INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo Cali y Viajes)
 

 

“¿Pero qué tiene que ver todo eso con el Cauca?”

“Sencillamente que aquí los conservadores y los opresores eran los mismos y que su furia instigó hechos que provocaron a los oprimidos más allá de toda resistencia. Cito los Apuntamientos de Samper, página 533: ‘La oligarquía le negó al pueblo el acceso a las tierras no ocupadas, le negó el acceso a los bosques, a los campos y a las aguas que podía utilizar y que debía tener para poder vivir. Lo encarceló por deudas, lo insultó con un desprecio que ocultaba el temor que le tenía, lo difamaron en los discursos y lo calumniaron en la prensa. Le negaron al hombre dependiente sus derechos, lo azotaron y lo martirizaron como si se tratara de un esclavo, lo despreciaron si era libre, lo oprimieron con monopolios, lo embrutecieron con superstición y lo acusaron como de un crimen por la victoria del siete de mano’ ". 

“¡Pura charlatanería! El hecho es que los ricos eran dueños de la tierra y de muchos de los habitantes, pero las clases bajas tenían plenas oportunidades de comprar la libertad y la tierra. Sin embargo no quisieron porque para hacerlo debían ser industriosos y ahorrativos, dos cosas que detestan. Pero oyeron decir que en Bogotá se estaba predicando que ‘la propiedad es un robo’ y he aquí la explicación de todo el asunto. A esta pobre gente la instigaron a aplicar el nuevo evangelio y a implantar el milenio de la barbarie”.

“¿Y fue López quien dirigió todas estas depredaciones?".

“Lo creo firmemente, pero no espero convencerlo. Estoy seguro de que el gobernador Mercado en Cali recibió dos órdenes diferentes, una para publicar y la otra para cumplir; la primera con instrucciones para reprimir la violencia y la otra para fomentarla. Pero yo sé, y usted no puede negarlo, que Antonio Mateus, entonces jefe político del cantón de Palmira, y en este momento desgraciado, Gobernador del Cauca...”.

“Por votación libre de la mayoría de los ciudadanos de la provincia”.

“Bien, si usted lo quiere. ¿Pero duda por un momento que él mismo, siendo jefe político, encabezó bandas de perreristas? ¿ Duda por un momento que se quedó parado, mirando, mientras doce de sus bandidos, uno tras otro, abusaban de una dama respetable, a pleno día, en la plaza de Caloto?”

“Yo no justifico el mal, por mucha provocación que haya, ni tampoco voy a decir que Mateus sea hombre honesto, pero ¿ en qué puedo creer cuando la mala fe conservadora no respeta ni a los muertos? ¿Ha visto usted la poesía que se publicó a la muerte de Carlos Gómez, gobernador del Cauca? Mientras la pobre viuda está agobiada por la pena, los conservadores cantan,

“La tierra tiene un bandido menos
y el infierno un diablo más”.

“Bueno, si no fue complicidad por lo menos fue su ineficiencia la que permitió que se arruinaran tantas haciendas y se empobreciera la provincia que le habían encomendado gobernar. El mismo Samper lo admite, a pesar de que defiende cuanto puede la administración de López. Dice: "El gobernador Mercado fue respecto al gobernador Gómez lo que Buenaventura al Cauca, y lo que las faltas menores son al crimen’. Y cuando la chusma asesinó a Pinto y Morales en Cartago el 19 de junio de 1851, lo único que pudo decirse en favor del gobernador es que no estaba cerca al lugar de los acontecimientos y que no participó ni para matarlos ni para salvarlos. El nombramiento de Mateus como gobernador del Cauca, aun suponiendo que hubiera sido inocente, fue una afrenta de Obando, ya que muchos los consideraban un monstruo. Obando nombró primero a Wenceslao Carvajal, liberal, es cierto, pero un hombre justo. ¿ Se opusieron entonces los conservadores?"

“No, hablaron bien de él”.

“Bien, señor Holton, ¿no fue usted testigo del pánico que cundió en la provincia cuando lo sucedió Mateus?”

“Tengo que confesar, contesté, que lamenté muchísimo esa medida del presidente. Quizá Mateus sea hombre correcto, pero hasta los jefes gubernamentales lo juzgan mal. Le pregunté a un miembro del gabinete la razón de este nombramiento, y me dijo que era responsabilidad de Obando; que el gabinete se opuso al nombramiento, pero que el presidente insistió porque Mateus le había prestado un servicio personal. Finalmente el gabinete, por respeto al presidente, dio su consentimiento. Considero esta medida como la peor, quizá la única equivocada de la administración de Obando”.

