INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
|CALI Y V |IAJES
 
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  Cali | — Iglesia construída con trapos viejos — Cura haciendo judíos — Flor extraña e imagen milagrosa — Un norteamericano en el hospital — Colegios — Telares — Sonidos familiares — Funeral — Celebración del triunfo de un partido — La elección de López — Viaje hacia el norte — Puente bien construido — Yumbo — El cobre más barato que el hierro — San Marcos — Ruta al Pacífico — Mina de cobre — Minas de aluvión y de yeta — Fábrica de peines — La mala administración en el Cauca — Tierras comunales — Elocuencia y moral de un sacerdote — Visita a un ermitaño — Esfuerzo heroico para tomar una taza de chocolate — Espinal —Bolivia — Una niña hermosa — Localizando la mejor ruta para un camino — Cerca de tallos de maíz — Ferrocarril al Pacífico — Gobierno deficiente — La Constitución de 1858 — Finanzas — Protección a los vagabundos — Los granadinos son un pueblo moral.
 

 

Nos hallábamos en la ribera izquierda del Cauca, casi a cuatro millas al oriente de Cali, donde el terreno se inunda con frecuencia, pero por fin llegamos a una zona que se puede cultivar. Hay una o dos haciendas cercanas al camino. Por último vimos delante de nosotros una arboleda muy extensa y frondosa, con palmeras que surgen aquí y allá sobre el follaje, y por encima de las copas de los árboles se divisan algunos campanarios y dos iglesias, una de ellas rematada por una cúpula muy hermosa. Esa arboleda oculta a Cali.

Vista de cerca, vemos que la perspectiva de la ciudad, tan placentera a la distancia, no nos ha engañado. Está situada en la margen derecha del río Cali, en un terreno abierto y seco, a media milla quizá de las estribaciones de la cordillera occidental de los Andes, o cadena de Caldas. Puede ser considerada como el puerto de mar del valle del Cauca. Es capital de la provincia de Buenaventura, y en tanto que el puerto cuenta apenas 1.986 habitantes, Cali, la quinta ciudad de la Nueva Granada, tiene 11.848. Es una de esas viejas ciudades que tanto me gusta encontrar; donde la mayor parte de la arquitectura es de construcción sólida, y hay pocos techos de paja. Tiene buena cantidad de antiguos conventos, que han sido confiscados y convertidos en hospital, colegio y otros edificios públicos. Todavía funciona un convento de franciscanos, al lado de una beatería o recinto para las devociones especiales de las mujeres.

Este convento de San Francisco es quizá el más espléndido que se encuentra al occidente del Quindío. A su iglesia solo la sobrepasan en tamaño la catedral de Bogotá y la iglesia de Chiquinquirá. Es en verdad la más hermosa que he visto hasta el momento. Se dice que fue construida con trapos viejos. Este dicho se origina en el deseo de las gentes de ser enterradas con el hábito de fraile franciscano, y prefieren los hábitos viejos a los nuevos, pues dicen que cuanto más viejos, mejores. Así, pues, ningún fraile puede darse el gusto de usar el suyo hasta que se le acabe. Un sujeto que ignoraba esta costumbre mortuoria se alarmó mucho, en alguna ocasión, pensando que la Orden Franciscana iba a desaparecer, pues cada uno o dos días se encontraba que estaban conduciendo a un franciscano a la última morada. Al descubrir la equivocación, se preguntaba si al diablo también lo engañarían.

En una misa mayor quedé sorprendido al escuchar a un sacerdote que verdaderamente sabía cantar, lo cual constituyó un vivo deleite para mí. Me interesé tanto, que resolví conocerlo personalmente y fui a visitarlo. Resultó ser un italiano que había dejado de estudiar música, según me contó, porque deseaba mucho más llegar a ser predicador, y si se dedicaba al coro, no podía alcanzar su vocación. Nunca le oí predicar, pero le aseguré que le prestaba mejor servicio a la religión haciendo tolerables las partes musicales de los ritos. También me dijo que se hallaba dedicado a la fabricación de imágenes, y me mostró algunos |judíos que estaba haciendo para las procesiones de Semana Santa. Yo le comenté que me parecía mejor que un sacerdote invirtiera su tiempo en convertir a los paganos en cristianos, y no en hacer judíos de yeso. Me invitó a comer con él, pero diferí la invitación para otro día. Cuando visité a Cali en un viaje posterior, ya lo habían trasladado a otro convento.

