INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
LA VIDA DEL HACENDADO |
 
|  Libraida — Sacerdote — Hospitalidad parcializada — Impedimento para entrar a la iglesia — Baile al medio día — La pareja del cura — La utilidad de lanzar hurras — Comida — Degollando patos y decapitando gallos — Una fuente — Cabalgando en compañía — La Paila — Manos muertas y obstáculos eclesiásticos — Vaquería — El Lazo — Domando potros — Cría de potros y mulas — Enlazando toros.
 

 

Al llegar a Libraida fui directamente a la casa del cura, a quien había conocido antes y he visto con frecuencia después, pero que en esa ocasión no se encontraba en ella. La primera vez que lo visité fue un caluroso primero de febrero a medio día. Yo estaba con mis amigos de Tuluá, don Eladio Vargas, su señora y su hermana, que conocen al padre Durán y fueron quienes me lo presentaron, aunque, para ser exactos, no hubo presentación formal.

El padre se dio cuenta inmediatamente de que yo era extranjero y a mí me informaron que él era sacerdote. Nos ofreció aguardiente; Eladio lo aceptó, las señoras lo probaron o pretendieron hacerlo, y yo lo rechacé dándole las gracias. Luego el cura ofreció pan de yuca a |las señoras únicamente y ellas comieron. Solo una vez había visto yo esta parcialidad al atender las visitas. Después nos trajeron cigarros y carbón en una cuchara. Susana y Manuela no fuman sino en escondido, así que aceptaron los cigarros pero no los encendieron.

En otra ocasión encontré al padre Durán enseñando en una escuela para muchachos y cuando terminó las clases fue a la iglesia a bautizar un niño. La iglesia es una de las más pobres que he visto en la Nueva Granada; no tiene sino dos altares, un triste remedo de púlpito, que creo nunca han usado, y piso de tierra. Estaba a punto de entrar a la iglesia cuando se me presentó un impedimento insospechado. Tenía puestos los zamarros y con estos no se puede cruzar el umbral del templo. Fue algo que me maravilló, pues al fin y al cabo los zamarros eran la única prenda |cristiana que llevaba encima, ya que el resto de mis vestidos, hasta el último hilo, tenía procedencia herética, así como hereje era también su dueño. Pero así son las cosas; todo podía entrar, menos los zamarros. Fumar dentro del templo viola también el mismo principio.

Pero ahora el cura está en Uña de Gato, que es el nombre de un arbusto de espinas tremendas y también el de un vecindario de este distrito. Inesperadamente encontré un amigo que se dirigía para allá, porque hoy es 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, y los uñagateños están celebrando la fiesta. Seguimos juntos hacia el sur por un camino que va entre la carretera principal y el río, pero se tiene la impresión de ir por aquella y de que la poca tierra desmontada que se ve fuera, es la que hay entre los bosques de la orilla del río y los de las montañas. Pasamos por varios claros y bosques y por uno o dos riachuelos basta llegar a una serranía, mucho más cercana del río de lo que generalmente están las lomas, quizá a menos de una milla de distancia. Allí encontramos dos o tres chozas de campesinos, en una de las cuales había un baile.

En el momento en que entré el cura estaba bailando con la muchacha más bonita que he visto en los alrededores. Lo mismo pensaba el resto de la concurrencia, porque alguien gritó, “¡Viva la pareja del cura!”, y en seguida todos empezaron a vivar desordenadamente pues aquí no se conoce nuestra costumbre de vivar al mismo tiempo, gritando tres hurras al unísono, tres veces, lo cual es una lástima. Estoy convencido de que gran parte de la eficiencia de una muchedumbre anglosajona depende de los hurras simultáneos y vigorosos que la entusiasman; por eso ninguna nación ha logrado superarnos en este aspecto democrático. Un bochinche, aunque la gente esté diez veces más excitada, no tiene el poder tremendo de una muchedumbre borracha que siente su fuerza y unanimidad en tres hurras atronadores.

Pero me estoy alejando del tema. “La pareja del cura” estaba vestida como una dama, como también otras cinco o seis muchachas. El resto llevaba solo camisa y enaguas. La pieza estabarepleta de gente y apenas pude entrar por atención especial de los asistentes. Imaginen mi sorpresa al ver allí a la piadosa y aristocrática Elodia Vargas, quien estaba de visita en el distrito. No hablaré por ahora del baile ya que tendremos ocasión de verlo nuevamente y más a espacio.

