(continuación capítulo Las
diversiones del hacendado)
Dolores estaba en la cocina y me mandó razón con una de sus
hijas de que no podía dejar lo que estaba haciendo, y fui a
buscarla para ver una caucana ocupada en algo. La encontré
destilando aguardiente. En la mitad del piso, sobre tres
tulpas, había una tinaja grande con un fuego vivo debajo y
llena de jugo fermentado de caña. El condensador era una marmita de
cobre o de bronce (paila) que cubre la boca de la tinaja. Bajo este
condensador había un plato de barro cocido, muy peculiar, llamado
obispo, construido de manera que reciba las gotas que caen de la
superficie interior de la paila y las dejé escurrir hacia afuera.
La ocupación de Dolores consistía en conservar fría la paila del
condensador y para ello la sumergía totalmente en agua, que sacaba
de una gamella, y luego volvía a echar esa misma agua dentro de la
vasija, llenándola y vaciándola continuamente; en tanto, las gotas
del apetecido licor caían a una botella gruesa colocada
debajo.
Un día que fui al bosque en busca de plantas, al regresar
encontré a Dolores menos ocupada. Estaba vendiendo melado y le
pregunté a cómo, pero no me entendió. Aquí no utilizan medidas de
capacidad. Entonces le pregunté cuánto valía el tarro que utilizaba
para vender y me dijo que cinco centavos. El aguardiente lo venden
a diez centavos en botellas, que varían mucho de tamaño, pero por
lo general son botellas de vino. Entramos a la casa, la cual tiene
una sala amplia y limpia, una pieza al lado y un cobertizo que han
transformado en cuarto que sirve a la vez de dormitorio y de
pasadizo. En el centro de la sala mantienen guindada una hamaca y
en el rincón hay una mesita de guadua con toda la vajilla de la
familia: dos platos, un cuchillo y un tenedor. Me invitó a almorzar
y me dio pescado frito de Ciénaga de Burro y plátano asado. No me
gustó tanto el primero como el segundo, pero me lo comí todo por
ser una atención que me hacia Dolores. La última vez que la vi me
dio $ 3,20 para que le comprara un remedio, el cual se lo envié
cumplidamente. Era una medicina de curandero y mis conjeturas sobre
su uso no le hacen mucho honor a Dolores, pero debemos ser
tolerantes y esperar lo mejor de ella. Dos de sus hijas viven en
Overo, más al sur, y van al colegio.
Regresé a Libraida, cabecera del distrito, para presenciar unas
elecciones. Se iban a realizar aproximadamente seis, con cuatro
días de intervalo. Se efectuaban bajo una nueva ley, excesivamente
rigurosa que asegura el derecho de los ciudadanos al voto secreto.
Las elecciones debían efectuarse en diferentes días de la semana, y
naturalmente una de ellas el domingo. Todas las papeletas para
votar, en la misma provincia, deben ser de tamaño exacto, alrededor
de seis pulgadas cuadradas. Tres empleados oficiales se colocan en
un salón y ningún otro hombre puede entrar allí, fuera de los
votantes, y éstos de uno en uno, con la papeleta doblada entre el
pulgar y el índice de la mano derecha. La pérdida de cualquiera de
estos dedos priva de los derechos civiles. El elector sostiene la
papeleta horizontalmente y uno de los empleados se la recibe,
desdoblándola, con la cara impresa hacia abajo, para dejarla caer
en la urna. El votante sale por la puerta trasera, donde a nadie se
le permite permanecer, y salta la cerca. El recuento de los votos
depositados es muy ceremonioso. El empleado toma cada papeleta con
ambas manos, de manera que todos los presentes puedan verla por
ambos lados, y la lee en voz alta, mientras los otros dos oficiales
registran el voto.
