Estaba oscuro cuando entramos a un desfiladero por donde
cruzamos dos veces el Opía hasta que en la margen izquierda
llegamos a un sitio mucho más alto que el lecho del río. Fue
difícil encontrar posada pero nos encontramos con otro grupo de
viajeros que también iba a Bogotá y logramos conseguir una sala
para todos. Hacía bastante calor, especialmente después de las
noches frías de Ibagué. Teníamos poca agua y sediento y cansado me
alegré de poder guindar la hamaca. Casi todos se acostaron en el
corredor hasta que la lluvia los hizo entrar. Un tipo se puso a
fumar y como no soporto que fumen en una pieza tan llena de gente,
me propuse apagar el cigarro. Solamente cuando el fumador
comprendió que yo estaba decidido a tirarle encima toda el agua que
nos quedaba, para ahorrar ésta decidió apagarlo él mismo. Al día
siguiente me di cuenta de que el tipo del cigarro era un sirviente,
y sentí no haberle echado el agua sin previo aviso, porque
demuestra la falta total de decoro en un sirviente fumar en
presencia de superiores. El tipo simplemente se estaba apoyando en
el proverbio español de que “en la oscuridad todos los gatos
son pardos".
Al día siguiente subí a una loma empinada en las afueras de la
población, en busca de plantas. Me llamó la atención el
comportamiento de dos pájaros negros de colas muy largas que se
mantenían en el suelo a una yarda de un cerdo, uno a cada lado, y
durante mucho tiempo siguieron los movimientos de este como si
fueran su sombra. Me imagino que cazaban las pulgas que dejaban al
animal.
Piedras está en una meseta a una o dos horas del Magdalena y es
una aldea de chozas de paja. En la plaza vive un personaje que me
habría gustado conocer, pero solo supe de él cuando ya nos íbamos.
Me lo describieron como hombre muy rico, inteligente, generoso y
excéntrico. A la salida de la población, en la cima de una loma hay
una edificación que parece un castillo alemán, pero que según me
contaron es el panteón que ha construido para el descanso final de
la familia. Dicen que la mayoría de las obras de caridad las hace
en secreto.
Bajamos mucho rato para llegar al paso del Opía que queda en la
desembocadura del río y allí tuvimos que detenernos varias horas.
Observé cómo las aguas del río arrastraban cada minuto varios
centímetros de un banco de arena. Si el viajero desprevenido dejara
allí su equipaje, al poco rato se lo llevaría la corriente. Me
hubiera encantado bañarme mientras esperaba, pero no lo hice de
miedo a las rayas, que son peces cuya mordedura es tremenda.
Subiendo por la orilla oriental del río encontré abundantes
especimenes de
|Melocactus o
|Mammillaria, planta que
nunca había visto fuera de invernaderos y que si se diera en
abundancia formaría una barrera impenetrable.
Por último llegamos a campos cultivados donde vi el forraje más
abundante que he encontrado en todos mis viajes en la Nueva
Granada. Nos cobraron la noche a razón de un cuartillo por bestia.
Estábamos en las márgenes del detestable Rioseco, cuyo nombre es
una enorme mentira, pues en vez de estar seco tenía toda el agua
del mundo. Al pie encontré un amigo que estaba pendiente de que el
río bajara para pasar y ya estaba cansado de esperar. Después de
una hora y contra mis deseos, todo el grupo decidió que lo
cruzáramos.
Me quedé parado en la orilla temblando al ver pasar mi preciosa
colección de plantas y con la esperanza de que llegaran secas al
otro lado, desgraciadamente cuando ya no había remedio me di cuenta
de que el daño había sido serio. Con el fin de estar listo para
cualquier emergencia me despojé de la ropa superflua antes de que
empezaran a pasar mis cargas y dejé el caballo al cuidado de un
sirviente porque me gusta estar completamente libre en caso de que
se presente alguna dificultad. Al llegar a la otra orilla vi sobre
mi cabeza la rama de un árbol raro e interesante y estaba dedicado
a coger las flores cuando alguien a mi lado comentó tranquilamente:
“Ese muchacho se va a ahogar”. Volví a mirar y vi que la
corriente arrastraba a un muchacho de unos doce años y que nadie se
movía. Me tiré al agua y saque al niño que estaba medio muerto del
susto y del cansancio. Tengo la impresión de que a los católicos no
les impresiona demasiado la muerte ya que, según ellos, mientras
más pronto se muera la gente, menos tiempo sufre en el
purgatorio.
