INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
LOS POTREROS DE LA MONTAÑA |
 

 

Partida súbita — Vestuario para ir al bosque — El plan y la compañía —Bravuconadas de borracho — Noche en el bosque y bajo la lluvia — Se termina el trago y con él la alegría — El chorro — El termómetro roto —Región empinada — Las playas — Rancho de pita — Sustituto para lazos — Jicaramanta — Guavito — Escasean los alimentos — Viajando en domingo — Acosado por el hambre — Culebras — En busca de tesoros.
 

 

Había ido a Chaqueral más que todo a visitar a Isabel Gómez, y de regreso a La Paila, en donde estaba viviendo, me encontré con mi anfitrión, el señor Modesto Flojo, acompañado por el doctor Quintero. Me sorprendió saber que estaban buscándome porque tenían el proyecto de salir a buscar quina en los bosques de las cabeceras del río Tuluá. Era un viernes a medio día y el plan era llegar a Portachuelo esa noche y a La Ribera al día siguiente, con tiempo para hacer los arreglos tendientes a salir hacia las montañas el domingo temprano. Con esto no estuve de acuerdo, pero aprobé el resto del plan con dos modificaciones. No viajaríamos el domingo sino que saldríamos de La Ribera el lunes y llevaríamos de todas maneras papel para guardar las plantas que recolectara. A todo convinieron y yo fui a La Paila, donde me detuve una hora arreglando lo necesario para una permanencia de una semana en los bosques. Llevé un traje de fatiga, camisa de cazador, hamaca, vestido de dormir de franela, encauchado, bayetón, el Nuevo Testamento en griego, una cajita de agujas, brújula de bolsillo, termómetro, machete, navaja, peine y una o dos resmas de papel de imprenta. Todo esto, con excepción del papel, lo acomodé en mi silla de montar. El objetivo de la expedición era un misterio. Algunos tenían mulas en los potreros de la montaña y querían verlas; otros iban con el deseo de hacer una buena cacería.

Luego de dejar La Paila, donde nos detuvimos en El Guavito, en la casa de Bernabé, el juez negro, que estaba quitándole el cuero a una cabra, llegamos de nuevo a Murillo, y a las siete nos sentamos ante una buena comida a la mesa del doctor Quintero, en Portachuelo. Había varios huéspedes más y la casa estaba llena. Ingeniosamente colgaron mi hamaca pasando las cuerdas por encima de las naves de dos puertas que comunicaban la sala con las piezas interiores, y les ataron en la punta dos tusas, de manera que no pudieran zafarse. Mi peso impedía abrir las puertas mientras yo no me levantara.

Por la mañana, los trozos de rejo que servían para atar mi hamaca sobre los cojinetes de la silla habían desaparecido. El doctor Quintero, les echó la culpa del robo a los perros de uno de los visitantes. “Mis perros no comen rejos”, dijo el dueño. El doctor Quintero, que justamente se hallaba cortando una tira de cuero crudo, le tiró un pedazo a uno de los acusados, que demostró su culpabilidad tragándoselo al instante. No se dijo una palabra más del asunto.

Después del desayuno fuimos todos a La Ribera, y me anunciaron que habían resuelto iniciar el viaje el domingo por la mañana. “Muy bien, les dije, déjenme un guía y yo seguiré detrás de ustedes el lunes”. Al ver la firmeza de mi resolución optaron por salir de cacería el domingo y hacer el viaje de acuerdo con lo convenido antes; yo me dediqué al descanso según lo ordenan los Mandamientos, y los cazadores, algunos de los cuales habían dormido en Tuluá, encontraron un venado y lo mataron. Damián, el joven abogado, cuya actividad compensa la pereza de don Modesto, se había unido a la partida y había jurado comerse el cuero y las pezuñas de cuantos venados mataran ese día. Pero todos estaban tan contentos con el éxito de la cacería, que le perdonaron el cumplimiento de su promesa. La manera de cazar es emboscándose cerca de donde se cree que ha de pasar el venado perseguido por los perros, y esperar allí pacientemente, en tanto que la jauría y los peones baten la espesura.

