INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
DE REGRESO A BOGOTÁ
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La toalla perdida — Familia excelente — Fantasma granadino — Piedras — De cómo apagar un cigarro — Rioseco — Muchacho a punto de ahogarse en el Rioseco — Neme y bitumen — Agua de azufre y algo todavía más fuerte — Granadino borracho y ruidoso — Tocaima — Prisión sin techo — Caballos que se despeñan — Juntas de Apulo — Ríos y caminos llenos de barro — Anapoima — La Mesa — Camino que bordea la mon­tafia — Presidio — Hospital — Bajo vigilancia — Volcán — Examen escolar — Los rezagados — Tena — Bebida fresca — Ayuno — Recibimiento cariñoso.


 

Hoy por la mañana emprendí camino de regreso a Bogotá. Voy a caballo y en compañía de otras personas; ya no soy el hombre libre que viajaba a pie por la Tierra Caliente, feliz en la sola compañía de tres bestias, dos cuadrúpedos y un bípedo. El equipaje salió antes de nosotros al cuidado de un ladronzuelo que desde hace algún tiempo está encargado de ayudarme en varios asuntos. El fue quien contrató la mujer que me lavaba la ropa y me aseguró que ella me había devuelto todo, pero me di cuenta que faltaba la única toalla de tela absorbente que tengo. Por lo general aquí hacen las toallas de simple tela de algodón y aunque las bordan en rojo, no son precisamente lo mejor para secarse las manos. Para la mujer el material absorbente y grueso era una novedad apetecible y de apariencia suficientemente barata como para robar la toalla sin remordimiento, así que no lo pensó dos veces.

Sucedió que comimos una o dos veces en la casa donde vivía la lavandera y cuando estábamos listos para partir, con los caballos ensillados y la cuenta pagada, hice llamar a la mujer y le dije que me devolviera la toalla. Como en esta región no utilizan la palabra toalla me costó mucho trabajo hacerle entender de qué se trataba, que yo no estaba preguntando por una camisa de dormir, ni por un pañuelo ni por una ruana. La mujer empezó a desocupar su cajón pieza por pieza, mientras yo me hice al pie, mirando pacientemente. Por fin salió la toalla y ella pareció encantada de encontrar algo que me gustara. Me la entregó con la expresión satisfecha de quien acaba de tener un rasgo de generosidad. Estuve tentado de retribuirle dándole diez o veinte centavos, pero me contuve; le di las gracias efusivamente, amarré la toalla a la cintura, me despedí, salté al caballo y pronto estuve fuera de la ciudad, en la misma llanura por la que había entrado a Ibagué, pero al lado opuesto. Viniendo había pasado a una milla o dos del Coello y ahora iba más hacia el sur, cerca del Chipalo. Había muy pocas casas en el camino, pero la otra ribera del río me pareció bellísima y vi una finca tras otra y varias casas. Es posible que a ese lado sea más fácil cultivar que en esta llanura pedregosa.

Al poco rato me esperaba una agradable sorpresa. En un sendero, a una o dos horas de Ibagué, conocí la simpática familia del doctor Pereira, notable por la educación que han logrado adquirir sus miembros más jóvenes. Sentí no haberlos conocido antes. Uno de los hijos, el doctor Nicolás Pereira Gamba, publicó un poema sobre don Angel Lei. El mismo autor considera que el poema resultó flojo y extravagante, en lo cual tiene razón, y por eso piensa volver a escribirlo.

Se me había olvidado contarles de don Angel y del antiguo y apacible convento de San Diego en Bogotá. Don Angel fue la última persona que enterraron, alrededor de 1820, en la capilla del convento. Antes de hacerse fraile, Lei fue oficial de la guardia del Virrey y estuvo comprometido con Luisa Sandoval, beldad bogotana de la época, cuya muerte posiblemente motivó la conversión de él, pero hay muchas versiones de la histeria. Una de ellas cuenta que Lei estaba con Luisa en una corrida de toros, cuando vio a otra mujer tan irresistible que esa noche en la visita a su prometida estuvo muy callado y se despidió temprano. En la calle encontró a la desconocida, quien lo tomó del brazo, más con aire de inocencia que de descaro. En un principio caminaron sin rumbo fijo, y por último cruzaron el puente del río San Francisco, subieron una cuadra, volvieron abajo del puente entre los dos conventos y entraron a una casa lujosísima, brillantemente iluminada, donde no había ni un alma. La muchacha lo fue llevando afectuosamente de cuarto en cuarto, y al amanecer Lei se despertó en un lecho de vergüenza y pecado. Rápidamente salió a cumplir sus labores matinales, pero como se le quedaron el reloj y la espada colgados en dos ganchos ornamentales en la cabecera de la cama, después del desayuno buscó la casa de la desconocida y ¡solo encontró ruinas! Se arriesgó a subir las escaleras rotas y por el piso desvencijado llegó hasta el sitio donde debía haber estado la cama. Encontró el réloj y la espada colgados de dos clavos enmohecidos e inalcanzables, porque debajo el piso estaba completamente derruido. Lei salió corriendo, dejó sus cosas e ingresó al convento.

