|CALI Y V
|IAJES
|
Cali
|
— Iglesia construída
con trapos viejos — Cura haciendo judíos — Flor extraña e
imagen milagrosa — Un norteamericano en el hospital —
Colegios — Telares — Sonidos familiares — Funeral
— Celebración del triunfo de un partido — La elección de
López — Viaje hacia el norte — Puente bien construido
— Yumbo — El cobre más barato que el hierro — San
Marcos — Ruta al Pacífico — Mina de cobre — Minas de
aluvión y de yeta — Fábrica de peines — La mala
administración en el Cauca — Tierras comunales —
Elocuencia y moral de un sacerdote — Visita a un ermitaño
— Esfuerzo heroico para tomar una taza de chocolate —
Espinal —Bolivia — Una niña hermosa — Localizando la
mejor ruta para un camino — Cerca de tallos de maíz —
Ferrocarril al Pacífico — Gobierno deficiente — La
Constitución de 1858 — Finanzas — Protección a los
vagabundos — Los granadinos son un pueblo moral.
Nos hallábamos en la ribera izquierda del Cauca, casi a cuatro
millas al oriente de Cali, donde el terreno se inunda con
frecuencia, pero por fin llegamos a una zona que se puede cultivar.
Hay una o dos haciendas cercanas al camino. Por último vimos
delante de nosotros una arboleda muy extensa y frondosa, con
palmeras que surgen aquí y allá sobre el follaje, y por encima de
las copas de los árboles se divisan algunos campanarios y dos
iglesias, una de ellas rematada por una cúpula muy hermosa. Esa
arboleda oculta a Cali.
Vista de cerca, vemos que la perspectiva de la ciudad, tan
placentera a la distancia, no nos ha engañado. Está situada en la
margen derecha del río Cali, en un terreno abierto y seco, a media
milla quizá de las estribaciones de la cordillera occidental de los
Andes, o cadena de Caldas. Puede ser considerada como el puerto de
mar del valle del Cauca. Es capital de la provincia de
Buenaventura, y en tanto que el puerto cuenta apenas 1.986
habitantes, Cali, la quinta ciudad de la Nueva Granada, tiene
11.848. Es una de esas viejas ciudades que tanto me gusta
encontrar; donde la mayor parte de la arquitectura es de
construcción sólida, y hay pocos techos de paja. Tiene buena
cantidad de antiguos conventos, que han sido confiscados y
convertidos en hospital, colegio y otros edificios públicos.
Todavía funciona un convento de franciscanos, al lado de una
beatería o recinto para las devociones especiales de las
mujeres.
Este convento de San Francisco es quizá el más espléndido que se
encuentra al occidente del Quindío. A su iglesia solo la sobrepasan
en tamaño la catedral de Bogotá y la iglesia de Chiquinquirá. Es en
verdad la más hermosa que he visto hasta el momento. Se dice que
fue construida con trapos viejos. Este dicho se origina en el deseo
de las gentes de ser enterradas con el hábito de fraile
franciscano, y prefieren los hábitos viejos a los nuevos, pues
dicen que cuanto más viejos, mejores. Así, pues, ningún fraile
puede darse el gusto de usar el suyo hasta que se le acabe. Un
sujeto que ignoraba esta costumbre mortuoria se alarmó mucho, en
alguna ocasión, pensando que la Orden Franciscana iba a
desaparecer, pues cada uno o dos días se encontraba que estaban
conduciendo a un franciscano a la última morada. Al descubrir la
equivocación, se preguntaba si al diablo también lo
engañarían.
En una misa mayor quedé sorprendido al escuchar a un sacerdote
que verdaderamente sabía cantar, lo cual constituyó un vivo deleite
para mí. Me interesé tanto, que resolví conocerlo personalmente y
fui a visitarlo. Resultó ser un italiano que había dejado de
estudiar música, según me contó, porque deseaba mucho más llegar a
ser predicador, y si se dedicaba al coro, no podía alcanzar su
vocación. Nunca le oí predicar, pero le aseguré que le prestaba
mejor servicio a la religión haciendo tolerables las partes
musicales de los ritos. También me dijo que se hallaba dedicado a
la fabricación de imágenes, y me mostró algunos
|judíos que
estaba haciendo para las procesiones de Semana Santa. Yo le comenté
que me parecía mejor que un sacerdote invirtiera su tiempo en
convertir a los paganos en cristianos, y no en hacer judíos de
yeso. Me invitó a comer con él, pero diferí la invitación para otro
día. Cuando visité a Cali en un viaje posterior, ya lo habían
trasladado a otro convento.
