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INDICE
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(continuación capítulo "el
vapor del magdalena")
Por último, la posición de la mujer no está limitada por las
estrictas leyes de decoro que rigen entre nosotros. Su caída no
ocasiona la deshonra permanente ni la exclusión total de la
sociedad. Tengo la impresión de que no se la juzga más severamente
que a un muchacho calavera en la Nueva Inglaterra, y quizá todavía
menos.
Así, teniendo en cuenta todos estos factores, encontrar un
sacerdote casto en estas latitudes debe ser fenómeno bastante raro.
Es imposible que la imaginación humana o la malicia satánica sean
capaces de inventar una posición en la que la caída de un hombre
sea tan inevitable e irreparable como en esta.
Le pregunté a dos personas cuál era más o menos la proporción de
clérigos que faltan a su voto de castidad. Uno de ellos, amigo de
sacerdotes, contestó, “alrededor del 99 por ciento”. El
otro es anticlerical, y por eso su respuesta debe recibirse con un
grano de sal: “Entre el clero secular (curas párrocos) el 98
por ciento; entre los regulares (religiosos) el 102 por ciento. Por
consiguiente, añadió, la lujuria excesiva de estos es suficiente
para compensar cualquier ejemplo ocasional de castidad entre los
seculares".
Además, la libertad que se toman los sacerdotes no es siempre
mal vista por la gente. A una mujer que me comentaba su horror ante
la sola idea del matrimonio de aquellos, le pregunté si en realidad
prefería el cura del Banco a uno casado y fiel a su esposa. Me
contestó: “Claro, porque los sacramentos pierden toda validez
si los administra un cura casado, pero nunca si los administra uno
soltero por más disoluto que sea”.
Hace poco el párroco de la isla de Taboga, cerca de Panamá,
aprovechando la nueva ley sobre matrimonio civil, estaba haciendo
las diligencias para casarse. Nunca nadie se quejó de que hubiera
vivido muchos años con la mujer con quien ahora quería casarse y de
quien tiene varios hijos; los hombres consideran que la familia
está más segura si el cura tiene su propia mujer. En cambio, cuando
dio los primeros pasos para contraer matrimonio civil, todo el
mundo se escandalizó. Hasta el periódico Panamá Star escribió un
editorial en inglés contra él, y para rematar, el sustituto del
Obispo de Panamá, quien está en exilio, le informó que lo
destituiría si continuaba con su proyecto de casarse. La pobre
pareja llegó a la conclusión de que lo mejor era seguir como
antes.
No he oído a nadie quejarse de la falta de castidad de los
sacerdotes. Posiblemente actúan bajo el principio del zorro
aprisionado en la trampa, de la fábula de Esopo, el cual no dejaba
que le espantaran las moscas a medio saciar que tenía encima, de
miedo de que vinieran otras más hambrientas a sacarle la poca
sangre que le quedaba. Hace muchos años un cura de Bogotá tenía
especial debilidad por niñas inocentes e ingenuas. Cuando se
descubrió que había seducido, casi al mismo tiempo,a las niñas
de cinco o seis de las mejores familias de la capital, la
indignación fue general y las autoridades eclesiásticas lo mandaron
a Roma para que lo juzgaran. Pasado cierto tiempo, ya
suficientemente castigado o arrepentido, lo enviaron a ejercer sus
sagradas funciones en Cartagena.
Pero ya estoy fatigado de tratar este tema tan penoso, el cual,
sin embargo, no podía con toda honradez dejar pasar en
silencio.
El vapor sale por fin del Banco y la selva magnífica e
interminable reemplaza a la muchedumbre abigarrada del puerto.
Vamos río arriba, las poblaciones y los grupos de niños en las
orillas se vuelven cada vez más escasos y pequeños. Paran los
motores y la selva es tan espesa que cuando el boga salta a la
orilla para atracar, apenas sí encuentra donde pararse. Hay
muchísima
|Heliconia, que aquí llaman lengua de vaca,
pertenece a la familia del plátano, del arrurruz y del jengibre,
pero es el género más común de todos. Sus hojas anchas,
horizontales y venosas, junto con las de las palmas y las de las
pandanáceas, son el único indicio claro de que el paisaje es
tropical.