Como una curiosidad guardé copia de los nombres en la lista de
votantes. El nombre más frecuente es el de José María (Pepe), de
los cuales hubo 19 votantes en una lista de 324. Le sigue Joaquín,
17 votos. Después José, 13; Pedro, 12; Francisco (Pacho), 10; José
Antonio y Manuel con 9 cada uno; Antonio y Juan, 8 cada uno; Manuel
José, 7; Vicente, 6; Dionisio, Ramón y Santos, 5; Domingo, Felipe,
Isidoro, Juan Antonio, Julián, Mariano, Miguel, Tomás, Toribio y
Santiago, 4 cada uno. Los siguientes once nombres aparecen tres
veces cada uno: Agustín, Antonio María, Benito, Bonifacio, Eugenio,
Eusebio, Fernando, Ignacio, Juan Agustín, Luis y Nicolás. Hay dos
de cada uno de los siguientes veinte nombres: Alejo, Anselmo,
Carlos, Elías, Emigdio, Esteban, Félix, Hermenegildo, Ildefonso,
Jacinto, Juan de Dios, Juan José, Luis Antonio, Martín, Manuel
Antonio, Pascual, Pedro José, Salvador, Tiburcio y Timoteo. Setenta
y ocho votantes no tenían tocayos en la lista, sus nombres son:
Adolfo, Alonso, Ambrosio, Anacleto, Anastasio, Andrés, Angel, Angel
María, Apolinar, Atanasio, Bartolomé, Bautista, Bernabé,
Bernardino, Blas, Camilo, Cancio, Cayetano, Ciriaco, Claudio,
Cristóbal, Damián, Dámaso, Enrique, Evaristo, Ezequiel, Facundo,
Fermín, Fulgencio, Hilario, Jesús, Joaquín Antonio, José Abad, José
Bárbaro, José Bernardo, José Eulogio, José Fortunato, José Manuel,
Juan de la Cruz, Juan María, Juan Nepomuceno, Justo, Leandro, Lino,
Lucio, Manuel Ascensio, Manuel Eleuterio, Manuel Esteban, Manuel
Santos, Marcelo, Marcos, Melchor, Paulino, Pedro Antonio, Pedro
Esteban, Pedro Fermín, Pedro Valencio, Pío Quinto, Primitivo,
Quiterio, Rafael, Raimundo, Ramón Nonato, Roso, Ruperto, Segundo,
Servando, Silvestre, Simón, Sinforoso, Teodoro, Tratón, Valentín,
Valerio, Venancio, Víctor y Victorino.
Todos los caballeros mencionados y no pocos menores de edad
estaban esperando ansiosamente la llegada de San Juan, no
propiamente el santo, sino el día, el cual aguardan con el
entusiasmo con que los colegiales ven llegar las vacaciones. Desde
varias semanas antes oí decir que el San Juan es una fecha de
grandes celebraciones, como el 4 de julio entre nosotros. Así como
Edge el pirotecnista fabrica en Jersey City sus peligrosos juguetes
(los instrumentos cortantes son siempre juguetes peligrosos) así
Luis sentado en su cobertizo, se la ha pasado elaborando cohetes y
voladores. Hace una bolsa fuerte de cuero de cabra, le pone una
cucharadita de pólvora y la amarra al extremo de un tallo hueco de
chusque, relleno de una mezcla de pólvora y carbón. Después los
amarra de un palo bien derecho y liviano, aunque en último caso
cualquiera sirve.
La fiesta debía caer el viernes, 24 de junio, pero a la gente le
fascina anticipar estas celebraciones. El martes fue a Libraida una
pareja para contraer matrimonio, y su regreso el miércoles a medio
día fue anunciado y festejado con cohetes, los cuales también
sirvieron de señal para comenzar un baile pintoresco en uno de los
ranchos que están cerca a la portada de la hacienda. En el curso de
la tarde bajé hasta allá y regresé con la descripción del vestido
que la novia se puso después del matrimonio, porque en la Iglesia
no se permite usar sino colores oscuros. Lo describo en beneficio
de aquellas damas que quieran usarlo en la misma
ceremonia.
La novia llevaba el cabello muy corto, pero como era crespo cual
la lana, sostenía sin dificultad una peineta de oro y algunas
flores artificiales a cada lado, además de una guirnalda atrás. Los
zarcillos eran de oro, de un diseño muy original, que me recordó la
punta de un campanario, con la bola representada por una piedra del
tamaño de una cereza. En la garganta lucía una cadena de oro que le
daba dos vueltas, una sarta de perlas y una segunda cadena de oro.
La camisa era de muselina blanca muy fina; las mangas también de
muselina, pero moteada de rojo, bajaban hasta cerca de la muñeca;
el cuello de la misma tela y de dos dedos de ancho caía desde
arriba y muy abajo de la nuca hasta dejar descubierto uno de los
hombros, pero no llegaba sino a la mitad de la distancia entre la
cabeza y los pies; las enaguas de color pizarra, con dos grandes
pliegues, y un cinturón de material parecido al de los tirantes de
los caballeros daba dos vueltas y le ceñía la cintura. Debajo de
esto la enagua caía por el frente sobresaliendo unas tres pulgadas.
En la boca tenía un cigarro, en las manos cuatro anillos con
esmeraldas y los pies descalzos.
El baile, después de durar diez y seis horas sin interrupción,
terminó temprano en la mañana del jueves. Después de un baile u
otro ejercicio fatigante un baño en el río refresca mucho. Me puse
accidentalmente en contacto esa mañana con un grupo de bañistas.
Estaba formado por las muchachas más blancas y bonitas de El Medio,
los jóvenes de la “casa” y algunos
vaqueros.
