ROLDANILLO Y LA
LEY
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Un caballero mentiroso — Familia
agradable — Baño delicioso — Al otro lado del Cauca
— Familia rica pero con pocas comodidades — La Mona
—Noche de domingo — Roldanillo — Un buen sacerdote
— Escuela selecta — El órgano de la iglesia — Leyes
— Superioridad de nuestro sistema judicial — Sacerdote
incrédulo — Demandas civiles — Fruta extraña
—Nadando en el Cauca.
Don Eladio Vargas y yo viajábamos de Cartago a Zaragoza cuando
nos encontramos con Belisario Cabal. Este es un joven abogado, que
vive no sé cómo, a menos que sea por su participación en la
hacienda de El Chaqueral. La abogacía produce muy poco aquí, por no
decir que nada. Yo, como siempre lo hago, traté de sacarle alguna
información sobre los recursos y las fuentes de riqueza de la
comarca. Me dijo que tenía grandes esperanzas en la vainilla. Le
hice notar que cualquier exportación de un producto que valiera un
dólar o más la libra podría pagar los gastos de transporte hasta el
puerto de mar, pero que actualmente algo que costara menos no sería
negocio. Me dijo que tenía sembradas unas 10.000 matas de vainilla,
listas para producir, y que pensaba aumentar su número. Le dije que
me parecía muy bueno, que esperaba tuviera éxito y que me
encantaría ver las plantas cultivadas pues conocía solamente la
silvestre. Me contestó que confiaba que le visitaría en El
Chaqueral algún día cuando él estuviera allí. Después de conversar
otro rato sobre temas similares, llegamos a Zaragoza y me separé de
Belisario.
Mejor hablo de la vainilla ahora, a pesar de que no viene muy al
cuento. La vainilla no es el haba tonca sino una vaina con sabor
parecido. Está llena de semillas diminutas y la planta es una
orquídea. La mejor especie parece ser la
|Vanilla aromática
aunque otras tienen el mismo sabor peculiar o, mejor dicho, el
mismo olor, pero quizá en menor grado. No sé si la
|Vanilla
aromatica se da aquí, pero lo creo, a juzgar por el tamaño, la
forma y el aroma de la fruta. Sin embargo, no tengo una descripción
de la planta para compararla. La mayoría de las orquídeas crecen en
los árboles, son pseudo-parásitas, pero no absorben su alimento de
ellos, como el muérdago, que es una planta muy común aquí. El
género
|Vanilla tiene sarmientos gruesos que se agarran de la
corteza de los árboles pero posee las raíces en el suelo. Se da en
bosques espesos y, como las orquídeas, ganeralmente crece muy lejos
una de la otra. Es difícil encontrar dos especímenes iguales en el
mismo acre o en el mismo día. Se me han ido horas enteras buscando
flores de vainilla y solo he conseguido dos en un día. El cultivo
de esta planta debe ser algo muy difícil, pero una mina de oro si
se tiene éxito
Cuando Belisario se marchó, Eladio me dijo que todo lo que había
dicho nuestro amigo era un sartal de mentiras. Yo me detuve
mirándolo fijamente a la cara. ¿ Sería que ya no entendía el
español? “No tiene ni siquiera una raíz de vainilla cultivada;
todo eso son mentiras”, me dijo.
Así, pues, cuando fui de La Cabaña al río de Las Lajas me dirigí
hacia el oriente en busca de El Chaqueral, no para examinar una
plantación de vainilla, sino para ver un mentiroso. Un señor
mentiroso seguramente no es nada raro hoy en día; pero mis lectores
habrán de excusarme; yo era muy pichón entonces y creía cuanto los
caballeros me contaban. Es necesario que alguien viva por lo menos
en un país, antes de que pueda estudiar con provecho el carácter de
los habitantes. Quería ver qué cara pondría Belisario y que diría
cuando yo insistiera en visitar la plantación de
vainilla.
