|
INDICE
|
|
(continuación capítulo Cruzando las
montañas del Quindío )
El sillero no es hombre de contextura muy atlética. Desnudo de
la cintura para arriba, lleva bien arremangados los pantalones, en
especial cuando hay mucho barro. Todo su equipo consiste en una
rústica silla de guadua, con un pedazo de tela blanca de algodón
para proteger al viajero hasta donde se pueda del sol y de la
lluvia. La silla se amarra al cuerpo del sillero por medio de dos
correas que le cruzan el pecho y otra que le pasa por la frente. El
pasajero tiene que permanecer completamente quieto, porque si el
sillero se resbala o tropieza, cualquier movimiento del pasajero lo
hará caer inevitablemente. Por tanto es mucho mejor y más seguro
viajar dormido. La primera vez que vi los silleros iban por un
camino tan terriblemente escarpado, que estoy seguro que una señora
norteamericana yendo por él, se desmontaría y seguiría a pie por
consideración al caballo. Y aquí algunas veces se demuestran
sentimientos semejantes. Una señora me contó que la primera vez que
se vio obligada a utilizar ese sistema de transporte, se negó en un
principio, pero no teniendo otra alternativa dadas sus condiciones
físicas, tuvo que acceder llorando amargamente. El coronel
Hamilton, embajador británico, llegó a Ibagué descalzo, con los
pies sangrando y acompañado por dos silleros a quienes pagó
generosamente pero que nunca utilizó. Nuestras dos amigas tomaron
las cosas con mucha más naturalidad. La señora se durmió en seguida
y la señorita se puso a leer tranquilamente.
Silleros en el Quindío
Una bajada increíble, seguida por una subida moderada, nos
llevaron a Gallego, donde habíamos pensado llegar anoche, pero
después de ver el sitio, me alegré de no haber pernoctado allí. Es
un tambo abierto, un simple techo sobre cuatro palos sin un pedazo
de muro ni protección lateral o cualquier clase de comodidad para
el viajero. Y el paisaje es lúgubre porque no hay más vegetación
que palmas de cera,
|Ceroxylon andicola. Los tallos altos y
delgados (que en
|Nova Genera de Humboldt aparecen demasiado
bajos) se elevan por todas partes. Los troncos cilíndricos tienen
de doce a quince pulgadas de diámetro, son tan derechos como el
fuste de una columna, crecen a una altura de aproximadamente
cincuenta pies y están coronados por un penacho de hojas enormes.
El tronco, que como el de todas las palmas no tiene corteza, está
cubierto por una capa bastante gruesa de cera, o más bien de resma,
según se cree. Sería buen negocio recogerla y venderla, ya que gran
parte de la cera que se utiliza en las iglesias es importada y
cuando se vende en forma de cirios es carísima, casi a $3,00 la
libra.
Nueve meses después de que estuvimos sentados aquí, comiendo
dulce y tomando agua, pasé otra vez pero en circunstancias muy
diferentes y el sitio estaba muy cambiado. Los presidiarios le
habían levantado paredes al tambo y habían construido dos chozas y
un cobertizo. Todavía quedaba un hombre en una de las chozas y esa
noche cuando llegué caía una lluvia lenta y helada que hacía el
paisaje todavía más lúgubre. Venía herido y sangrante y con
dificultad logré apearme. La última comida la había hecho por la
mañana del día anterior y me había mantenido vivo con un poco de
chocolate y pan, pero ni siquiera eso me había servido de gran
cosa, pues por la mañana había mordido imprudentemente una baya que
resultó tener un sabor tan desagradable que me hizo vomitar lo poco
que había comido una hora antes. Había creído que se trataba de una
pasiflora pero resultó ser una cucurbitácea.
Esa vez venía del occidente y antes de llegar al punto más alto
del Quindío empezó a lloviznar, por lo cual para que no se mojara
la montura me monté en el caballo. Las manos las tenía llenas de
plantas que había cogido y encima llevaba el encauchado que es todo
un estorbo en una emergencia. Iba en un caballo grande y torpe y
por un camino escarpadísimo. Hacía un momento que había escampado y
estábamos en la última subida.
En diez minutos habríamos dejado atrás el valle del Cauca,
cuando se cayó el caballo. Salté para que éste se incorporara más
fácilmente e intenté caer en un montón de arbustos que había en el
camino, pero me di cuenta demasiado tarde que donde iba a caer era
en los matorrales que crecían en un despeñadero. Entonces me agarré
de la montura en el preciso momento en que el caballo se levantaba,
lo jalé y por un instante vi al animal patas arriba y encima de mí.