Creo haber descrito ya el vestido de baño de los caballeros y
las damas. Debo repetir, sin embargo, que los hombres usan un
pañuelo de bolsillo, ni más ni menos, por toda vestidura. Las
muchachas se ponen algo menos que las señoras: solo una enagua y un
pañuelo que anudan en la nuca y meten debajo de la pretina de la
enagua. Me maravillé ver cómo nadie se baña en el lugar donde hay
otro bañista, sino que se coloca a una distancia de más o menos
cinco rods” y ninguno de los grupos tratade invadir el
terreno de los otros. Las mujeres usan jabón en abundancia. Las
abuelas y una que otra madre se quedaron atrás para hacer dormir a
los más pequeños y cuando los bañistas estuvieron listos para
meterse al agua vinieron a todo galope gritando: “¡ Upa, San
Juan!”, grito con el que me familiarizaría antes de entrar la
noche, porque estuvo todo el día en boca de viejos y jóvenes, de
hombres y mujeres. Regresé con ellos por el mismo camino. Los
hombres iban a caballo y las mujeres a pie. Los de a caballo
cabalgaban en fila a cada lado de las mujeres, exactamente en la
forma como lo hacen cuando conducen ganado, y al darse cuenta de la
semejanza, les pareció muy divertido y empezaron a gritar
“¡Toma! ¡Toma!”.
Al regresar a la casa me anunciaron que se acercaba un grupo de
“sanjuaneros”. Demetrio cargó la escopeta y Mamá Antonia
se apresuró a colocar pasteles y aguardiente sobre una mesa en el
corredor. El grupo avanzó gritando y lanzando cohetes, a todo lo
cual respondió Demetrio prendiéndole fuego, con el taco de la
escopeta, a la paja del trapiche. Conté veintiséis mujeres, cada
una en un caballo, yegua o jaca. Sin que se desmontaran, se les
sirvió una ronda de aguardiente en un vaso grande, sin azúcar ni
agua. Los hombres lo tomaban hasta la última gota, pero las mujeres
apenas lo probaban. Se marcharon al galope, tal como habían venido.
Yo me uní al grupo poco después, en los ranchos de más abajo,
muchos de los cuales tenían banderas hechas con un pañuelo y
adornadas con cintas. Todas las mujeres llevaban el chal sobre la
cabeza y debajo del sombrero, y se cubrían con una
ruana.
Me los encontré galopando de un lado al otro de la inmensa
llanura, sin más objetivo del que aparentemente tienen las abejas
cuando vuelan en torbellinos. Uno de los jinetes le arrebataba a
otro la bandera y salía corriendo, otros lo perseguían, otros
corrían detrás para ver a los que jugaban y los demás lo seguían
para no quedarse atrás. Tres minutos más tarde todos se detenían en
un sitio a media milla de distancia de donde habían partido. Pío
Quinto tenía en la mano los restos de una pobre gallina que habían
arrebatado veinte tipos, y que en el juego había perdido las
plumas, la vida y creo que hasta la cabeza. No me pareció que fuera
juguete bonito o agradable a los ojos ni al tacto. Antes de que
llegara yo, habían decapitado un gallo en la forma que describí en
páginas anteriores.
Frente a dos casas había arcos adornados con telas y frutas,
tales como plátanos, piñas y tajadas de cidra, y bajo uno de ellos
un banco y una mesa con aguardiente para la venta. Ahora todos se
reúnen delante de la casa. Fulgencio, ex-juez del distrito, había
comprado una botella de aguardiente, que pasó de boca en boca hasta
quedar vacía. Debido a que se pierde tiempo sirviéndolo en un vaso,
el licor se acaba más pronto cuando se bebe a pico de botella, y lo
que es más sorprendente, se lo toman menos personas. Después hubo
una carrera de dos caballos y apostaron desde diez centavos hasta
dos y tres pesos. Viendo todo esto llegué a la conclusión de que
San Juan, el discípulo amado, debió de haber sido aficionado a las
carreras de caballos, al aguardiente, a los gritos y a la pólvora;
pero quizá sea Juan el Bautista el que tenga que responder a estos
cargos.
El propio día de la fiesta cayó un viernes y solo se diferenció
de la víspera en que había más gente. Indudablemente que en los dos
días hubo una demanda total de monturas y de frenos, pero el
viernes los caballos y los jinetes no siempre eran los mismos del
día anterior, había más hombres montando
|en pelo y con
cabestro en vez de freno.
El sábado no trajo ningún descanso, a excepción de que los
cohetes estaban casi agotados. Al acercarse la noche hubo una
corrida en el patio del frente, pero muy distinta de la que había
visto en Fusagasugá, que fue un espectáculo superior. Seleccionaron
toretes y en general yo preferiría más bien ser el toro que el
toreador. Llevan al primero a la mitad del patio tirándolo con una
guasca amarrada a los cachos. Lo tumban a puro pulso, le amarran
las patas y le quitan el lazo. Al soltarlo, arremete contra los
jinetes, que lo evitan, para después provocarlo de nuevo,
acercándosele mucho; el toro los vuelve a embestir, y un hombre a
pie se le acerca con la ruana en la mano.
