|CARTAGENA
La entrada a un puerto espléndido
— Una ciudad amurallada y acabada —El cónsul Sánchez
—
Viaje a lomo de mula — La Popa — Turbaco —Arjona
— El Dique — Mahates —
De cómo un duque engañó a un americano — Calamar — Un
baile.
La persona que navega de Sabanilla a Cartagena tiene a su favor
el viento y la corriente, y al acercarse a las blancas murallas se
sorprende de que el viaje haya sido tan corto, pero la verdad es
que todavía le falta bastante para llegar. Primero tiene que dejar
muy atrás la ciudad y llegar a Boca Grande, la entrada natural del
puerto, pero que no se puede cruzar pues por estar tan cerca y ser
tan amplia la cerraron con una muralla costosísima que se terminó
de construir en 1795. Hoy los cartageneros la demolerían
gustosamente, pero el comercio de la ciudad es tan pequeño que
aunque varias veces se ha propuesto abrir la entrada, todavía no se
ha hecho nada al respecto.
Por esta razón hay que avanzar más hacia el occidente y después
de pasar la isla de Tierrabomba se recibe al piloto que conduce el
barco por Boca Chica, pasando entre dos fortalezas, hasta el puerto
de Cartagena. Facilis est descensus: es fácil navegar desde
Cartagena hasta Boca Chica, pero cuando se pierde de vista la
ciudad y con el viento en contra, el viaje empieza a parecer bien
largo.
Anclamos muy lejos de la ciudad. ¿Será posible que el comercio
nunca exija en este país la construcción de muelles decentes? ¿Qué
sería de Nueva York y Boston sin muelles y qué haría Liverpool sin
los suyos? Atracamos en un malecón con tan poco comercio como en el
Battery de Nueva York, y después de atravesar una muralla
gruesísima llegamos por fin a Cartagena.
Esta es la primera y única ciudad amurallada que conozco y quedé
asombrado al ver las murallas, las cuales, sin duda, costaron tanto
como todos los edificios que encierran. Mucho menos habría costado
un buen ferrocarril hasta el Magdalena. Primero se encuentra una
isla completamente amurallada, con excepción de algunas tierras
inútiles y abandonadas al mar, que hoy no valen ni un dólar, pero
que si se hubieran incluido en las murallas, habría sido preciso
construir estas últimas en forma demasiado
irregular.
Al suroeste hay otra isla donde está el barrio de Jimaní o
Getsemaní, también con murallas, defensas y puente; y completamente
aparte la fortaleza de San Felipe de Barajas, en el monte de San
Lázaro, una roca aislada, en donde se talló la piedra de la
construcción que desafortunadamente sufrió mucho cuando Vernon
sitió la ciudad.
No puedo hablar de estas obras sino como un lego en la materia.
Aparte del costo, lo más notable es lo compacta que hacen la
ciudad. Cartagena es una ciudad acabada y lo ha sido por mucho
tiempo, quizá por un siglo. Dentro de las murallas el espacio es
valioso, así que las calles son estrechas, las casas de dos pisos y
las plazas pequeñas. Por otra parte y no obstante que el
agua-lluvia se vende en barriles, la ciudad tiene un aspecto de
limpieza que da gusto.
A pesar de que el espacio es tan reducido dentro de la ciudad,
por encima de las murallas se puede dar un paseo delicioso, con el
mar a un lado y la antigua y soñolienta ciudad al otro. También hay
un paseo por la playa, entre las murallas y el mar, donde se pueden
bañar agradablemente las personas que no le tengan demasiado miedo
a los tiburones. Pero quizá por lo corto de mi estada no vi que
mucha gente aprovechara esos agradables sitios de esparcimiento.
Tampoco tuve tiempo de ver los bellos caminos para coches que hay
en la cercanía de la ciudad. Si se quiere ir más lejos, hay que
despedirse de toda clase de carruajes hasta llegar a
Bogotá.
Por innumerables razones quiero mucho a Cartagena, sobre todo
porque allí reside ese modelo de cónsules americanos que es Ramón
León Sánchez. El señor Sánchez era súbdito español en Florida, pero
se naturalizó ciudadano de los Estados Unidos. Habla perfectamente
el inglés y el español y hace mucho que vive en Cartagena.