Por la noche el grupo de la excursión estaba completo y al amanecer emprendimos camino. Eramos once personas, don Modesto Flojo, comandante en jefe; Damián Caicedo, el sobrino (¿primo?) de su mujer; Miguel y Manuel Vicente, dos cuñados de don Modesto; Pepe y Chepe Sanmartín, sus hijastros, dos muchachos despiertos de quince y trece años; el doctor Quintero; un señor Tascón; Miguel, un guía; Lorenzo, concertado de don Modesto, y el guía famoso de quien ya les hablé en otra ocasión. Acabando de salir, don Modesto y Tascón se devolvieron y nosotros seguimos despacio para darles tiempo de que nos alcanzaran. Avanzamos serpenteando por una loma altísima, pero bastante más abajo de la cima, y en Las Minas llegamos al fin del llano. Nos detuvimos a desayunar espléndidamente con los restos del venado cazado la víspera. Todavía no nos habíamos desmontado cuando don Modesto y Tascón llegaron trayendo la Pechona, el objeto de todos sus cuidados. Tanto ella como ellos estaban repletos de alcohol, o mejor dicho, en la Pechona había una pinta y media de trago. En los cojinetes de las sillas de Manuel Vicente y de Tascón venían escondidas otras dos hermanas de la Pechona, cuya compañía animó enormemente la jornada de ese día.

Después de Las Minas el camino va siempre en ascenso hasta llegar a una arboleda de robles y todo el que se desviaba tenía que volver a seguir por el camino. Cada obstáculo que encontramos parecía animar más al señor Flojo. De vez en cuando su voz retumbaba por el monte, “¡No teman, muchachos, que aquí voy yo!”. Como no quise exponer a Aliaga a las penalidades de este viaje, lo dejé al cuidado de las hermanas del doctor Quintero y vine en una yegua muy buena de don Modesto. Este no estaba de acuerdo en que le tuviera toda clase de consideraciones, pero yo insistía en desmontarme siempre que encontrábamos el tronco de un árbol o cualquier otro obstáculo en el camino. A veces, al llegar a un paso especialmente malo, don Modesto gritaba: “El que se desmonte aquí no volverá a ser considerado hombre hasta que lo esculquen”. Pero así y todo yo me desmontaba.

Nos detuvimos en un contadero, muy arriba, a descansar bajo los cedros. El día estaba delicioso. Seguimos subiendo y pronto encontramos dificultades porque este camino tiene sus callejones. La mula iba por uno demasiado estrecho para la carga que llevaba, y se cayó. Le quitaron la carga y la jalaron de la cola hasta un sitio donde pudieron ayudarla a parar, la sacaron del callejón, le pusieron la carga a la mula de Manuel Vicente y seguimos adelante. Nos dispersamos mucho y paramos en otro contadero, en el sitio más alto a donde llegamos ese día. Nos devolvimos a pie para ver si Tascón y los muchachos se habían perdido. Después empezamos un descenso continuo de una hora o más. Al fondo rugía el río San Marcos, tributario del Tuluá. Lo cruzamos y a las cuatro llegamos al Platanal, donde por primera vez en el paseo veíamos el Tuluá, que aún tan arriba, es difícil de vadear. El río baja rugiendo sobre un lecho de piedra hasta desaguar en el Cauca y nunca sus aguas son tranquilas como las de los ríos que corren más al norte.

Nos reunimos para tomar una decisión y resolvimos no seguir adelante ese día. Teníamos que hacer la comida y atender los preparativos para la noche. Platanal es un lugar abierto de algunas varas cuadradas, en la margen derecha del Tuluá. Yo tenía que guardar unas plantas en papel, entre otras una rama de Pasiflora. Ese día perdí la |Inga salvaje más hermosa que he visto, y también descubrí que no habían traído maíz molido como me prometieron hacerlo. De vegetales, lo único que teníamos era plátanos verdes, así que la comida fue malísima. Dos de los hombres construyeron una cerca en el camino para impedir que las mulas se fueran. Por lo general, esta es una tarea que se hace de noche en los sitios donde no hay potreros ni corrales, aun viajando por caminos principales.  

