(continuación capítulo La casa del
hacendado)
El sacerdote esperó a los niños en la puerta lateral o del
perdón. Un monaguillo sostenía una sencilla cruz de madera y otro
una vela encendida. Después de rezar las oraciones, el cura le puso
sal al bebé en la boca, se acercó a la pila, que es una piedra con
un hueco tallado puesta sobre un pedestal y con un orificio para
que salga el agua. Le llevaron otros dos niños, uno cargado en el
brazo izquierdo. “Póngale la cabeza aquí”, dijo. La mujer
se volvió de manera que la cabeza del niño quedara en el punto
preciso, pero los pies resultaron más atravesados que antes. Una
exclamación de impaciencia del cura, que estaba en ayunas, hizo que
el monaguillo ayudara a pasar al niño al brazo derecho. Primero el
cura puso saliva en las orejas y narices de los niños y después
terminó bautizando uno por uno. Sacó de la caja portátil un frasco
de plata con un hisopo a través de un corcho forrado de plata, y un
pedazo de algodón. Con el hisopo les hizo una cruz en el pecho,
otra en los hombros y limpió el aceite con el algodón. El vestido
de uno de los niños hizo que el cura perdiera de nuevo la paciencia
y en medio de las oraciones exclamó: “¡Mejor traiga al niño
desnudo que con un vestido apretado en el cuello!”. Con dos
dedos yo se lo bajé todo lo que pude. Después colocaron la cabeza
del niño sobre la pila, boca abajo, y el cura le echó el agua
bendita con una jarrita de plata. Le hizo otra cruz en la coronilla
con el hisopo y el aceite, le cubrió un momento la cabeza con una
tela blanca y terminó la ceremonia. Un pastor protestante habría
empleado dos horas en rezar todas esas oraciones, pero nuestro cura
las dijo en un momento. Si omitió algunas palabras o las pronunció
mal, dejó para otra ocasión articularlas mejor. Después regresó a
la sacristía, se cambió de vestiduras, y de nuevo con la cruz y el
cirio fue a la puerta del perdón a recibir a una pareja de novios,
todavía más lerdos de lo que habían sido las madres.
El padrino, que estaba casado con la madrina, se hizo al lado de
la novia. Mientras tanto el novio hacía lo posible por meterse
entre la novia y la madrina, aparentemente buscando que lo casaran
con cualquiera de las dos. Cuando por fin el cura logró que se
colocaran como debía ser, les leyó un sermón larguísimo,
diciéndoles entre otras cosas que su deber era esforzarse por tener
hijos y educarlos no tanto en busca de su propio bien sino de la
religión, de la fe y de la virtud. Pero esto de tener hijos era un
punto sobre el cual no vi la necesidad de insistir tanto, pues, la
novia, aunque no había estado casada antes, no solamente tenía dos
hijos como testigos de la ceremonia, sino que se encontraba en ese
estado que aquí indican con la palabra
|embarazada. Me doy
cuenta de que este detalle le resta poesía a la descripción de la
ceremonia, pero no lo puedo evitar, porque el único mérito de mi
relato es la fidelidad a los hechos. Debo añadir además que el
mayor de los niños parecía tener tres cuartas partes de sangre
negra y el menor tres cuartas de sangre blanca. La novia era mulata
y los demás del grupo de pura raza africana. Todos estaban
descalzos, las mujeres vestidas con los trajes sencillos que ricos
y pobres deben usar para ir a la iglesia, la cabeza cubierta con
una mantilla y una saya oscura como falda.