Seguimos por la orilla izquierda del Rioseco hasta el anochecer
cuando llegamos a una posada buena en Neme. Neme quiere decir
betún, del que hay abundantes depósitos en algunos sitios de
la Nueva Granada, y aunque vi unos al norte de Ibagué, aquí no he
encontrado ninguno. En Méndez, un poco más arriba de Honda, hay
yacimientos enormes pero la única parte donde he visto usarlo es en
Bogotá, en uno o dos andenes y en uno que otro piso. En Neme nos
encontramos con un grupo numeroso de viajeros que iban hacia el
occidente y seguimos el viaje juntos. Por lo general, todos lo
pasaron muy bien, menos yo, preocupado como estaba por mis plantas,
y cansado de la fuerza que hice cuando vi mi colección cruzar las
aguas violentas del terrible Rioseco.
Por la mañana, en vez de seguir por el camino de la margen
izquierda que cruza y vuelve a cruzar el río más de seis veces,
tornamos otro sendero. Subimos un poco y nos detuvimos, más para
celebrar nuestro ayuno que para romperlo. En realidad, la situación
empezaba a ser de pura hambre. Comimos bananos fritos, tan
insípidos que no debían ser nada nutritivos y en la choza donde nos
detuvimos no había nada que pudiéramos comprar. Las gentes que
vivían allí trabajan una corteza para amarrar bultos y cigarros.
Más adelante recogí una fruta muy extraña de un árbol o enredadera.
Al principio creí que los folículos eran hojas hasta que los
examiné bien. Después llegué hasta un arroyo de aguas sulfuradas
cuyo olor se sentía desde lejos. A pesar de que no me demoró mucho
explorar el terreno, me tomó una hora alcanzar a los
compañeros.
Los encontré más allá de las montañas, en el valle del Bogotá,
en un lugar donde venden bebidas alcohólicas y guarapo. Estaban
bebiendo una mezcla de los dos, que declararon excelente; yo solo
me detuve un momento y seguí adelante para tener tiempo de observar
todo con detenimiento. Una hora más tarde me alcanzaron y el amigo
de mi amigo estaba completamente borracho; corría, gritaba, se
tambaleaba, parecía perdido del todo, agarraba la cola del caballo
que iba adelante y en media hora hizo más payasadas de las que se
ven en la Nueva Granada en medio siglo. Aquí lo normal es que los
borrachos se estén tranquilos y parezcan estúpidos. Me aseguran que
nuestro amigo tomó moderadamente, pero siempre he desconfiado de
consumir bebidas alcohólicas aunque solo sea en forma moderada. En
especial no quisiera presenciar otra vez el ensayo de mezclar
guarapo y ron. Cuando entramos a Tocaima el borracho había vuelto a
ser el caballero tranquilo de antes.
Al purgatorio lo llaman El Tocaima del más allá y tengo que
confesar que es bien caluroso, especialmente teniendo en cuenta su
altitud. No hay otro sitio más caliente en cien millas a la
redonda. Llegamos a medio día con un calor tremendo y esperamos una
o dos horas. La población parece como si estuviera abandonada.
Caminé un rato explorando las calles y vi una casa sin techo y
ventanas con rejas, que resultó ser la cárcel. Me parece que en
algún rincón los presos tienen donde resguardarse de la lluvia. Al
frente había un convento en ruinas.
Apenas pasó un poco el calor seguimos el camino y por fin
llegamos a las riberas del Bogotá, que estaba crecido, oscuro y
repleto de barro que fluía como si fuera agua. El río es tan sucio
porque corre sobre rocas de esquisto en descomposición y sobre
bancos carboníferos; si el Riosucio es peor no quiero ni verlo. Me
parece que tomamos el camino menos atractivo para un turista. En
estos alrededores hay una loma altísima llamada El Volador y las
cabalgaduras habrían podido llegar hasta allá en menos tiempo si se
les hubiera tenido más consideraciones. En el camino que va al pie
del río Bogotá un caballo se agotó completamente y hubo que
venderlo. Varios de nosotros seguimos a pie y estábamos caminando
tranquilamente cuando tres bestias que iban adelante entraron por
un portón abierto a un potrero, yo cogí la que iba atrás y me monté
en ella, las otras llegaron a una portada cerrada en la cima y
siguieron a lo largo de la cerca en la misma dirección del camino.
