INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(continuación capítulo  Cruzando las montañas del Quindío ) 


 

Llegamos a Cartago el sábado temprano; en cambio el equipaje se demoró hasta después de la misa del domingo. Cartago es una población de aproximadamente el mismo tamaño de Ibagué, pero mucho más baja y caliente, aunque ni allá me molestó el frío ni aquí el calor, pero para alguien que tenga que trabajar al sol, el clima de Ibagué es preferible al de esta región del valle del Cauca. La altitud más baja que he registrado en el valle es de 2.880 pies y la temperatura más alta a la sombra 85º, | en La Paila, a las cuatro de la tarde el 11 de junio de 1853, lo cual no es demasiado; y la más alta al sol 127º. En Nueva York he conocido temperaturas mayores. Por lo demás en el Apéndice se pueden apreciar otras observaciones sobre el clima del valle del Cauca.

Cartago tiene más techos de teja que Ibagué. La ciudad es antigua pero todavía siguen construyendo pues vi edificando una casa de tapias. Estas se fabrican haciendo un molde de tablones dentro del cual se echa tierra con una pala y luego se apisona fuertemente. Los travesaños que sostienen el molde dejan agujeros a través del muro, que después tapan. El trabajo es bastante lento, pero como en la región no hay escarcha, estos muros son tan buenos como los de ladrillo, y mejores en los terremotos. Si de vez en cuando los blanquean con cal, se ven desde lejos tan hermosos como el mármol y con la ventaja de ser mucho más baratos.

Visité las iglesias buscando algo interesante y solamente encontré un San Jorge en uno de los altares, con un dragón bajo las patas del caballo, naturalmente. Este santo no es muy común en la Nueva Granada. Cartago está situado a orillas del río de La Vieja, pero frente a la ciudad hay una isla bastante grande y cubierta de pasto. Un brazo del río poco profundo y angosto la separa de la ciudad. El caudal del otro brazo permitiría la navegación de un pequeño barco de vapor. La ciudad dista dos o tres millas de las riberas del Cauca, como, en general, están todas las poblaciones del Valle. Este brazuelo del río es el lugar favorito para el baño, especialmente los domingos; de manera que nos tocó ver la pequeña corriente con una muchedumbre de gentes de ambos sexos, de todas las edades y con una gran variedad de vestimentas y colores. La corriente no es demasiado profunda, pero el río estaba crecido y una niña de doce o catorce años estuvo a punto de ahogarse, según nos dijeron. Yo la vi peinándose la cabellera muy tranquilamente, y el peligro, si había sido real, no parecía haberle causado mayor impresión.

Al día siguiente visité la cárcel. Esta es igual a cualquier otra casa. Un muchacho estaba dibujando o pintando unos cuadros, así los llamaba él, tan tremendos, que pensé que no deberían ponerlo en libertad sin que antes jurara formalmente abandonar, no digamos el lápiz, pero sí los pinceles. Otro preso habla tomado tranquila posesión de toda la sala del frente y los dormitorios adyacentes, cuyas ventanas se abrían ampliamente a unos balcones con vista a la plaza mayor. Uno de los frecuentes visitantes de la cárcel le propuso al alcalde colocar una escalera de mano en uno de los balcones, para evitarle así la molestia de estarlo viendo entrar y salir.

La escuela de niñas me pareció muy bien cuidada. El patio estaba lleno de flores, seguramente mejor cultivadas que en cualquiera otra parte de toda la provincia. Las niñas parecían más vivaces y amables que de ordinario y creo que esto se debe a la dedicación de la maestra, quien me pareció mucho mejor preparada para desempeñar su oficio de lo que es corriente aquí. Que se le den libros y sus alumnas se convertirán en verdaderas damas. Estuve hojeando los que leían y encontré una lectura de tan singular naturaleza que no pude resistir al deseo de adquirirla, de modo que fui hasta la casa y partí en dos un ejemplar de “El Día”, periódico jesuita. Seleccioné una de las dos mitades, donde había una larga tirada de versos, que principiaban: “Yo, el Presidente, soy un asno; y la facción que es mi amo, me cabalga”. Le di esta mitad del periódico a cambio de la lectura que ella tenía, la cual era una lista electoral con los nombres de todos los candidatos de ambos partidos, con una nota al pie, elogiando los de un partido y haciendo cargos escandalosos contra los del otro. En el salón hay un cuadro de la Diosa del Silencio, pintado por un señor Santibañas, uno de los mejores artistas nativos aún vivos, lo cual, según entiendo, es todo el mérito artístico que tiene.