“Ahora bien, señor norteamericano, prosiguió diciendo Caldas, siempre le he oído decir que la insurrección es un crimen y que condena la de 1851. Si hubiera estado aquí entonces, ¿que habría aconsejado a los hombres del Cauca cuyas cercas estaban siendo destruidas, sus mujeres e hijas ultrajadas ante los mismos ojos de los funcionarios de la ley, y cuyas espaldas eran sometidas a la afrenta del látigo? ¿ Les hubiera aconsejado el sometimiento pasivo o la rebelión?“

“Es un caso supremamente difícil”, contesté, y estuve muy cerca de justificar a Mosquera, Herrán y Arboleda en ese momento. Pero ¿ remedió el mal la insurrección?“.

“No, y no sé de otro remedio que no sea emigrar a un país que tenga un gobierno confiable. ¿ Cree usted que se podría inducir a los Estados Unidos a que hiciera de esta región parte de su territorio?”

“Semejante medida sería inoportuna para nosotros. Tenemos un territorio compacto, de modo que cuando el Atlántico y el Pacífico estén unidos por el ferrocarril si un poder extranjero ataca alguna parte de nuestro territorio, estaremos en posición de defenderlo fácilmente. Pero si anexáramos las islas Sandwich, Panamá, Cuba o este valle, tendríamos que hacer concesiones a otros países para poder conservar la paz en los territorios agregados. Ambicionar esto sería como desear un hombre tener la nariz más larga que el brazo, con lo cual su atacante podría jalársela desde lejos, en tanto que el agredido no podría golpearlo. Para nosotros, la anexión de cualquier isla o territorio alejado sería una maldición que ninguna ventaja imaginaria podría compensar”.

“Entonces no veo más que una solución. Si esta situación continúa, tendremos que sacrificar algunas reses y salar suficiente carne para el viaje, matar el resto del ganado y los caballos que no necesitemos para que se lo coman los gallinazos, quemar las casas y dejar los campos para que los republicanos rojos se los disputen entre ellos, pues bajo semejante gobierno no puede vivir un hombre que tenga propiedades”.

Sinceramente creo que estas palabras contienen un fondo de verdad. Con las teorías de Samper, con esa “fe ciega en los principios” que él admira tanto y con la absoluta falta de ambición por la propiedad que tienen las masas, la mayoría es el tirano más peligroso que puede tener esta nación. Pero ya volveremos sobre este tema después de que hable sobre otros asuntos.

Una extraña peculiaridad de Vijes es que las tierras son de propiedad común. Alguna persona fue dueña en tiempos pasados de toda esta llanura y de los cerros adyacentes (cuyos terrenos áridos y quebrados no me interesa conocer). Al morir el antiguo dueño la propiedad la heredaron los hijos y no la dividieron. Algunos vendieron la mitad de los derechos, y en esta forma, poco a poco, hoy son dueñas de los terrenos mas de cien personas. Hay muchos casos similares en la Nueva Granada, y son numerosas las leyes dictadas para reglamentar el mejoramiento de los suelos y solucionar los problemas que surgen de esta copropiedad tan incómoda. Debe ser muy difícil efectuar una partición material, y ahora nadie la desea, pues gran porción de la llanura fértil está todavía inculta y parte de ella todavía no la he recorrido a caballo ni a pie en los muchos días que he pasado aquí. Dentro de esta área hay uno o dos cerros bastante altos, pero el resto es plano y muy fértil.

La población del distrito es de 1.160 personas, de las cuales la mayoría vive en el pueblo y el resto en la llanura cercana. Algunos hombres recuerdan que hace muchísimos años en este pueblo se intentó construir una iglesia. Empezaron con mucho ánimo y luego suspendieron el trabajo. Me parece que el cura tiene todavía esperanzas de que lo puedan reintegrar, pero yo creo que hay pocas perspectivas para ello. Este es el mejor predicador que he escuchado en la Nueva Granada, donde la oratoria sagrada es tan rara y el talento para ello mucho más escaso. Cuando lo oí estaba dirigiendo lo que nosotros llamaríamos una reunión diferida, esto es, predicando todas las tardes, durante más de una semana, sobre la posible separación de la Iglesia y el Estado. Si esta última medida hiciera trabajar a todos los sacerdotes con tanto empeño como a él, serçia útil para mantenerlos alejados de los encantos del ocio. Y si la disposición se hubiera tomado antes, quizá lo habría librado de otros males, porque dicen que en sus ratos de holganza se entusiasmó tanto por una damisela del lugar que su conducta terminó siendo escandalosa. Por último, las autoridades visitaron a los padres de |la Curita, como llamaban en el pueblo a la muchacha, y les dieron que su hija podía irse a trabajar como sirvienta en una beatería de Cali, y que si se negaba, tendrían que mandarla a la cárcel por vagabunda. En ninguna parte he visto que se preocupen tanto por la moral de un sacerdote y también veo que no sirve de nada, pues me cuentan que habría que salir de seis u ocho muchachas más para lograr que la moral del mencionado cura alcanzara las normas de la decencia. En cierta ocasión me atreví a hacerle una broma respecto a su profesión, mencionando su obvia debilidad, y él no negó la acusación sino que contestó simplemente, “Somos hombres...”.

