INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo  Familia caucana) 
 

 

En otra ocasión humedecí el dedo antes de ponérselo encima a una pulga, de manera que no me pudiera ganar. La restregué hasta quedar convencido de que le había roto todos los huesos del cuerpo y casi que también los de mi dedo. Me detuve un momento a deliberar si le quitaba el dedo de encima, pero resolví asegurar doblemente el éxito restregándola de nuevo. Solo entonces levanté el dedo; y ¿qué veo? ¡Ya no estaba allí! naturalmente, me siento como un tonto. Pero ningún mortal puede escapar a su destino cuando le llega la hora; y así, encuentro registrado en mi diario: “La Paila, 9 de julio de 1853. He tenido un día excelente. Soñé con mi hogar anoche; comí carne fresca en la cena; encontré una planta nueva; capturé una mariposa y... ¡maté una pulga¡. La pulga que murió ese día halló sin duda una muerte accidental; pero en mi última visita a Cartago, gracias a una práctica incesante, me perfeccioné en el difícil arte de cazar pulgas. Le di muerte a docenas de ellas. Bien valía la pena haber viajado hasta allí. En cierta ocasión fui a bañarme a La Vieja; volví la ropa al revés, y con ojos despiadados contemplé no menos de seis pulgas que saltaban lejos de toda habitación, seguramente para gozar del buen tiempo; al regresar a casa lo hice muy satisfecho, sabiéndome el único usufructuario de mis vestidos.

Aguador en Cartago

Pero ahora debemos irnos de Cartago. Don Eladio, su señora, su hermana y los niños se van para Tuluá. Don Eladio amablemente me consiguió un caballo manso y seguro porque no tenía confianza en mis habilidades como jinete. No me imagino qué pensaría del hombre cuya educación ecuestre se limitara a la adquirida en una finca yanqui, sin haber tomado lecciones adicionales en el Sur y el Oeste. No creo que haya en el mundo mejores jinetes que los caucanos, pero su habilidad pasa inadvertida porque ni se enorgullecen ni se jactan de su pericia y no conozco a ningún caucano que tenga fama de buen jinete ni que desee tenerla. Montan como por instinto y como si fuera lo más natural del mundo. Sin embargo, me parece que hemos exagerado la reputación de los hispano-americanos como jinetes.

Al poco rato de salir vimos rocas “in situ” que no estaban en montañas ni en lomas altas. El camino en otro tiempo había pasado por un montículo de unos quince pies de altura, pero el tránsito había nivelado el camino con el valle en un espacio de diez pies de ancho. Los lados y el fondo de este corte son estratos horizontales de arenisca, y más adelante encontré capas de tierra infusorial, tan suave y blanca que la utilizan como tiza. La mejor muestra de esta tierra la vi a diez o quince millas al norte de Cartago, de donde recogí un pedazo para llevarlo a mis amigos en los Estados Unidos, pero que luego perdí.

No tengo palabras para describir el paisaje por el que cabalgaba nuestro numeroso y alegre grupo. Bosques, montículos, claros en el bosque, suaves ondulaciones del terreno, laderas de lomas y pequeñas llanuras se sucedían unas a otras. Pero todos los arroyos son silenciosos, no tienen guijarros ni el agua velocidad para hacerlos cantarinos. No añaden belleza al paisaje, cuando solo ellos podrían hacerlo.

En Zaragoza se devolvieron algunas personas que habían venido con nosotros por acompañarnos. Fue en esa pequeña aldea donde vi por primera y última vez un espécimen vivo del perezoso que aquí llaman perico ligero. Es posible que se trate del |Ácheus Ai. Ay es una interjección natural que expresa dolor, y al animal se le llama así debido a sus chillidos lastimeros. El ejemplar que conocí era del tamaño de un perro mediano y estaba colgado del palo al que lo había amarrado su dueño, quien lo llevaba terciado al hombro. Los perezosos viven permanentemente colgados patas arriba, en una posición muy incómoda para cualquier otro animal, y en el piso se sienten tan incómodos como podría estarlo un cordero en un árbol. En esta región los especímenes de mamíferos son tan escasos que el viajero no debe creer que tendrá muchas oportunidades de encontrarlos más de una vez. Con mucho pesar me alejé del perico ligero.

