(continuar capítulo
"Suplemento")
Por el momento me reservo la narración de los hechos
incongruentes que sucedieron durante la tarde. Se suponía que
después de las Lamentaciones habría un sermón predicado por un
fraile dominico con fama de hablar larguísimo. Fui a oírlo y
encontré la puerta principal de la catedral cerrada por miedo al
populacho. Desafortunadamente la del perdón estaba abierta y aunque
entré muy tarde, después pensé que lo había hecho demasiado
temprano. El sermón comenzó a las nueve y el tema era “los
dolores de Nuestra Señora de la Soledad después de la muerte de
Cristo”. Yo había logrado conseguir asiento al frente del
púlpito. Los olores de cuerpos mal lavados y de úlceras enconadas
hacían insoportable el ambiente. Por fin, viendo que las pulgas
habían dejado un tendido de sangre en el sitio donde estaban
sentadas las mujeres, decidí no prestarme a ser víctima de esos
bichos y me fui a casa.
La Misa de Gloria fue el sábado a las 8 de la mañana y ese día
celebraron muchísimas ceremonias de carácter anual. Prendieron
fuego con eslabón y pedernal y encendieron el enorme cirio pascual,
al cual le habían pegado cinco trozos de incienso. Consagraron el
agua y el aceite. Los sacerdotes se postraron otra vez, como ayer,
y permanecieron cubiertos por mucho rato. Después entraron a la
sacristía y regresaron vestidos con ornamentos blancos.
Durante la misa descorrieron el velo morado y en ese momento
lanzaron un volador, empezaron a repicar la campanilla del altar y
echaron a vuelo las campanas de todos los tamaños, enteras y
rajadas, de esta iglesia y de todas las de la ciudad y se
desquitaron del silencio de dos días. La gente empezó a
dispersarse, terminó la misa y me fui para la casa, feliz de saber
que por hoy no tenía que asistir a más ceremonias.
Domingo de Pascua. Estaba todavía oscuro cuando salí a la calle
impulsado más por el sentido del deber que por la curiosidad. En
Santo Domingo ya había varias mujeres arrodilladas al frente de la
puerta que no abrirían sino una hora después. Por la noche había
llovido y el aire estaba frío y húmedo. Adentro, en la Veracruz,
estaban las velas encendidas y la muchedumbre se agolpaba alrededor
de las puertas cerradas, que abrieron a las cuatro. El altar estaba
bellísimo. Había un arcón de carey con una imagen encima, mucho más
grande que la del viernes, con una bandera roja en la mano
izquierda y la derecha señalando el cielo. A cada lado había un
soldado tendido en el suelo y medio incorporado, pero no en la
actitud de haberse caído violentamente. Oí misa, regresé a casa y
me volví a acostar.
A las ocho estaba otra vez en la calle y me encontré con la
Virgen (paso 38) que iba a encontrarse con la figura del sarcófago
(Nº 39). Al frente de la procesión un hombre lanzaba cohetes y
llevaban descubierta la cruz alta de plata que había precedido
todas las procesiones de la semana, pero envuelta en velos. Las
calles estaban repletas de gente. Pensé que era inútil tratar de
entrar en la catedral, pero para mi sorpresa no tuve ninguna
dificultad, gracias a la innata amabilidad hasta del más humilde de
los granadinos. Logré llegar hasta mi puesto favorito encima del
coro. Allí oí juiciosamente toda la misa mayor pero no vi nada que
valiera la pena de relatar.
Al salir le pregunté a un sacerdote dónde podría escuchar un
sermón y me dijo que no creí a que se predicara ninguno ese día en
todo Bogotá. Después me enteré que había uno esa noche en Santo
Domingo. Asistí y encontré un buen puesto, del que me sacó el olor
de mi vecino y como no pude encontrar otro sitio y no tenía
intenciones de oír el sermón de pie, me fui para la casa y así
terminó para mí la Semana Santa.
