INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
|CARTAGENA

 
La entrada a un puerto espléndido — Una ciudad amurallada y acabada —El cónsul Sánchez — 
Viaje a lomo de mula — La Popa — Turbaco —Arjona — El Dique — Mahates — 
De cómo un duque engañó a un americano — Calamar — Un baile.


 

La persona que navega de Sabanilla a Cartagena tiene a su favor el viento y la corriente, y al acercarse a las blancas murallas se sorprende de que el viaje haya sido tan corto, pero la verdad es que todavía le falta bastante para llegar. Primero tiene que dejar muy atrás la ciudad y llegar a Boca Grande, la entrada natural del puerto, pero que no se puede cruzar pues por estar tan cerca y ser tan amplia la cerraron con una muralla costosísima que se terminó de construir en 1795. Hoy los cartageneros la demolerían gustosamente, pero el comercio de la ciudad es tan pequeño que aunque varias veces se ha propuesto abrir la entrada, todavía no se ha hecho nada al respecto.

Por esta razón hay que avanzar más hacia el occidente y después de pasar la isla de Tierrabomba se recibe al piloto que conduce el barco por Boca Chica, pasando entre dos fortalezas, hasta el puerto de Cartagena. Facilis est descensus: es fácil navegar desde Cartagena hasta Boca Chica, pero cuando se pierde de vista la ciudad y con el viento en contra, el viaje empieza a parecer bien largo.

Anclamos muy lejos de la ciudad. ¿Será posible que el comercio nunca exija en este país la construcción de muelles decentes? ¿Qué sería de Nueva York y Boston sin muelles y qué haría Liverpool sin los suyos? Atracamos en un malecón con tan poco comercio como en el Battery de Nueva York, y después de atravesar una muralla gruesísima llegamos por fin a Cartagena.

Esta es la primera y única ciudad amurallada que conozco y quedé asombrado al ver las murallas, las cuales, sin duda, costaron tanto como todos los edificios que encierran. Mucho menos habría costado un buen ferrocarril hasta el Magdalena. Primero se encuentra una isla completamente amurallada, con excepción de algunas tierras inútiles y abandonadas al mar, que hoy no valen ni un dólar, pero que si se hubieran incluido en las murallas, habría sido preciso construir estas últimas en forma demasiado irregular.

Al suroeste hay otra isla donde está el barrio de Jimaní o Getsemaní, también con murallas, defensas y puente; y completamente aparte la fortaleza de San Felipe de Barajas, en el monte de San Lázaro, una roca aislada, en donde se talló la piedra de la construcción que desafortunadamente sufrió mucho cuando Vernon sitió la ciudad.

No puedo hablar de estas obras sino como un lego en la materia. Aparte del costo, lo más notable es lo compacta que hacen la ciudad. Cartagena es una ciudad acabada y lo ha sido por mucho tiempo, quizá por un siglo. Dentro de las murallas el espacio es valioso, así que las calles son estrechas, las casas de dos pisos y las plazas pequeñas. Por otra parte y no obstante que el agua-lluvia se vende en barriles, la ciudad tiene un aspecto de limpieza que da gusto.

A pesar de que el espacio es tan reducido dentro de la ciudad, por encima de las murallas se puede dar un paseo delicioso, con el mar a un lado y la antigua y soñolienta ciudad al otro. También hay un paseo por la playa, entre las murallas y el mar, donde se pueden bañar agradablemente las personas que no le tengan demasiado miedo a los tiburones. Pero quizá por lo corto de mi estada no vi que mucha gente aprovechara esos agradables sitios de esparcimiento. Tampoco tuve tiempo de ver los bellos caminos para coches que hay en la cercanía de la ciudad. Si se quiere ir más lejos, hay que despedirse de toda clase de carruajes hasta llegar a Bogotá.

