INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuar capítulo  "Suplemento")
 

 

Por el momento me reservo la narración de los hechos incongruentes que sucedieron durante la tarde. Se suponía que después de las Lamentaciones habría un sermón predicado por un fraile dominico con fama de hablar larguísimo. Fui a oírlo y encontré la puerta principal de la catedral cerrada por miedo al populacho. Desafortunadamente la del perdón estaba abierta y aunque entré muy tarde, después pensé que lo había hecho demasiado temprano. El sermón comenzó a las nueve y el tema era “los dolores de Nuestra Señora de la Soledad después de la muerte de Cristo”. Yo había logrado conseguir asiento al frente del púlpito. Los olores de cuerpos mal lavados y de úlceras enconadas hacían insoportable el ambiente. Por fin, viendo que las pulgas habían dejado un tendido de sangre en el sitio donde estaban sentadas las mujeres, decidí no prestarme a ser víctima de esos bichos y me fui a casa.

La Misa de Gloria fue el sábado a las 8 de la mañana y ese día celebraron muchísimas ceremonias de carácter anual. Prendieron fuego con eslabón y pedernal y encendieron el enorme cirio pascual, al cual le habían pegado cinco trozos de incienso. Consagraron el agua y el aceite. Los sacerdotes se postraron otra vez, como ayer, y permanecieron cubiertos por mucho rato. Después entraron a la sacristía y regresaron vestidos con ornamentos blancos.

Durante la misa descorrieron el velo morado y en ese momento lanzaron un volador, empezaron a repicar la campanilla del altar y echaron a vuelo las campanas de todos los tamaños, enteras y rajadas, de esta iglesia y de todas las de la ciudad y se desquitaron del silencio de dos días. La gente empezó a dispersarse, terminó la misa y me fui para la casa, feliz de saber que por hoy no tenía que asistir a más ceremonias.

Domingo de Pascua. Estaba todavía oscuro cuando salí a la calle impulsado más por el sentido del deber que por la curiosidad. En Santo Domingo ya había varias mujeres arrodilladas al frente de la puerta que no abrirían sino una hora después. Por la noche había llovido y el aire estaba frío y húmedo. Adentro, en la Veracruz, estaban las velas encendidas y la muchedumbre se agolpaba alrededor de las puertas cerradas, que abrieron a las cuatro. El altar estaba bellísimo. Había un arcón de carey con una imagen encima, mucho más grande que la del viernes, con una bandera roja en la mano izquierda y la derecha señalando el cielo. A cada lado había un soldado tendido en el suelo y medio incorporado, pero no en la actitud de haberse caído violentamente. Oí misa, regresé a casa y me volví a acostar.

A las ocho estaba otra vez en la calle y me encontré con la Virgen (paso 38) que iba a encontrarse con la figura del sarcófago (Nº 39). Al frente de la procesión un hombre lanzaba cohetes y llevaban descubierta la cruz alta de plata que había precedido todas las procesiones de la semana, pero envuelta en velos. Las calles estaban repletas de gente. Pensé que era inútil tratar de entrar en la catedral, pero para mi sorpresa no tuve ninguna dificultad, gracias a la innata amabilidad hasta del más humilde de los granadinos. Logré llegar hasta mi puesto favorito encima del coro. Allí oí juiciosamente toda la misa mayor pero no vi nada que valiera la pena de relatar.

Al salir le pregunté a un sacerdote dónde podría escuchar un sermón y me dijo que no creí a que se predicara ninguno ese día en todo Bogotá. Después me enteré que había uno esa noche en Santo Domingo. Asistí y encontré un buen puesto, del que me sacó el olor de mi vecino y como no pude encontrar otro sitio y no tenía intenciones de oír el sermón de pie, me fui para la casa y así terminó para mí la Semana Santa.