San Pedro es la iglesia parroquial de Cali, pero no iguala en
tamaño ni esplendor a la de San Francisco. Se enorgullece de una
serie de cuadros grandes y nuevos, aparentemente pintados por la
mano del mismo artista, que seguramente es alguien industrioso. Soy
lo suficientemente malo como para que me gusten los cuadros nuevos
y, aunque este artista no puede compararse con Vázquez, los
contemplé con verdadera satisfacción.
Hubo una gran procesión en la que sacaron de la iglesia la
imagen de la Virgen y después de recorrer con ella muchísimas
calles la volvieron a poner en su lugar. En los sitios por donde
debía pasar hicieron grandes preparativos, adornaron las casas con
zarazas de colores y con todo cuanto les parecía que podía servir
de ornato. Después de la procesión me dieron permiso de subir al
camarín y examinar de cerca la imagen de Nuestra Señora del
Queremal. Quereme es el nombre de una flor de agradable aroma y de
la cual no se tiene noticia que crezca en sitio diferente al
occidente de Cali. Se trata de la
|Thibaudia Quereme y el
lugar donde crece se llama El Queremal. Cuando florece, la venden
en Cali. Bien, en El Queremal encontraron una imagen tallada en
piedra por medios sobrenaturales, y la llevaron a Cali, como si su
localización original hubiera sido un error. La cubrieron de
pintura y de ropajes y la pusieron en un camarín para venerarla. Al
sur de la Nueva Granada, en los límites con el Ecuador, existe una
imagen pintada también en forma sobrenatural sobre la superficie
perpendicular de una roca. Los hombres, haciendo despliegue de
infinita laboriosidad y arte, construyeron una capilla para
protegerla y adorarla. Pero ninguna de estas imágenes puede igualar
la fama del más antiguo de estos fraudes que es el pintarrajo de
Chiquinquirá.
Oí decir que había un norteamericano en el hospital de Cali y me
sentí con el deber de visitarlo. Era un negro de Boston y la
enfermedad que lo afligía no hizo mucho por despertar mi estima. Me
pareció que estaba en un sitio muy cómodo, tan bueno como la
mayoría de los hospitales de mi país. El hospital es amplio y bien
dirigido. En cuanto al enfermo, no necesitaba más que alguna ayuda
para encontrar trabajo una vez que lo dieran de
alta.
Visité el colegio de Cali y creo que fue la más instructiva de
las visitas a instituciones de enseñanza que he hecho en la Nueva
Granada. Me presenté al subdirector, que demostró mucho interés en
ilustrarme sobre los métodos de enseñanza que emplean aquí. Tenía
curiosidad de oír a los muchachos conjugar un verbo latino.
Nosotros acentuamos erradamente la terminación en todos los casos y
la mayoría de los profesores consideran que esto es algo
inevitable. Así que nuestros estudiantes dicen Amabán, Amabás,
Amabát; en cambio aquí pronuncian amában, amábas, amábat. La peor
maldición de nuestra enseñanza del latín es la de permitir una
pronunciación errada, lo cual hace que aparezcamos como bárbaros
donde quiera que no se hable inglés, porque entonces es cuando más
se necesita saber latín. Afortunadamente hace años que utilizo la
pronunciación europea, la cual la presenta Bullion, el mejor texto
que tenemos para enseñar latín. Del análisis del latín pasé al del
español y les presenté esa frase que es intraducible literalmente,
“¿Qué tal le ha ido a usted?”. El muchacho quedó
desconcertado y el subdirector le estaba ayudando cuando entró el
director. Los dos se trabaron en una discusión acalorada. El
subdirector pensaba que en la frase había una elipsis de varias
palabras, de veinte, creo. En tanto que el director sostenía que la
frase no admitía más análisis y aplicación de la sintaxis en sus
partes componentes de la que permitiría una interjección
compuesta. Por pretendida modestia reservé mi opinión, pues en
realidad estaba de acuerdo con el subordinado y no con el director.
Pero como imagino que la mayoría de los lectores estarán de acuerdo
en que la frase no se puede analizar, es preferible cambiar de
tema.
Mi principal reparo al sistema de enseñanza en este colegio fue
que me pareció demasiado especulativo y desdeña los conocimientos
prácticos, como la geografía y la química, y que el programa es
demasiado ambicioso, pues tiene mucho cálculo y muy poca
aritmética. Se quiere probar de todo, pero en nada se adquiere
maestría.
