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INDICE
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(cotinuación capítulo Ibagué)
En esta provincia el poder de las distintas autoridades está mal
delimitado y parece que los sacerdotes estuvieran sometidos a todas
ellas. El párroco de Ibagué predicó un sermón que no le gustó al
gobernador y éste se lo comunicó en una carta. El primero de enero
de 1852 el cura de Ambalema recibió ochenta centavos que le pagó
una mujer por el bautizo del hijo, y el jefe político le escribió
ordenándole que devolviera el dinero. Si un sacerdote quiere
ausentarse de su parroquia durante cuatro días, el gobernador exige
que le pida permiso al alcalde del lugar. Es así como los pobres
sacerdotes tienen tres jefes civiles, cuatro si incluimos al
presidente, además del jefe eclesiástico. Lo peor es que todos les
dan órdenes contradictorias y los castigan por
desobedecerlas.
El cura leyó dos documentos interesantes en la misa del domingo
y luego me los dio para que los leyera. Uno fue la
|Allocutio
de Pío IX, en la que habla sobre la Nueva Granada, critica al
gobierno de Mosquera y de López y declara nulas ciertas leyes no
cristianas. El otro era una circular que recomienda fidelidad a las
obligaciones religiosas durante la próxima cuaresma.
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Todo el adorno es lo que llaman rúbrica y es parte esencial de
la firma. En un documento de muchas hojas la rúbrica debe aparecer
en todas; solamente la última página requiere el nombre y el
apellido, que, como en este caso, pueden escribirse en letra de
imprenta. En bulas sobre ayuno he visto el nombre y la rúbrica
puestos con sello. Me imagino que la rúbrica se originó en la marca
que dibujan los que no sabían escribir y que más tarde se convirtió
en la forma de impedir falsificaciones. Pocas rúbricas he visto tan
complicadas como la que reproduzco arriba, pero las hay todavía más
complicadas. La rúbrica la escriben debajo o después del nombre y
ningún granadino se contenta con la simple firma.
Los colegios públicos de Ibagué son el Provincial, y uno para
niños y otro para niñas. Visité este último al tercer día de haber
comenzado las tareas escolares y me pareció el espectáculo más
agradable a que he asistido en la Nueva Granada. La escuela se
incendió hace algún tiempo y ahora funciona en una casa nueva y
limpia. Las niñas estaban sentadas en el suelo, muy juiciosas,
ordenadas y vestidas impecablemente. En los colegios femeninos los
rezos y la costura son muy importantes; por fortuna, el día que yo
visité este las niñas estaban cosiendo y no rezando. En esta
provincia buscan limitar los estudios teológicos. La gobernación ha
desterrado de todas las escuelas el catecismo del Padre Astete, que
es el más largo, el más aburrido y el más ortodoxo de todos. Hay
por lo menos otros tres que se estudian en las escuelas y colegios,
pero aquí ya no se puede enseñar catecismo sino los sábados. En
algunas escuelas no enseñan a leer sino únicamente a rezar.
Todas las alumnas de la escuela eran muy jovencitas, no creo que
ninguna tuviera más de doce años. Estaban aprendiendo a leer, pero
no había dos con el mismo libro, y estos eran de temas tan
diferentes como podrían ser “Saint’s Rest” de
Baxter, “La medicina doméstica” de Gunn, “Informe
sobre la tarifa”, “Progreso y desarrollo” de
Doddridge, y “La masonería desenmascarada” de Morgan.
Pero todos los textos coincidían en no tener ningún interés para
las niñas, quizá con la excepción de uno que había sido escrito
para divertir a adultos.
El gobierno ha puesto en circulación un panfleto en que se ataca
en forma verdaderamente escandalosa al arzobispo desterrado, y
dicen que en las escuelas lo están utilizando como texto de
lectura. No lo dudo, así como estoy seguro de que en las mismas
escuelas se debe encontrar el ataque todavía más descomedido que
hizo el Papa al gobierno. Sería muy difícil publicar los cuentos
españoles de la Tract Society que no sean ofensivos a la religión
católica. Uno de ellos, “Theophilus y Sophia”, gustó
muchísimo en los colegios de Bogotá. En la Nueva Granada hacen
muchísima falta libros para niños y el sistema escolar carece por
completo de textos de lectura.
Tampoco tienen buenos textos de geografía y no se permite
estudiar esta materia hasta no haber visto álgebra y geometría.
