INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo  Roldanillo  la Ley) 
 

 

Pasé una noche en la casa del padre Elías, quien tenía que decir misa a la mañana siguiente. Le propuse acompañarlo y me dio su consentimiento, con la única salvedad de que si mi conciencia no me permitía arrodillarme en la misa, me hiciera donde los fieles no pudieran observar mi actitud, así que permanecí en la sacristía. La iglesia es bastante grande, de aspecto desolado y no tiene muchos cuadros ni estatuas, pero en cambio posee un órgano. Subí a ensayarlo. Un hombre trató de mover los fuelles, pero se necesitan dos para hacerlo, y no había un par de tubos que estuvieran acompasados, de tal manera que el instrumento no hacía más que gemir, gruñir y chillar en una forma casi diabólica.

Después del almuerzo el señor Guerrero se dedicó a examinar un libro muy peculiar que había formado añadiendo hoja tras hoja de papel impreso a dos o tres que habían sido las iniciales. Se trataba de un proceso penal. A un hombre se le había acusado y denunciado de un crimen. El denuncio estaba en la primera página. En la segunda se le declaraba inocente. En la página tercera el Juez Letrado del Circuito ordenaba al Juez de Primera Instancia que tuviera en cuenta las pruebas A, B, C y D, las cuales aparecían en los documentos 4, 5, 6 y 7. La hoja 8 era del acusado, quien solicitaba que se le designara un apoderado ya que él era demasiado pobre para contratar un abogado. La página número 9 era del Juez de Primera Instancia y en ella ordenaba al Reverendo Elías Guerrero hacerse cargo de la defensa del acusado. En la 10 mi amigo pedía que B y C fueran examinados de nuevo en ciertos puntos y que se estudiaran E y F, y las páginas 11, 12, 13 y 14 contenían los resultados de esta investigación. Todas esas hojas las estaba él cosiendo antes de pasarlas al personero de la provincia de Buenaventura.

Si le parecía al Personero que el caso estaba listo para fallo, lo pediría así en la hoja número 15 y ordenaría a su debido tiempo una audiencia con el Juez Letrado, el acusado, su defensor, seis jurados y él mismo, para que estos documentos fueran leídos y se presentaran todos los argumentos del caso. Es de esperar que la número 16 contenga el fallo de la mayoría del jurado y la número 17 la sentencia del Juez.

Tal es, me parece, el desarrollo de los procesos en Francia, España y la Nueva Granada. Es mucho más peligroso para los sinvergüenzas que nuestro bendito sistema inglés, el cual ofrece al criminal la más perfecta protección de todos los inventados hasta ahora. Intenté describirle al buen cura el trámite de nuestros procesos, pero temo que no me creyó nada de lo que le conté.

“En primer lugar detenemos al acusado”.
“Pero y si no pueden cogerlo, ¿entonces qué?”
“Pues entonces no lo juzgamos”.
‘”¿Por qué no?”
“Porque si no está presente es posible que el juicio sea injusto”.

“Entonces notifíquenle a tiempo, y si él piensa que es mejor estar presente, que vaya al juicio. ¿Nunca detienen ustedes gente que después resulta inocente? ¿Y no sería mejor juzgarla antes de hacerla huir para luego obligarla a regresar?”.

“Eso puede ser cierto; pero está en contra de nuestra teoría basada en un viejo libro de leyes que creo que se llama Madre Vidrio, según la cual primero hay que arrestar a un hombre y luego juzgarlo. Después del arresto se le impone una fianza”.

“Pero supóngase que el tipo se ha robado $ 100.000”.

“Entonces exigimos que deposite una garantía de $ 40.000 o menos. Las fianzas excesivas son inconstitucionales; y una fianza tan alta como la suma que se robó sería más de lo que el hombre podría conseguir; por lo tanto, excesiva”.

“¿Pero si da la fianza de $ 40.000 con parte de la plata robada y después huye?”

“Entonces el fiador remueve cielo y tierra para que se reduzca la fianza a $ 5.000, suma que él paga al tesoro y se gana $ 35.000 en la transacción.

“Y qué pasa con el hombre a quien le robaron el dinero?”

“Pues se venga haciendo arrestar otra vez al ladrón, si es que lo pueden capturar".

"¿ Si es qué...?"