Algunos cuentan que cuando regresaba de la casa espectral se cruzó con una procesión fantasmagórica que llevaba el cadáver de Luisa; otros dicen que encontró el reloj y la espada colgados en dos huesos humanos clavados en la pared del cementerio, y otra versión afirma que por la mañana se despertó con un esqueleto entre los brazos.

Donde hay monjes siempre habrá fábulas, pero los fantasmas y las hadas parecen ser de origen nórdico. Valdría la pena investigar por qué razón los fantasmas son tan escasos o faltan completamente en el sur de Europa. Pregunté por la traducción española de |ghost, y me dijeron que lo más cercano debe ser |alma bendita. A la muchacha sobrenatural del cuento de Lei la llaman “hada”.

La casa del doctor Gamba tiene el mejor piso que he visto en la Nueva Granada. Es de una especie de cemento calcáreo que posee la ventaja de ser duro y no rajarse. Como aquí no puede pensarse en hacer pisos de madera, es muy conveniente fabricarlos de algún material que sea más bonito que el ladrillo y pueda mantenerse limpio, lo cual es imposible con la tierra apisonada. Sin embargo, en casi todas partes la piedra caliza es demasiado cara para estar al alcance de los campesinos, pero con buenos caminos se podría conseguir brea en todo el país.

Llevando en el bolsillo el poema del joven Pereira sobre Angel Lei me dirigí de nuevo a la llanura y seguimos hacia el noreste a una montaña alta y aislada detrás de la cual está Piedras. Por un camino diagonal llegamos a otra cadena de montes escarpados que separa esta llanura inclinada de las más bajas y horizontales que se extienden en las riberas del Magdalena. El nombre de Piedras sería apropiado para toda la planicie; dicen que en el único sitio donde no las hay es en Cuatro Esquinas, pero al pasar por ahí no me di cuenta si es cierto o no.

Estaba oscuro cuando entramos a un desfiladero por donde cruzamos dos veces el Opía hasta que en la margen izquierda llegamos a un sitio mucho más alto que el lecho del río. Fue difícil encontrar posada pero nos encontramos con otro grupo de viajeros que también iba a Bogotá y logramos conseguir una sala para todos. Hacía bastante calor, especialmente después de las noches frías de Ibagué. Teníamos poca agua y sediento y cansado me alegré de poder guindar la hamaca. Casi todos se acostaron en el corredor hasta que la lluvia los hizo entrar. Un tipo se puso a fumar y como no soporto que fumen en una pieza tan llena de gente, me propuse apagar el cigarro. Solamente cuando el fumador comprendió que yo estaba decidido a tirarle encima toda el agua que nos quedaba, para ahorrar ésta decidió apagarlo él mismo. Al día siguiente me di cuenta de que el tipo del cigarro era un sirviente, y sentí no haberle echado el agua sin previo aviso, porque demuestra la falta total de decoro en un sirviente fumar en presencia de superiores. El tipo simplemente se estaba apoyando en el proverbio español de que “en la oscuridad todos los gatos son pardos".

Al día siguiente subí a una loma empinada en las afueras de la población, en busca de plantas. Me llamó la atención el comportamiento de dos pájaros negros de colas muy largas que se mantenían en el suelo a una yarda de un cerdo, uno a cada lado, y durante mucho tiempo siguieron los movimientos de este como si fueran su sombra. Me imagino que cazaban las pulgas que dejaban al animal.

Piedras está en una meseta a una o dos horas del Magdalena y es una aldea de chozas de paja. En la plaza vive un personaje que me habría gustado conocer, pero solo supe de él cuando ya nos íbamos. Me lo describieron como hombre muy rico, inteligente, generoso y excéntrico. A la salida de la población, en la cima de una loma hay una edificación que parece un castillo alemán, pero que según me contaron es el panteón que ha construido para el descanso final de la familia. Dicen que la mayoría de las obras de caridad las hace en secreto.

Bajamos mucho rato para llegar al paso del Opía que queda en la desembocadura del río y allí tuvimos que detenernos varias horas. Observé cómo las aguas del río arrastraban cada minuto varios centímetros de un banco de arena. Si el viajero desprevenido dejara allí su equipaje, al poco rato se lo llevaría la corriente. Me hubiera encantado bañarme mientras esperaba, pero no lo hice de miedo a las rayas, que son peces cuya mordedura es tremenda. Subiendo por la orilla oriental del río encontré abundantes especimenes de |Melocactus o |Mammillaria, planta que nunca había visto fuera de invernaderos y que si se diera en abundancia formaría una barrera impenetrable.

Por último llegamos a campos cultivados donde vi el forraje más abundante que he encontrado en todos mis viajes en la Nueva Granada. Nos cobraron la noche a razón de un cuartillo por bestia. Estábamos en las márgenes del detestable Rioseco, cuyo nombre es una enorme mentira, pues en vez de estar seco tenía toda el agua del mundo. Al pie encontré un amigo que estaba pendiente de que el río bajara para pasar y ya estaba cansado de esperar. Después de una hora y contra mis deseos, todo el grupo decidió que lo cruzáramos.