En Vijes encontré por primera vez la planta tropical |Curcus purgans, llamada aquí purga de fraile. Me imagino que su utilidad como purgante ha contribuido a la extensión de su cultivo, el cual es sencillísimo, porque lo único que se necesita hacer es echar la semilla en la tierra. También vi en esta región otro producto natural interesante; creo que se trataba de una verdadera culebra equis, quizá la serpiente más venenosa que existe. Tenía casi tres pies de largo, pero como yo no llevaba armas ni tenía las botas puestas, resolví dejarla en paz. No creo que haya el menor peligro de que las culebras piquen a través de botas, por delgado que sea el cuero; quizá si este es suave puede haber peligro y me parece que las botas más seguras son las hechas con dos capas de bocací bien tieso.

En las lomas cercanas a Vijes vive un ermitaño. Dicen que tiene más de ochenta años, pero todavía es ágil y despierto. En la Nueva Granada no hay muchos viejos, la verdad es que he visto poquísimos. Además estaba convencido de que la clase venerable de los eremitas había desaparecido hacía siglos, pero teniendo en cuenta que tantas cosas de siglos pasados siguen vivas en estas tierras, resolví ver a este “hombre venerable” con mis propios ojos.

Con toda la sencillez de mi corazón escogí las horas sagradas del día del Señor para hacer este piadoso peregrinaje. Seguí el brazo norte del arroyo de Vijes, que desciende por entre un desfiladero rocoso. No sé cuánto tiempo caminé. El sendero era cada vez más sombrío, pero no había trazas de que se fuera a bifurcar ni a terminar, así que seguí adelante. Precisamente en el momento en que iba a renunciar a mi propósito, vi un platanal, en un sitio que parecía ser el límite extremo para el cultivo del plátano. No había ninguna casa y seguí andando, si no propiamente camino al cielo, sí loma arriba, hasta que al cruzar una roca, una choza. Inmediatamente tres perros se me avalanzaron furiosos. Confieso que me sorprendí mucho, porque se supone que cuando uno visita a un ermitaño no tiene que ir armado para defenderse de perros. Detrás salió corriendo el hijo del eremita, gritándoles que regresaran, así que pude llegar sin peligro al rancho, donde no solo encontré al “venerable hombre” sino a su mujer y a su familia. Tengo que confesar que todo esto me produjo un sentimiento muy parecido a la repugnancia. Un ermitaño debe vivir en una cueva, y si no la hay, por lo menos en una choza construida de ramas de árboles, pero esta era de barro, tan sucia como la que más, y tan pobre como las del valle. Es cierto que al frente corría un arroyo que bajaba de la loma al cual caía una cascada en miniatura, muy hermosa.

Examiné la familia, los conté y calculé la mezcla de sangre en sus venas. Había una niña y dos niños. Los mayores podían ser hijos del ermitaño, pero por algún accidente desconocido el menor tenía una proporción bastante grande de sangre africana. La mujer aparentaba cuarenta años, la mitad de los del ermitaño, y estaba ocupada tejiendo una ruana. El telar era un marco de madera y podía tener una amplitud igual a un ancho y medio de la ruana, aproximadamente tres pies de lado por dos de altura. La mujer había envuelto hilos e hilos alrededor del telar, como si fuera un carretel, cambiando de colores para hacer las rayas. La trama estaba echa a base de pura paciencia, sin ningún aparato para separar los hilos de la urdimbre y naturalmente sin lanzadera apropiada. Al terminar, la tela es una pieza larga, que si se cosiera a un lado quedaría como un talego sin costuras. Pero lo que hacen es abrirla, practicarle un hueco en el centro, terminarle los bordes y ya está lista la ruana.