Al rato nos anunciaron que el almuerzo estaba servido. Pasamos al corredor de otra casa donde habían puesto una mesa larga y estrecha, así que las señoras se sentaron en una barbacoa o banca fija de guadua, que había a la sombra, al pie de la casa, mientras que nosotros los del sexo fuerte nos sentamos bajo un sol vertical pero sin que nos molestara el calor. Fue un almuerzo incómodo. Había abundancia de carnes y suficientes platos pero faltaban cuchillos, cucharas y tenedores para todos los invitados, y las señoras rehusaron comer con los dedos. A mi me correspondieron un cuchillo y un tenedor, pero donde hay mucho se necesita mucho, y me pasé todo el almuerzo cortando pedacitos de carne para otras personas y muy pocos para mí.

Había una mesa llena de músicos y de otros ejemplares de segunda importancia, pero la mayoría de los invitados o ayunaron o comieron en la cocina. Aquellos consistían básicamente de dos tambores y un clarinete, que tocaron mientras nosotros comimos, y cuando ellos comían nosotros nos sentamos en la casa; yo intenté conversar con la muchacha bonita, pero los resultados fueron mediocres.

Entonces el cura, que parece el Maestro de Ceremonias |ex officio, ordena: “Traigan el gallo y entierren la marmita”. Acto seguido cavaron un hueco en el césped y enterraron al pobre gallo hasta las orejas. Pero el hueco no quedó bien profundo y el gallo se incorporó con toda la tierra encima. Fue necesario hacerlo más hondo y apretarle la tierra alrededor para que no se volviera a salir. Mientras tanto, en uno de esos cortes del camino tan comunes aquí, colgaron a un pobre pato de las patas en la forma más elemental: colocaron dos postes de guadua en el suelo, sostenidos, por dos tipos, amarraron una guasca entre las dos guaduas y colgaron al desgraciado animal en la mitad. Las señoras se sentaron en el barranco del camino a ver el espectáculo. Los hombres a caballo pasaban a toda velocidad debajo del pato y trataban de arrancarle la cabeza. Yo los dejé en su diversión, y cuando volví el pato estaba muerto. Pero nadie lograba arrancarle la cabeza y lo único que hacían era quedar con las manos llenas de plumas y de sangre, así que decidieron dejar al invencible pato y divertirse con el gallo.

De acuerdo con las reglas del juego, a una señora debía amarrársele un pañuelo sobre los ojos y darle un machete para que intentara cortarle la cabeza al gallo, en lo posible, de tres machetazos. El cura, que tomó la diversión bajo su patronazgo, escogió como verdugo a la más respetable y piadosa de las señoras, a nuestra aristocrática Elodia. Muy a pesar suyo, ésta se dejó amarrar el pañuelo, tomó el machete, dio uno o dos pasos en dirección al gallo, se detuvo y se quitó el pañuelo. Después trataron de convencer a la que había sido pareja del cura en el último valse, pero ella se resistió a jugar. Por último decidieron escoger a un hombre. Le taparon los ojos y apenas empezó a acercarse al gallo todos gritaron: “¡Por ahí no!", “¡Más a la izquierda!”, “¡Eso es, golpée allí!”, “Dé dos pasos más”, y le impartían las órdenes al tiempo, una y otra vez, hasta que confundido con los consejos gratis, dio tres violentos machetazos muy lejos de su objetivo. “¡Le cortó la cabeza!” gritaron seis tipos al tiempo. El verdugo se quitó la venda en medio de risotadas y vio la cabeza del gallo buena y sana entre las piernas. Otro empezó de nuevo el juego, pero yo ya batía matado mi curiosidad, o mejor dicho, ya se me había acabado la paciencia y me fui en busca de plantas. Cuando me estaba montando en el caballo para regresar vi que pasaban por encima del muro, a la cocina, los restos del segundo gallo.

El cura, las señoras y varios señores volvieron a esa misma hora a Libraida. Había habido un nuevo degüello y otro grupo, más grande que el de nosotros, estaba ya a caballo. Cabalgamos entre las lomas diluviales que circundan la aldea, gritando “¡Viva San Pedro !“. El cura me reclamó por qué no gritaba, así que me decidí a lanzar en inglés un entusiasta “¡Hurrah for Saint Peter!” que produjo un estallido de risa entre la concurrencia. Poco después nos detuvimos en una especie de taberna, donde el cura había ordenado que nos tuvieran un ponche de leche.

