INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo "el vapor del magdalena")

 

Por último, la posición de la mujer no está limitada por las estrictas leyes de decoro que rigen entre nosotros. Su caída no ocasiona la deshonra permanente ni la exclusión total de la sociedad. Tengo la impresión de que no se la juzga más severamente que a un muchacho calavera en la Nueva Inglaterra, y quizá todavía menos.

Así, teniendo en cuenta todos estos factores, encontrar un sacerdote casto en estas latitudes debe ser fenómeno bastante raro. Es imposible que la imaginación humana o la malicia satánica sean capaces de inventar una posición en la que la caída de un hombre sea tan inevitable e irreparable como en esta.

Le pregunté a dos personas cuál era más o menos la proporción de clérigos que faltan a su voto de castidad. Uno de ellos, amigo de sacerdotes, contestó, “alrededor del 99 por ciento”. El otro es anticlerical, y por eso su respuesta debe recibirse con un grano de sal: “Entre el clero secular (curas párrocos) el 98 por ciento; entre los regulares (religiosos) el 102 por ciento. Por consiguiente, añadió, la lujuria excesiva de estos es suficiente para compensar cualquier ejemplo ocasional de castidad entre los seculares".

Además, la libertad que se toman los sacerdotes no es siempre mal vista por la gente. A una mujer que me comentaba su horror ante la sola idea del matrimonio de aquellos, le pregunté si en realidad prefería el cura del Banco a uno casado y fiel a su esposa. Me contestó: “Claro, porque los sacramentos pierden toda validez si los administra un cura casado, pero nunca si los administra uno soltero por más disoluto que sea”.

Hace poco el párroco de la isla de Taboga, cerca de Panamá, aprovechando la nueva ley sobre matrimonio civil, estaba haciendo las diligencias para casarse. Nunca nadie se quejó de que hubiera vivido muchos años con la mujer con quien ahora quería casarse y de quien tiene varios hijos; los hombres consideran que la familia está más segura si el cura tiene su propia mujer. En cambio, cuando dio los primeros pasos para contraer matrimonio civil, todo el mundo se escandalizó. Hasta el periódico Panamá Star escribió un editorial en inglés contra él, y para rematar, el sustituto del Obispo de Panamá, quien está en exilio, le informó que lo destituiría si continuaba con su proyecto de casarse. La pobre pareja llegó a la conclusión de que lo mejor era seguir como antes.

No he oído a nadie quejarse de la falta de castidad de los sacerdotes. Posiblemente actúan bajo el principio del zorro aprisionado en la trampa, de la fábula de Esopo, el cual no dejaba que le espantaran las moscas a medio saciar que tenía encima, de miedo de que vinieran otras más hambrientas a sacarle la poca sangre que le quedaba. Hace muchos años un cura de Bogotá tenía especial debilidad por niñas inocentes e ingenuas. Cuando se descubrió que había seducido, casi al mismo tiempo,a las niñas de cinco o seis de las mejores familias de la capital, la indignación fue general y las autoridades eclesiásticas lo mandaron a Roma para que lo juzgaran. Pasado cierto tiempo, ya suficientemente castigado o arrepentido, lo enviaron a ejercer sus sagradas funciones en Cartagena.

Pero ya estoy fatigado de tratar este tema tan penoso, el cual, sin embargo, no podía con toda honradez dejar pasar en silencio.

El vapor sale por fin del Banco y la selva magnífica e interminable reemplaza a la muchedumbre abigarrada del puerto. Vamos río arriba, las poblaciones y los grupos de niños en las orillas se vuelven cada vez más escasos y pequeños. Paran los motores y la selva es tan espesa que cuando el boga salta a la orilla para atracar, apenas sí encuentra donde pararse. Hay muchísima |Heliconia, que aquí llaman lengua de vaca, pertenece a la familia del plátano, del arrurruz y del jengibre, pero es el género más común de todos. Sus hojas anchas, horizontales y venosas, junto con las de las palmas y las de las pandanáceas, son el único indicio claro de que el paisaje es tropical.