Muy comedidamente le aseguré a la familia que ya había desayunado con chocolate, y que no necesitaba más. Pero fue inútil. Hasta un granadino después de semejante caminata podría repetir. Me trajeron chocolate con ese queso abominable que la matrona había desmenuzado con sus manos. Decidí hacer un esfuerzo y me lo tomé. Pero otro detalle hizo que el esfuerzo fuera todavía más grande de lo que había pensado en un principio. No es que quiera aparecer como un héroe por haberme tomado una taza de chocolate con queso, pero contaré por qué me costó tanto sacrificio hacerlo. Yo estaba sentado en el poyo al lado de la puerta del rancho (donde no entré) y al frente había un palo con pedazos de carne secándose. Le pregunté al ermitaño por qué la carne estaba tan negra y por qué, especialmente a esta altura, tenía un olor tan fuerte. Me explicó que la vaca se había matado al despeñarse por un precipicio y la carne estaba tan negra debido a que por tener mucha sangre se corrompía con mayor facilidad, circunstancia agravada debido a que se demoraron para encontrar al animal después del accidente. Al oìr esto pesqué el queso con la cuchara, me lo comí, al mismo tiempo que daba gracias de que no fuera un pedazo de carne, sorbí el chocolate y para conservar la tranquilidad de espíritu me abstuve de hacer más preguntas.

El viejo había sido lego en el convento franciscano de Cali. Cuando necesitaron cal para la construcción del bello templo, se vino a quemar cal hasta que terminaron la iglesia. Un documento que me mostró dice que “en consideración a sus servicios, tendrá el privilegio de que lo entierren como fraile franciscano cuando muera”. Yo estoy completamente resignado a que con él se extinga la vida eremítica de la faz de la tierra, antes de que tenga que volver a encontrarla en mi camino.

Hice una excursión mucho más agradable a Espinal, que queda en un rincón más abajo de Vijes. Aproximadamente a una milla de éste empecé a escalar la estribación que limita este valle al norte, en cuya cima se divisa un paisaje bellísimo. Luego descendí a una llanura estrecha que hay entre la montaña y el río, después subí otra colina desde donde se ve Espinal. Al regreso descubrí que en la estación seca del año es más fácil viajar por las márgenes del Cauca y pude ahorrarle a mi caballo trepar de nuevo por tantas lomas. Al llegar al valle pasé por una plantación de guaduas, que siempre había visto crecer en forma espontánea y cuyo cultivo debe ser inversión lucrativa porque aquí la guadua es una necesidad. Por lo tanto, esta plantación denotaba previsión, cualidad tan escasa en la Nueva Granada.

Espinal y Vijes deben haber tenido un origen semejante y quizá la diferencia que existe hoy entre los dos se deba a que Espinal es un mayorazgo, por consiguiente pertenece a un solo heredero, lo cual ha influido para que la población no crezca; en tanto que en las tierras indivisas de Vijes surgió una aldea habitada por los herederos del propietario original, por los apoderados de ellos, por los herederos de esos apoderados y así sucesivamente.

Había pensado subir a la cordillera de Caldas para reunirme con unos amigos que estaban buscando oro, pero la familia a donde llegué en Espinal me aseguró que ya se les habían acabado las provisiones y debían bajar esa misma noche, por lo cual decidí esperarlos.

Espinal tiene un cañaveral espléndido que está produciendo desde hace unos veinte años y el único gasto que demanda es la reparación ocasional de las cercas. La familia estaba contemplando la posibilidad de instalar un molino hidráulico para moler caña. Al examinar el arroyo encontré una enredadera muy interesante, la |Aristolochia reticulata, cuya flor es pequeña y la fruta del tamaño de un pepino cohombro mediano, que cuando madura se abre y toma la forma elegante de una canasta de seis pulgadas de diámetro. Otra especie espléndida, la |Aristolochia ringens, llamada zaragoza, la encontré en Cartago y La Ribera, y tiene la flor mucho más grande.

La historia de la única flor de esa especie que logré conseguir sirve para ilustrar la forma como el botánico tiene que luchar contra las eventualidades. En La Ribera, un sábado por la tarde cogí la flor, una verdadera belleza. El martes por la noche se me perdió en El Chorro, a dos días de todo poblado. El miércoles boté las hojas en Las Playas. El lunes encontré la flor en El Chorro y la llevé a la casa. El martes conseguí otras hojas, pero en la misma semana las hormigas se comieron la flor, y como no pude obtener otra, volví a arrojar las hojas.

La historia de una vaina muestra también las vicisitudes que a veces corren los especímenes que recolectamos los botánicos. Había traído la mencionada vaina a La Ribera desde más allá de El Chorro. Las hormigas me la robaron. Pero después de que me había ido, la encontraron y me la mandaron a La Paila. La dejé allí olvidada y me la enviaron a Cartago, donde en la prisa de la partida volví a olvidarla. La tercera noche, en el Quindío, me alcanzó el cartero y sacando con mucho cuidado un paquetico del carriel, lo desenvolvió, y ¡oh sorpresa!, allí estaba la misma vaina.