Estaba a punto de coger uno de los caballos por las riendas, cuando
vi que los dos caballos se hundían lentamente en medio de un
matorral. Le avisé el percance al dueño y sugerí que fuéramos a
buscar ayuda a una casa que había en lo alto de la loma, pero él
pensó que no corrían ningún peligro, que ya estaba muy oscuro y que
en la posada de Juntas, que se hallaba al otro lado de la loma,
conseguiría un baquiano para que viniera a buscarlas. Así que
seguimos, pasamos un derrumbe, estuvimos a punto de caer al río y
por fin llegamos a la posada, que es la mejor que he conocido en
todo el país.
El posadero nos aseguró que no había ningún hoyo como el que yo
pensaba haber visto y que con seguridad un sirviente encontraría
los caballos pastando en un potrero. Fueron a buscarlos pero no los
pudieron encontrar y al día siguiente enviaron un peón por el
camino de Tocaima, el cual se demoró varias horas.
Después del desayuno mi amigo se dio cuenta de que el potrero
terminaba en un acantilado casi perpendicular y que en la mitad del
despeñadero, a la vista de todos los de la posada, estaban los dos
caballos. Era imposible saber cómo habían llegado hasta allá vivos
ni cómo iba a poderse sacarlos enteros de ese precipicio. Me
encantó ver al dueño de las bestias al borde de las lágrimas, pero
en media hora los dos animales habían acabado de bajar y pastaban
tranquilamente. Entonces seguimos nuestro camino.
Este sitio tiene interés histérico. En mayo de 1851 estuvo aquí
el dictador Urdaneta apoyado por un ejército de veteranos y con
casi todo el país en contra. Su amigo, García del Río, se reunió
con el General López, después presidente de la Nueva Granada, y
acordaron un tratado por medio del cual se le entregaba el mando
supremo al vicepresidente Caicedo. Cuando el Congreso se negó a
darle a los amigos de Urdaneta las ventajas prometidas en el
tratado, Caicedo renunció y el Congreso nombró presidente al
General Obando.
En Juntas las aguas sucias del Apulo se unen a las todavía más
sucias del Bogotá. En la posada se puede conseguir por dinero todo
lo que necesiten viajeros y bestias. En las paredes hay argollas
para colgar las hamacas, cosa de la que solo me enteré al día
siguiente, y por eso, como siempre, tuve dificultad para guindar mi
hamaca. El posadero es un socorrano y los socorranos son los
yanquis de la Nueva Granada. En Juntas crucé el Apulo por un puente
de madera de ocho pies de ancho, con techo de zinc, y luego subí a
una lengua de tierra que hay entre el Apulo y el Bogotá. Se podría
construir un camino mucho mejor y menos empinado a la orilla del
Bogotá, que no fuera tan pendiente, el cual está además lleno de
barro. El camino actual pasa por dos cuestas fangosas y en una de
ellas es almohadillado, con camellones de lado a lado cada dos
pies. Estos camellones son de tierra dura y lisa y las mulas pasan
por encima, hundiendo las patas en el barro profundo que hay en los
huecos entre los camellones. Las almohadillas las llaman en inglés
“escaleras para mulas”. Se puede caminar por ellas pero
si uno resbala se hunde, y algunos caballos, sin consideración por
la vida del jinete, se arriesgan por ellas, no obstante el pánico
del jinete.
En el peor de los casos por un camino almohadillado se puede
recorrer más de una milla por hora, pero a veces se vuelve un
atascadero y los camellones se convierten en puro barro de
profundidad indefinida. Los huecos en un almohadillado no son más
hondos que el largo de la pata de una mula y es un consuelo saber
que no son más profundos cuando el atascadero es impasable hasta
para la bestia más fuerte. Si la pendiente del camino sobrepasa los
45º,
|
en vez de almohadillados o atascaderos hay
resbaladeros. Me dicen que estos últimos pueden tener varias varas
de largo, ser tan inclinados como un techo y tan lisos como un
deslizadero de nutrias, pero yo nunca he conocido uno así.
Una vez que el lector se haya familiarizado con el significado y
el sonido de las tres palabras españolas, almohadillado, atascadero
y resbaladero, todas ellas resbalosas y pegajosas, podrá imaginar
las dificultades que tuve en esos caminos, como, por ejemplo, al
encontrarme con una inmensa recua de mulas cargadas de sal,
empacada en toscas redes, y que llevaban de Zipaquirá a Popayán, a
una distancia de casi 300 millas; o el problema de bajar a una
hondonada profunda en donde tomé un baño muy agradable, para luego
subir a otra loma y llegar hasta la venta donde me alcanzaron
algunos de los compañeros de viaje, porque únicamente en Anapoima
volvimos a reunirnos todos.