Comerciante de larga trayectoria y caballero a carta cabal, sirve a
sus conciudadanos por el solo deseo de hacerlo y jamás oí que
hubiera desatendido a un compatriota. Nunca había sentido tanto la
necesidad de un amigo como cuando llegué a Cartagena sin ninguna
carta de presentación, pues no había pensado visitarla, pero
si todos los hombres fueran como el señor Sánchez, esas cartas no
serían necesarias. De todas las que llevé a Sur América, ninguna me
proporcionó más placer y beneficio que los que recibí en el seno de
esta excelente familia. Hace mucho tiempo que el señor Sánchez es
cónsul de Cartagena y si el cargo fuera lucrativo, ya se lo habrían
quitado para pagarle a algún orador electorero o a un político
intrigante, quien dejando su familia y negocios en los Estados
Unidos vendría a la carrera para hacer aquí su agosto.
Son tantos los sitios que ha sufrido Cartagena que no los puedo
enumerar todos. El que reviste más interés para ingleses y
norteamericanos es el del Almirante Vernon en 1741, conmemorado en
“Las Estaciones” de Thomson. El último, en 1841, lo vivió
y sufrió la familia Sánchez.
Con mucha pena me despedí de Cartagena y deseoso de volver a
verla o por lo menos de encontrarme de nuevo con el señor y la
señora Sánchez y con la amable hermana de la señora. Mis recuerdos
de esos días fugaces y felices contrastan con muchos episodios que
he vivido desde entonces. Para la persona que llega a la Nueva
Granada sin la experiencia de viajar a caballo y en mula, el
consejo y la ayuda de un buen cónsul son
invaluables.
Al principio el viajero no puede creer que dos baúles se puedan
acomodar en el lomo de una mula. El equipaje debe dividirse en dos
partes, cada una de igual tamaño y peso, y cada bulto no debe
sobrepasar de 100 libras. El que olvida estos detalles lo paga muy
caro, porque si la carga pesa más, con tiempo y dinero acabará
llegando a su destino, pero para el viajero la demora será peor que
perder todo el equipaje.
A cada baúl se le debe poner una funda impermeable que tape
todos los lados, menos el de abajo, y a falta de ella hay que
cubrirlo con un encerado, que es una tela pegajosa y gruesa,
impermeabilizada con brea o pintura. El encerado se amarra con una
soga, tan fuertemente que es inútil intentar desatarlo con las
solas manos. Por las sogas y encerados he pagado hasta ochenta
centavos.
Cada cual debe comprar las cuerdas para amarrar los encerados y
cuidarlas bien porque los peones roban todas las que pueden, ya que
les gusta robar cualquier cosa que sirva para amarrar; si tienen la
oportunidad se llevan desde una hebra de hilo hasta un cable. Las
cuerdas para colgar las hamacas y para atar los encerados se llaman
aquí lazos, nombre incorrecto, pues lazo quiere decir nudo
corredizo o lazada. A las bestias las alquilan con los rejos, que
son cuerdas de cuero sin curtir y sirven para asegurar la carga a
la mula y a veces para amarrar los encerados. También llaman rejos
a los látigos, que son del mismo material, pero más
delgados.
Las provisiones para el viaje se llevan en petacas, o sea cajas
cuadradas de cuero, de dos pies de lado y forradas por dentro. Si
son de fabricación burda y sin forro se llaman
hatillos.
El siguiente problema es conseguir las bestias, término que
incluye caballos, bueyes, mulas y machos. Alquilando cinco o más
animales, se paga por cada uno y el dueño de estos paga el peón;
pero si se alquilan menos, el peón vale lo de un animal adicional.
Por consiguiente, cuatro bestias cuestan lo mismo que cinco, y es
muy difícil, si no imposible, lograr que el dueño haga una
excepción a la regla. Se supone que el peón compra su alimentación
y la de las bestias con el dinero del patrono y que debe cargar el
agua para el aseo del viajero, colgar su hamaca, etc.; pero en
realidad sus deberes y derechos no están bien definidos. En los
pasos de los ríos el viajero paga su propio pasaje y el del
equipaje; el peón costea el suyo y el de las bestias, si hay que
ayudarlas a pasar.
