INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
ROLDANILLO Y LA LEY |

 

 

Un caballero mentiroso — Familia agradable — Baño delicioso — Al otro lado del Cauca — Familia rica pero con pocas comodidades — La Mona —Noche de domingo — Roldanillo — Un buen sacerdote — Escuela selecta — El órgano de la iglesia — Leyes — Superioridad de nuestro sistema judicial — Sacerdote incrédulo — Demandas civiles — Fruta extraña —Nadando en el Cauca.


 

Don Eladio Vargas y yo viajábamos de Cartago a Zaragoza cuando nos encontramos con Belisario Cabal. Este es un joven abogado, que vive no sé cómo, a menos que sea por su participación en la hacienda de El Chaqueral. La abogacía produce muy poco aquí, por no decir que nada. Yo, como siempre lo hago, traté de sacarle alguna información sobre los recursos y las fuentes de riqueza de la comarca. Me dijo que tenía grandes esperanzas en la vainilla. Le hice notar que cualquier exportación de un producto que valiera un dólar o más la libra podría pagar los gastos de transporte hasta el puerto de mar, pero que actualmente algo que costara menos no sería negocio. Me dijo que tenía sembradas unas 10.000 matas de vainilla, listas para producir, y que pensaba aumentar su número. Le dije que me parecía muy bueno, que esperaba tuviera éxito y que me encantaría ver las plantas cultivadas pues conocía solamente la silvestre. Me contestó que confiaba que le visitaría en El Chaqueral algún día cuando él estuviera allí. Después de conversar otro rato sobre temas similares, llegamos a Zaragoza y me separé de Belisario.

Mejor hablo de la vainilla ahora, a pesar de que no viene muy al cuento. La vainilla no es el haba tonca sino una vaina con sabor parecido. Está llena de semillas diminutas y la planta es una orquídea. La mejor especie parece ser la |Vanilla aromática aunque otras tienen el mismo sabor peculiar o, mejor dicho, el mismo olor, pero quizá en menor grado. No sé si la |Vanilla aromatica se da aquí, pero lo creo, a juzgar por el tamaño, la forma y el aroma de la fruta. Sin embargo, no tengo una descripción de la planta para compararla. La mayoría de las orquídeas crecen en los árboles, son pseudo-parásitas, pero no absorben su alimento de ellos, como el muérdago, que es una planta muy común aquí. El género |Vanilla tiene sarmientos gruesos que se agarran de la corteza de los árboles pero posee las raíces en el suelo. Se da en bosques espesos y, como las orquídeas, ganeralmente crece muy lejos una de la otra. Es difícil encontrar dos especímenes iguales en el mismo acre o en el mismo día. Se me han ido horas enteras buscando flores de vainilla y solo he conseguido dos en un día. El cultivo de esta planta debe ser algo muy difícil, pero una mina de oro si se tiene éxito

Cuando Belisario se marchó, Eladio me dijo que todo lo que había dicho nuestro amigo era un sartal de mentiras. Yo me detuve mirándolo fijamente a la cara. ¿ Sería que ya no entendía el español? “No tiene ni siquiera una raíz de vainilla cultivada; todo eso son mentiras”, me dijo.

Así, pues, cuando fui de La Cabaña al río de Las Lajas me dirigí hacia el oriente en busca de El Chaqueral, no para examinar una plantación de vainilla, sino para ver un mentiroso. Un señor mentiroso seguramente no es nada raro hoy en día; pero mis lectores habrán de excusarme; yo era muy pichón entonces y creía cuanto los caballeros me contaban. Es necesario que alguien viva por lo menos en un país, antes de que pueda estudiar con provecho el carácter de los habitantes. Quería ver qué cara pondría Belisario y que diría cuando yo insistiera en visitar la plantación de vainilla.