Por otra parte, el problema que se me presentó para guindar la hamaca en Espinal ilustra las dificultades que por lo general encontré siempre. Desde el piso no se podía lanzar el lazo para pasarlo por entre las vigas pues estas estaban demasiado pegadas al techo y no había una escalera en toda la casa. Tuve que colocar una mesa, poner un asiento sobre esta y encima otro para encaramarme y lograr mi propósito. Y para subirme a la hamaca, tuve que acomodar un asiento sobre la mesa.

Todavía me falta hacer una excursión a Bolivia, la hacienda del señor Caldas, a fin de visitar la familia y examinar el seceso al Pacífico. Había visto conducir ganado por el camino que va a La Calera y me dijeron que lo llevaban para despacharlo a Panamá con el fin de alimentar a los trabajadores del ferrocarril. Un día salí por esa ruta en compañía de un caballero que se me ofreció como guía. La carretera (hay una vía de carretas en Vijes) pronto se convirtió en trocha, luego en sendero, después en camino de cabras y todo el tiempo ascendimos por una ladera rocosa. La cima está coronada por un bosque que no se extiende por la otra vertiente. Seguramente han quemado los bosques más bajos y secos para hacer potreros. Durante una o dos horas subimos con dificultad, y nos detuvimos a tomar agua en el arroyo, por cuya margen izquierda habíamos venido. Observé un cerro que se elevaba al lado derecho, en el que había algún ganado. Le pregunté al guía cómo había podido llegar hasta allá y me dijo, “Espere y lo verá”. Subimos al cerro porque por allí pasaba el camino, pero no a caballo pues habría sido una crueldad con los animales. Después seguía otra loma todavía más alta que tuvimos que subir también a pie, luego nos montamos en los caballos y entramos en el bosque húmedo por un camino lleno de agua.

En el bosque había árboles muy interesantes, entre ellos un |Lecythis, pequeño, de flores color púrpura y con frutas parecidas a una |caja de madera de cinco cavidades y de más de dos pulgadas de diámetro. También vi en esta región un espléndido |Melastomate de flores rosadas y una hierba |Gesneriate, cuyas hojas tienen por debajo manchas escarlata. Por fin llegamos a un llano en la vertiente del Pacífico y divisamos la hacienda Bolivia. Para llegar a ella tuvimos que bajar casi una milla, cruzar un arroyo y volver a subir.

El señor Caldas está construyendo un camino nuevo que sale de la casa, cruza los bosques, ahorra distancia y evita la última bajada y subida. Me llevó a verlo y el primer día le sugerí que cambiara un trecho considerable de ruta a través del bosque, para eliminar esos ascensos escarpados que horrorizan a cualquiera que haya conducido un coche en su vida. Al día siguiente subimos a la cima y me di cuenta de que a la derecha el terreno era mucho más bajo, así que al tercer día volvimos a cambiar la ruta. Luego la inspeccionamos toda a través del bosque y tuve la satisfacción de ver que serviría para construir una vía carreteable de su casa a un sitio desde donde se divisa el Cauca. Pero en este punto tuve que renunciar a encontrar una solución adecuada, porque Vijes se veía a nuestros pies, en un ángulo tan agudo como el del techo de una casa. Para construir una carretera hasta allá se necesitaría contar con los recursos de un Napoleón, y un camino de mulas era todo a lo que podíamos aspirar.

Quedé encantado con la señora de Caldas y con sus dos hijas, la mayor de mejillas sonrosadas y de ojos inteligentes. Es la niña más hermosa que he visto en Suramérica, quizá la única niña bonita de origen nativo que he conocido; pero como todos los niños de aquí, es mucho menos cariñosa que los nuestros. Tal vez este fenómeno se deba a que en la Nueva Granada no se les permite a los niños otra caricia que besar la mano a los padres. Esta es la única clase de beso que he visto dar en la Nueva Granada.

En Bolivia me encontré con la señora Susana Pinzón de Vargas y su hermana, la bella Manuela Pinzón. Habían venido en busca de clima frío para el bebé de Susana. No me puedo explicar cómo a alguien le gusta este clima tan helado. Yo pasé muy malos ratos porque no había llevado bayetón, ni hamaca, ni ropa caliente para dormir. Dormía en el poyo de la sala, con las pocas cobijas que la familia me pudo prestar, pero que a fin de cuentas impidieron que me muriera de frío. El termómetro solo marcaba 56º y la casa no tenía chimenea. Manuela y otra joven dormían en un apartamento separado de la casa, y a Susana, por ser casada y para comodidad del bebé, la instalaron en el dormitorio de la familia. Manuela también se quejó de que sentía frío por la noche y yo le sugerí que durmiera con su amiga debajo de la misma cobija, pero me dijo que dos personas no podían dormir en esa forma. Se sorprendió mucho cuando yo le conté que en Norteamérica la gente no se envuelve individualmente, en las cobijas como en un capullo.