Anapoima es un sitio agradable y allí hay una posada buena para
la gente con dinero, un tambo gratis para los pobres y una venta
para ambos. Comimos magníficamente. El dueño, hombre muy
emprendedor, tiene entre otras cosas una herrería con forja
inglesa, y detrás de la casa, cerca al Bogotá, que se puede ver
pero no oír, una tierra sembrada de caña y un trapiche. Me llamó la
atención que en el patio había una vid; supongo que es una planta
que debería darse bien en esta región pero que necesita muchos
cuidados.
Volví a montarme a caballo y seguimos adelante por el camino
mejor que había visto en varios días, el cual corre a lo largo de
una cadena de montañas, pero de pronto comienza a ascender
abruptamente. A mano izquierda vi una construcción tan parecida a
un convento, con capilla y campanario, que apenas un experto podría
saber que se trata de una residencia privada. El camino que
asciende la montaña es empedrado y cuando llega a la cima continúa
en macadam por una o dos millas de pendiente suave. Al llegar a La
Mesa de Juan Díaz se convierte en la calle principal. La población
está en una meseta bordeada por pendientes abruptas y la calle
principal corre a lo largo del borde norte de aquella, a cuyos pies
se ve el Apulo, hasta donde es muy difícil bajar. Al sur de la
aldea hay sembradíos que terminan en una cuesta escarpada que baja
hasta el Bogotá. Esta meseta estuvo en otro tiempo unida por un
monte a la serranía que va hasta la sabana de Bogotá, pero éste se
hundió y en la depresión que se formó está hoy la aldea de
Tena.
Parecería natural que La Mesa no tuviera agua; efectivamente
allí se utiliza muchísimo el agua lluvia, aunque hay una fuente al
sur de la población donde se reúnen las mujeres para lavar ropa. En
La Mesa, a pesar de su altitud, todavía se dan naranjas. No había
llevado termómetro, pero tengo la impresión de que la temperatura
que indica Caldas, de 72.5ºF., es demasiado alta; Mosquera da una
tres grados más elevada. Yo creo en cambio, que debe estar cerca de
los 70º F. El único inconveniente que tiene La Mesa como
veraneadero es la falta de sitios apropiados para nadar. El clima
me pareció delicioso y con la ventaja sobre Guaduas de gozar de un
cielo siempre despejado.
El señor Juan Triana, ya fallecido, nos recibió muy amablemente
en su casa que tenía verdadero ambiente de hogar. Don Juan hablaba
suficiente inglés para hacerse entender y estaba casado con una
dama granadina muy amable y educada, doña Manuela Caicedo, oriunda
del Chocó o del Cauca. Su mesa, arreglada debajo de una pérgola en
el patio, es la mejor servida que he visto en la Nueva Granada. En
la cena conocí al Gobernador, Justo Briceño. En ese entonces los
cantones de La Mesa, Eusagasugá y Tocaima constituían la provincia
de Tequendama y La Mesa era la capital. Difícilmente puede haber un
funcionario más eficiente que Briceño, quien primero fue nombrado
directamente por el presidente, pero cuando se cambió la
constitución lo eligió el pueblo. Briceño tenía particular interés
en la construcción de caminos y quizá lo único que le hacía falta
para llevar a cabo sus propósitos eran los conocimientos prácticos
que puede tener un carretero norteamericano.
Caminando hacia Tena pasamos un tramo de la vía nueva que bordea
la loma y es obvio que el antiguo camino que iba por la montaña
hubiera podido repararse a un costo menor de lo que había costado
hacer el nuevo, más corto y más plano. Mucha gente considera que
fue una locura de Briceño hacer el gasto adicional. Por pura
curiosidad ascendí por el viejo camino y las subidas y bajadas me
parecieron increíbles y el camino tan malo como el peor de la Nueva
Inglaterra. Los deslizaderos son enormes y la distancia hasta Tena
el doble. Definitivamente la Nueva Granada necesita más gobernantes
con la locura de Briceño.
El gobierno nacional sostiene la carretera en macadam que pasa
por La Mesa; la provincia no está obligada a pagar ni un centavo en
su mantenimiento, pero puede cobrar peaje a todo el que la utilice.