Dejando a la derecha una casa situada en un otero, sobre la margen derecha del río de Las Lajas, atravesé una colina por un corte labrado por el continuo trajín de las cabalgaduras, cosa muy común en el Cauca, hasta en los caminos que conducen a las haciendas. Entré luego en una pequeña planada o vallecito de un riachuelo y allí me encontré con el joven Belisario, que se mostró muy contento de verme. Iba en viaje de negocios a Libraida pero se manifestó dispuesto a devolverse con mucho gusto para presentarme a su tía y a su prima, y regresar un poco más tarde a comer. En realidad no vivía en la hacienda sino en Buga, donde atendía sus negocios. Era una suerte haberlo encontrado tan cerca de la casa. Así, pues, viramos en redondo y nos dirigimos hacia las montañas por una serie interminable de colinas, llanuras, cortes y pequeños precipicios de seis a diez pies. Giramos luego hacia el norte, hasta que empecé a creer que me estaba conduciendo por un desvío en dirección a Victoria, y que en verdad no había ni Chaqueral, ni prima, ni tía, ni cultivos de vainilla. Al fin divisamos la casa de un arrendatario, en un potrero para engordar ganado, y más tarde vimos la verdadera casa de lo que él llamaba “la hacienda”, que era una vivienda sencilla de campo situada en la cima de una loma bastante abrupta y no lejos de la margen derecha del dificultoso Riohondo que ya había encontrado yo al sur de La Cabaña.

La casa consta de tres alcobas. Al frente tiene un corredor y antes de llegar a él hay una cerca en la mitad de la falda de la colina con una puerta de entrada. Detrás hay un espacio liso y bien barrido, que podría llamarse patio; pero no existen edificaciones en su contorno, si se exceptúa un cobertizo para la cocina, que reemplaza la que se quemó pocos días antes. Naturalmente la habitación central donde entramos era la sala. Al lado norte, a mano izquierda, queda la alcoba familiar, muy pequeña, y en el otro extremo el cuarto de Belisario, o en su ausencia, el de don Modesto Gamba, su tío. Opuesta a la puerta del frente hay otra que se abre sobre una diminuta galería o corredor, con dos alacenas o despensas pequeñas, en los extremos. Tal era la reducida mansión del plantador de vainilla. Don Modesto parecía ser una especie de socio o administrador del joven abogado. En ese momento no se encontraba en la casa, sino en el campo: posiblemente trabajando con sus propias manos. Doña Paz Cabal de Gamba estaba sentada junto a una mesa fabricando cigarros. La prima, Isabel Gamba Cabal, sentada en el suelo al pie de la puerta, cosía un vestido. Su primo me presentó a la familia, y luego se marchó deseándome una feliz permanencia mientras volvía.

Como las esperanzas en relación con la vainilla se dejaron para después de la comida (más probablemente para la noche) resolví gozar de las circunstancias en la mejor forma posible. Evidentemente yo no era un desconocido para la familia, aun cuando nunca los había oído mentar.

Isabel tenía unos dieciocho años y vestía de campesina, lo que le sentaba muy bien. Si acaso hay sangre negra en sus venas, no es perceptible. El vestido que estaba cosiendo era para ella, pues a veces se vestía como una dama. Una novela, traducida del francés, estaba encima de la mesa. Le gusta mucho la lectura aunque nunca recibió educación formal. El primo Belisario le presta libros, y su hermano, que estudiaba en Bogotá, le había dado algunos. Aquí, pues, existía un eslabón intermedio entre la aristocracia y el campesinado del país. Isabel pertenece más bien a este último por nacimiento, pero aunque nunca había sido debidamente educada, se había esforzado por hacerse verdaderamente atractiva, como lo admitiría cualquier aristócrata caucano si se atreviera a hablar sinceramente. Mi opinión, a través del tiempo y la distancia, es que Isabel es la mujer nativa más agradable que encontré en toda la Nueva Granada. Su padre y su madre son gentes sencillas, buenas personas que parecían muy contentas con esta hija y que tenían las mejores esperanzas puestas en el hijo ausente.

Todo el servicio doméstico consistía en dos muchachitas negras y mudas, de unos ocho y diez años. No son idiotas sino muy despiertas y pueden oír como cualquiera y comprender todo lo que escuchan, pero no hablan más de una o dos sílabas. Yo las observé y las estudié muy detenidamente, pues en muchos aspectos se asemejan bastante a esos extraños enanos que se exhiben en los Estados Unidos con el nombre de “niños aztecas”. Afortunadamente había descubierto su historia por una carta enviada desde Granada en la que me enteré de que eran especímenes enanos, producto de la mezcla de razas de tamaño normal. Las muditas de El Chaqueral apenas se diferenciaban de estos pigmeos por el tamaño. Eran vivarachas, activas, cariñosas y siempre listas a hacer cualquier oficio que les permitieran sus fuerzas, pero incapaces de pronunciar una sola palabra.