El peón no puede cargar las mulas solo, pero únicamente en caso
de emergencia pide ayuda al patrono para que sostenga la carga a un
lado del animal, mientras él coloca la otra al lado opuesto y
amarra ambas. Al cargar la mula, el peón le tapa a esta la cabeza
con la ruana para que no vea y se quede quieta; luego le pone un
par de cojines llamados enjalma y encima coloca, a un lado, un
tercio o media carga, y mientras alguien la sostiene acomoda al
otro lado al “compañero” y amarra los dos.
Cuando se termina de cargar, lo más prudente es dejar salir
adelante al peón y las bestias y seguirlos antes de que se pierdan
de vista. No es necesario estar con ellos todo el día, pero
hay una gran diferencia entre ir adelante o atrás. En el primer
caso el peón y las bestias viajan un poco más rápido, pero si
después de las cinco de la tarde hay que pasar por un lugar donde
están de fiesta o bailando, lo más seguro es que algún percance
impida que el equipaje llegue esa misma noche al sitio donde el
ingenuo viajero está esperando. En este caso lo mejor es creer las
explicaciones del peón y vigilarlo mejor la próxima vez, así como
sentirse muy afortunado si la noche de la escapada el peón no
utiliza las cobijas del patrono, porque de lo contrario este tendrá
que dormir sin ellas y recibirlas al día siguiente repletas de
bichos sedientos de sangre.
Al salir por la puerta de las murallas se llega a un espacio
abierto entre éstas y el barrio de Jimaní, y cruzándolo
diagonalmente se pasa otra puerta y un foso con puente levadizo y
cabeza de puente. A la izquierda está el peñón de San Lázaro con la
fortaleza tallada en la roca, y más adelante, a la derecha, hay un
barrio de chozas de barro y techos de paja. A la izquierda, La
ropa, que es lo primero que se divisa entrando por Boca Chica, en
cuya cima hay un convento inhabitado hoy día pero que a veces es el
centro de operaciones militares.
Desafortunadamente para Cartagena La Popa está más alta que
todas las otras defensas de la ciudad e incluirla en las murallas
habría duplicado el costo ya exorbitante de estas. Por otra parte,
fortificarla aisladamente haría depender de ella la suerte de la
ciudad, porque su captura significaría la pérdida de Cartagena al
enemigo. Por eso tengo la impresión de que habría sido mejor haber
fortificado únicamente el lado que da al mar y haber invertido el
costo de las murallas en educación pública. Es una lástima que no
subí hasta La Popa, pero de todas maneras creo que todavía no
conozco a Cartagena.
Después el camino pasa por la laguna de Tesca, de aguas
aparentemente salobres. Los peones cuentan historias fantásticas de
los pescados vivíparos, con senos de mujer, que hay en la laguna.
Se trata del manatí,
|Manatus Americanus, mamífero que es la
misma vaca marina de Herndon y que es alimento importante en el
Amazonas, pero que aquí poco lo utilizan. Es natural que su carne
no sepa a pescado, ya que, como la foca y la ballena, de pescado no
tienen nada.
Cerca a la laguna vi por primera vez en mi vida un arbusto verde
pálido y de tallo carnoso, del cual pensé que no podía ser otro que
la
|Batis marítima, planta muy común en las Antillas y por
eso me sorprendió no haberla visto en Sabanilla. Browne fue el
primero en describir la Batis en 1756, pero su verdadera naturaleza
siguió siendo un enigma hasta hace poco, cuando el doctor Torrey
descubrió que estaba relacionada con las familias de las
euforbiáceas y de las empetráceas. Yo la vi al pie de las murallas
de Cartagena, al lado de la planta bajita, extendida y
terriblemente espinosa que produce una especie de haba que nosotros
llamamos “burning beans” o “nicker beans” y
cuyo nombre científico es
|Guilandina,
Bonduc.
|
Más adelante llegamos al insignificante caserío de Ternera y
cerca de la aldea vi la flor extraordinaria del Hura crepitans o
jabillo, árbol muy bello y de savia lechosa perteneciente a la
familia de las euforbiáceas. A veces en los Estados Unidos se puede
conseguir la fruta del jabillo, que cuando madura se abre
estrepitosamente, dejando alrededor solo pedacitos de fruta y
semillas.
Abandonamos luego la llanura y subimos la loma donde está
Turbaco. Tal vez en toda la Nueva Granada no haya un sitio con
vista al mar tan agradable como Turbaco. Aquí el héroe de una sola
pierna, Santa Anna, apuesta a los gallos y espera el momento
propicio para regresar a Méjico. Algunos cartageneros ricos tienen
casas de campo en Turbaco y también el cónsul británico, señor
Kortright. En este lugar termina la vía carreteable y se puede
añadir que también termina la civilización.
