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(continuación capítulo Familia
caucana)
En otra ocasión humedecí el dedo antes de ponérselo encima a una
pulga, de manera que no me pudiera ganar. La restregué hasta quedar
convencido de que le había roto todos los huesos del cuerpo y casi
que también los de mi dedo. Me detuve un momento a deliberar si le
quitaba el dedo de encima, pero resolví asegurar doblemente el
éxito restregándola de nuevo. Solo entonces levanté el dedo; y ¿qué
veo? ¡Ya no estaba allí! naturalmente, me siento como un tonto.
Pero ningún mortal puede escapar a su destino cuando le llega la
hora; y así, encuentro registrado en mi diario: “La Paila, 9
de julio de 1853. He tenido un día excelente. Soñé con mi hogar
anoche; comí carne fresca en la cena; encontré una planta nueva;
capturé una mariposa y... ¡maté una pulga¡. La pulga que murió ese
día halló sin duda una muerte accidental; pero en mi última visita
a Cartago, gracias a una práctica incesante, me perfeccioné en el
difícil arte de cazar pulgas. Le di muerte a docenas de ellas. Bien
valía la pena haber viajado hasta allí. En cierta ocasión fui a
bañarme a La Vieja; volví la ropa al revés, y con ojos despiadados
contemplé no menos de seis pulgas que saltaban lejos de toda
habitación, seguramente para gozar del buen tiempo; al regresar a
casa lo hice muy satisfecho, sabiéndome el único usufructuario de
mis vestidos.
Aguador en Cartago
Pero ahora debemos irnos de Cartago. Don Eladio, su señora, su
hermana y los niños se van para Tuluá. Don Eladio amablemente me
consiguió un caballo manso y seguro porque no tenía confianza en
mis habilidades como jinete. No me imagino qué pensaría del hombre
cuya educación ecuestre se limitara a la adquirida en una finca
yanqui, sin haber tomado lecciones adicionales en el Sur y el
Oeste. No creo que haya en el mundo mejores jinetes que los
caucanos, pero su habilidad pasa inadvertida porque ni se
enorgullecen ni se jactan de su pericia y no conozco a ningún
caucano que tenga fama de buen jinete ni que desee tenerla. Montan
como por instinto y como si fuera lo más natural del mundo. Sin
embargo, me parece que hemos exagerado la reputación de los
hispano-americanos como jinetes.
Al poco rato de salir vimos rocas “in situ” que no
estaban en montañas ni en lomas altas. El camino en otro tiempo
había pasado por un montículo de unos quince pies de altura, pero
el tránsito había nivelado el camino con el valle en un espacio de
diez pies de ancho. Los lados y el fondo de este corte son estratos
horizontales de arenisca, y más adelante encontré capas de tierra
infusorial, tan suave y blanca que la utilizan como tiza. La mejor
muestra de esta tierra la vi a diez o quince millas al norte de
Cartago, de donde recogí un pedazo para llevarlo a mis amigos en
los Estados Unidos, pero que luego perdí.
No tengo palabras para describir el paisaje por el que cabalgaba
nuestro numeroso y alegre grupo. Bosques, montículos, claros en el
bosque, suaves ondulaciones del terreno, laderas de lomas y
pequeñas llanuras se sucedían unas a otras. Pero todos los arroyos
son silenciosos, no tienen guijarros ni el agua velocidad para
hacerlos cantarinos. No añaden belleza al paisaje, cuando solo
ellos podrían hacerlo.
En Zaragoza se devolvieron algunas personas que habían venido
con nosotros por acompañarnos. Fue en esa pequeña aldea donde vi
por primera y última vez un espécimen vivo del perezoso que aquí
llaman perico ligero. Es posible que se trate del
|Ácheus Ai.
Ay es una interjección natural que expresa dolor, y al animal se le
llama así debido a sus chillidos lastimeros. El ejemplar que conocí
era del tamaño de un perro mediano y estaba colgado del palo al que
lo había amarrado su dueño, quien lo llevaba terciado al hombro.
Los perezosos viven permanentemente colgados patas arriba, en una
posición muy incómoda para cualquier otro animal, y en el piso se
sienten tan incómodos como podría estarlo un cordero en un árbol.
En esta región los especímenes de mamíferos son tan escasos que el
viajero no debe creer que tendrá muchas oportunidades de
encontrarlos más de una vez. Con mucho pesar me alejé del perico
ligero.