San Pedro es la iglesia parroquial de Cali, pero no iguala en tamaño ni esplendor a la de San Francisco. Se enorgullece de una serie de cuadros grandes y nuevos, aparentemente pintados por la mano del mismo artista, que seguramente es alguien industrioso. Soy lo suficientemente malo como para que me gusten los cuadros nuevos y, aunque este artista no puede compararse con Vázquez, los contemplé con verdadera satisfacción.

Hubo una gran procesión en la que sacaron de la iglesia la imagen de la Virgen y después de recorrer con ella muchísimas calles la volvieron a poner en su lugar. En los sitios por donde debía pasar hicieron grandes preparativos, adornaron las casas con zarazas de colores y con todo cuanto les parecía que podía servir de ornato. Después de la procesión me dieron permiso de subir al camarín y examinar de cerca la imagen de Nuestra Señora del Queremal. Quereme es el nombre de una flor de agradable aroma y de la cual no se tiene noticia que crezca en sitio diferente al occidente de Cali. Se trata de la |Thibaudia Quereme y el lugar donde crece se llama El Queremal. Cuando florece, la venden en Cali. Bien, en El Queremal encontraron una imagen tallada en piedra por medios sobrenaturales, y la llevaron a Cali, como si su localización original hubiera sido un error. La cubrieron de pintura y de ropajes y la pusieron en un camarín para venerarla. Al sur de la Nueva Granada, en los límites con el Ecuador, existe una imagen pintada también en forma sobrenatural sobre la superficie perpendicular de una roca. Los hombres, haciendo despliegue de infinita laboriosidad y arte, construyeron una capilla para protegerla y adorarla. Pero ninguna de estas imágenes puede igualar la fama del más antiguo de estos fraudes que es el pintarrajo de Chiquinquirá.

Oí decir que había un norteamericano en el hospital de Cali y me sentí con el deber de visitarlo. Era un negro de Boston y la enfermedad que lo afligía no hizo mucho por despertar mi estima. Me pareció que estaba en un sitio muy cómodo, tan bueno como la mayoría de los hospitales de mi país. El hospital es amplio y bien dirigido. En cuanto al enfermo, no necesitaba más que alguna ayuda para encontrar trabajo una vez que lo dieran de alta.

Visité el colegio de Cali y creo que fue la más instructiva de las visitas a instituciones de enseñanza que he hecho en la Nueva Granada. Me presenté al subdirector, que demostró mucho interés en ilustrarme sobre los métodos de enseñanza que emplean aquí. Tenía curiosidad de oír a los muchachos conjugar un verbo latino. Nosotros acentuamos erradamente la terminación en todos los casos y la mayoría de los profesores consideran que esto es algo inevitable. Así que nuestros estudiantes dicen Amabán, Amabás, Amabát; en cambio aquí pronuncian amában, amábas, amábat. La peor maldición de nuestra enseñanza del latín es la de permitir una pronunciación errada, lo cual hace que aparezcamos como bárbaros donde quiera que no se hable inglés, porque entonces es cuando más se necesita saber latín. Afortunadamente hace años que utilizo la pronunciación europea, la cual la presenta Bullion, el mejor texto que tenemos para enseñar latín. Del análisis del latín pasé al del español y les presenté esa frase que es intraducible literalmente, “¿Qué tal le ha ido a usted?”. El muchacho quedó desconcertado y el subdirector le estaba ayudando cuando entró el director. Los dos se trabaron en una discusión acalorada. El subdirector pensaba que en la frase había una elipsis de varias palabras, de veinte, creo. En tanto que el director sostenía que la frase no admitía más análisis y aplicación de la sintaxis en sus partes componentes de la que permitiría una interjección compuesta. Por pretendida modestia reservé mi opinión, pues en realidad estaba de acuerdo con el subordinado y no con el director. Pero como imagino que la mayoría de los lectores estarán de acuerdo en que la frase no se puede analizar, es preferible cambiar de tema.

Mi principal reparo al sistema de enseñanza en este colegio fue que me pareció demasiado especulativo y desdeña los conocimientos prácticos, como la geografía y la química, y que el programa es demasiado ambicioso, pues tiene mucho cálculo y muy poca aritmética. Se quiere probar de todo, pero en nada se adquiere maestría.