Visité también la escuela primaria de niñas. Ocupa una casa
claustrada, que quizá tiene demasiado espacio inútil, pero es una
escuela bien organizada. Se me ocurrió pensar cuál es la proporción
de sangre europea y africana entre las alumnas y llegué a la
conclusión de que es aproximadamente una tercera parte africana sin
mezcla de sangre indígena. Las niñas cantaron, pero solo como
devoción religiosa. Tenían un librito de himnos, de los cuales
ninguno podía cantarse con la misma tonada; aquí desconocen el
metro largo, el ordinario y el corto. Esto sería un inconveniente
si se intentara introducir los himnos protestantes básicos; de los
católicos apenas hay uno que nosotros podamos emplear, que es el
Trisagio o himno a la Trinidad, el cual no tiene valor ni en sus
palabras ni en su música.
Expresé el deseo de tener el libro de himnos del colegio y me
contestaron que podría conseguirlo en la gobernación. “Aquí
tenemos bastantes de los que nos envían, me dijo la directora, pero
como de todo hay que dar recibo, no podemos prestarlo ni dejar
salir ninguno, pues si se pierde nos lo cargan en cuenta”.
Cuando un maestro renuncia, viene un empleado del Gobernador, hace
inventario de todas las pertenencias de la escuela y se las entrega
al sucesor, que debe firmarle un recibo.
En Cali vi el único telar que conocí en la Nueva Granada. Era un
artefacto bastante burdo y muy inferior a cualquiera de nuestros
viejos telares de mano. Ninguna artesanía me parece más necesaria
para introducir al país que el hilado y el tejido. Hilar precede a
tejer, y la industria del tejido no puede florecer mientras el
hilado se haga por métodos anticuados y se desconozca la rueca. Si
la mitad de lo que se ha invertido en introducir a la Nueva Granada
maquinaria importada se hubiera gastado en maquinaria doméstica, ya
seguramente habría amanecido una nueva era. Ni el hilado ni el
tejido han sido introducidos a la Nueva Granada por los europeos,
aunque es posible que este telar haya sido construido según algún
viejo modelo español. La manta o tela indígena de algodón, hecha
con fibras nativas, era una de las mayores riquezas de los
aborígenes antes de la conquista, y la técnica del hilado no ha
sido mejorada desde esos remotos tiempos.
Me apena decir que escuché en Cali algo que me hizo recordar mi
tierra nativa. Me da vergüenza decir de qué se trataba, pero siendo
un viajero fiel y escrupuloso, no tengo otra alternativa. Era un
hombre disputando con su esposa (me imagino). ¿ Por cuántos meses
no había escuchado algo semejante? Había oído a dos mujeres riñendo
en Bogotá; y casi me toca presenciar una pelea de dos bogas en el
Magdalena; pero estos son hombres de raza inferior y de sangre
mezclada, ignorantes y a medio civilizar, que usan machetes para
cortar la maleza, pero nunca emplean una navaja para pelear y es
muy raro que azoten a sus mujeres.
En Cali hay un hospital para leprosos. Tuve muchos deseos de
visitarlo, pero mis amigos se opusieron porque temían que llevara
el contagio a sus familias por culpa de mi curiosidad. Yo no creo
que esta enfermedad sea tan contagiosa como la imaginan ellos, pues
no he sabido que quienes vivan con los leprosos hayan contraído la
enfermedad. Asistí a los funerales de un General Borrero, no, como
yo supuse entonces, el que fue candidato a la presidencia en 1847.
Este era miembro de la Orden Tercera de San Francisco, y
naturalmente lo enterraron como a un fraile. “Cuando el diablo
se enfermó, un monje quería ser”. El cadáver permaneció
expuesto toda la noche, víspera del entierro, en una capilla del
convento. Al día siguiente cantaron la misa de difuntos, con
acompañamiento de los mejores músicos y cantores que pudieron
contratar en Cali.
