LA VIDA DEL
HACENDADO
|
|
Libraida — Sacerdote —
Hospitalidad parcializada — Impedimento para entrar a la
iglesia — Baile al medio día — La pareja del cura —
La utilidad de lanzar hurras — Comida — Degollando patos
y decapitando gallos — Una fuente — Cabalgando en
compañía — La Paila — Manos muertas y obstáculos
eclesiásticos — Vaquería — El Lazo — Domando
potros — Cría de potros y mulas — Enlazando
toros.
Al llegar a Libraida fui directamente a la casa del cura, a
quien había conocido antes y he visto con frecuencia después, pero
que en esa ocasión no se encontraba en ella. La primera vez que lo
visité fue un caluroso primero de febrero a medio día. Yo estaba
con mis amigos de Tuluá, don Eladio Vargas, su señora y su hermana,
que conocen al padre Durán y fueron quienes me lo presentaron,
aunque, para ser exactos, no hubo presentación
formal.
El padre se dio cuenta inmediatamente de que yo era extranjero y
a mí me informaron que él era sacerdote. Nos ofreció aguardiente;
Eladio lo aceptó, las señoras lo probaron o pretendieron hacerlo, y
yo lo rechacé dándole las gracias. Luego el cura ofreció pan de
yuca a
|las señoras únicamente y ellas comieron. Solo una vez
había visto yo esta parcialidad al atender las visitas. Después nos
trajeron cigarros y carbón en una cuchara. Susana y Manuela no
fuman sino en escondido, así que aceptaron los cigarros pero no los
encendieron.
En otra ocasión encontré al padre Durán enseñando en una escuela
para muchachos y cuando terminó las clases fue a la iglesia a
bautizar un niño. La iglesia es una de las más pobres que he visto
en la Nueva Granada; no tiene sino dos altares, un triste remedo de
púlpito, que creo nunca han usado, y piso de tierra. Estaba a punto
de entrar a la iglesia cuando se me presentó un impedimento
insospechado. Tenía puestos los zamarros y con estos no se puede
cruzar el umbral del templo. Fue algo que me maravilló, pues al fin
y al cabo los zamarros eran la única prenda
|cristiana que
llevaba encima, ya que el resto de mis vestidos, hasta el último
hilo, tenía procedencia herética, así como hereje era también su
dueño. Pero así son las cosas; todo podía entrar, menos los
zamarros. Fumar dentro del templo viola también el mismo
principio.
Pero ahora el cura está en Uña de Gato, que es el nombre de un
arbusto de espinas tremendas y también el de un vecindario de este
distrito. Inesperadamente encontré un amigo que se dirigía para
allá, porque hoy es 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, y
los uñagateños están celebrando la fiesta. Seguimos juntos hacia el
sur por un camino que va entre la carretera principal y el río,
pero se tiene la impresión de ir por aquella y de que la poca
tierra desmontada que se ve fuera, es la que hay entre los bosques
de la orilla del río y los de las montañas. Pasamos por varios
claros y bosques y por uno o dos riachuelos basta llegar a una
serranía, mucho más cercana del río de lo que generalmente están
las lomas, quizá a menos de una milla de distancia. Allí
encontramos dos o tres chozas de campesinos, en una de las cuales
había un baile.
En el momento en que entré el cura estaba bailando con la
muchacha más bonita que he visto en los alrededores. Lo mismo
pensaba el resto de la concurrencia, porque alguien gritó,
“¡Viva la pareja del cura!”, y en seguida todos empezaron
a vivar desordenadamente pues aquí no se conoce nuestra costumbre
de vivar al mismo tiempo, gritando tres hurras al unísono, tres
veces, lo cual es una lástima. Estoy convencido de que gran parte
de la eficiencia de una muchedumbre anglosajona depende de los
hurras simultáneos y vigorosos que la entusiasman; por eso ninguna
nación ha logrado superarnos en este aspecto democrático. Un
bochinche, aunque la gente esté diez veces más excitada, no tiene
el poder tremendo de una muchedumbre borracha que siente su fuerza
y unanimidad en tres hurras atronadores.
Pero me estoy alejando del tema. “La pareja del cura”
estaba vestida como una dama, como también otras cinco o seis
muchachas. El resto llevaba solo camisa y enaguas. La pieza
estabarepleta de gente y apenas pude entrar por atención
especial de los asistentes. Imaginen mi sorpresa al ver allí a la
piadosa y aristocrática Elodia Vargas, quien estaba de visita en el
distrito. No hablaré por ahora del baile ya que tendremos ocasión
de verlo nuevamente y más a espacio.