El animal se le lanza y el tipo se escapa saltando por encima de
la cerca. El toro no muestra ninguna persistencia y da vueltas
corriendo como si no pensara en el adversario. Otro diestro le deja
la ruana encima de la cabeza y si fallan otras medidas, el toreador
escapa al peligro echándose al suelo. Cuando por fin el toro se
cansa de la diversión y ya no le importan los insultos que recibe,
abren la puerta y sale corriendo al potrero de donde lo sacaron. En
el corral había hasta mujeres a caballo. Únicamente hubo un momento
de peligro, cuando Fulgencio trató de evitar al toro saltando la
cerca, pero como estaba, según dicen aquí, ‘medio
rascado’ o ‘un poco caliente’, en pea, teniendo
perico, en polvo, etc. no tenía la agilidad de siempre y se cayó a
los pies del animal, quedando a merced de éste. ¿Por dónde debe
empezar a atacar un toro a un juez de distrito que no sabe leer ni
escribir? Naturalmente que ni por la cabeza ni por el corazón.
Imitando torpemente el proceso de enrollar una pieza de tela, el
toro empezó por la mitad, pero después de dos cabezazos, el ataque
simultáneo de tres toreadores lo hizo desistir de su
empresa.
Abandoné la corraleja y me fui para El Medio donde me crucé con
un grupo que me hizo recordar a los indios Pawnees en vestido de
ceremonia, aunque la primera impresión que tuve era que se parecían
a las Bacantes, cuyos excesos posiblemente son exageraciones de los
relatos que han llegado a nosotros. Los escritores que nunca se
mueven de un lugar tienden a encarecer los detalles para describir
cosas extraordinarias; en cambio, los viajeros no tenemos motivo
para ponderar; nuestro objetivo es a la vez nuestra única
dificultad, hacer que los lectores comprendan y crean en la
realidad tal como es.
Las mujeres con dos chales usan el rojo en estas ocasiones de
fiesta y el azul para ir a la iglesia. La mayoría de las ruanas
tienen color rojo. Las mujeres utilizan los mismos sombreros que
los hombres y cuando montan a caballo lo hacen en igual forma y
usan las mismas ruanas, así que de lejos es imposible distinguir si
el jinete es hombre o mujer.
Matea, “a cuyo marido lo mataron en las guerras” (hace
muy poco, a juzgar por la edad del niño menor), me llamó la
atención por su dominio del caballo y perfecto descuido. No se la
imaginen una viuda vestida de negro. No tenía más negro que las
células del cutis, y en cuanto a los padres de sus
hijos.
¿quién sabe?
|
Jacinto, que es tal vez el mejor jinete de la hacienda, de
regreso a la casa, se cayó del caballo al río. El animal se quedó
quieto hasta que él volvió a montarse, e imagino que haber tomado
un poco de agua encima del licor le hizo mucho bien. El domingo
hubo de nuevo carreras de caballos y otra corrida de toros. No he
hablado de los bailes, aunque posiblemente los hubo todas las
noches. En realidad es admirable ver cómo después de beber tanto
haya tan pocos borrachos, y que no se susciten peleas,
especialmente entre gentes en quienes la embriaguez no merma la
reputación, y donde hay una guerra civil cada diez
años.
Terminadas las fiestas de San Juan nos vamos río arriba hasta
los potreros del Guavito. A la izquierda está el corral y a la
derecha, en una loma, la casa del negro Bernabé, el juez, y de
Dolores. Los dos bosques se aproximan y se tiene la impresión de
que hace muchos años talaron un pedazo de bosque. Hay dos pantanos
profundos y luego están el río Murillo y el límite sur del cantón
de Cartago, que es La Paila. Este cantón perteneció en otros
tiempos a la provincia de Antioquia. El Murillo es un arroyuelo por
el que a duras penas corre agua en el verano. A la izquierda,
después de cruzarlo, están las casas de la hacienda de Murillo. No
podemos detenernos en la casa principal para estudiar la familia.
Mencionaré solamente que allí vi una mona encadenada; estos pobres
y repugnantes prisioneros por lo general son machos. También vi un
gato, que aquí son tan escasos como los loros en el Norte. Este y
otro que había encontrado antes no veían por un ojo. No me imagino
por qué razón este clima no le sienta bien a un animal tan
cosmopolita como es el gato.
