(continuación capítulo Cali y
Viajes)
“¿Pero qué tiene que ver todo eso con el Cauca?”
“Sencillamente que aquí los conservadores y los opresores
eran los mismos y que su furia instigó hechos que provocaron a los
oprimidos más allá de toda resistencia. Cito los Apuntamientos de
Samper, página 533: ‘La oligarquía le negó al pueblo el acceso
a las tierras no ocupadas, le negó el acceso a los bosques, a los
campos y a las aguas que podía utilizar y que debía tener para
poder vivir. Lo encarceló por deudas, lo insultó con un desprecio
que ocultaba el temor que le tenía, lo difamaron en los discursos y
lo calumniaron en la prensa. Le negaron al hombre dependiente sus
derechos, lo azotaron y lo martirizaron como si se tratara de un
esclavo, lo despreciaron si era libre, lo oprimieron con
monopolios, lo embrutecieron con superstición y lo acusaron como de
un crimen por la victoria del siete de mano’
".
“¡Pura charlatanería! El hecho es que los ricos eran dueños
de la tierra y de muchos de los habitantes, pero las clases bajas
tenían plenas oportunidades de comprar la libertad y la tierra. Sin
embargo no quisieron porque para hacerlo debían ser industriosos y
ahorrativos, dos cosas que detestan. Pero oyeron decir que en
Bogotá se estaba predicando que ‘la propiedad es un robo’
y he aquí la explicación de todo el asunto. A esta pobre gente la
instigaron a aplicar el nuevo evangelio y a implantar el milenio de
la barbarie”.
“¿Y fue López quien dirigió todas estas
depredaciones?".
“Lo creo firmemente, pero no espero convencerlo. Estoy
seguro de que el gobernador Mercado en Cali recibió dos órdenes
diferentes, una para publicar y la otra para cumplir; la primera
con instrucciones para reprimir la violencia y la otra para
fomentarla. Pero yo sé, y usted no puede negarlo, que Antonio
Mateus, entonces jefe político del cantón de Palmira, y en este
momento desgraciado, Gobernador del Cauca...”.
“Por votación libre de la mayoría de los ciudadanos de la
provincia”.
“Bien, si usted lo quiere. ¿Pero duda por un momento que él
mismo, siendo jefe político, encabezó bandas de perreristas? ¿ Duda
por un momento que se quedó parado, mirando, mientras doce de sus
bandidos, uno tras otro, abusaban de una dama respetable, a pleno
día, en la plaza de Caloto?”
“Yo no justifico el mal, por mucha provocación que haya, ni
tampoco voy a decir que Mateus sea hombre honesto, pero ¿ en qué
puedo creer cuando la mala fe conservadora no respeta ni a los
muertos? ¿Ha visto usted la poesía que se publicó a la muerte de
Carlos Gómez, gobernador del Cauca? Mientras la pobre viuda está
agobiada por la pena, los conservadores cantan,
“La tierra tiene un bandido menos
y el infierno un diablo más”.
“Bueno, si no fue complicidad por lo menos fue su
ineficiencia la que permitió que se arruinaran tantas haciendas y
se empobreciera la provincia que le habían encomendado gobernar. El
mismo Samper lo admite, a pesar de que defiende cuanto puede la
administración de López. Dice: "El gobernador Mercado fue
respecto al gobernador Gómez lo que Buenaventura al Cauca, y lo que
las faltas menores son al crimen’. Y cuando la chusma asesinó
a Pinto y Morales en Cartago el 19 de junio de 1851, lo único que
pudo decirse en favor del gobernador es que no estaba cerca al
lugar de los acontecimientos y que no participó ni para matarlos ni
para salvarlos. El nombramiento de Mateus como gobernador del
Cauca, aun suponiendo que hubiera sido inocente, fue una afrenta de
Obando, ya que muchos los consideraban un monstruo. Obando nombró
primero a Wenceslao Carvajal, liberal, es cierto, pero un hombre
justo. ¿ Se opusieron entonces los conservadores?"
“No, hablaron bien de él”.
“Bien, señor Holton, ¿no fue usted testigo del pánico que
cundió en la provincia cuando lo sucedió
Mateus?”
“Tengo que confesar, contesté, que lamenté muchísimo esa
medida del presidente. Quizá Mateus sea hombre correcto, pero hasta
los jefes gubernamentales lo juzgan mal. Le pregunté a un miembro
del gabinete la razón de este nombramiento, y me dijo que era
responsabilidad de Obando; que el gabinete se opuso al
nombramiento, pero que el presidente insistió porque Mateus le
había prestado un servicio personal. Finalmente el gabinete, por
respeto al presidente, dio su consentimiento. Considero esta medida
como la peor, quizá la única equivocada de la administración de
Obando”.