Tengo una pregunta clave para medir los conocimientos geográficos
de mis interlocutores: ¿Dónde queda la Patagonia? Los que saben, no
se sorprenden de mi ignorancia porque como está en Sur América
creen que yo no tengo ni idea. Pero en general, aun gente educada
piensa que la Patagonia está en algún lugar de Europa. Un amigo
granadino muy inteligente me comentaba el otro día sobre el
problema de los límites de pesca de los Estados Unidos, y no pude
convencerlo de que en Groenlandia no había ningún escuadrón
británico. Hasta hoy está convencido de que yo estoy muy mal
informado sobre el tema.
La aritmética que vi enseñar en Ibagué es materia para un
psicólogo. No me atrevo a describirla y criticarla porque los
lectores pensarán que estoy exagerando y haciendo una caricatura.
Todas las pizarras se quemaron en un incendio y para conseguir
otras había que traerlas de Bogotá.
La maestra era una mujer agradable, con dos hijos, un niñito
chapín de cuatro o cinco años y una muchachita traviesa, de dos. La
maestra estaba casada (lo cual aquí no es exactamente lo corriente)
con el secretario del Jefe Político que, según tengo entendido,
recibe un salario de $ 192.
Asistí a unos exámenes en el Colegio Provincial aunque no pude
formarme idea clara sobre la rutina diaria en éste. Pero me pareció
criticable que la provincia pague la pensión de algunos alumnos
mientras que rechaza a otros por no poder pagar la matrícula. El
edificio del colegio es mucho más grande de lo necesario y está mal
tenido.
La parroquia en Ibagué está atendida por un vicario, con salario
nominal de $ 480, y un ayudante que recibe $ 240. El vicario me
pareció hombre muy agradable y servicial. Un domingo por la tarde
fui a devolverle un libro que me había prestado y lo encontré
cenando al aire libre. Yo ya había comido pero le acepté una
mazorca asada y el dulce. Después me invitó a que fuéramos a la
gallera. Rechacé la invitación pero ofrecí acompañarlo hasta allá.
Cuando llegamos nos dijeron que la pelea había terminado y entonces
entré con él. Lo recibieron como a un alegre camarada, e
inmediatamente el cura se puso a organizar otra pelea para
|atenderme a mí, lo cual me pareció que era excesivo, pero
todas mis protestas fueron en vano. Estaba muerto del miedo de que
mi amigo se saliera con la suya porque me parecía horrible ser la
causa de tanta crueldad hacia dos nobles animales, como el que veía
muerto a mis pies. Pero las exhortaciones del reverendo padre no
parecieron tan elocuentes como las que lanzó por la mañana desde el
púlpito, y para mi inmensa tranquilidad no tuve que presenciar la
pelea.
Otro día, estando en la casa del párroco, vinieron a llamarle
para que le administrara los sacramentos a un moribundo. Le pedí
que me dejara asistir a la ceremonia. “Con mucho gusto, me
dijo, siempre que tenga la gentileza, como un favor personal, de
descubrirse cuando yo lleve el Santísimo”. “No se
preocupe por eso, le contesté tirando el sombrero sobre una silla,
la noche está caliente y puedo dejar aquí mi sombrero”. Pero
como ni conceder demasiado ni ceder demasiado satisfacen a nadie,
tuve que llevar el sombrero y esperar en una tienda hasta que el
palio estuviera suficientemente lejos. Y entonces, como el apóstol
Pedro, lo seguí rezagado hasta llegar a una casita donde había
gente arrodillada adentro y también afuera en la calle.
Naturalmente que para entrar me descubrí. La única pieza la habían
dividido temporalmente con una cortina, y en el fondo estaba la
cama del enfermo. La pieza parecía una capilla, con crucifijos,
santos, velas y flores, obviamente arreglada con la colaboración de
los vecinos. Cuando yo entré el sacerdote estaba dedicado a sus
labores religiosas, ya había confesado y absuelto al moribundo y
ahora rezaba a la velocidad de una locomotora. Es fácil saber en
qué momento los sacerdotes rezan en latín, cosa que no sucede sino
una o dos veces al año, porque entonces no dicen sino unas ochenta
palabras por minuto; pero cuando llegan a un pasaje muy conocido,
arrancan a una velocidad de doscientas palabras. Después de una
retahíla que a mí me tomaría una hora para decir, el cura abrió una
cajita parecida a una tabaquera metálica, partió la hostia y le dio
un pedazo al paciente. Más latín a toda la carrera, y sacó una
botella de aceite en donde sumergió un alambre de plata, y con un
pedazo de algodón en una mano le aplicó aceite en las orejas, los
ojos, la nariz, los labios, los pulgares y los pies, y con el
algodón iba secando el aceite. Todo lo hizo en la forma más
expedita posible y con la mayor indiferencia, como si el pobre
hombre estuviera muy acostumbrado a morir. Apenas terminó de darle
al moribundo todo el consuelo de la religión, el buen sacerdote y
el sacristán liaron sus bártulos y se fueron.