Hubiera querido ver unos volcanes que arrojan lodo, situados a
cuatro millas de Turbaco, pero desgraciadamente no tuve tiempo.
Turbaco está a casi dos leguas y media de Cartagena. Sería
conveniente traducir legua con la palabra inglesa
“league” y decir que equivale a tres millas. La verdad es
que la antigua legua española tenía tres millas marítimas o sea
3.459 millas legales inglesas, pero también se usan otras clases de
leguas que tienen desde 2.6 millas hasta 4.15. La legua castellana
era de 3.4245 millas, mientras que en la Nueva Granada la legua
legal tiene ahora 3.10169 millas.
Si no se obtienen datos en dos medidas diferentes, es imposible
saber con seguridad de qué clase de legua se trata. Yo sigo la
regla de considerarlas siempre como castellanas, a menos que sea
evidente que no lo son. La legua equivale a una hora de viaje
cuando la carga no es excesiva y no se presentan contratiempos.
Nunca se puede planear cubrir esa distancia en menos tiempo, pero,
en cambio, siempre se presentarán mil razones para demorarse más.
Así que yo creo que de Cartagena a Turbaco hay ocho
millas.
En Turbaco el camino se desvía hacia el interior y antes de
dejar el mar me detuve a contemplarlo por última vez, porque ¿quién
me podría asegurar, en verdad, que volvería a verlo? He pasado
tantos años de mi vida cerca al mar, que dejarlo atrás era como
abandonar el hogar. La última mirada a los cerros lejanos de
Navesink no fue nada en comparación a lo que sentí entonces. La
impresión que me produjo contemplar el mar en ese crepúsculo
tropical la rememoro hoy con una emoción que casi ningún otro
recuerdo evoca en mí. El americano se siente cerca al hogar en
cualquier lugar donde oiga las olas del mar.
Llegué a Arjona después de un largo viaje nocturno, acompañado
no de mi equipaje, desgraciadamente, pero sí por fortuna de un
caballero francés interesado en la industria del caucho. De Arjona
es poco lo que puedo, decir porque entre a la población mucho
después de que oscureciera y salí antes del amanecer. Solo alcancé
a darme cuenta de que tiene una plaza, bastantes casas y una posada
o paradero donde es muy difícil conseguir una cena. A las bestias
las sometimos al tratamiento habitual que se les da a los pobres
caballos alquilados en la Nueva Granada; les dimos “carne de
poste”, lo cual en buen romance quiere decir que como no
pudimos conseguirles comida, las dejamos amarradas a un pilar,
muriéndose de hambre. El que alquila un caballo nunca espera que el
cliente le dé más comida que la necesaria para que no se muera, y
por eso al alquilar un caballo se pone frecuentemente la condición
de que si el animal muere por cualquier razón, el cliente debe
pagarlo. No me gustaría prestar o alquilar un caballo a ningún
granadino sin esta mínima condición, que por lo menos protege en
algo al animal.
La noche la pasamos en una pequeña tienda. Las tiendas son casas
de dos cuartos, el de adelante dividido por un mostrador frente a
la puerta, detrás del cual otra puerta comunica con el cuarto de
atrás, la sala, que también es salón de baile, dormitorio y hasta
comedor. Pero nosotros comimos, como una excepción, en el cobertizo
que conecta la casa con la cocina.
Fue en Barranquilla donde dormí por primera vez en una hamaca, y
declaro que es uno de los lujos más baratos que se puede dar
cualquiera en la vida. Para leer de día o de noche no hay cama que
la iguale. Se puede cambiar de posición todo lo que uno quiera,
acostarse boca arriba, de lado, diagonal o paralelamente y nunca es
dura; Yo, por lo menos, nunca me canso en ella. Pero muchos se
quejan de que el uso continuado de la hamaca es malo para el pecho
y que terminan doblados y hechos un ovillo; en cambio yo no le he
encontrado hasta ahora ningún inconveniente. Además, aunque se dice
que las chinches en este país son peores que las de cualquier parte
del mundo, si uno está en la hamaca nunca molestan, y hasta las
pulgas, a pesar de toda su agilidad, se instalan menos fácilmente
en una hamaca que en una cama.