En cuanto a la impresión que dejó en mí, fue de absoluta fatiga y desengaño. Algunas de las imágenes tenían rostros hermosos; otras, muy pocas, estaban bien hechas, pero poquísimas eran las que no desafiaban los principios de la anatomía y las leyes de la gravedad y las que tenían actitudes naturales; y aunque hubiera habido alguna que fuera una obra de arte, lo más probable es que habría pasado inadvertida. Me imagino que rebajar los temas sagrados debe tener un efecto terrible en las personas que se dedican a su comercio. Pero aun suponiendo que todo se hiciera de acuerdo con el mejor estilo artístico, ¿servirla para despertar la piedad interior? No lo creo. Algunas de las |crucifixiones son realmente buenas, impresionan al que las contempla, pero con el tiempo pierden fuerza y lo único que hacen es embotar los sentimientos frente a objetos más ordinarios de meditación. En cuanto al mérito de estas ceremonias, participo del juicio que de ellas tienen todos los granadinos cultos. Entre ellos existe el deseo general de que la ley prohíba todas las procesiones en las calles. Respecto al problema teológico de permitir esta clase de llamado a los sentidos, mi opinión es diferente, pero no es este el sitio para entrar a analizar el problema.

Volvamos ahora al bochinche del viernes por la noche. Nadie sabe cómo se originó. Empezó cerca del puente, del convento y de los cuarteles de San Francisco, pero más al sur. Es posible que todo comenzara porque en algún comedero un muchacho, teórico vehemente, insultara a algún oficial, o viceversa. Las clases bajas tomaron el partido de los militares. La piedra volaba. Los señores bien vestidos salieron corriendo. Yo salí a ver qué pasaba pero no pude ver nada. El gobernador Pedro Gutiérrez Lee fue rápidamente al lugar de los acontecimientos. Ordenó que un pelotón de soldados se apostara al otro lado de la calle, al sur del puente. Yo vi cuando se alistaron y salieron del cuartel.

Las calles se llenaron de artesanos jóvenes y de vagos. Observé de cerca la conducta del gobernador y me pareció que había actuado muy sensatamente, sin brusquedad, con persuasión y a veces con sentido del humor. Pasó por entre la multitud que se había congregado entre el puente y la catedral. La guardia de policía armada ocupó la plaza pero no actuó. No se hicieron arrestos y todo se tranquilizó.

En el último capítulo decía que estaba convencido de que habíamos visto la última revolución granadina y debo añadir que conservé esa opinión aun después de los incidentes de la Semana Santa. En primer lugar, la autoridad había triunfado en las dos últimas revoluciones. En segundo lugar, la liberación de la Iglesia había removido el motivo más fuerte para que los fanáticos se levantaran en armas. Por consiguiente, no hice caso de los rumores que había oído desde comienzos de marzo hasta mediados de abril, ya que estaba seguro de que cualquier intento revolucionario fracasaría. No tuve en cuenta, como debí hacerlo, que había muy poca posibilidad de fracasar. Casi todos los hombres eminentes del país habían sido rebeldes en 1841 o en 1851. Según las leyes vigentes, la traición no es un crimen, aun cuando haya derramamiento de sangre. En segundo lugar, no pensé que se podría desatar una guerra civil aunque no se tuviera posibilidades de éxito final, simplemente para satisfacer sentimientos de venganza.

El mismo gobierno estaba desesperado. Había hecho demasiadas concesiones a las teorías de los republicanos rojos, los gólgotas. Estos teóricos habían adoptado la creencia de que el sufragio universal y la constitución libre eran el remedio a todos los males. Tenían, como dice su intérprete Samper, “una fe ciega en los principios”. Los republicanos habían introducido cambios con demasiada rapidez y estaban inclinados a hacer experimentos de toda clase, y en especial, le tenían un odio exaltado al ejército. En realidad, el ejército de la Nueva Granada me dio la impresión de ser más bien un estorbo, aunque era pequeño y su importancia cada vez menor | | (1) ; además habían fracasado todos los intentos de crear una guardia nacional.

El general Melo, comandante de la caballería en Bogotá, se había convertido en persona especialmente desagradable a los Gólgotas, que lo odiaban. Un ex-gobernador me comenté un día: “Las tropas de Melo acaban de pasar a mi lado llenas de violencia, les habría importado un bledo arrollarme; si hubiera tenido una pistola les habría disparado”.