Este es el sitio más frío donde he visto crecer plátanos. La papa, claro está, se da admirablemente. En la mesa del señor Caldas probé por primera vez un tallo bulboso subterráneo o ‘raíz’ de las Aroideas, que quizá sea el |Arum esculentum, originario de África. Lo llaman rascadera, me imagino que porque su jugo ácido irrita la piel. En las islas Sandwich es el pan de cada día y lo llaman taro, en Luisiana los negros le dicen potaño (español) o tannier (francés). Me pareció bastante bueno. El señor Caldas sabe de jardinería y gran parte de su jardín está sembrado de claveles. Los cafetos de Bolivia me parecieron los mejores que he visto y el café que producen debe saber muy distinto al que se da en el valle.

La acequia que riega el jardín y suministra agua a la cocina lleva también el agua a un baño, que es simplemente una alberca honda y cuadrada, cavada en el suelo del jardín. La idea de meterme en el agua a esta temperatura era suficiente para ponerme a tiritar. El señor Caldas intentó alguna vez ahogar un hormiguero que había en el jardín inundándolo con el agua de la acequia, pero el hormiguero se tragó el agua y no pasó nada; las hormigas siguieron devorando las hojas como antes y no se ahogaron. ¿Qué se hizo el agua? El misterio se despejó cuando vimos que un cuarto de milla más abajo brotaba toda el agua de la acequia por un desagüe que las enemigas habían construido para una emergencia semejante. Entonces el señor Caldas puso a dos trabajadores a cavar en busca de la reina, un ser deforme de más de dos pulgadas de largo, incapaz de moverse y cuyas facultades están concentradas todas en las labores de reproducción. Los hombres cavaron dos días seguidos y posiblemente la mataron sin darse cuenta, porque después de que renunciaron a encontrarla, las hormigas se acabaron.

En el jardín vi una de esas curiosas tumbas indígenas que llaman guacas. Valdría la pena estudiarlas con más detenimiento del que yo he podido dedicarles, ya que son diferentes de todas las tumbas que he visto o de las que he oído hablar. Algunas simplemente son hoyos abiertos en la tierra cubiertos primero con maderos y luego con tierra. Otras tienen excavaciones laterales en el interior y a menudo pequeños pasajes que las conectan. En ellas se encuentran huesos y reliquias, pero de estas muy pocas están en manos de la gente de la región. Son muchos los que se dedican a buscar guacas esperando encontrar oro, y el hombre que se apasiona por este oficio, que a menudo termina siendo una chifladura, se llama guaquero.

El señor Caldas tiene dificultades para conseguir materiales para construir cercos porque aquí no se da la guadua, ni la cañabrava, ni el chusque. Un colono del Oeste, con un hacha, un mazo, una lengüeta y unas cuñas le podría indicar rápidamente cómo hacer cercas, pero esas herramientas se desconocen en la Nueva Granada. Como sustituto de la cañabrava el señor Caldas ha utilizado tallos de maíz poniéndolos verticales y amarrándolos en forma parecida a un cerco de estacas, y el sistema le ha resultado bastante bueno. Su finca es el único sitio de la Nueva Granada donde he visto cultivos de fresa, pero no había cosecha cuando yo estuve. Allí, como en Bogotá, se da la especie |Fragaria vesca, que es también la fresa nuestra.

El señor Caldas cree que bajo condiciones especiales se puede divisar el océano Pacífico, al atardecer y desde un sitio cercano a la casa, pero yo lo dudo. En una ocasión hicimos una larga excursión a caballo para contemplar el valle del Dagua. En mi viaje a San Marcos había empezado a inspeccionar el terreno y ahora estudié el resto. Tal como me habían informado, hay una loma más | arriba de Juntas. No me queda la menor duda de que podría construirse una carretera desde las fértiles llanuras del Cauca hasta las orillas del Pacífico, de manera que el cochero podría beber las aguas turbias del Cauca en la mañana y por la noche estar al pie de las saladas del Pacífico.

¿Se podrá construir el ferrocarril? Como problema físico de gradientes y curvas, creo que no cabe duda. ¿Pagará el esfuerzo? Esto ya es una cuestión más seria, a la cual respondo que no es posible por el momento, y que no lo será nunca mientras el gobierno sea lo que es. Espero firmemente que llegará un tiempo en que el Cauca esté unido con el Pacífico y con el Magdalena por ferrocarril, pero grandes dificultades se interponen a la realización de estas obras.