Avanzamos todo el día siguiente, parando solo para cargar leña. No entiendo porqué estas fértiles riberas por las cuales pasan semanalmente barcos permanecen casi inhabitadas y sin comercio. Para un americano este fenómeno es incomprensible, educado como está en el principio de economía política según el cual el tráfico engendra comercio.

El primer cambio en la lista de pasajeros fue la inclusión de nuestros nombres en Calamar, luego borraron el de los que se quedaron en Mompós, entre otros las niñitas con la niñera, y es posible que allí hayan añadido a la lista uno o dos nombres nuevos. En Puerto Nacional o Puerto Ocaña, como le dicen frecuentemente, se bajaron otros pasajeros y me duele todavía haber perdido la compañía de dos de ellos. Esos buenos amigos eran el señor Gallego y su hijo Ricardo. El padre es exiliado político de Venezuela y fue gobernador de Maracaibo bajo Páez. Piensa establecerse en Cúcuta, en la frontera con Venezuela. Venía de Curazao, donde en vano solicitó permiso a su país para venir a la Nueva Granada por el camino más directo y traer a su familia que está todavía en Maracaibo. Le espera un viaje terrestre muy duro, cuarenta millas y media a Ocaña, setenta y una y media a Salazar y cien más a San José de Cúcuta.

El vapor se detuvo frente a un campo abierto a una distancia de tres cuartos de milla de Puerto Nacional. Recorrí la campiña donde encontré una casa desierta y vi un helecho trepador de un género que a veces se da en nuestro país, el |Lygodium hirsutum. Un poco más allá está la desembocadura de un río pequeño, y por eso situaron el desembarcadero cerca, en la mejor orilla. El camarero a quien pienso inmortalizar un poco mas adelante, cogió el único bote y antes de que yo me diera cuenta se fue por el riachuelo al pueblo. Como quería conocerlo, anduve la mitad del camino hasta que se hizo tarde y tuve que regresar al barco sin haber visto el pueblo ni siquiera de lejos. De manera que solo conocí el |puerto del |Puerto de Ocaña; sin embargo, la caminata valió la pena porque vi muchas variedades de plantas desconocidas para mí.

El presidente T. C. Mosquera afirma que muchas veces ha visto subir el termómetro en Puerto Nacional a 104º a la sombra; dice que es la temperatura más alta que conoce en la Nueva Granada. Sin embargo, en otra parte da esta temperatura como la |media, a pesar de que también ha dicho que la temperatura media más alta de la Nueva Granada es de 86º6’. Según Codazzi la temperatura media de Puerto Nacional es de 81º, cifra que no peca por baja, creo yo.

En este lugar algún negro buen trabajador tendría la oportunidad de enriquecerse con el comercio de la tagua o marfil vegetal. Las nueces de tagua no son la fruta de una palma ni de un árbol, sino de una pandanácea sin tallo y con hojas semejantes a las del cocotero. La planta es unisexual y estaminífera. La fruta crece a nivel de tierra y en Sabanilla, desde donde exportan la mayoría se vende más o menos a dos centavos la libra, aun cuando debería valer por lo menos el doble. 



Planta de marfil vegetal

 

El hombre que aparece al lado de la planta de tagua está a escala para dar idea de la altura de la planta. Es un ribereño típico del Magdalena con su vestido más elegante. Es casi un mestizo puro, mitad negro y mitad indio, pero nadie sabrá nunca la exacta proporción en que las tres razas se mezclan en sus venas. El sombrero se llama, por la forma, raspón, y puede estar hecho de palma, de rama o de cuba. No es un jipijapa porque lo fabrican de hojas de palma trenzadas en tiras largas, cosidas en redondo, igual a muchos de los que se hacen en nuestro país. Es posible que sea demasiada pretensión llamar pantalón al resto del vestido, podría denominarse tapa, aunque este término lo utilizan para referirse a cualquier cosa con que se cubran y que puede ser tan reducida como la mitad de una hoja de parra. En la mano derecha tiene el canalete y el machete del que no prescinde nunca, el cual tal vez de pura pereza no se ha colgado al cinto. El modesto intento de adornar con flecos el extremo de la vaina del machete demuestra cómo hasta a los hombres más primitivos les encantan los adornos.