En diciembre de 1858 acusaron a Melo de haber asesinado a un cabo llamado Ramón Quirós. Uno o dos días después de que lo hirieran, Quirós declaró en su lecho de muerte, en el hospital militar, que una persona desconocida lo había apuñaleado en la calle. La mitad de los bogotanos está convencida de que Quirós murió con una mentira en los labios para salvar al asesino. Dicen que Quirós salió del cuartel por la noche, con una ruana encima del uniforme, lo cual va contra el reglamento, y regresó completamente borracho. Melo le llamó la atención, el cabo le contestó con insolencia y aquél tuvo la estupidez de apuñalearlo. Quirós murió tres días después diciendo que no fue Melo quien lo hirió. El conservador Gutiérrez, elegido gobernador, se posesionó el día primero de enero de 1854 y con base en estas historias procedió a tomar declaraciones sobre el asunto. Si Melo era inocente, tenía injurias que vengar y fuera o no culpable, debería enfrentarse a la posibilidad de un castigo.

También era evidente que la administración estaba rodeada de enemigos. El clero estaba en su contra porque el gobierno había privado de libertad y desterrado a obispos, y la Iglesia le había retirado todo su apoyo. Casi todos los gobernadores elegidos en septiembre eran enemigos del gobierno y estoy convencido de que en muchos casos los sacerdotes habían intervenido en forma escandalosa en las elecciones. Es así como el gobierno, en una posición de centro, contaba con pocos partidarios, relativamente indiferentes, y con enemigos muy activos y resueltos, que tenían muy poco que perder y nada que ganar en un |“coup d’état”. |

Numerosas personas veían la situación mucho más grave que yo y estaban seguras de que iba a haber una conspiración. El Senado mediante una resolución pidió al ejecutivo que pusiera el ejército bajo el mando del gobernador para proteger a la ciudad de un golpe militar. Obando le aseguró que sus temores eran infundados, pero tan poco convencidos quedaron algunos, que pensaron llevar a cabo una contra-revolución y tomarse los cuarteles de San Francisco con “armas blancas”, es decir, con espadas y puñales. Pero por último se llegó a la conclusión de que esa medida sería demasiado extrema.

Por la noche fui invitado a una fiesta, a la que no asistí por ser domingo. Allí estaban presentes muchos de los senadores que eran enemigos acérrimos del ejército y otros se encontraban en una reunión diferente. Antes de la media noche habían armado a muchos hombres de las clases bajas, enemigos de los de saco y buenas maneras, y amigos de toda novelería, y los militares procedieron a arrestar a todo el que les parecía peligroso. El gobernador Gutiérrez, que había renunciado el sábado, vio el peligro a tiempo y se fue de Bogotá. El coronel Emigdio Briceño, hombre excelente, lo reemplazó el domingo por la noche, y no alcanzó a ser gobernador cuatro horas cuando ya lo habían hecho prisionero. En la fiesta a que yo había sido invitado fue en la que más arrestos hubo; se llevaron a todos los hombres, inclusive a los sirvientes. Pero los más buscados lograron escapar; algunos se fueron de Bogotá y otros se escondieron. Samper, que estaba en el congreso, su amigo Murillo, ex-secretario de Hacienda y hoy presidente de la Cámara de Representantes, vivían juntos. Samper y la señora de Murillo se hallaban en una reunión y Murillo en otra parte | | (2) . Les atacaron la casa e hicieron una descarga de mosquetería antes de que regresaran, por lo cual lograron escapar. La casa sufrió bastante, pero no se llevaron más que cosas de comida.

Lo peor que sucedió esa noche fue que le dispararon a un orfebre francés que se paró en un balcón a curiosear. Varias balas se incrustaron en el marco y en las alas de la ventana y fue un milagro que no lo mataran. El mismo Melo le presentó excusas al día siguiente. Decomisaron todos los caballos y fueron por ellos a todos los establos que no fueran de propiedad de extranjeros.

Al amanecer me despertaron los disparos de cañón en celebración del éxito obtenido durante la noche. Me levanté y fuia preguntarle a una sirvienta qué estaba pasando. Me dijo que había una revolución, entonces me puse el sombrero y fui a la plaza. En la esquina noroeste me encontré con un pelotón de reclutas, todos sucios, que cerraban la calle. “No puede seguir, señor”, me dijo uno. “Sí, si puede, dijo otro, no podemos detener a los extranjeros. Siga, señor”. Pero yo preferí no hacerlo y me puse a mirar lo que sucedía en la plaza. Había allí muchos hombres reunidos, la mayoría de ruana, y parecían muy divertidos en su papel. Después me fui a la casa, acabé de arreglarme y me dirigí a la del vicepresidente. Nadie me contestó y alguien me informó que al amanecer habían mandado llamar al señor Obaldía de Palacio y que todavía no había regresado.