La dificultad física más considerable es la naturaleza insalubre de la costa del Pacífico. Se trata de una red de ensenadas y de islas fangosas, tan difícil, quizá, como el litoral occidental de África. Si se ha de localizar una ciudad al occidente, debe buscarse un sitio saludable donde se puedan extender cultivos hacia el oriente. No obstante el mal clima de Buenaventura, su comercio crecerá a la par del desarrollo de Panamá, Oregón y California. Cuando reine la paz en el Cauca, y yo espero que ahora la tendrá, esas fuentes estimularán el desarrollo de la agricultura y del comercio. Aquí estamos a tres días de Panamá, y el valle situado a nuestra espalda tiene una población que iguala a la del resto de la Nueva Granada. Al occidente del sitio donde me encuentro hay tierras fértiles y saludables que no han sido ocupadas. La población de toda la provincia del Pacífico es de 3.338 habitantes. El cinturón de la malaria debe ser roto, ¡y lo será!

Pero también existen dificultades morales. Estas gentes aman el baile y odian el trabajo. ¿Cómo inducirlas al esfuerzo? ¿ Con oro? La línea del ferrocarril puede correr a través de los más ricos filones del mundo. ¿ Cómo hacer trabajar a las gentes en cortes y rellenos, donde cada carga de tierra puede contener una onza de oro? A los granadinos no los urge ni el frío ni la desnudez; y entre los derechos más celosamente guardados por las teorías ultra-republicanas, está el derecho a que el hombre que lo quiera, sea un vagabundo. Los teóricos ultra-republicanos quieren leyes que favorezcan al imprevisor y al indolente y lo liberen de toda carga. Pero esta clase de hombre no compra tierra y a menudo no paga arriendo; da su voto en las elecciones y no paga impuestos. El gobierno está inclinado a suprimir, tan pronto como sea posible, todos los impuestos que todavía producen algo. Ha abolido los diezmos, de los cuales costaba cuatro quintas partes recolectar el quinto; e igualmente el impuesto de consumo sobre los licores y el tabaco, y los de la sal y los de timbre seguirán el mismo canino. El vago no manda cartas y elude las leyes. De manera que no paga estampillas ni timbres. Debe consumir sal, y paga un impuesto de un centavo o dos al año. El plan que existe para el futuro es gravar únicamente los ingresos que sobrepasen cierta cantidad, medida que favorecerá a los vagos. El impuesto de capitación se considera como algo bárbaro. |Y los vagos usan tan pocas mercancías extranjeras, que a pesar de que estas siguen gravadas, prácticamente no se recauda nada por tal concepto. El ingreso bruto del país es de menos de cincuenta centavos de dólar por cabeza, y esto recargando todos los gravámenes en la riqueza de la nación, hasta casi ahogarla, mientras los descuidados e indolentes andan libres de toda contribución.

Por otro lado no existe estabilidad en el gobierno. No he de hablar aquí de las revoluciones, pues las dos últimas fracasaron, y creo que hemos visto la última, pero las |teorías que defiende el gobierno van contra su propia estabilidad. Si existe una constitución peor que la presente, no la conozco. Su adopción fue una mentira infame del gobierno de Obando, a la cual dio su visto bueno la nación. El congreso liberal de 1851 redactó una constitución que el congreso de 1853 tenía el derecho de aceptar o de rechazar. No se hizo ninguna de las dos cosas; pero se la alteró en tal forma que perdió toda su identidad y luego fue adoptada como ley, cual si se tratara de la original. Entonces la nación entera demostró su regocijo gritando: “¡Al fin llegó la verdadera República!”. El ejecutivo ha sido mutilado en sus poderes. Ambas cámaras se eligen con la misma papeleta, y las deliberaciones en las dos son una farsa, porque la mayoría absoluta del Congreso en la votación, aprueba cualquier punto que vaya contra la voluntad del Senado y a despecho de cualquier veto del Ejecutivo.

Cambios extremos, que en Inglaterra tomarían por lo menos veinte años para aprobarse, se implantan aquí en una semana, cuando más. En Inglaterra, ni el tamaño, ni la forma, ni el número de municipios ha variado en una centuria. En cambio, estoy seguro de que en la Nueva Granada no ha pasado un año sin que se introduzcan variaciones en las provincias. Es más difícil abolir la libra troy en Inglaterra que cambiar dos veces todo el sistema métrico en la Nueva Granada.