La carga de melaza que va a la provincia de Bogotá paga un impuesto
en Puente Grande, y Briceño se da cuenta de lo contraproducente e
injusto que es este gravamen. Briceño proyecta prolongar el camino
nuevo hasta Bogotá, aunque no está planeado para carretas y creo
que en algunos sitios será demasiado escarpado. Un destacamento del
presidio lo está construyendo, y vi dos grupos trabajando, uno
cerca a Tena y el otro al oriente de La Mesa. La tropa que vigila a
los prisioneros hace parte del ejército regular y está bajo las
órdenes del gobernador.
Los presidiarios duermen en una choza ordinaria y de día y de
noche no los rodea más muro protector que el plomo de los fusiles.
A los viajeros les piden siempre una limosna. El señor Triana tenía
el contrato de suministrar alimentos y bebida al presidio donde se
consume gran cantidad de guarapo. A nosotros también nos lo
sirvieron con las comidas.
El hospital es el mismo para la provincia y para el presidio y
difícilmente podría ser peor; funciona en una casa común y
corriente con dos o tres habitaciones y una cocina donde no existe
ninguna facilidad para cocinar, los pisos están repletos de niguas,
hasta el punto de que llegan a ser peligrosas para la vida de los
pacientes, la mitad de los enfermos tenía enormes úlceras
superficiales. El gobernador está seguro de que se las hacen a
propósito, cosa que yo me permito dudar.
Estando un día en la gobernación entró un hombre que se dirigió
al secretario, el señor Guzmán, diciéndole:
“Aquí estoy, señor”.
“Muy bien, ¿en dónde ha estado?”
“Trabajando en la hacienda de don Fulano”.
“¿Y va a seguir trabajando allá?”
“Por el momento sí”.
“Muy bien. Vuelva de hoy en quince días”.
El secretario abrió un libro y tomó nota de la entrevista.
“¿Quién era ese tipo?” pregunté.
“Es alguien condenado a pagar un período en la prisión y
otro bajo vigilancia. El primero ya expiró y ahora está obligado a
permanecer dentro de ciertos límites y a presentarse regularmente e
informar dónde está y qué hace".
“¡Qué problema para ustedes y para él! En inglés ni
siquiera tenemos una palabra equivalente a
|surveillance y
debemos utilizar el término francés. Lo más posible es que en el
Norte hubieran soltado a ese tipo con la condición de que no fuera
a ningún sitio donde se lo conociera”.
El secretario me miró muy asombrado. “¿Y es que usted cree
que un granuja hace menos daño donde no lo conoce
nadie?”
“Claro que no, pero lo que es seguro es que el mal que haga
no nos afectará a nosotros”.
“¡Ah! naturalmente”, dijo el buen funcionario
encogiéndose de hombros y con una expresión que decía: “Ese es
un plan preciso para herejes”.
Fui a la prisión provincial a ver a un presidiario muy conocido,
miembro de una familia distinguida. Se llama Francisco Morales y
planeó con un médico y un juez la muerte de un sacerdote de Bogotá.
Lo envenenaron, hicieron la pesquisa judicial, administraron sus
propiedades y las robaron. Lo único que se pudo probar fue el robo
y la justicia condenó a Pacho Morales al presidio. Para Briceño ha
sido un continuo dolor de cabeza y me preguntó si nuestras cárceles
están preparadas para manejar tipos tan díscolos como Morales.
Briceño no ha podido lograr hasta ahora que Pacho mueva un dedo
para trabajar. Empezó por hacer arengas ofensivas y sediciosas y el
gobernador mandó estacionar a un hombre al pie del prisionero con
la orden de tocar trompeta cada vez que Morales comenzara sus
peroratas. Lo han amarrado a un poste y lo han sometido a todos los
castigos que han podido idear, pero ahora Pacho finge estar
enfermo. Me gustaría ser su médico unos días. El día que fui a
verlo lo encontré en un cuarto al que habían tapado la ventana, lo
cual es supremamente desagradable, y un centinela lo vigilaba
continuamente. Pacho quiso hacerme creer que estaba arrepentidísimo
y me pidió que le llevara una Biblia. Don Justo teme que trate de
escaparse.