Casi todo el tiempo me quedé en la casa más pequeña, como
huésped de don Manuel. Este es de carácter errabundo y parece que
terminó quedándose aquí después de sus innumerables viajes. Ha
visto muchas cosas y muy raras, especialmente en Barbacoas y en el
Chocó, donde estuvo buscando oro, el cual parece escapársele con
mucha facilidad. Es muy comunicativo, en especial cuando está
borracho, porque se embriaga casi tanto como un americano. Un día,
estando en ánimo de hacer confidencias, me aseguró que la sirvienta
Catalina, a quien yo le estaba enseñando a leer, era hija suya y
había sido su sirvienta desde niña, pero que no sabía que él era su
padre. El problema con don Manuel es que nunca sé cuando está
diciendo la verdad, ya esté sobrio o borracho. Pero al mismo
tiempo, es hombre muy inteligente y más culto que el común de los
granadinos.
Catalina era el ama de llaves y otro Manuel, un gran
sinvergüenza, como decía su amo, constituían todo el servicio de
esta casa de soltero. Don Manuel estuvo casado, pero no tengo ni
idea dónde esté hoy su mujer. También tiene hijas respetables en
algún sitio. Catalina tiene diez y siete años, no es fea, pero,
según su protector, le gustan demasiado los curas. La muchacha da
la impresión de querer estudiar, si es que alguien gane algo
enseñándole; pero cuando yo recriminé a don Manuel por dejar a
“su hija” en la ignorancia, me contestó que él habría
hecho lo posible por educarla si ella hubiera querido.
A don Manuel le encantaba contar historias del Chocó, de
culebras y de remedios secretos para las picaduras y para la
hidrofobia; de hormigas cuya picadura es mortal; de criaturas que
una parte de su vida son insectos, pero luego las patas echan
raíces y les salen del lomo tallos y flores, y las semillas se
convierten después en animales. Y don Manuel relata en tal forma
todo lo que ha visto y sabe que uno queda convencido de que cree en
todo lo que cuenta. Mi opinión, debidamente meditada y expresada
matemáticamente, es que ‘el momento moral’ del hombre, es
decir el resultado de multiplicar la exactitud de sus observaciones
por la fidelidad de la narración, y restando la fuerza del olvido,
no es suficiente para superar mi incredulidad, lo cual se puede
expresar algebraicamente como
|oxn—f=m x c.
Una de sus mejores historias es el ensayo que hizo de curar la
lepra con la mordedura de una culebra equis. Imaginé que ese
tratamiento heroico tendría éxito aplicado
|por él, pero,
según me dijo, el veneno no sirvió ni para bien ni para mal. A la
culebra la habían cazado enlazándola y la habían metido en una
calabaza. Don Manuel descubrió, para su sorpresa, que tenía poderes
sobre el animal, el cual salía o entraba en la calabaza cuando él
se lo ordenaba, como si entendiera español. Don Manuel cree que
muchos negros e indios que viven en esa región infestada de
serpientes que es el Chocó, conocen antídotos y profilaxis para los
venenos más peligrosos. Me contó que un chocoano tenía una coral
domesticada que se convirtió en el animal favorito de toda la
familia, hasta que a mala hora tuvo una camada y, antes de que él
se diera cuenta del nacimiento o de que las culebritas aprendieran
sus deberes, una de ellas picó mortalmente a uno de sus hijos. Sin
embargo, no es justo que repita yo historias por las cuales no
estoy dispuesto a responder, aunque todas sean producto natural de
la costa pacífica. Así y todo, reconozco que muchas veces tuve que
terminar creyendo algunas de las historias aparentemente más
inverosímiles, y tal vez otras, en las que no creí, sean también
ciertas.
De una vez por todas confieso que no tengo fe en los remedios
contra picaduras de culebras. A este respecto muchas de las cosas
en que la gente cree son absolutamente falsas. Se tiene la idea de
que el veneno de las distintas especies de serpientes varía más en
potencia que en calidad, lo cual me parece muy dudoso. Lo que sí es
un hecho es que la sensibilidad al veneno es diferente en las
distintas especies. La picadura de una cascabel que es suficiente
para matar a un caballo, posiblemente apenas enferme de gravedad a
un hombre, quizá del susto, y no le haga ningún daño a un
perro.
La recuperación espontánea de una picadura de serpiente
generalmente hace que la gente considere como de grandes poderes
curativos a algún remedio inocuo. Además de la
|Mikania.
Guaco, cuya flor no conozco, y de la
|Aristolochia
anguicida, aquí llamada guaco, hay muchas otras plantas a las
que les atribuyen poderes curativos. Todas tienen dos colores
diferentes en las hojas, como la hoja de la
|Goodyera
pubescens de los Estados Unidos. Muchas personas le tienen fe
al cotiledón de la
|Simaba Cedron, llamado cedrón en la Nueva
Granada. Personalmente no conozco remedio más seguro que el de
extraer inmediatamente el veneno, amputar el miembro afectado y
combatir los síntomas a medida que se vayan
presentando.