Al noreste de la población hay una fuente, al occidente del camino que viene de Cartago, la cual provee de agua al pueblo que, a diferencia de otros, no está al pie de un río. No sé de ninguna otra fuente en el valle del Cauca. En la estación seca el  agua de los arroyos y de los ríos disminuye a medida que descienden de las montañas, y en las épocas de lluvia solo aguas superficiales les aumentan el caudal. Me imagino que si se cavaran pozos encontrarían agua, pero actualmente no necesitan hacerlo.

Me asomé un momento a la cárcel, que deseaba conocer pues por levantarse contra el gobierno en 1851 encerraron allí a algunos de mis jóvenes amigos conservadores cuando apenas tenían edad de escaparse de una azotaina de sus madres.

Un poco antes de las cinco me fui a la hacienda de La Paila, y como mi distinguido acompañamiento no podía pensar en irse sin bailar toda la noche, me contenté con la compañía de dos muchachas de camisa y enaguas que no tenían permiso de quedarse hasta por la mañana. El camino es difícil de encontrar pues Libraida no está en el principal sino al occidente de este, de tal manera que tuvimos que andar varias millas antes de encontrarlo. El terreno despejado, o la mezcla de claros y bosques, no es continuo y en muchos sitios el bosque de las montañas se une con el que crece al pie del río. En estos sitios habían tumbado una docena de “rods” de monte a lo ancho para construir un camino, que hoy está lleno de yerba y donde no volverá a crecer un árbol. Pero hoy el camino no pasa por estos claros, y si uno los sigue puede llegar a una ciénaga intransitable o hasta un río pero sin manera de llegar a la orilla. Las aldeas pueden estar construidas lejos del antiguo camino, como es el caso de Libraida, o sobre él. El viajero abandona la supuesta vía principal y busca su propio camino. Como la tierra no está cercada ni existen trabajos de sostenimiento, no hay manera de saber cuál es el terreno de propiedad nacional por donde debería ir el camino.

Ese día había barro y observé una orquídea grande y muy hermosa que crece en los árboles. Es una Cattleya blanca y rosada que aquí llaman azucena. Cosa curiosa, en los oteros encontré una orquídea terrestre que tiene un tallo de siete pies de altura, perteneciente a una sección completamente diferente del orden, pero con la flor tan semejante a esta Cattleya en tamaño, forma y color, que si me la mostraran sin el tallo no podría decir a cuál de las dos plantas pertenece; en cambio, el polen, las hojas y los hábitos de ambas son todo lo distintos que pueden ser. La planta terrestre era una |Sobralia. Esto demuestra que el polen de las orquídeas ofrece una característica básica.

En el río Las Cañas vi una guadua en flor. Es muy curioso que una planta tan común florezca tan poco. Mutis, que pasó su vida estudiando la botánica del país, nunca la vio. Caldas apenas una o dos veces, y fuera de mí, no sé de ningún otro botánico que la haya encontrado. Recogí todas las flores que pude. Las Cañas es casi siempre badeable, pues por lo general tiene un pie de profundidad.

Más adelante, en medio de unos cerros bajos y a una distancia de media milla, encontré un árbol |Passiflora delgado, pero tan alto que me tuve que parar sobre el caballo para cortar la rama más baja. Después hallé otra especie que es un arbusto. Es posible que haya otras pasifloras que no sean enredaderas. Este terreno ondulado se extiende por más de una milla y luego se llega a una llanura abierta, que bordeamos por el extremo oriental y se llama El Medio, el cual describiré más adelante. De nuevo nos internamos en un bosque por cuyo límite corre el río La Paila, el más grande que se encuentra después de salir de Cartago. Corriendo algún peligro lo crucé diagonalmente y contra la corriente, pues aquí, por lo general, los caballos no nadan con el jinete encima. Desde entonces construyeron un puente de guadua para peatones.

