CRUZANDO LAS
MONTAÑAS DEL QUINDIO
|
El grupo de viajeros Salida
temprano Comida tarde Mina de ácido sulfúrico
Fuentes termales El presidio Un accidente
Noche fría Yo amo a mi vecina y ella ama el suyo
Cuento contado dos veces Boquia Balsa Ranchos
Cartago Baile Prisionero libre Teatro
al aire libre.
Como por obra de magia estoy en Ibagué otra vez. ¿ Soñé los
episodios del capítulo anterior? ¿Es cierto que había un fantasma?
Sin duda y ahora estoy en mi hamaca en una amplia sala de Ibagué.
Dos señores están acostados en el suelo y dos en sendas mesas. Me
despierta el llanto de un bebé y la voz de una mujer desde el otro
cuarto que grita: ¡Antonia! ¡Antonia! Esta es una muchacha negra
que duerme al pie de la puerta de la pieza de su ama y que a juzgar
por lo profundo del sueño está muerta o duerme preparándose para
una dura jornada. Efectivamente, vamos a salir hoy por la mañana
para el Quindío. Ayer domingo, día de mercado, hicimos todas
nuestras compras y las de los peones, así que podemos partir muy
temprano, lo cual significa levantarse al amanecer o antes, y salir
a las diez. Pero la verdad es que no logramos ponernos en camino
sino a las once.
El grupo está compuesto por cinco señores, dos damas, tres
niños, cuatro sirvientas, once peones, veinticinco bestias entre
caballos, mulas y un perro. La caravana es larga, las señoras van
en monturas de mujer, las muchachas del servicio a horcajadas, dos
niñitos en silla, el bebé en una caja de pino, los peones llevan
dos sillas para las señoras, sigue un carguero con una caja a la
espalda, dos caballos de cabestro y un número indeterminado de
mulas de carga.
Los señores, claro está, van a caballo, excepto yo, que resolví
hacer el viaje a pie. En fila india bajamos hasta las márgenes del
Combeima, el cual cruzamos por un puente antiguo y sólido, en un
sitio que queda al puro pie de las montañas del Quindío, la
cordillera central de los Andes.
Quindío no es propiamente el nombre de la cordillera sino el de
este paso particular. Aquí no se le da nombre a las montañas; yo
llamo cordillera de Bogotá a la oriental, a esta la del Quindío y a
la occidental la de Caldas; pero a esta última no la conoce nadie
por este nombre sino yo. Es curioso que Humboldt siempre escribiera
Quindío, cuando no conozco a ningún granadino que lo escriba
así.
En este punto debo consignar unas anotaciones que quizá debí
haber hecho antes. Hasta donde sé las montañas que me rodean son
únicas, ya que la base se encuentra en una llanura amplia de suelo
no aluvial, situada mucho más arriba del río. La llanura inclinada
está separada del valle completamente plano y aluvial del río por
una cadena de cerros escarpados pero no muy altos, los cuales
imagino que son de arenisca. Pero lo más curioso es la
estructura de las mismas montañas del Quindío. El lector podría
pensar que estando yo al pie del Combeima, en la base del Tolima
vería los picos de las montañas elevarse hasta el cielo y enormes
precipicios por los que tendría que subir hasta la cima. Pero no es
así, no se ve ni una partícula de roca. En todos mis viajes por
esta cordillera no he visto más de dos veces, si acaso, suelos
rocosos. No obstante que las vertientes son tan escarpadas que una
caída puede ser fatal y que algunas montañas son altísimas, con
laderas casi perpendiculares, por ninguna parte se ven rocas.
Racionalmente me explico el fenómeno por la total desintegración de
la roca que quizá debiera llamar granito, ya que cuando el camino
corta la superficie del terreno no se ven ni trazas de
estratificación.
Por lo general, en la comitiva iban primero los
cargueros,después las sirvientas, luego los señores seguidos
por las damasy por último el equipaje. A menudo yo me les
adelantaba a todosy no tomaba otra precaución que la de no dejar
atrás al equipaje por la noche, pero en el día casi siempre iba
adelante.
La mayoría del camino en el extremo oriental está recién
construido pero sigue la misma ruta de hace doscientos años. Estaba
reparándolo un grupo de presidiarios y como no había otro sendero
ni una casa fuera del camino, no podía extraviarme. Encima del
vestido delgado de viaje me puse una ruana, no tanto por comodidad
como para aparecer más vestido. Cuando me sentía demasiado solo o
quería preguntar algo o hallaba algo curioso, esperaba hasta que me
alcanzara uno de los compañeros. Dicen que esa jornada es de
ochenta y siete millas, pero hay gran diferencia si se consideran
las cuestas de las montañas o únicamente las bases. Sería mucho más
exacto calcular las jornadas contando las subidas y las bajadas, ya
que la distancia horizontal no significa gran cosa.