Me quedé parado en la orilla temblando al ver pasar mi preciosa colección de plantas y con la esperanza de que llegaran secas al otro lado, desgraciadamente cuando ya no había remedio me di cuenta de que el daño había sido serio. Con el fin de estar listo para cualquier emergencia me despojé de la ropa superflua antes de que empezaran a pasar mis cargas y dejé el caballo al cuidado de un sirviente porque me gusta estar completamente libre en caso de que se presente alguna dificultad. Al llegar a la otra orilla vi sobre mi cabeza la rama de un árbol raro e interesante y estaba dedicado a coger las flores cuando alguien a mi lado comentó tranquilamente: “Ese muchacho se va a ahogar”. Volví a mirar y vi que la corriente arrastraba a un muchacho de unos doce años y que nadie se movía. Me tiré al agua y saque al niño que estaba medio muerto del susto y del cansancio. Tengo la impresión de que a los católicos no les impresiona demasiado la muerte ya que, según ellos, mientras más pronto se muera la gente, menos tiempo sufre en el purgatorio.

Seguimos por la orilla izquierda del Rioseco hasta el anochecer cuando llegamos a una posada buena en Neme. Neme quiere decir betún, del que hay abundantes depósitos en algunos sitios de la Nueva Granada, y aunque vi unos al norte de Ibagué, aquí no he encontrado ninguno. En Méndez, un poco más arriba de Honda, hay yacimientos enormes pero la única parte donde he visto usarlo es en Bogotá, en uno o dos andenes y en uno que otro piso. En Neme nos encontramos con un grupo numeroso de viajeros que iban hacia el occidente y seguimos el viaje juntos. Por lo general, todos lo pasaron muy bien, menos yo, preocupado como estaba por mis plantas, y cansado de la fuerza que hice cuando vi mi colección cruzar las aguas violentas del terrible Rioseco.

Por la mañana, en vez de seguir por el camino de la margen izquierda que cruza y vuelve a cruzar el río más de seis veces, tornamos otro sendero. Subimos un poco y nos detuvimos, más para celebrar nuestro ayuno que para romperlo. En realidad, la situación empezaba a ser de pura hambre. Comimos bananos fritos, tan insípidos que no debían ser nada nutritivos y en la choza donde nos detuvimos no había nada que pudiéramos comprar. Las gentes que vivían allí trabajan una corteza para amarrar bultos y cigarros. Más adelante recogí una fruta muy extraña de un árbol o enredadera. Al principio creí que los folículos eran hojas hasta que los examiné bien. Después llegué hasta un arroyo de aguas sulfuradas cuyo olor se sentía desde lejos. A pesar de que no me demoró mucho explorar el terreno, me tomó una hora alcanzar a los compañeros.

Los encontré más allá de las montañas, en el valle del Bogotá, en un lugar donde venden bebidas alcohólicas y guarapo. Estaban bebiendo una mezcla de los dos, que declararon excelente; yo solo me detuve un momento y seguí adelante para tener tiempo de observar todo con detenimiento. Una hora más tarde me alcanzaron y el amigo de mi amigo estaba completamente borracho; corría, gritaba, se tambaleaba, parecía perdido del todo, agarraba la cola del caballo que iba adelante y en media hora hizo más payasadas de las que se ven en la Nueva Granada en medio siglo. Aquí lo normal es que los borrachos se estén tranquilos y parezcan estúpidos. Me aseguran que nuestro amigo tomó moderadamente, pero siempre he desconfiado de consumir bebidas alcohólicas aunque solo sea en forma moderada. En especial no quisiera presenciar otra vez el ensayo de mezclar guarapo y ron. Cuando entramos a Tocaima el borracho había vuelto a ser el caballero tranquilo de antes.

Al purgatorio lo llaman El Tocaima del más allá y tengo que confesar que es bien caluroso, especialmente teniendo en cuenta su altitud. No hay otro sitio más caliente en cien millas a la redonda. Llegamos a medio día con un calor tremendo y esperamos una o dos horas. La población parece como si estuviera abandonada. Caminé un rato explorando las calles y vi una casa sin techo y ventanas con rejas, que resultó ser la cárcel. Me parece que en algún rincón los presos tienen donde resguardarse de la lluvia. Al frente había un convento en ruinas.

Apenas pasó un poco el calor seguimos el camino y por fin llegamos a las riberas del Bogotá, que estaba crecido, oscuro y repleto de barro que fluía como si fuera agua. El río es tan sucio porque corre sobre rocas de esquisto en descomposición y sobre bancos carboníferos; si el Riosucio es peor no quiero ni verlo. Me parece que tomamos el camino menos atractivo para un turista. En estos alrededores hay una loma altísima llamada El Volador y las cabalgaduras habrían podido llegar hasta allá en menos tiempo si se les hubiera tenido más consideraciones. En el camino que va al pie del río Bogotá un caballo se agotó completamente y hubo que venderlo. Varios de nosotros seguimos a pie y estábamos caminando tranquilamente cuando tres bestias que iban adelante entraron por un portón abierto a un potrero, yo cogí la que iba atrás y me monté en ella, las otras llegaron a una portada cerrada en la cima y siguieron a lo largo de la cerca en la misma dirección del camino. Estaba a punto de coger uno de los caballos por las riendas, cuando vi que los dos caballos se hundían lentamente en medio de un matorral. Le avisé el percance al dueño y sugerí que fuéramos a buscar ayuda a una casa que había en lo alto de la loma, pero él pensó que no corrían ningún peligro, que ya estaba muy oscuro y que en la posada de Juntas, que se hallaba al otro lado de la loma, conseguiría un baquiano para que viniera a buscarlas. Así que seguimos, pasamos un derrumbe, estuvimos a punto de caer al río y por fin llegamos a la posada, que es la mejor que he conocido en todo el país.