Dejando a la derecha una casa situada en un otero, sobre la
margen derecha del río de Las Lajas, atravesé una colina por un
corte labrado por el continuo trajín de las cabalgaduras, cosa muy
común en el Cauca, hasta en los caminos que conducen a las
haciendas. Entré luego en una pequeña planada o vallecito de un
riachuelo y allí me encontré con el joven Belisario, que se mostró
muy contento de verme. Iba en viaje de negocios a Libraida pero se
manifestó dispuesto a devolverse con mucho gusto para presentarme a
su tía y a su prima, y regresar un poco más tarde a comer. En
realidad no vivía en la hacienda sino en Buga, donde atendía
sus negocios. Era una suerte haberlo encontrado tan cerca de la
casa. Así, pues, viramos en redondo y nos dirigimos hacia las
montañas por una serie interminable de colinas, llanuras, cortes y
pequeños precipicios de seis a diez pies. Giramos luego hacia el
norte, hasta que empecé a creer que me estaba conduciendo por un
desvío en dirección a Victoria, y que en verdad no había ni
Chaqueral, ni prima, ni tía, ni cultivos de vainilla. Al fin
divisamos la casa de un arrendatario, en un potrero para engordar
ganado, y más tarde vimos la verdadera casa de lo que él llamaba
“la hacienda”, que era una vivienda sencilla de campo
situada en la cima de una loma bastante abrupta y no lejos de la
margen derecha del dificultoso Riohondo que ya había encontrado yo
al sur de La Cabaña.
La casa consta de tres alcobas. Al frente tiene un corredor y
antes de llegar a él hay una cerca en la mitad de la falda de la
colina con una puerta de entrada. Detrás hay un espacio liso y bien
barrido, que podría llamarse patio; pero no existen edificaciones
en su contorno, si se exceptúa un cobertizo para la cocina, que
reemplaza la que se quemó pocos días antes. Naturalmente la
habitación central donde entramos era la sala. Al lado norte, a
mano izquierda, queda la alcoba familiar, muy pequeña, y en el otro
extremo el cuarto de Belisario, o en su ausencia, el de don Modesto
Gamba, su tío. Opuesta a la puerta del frente hay otra que se abre
sobre una diminuta galería o corredor, con dos alacenas o despensas
pequeñas, en los extremos. Tal era la reducida mansión del
plantador de vainilla. Don Modesto parecía ser una especie de socio
o administrador del joven abogado. En ese momento no se encontraba
en la casa, sino en el campo: posiblemente trabajando con sus
propias manos. Doña Paz Cabal de Gamba estaba sentada junto a una
mesa fabricando cigarros. La prima, Isabel Gamba Cabal, sentada en
el suelo al pie de la puerta, cosía un vestido. Su primo me
presentó a la familia, y luego se marchó deseándome una feliz
permanencia mientras volvía.
Como las esperanzas en relación con la vainilla se dejaron para
después de la comida (más probablemente para la noche) resolví
gozar de las circunstancias en la mejor forma posible.
Evidentemente yo no era un desconocido para la familia, aun cuando
nunca los había oído mentar.
Isabel tenía unos dieciocho años y vestía de campesina, lo que
le sentaba muy bien. Si acaso hay sangre negra en sus venas, no es
perceptible. El vestido que estaba cosiendo era para ella, pues a
veces se vestía como una dama. Una novela, traducida del francés,
estaba encima de la mesa. Le gusta mucho la lectura aunque nunca
recibió educación formal. El primo Belisario le presta libros, y su
hermano, que estudiaba en Bogotá, le había dado algunos. Aquí,
pues, existía un eslabón intermedio entre la aristocracia y el
campesinado del país. Isabel pertenece más bien a este último por
nacimiento, pero aunque nunca había sido debidamente educada, se
había esforzado por hacerse verdaderamente atractiva, como lo
admitiría cualquier aristócrata caucano si se atreviera a hablar
sinceramente. Mi opinión, a través del tiempo y la distancia, es
que Isabel es la mujer nativa más agradable que encontré en toda la
Nueva Granada. Su padre y su madre son gentes sencillas, buenas
personas que parecían muy contentas con esta hija y que tenían las
mejores esperanzas puestas en el hijo ausente.
Todo el servicio doméstico consistía en dos muchachitas negras y
mudas, de unos ocho y diez años. No son idiotas sino muy despiertas
y pueden oír como cualquiera y comprender todo lo que escuchan,
pero no hablan más de una o dos sílabas. Yo las observé y las
estudié muy detenidamente, pues en muchos aspectos se asemejan
bastante a esos extraños enanos que se exhiben en los Estados
Unidos con el nombre de “niños aztecas”. Afortunadamente
había descubierto su historia por una carta enviada desde Granada
en la que me enteré de que eran especímenes enanos, producto de la
mezcla de razas de tamaño normal. Las muditas de El Chaqueral
apenas se diferenciaban de estos pigmeos por el tamaño. Eran
vivarachas, activas, cariñosas y siempre listas a hacer cualquier
oficio que les permitieran sus fuerzas, pero incapaces de
pronunciar una sola palabra.