Al rato nos anunciaron que el almuerzo estaba servido. Pasamos
al corredor de otra casa donde habían puesto una mesa larga y
estrecha, así que las señoras se sentaron en una barbacoa o banca
fija de guadua, que había a la sombra, al pie de la casa, mientras
que nosotros los del sexo fuerte nos sentamos bajo un sol vertical
pero sin que nos molestara el calor. Fue un almuerzo incómodo.
Había abundancia de carnes y suficientes platos pero faltaban
cuchillos, cucharas y tenedores para todos los invitados, y las
señoras rehusaron comer con los dedos. A mi me correspondieron un
cuchillo y un tenedor, pero donde hay mucho se necesita mucho, y me
pasé todo el almuerzo cortando pedacitos de carne para otras
personas y muy pocos para mí.
Había una mesa llena de músicos y de otros ejemplares de segunda
importancia, pero la mayoría de los invitados o ayunaron o comieron
en la cocina. Aquellos consistían básicamente de dos tambores y un
clarinete, que tocaron mientras nosotros comimos, y cuando ellos
comían nosotros nos sentamos en la casa; yo intenté conversar con
la muchacha bonita, pero los resultados fueron
mediocres.
Entonces el cura, que parece el Maestro de Ceremonias
|ex
officio, ordena: “Traigan el gallo y entierren la
marmita”. Acto seguido cavaron un hueco en el césped y
enterraron al pobre gallo hasta las orejas. Pero el hueco no quedó
bien profundo y el gallo se incorporó con toda la tierra encima.
Fue necesario hacerlo más hondo y apretarle la tierra alrededor
para que no se volviera a salir. Mientras tanto, en uno de esos
cortes del camino tan comunes aquí, colgaron a un pobre pato de las
patas en la forma más elemental: colocaron dos postes de guadua en
el suelo, sostenidos, por dos tipos, amarraron una guasca entre las
dos guaduas y colgaron al desgraciado animal en la mitad. Las
señoras se sentaron en el barranco del camino a ver el espectáculo.
Los hombres a caballo pasaban a toda velocidad debajo del pato y
trataban de arrancarle la cabeza. Yo los dejé en su diversión, y
cuando volví el pato estaba muerto. Pero nadie lograba arrancarle
la cabeza y lo único que hacían era quedar con las manos llenas de
plumas y de sangre, así que decidieron dejar al invencible pato y
divertirse con el gallo.
De acuerdo con las reglas del juego, a una señora debía
amarrársele un pañuelo sobre los ojos y darle un machete para que
intentara cortarle la cabeza al gallo, en lo posible, de tres
machetazos. El cura, que tomó la diversión bajo su patronazgo,
escogió como verdugo a la más respetable y piadosa de las señoras,
a nuestra aristocrática Elodia. Muy a pesar suyo, ésta se dejó
amarrar el pañuelo, tomó el machete, dio uno o dos pasos en
dirección al gallo, se detuvo y se quitó el pañuelo. Después
trataron de convencer a la que había sido pareja del cura en el
último valse, pero ella se resistió a jugar. Por último decidieron
escoger a un hombre. Le taparon los ojos y apenas empezó a
acercarse al gallo todos gritaron: “¡Por ahí no!",
“¡Más a la izquierda!”, “¡Eso es, golpée
allí!”, “Dé dos pasos más”, y le impartían las
órdenes al tiempo, una y otra vez, hasta que confundido con los
consejos gratis, dio tres violentos machetazos muy lejos de su
objetivo. “¡Le cortó la cabeza!” gritaron seis tipos al
tiempo. El verdugo se quitó la venda en medio de risotadas y vio la
cabeza del gallo buena y sana entre las piernas. Otro empezó de
nuevo el juego, pero yo ya batía matado mi curiosidad, o mejor
dicho, ya se me había acabado la paciencia y me fui en busca de
plantas. Cuando me estaba montando en el caballo para regresar vi
que pasaban por encima del muro, a la cocina, los restos del
segundo gallo.
El cura, las señoras y varios señores volvieron a esa misma hora
a Libraida. Había habido un nuevo degüello y otro grupo, más grande
que el de nosotros, estaba ya a caballo. Cabalgamos entre las lomas
diluviales que circundan la aldea, gritando “¡Viva San Pedro
!“. El cura me reclamó por qué no gritaba, así que me decidí a
lanzar en inglés un entusiasta “¡Hurrah for Saint Peter!”
que produjo un estallido de risa entre la concurrencia. Poco
después nos detuvimos en una especie de taberna, donde el cura
había ordenado que nos tuvieran un ponche de leche.