Luego marcharon en una larga procesión a través de las calles,
descubiertas las cabezas y llevando cirios de treinta pulgadas de
largo y dos de diámetro, que goteaban cera sobre el suelo. Fueron a
una pequeña iglesia o capilla, en el extremo norte de Cali, al lado
del cementerio viejo. Allí rezaron más oraciones y se cantó otro
poco. La procesión siguió hacia el oriente, por la llanura, fuera
de la ciudad, hasta donde está situado el nuevo cementerio, en el
cual todavía no hay capilla. No entré a él con la procesión y
tampoco vi depositar el cadáver en el lugar de su último reposo,
debido a un pequeño accidente que sufrí al pasar un arroyo de aguas
negras, de los muchos que atraviesan la llanura en varias
direcciones; al dar el salto caí en un barrizal y quedé cubierto de
lodo negro y espeso hasta más arriba de las rodillas. Cuando me
lavé y pude entrar al cementerio, ya el cadáver había sido colocado
en una bóveda de ladrillo, a unos tres pies de altura, y la estaban
tapando con ladrillo y argamasa, como es de uso general en estos
casos.
En Cali me correspondió presenciar un acontecimiento importante:
la celebración del triunfo de los liberales el 7 de marzo de 1849,
cuando López fue elegido presidente. La fiesta tuvo carácter
oficial, y si he de ser franco al expresar mis sentimientos, fue de
bastante mal gusto. Sobre todo me pareció grave sumar el insulto al
perjuicio al obligar a los frailes franciscanos a celebrar un
suceso que causaba dolor en el corazón de todos los
fanáticos.
El festejo principió con unas vísperas la noche del domingo y
consistió en iluminación general. Como aquí no hay muchedumbres que
rompan las ventanas, ni hay ventanas que romper, la celebración
naturalmente careció de brillo. En la plaza apenas había treinta y
una luces, la mayor parte colocadas en los balcones de las oficinas
gubernamentales. El lunes hubo misa mayor en la iglesia de San
Francisco. La artillería y la infantería estaban alineadas frente a
ella. Al momento oportuno, cuando todas las campanas repicaban,
batieron los tambores, y los disparos de mosquetería y el trueno
del cañón daban más alas a la devoción de la densa multitud que
llenaba la hermosa y amplia iglesia. Los soldados en parada ni se
arrodillan ni se quitan las gorras durante la misa.
Casi toda la información sobre ese día memorable la obtuve por
intermedio de mi amigo conservador don Eladio Vargas y del amable
botánico de la Comisión Corográfica señor José María Triana, a
quienes inesperadamente encontré juntos.
“La fecha que están celebrando, me comentó don Eladio, fue
uno de los días más aciagos en los anales de la Nueva Granada, no
solo por sus consecuencias sino por los hechos que ocurrieron. Fue
el triunfo de los puñales de la chusma bogotana sobre los
representantes del pueblo. Estos, sitiados en la iglesia de Santo
Domingo, donde se reunía la asamblea, tuvieron que elegir a López
para evitar que los asesinaran”.
“¡Qué asesinato ni qué calabazas!“
|
exclamó Pepe
Triana. “¿Quién más sino su ídolo Mosquera comandaba las
fuerzas militares en Bogotá? Yo mismo hacía parte de esa chusma,
como la llama usted, y no sé de ninguno de nosotros que estuviera
armado. Las únicas armas que vi fueron dos pistolas que le
entregaron al doctor Ospina, el genio malo de Mosquera; y no supe
sino que dos representantes conservadores, Neira y Pardo “el
piadoso”, insinuaron que estaban listos a vender sus vidas tan
caro como fuera posible. Sé que el gobierno había tomado todas las
precauciones militares del caso. La víspera cargaron los cañones,
los caballos de la caballería estuvieron ensillados toda la noche,
y acantonaron las tropas armadas con fusiles cargados en las
barracas. Desde allí hasta Santo Domingo había filas de trompeteros
disfrazados de civiles. En el templo, claro está, el trompetero que
siempre asiste a las sesiones del Congreso estaba uniformado. Con
todos esos aprestos, ¿ qué peligro podía correr el
Congreso?”.
Vargas, “No niego la descripción que usted hace de las
preparaciones, pero no puede negar que el Congreso estaba
amenazado. Es algo que los ‘Apuntamientos’ de Samper
prueban más allá de toda duda. Primero afirma: ‘Como López
tenía más votos en la elección popular que Cuervo y Gori juntos, el
partido democrático consideraba con toda razón que esta
circunstancia lo autorizaba para exigirla’ (Apuntamientos,
página 444). Luego, en la página 446 dice: ‘Con cada voto en
favor del nombre del General López se elevaban en el auditorio
exclamaciones de alegría y entusiasmo como la estrofa de un himno
triunfal; mientras que un súbito y vago murmullo, que expresaba
disgusto, era el eco al nombre del doctor Cuervo’. Y más
adelante: ‘Cuando en el tercer escrutinio la elección quedó
limitada a dos candidatos, y Cuervo tenía 43 votos, López 41 y el
resto eran votos en blanco, la barra pensó que Cuervo había sido
elegido y bajo la cúpula del templo resonó un murmullo prolongado,
como el rugido distante de la tempestad’. Se dice que con los
votos en blanco los diputados buscaban comprobar si podían elegir a
Cuervo sin correr peligro en manos de la
multitud”.