Por innumerables razones quiero mucho a Cartagena, sobre todo porque allí reside ese modelo de cónsules americanos que es Ramón León Sánchez. El señor Sánchez era súbdito español en Florida, pero se naturalizó ciudadano de los Estados Unidos. Habla perfectamente el inglés y el español y hace mucho que vive en Cartagena. Comerciante de larga trayectoria y caballero a carta cabal, sirve a sus conciudadanos por el solo deseo de hacerlo y jamás oí que hubiera desatendido a un compatriota. Nunca había sentido tanto la necesidad de un amigo como cuando llegué a Cartagena sin ninguna carta de presentación, pues no había pensado visitarla, pero si todos los hombres fueran como el señor Sánchez, esas cartas no serían necesarias. De todas las que llevé a Sur América, ninguna me proporcionó más placer y beneficio que los que recibí en el seno de esta excelente familia. Hace mucho tiempo que el señor Sánchez es cónsul de Cartagena y si el cargo fuera lucrativo, ya se lo habrían quitado para pagarle a algún orador electorero o a un político intrigante, quien dejando su familia y negocios en los Estados Unidos vendría a la carrera para hacer aquí su agosto.

Son tantos los sitios que ha sufrido Cartagena que no los puedo enumerar todos. El que reviste más interés para ingleses y norteamericanos es el del Almirante Vernon en 1741, conmemorado en “Las Estaciones” de Thomson. El último, en 1841, lo vivió y sufrió la familia Sánchez.

Con mucha pena me despedí de Cartagena y deseoso de volver a verla o por lo menos de encontrarme de nuevo con el señor y la señora Sánchez y con la amable hermana de la señora. Mis recuerdos de esos días fugaces y felices contrastan con muchos episodios que he vivido desde entonces. Para la persona que llega a la Nueva Granada sin la experiencia de viajar a caballo y en mula, el consejo y la ayuda de un buen cónsul son invaluables.

Al principio el viajero no puede creer que dos baúles se puedan acomodar en el lomo de una mula. El equipaje debe dividirse en dos partes, cada una de igual tamaño y peso, y cada bulto no debe sobrepasar de 100 libras. El que olvida estos detalles lo paga muy caro, porque si la carga pesa más, con tiempo y dinero acabará llegando a su destino, pero para el viajero la demora será peor que perder todo el equipaje.

A cada baúl se le debe poner una funda impermeable que tape todos los lados, menos el de abajo, y a falta de ella hay que cubrirlo con un encerado, que es una tela pegajosa y gruesa, impermeabilizada con brea o pintura. El encerado se amarra con una soga, tan fuertemente que es inútil intentar desatarlo con las solas manos. Por las sogas y encerados he pagado hasta ochenta centavos.

Cada cual debe comprar las cuerdas para amarrar los encerados y cuidarlas bien porque los peones roban todas las que pueden, ya que les gusta robar cualquier cosa que sirva para amarrar; si tienen la oportunidad se llevan desde una hebra de hilo hasta un cable. Las cuerdas para colgar las hamacas y para atar los encerados se llaman aquí lazos, nombre incorrecto, pues lazo quiere decir nudo corredizo o lazada. A las bestias las alquilan con los rejos, que son cuerdas de cuero sin curtir y sirven para asegurar la carga a la mula y a veces para amarrar los encerados. También llaman rejos a los látigos, que son del mismo material, pero más delgados.

Las provisiones para el viaje se llevan en petacas, o sea cajas cuadradas de cuero, de dos pies de lado y forradas por dentro. Si son de fabricación burda y sin forro se llaman hatillos.

El siguiente problema es conseguir las bestias, término que incluye caballos, bueyes, mulas y machos. Alquilando cinco o más animales, se paga por cada uno y el dueño de estos paga el peón; pero si se alquilan menos, el peón vale lo de un animal adicional. Por consiguiente, cuatro bestias cuestan lo mismo que cinco, y es muy difícil, si no imposible, lograr que el dueño haga una excepción a la regla. Se supone que el peón compra su alimentación y la de las bestias con el dinero del patrono y que debe cargar el agua para el aseo del viajero, colgar su hamaca, etc.; pero en realidad sus deberes y derechos no están bien definidos. En los pasos de los ríos el viajero paga su propio pasaje y el del equipaje; el peón costea el suyo y el de las bestias, si hay que ayudarlas a pasar.

