INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo  La casa del hacendado) 
 

 

El sacerdote esperó a los niños en la puerta lateral o del perdón. Un monaguillo sostenía una sencilla cruz de madera y otro una vela encendida. Después de rezar las oraciones, el cura le puso sal al bebé en la boca, se acercó a la pila, que es una piedra con un hueco tallado puesta sobre un pedestal y con un orificio para que salga el agua. Le llevaron otros dos niños, uno cargado en el brazo izquierdo. “Póngale la cabeza aquí”, dijo. La mujer se volvió de manera que la cabeza del niño quedara en el punto preciso, pero los pies resultaron más atravesados que antes. Una exclamación de impaciencia del cura, que estaba en ayunas, hizo que el monaguillo ayudara a pasar al niño al brazo derecho. Primero el cura puso saliva en las orejas y narices de los niños y después terminó bautizando uno por uno. Sacó de la caja portátil un frasco de plata con un hisopo a través de un corcho forrado de plata, y un pedazo de algodón. Con el hisopo les hizo una cruz en el pecho, otra en los hombros y limpió el aceite con el algodón. El vestido de uno de los niños hizo que el cura perdiera de nuevo la paciencia y en medio de las oraciones exclamó: “¡Mejor traiga al niño desnudo que con un vestido apretado en el cuello!”. Con dos dedos yo se lo bajé todo lo que pude. Después colocaron la cabeza del niño sobre la pila, boca abajo, y el cura le echó el agua bendita con una jarrita de plata. Le hizo otra cruz en la coronilla con el hisopo y el aceite, le cubrió un momento la cabeza con una tela blanca y terminó la ceremonia. Un pastor protestante habría empleado dos horas en rezar todas esas oraciones, pero nuestro cura las dijo en un momento. Si omitió algunas palabras o las pronunció mal, dejó para otra ocasión articularlas mejor. Después regresó a la sacristía, se cambió de vestiduras, y de nuevo con la cruz y el cirio fue a la puerta del perdón a recibir a una pareja de novios, todavía más lerdos de lo que habían sido las madres.

El padrino, que estaba casado con la madrina, se hizo al lado de la novia. Mientras tanto el novio hacía lo posible por meterse entre la novia y la madrina, aparentemente buscando que lo casaran con cualquiera de las dos. Cuando por fin el cura logró que se colocaran como debía ser, les leyó un sermón larguísimo, diciéndoles entre otras cosas que su deber era esforzarse por tener hijos y educarlos no tanto en busca de su propio bien sino de la religión, de la fe y de la virtud. Pero esto de tener hijos era un punto sobre el cual no vi la necesidad de insistir tanto, pues, la novia, aunque no había estado casada antes, no solamente tenía dos hijos como testigos de la ceremonia, sino que se encontraba en ese estado que aquí indican con la palabra |embarazada. Me doy cuenta de que este detalle le resta poesía a la descripción de la ceremonia, pero no lo puedo evitar, porque el único mérito de mi relato es la fidelidad a los hechos. Debo añadir además que el mayor de los niños parecía tener tres cuartas partes de sangre negra y el menor tres cuartas de sangre blanca. La novia era mulata y los demás del grupo de pura raza africana. Todos estaban descalzos, las mujeres vestidas con los trajes sencillos que ricos y pobres deben usar para ir a la iglesia, la cabeza cubierta con una mantilla y una saya oscura como falda.

Después de que el cura terminó la alocución ordenó a los novios que se dieran la mano derecha, lo cual hicieron después de mucha demora. Cuando le preguntó a la novia si aceptaba a este hombre como esposo, ella no contestó. El cura repitió la pregunta, pero no obtuvo respuesta. “Conteste sí o no”, exclamó, y ella dijo “Si”. El sacerdote tomó dos anillos de la bandeja de plata que usan en la misa y le puso uno al novio y otro a la novia, en el dedo meñique. Pero el anillo era lo suficientemente grande como para poderlo usar en el pulgar, y ella se lo pasó inmediatamente a otro dedo. Después el cura tomó de la bandeja ocho o diez reales en monedas de a diez, se los entregó al novio y éste a su vez se los dio a la novia. Durante las oraciones siguientes se vio claro, por la forma como pronunciaba el latín y por el tono impaciente, que el cura, en ayunas, estaba perdiendo la paciencia. De pronto suspendió una oración y regañó a los novios en puro castellano. Una vez que terminó las oraciones, le pasó la estola por la cintura al hombre y condujo a la pareja, que todavía tenía las manos unidas, hasta el altar, seguidos por los padrinos. Los novios se arrodillaron y el cura comenzó la misa. Al cuello les pusieron dos cadenas de oro, unidas con una cinta, y sobre la cabeza de la novia y los hombros del novio extendieron dos yardas de una tela blanca y con fleco. Por lo general los novios deben comulgar, pero en este caso no lo hicieron. Después le pregunté al cura la razón y me dijo que el estado de la novia no le permitía observar el ayuno necesario para el sacramento.