El machete no es para defenderse de hombres o de animales; le sirve de hacha y para cortar los bejucos y malezas que le cierran el paso cuando anda por la selva. El machete, la canoa, los anzuelos, el sedal y la red son sus herramientas de trabajo, y si se añaden una camisa y una hamaca, se tendrá la lista completa de todas sus riquezas. Y no desea nada más. El pescado le cuesta menos trabajo que al campesino desenterrar papas con azadón en una loma, y los plátanos los consigue todavía más fácilmente.

Entonces ¿qué necesidad tiene de trabajar? Amable e indolente posiblemente se le podría convertir en un buen ciudadano educándolo y gravándolo en forma adecuada. A pesar de estar armado con el machete nunca pelea, a menos que se le ultraje violentamente, y aun así solo lo hace en grupo, nunca solo; pero una muchedumbre granadina encolerizada tiene una capacidad destructora incalculable. En amor, lo domina más la pasión que la prudencia, lo cual se deduce por los datos del censo de 1851, que registra para ese año en el distrito de Puerto Nacional 32 mujeres casadas y 67 nacimientos. Ancízar dice que “esta gran fecundidad es atribuible a la enorme cantidad de pescado que consumen”. También se dice que el antiguo estipendio que había que pagar para contraer matrimonio, $ 6.40, fue la causa de muchos nacimientos ilegítimos.

Al día siguiente nos detuvimos una sola vez en el límite de un bosque espeso para recoger leña. De allí en adelante los barcos corren mucho peligro navegando de noche, y por eso al atardecer atracamos en la ribera occidental, cubierta de yerba alta. Me advirtieron sobre el peligro de las culebras y siguiendo el consejo no bajé a tierra, pero logré cortar un tallo de caña brava, que es una yerba gigante con tallo herbáceo pero no hueco; cuando está tierno y jugoso sirve para hacer un encurtido delicioso; los pedazos son tiernos y firmes a la vez, y como no tienen sabor, absorben el del vinagre y el de los otros condimentos. Los maduros, de más de una pulgada de diámetro, se utilizan parahacer cercas y casas. Al florecer, la panoja que se forma en lo alto del tallo es hermosísima, en especial cuando el viento hace inclinar todos los pedúnculos en la misma dirección, agitándolos como la flámula de una lanza. La caña brava crece de 12 a 20 piés.

No había mencionado los caimanes, pero como pronto vamos a dejar atrás a estos abundantes e interesantes animales, quiero dedicarles unas cuantas líneas. El caimán es un animal del mismo género del cocodrilo y del alligator. Es abundantísimo en el Magdalena Medio, y en el Bajo es tan común como la especie que se encuentra al sur de los Estados Unidos. En los bancos de arena es posible ver hasta media docena asoleándose juntos y por eso no se puede ni pensar en nadar en el río. A veces arrastran a las mujeres que, sin la protección de una cerca, lavan en la orilla. Sin embargo, desde antes de llegar a Honda no se vuelve a ver ni uno.

En el Magdalena Medio también es donde más zancudos hay, pero desaparecen completamente antes de Nare. Como aquí le dicen mosquito al jején, no fue sino después de viajar siete meses por la Nueva Granada cuando aprendí el nombre español del insecto que nosotros conocemos como mosquito (pero con ortografía incorrecta). El zancudo —zancas largas— es un insecto de mayor tamaño que el jején e igualmente insoportable.

