(continuación capítulo Buga y
Palmira)
Los gobiernos que pagan a sus representantes en el exterior
sumas suficientes para sostener a la familia, deberían escoger
hombres de nuestra propia raza y religión, y exigir que su familia
también lo fuera. Pero los cónsules, por lo general, están mal
remunerados, o son hombres de negocios que viven del comercio y son
amables por instinto. En el caso de que estén bien retribuidos es
porque se trata de políticos a quienes se les están pagando sus
buenos oficios, y que buscan rehacerse de los gastos que hicieron
en las últimas elecciones. Por lo tanto yo preferiría darle a un
amigo carta de representación para la familia del señor Byrne,
extranjero como es en todo menos en simpatía, que para un cónsul
enviado al exterior por razones de triunfo político.
En la casa del señor Byrne cometí una gran tontería. Mientras
estaban preparando una comida como no volveré a ver en este lado
del Quindío estuve en el trapiche y comí tanto azúcar caliente y
fragante que después fui incapaz de comer nada más. Allí vi cómo
literalmente botaban la melaza que sacan del azúcar, la llaman miel
de purga y estos consumidores de almíbar son demasiado refinados
para ni siquiera tocarla.
El señor Byrne es un agricultor próspero. Mientras otros
extranjeros han aprendido a “comprar barato y vender
caro”, él ha estado siempre listo a comprar mano de obra
cuando la hay en el mercado para utilizarla en su propiedad,
valorizándola así en forma permanente. Es esta una manera muy lenta
de enriquecerse y por consiguiente no atrae a los que van al
exterior en busca de fortuna; pero un hombre como el señor Byrne
beneficia al país. Creo que ni una granja experimental sería más
útil que su finca. Las edificaciones se encuentran en condiciones
excelentes, y la casa está tan bien pintada que no puedo
describirla mejor que expresando, como dicen en español, que parece
barnizada. No recuerdo haber visto en el valle ni una pulgada
cuadrada de pintura en edificios ni en cualquier artículo, excepto
el barniz que le ponen en Pasto a las totumas y a otros objetos, el
cual se supone ser una especie de resma de árboles desconocidos que
traen de las cabeceras distantes del Amazonas. Por lo general les
dan color rojo mezclándole bija caliente, y luego lo extienden en
capa delgada sobre la superficie del objeto, sin dejar que la resma
se licúe.
Me separé de la familia Byrne con la pena que solo el viajero en
tierras extrañas puede conocer. Dos veces volví a encontrarme con
el señor Byrne y con su hijo, pero ambos íbamos de viaje y solo
pudimos intercambiar unas pocas palabras; sin embargo, recordaré
siempre a esta familia.
Durante algún rato seguimos aguas arriba de El Cerrito, que es
apenas un arroyo. Más adelante pasamos por la hacienda de un señor
Isaacs, un judío antillano convertido al catolicismo, casado con
una señora católica y padre de varios niños muy vivos, pero no lo
conozco bien y nunca he ido a su hacienda. Nos detuvimos un rato en
una venta a orillas del Sabaletas, río bastante grande sobre el
cual hay un puente de guadua. Se requiere valor para aventurarse a
cruzar esta débil construcción, aunque algunos dicen que es lo
bastante fuerte para resistir el paso de una mula. Una chica muy
vivaracha pareció haber atraído engrado sumo el capricho de mi
compañero, quien le propuso que se fuera con él para vivir con su
esposa; pero por qué o a condición de qué, no pude adivinarlo. Ella
le prometió que algún día lo haría. Sin embargo, creo que todas
esas ofertas no significaban nada, o que cada cual pensaba que el
otro hablaba en serio.
Más adelante nos encontramos con un ladrón, custodiado por dos
hombres armados que lo conducían a pie, hacia Buga. Es muy común
aquí andar armado, ya sea con una pistola o con una espada, pero me
parece totalmente inútil. La causa principal para que no haya más
robos es que nadie siente avidez por el dinero, y naturalmente se
carece de motivo para robar. En ningún momento he deseado portar
armas o sentirme protegido por las de otro.
Palmira está situada a la orilla de un riachuelo insignificante
y lleno de barro. No puedo imaginarme por qué escogieron este
sitio. La ciudad es la cabecera del cantón sur de la provincia del
Cauca y un distrito que tiene 10.055 habitantes. En población es la
décima ciudad de la Nueva Granada. En vista de que en nuestro país
se desconocen todas las ciudades grandes de la Nueva Granada,
excepto Bogotá, las citaré para su información: 1) Bogotá, 29.649;
2) Socorro, 15.015; 3) Piedecuesta, 14.841; 4) Medellín, 13.755; 5)
Cali, 11,849; 6) San Gil, 11.528; 7) Vélez, 11.178; 8) Valle,
10.544; 9) Sonsón, 10.244; 10) Palmira, 10.055; 11) Puente
Nacional, 10.018; 12) Bucaramanga, 10.008; después está Cartagena
con 9.896. Tamalameque, que aparece en todos los mapas buenos,
tiene una población de 726 habitantes, dispersa por todo el
distrito.