Al noreste de la población hay una fuente, al occidente del
camino que viene de Cartago, la cual provee de agua al pueblo que,
a diferencia de otros, no está al pie de un río. No sé de ninguna
otra fuente en el valle del Cauca. En la estación seca el
agua de los arroyos y de los ríos disminuye a medida que descienden
de las montañas, y en las épocas de lluvia solo aguas superficiales
les aumentan el caudal. Me imagino que si se cavaran pozos
encontrarían agua, pero actualmente no necesitan
hacerlo.
Me asomé un momento a la cárcel, que deseaba conocer pues por
levantarse contra el gobierno en 1851 encerraron allí a algunos de
mis jóvenes amigos conservadores cuando apenas tenían edad de
escaparse de una azotaina de sus madres.
Un poco antes de las cinco me fui a la hacienda de La Paila, y
como mi distinguido acompañamiento no podía pensar en irse sin
bailar toda la noche, me contenté con la compañía de dos muchachas
de camisa y enaguas que no tenían permiso de quedarse hasta por la
mañana. El camino es difícil de encontrar pues Libraida no está en
el principal sino al occidente de este, de tal manera que tuvimos
que andar varias millas antes de encontrarlo. El terreno despejado,
o la mezcla de claros y bosques, no es continuo y en muchos sitios
el bosque de las montañas se une con el que crece al pie del río.
En estos sitios habían tumbado una docena de “rods” de
monte a lo ancho para construir un camino, que hoy está lleno de
yerba y donde no volverá a crecer un árbol. Pero hoy el camino no
pasa por estos claros, y si uno los sigue puede llegar a una
ciénaga intransitable o hasta un río pero sin manera de llegar a la
orilla. Las aldeas pueden estar construidas lejos del antiguo
camino, como es el caso de Libraida, o sobre él. El viajero
abandona la supuesta vía principal y busca su propio camino. Como
la tierra no está cercada ni existen trabajos de sostenimiento, no
hay manera de saber cuál es el terreno de propiedad nacional por
donde debería ir el camino.
Ese día había barro y observé una orquídea grande y muy hermosa
que crece en los árboles. Es una Cattleya blanca y rosada que aquí
llaman azucena. Cosa curiosa, en los oteros encontré una orquídea
terrestre que tiene un tallo de siete pies de altura, perteneciente
a una sección completamente diferente del orden, pero con la flor
tan semejante a esta Cattleya en tamaño, forma y color, que si me
la mostraran sin el tallo no podría decir a cuál de las dos plantas
pertenece; en cambio, el polen, las hojas y los hábitos de ambas
son todo lo distintos que pueden ser. La planta terrestre era una
|Sobralia. Esto demuestra que el polen de las orquídeas
ofrece una característica básica.
En el río Las Cañas vi una guadua en flor. Es muy curioso que
una planta tan común florezca tan poco. Mutis, que pasó su vida
estudiando la botánica del país, nunca la vio. Caldas apenas una o
dos veces, y fuera de mí, no sé de ningún otro botánico que la haya
encontrado. Recogí todas las flores que pude. Las Cañas es casi
siempre badeable, pues por lo general tiene un pie de
profundidad.
Más adelante, en medio de unos cerros bajos y a una distancia de
media milla, encontré un árbol
|Passiflora delgado, pero tan
alto que me tuve que parar sobre el caballo para cortar la rama más
baja. Después hallé otra especie que es un arbusto. Es posible que
haya otras pasifloras que no sean enredaderas. Este terreno
ondulado se extiende por más de una milla y luego se llega a una
llanura abierta, que bordeamos por el extremo oriental y se llama
El Medio, el cual describiré más adelante. De nuevo nos internamos
en un bosque por cuyo límite corre el río La Paila, el más grande
que se encuentra después de salir de Cartago. Corriendo algún
peligro lo crucé diagonalmente y contra la corriente, pues aquí,
por lo general, los caballos no nadan con el jinete encima. Desde
entonces construyeron un puente de guadua para
peatones.