Triana. “Pero no había ni multitud ni amenaza, porque el
Congreso había ordenado despejar la iglesia. Todo el mundo salió
tranquilamente y esperó en la calle, bajo una lluvia helada, hasta
que se hiciera el escrutinio decisivo. Y el voto infame de Mariano
Ospina ‘por el General José Hilario López para que los
diputados no sean asesinados’
|
|
(1)
, fue el comienzo de esa calumnia que
usted intenta mantener vigente”.
¿Qué puede sacar en limpio un viajero imparcial de una discusión
como esta? Mi conclusión es que la elección de López ejecutó los
deseos del país; que el Congreso no tuvo libertad al hacer la
elección y que existía un peligro real si se desconocía la voluntad
del populacho. Opino que los diputados votaron por López en parte
por cobardía y en parte porque tuvieron reparos de conciencia de
votar contra la voluntad del pueblo. Por último me parece que la
presión que se ejerció contra ellos consistió simplemente en
amenazas veladas que quizá nunca se hubieran cumplido. Creo que
Samper aclara este punto al comentar la elección de Joaquín
Mosquera en 1830, cuando “la juventud bogotana logró inspirar
confianza a la Convención”. Este comentario hace pensar que
las elecciones no siempre han sido libres. La conducta del
presidente Mosquera fue admirable durante todo el episodio,
especialmente cuando al final fue inmediatamente a la residencia de
López para felicitarlo por su elección.
Una circunstancia fortuita hizo que fuera a visitar al doctor
Manuel María Mallarino. Yo creía que se trataba de un doctor en
medicina, pero al ver su biblioteca saqué en conclusión que era,
como la mayor parte de los doctores aquí, abogado o doctor en
leyes. No imaginé entonces que bien pronto le sería confiado el
poder supremo, como Vice-Presidente de la nación. Don Manuel María
es un caballero inteligente y habla inglés muy bien; creo que mejor
de lo que pudiera hacerlo cualquiera otro de los que yo he conocido
y que no han residido en un país de habla inglesa, por ejemplo, el
Vice-Presidente Obaldía, en el Istmo de Panamá. El doctor Mallarino
es conservador, pero no ultramontano, y si tuviera poder real en
sus manos sabría usarlo bien. Pero el presidente granadino apenas
es un empleado superior para firmar papeles.
En Cali hay varios paseos muy agradables pero ninguno es mejor
que el de la iglesia de San Nicolás (¿San Antonio?) que está en una
loma desde donde se divisa toda la ciudad. Bajando de ella hasta el
río seguí por la margen derecha y pasé por el acueducto que
suministra agua a Cali llevándola por encima de una cañada. Me
sorprendió que el conducto no fuera más grande, aunque me parece
que su tamaño es mayor que el de Bogotá. Las dimensiones externas
son únicamente de unas treinta pulgadas cuadradas. Más arriba hay
una acequia destapada y no podía dar crédito a mis ojos porque
mientras esta parecía descender al río, el agua corría rápidamente
del río hacia arriba. Me detuve y la examiné para poder convencerme
de la ilusión óptica.
Continué caminando hacia el sur, hasta donde el camino a
Buenaventura cruza el río. En ese sitio había unas pacas inmensas
de tabaco, envueltas en cuero, esperando a que las mulas
descansaran o a que consiguieran otras. Estoy a una latitud de 3º
|
25’ norte, quizá lo más cerca que me encontraré de la
línea ecuatorial. Pero aquí no se siente la diferencia de latitud.
Así como sucede con la duración de los días cerca al solsticio,
donde una semana trae menos cambios que un solo día en el
equinoccio, los siete grados que he recorrido a lo largo de estas
páginas no significan tantos cambios como los dos grados que hay
entre Nueva York y Boston, que sí constituyen una diferencia
considerable.