No conozco ningún otro sitio del tamaño de Palmira que tenga más
gente en la cárcel. A esta pésima supremacía creo que la condujo la
administración López porque le dio malos gobernantes, pero ya
hablaré luego a espacio sobre este punto. La cárcel es
terriblemente insegura, construida de adobe y con ventanas que dan
a la calle. La única institución pública que visité, además de la
cárcel, fue la escuela de varones. Estaba investigando sobre la
cantidad de aritmética que se aprende en las escuelas públicas, y
en esta propuse el siguiente problema: Un niño compra una jaula por
doce cuartillos, paga cinco cuartillos para que la reparen y la
vende por diecinueve; ¿cuántos cuartillos ganó o cuántos perdió? El
problema se lo puse al mejor alumno de una escuela bastante grande
y no pudo resolverlo.
Mi anfitrión en Palmira fue el doctor Z., abogado dedicado al
comercio, lo cual es muy común en la Nueva Granada. En una ocasión
vi a un abogado vendiéndole un collar de cuentas de vidrio a una
mulata para que ésta se lo pusiera a un niño de brazos. El doctor,
siente poco respeto por los sacerdotes, y me contó una historia
increíble sobre uno de ellos. Se trataba de un cura negligente a
quien llamaron a administrarle los últimos sacramentos a dos
moribundos. Al llegar al pie del lecho de uno de ellos abrió la
caja donde llevaba las hostias y ¡horror!, una cucaracha se había
comido hasta la última partícula de la hostia. De acuerdo con los
doctores de la Iglesia, todas las hostias consagradas deben ser
consumidas por cristianos. No podía ser excepción la que se había
tragado la cucaracha. El cura pensó que el moribundo estaba
inconsciente y tomando el animal en sus dedos, le preguntó al
moribundo: “,Tienes fe para creer que lo que yo te presento es
el cuerpo de Dios ?“. “¡El cuerpo de Dios!”, exclamó
el pobre tipo, abriendo los ojos vidriosos desmesuradamente,
“¡es una cucaracha!”.
Estuve comiendo donde una familia de Palmira un viernes de
cuaresma y no me sirvieron carne. Esta es la única ocasión en toda
mi permanencia en la Nueva Granada en que el ama de casa no
permitió servir carne en un día de abstinencia. Aparte de esta
familia solo he visto ayunar a una señora y a un niño. Se supone
que todos los sacerdotes deben hacerlo.
En Palmira el espacio entre las estribaciones de la cordillera y
el río es muy amplio. Más abajo hay haciendas enormes que se
extienden desde el río hasta el pie de las montañas. Pero aquí los
campos cercados son mucho más frecuentes y hay varias fincas, una
al lado de la otra. En general, los bosques de las márgenes del río
son más grandes que aguas abajo; a veces tienen diez millas de
ancho. Prácticamente hemos llegado al fin de nuestro viaje
hacia el sur. Entre este lugar y el río se
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encuentra el peor
de los caminos del mundo, en cuanto a barro se refiere. La
distancia entre Palmira y Cali es de dieciocho o diecinueve millas,
pero es difícil que haya un caballo capaz de recorrerla en un día.
En cierto lugar tuvimos que quitarle la montura a los caballos,
cruzar un fangal caminando sobre troncos tendidos, y sostener las
cabalgaduras por la jáquima para evitar que se hundieran totalmente
en el fango. Se puede tener idea de la clase de terreno que es
sabiendo que allí prolifera la
|Pontederia
azurea.
|
Después llegamos a un bosque de palmas de mil acres. Por entre
troncos caldos buscábamos el camino y se oía el ruido monótono de
los cascos de los caballos chapoteando entre el barro. Vi varios
árboles de cacao que me aseguraron eran nativos, y juzgo ser cierto
pues no creo que ningún mortal viva en este sitio para
cultivarlos.
¡Buenas noticias! ¡ Por fin llegamos al paso del río! Subimos
las monturas a la barca, tomamos la brida de los caballos y nos
alejamos de la playa. Los hombres reman, los animales chapucean y
atravesamos diagonalmente el río hasta la orilla occidental del
Cauca, dejando la provincia de este nombre y entrando en la de
Buenaventura.