El tiempo amenazaba lluvia. Con los bayetones, algunos hicieron una tienda de campaña y durmieron en el suelo y casisin cobija. La estructura de la tienda consistía en palos de caña brava, gramínea tan larga, gruesa y derecha como una caña de pescar. Don Modesto y otros de los compañeros durmieron a campo abierto, envueltos en los bayetones. Yo guindé la hamaca entre dos árboles y pasé una cuerda por encima, de donde colgué mi encauchado, en tal forma que los bordes de este pendían más abajo de la hamaca. Debajo puse la montura, el papel y la ropa. Había cosido la abertura del bayetón y lo usé como cobija. Me dormí mirando el cielo sombrío, pero al poco rato me despertó el doctor Quintero para decirme que no debía exponer la cabeza a la irradiación, así que la metí debajo del improvisado techo.

Me desperté al amanecer y estaba lloviendo. Yo estaba seco todavía, pero el problema estaba en cómo vestirme sin mojarme. La solución era la carpa. Saqué el sombrero y la ropa de debajo de la hamaca, salté de ella y corrí a vestirme en la carpa. Me trajeron chocolate en una taza de plata, tan pequeña que no haría más de media taza corriente. Yo había estipulado que mi ración sería un tazón del tamaño de medio coco, bordeado de plata, pero esa mañana, debido a la lluvia, no pudieron hacer suficiente chocolate. Tascón, Manuel Vicente y Miguel el peón fueron por los caballos y trajeron una serpiente venenosa que habían matado.

En la noche murieron la Pechona y sus dos hermanas. Causa: consumo rápido, agravado por la lluvia. Al amanecer entregaron las últimas gotas de su espíritu. Don Modesto está sinceramente afligido y Tascón desconsolado. Mientras nosotros nos encargábamos de los últimos detalles de la partida, los dolientes atendieron las exequias de las difuntas, pero en la tumba no escribieron ni siquiera un |resurgam, por temor a que resucitaran antes de nuestro regreso. La pena tuvo un efecto increíble sobre don Modesto. Desapareció el jefe intrépido y alegre de la víspera. No volvimos a oírle gritar, “; No teman amigos que aquí voy yo!”; ahora parecía decir, “por donde yo voy puede ir un niño”. A poco rato de camino fue preciso cruzar un paso peligroso en un arroyo y el doctor Quintero tuvo que devolverse para ayudarlo a bajar hasta la orilla. Todavía estábamos en la margen derecha del Tuluá y después de cruzar un brazo de este llegamos a tierra despejada. Nos reunimos en una loma y divisamos el campamento donde habíamos pasado la noche anterior.

Había dejado de llover y el sol estaba saliendo. El curso del Tuluá parece tomar rumbo hacia el norte, al descender del oriente por entre colinas escarpadas y cubiertas de hierba. Encima de nuestras cabezas se erguían las cimas de Tiemble-cul.

No me atrevía a hacer subir la yegua, conmigo encima, e intenté llevarla de cabestro, pero como íbamos muy adelante del resto de la compañía, no me obedeció. Además, el piso estaba tan resbaloso que tuve miedo de caerme y que me pisara. Por último, la cambié por una escopeta y después de un ascenso increíble llegué a la cima de Tiemble-cul, desde donde se contemplan los poblados que hay entre Tuluá y Buga. El resto de los amigos se demoró una hora en aparecer; mientras tanto logré secar mis vestidos al sol, pero con la dificultad de no dejarme enfriar. Bajamos luego por entre bosques y terreno plano a El Chorro, en donde había una casa que cuidaba un muchacho llamado Ursulo. Allí pudimos darnos el lujo de tener techo, tomar leche y comer arracachas. Cociné un poquito de arroz, hice melado y comí. Sobre una fogata sequé la hamaca y el papel y fui a recolectar plantas. Nos quedamos en El Chorro todo el día y los compañeros intentaron cazar un venado. Cerca al río las lomas estaban llenas de senderos de tapir, que aquí llaman dantas, pero no teníamos esperanzas de cazar ninguna, porque se esconden de día y el río quedaba demasiado lejos como para pensar en que pudiéramos bajar hasta allá. A pocos metros de la casa descendía de la loma un chorro de agua fría, de aquí el nombre del lugar, y pudimos abastecemos del agua que necesitábamos. La casa está construida en un sitio relativamente plano; es decir, se podría poner cerca un barril sin peligro de que rodara hasta el Tuluá, pero detrás de la casa el terreno se eleva abruptamente hasta una altura enorme, y parte está cubierto con palma de cera, |Ceroxylon, y con matorrales.

