INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo  Las diversiones del hacendado) 
 

 

Dolores estaba en la cocina y me mandó razón con una de sus hijas de que no podía dejar lo que estaba haciendo, y fui a buscarla para ver una caucana ocupada en algo. La encontré destilando aguardiente. En la mitad del piso, sobre tres tulpas, había una tinaja grande con un fuego vivo debajo y llena de jugo fermentado de caña. El condensador era una marmita de cobre o de bronce (paila) que cubre la boca de la tinaja. Bajo este condensador había un plato de barro cocido, muy peculiar, llamado obispo, construido de manera que reciba las gotas que caen de la superficie interior de la paila y las dejé escurrir hacia afuera. La ocupación de Dolores consistía en conservar fría la paila del condensador y para ello la sumergía totalmente en agua, que sacaba de una gamella, y luego volvía a echar esa misma agua dentro de la vasija, llenándola y vaciándola continuamente; en tanto, las gotas del apetecido licor caían a una botella gruesa colocada debajo.

Un día que fui al bosque en busca de plantas, al regresar encontré a Dolores menos ocupada. Estaba vendiendo melado y le pregunté a cómo, pero no me entendió. Aquí no utilizan medidas de capacidad. Entonces le pregunté cuánto valía el tarro que utilizaba para vender y me dijo que cinco centavos. El aguardiente lo venden a diez centavos en botellas, que varían mucho de tamaño, pero por lo general son botellas de vino. Entramos a la casa, la cual tiene una sala amplia y limpia, una pieza al lado y un cobertizo que han transformado en cuarto que sirve a la vez de dormitorio y de pasadizo. En el centro de la sala mantienen guindada una hamaca y en el rincón hay una mesita de guadua con toda la vajilla de la familia: dos platos, un cuchillo y un tenedor. Me invitó a almorzar y me dio pescado frito de Ciénaga de Burro y plátano asado. No me gustó tanto el primero como el segundo, pero me lo comí todo por ser una atención que me hacia Dolores. La última vez que la vi me dio $ 3,20 para que le comprara un remedio, el cual se lo envié cumplidamente. Era una medicina de curandero y mis conjeturas sobre su uso no le hacen mucho honor a Dolores, pero debemos ser tolerantes y esperar lo mejor de ella. Dos de sus hijas viven en Overo, más al sur, y van al colegio.

Regresé a Libraida, cabecera del distrito, para presenciar unas elecciones. Se iban a realizar aproximadamente seis, con cuatro días de intervalo. Se efectuaban bajo una nueva ley, excesivamente rigurosa que asegura el derecho de los ciudadanos al voto secreto. Las elecciones debían efectuarse en diferentes días de la semana, y naturalmente una de ellas el domingo. Todas las papeletas para votar, en la misma provincia, deben ser de tamaño exacto, alrededor de seis pulgadas cuadradas. Tres empleados oficiales se colocan en un salón y ningún otro hombre puede entrar allí, fuera de los votantes, y éstos de uno en uno, con la papeleta doblada entre el pulgar y el índice de la mano derecha. La pérdida de cualquiera de estos dedos priva de los derechos civiles. El elector sostiene la papeleta horizontalmente y uno de los empleados se la recibe, desdoblándola, con la cara impresa hacia abajo, para dejarla caer en la urna. El votante sale por la puerta trasera, donde a nadie se le permite permanecer, y salta la cerca. El recuento de los votos depositados es muy ceremonioso. El empleado toma cada papeleta con ambas manos, de manera que todos los presentes puedan verla por ambos lados, y la lee en voz alta, mientras los otros dos oficiales registran el voto.