Avanzamos todo el día siguiente, parando solo para cargar leña.
No entiendo porqué estas fértiles riberas por las cuales pasan
semanalmente barcos permanecen casi inhabitadas y sin comercio.
Para un americano este fenómeno es incomprensible, educado como
está en el principio de economía política según el cual el tráfico
engendra comercio.
El primer cambio en la lista de pasajeros fue la inclusión de
nuestros nombres en Calamar, luego borraron el de los que se
quedaron en Mompós, entre otros las niñitas con la niñera, y es
posible que allí hayan añadido a la lista uno o dos nombres nuevos.
En Puerto Nacional o Puerto Ocaña, como le dicen frecuentemente, se
bajaron otros pasajeros y me duele todavía haber perdido la
compañía de dos de ellos. Esos buenos amigos eran el señor Gallego
y su hijo Ricardo. El padre es exiliado político de Venezuela y fue
gobernador de Maracaibo bajo Páez. Piensa establecerse en Cúcuta,
en la frontera con Venezuela. Venía de Curazao, donde en vano
solicitó permiso a su país para venir a la Nueva Granada por el
camino más directo y traer a su familia que está todavía en
Maracaibo. Le espera un viaje terrestre muy duro, cuarenta millas y
media a Ocaña, setenta y una y media a Salazar y cien más a San
José de Cúcuta.
El vapor se detuvo frente a un campo abierto a una distancia de
tres cuartos de milla de Puerto Nacional. Recorrí la campiña donde
encontré una casa desierta y vi un helecho trepador de un género
que a veces se da en nuestro país, el
|Lygodium hirsutum. Un
poco más allá está la desembocadura de un río pequeño, y por eso
situaron el desembarcadero cerca, en la mejor orilla. El camarero a
quien pienso inmortalizar un poco mas adelante, cogió el único bote
y antes de que yo me diera cuenta se fue por el riachuelo al
pueblo. Como quería conocerlo, anduve la mitad del camino hasta que
se hizo tarde y tuve que regresar al barco sin haber visto el
pueblo ni siquiera de lejos. De manera que solo conocí el
|puerto del
|Puerto de Ocaña; sin embargo, la caminata
valió la pena porque vi muchas variedades de plantas desconocidas
para mí.
El presidente T. C. Mosquera afirma que muchas veces ha visto
subir el termómetro en Puerto Nacional a 104º a la sombra; dice que
es la temperatura más alta que conoce en la Nueva Granada. Sin
embargo, en otra parte da esta temperatura como la
|media, a
pesar de que también ha dicho que la temperatura media más alta de
la Nueva Granada es de 86º6’. Según Codazzi la temperatura
media de Puerto Nacional es de 81º, cifra que no peca por baja,
creo yo.
En este lugar algún negro buen trabajador tendría la oportunidad
de enriquecerse con el comercio de la tagua o marfil vegetal. Las
nueces de tagua no son la fruta de una palma ni de un árbol, sino
de una pandanácea sin tallo y con hojas semejantes a las del
cocotero. La planta es unisexual y estaminífera. La fruta crece a
nivel de tierra y en Sabanilla, desde donde exportan la mayoría se
vende más o menos a dos centavos la libra, aun cuando debería valer
por lo menos el doble.
Planta de marfil vegetal
El hombre que aparece al lado de la planta de tagua está a
escala para dar idea de la altura de la planta. Es un ribereño
típico del Magdalena con su vestido más elegante. Es casi un
mestizo puro, mitad negro y mitad indio, pero nadie sabrá nunca la
exacta proporción en que las tres razas se mezclan en sus venas. El
sombrero se llama, por la forma, raspón, y puede estar hecho de
palma, de rama o de cuba. No es un jipijapa porque lo fabrican de
hojas de palma trenzadas en tiras largas, cosidas en redondo, igual
a muchos de los que se hacen en nuestro país. Es posible que sea
demasiada pretensión llamar pantalón al resto del vestido, podría
denominarse tapa, aunque este término lo utilizan para referirse a
cualquier cosa con que se cubran y que puede ser tan reducida como
la mitad de una hoja de parra. En la mano derecha tiene el canalete
y el machete del que no prescinde nunca, el cual tal vez de pura
pereza no se ha colgado al cinto. El modesto intento de adornar con
flecos el extremo de la vaina del machete demuestra cómo hasta a
los hombres más primitivos les encantan los adornos.
