LOS POTREROS DE LA
MONTAÑA
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Partida súbita — Vestuario para
ir al bosque — El plan y la compañía —Bravuconadas de
borracho — Noche en el bosque y bajo la lluvia — Se
termina el trago y con él la alegría — El chorro — El
termómetro roto —Región empinada — Las playas —
Rancho de pita — Sustituto para lazos — Jicaramanta
— Guavito — Escasean los alimentos — Viajando en
domingo — Acosado por el hambre — Culebras — En
busca de tesoros.
Había ido a Chaqueral más que todo a visitar a Isabel Gómez, y
de regreso a La Paila, en donde estaba viviendo, me encontré con mi
anfitrión, el señor Modesto Flojo, acompañado por el doctor
Quintero. Me sorprendió saber que estaban buscándome porque tenían
el proyecto de salir a buscar quina en los bosques de las cabeceras
del río Tuluá. Era un viernes a medio día y el plan era llegar a
Portachuelo esa noche y a La Ribera al día siguiente, con tiempo
para hacer los arreglos tendientes a salir hacia las montañas el
domingo temprano. Con esto no estuve de acuerdo, pero aprobé el
resto del plan con dos modificaciones. No viajaríamos el domingo
sino que saldríamos de La Ribera el lunes y llevaríamos de todas
maneras papel para guardar las plantas que recolectara. A todo
convinieron y yo fui a La Paila, donde me detuve una hora
arreglando lo necesario para una permanencia de una semana en los
bosques. Llevé un traje de fatiga, camisa de cazador, hamaca,
vestido de dormir de franela, encauchado, bayetón, el Nuevo
Testamento en griego, una cajita de agujas, brújula de bolsillo,
termómetro, machete, navaja, peine y una o dos resmas de papel de
imprenta. Todo esto, con excepción del papel, lo acomodé en mi
silla de montar. El objetivo de la expedición era un misterio.
Algunos tenían mulas en los potreros de la montaña y querían
verlas; otros iban con el deseo de hacer una buena cacería.
Luego de dejar La Paila, donde nos detuvimos en El Guavito, en
la casa de Bernabé, el juez negro, que estaba quitándole el cuero a
una cabra, llegamos de nuevo a Murillo, y a las siete nos sentamos
ante una buena comida a la mesa del doctor Quintero, en
Portachuelo. Había varios huéspedes más y la casa estaba llena.
Ingeniosamente colgaron mi hamaca pasando las cuerdas por encima de
las naves de dos puertas que comunicaban la sala con las piezas
interiores, y les ataron en la punta dos tusas, de manera que no
pudieran zafarse. Mi peso impedía abrir las puertas mientras yo no
me levantara.
Por la mañana, los trozos de rejo que servían para atar mi
hamaca sobre los cojinetes de la silla habían desaparecido. El
doctor Quintero, les echó la culpa del robo a los perros de uno de
los visitantes. “Mis perros no comen rejos”, dijo el
dueño. El doctor Quintero, que justamente se hallaba cortando una
tira de cuero crudo, le tiró un pedazo a uno de los acusados, que
demostró su culpabilidad tragándoselo al instante. No se dijo una
palabra más del asunto.
Después del desayuno fuimos todos a La Ribera, y me anunciaron
que habían resuelto iniciar el viaje el domingo por la mañana.
“Muy bien, les dije, déjenme un guía y yo seguiré detrás de
ustedes el lunes”. Al ver la firmeza de mi resolución optaron
por salir de cacería el domingo y hacer el viaje de acuerdo con lo
convenido antes; yo me dediqué al descanso según lo ordenan los
Mandamientos, y los cazadores, algunos de los cuales habían dormido
en Tuluá, encontraron un venado y lo mataron. Damián, el joven
abogado, cuya actividad compensa la pereza de don Modesto, se había
unido a la partida y había jurado comerse el cuero y las pezuñas de
cuantos venados mataran ese día. Pero todos estaban tan contentos
con el éxito de la cacería, que le perdonaron el cumplimiento de su
promesa. La manera de cazar es emboscándose cerca de donde se cree
que ha de pasar el venado perseguido por los perros, y esperar allí
pacientemente, en tanto que la jauría y los peones baten la
espesura.