Pasé un día muy placentero leyendo, conversando y haciendo uno o
dos paseos por las márgenes del riachuelo. Durante una de nuestras
charlas Isabel apartó un momento la vista de su labor y me preguntó
si yo tenía hijos.
“No me he casado nunca”, le contesté.
“Belisario me dijo que usted es soltero, pero pensé que
podría tener hijos, a pesar de ello”.
“Si yo fuera tan falto de escrúpulos como para ser padre
antes de casarme, también lo sería para negar a los hijos. Si fuera
sospechoso de tal cosa, no tendría un solo amigo que me recibiera
en su casa. Esa clase de personas no es admitida en la sociedad que
yo frecuento”.
No le comenté que la crema y nata de Nueva York no rechaza sino
a los libertinos pobres y vulgares, quizá por la misma razón que
doña Paz me comentó:
“Si fuéramos tan estrictos aquí a ese respecto, tendríamos
que vivir fuera de la sociedad”.
Ambas estuvieron de acuerdo conmigo en que era una lástima que
las cosas marcharan así, pero no se daban cuenta de que su religión
tuviera algo que ver con el relajamiento de la moral. En ocasiones
anteriores algún caballero me había hecho la misma pregunta de si
tenía hijos, después de haberme invitado a la intimidad de su
amable familia.
Por la noche regresó Belisario de Libraida, volvió su tío del
trabajo y, colocándome a la cabecera, nos sentamos ante una mesa
amplia y rústica pero con comida muy sustanciosa. El puesto de
honor que me correspondió era una silla de brazos; los demás se
sentaron en el poyo. Isabel permaneció de pie vigilando que nada
nos faltara. Después de que terminamos la comida, levantaron los
platos y los colocaron en el suelo del corredor de atrás, donde
ella y su madre se sentaron a comer.
En otra ocasión, cuando tenían de invitada a una hermana de
Belisario, Virginia Cabal, y los hombres estaban todos fuera, yo
dije que no estaba acostumbrado a comer solo y que ellas deberían
acompañarme. Pusieron dos platos más en la mesa y las jóvenes
tomaron asiento, pero se negaron a comer. Conversaron hasta que yo
terminé y luego comieron ellas con doña Paz en el suelo del
corredor. Creo que la costumbre de que las mujeres coman aparte de
“los amos de la creación”, y en el suelo, ya está siendo
olvidada poco a poco. Las familias más notables del Cauca no
practican esta costumbre.
Por la mañana el primer tema de conversación fue la vainilla. La
plantación estaba demasiado lejos para visitarla pero podríamos ir
a ver algunos ejemplares silvestres. Don Modesto nos acompañó y al
otro lado del arroyo me mostró una planta que crecía muy alta y
enredada en un árbol. No era vainilla aromática sino que pertenecía
a otra especie que tiene la vaina más corta y aplanada en vez de
ser triangular y de más de una pulgada de ancho. Me pareció que la
vaina era bicarpelar. Pero el cultivo de la preciosa planta era tan
importante para mí que no podía aceptar ninguna demora para verlo
con mis propios ojos. Así que después del almuerzo montamos a
caballo y nos dirigimos hacia la montaña. Fuimos mucho más lejos de
lo que nunca había cabalgado yo en una propiedad particular,
exceptuando una cerca a Tuluá. Llegamos a un campo de pastoreo
cercado completamente con setos vivos y fosos, más allá del cual
entramos al bosque, de tal manera que entre nosotros y la vecindad
del Magdalena solamente se interponía la selva. Allí me mostraron
tres matas de vainilla que según me dijeron habían sembrado ellos
mismos. Las examiné detenidamente y pronostiqué que vivirían. Me
enteré por casualidad que ya habíamos traspasado los linderos de su
propiedad y que estábamos en tierra ajena. Pensé que era inhumano
continuar la cacería de plantas de vainilla, y declaré estar
completamente satisfecho.
También estuvimos en un sitio donde mi amigo piensa que hay
aguas salobres. Aquí la sal es muy cara, pues la tienen que traer a
lomo de mula desde una distancia de más de trescientas millas.