Después de que el cura terminó la alocución ordenó a los novios
que se dieran la mano derecha, lo cual hicieron después de mucha
demora. Cuando le preguntó a la novia si aceptaba a este hombre
como esposo, ella no contestó. El cura repitió la pregunta, pero no
obtuvo respuesta. “Conteste sí o no”, exclamó, y ella
dijo “Si”. El sacerdote tomó dos anillos de la bandeja de
plata que usan en la misa y le puso uno al novio y otro a la novia,
en el dedo meñique. Pero el anillo era lo suficientemente grande
como para poderlo usar en el pulgar, y ella se lo pasó
inmediatamente a otro dedo. Después el cura tomó de la bandeja ocho
o diez reales en monedas de a diez, se los entregó al novio y éste
a su vez se los dio a la novia. Durante las oraciones siguientes se
vio claro, por la forma como pronunciaba el latín y por el tono
impaciente, que el cura, en ayunas, estaba perdiendo la paciencia.
De pronto suspendió una oración y regañó a los novios en puro
castellano. Una vez que terminó las oraciones, le pasó la estola
por la cintura al hombre y condujo a la pareja, que todavía tenía
las manos unidas, hasta el altar, seguidos por los padrinos. Los
novios se arrodillaron y el cura comenzó la misa. Al cuello les
pusieron dos cadenas de oro, unidas con una cinta, y sobre la
cabeza de la novia y los hombros del novio extendieron dos yardas
de una tela blanca y con fleco. Por lo general los novios deben
comulgar, pero en este caso no lo hicieron. Después le
pregunté al cura la razón y me dijo que el estado de la novia no le
permitía observar el ayuno necesario para el sacramento.
Al terminar la misa todo el mundo queda en libertad de
divertirse como quiera, pues el domingo es día de fiesta y sería
pecado trabajar más de dos horas; pero divertirse no es pecado. Sin
embargo, por la noche me di cuenta de que en la cocina sí había
habido gran despliegue de actividad; en la mesa nos sirvieron carne
de cerdo y pollo, así como una botella de aguardiente. El cura
ocupó la cabecera, y en el espacio libre, al frente mío, se
sentaron los cuatro personajes más importantes de la ceremonia de
la mañana. Yo no estaba preparado para semejante cosa. Si me veo en
la necesidad de sentarme a la mesa con negros, lo acepto de la
mejor manera posible, pero hubiera preferido no haber tenido que
estar en compañía de una novia embarazada. La comida la amenizaron
con dos flautas de octava y un tambor.
Esa noche fue fatal, porque además de mal tiempo hubo baile.
Cuando fui a buscar mi chocolate, encontré al buen cura con la
sotana remangada bailando con gracia inusitada un bambuco con una
de las ninfas de la llanura. Y cuando me retiraba vi al joven
Carlos bailando un valse con la vieja esclava manumitida que había
sido su niñera y la de todos sus hermanos y hermanas. Me contaron
que más tarde hubo una escena todavía más curiosa. Merceditas, la
hermosa niña de diecisiete años, hija de un hombre blanco, bailó
con Miguel, el herrero negro. Este parece tener más de setenta años
y es el hombre más piadoso de la hacienda. Debió haber sido todo un
espectáculo. Al día siguiente traté de convencerla de que bailara
otra vez con Miguel, pero me puso como condición que yo bailara
primero con ella. Inclusive se desmontó del caballo porque ya se
iba para su casa y los otros presentes se unieron a su petición con
tal ahínco que solo pude escaparme del compromiso diciendo que la
Iglesia Presbiteriana prohibía el baile a sus
fieles.
Por la mañana, cuando la primera luz del día se filtró por una
rendija de la ventana, me levanté para ver el final de la fiesta.
Al frente del corredor, donde duermen las cabras, estaba instalada
una mujer vendiendo aguardiente y pasteles. Había traído una
damajuana casi llena en la que apenas quedaba una botella. Había
vendido $ 11,40 y las ventas habrían sido mucho mayores si la noche
anterior yo les hubiera prestado plata a los que no tenían. Entré a
la sala y presencié un espectáculo que Christy hubiera dado de $
500 a $ 1.000 por ver. Dos parejas, muy negras y más allá de la
primavera de la vida, estaban bailando el hunde, una danza
chocoana. Lentamente los cuatro daban la vuelta al cuarto en un
círculo muy amplio, y cada pareja alternativamente avanzaba al
centro, mientras la otra retrocedía. Esta es la
|teoría, pero
la
|forma de hacerlo sobrepasa mis poderes descriptivos. El
hombre empieza sus movimientos centrípetos desenfrenadamente y
parece que podría destruir la pareja si llegara a chocar con ella.