Al día siguiente llegamos a San Pablo, uno de los pueblos más grandes del río. Queda alrededor de setenta y cuatro millas de distancia de Puerto Nacional y doscientas una y media de Mompós. Un daño en los motores nos detuvo allí. La población parece más grande que El Banco y más agradable que cualquier otro pueblito del río, con excepción de Margarita. El camarero intentó comprar algunos cocos, pero al dueño de estos le pareció más agradable quedarse acostado en la hamaca que subir a la palma a cogerlos. El problema lo resolvió uno de los bogas trepándose a ella y permitiéndole al indolente propietario obtener ganancias sin sacrificar el |dolce far niente. No me gustó el agua del coco; me pareció insípida y sin el sabor peculiar de la fruta; sabe más bien a leche aguada, con más agua que leche. Posiblemente me habría gustado más si hubiera tenido mucha sed. En general el cocotero, |Cocos nucifera, me ha parecido más ornamental que útil; de todas maneras en el interior del país no es donde mejor se aprecia, sino a la orilla del mar porque es a | donde se desarrolla mejor. El cocotero es la primera planta útil que el hombre deja atrás cuando comienza a subir a las montañas.

En San Pablo vi un árbol frutal que es muy abundante en las afueras del pueblo. Más pequeño y esbelto que el manzano, de corteza lisa como la del plátano de Virginia, |Platanus occidentalis, y con una fruta del tamaño de la mitad de una manzana, coronada de los restos del cáliz. Se trata del |Psidiuin pomiferum, llamado aquí guayabo y la fruta se conoce como guayaba. Por regla general los nombres de árboles son masculinos y terminan en |o, mientras que los de las frutas son femeninos y terminan en a. Así, naranjo es el árbol y naranja la fruta. El lugar donde crecen las plantas termina en |al: una huerta de guayabas es guayabal. Nunca oí mencionar un naranjal, tal vez porque nadie tiene suficientes naranjos como para hablar de naranjal. La carne de la guayaba es una pulpa consistente, llena de semillas, rodeada por una parte más dura y sin granos. Se puede comer toda la fruta, hasta la cáscara, aunque la mayoría de las personas prefieren pelarla y algunas comen solo la parte interna. Hay otras especies de |Psidia en la Nueva Granada, pero la guayaba es la fruta que más abunda en el país. Sin embargo nunca he visto que se la cultive deliberadamente, y cruda la comen poco; la prefieren preparada en dulce y jaleas. El dulce lo venden en cajas cuadradas de medio litro, que parecen hechas a golpes de hacha, aunque quizá las fabrican con doladera. A los cerdos les encantan las guayabas y como en algunos sitios hay tantas, son importantes como alimento para estos animales.

Otro árbol pequeño me llamó la atención, quizá por ser la única planta rosácea que vi en las tierras bajas, llamadas aquí tierra caliente. No encuentro términos satisfactorios en inglés para indicar las cuatro graduaciones de altura que hay en español: tierra caliente, tierra templada, tierra fría y páramo. Podríamos decir que donde desaparece el cocotero termina la tierra caliente; la frontera del banano, es el límite de la tierra templada; el de la tierra fría el fin de los cultivos de cebada y de papa, y donde comienza el páramo ya no se cultiva nada. En la tierra fría son abundantes las moras, las fresas y algunas especies de |cratagus y |spirae, aunque he visto moras hasta en los límites de la tierra caliente, pero en San Pablo conocí un árbolrosáceo que solamente se da en tierra caliente, el |Chrysobalanus Icaco, aquí llamado icaco. La fruta es una especie de ciruela con la cual hacen uno de esos innumerables postres, llamados dulces en la Nueva Granada. Cuando comí por primera vez el de icaco le comenté a mi anfitriona que la consistencia de la fruta en el dulce era como de algodón empapado en almíbar, y ella sugirió que otro ingrediente era aire; pero después de comer el sarco­carpio, el endocarpio se deshace fácilmente y con una suave presión de los dientes deja una almendra diminuta en la boca que es la semilla de la fruta, a la que se debe, creo yo, la popularidad del icaco.