Solamente se la dan al ganado de engorde. Compran las reses de tres
o cuatro años, ya operadas, por seis u ocho dólares, y con seis
meses de pasto de Guinea y sal las dejan listas para el matadero.
Aquí no hay sino dos clases de pasto, el guinea y el para, y solo
cercan los potreros que estén sembrados con ellos. El que
encontrara aguas saladas en esta región se enriquecería. Muchas
veces he ayudado a mis amigos a buscarlas, pero nunca ninguna
contenía cloruro de sodio.
A nuestro regreso supimos que un señor de la hacienda vecina
había venido de visita. Lo vi después con frecuencia en la hacienda
a donde iba a jugar cartas con las señoras y a entretenerlas con su
conversación. Como es soltero, bien puede ser que terminara
haciendo feliz a Isabel. Me referiré a él como don Justo, sin
tomarme el trabajo de buscarle un apellido.
Belisario Cabal es un taxidermista. El es quien ha preparado y
donado la mayoría, si no todos, los ejemplares ornitológicos
que hay en el Museo Nacional de Bogotá. Le sugerí que ellos serían
muchísimo más apreciados en el Lyceum de Nueva York, institución
muy notable que con la colaboración de unos pocos y excelentes
hombres de letras y de negocios ha hecho un museo de entrada
gratuita, siempre que consiguen fondos para pagar salas donde
exhibir su valiosa colección. El señor Cabal me prometió que les
enviaría algunos pájaros. Si lo hace y si este libro llegara a
conocer una segunda edición, prometo solemnemente pasar a otro
sitio todas las referencias de la vainilla en El Chaqueral y no
mencionar para nada las plantas cultivadas.
Una vez estuve en El Chaqueral con el propósito de ir a bañarme
con las señoras. Hay un pozo en un arroyo, que no diré dónde está
situado, que lo llaman el Credo. Según entiendo esta es la oración
más larga del rosario, y por eso denominan así este charco largo y
de aguas tranquilas. Tiene doce “rods” de longitud, una
profundidad promedio de tres pies y un ancho casi uniforme de cinco
o seis pies. Está rodeado de bosque y el aire es fresco como el de
un verano perpetuo. Si el hombre hubiera nacido solo para nadar, el
paraíso terrenal habría estado en este sitio.
Al paseo al Credo, además de la señora Cabal, Isabel y Virginia,
fueron don Justo y una señora que se había casado hacía unos tres
años y tenía una hija de dieciséis, simple y no muy atractiva.
Mientras cabalgábamos Isabel me preguntó si mi caballo no podía
andar al paso. Le dije que me imaginaba que sí, aunque ahora estaba
trotando; entonces ella me aconsejó que jalara las riendas y le
diera con el látigo. El caballo siguió al paso, pero Isabel decidió
que no era un paso espontáneo sino aprendido. Después me preguntó
si era cierto que yo había dicho anoche que había venido en un
caballo. Indudablemente, le contesté, ya que no llegué ni en mula,
burro o toro. Isabel me informó que la bestia era una yegua y
estaba preñada. Para mis adentros llegué a la conclusión de que
nunca podría engañar a Isabel en un negocio de
caballos.
Por último amarramos los caballos en los árboles cerca al Credo.
Justo no había traído vestido de baño sino un pañuelo, pero al ver
que yo tenía uno, decidió no bañarse. Las mamás tampoco se bañaron.
Las señoritas aparecieron en unas batas largas, abiertas un poquito
en la espalda pero tan apropiadas para la ocasión corno lo puede
ser cualquier otra cosa distinta a un “bloomer”. La
muchacha desconocida no sabía nadar. Justo y las mamás se sentaron
en una piedra a conversar y a mirarnos y los bañistas los
salpicamos en juego. Me vestí primero que las señoritas y me puse a
conversar con Virginia, sentado y dándole la espalda, mientras ella
se peinaba antes de vestirse. Justo me llamó y amablemente me
observó que para una dama no es agradable tener a un señor tan
cerca cuando ella se está vistiendo. Nos quedamos conversando a
menos de cuatro “rods” de distancia, hasta que ella y sus
amigas estuvieron listas. La etiqueta definitivamente es un
misterio.
