándonos a la carrera una taza de chocolate
con unas galletas duras y secas y saltamos a tierra.
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