¡Y había que ver los pasos improvisados que daba al retroceder! ¡Y
la música! Uno tocaba tambor con las manos, otro golpeaba durísimo
una banca con el palo de una escoba y ambos y el resto de la
concurrencia cantaban estrepitosamente “Ai ke le le”. Se
divertían en forma tan desenfrenada que me parecía que de un
momento a otro alguno tendría que desmayarse o caer muerto al
suelo. Pareja tras pareja bailaba el bunde y la última en dejar la
pista fue la cocinera, una negra vieja, que después de haber estado
ocupada todo el día tenía puesta la misma camisa que había usado
ocho días seguidos en una cocina sin chimenea, y que además tenía
dos rotos en el sitio donde precisamente debería haber estado
entera.
Semejante orgía en los Estados Unidos hubiera tenido
consecuencias muy diferentes. Para que alcanzara el ron habría sido
necesario por lo menos un barril lleno pues todo el mundo mayor de
seis años estaría tomando. ¿Cuántas peleas hubiera habido y cuántas
personas habrían quedado en condiciones de no poder dar un paso en
la mañana? Aquí, en cambio, apenas vi a dos que daban muestras
claras de haber bebido toda la noche, una de ellas un muchacho.
Este es un detalle que me recuerda que estoy en medio de gentes de
raza diferente; así mismo los indios norteamericanos reaccionan
distinto de nosotros con el alcohol.
Debo añadir que la novia estuvo levantada toda la noche y por la
mañana la vi sentada, con las cadenas de oro todavía alrededor del
cuello, mirando a los que bailaban. Uno de los hijos había
recostado la cabeza en su regazo y el otro estaba sentado al lado
fumando un cigarro. El sábado también pasó toda la noche en un
baile; esta noche hay otro, y posiblemente mañana también. Pero le
faltan los ayunos preparatorios a la comunión para que el
matrimonio sea completo y pueda acostarse con el marido. ¡Me
pregunto cómo puede sobrevivir a todo este trajín!
Le insistí al cura que celebrara la misa apenas terminara el
baile y antes de que la gente se fuera a sus casas, pero él me dijo
que como no era día de fiesta la misa no era obligatoria y que era
mejor decirla a la hora de siempre; entonces la gente se dispersó
antes de la misma. Poco antes de esta había visto a los jóvenes de
la familia, a caballo, llevando cada cual a una de las ninfas que
la noche anterior habían llegado a pie. Estas iban sentadas de
lado, al frente de la montura, y para seguridad de ellas los
jóvenes les rodeaban la cintura con el brazo y ellas pasaban el
suyo alrededor del cuello del jinete. De seguro que por pura
casualidad la buena suerte de tener quien las transportara recayó
exactamente en las jóvenes más atractivas y bonitas de todo el
baile.
En la misa, cuando el cura le iba a dar la comunión a un hombre,
vio a una negrita que en vez de hallarse arrodillada como lo debe
estar un cristiano en presencia del cuerpo de Cristo, estaba
sentada en el suelo, por lo cual se detuvo y le dijo,
“¡Arrodíllese! Arrodíllese! ¡Cualquiera pensaría que es
protestante!”, y siguió rezando sus fórmulas y oraciones,
dejándome a mí, pobre protestante, de pie al lado
suyo.