Sentí muchísimo dejar a la familia del señor Gamba. Pero antes
de irme Isabel insistió en mostrarme su jardín, que consiste en un
espacio de veinte pies por ocho, encerrado con láminas de guadua de
dos metros de altura. Las guaduas están clavadas de punta pero
había cuatro flojas, de manera que pudieran moverse dejando un
hueco lo suficientemente grande para que pasara una oveja, y
entramos por allí acurrucándonos. Lo más interesante que encontré
fueron cinco tallos de trigo de treinta pulgadas de altura. Me
imagino que Isabel obtenga en la cosecha cinco espigas, no de la
mejor calidad. Este experimento no comprueba nada. El trigo del
jardín de Isabel puede ser tan pobre por circunstancias diferentes
a un clima desfavorable a su cultivo, y una cosecha buena puede
fracasar por razones que no afectan a esta muestra. Dicen que el
trigo crece a veces en sitios de altitud similar a esta, pero que
las plagas vegetales o animales, que no existen en lugares más
fríos, lo atacan en tal forma que su cultivo es improductivo. Pero
me parece que estoy gastando demasiado tiempo en un jardín tan
pequeño.
Volvimos a Las Lajas y nos fuimos directamente al río. En este
sitio hay tierra seca hasta la propia orilla, cosa que no he visto
en ninguna otra parte. Al otro lado hay un ingenio; a gritos
llamamos a un amigo y al oírnos nos enviaron una canoa, que no nos
costó nada para cruzar el río. Visitamos la hacienda de La Vega,
donde más bajo vi el Cauca. Únicamente pude contemplar éste en los
pasos y en Vijes, porque de resto está escondido entre pantanos. En
La Vega tiene de un cuarto a media milla de ancho y es parecidisimo
al alto Magdalena y al Misurí, un río de barro
líquido.
Caminando un poco más allá del paso del río me llamaron la
atención tres plantas. Esa vez fue la única que vi la yuca
florecida. Tenía casi tres pies de altura, la copa extendida y
hojas bonitas y lisas. Vi también un almendrón, la
|Attalea
amygdalina, que es una palma sin tallo, de manera que la copa
parece estar directamente sobre el piso. En el centro de la enorme
corona de hojas están las frutas en un espádice coronado de nueces,
cuya semilla se parece mucho a la almendra, pero de textura más
firme y no le sentí sabor de ácido prúsico. Luego llegué a un
matorral de jiraca (sic) de la cual venden las hojas en la mata y
cuyo cultivo es bastante lucrativo.
No les puedo contar cómo llegué al ingenio de La Vega, pero diré
a quiénes conocí allí. En primer lugar, al dueño, don Ramón
González y a su esposa, Rita Pinto de González; además a la hermana
de ésta, Reyes Pinto, y a un mundo de niñitos. La familia había ido
a la hacienda para fabricar dulces de toda clase, especialmente
alfandoque. Me dijeron que ya habían terminado la tarea y que yo
llegaba a tiempo pues pensaban irse en una hora.
Mi caballo no había acabado de recuperarse del paso del río,
cuando ya estábamos de regreso. Cada caballo con un adulto y un
niño encima; a pie solo quedaron el propietario de la hacienda, su
esposa y una niña de brazos. A ésta la tenían desnuda, pero cuando
llegué le pusieron, me imagino que en mi honor, un vestido delgado
de percal. Me sorprendió muchísimo que precisamente ellos se
quedaran a pie, pero en realidad no era mucho lo que había que
caminar, solamente una milla.
A mí me tocó cargar con Dolores, una niñita de cinco años a
quien generalmente le dicen La Mona y durante mucho tiempo no le
conocí otro nombre. Aún hoy no estoy seguro de que se llama
Dolores. No se había estado quieta un minuto y apenas la montamos
en el caballo se quedó dormida. Por último llegamos al camino que
va de Cartago a Roldanillo y nos detuvimos en una casa de don Ramón
donde viven su suegro (don Ramón vive dos millas más adelante), su
cuñada Reyes y varios niñitos de los que no he hablado. Reyes es
soltera y los niños puros accidentes.