“Ahora bien, señor norteamericano, prosiguió diciendo
Caldas, siempre le he oído decir que la insurrección es un crimen y
que condena la de 1851. Si hubiera estado aquí entonces, ¿que
habría aconsejado a los hombres del Cauca cuyas cercas estaban
siendo destruidas, sus mujeres e hijas ultrajadas ante los mismos
ojos de los funcionarios de la ley, y cuyas espaldas eran sometidas
a la afrenta del látigo? ¿ Les hubiera aconsejado el sometimiento
pasivo o la rebelión?“
“Es un caso supremamente difícil”, contesté, y estuve
muy cerca de justificar a Mosquera, Herrán y Arboleda en ese
momento. Pero ¿ remedió el mal la
insurrección?“.
“No, y no sé de otro remedio que no sea emigrar a un país
que tenga un gobierno confiable. ¿ Cree usted que se podría inducir
a los Estados Unidos a que hiciera de esta región parte de su
territorio?”
“Semejante medida sería inoportuna para nosotros. Tenemos
un territorio compacto, de modo que cuando el Atlántico y el
Pacífico estén unidos por el ferrocarril si un poder extranjero
ataca alguna parte de nuestro territorio, estaremos en posición de
defenderlo fácilmente. Pero si anexáramos las islas Sandwich,
Panamá, Cuba o este valle, tendríamos que hacer concesiones a otros
países para poder conservar la paz en los territorios agregados.
Ambicionar esto sería como desear un hombre tener la nariz más
larga que el brazo, con lo cual su atacante podría jalársela desde
lejos, en tanto que el agredido no podría golpearlo. Para nosotros,
la anexión de cualquier isla o territorio alejado sería una
maldición que ninguna ventaja imaginaria podría
compensar”.
“Entonces no veo más que una solución. Si esta situación
continúa, tendremos que sacrificar algunas reses y salar suficiente
carne para el viaje, matar el resto del ganado y los caballos que
no necesitemos para que se lo coman los gallinazos, quemar las
casas y dejar los campos para que los republicanos rojos se los
disputen entre ellos, pues bajo semejante gobierno no puede vivir
un hombre que tenga propiedades”.
Sinceramente creo que estas palabras contienen un fondo de
verdad. Con las teorías de Samper, con esa “fe ciega en los
principios” que él admira tanto y con la absoluta falta de
ambición por la propiedad que tienen las masas, la mayoría es el
tirano más peligroso que puede tener esta nación. Pero ya
volveremos sobre este tema después de que hable sobre otros
asuntos.
Una extraña peculiaridad de Vijes es que las tierras son de
propiedad común. Alguna persona fue dueña en tiempos pasados de
toda esta llanura y de los cerros adyacentes (cuyos terrenos áridos
y quebrados no me interesa conocer). Al morir el antiguo dueño la
propiedad la heredaron los hijos y no la dividieron. Algunos
vendieron la mitad de los derechos, y en esta forma, poco a poco,
hoy son dueñas de los terrenos mas de cien personas. Hay muchos
casos similares en la Nueva Granada, y son numerosas las leyes
dictadas para reglamentar el mejoramiento de los suelos y
solucionar los problemas que surgen de esta copropiedad tan
incómoda. Debe ser muy difícil efectuar una partición material, y
ahora nadie la desea, pues gran porción de la llanura fértil está
todavía inculta y parte de ella todavía no la he recorrido a
caballo ni a pie en los muchos días que he pasado aquí. Dentro de
esta área hay uno o dos cerros bastante altos, pero el resto es
plano y muy fértil.
La población del distrito es de 1.160 personas, de las cuales la
mayoría vive en el pueblo y el resto en la llanura cercana. Algunos
hombres recuerdan que hace muchísimos años en este pueblo se
intentó construir una iglesia. Empezaron con mucho ánimo y luego
suspendieron el trabajo. Me parece que el cura tiene todavía
esperanzas de que lo puedan reintegrar, pero yo creo que hay pocas
perspectivas para ello. Este es el mejor predicador que he
escuchado en la Nueva Granada, donde la oratoria sagrada es tan
rara y el talento para ello mucho más escaso. Cuando lo oí estaba
dirigiendo lo que nosotros llamaríamos una reunión diferida, esto
es, predicando todas las tardes, durante más de una semana, sobre
la posible separación de la Iglesia y el Estado. Si esta última
medida hiciera trabajar a todos los sacerdotes con tanto empeño
como a él, serçia útil para mantenerlos alejados de los encantos
del ocio. Y si la disposición se hubiera tomado antes, quizá lo
habría librado de otros males, porque dicen que en sus ratos de
holganza se entusiasmó tanto por una damisela del lugar que su
conducta terminó siendo escandalosa. Por último, las autoridades
visitaron a los padres de
|la Curita, como llamaban en el
pueblo a la muchacha, y les dieron que su hija podía irse a
trabajar como sirvienta en una beatería de Cali, y que si se
negaba, tendrían que mandarla a la cárcel por vagabunda. En ninguna
parte he visto que se preocupen tanto por la moral de un sacerdote
y también veo que no sirve de nada, pues me cuentan que habría que
salir de seis u ocho muchachas más para lograr que la moral del
mencionado cura alcanzara las normas de la decencia. En cierta
ocasión me atreví a hacerle una broma respecto a su profesión,
mencionando su obvia debilidad, y él no negó la acusación sino que
contestó simplemente, “Somos hombres...”.