Estaba mirando el árbol del icaco y a punto de irme cuando se me acercó un hombre pidiéndome que le recetara algo a su mujer enferma. Afortunadamente el vapor iba a partir y la sirena me salvó de buscar más disculpas para no atenderla. Si alguien quiere ser popular aquí, debe traer un botiquín especialmente provisto de las drogas que mitigan las dolencias con que la naturaleza ultrajada castiga el libertinaje.

En el barco me dieron otra fruta que no conocía. Yo la llamaría naranja loca, pero aquí le dicen limón dulce. Es una naranja de cáscara gruesa y verde aunque esté madura, y al pelarla suelta una sustancia pegajosa que obliga a lavarse las manos inmediatamente. Este solo detalle sería suficiente para restarle atractivo, pero además, aunque dulce, es insípida y eso la hace poco agradable para nosotros. En cambio, aquí la prefieren a la naranja. Debe pertenecer a la variedad |Citrus Limetta o |Citrus Aurantium. |

Después de salir de San Pablo no sucedió nada digno de recordar. Pasaron los días sin que subiera o bajara ningún pasajero y sin que se recogiera ninguna carga. Una vez al día el barco paraba a cargar leña. Nos detuvimos frente a un campo, más o menos de un acre, con rastros de haber sido cultivado alguna vez pero que está de nuevo enmontado. Hay dos ranchos infelices que protegen del rocío y de la lluvia a los moradores, imposible hablar de familia. Cuelga del techo parte de un racimo de plátanos, el sostén de la vida para estas gentes, y junto con algunas mazorcas constituyen todas las provisiones. No hay muebles, solo unas ollas rústicas de barro, quizá hechas allí mismo, y algunas totumas y calabazas.

La calabaza es una fruta enorme de la familia del zapallo y de la palabra española se deriva la inglesa “calabash”. La calabaza y la totuma son diferentes. La totuma es mucho más pequeña y con ella hacen solamente platos y cucharas utilizando la mitad de la fruta o menos. A la calabaza le abren un pequeño orificio y la limpian por dentro con la mano, y si el hueco es muy estrecho la lavan con agua. En pocas palabras, la calabaza es el sustituto de cubetas, jarras y botellas; la totuma, de platos, tazas y cucharas. Si alguien pide una totumada de agua, le dan el agua que quiera beber; pero si pide una calabaza con agua, le proponen prestarle o venderle la calabaza para que lleve provisión suficiente.

La totuma es la fruta del totumo, |Crescentia, Cujete, árbol aproximadamente del tamaño del manzano. El primero que vi fue en Barranquilla, donde un día que estaba cazando mariposas por poco me descalabro al chocar con una totuma casi del mismo tamaño de mi cabeza, que no había visto porque las frutas son del mismo color de las hojas. De la mitad de una totuma pequeña sale una cuchara. Por los recipientes hechos con la mitad de las totumas más grandes cobran uno o tres centavos. En Pasto las decoran y las barnizan, vendiéndolas mucho más caras en todo el país.

A medida que se navega río arriba la población ribereña va disminuyendo; las aldeas, a pesar de lo escasas y distanciadas son tan insignificantes que ya ni vale la pena preguntar cómo se llaman. También es notable la reducción del número de niños, lo cual hace pensar en una alta mortalidad infantil semejante a la que existe en la vecindad de aguas sucias y estancadas, o en donde se vende la llamada “leche pura del campo”. Las montañas empiezan a vislumbrarse a lo lejos, a un lado o al otro, gradualmente acercándose más y más, hasta que finalmente se yerguen a ambas orillas del río, lo que indica que la región aluvial del Magdalena va estrechándose a medida que subimos. Antes las orillas del río podían tener de dos a ocho pies de altura, pero ahora, de vez en cuando, son riscos hasta de treinta pies. El cauce del río disminuye a la mitad, es menos ancho que el Ohio o que el Hudson en Albany, y las aguas corren más rápido hasta que por fin encontramos algo nuevo: las rocas escarpadas de la angostura de Nare aprisionan el río por varioskilómetros y obligan a las aguas a fluir todavía más velozmente. Hemos navegado once días, tiempo suficiente para cruzar el Atlántico hasta Liverpool.