El machete no es para defenderse de hombres o de animales; le
sirve de hacha y para cortar los bejucos y malezas que le cierran
el paso cuando anda por la selva. El machete, la canoa, los
anzuelos, el sedal y la red son sus herramientas de trabajo, y si
se añaden una camisa y una hamaca, se tendrá la lista completa de
todas sus riquezas. Y no desea nada más. El pescado le cuesta menos
trabajo que al campesino desenterrar papas con azadón en una loma,
y los plátanos los consigue todavía más fácilmente.
Entonces ¿qué necesidad tiene de trabajar? Amable e indolente
posiblemente se le podría convertir en un buen ciudadano educándolo
y gravándolo en forma adecuada. A pesar de estar armado con el
machete nunca pelea, a menos que se le ultraje violentamente, y aun
así solo lo hace en grupo, nunca solo; pero una muchedumbre
granadina encolerizada tiene una capacidad destructora
incalculable. En amor, lo domina más la pasión que la prudencia, lo
cual se deduce por los datos del censo de 1851, que registra para
ese año en el distrito de Puerto Nacional 32 mujeres casadas y 67
nacimientos. Ancízar dice que “esta gran fecundidad es
atribuible a la enorme cantidad de pescado que consumen”.
También se dice que el antiguo estipendio que había que pagar para
contraer matrimonio, $ 6.40, fue la causa de muchos nacimientos
ilegítimos.
Al día siguiente nos detuvimos una sola vez en el límite de un
bosque espeso para recoger leña. De allí en adelante los barcos
corren mucho peligro navegando de noche, y por eso al atardecer
atracamos en la ribera occidental, cubierta de yerba alta. Me
advirtieron sobre el peligro de las culebras y siguiendo el consejo
no bajé a tierra, pero logré cortar un tallo de caña brava, que es
una yerba gigante con tallo herbáceo pero no hueco; cuando está
tierno y jugoso sirve para hacer un encurtido delicioso; los
pedazos son tiernos y firmes a la vez, y como no tienen sabor,
absorben el del vinagre y el de los otros condimentos. Los maduros,
de más de una pulgada de diámetro, se utilizan parahacer
cercas y casas. Al florecer, la panoja que se forma en lo alto del
tallo es hermosísima, en especial cuando el viento hace inclinar
todos los pedúnculos en la misma dirección, agitándolos como la
flámula de una lanza. La caña brava crece de 12 a 20
piés.
No había mencionado los caimanes, pero como pronto vamos a dejar
atrás a estos abundantes e interesantes animales, quiero dedicarles
unas cuantas líneas. El caimán es un animal del mismo género del
cocodrilo y del alligator. Es abundantísimo en el Magdalena Medio,
y en el Bajo es tan común como la especie que se encuentra al sur
de los Estados Unidos. En los bancos de arena es posible ver hasta
media docena asoleándose juntos y por eso no se puede ni pensar en
nadar en el río. A veces arrastran a las mujeres que, sin la
protección de una cerca, lavan en la orilla. Sin embargo, desde
antes de llegar a Honda no se vuelve a ver ni uno.
En el Magdalena Medio también es donde más zancudos hay, pero
desaparecen completamente antes de Nare. Como aquí le dicen
mosquito al jején, no fue sino después de viajar siete meses por la
Nueva Granada cuando aprendí el nombre español del insecto que
nosotros conocemos como mosquito (pero con ortografía incorrecta).
El zancudo —zancas largas— es un insecto de mayor tamaño
que el jején e igualmente insoportable.