Días más tarde, Mercedes, la muchacha bonita que bailó con el
negro Miguel, alto y austero, recibió unas cartas de Quihchao,
donde está interna. Me las mostró para que las leyera. La primera
era de una compañera de colegio y empezaba diciéndole:
“Mi querida negra”. Quedé sorprendidisimo. Entonces ella
sí era “la hija de un hombre blanco”, ¿pero de cuál? ¿Y
de cuál negra era hija? No puede ser más que una cuarterona. Y
mientras escribo me persigue la sospecha de que Mercedes debe ser
muy parienta de don Eladio. La otra carta era de la maestra y en
ella le decía: “Espero, mi querida negra, que estés gozando de
tu visita a La Ribera”. Estas expresiones de cariño no eran
nuevas para mí, pero las doy como ejemplo de una autenticidad poco
común.
En el río Tuluá presencié algunas escenas de baño bastante
curiosas. Es cierto que no son tan desvergonzadas como las que vi
en Honda, y en estas puedo garantizar la respetabilidad de los
bañistas, entre los que estaban don Eladio, su mujer, su hermana y
dos de sus hermanos. Vi señoras a quienes respeto, nadar en
compañía de señores que por todo vestido llevaban un pañuelo de
seda. Todas parecían gozar mucho en estos baños promiscuos, pero me
pareció entrever que se alcanzaban a dar cuenta de que en ellos
había algo indecoroso.
Mientras estuve con la familia Vargas me convertí en propietario
de un caballo, el primer animal que poseía en mi vida. La compra no
dependió de mí y su posesión no me trajo ninguna ventaja pero sí
continuas molestias, que no compensaron los pocos dólares que
recibí cuando lo vendí. La única ganancia efectiva fue la
experiencia que adquirí cuidándolo. El caballo era muy joven pero
ya estaba domado cuando llegó a mis manos. Le puse por nombre
Aliaga y llegó a mi poder el día de mi cumpleaños, el cual celebré
tumbándome al suelo con las patas, en represalia a mis esfuerzos
impertinentes de interferir una colonia de garrapatas que se le
había instalado en las orejas. En la caída me lastimé las muñecas,
pero logré convencerlo de la inconveniencia de su conducta y
terminé engrasándole las orejas y llevándolo después al río a
bañarlo. Sin embargo, al día siguiente amanecí casi inválido y las
muñecas demoraron un mes en aliviarse. Aliaga era muy difícil de
enlazar. Salía corriendo y detestaba tanto un golpe con la guasca
como con el rejo, me imagino que con toda la razón. Solo una vez vi
que lo pudieran enlazar en llano abierto y eso después de una
cacería tan fatigante como todo un día de trabajo. Reconozco que
quedé sorprendido, y los demás aterrados, de haber sido capaz de
ponerle el cabestro un día que se escapó y corrió en medio de una
manada. Nadie había visto realizar semejante proeza. A veces
pasamos juntos ratos agradables. En general, me habría ido mejor sí
al llegar a Bogotá hubiera conseguido un buen criado, y comprado un
buen caballo al venir a este valle, donde son tan baratos. Me
habría ahorrado más problemas de lo que me hubiera costado obtener
aquellos.
Toledo, el domador, debe haber tenido una vida llena de
aventuras. Es socorrano, uno de los yanquis de Sur América. Cuenta
que por una pelea con alguien de mayor influencia que la suya lo
enviaron injustamente al presidio y yo me inclino a pensar que
gente mucho peor que él nunca va a parar a la cárcel. Cuando llegó
aquí venía deprimido y desfigurado por un coto enorme. En el Cauca
consideran que el coto, como cualquier otra deformidad física, es
una desgracia personal; en cambio me cuentan que en algunas
regiones al norte de Bogotá piensa la gente que tener coto es algo
muy respetable. El de Toledo desapareció por completo con el uso de
la sal yodada de Burila.