Visité también la escuela primaria de niñas. Ocupa una casa claustrada, que quizá tiene demasiado espacio inútil, pero es una escuela bien organizada. Se me ocurrió pensar cuál es la proporción de sangre europea y africana entre las alumnas y llegué a la conclusión de que es aproximadamente una tercera parte africana sin mezcla de sangre indígena. Las niñas cantaron, pero solo como devoción religiosa. Tenían un librito de himnos, de los cuales ninguno podía cantarse con la misma tonada; aquí desconocen el metro largo, el ordinario y el corto. Esto sería un inconveniente si se intentara introducir los himnos protestantes básicos; de los católicos apenas hay uno que nosotros podamos emplear, que es el Trisagio o himno a la Trinidad, el cual no tiene valor ni en sus palabras ni en su música.

Expresé el deseo de tener el libro de himnos del colegio y me contestaron que podría conseguirlo en la gobernación. “Aquí tenemos bastantes de los que nos envían, me dijo la directora, pero como de todo hay que dar recibo, no podemos prestarlo ni dejar salir ninguno, pues si se pierde nos lo cargan en cuenta”. Cuando un maestro renuncia, viene un empleado del Gobernador, hace inventario de todas las pertenencias de la escuela y se las entrega al sucesor, que debe firmarle un recibo.

En Cali vi el único telar que conocí en la Nueva Granada. Era un artefacto bastante burdo y muy inferior a cualquiera de nuestros viejos telares de mano. Ninguna artesanía me parece más necesaria para introducir al país que el hilado y el tejido. Hilar precede a tejer, y la industria del tejido no puede florecer mientras el hilado se haga por métodos anticuados y se desconozca la rueca. Si la mitad de lo que se ha invertido en introducir a la Nueva Granada maquinaria importada se hubiera gastado en maquinaria doméstica, ya seguramente habría amanecido una nueva era. Ni el hilado ni el tejido han sido introducidos a la Nueva Granada por los europeos, aunque es posible que este telar haya sido construido según algún viejo modelo español. La manta o tela indígena de algodón, hecha con fibras nativas, era una de las mayores riquezas de los aborígenes antes de la conquista, y la técnica del hilado no ha sido mejorada desde esos remotos tiempos.

Me apena decir que escuché en Cali algo que me hizo recordar mi tierra nativa. Me da vergüenza decir de qué se trataba, pero siendo un viajero fiel y escrupuloso, no tengo otra alternativa. Era un hombre disputando con su esposa (me imagino). ¿ Por cuántos meses no había escuchado algo semejante? Había oído a dos mujeres riñendo en Bogotá; y casi me toca presenciar una pelea de dos bogas en el Magdalena; pero estos son hombres de raza inferior y de sangre mezclada, ignorantes y a medio civilizar, que usan machetes para cortar la maleza, pero nunca emplean una navaja para pelear y es muy raro que azoten a sus mujeres.

En Cali hay un hospital para leprosos. Tuve muchos deseos de visitarlo, pero mis amigos se opusieron porque temían que llevara el contagio a sus familias por culpa de mi curiosidad. Yo no creo que esta enfermedad sea tan contagiosa como la imaginan ellos, pues no he sabido que quienes vivan con los leprosos hayan contraído la enfermedad. Asistí a los funerales de un General Borrero, no, como yo supuse entonces, el que fue candidato a la presidencia en 1847. Este era miembro de la Orden Tercera de San Francisco, y naturalmente lo enterraron como a un fraile. “Cuando el diablo se enfermó, un monje quería ser”. El cadáver permaneció expuesto toda la noche, víspera del entierro, en una capilla del convento. Al día siguiente cantaron la misa de difuntos, con acompañamiento de los mejores músicos y cantores que pudieron contratar en Cali.