El sitio mejor para hacer un puente de guadua es donde haya un
árbol grande cuyas ramas se extiendan sobre el río. En la orilla se
clavan muchas guaduas altas y delgadas una al lado de la otra, de
tal manera que los tallos se proyecten hacia arriba y encima del
río. Si es necesario se añaden otras guaduas a las primeras hasta
que las puntas de las de ambos lados del río se puedan doblar y
entretejer en un arco, que cualquier arquitecto podría imitar con
provecho. Claro está que el puente queda mucho más estrecho y
delgado en el centro porque las guaduas se adelgazan en los
extremos superiores. Sobre el arco colocan un piso hecho de láminas
de guadua, a veces le añaden un pasamanos y aseguran la estructura
con bejucos amarrados a las ramas del árbol que están sobre el
agua. De tal manera que todo el puente es de tallos atados con
bejucos y para construirlo no se necesitan taladros, ni cinceles,
ni serruchos, ni clavos.
Más allá del río el camino se orienta hacia el oeste para evitar
una serranía muy alta. Nos dirigimos a la base del primero de los
cerros y nos encontramos bien pronto en la vieja hacienda de La
Paila, cuyo principal atractivo, para mí, es su dueña. En Chaqueral
había conocido a la señora Emilia quien, según tengo entendido, es
parienta de doña Paz, si no es hermana de ella. Recuerdo que esa
vez conocí también otra señora de edad madura y que nos pusimos a
conversar sobre las esposas y la familia de los clérigos en los
Estados Unidos. Ninguna podía entender cómo una señora respetable
accedía a casarse con un ministro del Señor, y les parecía
francamente inmoral defender la idea del matrimonio del clero. Yo
les mencioné al cura de El Banco y a los hijos que tiene todos los
años, y les pregunté si no sería mejor que le permitieran tener una
familia que sirviera de modelo. La señora desconocida dijo que
prefería al cura de El Banco tal como es, porque así los
sacramentos que administra son eficaces, a pesar de sus pecados,
mientras que si se casara, los fieles que buscaran esos sacramentos
encomendados a él, estarían perdidos. La señora Emilia expresó una
opinión diferente, y algunos de sus comentarios hicieron que en el
acto la tuviera en la más alta estima.
Emilia Barriga se ha casado dos veces. Siendo Emilia Barriga de
Sanmartín tuvo dos hijos, José Sanmartín Barriga, o Chepe, y José
María, a quien llaman Pepe. Después se casó con don Modesto Flojo,
del cual ha tenido un mundo de hijas —seis, creo— y hace
poco un hijo. Sanmartín era dueño o, mejor dicho, tenía posesión de
la hacienda de La Paila, asunto que explicaremos más adelante. El
señor Flojo y los hijos menores tienen pocas propiedades, pero
entre todos ellos no se notan diferencias. Todos los hijos de
Emilia son niños inteligentes y amables, y el mayor, José
Sanmartín, todavía no ha cumplido los diez y seis años.
La hacienda de La Paila se extiende desde el río Las Cañas hasta
el Murillo, que primitivamente servía de límite entre las
provincias de Antioquia y Popayán. Mide aquí unas siete millas de
ancho, y la longitud, desde el Cauca hasta la cima del Quindío,
puede ser de unas treinta millas; de suerte que la extensión de la
hacienda no es menor de quinientas millas cuadradas, y aun es
posible que alcance al millar. Durante los buenos tiempos de la
tiranía, cuando la prosperidad era la suerte de los ricos y el
trabajo incesante el destino de los pobres, se dice que la hacienda
llegó a tener 36.000 cabezas de ganado vacuno y 800 yeguas. Hoy
estas son muy pocas y el número del ganado no es ni la décima parte
de lo que fue. Hace doscientos años un Sanmartín, en su lecho de
muerte, legó esta propiedad a las almas del Purgatorio, quedando
convertida en un bien de “manos muertas”, término que
supongo deriva de la palabra francesa
|mortmain. En el
testamento se estipuló que la mayordomía de la tierra debería
trasmitirse en forma similar a la de una corona, es decir, a través
de los hijos mayores. Ninguno de los descendientes, como mayordomo,
podía venderla o dividirla, pero el cargo no era un simple honor.
Se suponía que la propiedad debí a pagar determinado número de
misas anuales a $ 1,60 cada una, y que todo lo que produjera por
encima de esa suma pertenecería al mayordomo. Las utilidades
llegaron a ser tan altas que dicha suma terminó por considerarse
como una especie de tributo, y al mayordomo como propietario,
sujeto únicamente a ese pago anual e irrevocable.