El peón no puede cargar las mulas solo, pero únicamente en caso de emergencia pide ayuda al patrono para que sostenga la carga a un lado del animal, mientras él coloca la otra al lado opuesto y amarra ambas. Al cargar la mula, el peón le tapa a esta la cabeza con la ruana para que no vea y se quede quieta; luego le pone un par de cojines llamados enjalma y encima coloca, a un lado, un tercio o media carga, y mientras alguien la sostiene acomoda al otro lado al “compañero” y amarra los dos.

Cuando se termina de cargar, lo más prudente es dejar salir adelante al peón y las bestias y seguirlos antes de que se pierdan de vista. No es necesario estar con ellos todo el día, pero hay una gran diferencia entre ir adelante o atrás. En el primer caso el peón y las bestias viajan un poco más rápido, pero si después de las cinco de la tarde hay que pasar por un lugar donde están de fiesta o bailando, lo más seguro es que algún percance impida que el equipaje llegue esa misma noche al sitio donde el ingenuo viajero está esperando. En este caso lo mejor es creer las explicaciones del peón y vigilarlo mejor la próxima vez, así como sentirse muy afortunado si la noche de la escapada el peón no utiliza las cobijas del patrono, porque de lo contrario este tendrá que dormir sin ellas y recibirlas al día siguiente repletas de bichos sedientos de sangre.

Al salir por la puerta de las murallas se llega a un espacio abierto entre éstas y el barrio de Jimaní, y cruzándolo diagonalmente se pasa otra puerta y un foso con puente levadizo y cabeza de puente. A la izquierda está el peñón de San Lázaro con la fortaleza tallada en la roca, y más adelante, a la derecha, hay un barrio de chozas de barro y techos de paja. A la izquierda, La ropa, que es lo primero que se divisa entrando por Boca Chica, en cuya cima hay un convento inhabitado hoy día pero que a veces es el centro de operaciones militares.

Desafortunadamente para Cartagena La Popa está más alta que todas las otras defensas de la ciudad e incluirla en las murallas habría duplicado el costo ya exorbitante de estas. Por otra parte, fortificarla aisladamente haría depender de ella la suerte de la ciudad, porque su captura significaría la pérdida de Cartagena al enemigo. Por eso tengo la impresión de que habría sido mejor haber fortificado únicamente el lado que da al mar y haber invertido el costo de las murallas en educación pública. Es una lástima que no subí hasta La Popa, pero de todas maneras creo que todavía no conozco a Cartagena.

Después el camino pasa por la laguna de Tesca, de aguas aparentemente salobres. Los peones cuentan historias fantásticas de los pescados vivíparos, con senos de mujer, que hay en la laguna. Se trata del manatí, |Manatus Americanus, mamífero que es la misma vaca marina de Herndon y que es alimento importante en el Amazonas, pero que aquí poco lo utilizan. Es natural que su carne no sepa a pescado, ya que, como la foca y la ballena, de pescado no tienen nada.

Cerca a la laguna vi por primera vez en mi vida un arbusto verde pálido y de tallo carnoso, del cual pensé que no podía ser otro que la |Batis marítima, planta muy común en las Antillas y por eso me sorprendió no haberla visto en Sabanilla. Browne fue el primero en describir la Batis en 1756, pero su verdadera naturaleza siguió siendo un enigma hasta hace poco, cuando el doctor Torrey descubrió que estaba relacionada con las familias de las euforbiáceas y de las empetráceas. Yo la vi al pie de las murallas de Cartagena, al lado de la planta bajita, extendida y terriblemente espinosa que produce una especie de haba que nosotros llamamos “burning beans” o “nicker beans” y cuyo nombre científico es |Guilandina, Bonduc. |

Más adelante llegamos al insignificante caserío de Ternera y cerca de la aldea vi la flor extraordinaria del Hura crepitans o jabillo, árbol muy bello y de savia lechosa perteneciente a la familia de las euforbiáceas. A veces en los Estados Unidos se puede conseguir la fruta del jabillo, que cuando madura se abre estrepitosamente, dejando alrededor solo pedacitos de fruta y semillas.