El sitio mejor para hacer un puente de guadua es donde haya un árbol grande cuyas ramas se extiendan sobre el río. En la orilla se clavan muchas guaduas altas y delgadas una al lado de la otra, de tal manera que los tallos se proyecten hacia arriba y encima del río. Si es necesario se añaden otras guaduas a las primeras hasta que las puntas de las de ambos lados del río se puedan doblar y entretejer en un arco, que cualquier arquitecto podría imitar con provecho. Claro está que el puente queda mucho más estrecho y delgado en el centro porque las guaduas se adelgazan en los extremos superiores. Sobre el arco colocan un piso hecho de láminas de guadua, a veces le añaden un pasamanos y aseguran la estructura con bejucos amarrados a las ramas del árbol que están sobre el agua. De tal manera que todo el puente es de tallos atados con bejucos y para construirlo no se necesitan taladros, ni cinceles, ni serruchos, ni clavos.

Más allá del río el camino se orienta hacia el oeste para evitar una serranía muy alta. Nos dirigimos a la base del primero de los cerros y nos encontramos bien pronto en la vieja hacienda de La Paila, cuyo principal atractivo, para mí, es su dueña. En Chaqueral había conocido a la señora Emilia quien, según tengo entendido, es parienta de doña Paz, si no es hermana de ella. Recuerdo que esa vez conocí también otra señora de edad madura y que nos pusimos a conversar sobre las esposas y la familia de los clérigos en los Estados Unidos. Ninguna podía entender cómo una señora respetable accedía a casarse con un ministro del Señor, y les parecía francamente inmoral defender la idea del matrimonio del clero. Yo les mencioné al cura de El Banco y a los hijos que tiene todos los años, y les pregunté si no sería mejor que le permitieran tener una familia que sirviera de modelo. La señora desconocida dijo que prefería al cura de El Banco tal como es, porque así los sacramentos que administra son eficaces, a pesar de sus pecados, mientras que si se casara, los fieles que buscaran esos sacramentos encomendados a él, estarían perdidos. La señora Emilia expresó una opinión diferente, y algunos de sus comentarios hicieron que en el acto la tuviera en la más alta estima.

Emilia Barriga se ha casado dos veces. Siendo Emilia Barriga de Sanmartín tuvo dos hijos, José Sanmartín Barriga, o Chepe, y José María, a quien llaman Pepe. Después se casó con don Modesto Flojo, del cual ha tenido un mundo de hijas —seis, creo— y hace poco un hijo. Sanmartín era dueño o, mejor dicho, tenía posesión de la hacienda de La Paila, asunto que explicaremos más adelante. El señor Flojo y los hijos menores tienen pocas propiedades, pero entre todos ellos no se notan diferencias. Todos los hijos de Emilia son niños inteligentes y amables, y el mayor, José Sanmartín, todavía no ha cumplido los diez y seis años.

La hacienda de La Paila se extiende desde el río Las Cañas hasta el Murillo, que primitivamente servía de límite entre las provincias de Antioquia y Popayán. Mide aquí unas siete millas de ancho, y la longitud, desde el Cauca hasta la cima del Quindío, puede ser de unas treinta millas; de suerte que la extensión de la hacienda no es menor de quinientas millas cuadradas, y aun es posible que alcance al millar. Durante los buenos tiempos de la tiranía, cuando la prosperidad era la suerte de los ricos y el trabajo incesante el destino de los pobres, se dice que la hacienda llegó a tener 36.000 cabezas de ganado vacuno y 800 yeguas. Hoy estas son muy pocas y el número del ganado no es ni la décima parte de lo que fue. Hace doscientos años un Sanmartín, en su lecho de muerte, legó esta propiedad a las almas del Purgatorio, quedando convertida en un bien de “manos muertas”, término que supongo deriva de la palabra francesa |mortmain. En el testamento se estipuló que la mayordomía de la tierra debería trasmitirse en forma similar a la de una corona, es decir, a través de los hijos mayores. Ninguno de los descendientes, como mayordomo, podía venderla o dividirla, pero el cargo no era un simple honor. Se suponía que la propiedad debí a pagar determinado número de misas anuales a $ 1,60 cada una, y que todo lo que produjera por encima de esa suma pertenecería al mayordomo. Las utilidades llegaron a ser tan altas que dicha suma terminó por considerarse como una especie de tributo, y al mayordomo como propietario, sujeto únicamente a ese pago anual e irrevocable.