Como una curiosidad guardé copia de los nombres en la lista de votantes. El nombre más frecuente es el de José María (Pepe), de los cuales hubo 19 votantes en una lista de 324. Le sigue Joaquín, 17 votos. Después José, 13; Pedro, 12; Francisco (Pacho), 10; José Antonio y Manuel con 9 cada uno; Antonio y Juan, 8 cada uno; Manuel José, 7; Vicente, 6; Dionisio, Ramón y Santos, 5; Domingo, Felipe, Isidoro, Juan Antonio, Julián, Mariano, Miguel, Tomás, Toribio y Santiago, 4 cada uno. Los siguientes once nombres aparecen tres veces cada uno: Agustín, Antonio María, Benito, Bonifacio, Eugenio, Eusebio, Fernando, Ignacio, Juan Agustín, Luis y Nicolás. Hay dos de cada uno de los siguientes veinte nombres: Alejo, Anselmo, Carlos, Elías, Emigdio, Esteban, Félix, Hermenegildo, Ildefonso, Jacinto, Juan de Dios, Juan José, Luis Antonio, Martín, Manuel Antonio, Pascual, Pedro José, Salvador, Tiburcio y Timoteo. Setenta y ocho votantes no tenían tocayos en la lista, sus nombres son: Adolfo, Alonso, Ambrosio, Anacleto, Anastasio, Andrés, Angel, Angel María, Apolinar, Atanasio, Bartolomé, Bautista, Bernabé, Bernardino, Blas, Camilo, Cancio, Cayetano, Ciriaco, Claudio, Cristóbal, Damián, Dámaso, Enrique, Evaristo, Ezequiel, Facundo, Fermín, Fulgencio, Hilario, Jesús, Joaquín Antonio, José Abad, José Bárbaro, José Bernardo, José Eulogio, José Fortunato, José Manuel, Juan de la Cruz, Juan María, Juan Nepomuceno, Justo, Leandro, Lino, Lucio, Manuel Ascensio, Manuel Eleuterio, Manuel Esteban, Manuel Santos, Marcelo, Marcos, Melchor, Paulino, Pedro Antonio, Pedro Esteban, Pedro Fermín, Pedro Valencio, Pío Quinto, Primitivo, Quiterio, Rafael, Raimundo, Ramón Nonato, Roso, Ruperto, Segundo, Servando, Silvestre, Simón, Sinforoso, Teodoro, Tratón, Valentín, Valerio, Venancio, Víctor y Victorino.

Todos los caballeros mencionados y no pocos menores de edad estaban esperando ansiosamente la llegada de San Juan, no propiamente el santo, sino el día, el cual aguardan con el entusiasmo con que los colegiales ven llegar las vacaciones. Desde varias semanas antes oí decir que el San Juan es una fecha de grandes celebraciones, como el 4 de julio entre nosotros. Así como Edge el pirotecnista fabrica en Jersey City sus peligrosos juguetes (los instrumentos cortantes son siempre juguetes peligrosos)  así Luis sentado en su cobertizo, se la ha pasado elaborando cohetes y voladores. Hace una bolsa fuerte de cuero de cabra, le pone una cucharadita de pólvora y la amarra al extremo de un tallo hueco de chusque, relleno de una mezcla de pólvora y carbón. Después los amarra de un palo bien derecho y liviano, aunque en último caso cualquiera sirve.

La fiesta debía caer el viernes, 24 de junio, pero a la gente le fascina anticipar estas celebraciones. El martes fue a Libraida una pareja para contraer matrimonio, y su regreso el miércoles a medio día fue anunciado y festejado con cohetes, los cuales también sirvieron de señal para comenzar un baile pintoresco en uno de los ranchos que están cerca a la portada de la hacienda. En el curso de la tarde bajé hasta allá y regresé con la descripción del vestido que la novia se puso después del matrimonio, porque en la Iglesia no se permite usar sino colores oscuros. Lo describo en beneficio de aquellas damas que quieran usarlo en la misma ceremonia.

La novia llevaba el cabello muy corto, pero como era crespo cual la lana, sostenía sin dificultad una peineta de oro y algunas flores artificiales a cada lado, además de una guirnalda atrás. Los zarcillos eran de oro, de un diseño muy original, que me recordó la punta de un campanario, con la bola representada por una piedra del tamaño de una cereza. En la garganta lucía una cadena de oro que le daba dos vueltas, una sarta de perlas y una segunda cadena de oro. La camisa era de muselina blanca muy fina; las mangas también de muselina, pero moteada de rojo, bajaban hasta cerca de la muñeca; el cuello de la misma tela y de dos dedos de ancho caía desde arriba y muy abajo de la nuca hasta dejar descubierto uno de los hombros, pero no llegaba sino a la mitad de la distancia entre la cabeza y los pies; las enaguas de color pizarra, con dos grandes pliegues, y un cinturón de material parecido al de los tirantes de los caballeros daba dos vueltas y le ceñía la cintura. Debajo de esto la enagua caía por el frente sobresaliendo unas tres pulgadas. En la boca tenía un cigarro, en las manos cuatro anillos con esmeraldas y los pies descalzos.

El baile, después de durar diez y seis horas sin interrupción, terminó temprano en la mañana del jueves. Después de un baile u otro ejercicio fatigante un baño en el río refresca mucho. Me puse accidentalmente en contacto esa mañana con un grupo de bañistas. Estaba formado por las muchachas más blancas y bonitas de El Medio, los jóvenes de la “casa” y algunos vaqueros.