Al terminar la misa todo el mundo queda en libertad de divertirse como quiera, pues el domingo es día de fiesta y sería pecado trabajar más de dos horas; pero divertirse no es pecado. Sin embargo, por la noche me di cuenta de que en la cocina sí había habido gran despliegue de actividad; en la mesa nos sirvieron carne de cerdo y pollo, así como una botella de aguardiente. El cura ocupó la cabecera, y en el espacio libre, al frente mío, se sentaron los cuatro personajes más importantes de la ceremonia de la mañana. Yo no estaba preparado para semejante cosa. Si me veo en la necesidad de sentarme a la mesa con negros, lo acepto de la mejor manera posible, pero hubiera preferido no haber tenido que estar en compañía de una novia embarazada. La comida la amenizaron con dos flautas de octava y un tambor.

Esa noche fue fatal, porque además de mal tiempo hubo baile. Cuando fui a buscar mi chocolate, encontré al buen cura con la sotana remangada bailando con gracia inusitada un bambuco con una de las ninfas de la llanura. Y cuando me retiraba vi al joven Carlos bailando un valse con la vieja esclava manumitida que había sido su niñera y la de todos sus hermanos y hermanas. Me contaron que más tarde hubo una escena todavía más curiosa. Merceditas, la hermosa niña de diecisiete años, hija de un hombre blanco, bailó con Miguel, el herrero negro. Este parece tener más de setenta años y es el hombre más piadoso de la hacienda. Debió haber sido todo un espectáculo. Al día siguiente traté de convencerla de que bailara otra vez con Miguel, pero me puso como condición que yo bailara primero con ella. Inclusive se desmontó del caballo porque ya se iba para su casa y los otros presentes se unieron a su petición con tal ahínco que solo pude escaparme del compromiso diciendo que la Iglesia Presbiteriana prohibía el baile a sus fieles.

Por la mañana, cuando la primera luz del día se filtró por una rendija de la ventana, me levanté para ver el final de la fiesta. Al frente del corredor, donde duermen las cabras, estaba instalada una mujer vendiendo aguardiente y pasteles. Había traído una damajuana casi llena en la que apenas quedaba una botella. Había vendido $ 11,40 y las ventas habrían sido mucho mayores si la noche anterior yo les hubiera prestado plata a los que no tenían. Entré a la sala y presencié un espectáculo que Christy hubiera dado de $ 500 a $ 1.000 por ver. Dos parejas, muy negras y más allá de la primavera de la vida, estaban bailando el hunde, una danza chocoana. Lentamente los cuatro daban la vuelta al cuarto en un círculo muy amplio, y cada pareja alternativamente avanzaba al centro, mientras la otra retrocedía. Esta es la |teoría, pero la |forma de hacerlo sobrepasa mis poderes descriptivos. El hombre empieza sus movimientos centrípetos desenfrenadamente y parece que podría destruir la pareja si llegara a chocar con ella. ¡Y había que ver los pasos improvisados que daba al retroceder! ¡Y la música! Uno tocaba tambor con las manos, otro golpeaba durísimo una banca con el palo de una escoba y ambos y el resto de la concurrencia cantaban estrepitosamente “Ai ke le le”. Se divertían en forma tan desenfrenada que me parecía que de un momento a otro alguno tendría que desmayarse o caer muerto al suelo. Pareja tras pareja bailaba el bunde y la última en dejar la pista fue la cocinera, una negra vieja, que después de haber estado ocupada todo el día tenía puesta la misma camisa que había usado ocho días seguidos en una cocina sin chimenea, y que además tenía dos rotos en el sitio donde precisamente debería haber estado entera.