Dejando al occidente las amplias llanuras de Murillo se va a
Overo, cuyo nombre es también el de un árbol con frutos de forma
parecida a un huevo. Overo tiene una iglesia o capilla sin terminar
y la población está en el distrito de Bugalagrande. Cruzando un
arroyuelo que corre por un lecho muy amplio y con la apariencia de
tener grandes crecidas de vez en cuando, se llega a Portezuela
(¿Portachuelo?), la residencia del amable doctor Quintero.
El doctor Quintero es un hombre soltero, de treinta y dos años,
que vive con su madre viuda y tres hermanas muy simpáticas, de las
cuales la menor tiene unos trece años. En su casa tuve el placer de
volver a comer en familia, como es costumbre ‘entre los
herejes’. Un detalle me tomó de sorpresa la primera vez que
comí con ellos. Cenamos tarde, entre las ocho y las nueve, y como
es lo normal nos sirvieron chocolate después de la comida. Terminé
la taza, la levantaron e inmediatamente me trajeron otra
|. Es
indudable que se conoce mi costumbre de tomar dos tazas de
chocolate con cada comida.
El doctor Quintero practica la medicina y tiene una biblioteca
de libros médicos, pero no lee inglés, ni francés, ni alemán. Por
consiguiente en ella no debe tener sino libros y textos viejos,
pues la literatura médica de este siglo no está escrita en español
o en latín. Desde que salí de Fusagasugá no había visto ningún
consultorio o biblioteca médica, aunque imagino que en Ibagué debe
haber varios médicos y en Cartago conocí al que llamaron a atender
el dolor de oído de una señora. El doctor Quintero no pretende
vivir de su profesión. Tengo la impresión de que aquí solo un
hombre avaro, y él no lo es, podría practicar la medicina y ganar
algún dinero. El doctor es propietario de la hacienda que hay más
arriba, al oriente del camino principal, llamada Sartinajal. Cerca
de la casa tiene también varios potreros con una yeguada. Así que
da la impresión de que hubiera estudiado medicina por
respetabilidad, como manera digna de emplear sus años mozos. ¿Y no
es lo correcto? ¿Se debe considerar loco al hombre que prefiere la
respetabilidad a la riqueza? Me avergüenzo de pensar lo que diría
el doctor Quintero de nuestros candidatos a la profesión médica si
llegara a conocer lo que los motiva a escoger esa profesión y viera
que todos ellos, ricos y pobres, están obsesionados por la manía
universal de enriquecerse.
Estuve encantado de conocer a las damas, pero me parecieron
demasiado tímidas para llegar a entablar una conversación. Se
veían más naturales en medio de las agujas, en el cuarto de
costura, y resolví invadir sus predios para ganar su amistad, pero
con muy poco éxito. Es obvio que para lograrlo se necesita mucho
tiempo.
En el Cauca solo se ven casas enclaustradas, con un patio en la
mitad, en las poblaciones de calles empedradas, y entre Cartago y
Tuluá no vi ninguna. Por eso, cuando hablo de la cocina de la casa
del doctor Quintero, me refiero a una construcción separada
utilizada con ese propósito. La estufa es de ladrillo, con huecos
donde poner las ollas y tiene chimenea, la cual si hubieran caído
en la cuenta de hacerla tres pies más alta, habría salido por el
techo sacando el humo de la cocina; pero no pensaron en ese
detalle.
Cuando me fui, la niña menor me regaló una cuerda hecha de crin
de caballo a fin de que amarrara el rollo de papel que utilizo para
guardar las plantas. Las cuerdas de crin tienen la ventaja de que
no se dañan con la humedad y de que los perros no pueden
comérselas. Estas cualidades hacen que la cerda sea invaluable para
amarrar a los caballos, algo que es necesario hacer aquí. El mejor
lazo de cerda que conozco también me lo dio el doctor Quintero y
fueron muchos los caballos a los que a cuenta mía les esquilaron la
crin. Perdí la cuerda que me dio la niña y de todos los pequeños
hurtos que me han hecho aquí, es el que más he
sentido.
Los atascaderos del Valle del Cauca son tremendos y echan a
perder el placer del viaje. Muchos de ellos son corrientes de agua
con las ruinas de un puente encima, pero si uno los logra cruzar
los olvida rápidamente, mientras que los lodazales se siguen
recordando todo el camino. En la portada del doctor Quintero hay
uno de estos pantanos, que es como una especie de foso, así que los
peatones tienen que brincar la cerca porque si entran por la
portada se hunden en el barro. A media milla de su casa, en el
camino, hay otro lodazal inmenso. Para cruzarlo hice saltar al
caballo adentro y que caminara por entre el barro hasta un punto
desde donde podía saltar al otro lado. Al poco rato llegamos a un
riachuelo bellísimo, más grande que La Paila pero más pequeño que
La Vieja. A medida que se avanza hacia el sur se encuentran más y
más arroyos cantarinos. Lo único que le faltaba al paisaje para ser
perfecto, se encuentra ya aquí, el murmullo del agua sobre las
piedras del río.