Creo haber descrito ya el vestido de baño de los caballeros y las damas. Debo repetir, sin embargo, que los hombres usan un pañuelo de bolsillo, ni más ni menos, por toda vestidura. Las muchachas se ponen algo menos que las señoras: solo una enagua y un pañuelo que anudan en la nuca y meten debajo de la pretina de la enagua. Me maravillé ver cómo nadie se baña en el lugar donde hay otro bañista, sino que se coloca a una distancia de más o menos cinco rods” y ninguno de los grupos tratade invadir el terreno de los otros. Las mujeres usan jabón en abundancia. Las abuelas y una que otra madre se quedaron atrás para hacer dormir a los más pequeños y cuando los bañistas estuvieron listos para meterse al agua vinieron a todo galope gritando: “¡ Upa, San Juan!”, grito con el que me familiarizaría antes de entrar la noche, porque estuvo todo el día en boca de viejos y jóvenes, de hombres y mujeres. Regresé con ellos por el mismo camino. Los hombres iban a caballo y las mujeres a pie. Los de a caballo cabalgaban en fila a cada lado de las mujeres, exactamente en la forma como lo hacen cuando conducen ganado, y al darse cuenta de la semejanza, les pareció muy divertido y empezaron a gritar “¡Toma! ¡Toma!”.

Al regresar a la casa me anunciaron que se acercaba un grupo de “sanjuaneros”. Demetrio cargó la escopeta y Mamá Antonia se apresuró a colocar pasteles y aguardiente sobre una mesa en el corredor. El grupo avanzó gritando y lanzando cohetes, a todo lo cual respondió Demetrio prendiéndole fuego, con el taco de la escopeta, a la paja del trapiche. Conté veintiséis mujeres, cada una en un caballo, yegua o jaca. Sin que se desmontaran, se les sirvió una ronda de aguardiente en un vaso grande, sin azúcar ni agua. Los hombres lo tomaban hasta la última gota, pero las mujeres apenas lo probaban. Se marcharon al galope, tal como habían venido. Yo me uní al grupo poco después, en los ranchos de más abajo, muchos de los cuales tenían banderas hechas con un pañuelo y adornadas con cintas. Todas las mujeres llevaban el chal sobre la cabeza y debajo del sombrero, y se cubrían con una ruana.

Me los encontré galopando de un lado al otro de la inmensa llanura, sin más objetivo del que aparentemente tienen las abejas cuando vuelan en torbellinos. Uno de los jinetes le arrebataba a otro la bandera y salía corriendo, otros lo perseguían, otros corrían detrás para ver a los que jugaban y los demás lo seguían para no quedarse atrás. Tres minutos más tarde todos se detenían en un sitio a media milla de distancia de donde habían partido. Pío Quinto tenía en la mano los restos de una pobre gallina que habían arrebatado veinte tipos, y que en el juego había perdido las plumas, la vida y creo que hasta la cabeza. No me pareció que fuera juguete bonito o agradable a los ojos ni al tacto. Antes de que llegara yo, habían decapitado un gallo en la forma que describí en páginas anteriores.

Frente a dos casas había arcos adornados con telas y frutas, tales como plátanos, piñas y tajadas de cidra, y bajo uno de ellos un banco y una mesa con aguardiente para la venta. Ahora todos se reúnen delante de la casa. Fulgencio, ex-juez del distrito, había comprado una botella de aguardiente, que pasó de boca en boca hasta quedar vacía. Debido a que se pierde tiempo sirviéndolo en un vaso, el licor se acaba más pronto cuando se bebe a pico de botella, y lo que es más sorprendente, se lo toman menos personas. Después hubo una carrera de dos caballos y apostaron desde diez centavos hasta dos y tres pesos. Viendo todo esto llegué a la conclusión de que San Juan, el discípulo amado, debió de haber sido aficionado a las carreras de caballos, al aguardiente, a los gritos y a la pólvora; pero quizá sea Juan el Bautista el que tenga que responder a estos cargos.

El propio día de la fiesta cayó un viernes y solo se diferenció de la víspera en que había más gente. Indudablemente que en los dos días hubo una demanda total de monturas y de frenos, pero el viernes los caballos y los jinetes no siempre eran los mismos del día anterior, había más hombres montando |en pelo y con cabestro en vez de freno.