En Vijes encontré por primera vez la planta tropical
|Curcus
purgans, llamada aquí purga de fraile. Me imagino que su
utilidad como purgante ha contribuido a la extensión de su cultivo,
el cual es sencillísimo, porque lo único que se necesita hacer
es echar la semilla en la tierra. También vi en esta región
otro producto natural interesante; creo que se trataba de una
verdadera culebra equis, quizá la serpiente más venenosa que
existe. Tenía casi tres pies de largo, pero como yo no llevaba
armas ni tenía las botas puestas, resolví dejarla en paz. No creo
que haya el menor peligro de que las culebras piquen a través de
botas, por delgado que sea el cuero; quizá si este es suave puede
haber peligro y me parece que las botas más seguras son las hechas
con dos capas de bocací bien tieso.
En las lomas cercanas a Vijes vive un ermitaño. Dicen que tiene
más de ochenta años, pero todavía es ágil y despierto. En la Nueva
Granada no hay muchos viejos, la verdad es que he visto poquísimos.
Además estaba convencido de que la clase venerable de los eremitas
había desaparecido hacía siglos, pero teniendo en cuenta que tantas
cosas de siglos pasados siguen vivas en estas tierras, resolví ver
a este “hombre venerable” con mis propios
ojos.
Con toda la sencillez de mi corazón escogí las horas sagradas
del día del Señor para hacer este piadoso peregrinaje. Seguí el
brazo norte del arroyo de Vijes, que desciende por entre un
desfiladero rocoso. No sé cuánto tiempo caminé. El sendero era cada
vez más sombrío, pero no había trazas de que se fuera a bifurcar ni
a terminar, así que seguí adelante. Precisamente en el momento en
que iba a renunciar a mi propósito, vi un platanal, en un sitio que
parecía ser el límite extremo para el cultivo del plátano. No había
ninguna casa y seguí andando, si no propiamente camino al cielo, sí
loma arriba, hasta que al cruzar una roca, una choza.
Inmediatamente tres perros se me avalanzaron furiosos. Confieso que
me sorprendí mucho, porque se supone que cuando uno visita a un
ermitaño no tiene que ir armado para defenderse de perros. Detrás
salió corriendo el hijo del eremita, gritándoles que regresaran,
así que pude llegar sin peligro al rancho, donde no solo encontré
al “venerable hombre” sino a su mujer y a su familia.
Tengo que confesar que todo esto me produjo un sentimiento muy
parecido a la repugnancia. Un ermitaño debe vivir en una cueva, y
si no la hay, por lo menos en una choza construida de ramas de
árboles, pero esta era de barro, tan sucia como la que más, y tan
pobre como las del valle. Es cierto que al frente corría un arroyo
que bajaba de la loma al cual caía una cascada en miniatura, muy
hermosa.
Examiné la familia, los conté y calculé la mezcla de sangre en
sus venas. Había una niña y dos niños. Los mayores podían ser hijos
del ermitaño, pero por algún accidente desconocido el menor tenía
una proporción bastante grande de sangre africana. La mujer
aparentaba cuarenta años, la mitad de los del ermitaño, y estaba
ocupada tejiendo una ruana. El telar era un marco de madera y podía
tener una amplitud igual a un ancho y medio de la ruana,
aproximadamente tres pies de lado por dos de altura. La mujer había
envuelto hilos e hilos alrededor del telar, como si fuera un
carretel, cambiando de colores para hacer las rayas. La trama
estaba echa a base de pura paciencia, sin ningún aparato para
separar los hilos de la urdimbre y naturalmente sin lanzadera
apropiada. Al terminar, la tela es una pieza larga, que si se
cosiera a un lado quedaría como un talego sin costuras. Pero lo que
hacen es abrirla, practicarle un hueco en el centro, terminarle los
bordes y ya está lista la ruana.
Muy comedidamente le aseguré a la familia que ya había
desayunado con chocolate, y que no necesitaba más. Pero fue inútil.
Hasta un granadino después de semejante caminata podría repetir. Me
trajeron chocolate con ese queso abominable que la matrona había
desmenuzado con sus manos. Decidí hacer un esfuerzo y me lo tomé.