Esa noche el carpintero se la pasó haciendo una caja muy
extraña, que debía ser el ataúd para el moribundo. Me imagino que
la forma tan rara de él se debía a que la hicieron de
acuerdocon las descripciones inexactas de los ataúdes que se
utilizan en los Estados Unidos. El padre del moribundo era uno de
los que estaba con el carpintero entreteniéndolo y no dejando que
perdiera el ánimo.
Un ataúd
El cementerio de Ibagué fue muy hermoso hace cincuenta años,
pero hoy es horrible a pesar de que se halla en un sitio muy bello
desde donde se divisa el Combeima; está invadido de malezas y las
tumbas están completamente descuidadas y en ruinas. El muchacho
murió y lo enterraron en el extraño ataúd, al otro día por la
mañana. El sacerdote no fue al entierro.
Ibagué es una ciudad de peones y gran parte de sus ingresos
provienen de los cargueros que prestan servicios a través de las
montañas del Quindío, por caminos demasiado malos para mulas.
Últimamente han mejorado uno, así que en verano pueden pasar mulas,
pero como también ha aumentado el volumen del tráfico, hay más
demanda que nunca de sirvientes, cargueros, chasquis y carteros.
Ibagué tiene la misma relación con el Quindío que Independence con
las Montañas Rocosas. En número de habitantes Ibagué es la cuarta
población de la provincia y en riqueza ocupa el sexto o séptimo
lugar.
En Ibagué se pueden conseguir muchas frutas que a veces son
bastante baratas. Compré setenta y dos naranjas por diez centavos.
La ciudad está situada en una llanura amplia y las casas se ven
bonitas, en especial cuando los niños salen a jugar a la luz de la
luna. Hay agua, pero a este respecto cito La Imprenta de mayo de
1852: “El agua viene a Ibagué de los lados del Tolima por un
canal que pasa a través de la calle principal que cruza a la
ciudad; en todas las cuadras este canal tiene una apertura en la
que cualquier transeúnte que no conozca bien la geografía, puede
pasar a mejor vida; y esto no es lo peor: los aguadores, en
especial los miembros femeninos del gremio, bajan al fondo de estos
pozos para buscar agua y después hacer toda clase de abluciones,
siguen su camino. ¡Imagínense entonces la limpieza del agua cuando
llega a la mesa!".
Otro capítulo interesante de la vida de Ibagué lo constituye la
nigua, cuyo nombre científico es
|Pulex penetrans. Este
animalito microscópico, aproximadamente del tamaño de la pata de
nuestra bien querida y conocida pulga, vive como ella en las
letrinas, en los sitios donde no pasa el trapeador y donde se
desconocen el agua y el jabón. Como otras damiselas, se la pasa
brincando y buscando un lugar donde establecerse de por vida, hasta
que tiene la suerte de dar con la pierna, o todavía mejor, con el
pie de un ser humano, y cuando logra llegar al dedo gordo su
fortuna está asegurada. Entra debajo de la piel (pero no debajo de
la uña) por medios que todavía el microscopio no me ha revelado, y
allí, como el inválido en la Cueva Mammoth, vive feliz gozando de
un clima agradable y uniforme. Nunca más sabrá lo que es el hambre
porque el día de su prosperidad ha llegado.
Y la prosperidad en la nigua, al igual que en los seres humanos,
trae cambios increíbles. La ágil damisela se convierte en una obesa
matrona, tan cambiada, que no pude convencer a un amigo
naturalista, a quien le mostré los dos ejemplos, de que ambos
animales fueran niguas. Para formarse una idea de la nigua que
ahora estoy mirando bajo el microscopio, imagínense cómo se vería
una persona a la que se le envolvieran en la cintura mil yardas de
lienzo. Más o menos ese es el aspecto de esta nigua que estoy
observando ahora y que tiene el cuerpo redondo, blanco y del tamaño
de una arveja pequeña y con ojos y patas que no se pueden ver sino
a través del microscopio. Está llena de huevos, pero se halla muy
lejos de mis poderes imaginativos conjeturar dónde se encuentra el
padre de todos ellos. Toda nigua que penetra en un dedo gordo se
convierte en madre a los pocos días; quizá sean unisexuales como
las sanguijuelas o tal vez, como en el caso de las tortugas de
caparazón blanda de los ríos del sur de los Estados Unidos, el
macho parezca pertenecer a otra especie.