El río vuelve a ensancharse y el vapor entra en la desembocadura del río Nare y atraca en la orilla. El Nare es más estrecho y de aguas más límpidas que las del Magdalena, los pasajeros que no han visto agua clara desde hace mucho tiempo se precipitan a beberla.

¡O formose puer! ¡Nimium ne credas colori! Personalmente no creo que el agua del Nare sea mejor que la del Magdalena; lo dudé entonces y ahora desconfío plenamente de ella. Muchos viajeros se enferman al llegar a Nare o poco después, y algunos mueren allí. Sospecho que las aguas claras del río tienen mucho que ver con este fenómeno. En mi concepto no puede haber en el mundo agua mejor para beber que la turbia del Magdalena y del Misurí. En los barcos la guardan en grandes tinajas de barro con capacidad para varios galones, y como siempre hay más de dos tinajas el barro tiene tiempo para sedimentarse. Algunas veces hay un filtro de piedra porosa en el que caben dos galones, y el agua va cayendo gota a gota en la tinaja colocada debajo.

En la tierra caliente se desconoce el lujo del agua bien fría. En nuestro país los pozos profundos y los manantiales perpetuos conservan la temperatura promedio anual, que en la zona templada es mucho más baja que la de una noche de verano; por eso la tierra atesora el frío del invierno en las aguas que mitigan el calor del verano. Pero en el trópico no existe este recurso; para conseguir agua fresca hay que subir a las montañas hasta donde la temperatura es tan fría que ya no apetece tomar agua.

No hay casas en la desembocadura del Nare. Antes había dos construcciones, una bodega y un cobertizo para leña, pero las tumbaron y ahora los barcos no paran aquí sino en la población, media milla más arriba. Mientras esperábamos el almuerzo, fui a conocer el pueblo, que es el último que se encuentra antes de llegar a Honda. Consiste en una hilera de chozas pobrísimas, una plaza infeliz y, como siempre, una iglesia. Tiene un callejón y unas cuantas callejuelas de aspecto deplorable, pero como la gente estaba luciendo sus mejores galas porque era la fiesta de no sé qué Santo, el lugar no se veía tan mal. Me llamó la atención un niño desnudo, tan chiquito que todavía no necesitaba ropa, era un espécimen impresionante de jipitera, enfermedad frecuente entre los niños y que es producida, según dicen, por la costumbre de comer tierra. Al enfermo se le infla el estómago y por eso lo llaman barrigón. El niño cuando me vio mirándolo fijamente con cuatro ojos (tenía puestos mis anteojos) se entró chillando a la casa.

Después de almuerzo salí a buscar plantas, pero aunque anduve mucho encontré pocas. A la bodega que hay al pie del río Nare, a una o dos millas de distancia del pueblo, llega la vía terrestre que viene de Medellín, Antioquia, y pasa por Rionegro. El límite de la provincia de Antioquia cruza el río Nare un poco arriba, siguiendo unas leguas más la orilla occidental del Magdalena. El sitio donde estábamos pertenece a la provincia de Mariquita, diminutivo del nombre María. La legislatura provincial, por medio de una ley inconstitucional, acaba de intentar cambiarle ese apelativo por el de Marquetá. Los límites entre Antioquia y Mariquita nunca se han podido fijar. Más adelante se verá porqué quiero dejar muy en claro mi dominio de la |geografía. |