Antes de que anocheciera nos informaron que alguien se acercaba. Era algo así como encontrar un barco en altamar. Todos salimos de la casa a ver los recién llegados. Eran don Antonio Besero y dos peones. Don Antonio tiene mulas en un potrero más allá de Las Playas y ese día venía de Las Minas, donde había acampado la noche anterior. Los peones encendieron una fogata y dentro de la casa nosotros teníamos un cabo de vela y un naipe.

El miércoles, antes del desayuno, subí hasta las palmas y al regresar encontré mi termómetro roto, pérdida irreparable para mí, ya que lo necesitaba para compararlo con los termometros corrientes. Nadie supo darme razón de cómo ocurrió la tragedia. A don Modesto no le dolió la muerte de la Pechona más que a mi la pérdida de mi termómetro. No quise desayunar. Pero debíamos continuar adelante. A veces seguíamos por las márgenes del río, otras nos alejábamos de él, subiendo en forma oblicua un cerro altísimo. En el camino nos encontramos con unos toros y hubiéramos preferido verlos más de lejos o en un sitio más favorable para salir corriendo. Avanzábamos por un plano inclinado que parecía llegar arriba hasta el cielo y abajo hasta el río. La loma era tan escarpada y el sendero tan estrecho que no pudimos seguir cabalgando y continuamos a pie, llevando de cabestro las bestias. Nos topamos con una culebra y por precaución la matamos de un tiro. Como no podía pensar en llevarla conmigo ni pude examinarle los colmillos, únicamente la declaramos venenosa y la dejamos tirada en el camino. Por fin tuvimos que descender dos tercios del camino hasta el río, y bajamos por quingos, durante una hora, hasta llegar a un arroyo, donde nos detuvimos.

Los granadinos rara vez toman agua sin primero comer dulce. Alguien sacó una panela y la cortó con el machete en cubos de una pulgada o más grandes. Uno de los peones sacó del sombrero una totuma, la enjuagó y la llenó con el agua helada del arroyo, que en seguida pasó a todos para que bebiéramos.

Luego avanzamos por una cuesta todavía peor, casi un precipicio, pero no tan peligrosa como para desmontarme. En un sitio crítico tuve que detenerme a amarrarme el sombrero, y uno de los peones me dijo después que él le había rezado a la Virgen para que no me cayera. En ese sitio vi volar unas aves enormes y pregunté cómo se llamaban. Me dijeron que eran buitres. Les dije si no serían más bien cóndores y me contestaron que no conocían esas aves. Estoy casi seguro que eran de la especie |Vultur Gryphus, el ave de alto vuelo más grande que existe. Las alas son extraordinarias, varias plumas se proyectan del resto y parecen como dedos extendidos. El paisaje sobre el que vuelan es como el cóndor: lúgubre, solitario y enorme. Las vacas, los caballos y las mulas, mientras estén fuertes y puedan defenderse, no tienen razón para temerle, pero el cóndor es capaz de destruir y cegar a los terneros y a los potros muy jóvenes.

Seguimos bajando hasta que las nubes amenazaron lluvia torrencial, y entonces nos reunimos a deliberar en una hondonada rocosa y decidimos acampar; pero don Antonio nos convenció de que siguiéramos hasta Las Playas, donde cruzamos el Tuluá, que en ese sitio tiene una profundidad de dos pies. Allí, en tierras de don Antonio, construimos un rancho con hojas de cabuya, que fue lo mejor que encontramos, a pesar de que las hojas son muy pesadas, porque tienen tres o cuatro pies de largo, cinco pulgadas de ancho y casi una de grueso. A cada hoja se le corta un boquete para colgarla de una vara horizontal, de un bejuco o de una cuerda de fique, que se pasa a lo largo de traviesas muy delgadas. La cabuya crece en abundancia en esta región, así que esta podría convertirse en exportadora de cuerdas como lo es Manila. A esta fibra la llaman cabuya, pita o fique.