El sábado no trajo ningún descanso, a excepción de que los cohetes estaban casi agotados. Al acercarse la noche hubo una corrida en el patio del frente, pero muy distinta de la que había visto en Fusagasugá, que fue un espectáculo superior. Seleccionaron toretes y en general yo preferiría más bien ser el toro que el toreador. Llevan al primero a la mitad del patio tirándolo con una guasca amarrada a los cachos. Lo tumban a puro pulso, le amarran las patas y le quitan el lazo. Al soltarlo, arremete contra los jinetes, que lo evitan, para después provocarlo de nuevo, acercándosele mucho; el toro los vuelve a embestir, y un hombre a pie se le acerca con la ruana en la mano.

El animal se le lanza y el tipo se escapa saltando por encima de la cerca. El toro no muestra ninguna persistencia y da vueltas corriendo como si no pensara en el adversario. Otro diestro le deja la ruana encima de la cabeza y si fallan otras medidas, el toreador escapa al peligro echándose al suelo. Cuando por fin el toro se cansa de la diversión y ya no le importan los insultos que recibe, abren la puerta y sale corriendo al potrero de donde lo sacaron. En el corral había hasta mujeres a caballo. Únicamente hubo un momento de peligro, cuando Fulgencio trató de evitar al toro saltando la cerca, pero como estaba, según dicen aquí, ‘medio rascado’ o ‘un poco caliente’, en pea, teniendo perico, en polvo, etc. no tenía la agilidad de siempre y se cayó a los pies del animal, quedando a merced de éste. ¿Por dónde debe empezar a atacar un toro a un juez de distrito que no sabe leer ni escribir? Naturalmente que ni por la cabeza ni por el corazón. Imitando torpemente el proceso de enrollar una pieza de tela, el toro empezó por la mitad, pero después de dos cabezazos, el ataque simultáneo de tres toreadores lo hizo desistir de su empresa.

Abandoné la corraleja y me fui para El Medio donde me crucé con un grupo que me hizo recordar a los indios Pawnees en vestido de ceremonia, aunque la primera impresión que tuve era que se parecían a las Bacantes, cuyos excesos posiblemente son exageraciones de los relatos que han llegado a nosotros. Los escritores que nunca se mueven de un lugar tienden a encarecer los detalles para describir cosas extraordinarias; en cambio, los viajeros no tenemos motivo para ponderar; nuestro objetivo es a la vez nuestra única dificultad, hacer que los lectores comprendan y crean en la realidad tal como es.

Las mujeres con dos chales usan el rojo en estas ocasiones de fiesta y el azul para ir a la iglesia. La mayoría de las ruanas tienen color rojo. Las mujeres utilizan los mismos sombreros que los hombres y cuando montan a caballo lo hacen en igual forma y usan las mismas ruanas, así que de lejos es imposible distinguir si el jinete es hombre o mujer.

Matea, “a cuyo marido lo mataron en las guerras” (hace muy poco, a juzgar por la edad del niño menor), me llamó la atención por su dominio del caballo y perfecto descuido. No se la imaginen una viuda vestida de negro. No tenía más negro que las células del cutis, y en cuanto a los padres de sus hijos.

¿quién sabe? |

Jacinto, que es tal vez el mejor jinete de la hacienda, de regreso a la casa, se cayó del caballo al río. El animal se quedó quieto hasta que él volvió a montarse, e imagino que haber tomado un poco de agua encima del licor le hizo mucho bien. El domingo hubo de nuevo carreras de caballos y otra corrida de toros. No he hablado de los bailes, aunque posiblemente los hubo todas las noches. En realidad es admirable ver cómo después de beber tanto haya tan pocos borrachos, y que no se susciten peleas, especialmente entre gentes en quienes la embriaguez no merma la reputación, y donde hay una guerra civil cada diez años.

Terminadas las fiestas de San Juan nos vamos río arriba hasta los potreros del Guavito. A la izquierda está el corral y a la derecha, en una loma, la casa del negro Bernabé, el juez, y de Dolores. Los dos bosques se aproximan y se tiene la impresión de que hace muchos años talaron un pedazo de bosque. Hay dos pantanos profundos y luego están el río Murillo y el límite sur del cantón de Cartago, que es La Paila. Este cantón perteneció en otros tiempos a la provincia de Antioquia. El Murillo es un arroyuelo por el que a duras penas corre agua en el verano. A la izquierda, después de cruzarlo, están las casas de la hacienda de Murillo. No podemos detenernos en la casa principal para estudiar la familia. Mencionaré solamente que allí vi una mona encadenada; estos pobres y repugnantes prisioneros por lo general son machos. También vi un gato, que aquí son tan escasos como los loros en el Norte. Este y otro que había encontrado antes no veían por un ojo. No me imagino por qué razón este clima no le sienta bien a un animal tan cosmopolita como es el gato.

