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INDICE
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FAMILIA
CAUCANA
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Plan para revelar y esconder
información — Presentación de la familia. Casa de Cartago
— Dolor de oído y bailes — De cómo acostarse —
Aguadores — Pulgas — Buenos jinetes — Una hacienda
sirve de posada —Campesino mentiroso — La Cabaña —
Hondonada peligrosa en la oscuridad.
Ahora, querido lector, voy a contarle qué he estado haciendo
todo el día después de que traduje el párrafo anterior. Inventé una
|clave y cambié el nombre y la residencia de casi todas las
personas que voy a mencionar de ahora en adelante. Si el lector
viene al Cauca siguiendo mis pasos con mi libro en la mano,
encontrará cada arroyo, loma y hondonada tal como los describo, y
también en general las caas, cuyas descripciones serán exactas, con
tres o cuatro excepciones en que les cambio de sitio por razones
especiales. Dibujaré los caracteres de los personajes con toda
fidelidad que sea capaz. En uno o dos casos evitaré hacer
conjeturas, pero en ningún momento suprimiré hechos que iluminen la
naturaleza humana. Ningún personaje será inventado ni el producto
de la combinación de dos o más individuos; y aunque cambie los
escenarios, los caracteres serán reales y llevarán el mismo nombre
todo el tiempo.
Y ahora vamos al valle y conozcamos el primer grupo que
consideremos digno de estudiar. Estando cerca de la laguna donde
viven los mariscos que mencioné unas páginas atrás, vemos acercarse
un grupo de personas que sirven a nuestros propósitos pues las
conozco bien. El señor de aspecto grave e inteligente que conduce
el coche es don Eladio Vargas Murgueitio, caballero muy culto quien
regresa de su hacienda situada a orillas del Tuluá a su casa de
Cartago. Estudió en el Colegio Lleras de Bogotá, como lo han hecho
casi todos los hombres cultos que conozco en la Nueva Granada; y al
igual que muchos de ellos, es violento enemigo político de su
maestro, así que hay que tomar con un grano de sal todo lo que don
Eladio dice de él. Hasta a nuestros mejores amigos a veces hay que
excusarles algunas cosas y debo confesar que me parece que don
Eladio a este respecto no se contenta con ser simplemente
exagerado.
El señor Vargas conoció a su esposa en la casa de un respetable
comerciante bogotano. Doña Susana Pinzón de Vargas, amable y no muy
activa, viaja con don Eladio quien siempre es muy atento y cariñoso
con ella. Pueda decir que los hombres de raza española son maridos
muy superiores a los franceses y que en este aspecto quizá no
tengan rivales en el mundo. Doña Susana aprendió lo que sabe en el
internado de la viuda del Presidente Santander, pero no le gusta
mucho la lectura. Es muy respetuosa de la Iglesia y usa una cruz de
cornalina que le regaló un Papa a un tío suyo que era obispo. En
este momento la señora tiene un dolor de oído muy fuerte, añadido
al cansancio del viaje de cincuenta millas desde las orillas del
Tuluá.
Con doña Susana viene su hermana, la señorita Manuela Pinzón,
quien también se educó bajo el cuidado de la señora de Santander.
Manuela es quizá más instruida que su hermana y más activa de
cuerpo y de espíritu. En cuanto a su apariencia personal, dejo que
el lector juzgue por sí mismo. En la ilustración de la página
siguiente aparece con el vestido con que ella quiso ser dibujada,
el mismo con el que le gustaba desplegar su belleza y su habilidad
como jinete en la Alameda de Bogotá. Si el lector la ve entrando a
Cartago, reconoce el caballo, el freno, la montura y la cara; pero
notaría un vestido completamente diferente, excepto quizá la ruana
y el sombrero. Ahora lleva un vestido de calle sencillo, pañoleta
en la cabeza, ruana fina forrada en seda y un sombrero pequeño de
jipijapa, amarrado debajo de la barbilla y parecido al común y
corriente de muchacho.
La señora Manuela es de temperamento alegre y animado, no tan
piadosa como su hermana, pero asiste cumplidamente a misa y en los
días que deja de hacerlo incurre en pecado si son de vigilia o de
fiesta. Habla mucho y muy rápido, pero de temas que poco
interesarían al que no conociera a sus amigos. Así y todo, sus
conocimientos generales son muy superiores al común de las mujeres
granadinas, ya que ha leído varias novelas de Dumas y Sue, claro
está que traducidas al español, pues muy pocas señoras aquí leen
francés.