Estaba oscureciendo cuando la caravana cruzó el portón de la
finca del señor Pedro Sánchez, unas millas al norte de Obando. La
casa está en una altura agradable, lejos del camino. Entonces no se
me ocurrió que don Pedro tuviera otro oficio que el de mantener una
especie de taberna, arrendando cuartos a los viajeros, pero ya he
aprendido a no juzgar a la gente por sus muebles. La familia nos
dejó la sala. El espíritu de retraso que gula a los viajeros en la
Nueva Granada, hizo demorar la salida, planeada para la mañana,
hasta las tres de la tarde. Compensamos la demora con una cena
entre las nueve y las diez. El viaje a caballo, corto, pero rápido,
me cansó tremendamente, mucho más que el viaje a pie más
pesado.
Mientras esperábamos en el corredor a que sirvieran la comida me
entretuvieron haciéndole contar mentiras al sillero que llevaba al
bebé. Aquel era un negro chocoano, fornido, de unos cuarenta o
cuarenta y cinco años, cuya forma divertida de tranquilizar al niño
cuando lloraba me pareció mucho más graciosa que las mentiras que
decía, las cuales no tenían más mérito que la exageración y la
frescura. Entre otras cosas dijo que estaba comprometido con una
bella princesa europea y que dentro de poco iría por ella. Se
mostró muy satisfecho cuando supo que se había ganado el mote de
Pedro el Embustero.
Tuvimos que mandar a conseguir el agua que íbamos a consumir,
cosa que nos demoró mucho. El peón que fue a buscarla llevó
compañía para que le ayudara a ahuyentar el miedo, le iluminara el
camino o alejara las bestias salvajes con una rama encendida que
parecía de pino tea, pero que era de ciprés. Ni el ciprés ni el
cedro son árboles coníferos, y este último quizá sea el
|Amyris o
|Cedrela. Del primero solo pude conseguir
algunas hojas.
Era una noche agradable de enero, ni muy fría ni muy caliente, y
esperamos en el corredor hasta que nos sirvieron la comida. Después
me acosté en la hamaca y los otros se tendieron indistintamente en
las mesas, en el poyo o en el suelo. Decidimos que nos
levantaríamos a las dos, tomaríamos inmediatamente el chocolate y
saldríamos a las tres. Pero semejante plan nunca se lleva a cabo.
Salimos a las cuatro y sin haber tomado el chocolate. Estaba
todavía oscuro y fue difícil seguir nuestra ruta hacia el sur, pues
gran parte del camino no tenía cerca y había senderos en todas
direcciones. Al amanecer llegamos a Obando (antes Naranjo), donde
llamamos a la casa de una familia que tenía una especie de venta y
compramos aguardiente para algunos del grupo que necesitaban
tomarlo.
Seguimos adelante dejando que Pedro el Embustero, compensara en
diligencia lo que le faltaba en rapidez. La naturaleza ha hecho que
los potros puedan seguir al paso de la yegua, pero no conozco la
forma para que un niño de brazos, en la espalda de un negro, no sea
un impedimento para la mamá que viaja en un buen caballo. Esta es
una realidad que vivimos ese día. Los sirvientes y el equipaje nos
dejaron bien pronto atrás.
Pasamos el río de los Micos por un puente descubierto y bastante
respetable, de hecho el único en toda esta región que puede
soportar el peso de un caballo. Nunca dejo de mencionar los puentes
por donde paso. Llegamos a Victoria para el desayuno, en el momento
que la gente salía de misa. La población, si es que se puede llamar
así, es pequeña y aparentemente no podía darse el lujo de darnos
nada de comida. Una milla o dos más adelante tuvimos mejor suerte.
Pero fue preciso esperar dos horas y media el desayuno y cuando
reanudamos la marcha estaba empezando a hacer demasiado calor para
viajar a pleno sol. Allí conocí el níspero, la fruta del
|Achras
Sapota, pero no se parece al zapote, que es una
|Matisia.
El níspero es como un durazno de buen tamaño y tiene pepitas
bastante grandes. Es fácil de comer, pero la cáscara tiene una
leche pegajosa que fastidia y el sabor es muy poco atractivo para
el paladar de una persona del Norte. El zapote es todo lo
contrario. Tiene el tamaño de una manzana grande, de cáscara gruesa
y el color de la piel de ante, con la pulpa amarillo rojiza. Es
fibroso pero de sabor muy agradable. Se abre muy fácilmente,
dejando al descubierto semillas enormes, que conocemos en nuestro
país debido a su reverso suave, bello y castaño, con una yema más
áspera y blancuzca bajo la superficie. Por lo general la pulpa se
come separándola de la cáscara hasta que esta queda limpia. Pero ni
el níspero ni el zapote son frutas de la mejor
calidad.