Luego marcharon en una larga procesión a través de las calles, descubiertas las cabezas y llevando cirios de treinta pulgadas de largo y dos de diámetro, que goteaban cera sobre el suelo. Fueron a una pequeña iglesia o capilla, en el extremo norte de Cali, al lado del cementerio viejo. Allí rezaron más oraciones y se cantó otro poco. La procesión siguió hacia el oriente, por la llanura, fuera de la ciudad, hasta donde está situado el nuevo cementerio, en el cual todavía no hay capilla. No entré a él con la procesión y tampoco vi depositar el cadáver en el lugar de su último reposo, debido a un pequeño accidente que sufrí al pasar un arroyo de aguas negras, de los muchos que atraviesan la llanura en varias direcciones; al dar el salto caí en un barrizal y quedé cubierto de lodo negro y espeso hasta más arriba de las rodillas. Cuando me lavé y pude entrar al cementerio, ya el cadáver había sido colocado en una bóveda de ladrillo, a unos tres pies de altura, y la estaban tapando con ladrillo y argamasa, como es de uso general en estos casos.

En Cali me correspondió presenciar un acontecimiento importante: la celebración del triunfo de los liberales el 7 de marzo de 1849, cuando López fue elegido presidente. La fiesta tuvo carácter oficial, y si he de ser franco al expresar mis sentimientos, fue de bastante mal gusto. Sobre todo me pareció grave sumar el insulto al perjuicio al obligar a los frailes franciscanos a celebrar un suceso que causaba dolor en el corazón de todos los fanáticos.

El festejo principió con unas vísperas la noche del domingo y consistió en iluminación general. Como aquí no hay muchedumbres que rompan las ventanas, ni hay ventanas que romper, la celebración naturalmente careció de brillo. En la plaza apenas había treinta y una luces, la mayor parte colocadas en los balcones de las oficinas gubernamentales. El lunes hubo misa mayor en la iglesia de San Francisco. La artillería y la infantería estaban alineadas frente a ella. Al momento oportuno, cuando todas las campanas repicaban, batieron los tambores, y los disparos de mosquetería y el trueno del cañón daban más alas a la devoción de la densa multitud que llenaba la hermosa y amplia iglesia. Los soldados en parada ni se arrodillan ni se quitan las gorras durante la misa.

Casi toda la información sobre ese día memorable la obtuve por intermedio de mi amigo conservador don Eladio Vargas y del amable botánico de la Comisión Corográfica señor José María Triana, a quienes inesperadamente encontré juntos.

“La fecha que están celebrando, me comentó don Eladio, fue uno de los días más aciagos en los anales de la Nueva Granada, no solo por sus consecuencias sino por los hechos que ocurrieron. Fue el triunfo de los puñales de la chusma bogotana sobre los representantes del pueblo. Estos, sitiados en la iglesia de Santo Domingo, donde se reunía la asamblea, tuvieron que elegir a López para evitar que los asesinaran”.

“¡Qué asesinato ni qué calabazas!“ | exclamó Pepe Triana. “¿Quién más sino su ídolo Mosquera comandaba las fuerzas militares en Bogotá? Yo mismo hacía parte de esa chusma, como la llama usted, y no sé de ninguno de nosotros que estuviera armado. Las únicas armas que vi fueron dos pistolas que le entregaron al doctor Ospina, el genio malo de Mosquera; y no supe sino que dos representantes conservadores, Neira y Pardo “el piadoso”, insinuaron que estaban listos a vender sus vidas tan caro como fuera posible. Sé que el gobierno había tomado todas las precauciones militares del caso. La víspera cargaron los cañones, los caballos de la caballería estuvieron ensillados toda la noche, y acantonaron las tropas armadas con fusiles cargados en las barracas. Desde allí hasta Santo Domingo había filas de trompeteros disfrazados de civiles. En el templo, claro está, el trompetero que siempre asiste a las sesiones del Congreso estaba uniformado. Con todos esos aprestos, ¿ qué peligro podía correr el Congreso?”.

Vargas, “No niego la descripción que usted hace de las preparaciones, pero no puede negar que el Congreso estaba amenazado. Es algo que los ‘Apuntamientos’ de Samper prueban más allá de toda duda. Primero afirma: ‘Como López tenía más votos en la elección popular que Cuervo y Gori juntos, el partido democrático consideraba con toda razón que esta circunstancia lo autorizaba para exigirla’ (Apuntamientos, página 444). Luego, en la página 446 dice: ‘Con cada voto en favor del nombre del General López se elevaban en el auditorio exclamaciones de alegría y entusiasmo como la estrofa de un himno triunfal; mientras que un súbito y vago murmullo, que expresaba disgusto, era el eco al nombre del doctor Cuervo’. Y más adelante: ‘Cuando en el tercer escrutinio la elección quedó limitada a dos candidatos, y Cuervo tenía 43 votos, López 41 y el resto eran votos en blanco, la barra pensó que Cuervo había sido elegido y bajo la cúpula del templo resonó un murmullo prolongado, como el rugido distante de la tempestad’. Se dice que con los votos en blanco los diputados buscaban comprobar si podían elegir a Cuervo sin correr peligro en manos de la multitud”.