Pero otro detalle hizo que el esfuerzo fuera todavía más grande de
lo que había pensado en un principio. No es que quiera aparecer
como un héroe por haberme tomado una taza de chocolate con queso,
pero contaré por qué me costó tanto sacrificio hacerlo. Yo estaba
sentado en el poyo al lado de la puerta del rancho (donde no entré)
y al frente había un palo con pedazos de carne secándose. Le
pregunté al ermitaño por qué la carne estaba tan negra y por qué,
especialmente a esta altura, tenía un olor tan fuerte. Me explicó
que la vaca se había matado al despeñarse por un precipicio y la
carne estaba tan negra debido a que por tener mucha sangre se
corrompía con mayor facilidad, circunstancia agravada debido a que
se demoraron para encontrar al animal después del accidente. Al oìr
esto pesqué el queso con la cuchara, me lo comí, al mismo tiempo
que daba gracias de que no fuera un pedazo de carne, sorbí el
chocolate y para conservar la tranquilidad de espíritu me abstuve
de hacer más preguntas.
El viejo había sido lego en el convento franciscano de Cali.
Cuando necesitaron cal para la construcción del bello templo, se
vino a quemar cal hasta que terminaron la iglesia. Un
documento que me mostró dice que “en consideración a sus
servicios, tendrá el privilegio de que lo entierren como fraile
franciscano cuando muera”. Yo estoy completamente resignado a
que con él se extinga la vida eremítica de la faz de la tierra,
antes de que tenga que volver a encontrarla en mi camino.
Hice una excursión mucho más agradable a Espinal, que queda en
un rincón más abajo de Vijes. Aproximadamente a una milla de éste
empecé a escalar la estribación que limita este valle al norte, en
cuya cima se divisa un paisaje bellísimo. Luego descendí a una
llanura estrecha que hay entre la montaña y el río, después subí
otra colina desde donde se ve Espinal. Al regreso descubrí que en
la estación seca del año es más fácil viajar por las márgenes del
Cauca y pude ahorrarle a mi caballo trepar de nuevo por tantas
lomas. Al llegar al valle pasé por una plantación de guaduas, que
siempre había visto crecer en forma espontánea y cuyo cultivo debe
ser inversión lucrativa porque aquí la guadua es una necesidad. Por
lo tanto, esta plantación denotaba previsión, cualidad tan escasa
en la Nueva Granada.
Espinal y Vijes deben haber tenido un origen semejante y quizá
la diferencia que existe hoy entre los dos se deba a que Espinal es
un mayorazgo, por consiguiente pertenece a un solo heredero, lo
cual ha influido para que la población no crezca; en tanto que en
las tierras indivisas de Vijes surgió una aldea habitada por los
herederos del propietario original, por los apoderados de ellos,
por los herederos de esos apoderados y así
sucesivamente.
Había pensado subir a la cordillera de Caldas para reunirme con
unos amigos que estaban buscando oro, pero la familia a donde
llegué en Espinal me aseguró que ya se les habían acabado las
provisiones y debían bajar esa misma noche, por lo cual decidí
esperarlos.
Espinal tiene un cañaveral espléndido que está produciendo desde
hace unos veinte años y el único gasto que demanda es la reparación
ocasional de las cercas. La familia estaba contemplando la
posibilidad de instalar un molino hidráulico para moler caña. Al
examinar el arroyo encontré una enredadera muy interesante, la
|Aristolochia reticulata, cuya flor es pequeña y la fruta del
tamaño de un pepino cohombro mediano, que cuando madura se abre y
toma la forma elegante de una canasta de seis pulgadas de diámetro.
Otra especie espléndida, la
|Aristolochia ringens, llamada
zaragoza, la encontré en Cartago y La Ribera, y tiene la flor mucho
más grande.
La historia de la única flor de esa especie que logré conseguir
sirve para ilustrar la forma como el botánico tiene que luchar
contra las eventualidades. En La Ribera, un sábado por la tarde
cogí la flor, una verdadera belleza. El martes por la noche se me
perdió en El Chorro, a dos días de todo poblado. El miércoles boté
las hojas en Las Playas. El lunes encontré la flor en El Chorro y
la llevé a la casa. El martes conseguí otras hojas, pero en la
misma semana las hormigas se comieron la flor, y como no pude
obtener otra, volví a arrojar las hojas.
La historia de una vaina muestra también las vicisitudes que a
veces corren los especímenes que recolectamos los botánicos. Había
traído la mencionada vaina a La Ribera desde más allá de El Chorro.
Las hormigas me la robaron. Pero después de que me había ido, la
encontraron y me la mandaron a La Paila. La dejé allí olvidada y me
la enviaron a Cartago, donde en la prisa de la partida volví a
olvidarla. La tercera noche, en el Quindío, me alcanzó el cartero y
sacando con mucho cuidado un paquetico del carriel, lo desenvolvió,
y ¡oh sorpresa!, allí estaba la misma vaina.