Pasé un día muy placentero leyendo, conversando y haciendo uno o dos paseos por las márgenes del riachuelo. Durante una de nuestras charlas Isabel apartó un momento la vista de su labor y me preguntó si yo tenía hijos.

“No me he casado nunca”, le contesté.

“Belisario me dijo que usted es soltero, pero pensé que podría tener hijos, a pesar de ello”.

“Si yo fuera tan falto de escrúpulos como para ser padre antes de casarme, también lo sería para negar a los hijos. Si fuera sospechoso de tal cosa, no tendría un solo amigo que me recibiera en su casa. Esa clase de personas no es admitida en la sociedad que yo frecuento”.

No le comenté que la crema y nata de Nueva York no rechaza sino a los libertinos pobres y vulgares, quizá por la misma razón que doña Paz me comentó:

“Si fuéramos tan estrictos aquí a ese respecto, tendríamos que vivir fuera de la sociedad”.

Ambas estuvieron de acuerdo conmigo en que era una lástima que las cosas marcharan así, pero no se daban cuenta de que su religión tuviera algo que ver con el relajamiento de la moral. En ocasiones anteriores algún caballero me había hecho la misma pregunta de si tenía hijos, después de haberme invitado a la intimidad de su amable familia.

Por la noche regresó Belisario de Libraida, volvió su tío del trabajo y, colocándome a la cabecera, nos sentamos ante una mesa amplia y rústica pero con comida muy sustanciosa. El puesto de honor que me correspondió era una silla de brazos; los demás se sentaron en el poyo. Isabel permaneció de pie vigilando que nada nos faltara. Después de que terminamos la comida, levantaron los platos y los colocaron en el suelo del corredor de atrás, donde ella y su madre se sentaron a comer.

En otra ocasión, cuando tenían de invitada a una hermana de Belisario, Virginia Cabal, y los hombres estaban todos fuera, yo dije que no estaba acostumbrado a comer solo y que ellas deberían acompañarme. Pusieron dos platos más en la mesa y las jóvenes tomaron asiento, pero se negaron a comer. Conversaron hasta que yo terminé y luego comieron ellas con doña Paz en el suelo del corredor. Creo que la costumbre de que las mujeres coman aparte de “los amos de la creación”, y en el suelo, ya está siendo olvidada poco a poco. Las familias más notables del Cauca no practican esta costumbre.

Por la mañana el primer tema de conversación fue la vainilla. La plantación estaba demasiado lejos para visitarla pero podríamos ir a ver algunos ejemplares silvestres. Don Modesto nos acompañó y al otro lado del arroyo me mostró una planta que crecía muy alta y enredada en un árbol. No era vainilla aromática sino que pertenecía a otra especie que tiene la vaina más corta y aplanada en vez de ser triangular y de más de una pulgada de ancho. Me pareció que la vaina era bicarpelar. Pero el cultivo de la preciosa planta era tan importante para mí que no podía aceptar ninguna demora para verlo con mis propios ojos. Así que después del almuerzo montamos a caballo y nos dirigimos hacia la montaña. Fuimos mucho más lejos de lo que nunca había cabalgado yo en una propiedad particular, exceptuando una cerca a Tuluá. Llegamos a un campo de pastoreo cercado completamente con setos vivos y fosos, más allá del cual entramos al bosque, de tal manera que entre nosotros y la vecindad del Magdalena solamente se interponía la selva. Allí me mostraron tres matas de vainilla que según me dijeron habían sembrado ellos mismos. Las examiné detenidamente y pronostiqué que vivirían. Me enteré por casualidad que ya habíamos traspasado los linderos de su propiedad y que estábamos en tierra ajena. Pensé que era inhumano continuar la cacería de plantas de vainilla, y declaré estar completamente satisfecho.