Triana. “Pero no había ni multitud ni amenaza, porque el Congreso había ordenado despejar la iglesia. Todo el mundo salió tranquilamente y esperó en la calle, bajo una lluvia helada, hasta que se hiciera el escrutinio decisivo. Y el voto infame de Mariano Ospina ‘por el General José Hilario López para que los diputados no sean asesinados’ | | (1) , fue el comienzo de esa calumnia que usted intenta mantener vigente”.

¿Qué puede sacar en limpio un viajero imparcial de una discusión como esta? Mi conclusión es que la elección de López ejecutó los deseos del país; que el Congreso no tuvo libertad al hacer la elección y que existía un peligro real si se desconocía la voluntad del populacho. Opino que los diputados votaron por López en parte por cobardía y en parte porque tuvieron reparos de conciencia de votar contra la voluntad del pueblo. Por último me parece que la presión que se ejerció contra ellos consistió simplemente en amenazas veladas que quizá nunca se hubieran cumplido. Creo que Samper aclara este punto al comentar la elección de Joaquín Mosquera en 1830, cuando “la juventud bogotana logró inspirar confianza a la Convención”. Este comentario hace pensar que las elecciones no siempre han sido libres. La conducta del presidente Mosquera fue admirable durante todo el episodio, especialmente cuando al final fue inmediatamente a la residencia de López para felicitarlo por su elección.

Una circunstancia fortuita hizo que fuera a visitar al doctor Manuel María Mallarino. Yo creía que se trataba de un doctor en medicina, pero al ver su biblioteca saqué en conclusión que era, como la mayor parte de los doctores aquí, abogado o doctor en leyes. No imaginé entonces que bien pronto le sería confiado el poder supremo, como Vice-Presidente de la nación. Don Manuel María es un caballero inteligente y habla inglés muy bien; creo que mejor de lo que pudiera hacerlo cualquiera otro de los que yo he conocido y que no han residido en un país de habla inglesa, por ejemplo, el Vice-Presidente Obaldía, en el Istmo de Panamá. El doctor Mallarino es conservador, pero no ultramontano, y si tuviera poder real en sus manos sabría usarlo bien. Pero el presidente granadino apenas es un empleado superior para firmar papeles.

En Cali hay varios paseos muy agradables pero ninguno es mejor que el de la iglesia de San Nicolás (¿San Antonio?) que está en una loma desde donde se divisa toda la ciudad. Bajando de ella hasta el río seguí por la margen derecha y pasé por el acueducto que suministra agua a Cali llevándola por encima de una cañada. Me sorprendió que el conducto no fuera más grande, aunque me parece que su tamaño es mayor que el de Bogotá. Las dimensiones externas son únicamente de unas treinta pulgadas cuadradas. Más arriba hay una acequia destapada y no podía dar crédito a mis ojos porque mientras esta parecía descender al río, el agua corría rápidamente del río hacia arriba. Me detuve y la examiné para poder convencerme de la ilusión óptica.

Continué caminando hacia el sur, hasta donde el camino a Buenaventura cruza el río. En ese sitio había unas pacas inmensas de tabaco, envueltas en cuero, esperando a que las mulas descansaran o a que consiguieran otras. Estoy a una latitud de 3º | 25’ norte, quizá lo más cerca que me encontraré de la línea ecuatorial. Pero aquí no se siente la diferencia de latitud. Así como sucede con la duración de los días cerca al solsticio, donde una semana trae menos cambios que un solo día en el equinoccio, los siete grados que he recorrido a lo largo de estas páginas no significan tantos cambios como los dos grados que hay entre Nueva York y Boston, que sí constituyen una diferencia considerable.