Al día siguiente llegamos a San Pablo, uno de los pueblos más
grandes del río. Queda alrededor de setenta y cuatro millas de
distancia de Puerto Nacional y doscientas una y media de Mompós. Un
daño en los motores nos detuvo allí. La población parece más grande
que El Banco y más agradable que cualquier otro pueblito del río,
con excepción de Margarita. El camarero intentó comprar algunos
cocos, pero al dueño de estos le pareció más agradable quedarse
acostado en la hamaca que subir a la palma a cogerlos. El problema
lo resolvió uno de los bogas trepándose a ella y permitiéndole al
indolente propietario obtener ganancias sin sacrificar el
|dolce
far niente. No me gustó el agua del coco; me pareció insípida y
sin el sabor peculiar de la fruta; sabe más bien a leche aguada,
con más agua que leche. Posiblemente me habría gustado más si
hubiera tenido mucha sed. En general el cocotero,
|Cocos
nucifera, me ha parecido más ornamental que útil; de todas
maneras en el interior del país no es donde mejor se aprecia, sino
a la orilla del mar porque es a
|
donde se desarrolla mejor.
El cocotero es la primera planta útil que el hombre deja atrás
cuando comienza a subir a las montañas.
En San Pablo vi un árbol frutal que es muy abundante en las
afueras del pueblo. Más pequeño y esbelto que el manzano, de
corteza lisa como la del plátano de Virginia,
|Platanus
occidentalis, y con una fruta del tamaño de la mitad de una
manzana, coronada de los restos del cáliz. Se trata del
|Psidiuin
pomiferum, llamado aquí guayabo y la fruta se conoce como
guayaba. Por regla general los nombres de árboles son masculinos y
terminan en
|o, mientras que los de las frutas son femeninos
y terminan en a. Así, naranjo es el árbol y naranja la fruta. El
lugar donde crecen las plantas termina en
|al: una huerta de
guayabas es guayabal. Nunca oí mencionar un naranjal, tal vez
porque nadie tiene suficientes naranjos como para hablar de
naranjal. La carne de la guayaba es una pulpa consistente, llena de
semillas, rodeada por una parte más dura y sin granos. Se puede
comer toda la fruta, hasta la cáscara, aunque la mayoría de las
personas prefieren pelarla y algunas comen solo la parte interna.
Hay otras especies de
|Psidia en la Nueva Granada, pero la
guayaba es la fruta que más abunda en el país. Sin embargo nunca he
visto que se la cultive deliberadamente, y cruda la comen poco; la
prefieren preparada en dulce y jaleas. El dulce lo venden en cajas
cuadradas de medio litro, que parecen hechas a golpes de hacha,
aunque quizá las fabrican con doladera. A los cerdos les encantan
las guayabas y como en algunos sitios hay tantas, son importantes
como alimento para estos animales.
Otro árbol pequeño me llamó la atención, quizá por ser la única
planta rosácea que vi en las tierras bajas, llamadas aquí tierra
caliente. No encuentro términos satisfactorios en inglés para
indicar las cuatro graduaciones de altura que hay en español:
tierra caliente, tierra templada, tierra fría y páramo. Podríamos
decir que donde desaparece el cocotero termina la tierra caliente;
la frontera del banano, es el límite de la tierra templada; el de
la tierra fría el fin de los cultivos de cebada y de papa, y donde
comienza el páramo ya no se cultiva nada. En la tierra fría son
abundantes las moras, las fresas y algunas especies de
|cratagus y
|spirae, aunque he visto moras hasta en los
límites de la tierra caliente, pero en San Pablo conocí un
árbolrosáceo que solamente se da en tierra caliente, el
|Chrysobalanus Icaco, aquí llamado icaco. La fruta es una
especie de ciruela con la cual hacen uno de esos innumerables
postres, llamados dulces en la Nueva Granada. Cuando comí por
primera vez el de icaco le comenté a mi anfitriona que la
consistencia de la fruta en el dulce era como de algodón empapado
en almíbar, y ella sugirió que otro ingrediente era aire; pero
después de comer el sarcocarpio, el endocarpio se deshace
fácilmente y con una suave presión de los dientes deja una almendra
diminuta en la boca que es la semilla de la fruta, a la que se
debe, creo yo, la popularidad del icaco.
