(continuación capítulo Cruzando las
montañas del Quindío )
Llegamos a Cartago el sábado temprano; en cambio el equipaje se
demoró hasta después de la misa del domingo. Cartago es una
población de aproximadamente el mismo tamaño de Ibagué, pero mucho
más baja y caliente, aunque ni allá me molestó el frío ni aquí el
calor, pero para alguien que tenga que trabajar al sol, el clima de
Ibagué es preferible al de esta región del valle del Cauca. La
altitud más baja que he registrado en el valle es de 2.880 pies y
la temperatura más alta a la sombra 85º,
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en La Paila, a las
cuatro de la tarde el 11 de junio de 1853, lo cual no es demasiado;
y la más alta al sol 127º. En Nueva York he conocido temperaturas
mayores. Por lo demás en el Apéndice se pueden apreciar otras
observaciones sobre el clima del valle del Cauca.
Cartago tiene más techos de teja que Ibagué. La ciudad es
antigua pero todavía siguen construyendo pues vi edificando una
casa de tapias. Estas se fabrican haciendo un molde de tablones
dentro del cual se echa tierra con una pala y luego se apisona
fuertemente. Los travesaños que sostienen el molde dejan agujeros a
través del muro, que después tapan. El trabajo es bastante lento,
pero como en la región no hay escarcha, estos muros son tan buenos
como los de ladrillo, y mejores en los terremotos. Si de vez en
cuando los blanquean con cal, se ven desde lejos tan hermosos como
el mármol y con la ventaja de ser mucho más baratos.
Visité las iglesias buscando algo interesante y solamente
encontré un San Jorge en uno de los altares, con un dragón bajo las
patas del caballo, naturalmente. Este santo no es muy común en la
Nueva Granada. Cartago está situado a orillas del río de La Vieja,
pero frente a la ciudad hay una isla bastante grande y cubierta de
pasto. Un brazo del río poco profundo y angosto la separa de la
ciudad. El caudal del otro brazo permitiría la navegación de un
pequeño barco de vapor. La ciudad dista dos o tres millas de las
riberas del Cauca, como, en general, están todas las poblaciones
del Valle. Este brazuelo del río es el lugar favorito para el baño,
especialmente los domingos; de manera que nos tocó ver la pequeña
corriente con una muchedumbre de gentes de ambos sexos, de todas
las edades y con una gran variedad de vestimentas y colores. La
corriente no es demasiado profunda, pero el río estaba crecido y
una niña de doce o catorce años estuvo a punto de ahogarse, según
nos dijeron. Yo la vi peinándose la cabellera muy tranquilamente, y
el peligro, si había sido real, no parecía haberle causado mayor
impresión.
Al día siguiente visité la cárcel. Esta es igual a cualquier
otra casa. Un muchacho estaba dibujando o pintando unos cuadros,
así los llamaba él, tan tremendos, que pensé que no deberían
ponerlo en libertad sin que antes jurara formalmente abandonar, no
digamos el lápiz, pero sí los pinceles. Otro preso habla tomado
tranquila posesión de toda la sala del frente y los dormitorios
adyacentes, cuyas ventanas se abrían ampliamente a unos balcones
con vista a la plaza mayor. Uno de los frecuentes visitantes de la
cárcel le propuso al alcalde colocar una escalera de mano en uno de
los balcones, para evitarle así la molestia de estarlo viendo
entrar y salir.
La escuela de niñas me pareció muy bien cuidada. El patio estaba
lleno de flores, seguramente mejor cultivadas que en cualquiera
otra parte de toda la provincia. Las niñas parecían más vivaces y
amables que de ordinario y creo que esto se debe a la dedicación de
la maestra, quien me pareció mucho mejor preparada para desempeñar
su oficio de lo que es corriente aquí. Que se le den libros y sus
alumnas se convertirán en verdaderas damas. Estuve hojeando los que
leían y encontré una lectura de tan singular naturaleza que no pude
resistir al deseo de adquirirla, de modo que fui hasta la casa y
partí en dos un ejemplar de “El Día”, periódico jesuita.
Seleccioné una de las dos mitades, donde había una larga tirada de
versos, que principiaban: “Yo, el Presidente, soy
un asno; y la facción que es mi amo, me cabalga”. Le di esta
mitad del periódico a cambio de la lectura que ella tenía, la cual
era una lista electoral con los nombres de todos los candidatos de
ambos partidos, con una nota al pie, elogiando los de un partido y
haciendo cargos escandalosos contra los del otro. En el salón hay
un cuadro de la Diosa del Silencio, pintado por un señor
Santibañas, uno de los mejores artistas nativos aún vivos, lo cual,
según entiendo, es todo el mérito artístico que tiene.