Casi todo el tiempo me quedé en la casa más pequeña, como huésped de don Manuel. Este es de carácter errabundo y parece que terminó quedándose aquí después de sus innumerables viajes. Ha visto muchas cosas y muy raras, especialmente en Barbacoas y en el Chocó, donde estuvo buscando oro, el cual parece escapársele con mucha facilidad. Es muy comunicativo, en especial cuando está borracho, porque se embriaga casi tanto como un americano. Un día, estando en ánimo de hacer confidencias, me aseguró que la sirvienta Catalina, a quien yo le estaba enseñando a leer, era hija suya y había sido su sirvienta desde niña, pero que no sabía que él era su padre. El problema con don Manuel es que nunca sé cuando está diciendo la verdad, ya esté sobrio o borracho. Pero al mismo tiempo, es hombre muy inteligente y más culto que el común de los granadinos.

Catalina era el ama de llaves y otro Manuel, un gran sinvergüenza, como decía su amo, constituían todo el servicio de esta casa de soltero. Don Manuel estuvo casado, pero no tengo ni idea dónde esté hoy su mujer. También tiene hijas respetables en algún sitio. Catalina tiene diez y siete años, no es fea, pero, según su protector, le gustan demasiado los curas. La muchacha da la impresión de querer estudiar, si es que alguien gane algo enseñándole; pero cuando yo recriminé a don Manuel por dejar a “su hija” en la ignorancia, me contestó que él habría hecho lo posible por educarla si ella hubiera querido.

A don Manuel le encantaba contar historias del Chocó, de culebras y de remedios secretos para las picaduras y para la hidrofobia; de hormigas cuya picadura es mortal; de criaturas que una parte de su vida son insectos, pero luego las patas echan raíces y les salen del lomo tallos y flores, y las semillas se convierten después en animales. Y don Manuel relata en tal forma todo lo que ha visto y sabe que uno queda convencido de que cree en todo lo que cuenta. Mi opinión, debidamente meditada y expresada matemáticamente, es que ‘el momento moral’ del hombre, es decir el resultado de multiplicar la exactitud de sus observaciones por la fidelidad de la narración, y restando la fuerza del olvido, no es suficiente para superar mi incredulidad, lo cual se puede expresar algebraicamente como |oxn—f=m x c.

Una de sus mejores historias es el ensayo que hizo de curar la lepra con la mordedura de una culebra equis. Imaginé que ese tratamiento heroico tendría éxito aplicado |por él, pero, según me dijo, el veneno no sirvió ni para bien ni para mal. A la culebra la habían cazado enlazándola y la habían metido en una calabaza. Don Manuel descubrió, para su sorpresa, que tenía poderes sobre el animal, el cual salía o entraba en la calabaza cuando él se lo ordenaba, como si entendiera español. Don Manuel cree que muchos negros e indios que viven en esa región infestada de serpientes que es el Chocó, conocen antídotos y profilaxis para los venenos más peligrosos. Me contó que un chocoano tenía una coral domesticada que se convirtió en el animal favorito de toda la familia, hasta que a mala hora tuvo una camada y, antes de que él se diera cuenta del nacimiento o de que las culebritas aprendieran sus deberes, una de ellas picó mortalmente a uno de sus hijos. Sin embargo, no es justo que repita yo historias por las cuales no estoy dispuesto a responder, aunque todas sean producto natural de la costa pacífica. Así y todo, reconozco que muchas veces tuve que terminar creyendo algunas de las historias aparentemente más inverosímiles, y tal vez otras, en las que no creí, sean también ciertas.

De una vez por todas confieso que no tengo fe en los remedios contra picaduras de culebras. A este respecto muchas de las cosas en que la gente cree son absolutamente falsas. Se tiene la idea de que el veneno de las distintas especies de serpientes varía más en potencia que en calidad, lo cual me parece muy dudoso. Lo que sí es un hecho es que la sensibilidad al veneno es diferente en las distintas especies. La picadura de una cascabel que es suficiente para matar a un caballo, posiblemente apenas enferme de gravedad a un hombre, quizá del susto, y no le haga ningún daño a un perro.

La recuperación espontánea de una picadura de serpiente generalmente hace que la gente considere como de grandes poderes curativos a algún remedio inocuo. Además de la |Mikania. Guaco, cuya flor no conozco, y de la |Aristolochia anguicida, aquí llamada guaco, hay muchas otras plantas a las que les atribuyen poderes curativos. Todas tienen dos colores diferentes en las hojas, como la hoja de la |Goodyera pubescens de los Estados Unidos. Muchas personas le tienen fe al cotiledón de la |Simaba Cedron, llamado cedrón en la Nueva Granada. Personalmente no conozco remedio más seguro que el de extraer inmediatamente el veneno, amputar el miembro afectado y combatir los síntomas a medida que se vayan presentando.