Afortunadamente mi experiencia personal con las niguas no es muy
profunda. Sé que las jóvenes son grandes colonizadoras que se
alejan pronto de su lugar de origen para fundar familias
numerosísimas, listas a cumplir a su vez la ley orgánica de la
naturaleza.
Los anales de la Historia Natural nos cuentan de un mártir de la
ciencia que llevó en el pie una familia de niguas a través del
Atlántico. La familia se reprodujo mucho más allá de sus cálculos,
sobrepasando las posibilidades del hombre para exterminarlas. Al
llegar, el cirujano que lo atendió añadió la pierna a su colección
de especimenes raros y de gran valor.
Donde hay niguas,
|a
|fortiori hay pulgas, y para
conocer las mejores muestras de ambas especies, aconsejo visitar la
antigua ciudad de Popayán. Dicen que la persona capaz de coger
instintivamente una pulga que le camina por el cuerpo, es
popayaneja, y que uno puede estar seguro de que si alguien se mete
la mano entre la ropa y pesca tranquilamente de los omoplatos el
bicho que le estaba picando la espalda, es porque es de Popayán.
También se puede inferir lo mismo cuando a alguien le faltan las
uñas o los dedos de los pies. Popayán es el paraíso de las pulgas.
Si se suelta un caballo en un patio sin antes haberle echado grasa,
el animal se enloquece a la media hora. En vano los popayanejos se
bañan dos o tres veces al día: la plaga no los deja descansar más
tiempo que el que toma secarse la espalda. Me cuentan que por la
noche, para acostarse, hay que subirse a una mesa, quitarse y tirar
lejos una por una las prendas de ropa, sacudir todo el cuerpo con
la camisa, tirarla lejos y meterse a toda carrera en la hamaca.
Después de todos estos cuentos, mis deseos de viajar a Popayán
disminuyeron considerablemente.
Parece que las niguas en esa ciudad son una plaga todavía peor
que la de las pulgas, y que llegan inclusive a causar la muerte. La
víctima muere con colonias de niguas desde los dedos de los pies
hasta la punta de los dedos de las manos.
Pero todo esto es el preámbulo de una historia muy corta. En un
día de esa semana me sacaron tres niguas, al otro día cuatro y al
siguiente cinco; como el lunes iba a necesitar los pies, empecé a
preocuparme, hasta que logré reducir el promedio a menos de dos
niguas diarias.
Ese fue el primer ataque de niguas que tuve que soportar y ya
veo que muchos dirán que fue bien merecido por caer en la
vulgaridad de usar alpargates, y quizá tengan razón porque en todo
el tiempo que anduve con botas apenas se me entró una nigua,
mientras que con los alpargates se me introducían una o dos
semanales. La última vez que las niguas me atacaron en forma, fue
en Honda, y el asalto fue tan intenso como el de Ibagué, con la
diferencia de que yo ya sabía sacármelas.
La extracción de las niguas no es una operación dolorosa; por el
contrario, hay algo placentero, como el gusto con que se da un buen
estornudo. La irritación que produce la presencia del bicho causa
una rasquiña que cesa inmediatamente que se empieza la extracción.
En la operación se utiliza un alfiler, una aguja o la punta de la
navaja; se hace una apertura en la cutícula y con un hábil
movimiento circular se desprende la nigua de toda la membrana
interna de la piel, y se extrae el animalito, ojalá entero. Se
necesita muchísimo descuido personal para llegar a perder los pies
o los dedos por culpa de las niguas, pero en los hospitales se ven
casos tan graves que llegan a ser mortales. En la Nueva Granada no
creen en la vieja doctrina de aplicar el remedio al instrumento que
hizo la herida, pero en este caso sería muy eficaz, pues nigua y
trapeador no pueden coexistir.