Este arroyo, el Bugalagrande, creció un día tan rápidamente, que
aunque mi equipaje había pasado sin ninguna dificultad dos horas
antes, cuando llegué en compañía de varias damas tuvimos que
renunciar a cruzarlo. Por la orilla del río fuimos hasta una
hacienda donde pernoctamos y al día siguiente por la mañana lo
pasamos mucho más abajo. Esa noche tuve que dormir (lo poco que
pude) sin mi hamaca. Al amanecer estábamos de viaje por senderos al
occidente del camino principal. Pasamos por una escuela rural
alrededor de las ocho de la mañana, donde ya estaban en clase, y me
dijeron que los estudiantes se van a sus casas a desayunar
alrededor de las diez de la mañana.
Al norte del río hay un pequeño poblado con varias casas y una
iglesia que es la cabeza del distrito de Bugalagrande y el cual
recuerdo agradablemente por las magníficas y abundantes naranjas
que se dan allí. Es la segunda vez en mi vida que encuentro
naranjas en abundancia. El doctor Quintero siempre las tenía para
ofrecérselas a sus invitados, pero en Bugalagrande las había de
sobra. Nunca olvidaré el festín que me di con ellas. Es cierto que
en el mercado de Nueva York por veinte centavos se pueden comprar
todas las que me comí ese día, pero allí no tienen un sabor tan
delicioso.
Unas cuantas millas más adelante llegamos al río y a la hacienda
de Sabaletas, residencia del señor Vergara. En el trapiche me
ofrecieron una mezcla de guarapo fermentado con jugo de caña
caliente y bastante dulce, que aquí llaman chicha. Me pareció
delicioso y, contra todas las recomendaciones, tomé varios vasos.
Para sorpresa de todos no me hizo daño, aunque estaban seguros de
que al menos me daría un buen cólico. A donde los Vergara llegué
tarde, cuando ya la familia se había acostado, pero en la sala
tienen argollas para colgar la hamaca, así que tres minutos después
de haber desensillado el caballo estaba descansando cómodamente en
la hamaca y con la vela apagada.
La señora de Vergara es venezolana y hasta ahora me han gustado
muchísimo todos los emigrantes venezolanos que he conocido. Quizá
entienden mejor al extranjero, encontrándose ellos también lejos
del hogar aunque en medio de gentes de su misma raza. Las hijas
parecen muy bien educadas y son buenas conversadoras. Conmigo
estaba un granadino que, a pesar de que tenía que estar en Tuluá
esa noche, no parecía con ninguna prisa departir, encantado de
conversar con ellas. Insistieron en que nos quedáramos, pero cuando
les manifestamos que no podíamos, la señora nos dijo: “En ese
caso, si no pueden quedarse, salgan inmediatamente. Más arriba el
camino no es transitable de noche, y si no salen ya, oscurece antes
de que lleguen”. Y diciendo esto prácticamente nos sacó de la
casa. Me pareció muy divertido y le agradecí mucho cuando me
convencí que con su energía nos salvó de dormir en el bosque esa
noche.
Salimos a la caída del sol y teníamos que recorrer tres millas
para llegar a La Ribera, la casa de la familia Vargas que conocimos
en Cartago. Gran parte del camino va a través de bosques, y mi
caballo no conocía el sendero, pero yo ya lo había recorrido, parte
cuatro veces y el resto una vez, pero acompañado. Cabalgar a la luz
de las estrellas en un bosque tropical, lejos de un lugar habitado,
no es nada tranquilizante, en especial cuando se ha visto a los
campesinos desollar un león (sic), posiblemente el
|Felis
concolor o pantera, animal que vive desde el Canadá hasta la
Patagonia. El ejemplar que yo vi lo habían matado en el bosque a
orillas del río y me pareció que tenía menos fortaleza que la
especie africana. El tigre
|(Felis onca, jaguar, onza,
pantera, si es que estos animales son los mismos en toda América)
es menos fuerte, más ágil y más cruel, de acuerdo con la creencia
popular.
Para mi consuelo recordé que las muertes debidas al ataque de
animales salvajes, serpientes venenosas o perros rabiosos y a los
rayos, son muy escasas. Pero también es cierto que serían más
numerosas si la costumbre fuera vagar por la noche en bosques
espesos. El caballo veía el sendero en la oscuridad; yo no, pero
alcanzaba a distinguir lo suficiente como para orientarme y
estuvimos con suerte porque salimos del trance sanos y
salvos.