A propósito de pulgas y de chinches, a las primeras les haré
justicia cuando en mi relato llegue a Cartago, ciudad de este valle
feliz desde donde estoy escribiendo; en cuanto a las chinches,
tengo que confesar que todavía no he visto ninguna. Aparentemente
el
|Cimex lectularius no vive a alturas superiores de los
5.817 pies. Debo reconocer que de todas las malas noches que he
pasado, sin olvidar las molestias que me causaron una vez unos
chivos, ninguna noche en la Nueva Granada ha sido tan mala como la
penúltima que pasé en mi querida patria, cuando tuve que encender
la vela a las tantas de la noche para perseguir a los bichos que me
torturaban, y como el poeta cuyas palabras no recuerdo exactamente,
“entregué al sebo y a la venganza” cientos de esas
criaturas hasta que casi se apaga la vela. Al dar, para la
conveniencia de otros viajeros menos afortunados que yo, el nombre
con que en español se conoce a esos bichos que acaban con nuestra
tranquilidad, chinche, me pregunto si será mera coincidencia que en
el suroeste de los Estados Unidos tengan el mismo apelativo o si
será porque la palabra se deriva de la denominación científica,
|Cimex.
|
La cama, hasta donde he observado, es un artículo desconocido
fuera de Bogotá y Cartagena. Por lo general, para acostarse el
viajero tiende la ruana y el bayetón en el poyo, que es una tarima
puesta a lo largo de las cuatro paredes de la sala o cuarto
principal de la casa; en el mejor de los casos le dan un bastidor
con un cuero tan templado como el de un tambor, sobre el que
extiende una estera, idéntica a las que utilizan como alfombras.
Aparte de esto al viajero no le ofrecen más que una almohada roja
con una funda abierta en los dos extremos y adornada con ribetes o
bordados.
Pagamos sesenta centavos por la cena y no nos cobraron nada por
la hamaca ni por los pilares en que amarramos los caballos. Muy
temprano nos pusimos en camino y si mi compañero no hubiera sido
baquiano, como llaman al hombre conocedor de una ruta o al experto
en algo, toda la prisa se habría perdido, porque saliendo de Arjona
las próximas cinco leguas de camino están llenas de peligros para
el jinete y el caballo. Recuerdo también una laguna con las ranas
más estupendas de que he tenido noticia y que jamás haya
oído.
El primer punto de referencia que encontramos en el camino fue
El Dique, canal tortuoso que va desde Calamar en el Magdalena hasta
la orilla del mar, cerca de Cartagena. Creo que aunque lo
repararan, cosa que no sucederá nunca, ya es demasiado tarde para
que beneficie el comercio del Magdalena. En esta obra se ha
invertido muchísimo capital y ha corrido la suerte de la mayoría de
las empresas granadinas. Hasta ahora no he oído el equivalente
español para la palabra “dividend”.
El Canal del Dique es en parte natural y en parte obra de los
españoles, quienes lo construyeron siguiendo la política de
convertir a Cartagena, lugar defendible, en el principal emporio
del país. Habría sido más práctico dejar que se desarrollara la
ciudad, que tuviera las condiciones naturales más propicias al
comercio, aunque fuera más difícil de fortificar. Los mismos
españoles destruyeron el Canal durante la guerra de independencia.
Más tarde el gobierno lo volvió a abrir parcialmente, en un
trayecto más corto, que reduce la distancia entre el Magdalena y
Cartagena, a ciento cinco millas. Pero aunque se terminara
completamente dudo que produjera lo suficiente para sostener las
obras de mantenimiento, a menos que por ley se cerrara de nuevo el
puerto de Sabanilla. De vez en cuando pasan por aquí embarcaciones
con correo rumbo a Cartagena.
En El Dique hay un paso y todo pasajero que no viva en la
provincia de Cartagena debe pagar diez centavos por cruzar el
Canal. El impuesto se llama peaje cuando el nivel de las aguas está
bajo y se puede cruzar a pie; pasaje, cuando es necesario utilizar
la canoa; y si hubiera puente se llamaría pontazgo. El dinero
recaudado se destina a las arcas de la provincia de Cartagena, pero
el impuesto ha tenido como resultado desviar el comercio y el
tránsito hacia los puertos rivales de Sabanilla y Santa Marta. Hace
unos años estos peajes formaban parte del ingreso nacional pero
imprudentemente se pusieron en manos de las provincias, las cuales,
como en este caso, a menudo los utilizan en detrimento de sus
propios intereses.