Me fui a Palacio y encontré una guardia numerosa en la puerta. Le pedí permiso para entrar al mayor Jirón (sic), quien comandaba la guardia, y me contestó que esperara un momento. En ese instante un ayuda de campo se le acercó y le entregó una orden. Jirón reaccionó haciéndolo arrestar. Cada cual quería arrestar al otro, pero las órdenes del ayuda de campo tuvieron más vigor, y entonces Jirón intentó apuñalear al oficial que lo iba a arrestar a él, pero inmediatamente le pusieron una pistola contra el pecho y lo rodearon de espadas. Yo di un brinco para salir del campo de fuego y creí verme cubierto de sangre en un minuto, pero el mayor se rindió y tomó su puesto en las filas.

Obaldía estaba mirando la escena desde un balcón y le pedí que diera órdenes de que me dejaran entrar, lo cual hizo inmediatamente. Adentro me enteré de que Melo le había ofrecido a Obando la dictadura y que éste había rechazado el ofrecimiento después de consultar con sus ministros. El mensaje que el ayuda de campo le había traído a Jirón era la orden de hacer prisioneros al presidente y a los miembros del gabinete. Jirón se había negado a cumplirla y ahora él estaba prisionero afuera y yo adentro. En Palacio reinaba gran confusión, nadie se sentaba y nadie se quedaba en la misma habitación ni un minuto.

Fácil y rápidamente logré que me dejaran salir. Busqué a la señora de Obaldía y la llevé a la casa del señor Green, nuestro Ministro. Nos fuimos por un callejón y nadie nos detuvo; cuando llegamos ya se encontraban allí otras personas que habían ido a buscar asilo. Las casas de todos los embajadores y cónsules tenían izada la bandera y en ellas habían encontrado refugio hombre y joyas. Es digno de observar que en todo este tiempo no se había derramado ni una gota de sangre.

Después me contaron que si no hubiera sido por la presencia de un extranjero, a quien se temía herir en el encuentro, al mayor Jirón lo habrían “hecho picadillo”. Con todo el debido respeto al mayor, considero que su arresto, su resistencia y el peligro que corrió fueron una farsa, que yo tuve el placer de presenciar. ¿ Por qué razón no detuvieron a los miembros del gabinete al mismo tiempo que a otros hombres importantes? Horas más tarde los condujeron a cárceles |seguras; al presidente lo arrestaron en Palacio y al vicepresidente lo dejaron en libertad e inmediatamente fue a buscar refugio bajo la bandera americana.

Existe una teoría que explica todo, hasta la libertad de Obaldía, pero que quizá sea injusta. Es curioso, pero a Herrera, el designado, también lo llamaron a la reunión del gabinete y en vez de asistir, buscó asilo inmediatamente en la legación americana. Si hubiera ido a Palacio, Melo habría tenido en sus manos a todo el poder ejecutivo: presidente, vicepresidente, designado y ministros. Lo más probable es que si hubiera estado el designado, Melo habría detenido también al vicepresidente.

Melo asumió la dictadura antes de la noche, “después de haber esperado en vano a que Obando cambiara su decisión”. Yo fui a pedirle que dejara en libertad a algunas de las personas detenidas sin razón, y me aseguró que ya había dado órdenes de ponerlas en libertad. Hubo gran demanda de camisas de tela burda y ruanas; los únicos sacos que se veían por la calle eran los de los extranjeros. Viejos enemigos políticos hicieron nuevas amistades bajo la presión del peligro común | | (3) .

También hubo cambios súbitos de opinión. El orejón, cuyo retrato engalana el Capítulo VIII, llegó a la ciudad y pretendió estar feliz con el curso de los acontecimientos. Se fue a casa gritando: ¡ Viva la revolución!, pero cuando llegó encontró que en aras de la gloriosa causa le habían decomisado todos los caballos y mulas capaces de llevar silla o enjalma.