Abandonamos luego la llanura y subimos la loma donde está Turbaco. Tal vez en toda la Nueva Granada no haya un sitio con vista al mar tan agradable como Turbaco. Aquí el héroe de una sola pierna, Santa Anna, apuesta a los gallos y espera el momento propicio para regresar a Méjico. Algunos cartageneros ricos tienen casas de campo en Turbaco y también el cónsul británico, señor Kortright. En este lugar termina la vía carreteable y se puede añadir que también termina la civilización.

Hubiera querido ver unos volcanes que arrojan lodo, situados a cuatro millas de Turbaco, pero desgraciadamente no tuve tiempo. Turbaco está a casi dos leguas y media de Cartagena. Sería conveniente traducir legua con la palabra inglesa “league” y decir que equivale a tres millas. La verdad es que la antigua legua española tenía tres millas marítimas o sea 3.459 millas legales inglesas, pero también se usan otras clases de leguas que tienen desde 2.6 millas hasta 4.15. La legua castellana era de 3.4245 millas, mientras que en la Nueva Granada la legua legal tiene ahora 3.10169 millas.

Si no se obtienen datos en dos medidas diferentes, es imposible saber con seguridad de qué clase de legua se trata. Yo sigo la regla de considerarlas siempre como castellanas, a menos que sea evidente que no lo son. La legua equivale a una hora de viaje cuando la carga no es excesiva y no se presentan contratiempos. Nunca se puede planear cubrir esa distancia en menos tiempo, pero, en cambio, siempre se presentarán mil razones para demorarse más. Así que yo creo que de Cartagena a Turbaco hay ocho millas.

En Turbaco el camino se desvía hacia el interior y antes de dejar el mar me detuve a contemplarlo por última vez, porque ¿quién me podría asegurar, en verdad, que volvería a verlo? He pasado tantos años de mi vida cerca al mar, que dejarlo atrás era como abandonar el hogar. La última mirada a los cerros lejanos de Navesink no fue nada en comparación a lo que sentí entonces. La impresión que me produjo contemplar el mar en ese crepúsculo tropical la rememoro hoy con una emoción que casi ningún otro recuerdo evoca en mí. El americano se siente cerca al hogar en cualquier lugar donde oiga las olas del mar.

Llegué a Arjona después de un largo viaje nocturno, acompañado no de mi equipaje, desgraciadamente, pero sí por fortuna de un caballero francés interesado en la industria del caucho. De Arjona es poco lo que puedo, decir porque entre a la población mucho después de que oscureciera y salí antes del amanecer. Solo alcancé a darme cuenta de que tiene una plaza, bastantes casas y una posada o paradero donde es muy difícil conseguir una cena. A las bestias las sometimos al tratamiento habitual que se les da a los pobres caballos alquilados en la Nueva Granada; les dimos “carne de poste”, lo cual en buen romance quiere decir que como no pudimos conseguirles comida, las dejamos amarradas a un pilar, muriéndose de hambre. El que alquila un caballo nunca espera que el cliente le dé más comida que la necesaria para que no se muera, y por eso al alquilar un caballo se pone frecuentemente la condición de que si el animal muere por cualquier razón, el cliente debe pagarlo. No me gustaría prestar o alquilar un caballo a ningún granadino sin esta mínima condición, que por lo menos protege en algo al animal.

La noche la pasamos en una pequeña tienda. Las tiendas son casas de dos cuartos, el de adelante dividido por un mostrador frente a la puerta, detrás del cual otra puerta comunica con el cuarto de atrás, la sala, que también es salón de baile, dormitorio y hasta comedor. Pero nosotros comimos, como una excepción, en el cobertizo que conecta la casa con la cocina.

Fue en Barranquilla donde dormí por primera vez en una hamaca, y declaro que es uno de los lujos más baratos que se puede dar cualquiera en la vida. Para leer de día o de noche no hay cama que la iguale. Se puede cambiar de posición todo lo que uno quiera, acostarse boca arriba, de lado, diagonal o paralelamente y nunca es dura; Yo, por lo menos, nunca me canso en ella. Pero muchos se quejan de que el uso continuado de la hamaca es malo para el pecho y que terminan doblados y hechos un ovillo; en cambio yo no le he encontrado hasta ahora ningún inconveniente. Además, aunque se dice que las chinches en este país son peores que las de cualquier parte del mundo, si uno está en la hamaca nunca molestan, y hasta las pulgas, a pesar de toda su agilidad, se instalan menos fácilmente en una hamaca que en una cama.