Semejante orgía en los Estados Unidos hubiera tenido consecuencias muy diferentes. Para que alcanzara el ron habría sido necesario por lo menos un barril lleno pues todo el mundo mayor de seis años estaría tomando. ¿Cuántas peleas hubiera habido y cuántas personas habrían quedado en condiciones de no poder dar un paso en la mañana? Aquí, en cambio, apenas vi a dos que daban muestras claras de haber bebido toda la noche, una de ellas un muchacho. Este es un detalle que me recuerda que estoy en medio de gentes de raza diferente; así mismo los indios norteamericanos reaccionan distinto de nosotros con el alcohol.

Debo añadir que la novia estuvo levantada toda la noche y por la mañana la vi sentada, con las cadenas de oro todavía alrededor del cuello, mirando a los que bailaban. Uno de los hijos había recostado la cabeza en su regazo y el otro estaba sentado al lado fumando un cigarro. El sábado también pasó toda la noche en un baile; esta noche hay otro, y posiblemente mañana también. Pero le faltan los ayunos preparatorios a la comunión para que el matrimonio sea completo y pueda acostarse con el marido. ¡Me pregunto cómo puede sobrevivir a todo este trajín!

Le insistí al cura que celebrara la misa apenas terminara el baile y antes de que la gente se fuera a sus casas, pero él me dijo que como no era día de fiesta la misa no era obligatoria y que era mejor decirla a la hora de siempre; entonces la gente se dispersó antes de la misma. Poco antes de esta había visto a los jóvenes de la familia, a caballo, llevando cada cual a una de las ninfas que la noche anterior habían llegado a pie. Estas iban sentadas de lado, al frente de la montura, y para seguridad de ellas los jóvenes les rodeaban la cintura con el brazo y ellas pasaban el suyo alrededor del cuello del jinete. De seguro que por pura casualidad la buena suerte de tener quien las transportara recayó exactamente en las jóvenes más atractivas y bonitas de todo el baile.

En la misa, cuando el cura le iba a dar la comunión a un hombre, vio a una negrita que en vez de hallarse arrodillada como lo debe estar un cristiano en presencia del cuerpo de Cristo, estaba sentada en el suelo, por lo cual se detuvo y le dijo, “¡Arrodíllese! Arrodíllese! ¡Cualquiera pensaría que es protestante!”, y siguió rezando sus fórmulas y oraciones, dejándome a mí, pobre protestante, de pie al lado suyo.

Días más tarde, Mercedes, la muchacha bonita que bailó con el negro Miguel, alto y austero, recibió unas cartas de Quihchao, donde está interna. Me las mostró para que las leyera. La primera era de una compañera de colegio y empezaba diciéndole: “Mi querida negra”. Quedé sorprendidisimo. Entonces ella sí era “la hija de un hombre blanco”, ¿pero de cuál? ¿Y de cuál negra era hija? No puede ser más que una cuarterona. Y mientras escribo me persigue la sospecha de que Mercedes debe ser muy parienta de don Eladio. La otra carta era de la maestra y en ella le decía: “Espero, mi querida negra, que estés gozando de tu visita a La Ribera”. Estas expresiones de cariño no eran nuevas para mí, pero las doy como ejemplo de una autenticidad poco común.

En el río Tuluá presencié algunas escenas de baño bastante curiosas. Es cierto que no son tan desvergonzadas como las que vi en Honda, y en estas puedo garantizar la respetabilidad de los bañistas, entre los que estaban don Eladio, su mujer, su hermana y dos de sus hermanos. Vi señoras a quienes respeto, nadar en compañía de señores que por todo vestido llevaban un pañuelo de seda. Todas parecían gozar mucho en estos baños promiscuos, pero me pareció entrever que se alcanzaban a dar cuenta de que en ellos había algo indecoroso.