Sentí tener que separarme de mis amigos tan pronto pero tenía
que visitar La Cabaña, una hacienda algo al occidente del camino y
a pocas millas de Victoria. Me despedí calurosamente de Susana y de
Manuela Pinzón y con mucho sentimiento dijeadiós al señor
Vargas y a otros caballeros que no tuve tiempo de presentar al
lector y a los que posiblemente no encontraremos de nuevo. Crucé a
la derecha y al poco rato una loma se interpuso entre mis amigos y
yo. Cabalgué hacia el occidente durante largo tiempo. Había creído
que el camino por donde veníamos estaba entre el Cauca y los
bosques de las montañas, deshabitados desde que los españoles
exterminaron a los indios. En principio es así, pero este cinturón
de tierras de pastoreo, que a menudo no llega a tener una milla de
ancho entre los bosques del Cauca y los del Quindío, se extiende a
veces muchísimo más en ambas direcciones.
Por último, bordeando una laguna rodeada de cerros no muy altos,
en uno de los cuales están las edificaciones que llevan el modesto
nombre de La Cabaña, llegué a la casa del doctor Guevara, quien me
recibió en la puerta, junto con su esposa, la señora Monzón. Esta
parecía muy contenta de recibir a alguien que conociera a su padre.
Supongo que el nombre Monzón es de origen inglés, y que es Monson.
La casa de los Guevara da la sensación de que fuera el resultado de
la combinación accidental de tres construcciones diferentes y muy
extensas, las cuales no rodean propiamente el patio sino que más
bien lo delimitan. Por un aspecto es la hacienda más
maravillosamente situada del Cauca pues está en un otero que domina
la vista sobre una amplia y bellísima llanura que se extiende casi
hasta las márgenes del río. Desde aquí no se divisa la corriente
oscura que vimos cuando pasamos por su desembocadura en el
Magdalena, porque una franja estrecha de bosques tapa la vista del
río, y las colinas de la otra banda se ven relativamente
cerca.
Pero la casa tiene el inconveniente de que el agua se halla muy
lejos. Aquí la mayoría de las casas están construidas al pie de un
arroyo y todas las poblaciones tienen que estarlo. No sé de ningún
aljibe en la Nueva Granada, pero en La Mesa y Libraida vi utilizar
el agua de una fuente. La Cabaña es la única hacienda que conozco
que se abastece directamente del Cauca; tiene siete tinajas enormes
con el agua que trae un equipo de negras sobre la cabeza para
reemplazar la que se gastó el día anterior. Dejan sedimentar el
agua durante una semana antes de beberla. No es exactamente tan
agradable como el agua siempre fresca de un pozo profundo o de una
fuente, o el agua helada de Croton, pero aquí no se puede tener
esta clase de lujos. El agua del río Cauca es quizá tan buena como
cualquiera del mundo y puede compararse a la del Saint Louis, no
helada sino al clima. Fuera de La Cabaña no he tomado agua del
Cauca sino en los pasos del río y entonces la he bebido con barro y
todo.
La Cabaña tiene otro atractivo, que es un cuarto de escritorio
realmente dedicado a la lectura y al estudio. La biblioteca del
doctor Guevara debe contar con unos cien volúmenes, todos en
español y en francés. El Correo de Ultramar les llega a él y a un
señor de Cartago. Es alentador encontrar estas muestras de gusto
literario.
Tomé el camino principal en un punto más arriba de donde me
había desviado, seguí media milla hacia el sur de La Cabaña, crucé
un arroyo llamado Ríohondo que corre por una profunda hondonada
desde donde el ascenso es el peor que he conocido. Después di
vueltas por bosques y cerros durante una milla. Una noche volví a
recorrer el propio camino y estaba muy oscuro cuando llegué a dicha
hondonada. Tenía la esperanza de encontrarme en el mismo paso, por
malo que fuera, donde había estado de día. No me quebré la crisma,
aunque pocas veces he corrido tanto peligro como esa noche. Al
llegar a la otra orilla encontré la valla convertida en un
obstáculo inexpugnable, por el que no podía pasar el caballo sin
destruir un montón de trabajo humano. Miré para todos lados y
terminé amarrando el caballo y caminando a pie a la casa. El señor
Guevara mandó un sirviente que trajo el caballo dando una vuelta de
varias millas. La portada del cerco habían tenido que asegurarla
pues la desidia de la gente al pasar la dejaba abierta y entonces
se salía el ganado de la hacienda.
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