Toledo frecuenta las familias de los alrededores. En alguna
ocasión prometió llevarme a un sitio para que probara los meritos
de un plato hecho a base de carne y plátano, que yo no conocía. El
día señalado pasó sin que mencionara una palabra del compromiso. Se
lo recordé y entonces fijó otro día, y después otro, siempre con el
mismo resultado. Nunca fuimos. Un día me permití aconsejarle que se
casara y le mencioné el nombre de una caucana bastante bonita, la
cual me parecía que se beneficiaría tanto como él con el
matrimonio. Después de algunos titubeos, me confesó que estaba
pensando en otra para casarse, y no porque creyera que su elección
fuera mejor, sino porque había que tener en cuenta otras
circunstancias. Para hablar francamente, el padre de la muchacha
estaba furioso con él y amenazaba matarlo si no se casaba con ella.
Era tanta la ira del viejo que la hija no podía vivir en la casa.
Al conocer estos hechos, le dije que el papá tenía toda la razón de
estar enojado y que me gustaba mucho ver que él se preocupaba tanto
por la reputación de la pobre muchacha. Le aconsejé que se casara,
pero cuando la conocí, el corazón por poco se me paraliza. La
muchacha era más fea que un mico.
Un día Escolástica vino a preguntarme en qué día estábamos. Le
dije que era martes. Pero eso no era lo que ella quería saber, sino
cuál era el santo del día. Le apliqué que en los Estados Unidos no
hay santos sino un Dios y le pregunté por qué razón lo averiguaba.
Me contestó que un niño había nacido en el vecindario y que
posiblemente no iba a sobrevivir; por eso Antonio lo iba a bautizar
cuando supiera cuál era el santo del día para ponerle ese nombre a
la criatura. Yo quería ver el bautizo, pero “resolvieron no
hacerlo ese día”. Lo bautizaron después sin que yo me
enterara.
En cierta ocasión vi a Antonio pegándole cruelmente a un pobre
gallo de pelea que había tenido amarrado de una pata durante varias
semanas. Le había dado la oportunidad de que peleara, pero él no
había querido, y entonces Antonio le golpeo la cabeza hasta que el
animal quedó inerme y todos dijeron que lo había matado. Antonio se
lo llevó y al regresar nos dijo que el gallo se había recuperado.
Me dijeron que no era cierto, lo cual quedó confirmado a la hora de
la comida cuando nos sirvieron los restos del pobre
gallo.
Un día le expliqué a Antonio la diferencia entre la novela
inglesa y la francesa. En esta última todos los mejores personajes
mienten alguna vez, al paso que en la nuestra siempre dicen la
verdad. “En eso, me comentó, la novela francesa se ajusta más
a la naturaleza, porque todos nos vemos obligados a mentir de vez
en cuando”. Don Eladio mismo, hablándome en alguna oportunidad
de la opresión de que había sido víctima, como conservador, por
parte de los funcionarios liberales del distrito, me dio una cifra
de los impuestos que había tenido que pagar, que yo consideré muy
injusta. Más tarde le mencioné este detalle a un liberal eminente,
quien me comentó que no debía aceptar las afirmaciones de la gente
tan fácilmente, y me pidió que revisara las listas de impuestos con
mis propios ojos. Efectivamente, pude comprobar que el señor Vargas
había exagerado la suma en un sesenta por ciento.
Estando en La Ribera y cuando todas las señoras se habían ido a
Cartago tuve un ataque de fiebre que sirvió para recordarme lo
afortunado que había sido gozando en general de una magnífica
salud. Un martes por la noche estaba durmiendo en el corredor como
solía hacerlo, bien protegido del tiempo y de los zancudos con un
toldillo, cuando me empezó la fiebre. Por la mañana no me levanté
de la hamaca hasta que decidí tomar un emético. Pero, como lo
aprendí ese día, la hamaca en un caso de estos no es nada cómoda.