Me he dado cuenta también de que aun cuando mi buena patrona Margarita tiene una prevención bastante grande en contra de los cachacos, ordenó a la cajera que solo diera crédito moderado a los de ruana. Hace mucho tiempo que me ha llamado la atención el desprecio que le merecen los petimetres que gastan libremente y pagan poco. Uno de ellos está cortejando a una muchacha que vive al frente y cierta vez debía tantas copas de brandy que dejó de venir a la tienda. Una noche que estaba conversando con ella, se sorprendió al ver entrar a la cajera, quien “le presentó los saludos de la señora Margarita y le aconsejó que pagara la deuda del brandy o se pusiera el sombrero con barbuquejo, porque de lo contrario un día la señora se lo arranca de la cabeza”. El tipo pagó esa noche la cuenta.

Melo ha dictado un decreto orgánico, el cual anunciaron, como es de rigor, por bando, lo cual consiste en enviar a un civil, un tambor y un pelotón de soldados a las esquinas, donde el primero da lectura a aquel. Entre otras cosas, entiendo que Melo ha proclamado que la Nueva Granada es de nuevo una nación católica... ; pero ni así se salva el general.

La orden del día es reclutar hombres. Se invita a todos a alistarse en la guardia nacional y los que no lo hacen son detenidos e incorporados inmediatamente al ejército. Los hombres dedicados a abastecer el mercado vienen y van sin que nadie los moleste, porque Bogotá tiene que comer. Centinelas apostados alrededor de la ciudad dejan pasar a todo el que quiere entrar pero no permiten salir sino al que tenga permiso de Obregón, lugarteniente de Melo. De vez en cuando algún congresista y personas a quienes no les han dado pase huyen en la noche por los potreros. Así esperan reunir un ejército para derrocar al dictador. Herrera se escapó el miércoles por la noche.

Obregón le dirigió varias notas a los representantes extranjeros, quienes le respondieron, en general, que su deber era mantener relaciones cordiales con el gobierno de facto y no tomar parte en las disensiones internas del país. Obregón habla inglés, de manera que nuestro encargado no necesitó intérprete; él es el único de los ministros en Bogotá que no sabe español. No pude ver a Samper después de que se escondió. Quizá él y Murillo fueron las personas que más peligro corrieron. Yo le llevé varias veces a la señora de Murillo cartas de éste; en una ocasión, estando conversando con un oficial de Melo, se me cayó una al suelo, y él amablemente la recogió y me la entregó sin mirar a quién iba dirigida. Después del incidente, toda la correspondencia se disfrazaba como una intriga de amor.

Entre tanto, ¿cuál era la posición de Obando? Según la versión oficial, estaba prisionero, pero yo no creo. A él no lo vigilaban estrechamente, como a sus secretarios. Para visitarlo conseguí permiso inmediatamente; en cambio, me costó mucho trabajo lograr visitar a los secretarios, a los cuales no se les permitía escribir ni recibir visitas privadas. En los apartamentos de Obando no había ningún soldado o guarda y ni siquiera la ventana por donde escapó Bolívar estaba vigilada.

En Bogotá se estaba esperando un cargamento grande de dinero que debía venir por el río Magdalena; por lo tanto Melo decidió ampliar su campo de operaciones y envió destacamentos a La Mesa, Facatativá y Guaduas. Las tropas que estaban vigilando el presidio de Guaduas se retiraron ante la superioridad numérica de las fuerzas de Melo. Estas, al no encontrar resistencia, avanzaron a Pescaderías, que se halla al frente de Honda. En esta ciudad se encontraba el gobernador de Mariquita, Mateo Viana, tratando de reclutar suficientes hombres para impedir que las tropas revolucionarias cruzaran el río. Detuvieron los barcos en la orilla occidental mientras Viana intentaba reclutar gente, pero como no tuvo éxito, se retiró y los soldados de Melo pudieron cruzar el río tranquilamente. Pero el dinero no llegó sino hasta Mompós, de donde lo devolvieron en espera de tiempos más tranquilos.

Melo necesitaba hombres y dinero. El tesoro estaba casi vacío cuando él se tomó el poder. Los revolucionarios tuvieron que recurrir a las contribuciones forzosas, a veces impuestas con gran crueldad. Por este motivo, o quizá por otro, detuvieron al señor Logan, ciudadano inglés, y no debo dejar de mencionar que una de las consecuencias de esta detención fue la de lesionar nuestro honor nacional.