También estuvimos en un sitio donde mi amigo piensa que hay aguas salobres. Aquí la sal es muy cara, pues la tienen que traer a lomo de mula desde una distancia de más de trescientas millas. Solamente se la dan al ganado de engorde. Compran las reses de tres o cuatro años, ya operadas, por seis u ocho dólares, y con seis meses de pasto de Guinea y sal las dejan listas para el matadero. Aquí no hay sino dos clases de pasto, el guinea y el para, y solo cercan los potreros que estén sembrados con ellos. El que encontrara aguas saladas en esta región se enriquecería. Muchas veces he ayudado a mis amigos a buscarlas, pero nunca ninguna contenía cloruro de sodio.

A nuestro regreso supimos que un señor de la hacienda vecina había venido de visita. Lo vi después con frecuencia en la hacienda a donde iba a jugar cartas con las señoras y a entretenerlas con su conversación. Como es soltero, bien puede ser que terminara haciendo feliz a Isabel. Me referiré a él como don Justo, sin tomarme el trabajo de buscarle un apellido.

Belisario Cabal es un taxidermista. El es quien ha preparado y donado la mayoría, si no todos, los ejemplares ornitológicos que hay en el Museo Nacional de Bogotá. Le sugerí que ellos serían muchísimo más apreciados en el Lyceum de Nueva York, institución muy notable que con la colaboración de unos pocos y excelentes hombres de letras y de negocios ha hecho un museo de entrada gratuita, siempre que consiguen fondos para pagar salas donde exhibir su valiosa colección. El señor Cabal me prometió que les enviaría algunos pájaros. Si lo hace y si este libro llegara a conocer una segunda edición, prometo solemnemente pasar a otro sitio todas las referencias de la vainilla en El Chaqueral y no mencionar para nada las plantas cultivadas.

Una vez estuve en El Chaqueral con el propósito de ir a bañarme con las señoras. Hay un pozo en un arroyo, que no diré dónde está situado, que lo llaman el Credo. Según entiendo esta es la oración más larga del rosario, y por eso denominan así este charco largo y de aguas tranquilas. Tiene doce “rods” de longitud, una profundidad promedio de tres pies y un ancho casi uniforme de cinco o seis pies. Está rodeado de bosque y el aire es fresco como el de un verano perpetuo. Si el hombre hubiera nacido solo para nadar, el paraíso terrenal habría estado en este sitio.

Al paseo al Credo, además de la señora Cabal, Isabel y Virginia, fueron don Justo y una señora que se había casado hacía unos tres años y tenía una hija de dieciséis, simple y no muy atractiva. Mientras cabalgábamos Isabel me preguntó si mi caballo no podía andar al paso. Le dije que me imaginaba que sí, aunque ahora estaba trotando; entonces ella me aconsejó que jalara las riendas y le diera con el látigo. El caballo siguió al paso, pero Isabel decidió que no era un paso espontáneo sino aprendido. Después me preguntó si era cierto que yo había dicho anoche que había venido en un caballo. Indudablemente, le contesté, ya que no llegué ni en mula, burro o toro. Isabel me informó que la bestia era una yegua y estaba preñada. Para mis adentros llegué a la conclusión de que nunca podría engañar a Isabel en un negocio de caballos.

Por último amarramos los caballos en los árboles cerca al Credo. Justo no había traído vestido de baño sino un pañuelo, pero al ver que yo tenía uno, decidió no bañarse. Las mamás tampoco se bañaron. Las señoritas aparecieron en unas batas largas, abiertas un poquito en la espalda pero tan apropiadas para la ocasión corno lo puede ser cualquier otra cosa distinta a un “bloomer”. La muchacha desconocida no sabía nadar. Justo y las mamás se sentaron en una piedra a conversar y a mirarnos y los bañistas los salpicamos en juego. Me vestí primero que las señoritas y me puse a conversar con Virginia, sentado y dándole la espalda, mientras ella se peinaba antes de vestirse. Justo me llamó y amablemente me observó que para una dama no es agradable tener a un señor tan cerca cuando ella se está vistiendo. Nos quedamos conversando a menos de cuatro “rods” de distancia, hasta que ella y sus amigas estuvieron listas. La etiqueta definitivamente es un misterio.