En cuanto a la impresión que dejó en mí, fue de absoluta fatiga
y desengaño. Algunas de las imágenes tenían rostros hermosos;
otras, muy pocas, estaban bien hechas, pero poquísimas eran las que
no desafiaban los principios de la anatomía y las leyes de la
gravedad y las que tenían actitudes naturales; y aunque hubiera
habido alguna que fuera una obra de arte, lo más probable es que
habría pasado inadvertida. Me imagino que rebajar los temas
sagrados debe tener un efecto terrible en las personas que se
dedican a su comercio. Pero aun suponiendo que todo se hiciera de
acuerdo con el mejor estilo artístico, ¿servirla para despertar la
piedad interior? No lo creo. Algunas de las
|crucifixiones
son realmente buenas, impresionan al que las contempla, pero con el
tiempo pierden fuerza y lo único que hacen es embotar los
sentimientos frente a objetos más ordinarios de meditación. En
cuanto al mérito de estas ceremonias, participo del juicio que de
ellas tienen todos los granadinos cultos. Entre ellos existe el
deseo general de que la ley prohíba todas las procesiones en las
calles. Respecto al problema teológico de permitir esta clase de
llamado a los sentidos, mi opinión es diferente, pero no es este el
sitio para entrar a analizar el problema.
Volvamos ahora al bochinche del viernes por la noche. Nadie sabe
cómo se originó. Empezó cerca del puente, del convento y de los
cuarteles de San Francisco, pero más al sur. Es posible que todo
comenzara porque en algún comedero un muchacho, teórico vehemente,
insultara a algún oficial, o viceversa. Las clases bajas tomaron el
partido de los militares. La piedra volaba. Los señores bien
vestidos salieron corriendo. Yo salí a ver qué pasaba pero no pude
ver nada. El gobernador Pedro Gutiérrez Lee fue rápidamente al
lugar de los acontecimientos. Ordenó que un pelotón de soldados se
apostara al otro lado de la calle, al sur del puente. Yo vi cuando
se alistaron y salieron del cuartel.
Las calles se llenaron de artesanos jóvenes y de vagos. Observé
de cerca la conducta del gobernador y me pareció que había actuado
muy sensatamente, sin brusquedad, con persuasión y a veces con
sentido del humor. Pasó por entre la multitud que se había
congregado entre el puente y la catedral. La guardia de policía
armada ocupó la plaza pero no actuó. No se hicieron arrestos y todo
se tranquilizó.
En el último capítulo decía que estaba convencido de que
habíamos visto la última revolución granadina y debo añadir que
conservé esa opinión aun después de los incidentes de la Semana
Santa. En primer lugar, la autoridad había triunfado en las dos
últimas revoluciones. En segundo lugar, la liberación de la Iglesia
había removido el motivo más fuerte para que los fanáticos se
levantaran en armas. Por consiguiente, no hice caso de los rumores
que había oído desde comienzos de marzo hasta mediados de abril, ya
que estaba seguro de que cualquier intento revolucionario
fracasaría. No tuve en cuenta, como debí hacerlo, que había muy
poca posibilidad de fracasar. Casi todos los hombres eminentes del
país habían sido rebeldes en 1841 o en 1851. Según las leyes
vigentes, la traición no es un crimen, aun cuando haya
derramamiento de sangre. En segundo lugar, no pensé que se podría
desatar una guerra civil aunque no se tuviera posibilidades de
éxito final, simplemente para satisfacer sentimientos de
venganza.
El mismo gobierno estaba desesperado. Había hecho demasiadas
concesiones a las teorías de los republicanos rojos, los gólgotas.
Estos teóricos habían adoptado la creencia de que el sufragio
universal y la constitución libre eran el remedio a todos los
males. Tenían, como dice su intérprete Samper, “una fe ciega
en los principios”. Los republicanos habían introducido
cambios con demasiada rapidez y estaban inclinados a hacer
experimentos de toda clase, y en especial, le tenían un odio
exaltado al ejército. En realidad, el ejército de la Nueva Granada
me dio la impresión de ser más bien un estorbo, aunque era pequeño
y su importancia cada vez menor
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(1)
; además habían fracasado todos los
intentos de crear una guardia nacional.
El general Melo, comandante de la caballería en Bogotá, se había
convertido en persona especialmente desagradable a los
Gólgotas, que lo odiaban. Un ex-gobernador me comenté un día:
“Las tropas de Melo acaban de pasar a mi lado llenas de
violencia, les habría importado un bledo arrollarme; si hubiera
tenido una pistola les habría disparado”.