Este arreglo fue diseñado con el fin de mantener esta propiedad, que es tan grande como un distrito, indivisa a perpetuidad y en manos de una sola persona. Las ideas republicanas pueden protestar contra semejante decisión, pero sería sacrílego cambiarla. Pero aún no he contado toda la historia. Otro Sanmartín, el abuelo del que legó esta propiedad para beneficio de las achicharradas almas del Purgatorio y para utilidad de los sacerdotes, la comprometió y gravó con diez misas anuales para el mismo fin caritativo. La persona que debía recibir los $16 anuales se llamó capellán y el gravamen capellanía. Estas palabras tienen la misma raíz que las palabras inglesas |chaplain y |chaplaincy, pero su significado es diferente. En el caso de que el capellán deba decir demasiadas misas, puede pagarle a otro para que las celebre y si logra contratarlas por menos de $16, puede embolsillarse la diferencia. Es más, el capellán no tiene que ser necesariamente un sacerdote y una capellanía es a la vez una propiedad y una mayordomía. El Sanmartín que estableció el mayorazgo, como se llama el derecho de mayordomía, legó a su otro hijo una capellanía de $ 160, la cual terminó en las manos de mi amigo Ramón González.

La tierra gravada con una capellanía, aunque no esté en manos muertas, no se puede vender sin el consentimiento del capellán. En esta forma muchas propiedades se han visto gravadas hasta con seis capellanías y es casi imposible venderlas o dividirlas. ¿No existe remedio para esta situación? ¿Los Sanmartín del siglo XVII no se excederían en sus derechos al obstaculizar la alineación y la división de la propiedad por parte de sus herederos? Es mucho lo que se puede debatir al respecto y me imagino que algunos libros de leyes que no leeré nunca lo discuten interminablemente. Por mi parte me inclino a pensar que la medida debería anularse de todas maneras, porque una disposición de carácter supersticioso tomada en un testamento del siglo XVII no debe obstaculizar a la sociedad hasta el final de los siglos.

Esta es también la opinión del gobierno democrático —ultra democrático— de la Nueva Granada. De ahí se desprende la ley para abolir mayorazgos y redimir capellanías y otros gravámenes perpetuos, o censos, como los llaman aquí. Son leyes execrables, condenadas por el Papa, condenadas por el arzobispo, condenadas por los obispos, por viejas fanáticas y por gentes de ambos sexos y edades, convencidas de que Cristo le dio este bello país a Pedro, Pedro al Papa y el Papa al arzobispo y a los obispos de la Nueva Granada, y que opinan que el hombre se creó para servir a la Iglesia y no la Iglesia al hombre.

Este paso atrevido | | (1) , denunciado por Pío IX en su alocución del 27 de septiembre de 1852, fue tomado por la administración de López y es el resultado de las ideas republicanas y de las necesidades del país, que apruebo irrestrictamente. Hace tiempo que se prohibió crear nuevos mayorazgos y ahora se han abolido de un solo golpe todos los existentes. Hoy se pueden transferir al gobierno los censos de una propiedad pagándole ocho veces su producto anual. Es decir, que toda esta propiedad pertenece a Chepe Sanmartín, quien poseía el mayorazgo, noobstante haber tenido solo doce años cuando se promulgó la ley. Y si se redimieran las capellanías, la propiedad no tendría máslimitaciones que las normales cuando un menor es heredero.

Sin embargo, me aseguran que la ley ha tenido muchísimos resultados perjudiciales. Hospitales y colegios han corrido la misma suerte que los conventos de monjas y de monjes grasosos, ya que ellos también se les conoce como fundaciones pías. En estos casos las rentas perpetuas sobre la tierra debieran ser irredimibles | | (2) de alguna manera, cualquiera que ella fuera; pero me aseguran que los préstamos ordinarios de dinero con hipoteca son convertibles ante las exigencias de un tesoro nacional en bancarrota. Si esto es cierto, no cabe la menor duda de que es algo infame.

Ruego a los expertos en la materia que no se rían y a los legos que no subestimen esta disertación sobre tenencia de tierras; fue mucho lo que tuve que estudiar, y aun ahora, mientras escribo, no estoy muy seguro de la exactitud de todos los conceptos. Es indudable que en Blackstone debe haber términos legales que habría podido utilizar si los hubiera conocido; pero estos comentarios los escribo para los |legos en esta materia, como nos llaman los abogados a nosotros los no iniciados en ella.