Sentí muchísimo dejar a la familia del señor Gamba. Pero antes de irme Isabel insistió en mostrarme su jardín, que consiste en un espacio de veinte pies por ocho, encerrado con láminas de guadua de dos metros de altura. Las guaduas están clavadas de punta pero había cuatro flojas, de manera que pudieran moverse dejando un hueco lo suficientemente grande para que pasara una oveja, y entramos por allí acurrucándonos. Lo más interesante que encontré fueron cinco tallos de trigo de treinta pulgadas de altura. Me imagino que Isabel obtenga en la cosecha cinco espigas, no de la mejor calidad. Este experimento no comprueba nada. El trigo del jardín de Isabel puede ser tan pobre por circunstancias diferentes a un clima desfavorable a su cultivo, y una cosecha buena puede fracasar por razones que no afectan a esta muestra. Dicen que el trigo crece a veces en sitios de altitud similar a esta, pero que las plagas vegetales o animales, que no existen en lugares más fríos, lo atacan en tal forma que su cultivo es improductivo. Pero me parece que estoy gastando demasiado tiempo en un jardín tan pequeño.

Volvimos a Las Lajas y nos fuimos directamente al río. En este sitio hay tierra seca hasta la propia orilla, cosa que no he visto en ninguna otra parte. Al otro lado hay un ingenio; a gritos llamamos a un amigo y al oírnos nos enviaron una canoa, que no nos costó nada para cruzar el río. Visitamos la hacienda de La Vega, donde más bajo vi el Cauca. Únicamente pude contemplar éste en los pasos y en Vijes, porque de resto está escondido entre pantanos. En La Vega tiene de un cuarto a media milla de ancho y es parecidisimo al alto Magdalena y al Misurí, un río de barro líquido.

Caminando un poco más allá del paso del río me llamaron la atención tres plantas. Esa vez fue la única que vi la yuca florecida. Tenía casi tres pies de altura, la copa extendida y hojas bonitas y lisas. Vi también un almendrón, la |Attalea amygdalina, que es una palma sin tallo, de manera que la copa parece estar directamente sobre el piso. En el centro de la enorme corona de hojas están las frutas en un espádice coronado de nueces, cuya semilla se parece mucho a la almendra, pero de textura más firme y no le sentí sabor de ácido prúsico. Luego llegué a un matorral de jiraca (sic) de la cual venden las hojas en la mata y cuyo cultivo es bastante lucrativo.

No les puedo contar cómo llegué al ingenio de La Vega, pero diré a quiénes conocí allí. En primer lugar, al dueño, don Ramón González y a su esposa, Rita Pinto de González; además a la hermana de ésta, Reyes Pinto, y a un mundo de niñitos. La familia había ido a la hacienda para fabricar dulces de toda clase, especialmente alfandoque. Me dijeron que ya habían terminado la tarea y que yo llegaba a tiempo pues pensaban irse en una hora.

Mi caballo no había acabado de recuperarse del paso del río, cuando ya estábamos de regreso. Cada caballo con un adulto y un niño encima; a pie solo quedaron el propietario de la hacienda, su esposa y una niña de brazos. A ésta la tenían desnuda, pero cuando llegué le pusieron, me imagino que en mi honor, un vestido delgado de percal. Me sorprendió muchísimo que precisamente ellos se quedaran a pie, pero en realidad no era mucho lo que había que caminar, solamente una milla.

A mí me tocó cargar con Dolores, una niñita de cinco años a quien generalmente le dicen La Mona y durante mucho tiempo no le conocí otro nombre. Aún hoy no estoy seguro de que se llama Dolores. No se había estado quieta un minuto y apenas la montamos en el caballo se quedó dormida. Por último llegamos al camino que va de Cartago a Roldanillo y nos detuvimos en una casa de don Ramón donde viven su suegro (don Ramón vive dos millas más adelante), su cuñada Reyes y varios niñitos de los que no he hablado. Reyes es soltera y los niños puros accidentes.