No me explico cómo no me aplastó. Sorprendido lo vi caer hasta el
pedazo de camino por donde acabábamos de pasar, es decir, rodó de
un quingo al otro.
Miré a ver qué había sucedido. La montura estaba entera, la
bolsa con naranjas y el paquete con las plantas sanas y salvas.
Solamente se habían dañado las últimas que había recogido y esas
las boté. Pero en el momento en que iba a subir otra vez al caballo
me di cuenta que tenía herida la pierna, y no me monté por miedo de
desmayarme del dolor. Le entregué el caballo y el encauchado al
peón y caminé muerto del dolor media hora. El accidente sucedió al
medio día, y por la noche, en medio de la lluvia, llegué al tambo
de Gallego, donde el terreno plano es insuficiente para que quepan
las dos chozas. Pernocté en una que queda quince pies más alta que
el tambo y a una distancia de unos veinte pies. Los caminos estaban
cubiertos de barro y era casi imposible caminar sin
resbalarse.
Afortunadamente el hombre que vivía en esas soledades había
matado un oso negro y nos vendió carne, y como los sirvientes no
tenían con qué dañarla, tuve una cena deliciosa alrededor de las
ocho y a pesar del dolor y de la sangre que todavía escurría por la
pierna. Después, con gran dificultad, logré conseguir agua para
lavar la herida, la vendé con un pañuelo de seda, puse las plantas
tan difícilmente conseguidas en papel, guindé la hamaca y hacia las
diez ya estaba dormido. Cuarenta y ocho horas después del accidente
llegué a Ibagué, me quité el pañuelo, conseguí agua tibia y lavé la
arena de la herida enconada. Si por desgracia me hubiera quebrado
una pierna, no habría podido conseguir atención médica en menos de
una semana ni avanzando ni retrocediendo en el camino. Pero este
episodio estaba todavía muy lejos; ahora estábamos sentados en el
piso comiendo mermelada y tomando agua, que entonces me pareció tan
deliciosa y fresca y luego encontraría tan helada.
En otro sitio, en un contadero, vi un monumento como la lápida
de una tumba que debió haber costado muchísimo traer hasta aquí.
Tenía una inscripción de la que no entendí sino una sola palabra,
el honroso nombre de
|Caldas, el cual me recordó al siempre
lamentado sabio granadino. El monumento se erigió en honor de la
misa que celebró en este sitio un obispo Fulano de Tal hace varios
siglos, según cuenta el señor Caldas, quien mientras descansaba en
el lugar, escribió su nombre en el monumento por falta de algo
mejor para hacer.
Más adelante pasamos por muchas fuentes cuyas aguas corren hasta
el Tochecito que todo el tiempo teníamos a la izquierda, y luego
vino el gran descenso hasta el río. A todo lo largo del camino
crece una enredadera cucurbitácea con un fruto de consistencia
elástica. Por fin llegamos al fondo y estoy seguro que desde Toche
hasta este sitio se hubiera podido construir un camino más corto,
sin tantas subidas y bajadas y lo suficientemente plano para que
pudieran transitar carretas. Además, quizá costaría menos de lo que
el gobierno gastará en el camino actual cuando vengan a repararlo
los hombres del presidio. Cruzamos a la margen derecha del
Tochecito que aquí apenas es un arroyo y comenzamos el gran
ascenso.
Para combatir el tedio del camino me puse a traducir al español
el Excelsior de Longfellow, y le pedí a un señor que no tenía ni
idea de la diferencia que hay entre la
|b y la
|v
|
|
que me explicara la diferencia entre
|la
|bandera y
|lavandera, el pobre terminó
agotado y me parece que fue una mala jugada mía ponerlo en todo ese
trabajo.
Cerca a la cima está el tambo de Yerbabuena, llamado así por la
abundancia de
|Mentha piperita que crece en el lugar. Nos
detuvimos en Volcancito, un tambo rodeado de postes que era el
mejor que había en todas las montañas. Por el techo se colaba la
luz, las paredes dejaban soplar el viento libremente y el piso era
de tierra floja. Como llegamos temprano tuve tiempo de darme gusto
recogiendo diferentes especies de Fuchsias, de Begonias y de otras
plantas tropicales, así como un
|Epilobium que me recordó mi
país.