Este arreglo fue diseñado con el fin de mantener esta propiedad,
que es tan grande como un distrito, indivisa a perpetuidad y en
manos de una sola persona. Las ideas republicanas pueden protestar
contra semejante decisión, pero sería sacrílego cambiarla. Pero aún
no he contado toda la historia. Otro Sanmartín, el abuelo del que
legó esta propiedad para beneficio de las achicharradas almas del
Purgatorio y para utilidad de los sacerdotes, la comprometió y
gravó con diez misas anuales para el mismo fin caritativo. La
persona que debía recibir los $16 anuales se llamó capellán y el
gravamen capellanía. Estas palabras tienen la misma raíz que las
palabras inglesas
|chaplain y
|chaplaincy, pero su
significado es diferente. En el caso de que el capellán deba decir
demasiadas misas, puede pagarle a otro para que las celebre y si
logra contratarlas por menos de $16, puede embolsillarse la
diferencia. Es más, el capellán no tiene que ser necesariamente un
sacerdote y una capellanía es a la vez una propiedad y una
mayordomía. El Sanmartín que estableció el mayorazgo, como se llama
el derecho de mayordomía, legó a su otro hijo una capellanía de $
160, la cual terminó en las manos de mi amigo Ramón
González.
La tierra gravada con una capellanía, aunque no esté en manos
muertas, no se puede vender sin el consentimiento del capellán. En
esta forma muchas propiedades se han visto gravadas hasta con seis
capellanías y es casi imposible venderlas o dividirlas. ¿No existe
remedio para esta situación? ¿Los Sanmartín del siglo XVII no se
excederían en sus derechos al obstaculizar la alineación y la
división de la propiedad por parte de sus herederos? Es mucho lo
que se puede debatir al respecto y me imagino que algunos libros de
leyes que no leeré nunca lo discuten interminablemente. Por mi
parte me inclino a pensar que la medida debería anularse de todas
maneras, porque una disposición de carácter supersticioso tomada en
un testamento del siglo XVII no debe obstaculizar a la sociedad
hasta el final de los siglos.
Esta es también la opinión del gobierno democrático —ultra
democrático— de la Nueva Granada. De ahí se desprende la ley
para abolir mayorazgos y redimir capellanías y otros gravámenes
perpetuos, o censos, como los llaman aquí. Son leyes execrables,
condenadas por el Papa, condenadas por el arzobispo, condenadas por
los obispos, por viejas fanáticas y por gentes de ambos sexos y
edades, convencidas de que Cristo le dio este bello país a Pedro,
Pedro al Papa y el Papa al arzobispo y a los obispos de la Nueva
Granada, y que opinan que el hombre se creó para servir a la
Iglesia y no la Iglesia al hombre.
Este paso atrevido
|
|
(1)
,
denunciado por Pío IX en su alocución del 27 de septiembre de 1852,
fue tomado por la administración de López y es el resultado de las
ideas republicanas y de las necesidades del país, que apruebo
irrestrictamente. Hace tiempo que se prohibió crear nuevos
mayorazgos y ahora se han abolido de un solo golpe todos los
existentes. Hoy se pueden transferir al gobierno los censos de una
propiedad pagándole ocho veces su producto anual. Es decir, que
toda esta propiedad pertenece a Chepe Sanmartín, quien poseía el
mayorazgo, noobstante haber tenido solo doce años cuando se
promulgó la ley. Y si se redimieran las capellanías, la propiedad
no tendría máslimitaciones que las normales cuando un menor es
heredero.
Sin embargo, me aseguran que la ley ha tenido muchísimos
resultados perjudiciales. Hospitales y colegios han corrido la
misma suerte que los conventos de monjas y de monjes grasosos, ya
que ellos también se les conoce como fundaciones pías. En estos
casos las rentas perpetuas sobre la tierra debieran ser
irredimibles
|
|
(2)
de alguna
manera, cualquiera que ella fuera; pero me aseguran que los
préstamos ordinarios de dinero con hipoteca son convertibles ante
las exigencias de un tesoro nacional en bancarrota. Si esto es
cierto, no cabe la menor duda de que es algo infame.
Ruego a los expertos en la materia que no se rían y a los legos
que no subestimen esta disertación sobre tenencia de tierras; fue
mucho lo que tuve que estudiar, y aun ahora, mientras escribo, no
estoy muy seguro de la exactitud de todos los conceptos. Es
indudable que en Blackstone debe haber términos legales que habría
podido utilizar si los hubiera conocido; pero estos comentarios los
escribo para los
|legos en esta materia, como nos llaman los
abogados a nosotros los no iniciados en ella.