Cerca de Cali hay minas de carbón y de lignito, que valen la
pena ser visitadas por el viajero, así como otros sitios que serían
de muchísimo interés para el mineralogista, pero desafortunadamente
yo me enteré demasiado tarde de su existencia y no pude ir a
conocerlos.
En compañía a del señor Triana viajamos de Cali a Vijes para
visitar unas minas, y con nosotros fue el administrador de estas.
Cruzamos el río Cali por un puente de ladrillo; el más largo, el
mejor y también el último que vi en la Nueva Granada. Es lo
suficientemente ancho para dar paso a un carruaje, y descansa sobre
siete arcos. Al contemplarlo, uno se olvida dónde está, pero al
mirar las lavanderas a lo largo de las márgenes del río y los
muchachos y muchachas que nadan un poco más abajo, recuerda que
todavía está en la Nueva Granada.
Se cruza otro río y se está ya en camino abierto. Vi una choza o
cobertizo con un techo de guadua muy particular. Para hacerlo
cortan las guaduas en dos y a lo largo, las ponen una al lado de la
otra, con la parte cóncava hacia arriba, desde la parhilera hasta
el alero, y luego sobre los bordes adyacentes de cada una colocan
las otras mitades, con la parte convexa para arriba, de tal manera
que la lluvia no puede escurrirse por entre las
guaduas.
En el camino nos encontramos con un hombre descansando a la
sombra de un árbol, quien nos pidió limosna diciendo que era un
convicto que hacía poco había salido del presidio. Más adelante,
hacia el sur y a la izquierda, el señor Monzón nos mostró una
imagen natural del Ecce Romo. Tiene en común con
|El viejo de la
montaña de las Montañas Blancas de New Hampshire, que está en
la roca, pero requiere un esfuerzo muy grande de imaginación para
verlo y yo no pude distinguir nada. Después llegamos al cenagal más
espantoso que he visto fuera del Quindío, con excepción quizá de
algunos lodazales que hay en las márgenes del Cauca. Una vez lo
crucé de noche y nunca había sentido tanto miedo en todos mis
viajes. Gustosamente me enfrento a precipicios, toros bravos,
ladrones y serpientes, y no a uno solo de estos
tremedales.
Pasé la noche en la hacienda de Arroyohondo, donde me recibieron
(siendo un extraño a quien había cogido la noche) con toda la
hospitalidad que siempre se encuentra en cualquier casa o choza en
esta nación, donde prácticamente se desconocen las negativas,
“la dulce
|tierra del sí”, como alguien la ha
llamado. En Arroyohondo vi el más antiguo trapiche movido por
fuerza hidráulica que quizá hay en el país. Los cilindros eran de
cobre traído del sur o tal vez sacado de la mina que hay en las
cercanías de Vijes. Los cilindros son verticales y la rueda
hidráulica es una rueda de barco. El trapiche no está bien hecho y
nunca antes había visto que el cobre fuera más barato que el
hierro.
A una o dos millas a la izquierda está la población de Yumbo, y
hacia el norte, en una hacienda en las estribaciones de la
cordillera, hay una calera. Como había dicho antes, en el valle del
Cauca solo hay otra calera, en Vijes. En este sitio me llamó la
atención un pájaro muy curioso, una especie de golondrina. Dicen
que es una variedad del
|Hirundo rufa, al que llaman tijereta
porque tiene en la cola dos plumas que se proyectan como tijeras.
En esta región también se ve un ave de la especie de las que viven
en los pantanos, que se la pasa cazando babosas y otros bichos
indefensos, con su pico larguísimo y curvo. Se supone que es una
|Sco
|pus, y por su canto la llaman coclí. Otro pájaro,
parecido al halcón, tiene hábitos similares y a menudo se le ve
encima de las reses, en especial cuando estas se encuentran
echadas. Se supone que limpia al ganado de los insectos que lo
invaden y por eso es conocido con el nombre de garrapatero, Creo
que sea el
|Crotophaga Piririgua.
|
Las estribaciones de la cordillera llegan casi hasta el río, y
por lo tanto, también el camino. Estábamos en la vía principal que
va de Cali a Buga y Roldanillo, pero allí los dos caminos se
separan; uno se dirige al paso del río y el otro hacia las lomas.
No seguí por ninguno de ellos sino que me fui a la hacienda de San
Marcos, que queda en un rincón de la cordillera, donde vive una
familia muy agradable.
Hice una caminata siguiendo el curso de un arroyo y obtuve
información interesante. A buen paso subí alrededor de tres millas.