Mahates o Mate, como generalmente le dicen, está a 34 millas de
Cartagena. Es cabecera de cantón, pero el viajero que piense
pernoctar allí debe meditarlo dos veces porque es todo un sitio: el
terreno es bajo, la comida mala y cara, y la vecindad al Canal lo
mantiene infestado de zancudos, en tanto que en Arjona no sentí
ninguno.
En Mahates fui víctima del engaño más gracioso que jamás he
sufrido y lo cuento aunque se rían de mí. Una noche a eso de las
nueve salté a la carrera de un vapor que bajando por el Magdalena
estaba a punto de atracar en Calamar, y todo jadeante fui en busca
de Joaquín Duque para entregarle una carta que le traía. En
cuestión de minutos lo encontré, le di la carta y al mismo tiempo
le dije que era “portador de documentos oficiales de los
Estados Unidos” y que debía llegar a Cartagena cuanto
antes.
“¿Cuántas bestias necesita?”, me preguntó.
“Tres”.
“Tres bestias, Catalina”, dijo, dirigiéndose a su mujer;
“rápido, búscame a Lorenzo”.
Catalina salió corriendo por un lado, Joaquín por el otro y en un
santiamén tenía contratados el peón y las bestias.
“¿Va a salir ya?”, preguntó el
|duque.
|
“Ahora no, alrededor de las tres de la mañana”.
Mientras tanto atracó el barco, pusieron la escalerilla y un
congresista, de regreso de Bogotá, bajó tranquilamente. Era amigo
de Duque y con gran efusión se saludaron de abrazo. Después
aparecieron otros dos congresistas y luego tres más, todos amigos
de Joaquín Duque, quienes buscaban bestias de silla y de carga. ¡Yo
estaba feliz de haber contratado las mías tan a
tiempo!
Guindé mi hamaca y mosquitero en la casa de Duque, dormí hasta
las tres, me levanté y llamé sin que nadie contestara. Amaneció,
dieron las seis, las siete y las ocho. Enfurecido armé tal
escándalo que el
|duque acudió presuroso a explicarme que en
realidad el problema consistía en que no tenía todos los animales
que se necesitaban, ni tampoco suficientes monturas porque algunos
de los viajeros no habían traído y no se había atrevido a ofender a
sus amigos despachándome a mí primero, con el pretexto
insignificante de que ya había comprometido su palabra
conmigo.
Al fin reunieron algunas bestias, una yegua y unos asnos pero ni
una sola mula, y me sirvieron de desayuno una extraña combinación
de enorme cantidad de algo que bien podía ser chocolate con huevos
tibios y nada de pan. Lo tomé maquinalmente y pagué demasiado,
veinte centavos. Entonces Duque me preguntó si quería un caballo
|manso. “¿Un
|
|caballo manso para todo un
|cartero diplomático?
|
¡Olvidelo! ¡Vaya!”. Luego
viendo que un hombre que tenía carga y media estaba colocando la
media sobre las mías que pesaban menos, le grité: “¿A quién
debo agradecer este regalo y qué hago con él cuando llegue?”.
Y me la quitaron.
Ya estaba ensillada mi yegua cuando observé a un peón poniéndole
el freno mío a otro caballo; lo llamé para que se lo pusiera a la
yegua que me habían alquilado.
“Yo sé que el freno es suyo, me dijo el
|duque, pero
como ese animal no está acostumbrado a frenos como el suyo vamos a
ponerle uno que si conoce".
Yo estaba demasiado furioso por la demora para poder notar nada
más. Salimos a las 9 y pagué $ 4,80 por cada una de las bestias de
carga, y $ 5,60 por mi cabalgadura.
Bien, en Mahates le quité la montura a la yegua para dejarla
descansar un poco y quedé horrorizado. La pobre era un esqueleto
ambulante —solo cuero y huesos— y además tenía una enorme
matadura en el lomo.