El señor Logan, conducido por un guarda, pasó por frente de la legación americana, entonces a cargo del señor John A. Bennet, ya que el señor Green había regresado a los Estados Unidos. El señor Logan aprovechó para escaparse del guarda y entrar a la legación, donde cerraron inmediatamente la puerta. Poco después fue asaltada la legación, no obstante que nuestra bandera ondeaba sobre ella. La puerta quedó llena de impactos de bala. El señor Logan, no queriendo exponer la vida del señor Bennet, salió y se entregó.

El señor Bennet le pidió a Melo que castigara a los asaltantes, pero lo único que consiguió fue que su vida permaneciera en constante peligro hasta la caída del dictador. Cuando se reinstauró el gobierno, Bennet volvió a exigir que se juzgara y se fusilara a los criminales. Creo que su petición debió haber sido reforzada por una flota al frente de Cartagena basta que hubieran castigado a los sinvergüenzas, más como medida útil para salvar en el futuro la vida de americanos inocentes, que como castigo de unos forajidos que por llevar fusiles de la nación se sentían libres de toda responsabilidad individual. A su debido tiempo el señor Green fue reemplazado por otro político a quien el partido recompensaba servicios prestados, y el gobierno granadino arregló el asunto pagándole al señor Bennet los daños de la puerta y presentándole excusas por el insulto de haberle acribillado a bala su casa.

Pero volvamos a nuestra historia. Para las autoridades constitucionales, la región en que más podía confiarse era el norte del país. En Zipaquirá se encontraba un destacamento del ejército a órdenes de Melo; en Tunja también había algunos conspiradores, pero la densa e industriosa población de esta provincia era en general fiel al orden constitucional. El general Herrera escapó a Chocontá y en vista de que Obando y Obaldía estaban prisioneros en Bogotá, comenzó a ejercer los poderes ejecutivos.

Designó al general Franco como comandante en jefe, y el 19 de mayo este último atacó imprudentemente a Zipaquirá, y luchó con valentía pero murió en el combate. El general Buitrago dirigió un ejército de más de 4.000 hombres hacia el norte de la Sabana, más allá de Zipaquirá, donde fue atacado y aniquilado por Melo y 800 veteranos. El designado huyó, rodeado por todas partes del enemigo, pero logró escapar a través de los montes del occidente y llegar al Magdalena.

La situación no era mejor en el sur. Claro está que nada bueno podía esperarse de Mateus, el gobernador del Cauca, quien tenía a su mando 800 hombres, pero no tuvo oportunidad de aprovecharlos para causar daños. En Popayán la revolución estalló ocho días antes que en Bogotá, pero fue dominada rápidamente. Del 16 al 21 de mayo los amigos de Melo controlaron de nuevo la situación, se apoderaron de Popayán y volvieron a perderla después de una violenta batalla. En las calles de Cali se luchó durante dos días hasta que los conspiradores capitularon. En Antioquia se dominó muy pronto la rebelión, pero a costa de la vida del gobernador Pabón.

Julio Arboleda, presidente del Senado, se refugió en la legación danesa hasta que pudo escapar a Honda. Fortificó a esta última con cañones viejos, que si los hubieran disparado posiblemente habrían herido a alguien. Amenazado por las tropas de Melo, las atacó de improviso en Guaduas y con menos de 100 hombres, a punta de bayonetas, derrotó a 300 melistas. Parece que hay cierta analogía entre esta acción y la captura de las tropas mercenarias hesienses en Trenton. Las dos son el comienzo del triunfo final.

Después de esta victoria Arboleda se estableció en Guataquí, en la banda oriental del Magdalena, a un día de camino de la desembocadura del Coello. Reunió hombres y barcos para poder defender inmediatamente cualquier punto del río que atacara Melo, y así el Congreso pudo instalarse en Ibagué, no en Ocaña como se había pensado en un comienzo. La primera medida que tomó el Congreso el 27 de septiembre fue la de destituir a Obando, y como para ese entonces Obaldía se había escapado de Bogotá, el ejecutivo pasó de las manos de Herrera, el designado, a las suyas.