Un día atravesé el Apulo para ver un volcán que hay al otro
lado, en el camino de Anolaima. Bajé por una cuesta enorme hasta el
río que tiene unas ocho pulgadas de profundidad y arrastra gran
cantidad de barro. En la otra orilla me esperaba el ascenso de una
cuesta parecida y la escena que se presentó ante mis ojos fue
interesantísima, porque era como el deslizamiento de un glaciar de
piedras calientes y de tierra. Me quité los alpargates para sentir
el calor y no correr el riesgo de meterme en un sitio demasiado
ardiente del que no pudiera escapar. Pude caminar por casi todas
partes. De algunos sitios salía un humo pálido y me dicen que por
la noche se ven los reflejos de las llamas. El alud tenía de cinco
a diez “rods” de ancho y avanzaba hasta un bosquecillo
donde iba tapando los árboles a una velocidad de dos o tres pies
diarios. Los lados de esta especie de glaciar de fuego eran
uniformes y estaban surcados por las masas de piedra que habían
rodado desde arriba. La pendiente era aproximadamente la de un
camino escarpado y me imagino que el deslizamiento es producido por
la ignición espontánea de piritas en el subsuelo y por la lenta
combustión del carbón. Dicen que el fenómeno es mucho más marcado
cuando hay humedad en el ambiente y el agua se filtra hasta las
piritas. Cuando el alud avance otros doce "rods"
|
|
(1)
más llegará a una laguna pequeña
que posiblemente tiene el mismo origen. No es profunda porque yo
pude caminar en ella. Dicen que en el centro hay un tesoro
escondido en un recipiente o paila enorme, tapado con otra que no
han podido levantar. Al menos eso me contaron unas campesinas que
viven cerca y me invitaron a comer con ellas y que insistieron
todavía más cuando supieron que no llevaba dinero conmigo. El sitio
no queda a más de dos millas en línea recta de La Mesa, pero aunque
el paseo fue muy interesante, me cansó muchísimo.
Esta clase de fenómenos es muy común y estoy por creer que todos
los valles de suelo quebrado que hay al occidente de la Sabana y
quizá en toda la vertiente occidental de la cordillera de Bogotá,
son el resultado de descomposiciones similares del suelo. Valdría
la pena que alguien con más tiempo que yo se dedicara a estudiar
este fenómeno.
En La Mesa asistí a los exámenes de una escuela para varones.
Las mismas fallas que había observado en otros sitios eran todavía
mucho más evidentes aquí. Todo el aprendizaje era de memoria y a
los alumnos no se les hacía pensar. Cuando pasó al tablero el
muchacho que parecía más inteligente le sugerí al gobernador el
problema de la liebre y del galgo para que se lo diera. “La
liebre empieza a correr ochenta varas antes que el galgo y corre
veinte varas por minuto, mientras que el galgo corre veinticinco;
¿cuándo alcanzará el galgo a la liebre?”. El señor Briceño
dijo que ningún alumno de la escuela podría resolver el problema,
así que se lo pasó a mi vecino y entonces el maestro lo quiso ver.
Dejó que el comité se encargara del resto del examen y él se puso a
resolverlo; a los diez minutos me dio la respuesta, pero estaba
errada.
Una noche asistí a una tertulia en La Mesa y espero no ofender a
nadie al manifestar que me pareció muy aburrida. Las señoras, en su
mayoría bonitas, tomaron posesión de un rincón y lo defendieron
toda la noche. Los señores se hicieron en fila, de una esquina a la
otra del cuarto, así que cada cual no hablaba sino con su vecino y
no hubo conversación general. Cuando un par de señoras salieron de
la sala un momento, animé al gobernador, hombre muy sociable, para
que tomara el sitio que habían dejado las damas y rompiera así la
falange cenada que se había formado. El intentó hacerlo pero las
señoras regresaron y reclamaron sus puestos en tal forma que no
tuvo más remedio que cedérselos. Por mi parte intenté conversar con
una de las señoras, pero ella se limité a hablar nimiedades y
lugares comunes; el español es pobre en monosílabos, y finalmente
renuncié a conversar con ella, entre otras cosas porque me dio
miedo de que si insistía, me juzgaran insolente y
atrevido.
