(continuación capítulo Roldanillo
la Ley)
Pasé una noche en la casa del padre Elías, quien tenía que decir
misa a la mañana siguiente. Le propuse acompañarlo y me dio su
consentimiento, con la única salvedad de que si mi conciencia no me
permitía arrodillarme en la misa, me hiciera donde los fieles no
pudieran observar mi actitud, así que permanecí en la sacristía. La
iglesia es bastante grande, de aspecto desolado y no tiene muchos
cuadros ni estatuas, pero en cambio posee un órgano. Subí a
ensayarlo. Un hombre trató de mover los fuelles, pero se necesitan
dos para hacerlo, y no había un par de tubos que estuvieran
acompasados, de tal manera que el instrumento no hacía más que
gemir, gruñir y chillar en una forma casi diabólica.
Después del almuerzo el señor Guerrero se dedicó a examinar un
libro muy peculiar que había formado añadiendo hoja tras hoja de
papel impreso a dos o tres que habían sido las iniciales. Se
trataba de un proceso penal. A un hombre se le había acusado y
denunciado de un crimen. El denuncio estaba en la primera página.
En la segunda se le declaraba inocente. En la página tercera el
Juez Letrado del Circuito ordenaba al Juez de Primera Instancia que
tuviera en cuenta las pruebas A, B, C y D, las cuales aparecían en
los documentos 4, 5, 6 y 7. La hoja 8 era del acusado, quien
solicitaba que se le designara un apoderado ya que él era demasiado
pobre para contratar un abogado. La página número 9 era del Juez de
Primera Instancia y en ella ordenaba al Reverendo Elías Guerrero
hacerse cargo de la defensa del acusado. En la 10 mi amigo pedía
que B y C fueran examinados de nuevo en ciertos puntos y que se
estudiaran E y F, y las páginas 11, 12, 13 y 14 contenían los
resultados de esta investigación. Todas esas hojas las estaba él
cosiendo antes de pasarlas al personero de la provincia de
Buenaventura.
Si le parecía al Personero que el caso estaba listo para fallo,
lo pediría así en la hoja número 15 y ordenaría a su debido tiempo
una audiencia con el Juez Letrado, el acusado, su defensor, seis
jurados y él mismo, para que estos documentos fueran leídos y se
presentaran todos los argumentos del caso. Es de esperar que la
número 16 contenga el fallo de la mayoría del jurado y la número 17
la sentencia del Juez.
Tal es, me parece, el desarrollo de los procesos en Francia,
España y la Nueva Granada. Es mucho más peligroso para los
sinvergüenzas que nuestro bendito sistema inglés, el cual ofrece al
criminal la más perfecta protección de todos los inventados hasta
ahora. Intenté describirle al buen cura el trámite de nuestros
procesos, pero temo que no me creyó nada de lo que le
conté.
“En primer lugar detenemos al acusado”.
“Pero y si no pueden cogerlo, ¿entonces qué?”
“Pues entonces no lo juzgamos”.
‘”¿Por qué no?”
“Porque si no está presente es posible que el juicio sea
injusto”.
“Entonces notifíquenle a tiempo, y si él piensa que es
mejor estar presente, que vaya al juicio. ¿Nunca detienen ustedes
gente que después resulta inocente? ¿Y no sería mejor juzgarla
antes de hacerla huir para luego obligarla a
regresar?”.
“Eso puede ser cierto; pero está en contra de nuestra
teoría basada en un viejo libro de leyes que creo que se llama
Madre Vidrio, según la cual primero hay que arrestar a un hombre y
luego juzgarlo. Después del arresto se le impone una
fianza”.
“Pero supóngase que el tipo se ha robado $
100.000”.
“Entonces exigimos que deposite una garantía de $ 40.000 o
menos. Las fianzas excesivas son inconstitucionales; y una fianza
tan alta como la suma que se robó sería más de lo que el hombre
podría conseguir; por lo tanto, excesiva”.
“¿Pero si da la fianza de $ 40.000 con parte de la
plata robada y después huye?”
“Entonces el fiador remueve cielo y tierra para que se
reduzca la fianza a $ 5.000, suma que él paga al tesoro y se gana $
35.000 en la transacción.
“Y qué pasa con el hombre a quien le robaron el
dinero?”
“Pues se venga haciendo arrestar otra vez al ladrón, si es
que lo pueden capturar".
"¿ Si es qué...?"
