INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
|EL CHAMPÁN


 

Los bogas — Adiós al vapor — Enfermo buscando cama — La hamaca —Prisioneros en el champán — Comida racionada — Aserrando tablas —Platanal — Chocolate — Buenavista — Camino a Honda.


 

El champán, por tantos días olvidado, se convirtió de pronto en el centro de la atención. Lo habían traído a fin de que nos transportara durante el corto trayecto en que el río no es navegable para barcos de vapor, y como ahora aumentaba el recorrido, fue necesario sostener prolongadas conversaciones diplomáticas para llegar a un acuerdo sobre las nuevas condiciones del servicio que fuera satisfactorio a las partes interesadas. No hay nada más desagradable que negociar con bogas. A la mañana siguiente hubo que volver sobre todo lo acordado el día anterior y durante la discusión, los bogas, pretendiendo que no querían aceptar los términos convenidos, volvieron a llevar al barco parte del equipaje, escogiendo, eso sí, los bultos más grandes pero más livianos.

Este es el momento de describir el champán. Se trata de una embarcación mucho más grande que un bongo, plana y con techo arqueado, de ramas trenzadas y cubierto con hojas de palmera, que llaman toldo, palabra que también significa toldillo, cortinas de cama y carpa. El champán tiene aproximadamente siete pies de ancho y la parte cubierta, abierta en los dos extremos, una longitud de quince a veinte pies. El nuestro traía apenas un tonel con loza, pero cuando acomodaron el equipaje quedó prácticamente lleno. Uno de los pasajeros corrió a extender su cama en el suelo, logrando así reservar el único espacio libre de baúles. En cuanto a mí, no le puse mucha atención a lo que sucedía a mi alrededor porque estaba sintiéndome muy mal de una diarrea, posiblemente causada por tomar las aguas claras del Nare. Por la mañana, antes de salir, no comí nada y a los otros pasajeros solo les dieron una taza de chocolate.

A bordo del vapor se quedaron un yanqui radicado en Bogotá y su hijo porque traían una cantidad enorme de equipaje. Entonces fuimos ocho los que quedamos a merced de esa horda de bogas primitivos, en su mayoría completamente desnudos, y dirigidos por el patrón, apenas un poco más civilizado que ellos. El y su mujer, la patrona, ocupaban el sitio descubierto que había en la popa. En representación de todos los que habían sido los amos del vapor —el capitán, el oficinista, el camarero, el cocinero— solo vinieron Ricardo, el negro jamaicano, y Manuel, un muchacho indígena totalmente estúpido y que casi no entendía español. Me quejé al capitán por todas las incomodidades que se nos esperaban, pero él me contestó que todo lo había hecho como un favor, muy costoso por cierto; así que si no me gustaba el arreglo, podía quedarme a bordo esperando que creciera el río y, por lo tanto, no tenía razón para quejarme.

Permítanme ahora presentarles a mis compañeros, las otras víctimas de esa intimidad tan estrecha y tan poco deseada. Eran siete: Un granadino bajito, de apellido Lara, vecino de Honda y que solo hablaba español. Un boticario francés que había vivido en Jamaica y hablaba bastante bien el inglés y el español. Su hijo, un ladronzuelo sinvergüenza, que hablaba francés y español y leía toda la literatura infantil que yo le prestaba, además de los folletos anti-católicos que sacaba a escondidas de debajo de mi colchón, donde los tenía guardados porque no creía del caso prestárselos. Otro francés, sastre en Bogotá, tipo simpático. Hablaba francés y español. Un joven italiano, muy agradable, llamado Dordelli, sobrino de un comerciante en Bogotá; iba a abrir una sucursal del negocio en Cúcuta. Era naturalista y nos hicimos muy amigos. Hablaba francés y español. Un violinista holandés que había hecho una gira por los Estados Unidos con Sivori y ahora iniciaba otra por la América tropical. Hombre culto pero sin escrúpulos y extremadamente avaro. Hablaba holandés, alemán, inglés, francés y un poco de español. Su acompañante, un pianista, hombre simpático y muy generoso, que había decidido dejar todos los asuntos de dinero en manos del socio tacaño; hablaba los mismos idiomas y además algo de latín, el cual utilizábamos cuando no queríamos que el boticario francés nos comprendiera.