De La Mesa salí hacia el Salto de Tequendama en compañía del
gobernador Briceño y de dos jovencitos que no lo habían visto
nunca. El grupo lo completaban una acémila y un sirviente. Como es
natural, salimos tarde. Briceño y yo caminamos lentamente cinco o
seis millas hasta Tena y allí esperamos a los otros dos durante
varias horas hasta que por fin llegaron al crepúsculo y entonces
seguimos iluminados por la luna llena en busca de la hacienda donde
íbamos a pasar la noche. Nos perdimos y pasamos un mal rato porque
el camino no servía para cuadrúpedos ni siquiera de día. Empezamos
a sentir hambre y mi caballo se cayó por un barranco. Como no podía
ver porque ya estaba demasiado oscuro, no tengo ni idea cómo yo me
escapé ni cómo logró la bestia salir del hueco. Por último llegamos
a un torrente que saltaba por entre un montón de piedras y no había
forma de saber si estaba en el camino o fuera de él; el hecho es
que no pudimos pasarlo. Nos devolvimos y después de una hora o más
de andar perdidos, llegamos a la hacienda de Zaragoza y nos
detuvimos allí.
Acabábamos de soltar las bestias cuando llegó de Bogotá el dueño
y nos ofreció una cena magnífica. A las once nos acostamos y
dormimos hasta las tres, hora en que seguimos nuestro camino
acompañados por un baquiano quien nos guié hasta el montón de
piedras, nos hizo pasar por encima de ellas, hazaña que hubiera
sido peligrosísima por la noche, y temprano por la mañana pasamos
por las ruinas de San Antonio, aldea que había sido arrasada por un
volcán o por un deslizamiento de fuego. El paisaje había sido
transformado totalmente y todo lo que vimos de las ruinas fue un
pedacito del muro de la iglesia, que según me dijeron, había
quedado media milla más allá de donde se había levantado
originalmente. La llanura de San Antonio es hoy un valle fragoso y
desnudo.
Más adelante nos detuvimos a tomar alguna cosa, no recuerdo qué,
y uno de los muchachos le dijo al guía, “Baquiano, apúrese,
¡un real si va ligero !“. A la cuadra llegamos a una casa
donde había una muchacha bonita, y claro está que los dos galanes
tuvieron que detenerse a hacerle unas preguntas. Briceño y yo
seguimos en compañía del guía, subimos una montaña muy alta,
pasamos unas cuantas casas aisladas y un poblado indígena llamado
Curzio. En todo ese tiempo no tuvimos noticia de los rezagados, así
que seguimos adelante despacio, preguntando en vano por un guía que
nos condujera hasta el pie del Salto. En todas partes nos
aseguraron que nadie podía llegar hasta allí. Alrededor de las
nueve llegamos al sitio desde donde se ve el Salto, en la cima
de la loma al final del camino en zig-zag que mencioné en el
capítulo XX, donde describí también la excursión de hoy al
Tequendama.
Por la tarde, de regreso a este mismo sitio, nos encontramos con
nuestros dos amigos, gozando por primera y quizá última vez de la
vista del Tequendama. Después de un viaje a caballo de tres días
todo lo que vieron fue parte del Salto y a la distancia. Nos
contaron que cuando se despidieron de la muchacha (nunca dijeron
cuánto tiempo se quedaron con ella), tomaron el camino equivocado y
apenas vinieron a darse cuenta de su error cuando vieron la Sabana
de Bogotá. Entonces contrataron a una indiecita para que los guiara
y finalmente lograron ver de lejos el Salto, porque ya era tiempo
de regresar a Zaragoza a recoger las cosas que habíamos dejado
allá.
En la primera casita que encontramos nos detuvimos a comer
alguna cosa y yo me adelanté a mis compañeros, a pie, para volver a
mirar detenidamente las ruinas de la catástrofe de San Antonio. Al
anochecer estaba cerca de Zaragoza y por tercera vez avancé ya
oscuro por un sendero que cruza el bosque que hay entre la casa y
el camino, el cual aquí llaman carretera. Al llegar, nuestro amable
anfitrión le ordenó a un sirviente que me lavara los pies y pidió
que sirvieran la comida. Antes de que pasáramos al comedor llegó el
resto de la compañía, los dos rezagados con cara de desconsuelo,
quienes si con sus retrasos nos dañaron la excursión también
sufrieron las consecuencias. Don Justo había estado en el Salto
muchas veces y es uno de los granadinos que más lo
aprecia.
Nuestro anfitrión se quejó amargamente de las noticias que había
oído en Bogotá sobre la implantación de leyes sacrílegas. A los
sacerdotes les han arrebatado el monopolio de casar a las gentes y
hasta el derecho de celebrar matrimonios, ya que todos estos
tendrán que registrarse primero ante el Juez del Distrito. Intenté
hacerle ver que todo lo que hacía este empleado era dar un
certificado, que antes expedía el cura cuando era también
funcionario público, pero él insistió en que era mejor que los
hijos corrieran las consecuencias de la ilegitimidad legal a
recibir un certificado de matrimonio de manos no
consagradas.