Cerca de Cali hay minas de carbón y de lignito, que valen la pena ser visitadas por el viajero, así como otros sitios que serían de muchísimo interés para el mineralogista, pero desafortunadamente yo me enteré demasiado tarde de su existencia y no pude ir a conocerlos.

En compañía a del señor Triana viajamos de Cali a Vijes para visitar unas minas, y con nosotros fue el administrador de estas. Cruzamos el río Cali por un puente de ladrillo; el más largo, el mejor y también el último que vi en la Nueva Granada. Es lo suficientemente ancho para dar paso a un carruaje, y descansa sobre siete arcos. Al contemplarlo, uno se olvida dónde está, pero al mirar las lavanderas a lo largo de las márgenes del río y los muchachos y muchachas que nadan un poco más abajo, recuerda que todavía está en la Nueva Granada.

Se cruza otro río y se está ya en camino abierto. Vi una choza o cobertizo con un techo de guadua muy particular. Para hacerlo cortan las guaduas en dos y a lo largo, las ponen una al lado de la otra, con la parte cóncava hacia arriba, desde la parhilera hasta el alero, y luego sobre los bordes adyacentes de cada una colocan las otras mitades, con la parte convexa para arriba, de tal manera que la lluvia no puede escurrirse por entre las guaduas.

En el camino nos encontramos con un hombre descansando a la sombra de un árbol, quien nos pidió limosna diciendo que era un convicto que hacía poco había salido del presidio. Más adelante, hacia el sur y a la izquierda, el señor Monzón nos mostró una imagen natural del Ecce Romo. Tiene en común con |El viejo de la montaña de las Montañas Blancas de New Hampshire, que está en la roca, pero requiere un esfuerzo muy grande de imaginación para verlo y yo no pude distinguir nada. Después llegamos al cenagal más espantoso que he visto fuera del Quindío, con excepción quizá de algunos lodazales que hay en las márgenes del Cauca. Una vez lo crucé de noche y nunca había sentido tanto miedo en todos mis viajes. Gustosamente me enfrento a precipicios, toros bravos, ladrones y serpientes, y no a uno solo de estos tremedales.

Pasé la noche en la hacienda de Arroyohondo, donde me recibieron (siendo un extraño a quien había cogido la noche) con toda la hospitalidad que siempre se encuentra en cualquier casa o choza en esta nación, donde prácticamente se desconocen las negativas, “la dulce |tierra del sí”, como alguien la ha llamado. En Arroyohondo vi el más antiguo trapiche movido por fuerza hidráulica que quizá hay en el país. Los cilindros eran de cobre traído del sur o tal vez sacado de la mina que hay en las cercanías de Vijes. Los cilindros son verticales y la rueda hidráulica es una rueda de barco. El trapiche no está bien hecho y nunca antes había visto que el cobre fuera más barato que el hierro.

A una o dos millas a la izquierda está la población de Yumbo, y hacia el norte, en una hacienda en las estribaciones de la cordillera, hay una calera. Como había dicho antes, en el valle del Cauca solo hay otra calera, en Vijes. En este sitio me llamó la atención un pájaro muy curioso, una especie de golondrina. Dicen que es una variedad del |Hirundo rufa, al que llaman tijereta porque tiene en la cola dos plumas que se proyectan como tijeras. En esta región también se ve un ave de la especie de las que viven en los pantanos, que se la pasa cazando babosas y otros bichos indefensos, con su pico larguísimo y curvo. Se supone que es una |Sco |pus, y por su canto la llaman coclí. Otro pájaro, parecido al halcón, tiene hábitos similares y a menudo se le ve encima de las reses, en especial cuando estas se encuentran echadas. Se supone que limpia al ganado de los insectos que lo invaden y por eso es conocido con el nombre de garrapatero, Creo que sea el |Crotophaga Piririgua. |

Las estribaciones de la cordillera llegan casi hasta el río, y por lo tanto, también el camino. Estábamos en la vía principal que va de Cali a Buga y Roldanillo, pero allí los dos caminos se separan; uno se dirige al paso del río y el otro hacia las lomas. No seguí por ninguno de ellos sino que me fui a la hacienda de San Marcos, que queda en un rincón de la cordillera, donde vive una familia muy agradable.