Dejando al occidente las amplias llanuras de Murillo se va a Overo, cuyo nombre es también el de un árbol con frutos de forma parecida a un huevo. Overo tiene una iglesia o capilla sin terminar y la población está en el distrito de Bugalagrande. Cruzando un arroyuelo que corre por un lecho muy amplio y con la apariencia de tener grandes crecidas de vez en cuando, se llega a Portezuela (¿Portachuelo?), la residencia del amable doctor Quintero.

El doctor Quintero es un hombre soltero, de treinta y dos años, que vive con su madre viuda y tres hermanas muy simpáticas, de las cuales la menor tiene unos trece años. En su casa tuve el placer de volver a comer en familia, como es costumbre ‘entre los herejes’. Un detalle me tomó de sorpresa la primera vez que comí con ellos. Cenamos tarde, entre las ocho y las nueve, y como es lo normal nos sirvieron chocolate después de la comida. Terminé la taza, la levantaron e inmediatamente me trajeron otra |. Es indudable que se conoce mi costumbre de tomar dos tazas de chocolate con cada comida.

El doctor Quintero practica la medicina y tiene una biblioteca de libros médicos, pero no lee inglés, ni francés, ni alemán. Por consiguiente en ella no debe tener sino libros y textos viejos, pues la literatura médica de este siglo no está escrita en español o en latín. Desde que salí de Fusagasugá no había visto ningún consultorio o biblioteca médica, aunque imagino que en Ibagué debe haber varios médicos y en Cartago conocí al que llamaron a atender el dolor de oído de una señora. El doctor Quintero no pretende vivir de su profesión. Tengo la impresión de que aquí solo un hombre avaro, y él no lo es, podría practicar la medicina y ganar algún dinero. El doctor es propietario de la hacienda que hay más arriba, al oriente del camino principal, llamada Sartinajal. Cerca de la casa tiene también varios potreros con una yeguada. Así que da la impresión de que hubiera estudiado medicina por respetabilidad, como manera digna de emplear sus años mozos. ¿Y no es lo correcto? ¿Se debe considerar loco al hombre que prefiere la respetabilidad a la riqueza? Me avergüenzo de pensar lo que diría el doctor Quintero de nuestros candidatos a la profesión médica si llegara a conocer lo que los motiva a escoger esa profesión y viera que todos ellos, ricos y pobres, están obsesionados por la manía universal de enriquecerse.

Estuve encantado de conocer a las damas, pero me parecieron demasiado tímidas para llegar a entablar una conversación. Se veían más naturales en medio de las agujas, en el cuarto de costura, y resolví invadir sus predios para ganar su amistad, pero con muy poco éxito. Es obvio que para lograrlo se necesita mucho tiempo.

En el Cauca solo se ven casas enclaustradas, con un patio en la mitad, en las poblaciones de calles empedradas, y entre Cartago y Tuluá no vi ninguna. Por eso, cuando hablo de la cocina de la casa del doctor Quintero, me refiero a una construcción separada utilizada con ese propósito. La estufa es de ladrillo, con huecos donde poner las ollas y tiene chimenea, la cual si hubieran caído en la cuenta de hacerla tres pies más alta, habría salido por el techo sacando el humo de la cocina; pero no pensaron en ese detalle.

Cuando me fui, la niña menor me regaló una cuerda hecha de crin de caballo a fin de que amarrara el rollo de papel que utilizo para guardar las plantas. Las cuerdas de crin tienen la ventaja de que no se dañan con la humedad y de que los perros no pueden comérselas. Estas cualidades hacen que la cerda sea invaluable para amarrar a los caballos, algo que es necesario hacer aquí. El mejor lazo de cerda que conozco también me lo dio el doctor Quintero y fueron muchos los caballos a los que a cuenta mía les esquilaron la crin. Perdí la cuerda que me dio la niña y de todos los pequeños hurtos que me han hecho aquí, es el que más he sentido.

Los atascaderos del Valle del Cauca son tremendos y echan a perder el placer del viaje. Muchos de ellos son corrientes de agua con las ruinas de un puente encima, pero si uno los logra cruzar los olvida rápidamente, mientras que los lodazales se siguen recordando todo el camino. En la portada del doctor Quintero hay uno de estos pantanos, que es como una especie de foso, así que los peatones tienen que brincar la cerca porque si entran por la portada se hunden en el barro. A media milla de su casa, en el camino, hay otro lodazal inmenso. Para cruzarlo hice saltar al caballo adentro y que caminara por entre el barro hasta un punto desde donde podía saltar al otro lado. Al poco rato llegamos a un riachuelo bellísimo, más grande que La Paila pero más pequeño que La Vieja. A medida que se avanza hacia el sur se encuentran más y más arroyos cantarinos. Lo único que le faltaba al paisaje para ser perfecto, se encuentra ya aquí, el murmullo del agua sobre las piedras del río.