Pues bien, salí a pie a la Bodega Antioquia y encontré un caminito que no servía para mulas; anduve una milla sin encontrar nada que valiera la pena fuera de unos micos jugando en las copas de los árboles. No hay nada más desgarbado que un mico estirando en todas las direcciones las cinco extremidades —la cola es prensil— para colgarse en una, dos o todas ellas, o para encontrar, de la manera más increíble, nuevos puntos de apoyo. Una mica que sostenía afectuosamente en sus brazos al último de la prole, el cual mamaba tranquilamente, lució sus habilidades trepándose, sin ningún pudor, a treinta pies sobre mi cabeza. Si se hace bajar al mico de los árboles y se lo encadena y enjaula o simplemente se le deja suelto en el suelo, se convierte en un charlatán estúpido, en un tonto dañino y en la caricatura más repugnante y grotesca del hombre.

Como estaba oscureciendo me devolví y ya casi llegaba al barco cuando de pronto me di cuenta de que estaba perdido. El sol se había ocultado hacía mucho rato, de manera que no tenía punto de referencia para orientarme. Me devolví hasta un sitio que tenía seguridad de haber pasado a la ida, empecé a caminar y nuevamente me perdí. Entonces me preocupé porque ya era de noche y ¡había dejado la brújula de bolsillo en Nueva York! El tercer intento para salir del laberinto por medio de exploraciones a |posteriori también fracasó y se empezaron a agolpar en mi imaginación multitud de escenas con las actividades nocturnas de los habitantes de la selva, desde las del zancudo hasta las del tigre y león de Sur América, cuando por fortuna alcancé a ver a dos de los compañeros del barco que estaban cazando.

¿Cómo me perdí? El camino da una vuelta que a la ida tomé sin darme cuenta; después, cuando observé que el río cruza en la misma dirección, entendí cuál había sido mi error. Había regresado al barco con toda la cautela posible, sin atreverme a dar un paso hacia lo desconocido, y por eso, al llegar al punto en que el caminito giraba hacia el barco, no me atreví a seguir en esa dirección que no coincidía con la que yo creía que era la correcta.

Seguimos navegando al día siguiente pero con menos pasajeros; solo quedábamos ocho y dos muchachos, número indicativo de la realidad del negocio de pasajeros en la principal vía de comunicación de la Nueva Granada, y eso que se había presentado un intervalo de tiempo excepcionalmente largo, por lo menos de tres semanas, con el barco anterior.

A las tres horas de salir de Nare encallamos de pronto en un banco de arena. Siento juzgar tan severamente al capitán Chapman, quien es un buen marino e hizo todo lo posible para asegurar la comodidad de los pasajeros y en particular la mía; pero la verdad es que no tenía ni idea de los estiajes del Ohio, y yo, que he estado encallando más veces de las que quiero acordarme, me quedé pasmado viéndolo dirigir las maniobras hasta que llegué a la conclusión de que lo que realmente quería era que nos quedáramos encallados. Una vez estuvimos a punto de salir, pero una maniobra torpe metió el barco de nuevo en la arena. En un momento había veinte bogas empujando el barco contra la corriente, parados en tres pies de agua al lado del vapor, el cual estaba en dirección oblicua al río. Intentaron jalarlo con cuerdas y cuando estas cedieron las amarraron mejor pero terminaron rompiéndose, y lo malo es que no tenían ni idea de manejar el palo con que todo avezado capitán del Ohio logra pasar por encima de un banco de arena con dos pies de agua. Y allí nos quedamos todo el día.

Por la noche nos notificaron que al día siguiente temprano debíamos pasarnos al champán que el barco había venido remolcando por más de una semana y que estaba lleno de bogas ociosos. Nos pusimos a empacar en medio de tanta confusión que parecía el asalto a una ciudad. No se oía sino una pregunta repetida en todos los idiomas: ¿ Dónde está...? ¿ Où est.. .? ¿Wo ist...? Lo único que no se oía era italiano. Únicamente al acostarnos acabó esta confusión de Babel y terminó también el undécimo día en el barco.

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