El posadero nos aseguró que no había ningún hoyo como el que yo pensaba haber visto y que con seguridad un sirviente encontraría los caballos pastando en un potrero. Fueron a buscarlos pero no los pudieron encontrar y al día siguiente enviaron un peón por el camino de Tocaima, el cual se demoró varias horas.

Después del desayuno mi amigo se dio cuenta de que el potrero terminaba en un acantilado casi perpendicular y que en la mitad del despeñadero, a la vista de todos los de la posada, estaban los dos caballos. Era imposible saber cómo habían llegado hasta allá vivos ni cómo iba a poderse sacarlos enteros de ese precipicio. Me encantó ver al dueño de las bestias al borde de las lágrimas, pero en media hora los dos animales habían acabado de bajar y pastaban tranquilamente. Entonces seguimos nuestro camino.

Este sitio tiene interés histérico. En mayo de 1851 estuvo aquí el dictador Urdaneta apoyado por un ejército de veteranos y con casi todo el país en contra. Su amigo, García del Río, se reunió con el General López, después presidente de la Nueva Granada, y acordaron un tratado por medio del cual se le entregaba el mando supremo al vicepresidente Caicedo. Cuando el Congreso se negó a darle a los amigos de Urdaneta las ventajas prometidas en el tratado, Caicedo renunció y el Congreso nombró presidente al General Obando.

En Juntas las aguas sucias del Apulo se unen a las todavía más sucias del Bogotá. En la posada se puede conseguir por dinero todo lo que necesiten viajeros y bestias. En las paredes hay argollas para colgar las hamacas, cosa de la que solo me enteré al día siguiente, y por eso, como siempre, tuve dificultad para guindar mi hamaca. El posadero es un socorrano y los socorranos son los yanquis de la Nueva Granada. En Juntas crucé el Apulo por un puente de madera de ocho pies de ancho, con techo de zinc, y luego subí a una lengua de tierra que hay entre el Apulo y el Bogotá. Se podría construir un camino mucho mejor y menos empinado a la orilla del Bogotá, que no fuera tan pendiente, el cual está además lleno de barro. El camino actual pasa por dos cuestas fangosas y en una de ellas es almohadillado, con camellones de lado a lado cada dos pies. Estos camellones son de tierra dura y lisa y las mulas pasan por encima, hundiendo las patas en el barro profundo que hay en los huecos entre los camellones. Las almohadillas las llaman en inglés “escaleras para mulas”. Se puede caminar por ellas pero si uno resbala se hunde, y algunos caballos, sin consideración por la vida del jinete, se arriesgan por ellas, no obstante el pánico del jinete.

En el peor de los casos por un camino almohadillado se puede recorrer más de una milla por hora, pero a veces se vuelve un atascadero y los camellones se convierten en puro barro de profundidad indefinida. Los huecos en un almohadillado no son más hondos que el largo de la pata de una mula y es un consuelo saber que no son más profundos cuando el atascadero es impasable hasta para la bestia más fuerte. Si la pendiente del camino sobrepasa los 45º, | en vez de almohadillados o atascaderos hay resbaladeros. Me dicen que estos últimos pueden tener varias varas de largo, ser tan inclinados como un techo y tan lisos como un deslizadero de nutrias, pero yo nunca he conocido uno así.

Una vez que el lector se haya familiarizado con el significado y el sonido de las tres palabras españolas, almohadillado, atascadero y resbaladero, todas ellas resbalosas y pegajosas, podrá imaginar las dificultades que tuve en esos caminos, como, por ejemplo, al encontrarme con una inmensa recua de mulas cargadas de sal, empacada en toscas redes, y que llevaban de Zipaquirá a Popayán, a una distancia de casi 300 millas; o el problema de bajar a una hondonada profunda en donde tomé un baño muy agradable, para luego subir a otra loma y llegar hasta la venta donde me alcanzaron algunos de los compañeros de viaje, porque únicamente en Anapoima volvimos a reunirnos todos.

Anapoima es un sitio agradable y allí hay una posada buena para la gente con dinero, un tambo gratis para los pobres y una venta para ambos. Comimos magníficamente. El dueño, hombre muy emprendedor, tiene entre otras cosas una herrería con forja inglesa, y detrás de la casa, cerca al Bogotá, que se puede ver pero no oír, una tierra sembrada de caña y un trapiche. Me llamó la atención que en el patio había una vid; supongo que es una planta que debería darse bien en esta región pero que necesita muchos cuidados.