“Por lo general el ladrón no huye. El peligro de ser condenado no es tan grande como para justificar la huida, porque doce hombres deben unánimemente declararlo culpable y tienen que ponerse de acuerdo sin ninguna duda en un proceso lleno de puntos de vista legales expuestos por un hábil abogado defensor. Entre nosotros se ha convertido en una ciencia declarar inocente al acusado. Un hombre solamente obtiene estipendios regulares por acusar a otro, en cambio por hacerlo declarar inocente puede recibir hasta $ 10.000”.

“¡Caramba!”

“Dicen que un abogado famoso, Henry Clay, nunca ha perdido un pleito en favor de un cliente, aunque este último haya sido acusado de asesinato. Piense en lo tonto que sería alguien que gastara $ 40.000 en una fianza arriesgándose a que lo vuelvan a detener, cuando con la cuarta parte de esa suma podría conseguir los servicios de un Henry Clay para que lo haga declarar inocente y poder seguir viviendo respetablemente entre sus vecinos y morir feliz en la casa donde nació”.

“¡Verdad!”

“Pero es en Boston donde más se ha exagerado esta situación. Hace algún tiempo la ciudad tenía mala fama por la forma dura como trataba a los criminales. La gente de otros estados se horrorizó de que la justicia hubiera colgado a un hombre de buena familia acusado de asesinato, cuando fácilmente se le habría podido declarar inocente. Desde entonces en Boston se decidió que los jurados fueran también jueces, con la consecuencia de que ellos “cuelgan” el caso por la razón más insignificante.

“¿Cómo así? ¿Cuelgan al acusado?”

“Ni mucho menos. Como no se ponen de acuerdo, se los releva y se ordena un nuevo juicio. De nuevo tienen que declarar todos los testigos y si uno de ellos muere, o se va de ingeniero de los ferrocarriles en Rusia, el juicio continúa sin él y el acusado es declarado inocente”.

“Entonces su país tiene que ser un paraíso para los malhechores. No me sorprende lo que sé de los bandidos que mantienen nuestro istmo bajo un régimen de terror”.

“Sí, y eso que aún no le he contado toda la historia. La persona que pone la denuncia a veces tiene también que depositar una fianza. Por ejemplo, el piloto de un barco trata mal a un marinero. Este se queja y lo encierran como testigo. El piloto paga una fianza. Llega el verano, más ardiente que Tocaima. Durante quince horas al día el sol recalienta la cárcel pero el piloto no está listo para asistir al juicio por encontrarse tomando agua helada y gozando de algún empleo agradable en la playa. Después del juicio, el testigo, que ha estado prisionero seis meses, queda libre y al criminal lo condenan a pasar seis semanas en una celda mucho mejor que aquella donde estuvo el testigo”.

“¡Vaya! ¡Usted chancea !”

“No lo crea. A mí me robaron una vez el abrigo y en un momento de absoluta locura informé a la policía. Afortunadamente esta no descubrió nunca al ladrón. Si lo hubiera cogido, el tiempo que habría tenido que pasar en el tribunal hubiera valido más que dos abrigos”.

No puedo transcribir el resto de nuestra conversación. Admito que fui incapaz de hacerle entender al cura la superioridad de nuestro sistema: así funcionan los prejuicios. En cambio, los más degradados entre nosotros lo reconocen al momento.

Los juicios civiles en la Nueva Granada se parecen mucho más a los del Nuevo Código de Nueva York y al de los otros estados de la Unión que los procesos criminales. El querellante entrega la demanda al juez y éste la hace llegar al demandado. Hay dos clases de casos: uno inferior a $ 16 y otro por encima de $ 200; mientras más bajo sea el caso, más corto es el proceso.

Los problemas de dilación deben ajustarse primero y luego se decide si hay hechos en disputa, lo cual toma algún tiempo para resolver. El juez recibe las pruebas y las conserva en secreto, aunque mantiene a cada interesado al tanto de todas las solicitudes de pruebas que hace la otra parte. Cuando expira el plazo de entrega de pruebas, cualquiera de las partes puede exigir la publicación de las pruebas y entonces cada una ve las de la otra. Para los casos de menos de $ 16 no hay apelación, y cuando el caso sobrepasa los $ 200, puede ir hasta la Corte Suprema; pero la apelación debe basarse en la nulidad de la sentencia anterior o en injusticia evidente.