Estaba oscureciendo cuando la caravana cruzó el portón de la finca del señor Pedro Sánchez, unas millas al norte de Obando. La casa está en una altura agradable, lejos del camino. Entonces no se me ocurrió que don Pedro tuviera otro oficio que el de mantener una especie de taberna, arrendando cuartos a los viajeros, pero ya he aprendido a no juzgar a la gente por sus muebles. La familia nos dejó la sala. El espíritu de retraso que gula a los viajeros en la Nueva Granada, hizo demorar la salida, planeada para la mañana, hasta las tres de la tarde. Compensamos la demora con una cena entre las nueve y las diez. El viaje a caballo, corto, pero rápido, me cansó tremendamente, mucho más que el viaje a pie más pesado.

Mientras esperábamos en el corredor a que sirvieran la comida me entretuvieron haciéndole contar mentiras al sillero que llevaba al bebé. Aquel era un negro chocoano, fornido, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, cuya forma divertida de tranquilizar al niño cuando lloraba me pareció mucho más graciosa que las mentiras que decía, las cuales no tenían más mérito que la exageración y la frescura. Entre otras cosas dijo que estaba comprometido con una bella princesa europea y que dentro de poco iría por ella. Se mostró muy satisfecho cuando supo que se había ganado el mote de Pedro el Embustero.

Tuvimos que mandar a conseguir el agua que íbamos a consumir, cosa que nos demoró mucho. El peón que fue a buscarla llevó compañía para que le ayudara a ahuyentar el miedo, le iluminara el camino o alejara las bestias salvajes con una rama encendida que parecía de pino tea, pero que era de ciprés. Ni el ciprés ni el cedro son árboles coníferos, y este último quizá sea el |Amyris o |Cedrela. Del primero solo pude conseguir algunas hojas.

Era una noche agradable de enero, ni muy fría ni muy caliente, y esperamos en el corredor hasta que nos sirvieron la comida. Después me acosté en la hamaca y los otros se tendieron indistintamente en las mesas, en el poyo o en el suelo. Decidimos que nos levantaríamos a las dos, tomaríamos inmediatamente el chocolate y saldríamos a las tres. Pero semejante plan nunca se lleva a cabo. Salimos a las cuatro y sin haber tomado el chocolate. Estaba todavía oscuro y fue difícil seguir nuestra ruta hacia el sur, pues gran parte del camino no tenía cerca y había senderos en todas direcciones. Al amanecer llegamos a Obando (antes Naranjo), donde llamamos a la casa de una familia que tenía una especie de venta y compramos aguardiente para algunos del grupo que necesitaban tomarlo.

Seguimos adelante dejando que Pedro el Embustero, compensara en diligencia lo que le faltaba en rapidez. La naturaleza ha hecho que los potros puedan seguir al paso de la yegua, pero no conozco la forma para que un niño de brazos, en la espalda de un negro, no sea un impedimento para la mamá que viaja en un buen caballo. Esta es una realidad que vivimos ese día. Los sirvientes y el equipaje nos dejaron bien pronto atrás.

Pasamos el río de los Micos por un puente descubierto y bastante respetable, de hecho el único en toda esta región que puede soportar el peso de un caballo. Nunca dejo de mencionar los puentes por donde paso. Llegamos a Victoria para el desayuno, en el momento que la gente salía de misa. La población, si es que se puede llamar así, es pequeña y aparentemente no podía darse el lujo de darnos nada de comida. Una milla o dos más adelante tuvimos mejor suerte. Pero fue preciso esperar dos horas y media el desayuno y cuando reanudamos la marcha estaba empezando a hacer demasiado calor para viajar a pleno sol. Allí conocí el níspero, la fruta del |Achras Sapota, pero no se parece al zapote, que es una |Matisia. El níspero es como un durazno de buen tamaño y tiene pepitas bastante grandes. Es fácil de comer, pero la cáscara tiene una leche pegajosa que fastidia y el sabor es muy poco atractivo para el paladar de una persona del Norte. El zapote es todo lo contrario. Tiene el tamaño de una manzana grande, de cáscara gruesa y el color de la piel de ante, con la pulpa amarillo rojiza. Es fibroso pero de sabor muy agradable. Se abre muy fácilmente, dejando al descubierto semillas enormes, que conocemos en nuestro país debido a su reverso suave, bello y castaño, con una yema más áspera y blancuzca bajo la superficie. Por lo general la pulpa se come separándola de la cáscara hasta que esta queda limpia. Pero ni el níspero ni el zapote son frutas de la mejor calidad.