Este arroyo, el Bugalagrande, creció un día tan rápidamente, que aunque mi equipaje había pasado sin ninguna dificultad dos horas antes, cuando llegué en compañía de varias damas tuvimos que renunciar a cruzarlo. Por la orilla del río fuimos hasta una hacienda donde pernoctamos y al día siguiente por la mañana lo pasamos mucho más abajo. Esa noche tuve que dormir (lo poco que pude) sin mi hamaca. Al amanecer estábamos de viaje por senderos al occidente del camino principal. Pasamos por una escuela rural alrededor de las ocho de la mañana, donde ya estaban en clase, y me dijeron que los estudiantes se van a sus casas a desayunar alrededor de las diez de la mañana.

Al norte del río hay un pequeño poblado con varias casas y una iglesia que es la cabeza del distrito de Bugalagrande y el cual recuerdo agradablemente por las magníficas y abundantes naranjas que se dan allí. Es la segunda vez en mi vida que encuentro naranjas en abundancia. El doctor Quintero siempre las tenía para ofrecérselas a sus invitados, pero en Bugalagrande las había de sobra. Nunca olvidaré el festín que me di con ellas. Es cierto que en el mercado de Nueva York por veinte centavos se pueden comprar todas las que me comí ese día, pero allí no tienen un sabor tan delicioso.

Unas cuantas millas más adelante llegamos al río y a la hacienda de Sabaletas, residencia del señor Vergara. En el trapiche me ofrecieron una mezcla de guarapo fermentado con jugo de caña caliente y bastante dulce, que aquí llaman chicha. Me pareció delicioso y, contra todas las recomendaciones, tomé varios vasos. Para sorpresa de todos no me hizo daño, aunque estaban seguros de que al menos me daría un buen cólico. A donde los Vergara llegué tarde, cuando ya la familia se había acostado, pero en la sala tienen argollas para colgar la hamaca, así que tres minutos después de haber desensillado el caballo estaba descansando cómodamente en la hamaca y con la vela apagada.

La señora de Vergara es venezolana y hasta ahora me han gustado muchísimo todos los emigrantes venezolanos que he conocido. Quizá entienden mejor al extranjero, encontrándose ellos también lejos del hogar aunque en medio de gentes de su misma raza. Las hijas parecen muy bien educadas y son buenas conversadoras. Conmigo estaba un granadino que, a pesar de que tenía que estar en Tuluá esa noche, no parecía con ninguna prisa departir, encantado de conversar con ellas. Insistieron en que nos quedáramos, pero cuando les manifestamos que no podíamos, la señora nos dijo: “En ese caso, si no pueden quedarse, salgan inmediatamente. Más arriba el camino no es transitable de noche, y si no salen ya, oscurece antes de que lleguen”. Y diciendo esto prácticamente nos sacó de la casa. Me pareció muy divertido y le agradecí mucho cuando me convencí que con su energía nos salvó de dormir en el bosque esa noche.

Salimos a la caída del sol y teníamos que recorrer tres millas para llegar a La Ribera, la casa de la familia Vargas que conocimos en Cartago. Gran parte del camino va a través de bosques, y mi caballo no conocía el sendero, pero yo ya lo había recorrido, parte cuatro veces y el resto una vez, pero acompañado. Cabalgar a la luz de las estrellas en un bosque tropical, lejos de un lugar habitado, no es nada tranquilizante, en especial cuando se ha visto a los campesinos desollar un león (sic), posiblemente el |Felis concolor o pantera, animal que vive desde el Canadá hasta la Patagonia. El ejemplar que yo vi lo habían matado en el bosque a orillas del río y me pareció que tenía menos fortaleza que la especie africana. El tigre |(Felis onca, jaguar, onza, pantera, si es que estos animales son los mismos en toda América) es menos fuerte, más ágil y más cruel, de acuerdo con la creencia popular.

Para mi consuelo recordé que las muertes debidas al ataque de animales salvajes, serpientes venenosas o perros rabiosos y a los rayos, son muy escasas. Pero también es cierto que serían más numerosas si la costumbre fuera vagar por la noche en bosques espesos. El caballo veía el sendero en la oscuridad; yo no, pero alcanzaba a distinguir lo suficiente como para orientarme y estuvimos con suerte porque salimos del trance sanos y salvos.