Con segunda intención le inventé el mote de Flojo a don Modesto,
el segundo marido de Emilia Barriga, porque en esta tierra de
perezosos no hay nadie que lo sea más que él. Por consiguiente, la
propiedad está abandonada, las vacas andan sueltas, los
arrendatarios hacen lo que les viene en gana y si no fuera por dos
circunstancias favorables, la familia se habría arruinado. Las
características más notables del hombre que la buena Emilia escogió
para padrastro de Chepe y de Pepe son su enorme entusiasmo por una
bota grande para la montura, que cariñosamente llama La Pechona y
escancia con demasiada frecuencia, y el amor que le tiene a los
perros, a la cacería y al ocio.
Las dos circunstancias que han salvado de la ruina a la familia
son la energía de Emilia y la de un primo joven, con carácter muy
definido, Damián Caicedo, abogado, de sangre mezclada y de origen
bajo. A los diez y siete años no sabía leer. Un accidente
afortunado lo inhabilitó para el trabajo físico y entonces se
dedicó a estudiar, sometiéndose a toda clase de dificultades y
privaciones. Ahora se ha hecho cargo de los negocios de la prima, y
si no me equivoco, hará su propia fortuna al mismo tiempo que
remedia la de sus amigos.
No podía pensar en tener todas las comodidades que hubiera
querido siendo huésped de esta familia, pero encontré otras cosas
que compensaron las deficiencias. Pasé unos días muy agradables; le
di clases a los niños, tarea que me gusta mucho. Además siento
verdadera estima por la señora Emilia y estoy convencido de que si
una sola persona de mis conocidos católicos pudiera entrar al
cielo, esa persona sería ella.
“Si usted solamente fuera cristiano, me dijo un día, sería
el hombre más parecido a un santo de todos los que he
conocido”.
“Si yo fuera ‘cristiano’ y no el hereje que soy,
sería como el resto de los cristianos, porque es su religión la que
los hace ser como son
“No, no es así. Los malos entre nosotros pecan a pesar de
las enseñanzas de la Iglesia. Y todos necesitamos ser perdonados,
pero el perdón solo puede darse en la forma señalada por
Dios”.
“Pero Dios no ordenó que la intervención de otro pecador
fuera condición necesaria para conseguir el perdón”.
“Y ¿cómo se atreve usted a negarlo?”
“Mire, es un hecho lo que le voy a contar. Cuando era un
niñito de seis años, como su hija Santa, abrí el frasco donde mi
madre guardaba el azúcar y me llevé un pedazo del tamaño de un
limón. Después de que me lo comí, la conciencia empezó a
remorderme. No le tenía miedo a que me castigaran, sino a la ira
divina. Así que me fui detrás de una loma, me arrodillé en un hoyo
de donde habían sacado piedras, le confesé mi pecado a Dios y recé
para que me perdonara. ¿ Cree usted que él me
perdonó?”
“¡Ah! Usted debería hablar con un sacerdote y no con una
mujer ignorante como yo”.
Emilia quería tener mi librito del Nuevo Testamento y sentí no
poder dárselo, pero mi Biblia es demasiado grande y pesada para
llevarla conmigo cuando dejo los baúles en alguna parte, así que no
pude prescindir de él. (Más tarde se lo despaché por correo desde
Cartagena. La franquicia me costó cinco centavos porque pesaba más
de cuatro onzas).
Mientras estaba aquí vino la hermana de Damián junto con una
señora mulata que va a ser la maestra de los niños. Ninguna de las
dos es interesante. Las señoras comen en la mesa después de que
nosotros terminamos; dos o tres veces logré sentarme con ellas,
pero prefieren que yo coma con los señores.
Dentro de la casa las piezas no tienen puertas, lo cual es lo
corriente aquí. Hay dos cuartos y un pasadizo; en este último dos
camas, y el que de día sirve de cuarto de estar y de estudio es el
dormitorio principal por la noche. Mi hamaca necesita mucho
espacio, así que amarro una de las cuerdas en esa habitación y la
otra la saco por la puerta hasta una columna del corredor; en esta
forma ocupo toda la casa con la hamaca, pero yo en realidad duermo
solo en la pieza del frente. Los niños duermen en esteras en el
suelo, envueltos en una cobija como en un capullo. Clementina, la
niña mayor, duerme con el bebé acurrucado maternalmente en los
brazos. Todos los niños se desnudan completamente antes de
envolverse en la cobija; tuve el atrevimiento de preguntarles si
las señoritas hacen lo mismo y ellos me dijeron que
sí.