“Esa yegua no tiene riesgos de llegar a Arjona”,
comentó un hombre que estaba cerca mirando, y añadió: “Está
|destroncada”.
|
No conozco la palabra inglesa equivalente a destroncada, pero sí
entendí perfectamente el significado: se refiere a algo como una
escopeta que sucesivamente se ha ido quedando sin culata, sin
gatillo, sin cañón y sin cargador.
En ese momento llegó uno de los peones de Duque con la agradable
noticia de que una de las bestias que me traía el equipaje estaba
rendida y que se había quedado leguas atrás con parte de la
carga.
“No me hable de cargas”, le contesté, “y si no
quiere que esto le cueste muy, pero muy caro al señor Duque,
consígame rápidamente otro caballo”. Precisamente eso era
lo que el peón iba a hacer. El precio de un animal de Mahates a
Cartagena es tal vez de $ 1,50, y mejor que el que se alquila en
Calamar por $ 5,60. Así que el duque ganó unos $ 4 con ese pobre
manojo de huesos, que, a decir verdad y teniendo en cuenta la
situación en que se encontraba, no lo había hecho tan mal. Confieso
que hubo un momento en que temblaba de ira, pero la rabia se
transformó en risa cuando descubrí la clase de freno “a que
estaba acostumbrada la yegua”. No era freno sino una jáquima a
la que le habían añadido las riendas. A Duque se le habían acabado
los frenos y sus amigos no habían traído suficientes y como no se
atrevió a darles a ellos semejante basura, tuvo a bien prestar el
mío.
No me tomé ni siquiera el trabajo de averiguar por mis cargas.
Estaba casi seguro que no había sido mi bestia la que se había
agotado porque mis bultos eran livianos. Una de dos:o
escogieron para mí las bestias más malas o al fallar una de las de
los otros viajeros la reemplazaron con una de las mías.
He contado todo el cuento, no para entretener a los que sentados
cómodamente en casa lo lean y se rían de mí, sino para que le sirva
de experiencia al pobre tipo que decida seguir mis pasos, para que
cuando esté de afán “evite alianzas complicadas” y no
deje que el peón tenga nada que ver con alguien que no conoce, y
especialmente para que vea la importancia de aprender a distinguir
entre un caballo bueno y uno malo, cosa que yo nunca podré
hacer.
Pero dejemos ya a Mahates, pueblo de comidas caras y caballos
malos, y vámonos por un terreno quebrado y cubierto de bosques
hasta Arroyo Hondo. Allí encontramos el moro, el fustete del
Magdalena, árbol pequeño que debe ser el
|Morus
tin
|ct
|oria y cuyos troncos llevan a lomo de mula
hasta el río.
Arroyo Hondo casi no merece el nombre de pueblo, pero todavía
más pobre es el otro caserío que pasamos y que tiene el encantador
nombre de Sapo. De ahí en adelante no volvimos a ver otra casa
hasta Calamar. Esta última está construida en tierras bajas que
deben inundarse con alguna frecuencia. Volvimos a ver el Canal del
Dique, esta vez con un puente que lo cruza, una compuerta y una
esclusa para elevar las aguas del río. Ver el Magdalena nos
reconfortó el espíritu, pensé que si nos quedábamos en este sitio
hasta que pasara el próximo vapor, podríamos descansar de todas las
penas y fatigas que habíamos sufrido. Pero no había nada
interesante para ver, fuera de unas palmas detrás del pueblo y un
musgo negro, que creo es igual al del Misisipí,
|Tillandsia
usneoides, y que aquí lo llaman salvaje.
Afortunadamente no estuve mucho tiempo en Calamar, pero allí
presencié a campo descubierto el baile más curioso que uno pueda
imaginar. Andando por el pueblo vi una luz que venía de la orilla
del río y oí el extraño ritmo de un tambor acompañado por voces
que, para el gusto de algunos, podrían ser cantos, pero para otros
serían puros berridos. Había un gentío agolpado alrededor de una
pareja bailando, pero me abrieron paso para que pudiera mirarlos.
Las luces provenían de las velas que iluminaban las mesas donde
vendían bizcochos, golosinas y ron. Por su parte los bailarines, un
negro viejo y una mujer, bailaban a la luz de la luna y en la danza
adoptaban posturas interesantísimas. Ella bailaba suelta mientras
los brazos del hombre la rodeaban sin tocarla y él intentaba
seguirle el ritmo, agachándose un poco de tal manera que los brazos
quedaran al nivel de la cintura de la mujer.