Una cosa es el clima de Volcancito por la mañana y otra por la
noche. Al atardecer se me empezaron a helar los pies ytuve que
cambiar los alpargates por medias y pantuflas que eran mi única
alternativa, porque en esos días no habíamos abierto baúles. Por
primera vez desde que llegué a Sur América me pareció que el agua
estaba demasiado fría al lavarme los pies. Empecé a prepararme para
la noche, primero me puse una franela gruesísima, después la camisa
de dormir, una camisa de lana y encima una chaqueta gruesa de
cazador. A mi mitad inferior, por donde la sangre había circulado
tan bien desde que salí de Ibagué, la dejé a merced de un par de
calzoncillos de franela y unos pantalones de corduroy. Estas fueron
las medidas
|extraordinarias que tomé, las ordinarias las
empecé inmediatamente después de la cena. En Ibagué, donde hay
noches frías, había estudiado el arte de dormir abrigado en una
hamaca y como ni siquiera en la Nueva Granada se conoce bien este
arte, lo describiré a espacio. Primero tomé dos cobijas gruesas por
una punta, doblándolas juntas y poniéndolas en una estera en el
suelo. Después las puse a través de los pies de la hamaca y luego
me subí con ayuda porque estaba muy alta. Después tomé las cobijas
por el extremo por donde las había cogido antes y las jalé para
cobijarme. Luego metí los bordes de las cobijas dentro de la
hamaca. Hasta aquí no hay misterio, es lo que hace todo el mundo,
pero debajo lo único que hay es la tela de algodón de la hamaca y
se necesita algo que proteja la retaguardia, y es ahora cuando
entra en juego mi secreto. Primero me deslizo del centro de la
hamaca hacia atrás, es decir hacia la cabecera, y pongo los
extremos de la cobija debajo de mí, en tal forma que se crucen,
empezando por los pies y terminando en los hombros, donde la
operación es difícil, pero se puede llevar a cabo resbalando el
cuerpo hacia abajo. Después solo resta situarse diagonalmente en la
hamaca, de manera que la cabeza y los pies queden menos elevados.
Recuérdese que todo esto debe hacerse estando sostenido por una
cuerda floja.
Todo el mundo tenía frío. Consideré que era el momento de que
llegara un Mark Tapley que nos hiciera reír y le pedí al señor que
nos contara un cuento, a lo cual él accedió gustoso. Contó uno que
me mostró un aspecto nuevo de un idioma en el que no existen
palabras indecentes, o que si las tiene, no hay peligro de que las
utilicen. Afortunadamente para mí, sabía que el carácter de todos
los presentes estaba por encima de cualquier sospecha, así que el
cuento que podría situarse en la Inglaterra de Carlos II no me
asustó, simplemente me sorprendió. Del relato me intrigó otro
aspecto, no sé si desde el punto de vista etnológico o psicológico.
Quizá porque había oído otra versión del mismo en inglés y cuando
tenía diez años. ¿Cómo saberlo con seguridad? ¿ Podría algún
miembro de la Percy Society informarme si existe algún cuento de
hace siglos sobre dos personas que pasan la noche en un árbol y
tiran una mesa o una puerta que cae en la cabeza de unos ladrones
que se estaban repartiendo el botín? Si es así, los cuentos
infantiles deben ser mas viejos y más conocidos de lo que yo
pensaba, y este cuento tan tonto debe conocerse en toda Europa
occidental y en las dos Américas.
Desafortunadamente para mí me había acomodado demasiado bien en
la hamaca y un calorcito agradable empezó a extenderse por todo el
cuerpo, ablandándome el corazón. Me puse a observar en qué
condiciones se encontraban los demás. La señorita estaba muerta de
frío y sin posibilidades de dormir en toda la noche. Entonces me
pregunté: “¿Puedo darme el lujo de prescindir de la cobija más
delgada?”, y mi blando corazón contestó: “Para una joven
y amable dama, a quien estimo y quien está sufriendo el frío más
intenso que ha conocido en su vida, sí puedo prescindir de
ella”. Pero luego me di cuenta de que, como la última pluma
que le quebró el lomo al camello, esa era la cobija que necesitaba
yo para protegerme del frío y no pude pegar los ojos en toda la
noche. Ensayé una posición nueva volviéndome sobre el lado derecho,
al derecho de la hamaca y cobijándome con el otro pedazo de hamaca.
Quedé como un enorme folículo, o hablando en términos zoológicos
como un bivalvo, manteniendo cerrado el caparazón con las manos,
con la rodilla y con la cabeza que tenía recostada en el borde
doblado de la valva superior. El método falló y cuando ya era
demasiado tarde para dormir, recogí la hamaca y la cobija, las
junté a la manta de uno de los señores que estaba tratando de
dormir en el suelo, y me acosté a su lado para descongelarme.