Visité su estudio, donde pude contemplar algunas conchas de almeja, cosa muy rara y que no había visto en ningún otro lugar en la Nueva Granada. Me llevó a un charco donde vi dos de esas almejas vivas. El charco no tiene desagüe y el fondo está lleno de lodo; sin embargo, allí se bañan quienes no se atreven a hacerlo en las aguas claras pero rápidas del río. Dicen que también en las orillas pedregosas del Riopaila, a treinta millas al sur de Cartago, encontraron una de estas especies, aunque yo no creo que se den allí.

En Cartago asistí al mejor baile que he visto en todo el país. No debo negar que era un poco aburridor, pero los asistentes eran verdaderos caballeros y verdaderas damas. Sin embargo, se notaba cierta timidez y estiramiento que no se encuentra en la mejor sociedad del Norte y que no esperaba ver en una raza del Sur. Un acontecimiento en esa noche me llamó tanto la atención que no es fácil olvidarlo. Un joven caballero entró al salón alrededor de las ocho, radiante de sonrisas de satisfacción, fue cordialmente recibido y empezó a bailar animadamente. Luego supe que había permanecido toda la semana preso en la cárcel por una deuda, y que solamente al anochecer había salido libre, lo cual no parecía mortificarlo en absoluto.

La prisión por deudas ha sido abolida para las contraídas a partir de determinada fecha y la vieja legislación era demasiado severa. Ninguna seguridad ni fianza era suficiente para liberar al deudor del acoso del acreedor. Nada distinto al dinero contante y sonante. El acreedor debe concederle al prisionero el derecho a un real diario para su subsistencia.

Habían tenido grandes fiestas en Cartago antes de mi llegada, y habían cercado la plaza para las corridas de toros. El juego favorito de la “cachimona”, en el que se usan dados y el dinero cambia de dueño con gran facilidad, había empobrecido a unos y enriquecido a otros. Pero la única cosa de interés de la cual me perdí fueron algunas funciones de teatro, en un escenario de guadua que aún estaba en la esquina de una plazuela, en el ángulo que forman la iglesia y la sacristía. Tengo que contentarme con la descripción que apareció en El Neogranadino escrita por un testigo que se fue de Cartago el día que yo llegué:

“Anunciaron como algo extra que se presentarían dos obras de teatro. Pero que nadie se imagine, aunque sería razonable esperarlo, que se trataba de dos piezas menores, farsas de un acto o comedias adaptadas al gusto de la multitud, para quien se había planeado la presentación dramática. Tuvieron la ocurrencia de escoger dos obras de gran envergadura, en las cuales todos los actores, hasta el consueta, se suicidan. Además están repletas de lugares, historias, pasiones, costumbres, catástrofes, cortes, cardenales, príncipes y verdugos cuyos nombres eran incapaces de pronunciar los actores |amateur. Y las presentaron en un tablado construido en un rincón de la plaza en beneficio de los que fueran capaces de estar parados y con la cabeza descubierta al aire libre y hasta media noche.

“Después de una larga espera y de ruidosos pedidos para que levantaran la tela modesta que hacía las veces de cortina, empezó la función. Y entonces comenzó también la risa de los espectadores que protestaban y se resistían a aceptar como Lord Chambeland, Duque de Norfold (sic) y Sir Grammer a los tres respetables ciudadanos que |alrevesadamente (sic) pronunciaban esos nombres diciéndolos los unos a los otros. Esos nobles ingleses estaban vestidos con los disfraces de un teatro casero.

“Pero las risas llegaron al paroxismo cuando apareció Enrique VIII.  En la cabeza llevaba una corona que tenía que agarrar con una mano, cuando se movía, para que no se le cayera. El vestido, increíblemente moderno, demostraba que ese caprichoso monarca había sido profético en lo que se refiere a modas.

El rey hablaba dirigiéndose al público más bien que a su interlocutor, mencionando a Edgard, Malcolm, Guillermo el Conquistador, William Rufus, a Edgar y su sucesor David, padre de Steven, a la emperatriz Matilda, a Catharine Howard y a otras personas y lugares tan conocidos, claro está, en las guaduas de Cartago como en los teatros de París.

“Por último algunos espectadores empezaron a desesperarse, y a ahogar la voz de los actores lo cual produjo risas estrepitosas en la audiencia. En uno de los episodios más patéticos cambiaron de escena, o para ser más exactos, el trapo que servía de escenario, y muchos empezaron a gritar “¡Que se cae la puerta!"  Un niño comenzó a llorar y más de una vez dio la orden grosera de darle la |ubre (no el |pecho) | (sic) al niño. Después empezó a rumbar la piedra. Cerca de nosotros una pedrada golpeó al doctor Galindo y nos retiramos, se pueden imaginar, muy satisfechos del |atraso de esa chusma soberana, que observó tanto decoro y decencia frente a las autoridades civiles y militares, las cuales, había olvidado decir, estaban todas presentes”.

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