Con segunda intención le inventé el mote de Flojo a don Modesto, el segundo marido de Emilia Barriga, porque en esta tierra de perezosos no hay nadie que lo sea más que él. Por consiguiente, la propiedad está abandonada, las vacas andan sueltas, los arrendatarios hacen lo que les viene en gana y si no fuera por dos circunstancias favorables, la familia se habría arruinado. Las características más notables del hombre que la buena Emilia escogió para padrastro de Chepe y de Pepe son su enorme entusiasmo por una bota grande para la montura, que cariñosamente llama La Pechona y escancia con demasiada frecuencia, y el amor que le tiene a los perros, a la cacería y al ocio.

Las dos circunstancias que han salvado de la ruina a la familia son la energía de Emilia y la de un primo joven, con carácter muy definido, Damián Caicedo, abogado, de sangre mezclada y de origen bajo. A los diez y siete años no sabía leer. Un accidente afortunado lo inhabilitó para el trabajo físico y entonces se dedicó a estudiar, sometiéndose a toda clase de dificultades y privaciones. Ahora se ha hecho cargo de los negocios de la prima, y si no me equivoco, hará su propia fortuna al mismo tiempo que remedia la de sus amigos.

No podía pensar en tener todas las comodidades que hubiera querido siendo huésped de esta familia, pero encontré otras cosas que compensaron las deficiencias. Pasé unos días muy agradables; le di clases a los niños, tarea que me gusta mucho. Además siento verdadera estima por la señora Emilia y estoy convencido de que si una sola persona de mis conocidos católicos pudiera entrar al cielo, esa persona sería ella.

“Si usted solamente fuera cristiano, me dijo un día, sería el hombre más parecido a un santo de todos los que he conocido”.

“Si yo fuera ‘cristiano’ y no el hereje que soy, sería como el resto de los cristianos, porque es su religión la que los hace ser como son

“No, no es así. Los malos entre nosotros pecan a pesar de las enseñanzas de la Iglesia. Y todos necesitamos ser perdonados, pero el perdón solo puede darse en la forma señalada por Dios”.

“Pero Dios no ordenó que la intervención de otro pecador fuera condición necesaria para conseguir el perdón”.

“Y ¿cómo se atreve usted a negarlo?”

“Mire, es un hecho lo que le voy a contar. Cuando era un niñito de seis años, como su hija Santa, abrí el frasco donde mi madre guardaba el azúcar y me llevé un pedazo del tamaño de un limón. Después de que me lo comí, la conciencia empezó a remorderme. No le tenía miedo a que me castigaran, sino a la ira divina. Así que me fui detrás de una loma, me arrodillé en un hoyo de donde habían sacado piedras, le confesé mi pecado a Dios y recé para que me perdonara. ¿ Cree usted que él me perdonó?”

“¡Ah! Usted debería hablar con un sacerdote y no con una mujer ignorante como yo”.

Emilia quería tener mi librito del Nuevo Testamento y sentí no poder dárselo, pero mi Biblia es demasiado grande y pesada para llevarla conmigo cuando dejo los baúles en alguna parte, así que no pude prescindir de él. (Más tarde se lo despaché por correo desde Cartagena. La franquicia me costó cinco centavos porque pesaba más de cuatro onzas).

Mientras estaba aquí vino la hermana de Damián junto con una señora mulata que va a ser la maestra de los niños. Ninguna de las dos es interesante. Las señoras comen en la mesa después de que nosotros terminamos; dos o tres veces logré sentarme con ellas, pero prefieren que yo coma con los señores.

Dentro de la casa las piezas no tienen puertas, lo cual es lo corriente aquí. Hay dos cuartos y un pasadizo; en este último dos camas, y el que de día sirve de cuarto de estar y de estudio es el dormitorio principal por la noche. Mi hamaca necesita mucho espacio, así que amarro una de las cuerdas en esa habitación y la otra la saco por la puerta hasta una columna del corredor; en esta forma ocupo toda la casa con la hamaca, pero yo en realidad duermo solo en la pieza del frente. Los niños duermen en esteras en el suelo, envueltos en una cobija como en un capullo. Clementina, la niña mayor, duerme con el bebé acurrucado maternalmente en los brazos. Todos los niños se desnudan completamente antes de envolverse en la cobija; tuve el atrevimiento de preguntarles si las señoritas hacen lo mismo y ellos me dijeron que sí.