Ibagué es la capital de la provincia de Mariquita, no por su
tamaño, importancia comercial o posición geográfica, sino por razón
del clima, que con una buena cama sería perfecto. Humboldt dice:
|Nihil quietius, nihil muscosius, nihil amoenius, con lo cual
estoy de acuerdo, solo que en Ibagué no encontré ni un solo musgo.
Debido a la cercanía de las montañas del Quindío, en especial al
nevado del Tolima, al páramo del Ruiz, y a la Mesa de Herveo, el
clima de Ibagué es más fresco de lo que sería lo normal de acuerdo
con su altitud.
El Gobernador de Mariquita recibe $ 1.440, los jefes políticos
de Ambalema y de Honda $ 320, y los otros tres $ 240 cada uno. A
esto añádanse los sueldos de secretarios y los gastos de papel, y
tenemos que el costo de gobernar 86.985 habitantes es de $ 5.835,
sin contar los sueldos de los alcaldes y del presidente, prebendas
gubernamentales que no se encuentran entre nosotros y que tienen su
origen en las viejas costumbres monárquicas. La nueva constitución
busca introducir reformas en este sentido, de manera que el
gobernador y los alcaldes sean elegidos popularmente y que se
suprima el cargo de jefe político.
La gobernación de la provincia funciona en la casa del
gobernador, hombre joven de apariencia sencilla y que está muy
orgulloso de su apellido Uricoechea. En esos días estaba
ocupadísimo viendo cómo alojar las tropas enviadas de Bogotá a
Pasto en octubre, cuando la república del Ecuador expulsó a los
Jesuítas, y que, como ya no se necesitaban, iban a acuartelarse en
Ibagué.
El gobernador me regaló un legajo de
|La Imprenta que hoy
se llama
|La Voz del Tolima, periódico oficial y, según tengo
entendido, el único de la provincia. Tiene el tamaño aproximado de
dos hojas de folio y es quincenal. A un lector americano le
parecería, como todos los periódicos granadinos, terriblemente
aburrido, pero a mí me interesó mucho. En él me informé de que este
año le costará al gobierno $ 1.626, y aunque al principio me
pareció un gasto innecesario, luego cambié de opinión. El periódico
se divide en dos partes. En la primera, de carácter oficial, se
encuentran las ordenanzas de la Cámara, los decretos del
gobernador, casos legales, decisiones legales importantes,
circulares e informes de los jefes políticos, informes escolares,
anuncios de convictos fugitivos y hasta documentos públicos de los
distritos cuando poseen suficiente interés. En la segunda parte el
periódico tiene de todo menos noticias.
Varias veces al día pasaba por el frente de la cárcel provincial
y siempre los presos me pedían por la ventana una limosna, y yo les
contestaba, “No tengo limones”. Hasta que un día me metí
uno en el bolsillo y cuando empezaron a pedirme una
“limosnita”, se los di diciendo, “Aquí tienen sus
limoncitos”. Desde entonces vieron que conmigo no había caso.
Indudablemente la cárcel de Ibagué es muy mala.
Vi sesionar la Cámara, la cual tiene una mayoría conservadora
muy fuerte, mientras que el gobernador, claro está, es liberal. Lo
que observé en la Cámara me enseñó que los conservadores granadinos
no son verdaderos conservadores, apenas a unos cuantos fanáticos
papistas podría llamárseles así. El resto merecería más bien el
nombre de Destructores y podrían clasificarse en Republicanos rojos
y Republicanos rojísimos; los rojísimos pueden pertenecer a
cualquiera de los dos partidos, y exceptuando los Gólgotas, los
rojos más rojos que conozco son los conservadores de la provincia
de Mariquita.
Esta afirmación es demasiado importante en sus consecuencias
para no sustentarla con hechos concretos: en La Imprenta encontré
ocho vetos de Uricoechea en veintidós días. En cuatro casos el
proyecto pasó a pesar del veto, lo cual lo puede hacer la mayoría
en una de las Cámaras y es la forma más fácil de legislar fuera de
la monarquía absoluta y, según mi opinión, peor todavía que esta
última. Estudié los ocho casos y en todos quedé convencido de que
el gobernador (que daba la impresión de ser demasiado joven para el
cargo) tenía la razón y que la Cámara estaba equivocada. Una de las
leyes le quita el salario a los jefes políticos, quienes están
obligados a servir y residir en la cabecera de cantón. Intentaron
cambiarle el nombre de la provincia por el de Marquetá, derivado
del nombre de los indios marquetón que vivieron en esta región,
mientras que Mariquita es un diminutivo de María, pero la Corte
Suprema decidió que la provincia no podía cambiar de
nombre.