Volví a montarme a caballo y seguimos adelante por el camino mejor que había visto en varios días, el cual corre a lo largo de una cadena de montañas, pero de pronto comienza a ascender abruptamente. A mano izquierda vi una construcción tan parecida a un convento, con capilla y campanario, que apenas un experto podría saber que se trata de una residencia privada. El camino que asciende la montaña es empedrado y cuando llega a la cima continúa en macadam por una o dos millas de pendiente suave. Al llegar a La Mesa de Juan Díaz se convierte en la calle principal. La población está en una meseta bordeada por pendientes abruptas y la calle principal corre a lo largo del borde norte de aquella, a cuyos pies se ve el Apulo, hasta donde es muy difícil bajar. Al sur de la aldea hay sembradíos que terminan en una cuesta escarpada que baja hasta el Bogotá. Esta meseta estuvo en otro tiempo unida por un monte a la serranía que va hasta la sabana de Bogotá, pero éste se hundió y en la depresión que se formó está hoy la aldea de Tena.

Parecería natural que La Mesa no tuviera agua; efectivamente allí se utiliza muchísimo el agua lluvia, aunque hay una fuente al sur de la población donde se reúnen las mujeres para lavar ropa. En La Mesa, a pesar de su altitud, todavía se dan naranjas. No había llevado termómetro, pero tengo la impresión de que la temperatura que indica Caldas, de 72.5ºF., es demasiado alta; Mosquera da una tres grados más elevada. Yo creo en cambio, que debe estar cerca de los 70º F. El único inconveniente que tiene La Mesa como veraneadero es la falta de sitios apropiados para nadar. El clima me pareció delicioso y con la ventaja sobre Guaduas de gozar de un cielo siempre despejado.

El señor Juan Triana, ya fallecido, nos recibió muy amablemente en su casa que tenía verdadero ambiente de hogar. Don Juan hablaba suficiente inglés para hacerse entender y estaba casado con una dama granadina muy amable y educada, doña Manuela Caicedo, oriunda del Chocó o del Cauca. Su mesa, arreglada debajo de una pérgola en el patio, es la mejor servida que he visto en la Nueva Granada. En la cena conocí al Gobernador, Justo Briceño. En ese entonces los cantones de La Mesa, Eusagasugá y Tocaima constituían la provincia de Tequendama y La Mesa era la capital. Difícilmente puede haber un funcionario más eficiente que Briceño, quien primero fue nombrado directamente por el presidente, pero cuando se cambió la constitución lo eligió el pueblo. Briceño tenía particular interés en la construcción de caminos y quizá lo único que le hacía falta para llevar a cabo sus propósitos eran los conocimientos prácticos que puede tener un carretero norteamericano.

Caminando hacia Tena pasamos un tramo de la vía nueva que bordea la loma y es obvio que el antiguo camino que iba por la montaña hubiera podido repararse a un costo menor de lo que había costado hacer el nuevo, más corto y más plano. Mucha gente considera que fue una locura de Briceño hacer el gasto adicional. Por pura curiosidad ascendí por el viejo camino y las subidas y bajadas me parecieron increíbles y el camino tan malo como el peor de la Nueva Inglaterra. Los deslizaderos son enormes y la distancia hasta Tena el doble. Definitivamente la Nueva Granada necesita más gobernantes con la locura de Briceño.

El gobierno nacional sostiene la carretera en macadam que pasa por La Mesa; la provincia no está obligada a pagar ni un centavo en su mantenimiento, pero puede cobrar peaje a todo el que la utilice. La carga de melaza que va a la provincia de Bogotá paga un impuesto en Puente Grande, y Briceño se da cuenta de lo contraproducente e injusto que es este gravamen. Briceño proyecta prolongar el camino nuevo hasta Bogotá, aunque no está planeado para carretas y creo que en algunos sitios será demasiado escarpado. Un destacamento del presidio lo está construyendo, y vi dos grupos trabajando, uno cerca a Tena y el otro al oriente de La Mesa. La tropa que vigila a los prisioneros hace parte del ejército regular y está bajo las órdenes del gobernador.

Los presidiarios duermen en una choza ordinaria y de día y de noche no los rodea más muro protector que el plomo de los fusiles. A los viajeros les piden siempre una limosna. El señor Triana tenía el contrato de suministrar alimentos y bebida al presidio donde se consume gran cantidad de guarapo. A nosotros también nos lo sirvieron con las comidas.

El hospital es el mismo para la provincia y para el presidio y difícilmente podría ser peor; funciona en una casa común y corriente con dos o tres habitaciones y una cocina donde no existe ninguna facilidad para cocinar, los pisos están repletos de niguas, hasta el punto de que llegan a ser peligrosas para la vida de los pacientes, la mitad de los enfermos tenía enormes úlceras superficiales. El gobernador está seguro de que se las hacen a propósito, cosa que yo me permito dudar.

Estando un día en la gobernación entró un hombre que se dirigió al secretario, el señor Guzmán, diciéndole:

“Aquí estoy, señor”.
“Muy bien, ¿en dónde ha estado?”
“Trabajando en la hacienda de don Fulano”.
“¿Y va a seguir trabajando allá?”
“Por el momento sí”.
“Muy bien. Vuelva de hoy en quince días”.