Estaba mirando el árbol del icaco y a punto de irme cuando se me
acercó un hombre pidiéndome que le recetara algo a su mujer
enferma. Afortunadamente el vapor iba a partir y la sirena me salvó
de buscar más disculpas para no atenderla. Si alguien quiere ser
popular aquí, debe traer un botiquín especialmente provisto de las
drogas que mitigan las dolencias con que la naturaleza ultrajada
castiga el libertinaje.
En el barco me dieron otra fruta que no conocía. Yo la llamaría
naranja loca, pero aquí le dicen limón dulce. Es una naranja de
cáscara gruesa y verde aunque esté madura, y al pelarla suelta una
sustancia pegajosa que obliga a lavarse las manos inmediatamente.
Este solo detalle sería suficiente para restarle atractivo, pero
además, aunque dulce, es insípida y eso la hace poco agradable para
nosotros. En cambio, aquí la prefieren a la naranja. Debe
pertenecer a la variedad
|Citrus Limetta o
|Citrus
Aurantium.
|
Después de salir de San Pablo no sucedió nada digno de recordar.
Pasaron los días sin que subiera o bajara ningún pasajero y sin que
se recogiera ninguna carga. Una vez al día el barco paraba a cargar
leña. Nos detuvimos frente a un campo, más o menos de un acre, con
rastros de haber sido cultivado alguna vez pero que está de nuevo
enmontado. Hay dos ranchos infelices que protegen del rocío y de la
lluvia a los moradores, imposible hablar de familia. Cuelga del
techo parte de un racimo de plátanos, el sostén de la vida para
estas gentes, y junto con algunas mazorcas constituyen todas las
provisiones. No hay muebles, solo unas ollas rústicas de barro,
quizá hechas allí mismo, y algunas totumas y
calabazas.
La calabaza es una fruta enorme de la familia del zapallo y de
la palabra española se deriva la inglesa “calabash”. La
calabaza y la totuma son diferentes. La totuma es mucho más pequeña
y con ella hacen solamente platos y cucharas utilizando la mitad de
la fruta o menos. A la calabaza le abren un pequeño orificio y la
limpian por dentro con la mano, y si el hueco es muy estrecho la
lavan con agua. En pocas palabras, la calabaza es el sustituto de
cubetas, jarras y botellas; la totuma, de platos, tazas y cucharas.
Si alguien pide una totumada de agua, le dan el agua que quiera
beber; pero si pide una calabaza con agua, le proponen prestarle o
venderle la calabaza para que lleve provisión
suficiente.
La totuma es la fruta del totumo,
|Crescentia, Cujete,
árbol aproximadamente del tamaño del manzano. El primero que vi fue
en Barranquilla, donde un día que estaba cazando mariposas por poco
me descalabro al chocar con una totuma casi del mismo tamaño de mi
cabeza, que no había visto porque las frutas son del mismo color de
las hojas. De la mitad de una totuma pequeña sale una cuchara. Por
los recipientes hechos con la mitad de las totumas más grandes
cobran uno o tres centavos. En Pasto las decoran y las barnizan,
vendiéndolas mucho más caras en todo el país.
A medida que se navega río arriba la población ribereña va
disminuyendo; las aldeas, a pesar de lo escasas y distanciadas son
tan insignificantes que ya ni vale la pena preguntar cómo se
llaman. También es notable la reducción del número de niños, lo
cual hace pensar en una alta mortalidad infantil semejante a la que
existe en la vecindad de aguas sucias y estancadas, o en donde se
vende la llamada “leche pura del campo”. Las
montañas empiezan a vislumbrarse a lo lejos, a un lado o al otro,
gradualmente acercándose más y más, hasta que finalmente se yerguen
a ambas orillas del río, lo que indica que la región aluvial del
Magdalena va estrechándose a medida que subimos. Antes las orillas
del río podían tener de dos a ocho pies de altura, pero ahora, de
vez en cuando, son riscos hasta de treinta pies. El cauce del río
disminuye a la mitad, es menos ancho que el Ohio o que el Hudson en
Albany, y las aguas corren más rápido hasta que por fin encontramos
algo nuevo: las rocas escarpadas de la angostura de Nare aprisionan
el río por varioskilómetros y obligan a las aguas a fluir
todavía más velozmente. Hemos navegado once días, tiempo suficiente
para cruzar el Atlántico hasta Liverpool.