Por otra parte, el problema que se me presentó para guindar la
hamaca en Espinal ilustra las dificultades que por lo general
encontré siempre. Desde el piso no se podía lanzar el lazo para
pasarlo por entre las vigas pues estas estaban demasiado pegadas al
techo y no había una escalera en toda la casa. Tuve que colocar una
mesa, poner un asiento sobre esta y encima otro para encaramarme y
lograr mi propósito. Y para subirme a la hamaca, tuve que acomodar
un asiento sobre la mesa.
Todavía me falta hacer una excursión a Bolivia, la hacienda del
señor Caldas, a fin de visitar la familia y examinar el seceso al
Pacífico. Había visto conducir ganado por el camino que va a La
Calera y me dijeron que lo llevaban para despacharlo a Panamá con
el fin de alimentar a los trabajadores del ferrocarril. Un día salí
por esa ruta en compañía de un caballero que se me ofreció
como guía. La carretera (hay una vía de carretas en Vijes) pronto
se convirtió en trocha, luego en sendero, después en camino de
cabras y todo el tiempo ascendimos por una ladera rocosa. La cima
está coronada por un bosque que no se extiende por la otra
vertiente. Seguramente han quemado los bosques más bajos y secos
para hacer potreros. Durante una o dos horas subimos con
dificultad, y nos detuvimos a tomar agua en el arroyo, por cuya
margen izquierda habíamos venido. Observé un cerro que se elevaba
al lado derecho, en el que había algún ganado. Le pregunté al guía
cómo había podido llegar hasta allá y me dijo, “Espere y lo
verá”. Subimos al cerro porque por allí pasaba el camino, pero
no a caballo pues habría sido una crueldad con los animales.
Después seguía otra loma todavía más alta que tuvimos que subir
también a pie, luego nos montamos en los caballos y entramos en el
bosque húmedo por un camino lleno de agua.
En el bosque había árboles muy interesantes, entre ellos un
|Lecythis, pequeño, de flores color púrpura y con frutas
parecidas a una
|caja de madera de cinco cavidades y de más
de dos pulgadas de diámetro. También vi en esta región un
espléndido
|Melastomate de flores rosadas y una hierba
|Gesneriate, cuyas hojas tienen por debajo manchas escarlata.
Por fin llegamos a un llano en la vertiente del Pacífico y
divisamos la hacienda Bolivia. Para llegar a ella tuvimos que bajar
casi una milla, cruzar un arroyo y volver a subir.
El señor Caldas está construyendo un camino nuevo que sale de la
casa, cruza los bosques, ahorra distancia y evita la última bajada
y subida. Me llevó a verlo y el primer día le sugerí que cambiara
un trecho considerable de ruta a través del bosque, para eliminar
esos ascensos escarpados que horrorizan a cualquiera que haya
conducido un coche en su vida. Al día siguiente subimos a la cima y
me di cuenta de que a la derecha el terreno era mucho más bajo, así
que al tercer día volvimos a cambiar la ruta. Luego la
inspeccionamos toda a través del bosque y tuve la satisfacción de
ver que serviría para construir una vía carreteable de su casa a un
sitio desde donde se divisa el Cauca. Pero en este punto tuve que
renunciar a encontrar una solución adecuada, porque Vijes se veía a
nuestros pies, en un ángulo tan agudo como el del techo de una
casa. Para construir una carretera hasta allá se necesitaría contar
con los recursos de un Napoleón, y un camino de mulas era todo a lo
que podíamos aspirar.
Quedé encantado con la señora de Caldas y con sus dos hijas, la
mayor de mejillas sonrosadas y de ojos inteligentes. Es la niña más
hermosa que he visto en Suramérica, quizá la única niña bonita de
origen nativo que he conocido; pero como todos los niños de aquí,
es mucho menos cariñosa que los nuestros. Tal vez este fenómeno se
deba a que en la Nueva Granada no se les permite a los niños otra
caricia que besar la mano a los padres. Esta es la única clase de
beso que he visto dar en la Nueva Granada.
En Bolivia me encontré con la señora Susana Pinzón de Vargas y
su hermana, la bella Manuela Pinzón. Habían venido en busca de
clima frío para el bebé de Susana. No me puedo explicar cómo a
alguien le gusta este clima tan helado. Yo pasé muy malos ratos
porque no había llevado bayetón, ni hamaca, ni ropa caliente para
dormir. Dormía en el poyo de la sala, con las pocas cobijas que la
familia me pudo prestar, pero que a fin de cuentas impidieron que
me muriera de frío. El termómetro solo marcaba 56º y la casa no
tenía chimenea. Manuela y otra joven dormían en un apartamento
separado de la casa, y a Susana, por ser casada y para comodidad
del bebé, la instalaron en el dormitorio de la familia. Manuela
también se quejó de que sentía frío por la noche y yo le sugerí que
durmiera con su amiga debajo de la misma cobija, pero me dijo que
dos personas no podían dormir en esa forma. Se sorprendió mucho
cuando yo le conté que en Norteamérica la gente no se envuelve
individualmente, en las cobijas como en un capullo.