Mientras construían el campamento mataron otra serpiente venenosa, de la cual conservé la cabeza. Colgué mi hamaca en el rancho y debajo quedó suficiente espacio para que se acostaran los otros. Nos quedamos todo el jueves en Las Playas. Los compañeros salieron de cacería pero no pudieron matar más que dos pájaros y una pava |Penélope, más pequeña que una gallina. Encontré un |Agave que se me pareció más a la pita mejicana que la cabuya, y como la vi en todos los poblados, menos en uno, me imagino que sea una planta nativa, pero la llaman Cabuya de Méjico.

La herejía horroriza a don Antonio, así que nuestras discusiones sobre temas religiosos sirvieron para pasar el tiempo, ya que a falta de casa y de cabos de vela, no podíamos entretenernos jugando cartas. Le pregunté si la Virgen podía estar en dos sitios al mismo tiempo. Me dijo que le parecía posible. ¿Y en mil lugares al tiempo? Don Antonio creía que no. ¿Y si mil personas le hablaran al tiempo, podría la Virgen escuchar a todas y saber todo lo que hacían? Don Antonio pensaba que no; pero ¿ por qué razón le hacía yo esas preguntas? Le contesté: “Porque Dios es omnisciente y omnipresente; por tanto, si todo el mundo le rezara al tiempo, El podría estar con todos y saber lo que todo el mundo piensa, hace y siente. En cambio, si demasiadas personas le rezan al tiempo a la Virgen, me temo que muchas pierdan sus oraciones; por consiguiente, considero más prudente rezarle a Dios en primera instancia”. Yo estaba con tanto sueño que antes de que Besero acabara de contestarme, estuve de acuerdo con su respuesta.

El viernes por la mañana los compañeros decidieron hacer incursiones en el arroz, que hasta entonces había sido solo para mí. Ensayaron freírlo en la manteca que habían traído en una vejiga, como la que en otros sitios utilizan para guardar rapé. Al freír el arroz, este se endurece cada vez más y cuando se cansaron del experimento, yo le añadí agua y los dos pájaros cortados en pedazos y cociné un estofado para los pobres perros, que estaban medio muertos de hambre. Entre los cazadores existe la creencia de que a los perros les hace daño la carne cruda si no están acostumbrados a comerla.

Después del desayuno volvimos a cruzar el Tuluá y seguimos a Jicaramanta. Acampamos temprano, pero en un sitio donde la cabuya es demasiado escasa como para poder construir un rancho. Yo tuve que limpiar el rastrojo para colgar la hamaca entre dos árboles. Cada día era más difícil secar el papel sobre la fogata que encendía con ese propósito, pero de esa tarea dependían todas las posibilidades de regresar con las plantas que había recolectado. En Jicaramanta mataron un venado que posiblemente era un |Cervus Peronei, parecido al |Cervus Virginiana, pero mucho más pequeño. Hicimos que nos alcanzara para dos comidas y a los perros solo les dimos las vísceras, los huesos y por último el cuero. Teníamos sal y yo asé mi parte en un chuzo y me pareció deliciosa. Para el desayuno salé otro pedazo y lo colgué de un árbol, fuera del alcance de los perros. Para ese entonces el hambre me obligó a reclamar la porción que me correspondía del queso con que acompañaban el chocolate. Uno o dos días más, y podría comer hasta plátanos verdes y sancocho.