En diciembre de 1858 acusaron a Melo de haber asesinado a un
cabo llamado Ramón Quirós. Uno o dos días después de que lo
hirieran, Quirós declaró en su lecho de muerte, en el hospital
militar, que una persona desconocida lo había apuñaleado en la
calle. La mitad de los bogotanos está convencida de que Quirós
murió con una mentira en los labios para salvar al asesino. Dicen
que Quirós salió del cuartel por la noche, con una ruana encima del
uniforme, lo cual va contra el reglamento, y regresó completamente
borracho. Melo le llamó la atención, el cabo le contestó con
insolencia y aquél tuvo la estupidez de apuñalearlo. Quirós murió
tres días después diciendo que no fue Melo quien lo hirió. El
conservador Gutiérrez, elegido gobernador, se posesionó el día
primero de enero de 1854 y con base en estas historias procedió a
tomar declaraciones sobre el asunto. Si Melo era inocente, tenía
injurias que vengar y fuera o no culpable, debería enfrentarse a la
posibilidad de un castigo.
También era evidente que la administración estaba rodeada de
enemigos. El clero estaba en su contra porque el gobierno había
privado de libertad y desterrado a obispos, y la Iglesia le había
retirado todo su apoyo. Casi todos los gobernadores elegidos en
septiembre eran enemigos del gobierno y estoy convencido de que en
muchos casos los sacerdotes habían intervenido en forma escandalosa
en las elecciones. Es así como el gobierno, en una posición de
centro, contaba con pocos partidarios, relativamente indiferentes,
y con enemigos muy activos y resueltos, que tenían muy poco que
perder y nada que ganar en un
|“coup
d’état”.
|
Numerosas personas veían la situación mucho más grave que yo y
estaban seguras de que iba a haber una conspiración. El Senado
mediante una resolución pidió al ejecutivo que pusiera el ejército
bajo el mando del gobernador para proteger a la ciudad de un golpe
militar. Obando le aseguró que sus temores eran infundados, pero
tan poco convencidos quedaron algunos, que pensaron llevar a cabo
una contra-revolución y tomarse los cuarteles de San Francisco con
“armas blancas”, es decir, con espadas y puñales.
Pero por último se llegó a la conclusión de que esa medida sería
demasiado extrema.
Por la noche fui invitado a una fiesta, a la que no asistí por
ser domingo. Allí estaban presentes muchos de los senadores que
eran enemigos acérrimos del ejército y otros se encontraban en una
reunión diferente. Antes de la media noche habían armado a muchos
hombres de las clases bajas, enemigos de los de saco y buenas
maneras, y amigos de toda novelería, y los militares procedieron a
arrestar a todo el que les parecía peligroso. El gobernador
Gutiérrez, que había renunciado el sábado, vio el peligro a tiempo
y se fue de Bogotá. El coronel Emigdio Briceño, hombre excelente,
lo reemplazó el domingo por la noche, y no alcanzó a ser gobernador
cuatro horas cuando ya lo habían hecho prisionero. En la fiesta a
que yo había sido invitado fue en la que más arrestos hubo; se
llevaron a todos los hombres, inclusive a los sirvientes. Pero los
más buscados lograron escapar; algunos se fueron de Bogotá y otros
se escondieron. Samper, que estaba en el congreso, su amigo
Murillo, ex-secretario de Hacienda y hoy presidente de la Cámara de
Representantes, vivían juntos. Samper y la señora de Murillo se
hallaban en una reunión y Murillo en otra parte
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|
(2)
. Les atacaron la casa e
hicieron una descarga de mosquetería antes de que regresaran, por
lo cual lograron escapar. La casa sufrió bastante, pero no se
llevaron más que cosas de comida.
Lo peor que sucedió esa noche fue que le dispararon a un orfebre
francés que se paró en un balcón a curiosear. Varias balas se
incrustaron en el marco y en las alas de la ventana y fue un
milagro que no lo mataran. El mismo Melo le presentó excusas al día
siguiente. Decomisaron todos los caballos y fueron por ellos a
todos los establos que no fueran de propiedad de
extranjeros.
Al amanecer me despertaron los disparos de cañón en celebración
del éxito obtenido durante la noche. Me levanté y fuia
preguntarle a una sirvienta qué estaba pasando. Me dijo que había
una revolución, entonces me puse el sombrero y fui a la plaza. En
la esquina noroeste me encontré con un pelotón de reclutas, todos
sucios, que cerraban la calle. “No puede seguir, señor”,
me dijo uno. “Sí, si puede, dijo otro, no podemos detener a
los extranjeros. Siga, señor”. Pero yo preferí no hacerlo y me
puse a mirar lo que sucedía en la plaza. Había allí muchos hombres
reunidos, la mayoría de ruana, y parecían muy divertidos en su
papel. Después me fui a la casa, acabé de arreglarme y me dirigí a
la del vicepresidente. Nadie me contestó y alguien me informó que
al amanecer habían mandado llamar al señor Obaldía de Palacio y que
todavía no había regresado.