Hice una caminata siguiendo el curso de un arroyo y obtuve información interesante. A buen paso subí alrededor de tres millas. No se necesitaría mucha técnica para construir en este sitio un camino carreteable. Por todas partes encontré roca sólida que me recordó la micacita de algunas regiones de Vermont. Aquí hay abundantes venas de cuarzo y algunas auríferas. Vi también varias caídas de agua, las primeras que encontré en el valle del Cauca. Por fin llegué a una serranía que parece extenderse a través del valle, desde cuya cima contemplé a mis pies el valle del río Dagua que desemboca en el Pacífico, en Buenaventura. Estoy seguro que es este el sitio por donde sería más fácil construir un camino carreteable de Bogotá al Pacífico. El puerto está casi exactamente al occidente de donde yo estoy en este momento y no debe encontrarse a más de veinte millas de distancia del mar.

En San Marcos me ofrecieron pitahaya por primera vez en mi vida; me refiero a la pitahaya amarilla, porque la roja no vale la pena comerla. Dicen que la verdadera |Cereus Pitajaya de Jacquin es una especie marítima, con la fruta escarlata por fuera y blanca por dentro, en tanto que esta excelente fruta tiene la cáscara y la pulpa amarillas. Creo que es una de las mejores frutas tropicales. Las flores de las especies |Cereus abren de noche y nunca he visto una abierta.

Dejando a San Marcos cabalgué bajo un árbol |Capparidate muy alto y empecé a ascender una estribación de la cordillera de Caldas. A mi derecha observé algunas antiguas excavaciones de donde, según me informaron, habían extraído el cobre para fabricar las campanas del convento de San Francisco en Cali. Unos metros adelante hay otras más recientes, pero para buscar oro, y me dijeron que las habían suspendido a causa de un pleito. La estribación se prolonga hasta las márgenes del río y parece como si buscara otra que se prolonga unas cuantas millas más abajo. Entre las dos hay una llanura encerrada en medio de altos cerros, pero con frente de más o menos una milla a las márgenes fangosas del Cauca. Es la llanura de Vijes donde empecé este relato y donde pronto lo terminaré.

Bajando por una loma escarpada llegué a un pueblito de ranchos de paja. Los señores Monzón y Triana estaban esperándome y almorzamos en la casa del primero. El señor Caldas vive al frente, en la mejor casa de la población. Tenía una fábrica de peines, pero acaba de vender la maquinaria a un señor de El Cerrito, población de la banda oriental del río, al frente de Vijes. La manufactura de peines debería dar utilidades en una región donde los cuernos apenas si tienen un precio nominal; pero aquí ninguna fábrica puede prosperar mientras no crezca la demanda y no disminuyan los días de fiesta. Los peines estaban hechos sin ningún cuidado, y a lo más que puede aspirar esta industria es a atender la demanda local, que es muy poca para las peinetas y todavía menor para los peines. Las peinetas como objeto de adorno no se utilizan tanto como en Norteamérica.

Las minas que explota el señor Caicedo bajo la dirección del señor Monzón deberían llamarse más bien filones. Están trabajando dos vetas a media milla de la plaza y construyendo un molino para moler y amalgamar el metal, pero no me parece que vaya a funcionar. Aquí hay algunos lavadores de oro, una raza extraña. Tienen un jefe al que le pagan por no hacer otra cosa que vigilarlos y hacerlos trabajar. Lavan el oro en un cuerno aplanado. Se necesita mucha habilidad para separar las partículas microscópicas de metal de la arena ferruginosa y hacer que aparezca claramente el oro, lo cual llaman |pintarse. Pero la minería de oro aquí no da utilidades. Me parece que el porvenir de Vijes está en el cuarzo, que podría ser valioso si se lo trabajara bien.

El señor Caldas es hombre muy inteligente, pero también es el conservador más recalcitrante que he conocido, y no sin razón. En la última elección lo acusaron de |traición y enviaron un pelotón, más bien una pandilla, de soldados, a arrestarlo y llevarlo a Cali. Si el señor Caldas no había cometido traición era simplemente porque no habla podido. La idea era un absurdo.

Hasta ahora no había querido mencionar algo que vi con mucha frecuencia entre Buga y Palmira: cercas destruidas, cientos de cercas deshechas. Me cuentan que mil hombres se dedicaron a este trabajo devastador. Intenté obtener información de las autoridades sobre este punto, pero por mucho tiempo no me dieron ninguna y luego me suministraron demasiada. Nunca he podido entender bien lo que pasó.