Arboleda había derrotado también a las tropas melistas en Anapoima y Anolaima, y el 11 de septiembre el ejército del ejecutivo ocupó La Mesa. El ex-presidente López comandaba todas las fuerzas, incluyendo las reunidas en el Cauca, y Arboleda había traído algunas armas de artillería para fortalecer la defensa. En Tena se discutió acaloradamente si se debería inutilizar los cañones o llevarlos a la Sabana, y al fin se permitió a los antioqueños hacer el intento de subirlos, proeza que lograron cumplir.

En asaltos previos a Bogotá el cruce del río de este nombre se había defendido fuertemente. Había que pasarlo por una región pantanosa, acción muy arriesgada para hacerla al frente de un enemigo preparado. Sin duda Melo esperaba que este sería el sitio para la batalla decisiva, como fueron las del Santuario y la Culebrera. Pero debió sufrir una decepción, porque las tropas del Congreso cruzaron el río en las inmediaciones del salto de Tequendama. Los antioqueños pasaron los cañones un poco más abajo y su esfuerzo heroico terminó cuando los colocaron sobre la carretera de las minas de carbón de Cincha, la cual describí en el capítulo XX.

Melo no estaba en condiciones de vigilar el inmenso circuito de la Sabana. Creía que el enemigo entraría por Barro Blanco o por el ascenso más al norte de Anolaima, pero éste pasó por la hacienda de Tequendama antes de que Melo se diera cuenta, avanzó a Soacha y llegó al occidente de Bogotá. El primer sitio donde Melo tuvo alguna esperanza de detener al enemigo fue el río Bosa.

En mayo López había estado en Barro Blanco con 800 hombres y había visto derrumbarse todas las esperanzas de la nación en Zipaquirá y Tiquiza. Ahora, en Bosa, esperando entregarle el mando de un ejército numeroso al General Herrán, miraba hacia el norte lleno de esperanza. Mosquera estaba en camino. Había desembarcado en la costa a principios de mayo, venía por motivos comerciales, pero a la primera oportunidad el designado entregó el mando del ejército. Mosquera avanzó hacia Bogotá a través de Ocaña y de las provincias del norte, sufriendo algunos reveses pero aumentando sus fuerzas a medida que se aproximaba a la Sabana. Mi amigo Jirón fue derrotado en Pamplona y Melo no tenía hombres al norte de Zipaquirá. Los melistas de Zipaquirá habían tenido que retirarse y la única posibilidad que le quedaba al dictador era derrotar a uno de los ejércitos enemigos antes de que se reunieran en la Sabana.

Dejando la capital completamente desguarnecida y en vista de que las tropas de Mosquera estaban todavía demasiado lejos, Melo marchó con todos sus hombres a enfrentarse a Herrán, que estaba a cinco millas de Bogotá. El 22 de noviembre de 1854 se trabó una lucha prolongada e incruenta entre un ejército de veteranos desesperados y otro más numeroso, que luchaba por una causa mejor. El triunfo de ese día lo decidió la artillería, traída desde Honda con tanta dificultad como para pensar que transportarla era una locura.

El ejército del Congreso avanzó hasta Tres Esquinas, al sureste de la Sabana, desde donde parecen irradiar tres arroyos y cuatro caminos. Allí un destacamento de las mejores tropas melistas se había atrincherado en una curva del camino, en zanjas profundas y detrás de tapias gruesas, para presentar al día siguiente una vana resistencia al avance cauteloso de Herrán. Castro estaba al mando de los melistas, que de nuevo quedaron derrotados por la artillería y muchos fueron hechos prisioneros.

¿Y ahora se debería atacar inmediatamente a Bogotá? Los jefes militares eran partidarios de hacerlo, pero Obaldía y los ministros pensaron que la medida sería demasiado arriesgada. Mosquera llegaría pronto y por muy atrincherado que estuviera Melo, su derrota sería segura. Pero era peligroso exponerse a ser expulsado de la Sabana antes de que se reunieran los dos ejércitos.

¡Pobre Bogotá! Debe haber monjas que desde las torres de sus conventos han visto cuatro veces decidir la suerte de la ciudad a sangre y fuego. Baraya la asaltó en diciembre de 1812, pero fue rechazado. Bolívar la atacó y la tomó en diciembre de 1814. Bogotá cayó después de la batalla de Santuario, el 27 de agosto de 1830; y la de la Culebrera, el 28 de octubre de 1840, salvó la ciudad. Pero nunca, desde su fundación, sus habitantes habían visto y quizá jamás volverán a ver nada semejante a lo ocurrido el 3 y el 4 de diciembre de 1854.