El secretario abrió un libro y tomó nota de la entrevista.

“¿Quién era ese tipo?” pregunté.

“Es alguien condenado a pagar un período en la prisión y otro bajo vigilancia. El primero ya expiró y ahora está obligado a permanecer dentro de ciertos límites y a presentarse regularmente e informar dónde está y qué hace".

“¡Qué problema para ustedes y para él! En inglés ni siquiera tenemos una palabra equivalente a |surveillance y debemos utilizar el término francés. Lo más posible es que en el Norte hubieran soltado a ese tipo con la condición de que no fuera a ningún sitio donde se lo conociera”.

El secretario me miró muy asombrado. “¿Y es que usted cree que un granuja hace menos daño donde no lo conoce nadie?”

“Claro que no, pero lo que es seguro es que el mal que haga no nos afectará a nosotros”.

“¡Ah! naturalmente”, dijo el buen funcionario encogiéndose de hombros y con una expresión que decía: “Ese es un plan preciso para herejes”.

Fui a la prisión provincial a ver a un presidiario muy conocido, miembro de una familia distinguida. Se llama Francisco Morales y planeó con un médico y un juez la muerte de un sacerdote de Bogotá. Lo envenenaron, hicieron la pesquisa judicial, administraron sus propiedades y las robaron. Lo único que se pudo probar fue el robo y la justicia condenó a Pacho Morales al presidio. Para Briceño ha sido un continuo dolor de cabeza y me preguntó si nuestras cárceles están preparadas para manejar tipos tan díscolos como Morales. Briceño no ha podido lograr hasta ahora que Pacho mueva un dedo para trabajar. Empezó por hacer arengas ofensivas y sediciosas y el gobernador mandó estacionar a un hombre al pie del prisionero con la orden de tocar trompeta cada vez que Morales comenzara sus peroratas. Lo han amarrado a un poste y lo han sometido a todos los castigos que han podido idear, pero ahora Pacho finge estar enfermo. Me gustaría ser su médico unos días. El día que fui a verlo lo encontré en un cuarto al que habían tapado la ventana, lo cual es supremamente desagradable, y un centinela lo vigilaba continuamente. Pacho quiso hacerme creer que estaba arrepentidísimo y me pidió que le llevara una Biblia. Don Justo teme que trate de escaparse.

Un día atravesé el Apulo para ver un volcán que hay al otro lado, en el camino de Anolaima. Bajé por una cuesta enorme hasta el río que tiene unas ocho pulgadas de profundidad y arrastra gran cantidad de barro. En la otra orilla me esperaba el ascenso de una cuesta parecida y la escena que se presentó ante mis ojos fue interesantísima, porque era como el deslizamiento de un glaciar de piedras calientes y de tierra. Me quité los alpargates para sentir el calor y no correr el riesgo de meterme en un sitio demasiado ardiente del que no pudiera escapar. Pude caminar por casi todas partes. De algunos sitios salía un humo pálido y me dicen que por la noche se ven los reflejos de las llamas. El alud tenía de cinco a diez “rods” de ancho y avanzaba hasta un bosquecillo donde iba tapando los árboles a una velocidad de dos o tres pies diarios. Los lados de esta especie de glaciar de fuego eran uniformes y estaban surcados por las masas de piedra que habían rodado desde arriba. La pendiente era aproximadamente la de un camino escarpado y me imagino que el deslizamiento es producido por la ignición espontánea de piritas en el subsuelo y por la lenta combustión del carbón. Dicen que el fenómeno es mucho más marcado cuando hay humedad en el ambiente y el agua se filtra hasta las piritas. Cuando el alud avance otros doce "rods" | | (1)   más llegará a una laguna pequeña que posiblemente tiene el mismo origen. No es profunda porque yo pude caminar en ella. Dicen que en el centro hay un tesoro escondido en un recipiente o paila enorme, tapado con otra que no han podido levantar. Al menos eso me contaron unas campesinas que viven cerca y me invitaron a comer con ellas y que insistieron todavía más cuando supieron que no llevaba dinero conmigo. El sitio no queda a más de dos millas en línea recta de La Mesa, pero aunque el paseo fue muy interesante, me cansó muchísimo.

Esta clase de fenómenos es muy común y estoy por creer que todos los valles de suelo quebrado que hay al occidente de la Sabana y quizá en toda la vertiente occidental de la cordillera de Bogotá, son el resultado de descomposiciones similares del suelo. Valdría la pena que alguien con más tiempo que yo se dedicara a estudiar este fenómeno.

En La Mesa asistí a los exámenes de una escuela para varones. Las mismas fallas que había observado en otros sitios eran todavía mucho más evidentes aquí. Todo el aprendizaje era de memoria y a los alumnos no se les hacía pensar. Cuando pasó al tablero el muchacho que parecía más inteligente le sugerí al gobernador el problema de la liebre y del galgo para que se lo diera. “La liebre empieza a correr ochenta varas antes que el galgo y corre veinte varas por minuto, mientras que el galgo corre veinticinco; ¿cuándo alcanzará el galgo a la liebre?”. El señor Briceño dijo que ningún alumno de la escuela podría resolver el problema, así que se lo pasó a mi vecino y entonces el maestro lo quiso ver. Dejó que el comité se encargara del resto del examen y él se puso a resolverlo; a los diez minutos me dio la respuesta, pero estaba errada.