Por la noche el grupo de la excursión estaba completo y al
amanecer emprendimos camino. Eramos once personas, don Modesto
Flojo, comandante en jefe; Damián Caicedo, el sobrino (¿primo?) de
su mujer; Miguel y Manuel Vicente, dos cuñados de don Modesto; Pepe
y Chepe Sanmartín, sus hijastros, dos muchachos despiertos de
quince y trece años; el doctor Quintero; un señor Tascón; Miguel,
un guía; Lorenzo, concertado de don Modesto, y el guía famoso de
quien ya les hablé en otra ocasión. Acabando de salir, don Modesto
y Tascón se devolvieron y nosotros seguimos despacio para darles
tiempo de que nos alcanzaran. Avanzamos serpenteando por una loma
altísima, pero bastante más abajo de la cima, y en Las Minas
llegamos al fin del llano. Nos detuvimos a desayunar
espléndidamente con los restos del venado cazado la víspera.
Todavía no nos habíamos desmontado cuando don Modesto y Tascón
llegaron trayendo la Pechona, el objeto de todos sus cuidados.
Tanto ella como ellos estaban repletos de alcohol, o mejor dicho,
en la Pechona había una pinta y media de trago. En los cojinetes de
las sillas de Manuel Vicente y de Tascón venían escondidas otras
dos hermanas de la Pechona, cuya compañía animó enormemente la
jornada de ese día.
Después de Las Minas el camino va siempre en ascenso hasta
llegar a una arboleda de robles y todo el que se desviaba tenía que
volver a seguir por el camino. Cada obstáculo que encontramos
parecía animar más al señor Flojo. De vez en cuando su voz
retumbaba por el monte, “¡No teman, muchachos, que aquí voy
yo!”. Como no quise exponer a Aliaga a las penalidades de este
viaje, lo dejé al cuidado de las hermanas del doctor Quintero y
vine en una yegua muy buena de don Modesto. Este no estaba de
acuerdo en que le tuviera toda clase de consideraciones, pero yo
insistía en desmontarme siempre que encontrábamos el tronco de un
árbol o cualquier otro obstáculo en el camino. A veces, al llegar a
un paso especialmente malo, don Modesto gritaba: “El que se
desmonte aquí no volverá a ser considerado hombre hasta que lo
esculquen”. Pero así y todo yo me desmontaba.
Nos detuvimos en un contadero, muy arriba, a descansar bajo los
cedros. El día estaba delicioso. Seguimos subiendo y pronto
encontramos dificultades porque este camino tiene sus callejones.
La mula iba por uno demasiado estrecho para la carga que llevaba, y
se cayó. Le quitaron la carga y la jalaron de la cola hasta un
sitio donde pudieron ayudarla a parar, la sacaron del callejón, le
pusieron la carga a la mula de Manuel Vicente y seguimos adelante.
Nos dispersamos mucho y paramos en otro contadero, en el sitio más
alto a donde llegamos ese día. Nos devolvimos a pie para ver si
Tascón y los muchachos se habían perdido. Después empezamos un
descenso continuo de una hora o más. Al fondo rugía el río San
Marcos, tributario del Tuluá. Lo cruzamos y a las cuatro llegamos
al Platanal, donde por primera vez en el paseo veíamos el Tuluá,
que aún tan arriba, es difícil de vadear. El río baja rugiendo
sobre un lecho de piedra hasta desaguar en el Cauca y nunca sus
aguas son tranquilas como las de los ríos que corren más al
norte.
Nos reunimos para tomar una decisión y resolvimos no seguir
adelante ese día. Teníamos que hacer la comida y atender los
preparativos para la noche. Platanal es un lugar abierto de algunas
varas cuadradas, en la margen derecha del Tuluá. Yo tenía que
guardar unas plantas en papel, entre otras una rama de Pasiflora.
Ese día perdí la
|Inga salvaje más hermosa que he visto, y
también descubrí que no habían traído maíz molido como me
prometieron hacerlo. De vegetales, lo único que teníamos era
plátanos verdes, así que la comida fue malísima. Dos de los hombres
construyeron una cerca en el camino para impedir que las mulas se
fueran. Por lo general, esta es una tarea que se hace de noche en
los sitios donde no hay potreros ni corrales, aun viajando por
caminos principales.