 

El champán
 

Si en el barco la disciplina no había sido muy estricta, en el champán desapareció casi por completo, apenas había la que imponía el patrono a los bogas. Estos antes de ponerse a trabajar se reunían en el espacio abierto de la proa y uno de ellos empezaba a rezar y los otros lo seguían, pero nunca pude saber si las oraciones eran en latín, español o en algún dialecto.

Después la mayoría de los bogas saltaba al techo, palanca en mano, y se ponían a empujar apoyando la palanca en el fondo del río, mientras caminaban hasta llegar a la popa, gritando todo el tiempo: osh, osh, osh, osh. El grito de todos juntos era impresionante. ¡Cómo me habría gustado haber tenido manera de registrarlo, utilizando algún método similar al proceso fotográfico, que por su exactitud obligara a creer hasta al más incrédulo! Apenas una jauría de lebreles podría hacer ruido semejante ladrando media hora seguida, con la diferencia de que los bogas gritaban todo el tiempo, desde el amanecer hasta la noche, callándose únicamente para comer y para cruzar el río. Tenía la sensación de estar alejándome de la civilización y entrando a la barbarie, sin saber dónde y cuándo la volvería a encontrar. Decidí buscar tranquilidad y una posición horizontal que eran los únicos remedios a mi alcance, pero el problema era dónde hallarlos. Aprovechando que la cama de Lara estaba desocupada me acosté hasta que él, temeroso de perder sus mal fundados derechos, me pidió que se la dejara. Había otro espacio desocupado donde antes había estado Ricardo y pensé extender mi hamaca para acostarme, pero me di cuenta de que allí ya estaba dormido el niño francés y no quise molestarlo. Estaba esperando que se despertara cuando llegó el padre y tomó plena posesión del sitio libre poniendo su colchón en el suelo. Mi predicamento no le importaba a nadie, así que me despabilé, desperté al niño y llamé a Ricardo para que me guindara la hamaca.

“En este champán no se puede colgar hamacas”, dijo el francés. “Pero yo tengo que acostarme porque ya no puedo tenerme en pie”, le contesté; y como nadie más protestó, guindaron la hamaca en un sitio que no molestaba a nadie, a un lado de la embarcación, bien alta y sobre montones de equipaje y corrí feliz a acostarme. Lo único que puedo decir es que espero que algún día uno de mis mejores amigos obtenga satisfacción semejante en recompensa por alguna acción noble y meritoria. Quedé tan aislado del resto de los viajeros como si me hubiera tirado por la borda y ahogado, lo cual, creo yo, les habría importado un bledo a todos ellos. Permanecí acostado, con cortas interrupciones, durante veinte horas y me levanté como nuevo.

Y aquí me siento en la obligación de hacer una pausa en el relato para consignar mi público reconocimiento de gratitud hacia la hamaca, a la cual doy puesto de honor entre todas las comodidades que puede tener el hombre. Es cama limpia en la choza más sucia; en ella no encuentran refugio ni la asquerosa chinche ni la ágil pulga; brinda al viajero sueño espléndido, cuando sin ella no podría pegar los ojos. En el monte, en medio de una lluvia torrencial, he dormido tranquilo y seco en mi hamaca guindada entre dos árboles, y cuando nubes de zancudos revoloteaban a mi alrededor, al igual que acreedores insaciables, el toldillo impenetrable, convertía el zumbido amenazador en música soporífera. Son muchas las veces, de día y de noche, que estando en la hamaca he leído para dormirme o para quedarme despierto, sin experimentar jamás dolor en la nuca, la incomodidad de sostener el libro o el problema de acomodar la cabeza, es decir, sin sentir ninguno de los inconvenientes de leer acostado en la cama. Sin embargo, creo que la mejor ocasión para apreciar todo lo maravillosa que es la hamaca son esas noches de verano, de calor infernal, que seguramente han arrastrado a muchos de mis lectores a tirarse poco románticamente en el duro suelo. Pero hasta cuando no regrese a la tierra de los días largos y las noches cortas, esa virtud de mi hamaca será solo una cualidad en potencia, como las posibilidades de los recién nacidos, porque en la Nueva Granada no he conocido noches tan calientes como las del verano en mi país.