Por la mañana vi el chal de la señorita en la cama del joven
abogado que se había acostado a sus pies. También ella tenía
corazón y en un momento en que su mano izquierda no sabía lo que
hacía la derecha, le prestó el chal antes de que yo le prestara a
ella mi cobija. Este descubrimiento me hizo reír de buena gana y
hasta hoy en día la sola mención de Volcancito parece causarle a la
señorita una impresión muy especial.
El desayuno que tomamos antes de partir fue escaso y rápido.
Estábamos en el límite del páramo donde a veces el suelo se cubre
de nieve hasta por una semana. En estas alturas le puede ocurrir
algo muy extraño al viajero, el cual sin sufrir demasiado por el
frío pierde de pronto toda energía y finalmente la vida. A esto lo
llaman
|emparamarse, algunos de mis amigos han estado en
peligro de que les suceda y en dos o tres ocasiones yo he tenido
que cuidarme de correr esa suerte. Pero ese día no había nada que
temer, hasta volví a ponerme el vestido liviano y tuvimos un día
muy agradable. Pasamos muchos arroyos que fluyen todos hacia la
izquierda y en la orilla de uno encontré un magnífico ejemplar de
“cola de caballo” de cinco o seis pies de altura.
Desafortunadamente no guardé una muestra, porque me aseguraron que
en el valle encontraría otros igualmente grandes y también por la
dificultad de guardar las muestras en estos caminos
solitarios.
En una o dos horas llegamos a la sierra divisoria y seguimos por
ella durante un rato. Al empezar a bajar, el camino se vuelve
pésimo, aunque no es nada malo en comparación con esas zanjas
semi-subterráneas por las que viajó Cochrane a caballo y por las
que el gordo Hamilton caminó, sin que la cabeza le llegara nunca al
nivel del terreno. Esos callejones bordeaban el camino como trampas
de mula o a veces se abrían a un lado como si fueran la entrada de
una mina abandonada. Si a Hamilton y a Cochrane les hubiera gustado
exagerar, no habrían tenido necesidad de hacerlo al describir esos
callejones. Este fue el escenario de la catástrofe que sufriría
meses más tarde y que ya les relaté, y también de una historia,
quizá verdadera, de un oficial español que tenía derecho a utilizar
silleros gratis. Alguna vez el español resolvió usar en el sillero
unas de esas horrorosas espuelas para mulas y el pobre indio,
aguijoneado más allá de toda paciencia, lanzó al bruto al
precipicio. El español se mató en la caída y el indio huyó al monte
y no regresó nunca.
Las señoras que en la última parte del ascenso después de Toche
no habían utilizado mucho las sillas, ahora se instalaron
cómodamente en ellas casi todo el día. La señora se quedó dormida,
la señorita se puso a leer y los silleros caminaban como si
llevaran la silla vacía. Nadie parecía ser consciente de que por
ese camino uno podría desnucarse.
A las dos llegamos a Barcinal, la primera casa que encontramos
desde que salimos de Toche y la sexta que hay en setenta y dos
horas de camino. Allí vivía una familia antioqueña que nos dio
mazamorra. La mazamorra es el plato favorito de los habitantes de
esa apartada provincia. La hacen de maíz pilado y hervido y le
añaden leche al servirla. A mí me gustan los antioqueños y las
antioqueñas, así como sus sombreros
|
|(1), pero lo que no me gustaría
sería tomar mazamorra con mucha frecuencia.
Entre Barcinal y Toche que están a dos días de distancia no hay
un sitio bueno para pernoctar. A fin de remediar esta solución lo
mejor sería construir un camino que pudiera transitarse aun en mal
tiempo. Si la segunda noche hubiéramos seguido hasta Gallego, es
posible que habríamos llegado a Barcinal al día siguiente,
ahorrándonos la mala noche de Volcancito.