El tiempo amenazaba lluvia. Con los bayetones, algunos hicieron
una tienda de campaña y durmieron en el suelo y casisin
cobija. La estructura de la tienda consistía en palos de caña
brava, gramínea tan larga, gruesa y derecha como una caña de
pescar. Don Modesto y otros de los compañeros durmieron a campo
abierto, envueltos en los bayetones. Yo guindé la hamaca entre dos
árboles y pasé una cuerda por encima, de donde colgué mi
encauchado, en tal forma que los bordes de este pendían más abajo
de la hamaca. Debajo puse la montura, el papel y la ropa. Había
cosido la abertura del bayetón y lo usé como cobija. Me dormí
mirando el cielo sombrío, pero al poco rato me despertó el doctor
Quintero para decirme que no debía exponer la cabeza a la
irradiación, así que la metí debajo del improvisado
techo.
Me desperté al amanecer y estaba lloviendo. Yo estaba seco
todavía, pero el problema estaba en cómo vestirme sin mojarme. La
solución era la carpa. Saqué el sombrero y la ropa de debajo de la
hamaca, salté de ella y corrí a vestirme en la carpa. Me trajeron
chocolate en una taza de plata, tan pequeña que no haría más de
media taza corriente. Yo había estipulado que mi ración sería un
tazón del tamaño de medio coco, bordeado de plata, pero esa mañana,
debido a la lluvia, no pudieron hacer suficiente chocolate. Tascón,
Manuel Vicente y Miguel el peón fueron por los caballos y trajeron
una serpiente venenosa que habían matado.
En la noche murieron la Pechona y sus dos hermanas. Causa:
consumo rápido, agravado por la lluvia. Al amanecer entregaron las
últimas gotas de su espíritu. Don Modesto está sinceramente
afligido y Tascón desconsolado. Mientras nosotros nos encargábamos
de los últimos detalles de la partida, los dolientes atendieron las
exequias de las difuntas, pero en la tumba no escribieron ni
siquiera un
|resurgam, por temor a que resucitaran antes de
nuestro regreso. La pena tuvo un efecto increíble sobre don
Modesto. Desapareció el jefe intrépido y alegre de la víspera. No
volvimos a oírle gritar, “; No teman amigos que aquí voy
yo!”; ahora parecía decir, “por donde yo voy puede ir un
niño”. A poco rato de camino fue preciso cruzar un paso
peligroso en un arroyo y el doctor Quintero tuvo que devolverse
para ayudarlo a bajar hasta la orilla. Todavía estábamos en la
margen derecha del Tuluá y después de cruzar un brazo de este
llegamos a tierra despejada. Nos reunimos en una loma y divisamos
el campamento donde habíamos pasado la noche
anterior.
Había dejado de llover y el sol estaba saliendo. El curso del
Tuluá parece tomar rumbo hacia el norte, al descender del oriente
por entre colinas escarpadas y cubiertas de hierba. Encima de
nuestras cabezas se erguían las cimas de Tiemble-cul.
No me atrevía a hacer subir la yegua, conmigo encima, e intenté
llevarla de cabestro, pero como íbamos muy adelante del resto de la
compañía, no me obedeció. Además, el piso estaba tan resbaloso que
tuve miedo de caerme y que me pisara. Por último, la cambié por una
escopeta y después de un ascenso increíble llegué a la cima de
Tiemble-cul, desde donde se contemplan los poblados que hay entre
Tuluá y Buga. El resto de los amigos se demoró una hora en
aparecer; mientras tanto logré secar mis vestidos al sol, pero con
la dificultad de no dejarme enfriar. Bajamos luego por entre
bosques y terreno plano a El Chorro, en donde había una casa que
cuidaba un muchacho llamado Ursulo. Allí pudimos darnos el lujo de
tener techo, tomar leche y comer arracachas. Cociné un poquito de
arroz, hice melado y comí. Sobre una fogata sequé la hamaca y el
papel y fui a recolectar plantas. Nos quedamos en El Chorro todo el
día y los compañeros intentaron cazar un venado. Cerca al río las
lomas estaban llenas de senderos de tapir, que aquí llaman dantas,
pero no teníamos esperanzas de cazar ninguna, porque se esconden de
día y el río quedaba demasiado lejos como para pensar en que
pudiéramos bajar hasta allá. A pocos metros de la casa descendía de
la loma un chorro de agua fría, de aquí el nombre del lugar, y
pudimos abastecemos del agua que necesitábamos. La casa está
construida en un sitio relativamente plano; es decir, se podría
poner cerca un barril sin peligro de que rodara hasta el Tuluá,
pero detrás de la casa el terreno se eleva abruptamente hasta una
altura enorme, y parte está cubierto con palma de cera,
|Ceroxylon, y con matorrales.