A propósito de pulgas y de chinches, a las primeras les haré justicia cuando en mi relato llegue a Cartago, ciudad de este valle feliz desde donde estoy escribiendo; en cuanto a las chinches, tengo que confesar que todavía no he visto ninguna. Aparentemente el |Cimex lectularius no vive a alturas superiores de los 5.817 pies. Debo reconocer que de todas las malas noches que he pasado, sin olvidar las molestias que me causaron una vez unos chivos, ninguna noche en la Nueva Granada ha sido tan mala como la penúltima que pasé en mi querida patria, cuando tuve que encender la vela a las tantas de la noche para perseguir a los bichos que me torturaban, y como el poeta cuyas palabras no recuerdo exactamente, “entregué al sebo y a la venganza” cientos de esas criaturas hasta que casi se apaga la vela. Al dar, para la conveniencia de otros viajeros menos afortunados que yo, el nombre con que en español se conoce a esos bichos que acaban con nuestra tranquilidad, chinche, me pregunto si será mera coincidencia que en el suroeste de los Estados Unidos tengan el mismo apelativo o si será porque la palabra se deriva de la denominación científica, |Cimex. |

La cama, hasta donde he observado, es un artículo desconocido fuera de Bogotá y Cartagena. Por lo general, para acostarse el viajero tiende la ruana y el bayetón en el poyo, que es una tarima puesta a lo largo de las cuatro paredes de la sala o cuarto principal de la casa; en el mejor de los casos le dan un bastidor con un cuero tan templado como el de un tambor, sobre el que extiende una estera, idéntica a las que utilizan como alfombras. Aparte de esto al viajero no le ofrecen más que una almohada roja con una funda abierta en los dos extremos y adornada con ribetes o bordados.

Pagamos sesenta centavos por la cena y no nos cobraron nada por la hamaca ni por los pilares en que amarramos los caballos. Muy temprano nos pusimos en camino y si mi compañero no hubiera sido baquiano, como llaman al hombre conocedor de una ruta o al experto en algo, toda la prisa se habría perdido, porque saliendo de Arjona las próximas cinco leguas de camino están llenas de peligros para el jinete y el caballo. Recuerdo también una laguna con las ranas más estupendas de que he tenido noticia y que jamás haya oído.

El primer punto de referencia que encontramos en el camino fue El Dique, canal tortuoso que va desde Calamar en el Magdalena hasta la orilla del mar, cerca de Cartagena. Creo que aunque lo repararan, cosa que no sucederá nunca, ya es demasiado tarde para que beneficie el comercio del Magdalena. En esta obra se ha invertido muchísimo capital y ha corrido la suerte de la mayoría de las empresas granadinas. Hasta ahora no he oído el equivalente español para la palabra “dividend”.

El Canal del Dique es en parte natural y en parte obra de los españoles, quienes lo construyeron siguiendo la política de convertir a Cartagena, lugar defendible, en el principal emporio del país. Habría sido más práctico dejar que se desarrollara la ciudad, que tuviera las condiciones naturales más propicias al comercio, aunque fuera más difícil de fortificar. Los mismos españoles destruyeron el Canal durante la guerra de independencia. Más tarde el gobierno lo volvió a abrir parcialmente, en un trayecto más corto, que reduce la distancia entre el Magdalena y Cartagena, a ciento cinco millas. Pero aunque se terminara completamente dudo que produjera lo suficiente para sostener las obras de mantenimiento, a menos que por ley se cerrara de nuevo el puerto de Sabanilla. De vez en cuando pasan por aquí embarcaciones con correo rumbo a Cartagena.

En El Dique hay un paso y todo pasajero que no viva en la provincia de Cartagena debe pagar diez centavos por cruzar el Canal. El impuesto se llama peaje cuando el nivel de las aguas está bajo y se puede cruzar a pie; pasaje, cuando es necesario utilizar la canoa; y si hubiera puente se llamaría pontazgo. El dinero recaudado se destina a las arcas de la provincia de Cartagena, pero el impuesto ha tenido como resultado desviar el comercio y el tránsito hacia los puertos rivales de Sabanilla y Santa Marta. Hace unos años estos peajes formaban parte del ingreso nacional pero imprudentemente se pusieron en manos de las provincias, las cuales, como en este caso, a menudo los utilizan en detrimento de sus propios intereses.