Este es el sitio más frío donde he visto crecer plátanos. La
papa, claro está, se da admirablemente. En la mesa del señor Caldas
probé por primera vez un tallo bulboso subterráneo o
‘raíz’ de las Aroideas, que quizá sea el
|Arum
esculentum, originario de África. Lo llaman rascadera, me
imagino que porque su jugo ácido irrita la piel. En las islas
Sandwich es el pan de cada día y lo llaman taro, en Luisiana los
negros le dicen potaño (español) o tannier (francés). Me pareció
bastante bueno. El señor Caldas sabe de jardinería y gran parte de
su jardín está sembrado de claveles. Los cafetos de Bolivia me
parecieron los mejores que he visto y el café que producen debe
saber muy distinto al que se da en el valle.
La acequia que riega el jardín y suministra agua a la cocina
lleva también el agua a un baño, que es simplemente una alberca
honda y cuadrada, cavada en el suelo del jardín. La idea de meterme
en el agua a esta temperatura era suficiente para ponerme a
tiritar. El señor Caldas intentó alguna vez ahogar un hormiguero
que había en el jardín inundándolo con el agua de la acequia, pero
el hormiguero se tragó el agua y no pasó nada; las hormigas
siguieron devorando las hojas como antes y no se ahogaron. ¿Qué se
hizo el agua? El misterio se despejó cuando vimos que un cuarto de
milla más abajo brotaba toda el agua de la acequia por un desagüe
que las enemigas habían construido para una emergencia semejante.
Entonces el señor Caldas puso a dos trabajadores a cavar en busca
de la reina, un ser deforme de más de dos pulgadas de largo,
incapaz de moverse y cuyas facultades están concentradas todas en
las labores de reproducción. Los hombres cavaron dos días seguidos
y posiblemente la mataron sin darse cuenta, porque después de que
renunciaron a encontrarla, las hormigas se acabaron.
En el jardín vi una de esas curiosas tumbas indígenas que llaman
guacas. Valdría la pena estudiarlas con más detenimiento del que yo
he podido dedicarles, ya que son diferentes de todas las tumbas que
he visto o de las que he oído hablar. Algunas simplemente son hoyos
abiertos en la tierra cubiertos primero con maderos y luego con
tierra. Otras tienen excavaciones laterales en el interior y a
menudo pequeños pasajes que las conectan. En ellas se encuentran
huesos y reliquias, pero de estas muy pocas están en manos de la
gente de la región. Son muchos los que se dedican a buscar guacas
esperando encontrar oro, y el hombre que se apasiona por este
oficio, que a menudo termina siendo una chifladura, se llama
guaquero.
El señor Caldas tiene dificultades para conseguir materiales
para construir cercos porque aquí no se da la guadua, ni la
cañabrava, ni el chusque. Un colono del Oeste, con un hacha, un
mazo, una lengüeta y unas cuñas le podría indicar rápidamente cómo
hacer cercas, pero esas herramientas se desconocen en la Nueva
Granada. Como sustituto de la cañabrava el señor Caldas ha
utilizado tallos de maíz poniéndolos verticales y amarrándolos en
forma parecida a un cerco de estacas, y el sistema le ha resultado
bastante bueno. Su finca es el único sitio de la Nueva Granada
donde he visto cultivos de fresa, pero no había cosecha cuando yo
estuve. Allí, como en Bogotá, se da la especie
|Fragaria
vesca, que es también la fresa nuestra.
El señor Caldas cree que bajo condiciones especiales se puede
divisar el océano Pacífico, al atardecer y desde un sitio cercano a
la casa, pero yo lo dudo. En una ocasión hicimos una larga
excursión a caballo para contemplar el valle del Dagua. En mi viaje
a San Marcos había empezado a inspeccionar el terreno y ahora
estudié el resto. Tal como me habían informado, hay una loma más
|
arriba de Juntas. No me queda la menor duda de que podría
construirse una carretera desde las fértiles llanuras del Cauca
hasta las orillas del Pacífico, de manera que el cochero podría
beber las aguas turbias del Cauca en la mañana y por la noche estar
al pie de las saladas del Pacífico.
¿Se podrá construir el ferrocarril? Como problema físico de
gradientes y curvas, creo que no cabe duda. ¿Pagará el esfuerzo?
Esto ya es una cuestión más seria, a la cual respondo que no es
posible por el momento, y que no lo será nunca mientras el gobierno
sea lo que es. Espero firmemente que llegará un tiempo en que el
Cauca esté unido con el Pacífico y con el Magdalena por
ferrocarril, pero grandes dificultades se interponen a la
realización de estas obras.