A la mañana siguiente me sirvieron tempranísimo el desayuno y
salimos un poco después de las nueve para llegar a buena hora a la
antigua casa grande de Tena. Esta población sería un magnífico
veraneadero si tuviera vida social y mercado. Está en un sitio
caliente y con agua abundante, en la serranía que se extiende de La
Mesa hasta la base de la Sabana. Al norte hay una pendiente que
baja hasta el Apulo y al sur otra que termina a orillas del Bogotá.
De Tena el camino sube hasta Barro Blanco en la
Sabana.
Antes de salir me di un buen baño, el último que podía realmente
|gozar, pues los que me diera de allí en adelante simplemente
los tendría que
|soportar. Subí a pie por el camino que han
construido los presidiarios casi hasta la cúspide, el cual con la
dirección de un buen ingeniero podría transformarse en una vía
carreteable, pero como hasta ahora la única forma como ha subido
una carreta un monte, en la Nueva Granada, es sobre los hombros de
cargueros, posiblemente nunca construirán adecuadamente una
carretera de montaña. El dinero que llevan invertido en esta vía
habría sido suficiente para construir una vía desde Bogotá al
Magdalena, tan buena como los caminos de montaña comunes y
corrientes en los Estados Unidos.
La última parte del ascenso la hicimos por el viejo camino con
gradas y quingos. Subir fue toda una lucha y llegué a la venta de
Barro Blanco acalorado y sediento. Allí probé una bebida nueva para
mi llamada guarruz, palabra que quizá sea la contracción de agua de
arroz, y que es parecida a la chicha pero hecha con arroz en vez de
maíz. Es blanca y opaca y no amarilla como la chicha. Para hacerla
yo mezclaría harina de arroz, panela o azúcar morena y agua y la
dejaría fermentar hasta sentirle un ligero sabor de ácido
carbónico. Es tan fresca que me pareció la mejor bebida que había
probado en mi vida y me tomé un segundo vaso que me costó bien caro
pues me hizo mucho daño. Estaba yo vestido con mi ropa más delgada
y sin embargo me sentía tan caliente como la misma Tocaima a pesar
de que el termómetro marcaba 65º
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F., y el barómetro 22
pulgadas y como con un témpano de hielo en el estómago. Fui a
buscar mi bayetón en la montura pero comprobé que lo había
empacado, entonces corrí para calentarme, lo cual era imposible en
una atmósfera tan rarificada, pero así y todo logré sobrevivir.
Después de dos o tres millas volví a cabalgar temblando todavía
y me puse el encauchado para defenderme del frío. El camino
siguió por un trecho muy largo entre las lomas que bordean la
Sabana. Cruzamos varios brazos de esta y nos internamos de nuevo
entre las colinas. Parecía como si el camino evitara pasar por las
extensiones de agua que cubrían la Sabana. Finalmente entramos a
ésta, pasamos un puente y al mismo tiempo empezamos a cabalgar por
la vía de macadam que nos llevó derecho hasta Cuatro Esquinas.
Desde allí, por el camino que ya antes habíamos transitado,
seguimos hasta la hacienda de Quito, donde nos esperaba una acogida
fría pero cortés, una taza de chocolate (nada de comida) y camas
para descansar de la jornada que había empezado después del
desayuno. Al día siguiente desayunamos a las 11, después de un
ayuno real de veintiséis horas o más y con un apetito intensificado
por la cabalgata de varias horas en que dejamos atrás La Culebrera,
Santuario, Puente Grande y Fontibón.
La alegría que manifestaron las sirvientas de don Fulano cuando
me vieron reaparecer en la puerta de la casa fue verdaderamente
extravagante. Una de ellas, la más grande, no la más sucia, intentó
abrazarme, pero como no podía hacerlo a menos que yo me bajara de
la mula y como yo me hice el que no entendía qué era lo que quería
hacer, se contentó con apretarme las manos. La obesa señora y el
marido pequeño y seco, me saludaron con la misma efusividad, tan
extraña a nosotros. Después de todo, era bueno estar de
regreso.
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El “rod” es una medida inglesa de longitud que
equivale a cinco yardas y media. (regresar
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