Pero falta mencionar el personaje de más carácter en el grupo,
que es la hermana de don Eladio, la señorita Elodia Vargas, quien
es toda una personalidad y además tiene un rostro que no se olvida
fácilmente. De complexión física más fuerte que la mayoría de las
damas, ha llevado una vida rica en experiencias y se ha adaptado
bien en el Cauca, Bogotá y el Chocó. Creo que nació en esta última
región granadina, donde era el ama de más de cien esclavos que
lavaban oro para su padre, se alimentaban de plátano y pescado e
iban prácticamente desnudos. Pero hoy los esclavos son libres y por
consiguiente los ingresos familiares se han reducido pues los
blancos no pueden lavar oro en el Chocó y los negros libres no
trabajan, ya que no ambicionan nada de lo que puede conseguir el
oro. Por tanto, apenas se está extrayendo una cuarta parte del oro
que se explotaba antes de 1852, y así la vieja propiedad de los
Vargas en el Chocó se está arruinando, el señor Vargas se murió y
la familia vive de lo poco que produce la mal manejada
hacienda de La Ribera. Pero todas estas cosas no parecen afectar a
Elodia Vargas Murgueitio. Digna, tranquila y piadosa, da la
impresión de estar por encima de esos cambios. Cumple
religiosamente todos los mandatos de la Iglesia, y en muchos
aspectos es la cabeza de la familia. Su voluntad es ley para ésta y
para los sirvientes. Mientras a los demás les falta firmeza, a ella
le sobra y su juicio termina siendo siempre el mejor.
Al entrar a Cartago pasamos uno de los numerosos puentes que
cruzan los arroyos y zanjas que tanto abundan en las llanuras
circundantes. La vieja estructura de madera se había roto al pasar
la mula de carga de un caballero. Parte de la carga era un cobayo
vivo que había cazado río arriba y que vino a terminar su jornada
mortal en el umbral del nuevo hogar. Cruzamos la zanja, debiera
llamarla arroyo, sin mayores tropiezos y momentos después llegamos
a la plaza. Pasamos un portón muy amplio y entramos al patio de una
casa de dos pisos. Al llegar a las escaleras salió a recibirnos un
grupo de personas. Don Eladio fue el primero en abrazar a su madre
viuda, doña Ana Murgueitio de Vargas, mujer de aproximadamente
sesenta años, muy parecida a su hija Elodia, pero no con tanta
prestancia como la que ésta tendrá cuando llegue a la edad de la
madre. Me complacería si fuera más común que las ancianas tuvieran
aquí mejor presencia, pero esto no puede alcanzarse sin una
educación adecuada. Es verdad que son pocas las ancianas que hay en
este país, y no creo que se encuentren octogenarios en ninguno de
los dos sexos.
En seguida nos saludó una encantadora muchacha de unos
diecisiete años, llamada Mercedes, de cuya familia y parientes supe
muy poco, excepto lo que me susurró don Eladio a la primera
oportunidad: “Es la hija de un hombre blanco...". Yo
pensé que la madre debía ser tan blanca como el padre. Con dos
abrazos más terminaron los saludos a Eladio; el de un cocinero
negro muy venerable y el de otro sirviente de piel menos oscura y
con el vestido un poco más limpio. Yo no participé de todos estos
abrazos, con la mitad y tal vez con menos hubiera quedado
satisfecho, pero de todas maneras estaba contento de las cosas tal
como se presentaban.
Vestido elegante de montar
La casa originalmente había sido enorme; ocupaba los tres lados
de una manzana y tenía techo suficiente para cobijar un hotel muy
grande. Pero la habían heredado dos muchachos que procedieron a
levantar una pared divisoria por el centro, dejando un portón a
cada lado y dividiendo los patios de atrás y de adelante. En casi
todas las ciudades del Cauca son muy visibles estas muestras de una
grandeza venida a menos. Pero en este caso había un aspecto bueno,
porque si los muebles que aún restaban a la familia se
distribuyeran por todo el espacio interior, sería una verdadera
jornada caminar de un sillón a otro. Además del corredor interior
la casa tiene balcones hacia la plaza y un corredor exterior que da
al patio de la iglesia, cubierto de una densa maraña de maleza. En
este corredor está el comedor, en verdad un lugar muy agradable. La
cocina se halla bastante lejos de la calle y es una habitación
amplia y desolada, sin una mesa ni un asiento y con las paredes
desconchadas. El tinajero, la estufa parecida a una forja y la
piedra de moler son todo el mobiliario de esta pieza. No se puede
pasar de la sala al comedor sin cruzar por el dormitorio principal
o por la cocina. Para ir al comedor lo mejor es pasar por el
dormitorio aunque resulte más largo.