Me fui a Palacio y encontré una guardia numerosa en la puerta.
Le pedí permiso para entrar al mayor Jirón (sic), quien comandaba
la guardia, y me contestó que esperara un momento. En ese instante
un ayuda de campo se le acercó y le entregó una orden. Jirón
reaccionó haciéndolo arrestar. Cada cual quería arrestar al otro,
pero las órdenes del ayuda de campo tuvieron más vigor, y entonces
Jirón intentó apuñalear al oficial que lo iba a arrestar a él, pero
inmediatamente le pusieron una pistola contra el pecho y lo
rodearon de espadas. Yo di un brinco para salir del campo de fuego
y creí verme cubierto de sangre en un minuto, pero el mayor se
rindió y tomó su puesto en las filas.
Obaldía estaba mirando la escena desde un balcón y le pedí que
diera órdenes de que me dejaran entrar, lo cual hizo
inmediatamente. Adentro me enteré de que Melo le había ofrecido a
Obando la dictadura y que éste había rechazado el ofrecimiento
después de consultar con sus ministros. El mensaje que el ayuda de
campo le había traído a Jirón era la orden de hacer prisioneros al
presidente y a los miembros del gabinete. Jirón se había negado a
cumplirla y ahora él estaba prisionero afuera y yo adentro. En
Palacio reinaba gran confusión, nadie se sentaba y nadie se quedaba
en la misma habitación ni un minuto.
Fácil y rápidamente logré que me dejaran salir. Busqué a la
señora de Obaldía y la llevé a la casa del señor Green, nuestro
Ministro. Nos fuimos por un callejón y nadie nos detuvo; cuando
llegamos ya se encontraban allí otras personas que habían ido
a buscar asilo. Las casas de todos los embajadores y cónsules
tenían izada la bandera y en ellas habían encontrado refugio hombre
y joyas. Es digno de observar que en todo este tiempo no se había
derramado ni una gota de sangre.
Después me contaron que si no hubiera sido por la presencia de
un extranjero, a quien se temía herir en el encuentro, al mayor
Jirón lo habrían “hecho picadillo”. Con todo el debido
respeto al mayor, considero que su arresto, su resistencia y el
peligro que corrió fueron una farsa, que yo tuve el placer de
presenciar. ¿ Por qué razón no detuvieron a los miembros del
gabinete al mismo tiempo que a otros hombres importantes? Horas más
tarde los condujeron a cárceles
|seguras; al presidente lo
arrestaron en Palacio y al vicepresidente lo dejaron en libertad e
inmediatamente fue a buscar refugio bajo la bandera
americana.
Existe una teoría que explica todo, hasta la libertad de
Obaldía, pero que quizá sea injusta. Es curioso, pero a Herrera, el
designado, también lo llamaron a la reunión del gabinete y en vez
de asistir, buscó asilo inmediatamente en la legación americana. Si
hubiera ido a Palacio, Melo habría tenido en sus manos a todo el
poder ejecutivo: presidente, vicepresidente, designado y ministros.
Lo más probable es que si hubiera estado el designado, Melo habría
detenido también al vicepresidente.
Melo asumió la dictadura antes de la noche, “después de
haber esperado en vano a que Obando cambiara su decisión”. Yo
fui a pedirle que dejara en libertad a algunas de las personas
detenidas sin razón, y me aseguró que ya había dado órdenes de
ponerlas en libertad. Hubo gran demanda de camisas de tela burda y
ruanas; los únicos sacos que se veían por la calle eran los de los
extranjeros. Viejos enemigos políticos hicieron nuevas amistades
bajo la presión del peligro común
|
|
(3)
.
También hubo cambios súbitos de opinión. El orejón, cuyo retrato
engalana el Capítulo VIII, llegó a la ciudad y pretendió
estar feliz con el curso de los acontecimientos. Se fue a casa
gritando: ¡ Viva la revolución!, pero cuando llegó encontró que en
aras de la gloriosa causa le habían decomisado todos los caballos y
mulas capaces de llevar silla o enjalma.