No se necesitaría mucha técnica para construir en este sitio un
camino carreteable. Por todas partes encontré roca sólida que me
recordó la micacita de algunas regiones de Vermont. Aquí hay
abundantes venas de cuarzo y algunas auríferas. Vi también varias
caídas de agua, las primeras que encontré en el valle del Cauca.
Por fin llegué a una serranía que parece extenderse a través del
valle, desde cuya cima contemplé a mis pies el valle del río
Dagua que desemboca en el Pacífico, en Buenaventura. Estoy seguro
que es este el sitio por donde sería más fácil construir un camino
carreteable de Bogotá al Pacífico. El puerto está casi exactamente
al occidente de donde yo estoy en este momento y no debe
encontrarse a más de veinte millas de distancia del mar.
En San Marcos me ofrecieron pitahaya por primera vez en mi vida;
me refiero a la pitahaya amarilla, porque la roja no vale la pena
comerla. Dicen que la verdadera
|Cereus Pitajaya de Jacquin
es una especie marítima, con la fruta escarlata por fuera y blanca
por dentro, en tanto que esta excelente fruta tiene la cáscara y la
pulpa amarillas. Creo que es una de las mejores frutas tropicales.
Las flores de las especies
|Cereus abren de noche y nunca he
visto una abierta.
Dejando a San Marcos cabalgué bajo un árbol
|Capparidate
muy alto y empecé a ascender una estribación de la cordillera de
Caldas. A mi derecha observé algunas antiguas excavaciones de
donde, según me informaron, habían extraído el cobre para fabricar
las campanas del convento de San Francisco en Cali. Unos metros
adelante hay otras más recientes, pero para buscar oro, y me
dijeron que las habían suspendido a causa de un pleito. La
estribación se prolonga hasta las márgenes del río y parece como si
buscara otra que se prolonga unas cuantas millas más abajo. Entre
las dos hay una llanura encerrada en medio de altos cerros, pero
con frente de más o menos una milla a las márgenes fangosas del
Cauca. Es la llanura de Vijes donde empecé este relato y donde
pronto lo terminaré.
Bajando por una loma escarpada llegué a un pueblito de ranchos
de paja. Los señores Monzón y Triana estaban esperándome y
almorzamos en la casa del primero. El señor Caldas vive al frente,
en la mejor casa de la población. Tenía una fábrica de peines, pero
acaba de vender la maquinaria a un señor de El Cerrito, población
de la banda oriental del río, al frente de Vijes. La manufactura de
peines debería dar utilidades en una región donde los cuernos
apenas si tienen un precio nominal; pero aquí ninguna fábrica puede
prosperar mientras no crezca la demanda y no disminuyan los días de
fiesta. Los peines estaban hechos sin ningún cuidado, y a lo más
que puede aspirar esta industria es a atender la demanda local, que
es muy poca para las peinetas y todavía menor para los peines. Las
peinetas como objeto de adorno no se utilizan tanto como en
Norteamérica.
Las minas que explota el señor Caicedo bajo la dirección del
señor Monzón deberían llamarse más bien filones. Están trabajando
dos vetas a media milla de la plaza y construyendo un molino para
moler y amalgamar el metal, pero no me parece que vaya a funcionar.
Aquí hay algunos lavadores de oro, una raza extraña. Tienen un jefe
al que le pagan por no hacer otra cosa que vigilarlos y hacerlos
trabajar. Lavan el oro en un cuerno aplanado. Se necesita mucha
habilidad para separar las partículas microscópicas de metal de la
arena ferruginosa y hacer que aparezca claramente el oro, lo cual
llaman
|pintarse. Pero la minería de oro aquí no da
utilidades. Me parece que el porvenir de Vijes está en el cuarzo,
que podría ser valioso si se lo trabajara bien.
El señor Caldas es hombre muy inteligente, pero también es el
conservador más recalcitrante que he conocido, y no sin razón. En
la última elección lo acusaron de
|traición y enviaron un
pelotón, más bien una pandilla, de soldados, a arrestarlo y
llevarlo a Cali. Si el señor Caldas no había cometido traición era
simplemente porque no habla podido. La idea era un
absurdo.
Hasta ahora no había querido mencionar algo que vi con mucha
frecuencia entre Buga y Palmira: cercas destruidas, cientos de
cercas deshechas. Me cuentan que mil hombres se dedicaron a este
trabajo devastador. Intenté obtener información de las autoridades
sobre este punto, pero por mucho tiempo no me dieron ninguna y
luego me suministraron demasiada. Nunca he podido entender bien lo
que pasó.