Durante varias horas subimos continuamente y pasamos por
Palmilla, que no es ni siquiera una aldea sino un lugar donde hay
una o dos casas. Después desaparecen los cultivos, hay un enorme
descenso y al anochecer llegamos a un sitio rodeado de montañas.
Habíamos tenido la intención de dormir en El Moral, pero no pudimos
porque salimos demasiado tarde.
Un poco antes de anochecer llegamos a Las Tapias, donde hay una
casa con cocina y que indudablemente debe tener moradores, pero en
la confusión producida por la llegada de los peones y sirvientas no
los pude identificar. El equipaje venia atrás y para sentarnos
afuera de la choza a esperarlo solo había dos esteras que venían en
uno de los caballos que traían de cabestro. Ya habíamos perdido la
esperanza de que llegara el equipaje cuando lo vimos aparecer y las
sirvientas se pusieron inmediatamente a preparar la cena. Los
arrieros levantaron una tienda sobre un montón enorme de baúles y
cajas. Estas tiendas las arman generalmente en la mitad del camino,
o mejor dicho, el camino pasa por la mitad de la tienda y los
peones consiguen los palos para armarla en el mismo sitio donde se
acampa. La carpa pertenecía al jefe natural de la comitiva, a quien
yo me dirigía siempre como señor, y que es el marido de una de las
señoras; la otra, su cuñada, es soltera.
A las 10 extendieron una estera en la casa, encima pusieron el
mantel, y la cena, aunque mal preparada e incómoda, al
condimentarla con amabilidad, buen humor y apetito, terminó siendo
un verdadero banquete. Mi única queja la habrían podido remediar
las sirvientas si hubieran querido. Además de pagar mi escote para
el mercado, llevaba una provisión extra de chocolate, pero las
guarichas me hacían esperar siempre hasta el final de la comida
para traer el chocolate, y lo servían tan diluido que terminaba
bebiendo más líquido, y quedaba menos nutrido, pero encontré que
todo reclamo en este sentido era inútil.
Al terminar la cena aparecieron los peones con un inmenso
almofrez del que sacaron una cama, tan grande como una cama doble,
además de colchón, hamacas, cobijas, camisas de dormir, ropa e
infinidad de artículos. Guindaron tres hamacas y un señor colocó su
cama debajo, en ángulo recto, de manera que si se reventara una de
las cuerdas, la hamaca le caen a encima. Al colchón lo pusieron en
una banca de madera y la cama en el sitio donde habíamos
comido.
Nos levantamos a las cuatro, embutimos todas las cosas en el
caballo de Troya y aun después de haberle añadido mi hamaca y
cobijas quedó espacio para más. La diligencia de las cuatro
muchachas nos permitió desayunar alrededor de las siete y después
de mucha demora salimos antes que el equipaje. Bajamos hasta un
arroyo tributario del Coello, el cual creo que se divisaba a la
izquierda. Después subimos hasta El Moral, donde hay unasola
casa, pero que es un lugar que aparece en los mapas. Desde allí
emprendimos un ascenso ininterrumpido durante varias horas. Yo dejé
atrás a los compañeros, pasé por Buenavista y un sitio interesante
llamado Azufral, pero desgraciadamente no supe de él sino cuando
iba lejos. Es un lugar de donde extraen azufre. La altura es de
6.470 pies y se calcula la temperatura en 61ºF., en tanto que en
las excavaciones, según Humboldt, el termómetro sube a 118ºF. Nadie
puede respirar allí porque el 95% del aire es ácido carbónico y el
2% ácido hidrosulfúrico. Claro está que esas galerías no pueden ser
profundas.
Este sitio se halla en la base del Tolima y cerca, en el punto
más alto del camino, hay un contadero llamado Agua Caliente por
existir en los alrededores una fuente de aguas termales que no he
podido encontrar, aunque me dicen que está cerca al camino. Si ese
día hubiera sabido de la existencia de la fuente y del azufral,
posiblemente habría tenido tiempo de buscarlos porque iba muy
adelante del resto de los compañeros de viaje.