El 2 de diciembre Mosquera llegó a Chapinero, exactamente en el límite norte del plano de Bogotá que figura en el capítulo X. Al día siguiente, a medio día, las tropas de Melo luchaban inútilmente con la vanguardia del ejército de Herrán en Las Cruces, al extremo sur de la ciudad. Palmo a palmo los melistas se fueron retirando, hasta que a media noche estaban resistiendo el ataque en San Agustín y San Bartolomé. Durante quince horas eternas defendieron a veces un metro, a veces una yarda, un fusil o una torre, pero el enemigo avanzó implacablemente sobre ellos desde Palacio.

Por su parte Mosquera no estaba ocioso: tomó a San Diego y presioné sobre Las Nieves. El cuartel general de Melo se encontraba en San Francisco. Al oriente lo cercaban las montañas; al occidente, la Sabana estaba en manos de las fuerzas del vicepresidente. La plaza de San Francisco estaba acorralada y repleta de las tropas melistas que cruzaron el puente al sur; mientras tanto La Tercera cayó en manos de Mosquera.

Pero en el momento en que el triunfo se aproximaba y el final de la lucha era inevitable, el país perdió un hombre cuya vida valía más que la de diez Melos. El designado Herrera, cuando Obaldía asumió las funciones ejecutivas, se convirtió en un simple general, de inferior rango a Mosquera, a quien él mismo había nombrado comandante del ejército del Congreso, y ahora combatía bajo sus órdenes. El candidato derrotado por Obando en las elecciones y que no obstante había sido elegido designado; el hombre fiel al ejecutivo en todas las revoluciones y que había luchado contra Herrán y Mosquera, contra López y Obando, murió en las calles de Bogotá, derramando su sangre por la causa de la autoridad constitucional.

Pero entonces oyó el dictador un sonido aterrador: las campanas de la catedral repicaban a vuelo anunciando que los melistas habían perdido la plaza. En la Calle Real un cañón apuntaba hacia los cuarteles de San Francisco. La revolución estaba viviendo sus últimos momentos, exactamente en el mismo sitio donde había nacido en el bochinche del Viernes Santo. Las tropas melistas pedían a gritos que se terminara la batalla. Desesperado y casi fuera de sí Melo envió un oficial a Mosquera para ofrecerle rendirse si se le respetaba la vida. Mosquera le dio su palabra..., neciamente, quizá, pero no la quebrantó nunca. La guerra había terminado.

Es posible que antes de leer este párrafo, el lector diligente se haya enterado de que pronto se harán las elecciones para elegir el nuevo presidente de la Nueva Granada, entre tres candidatos, todos ellos mencionados en estas páginas. Si saliera escogido Tomás Cipriano de Mosquera, se abriría para el país un futuro de prosperidad. Si fuera Mariano Ospina, nuestro único temor sería la posibilidad del dominio clerical. Pero si Manuel Murillo fuera el favorecido, como posiblemente lo será, entonces el país debe prepararse para afrontar todos los problemas que puede crear un hombre imprudente, que le gusta experimentar, pero que al mismo tiempo es un patriota profundamente sincero. A la Nueva Granada le corresponde un futuro venturoso, ¡esperamos que este llegue pronto!

1. El pie de fuerza para todo el país era de mil hombres. Véase Gustavo Vargas Martínez, Colombia 1854, Melo, los artesanos y el socialismo, Editorial La Oveja Negra, 1972, p. 76. (Nota de la traductora). (regresar 1)
2. Según .J. M. Samper, desde hacia varios días Murillo, sintiéndose amenazado, se había escondido. Samper relata los sucesos de la noche del golpe de Melo y los acontecimientos posteriores hasta la caída de Melo en Historia de un alma, Bolsilibros Bedout, Medellín, 1971, pp. 337-389. (Nota de la traductora). (regresar 2)
3  Los liberales radicales corno Samper, Camacho Roldán y | el general José Hilario López se aliaron en 1854 con los jefes rebeldes del 51 para reprimir el movimiento revolucionario dirigido por Melo. (Nota de la traductora). (regresar 3)

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