“Nadie puede negar o justificar lo sucedido”, dice el señor Caldas, “usted ha visto con sus propios ojos la destrucción de lo que antes fueron haciendas prósperas, pero eso no es nada. Los hombres que llevaron a cabo esa devastación se llamaban a si mismos perreristas. Perrero es un látigo hecho con guayacán y cuero crudo. A los propietarios de esas haciendas los azotaban siempre que les podían echar mano y numerosos sufrieron esa ignominia. Muchos abandonaron sus propiedades y se fueron a vivir pobremente a las ciudades, sin contar siquiera con seguridad para sus personas. Los perreristas también destruyeron casas, violaron mujeres y todo lo hicieron cumpliendo órdenes secretas del presidente López y de su sucesor, todavía más infame, Obando”.

“No puedo negar esos crímenes, respondió Triana, pero existen circunstancias atenuantes que usted no menciona; y en cuanto al origen de los hechos, no estoy de acuerdo con que se pueda atribuir a los gobernadores y todavía menos al Presidente. A este lado del Quindío la política se ha caracterizado siempre por su ferocidad y en este valle ha habido más derramamiento de sangre que en cualquier otro lugar de la República. Pasto ha sido en todo tiempo un volcán apagado o activo. La propiedad en la parte central del valle ha estado siempre en manos de ricos propietarios de esclavos y de minas en el Chocó, que no sienten ninguna simpatía por los pobres. Eran también los dueños de una gran parte de los habitantes de este valle hasta que la ley los obligó a liberarlos el día primero de enero de 1852”.

“¿Pero qué tiene que ver la liberación de los esclavos en 1852 con lo sucedido en 1849 y 1850?”.

“La liberación muy poco, pero la expectativa de la liberación mucho. Aun en Bogotá nunca se había presentado tal furia política como la que caracterizó el período anterior a la elección presidencial de 1849, precisamente cuando la agitación ha debido acallarse. Tanto la prensa como el pálpito y los jesuitas estaban participando activamente. Los estudiantes formaron sociedades políticas, las señoritas en sus ventanas rechazaban a los caballeros con tendencias políticas que ellas desaprobaban, y aun las damas maduras ingresaron a sociedades dedicadas al exterminio de la democracia, a la que consideraban como enemiga de la religión. Esas eran las asociaciones del Niño Jesús. Y todo esto sucedió antes de que la administración de López hubiera hecho el bien o el mal”.

“¿Y todos esos estudiantes eran conservadores? ¿Es que acaso no había Sociedad Democrática ni Escuela Republicana?”

“Donde existe el ataque surge la defensa. La administración tenía que liberarse de sus enemigos más peligrosos, y ¿cómo hacerlo? El congreso estaba sesionando, pero antes de que cualquier ley relativa a los jesuitas pudiera aprobarse en ambas cámaras, aun en el caso que el Senado hubiera estado dispuesto a apoyar al gobierno, las maquinaciones de aquellos habrían encendido la rebelión desde Cúcuta hasta Túquerres. Por eso mientras la Gaceta Oficial se estaba preparando como siempre, apareció el decreto revolucionario en el número extra del 18 de mayo de 1851, publicada en otro sitio, y de pronto, con un día de plazo, toda la comunidad de los jesuitas tuvo que irse sin tener oportunidad de hacer estallar su bomba”.
 

1. En carta a su amigo Don Joaquín Emilio Gómez, Don Mariano Ospina explicó así su voto: “He opinado que convenía que los facciosos ganaran la elección, porque nuestro partido, dividido y anulado, no podría ya gobernar, y cuando me persuadí de que nosotros teníamos mayoría segura y que el triunfo legal de los contrarios era imposible, estuve muy inquieto pensando en la nueva Administración (de Cuervo), de la cual estaba resuelto a no hacer parte, porque la veía en imposibilidad de gobernar; así que el 7 de marzo por la noche estuve más tranquilo que si hubiéramos triunfado... “. Véase Estanislao Gómez Barrientos, |Don Mariano Ospina y su época, V. I, p. 429. Imprenta Editorial, Medellín, 1913. (Nota de la traductora). (regresar 1)

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