Gracias a la maravillosa eficiencia de un guía, en cierta
ocasión me tomó todo un día viajar de La Ribera hasta la hacienda
del doctor Quintero. El guía se llamaba Lorenzo y era el
guardaespaldas del señor Flojo el del Medio. Le había asegurado a
este último que debería llegar esa noche. “No podrá, me dijo,
esta noche duerme en Portachuelo”. “Con seguridad que
llego a La Paila”. “Ni riesgo”, comentó la buena de
Emilia. Pero yo no había contado con los beneficios de viajar
acompañado de un guía.
Lorenzo se me adelantó antes de que llegáramos al camino
principal, y al rato observé que nos desviábamos hacia la derecha.
“Se está saliendo del camino”, le grité. “Yo conozco
el camino”, me contestó. Un poco después estaba absolutamente
seguro de que no íbamos en dirección de la carretera y frené el
caballo. “Este es el mejor camino, me dijo, tengo que hacer un
mandado en Sartinajal”. Y como me encanta conocer caminos
diferentes y no tenía urgencia de llegar a Sabaletas, no seguí
insistiendo.
Cinco minutos después me miré por casualidad el brazo y vi que
la manga de la camisa era de liencillo. “Esta no es mi
camisa”, exclamé. “Sí es suya, señor”, contestó
Lorenzo. “¡Pero yo se lo digo! ¡Mire!” y levanté el
brazo, no para pegarle, sino para convencerlo ocularmente.
“Con seguridad es suya, señor. Lo que pasó fue que una vaca se
comió la manga y la señora Emilia le cosió otra de
|Lienzo,
que fue lo más parecido que encontró a la tela de su camisa”.
Miré la otra manga y comprobé que ‘el hecho era
verdadero’. Los guías saben algunas cosas.
En Sartinajal se alegraron de verme. La mujer resultó ser la
madre de Lorenzo. La casa apenas es una choza y ningún blanco vive
o ha vivido allí. Insistieron en que de todas maneras me bajara y
entrara. Le quitaron las monturas a los caballos y los amarraron. Y
ahora debo echar una mirada a los alrededores porque me encuentro
más lejos del río de lo que he estado en cualquier otra parte en el
valle. Por aquí no hay muchos árboles. El terreno es ondulado y
mucho más alto que el resto del valle. Parecía un potrero inmenso
listo para recibir ganado, pero si lo trajeran no habría nadie que
lo cuidara. Desde aquí se divisa a lo lejos la dehesa de San Miguel
que ya había visto desde Cara de Perro, pero ahora aparece hacia el
noreste.
Pero todavía no era hora de partir, no, ni riesgo. Debo comer
algo aunque no tenga hambre, pues no puedo hacerles esa
desatención. Sospecho que el sinvergüenza de Lorenzo trajo dos
plátanos maduros para asarlos porque sabe que son el mejor cebo
para atrapar a un yanqui. Y después de comer tampoco nos podemos
ir. Hay una ropa secándose que la mamá tiene que aplanchar para
enviársela al doctor Quintero. Se despejó la incógnita. Era muy
cierto que no llegaría a La Paila esta noche y el llano seco
carecía de todo interés para mí. No tenía nada que hacer y había
llegado al límite de la paciencia.
Salimos de Sartinajal casi a las cinco. Después de una o dos
millas llegamos al río Bugalagrande y seguimos por la orilla,
cruzándolo cinco o siete veces. Si hubiera estado crecido habríamos
tenido que seguir un camino mucho más largo. La última vez que lo
vadeamos, estaba oscureciendo y empezando a llover. Al rato ya no
podía ver el suelo pero distinguía la silueta de Lorenzo que iba
adelante. Y cuando ni eso pude ver, le dije que se quitara la ruana
para verle la camisa pero la bendita camisa no estaba muy blanca
que digamos, y por último se cerró la noche y ya no pude distinguir
ni las orejas del caballo. Había hecho tanto esfuerzo con los ojos
que me parecía que la cabeza se me abría del dolor y todavía tenía
que cruzar un riachuelo peligroso. Cerré los ojos y
‘abrí’ las orejas, mi caballo dio un salto y terminé en
la zanja. Me dio miedo que tratando de salir cayera de lado o para
atrás. Pero todo lo que termina bien está bien, y a las ocho y
quince estaba a salvo bajo el techo hospitalario del doctor
Quintero, descansando la cabeza adolorida sobre la mesa. Al otro
día por la mañana desayuné en Murillo y a la una llegué a La Paila,
dando gracias al cielo de que tan pocas veces tenga que contar con
los servicios de un guía.