En general, el lema de las causas civiles en la Nueva Granada parece ser prontitud antes que exactitud. Se tiene la idea de que es mejor perder una causa justa en una semana que ganarla después de un siglo, cuando todas las partes hayan muerto y los costos hayan devorado la propiedad del demandante y del demandado. Nuestro dichoso sistema prefiere que se mantenga el caso hasta el fin del milenio antes que resolverlo mal.

En la mesa del padre Elías aprendí a comer la |Persea gratissima, que aquí llaman aguacate y en Bogotá la cura, femenino, mientras que el cura, masculino, es el sacerdote de la parroquia. Quizá esta fruta fue la que más trabajo me costó aprender a comer, con excepción del tomate. Descubrí que teniendo un pedazo de carne masticada en la boca, el aguacate le sirve de complemento. Desde el momento en que descubrí que el aguacate es una especie de salsa vegetal, me empezó a gustar; después me pareció muy sabroso añadiéndole solamente un poco de sal. Creo que hoy por hoy el aguacate es la única fruta completamente irreemplazable en el Norte.

En Roldanillo también hay palmas de coco y los cocos los venden a diez centavos al pie de la palma. Se dan bien en cualquier parte del valle del Cauca, pero nunca los han cultivado. En un país nuevo no puede esperarse abundancia de frutas, y en este la raza blanca no ha estado mucho más de trescientos años | | (1)

De Roldanillo resolví viajar a Libraida o al Zarzal atravesando directamente el río. Me alejé del buen cura con no poca pesadumbre, y le dije adiós a La Mona, todavía con más tristeza. Ya me había despedido de todos y estaba al pie de las escaleras del corredor cuando la adorable monita me agarró de las piernas y declaró que yo no debía irme. Esta chiquilla es una excepción entre los niños granadinos porque aquí son muy pocos los que saben qué es querer o que los quieran. Nunca conocí otro niño como la Mona, parecía más bien de raza nórdica.

Por un trecho largo el camino tiene una serranía a la derecha, después se vuelve hacia el río con dirección a Cali y cuando se deja el camino, se entra en tierras bajas y ricas, que están muy poco por encima del nivel del río. Ahora es verano, pero el camino tiene barro. Conmigo viajan un señor y su acompañante, que le sirve también de sirviente. Tuvimos que esperarlo un rato y una vez nos perdimos antes de llegar al paso del río.

Mi amigo y yo decidimos atravesar el río a nado, dejando que el criado y los caballos lo cruzaran en barca. Los caballos nadaban más rápidamente que nosotros, pero no habían llegado al otro lado cuando mi amigo empezó a pedir auxilio. En realidad es un paso muy largo para hacerlo nadando, el más largo que he recorrido fuera del paso del Misisipí. Creo que está entre el cuarto y la media milla. Dicen que cansa más a los caballos que una jornada de todo el día. Si eso es verdad, los hombres nadan más que los caballos, ya que no sentí ninguna fatiga por el esfuerzo, y mi amigo estaba llegando al otro lado cuando la barca lo recogió.

Para llegar a terreno sólido y seco en la banda oriental hay que atravesar uno de los caminos más difíciles que he conocido. La orilla estaba seca, pero pronto el camino se hunde en medio de pantanos y se subdivide en numerosos senderos donde a menudo el barro le llega al caballo a la mitad del cuerpo. Me parece que el barro es un obstáculo más difícil que el río; no me atrevo ni a pensar cómo serán estos caminos en el invierno. Al fin llegamos a terreno más seco donde se veía crecer hierba debajo de los árboles, y por último a la pequeña aldea de Libraida.
 

1. Todos los cronistas están de acuerdo en que los frutales eran muy abundantes a la llegada de los españoles. En el bajo Cauca, en el valle de Aburrá, en Quimbaya, en el valle del Cauca y en la Sierra Nevada los conquistadores encontraron grandes arboledas. Estas desaparecieron por varias razones, entre ellas por el prejuicio español contra las frutas americanas a las que atribuyeron poderes nocivos y ser la causa de muchas de las enfermedades que sufrieron al llegar a tierras americanas, la disentería, por ejemplo. Por otra parte, los indios mitayos, conducidos fuera de sus comunidades por períodos muy largos, dejaron abandonados sus cultivos. Además, durante el tiempo de la conquista muchas veces se recurrió, tanto de parte de los españoles como de los indios, a la política de tierra arrasada, lo que llevó a la destrucción de los frutales. Véase Víctor M. Patiño, |Plantas cultivadas y |animales domésticos en América equinoccial, Cali, 1964. (N. de la T.). (regresar 1)

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