El río vuelve a ensancharse y el vapor entra en la desembocadura
del río Nare y atraca en la orilla. El Nare es más estrecho y de
aguas más límpidas que las del Magdalena, los pasajeros que no han
visto agua clara desde hace mucho tiempo se precipitan a
beberla.
¡O formose puer! ¡Nimium ne credas colori! Personalmente no creo
que el agua del Nare sea mejor que la del Magdalena; lo dudé
entonces y ahora desconfío plenamente de ella. Muchos viajeros se
enferman al llegar a Nare o poco después, y algunos mueren allí.
Sospecho que las aguas claras del río tienen mucho que ver con este
fenómeno. En mi concepto no puede haber en el mundo agua mejor para
beber que la turbia del Magdalena y del Misurí. En los barcos la
guardan en grandes tinajas de barro con capacidad para varios
galones, y como siempre hay más de dos tinajas el barro tiene
tiempo para sedimentarse. Algunas veces hay un filtro de piedra
porosa en el que caben dos galones, y el agua va cayendo gota a
gota en la tinaja colocada debajo.
En la tierra caliente se desconoce el lujo del agua bien fría.
En nuestro país los pozos profundos y los manantiales perpetuos
conservan la temperatura promedio anual, que en la zona templada es
mucho más baja que la de una noche de verano; por eso la tierra
atesora el frío del invierno en las aguas que mitigan el calor del
verano. Pero en el trópico no existe este recurso; para conseguir
agua fresca hay que subir a las montañas hasta donde la temperatura
es tan fría que ya no apetece tomar agua.
No hay casas en la desembocadura del Nare. Antes había dos
construcciones, una bodega y un cobertizo para leña, pero las
tumbaron y ahora los barcos no paran aquí sino en la población,
media milla más arriba. Mientras esperábamos el almuerzo, fui a
conocer el pueblo, que es el último que se encuentra antes de
llegar a Honda. Consiste en una hilera de chozas pobrísimas, una
plaza infeliz y, como siempre, una iglesia. Tiene un callejón y
unas cuantas callejuelas de aspecto deplorable, pero como la gente
estaba luciendo sus mejores galas porque era la fiesta de no sé qué
Santo, el lugar no se veía tan mal. Me llamó la atención un niño
desnudo, tan chiquito que todavía no necesitaba ropa, era un
espécimen impresionante de jipitera, enfermedad frecuente entre los
niños y que es producida, según dicen, por la costumbre de comer
tierra. Al enfermo se le infla el estómago y por eso lo llaman
barrigón. El niño cuando me vio mirándolo fijamente con cuatro ojos
(tenía puestos mis anteojos) se entró chillando a la casa.
Después de almuerzo salí a buscar plantas, pero aunque anduve
mucho encontré pocas. A la bodega que hay al pie del río Nare, a
una o dos millas de distancia del pueblo, llega la vía terrestre
que viene de Medellín, Antioquia, y pasa por Rionegro. El límite de
la provincia de Antioquia cruza el río Nare un poco arriba,
siguiendo unas leguas más la orilla occidental del Magdalena. El
sitio donde estábamos pertenece a la provincia de Mariquita,
diminutivo del nombre María. La legislatura provincial, por medio
de una ley inconstitucional, acaba de intentar cambiarle ese
apelativo por el de Marquetá. Los límites entre Antioquia y
Mariquita nunca se han podido fijar. Más adelante se verá porqué
quiero dejar muy en claro mi dominio de la
|geografía.