Gracias a la maravillosa eficiencia de un guía, en cierta ocasión me tomó todo un día viajar de La Ribera hasta la hacienda del doctor Quintero. El guía se llamaba Lorenzo y era el guardaespaldas del señor Flojo el del Medio. Le había asegurado a este último que debería llegar esa noche. “No podrá, me dijo, esta noche duerme en Portachuelo”. “Con seguridad que llego a La Paila”. “Ni riesgo”, comentó la buena de Emilia. Pero yo no había contado con los beneficios de viajar acompañado de un guía.

Lorenzo se me adelantó antes de que llegáramos al camino principal, y al rato observé que nos desviábamos hacia la derecha. “Se está saliendo del camino”, le grité. “Yo conozco el camino”, me contestó. Un poco después estaba absolutamente seguro de que no íbamos en dirección de la carretera y frené el caballo. “Este es el mejor camino, me dijo, tengo que hacer un mandado en Sartinajal”. Y como me encanta conocer caminos diferentes y no tenía urgencia de llegar a Sabaletas, no seguí insistiendo.

Cinco minutos después me miré por casualidad el brazo y vi que la manga de la camisa era de liencillo. “Esta no es mi camisa”, exclamé. “Sí es suya, señor”, contestó Lorenzo. “¡Pero yo se lo digo! ¡Mire!” y levanté el brazo, no para pegarle, sino para convencerlo ocularmente. “Con seguridad es suya, señor. Lo que pasó fue que una vaca se comió la manga y la señora Emilia le cosió otra de |Lienzo, que fue lo más parecido que encontró a la tela de su camisa”. Miré la otra manga y comprobé que ‘el hecho era verdadero’. Los guías saben algunas cosas.

En Sartinajal se alegraron de verme. La mujer resultó ser la madre de Lorenzo. La casa apenas es una choza y ningún blanco vive o ha vivido allí. Insistieron en que de todas maneras me bajara y entrara. Le quitaron las monturas a los caballos y los amarraron. Y ahora debo echar una mirada a los alrededores porque me encuentro más lejos del río de lo que he estado en cualquier otra parte en el valle. Por aquí no hay muchos árboles. El terreno es ondulado y mucho más alto que el resto del valle. Parecía un potrero inmenso listo para recibir ganado, pero si lo trajeran no habría nadie que lo cuidara. Desde aquí se divisa a lo lejos la dehesa de San Miguel que ya había visto desde Cara de Perro, pero ahora aparece hacia el noreste.

Pero todavía no era hora de partir, no, ni riesgo. Debo comer algo aunque no tenga hambre, pues no puedo hacerles esa desatención. Sospecho que el sinvergüenza de Lorenzo trajo dos plátanos maduros para asarlos porque sabe que son el mejor cebo para atrapar a un yanqui. Y después de comer tampoco nos podemos ir. Hay una ropa secándose que la mamá tiene que aplanchar para enviársela al doctor Quintero. Se despejó la incógnita. Era muy cierto que no llegaría a La Paila esta noche y el llano seco carecía de todo interés para mí. No tenía nada que hacer y había llegado al límite de la paciencia.

Salimos de Sartinajal casi a las cinco. Después de una o dos millas llegamos al río Bugalagrande y seguimos por la orilla, cruzándolo cinco o siete veces. Si hubiera estado crecido habríamos tenido que seguir un camino mucho más largo. La última vez que lo vadeamos, estaba oscureciendo y empezando a llover. Al rato ya no podía ver el suelo pero distinguía la silueta de Lorenzo que iba adelante. Y cuando ni eso pude ver, le dije que se quitara la ruana para verle la camisa pero la bendita camisa no estaba muy blanca que digamos, y por último se cerró la noche y ya no pude distinguir ni las orejas del caballo. Había hecho tanto esfuerzo con los ojos que me parecía que la cabeza se me abría del dolor y todavía tenía que cruzar un riachuelo peligroso. Cerré los ojos y ‘abrí’ las orejas, mi caballo dio un salto y terminé en la zanja. Me dio miedo que tratando de salir cayera de lado o para atrás. Pero todo lo que termina bien está bien, y a las ocho y quince estaba a salvo bajo el techo hospitalario del doctor Quintero, descansando la cabeza adolorida sobre la mesa. Al otro día por la mañana desayuné en Murillo y a la una llegué a La Paila, dando gracias al cielo de que tan pocas veces tenga que contar con los servicios de un guía.

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