La dificultad física más considerable es la naturaleza insalubre
de la costa del Pacífico. Se trata de una red de ensenadas y de
islas fangosas, tan difícil, quizá, como el litoral occidental de
África. Si se ha de localizar una ciudad al occidente, debe
buscarse un sitio saludable donde se puedan extender cultivos hacia
el oriente. No obstante el mal clima de Buenaventura, su comercio
crecerá a la par del desarrollo de Panamá, Oregón y California.
Cuando reine la paz en el Cauca, y yo espero que ahora la tendrá,
esas fuentes estimularán el desarrollo de la agricultura y del
comercio. Aquí estamos a tres días de Panamá, y el valle situado a
nuestra espalda tiene una población que iguala a la del resto de la
Nueva Granada. Al occidente del sitio donde me encuentro hay
tierras fértiles y saludables que no han sido ocupadas. La
población de toda la provincia del Pacífico es de 3.338 habitantes.
El cinturón de la malaria debe ser roto, ¡y lo será!
Pero también existen dificultades morales. Estas gentes aman el
baile y odian el trabajo. ¿Cómo inducirlas al esfuerzo? ¿ Con
oro? La línea del ferrocarril puede correr a través de los más
ricos filones del mundo. ¿ Cómo hacer trabajar a las gentes en
cortes y rellenos, donde cada carga de tierra puede contener una
onza de oro? A los granadinos no los urge ni el frío ni la
desnudez; y entre los derechos más celosamente guardados por las
teorías ultra-republicanas, está el derecho a que el hombre que lo
quiera, sea un vagabundo. Los teóricos ultra-republicanos quieren
leyes que favorezcan al imprevisor y al indolente y lo liberen de
toda carga. Pero esta clase de hombre no compra tierra y a menudo
no paga arriendo; da su voto en las elecciones y no paga impuestos.
El gobierno está inclinado a suprimir, tan pronto como sea posible,
todos los impuestos que todavía producen algo. Ha abolido los
diezmos, de los cuales costaba cuatro quintas partes recolectar el
quinto; e igualmente el impuesto de consumo sobre los licores y el
tabaco, y los de la sal y los de timbre seguirán el mismo canino.
El vago no manda cartas y elude las leyes. De manera que no paga
estampillas ni timbres. Debe consumir sal, y paga un impuesto de un
centavo o dos al año. El plan que existe para el futuro es gravar
únicamente los ingresos que sobrepasen cierta cantidad, medida que
favorecerá a los vagos. El impuesto de capitación se considera como
algo bárbaro.
|Y los vagos usan tan pocas mercancías
extranjeras, que a pesar de que estas siguen gravadas,
prácticamente no se recauda nada por tal concepto. El ingreso bruto
del país es de menos de cincuenta centavos de dólar por cabeza, y
esto recargando todos los gravámenes en la riqueza de la nación,
hasta casi ahogarla, mientras los descuidados e indolentes andan
libres de toda contribución.
Por otro lado no existe estabilidad en el gobierno. No he de
hablar aquí de las revoluciones, pues las dos últimas fracasaron, y
creo que hemos visto la última, pero las
|teorías que
defiende el gobierno van contra su propia estabilidad. Si existe
una constitución peor que la presente, no la conozco. Su adopción
fue una mentira infame del gobierno de Obando, a la cual dio su
visto bueno la nación. El congreso liberal de 1851 redactó una
constitución que el congreso de 1853 tenía el derecho de aceptar o
de rechazar. No se hizo ninguna de las dos cosas; pero se la alteró
en tal forma que perdió toda su identidad y luego fue adoptada como
ley, cual si se tratara de la original. Entonces la nación entera
demostró su regocijo gritando: “¡Al fin llegó la verdadera
República!”. El ejecutivo ha sido mutilado en sus poderes.
Ambas cámaras se eligen con la misma papeleta, y las deliberaciones
en las dos son una farsa, porque la mayoría absoluta del Congreso
en la votación, aprueba cualquier punto que vaya contra la voluntad
del Senado y a despecho de cualquier veto del Ejecutivo.
Cambios extremos, que en Inglaterra tomarían por lo menos veinte
años para aprobarse, se implantan aquí en una semana, cuando más.
En Inglaterra, ni el tamaño, ni la forma, ni el número de
municipios ha variado en una centuria. En cambio, estoy seguro de
que en la Nueva Granada no ha pasado un año sin que se introduzcan
variaciones en las provincias. Es más difícil abolir la libra troy
en Inglaterra que cambiar dos veces todo el sistema métrico en la
Nueva Granada.