Mahates o Mate, como generalmente le dicen, está a 34 millas de Cartagena. Es cabecera de cantón, pero el viajero que piense pernoctar allí debe meditarlo dos veces porque es todo un sitio: el terreno es bajo, la comida mala y cara, y la vecindad al Canal lo mantiene infestado de zancudos, en tanto que en Arjona no sentí ninguno.

En Mahates fui víctima del engaño más gracioso que jamás he sufrido y lo cuento aunque se rían de mí. Una noche a eso de las nueve salté a la carrera de un vapor que bajando por el Magdalena estaba a punto de atracar en Calamar, y todo jadeante fui en busca de Joaquín Duque para entregarle una carta que le traía. En cuestión de minutos lo encontré, le di la carta y al mismo tiempo le dije que era “portador de documentos oficiales de los Estados Unidos” y que debía llegar a Cartagena cuanto antes.

“¿Cuántas bestias necesita?”, me preguntó.
“Tres”.
“Tres bestias, Catalina”, dijo, dirigiéndose a su mujer; “rápido, búscame a Lorenzo”.
Catalina salió corriendo por un lado, Joaquín por el otro y en un santiamén tenía contratados el peón y las bestias.
“¿Va a salir ya?”, preguntó el |duque. |
“Ahora no, alrededor de las tres de la mañana”.

Mientras tanto atracó el barco, pusieron la escalerilla y un congresista, de regreso de Bogotá, bajó tranquilamente. Era amigo de Duque y con gran efusión se saludaron de abrazo. Después aparecieron otros dos congresistas y luego tres más, todos amigos de Joaquín Duque, quienes buscaban bestias de silla y de carga. ¡Yo estaba feliz de haber contratado las mías tan a tiempo!

Guindé mi hamaca y mosquitero en la casa de Duque, dormí hasta las tres, me levanté y llamé sin que nadie contestara. Amaneció, dieron las seis, las siete y las ocho. Enfurecido armé tal escándalo que el |duque acudió presuroso a explicarme que en realidad el problema consistía en que no tenía todos los animales que se necesitaban, ni tampoco suficientes monturas porque algunos de los viajeros no habían traído y no se había atrevido a ofender a sus amigos despachándome a mí primero, con el pretexto insignificante de que ya había comprometido su palabra conmigo.

Al fin reunieron algunas bestias, una yegua y unos asnos pero ni una sola mula, y me sirvieron de desayuno una extraña combinación de enorme cantidad de algo que bien podía ser chocolate con huevos tibios y nada de pan. Lo tomé maquinalmente y pagué demasiado, veinte centavos. Entonces Duque me preguntó si quería un caballo |manso. “¿Un | |caballo manso para todo un |cartero diplomático? | ¡Olvidelo! ¡Vaya!”. Luego viendo que un hombre que tenía carga y media estaba colocando la media sobre las mías que pesaban menos, le grité: “¿A quién debo agradecer este regalo y qué hago con él cuando llegue?”. Y me la quitaron.

Ya estaba ensillada mi yegua cuando observé a un peón poniéndole el freno mío a otro caballo; lo llamé para que se lo pusiera a la yegua que me habían alquilado.

“Yo sé que el freno es suyo, me dijo el |duque, pero como ese animal no está acostumbrado a frenos como el suyo vamos a ponerle uno que si conoce".

Yo estaba demasiado furioso por la demora para poder notar nada más. Salimos a las 9 y pagué $ 4,80 por cada una de las bestias de carga, y $ 5,60 por mi cabalgadura.

Bien, en Mahates le quité la montura a la yegua para dejarla descansar un poco y quedé horrorizado. La pobre era un esqueleto ambulante —solo cuero y huesos— y además tenía una enorme matadura en el lomo.