No puedo calcular cuántas casas hay en la hacienda; están
dispersas desde el camino hasta el río, no hay ninguna al oriente
del camino. Una hilera de casas se extiende a lo largo de la
llanura que está al norte de La Paila y que se llama El Medio. En
este casi todo el mundo es blanco, pero en la margen sur del río,
más o menos media milla abajo del vado, hay un grupo de gentes con
buena proporción de sangre negra. En el extremo sur del camino, al
salir de la hacienda, no hay habitaciones. Estos grupos de familias
de vaqueros de todos los colores han sido motivo de cuidadoso
estudio por mi parte.
Las principales exportaciones de esta región son toretes, potros
y cerdos. A estos últimos los crían las gentes que viven en los
bosques del río y a los potros y toretes las familias del llano.
Algunos de los arrendatarios pagan la renta en servicio personal,
que prestan generalmente a caballo los viernes y los sábados. Otros
pagan el alquiler del terreno en dinero, el cual oscila entre $
1,60 y $ 3,20 anuales. Todos tienen sus estancias o parcelas en el
bosque y cada uno posee de medio a dos acres, encerrados por cercas
circulares o elípticas hechas con guadua rajada. Los que viven en
la llanura o tierra abierta tienen a veces que recorrer
grandes distancias para ir a la parcela, pero como el trabajo en
ella es ocasional, la molestia es poca.
En el bosque también se encuentran unos pocos cacaotales. La
gente no es tan precavida como para sembrar algo que se demora
tanto en producir utilidades. Los platanales dan fruta madura en un
año más o menos, y se pueden mantener indefinidamente, pero cuando
la cerca se pudre, prefieren sembrar en otra parte. Estos cercados
se encuentran en el bosque seco que se extiende hacia el río,
situados a poca distancia los unos de los otros, como pasas en un
pudín. A veces hay dos cercados juntos y otros que casi limitan
entre sí. También siembran caña, pero en poca cantidad; apenas para
dársela a los caballos, para hacer aguardiente y fabricar
panela.
En la hacienda hacen sacos de cabuya y hay un hombre que teje
sombreros de jipijapa, pero posiblemente nada se vende fuera de la
hacienda y tienen que comprar todos los artículos de ropa, hasta
los alpargates.
Demorémonos ahora a observar detenidamente una vaquería.
Intentaré describirla, empezando por decir que la propiedad tiene
tres diferentes manadas de yeguas y de vacas en tres potreros o
dehesas: el Medio, el Central y el Guavito. El potrero Central está
separado de el Medio por el río La Paila y del Guavito por tierra
quebrada que va del bosque oriental al occidental. Describiré el
rodeo que se llevó a cabo el viernes en el Guavito, que es la
dehesa más grande.
Ese día por la mañana, al despertar, sentí un ruido inusitado.
Era el paso de los caballos que iban al corral que se halla cerca
de la casa. Los vaqueros debían haberse levantado temprano porque
todos estaban trayendo los caballos del potrero central. El objeto
de la redada era reunir los animales para las actividades del día
en el Guavito. Pero eso lo describiremos más tarde; entre tanto,
mientras nos preparan el desayuno, veamos las bestias que vamos a
montar hoy. Los caballos son los más sumisos y mejor amansados que
haya visto. Obedecen a la menor insinuación que el jinete les haga
con la rienda. Con la mayor paciencia aceptan hasta los caprichos
del coleccionista de flores, aun a costa de meter la cabeza en un
matorral lleno de espinas. El jinete puede pararse en el lomo
dejando la rienda suelta o en la cabeza de la silla. Tiene por lo
general un paso muy suave, son pequeños y no se da mucha
importancia a saber quiénes fueron sus progenitores.
Aquí fabrican los frenos y nadie confiaría en uno hecho en otra
parte. En realidad el freno caucano es un artefacto tremendo. Las
riendas están unidas en los extremos de una barra de primera
calidad; el fulcro va dentro de la boca del caballo, contra la
mandíbula inferior, y atrás el otro extremo de la barra presiona el
paladar y hace que el animal abra la boca. Si el caballo se resiste
mordiscando el aparato, únicamente puede morder dos cilindros
huecos dentro de los cuales el freno tiene libre juego. Una cadena
gruesa pasa por la boca, cerca al fulcro; otra debajo de la
mandíbula contrarresta el efecto de la primera, y cuando fuerzan el
freno dentro de la boca, las cadenas agarran fuertemente la
mandíbula. Una tercera cadena junta los dos puntos donde van las
riendas. Estas y la cabezada son de cuero sin curtir, trenzado o
retorcido, según lo ordenen el gusto y las posibilidades
económicas. Las riendas pueden soportar un peso de media tonelada.