Por un camino escarpado y malo bajamos a Boquía en las márgenes
del Quindío. Boquía es cabeza de un distrito de la provincia del
Cauca. La población tiene algunas casas relativamente buenas y una
aceptable posada; están comenzando a construir la iglesia, hay un
molino de trigo que vi funcionar y un puente cubierto sobre uno de
los brazos del Quindío. Algunas veces los viajeros pueden
aprovisionarse en Boquía. Después de pasar el Quindío que en este
sitio es un río bastante grande, de casi dos pies de profundidad,
nos esperaba un ascenso por un camino hermoso y luego otro tan
empinado que las señoras tuvieron que recurrir nuevamente a las
sillas. Finalmente llegamos a El Roble, donde nos detuvimos,
precisamente a tiempo de evitar la lluvia, que sorprendió a los
arrieros antes de que hubieran terminado de levantar la tienda. El
Roble no es tan alto como Volcancito y esa noche la pasamos como
cristianos, comiendo sentados a la mesa, durmiendo en una casa, y
para la señorita hubo hasta cuarto aparte, nominalmente, porque no
había seguridad de que no se le entrara nadie.
Salimos de El Roble el viernes por la mañana, y una bajada suave
de tres millas nos llevó hasta la casa de otra familia antioqueña,
en Portachuela, sitio agradable para descansar. Aquí probé las
arepas y descubrí que son iguales a los Johnny-cakes que habían
rechazado en Nueva Inglaterra y a los hoe-cakes, al pan de maíz y
corn-dodgers de Illinois.
Más adelante nos detuvimos en un contadero llamado Lagunetas
desde donde mandamos a los peones a que nos trajeran agua. Me
imagino que, como su nombre lo indica, la encontraron en huecos y
lagunas. Viajando hacia el occidente, recomiendo tomar agua en este
sitio o traerla desde Portachuela.
De Lagunetas en adelante la lluvia había dejado el camino muy
liso. Este último era almohadillado y las bestias metían las patas
profundamente en el barro en esas gradas para mulas.
Desgraciadamente yo hice lo mismo en una ocasión y la pierna se me
hundió hasta la rodilla con no poco detrimento para mi apariencia
personal. Pronto me adelanté y perdí de vista a mis amigos. En todo
el día lo único que encontré para beber fue un poco de leche, ni
una gota de agua. En el camino me alcanzó un hombre que se proponía
ir de Boquía a Cartago en día y medio, mientras que nosotros
haremos ese trayecto en dos o tres días. El tipo se había asegurado
una punta de la ruana en un bolsillo del que salía la cabeza de un
pollo vivo que le llevaba de regalo a una señora de
Cartago.
Alrededor de las dos llegué a La Balsa donde había proyectado
darme un buen baño en el río, pero al llegar encontré que no había
río y francamente que no puedo explicarme cuál puede ser el origen
de tal nombre. Casi no encuentro agua para lavarme los pies. Esperé
una o dos horas al resto de la comitiva y cuando llegó decidimos
que ese día no viajaríamos más.
Desde que se deja a Ibagué, La Balsa es el único sitio que
merece llevar un nombre. Se dice que la población del distrito es
de 199 y la de Boquía 198, pero la población de ambas está
diseminada en más de 100 millas cuadradas. No me explico la razón
de la existencia de una población en este lugar; lo que sí sé es
que para nosotros fue bueno llegar a ella. En La Balsa hice el gran
descubrimiento de que sí me gustan los plátanos cocinados. Son tan
pocas las veces que los dejan madurar, que no sabía cómo sabían
maduros. Este es el primer lugar que he visto donde se cultiva en
abundancia. Los llevan a vender a Cartago. A uno de los caballos
que conducían de cabestro le dieron de comida un racimo de plátanos
verdes.
Almorzamos sentados en el suelo y como iba a llover no pude
recoger plantas; en cambio conocí el zancudo, que de allí en
adelante sería compañía constante y nada agradable, y que al
examinarlo detenidamente vi que simplemente es un mosquito. En todo
el viaje de Honda hasta aquí no había visto ninguno, y aun en este
sitio son tan escasos que solo oí volar dos o tres.
El sábado por la mañana ya estaba con deseos de que terminara el
viaje, en especial porque habían empezado las lluvias. Me puse el
encauchado y aunque hubiera podido cabalgar todo el día, preferí
continuar firme en mis dos pies, cosa que no pudo hacer el sillero
de la señora quien dejó caer su preciosa carga cuatro veces en la
mañana. Yo estaba conversando con ella cuando se cayó la primera
vez y la acompañé hasta que se volvió a subir en la silla, que se
había quebrado y había que arreglarla. Mientras tanto el sillero
descargó la señora en un tronco enorme de tres pies de diámetro.
Había que protegerla de la lluvia y lo único que había a mano era
la punta de mi encauchado. Debimos haber presentado un cuadro muy
divertido, pero no había espectadores que se rieran de la
representación.