Pero las pruebas más fehacientes de mi tesis se refieren al
sistema tributario. Los impuestos directos eran desconocidos en la
provincia. Las Cámaras no solo votaron para implantarlos sino para
que la provincia dependiera totalmente de ellos desde el principio.
El impuesto sobre bebidas alcohólicas se arrendó por varios años y
a muy buen precio a un individuo, quien desgraciadamente importó
una maquinaria innecesaria y cara, que posiblemente no sirva para
nada. El monopolio no habría afectado más que a los vagos, quienes
hubieran tenido que trabajar más o beber menos. Pero la Cámara
ordenó que se rescindiera el contrato sin la aquiescencia del
contratista, prefiriendo tener más ron barato y menos ingresos.
Pero el sistema nuevo que inventaron (y no copiaron, porque eso no
se usa en las repúblicas) no funcionó y al año siguiente
introdujeron otro cambio radical. Anularon todos los impuestos
directos y se decidió gravar la exportación de tabaco para recaudar
los ingresos que se necesitan en los próximos dos años e indemnizar
al contratista de licores. Con esta medida recayeron todas las
cargas sobre Ambalema, la población más grande de la provincia y el
notable mercado tabacalero de la Nueva Granada. Lo único que se
logró con semejante medida fue desplazar el comercio del tabaco a
otras provincias y reducir la población de Ambalema de 9.731 a
menos de 5.000. Pero todavía surgieron otras dificultades. En un
rincón de la provincia y sobre el Magdalena está Nare y desde
cuando se implantó el nuevo tributo, la provincia no
|exporta
tabaco sino que Nare lo consume todo. ¡Parecería como si los
nareños, incluyendo hombres, mujeres y niños, fumaran diariamente
más tabaco de lo que pesan! La última noticia que he tenido de los
logros de los conservadores en la Cámara es la ley que limita el
consumo de tabaco en Nare a fin de que quede algo para la
exportación.
Me gustaría terminar el tema, pero como la ambición de todos los
partidos en la Nueva Granada es acabar con los impuestos
indirectos, le explicaré a mis lectores en qué consisten los
impuestos progresivos, los cuales están basados en una teoría
filosófica que sostiene que los impuestos se deben pagar del
ingreso, y que por consiguiente el que no tiene ingresos no puede
pagar, como tampoco puede hacerlo la persona con entradas
insuficientes para atender a sus necesidades. Se considera que la
propiedad no se debe gravar; y que el impuesto “per
cápita” es feudalismo, barbarie y esclavitud. Una persona
necesita cierta suma para poder vivir, $ 100 al año, por ejemplo.
El que tenga ingresos inferiores a esa suma no paga impuestos, pero
si ellos están entre los $ 100 y los $ 400, podrá pagar el cinco
por ciento; si están entre los $ 400 y los $ 2.000, el quince por
ciento; y si las entradas sobrepasan los $ 10.000 al año,
fácilmente puede pagar la mitad. Esto es tributación progresiva,
solo que las cifras no las tomé de ningún plan
específico.
Es obvio que un proyecto semejante está diseñado para proteger a
los vagos, y que los derrochadores e imprevisivos quedarán libres
de todas las cargas. Es más, si en la provincia hubiera un
ciudadano tan rico como un duque inglés, podrían eximir de
impuestos a todos los individuos con ingresos inferiores a los $
100.000 anuales, y hacer que esa sola persona asumiera todos los
gastos del gobierno. Un proyecto de este tipo fue el que recomendó
el editor de La Voz del Tolima, que es el vocero de la gobernación
conservadora, y un gobernador liberal de Bogotá recomendó otro
proyecto semejante.
Esta legislación no trae otra cosa que inseguridad para el
ciudadano; en cambio, la propiedad de los extranjeros está mucho
más protegida. La provincia tenía el mismo derecho constitucional
de obtener ingresos gravando las minas de plata en vez del tabaco,
pero se sabía que con semejante medida no habría demorado mucho en
llegar la flota inglesa a la bahía de Cartagena, y por lo tanto ni
siquiera se contempló la posibilidad.