Me he dado cuenta también de que aun cuando mi buena patrona
Margarita tiene una prevención bastante grande en contra de los
cachacos, ordenó a la cajera que solo diera crédito moderado a los
de ruana. Hace mucho tiempo que me ha llamado la atención el
desprecio que le merecen los petimetres que gastan libremente y
pagan poco. Uno de ellos está cortejando a una muchacha que vive al
frente y cierta vez debía tantas copas de brandy que dejó de venir
a la tienda. Una noche que estaba conversando con ella, se
sorprendió al ver entrar a la cajera, quien “le presentó los
saludos de la señora Margarita y le aconsejó que pagara la deuda
del brandy o se pusiera el sombrero con barbuquejo, porque de lo
contrario un día la señora se lo arranca de la cabeza”. El
tipo pagó esa noche la cuenta.
Melo ha dictado un decreto orgánico, el cual anunciaron, como es
de rigor, por bando, lo cual consiste en enviar a un civil, un
tambor y un pelotón de soldados a las esquinas, donde el primero da
lectura a aquel. Entre otras cosas, entiendo que Melo ha proclamado
que la Nueva Granada es de nuevo una nación católica... ; pero ni
así se salva el general.
La orden del día es reclutar hombres. Se invita a todos a
alistarse en la guardia nacional y los que no lo hacen son
detenidos e incorporados inmediatamente al ejército. Los hombres
dedicados a abastecer el mercado vienen y van sin que nadie los
moleste, porque Bogotá tiene que comer. Centinelas apostados
alrededor de la ciudad dejan pasar a todo el que quiere entrar pero
no permiten salir sino al que tenga permiso de Obregón,
lugarteniente de Melo. De vez en cuando algún congresista y
personas a quienes no les han dado pase huyen en la noche por los
potreros. Así esperan reunir un ejército para derrocar al dictador.
Herrera se escapó el miércoles por la noche.
Obregón le dirigió varias notas a los representantes
extranjeros, quienes le respondieron, en general, que su deber era
mantener relaciones cordiales con el gobierno de facto y no tomar
parte en las disensiones internas del país. Obregón habla
inglés, de manera que nuestro encargado no necesitó intérprete; él
es el único de los ministros en Bogotá que no sabe español. No pude
ver a Samper después de que se escondió. Quizá él y Murillo fueron
las personas que más peligro corrieron. Yo le llevé varias veces a
la señora de Murillo cartas de éste; en una ocasión, estando
conversando con un oficial de Melo, se me cayó una al suelo, y él
amablemente la recogió y me la entregó sin mirar a quién iba
dirigida. Después del incidente, toda la correspondencia se
disfrazaba como una intriga de amor.
Entre tanto, ¿cuál era la posición de Obando? Según la versión
oficial, estaba prisionero, pero yo no creo. A él no lo vigilaban
estrechamente, como a sus secretarios. Para visitarlo conseguí
permiso inmediatamente; en cambio, me costó mucho trabajo lograr
visitar a los secretarios, a los cuales no se les permitía escribir
ni recibir visitas privadas. En los apartamentos de Obando no había
ningún soldado o guarda y ni siquiera la ventana por donde escapó
Bolívar estaba vigilada.
En Bogotá se estaba esperando un cargamento grande de dinero que
debía venir por el río Magdalena; por lo tanto Melo decidió ampliar
su campo de operaciones y envió destacamentos a La Mesa, Facatativá
y Guaduas. Las tropas que estaban vigilando el presidio de Guaduas
se retiraron ante la superioridad numérica de las fuerzas de Melo.
Estas, al no encontrar resistencia, avanzaron a Pescaderías, que se
halla al frente de Honda. En esta ciudad se encontraba el
gobernador de Mariquita, Mateo Viana, tratando de reclutar
suficientes hombres para impedir que las tropas revolucionarias
cruzaran el río. Detuvieron los barcos en la orilla occidental
mientras Viana intentaba reclutar gente, pero como no tuvo éxito,
se retiró y los soldados de Melo pudieron cruzar el río
tranquilamente. Pero el dinero no llegó sino hasta Mompós, de donde
lo devolvieron en espera de tiempos más tranquilos.
Melo necesitaba hombres y dinero. El tesoro estaba casi vacío
cuando él se tomó el poder. Los revolucionarios tuvieron que
recurrir a las contribuciones forzosas, a veces impuestas con gran
crueldad. Por este motivo, o quizá por otro, detuvieron al señor
Logan, ciudadano inglés, y no debo dejar de mencionar que una de
las consecuencias de esta detención fue la de lesionar nuestro
honor nacional.