No puedo calcular cuántas casas hay en la hacienda; están dispersas desde el camino hasta el río, no hay ninguna al oriente del camino. Una hilera de casas se extiende a lo largo de la llanura que está al norte de La Paila y que se llama El Medio. En este casi todo el mundo es blanco, pero en la margen sur del río, más o menos media milla abajo del vado, hay un grupo de gentes con buena proporción de sangre negra. En el extremo sur del camino, al salir de la hacienda, no hay habitaciones. Estos grupos de familias de vaqueros de todos los colores han sido motivo de cuidadoso estudio por mi parte.

Las principales exportaciones de esta región son toretes, potros y cerdos. A estos últimos los crían las gentes que viven en los bosques del río y a los potros y toretes las familias del llano. Algunos de los arrendatarios pagan la renta en servicio personal, que prestan generalmente a caballo los viernes y los sábados. Otros pagan el alquiler del terreno en dinero, el cual oscila entre $ 1,60 y $ 3,20 anuales. Todos tienen sus estancias o parcelas en el bosque y cada uno posee de medio a dos acres, encerrados por cercas circulares o elípticas hechas con guadua rajada. Los que viven en la llanura o tierra abierta tienen a veces que recorrer grandes distancias para ir a la parcela, pero como el trabajo en ella es ocasional, la molestia es poca.

En el bosque también se encuentran unos pocos cacaotales. La gente no es tan precavida como para sembrar algo que se demora tanto en producir utilidades. Los platanales dan fruta madura en un año más o menos, y se pueden mantener indefinidamente, pero cuando la cerca se pudre, prefieren sembrar en otra parte. Estos cercados se encuentran en el bosque seco que se extiende hacia el río, situados a poca distancia los unos de los otros, como pasas en un pudín. A veces hay dos cercados juntos y otros que casi limitan entre sí. También siembran caña, pero en poca cantidad; apenas para dársela a los caballos, para hacer aguardiente y fabricar panela.

En la hacienda hacen sacos de cabuya y hay un hombre que teje sombreros de jipijapa, pero posiblemente nada se vende fuera de la hacienda y tienen que comprar todos los artículos de ropa, hasta los alpargates.

Demorémonos ahora a observar detenidamente una vaquería. Intentaré describirla, empezando por decir que la propiedad tiene tres diferentes manadas de yeguas y de vacas en tres potreros o dehesas: el Medio, el Central y el Guavito. El potrero Central está separado de el Medio por el río La Paila y del Guavito por tierra quebrada que va del bosque oriental al occidental. Describiré el rodeo que se llevó a cabo el viernes en el Guavito, que es la dehesa más grande.

Ese día por la mañana, al despertar, sentí un ruido inusitado. Era el paso de los caballos que iban al corral que se halla cerca de la casa. Los vaqueros debían haberse levantado temprano porque todos estaban trayendo los caballos del potrero central. El objeto de la redada era reunir los animales para las actividades del día en el Guavito. Pero eso lo describiremos más tarde; entre tanto, mientras nos preparan el desayuno, veamos las bestias que vamos a montar hoy. Los caballos son los más sumisos y mejor amansados que haya visto. Obedecen a la menor insinuación que el jinete les haga con la rienda. Con la mayor paciencia aceptan hasta los caprichos del coleccionista de flores, aun a costa de meter la cabeza en un matorral lleno de espinas. El jinete puede pararse en el lomo dejando la rienda suelta o en la cabeza de la silla. Tiene por lo general un paso muy suave, son pequeños y no se da mucha importancia a saber quiénes fueron sus progenitores.