“Esa yegua no tiene riesgos de llegar a Arjona”, comentó un hombre que estaba cerca mirando, y añadió: “Está |destroncada”. |

No conozco la palabra inglesa equivalente a destroncada, pero sí entendí perfectamente el significado: se refiere a algo como una escopeta que sucesivamente se ha ido quedando sin culata, sin gatillo, sin cañón y sin cargador.

En ese momento llegó uno de los peones de Duque con la agradable noticia de que una de las bestias que me traía el equipaje estaba rendida y que se había quedado leguas atrás con parte de la carga.

“No me hable de cargas”, le contesté, “y si no quiere que esto le cueste muy, pero muy caro al señor Duque, consígame rápidamente otro caballo”. Precisamente eso era lo que el peón iba a hacer. El precio de un animal de Mahates a Cartagena es tal vez de    $ 1,50, y mejor que el que se alquila en Calamar por $ 5,60. Así que el duque ganó unos $ 4 con ese pobre manojo de huesos, que, a decir verdad y teniendo en cuenta la situación en que se encontraba, no lo había hecho tan mal. Confieso que hubo un momento en que temblaba de ira, pero la rabia se transformó en risa cuando descubrí la clase de freno “a que estaba acostumbrada la yegua”. No era freno sino una jáquima a la que le habían añadido las riendas. A Duque se le habían acabado los frenos y sus amigos no habían traído suficientes y como no se atrevió a darles a ellos semejante basura, tuvo a bien prestar el mío.

No me tomé ni siquiera el trabajo de averiguar por mis cargas. Estaba casi seguro que no había sido mi bestia la que se había agotado porque mis bultos eran livianos. Una de dos:o escogieron para mí las bestias más malas o al fallar una de las de los otros viajeros la reemplazaron con una de las mías.

He contado todo el cuento, no para entretener a los que sentados cómodamente en casa lo lean y se rían de mí, sino para que le sirva de experiencia al pobre tipo que decida seguir mis pasos, para que cuando esté de afán “evite alianzas complicadas” y no deje que el peón tenga nada que ver con alguien que no conoce, y especialmente para que vea la importancia de aprender a distinguir entre un caballo bueno y uno malo, cosa que yo nunca podré hacer.

Pero dejemos ya a Mahates, pueblo de comidas caras y caballos malos, y vámonos por un terreno quebrado y cubierto de bosques hasta Arroyo Hondo. Allí encontramos el moro, el fustete del Magdalena, árbol pequeño que debe ser el |Morus tin |ct |oria y cuyos troncos llevan a lomo de mula hasta el río.

Arroyo Hondo casi no merece el nombre de pueblo, pero todavía más pobre es el otro caserío que pasamos y que tiene el encantador nombre de Sapo. De ahí en adelante no volvimos a ver otra casa hasta Calamar. Esta última está construida en tierras bajas que deben inundarse con alguna frecuencia. Volvimos a ver el Canal del Dique, esta vez con un puente que lo cruza, una compuerta y una esclusa para elevar las aguas del río. Ver el Magdalena nos reconfortó el espíritu, pensé que si nos quedábamos en este sitio hasta que pasara el próximo vapor, podríamos descansar de todas las penas y fatigas que habíamos sufrido. Pero no había nada interesante para ver, fuera de unas palmas detrás del pueblo y un musgo negro, que creo es igual al del Misisipí, |Tillandsia usneoides, y que aquí lo llaman salvaje.

Afortunadamente no estuve mucho tiempo en Calamar, pero allí presencié a campo descubierto el baile más curioso que uno pueda imaginar. Andando por el pueblo vi una luz que venía de la orilla del río y oí el extraño ritmo de un tambor acompañado por voces que, para el gusto de algunos, podrían ser cantos, pero para otros serían puros berridos. Había un gentío agolpado alrededor de una pareja bailando, pero me abrieron paso para que pudiera mirarlos. Las luces provenían de las velas que iluminaban las mesas donde vendían bizcochos, golosinas y ron. Por su parte los bailarines, un negro viejo y una mujer, bailaban a la luz de la luna y en la danza adoptaban posturas interesantísimas. Ella bailaba suelta mientras los brazos del hombre la rodeaban sin tocarla y él intentaba seguirle el ritmo, agachándose un poco de tal manera que los brazos quedaran al nivel de la cintura de la mujer.

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