“Por lo general el ladrón no huye. El peligro de ser
condenado no es tan grande como para justificar la huida, porque
doce hombres deben unánimemente declararlo culpable y tienen que
ponerse de acuerdo sin ninguna duda en un proceso lleno de puntos
de vista legales expuestos por un hábil abogado defensor. Entre
nosotros se ha convertido en una ciencia declarar inocente al
acusado. Un hombre solamente obtiene estipendios regulares por
acusar a otro, en cambio por hacerlo declarar inocente puede
recibir hasta $ 10.000”.
“¡Caramba!”
“Dicen que un abogado famoso, Henry Clay, nunca ha perdido un
pleito en favor de un cliente, aunque este último haya sido acusado
de asesinato. Piense en lo tonto que sería alguien que gastara $
40.000 en una fianza arriesgándose a que lo vuelvan a detener,
cuando con la cuarta parte de esa suma podría conseguir los
servicios de un Henry Clay para que lo haga declarar inocente y
poder seguir viviendo respetablemente entre sus vecinos y morir
feliz en la casa donde nació”.
“¡Verdad!”
“Pero es en Boston donde más se ha exagerado esta
situación. Hace algún tiempo la ciudad tenía mala fama por la forma
dura como trataba a los criminales. La gente de otros estados se
horrorizó de que la justicia hubiera colgado a un hombre de buena
familia acusado de asesinato, cuando fácilmente se le habría podido
declarar inocente. Desde entonces en Boston se decidió que los
jurados fueran también jueces, con la consecuencia de que ellos
“cuelgan” el caso por la razón más
insignificante.
“¿Cómo así? ¿Cuelgan al acusado?”
“Ni mucho menos. Como no se ponen de acuerdo, se los releva
y se ordena un nuevo juicio. De nuevo tienen que declarar todos los
testigos y si uno de ellos muere, o se va de ingeniero de los
ferrocarriles en Rusia, el juicio continúa sin él y el acusado es
declarado inocente”.
“Entonces su país tiene que ser un paraíso para los
malhechores. No me sorprende lo que sé de los bandidos que
mantienen nuestro istmo bajo un régimen de terror”.
“Sí, y eso que aún no le he contado toda la historia. La
persona que pone la denuncia a veces tiene también que depositar
una fianza. Por ejemplo, el piloto de un barco trata mal a un
marinero. Este se queja y lo encierran como testigo. El piloto paga
una fianza. Llega el verano, más ardiente que Tocaima. Durante
quince horas al día el sol recalienta la cárcel pero el piloto no
está listo para asistir al juicio por encontrarse tomando agua
helada y gozando de algún empleo agradable en la playa. Después del
juicio, el testigo, que ha estado prisionero seis meses, queda
libre y al criminal lo condenan a pasar seis semanas en una celda
mucho mejor que aquella donde estuvo el
testigo”.
“¡Vaya! ¡Usted chancea !”
“No lo crea. A mí me robaron una vez el abrigo y en un
momento de absoluta locura informé a la policía. Afortunadamente
esta no descubrió nunca al ladrón. Si lo hubiera cogido, el tiempo
que habría tenido que pasar en el tribunal hubiera valido más que
dos abrigos”.
No puedo transcribir el resto de nuestra conversación. Admito
que fui incapaz de hacerle entender al cura la superioridad de
nuestro sistema: así funcionan los prejuicios. En cambio, los más
degradados entre nosotros lo reconocen al momento.
Los juicios civiles en la Nueva Granada se parecen mucho más a
los del Nuevo Código de Nueva York y al de los otros estados de la
Unión que los procesos criminales. El querellante entrega la
demanda al juez y éste la hace llegar al demandado. Hay dos clases
de casos: uno inferior a $ 16 y otro por encima de $ 200; mientras
más bajo sea el caso, más corto es el proceso.
Los problemas de dilación deben ajustarse primero y luego se
decide si hay hechos en disputa, lo cual toma algún tiempo para
resolver. El juez recibe las pruebas y las conserva en secreto,
aunque mantiene a cada interesado al tanto de todas las solicitudes
de pruebas que hace la otra parte. Cuando expira el plazo de
entrega de pruebas, cualquiera de las partes puede exigir la
publicación de las pruebas y entonces cada una ve las de la otra.
Para los casos de menos de $ 16 no hay apelación, y cuando el
caso sobrepasa los $ 200, puede ir hasta la Corte Suprema; pero la
apelación debe basarse en la nulidad de la sentencia anterior o en
injusticia evidente.
En general, el lema de las causas civiles en la Nueva Granada
parece ser prontitud antes que exactitud. Se tiene la idea de que
es mejor perder una causa justa en una semana que ganarla después
de un siglo, cuando todas las partes hayan muerto y los costos
hayan devorado la propiedad del demandante y del demandado. Nuestro
dichoso sistema prefiere que se mantenga el caso hasta el fin del
milenio antes que resolverlo mal.