Después de mucha espera me arreglaron un catre de campaña en la
pieza Nº 9 y sentado, usando el armazón de una cama como mesa, abrí
mi botiquín, una caja con esas endiabladas pesas de los boticarios
y “El compañero del botiquín” de Cox. Cuando todavía
tenía cabeza para pensar, decidí tomar una mezcla de tártaro
emético y de ipecacuana. Empecé a mirar el libro, los pesos y el
cuadro de estos. Seleccioné las medidas, pesé las medicinas, hice
el esfuerzo de revisar una y otra vez las medidas, el cuadro de
pesos, las recetas y los rótulos para no ir a cometer un error
fatal, en lo cual me demoré media hora. Pilar me trajo una taza
grande con agua caliente, puso un platón al pie de la cama y me
abandonó a mi suerte.
A la noche volvieron a guindar la hamaca en el corredory el
jueves por la mañana Pepe logró colgarla en el cuarto Nº 9. Al
principio habíamos creído que no se podía debido alángulo saliente
que hay en la pieza. Todo el día lo pasé adormilado e inconsciente.
Cuando volví en mí ya había oscurecido y recuerdo que sin darme
cuenta fui a la sala, quizá buscando agua. Dormí delirante hasta
las tres de la mañana, cuando desperté. En la sala estaban
bailando. Durante tres horas que se me hicieron eternas me quedé
esperando en vano que alguien viniera a verme. A las 6 no resistí
la sed y volví a la sala. El baile estaba en su apogeo; cuando una
pareja se cansaba, inmediatamente la reemplazaba otra y la música
no cesaba ni un minuto porque a los músicos los relevaban en la
misma forma. Permanecí en la sala hasta que me sentí mareado y hube
de esperar mucho rato para que me consiguieran algo de tomar. Tenía
deseos de alguna bebida caliente, pero me dijeron que era imposible
pues todos los sirvientes estaban bailando. Tuve que contentarme
con un vaso de agua fría.
Mandaron llamar al doctor Quintero, quien vino el viernes por la
tarde, pero yo estaba ya un poco mejor. Había logrado incorporarme
para recetarme, pesar los remedios y tomar una dosis de calomel y
de ruibarbo que poco me había servido. Ahora que estaba en manos
del médico, éste me preguntó la dosis que había tomado, pero no le
supe decir. Ni yo sabía el tamaño de sus granos ni él el de los
míos. Le dije que aproximadamente 7.500 granos americanos equivalen
a una libra granadina ordinaria; pero esto tampoco le sirvió para
reducir los pesos que usan aquí a los nuestros. Creo que 100 granos
granadinos equivalen a 77 americanos. El doctor Quintero me receté
que tomara al principio dos dosis de carbonato de sodio y de
limonada y al día siguiente una mezcla, supongo, de quina y de
sales de Epsom. El doctor no quiso recibir nada en compensación de
sus servicios y del largo viaje hasta La Ribera.
El lunes me sentí mejor a pesar de que no había dormido nada
desde las tres de la mañana del viernes. El domingo lo pasé
tratando de dormir y por la noche, aunque completamente desvelado,
estuve sosegado y bien. Empecé a pensar en comer otra vez, ¿pero
qué? No había mantequilla, ni harina, ni carne, ni papas, ni arroz
ni nada parecido. Mandé a un hombre a que cazara un mico. Le
disparé pero el mico se quedó enredado en una rama y no cayó al
suelo. Al día siguiente compré un pollo por un precio que podría
ser justo para comprar un acre de tierra: cuarenta centavos. En una
choza me consiguieron un poquito de arroz y en otra una muestra de
carne, con lo cual me hice una comida. Al terminar el pollo, me
declaré aliviado, y volví a comer tasajo otra vez.
En esta región no hacen ningún esfuerzo para utilizar en la
cocina los recursos de la tierra. Los tomates crecen salvajes una
vez que la semilla cae en la tierra, pero nadie los guisa. En
realidad sospecho que al volverse salvajes se tornan también
venenosos. Un día comí unos que cogí del patio abandonado de una
casa que se había quemado y me ardió la garganta todo el
día.