La señorita estuvo más afortunada y no se cayó ni una vez
cruzando la montaña. En una ocasión el sillero que la llevaba se
resbaló más de una yarda, pero ella es menos miedosa que su hermana
y no se movió; en cambio, dos silleros se cayeron con la
señora.
Más abajo de la desembocadura del Quindío en el río La Vieja, se
cruza este último en Piedra de Moler. Cada uno de nosotros pagó un
impuesto de 80 centavos a la provincia del Cauca. En realidad no es
peaje porque el gobierno de esta no lo invierte en carreteras. Con
la excepción de un pedazo de territorio al occidente del Cauca,
donde la vía que va a lo largo del río pertenece a la provincia, el
resto de los caminos son nacionales y muy rara vez la provincia o
la nación gastan algo en su mantenimiento. En nueve meses que
permanecí en el Cauca solo recuerdo haber visto construir un puente
peatonal y nuncavi que se invirtiera ningún dinero o se
trabajara en el sostenimiento de caminos.
Esta vez no nos demoramos mucho en el paso del río. Nos
detuvimos un momento a ver cruzar las bestias a nado, cosa que es
muy interesante, y fuimos luego a la casa del barquero, donde
comimos huevos y plátanos asados antes de continuar el camino,
dejando que el equipaje nos siguiera en dos tandas. Había escampado
pero amenazaba lluvia, así que consideré prudente conservar mis
instrumentos de defensa contra el mal tiempo. Solo nos restaba
subir y bajar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del
río La Vieja.
En la subida vi la
|Heliconia Bihai, una hierba cannácea,
cuyas hojas servían de abrigo al viajero antes de que se
construyeran los tambos. Las hojas tienen esa forma característica
de la canna de nuestros jardines y de la mata de plátano, y de uno
a dos pies de largo; son blancuzcas por debajo y para hacer el
techo de un rancho las cuelgan de un nudo en el peciolo de las
cuerdas horizontales que pasan por los palos del techo. Antes todos
los peones y cargueros tenían que llevar su porción de
|Bihai
cuando viajaban al oriente, y el caminante dormía durante casi
quince días bajo ese techo transportable.
Desde la cima tuve por primera vez una vista panorámica del
valle del Cauca. Este no es completamente plano sino ondulado, como
dicen en el Oeste, y el color verde vivo es maravilloso después de
las llanuras secas de Ibagué y El Espinal. No creo que haya un
espectáculo más hermoso que esta vista del valle del Cauca, rodeado
todavía por las ásperas montañas del Quindío, mientras que en la
distancia se divisan las de Caldas, que posiblemente no cruzaré
nunca. La escena sería todavía más bella si se viera el Cauca, pero
como la margen derecha está cubierta de pantanos y bosque, el río
no se ve sino entrando en el valle. El día anterior, poco después
de salir de Lagunetas, habíamos divisado el valle por entre un
claro de los árboles.
Poco después de tener ante nuestros ojos el valle, terminaron
las funciones de los silleros y en el primer charco que
encontramos, los hombres arreglaron su apariencia personal lo mejor
que pudieron para entrar a Cartago. Sacaron camisas de donde las
traían guardadas, se pusieron sombrero y una ruana sobre el
sencillo vestido, quedando ataviados como cualquier campesino
granadino.
Finalmente llegamos al valle, pero no puedo decir en qué punto
el suelo se vuelve aluvial; creo inclusive que esa línea sea muy
difícil de determinar porque los dos suelos son parecidísimos.
Tampoco puedo decir cuánto costó el viaje exactamente. Las bestias
$ 5,20 cada una, incluyendo el servicio del peón; los gastos de
subsistencia quizá hayan sido la mitad de esa suma, pero no
llevamos las cuentas separadamente. Es posible que el costo haya
sido menor de lo que en promedio cuesta cruzar el Quindío, en
especial si no se incluyen las pérdidas por robo. A mí se me
perdieron una hachuela de doble filo que se guardaba dentro del
mismo mango, una toalla diferente a la del cuento, y como es
natural, todas las cuerdas y lazos de los que pudieron echar mano
los peones.
|
1.
|
Los sombreros “panamá” fabricados en Antioquia
se exportaban a las Antillas y al sur de los Estados Unidos.
Constituyeron quizá los únicos artículos manufacturados que
Antioquia exportó en el siglo XIX. Véase Roger Brew,
|El
desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta
|1920. Publicaciones del Banco de la República, Bogotá,
1977. (N. de la T.). (regresar
1)
|
|