Otra consecuencia de esta teoría es que no se gravan las
inmensas propiedades de gente muy rica. Grandes extensiones de
tierra están en manos de familias acaudaladas, que esperan
venderlas y colonizarlas en las próximas generaciones, y como las
tierras no producen nada, no pagan nada. Si se impusiera un
impuesto
|horizontal del uno por ciento sobre cada fanegada y
un impuesto “per cápita” de un dólar, se acabarían los
problemas del tesoro, lo cual en última instancia redundaría en
beneficio de los contribuyentes, pero naturalmente que estas
medidas serían ofensivas para la teoría.
Estos son temas que no abordo con entusiasmo. La situación es el
producto de las lucubraciones de los granadinos, que se basan para
hacerlas en libros franceses sin tener en cuenta para nada la
realidad. Y si el lector se asombra de la estupidez de los
granadinos al no copiar nuestro sistema tributario, entonces yo le
preguntaría por qué razón la ciudad de Nueva York no puede imitar
los sistemas postales de Berlín o de Londres, o por qué en
Norteamérica no hemos implantado y ni siquiera estudiado la ley de
quiebras que rige en Inglaterra, mientras que en varios estados
leyes confiscatorias arruinan todos los años a individuos
solventes, o por qué todavía no hemos adoptado las leyes
progresivas de acuñación de moneda vigentes en Inglaterra desde
1816. Lo que sucede es que los legisladores prefieren los productos
raquíticos de su propia cabeza a adoptar las ideas sanas e
inteligentes de otros cerebros.
Los alrededores de Ibagué son bellísimos y el paisaje es hermoso
visto desde la misma ciudad o cuando se sale de paseo. Cuando hago
excursiones cortas por lo general voy a pie, pero viajé al Tolima
sometiéndome a las incomodidades de cabalgar la mula más mula que
haya conocido botánico alguno. Desgraciadamente no fui al nevado
del Tolima sino a una aldea indígena un poco más arriba del
Combeima. El pico del Tolima es volcánico y ha lanzado piedra pómez
a todas las regiones cercanas. Dicen que está a solo tres leguas de
la ciudad pero que el camino es tan malo que para visitarlo hay que
emplear cinco días. Tenía tiempo y en ninguna cosa hubiera podido
emplearlo mejor; pero el daño que las niguas habían causado a mis
medios de locomoción me hizo desistir de conseguir ácido sulfúrico
cristalizado, plantas raras y productos volcánicos; así que lo
único que hice fue ir a esa aldea que suministra gran parte de los
alimentos a Ibagué.
Avancé mucho rato por la llanura y luego bajé al Combeima por un
camino en quingos y empedrado. La tradición agrícola de los indios
ha llenado el valle de pequeñas propiedades y de pequeños ranchos.
Seguí río arriba hasta llegar a un vado que no estaba interesado en
cruzar. Pero el viaje no valió la pena porque llovió copiosamente,
había mucho barro y la obstinación de la mula era
insoportable.
Me bañé en todos los ríos de los alrededores de Ibagué, pero el
sitio mejor para nadar está más abajo del Combeima, cruzando un
puente peatonal muy frágil, algo más arriba de donde se unen el
Combeima y el Coello, que son dos ríos casi del mismo tamaño. El
Chipalo es mucho más pequeño, pero queda más cerca de la población
y sus aguas son más calientes.
No me gustaron los ibaguereños. Es la gente menos sociable que
he encontrado en toda la Nueva Granada, y fuera de los servicios
obligados que recibí debido a la carta de presentación y de las
atenciones oficiales del gobernador, la única persona que me
atendió fue el cura. Es una lástima, pues en Ibagué lo único que
falta es sociabilidad, o por lo menos la hospitalidad y amabilidad
que son corrientes en la Nueva Granada.
Al irme de Ibagué tuve la primera y la última dificultad que se
me ha presentado respecto al pago de una cuenta en este país. Me
cobraron $ 1,60 por la casa, incluyendo todos los cuartos vacíos a
los que tenía acceso, pero yo decidí pagar únicamente por los que
había utilizado. En todo el tiempo que duré empacando, su señoría
no dio el menor indicio de estar dispuesta a hacer ninguna rebaja,
y llegué a pensar que tendría que irme sin pagar o decidirme a
conocer cómo funciona el código procesal granadino; pero cinco
minutos antes de la partida, la señora rebajó la cuenta a ochenta
centavos. Le di un dólar, porque me pareció que el experimento
había valido la diferencia en el precio. Es la pelea más tranquila
que he tenido en mi vida; en ningún momento nos cruzamos palabras
descorteses o desagradables.
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