Mientras esperaba a los otros me entretuve cortando una pequeña
palma que tenía entre diez y veinte pies de altura y casi tres
pulgadas de diámetro. Y ahora escribiendo mis recuerdos tiemblo al
pensar en el peligro que estuve. Esa clase de palma es muy
abundante en la región y quería examinar la fruta. A una altura
conveniente corté el tronco golpeándolo transversalmente y hacia
abajo, hasta que la punta afilada se deslizó de pronto del resto
del tronco y con el peso de las frutas se clavó en la tierra como
si hubiera sido una pica, ¡cerca a mis pies que no tenían más
protección que los alpargates! Si la posición del pie hubiera sido
un poco distinta habría quedado clavado al piso.
A estas alturas me sorprendió la lluvia pero preferí mojarme a
devolverme a buscar el encauchado que venía atrás con el equipaje,
así que seguí caminando. Luego empecé a bajar por un sendero húmedo
y pedregoso y la formación del suelo parecía ser diferente a la del
resto del camino, pero no encontré muchos indicios de que se
tratara de traquita. El descenso fue escarpado y continuo. Por la
mañana había tomado un desayuno muy liviano y la cena de la noche
anterior no había dejado ninguna clase de reservas, así que mi
estómago clamaba en vano por algún alimento, porque después de El
Moral solo pasé una casa, Buenavista, y era inútil esperar
encontrar algo antes de El Toche, el cual se ve al fondo del valle
y es donde está actualmente el presidio.
Nunca, en un camino transitado, había visto tal soledad, si es
que puede hablarse de soledad cuando se escucha el canto de las
aves, entre otras de pavos y de un bello tucán verde brillante. El
canto de una de las especies de este pájaro parece decir Dios
te ve. En el camino recogí la piel que había desechado una
serpiente. De pronto me alegré viendo humo que ascendía
graciosamente al cielo y me apuré a bajar por laderas escarpadas y
resbaladizas hasta llegar a orillas del Coello, donde encontré una
fogata pero ni una casa ni un alma. Seguí río arriba, por la margen
izquierda, hasta un sitio donde un derrumbe había arrastrado el
camino hasta el mismo río. La solución al derrumbe me pareció
nueva, bella y original. Un yanqui habría construido un muro de
contención para confinar el río a su cauce y con la tierra de la
loma rellenado el derrumbe, cosa que hubiera sido fácil porque a
diferencia de lo que sucede en otras partes, allí el río está lleno
de roca de todos los tamaños. Pero el ingeniero construyó más bien
un camino en zig-zag subiendo la loma, lo cual entre nosotros se
hubiera considerado completamente absurdo. El camino sube por un
trecho equivalente a la mitad o a las dos terceras partes de la
montaña de West Hoboken, y después, sin pasar ni por un metro de
suelo plano, baja de nuevo al río. Está muy bien hecho, como si
atravesara un parque, pero desgraciadamente un invierno fuerte
acabará con él. ¡Este es el cambio más importante que se ha hecho
en este tramo del camino en dos siglos!
Estaba empezando a subir la loma cuando me encontré con un
pordiosero. Este llevaba un cuchillo al cinto y para reforzar su
solicitud de que le diera una limosna me informó que era
presidiario; pero aunque me hubiera asegurado que había matado a su
madre, no habría podido darle nada porque no llevaba dinero
conmigo. Al pie de la cuesta, a diez metros del camino y a tres del
río, hay un montículo con una fuente de aguas termales. Cualquier
viajero puede encontrarla fácilmente. Parece como si arrojara
enormes cantidades de agua, la cual, a primera vista, da la
impresión de pasar por un canal subterráneo. En realidad no creo
que arroja más agua de la que cabría en una taza de café, pero
contiene muchísimo gas de ácido carbónico y sale con mucha fuerza.
La fuente tiene ocho pies de largo, tres y medio de ancho y seis
pies de profundidad. Me metí en la fuente y me pareció que la
gravedad específica del agua era mayor que la del agua de mar. Sin
embargo, es posible que la presión del gas que estaba debajo de mí
me hubiera dado una impresión equivocada. La temperatura era de
90ºF., y es evidente que el montículo está conformado por el óxido
de hierro que arroja la fuente, la cual lanza también sales de cal,
posiblemente carbonatos, que se pegan en las ramas de las plantas.
Todo el gas que sale parece ser ácido carbónico, pero también se
nota algo de azufre y el gas sale sin duda del extremo de la boca
más cercana al río y arrastra al bañista hacia el otro
extremo.
A la derecha del camino, hacia el norte, a veinte o treinta
rods río arriba, hay una fuente más pequeña, de seis
pulgadas de diámetro y seis pies de profundidad, con muy poco
escape de gas, y como tiene menos contacto con el aire, la
temperatura debe ser mayor, calculo que de unos 91ºF. Dicen que la
de Agua Caliente es aún más alta.