Mucho me sorprendió una pieza del mobiliario. Se trataba de una
cama de hierro, amplia y elegante, traída seguramente de Europa,
con colchón grueso y suave fabricado de crin, que bien podría
servir de lecho para un presidente, si este fuera conservador y lo
invitaran. Pero la cama parecía más bien un objeto curioso, nunca
la vi tendida, a no ser con el fin de librarla del polvo, y solo
servía para mostrar qué clase de sibaritas hay en las zonas
templadas. Cómo podían dormir todos aquí, es algo que no sabría
decir. En el piso bajo, en la parte de atrás, había un establo, y
el frente estaba arrendado a una familia muy numerosa. Los
sirvientes dormían en la cocina o en el suelo del dormitorio
principal. Imagino que la alcoba más pequeña fuera la de la piadosa
y distinguida Elodia, la de la vivaracha Manuela y la de Mercedes,
“la hija del hombre blanco”. Eladio, su madre, su esposa,
dos niños, la nodriza y otros dos sirvientes encontraron campo de
sobra en el dormitorio principal. Mi amiga inseparable, la hamaca,
colgaba en la sala como un lujo en el día y una necesidad en la
noche.
Pero Susana Pinzón de Vargas tenía dolor de oído y estaba muy
molesta con esa dolencia que empeoró después de la comida. A duras
penas pudo amamantar al niño porque no podía estarse quieta. Esa
noche se iba a realizar un baile, no uno de hacienda como veremos
en otra ocasión, sino un baile de ciudad, parecido al que
describimos en otro capítulo y de los que según parece no se
escapan ni los enfermos ni los prisioneros. Susana, buscando algún
lenitivo para su dolor, se fue a él de mejor talante de lo que yo
había pensado, y como yo no quise asistir no volví a verla hasta la
mañana siguiente.
En vista de que durante ésta no había mejorado nada fue
necesario llamar al médico, quien prescribió unas ventosas sajadas.
En consecuencia llamaron al barbero, el cual trajo un
“escarificador”. Doña Susana quedó muy sorprendida al ver
que un mecanismo tan ingenioso hubiera logrado salir de los muros
de la Inquisición. Pero la propuesta de que experimentara en ella
esos múltiples cuchillos le pareció totalmente absurda y decidió
que por muy buena que fuera la escarificación para otros, no
permitiría nunca que se la practicaran a ella. El médico ya se
había ido y Eladio le propuso que entonces se dejara sangrar en el
brazo, a lo cual asintió de buena gana, feliz de librarse del
barbero; y éste también quedó muy contento de cobrar su estipendio
y poder marcharse.
Accidentalmente hice un descubrimiento que aquí puede parecer
peor de lo que es en realidad; y que ojalá ninguna dama se desmaye
o grite. Entré al dormitorio principal una mañana, antes de que el
señor Vargas se hubiera levantado. Ya era tarde y la señorita
Manuela Pinzón, su vivaracha cuñada, estaba vestida y conversaba
con él. Para levantarse, se sentó en la cama apenas cubierto por
las frazadas, pues, a semejanza del Jacobo Duerme en cueros de
“El Judío Errante”, dormía completamente desnudo. Ignoro
si esta costumbre es común en todo el Cauca, y no la habría
descubierto si no hubiera sido por este incidente.
No puedo decir qué hacen las gentes en Cartago. Es un lugar muy
tranquilo, no obstante su posición geográfica. La ciudad está
situada en el punto de convergencia de cuatro grandes rutas
comerciales. En la parte alta se hallan las tierras de pastoreo,
donde se crían caballos, mulas, vacunos y cerdos. La carne es más
barata en las vastas llanuras del oriente, en Casanare por ejemplo,
pero allí no tiene tanta demanda. Más allá de Cartago están las
tierras ricas en oro de Antioquia, y parte de la provincia del
Cauca, donde se produce poco alimento. Esta región, abrupta y
rocosa, obtiene en la llanura el ganado vacuno, los cerdos, los
caballos y las mulas. Calculo que esta población de mineros sea de
unos 249.822, de los cuales la mayoría come carne de res y de cerdo
y utiliza algunas bestias de carga. Al occidente se encuentran las
tierras de los lavaderos de oro de la provincia del Chocó, donde se
come pescado y hay una población de 43.639 habitantes. Creo que por
lo menos una vez al año, o quizá con más frecuencia, esas gentes
comen tocino y carne de res, de manera que la población que depende
de los pasturajes situados arriba de Cartago suma más o menos un
cuarto de millón de habitantes. Algunos caballos y mulas se
negocian a través del Quindío, pero no hay comercio de ganado
vacuno. Solamente se vende carne salada y seca para los viajeros.