El señor Logan, conducido por un guarda, pasó por frente de la
legación americana, entonces a cargo del señor John A. Bennet, ya
que el señor Green había regresado a los Estados Unidos. El señor
Logan aprovechó para escaparse del guarda y entrar a la legación,
donde cerraron inmediatamente la puerta. Poco después fue asaltada
la legación, no obstante que nuestra bandera ondeaba sobre ella. La
puerta quedó llena de impactos de bala. El señor Logan, no
queriendo exponer la vida del señor Bennet, salió y se
entregó.
El señor Bennet le pidió a Melo que castigara a los asaltantes,
pero lo único que consiguió fue que su vida permaneciera en
constante peligro hasta la caída del dictador. Cuando se reinstauró
el gobierno, Bennet volvió a exigir que se juzgara y se fusilara a
los criminales. Creo que su petición debió haber sido reforzada por
una flota al frente de Cartagena basta que hubieran castigado a los
sinvergüenzas, más como medida útil para salvar en el futuro la
vida de americanos inocentes, que como castigo de unos forajidos
que por llevar fusiles de la nación se sentían libres de toda
responsabilidad individual. A su debido tiempo el señor Green fue
reemplazado por otro político a quien el partido recompensaba
servicios prestados, y el gobierno granadino arregló el asunto
pagándole al señor Bennet los daños de la puerta y presentándole
excusas por el insulto de haberle acribillado a bala su
casa.
Pero volvamos a nuestra historia. Para las autoridades
constitucionales, la región en que más podía confiarse era el norte
del país. En Zipaquirá se encontraba un destacamento del ejército a
órdenes de Melo; en Tunja también había algunos conspiradores, pero
la densa e industriosa población de esta provincia era en general
fiel al orden constitucional. El general Herrera escapó a Chocontá
y en vista de que Obando y Obaldía estaban prisioneros en Bogotá,
comenzó a ejercer los poderes ejecutivos.
Designó al general Franco como comandante en jefe, y el 19 de
mayo este último atacó imprudentemente a Zipaquirá, y luchó con
valentía pero murió en el combate. El general Buitrago dirigió un
ejército de más de 4.000 hombres hacia el norte de la Sabana, más
allá de Zipaquirá, donde fue atacado y aniquilado por Melo y 800
veteranos. El designado huyó, rodeado por todas partes del enemigo,
pero logró escapar a través de los montes del occidente y llegar al
Magdalena.
La situación no era mejor en el sur. Claro está que nada bueno
podía esperarse de Mateus, el gobernador del Cauca, quien tenía a
su mando 800 hombres, pero no tuvo oportunidad de aprovecharlos
para causar daños. En Popayán la revolución estalló ocho días antes
que en Bogotá, pero fue dominada rápidamente. Del 16 al 21 de mayo
los amigos de Melo controlaron de nuevo la situación, se apoderaron
de Popayán y volvieron a perderla después de una violenta batalla.
En las calles de Cali se luchó durante dos días hasta que los
conspiradores capitularon. En Antioquia se dominó muy pronto la
rebelión, pero a costa de la vida del gobernador
Pabón.
Julio Arboleda, presidente del Senado, se refugió en la legación
danesa hasta que pudo escapar a Honda. Fortificó a esta última con
cañones viejos, que si los hubieran disparado posiblemente habrían
herido a alguien. Amenazado por las tropas de Melo, las atacó de
improviso en Guaduas y con menos de 100 hombres, a punta de
bayonetas, derrotó a 300 melistas. Parece que hay cierta analogía
entre esta acción y la captura de las tropas mercenarias hesienses
en Trenton. Las dos son el comienzo del triunfo
final.
Después de esta victoria Arboleda se estableció en Guataquí, en
la banda oriental del Magdalena, a un día de camino de la
desembocadura del Coello. Reunió hombres y barcos para poder
defender inmediatamente cualquier punto del río que atacara Melo, y
así el Congreso pudo instalarse en Ibagué, no en Ocaña como se
había pensado en un comienzo. La primera medida que tomó el
Congreso el 27 de septiembre fue la de destituir a Obando, y como
para ese entonces Obaldía se había escapado de Bogotá, el ejecutivo
pasó de las manos de Herrera, el designado, a las
suyas.