La casa tiene dos cuerpos, con un espacio entre ellos que es el
patio. Estaba oscureciendo y preferimos sentarnos allí. No se
mencionó ni una palabra sobre la comida, quizá por ser conversación
inútil, pues lo más probable es que no hubiera nada sobre qué
especular ni tampoco resultara nada para comer. Les aseguro que
aquí se olvida con muchísima frecuencia y sin ningún problema el
tema de la comida. Es pura idea la de que por lo menos dos comidas
completas al día son esenciales para la salud y la felicidad. Son
muchos los días en que no he tomado después del desayuno más que
una taza de chocolate espeso, un plátano maduro asado, un plato de
melado o de dulce de frutas y un vaso de agua encima, y me he
sentido muy bien, como me sentí aquella tarde, sentado sobre un
montón de hojas de jipijapa, que preferí al puro suelo, y en
compañía de las dos señoras y de sus distintos hijos, legítimos e
ilegítimos.
Don Ramón había estado en La Vega y me trajo un paquete de
cartas. Como ejemplo de la dificultad que encuentra el correo para
llegar a su destino, baste mencionar que recibí noticias de la
muerte de una hermana a quien yo suponía completamente curada y
había muerto hacía 363 días.
El señor González y su familia salieron temprano al día
siguiente a La Vega, la cual puede describirse como dos cabañas en
un redil. Efectivamente, en el patio de adelante había un rebaño
bastante grande de ovejas, y el corredor de la casa les servía de
cobertizo. Nadie hacía nada por mantenerlo limpio y era inútil
intentarlo mientras vivieran allí las ovejas. La casa carecía
completamente de toda clase de comodidades, cosa sorprendente
siendo el dueño hombre de tanta previsión, inteligencia y capital.
Don Ramón es un funcionario invaluable del distrito, persona de
visión clara y emprendedora. Su negocio es próspero, posee todo el
dinero que quiera para invertir, y no es avaro pues siempre que
tiene ocasión lo gasta muy generosamente. Sin embargo, toda su
casa, aparte de la cocina, consiste en tres pequeñas piezas de
suelo de tierra apisonada. La sala tiene doce pies cuadrados, un
poyo alrededor de las cuatro paredes y dos sillas pesadas y burdas
que pertenecieron a su padre, el general González, y una mesa fija
que hicieron clavando una tabla de treinta pulgadas de largo por
dieciocho de ancho en cuatro palos metidos en el suelo. La mesa la
colocaron en una esquina de tal forma que el poyo sirve de asiento
al extremo y a uno de los lados. Por consiguiente no se necesitan
sino dos sillas, que son las únicas que hay en la casa. La alcoba
tiene doce pies por siete y las camas consisten en un par de
entrepaños de madera de siete pies por cuatro, colocados a dos pies
del suelo. En el espacio restante está colgado un bastidor donde
duerme el bebé, y así quien esté acostado en cualquiera de las dos
camas puede mecerlo. En el cuarto de frente a la alcoba hay
monturas, cajas, etc. y en general es un depósito para todas las
cosas que no se necesitan diariamente.
Mercedes, la niña mayor, va al colegio de Roldanillo. Tiene ocho
años, y seis Elena la que viajó con nosotros desde el ingenio. La
familia tiene cuatro niñas. Mercedes es amable y simpática. Quería
yo que me leyera algo, pero en la casa no había nada para leer.
Todos los libros los tienen en la casa de Roldanillo. Elena es
tímida, testaruda e insociable. La Mona, en cambio, se hizo mi
amiga al instante y nunca estaba tan contenta como cuando me
acompañaba en la hamaca, que siempre se mecía en la sala y servía
de asiento durante el día y de cama para mí por la noche. Los
huéspedes comunes y corrientes dormían en el poyo o en un cuero en
el suelo, ya que no hay mesa lo suficientemente grande para dormir
encima.
Como mi nombre tiene la inicial F, todos suponen, claro está,
que me llamo Francisco. Para mí es un descanso o un lujo tener un
nombre que todo el mundo pueda pronunciar. Me habría gustado antes
de dejar mi país haber conseguido un buen nombre para usar aquí. En
una ocasión que buscaba flores con las niñas imprudentemente dije
que no me gustaba el nombre de Mercedes, por estar en plural.
Entonces ella afirmó que no le gustaba el de Francisco y no
desistió cuando le informé que yo no me llamo así; quería conocer
el verdadero nombre para desaprobarlo también, pero no lo va a
saber nunca. Así y todo yo le gusto y ella me gusta, aunque a
ninguno de los dos nos agraden nuestros nombres.