Una noche asistí a una tertulia en La Mesa y espero no ofender a nadie al manifestar que me pareció muy aburrida. Las señoras, en su mayoría bonitas, tomaron posesión de un rincón y lo defendieron toda la noche. Los señores se hicieron en fila, de una esquina a la otra del cuarto, así que cada cual no hablaba sino con su vecino y no hubo conversación general. Cuando un par de señoras salieron de la sala un momento, animé al gobernador, hombre muy sociable, para que tomara el sitio que habían dejado las damas y rompiera así la falange cenada que se había formado. El intentó hacerlo pero las señoras regresaron y reclamaron sus puestos en tal forma que no tuvo más remedio que cedérselos. Por mi parte intenté conversar con una de las señoras, pero ella se limité a hablar nimiedades y lugares comunes; el español es pobre en monosílabos, y finalmente renuncié a conversar con ella, entre otras cosas porque me dio miedo de que si insistía, me juzgaran insolente y atrevido.

De La Mesa salí hacia el Salto de Tequendama en compañía del gobernador Briceño y de dos jovencitos que no lo habían visto nunca. El grupo lo completaban una acémila y un sirviente. Como es natural, salimos tarde. Briceño y yo caminamos lentamente cinco o seis millas hasta Tena y allí esperamos a los otros dos durante varias horas hasta que por fin llegaron al crepúsculo y entonces seguimos iluminados por la luna llena en busca de la hacienda donde íbamos a pasar la noche. Nos perdimos y pasamos un mal rato porque el camino no servía para cuadrúpedos ni siquiera de día. Empezamos a sentir hambre y mi caballo se cayó por un barranco. Como no podía ver porque ya estaba demasiado oscuro, no tengo ni idea cómo yo me escapé ni cómo logró la bestia salir del hueco. Por último llegamos a un torrente que saltaba por entre un montón de piedras y no había forma de saber si estaba en el camino o fuera de él; el hecho es que no pudimos pasarlo. Nos devolvimos y después de una hora o más de andar perdidos, llegamos a la hacienda de Zaragoza y nos detuvimos allí.

Acabábamos de soltar las bestias cuando llegó de Bogotá el dueño y nos ofreció una cena magnífica. A las once nos acostamos y dormimos hasta las tres, hora en que seguimos nuestro camino acompañados por un baquiano quien nos guié hasta el montón de piedras, nos hizo pasar por encima de ellas, hazaña que hubiera sido peligrosísima por la noche, y temprano por la mañana pasamos por las ruinas de San Antonio, aldea que había sido arrasada por un volcán o por un deslizamiento de fuego. El paisaje había sido transformado totalmente y todo lo que vimos de las ruinas fue un pedacito del muro de la iglesia, que según me dijeron, había quedado media milla más allá de donde se había levantado originalmente. La llanura de San Antonio es hoy un valle fragoso y desnudo.

Más adelante nos detuvimos a tomar alguna cosa, no recuerdo qué, y uno de los muchachos le dijo al guía, “Baquiano, apúrese, ¡un real si va ligero !“. A la cuadra llegamos a una casa donde había una muchacha bonita, y claro está que los dos galanes tuvieron que detenerse a hacerle unas preguntas. Briceño y yo seguimos en compañía del guía, subimos una montaña muy alta, pasamos unas cuantas casas aisladas y un poblado indígena llamado Curzio. En todo ese tiempo no tuvimos noticia de los rezagados, así que seguimos adelante despacio, preguntando en vano por un guía que nos condujera hasta el pie del Salto. En todas partes nos aseguraron que nadie podía llegar hasta allí. Alrededor de las nueve llegamos al sitio desde donde se ve el Salto, en la cima de la loma al final del camino en zig-zag que mencioné en el capítulo XX, donde describí también la excursión de hoy al Tequendama.

Por la tarde, de regreso a este mismo sitio, nos encontramos con nuestros dos amigos, gozando por primera y quizá última vez de la vista del Tequendama. Después de un viaje a caballo de tres días todo lo que vieron fue parte del Salto y a la distancia. Nos contaron que cuando se despidieron de la muchacha (nunca dijeron cuánto tiempo se quedaron con ella), tomaron el camino equivocado y apenas vinieron a darse cuenta de su error cuando vieron la Sabana de Bogotá. Entonces contrataron a una indiecita para que los guiara y finalmente lograron ver de lejos el Salto, porque ya era tiempo de regresar a Zaragoza a recoger las cosas que habíamos dejado allá.