Mientras estuve con la familia Vargas me convertí en propietario de un caballo, el primer animal que poseía en mi vida. La compra no dependió de mí y su posesión no me trajo ninguna ventaja pero sí continuas molestias, que no compensaron los pocos dólares que recibí cuando lo vendí. La única ganancia efectiva fue la experiencia que adquirí cuidándolo. El caballo era muy joven pero ya estaba domado cuando llegó a mis manos. Le puse por nombre Aliaga y llegó a mi poder el día de mi cumpleaños, el cual celebré tumbándome al suelo con las patas, en represalia a mis esfuerzos impertinentes de interferir una colonia de garrapatas que se le había instalado en las orejas. En la caída me lastimé las muñecas, pero logré convencerlo de la inconveniencia de su conducta y terminé engrasándole las orejas y llevándolo después al río a bañarlo. Sin embargo, al día siguiente amanecí casi inválido y las muñecas demoraron un mes en aliviarse. Aliaga era muy difícil de enlazar. Salía corriendo y detestaba tanto un golpe con la guasca como con el rejo, me imagino que con toda la razón. Solo una vez vi que lo pudieran enlazar en llano abierto y eso después de una cacería tan fatigante como todo un día de trabajo. Reconozco que quedé sorprendido, y los demás aterrados, de haber sido capaz de ponerle el cabestro un día que se escapó y corrió en medio de una manada. Nadie había visto realizar semejante proeza. A veces pasamos juntos ratos agradables. En general, me habría ido mejor sí al llegar a Bogotá hubiera conseguido un buen criado, y comprado un buen caballo al venir a este valle, donde son tan baratos. Me habría ahorrado más problemas de lo que me hubiera costado obtener aquellos.

Toledo, el domador, debe haber tenido una vida llena de aventuras. Es socorrano, uno de los yanquis de Sur América. Cuenta que por una pelea con alguien de mayor influencia que la suya lo enviaron injustamente al presidio y yo me inclino a pensar que gente mucho peor que él nunca va a parar a la cárcel. Cuando llegó aquí venía deprimido y desfigurado por un coto enorme. En el Cauca consideran que el coto, como cualquier otra deformidad física, es una desgracia personal; en cambio me cuentan que en algunas regiones al norte de Bogotá piensa la gente que tener coto es algo muy respetable. El de Toledo desapareció por completo con el uso de la sal yodada de Burila.

Toledo frecuenta las familias de los alrededores. En alguna ocasión prometió llevarme a un sitio para que probara los meritos de un plato hecho a base de carne y plátano, que yo no conocía. El día señalado pasó sin que mencionara una palabra del compromiso. Se lo recordé y entonces fijó otro día, y después otro, siempre con el mismo resultado. Nunca fuimos. Un día me permití aconsejarle que se casara y le mencioné el nombre de una caucana bastante bonita, la cual me parecía que se beneficiaría tanto como él con el matrimonio. Después de algunos titubeos, me confesó que estaba pensando en otra para casarse, y no porque creyera que su elección fuera mejor, sino porque había que tener en cuenta otras circunstancias. Para hablar francamente, el padre de la muchacha estaba furioso con él y amenazaba matarlo si no se casaba con ella. Era tanta la ira del viejo que la hija no podía vivir en la casa. Al conocer estos hechos, le dije que el papá tenía toda la razón de estar enojado y que me gustaba mucho ver que él se preocupaba tanto por la reputación de la pobre muchacha. Le aconsejé que se casara, pero cuando la conocí, el corazón por poco se me paraliza. La muchacha era más fea que un mico.

Un día Escolástica vino a preguntarme en qué día estábamos. Le dije que era martes. Pero eso no era lo que ella quería saber, sino cuál era el santo del día. Le apliqué que en los Estados Unidos no hay santos sino un Dios y le pregunté por qué razón lo averiguaba. Me contestó que un niño había nacido en el vecindario y que posiblemente no iba a sobrevivir; por eso Antonio lo iba a bautizar cuando supiera cuál era el santo del día para ponerle ese nombre a la criatura. Yo quería ver el bautizo, pero “resolvieron no hacerlo ese día”. Lo bautizaron después sin que yo me enterara.

En cierta ocasión vi a Antonio pegándole cruelmente a un pobre gallo de pelea que había tenido amarrado de una pata durante varias semanas. Le había dado la oportunidad de que peleara, pero él no había querido, y entonces Antonio le golpeo la cabeza hasta que el animal quedó inerme y todos dijeron que lo había matado. Antonio se lo llevó y al regresar nos dijo que el gallo se había recuperado. Me dijeron que no era cierto, lo cual quedó confirmado a la hora de la comida cuando nos sirvieron los restos del pobre gallo.