¿En qué terminará todo esto? Supongo que en bancarrota. Los gastos doblan las entradas, pero no será así cuando |perfeccionen sus proyectos. No veo otro remedio para la Nueva Granada sino que retroceda y se hunda en la barbarie de los Estados Unidos o aunque la sobrepase. Pero restaurar el impuesto per cápita, la prisión por deudas, los pasaportes y las leyes sobre vagancia que ordenan que la función del hombre es construir caminos, puentes, escuelas y ¡ay! prisiones también, aunque no se tenga deseos de viajar, ni de aprender, y menos todavía de estar preso, todas estas medidas, repito, serán suficientes para poner fuera de sí a un teórico como Samper. Temo mucho que estas medidas no se adopten hasta que los granadinos no sufran calamidades más grandes que las que les ha tocado vivir desde que los españoles abandonaron las costas de la Nueva Granada.

Estas conclusiones me entristecen, porque amo la gente granadina y estas páginas son testimonio ininterrumpido de las bondades de que he sido objeto y que nunca podré corresponder. Difícilmente puedo mencionar algún pedido razonable de mi parte que hayan rechazado o desdeñado. Como me di cuenta después, en ocasiones hice solicitudes inconvenientes, que seguramente causaron molestias, y sin embargo fueron atendidas. Las autoridades han sido tan amables como los particulares. Me facilitaron toda clase de documentos, hasta en oficinas que tuvieron que pedirlos a Bogotá para reemplazar los que me habían proporcionado. Nada de todo cuanto un viajero pueda pedir, me han negado.

No he podido hacer por los granadinos todo lo que yo hubiera querido para demostrarles mi agradecimiento. Me habría gustado muchísimo haberles señalado más directamente una religión más pura que les ayudara a remediar los males contra los que están luchando. Pero aunque podía presentarme como miembro de una iglesia protestante, las circunstancias hacían desaconsejable ir más allá. Y ahora, al intentar despertar la simpatía de mi propia gente por ellos, estoy haciendo todo cuanto puedo.

Al hacer una descripción fiel sobre los granadinos me he visto obligado a mostrar sus faltas y deficiencias. Pero, después de todo, declaro abiertamente que son gente de moral muy alta. No me refiero a la moralidad inglesa o escocesa, porque eso no sería justo. Los granadinos pertenecen a una religión cuyas instituciones son adversas a las leyes de la castidad y por lo tanto la comparación debe establecerse con los países católicos. Suponiendo, por ejemplo, que la proporción de nacimientos ilegítimos en el país sea del treinta y tres por ciento, y creo que puede ser menor, en ese caso sería la misma que la de París. En Bruselas esa proporción es del treinta y cinco por ciento; en Munich del cuarenta y ocho; en Viena del cincuenta y uno; y creo que en la sacra Roma es todavía mayor. Supongamos entonces que la moral de la Nueva Granada es tan deficiente como la de París, la más moral de las ciudades mencionadas. Debemos recordar que siendo París una gran ciudad, sacerdotes solteros, monjes corrompidos y funcionarios militares y civiles licenciosos se pusieron a la tarea de crear un código de decencia y moralidad para implantarlo a sencillos y semi-desnudos indígenas conversos. ¿ Cómo sorprendernos entonces de que la moralidad sea tan relajada como la de París?

Además, en cuanto a los crímenes contra la vida, la honra y los bienes, supongo que en toda la nación no hay ni la quinta parte de los asesinatos que se cometen en la sola ciudad de Nueva York. Probablemente en California han sucedido en un año más muertes violentas que las ocurridas en la Nueva Granada entre dos millones y cuarto de gentes de todas las razas, desde la fecha en que comenzó a figurar entre las naciones civilizadas. Más de una vez he tenido que sonrojarme por la rufianería del hampa de nuestra nación, que no tiene par ni en las peores poblaciones de la Nueva Granada. Pero volvamos a las cifras. No creo que en la Nueva Granada haya en un año más | de tres asesinatos por cada millón de habitantes. Mientras que las detenciones por asesinato en Inglaterra son 4 por millón de habitantes; en Bélgica, 18; en Irlanda, 19; en Cerdeña, 20; en Francia, 34; en Austria, 86; en Lombardí a, 46; en Toscana, 56; en Bayana, 68; en Sicilia, 90; en los Estados Papales, 113, y en Nápoles 174.

¿No estoy entonces en lo cierto cuando afirmo que los granadinos merecen un puesto muy alto entre las naciones de la tierra en cuanto a carácter moral? |Y nosotros especialmente les debemos respeto y estimación. La conducta del gobierno en Bogotá, en relación con nuestro tránsito por el Istmo, ha sido más que generosa, ha sido noble. Y en nosotros buscan ejemplos de gobierno y nos prefieren en el comercio. Por último, nuestros dos países, de todas las naciones del mundo, son las únicas que no tienen una iglesia nacional y que otorgan iguales derechos a los hombres de todas las creencias religiosas. Esperamos que nuestros dos países conserven esa libertad y que otros la adopten también. ¡VIVA, PUES, VIVA LA NUEVA GRANADA!

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