Visité su estudio, donde pude contemplar algunas conchas de
almeja, cosa muy rara y que no había visto en ningún otro lugar en
la Nueva Granada. Me llevó a un charco donde vi dos de esas almejas
vivas. El charco no tiene desagüe y el fondo está lleno de lodo;
sin embargo, allí se bañan quienes no se atreven a hacerlo en las
aguas claras pero rápidas del río. Dicen que también en las orillas
pedregosas del Riopaila, a treinta millas al sur de Cartago,
encontraron una de estas especies, aunque yo no creo que se den
allí.
En Cartago asistí al mejor baile que he visto en todo el país.
No debo negar que era un poco aburridor, pero los asistentes eran
verdaderos caballeros y verdaderas damas. Sin embargo, se notaba
cierta timidez y estiramiento que no se encuentra en la mejor
sociedad del Norte y que no esperaba ver en una raza del Sur. Un
acontecimiento en esa noche me llamó tanto la atención que no es
fácil olvidarlo. Un joven caballero entró al salón alrededor de las
ocho, radiante de sonrisas de satisfacción, fue cordialmente
recibido y empezó a bailar animadamente. Luego supe que había
permanecido toda la semana preso en la cárcel por una deuda, y que
solamente al anochecer había salido libre, lo cual no parecía
mortificarlo en absoluto.
La prisión por deudas ha sido abolida para las contraídas a
partir de determinada fecha y la vieja legislación era demasiado
severa. Ninguna seguridad ni fianza era suficiente para liberar al
deudor del acoso del acreedor. Nada distinto al dinero contante y
sonante. El acreedor debe concederle al prisionero el derecho a un
real diario para su subsistencia.
Habían tenido grandes fiestas en Cartago antes de mi llegada, y
habían cercado la plaza para las corridas de toros. El juego
favorito de la “cachimona”, en el que se usan dados y el
dinero cambia de dueño con gran facilidad, había empobrecido a unos
y enriquecido a otros. Pero la única cosa de interés de la cual me
perdí fueron algunas funciones de teatro, en un escenario de guadua
que aún estaba en la esquina de una plazuela, en el ángulo que
forman la iglesia y la sacristía. Tengo que contentarme con la
descripción que apareció en El Neogranadino escrita por un testigo
que se fue de Cartago el día que yo llegué:
“Anunciaron como algo extra que se presentarían dos obras
de teatro. Pero que nadie se imagine, aunque sería razonable
esperarlo, que se trataba de dos piezas menores, farsas de un acto
o comedias adaptadas al gusto de la multitud, para quien se había
planeado la presentación dramática. Tuvieron la ocurrencia de
escoger dos obras de gran envergadura, en las cuales todos los
actores, hasta el consueta, se suicidan. Además están repletas de
lugares, historias, pasiones, costumbres, catástrofes, cortes,
cardenales, príncipes y verdugos cuyos nombres eran incapaces de
pronunciar los actores
|amateur. Y las presentaron en un
tablado construido en un rincón de la plaza en beneficio de los que
fueran capaces de estar parados y con la cabeza descubierta al aire
libre y hasta media noche.
“Después de una larga espera y de ruidosos pedidos para que
levantaran la tela modesta que hacía las veces de cortina, empezó
la función. Y entonces comenzó también la risa de los espectadores
que protestaban y se resistían a aceptar como Lord Chambeland,
Duque de Norfold (sic) y Sir Grammer a los tres respetables
ciudadanos que
|alrevesadamente (sic) pronunciaban esos
nombres diciéndolos los unos a los otros. Esos nobles ingleses
estaban vestidos con los disfraces de un teatro
casero.
“Pero las risas llegaron al paroxismo cuando apareció
Enrique VIII. En la cabeza llevaba una corona que tenía que
agarrar con una mano, cuando se movía, para que no se le cayera. El
vestido, increíblemente moderno, demostraba que ese caprichoso
monarca había sido profético en lo que se refiere a modas.
El rey hablaba dirigiéndose al público más bien que a su
interlocutor, mencionando a Edgard, Malcolm, Guillermo el
Conquistador, William Rufus, a Edgar y su sucesor David, padre de
Steven, a la emperatriz Matilda, a Catharine Howard y a otras
personas y lugares tan conocidos, claro está, en las guaduas de
Cartago como en los teatros de París.
“Por último algunos espectadores empezaron a desesperarse,
y a ahogar la voz de los actores lo cual produjo risas estrepitosas
en la audiencia. En uno de los episodios más patéticos cambiaron de
escena, o para ser más exactos, el trapo que servía de escenario, y
muchos empezaron a gritar “¡Que se cae la puerta!"
Un niño comenzó a llorar y más de una vez dio la orden grosera de
darle la
|ubre (no el
|pecho)
|
(sic) al niño.
Después empezó a rumbar la piedra. Cerca de nosotros una pedrada
golpeó al doctor Galindo y nos retiramos, se pueden imaginar, muy
satisfechos del
|atraso de esa chusma soberana, que observó
tanto decoro y decencia frente a las autoridades civiles y
militares, las cuales, había olvidado decir, estaban todas
presentes”.