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Pues bien, salí a pie a la Bodega Antioquia y encontré un
caminito que no servía para mulas; anduve una milla sin encontrar
nada que valiera la pena fuera de unos micos jugando en las copas
de los árboles. No hay nada más desgarbado que un mico estirando en
todas las direcciones las cinco extremidades —la cola es
prensil— para colgarse en una, dos o todas ellas, o para
encontrar, de la manera más increíble, nuevos puntos de apoyo. Una
mica que sostenía afectuosamente en sus brazos al último de la
prole, el cual mamaba tranquilamente, lució sus habilidades
trepándose, sin ningún pudor, a treinta pies sobre mi cabeza. Si se
hace bajar al mico de los árboles y se lo encadena y enjaula o
simplemente se le deja suelto en el suelo, se convierte en un
charlatán estúpido, en un tonto dañino y en la caricatura más
repugnante y grotesca del hombre.
Como estaba oscureciendo me devolví y ya casi llegaba al barco
cuando de pronto me di cuenta de que estaba perdido. El sol se
había ocultado hacía mucho rato, de manera que no tenía punto de
referencia para orientarme. Me devolví hasta un sitio que tenía
seguridad de haber pasado a la ida, empecé a caminar y
nuevamente me perdí. Entonces me preocupé porque ya era de noche y
¡había dejado la brújula de bolsillo en Nueva York! El tercer
intento para salir del laberinto por medio de exploraciones a
|posteriori también fracasó y se empezaron a agolpar en mi
imaginación multitud de escenas con las actividades nocturnas de
los habitantes de la selva, desde las del zancudo hasta las del
tigre y león de Sur América, cuando por fortuna alcancé a ver a dos
de los compañeros del barco que estaban cazando.
¿Cómo me perdí? El camino da una vuelta que a la ida tomé sin
darme cuenta; después, cuando observé que el río cruza en la misma
dirección, entendí cuál había sido mi error. Había regresado al
barco con toda la cautela posible, sin atreverme a dar un paso
hacia lo desconocido, y por eso, al llegar al punto en que el
caminito giraba hacia el barco, no me atreví a seguir en esa
dirección que no coincidía con la que yo creía que era la
correcta.
Seguimos navegando al día siguiente pero con menos pasajeros;
solo quedábamos ocho y dos muchachos, número indicativo de la
realidad del negocio de pasajeros en la principal vía de
comunicación de la Nueva Granada, y eso que se había presentado un
intervalo de tiempo excepcionalmente largo, por lo menos de tres
semanas, con el barco anterior.
A las tres horas de salir de Nare encallamos de pronto en un
banco de arena. Siento juzgar tan severamente al capitán Chapman,
quien es un buen marino e hizo todo lo posible para asegurar la
comodidad de los pasajeros y en particular la mía; pero la verdad
es que no tenía ni idea de los estiajes del Ohio, y yo, que he
estado encallando más veces de las que quiero acordarme, me quedé
pasmado viéndolo dirigir las maniobras hasta que llegué a la
conclusión de que lo que realmente quería era que nos quedáramos
encallados. Una vez estuvimos a punto de salir, pero una maniobra
torpe metió el barco de nuevo en la arena. En un momento había
veinte bogas empujando el barco contra la corriente, parados en
tres pies de agua al lado del vapor, el cual estaba en dirección
oblicua al río. Intentaron jalarlo con cuerdas y cuando estas
cedieron las amarraron mejor pero terminaron rompiéndose, y lo malo
es que no tenían ni idea de manejar el palo con que todo avezado
capitán del Ohio logra pasar por encima de un banco de arena con
dos pies de agua. Y allí nos quedamos todo el día.
Por la noche nos notificaron que al día siguiente temprano
debíamos pasarnos al champán que el barco había venido remolcando
por más de una semana y que estaba lleno de bogas ociosos. Nos
pusimos a empacar en medio de tanta confusión que parecía el asalto
a una ciudad. No se oía sino una pregunta repetida en todos los
idiomas: ¿ Dónde está...? ¿ Où est.. .? ¿Wo ist...? Lo único que no
se oía era italiano. Únicamente al acostarnos acabó esta confusión
de Babel y terminó también el undécimo día en el barco.
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