La casa tiene dos cuerpos, con un espacio entre ellos que es el patio. Estaba oscureciendo y preferimos sentarnos allí. No se mencionó ni una palabra sobre la comida, quizá por ser conversación inútil, pues lo más probable es que no hubiera nada sobre qué especular ni tampoco resultara nada para comer. Les aseguro que aquí se olvida con muchísima frecuencia y sin ningún problema el tema de la comida. Es pura idea la de que por lo menos dos comidas completas al día son esenciales para la salud y la felicidad. Son muchos los días en que no he tomado después del desayuno más que una taza de chocolate espeso, un plátano maduro asado, un plato de melado o de dulce de frutas y un vaso de agua encima, y me he sentido muy bien, como me sentí aquella tarde, sentado sobre un montón de hojas de jipijapa, que preferí al puro suelo, y en compañía de las dos señoras y de sus distintos hijos, legítimos e ilegítimos.

Don Ramón había estado en La Vega y me trajo un paquete de cartas. Como ejemplo de la dificultad que encuentra el correo para llegar a su destino, baste mencionar que recibí noticias de la muerte de una hermana a quien yo suponía completamente curada y había muerto hacía 363 días.

El señor González y su familia salieron temprano al día siguiente a La Vega, la cual puede describirse como dos cabañas en un redil. Efectivamente, en el patio de adelante había un rebaño bastante grande de ovejas, y el corredor de la casa les servía de cobertizo. Nadie hacía nada por mantenerlo limpio y era inútil intentarlo mientras vivieran allí las ovejas. La casa carecía completamente de toda clase de comodidades, cosa sorprendente siendo el dueño hombre de tanta previsión, inteligencia y capital. Don Ramón es un funcionario invaluable del distrito, persona de visión clara y emprendedora. Su negocio es próspero, posee todo el dinero que quiera para invertir, y no es avaro pues siempre que tiene ocasión lo gasta muy generosamente. Sin embargo, toda su casa, aparte de la cocina, consiste en tres pequeñas piezas de suelo de tierra apisonada. La sala tiene doce pies cuadrados, un poyo alrededor de las cuatro paredes y dos sillas pesadas y burdas que pertenecieron a su padre, el general González, y una mesa fija que hicieron clavando una tabla de treinta pulgadas de largo por dieciocho de ancho en cuatro palos metidos en el suelo. La mesa la colocaron en una esquina de tal forma que el poyo sirve de asiento al extremo y a uno de los lados. Por consiguiente no se necesitan sino dos sillas, que son las únicas que hay en la casa. La alcoba tiene doce pies por siete y las camas consisten en un par de entrepaños de madera de siete pies por cuatro, colocados a dos pies del suelo. En el espacio restante está colgado un bastidor donde duerme el bebé, y así quien esté acostado en cualquiera de las dos camas puede mecerlo. En el cuarto de frente a la alcoba hay monturas, cajas, etc. y en general es un depósito para todas las cosas que no se necesitan diariamente.

Mercedes, la niña mayor, va al colegio de Roldanillo. Tiene ocho años, y seis Elena la que viajó con nosotros desde el ingenio. La familia tiene cuatro niñas. Mercedes es amable y simpática. Quería yo que me leyera algo, pero en la casa no había nada para leer. Todos los libros los tienen en la casa de Roldanillo. Elena es tímida, testaruda e insociable. La Mona, en cambio, se hizo mi amiga al instante y nunca estaba tan contenta como cuando me acompañaba en la hamaca, que siempre se mecía en la sala y servía de asiento durante el día y de cama para mí por la noche. Los huéspedes comunes y corrientes dormían en el poyo o en un cuero en el suelo, ya que no hay mesa lo suficientemente grande para dormir encima.

Como mi nombre tiene la inicial F, todos suponen, claro está, que me llamo Francisco. Para mí es un descanso o un lujo tener un nombre que todo el mundo pueda pronunciar. Me habría gustado antes de dejar mi país haber conseguido un buen nombre para usar aquí. En una ocasión que buscaba flores con las niñas imprudentemente dije que no me gustaba el nombre de Mercedes, por estar en plural. Entonces ella afirmó que no le gustaba el de Francisco y no desistió cuando le informé que yo no me llamo así; quería conocer el verdadero nombre para desaprobarlo también, pero no lo va a saber nunca. Así y todo yo le gusto y ella me gusta, aunque a ninguno de los dos nos agraden nuestros nombres.