“Nadie puede negar o justificar lo sucedido”, dice el
señor Caldas, “usted ha visto con sus propios ojos la
destrucción de lo que antes fueron haciendas prósperas, pero eso no
es nada. Los hombres que llevaron a cabo esa devastación se
llamaban a si mismos perreristas. Perrero es un látigo hecho con
guayacán y cuero crudo. A los propietarios de esas haciendas los
azotaban siempre que les podían echar mano y numerosos sufrieron
esa ignominia. Muchos abandonaron sus propiedades y se fueron a
vivir pobremente a las ciudades, sin contar siquiera con seguridad
para sus personas. Los perreristas también destruyeron casas,
violaron mujeres y todo lo hicieron cumpliendo órdenes secretas del
presidente López y de su sucesor, todavía más infame,
Obando”.
“No puedo negar esos crímenes, respondió Triana, pero
existen circunstancias atenuantes que usted no menciona; y en
cuanto al origen de los hechos, no estoy de acuerdo con que se
pueda atribuir a los gobernadores y todavía menos al Presidente. A
este lado del Quindío la política se ha caracterizado siempre por
su ferocidad y en este valle ha habido más derramamiento de sangre
que en cualquier otro lugar de la República. Pasto ha sido en todo
tiempo un volcán apagado o activo. La propiedad en la parte central
del valle ha estado siempre en manos de ricos propietarios de
esclavos y de minas en el Chocó, que no sienten ninguna simpatía
por los pobres. Eran también los dueños de una gran parte de los
habitantes de este valle hasta que la ley los obligó a liberarlos
el día primero de enero de 1852”.
“¿Pero qué tiene que ver la liberación de los esclavos en
1852 con lo sucedido en 1849 y 1850?”.
“La liberación muy poco, pero la expectativa de la
liberación mucho. Aun en Bogotá nunca se había presentado tal furia
política como la que caracterizó el período anterior a la elección
presidencial de 1849, precisamente cuando la agitación ha debido
acallarse. Tanto la prensa como el pálpito y los jesuitas estaban
participando activamente. Los estudiantes formaron sociedades
políticas, las señoritas en sus ventanas rechazaban a los
caballeros con tendencias políticas que ellas desaprobaban, y aun
las damas maduras ingresaron a sociedades dedicadas al exterminio
de la democracia, a la que consideraban como enemiga de la
religión. Esas eran las asociaciones del Niño Jesús. Y todo esto
sucedió antes de que la administración de López hubiera hecho el
bien o el mal”.
“¿Y todos esos estudiantes eran conservadores? ¿Es que
acaso no había Sociedad Democrática ni Escuela
Republicana?”
“Donde existe el ataque surge la defensa. La administración
tenía que liberarse de sus enemigos más peligrosos, y ¿cómo
hacerlo? El congreso estaba sesionando, pero antes de que cualquier
ley relativa a los jesuitas pudiera aprobarse en ambas cámaras, aun
en el caso que el Senado hubiera estado dispuesto a apoyar al
gobierno, las maquinaciones de aquellos habrían encendido la
rebelión desde Cúcuta hasta Túquerres. Por eso mientras la Gaceta
Oficial se estaba preparando como siempre, apareció el decreto
revolucionario en el número extra del 18 de mayo de 1851, publicada
en otro sitio, y de pronto, con un día de plazo, toda la comunidad
de los jesuitas tuvo que irse sin tener oportunidad de hacer
estallar su bomba”.
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1.
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En carta a su amigo Don Joaquín Emilio Gómez, Don Mariano
Ospina explicó así su voto: “He opinado que convenía que los
facciosos ganaran la elección, porque nuestro partido, dividido y
anulado, no podría ya gobernar, y cuando me persuadí de que
nosotros teníamos mayoría segura y que el triunfo legal de los
contrarios era imposible, estuve muy inquieto pensando en la nueva
Administración (de Cuervo), de la cual estaba resuelto a no hacer
parte, porque la veía en imposibilidad de gobernar; así que el 7 de
marzo por la noche estuve más tranquilo que si hubiéramos
triunfado... “. Véase Estanislao Gómez Barrientos,
|Don
Mariano Ospina y su época, V. I, p. 429. Imprenta Editorial,
Medellín, 1913. (Nota de la traductora). (regresar 1)
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