De ahora en adelante en el arzón de mi montura siempre habrá sitio para colgar la hamaca, ya que nunca pienso prescindir de ella. No se debería construir ninguna casa sin dejar espacio suficiente para colgarla, porque el único inconveniente de la hamaca es su longitud y la necesidad de amarrarla en dos puntos altos y bastante distanciados entre sí. ¡El ingenio que he tenido que desplegar y las piruetas que he tenido que hacer en sitios donde me han asegurado que era imposible guindar una hamaca! Pero volvamos ya al champán.

Esta embarcación, de treinta a cuarenta pies de largo, con el equipaje amontonado a ambos lados y el pasadizo en la mitad de menos de tres pies de ancho, habría sido prisión tolerable para siete hombres, un niño, dos sirvientes e innumerables bogas, porque estos no tenían derechos ni en la proa ni bajo el toldo; desgraciadamente tres vigas atravesadas de lado a lado y colocadas a tal altura que no dejaban gatear por debajo ni saltar sobre ellas recortaban el espacio, de tal manera que quedábamos hacinados como ganado en feria.

Esa fue nuestra casa, o mejor nuestra prisión, de lunes a sábado. Bajábamos a tierra solo una o dos veces al día, mientras los bogas cocinaban el sancocho, pero tan pronto comían empezaban a rezar y luego otra vez el osh, osh, osh, brincando y gritando. Entre ellos había un negro con cara de muy pillo y una cuerda amarrada en la cintura de la que colgaba la llave de su baúl, de manera que en algún sitio debía tener algo de ropa, pero como hasta el último trapo lo tenía guardado, solucionó el espinoso problema de la falta de bolsillos en forma completamente satisfactoria para él.

En cambio yo todavía no he podido dilucidar el complicadísimo problema de economía política de cómo se logra que un vagabundo desnudo haga un esfuerzo casi sobrehumano, trabajando día tras día, en un país donde es casi imposible morirse de hambre. Antes, cuando no había vapores, el boga debía empujar los enormes champanes contra la corriente violenta del río, desde Mompós a Honda, lo cual significaba un mes espantoso de doce horas diarias de trabajo agotador, con solo dos o tres descansos cortos al día, y como es natural, en esos momentos nada lograba hacerlo mover ni una pulgada, ni promesas, ni insultos, ni siquiera amenazas con pistola; pero imagino que ese es el mismo problema de saber porqué algunos hombres escogen ser poetas, naturalistas o escritores sabiendo que, exactamente como al boga, se les espera mucho trabajo y poco dinero. Por eso creo en el |boga nascitur. |

La verdad es que el boga es sobre todo un ser sensual. Le encantan los adornos y las camisas bordadas y no puede prescindir de los bailes y las borracheras. Es fácil imaginar lo que sucede cuando regresa a casa con más plata en el bolsillo que la que nunca verá el indio de tierra fría: las viejas deudas y un par de juergas lo dejan sin centavo. Entonces tiene que volver a prestar hasta que agota ese recurso y no le queda más remedio que buscar trabajo otra vez en un champán. Debo advertir a mis lectores que de lo anterior no deben formarse la idea de que aquí es fácil conseguir préstamos; la realidad es que en estas latitudes el sistema crediticio está poco o nada desarrollado.

El vicio y la negligencia de los bogas son, en realidad, las palancas que mueven las embarcaciones del río, y en este sentido es muy grande la similitud entre los bogas, los estibadores del Misisipi y los marineros comunes y corrientes; por eso estoy convencido de que una de las reformas importantes que debe implantar el milenio es la de transformar a muchas de las clases sociales.

El río Magdalena tiene generalmente una orilla más alta que la otra y el champán navega al lado de la más baja. Cuando esta empieza a elevarse, los bogas saltan del toldo a la proa, todos toman el canalete para cruzar el río, y durante ese tiempo guardan silencio hasta ganar la otra orilla y vuelven al toldo y las palancas. Algunos bogas, parados en la proa, utilizan los ganchos para pasar una vuelta no muy grande del río o una orilla empinada, evitando así cruzar dos veces, en lo cual se pierde mucho tiempo.