Arboleda había derrotado también a las tropas melistas en
Anapoima y Anolaima, y el 11 de septiembre el ejército del
ejecutivo ocupó La Mesa. El ex-presidente López comandaba todas las
fuerzas, incluyendo las reunidas en el Cauca, y Arboleda había
traído algunas armas de artillería para fortalecer la defensa. En
Tena se discutió acaloradamente si se debería inutilizar los
cañones o llevarlos a la Sabana, y al fin se permitió a los
antioqueños hacer el intento de subirlos, proeza que lograron
cumplir.
En asaltos previos a Bogotá el cruce del río de este nombre se
había defendido fuertemente. Había que pasarlo por una región
pantanosa, acción muy arriesgada para hacerla al frente de un
enemigo preparado. Sin duda Melo esperaba que este sería el sitio
para la batalla decisiva, como fueron las del Santuario y la
Culebrera. Pero debió sufrir una decepción, porque las tropas del
Congreso cruzaron el río en las inmediaciones del salto de
Tequendama. Los antioqueños pasaron los cañones un poco más abajo y
su esfuerzo heroico terminó cuando los colocaron sobre la carretera
de las minas de carbón de Cincha, la cual describí en el capítulo
XX.
Melo no estaba en condiciones de vigilar el inmenso circuito de
la Sabana. Creía que el enemigo entraría por Barro Blanco o por el
ascenso más al norte de Anolaima, pero éste pasó por la hacienda de
Tequendama antes de que Melo se diera cuenta, avanzó a Soacha y
llegó al occidente de Bogotá. El primer sitio donde Melo tuvo
alguna esperanza de detener al enemigo fue el río
Bosa.
En mayo López había estado en Barro Blanco con 800 hombres y
había visto derrumbarse todas las esperanzas de la nación en
Zipaquirá y Tiquiza. Ahora, en Bosa, esperando entregarle el mando
de un ejército numeroso al General Herrán, miraba hacia el norte
lleno de esperanza. Mosquera estaba en camino. Había desembarcado
en la costa a principios de mayo, venía por motivos comerciales,
pero a la primera oportunidad el designado entregó el mando
del ejército. Mosquera avanzó hacia Bogotá a través de Ocaña y de
las provincias del norte, sufriendo algunos reveses pero aumentando
sus fuerzas a medida que se aproximaba a la Sabana. Mi amigo Jirón
fue derrotado en Pamplona y Melo no tenía hombres al norte de
Zipaquirá. Los melistas de Zipaquirá habían tenido que retirarse y
la única posibilidad que le quedaba al dictador era derrotar a uno
de los ejércitos enemigos antes de que se reunieran en la
Sabana.
Dejando la capital completamente desguarnecida y en vista de que
las tropas de Mosquera estaban todavía demasiado lejos, Melo marchó
con todos sus hombres a enfrentarse a Herrán, que estaba a cinco
millas de Bogotá. El 22 de noviembre de 1854 se trabó una lucha
prolongada e incruenta entre un ejército de veteranos desesperados
y otro más numeroso, que luchaba por una causa mejor. El triunfo de
ese día lo decidió la artillería, traída desde Honda con tanta
dificultad como para pensar que transportarla era una
locura.
El ejército del Congreso avanzó hasta Tres Esquinas, al sureste
de la Sabana, desde donde parecen irradiar tres arroyos y cuatro
caminos. Allí un destacamento de las mejores tropas melistas se
había atrincherado en una curva del camino, en zanjas profundas y
detrás de tapias gruesas, para presentar al día siguiente una vana
resistencia al avance cauteloso de Herrán. Castro estaba al mando
de los melistas, que de nuevo quedaron derrotados por la artillería
y muchos fueron hechos prisioneros.
¿Y ahora se debería atacar inmediatamente a Bogotá? Los jefes
militares eran partidarios de hacerlo, pero Obaldía y los ministros
pensaron que la medida sería demasiado arriesgada. Mosquera
llegaría pronto y por muy atrincherado que estuviera Melo, su
derrota sería segura. Pero era peligroso exponerse a ser expulsado
de la Sabana antes de que se reunieran los dos
ejércitos.
¡Pobre Bogotá! Debe haber monjas que desde las torres de sus
conventos han visto cuatro veces decidir la suerte de la ciudad a
sangre y fuego. Baraya la asaltó en diciembre de 1812, pero fue
rechazado. Bolívar la atacó y la tomó en diciembre de 1814. Bogotá
cayó después de la batalla de Santuario, el 27 de agosto de 1830; y
la de la Culebrera, el 28 de octubre de 1840, salvó la ciudad. Pero
nunca, desde su fundación, sus habitantes habían visto y quizá
jamás volverán a ver nada semejante a lo ocurrido el 3 y el 4 de
diciembre de 1854.