Sentí tener que separarme de mis amigos tan pronto pero tenía que visitar La Cabaña, una hacienda algo al occidente del camino y a pocas millas de Victoria. Me despedí calurosamente de Susana y de Manuela Pinzón y con mucho sentimiento dijeadiós al señor Vargas y a otros caballeros que no tuve tiempo de presentar al lector y a los que posiblemente no encontraremos de nuevo. Crucé a la derecha y al poco rato una loma se interpuso entre mis amigos y yo. Cabalgué hacia el occidente durante largo tiempo. Había creído que el camino por donde veníamos estaba entre el Cauca y los bosques de las montañas, deshabitados desde que los españoles exterminaron a los indios. En principio es así, pero este cinturón de tierras de pastoreo, que a menudo no llega a tener una milla de ancho entre los bosques del Cauca y los del Quindío, se extiende a veces muchísimo más en ambas direcciones.

Por último, bordeando una laguna rodeada de cerros no muy altos, en uno de los cuales están las edificaciones que llevan el modesto nombre de La Cabaña, llegué a la casa del doctor Guevara, quien me recibió en la puerta, junto con su esposa, la señora Monzón. Esta parecía muy contenta de recibir a alguien que conociera a su padre. Supongo que el nombre Monzón es de origen inglés, y que es Monson. La casa de los Guevara da la sensación de que fuera el resultado de la combinación accidental de tres construcciones diferentes y muy extensas, las cuales no rodean propiamente el patio sino que más bien lo delimitan. Por un aspecto es la hacienda más maravillosamente situada del Cauca pues está en un otero que domina la vista sobre una amplia y bellísima llanura que se extiende casi hasta las márgenes del río. Desde aquí no se divisa la corriente oscura que vimos cuando pasamos por su desembocadura en el Magdalena, porque una franja estrecha de bosques tapa la vista del río, y las colinas de la otra banda se ven relativamente cerca.

Pero la casa tiene el inconveniente de que el agua se halla muy lejos. Aquí la mayoría de las casas están construidas al pie de un arroyo y todas las poblaciones tienen que estarlo. No sé de ningún aljibe en la Nueva Granada, pero en La Mesa y Libraida vi utilizar el agua de una fuente. La Cabaña es la única hacienda que conozco que se abastece directamente del Cauca; tiene siete tinajas enormes con el agua que trae un equipo de negras sobre la cabeza para reemplazar la que se gastó el día anterior. Dejan sedimentar el agua durante una semana antes de beberla. No es exactamente tan agradable como el agua siempre fresca de un pozo profundo o de una fuente, o el agua helada de Croton, pero aquí no se puede tener esta clase de lujos. El agua del río Cauca es quizá tan buena como cualquiera del mundo y puede compararse a la del Saint Louis, no helada sino al clima. Fuera de La Cabaña no he tomado agua del Cauca sino en los pasos del río y entonces la he bebido con barro y todo.

La Cabaña tiene otro atractivo, que es un cuarto de escritorio realmente dedicado a la lectura y al estudio. La biblioteca del doctor Guevara debe contar con unos cien volúmenes, todos en español y en francés. El Correo de Ultramar les llega a él y a un señor de Cartago. Es alentador encontrar estas muestras de gusto literario.

Tomé el camino principal en un punto más arriba de donde me había desviado, seguí media milla hacia el sur de La Cabaña, crucé un arroyo llamado Ríohondo que corre por una profunda hondonada desde donde el ascenso es el peor que he conocido. Después di vueltas por bosques y cerros durante una milla. Una noche volví a recorrer el propio camino y estaba muy oscuro cuando llegué a dicha hondonada. Tenía la esperanza de encontrarme en el mismo paso, por malo que fuera, donde había estado de día. No me quebré la crisma, aunque pocas veces he corrido tanto peligro como esa noche. Al llegar a la otra orilla encontré la valla convertida en un obstáculo inexpugnable, por el que no podía pasar el caballo sin destruir un montón de trabajo humano. Miré para todos lados y terminé amarrando el caballo y caminando a pie a la casa. El señor Guevara mandó un sirviente que trajo el caballo dando una vuelta de varias millas. La portada del cerco habían tenido que asegurarla pues la desidia de la gente al pasar la dejaba abierta y entonces se salía el ganado de la hacienda.

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