La mesa es pequeña pero suficiente pues apenas dos personas comemos en ella. Rita y los niños comen en el suelo en el corredor de atrás. Las comidas no me convencen, y no solo por la sazón. Me hacen muchísima falta las frutas; prácticamente las únicas que nos dan son plátanos maduros, bananos y naranjas. No puedo prescindir de los plátanos maduros y una vez al mes cuando puedo conseguir bananos me como hasta diez al tiempo. La mitad de las naranjas no se pueden comer; aunque aquí podrían producirse las mejores del orbe, no vi un buen naranjo de aquí a Ibagué. Don Ramón es propietario de cuatro casas y de miles de acres de la mejor tierra, en la que se darían las nueve décimas partes de las frutas del mundo, y no obstante ignoro que tenga un solo árbol, arbusto, enredadera o hierba que produzca frutos comestibles, excepto plátano, ese sostén de la vida. ¿Me acusa el lector de que no tengo en cuenta las probabilidades? A esto contesto que si estuviera inventando un personaje, seguramente me resultaría más parecido a un anglosajón; lo que estoy haciendo es describir todo tal como lo veo.

Pasemos ahora a la residencia urbana de don Ramón González. La aldea de Roldanillo está situada en un contrafuerte de la cordillera de Caldas o cordillera occidental, más abajo de las desembocaduras de La Paila y Las Cañas, y arriba de los ríos Las Lajas, Hondo y Micos, todos los cuales vienen del oriente y a veces están correctamente señalados en los mapas. El Riofrío nace en la cordillera occidental y desagua en el Cauca, un poco más arriba de la aldea. Los datos del censo, que dan solamente la población de los distritos, pueden servirnos para comparar el tamaño de los diferentes pueblos. Con raras excepciones, cuanto más poblado está el distrito, más grande es el pueblo. Así, Roldanillo, con una población de 4.800 habitantes, debe tener en la cabecera (capital) del cantón del mismo nombre una población aproximada de 4.000 personas. Es natural entonces que aquí haya médicos, escuelas, bailes y festividades de algún mérito, por lo cual no es de extrañar que las hijas del señor González hayan nacido aquí y aquí vayan a educarse, bailar y gastar su dinero.

En verdad, se podría esperar por el bien de ellas que esta fuera su residencia permanente y que solo en ocasiones se trasladaran a los ranchos de La Vega. Pero no es así, no puede ser así, pues don Ramón no tiene un mayordomo fiel, como los que a veces se encuentran al oriente del Quindío, y necesita ver con sus propios ojos y estar continuamente presente en todas las labores de su hacienda, pues de lo contrario las cosas no marchan o marchan mal. La casa del pueblo es mucho mejor en tamaño, materiales y mobiliario. Es bastante grande aunque no tiene todas las alcobas necesarias. Apenas hay cinco piezas, incluyendo la cocina y el establo; pero son espaciosas y todas, excepto el establo, se encuentran en el piso alto de la casa, que es de adobe. La armazón de las camas y de las mesas es removible, y son tan elegantes como puede esperarse de una obra salida de las manos de un carpintero en un tierra donde el torno es desconocido. En efecto, la única cosa que he visto aquí parecida a un torno es un artefacto que hace girar el objeto que se labra tres o cuatro veces en un sentido, y otras tantas en sentido contrario.

Don Ramón tiene en la casa de Roldanillo un estante con libros. Creo que le han agregado en estos días un volumen de “La Colmena Española”. Parece tratarse de una traducción del “Penny Magazine”, y si hubiera ejemplares suficientes haría una buena labor en pro de esta raza que está surgiendo. No vi ningún libro que hiciera pensar que lo había adquirido su padre; en cambio las generaciones anteriores parecían haber sido mejores clientes de los libreros. Así, pues, a todos los libros les faltaba actualidad y solo su vejez les daba algún valor.