Siempre fue dificilísimo manejar a los bogas en las embarcaciones que subían el río de Mompós a Honda. Era casi imposible hacerlos trabajar más rápido de lo que ellos querían y unas veces desertaban y otras se amotinaban; ahora las últimas leyes han hecho todavía más complicado mantener la disciplina. Si la navegación del Magdalena no recibe rápidamente protección especial, el transporte fluvial empezará a sufrir obstáculos y demoras y se hará más costoso. El problema es que el republicanismo a ultranza, que se intenta imponer, tiende a proteger al vagabundo, pero pronto habrá que ponerle límites a esta política.

Siempre comíamos cuando el champán estaba navegando y la cocina era solo un cajón lleno de tierra colocado en la popa. Era imposible, aunque hubiéramos querido, comer al mismo tiempo que los bogas, pero la verdad es que preferíamos aprovechar la hora en que ellos comían para dar paseos cortos por la orilla. Un día, caminando con Dorelli, encontramos a dos hombres trabajando, cosa rara en esta tierra. Con un remedo de hacha habían cortado un árbol, cuadraron el tronco y estaban abriéndole una ranura en forma de batea en la parte de arriba. Nos mostraron otra ranura más honda al lado opuesto y nos explicaron que cuando las dos se encontraran en la mitad tendrían dos tablas, sistema definitivamente complicadísimo. Creo que las iban a utilizar para hacer un champán. Esos dos hombres fueron los únicos que vi trabajar en todo el trayecto entre Cartagena y Bogotá, con la excepción de otro que observé tejiendo una red de pescar en una aldea del Magdalena.

Ese día anduvimos más tiempo del acostumbrado y cuando regresamos todos nos estaban esperando. Nos habíamos demorado porque creímos que los otros iban a una casa a comprar provisiones, pero no fueron y estaban muy molestos con nosotros, pues mientras nos esperaban los bogas se pusieron a pelear y los compañeros pensaron que la riña iba a retrasar varias horas la salida. Pero al poco rato los bogas volvieron a rezar y arrancaron tan ordenadamente como siempre; sin embargo, de allí en adelante el patrono ordenó parar en una isla o lejos de la ribera, y mientras los bogas badeaban para ir a almorzar, nosotros teníamos que quedarnos en el champán.

Lo que más me molestó del viaje en el champán fue la actitud del negro jamaicano. Ricardo había sido camarero en el barco y en el champán se volvió cocinero, pero cualquiera de nosotros lo habría hecho muchísimo mejor en ese oficio. Además decidió economizar al máximo, y prácticamente no nos daba nada; a veces la comida para todos nosotros era un pollo y unas galletas duras, y todavía se quejaba de que “los señores le ponen demasiado azúcar al café”, (en todo el viaje no vimos gota de leche); así que resolvió endulzarlo él mismo. No nos dieron frutas ni ningún lujo por el estilo, entre otras cosas porque después de San Pablo no vimos ni una fruta ni un árbol frutal, apenas una piña verde en una de las paradas. Esa era la situación, casi sin provisiones y sin más remedio que seguir adelante.

Para colmo, el boticario francés se puso intolerable. En una de esas míseras comidas con un único pollo, en virtud de su puesto cerca a la popa se apropió de la mitad del ave para él y para su hijo. Después seguía yo y luego Dorelli, pero nosotros acostumbrábamos pasar la bandeja para que se sirvieran los otros primero, solo que esta vez nos la devolvieron con un pedazo diminuto de ala; Dorelli se lo comió y yo tuve que ayunar hasta la comida siguiente. Para evitar que se repitiera la injusticia, el pianista se sentó al lado del francés acaparador. La verdad es que nunca había encontrado a nadie con un comportamiento tan egoísta e inculto.

Por aquellos días me llamó la atención un árbol peculiar y muy común en la región. A veces crece hasta treinta pies, tiene el tronco hueco, y las hojas pecioladas y enormes crecen únicamente en la extremidad de las ramas. Las flores parecen inmensas candelillas de sauce o abedul. Es la |Cecropia peltata, conocida aquí como guarumo.

Otro día bajamos a tierra con la esperanza de comprar algo para comer. Después de bordear un bosque llegamos a un platanal, que para mí es uno de los espectáculos más imponentes de la naturaleza. El verdadero tallo del plátano, |Musa paradisiaca, no se desarrolla, y el tronco falso, formado de pedúnculos fibrosos de hojas, crece unos diez pies y alcanza de seis a ocho pulgadas de diámetro. Sería importante averiguar si la fibra de este enorme tallo herbáceo sirve para hacer papel; por ahora se utiliza para hacer cuerdas y a los caballos les encanta comerlo. Las plantas las siembran a intervalos de doce pies y cuando las cortan sale un retoño que madura más o menos al año. Las hojas miden de seis a ocho pies de largo y dos de ancho. De la copa brota una espiga de flores que se convierte en racimo de frutas de tres pies de largo y que es carga suficiente para un hombre.