Antes de que anocheciera nos informaron que alguien se acercaba.
Era algo así como encontrar un barco en altamar. Todos salimos de
la casa a ver los recién llegados. Eran don Antonio Besero y dos
peones. Don Antonio tiene mulas en un potrero más allá de Las
Playas y ese día venía de Las Minas, donde había acampado la noche
anterior. Los peones encendieron una fogata y dentro de la casa
nosotros teníamos un cabo de vela y un naipe.
El miércoles, antes del desayuno, subí hasta las palmas y al
regresar encontré mi termómetro roto, pérdida irreparable para mí,
ya que lo necesitaba para compararlo con los termometros
corrientes. Nadie supo darme razón de cómo ocurrió la tragedia. A
don Modesto no le dolió la muerte de la Pechona más que a mi la
pérdida de mi termómetro. No quise desayunar. Pero debíamos
continuar adelante. A veces seguíamos por las márgenes del río,
otras nos alejábamos de él, subiendo en forma oblicua un cerro
altísimo. En el camino nos encontramos con unos toros y hubiéramos
preferido verlos más de lejos o en un sitio más favorable para
salir corriendo. Avanzábamos por un plano inclinado que parecía
llegar arriba hasta el cielo y abajo hasta el río. La loma era tan
escarpada y el sendero tan estrecho que no pudimos seguir
cabalgando y continuamos a pie, llevando de cabestro las bestias.
Nos topamos con una culebra y por precaución la matamos de un tiro.
Como no podía pensar en llevarla conmigo ni pude examinarle los
colmillos, únicamente la declaramos venenosa y la dejamos tirada en
el camino. Por fin tuvimos que descender dos tercios del camino
hasta el río, y bajamos por quingos, durante una hora, hasta llegar
a un arroyo, donde nos detuvimos.
Los granadinos rara vez toman agua sin primero comer dulce.
Alguien sacó una panela y la cortó con el machete en cubos de una
pulgada o más grandes. Uno de los peones sacó del sombrero una
totuma, la enjuagó y la llenó con el agua helada del arroyo, que en
seguida pasó a todos para que bebiéramos.
Luego avanzamos por una cuesta todavía peor, casi un precipicio,
pero no tan peligrosa como para desmontarme. En un sitio crítico
tuve que detenerme a amarrarme el sombrero, y uno de los peones me
dijo después que él le había rezado a la Virgen para que no me
cayera. En ese sitio vi volar unas aves enormes y pregunté cómo se
llamaban. Me dijeron que eran buitres. Les dije si no serían más
bien cóndores y me contestaron que no conocían esas aves. Estoy
casi seguro que eran de la especie
|Vultur Gryphus, el ave de
alto vuelo más grande que existe. Las alas son extraordinarias,
varias plumas se proyectan del resto y parecen como dedos
extendidos. El paisaje sobre el que vuelan es como el cóndor:
lúgubre, solitario y enorme. Las vacas, los caballos y las mulas,
mientras estén fuertes y puedan defenderse, no tienen razón para
temerle, pero el cóndor es capaz de destruir y cegar a los terneros
y a los potros muy jóvenes.
Seguimos bajando hasta que las nubes amenazaron lluvia
torrencial, y entonces nos reunimos a deliberar en una hondonada
rocosa y decidimos acampar; pero don Antonio nos convenció de que
siguiéramos hasta Las Playas, donde cruzamos el Tuluá, que en ese
sitio tiene una profundidad de dos pies. Allí, en tierras de don
Antonio, construimos un rancho con hojas de cabuya, que fue lo
mejor que encontramos, a pesar de que las hojas son muy pesadas,
porque tienen tres o cuatro pies de largo, cinco pulgadas de ancho
y casi una de grueso. A cada hoja se le corta un boquete para
colgarla de una vara horizontal, de un bejuco o de una cuerda de
fique, que se pasa a lo largo de traviesas muy delgadas. La cabuya
crece en abundancia en esta región, así que esta podría convertirse
en exportadora de cuerdas como lo es Manila. A esta fibra la llaman
cabuya, pita o fique.