En la primera casita que encontramos nos detuvimos a comer alguna cosa y yo me adelanté a mis compañeros, a pie, para volver a mirar detenidamente las ruinas de la catástrofe de San Antonio. Al anochecer estaba cerca de Zaragoza y por tercera vez avancé ya oscuro por un sendero que cruza el bosque que hay entre la casa y el camino, el cual aquí llaman carretera. Al llegar, nuestro amable anfitrión le ordenó a un sirviente que me lavara los pies y pidió que sirvieran la comida. Antes de que pasáramos al comedor llegó el resto de la compañía, los dos rezagados con cara de desconsuelo, quienes si con sus retrasos nos dañaron la excursión también sufrieron las consecuencias. Don Justo había estado en el Salto muchas veces y es uno de los granadinos que más lo aprecia.

Nuestro anfitrión se quejó amargamente de las noticias que había oído en Bogotá sobre la implantación de leyes sacrílegas. A los sacerdotes les han arrebatado el monopolio de casar a las gentes y hasta el derecho de celebrar matrimonios, ya que todos estos tendrán que registrarse primero ante el Juez del Distrito. Intenté hacerle ver que todo lo que hacía este empleado era dar un certificado, que antes expedía el cura cuando era también funcionario público, pero él insistió en que era mejor que los hijos corrieran las consecuencias de la ilegitimidad legal a recibir un certificado de matrimonio de manos no consagradas.

A la mañana siguiente me sirvieron tempranísimo el desayuno y salimos un poco después de las nueve para llegar a buena hora a la antigua casa grande de Tena. Esta población sería un magnífico veraneadero si tuviera vida social y mercado. Está en un sitio caliente y con agua abundante, en la serranía que se extiende de La Mesa hasta la base de la Sabana. Al norte hay una pendiente que baja hasta el Apulo y al sur otra que termina a orillas del Bogotá. De Tena el camino sube hasta Barro Blanco en la Sabana.

Antes de salir me di un buen baño, el último que podía realmente |gozar, pues los que me diera de allí en adelante simplemente los tendría que |soportar. Subí a pie por el camino que han construido los presidiarios casi hasta la cúspide, el cual con la dirección de un buen ingeniero podría transformarse en una vía carreteable, pero como hasta ahora la única forma como ha subido una carreta un monte, en la Nueva Granada, es sobre los hombros de cargueros, posiblemente nunca construirán adecuadamente una carretera de montaña. El dinero que llevan invertido en esta vía habría sido suficiente para construir una vía desde Bogotá al Magdalena, tan buena como los caminos de montaña comunes y corrientes en los Estados Unidos.

La última parte del ascenso la hicimos por el viejo camino con gradas y quingos. Subir fue toda una lucha y llegué a la venta de Barro Blanco acalorado y sediento. Allí probé una bebida nueva para mi llamada guarruz, palabra que quizá sea la contracción de agua de arroz, y que es parecida a la chicha pero hecha con arroz en vez de maíz. Es blanca y opaca y no amarilla como la chicha. Para hacerla yo mezclaría harina de arroz, panela o azúcar morena y agua y la dejaría fermentar hasta sentirle un ligero sabor de ácido carbónico. Es tan fresca que me pareció la mejor bebida que había probado en mi vida y me tomé un segundo vaso que me costó bien caro pues me hizo mucho daño. Estaba yo vestido con mi ropa más delgada y sin embargo me sentía tan caliente como la misma Tocaima a pesar de que el termómetro marcaba 65º | F., y el barómetro 22 pulgadas y como con un témpano de hielo en el estómago. Fui a buscar mi bayetón en la montura pero comprobé que lo había empacado, entonces corrí para calentarme, lo cual era imposible en una atmósfera tan rarificada, pero así y todo logré sobrevivir.

Después de dos o tres millas volví a cabalgar temblando todavía y me puse el encauchado para defenderme del frío. El camino siguió por un trecho muy largo entre las lomas que bordean la Sabana. Cruzamos varios brazos de esta y nos internamos de nuevo entre las colinas. Parecía como si el camino evitara pasar por las extensiones de agua que cubrían la Sabana. Finalmente entramos a ésta, pasamos un puente y al mismo tiempo empezamos a cabalgar por la vía de macadam que nos llevó derecho hasta Cuatro Esquinas. Desde allí, por el camino que ya antes habíamos transitado, seguimos hasta la hacienda de Quito, donde nos esperaba una acogida fría pero cortés, una taza de chocolate (nada de comida) y camas para descansar de la jornada que había empezado después del desayuno. Al día siguiente desayunamos a las 11, después de un ayuno real de veintiséis horas o más y con un apetito intensificado por la cabalgata de varias horas en que dejamos atrás La Culebrera, Santuario, Puente Grande y Fontibón.

La alegría que manifestaron las sirvientas de don Fulano cuando me vieron reaparecer en la puerta de la casa fue verdaderamente extravagante. Una de ellas, la más grande, no la más sucia, intentó abrazarme, pero como no podía hacerlo a menos que yo me bajara de la mula y como yo me hice el que no entendía qué era lo que quería hacer, se contentó con apretarme las manos. La obesa señora y el marido pequeño y seco, me saludaron con la misma efusividad, tan extraña a nosotros. Después de todo, era bueno estar de regreso.
 

1. El “rod” es una medida inglesa de longitud que equivale a cinco yardas y media. (regresar 1)

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