En la mesa del padre Elías aprendí a comer la
|Persea
gratissima, que aquí llaman aguacate y en Bogotá la cura,
femenino, mientras que el cura, masculino, es el sacerdote de la
parroquia. Quizá esta fruta fue la que más trabajo me costó
aprender a comer, con excepción del tomate. Descubrí que teniendo
un pedazo de carne masticada en la boca, el aguacate le sirve de
complemento. Desde el momento en que descubrí que el aguacate es
una especie de salsa vegetal, me empezó a gustar; después me
pareció muy sabroso añadiéndole solamente un poco de sal. Creo que
hoy por hoy el aguacate es la única fruta completamente
irreemplazable en el Norte.
En Roldanillo también hay palmas de coco y los cocos los venden
a diez centavos al pie de la palma. Se dan bien en cualquier parte
del valle del Cauca, pero nunca los han cultivado. En un país nuevo
no puede esperarse abundancia de frutas, y en este la raza blanca
no ha estado mucho más de trescientos años |
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(1)
.
De Roldanillo resolví viajar a Libraida o al Zarzal atravesando
directamente el río. Me alejé del buen cura con no poca pesadumbre,
y le dije adiós a La Mona, todavía con más tristeza. Ya me había
despedido de todos y estaba al pie de las escaleras del corredor
cuando la adorable monita me agarró de las piernas y declaró que yo
no debía irme. Esta chiquilla es una excepción entre los niños
granadinos porque aquí son muy pocos los que saben qué es querer o
que los quieran. Nunca conocí otro niño como la Mona, parecía más
bien de raza nórdica.
Por un trecho largo el camino tiene una serranía a la derecha,
después se vuelve hacia el río con dirección a Cali y cuando se
deja el camino, se entra en tierras bajas y ricas, que están muy
poco por encima del nivel del río. Ahora es verano, pero el camino
tiene barro. Conmigo viajan un señor y su acompañante, que le sirve
también de sirviente. Tuvimos que esperarlo un rato y una vez nos
perdimos antes de llegar al paso del río.
Mi amigo y yo decidimos atravesar el río a nado, dejando que el
criado y los caballos lo cruzaran en barca. Los caballos nadaban
más rápidamente que nosotros, pero no habían llegado al otro lado
cuando mi amigo empezó a pedir auxilio. En realidad es un paso muy
largo para hacerlo nadando, el más largo que he recorrido fuera del
paso del Misisipí. Creo que está entre el cuarto y la media milla.
Dicen que cansa más a los caballos que una jornada de todo el día.
Si eso es verdad, los hombres nadan más que los caballos, ya que no
sentí ninguna fatiga por el esfuerzo, y mi amigo estaba llegando al
otro lado cuando la barca lo recogió.
Para llegar a terreno sólido y seco en la banda oriental hay que
atravesar uno de los caminos más difíciles que he conocido. La
orilla estaba seca, pero pronto el camino se hunde en medio de
pantanos y se subdivide en numerosos senderos donde a menudo el
barro le llega al caballo a la mitad del cuerpo. Me parece que el
barro es un obstáculo más difícil que el río; no me atrevo ni a
pensar cómo serán estos caminos en el invierno. Al fin llegamos a
terreno más seco donde se veía crecer hierba debajo de los árboles,
y por último a la pequeña aldea de Libraida.
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1.
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Todos los cronistas están de acuerdo en que los frutales
eran muy abundantes a la llegada de los españoles. En el bajo
Cauca, en el valle de Aburrá, en Quimbaya, en el valle del Cauca y
en la Sierra Nevada los conquistadores encontraron grandes
arboledas. Estas desaparecieron por varias razones, entre ellas por
el prejuicio español contra las frutas americanas a las que
atribuyeron poderes nocivos y ser la causa de muchas de las
enfermedades que sufrieron al llegar a tierras americanas, la
disentería, por ejemplo. Por otra parte, los indios mitayos,
conducidos fuera de sus comunidades por períodos muy largos,
dejaron abandonados sus cultivos. Además, durante el tiempo de la
conquista muchas veces se recurrió, tanto de parte de los españoles
como de los indios, a la política de tierra arrasada, lo que llevó
a la destrucción de los frutales. Véase Víctor M. Patiño,
|Plantas cultivadas y
|animales domésticos en América
equinoccial, Cali, 1964. (N. de la T.). (regresar 1)
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