Pasé muchos trabajos por la falta de plátanos maduros y por la
calidad de la carne. A medida que esta envejecía, mi peso menguaba
progresivamente, y por eso me ponía feliz al ver a dos jinetes
acercarse a la casa con una vaca enlazada entre ambos caballos. La
horca fatal está al frente de la ventana del que era mi cuarto. Uno
de los vaqueros le tira la guasca a la vaca y cada vez que la pobre
se mueve furiosa disminuye la distancia entre ella y la horca; esa
distancia que, como la que existe entre nosotros y la tumba, jamás
aumenta. Cuando la cabeza de la víctima llega por fin a veinte
pulgadas del poste mortal, uno de los vaqueros se desmonta y tumba
la res. Le quitan los lazos de los cachos y con un rejo le amarran
la cabeza a la horca y la dejan levantarse. Esto sucede por la
tarde. Así se queda toda la noche y los perros saben que está
condenada a morir antes de que salga el sol. Félix se acerca con
dos ayudantes. Le abren la yugular de una certera cortada, los
perros se apiñan y lamen la sangre caliente que los salpica y corre
por el suelo. El pobre animal cae, lo desamarran del poste y se lo
llevan arrastrando. Veinte perros se sientan en círculo mirando
fijamente el sitio donde trabajan los carniceros. Los hombres
extienden la piel del animal, que tiene la carne todavía adherida,
cortan pedazos grandes para el consumo de ese día y del siguiente,
y el resto en tiras delgadas, hasta que en el cuero no quedan más
que los huesos y las vísceras. Estas también se las llevan a las
cocinas de la familia y de los campesinos, y por último estiran la
piel y la dejan clavada al suelo. Los gallinazos que han estado
todo el tiempo observando la operación desde los árboles,
descienden al cuero, caminan encima examinándolo y si ha quedado
alguna partícula de carne la arrancan con el pico y se la
comen.
Los carniceros llevan las tiras de carne al corredor XIX y las
colocan sobre un cuero que tienen para este fin. Todos los perros
siguen detrás de la primera carga que entran, pasando por la sala,
claro está, y mientras salan la carne observan la operación listos
a robarse un pedazo. Después de salada, cuelgan la carne en unas
varas que tienen todo el tiempo entre los corredores XIX y XX. Los
gallinazos casi nunca se atreven a llegar hasta allí para
llevársela. Afortunadamente el fastidio que le produce a una
persona no acostumbrada a ver estas guirnaldas de tasajo, acaba por
desaparecer.
Durante uno o dos días después del “día de la matanza”
(del que habla Santiago en su Epístola, versículo 5), prácticamente
yo no comía más que carne, y cuando la calidad de esta empezaba a
deteriorarse, me volvía casi del todo vegetariano. A veces recurría
a los huevos de tortuga, que contienen mucha grasa y por eso se
puede hacer con ellos una tortilla sin mantequilla. La cocinera los
sazonaba al cálculo, porque en el Cauca no hay sirviente que los
coma; en cambio, en el Magdalena no existe este prejuicio; los
bogas se deleitan comiéndolos en las épocas de estación y los
pasajeros de ese río tampoco los rechazan cuando pueden
conseguirlos. La tortuga caucana no es muy diferente de la
|Testudo Serpentaria de la Nueva Inglaterra. Los huevos son
esferas de una pulgada de diámetro y no tienen cáscara. En La Paila
apenas encontré una sola tortuga parecida a las de la costa
atlántica, aparentemente una jicotea; aquí son tan escasas que fue
motivo de admiración para todos los que la vieron.
Cuando pude volver a salir después de mi enfermedad fui a ver
cómo desbrozan la tierra para sembrarla. Principalmente utilizan el
machete y una herramienta de forma parecida a una azada pero más
liviana que esta, con un palo recto por mango, y aunque tiene la
hoja más pequeña que la nuestra le dicen también pala; en inglés yo
la llamaría “push-hoe”. Pocas veces emplean el hacha, que
aquí es larga y estrecha y no tiene lo que nosotros llamamos
cabeza; por lo tanto es muy ineficiente, pero sería difícil
introducir el hacha nuestra, mucho más costosa y
pesada.