Un día le expliqué a Antonio la diferencia entre la novela inglesa y la francesa. En esta última todos los mejores personajes mienten alguna vez, al paso que en la nuestra siempre dicen la verdad. “En eso, me comentó, la novela francesa se ajusta más a la naturaleza, porque todos nos vemos obligados a mentir de vez en cuando”. Don Eladio mismo, hablándome en alguna oportunidad de la opresión de que había sido víctima, como conservador, por parte de los funcionarios liberales del distrito, me dio una cifra de los impuestos que había tenido que pagar, que yo consideré muy injusta. Más tarde le mencioné este detalle a un liberal eminente, quien me comentó que no debía aceptar las afirmaciones de la gente tan fácilmente, y me pidió que revisara las listas de impuestos con mis propios ojos. Efectivamente, pude comprobar que el señor Vargas había exagerado la suma en un sesenta por ciento.

Estando en La Ribera y cuando todas las señoras se habían ido a Cartago tuve un ataque de fiebre que sirvió para recordarme lo afortunado que había sido gozando en general de una magnífica salud. Un martes por la noche estaba durmiendo en el corredor como solía hacerlo, bien protegido del tiempo y de los zancudos con un toldillo, cuando me empezó la fiebre. Por la mañana no me levanté de la hamaca hasta que decidí tomar un emético. Pero, como lo aprendí ese día, la hamaca en un caso de estos no es nada cómoda. Después de mucha espera me arreglaron un catre de campaña en la pieza Nº 9 y sentado, usando el armazón de una cama como mesa, abrí mi botiquín, una caja con esas endiabladas pesas de los boticarios y “El compañero del botiquín” de Cox. Cuando todavía tenía cabeza para pensar, decidí tomar una mezcla de tártaro emético y de ipecacuana. Empecé a mirar el libro, los pesos y el cuadro de estos. Seleccioné las medidas, pesé las medicinas, hice el esfuerzo de revisar una y otra vez las medidas, el cuadro de pesos, las recetas y los rótulos para no ir a cometer un error fatal, en lo cual me demoré media hora. Pilar me trajo una taza grande con agua caliente, puso un platón al pie de la cama y me abandonó a mi suerte.

A la noche volvieron a guindar la hamaca en el corredory el jueves por la mañana Pepe logró colgarla en el cuarto Nº 9. Al principio habíamos creído que no se podía debido alángulo saliente que hay en la pieza. Todo el día lo pasé adormilado e inconsciente. Cuando volví en mí ya había oscurecido y recuerdo que sin darme cuenta fui a la sala, quizá buscando agua. Dormí delirante hasta las tres de la mañana, cuando desperté. En la sala estaban bailando. Durante tres horas que se me hicieron eternas me quedé esperando en vano que alguien viniera a verme. A las 6 no resistí la sed y volví a la sala. El baile estaba en su apogeo; cuando una pareja se cansaba, inmediatamente la reemplazaba otra y la música no cesaba ni un minuto porque a los músicos los relevaban en la misma forma. Permanecí en la sala hasta que me sentí mareado y hube de esperar mucho rato para que me consiguieran algo de tomar. Tenía deseos de alguna bebida caliente, pero me dijeron que era imposible pues todos los sirvientes estaban bailando. Tuve que contentarme con un vaso de agua fría.

Mandaron llamar al doctor Quintero, quien vino el viernes por la tarde, pero yo estaba ya un poco mejor. Había logrado incorporarme para recetarme, pesar los remedios y tomar una dosis de calomel y de ruibarbo que poco me había servido. Ahora que estaba en manos del médico, éste me preguntó la dosis que había tomado, pero no le supe decir. Ni yo sabía el tamaño de sus granos ni él el de los míos. Le dije que aproximadamente 7.500 granos americanos equivalen a una libra granadina ordinaria; pero esto tampoco le sirvió para reducir los pesos que usan aquí a los nuestros. Creo que 100 granos granadinos equivalen a 77 americanos. El doctor Quintero me receté que tomara al principio dos dosis de carbonato de sodio y de limonada y al día siguiente una mezcla, supongo, de quina y de sales de Epsom. El doctor no quiso recibir nada en compensación de sus servicios y del largo viaje hasta La Ribera.