El sábado el doctor Quintero, el doctor Damián Caicedo, Miguel, Manuel Vicente y un peón fueron conmigo al potrero más lejano. Las cuestas que descienden hasta el río y que hacen que no haya más de un acre de terreno plano, son ahora más escasas. De Jicaramanta en adelante el terreno es como el de las aldeas de Nueva Inglaterra. Pasamos por un sitio que sería magnifico para una finca, después de desecar una o dos lagunas, pero al paso que se desarrolla Sur América, creo que transcurrirán mil años antes de que construyan una carretera hasta este sitio.

Entre nosotros y nuestro destino final, El Guavito, se interponía un bosque espeso. Fue dificilísimo encontrar el camino, que estaba casi abandonado, para ir al potrero, el cual, a pesar de lo lejos que se encuentra de cualquier sitio poblado, posiblemente no esté a más de una tercera parte de la altura de la cadena de montañas que separa el Cauca del Magdalena. Da la impresión de que en El Guavito no usaran el sistema de quemas. Los potreros son valiosos porque las mulas que se levantan aquí tienen patas más seguras y cascos más duros que las de otras regiones; pero la parte alta del Guavito es menos valiosa, debido a la abundancia de animales de presa. A lo lejos divisamos las cimas desnudas de las lomas que, como el sitio donde estábamos, aparentemente no tienen ninguna clase de rocas. Esas alturas son páramo y no las queman para despejarlas, como si lo hacen en el resto de la montaña. Dicen que en el páramo hay vacas salvajes que no pertenecen a nadie.

Nos detuvimos a deliberar sobre qué debíamos hacer. Miguel y Manuel Vicente construyeron un rancho en el bosque; Quintero, Damián y yo fuimos a buscar quina; y el peón se devolvió a encontrar al resto de los excursionistas que se habían quedado atrás cazando. Nosotros permanecimos varias horas en el bosque, entre El Guavito y Jicaramanta y luego regresamos a donde estaban los compañeros. Los encontramos a medio camino, trayendo la mitad de las cosas. Don Modesto estaba enfermo y se negó a continuar. Dijo que Tascón y Lorenzo el peón se quedaban acompañándolo. Nosotros nos devolvimos hasta el campamento, donde prácticamente no había nada de comer. Deliberamos de nuevo y la pobreza de nuestras vituallas era tal, que no tuve ningún escrúpulo en aconsejar que partiéramos en dirección a El Chorro el domingo por la mañana. Sin embargo, puse como condición que un peón llevara mi caballo y todas mis cosas, y que me dejaran pasar el día solo y a pie. Esa noche pude guindar la hamaca dentro del rancho porque lo habían ampliado, y mi encauchado formaba parte del techo.

El domingo estuve solo, y aunque no reposando físicamente, lo pasé en forma más agradable que muchos de los otros compañeros. Los que iban detrás de mí se perdieron una vez y tuve que dirigirlos, desde una loma al frente, gritándoles y haciéndoles señas para que encontraran el camino. Llevaba tan poca ropa encima que me dio miedo emparamarme y caminé rápidamente durante la parte más fría del trayecto. Llegué antes de las cinco a El Chorro, donde encontré a Besero y sus peones; los otros llegaron al poco rato, sin una de las bestias de silla, la cual rescataron semanas más tarde, según me contaron.

El lunes por la mañana comimos de todo excepto chocolate y carne seca. Estaba muerto de hambre y las arracachas fritas me parecieron exquisitas. Sabían a tajadas de papa frita. Solo he comido arracacha en esta forma en ocasiones en que he estado al borde de la inanición, pero creo que le sabría bien hasta al paladar más refinado y satisfecho. Yo salí a las ocho. Habíamos planeado partir al amanecer, pero después de hacer los mejores preparativos, todo fracasó y los últimos no salieron sino hasta las nueve. Los caminos estaban pésimos porque había llovido. En Tiemble-cul me desmonté y seguí caminando hasta El Platanal. Después cabalgué hasta el río San Marcos y de allí anduve a pie una legua hasta Las Minas. En el ascenso que hay después de San Marcos el caballo de Pepe se agotó, lo abandonaron y es posible que esa noche lo hayan devorado los animales salvajes. El joven resultó ser buen caminante y soportó la jornada valientemente. A ratos cabalgó mi caballo que era una de las bestias que estaba en mejores condiciones.