Me faltaba todavía caminar una milla río arriba por una llanura
muy húmeda, que si no fuera por los desagües sería un verdadero
pantano. En las zanjas vi la primera y única conserva que he visto
en la Nueva Granada y en el extremo de la llanura había un campo
cercado que todavía no parecía estar listo para la siembra. Después
crucé el Coello por un puente cubierto un poco más arriba de la
desembocadura del Tochecito. En la confluencia de los dos ríos hay
una llanura seca, cubierta de grandes rocas que hacen difícil
cabalgar por ella, donde está Toche.
Llegué a Toche alrededor de las doce y lo primero que se me
ocurrió fue compensar la deficiencia del desayuno. Pedí pan,
mantequilla, chocolate, fruta, guarapo y huevos, pero solo me
dieron los huevos y a ocho por diez centavos. Ordené cuatro huevos
duros y mientras se cocinaban, me consiguieron dos pedazos de pan
seco y tieso. Una tabla en un rincón servía de mesa, el mango de
una cuchara, y una silla boca abajo de asiento. Cuando me sirvieron
la comida me aseguraron que los oficiales del ejército reemplazan
el chocolate por agua de panela, bebida esta que les gusta, que si
quería me la hacían y yo decidí probarla.
El resto del grupo empezó a llegar antes de las dos, pero las
bestias solo llegaron a las tres. Se decidió que no alcanzábamos a
ir hasta Gallego, entonces comimos temprano y tuve oportunidad de
observar el lugar donde íbamos a pasar la noche. Antes de que se
instalara el presidio, Toche consistía en una sola casa. Los presos
la aumentaron, construyeron otras dos y levantaron una docena de
ranchos, donde viven los hombres bajo libertad condicional. Estos
últimos son los llamados francos, que a diferencia de los
guardados, no están vigilados permanentemente. El franco con quien
me encontré hoy llevaba un mensaje a Ibagué. A los francos no les
conviene huir, pero sin embargo muchos escapan.
Por la noche los presidiarios bajan por el camino en zig-zag que
nosotros tendremos que subir mañana. Los hicieron formar en fila,
pasaron lista y les dieron sus raciones, que consisten en carne o
maíz o arroz y sal y una cantidad enorme de panela, un cuarto de
libra diaria. La mayoría de los prisioneros están en libertad
condicional y duermen en los ranchos; al resto los encierran bajo
vigilancia en una de las casas. Hay aproximadamente veinticinco
soldados y uno de ellos acompañó hasta donde nosotros a uno de los
prisioneros que quería pedirnos limosna. El preso tenía el mérito
adicional de llevar una cadena de la cintura al tobillo y que lo
marcaba como uno de los peores personajes del presidio. Pero ni
siquiera este detalle nos conmovió y lo dejamos a merced del
presidente, quien aparentemente solo perdona a aquellos prisioneros
que arriesgan la vida sirviendo en los hospitales de cólera en el
Istmo.
Aquí, por lo general, se trata bien a los prisioneros y para un
hombre pobre es peor esperar su juicio durante una semana en las
cárceles de Ibagué o de Bogotá que pasar un mes en este presidio, y
para cualquiera es mejor una semana aquí que una sola noche en los
cepos de Pandi. En Toche fuimos huéspedes del alcalde quien conocía
personalmente a todos los señores de la comitiva, excepto a mí, y
nos cedió su apartamento mientras él se fue a dormir a otro
lugar.
Al hacer los arreglos para la noche fui testigo de esa falta de
consideración por el bienestar de los demás que a veces hasta los
amigos muestran en los viajes. El ejemplo no tuvo mayor
importancia, pero lo menciono porque en realidad fue inusitado en
ese viaje: el más joven de los abogados escogió, sin tener en
cuenta a los demás, el sitio para dormir. En cuanto a mí, descansé
admirablemente en la hamaca que guindé en el cuarto del
médico.
Desde Toche contemplé lleno de asombro el camino que debíamos
seguir. Parecía más bien una fortificación. Los zig-zag eran tan
escarpados que un soldado armado a duras penas podría subir, y
llegaban hasta riscos que prácticamente se elevaban sobre nuestras
cabezas. Las vueltas y revueltas parecen talladas en piedra o
construidas en ladrillo y lo menos que parece es un camino, pues lo
que busca son los picos más altos y no pasar las montañas, cual es
el objeto que debería tener. Sin embargo, es un camino y el que
nosotros debemos seguir.