Mientras construían el campamento mataron otra serpiente
venenosa, de la cual conservé la cabeza. Colgué mi hamaca en el
rancho y debajo quedó suficiente espacio para que se acostaran los
otros. Nos quedamos todo el jueves en Las Playas. Los compañeros
salieron de cacería pero no pudieron matar más que dos pájaros y
una pava
|Penélope, más pequeña que una gallina. Encontré un
|Agave que se me pareció más a la pita mejicana que la
cabuya, y como la vi en todos los poblados, menos en uno, me
imagino que sea una planta nativa, pero la llaman Cabuya de
Méjico.
La herejía horroriza a don Antonio, así que nuestras discusiones
sobre temas religiosos sirvieron para pasar el tiempo, ya que a
falta de casa y de cabos de vela, no podíamos entretenernos jugando
cartas. Le pregunté si la Virgen podía estar en dos sitios al mismo
tiempo. Me dijo que le parecía posible. ¿Y en mil lugares al
tiempo? Don Antonio creía que no. ¿Y si mil personas le hablaran al
tiempo, podría la Virgen escuchar a todas y saber todo lo que
hacían? Don Antonio pensaba que no; pero ¿ por qué razón le hacía
yo esas preguntas? Le contesté: “Porque Dios es
omnisciente y omnipresente; por tanto, si todo el mundo le rezara
al tiempo, El podría estar con todos y saber lo que todo el mundo
piensa, hace y siente. En cambio, si demasiadas personas le rezan
al tiempo a la Virgen, me temo que muchas pierdan sus oraciones;
por consiguiente, considero más prudente rezarle a Dios en primera
instancia”. Yo estaba con tanto sueño que antes de que Besero
acabara de contestarme, estuve de acuerdo con su
respuesta.
El viernes por la mañana los compañeros decidieron hacer
incursiones en el arroz, que hasta entonces había sido solo para
mí. Ensayaron freírlo en la manteca que habían traído en una
vejiga, como la que en otros sitios utilizan para guardar rapé. Al
freír el arroz, este se endurece cada vez más y cuando se cansaron
del experimento, yo le añadí agua y los dos pájaros cortados en
pedazos y cociné un estofado para los pobres perros, que estaban
medio muertos de hambre. Entre los cazadores existe la creencia de
que a los perros les hace daño la carne cruda si no están
acostumbrados a comerla.
Después del desayuno volvimos a cruzar el Tuluá y seguimos a
Jicaramanta. Acampamos temprano, pero en un sitio donde la cabuya
es demasiado escasa como para poder construir un rancho. Yo tuve
que limpiar el rastrojo para colgar la hamaca entre dos árboles.
Cada día era más difícil secar el papel sobre la fogata que
encendía con ese propósito, pero de esa tarea dependían todas las
posibilidades de regresar con las plantas que había recolectado. En
Jicaramanta mataron un venado que posiblemente era un
|Cervus
Peronei, parecido al
|Cervus Virginiana, pero mucho más
pequeño. Hicimos que nos alcanzara para dos comidas y a los perros
solo les dimos las vísceras, los huesos y por último el cuero.
Teníamos sal y yo asé mi parte en un chuzo y me pareció deliciosa.
Para el desayuno salé otro pedazo y lo colgué de un árbol, fuera
del alcance de los perros. Para ese entonces el hambre me obligó a
reclamar la porción que me correspondía del queso con que
acompañaban el chocolate. Uno o dos días más, y podría comer hasta
plátanos verdes y sancocho.
El sábado el doctor Quintero, el doctor Damián Caicedo, Miguel,
Manuel Vicente y un peón fueron conmigo al potrero más lejano. Las
cuestas que descienden hasta el río y que hacen que no haya más de
un acre de terreno plano, son ahora más escasas. De Jicaramanta en
adelante el terreno es como el de las aldeas de Nueva Inglaterra.