En todo el día no estuvimos juntos porque cada uno iba por su lado. Al final, Pepe, el doctor Quintero y Tascón se nos adelantaron, los seguíamos don Modesto, Chepe y yo. Al anochecer pasamos por el Picazo (sic) y antes de las ocho llegamos a La Ribera. El resto llegó una hora después. A los que venían con la mula de carga fue a los que más mal les fue. En el equipaje no venían más que platos, una montura y las cosas que los jinetes consideraron demasiado pesadas para los caballos, pero así y todo me dicen que la mula se cayó unas veinte veces. Cuatro copas de plata, que nunca debieron salir de la casa, volvieron completamente dañadas. Pero en medio de tanto desastre, no se olvidaron de la Pechona, ella y sus dos compañeras regresaron incólumes. Así terminó la excursión a Jicaramanta.

En ocasión diferente hice otra expedición esperando llegar hasta los robles que hay al oriente de Las Minas, pasando por El Yesal, pero fracasé en mi intento y todo lo que conseguí fue una culebra equis, llamada así porque lleva encima una marca parecida a esa letra. La equis tiene menos de tres pies de largo, enormes colmillos y una fama terrible. Como no encontré mejor sitio para llevar tan peligroso trofeo, amarré la cabeza en la cinta del sombrero. Cuando regresaba la vio un negro y me propuso que se la vendiera para hacer un remedio con ella. Me ofreció $ 3,20. Hoy la cabeza está en el Lyceum de Nueva York. Pero tengo que contar lo que me pasó en La Paila. Un día estaba trabajando descalzo en mi cuarto, el viento tumbé la cabeza que estaba puesta sobre la mesa y la pisé. Levanté el pie y en él estaba la cabeza colgada de uno de los colmillos, mientras el otro se había roto, quizá contra el pie. Afortunadamente el terror que sentía de que me picara una culebra venenosa está ya muy lejano, y aunque ese miedo no me pasé nunca del todo, espero no volver a sentirlo tan dramáticamente como en esa ocasión. Nunca mencioné este incidente a mi familia.

Y hablando de culebras, aquí cuentan de una de ellas algo horrible, lo peor que han podido inventar. Dicen que enrosca fuertemente la cola en una rama y uno no la ve sino cuando ya está al pie. Nada pasa si uno se queda completamente quieto, pero si trata de salir corriendo, el perverso animal, con la velocidad del rayo, hinca en la víctima los colmillos, increíblemente fuertes y venenosos. Claro está que yo no creo una palabra de todo ese cuento.

También hice otra excursión a las vecindades de Tuluá en busca de una mina de plata que, según vieja tradición, existe detrás de El Tablazo, al oriente de Tuluá. Viniendo de La Ribera tuve que pasar por la población, que está al sur del río Tuluá, el cual se cruza por un puente largo, alto, estrecho y sin barandas. Está hecho con troncos puestos uno al lado del otro entre las dos orillas, y a veces con tierra encima. Cuando uno de los palos se quiebra, corren los otros y por eso el ancho del puente varía todo el tiempo. Mucha gente no se atreve a pasarlo a caballo, a pesar de que de día los puentes estrechos son por lo general seguros, a menos que el caballo sea tuerto.

De Tuluá conocí muy poco porque aunque pasé por allí seis veces, nunca me desmonté. Es un lugar empedrado, cabecera de cantón y el distrito tiene una población de 4.352 habitantes. ElTablazo es una planicie cubierta de yerba, con una extensión de cientos de acres, pero no tan alta como El Picazo que queda al frente. Es posible que haya depósitos argentíferos en la profunda cañada detrás de El Tablazo, pero a mí me parecieron las rocas iguales a las del resto de la región. Pasé un día muy agradable, pero el regreso en medio de la oscuridad y la lluvia fue muy difícil. Aquí como en todas partes creen mucho en historias de minas y de tesoros ocultos; es una lástima que un país como este tenga tantos tesoros y tantas minas de oro y plata, riquísimas pero inexplotadas. Sin embargo, no creo que este sea el caso de El Tablazo.

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