La mesa es pequeña pero suficiente pues apenas dos personas
comemos en ella. Rita y los niños comen en el suelo en el corredor
de atrás. Las comidas no me convencen, y no solo por la sazón. Me
hacen muchísima falta las frutas; prácticamente las únicas que nos
dan son plátanos maduros, bananos y naranjas. No puedo prescindir
de los plátanos maduros y una vez al mes cuando puedo conseguir
bananos me como hasta diez al tiempo. La mitad de las naranjas no
se pueden comer; aunque aquí podrían producirse las mejores del
orbe, no vi un buen naranjo de aquí a Ibagué. Don Ramón es
propietario de cuatro casas y de miles de acres de la mejor tierra,
en la que se darían las nueve décimas partes de las frutas del
mundo, y no obstante ignoro que tenga un solo árbol, arbusto,
enredadera o hierba que produzca frutos comestibles, excepto
plátano, ese sostén de la vida. ¿Me acusa el lector de que no tengo
en cuenta las probabilidades? A esto contesto que si estuviera
inventando un personaje, seguramente me resultaría más parecido a
un anglosajón; lo que estoy haciendo es describir todo tal como lo
veo.
Pasemos ahora a la residencia urbana de don Ramón González. La
aldea de Roldanillo está situada en un contrafuerte de la
cordillera de Caldas o cordillera occidental, más abajo de las
desembocaduras de La Paila y Las Cañas, y arriba de los ríos Las
Lajas, Hondo y Micos, todos los cuales vienen del oriente y a veces
están correctamente señalados en los mapas. El Riofrío nace en la
cordillera occidental y desagua en el Cauca, un poco más arriba de
la aldea. Los datos del censo, que dan solamente la población de
los distritos, pueden servirnos para comparar el tamaño de los
diferentes pueblos. Con raras excepciones, cuanto más poblado está
el distrito, más grande es el pueblo. Así, Roldanillo, con una
población de 4.800 habitantes, debe tener en la cabecera (capital)
del cantón del mismo nombre una población aproximada de 4.000
personas. Es natural entonces que aquí haya médicos, escuelas,
bailes y festividades de algún mérito, por lo cual no es de
extrañar que las hijas del señor González hayan nacido aquí y aquí
vayan a educarse, bailar y gastar su dinero.
En verdad, se podría esperar por el bien de ellas que esta fuera
su residencia permanente y que solo en ocasiones se trasladaran a
los ranchos de La Vega. Pero no es así, no puede ser así, pues don
Ramón no tiene un mayordomo fiel, como los que a veces se
encuentran al oriente del Quindío, y necesita ver con sus propios
ojos y estar continuamente presente en todas las labores de su
hacienda, pues de lo contrario las cosas no marchan o marchan mal.
La casa del pueblo es mucho mejor en tamaño, materiales y
mobiliario. Es bastante grande aunque no tiene todas las alcobas
necesarias. Apenas hay cinco piezas, incluyendo la cocina y el
establo; pero son espaciosas y todas, excepto el establo, se
encuentran en el piso alto de la casa, que es de adobe. La armazón
de las camas y de las mesas es removible, y son tan elegantes como
puede esperarse de una obra salida de las manos de un carpintero en
un tierra donde el torno es desconocido. En efecto, la única cosa
que he visto aquí parecida a un torno es un artefacto que hace
girar el objeto que se labra tres o cuatro veces en un sentido, y
otras tantas en sentido contrario.
Don Ramón tiene en la casa de Roldanillo un estante con libros.
Creo que le han agregado en estos días un volumen de “La
Colmena Española”. Parece tratarse de una traducción del
“Penny Magazine”, y si hubiera ejemplares suficientes
haría una buena labor en pro de esta raza que está surgiendo. No vi
ningún libro que hiciera pensar que lo había adquirido su padre; en
cambio las generaciones anteriores parecían haber sido mejores
clientes de los libreros. Así, pues, a todos los libros les faltaba
actualidad y solo su vejez les daba algún valor.
El domingo tomé de este tesoro bibliográfico una obra en latín
sobre las antigüedades judías, que si fuera compilada conforme el
conocimiento y las tradiciones de los judíos en España, tendría un
interés muy particular en estos tiempos. Esa noche se exhibía un
bailarín en la cuerda floja, y toda la familia deseaba ir a verlo.