Aquí fabrican los frenos y nadie confiaría en uno hecho en otra parte. En realidad el freno caucano es un artefacto tremendo. Las riendas están unidas en los extremos de una barra de primera calidad; el fulcro va dentro de la boca del caballo, contra la mandíbula inferior, y atrás el otro extremo de la barra presiona el paladar y hace que el animal abra la boca. Si el caballo se resiste mordiscando el aparato, únicamente puede morder dos cilindros huecos dentro de los cuales el freno tiene libre juego. Una cadena gruesa pasa por la boca, cerca al fulcro; otra debajo de la mandíbula contrarresta el efecto de la primera, y cuando fuerzan el freno dentro de la boca, las cadenas agarran fuertemente la mandíbula. Una tercera cadena junta los dos puntos donde van las riendas. Estas y la cabezada son de cuero sin curtir, trenzado o retorcido, según lo ordenen el gusto y las posibilidades económicas. Las riendas pueden soportar un peso de media tonelada. Sobre la frente del caballo va una pieza decorada que puede bajarse para taparle los ojos si se quiere dejarlo sin amarrar. Por último, las riendas se unen en un punto conveniente para el jinete y luego se separan en dos tiras largas, que pueden utilizarse para amarrar el caballo o como látigo.

La silla es digna de ser estudiada por un anatomista. Los cojinetes forman una cubierta que la rodea y son de cuero parecido a vaqueta. A menudo la silla es acolchonada, con bordados en seda y dos bolsillos o alforjas inmensas donde caben un par de zapatos o  $ 200 en plata. Al quitar los cojinetes se ve una superficie dura de cuero, la coraza, y si apartamos ésta aparecen tres correas de cuero sin curtir que cruzan la silla en tres direcciones diferentes y se unen en una argolla a cada lado. La cincha consiste en cuero sin curtir y retorcido que se pasa varias veces por la argolla de un lado al otro, y que se ajusta pasando la correa cuatro veces por la última argolla y por otra que está al lado. La correa se jala bien y luego se le hace un nudo especial. Debajo de las correas de la cincha hay todavía otra cubierta de cuero, bajo la cual está el esqueleto de la silla, hecho de madera y de hierro y acolchonado. Por la mitad del esqueleto, o del fuste, para ser más exacto, va una correa muy resistente que se asegura en el centro con una tira de cuero que se pasa variasveces por encima del fuste y de la correa, amarrándolos fuertemente. En ambos extremos de la correa hay huecos para asegurar los estribos. Los de cuero son importados, pero los mejores son los de cobre o de madera en forma de babucha. También se usan los comunes en forma de aro y hasta un palo de madera sostenido por dos cuerdas. La grupera es igual a la nuestra, pero la silla del vaquero debe tener además una arretranca para que el caballo pueda detenerse con fuerza sin hacer mucha presión sobre la cincha. Debajo de la montura y para proteger al caballo se coloca un sudadero, que puede ser una esterilla, una alfombrilla o en último caso un costal doblado. Me habría evitado muchos trabajos si en algún libro hubiera aprendido que en la Nueva Granada a la montura con cabeza y a un sillón con brazos denominan |silla; que a la silla de montar sin cabeza, a la silla de montar para damas y a la tortuga de agua dulce las llaman |galápago; que la silla común se llama |taburete; que la de brazos y acolchonada la llaman |poltrona; a la otomana y al escabel, |cojines; al sofá sí le dicen sofá; pero a un nido sin espaldar |canapé y si tiene espaldar |escaño; y la banca sin espaldar la llaman |banco. La silla, las riendas, el sudadero, los estribos y el cabezal (jáquima), constituyen la montura. El viajero debe tener siempre su propia montura y cuidarla bien. Los caballos, vacas y cabras pueden comerse el sudadero, y los perros el resto, a excepción de las partes de cuero curtido, de madera y de hierro; y estas últimas, incluyendo las cosas que lleve en los cojinetes, las pueden robar los peones; las lavanderas acaban con la ropa, y los mosquitos, las pulgas y las niguas con la piel del viajero. Feliz el que pueda conservar sanos los huesos y la conciencia (especialmente esta última) y perdiendo solamente dinero y parte de la carnadura, logre regresar a su tierra natal con el crédito y el físico intactos.
 

(1) Manuel Murillo Toro, secretario de Hacienda de .J. H. López, logró que el Congreso sancionara la ley de redención, la cual estuvo vigente hasta 1855, año en que los conservadores llegaron al poder. Sobre el problema de Censos y Capellanías, consúltese a Germán Colmenares, “Censos y Capellanías: formas de crédito en una economía agrícola”, en |Cuadernos Colombianos, Nº 2, Bogotá 1974.  (regresar1)
(2)  En el texto original “redimibles”, pero parece ser un error de imprenta, porque entonces la frase no tendría sentido. (Nota de la T.).  (regresar2)

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