El lunes me sentí mejor a pesar de que no había dormido nada desde las tres de la mañana del viernes. El domingo lo pasé tratando de dormir y por la noche, aunque completamente desvelado, estuve sosegado y bien. Empecé a pensar en comer otra vez, ¿pero qué? No había mantequilla, ni harina, ni carne, ni papas, ni arroz ni nada parecido. Mandé a un hombre a que cazara un mico. Le disparé pero el mico se quedó enredado en una rama y no cayó al suelo. Al día siguiente compré un pollo por un precio que podría ser justo para comprar un acre de tierra: cuarenta centavos. En una choza me consiguieron un poquito de arroz y en otra una muestra de carne, con lo cual me hice una comida. Al terminar el pollo, me declaré aliviado, y volví a comer tasajo otra vez.

En esta región no hacen ningún esfuerzo para utilizar en la cocina los recursos de la tierra. Los tomates crecen salvajes una vez que la semilla cae en la tierra, pero nadie los guisa. En realidad sospecho que al volverse salvajes se tornan también venenosos. Un día comí unos que cogí del patio abandonado de una casa que se había quemado y me ardió la garganta todo el día.

Pasé muchos trabajos por la falta de plátanos maduros y por la calidad de la carne. A medida que esta envejecía, mi peso menguaba progresivamente, y por eso me ponía feliz al ver a dos jinetes acercarse a la casa con una vaca enlazada entre ambos caballos. La horca fatal está al frente de la ventana del que era mi cuarto. Uno de los vaqueros le tira la guasca a la vaca y cada vez que la pobre se mueve furiosa disminuye la distancia entre ella y la horca; esa distancia que, como la que existe entre nosotros y la tumba, jamás aumenta. Cuando la cabeza de la víctima llega por fin a veinte pulgadas del poste mortal, uno de los vaqueros se desmonta y tumba la res. Le quitan los lazos de los cachos y con un rejo le amarran la cabeza a la horca y la dejan levantarse. Esto sucede por la tarde. Así se queda toda la noche y los perros saben que está condenada a morir antes de que salga el sol. Félix se acerca con dos ayudantes. Le abren la yugular de una certera cortada, los perros se apiñan y lamen la sangre caliente que los salpica y corre por el suelo. El pobre animal cae, lo desamarran del poste y se lo llevan arrastrando. Veinte perros se sientan en círculo mirando fijamente el sitio donde trabajan los carniceros. Los hombres extienden la piel del animal, que tiene la carne todavía adherida, cortan pedazos grandes para el consumo de ese día y del siguiente, y el resto en tiras delgadas, hasta que en el cuero no quedan más que los huesos y las vísceras. Estas también se las llevan a las cocinas de la familia y de los campesinos, y por último estiran la piel y la dejan clavada al suelo. Los gallinazos que han estado todo el tiempo observando la operación desde los árboles, descienden al cuero, caminan encima examinándolo y si ha quedado alguna partícula de carne la arrancan con el pico y se la comen.

Los carniceros llevan las tiras de carne al corredor XIX y las colocan sobre un cuero que tienen para este fin. Todos los perros siguen detrás de la primera carga que entran, pasando por la sala, claro está, y mientras salan la carne observan la operación listos a robarse un pedazo. Después de salada, cuelgan la carne en unas varas que tienen todo el tiempo entre los corredores XIX y XX. Los gallinazos casi nunca se atreven a llegar hasta allí para llevársela. Afortunadamente el fastidio que le produce a una persona no acostumbrada a ver estas guirnaldas de tasajo, acaba por desaparecer.

Durante uno o dos días después del “día de la matanza” (del que habla Santiago en su Epístola, versículo 5), prácticamente yo no comía más que carne, y cuando la calidad de esta empezaba a deteriorarse, me volvía casi del todo vegetariano. A veces recurría a los huevos de tortuga, que contienen mucha grasa y por eso se puede hacer con ellos una tortilla sin mantequilla. La cocinera los sazonaba al cálculo, porque en el Cauca no hay sirviente que los coma; en cambio, en el Magdalena no existe este prejuicio; los bogas se deleitan comiéndolos en las épocas de estación y los pasajeros de ese río tampoco los rechazan cuando pueden conseguirlos. La tortuga caucana no es muy diferente de la |Testudo Serpentaria de la Nueva Inglaterra. Los huevos son esferas de una pulgada de diámetro y no tienen cáscara. En La Paila apenas encontré una sola tortuga parecida a las de la costa atlántica, aparentemente una jicotea; aquí son tan escasas que fue motivo de admiración para todos los que la vieron.