A La Mona le prestaron un par de peinetas de Mercedes, de carey y
adornadas con abalorios, para convencerla de que se quedara conmigo
y una sirvienta. Imagínenme ustedes sentado ante una mesa con una
vela de sebo en el candelero, inclinado sobre el viejo volumen
latino empastado en pergamino y resuelto a gozar de una noche para
mí solo. Pero el sobrenombre de Mona era muy exacto: en necedad la
niñita se parecía muchísimo a la más tranquila de una tribu de
monos. Apenas vio la costa despejada, lo primero que hizo fue
quitarse toda la ropa, excepto las peinetas, y quedar exactamente
como una mona. Después se encaramó a la mesa y se sentó cerca de mi
libro. Luego se quitó las peinetas, les arrancó los abalorios, los
metió en las rajaduras de la mesa y otros los enterró en la esperma
derretida que caía en la base del candelero. La sirvienta no tenía
ninguna autoridad sobre ella. Muy pocas veces la madre intentaba
ejercer la suya, aunque en raras ocasiones La Mona hace tan
completamente lo que le viene en gana. Después insistió en jugar
con la vela hasta que yo me cansé y para evitar que le diera por
ayudarme en mis lucubraciones sobre las antigüedades judías le dije
que si cogía otra vez la vela se la apagaba. Un momento después
estábamos en la oscuridad total. La sirvienta ofreció ir donde los
vecinos y encenderla, pero yo le dije que no se preocupara.
“Ven donde mí, Mona”, la llamé, y la niñita se acurrucó
en mis brazos y en cinco minutos estuvo profundamente dormida. La
envolví y la puse sobre su cama. A las once regresó la familia
trayendo las sillas, pues en todas estas funciones los espectadores
deben llevar sus asientos, lo cual sucede hasta en el teatro de
Bogotá. De esta manera terminó mi domingo en el seno de la familia
de Ramón González.
Otro día un muchacho me trajo de la calle mi pequeño testamento
griego. La Mona lo había tirado por el balcón. Tuve que amarrarlo
de una piola y colgarlo de un clavo bien alto, como si estuviera
poniéndolo fuera del alcance de las hormigas. Para que no jugaran
con mi cepillo de dientes, lo escondí detrás de un muñequito
amarrado de una pequeña silla mecedora que estaba sobre un mueble
antiguo. Elena, la tímida y rencorosa, descubrió mi escondite y
proclamó a los cuatro vientos que Francisco había puesto su cepillo
¡en la silla del Niño Dios! Lo que yo había tomado por un juguete
resultó ser un objeto de valor religioso, por no decir de
culto.
Elena también era traviesa. Un día estaba sentado leyendo en el
balcón, cuando trajo un libro que me había prestado y amenazó con
tirarlo a la calle. Le dije que si lo hacía, yo le daría unas
palmadas. No me creyó. La Mona también trajo otro libro y ambas los
tiraron al tiempo. Les jalé las orejas y las dos se pusieron a
llorar a gritos. Elena se fue corriendo y no volvió a acercárseme
ese día ni el siguiente. La Mona se subió en mis rodillas, sollozó
mucho rato y no me dejó en una hora.
La falta de respeto filial es de lo más común en la Nueva
Granada. Yo vi a una niña de ocho años, hija de una madre muy
espiritual y respetable, golpearla y llamarla con los epítetos más
viles que se puedan decir en cualquier lengua, y todo dentro de la
mayor impunidad. Imposible afirmar que aquí conozcan ninguna clase
de disciplina familiar; cierto que se necesita mucho menos que
entre nosotros, pero a pesar de ello, no es de extrañar que casi
nunca se la ponga en práctica.
Visité la escuela de niños en Roldanillo, pero no observé nada
digno de ser anotado, y también una escuela selecta para niñas, que
era selecta en verdad, pues solamente tenía cincoalumnas. En
cuanto a las condiciones intelectuales, esta segunda no era mejor
que el promedio de las escuelas públicas para niñas y quizá no
tanto; pero al menos las alumnas no tenían tantas oportunidades de
aprender malas palabras. La maestra era la hermana y ama de llaves
del padre Elías Guerrero, el más amable miembro del clero que yo
haya visto aquí. No tiene cargo en ninguna iglesia, y no puede
menos de entristecerme pensar que un hermano tan afectuoso no pueda
nunca llegar a ser marido, y que un hombre tan inteligente y
meritorio viva expuesto a los pecados que, hablando humanamente,
son inseparables del celibato forzoso.