El domingo tomé de este tesoro bibliográfico una obra en latín sobre las antigüedades judías, que si fuera compilada conforme el conocimiento y las tradiciones de los judíos en España, tendría un interés muy particular en estos tiempos. Esa noche se exhibía un bailarín en la cuerda floja, y toda la familia deseaba ir a verlo. A La Mona le prestaron un par de peinetas de Mercedes, de carey y adornadas con abalorios, para convencerla de que se quedara conmigo y una sirvienta. Imagínenme ustedes sentado ante una mesa con una vela de sebo en el candelero, inclinado sobre el viejo volumen latino empastado en pergamino y resuelto a gozar de una noche para mí solo. Pero el sobrenombre de Mona era muy exacto: en necedad la niñita se parecía muchísimo a la más tranquila de una tribu de monos. Apenas vio la costa despejada, lo primero que hizo fue quitarse toda la ropa, excepto las peinetas, y quedar exactamente como una mona. Después se encaramó a la mesa y se sentó cerca de mi libro. Luego se quitó las peinetas, les arrancó los abalorios, los metió en las rajaduras de la mesa y otros los enterró en la esperma derretida que caía en la base del candelero. La sirvienta no tenía ninguna autoridad sobre ella. Muy pocas veces la madre intentaba ejercer la suya, aunque en raras ocasiones La Mona hace tan completamente lo que le viene en gana. Después insistió en jugar con la vela hasta que yo me cansé y para evitar que le diera por ayudarme en mis lucubraciones sobre las antigüedades judías le dije que si cogía otra vez la vela se la apagaba. Un momento después estábamos en la oscuridad total. La  sirvienta ofreció ir donde los vecinos y encenderla, pero yo le dije que no se preocupara. “Ven donde mí, Mona”, la llamé, y la niñita se acurrucó en mis brazos y en cinco minutos estuvo profundamente dormida. La envolví y la puse sobre su cama. A las once regresó la familia trayendo las sillas, pues en todas estas funciones los espectadores deben llevar sus asientos, lo cual sucede hasta en el teatro de Bogotá. De esta manera terminó mi domingo en el seno de la familia de Ramón González.

Otro día un muchacho me trajo de la calle mi pequeño testamento griego. La Mona lo había tirado por el balcón. Tuve que amarrarlo de una piola y colgarlo de un clavo bien alto, como si estuviera poniéndolo fuera del alcance de las hormigas. Para que no jugaran con mi cepillo de dientes, lo escondí detrás de un muñequito amarrado de una pequeña silla mecedora que estaba sobre un mueble antiguo. Elena, la tímida y rencorosa, descubrió mi escondite y proclamó a los cuatro vientos que Francisco había puesto su cepillo ¡en la silla del Niño Dios! Lo que yo había tomado por un juguete resultó ser un objeto de valor religioso, por no decir de culto.

Elena también era traviesa. Un día estaba sentado leyendo en el balcón, cuando trajo un libro que me había prestado y amenazó con tirarlo a la calle. Le dije que si lo hacía, yo le daría unas palmadas. No me creyó. La Mona también trajo otro libro y ambas los tiraron al tiempo. Les jalé las orejas y las dos se pusieron a llorar a gritos. Elena se fue corriendo y no volvió a acercárseme ese día ni el siguiente. La Mona se subió en mis rodillas, sollozó mucho rato y no me dejó en una hora.

La falta de respeto filial es de lo más común en la Nueva Granada. Yo vi a una niña de ocho años, hija de una madre muy espiritual y respetable, golpearla y llamarla con los epítetos más viles que se puedan decir en cualquier lengua, y todo dentro de la mayor impunidad. Imposible afirmar que aquí conozcan ninguna clase de disciplina familiar; cierto que se necesita mucho menos que entre nosotros, pero a pesar de ello, no es de extrañar que casi nunca se la ponga en práctica.

Visité la escuela de niños en Roldanillo, pero no observé nada digno de ser anotado, y también una escuela selecta para niñas, que era selecta en verdad, pues solamente tenía cincoalumnas. En cuanto a las condiciones intelectuales, esta segunda no era mejor que el promedio de las escuelas públicas para niñas y quizá no tanto; pero al menos las alumnas no tenían tantas oportunidades de aprender malas palabras. La maestra era la hermana y ama de llaves del padre Elías Guerrero, el más amable miembro del clero que yo haya visto aquí. No tiene cargo en ninguna iglesia, y no puede menos de entristecerme pensar que un hermano tan afectuoso no pueda nunca llegar a ser marido, y que un hombre tan inteligente y meritorio viva expuesto a los pecados que, hablando humanamente, son inseparables del celibato forzoso.

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