El plátano no tiene semilla, mide una pulgada o más de diámetro y el hartón tiene ocho pulgadas de largo. Se pela muy fácilmente y maduro es bueno crudo, o cocinado en cualquier forma. Asado sustituye al pan y tiene sabor parecido al de un pastel o al de la batata, aunque es más blando y dulce que esta. Por lo general lo comen verde, asado o cocinado, pero así me parece insípido y horroroso.

El banano o guineo, |Musa coccinea y |Musa sapientium, se conoce en nuestras ciudades. Como fruta es mejor que el plátano, pero cocinado no sabe a nada y no se puede comer verde. La planta es parecida a la del plátano, el tallo es morado y la fruta un poco más pequeña, pero no lo cultivan mucho. Dicen que es mortal tomar bebidas alcohólicas inmediatamente después de comer un guineo; no sé si será cierto porque nunca hice el ensayo. Existen otras especies y variedades de Musa que cultivan todavía menos. El dominico, |Musa regia, es más pequeño y para mi gusto, aunque sabroso, es inferior al banano. Es inútil entrar a un platanal esperando encontrar frutas maduras. Por mi cuenta nunca he encontrado un racimo maduro, siempre me lo han tenido que mostrar. Creo que esto se debe a la imprevisión de los campesinos que siempre siembran menos de los que necesitan, así que van cogiendo inmediatamente los de buen tamaño.

Avanzamos media milla por el platanal y llegamos a una choza donde había tres individuos medio desnudos, tirados perezosamente en el suelo. En ese sitio conocí el árbol del cacao, de cuya fruta se saca el chocolate. Lo primero que llama la atención es la forma tan extraña como crece la fruta, pegada al tronco o a las ramas más gruesas, proyectándose horizontalmente como si estuviera colgada en un gancho por la punta. La flor también sería exótica si fuera más grande y más adornada, como son en general las flores de las bitneriáceas, pero la del cacao es blanca y pequeña. La fruta tiene seis o siete pulgadas de largo y tres o cuatro de diámetro; es estriada como el melón y nunca se abre sola. Cuando calculan que está madura la arrancan del árbol, y generalmente en cada árbol no maduran más de dos o tres frutas al mismo tiempo. Los niños las van amontonando en una pila que crece todos los días hasta que juntan una carga.

Entonces toda la fuerza de trabajo, el hombre, la mujer, los niños y los perros, se sientan alrededor del montón, y dos de ellos con el machete empiezan a abrir la fruta, la cual también llaman mazorca, solo que la del cacao, a diferencia de la del maíz, tiene los granos por dentro y no en el exterior. Le dan tres machetazos a lo largo, pero con suavidad para no lastimar las valiosas semillas, y se la pasan a las mujeres y a los niños, quienes acaban de abrir la corteza con las manos hasta encontrar, en la mitad, todas las semillas adheridas a una especie de vena central. Pero cuando la mazorca está madura, la parte interna es una pulpa con las semillas tan apretujadas, que si se las echara de nuevo en desorden llenarían ellas solas toda la cavidad de la fruta. Después separan los granos de la pulpa y los recogen en un cuero o en una hoja de plátano. La pulpa es muy sabrosa pero como tiene muchísimas semillas es muy difícil comerla y no vale la pena tanto trabajo para sacar apenas una cucharada de pulpa. Lo que hacen a veces es chupar las semillas a medida que las van sacando. Para transportarlas a lomo de mula las ponen en un talego tejido llamado guambía, pero como la trama es tan abierta que deja pasar una papa, se necesita práctica para empacarlas. Primero ponen hojas de plátano en la guambía y encima todas las semillas que quepan en la hoja, luego más hojas contra los bordes de la primera, en seguida más semillas, y así sucesivamente de manera que cuando el talego está lleno parece forrado en hojas. En la casa ponen las semillas en una artesa y las dejan fermentar hasta que botan una especie de arilo o envoltura falsa, las extienden en un cuero en el patio y las dejan secar.