Cuando pude volver a salir después de mi enfermedad fui a ver cómo desbrozan la tierra para sembrarla. Principalmente utilizan el machete y una herramienta de forma parecida a una azada pero más liviana que esta, con un palo recto por mango, y aunque tiene la hoja más pequeña que la nuestra le dicen también pala; en inglés yo la llamaría “push-hoe”. Pocas veces emplean el hacha, que aquí es larga y estrecha y no tiene lo que nosotros llamamos cabeza; por lo tanto es muy ineficiente, pero sería difícil introducir el hacha nuestra, mucho más costosa y pesada.

Por lo general siembran exactamente al comienzo de la temporada de lluvias y el maíz dos veces al año. Este demora unos cuatro meses para madurar. También conocí por primera vez un platanal recién sembrado. De la base del tallo sacan retoños que siembran a una distancia aproximada de un “rod”, y para la caña de azúcar utilizan el mismo sistema, pero la siembran mucho más junta. Al principio tienen que cuidar los sembrados de plátano y de maíz para que no se enmonten, pero nunca aran la tierra. Hay una yunta que pertenece a la hacienda y emplean para acarrear guaduas y madera cuando las necesitan, y también hay una carreta y una carretilla como para cargar agua, pero nunca vi que las usaran.

No puedo dar los precios que el maíz, el arroz o cualquier otro producto tienen en el mercado. La medida para vender el maíz es un palito (sic), cuyo tamaño varía, o un cajón chiquito lleno. Calculo que el maíz vale de diez a sesenta centavos por bushel (medida americana equivalente a 35 litros). La carne salada de res tiene también un precio de diez a sesenta centavos y equivale a tres libras de carne fresca, a menos que esté completamente seca. La arroba de carne fresca se vende a noventa centavos. La arroba es igual legalmente a 27.5502125 libras “avoirdupois”, o sea a $ 3,27 por quintal de carne sin hueso. Los cerdos sin cebar valen aproximadamente a $ 3,20 cada uno; los toretes $ 8; los potros sin amansar $ 13, y amansados $ 20.

De los animales que llamamos domésticos el más desagradable es la cabra. Estas se defienden solas; por las mañanas trepan a las cimas peladas de las lomas y a la noche y se la pasan balando y molestando cuanto pueden alrededor de la casa. Se encaraman en la estufa, brincan encima de la piedra de moler y lamen los restos de chocolate que han quedado en ella. Apenas cierran las puertas por la noche, invaden el corredor o se trepan en el pretil o en la mesa. Cuando yo dormía en el corredor, en la hamaca, se enredaban en el toldillo y me hacían la vida imposible. Siempre pensé que la distinción que establece la Biblia entre cabras y ovejas está muy bien hecha. Como las ovejas necesitan de más cuidados, son muy escasas en esta región, pero tengo la impresión de que se crían bien.

Me dicen que el tabaco del valle del Cauca es tan bueno como el de La Habana, pero no creo mucho en esta opinión. En cambio, me parece que en ninguna parte se da mejor café que en algunos sitios de este valle. Afirman también que el cacao es originario del Cauca. Considero que se podría cultivar añil en grandes cantidades y criar cochinilla, y que ambas cosas pagarían los costos de transporte, pero como requieren mucho trabajo y cuidado no se avienen con el temperamento de los caucanos.

Me pregunto qué más podría hacer la naturaleza por estas gentes o cuál bendición les ha negado. Parece que los productos de todas las zonas estuvieran a su alcance si los caucanos conocieran la paciencia y la laboriosidad. Pero da la impresión de que este valle gozara de la mayor fertilidad y del mejor clima del mundo únicamente para demostrar cómo la pereza y el despilfarro son capaces de mantener en la pobreza semejante clase de tierra. A veces la familia dejaba de cenar porque no había nada de comer en la casa. Cuando no hay cosecha de maíz, cacao o arroz, prácticamente no se puede conseguir ni un grano, ni por dinero, ni con súplicas ni llanto; y así, este valle, en esencia un verdadero paraíso, está lleno de pobreza y hambre desde Popayán hasta Antioquia.

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