El 2 de diciembre Mosquera llegó a Chapinero, exactamente en el
límite norte del plano de Bogotá que figura en el capítulo X. Al
día siguiente, a medio día, las tropas de Melo luchaban inútilmente
con la vanguardia del ejército de Herrán en Las Cruces, al extremo
sur de la ciudad. Palmo a palmo los melistas se fueron retirando,
hasta que a media noche estaban resistiendo el ataque en San
Agustín y San Bartolomé. Durante quince horas eternas defendieron a
veces un metro, a veces una yarda, un fusil o una torre, pero el
enemigo avanzó implacablemente sobre ellos desde
Palacio.
Por su parte Mosquera no estaba ocioso: tomó a San Diego y
presioné sobre Las Nieves. El cuartel general de Melo se encontraba
en San Francisco. Al oriente lo cercaban las montañas; al
occidente, la Sabana estaba en manos de las fuerzas del
vicepresidente. La plaza de San Francisco estaba acorralada y
repleta de las tropas melistas que cruzaron el puente al sur;
mientras tanto La Tercera cayó en manos de Mosquera.
Pero en el momento en que el triunfo se aproximaba y el final de
la lucha era inevitable, el país perdió un hombre cuya vida valía
más que la de diez Melos. El designado Herrera, cuando Obaldía
asumió las funciones ejecutivas, se convirtió en un simple general,
de inferior rango a Mosquera, a quien él mismo había nombrado
comandante del ejército del Congreso, y ahora combatía bajo sus
órdenes. El candidato derrotado por Obando en las elecciones y que
no obstante había sido elegido designado; el hombre fiel al
ejecutivo en todas las revoluciones y que había luchado contra
Herrán y Mosquera, contra López y Obando, murió en las calles de
Bogotá, derramando su sangre por la causa de la autoridad
constitucional.
Pero entonces oyó el dictador un sonido aterrador: las campanas
de la catedral repicaban a vuelo anunciando que los melistas habían
perdido la plaza. En la Calle Real un cañón apuntaba hacia los
cuarteles de San Francisco. La revolución estaba viviendo sus
últimos momentos, exactamente en el mismo sitio donde había nacido
en el bochinche del Viernes Santo. Las tropas melistas pedían a
gritos que se terminara la batalla. Desesperado y casi fuera de sí
Melo envió un oficial a Mosquera para ofrecerle rendirse si se le
respetaba la vida. Mosquera le dio su palabra..., neciamente,
quizá, pero no la quebrantó nunca. La guerra había
terminado.
Es posible que antes de leer este párrafo, el lector diligente
se haya enterado de que pronto se harán las elecciones para elegir
el nuevo presidente de la Nueva Granada, entre tres candidatos,
todos ellos mencionados en estas páginas. Si saliera escogido Tomás
Cipriano de Mosquera, se abriría para el país un futuro de
prosperidad. Si fuera Mariano Ospina, nuestro único temor sería la
posibilidad del dominio clerical. Pero si Manuel Murillo fuera el
favorecido, como posiblemente lo será, entonces el país debe
prepararse para afrontar todos los problemas que puede crear un
hombre imprudente, que le gusta experimentar, pero que al mismo
tiempo es un patriota profundamente sincero. A la Nueva Granada le
corresponde un futuro venturoso, ¡esperamos que este llegue
pronto!
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1.
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El pie de fuerza para todo el país era de mil hombres. Véase
Gustavo Vargas Martínez, Colombia 1854, Melo, los artesanos y el
socialismo, Editorial La Oveja Negra, 1972, p. 76. (Nota de la
traductora). (regresar 1)
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2.
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Según .J. M. Samper, desde hacia varios días Murillo,
sintiéndose amenazado, se había escondido. Samper relata los
sucesos de la noche del golpe de Melo y los acontecimientos
posteriores hasta la caída de Melo en Historia de un alma,
Bolsilibros Bedout, Medellín, 1971, pp. 337-389. (Nota de la
traductora). (regresar 2)
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3
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Los liberales radicales corno Samper, Camacho Roldán y
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el general José Hilario López se aliaron en 1854 con los
jefes rebeldes del 51 para reprimir el movimiento revolucionario
dirigido por Melo. (Nota de la traductora). (regresar 3)
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