Luego muelen las semillas en la misma piedra que utilizan para moler maíz. Esta es plana y la colocan sobre carbones encendidos que la calientan a unos 120º. Para moler las semillas las presionan con otra piedra que sostienen con las dos manos, pero aunque tiene forma de rodillo, no la hacen rodar. Primero trituran el cacao solo, después le añaden azúcar sin refinar y algunas veces migas de pan para venderlo más barato a los pobres; así lo he tomado muchísimas veces. Con el cacao triturado forman pastillas de onza u onza y media. A una pastilla le agregan dos onzas de agua y la ponen a hervir en una olleta de cobre para obtener una taza de chocolate. Antes de servirlo y para que forme bastante espuma, lo agitan rápidamente como batiendo huevos, utilizando el tallo de una planta al que le dejan parte de las raíces.

El cacao se da muy bien en tierra caliente pero en la Nueva Granada el precio del chocolate varía enormemente, a veces es más caro que en Nueva York y otras vale solo diez centavos la libra o menos, pero nunca es tan barato como para que el cultivo no deje utilidades. Por lo general las familias compran el cacao para molerlo en la casa.

Durante todos los días que viajamos en el champán no vimos sino una aldea, llamada Buenavista, situada cerca a la desembocadura del río Negro. Este nace abajo y al occidente de la gran sabana donde está Bogotá. Deberían abrir un camino para carretas a lo largo del río, porque en este sitio quedaría muy bien el puerto fluvial de Bogotá. Por el momento no hay más que una población grande, de chozas dispersas de bahareque y paja. Vi un champán a medio terminar, de lo cual deduje que los hombres de Buenavista trabajan a ratos. Observé también las ruinas de lo que alguna vez pudo haber sido un huerto, con el portón caído y todo lleno de maleza. Realmente es inexplicable el tremendo abandono de la horticultura en este país, debido quizá a la dificultad de evitar los robos de las frutas y las hortalizas. Con excepción del huerto de la finca Bolivia de don Miguel Caldas, en las colinas de Vijes y que está muy lejos de cualquier vecino, no he visto hasta ahora ningún huerto sin candado. Pero sea como fuere, no debe haber rateros de frutas en Buenavista. Aquí, como en todo el alto Magdalena, hay muy pocos niños, contraste notable con las cantidades que pululan en las orillas del bajo Magdalena. Posiblemente la falta de niños sea la causa del abandono y la desolación de estas aldeas, que dan la sensación de pueblos arruinados, sin porvenir alguno.

El viernes el río se volvió más rápido y sinuoso. A la izquierda, en la margen occidental y cerca de Honda, se eleva una sierra con la formación más increíble. De la cima de los cerros descienden perpendicularmente enormes precipicios cuyos perfiles se destacan nítidamente contra el cielo. Es difícil ver un precipicio solo y en la distancia; la serranía, llena de hondas simas, | más parece nube que roca.

Hemos pasado varios avisperos, pero en realidad no sé si se trata de nidos de avispas o de avispones; de todas maneras los bogas los respetan muchísimo y los pasan en completo silencio. Si por desgracia los alborotáramos, tendríamos que tendernos y esperar a que se tranquilizaran, a menos que pudiéramos cruzar el río y ganar la otra orilla.

Ese mismo viernes pasamos por Conejo, el punto donde debieran haber comenzado nuestras penalidades, bajo la tiranía de Ricardo el jamaicano, si el barco no hubiera encallado en el banco de arena. Desde aquí la situación habría sido mucho más tolerable y hasta es posible que el vapor hubiera podido llegar a La Vuelta, a donde un buen barco de poco calado debe llegar en cualquier época del año. Algunos vapores dejan los pasajeros en Conejo o en La Vuelta para que de allí en adelante se las arreglen como puedan. Nuestra embarcación, en cambio, nos llevó hasta donde el río deja de ser navegable.

Por fin, el sábado por la mañana, me llamaron para preguntarme si prefería seguir encarcelado otro día en el champán o caminar hasta Honda, decisión que tomé rápidamente. Los dosholandeses estuvieron de acuerdo conmigo, terminamos los diez y siete días de viaje tomándonos a la carrera una taza de chocolate con unas galletas duras y secas y saltamos a tierra.

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