Pasamos por un sitio que sería magnifico para una finca, después de
desecar una o dos lagunas, pero al paso que se desarrolla Sur
América, creo que transcurrirán mil años antes de que construyan
una carretera hasta este sitio.
Entre nosotros y nuestro destino final, El Guavito, se
interponía un bosque espeso. Fue dificilísimo encontrar el camino,
que estaba casi abandonado, para ir al potrero, el cual, a pesar de
lo lejos que se encuentra de cualquier sitio poblado, posiblemente
no esté a más de una tercera parte de la altura de la cadena de
montañas que separa el Cauca del Magdalena. Da la impresión de que
en El Guavito no usaran el sistema de quemas. Los potreros son
valiosos porque las mulas que se levantan aquí tienen patas más
seguras y cascos más duros que las de otras regiones; pero la parte
alta del Guavito es menos valiosa, debido a la abundancia de
animales de presa. A lo lejos divisamos las cimas desnudas de las
lomas que, como el sitio donde estábamos, aparentemente no tienen
ninguna clase de rocas. Esas alturas son páramo y no las queman
para despejarlas, como si lo hacen en el resto de la montaña. Dicen
que en el páramo hay vacas salvajes que no pertenecen a
nadie.
Nos detuvimos a deliberar sobre qué debíamos hacer. Miguel y
Manuel Vicente construyeron un rancho en el bosque; Quintero,
Damián y yo fuimos a buscar quina; y el peón se devolvió a
encontrar al resto de los excursionistas que se habían quedado
atrás cazando. Nosotros permanecimos varias horas en el bosque,
entre El Guavito y Jicaramanta y luego regresamos a donde estaban
los compañeros. Los encontramos a medio camino, trayendo la mitad
de las cosas. Don Modesto estaba enfermo y se negó a continuar.
Dijo que Tascón y Lorenzo el peón se quedaban acompañándolo.
Nosotros nos devolvimos hasta el campamento, donde prácticamente no
había nada de comer. Deliberamos de nuevo y la pobreza de nuestras
vituallas era tal, que no tuve ningún escrúpulo en aconsejar que
partiéramos en dirección a El Chorro el domingo por la mañana. Sin
embargo, puse como condición que un peón llevara mi caballo y todas
mis cosas, y que me dejaran pasar el día solo y a pie. Esa noche
pude guindar la hamaca dentro del rancho porque lo habían ampliado,
y mi encauchado formaba parte del techo.
El domingo estuve solo, y aunque no reposando físicamente, lo
pasé en forma más agradable que muchos de los otros compañeros. Los
que iban detrás de mí se perdieron una vez y tuve que
dirigirlos, desde una loma al frente, gritándoles y haciéndoles
señas para que encontraran el camino. Llevaba tan poca ropa encima
que me dio miedo emparamarme y caminé rápidamente durante la parte
más fría del trayecto. Llegué antes de las cinco a El Chorro, donde
encontré a Besero y sus peones; los otros llegaron al poco rato,
sin una de las bestias de silla, la cual rescataron semanas más
tarde, según me contaron.
El lunes por la mañana comimos de todo excepto chocolate y carne
seca. Estaba muerto de hambre y las arracachas fritas me parecieron
exquisitas. Sabían a tajadas de papa frita. Solo he comido
arracacha en esta forma en ocasiones en que he estado al borde de
la inanición, pero creo que le sabría bien hasta al paladar más
refinado y satisfecho. Yo salí a las ocho. Habíamos planeado partir
al amanecer, pero después de hacer los mejores preparativos, todo
fracasó y los últimos no salieron sino hasta las nueve. Los caminos
estaban pésimos porque había llovido. En Tiemble-cul me desmonté y
seguí caminando hasta El Platanal. Después cabalgué hasta el río
San Marcos y de allí anduve a pie una legua hasta Las Minas. En el
ascenso que hay después de San Marcos el caballo de Pepe se agotó,
lo abandonaron y es posible que esa noche lo hayan devorado los
animales salvajes. El joven resultó ser buen caminante y soportó la
jornada valientemente. A ratos cabalgó mi caballo que era una de
las bestias que estaba en mejores condiciones.