Por lo general siembran exactamente al comienzo de la temporada
de lluvias y el maíz dos veces al año. Este demora unos cuatro
meses para madurar. También conocí por primera vez un platanal
recién sembrado. De la base del tallo sacan retoños que siembran a
una distancia aproximada de un “rod”, y para la caña de
azúcar utilizan el mismo sistema, pero la siembran mucho más junta.
Al principio tienen que cuidar los sembrados de plátano y de maíz
para que no se enmonten, pero nunca aran la tierra. Hay una yunta
que pertenece a la hacienda y emplean para acarrear guaduas y
madera cuando las necesitan, y también hay una carreta y una
carretilla como para cargar agua, pero nunca vi que las usaran.
No puedo dar los precios que el maíz, el arroz o cualquier otro
producto tienen en el mercado. La medida para vender el maíz es un
palito (sic), cuyo tamaño varía, o un cajón chiquito lleno. Calculo
que el maíz vale de diez a sesenta centavos por bushel (medida
americana equivalente a 35 litros). La carne salada de res tiene
también un precio de diez a sesenta centavos y equivale a tres
libras de carne fresca, a menos que esté completamente seca. La
arroba de carne fresca se vende a noventa centavos. La arroba es
igual legalmente a 27.5502125 libras “avoirdupois”, o sea
a $ 3,27 por quintal de carne sin hueso. Los cerdos sin cebar valen
aproximadamente a $ 3,20 cada uno; los toretes $ 8; los potros sin
amansar $ 13, y amansados $ 20.
De los animales que llamamos domésticos el más desagradable es
la cabra. Estas se defienden solas; por las mañanas trepan a las
cimas peladas de las lomas y a la noche y se la pasan balando y
molestando cuanto pueden alrededor de la casa. Se encaraman en la
estufa, brincan encima de la piedra de moler y lamen los restos de
chocolate que han quedado en ella. Apenas cierran las puertas por
la noche, invaden el corredor o se trepan en el pretil o en la
mesa. Cuando yo dormía en el corredor, en la hamaca, se enredaban
en el toldillo y me hacían la vida imposible. Siempre pensé que la
distinción que establece la Biblia entre cabras y ovejas está muy
bien hecha. Como las ovejas necesitan de más cuidados, son muy
escasas en esta región, pero tengo la impresión de que se crían
bien.
Me dicen que el tabaco del valle del Cauca es tan bueno como el
de La Habana, pero no creo mucho en esta opinión. En cambio, me
parece que en ninguna parte se da mejor café que en algunos sitios
de este valle. Afirman también que el cacao es originario del
Cauca. Considero que se podría cultivar añil en grandes cantidades
y criar cochinilla, y que ambas cosas pagarían los costos de
transporte, pero como requieren mucho trabajo y cuidado no se
avienen con el temperamento de los caucanos.
Me pregunto qué más podría hacer la naturaleza por estas gentes
o cuál bendición les ha negado. Parece que los productos de todas
las zonas estuvieran a su alcance si los caucanos conocieran la
paciencia y la laboriosidad. Pero da la impresión de que este valle
gozara de la mayor fertilidad y del mejor clima del mundo
únicamente para demostrar cómo la pereza y el despilfarro son
capaces de mantener en la pobreza semejante clase de tierra. A
veces la familia dejaba de cenar porque no había nada de comer en
la casa. Cuando no hay cosecha de maíz, cacao o arroz,
prácticamente no se puede conseguir ni un grano, ni por dinero, ni
con súplicas ni llanto; y así, este valle, en esencia un verdadero
paraíso, está lleno de pobreza y hambre desde Popayán hasta
Antioquia.