¿En qué terminará todo esto? Supongo que en bancarrota. Los
gastos doblan las entradas, pero no será así cuando
|perfeccionen sus proyectos. No veo otro remedio para la
Nueva Granada sino que retroceda y se hunda en la barbarie de los
Estados Unidos o aunque la sobrepase. Pero restaurar el impuesto
per cápita, la prisión por deudas, los pasaportes y las leyes sobre
vagancia que ordenan que la función del hombre es construir
caminos, puentes, escuelas y ¡ay! prisiones también, aunque no se
tenga deseos de viajar, ni de aprender, y menos todavía de estar
preso, todas estas medidas, repito, serán suficientes para poner
fuera de sí a un teórico como Samper. Temo mucho que estas medidas
no se adopten hasta que los granadinos no sufran calamidades más
grandes que las que les ha tocado vivir desde que los españoles
abandonaron las costas de la Nueva Granada.
Estas conclusiones me entristecen, porque amo la gente granadina
y estas páginas son testimonio ininterrumpido de las bondades de
que he sido objeto y que nunca podré corresponder. Difícilmente
puedo mencionar algún pedido razonable de mi parte que hayan
rechazado o desdeñado. Como me di cuenta después, en ocasiones hice
solicitudes inconvenientes, que seguramente causaron molestias, y
sin embargo fueron atendidas. Las autoridades han sido tan amables
como los particulares. Me facilitaron toda clase de documentos,
hasta en oficinas que tuvieron que pedirlos a Bogotá para
reemplazar los que me habían proporcionado. Nada de todo cuanto un
viajero pueda pedir, me han negado.
No he podido hacer por los granadinos todo lo que yo hubiera
querido para demostrarles mi agradecimiento. Me habría gustado
muchísimo haberles señalado más directamente una religión más pura
que les ayudara a remediar los males contra los que están luchando.
Pero aunque podía presentarme como miembro de una iglesia
protestante, las circunstancias hacían desaconsejable ir más allá.
Y ahora, al intentar despertar la simpatía de mi propia gente por
ellos, estoy haciendo todo cuanto puedo.
Al hacer una descripción fiel sobre los granadinos me he visto
obligado a mostrar sus faltas y deficiencias. Pero, después de
todo, declaro abiertamente que son gente de moral muy alta. No me
refiero a la moralidad inglesa o escocesa, porque eso no sería
justo. Los granadinos pertenecen a una religión cuyas instituciones
son adversas a las leyes de la castidad y por lo tanto la
comparación debe establecerse con los países católicos. Suponiendo,
por ejemplo, que la proporción de nacimientos ilegítimos en el país
sea del treinta y tres por ciento, y creo que puede ser menor, en
ese caso sería la misma que la de París. En Bruselas esa proporción
es del treinta y cinco por ciento; en Munich del cuarenta y ocho;
en Viena del cincuenta y uno; y creo que en la sacra Roma es
todavía mayor. Supongamos entonces que la moral de la Nueva Granada
es tan deficiente como la de París, la más moral de las ciudades
mencionadas. Debemos recordar que siendo París una gran ciudad,
sacerdotes solteros, monjes corrompidos y funcionarios militares y
civiles licenciosos se pusieron a la tarea de crear un código de
decencia y moralidad para implantarlo a sencillos y semi-desnudos
indígenas conversos. ¿ Cómo sorprendernos entonces de que la
moralidad sea tan relajada como la de París?
Además, en cuanto a los crímenes contra la vida, la honra y los
bienes, supongo que en toda la nación no hay ni la quinta parte de
los asesinatos que se cometen en la sola ciudad de Nueva York.
Probablemente en California han sucedido en un año más muertes
violentas que las ocurridas en la Nueva Granada entre dos millones
y cuarto de gentes de todas las razas, desde la fecha en que
comenzó a figurar entre las naciones civilizadas. Más de una vez he
tenido que sonrojarme por la rufianería del hampa de nuestra
nación, que no tiene par ni en las peores poblaciones de la Nueva
Granada. Pero volvamos a las cifras. No creo que en la Nueva
Granada haya en un año más
|
de tres asesinatos por cada
millón de habitantes. Mientras que las detenciones por asesinato en
Inglaterra son 4 por millón de habitantes; en Bélgica, 18; en
Irlanda, 19; en Cerdeña, 20; en Francia, 34; en Austria, 86; en
Lombardí a, 46; en Toscana, 56; en Bayana, 68; en Sicilia, 90; en
los Estados Papales, 113, y en Nápoles 174.
¿No estoy entonces en lo cierto cuando afirmo que los granadinos
merecen un puesto muy alto entre las naciones de la tierra en
cuanto a carácter moral?
|Y nosotros especialmente les
debemos respeto y estimación. La conducta del gobierno en Bogotá,
en relación con nuestro tránsito por el Istmo, ha sido más que
generosa, ha sido noble. Y en nosotros buscan ejemplos de gobierno
y nos prefieren en el comercio. Por último, nuestros dos países, de
todas las naciones del mundo, son las únicas que no tienen una
iglesia nacional y que otorgan iguales derechos a los hombres de
todas las creencias religiosas. Esperamos que nuestros dos países
conserven esa libertad y que otros la adopten también. ¡VIVA, PUES,
VIVA LA NUEVA GRANADA!