Sobre la frente del caballo va una pieza decorada que puede bajarse
para taparle los ojos si se quiere dejarlo sin amarrar. Por último,
las riendas se unen en un punto conveniente para el jinete y luego
se separan en dos tiras largas, que pueden utilizarse para amarrar
el caballo o como látigo.
La silla es digna de ser estudiada por un anatomista. Los
cojinetes forman una cubierta que la rodea y son de cuero parecido
a vaqueta. A menudo la silla es acolchonada, con bordados en seda y
dos bolsillos o alforjas inmensas donde caben un par de zapatos o
$ 200 en plata. Al quitar los cojinetes se ve una superficie dura
de cuero, la coraza, y si apartamos ésta aparecen tres correas de
cuero sin curtir que cruzan la silla en tres direcciones diferentes
y se unen en una argolla a cada lado. La cincha consiste en cuero
sin curtir y retorcido que se pasa varias veces por la argolla de
un lado al otro, y que se ajusta pasando la correa cuatro veces por
la última argolla y por otra que está al lado. La correa se jala
bien y luego se le hace un nudo especial. Debajo de las correas de
la cincha hay todavía otra cubierta de cuero, bajo la cual está el
esqueleto de la silla, hecho de madera y de hierro y acolchonado.
Por la mitad del esqueleto, o del fuste, para ser más exacto, va
una correa muy resistente que se asegura en el centro con una tira
de cuero que se pasa variasveces por encima del fuste y de la
correa, amarrándolos fuertemente. En ambos extremos de la correa
hay huecos para asegurar los estribos. Los de cuero son importados,
pero los mejores son los de cobre o de madera en forma de babucha.
También se usan los comunes en forma de aro y hasta un palo de
madera sostenido por dos cuerdas. La grupera es igual a la nuestra,
pero la silla del vaquero debe tener además una arretranca para que
el caballo pueda detenerse con fuerza sin hacer mucha presión sobre
la cincha. Debajo de la montura y para proteger al caballo se
coloca un sudadero, que puede ser una esterilla, una alfombrilla o
en último caso un costal doblado. Me habría evitado muchos trabajos
si en algún libro hubiera aprendido que en la Nueva Granada a la
montura con cabeza y a un sillón con brazos denominan
|silla;
que a la silla de montar sin cabeza, a la silla de montar para
damas y a la tortuga de agua dulce las llaman
|galápago; que
la silla común se llama
|taburete; que la de brazos y
acolchonada la llaman
|poltrona; a la otomana y al escabel,
|cojines; al sofá sí le dicen sofá; pero a un nido sin
espaldar
|canapé y si tiene espaldar
|escaño; y la
banca sin espaldar la llaman
|banco. La silla, las riendas,
el sudadero, los estribos y el cabezal (jáquima), constituyen la
montura. El viajero debe tener siempre su propia montura y cuidarla
bien. Los caballos, vacas y cabras pueden comerse el sudadero, y
los perros el resto, a excepción de las partes de cuero curtido, de
madera y de hierro; y estas últimas, incluyendo las cosas que lleve
en los cojinetes, las pueden robar los peones; las lavanderas
acaban con la ropa, y los mosquitos, las pulgas y las niguas con la
piel del viajero. Feliz el que pueda conservar sanos los huesos y
la conciencia (especialmente esta última) y perdiendo solamente
dinero y parte de la carnadura, logre regresar a su tierra natal
con el crédito y el físico intactos.
|
(1)
|
Manuel Murillo Toro, secretario de Hacienda de .J. H.
López, logró que el Congreso sancionara la ley de redención, la
cual estuvo vigente hasta 1855, año en que los conservadores
llegaron al poder. Sobre el problema de Censos y Capellanías,
consúltese a Germán Colmenares, “Censos y Capellanías: formas
de crédito en una economía agrícola”, en
|Cuadernos
Colombianos, Nº 2, Bogotá 1974. (regresar1)
|
|
(2)
|
En el texto original “redimibles”, pero parece
ser un error de imprenta, porque entonces la frase no tendría
sentido. (Nota de la T.). (regresar2)
|