En todo el día no estuvimos juntos porque cada uno iba por su
lado. Al final, Pepe, el doctor Quintero y Tascón se nos
adelantaron, los seguíamos don Modesto, Chepe y yo. Al anochecer
pasamos por el Picazo (sic) y antes de las ocho llegamos a La
Ribera. El resto llegó una hora después. A los que venían con la
mula de carga fue a los que más mal les fue. En el equipaje no
venían más que platos, una montura y las cosas que los jinetes
consideraron demasiado pesadas para los caballos, pero así y todo
me dicen que la mula se cayó unas veinte veces. Cuatro copas de
plata, que nunca debieron salir de la casa, volvieron completamente
dañadas. Pero en medio de tanto desastre, no se olvidaron de la
Pechona, ella y sus dos compañeras regresaron incólumes. Así
terminó la excursión a Jicaramanta.
En ocasión diferente hice otra expedición esperando llegar hasta
los robles que hay al oriente de Las Minas, pasando por El Yesal,
pero fracasé en mi intento y todo lo que conseguí fue una culebra
equis, llamada así porque lleva encima una marca parecida a esa
letra. La equis tiene menos de tres pies de largo, enormes
colmillos y una fama terrible. Como no encontré mejor sitio para
llevar tan peligroso trofeo, amarré la cabeza en la cinta del
sombrero. Cuando regresaba la vio un negro y me propuso que se la
vendiera para hacer un remedio con ella. Me ofreció $ 3,20. Hoy la
cabeza está en el Lyceum de Nueva York. Pero tengo que contar lo
que me pasó en La Paila. Un día estaba trabajando descalzo en mi
cuarto, el viento tumbé la cabeza que estaba puesta sobre la mesa y
la pisé. Levanté el pie y en él estaba la cabeza colgada de uno de
los colmillos, mientras el otro se había roto, quizá contra el pie.
Afortunadamente el terror que sentía de que me picara una culebra
venenosa está ya muy lejano, y aunque ese miedo no me pasé nunca
del todo, espero no volver a sentirlo tan dramáticamente como en
esa ocasión. Nunca mencioné este incidente a mi familia.
Y hablando de culebras, aquí cuentan de una de ellas algo
horrible, lo peor que han podido inventar. Dicen que enrosca
fuertemente la cola en una rama y uno no la ve sino cuando ya está
al pie. Nada pasa si uno se queda completamente quieto, pero si
trata de salir corriendo, el perverso animal, con la velocidad del
rayo, hinca en la víctima los colmillos, increíblemente fuertes y
venenosos. Claro está que yo no creo una palabra de todo ese
cuento.
También hice otra excursión a las vecindades de Tuluá en busca
de una mina de plata que, según vieja tradición, existe detrás de
El Tablazo, al oriente de Tuluá. Viniendo de La Ribera tuve que
pasar por la población, que está al sur del río Tuluá, el cual se
cruza por un puente largo, alto, estrecho y sin barandas. Está
hecho con troncos puestos uno al lado del otro entre las dos
orillas, y a veces con tierra encima. Cuando uno de los palos se
quiebra, corren los otros y por eso el ancho del puente varía todo
el tiempo. Mucha gente no se atreve a pasarlo a caballo, a pesar de
que de día los puentes estrechos son por lo general seguros, a
menos que el caballo sea tuerto.
De Tuluá conocí muy poco porque aunque pasé por allí seis veces,
nunca me desmonté. Es un lugar empedrado, cabecera de cantón y el
distrito tiene una población de 4.352 habitantes. ElTablazo es
una planicie cubierta de yerba, con una extensión de cientos de
acres, pero no tan alta como El Picazo que queda al frente. Es
posible que haya depósitos argentíferos en la profunda cañada
detrás de El Tablazo, pero a mí me parecieron las rocas iguales a
las del resto de la región. Pasé un día muy agradable, pero el
regreso en medio de la oscuridad y la lluvia fue muy difícil. Aquí
como en todas partes creen mucho en historias de minas y de tesoros
ocultos; es una lástima que un país como este tenga tantos tesoros
y tantas minas de oro y plata, riquísimas pero inexplotadas. Sin
embargo, no creo que este sea el caso de El Tablazo.