La mayor parte de la sal que se consume en el Alto Cauca llega por
la ruta del Quindío, lo mismo que la mayor parte de la mercancía
importada. Gran cantidad de los cueros de los animales se utilizan
en forma desconocida por los americanos en el Norte, por ejemplo
para hacer colchones, camas, canastas, baúles, cajas de empaques,
sillas, cuerdas, arneses, cercas, puertas y otras cosas demasiado
numerosas para mencionarlas todas, de consiguiente no hay comercio
exterior de cueros. Está empezando a desarrollarse el cultivo del
tabaco y su comercio. La quina de la provincia de Popayán pasa por
Cartago y atraviesa el Quindío para evitar los riesgos del camino a
Buenaventura. La exportación de tabaco se hace por ambas rutas. El
cacao también se cultiva en la parte alta y se remite por aquí
hasta la zona minera. Es posible que pase lo mismo con el arroz y
que se exporte añil.
Cualquiera piensa que lo natural sería que los comerciantes de
Cartago tuvieran avisos por todas partes diciendo: “Pagamos el
mejor precio por el cacao”, “Se compra carne de
res”, “Se necesitan 100 mulas”, “Se cambia añil
por mercancía americana”, “Se reciben pequeñas cantidades
de café a cambio de sedas y de artículos de ferretería”. Pero
no es así. Posiblemente ningún comerciante de Cartago ha gastado en
su vida un peso en anunciar. No conozco la traducción de
“barter” en español, si es que existe, y me parece que la
palabra más cercana, trueque, no corresponde exactamente a la idea
de “barter”.
El comercio pasa por tres etapas. En la primera se utiliza
simplemente la moneda y no existen los billetes, ni las permutas ni
el crédito, y el comercio es tan seguro como la marcha de la
tortuga. Después viene, la etapa de la permuta, combinada, claro
está, con la utilización de la moneda que pueda haber en la región.
El comercio del Cauca no parece haber llegado a esta época. Por
último está el sistema
|rápido en el cual se utilizan la
moneda, las notas de crédito, los cheques, la contabilidad por
partida doble, la estafa, y aparecen grandes fortunas y quiebras
estrepitosas de medio millón de dólares. Pero a la Nueva Granada no
ha llegado todavía la luz de este milenio.
A pesar de todo, quedé sorprendido de observar tan poco
movimiento en las calles de Cartago. La gente más activa que vi
fueron los muchachos aguadores. Estos van montados en mula o en las
ruinas de cualquier jamelgo que mantenga la chispa vital. De los
cuatro palos de la angarilla que les sirve de silla cuelgan cuatro
tarros de guadua. El pícaro a cuya merced está el cuadrúpedo
cabalga hasta el río La Vieja y entra en el agua a una profundidad
que le permita llenar los tarros sin desmontarse. Debe hundirlos
solamente aguas arriba del caballo, cuando no haya ningún otro
aguador más arriba, ni sirvientes lavando bestias ni bañistas; pero
nadie puede estar seguro de que efectúa estas operaciones
debidamente. Su pensamiento está ocupado por las apuestas de
carreras con los otros aguadores, tan precariamente montados como
él. A veces le detiene en el camino alguna mujer que le ofrece un
cigarro a cambio de que le traiga dos tarros llenos cuando regrese.
Claro está que esto lo hace sin pedirle consentimiento ni a la
bestia ni al patrón. Así, los aguadores jamás carecen de
cigarros.
No puedo abandonar a Cartago sin mencionar los más numerosos y
más activos componentes de su población. La pulga es muy bonita
cuando está metida en bálsamo entre dos placas de vidrio debajo de
un microscopio. Amaestrada para que arrastre una cadena o maneje un
carruaje, como se dice que son capaces de hacerlo estos pequeños
exápodos, merece la atención de los curiosos. Organizada en
ejércitos, las agudas y delicadas garras, que tan hermosas se ven
en el microscopio, resultan admirables para prenderse de la víctima
y su lanceta es el mas perfecto instrumento existente para perforar
la piel humana. Pero junto a estas bellas cualidades tiene dos
desventajas: la desubicación (
|nirgendheit, la llamarían
nuestros primos los alemanes), el “no estoy ahí” cuando
se le pone el dedo encima; y la dureza de su coraza. Emplearía toda
la noche contándoles las numerosas aventuras que me han llevado al
conocimiento de estas cualidades. Cierta vez le puse el dedo
exactamente encima a una pulga. La exprimí, la destrocé, la
pulvericé, y cuando levanté el dedo para contemplar lleno de
contento su cadáver destrozado, saltó ochocientas veces la longitud
del cuerpo, dejándome con los crespos hechos, e imagino su risita
burlona viendo que alguien esperaba romperle una pata o zafarle un
tobillo. Es más fácil cazar otra pulga que encontrar de nuevo la
primera que nos ataca.
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