INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(cotinuación capítulo Ibagué)


 

En esta provincia el poder de las distintas autoridades está mal delimitado y parece que los sacerdotes estuvieran sometidos a todas ellas. El párroco de Ibagué predicó un sermón que no le gustó al gobernador y éste se lo comunicó en una carta. El primero de enero de 1852 el cura de Ambalema recibió ochenta centavos que le pagó una mujer por el bautizo del hijo, y el jefe político le escribió ordenándole que devolviera el dinero. Si un sacerdote quiere ausentarse de su parroquia durante cuatro días, el gobernador exige que le pida permiso al alcalde del lugar. Es así como los pobres sacerdotes tienen tres jefes civiles, cuatro si incluimos al presidente, además del jefe eclesiástico. Lo peor es que todos les dan órdenes contradictorias y los castigan por desobedecerlas.

El cura leyó dos documentos interesantes en la misa del domingo y luego me los dio para que los leyera. Uno fue la |Allocutio de Pío IX, en la que habla sobre la Nueva Granada, critica al gobierno de Mosquera y de López y declara nulas ciertas leyes no cristianas. El otro era una circular que recomienda fidelidad a las obligaciones religiosas durante la próxima cuaresma. | |

Todo el adorno es lo que llaman rúbrica y es parte esencial de la firma. En un documento de muchas hojas la rúbrica debe aparecer en todas; solamente la última página requiere el nombre y el apellido, que, como en este caso, pueden escribirse en letra de imprenta. En bulas sobre ayuno he visto el nombre y la rúbrica puestos con sello. Me imagino que la rúbrica se originó en la marca que dibujan los que no sabían escribir y que más tarde se convirtió en la forma de impedir falsificaciones. Pocas rúbricas he visto tan complicadas como la que reproduzco arriba, pero las hay todavía más complicadas. La rúbrica la escriben debajo o después del nombre y ningún granadino se contenta con la simple firma.

Los colegios públicos de Ibagué son el Provincial, y uno para niños y otro para niñas. Visité este último al tercer día de haber comenzado las tareas escolares y me pareció el espectáculo más agradable a que he asistido en la Nueva Granada. La escuela se incendió hace algún tiempo y ahora funciona en una casa nueva y limpia. Las niñas estaban sentadas en el suelo, muy juiciosas, ordenadas y vestidas impecablemente. En los colegios femeninos los rezos y la costura son muy importantes; por fortuna, el día que yo visité este las niñas estaban cosiendo y no rezando. En esta provincia buscan limitar los estudios teológicos. La gobernación ha desterrado de todas las escuelas el catecismo del Padre Astete, que es el más largo, el más aburrido y el más ortodoxo de todos. Hay por lo menos otros tres que se estudian en las escuelas y colegios, pero aquí ya no se puede enseñar catecismo sino los sábados. En algunas escuelas no enseñan a leer sino únicamente a rezar.

Todas las alumnas de la escuela eran muy jovencitas, no creo que ninguna tuviera más de doce años. Estaban aprendiendo a leer, pero no había dos con el mismo libro, y estos eran de temas tan diferentes como podrían ser “Saint’s Rest” de Baxter, “La medicina doméstica” de Gunn, “Informe sobre la tarifa”, “Progreso y desarrollo” de Doddridge, y “La masonería desenmascarada” de Morgan. Pero todos los textos coincidían en no tener ningún interés para las niñas, quizá con la excepción de uno que había sido escrito para divertir a adultos.

El gobierno ha puesto en circulación un panfleto en que se ataca en forma verdaderamente escandalosa al arzobispo desterrado, y dicen que en las escuelas lo están utilizando como texto de lectura. No lo dudo, así como estoy seguro de que en las mismas escuelas se debe encontrar el ataque todavía más descomedido que hizo el Papa al gobierno. Sería muy difícil publicar los cuentos españoles de la Tract Society que no sean ofensivos a la religión católica. Uno de ellos, “Theophilus y Sophia”, gustó muchísimo en los colegios de Bogotá. En la Nueva Granada hacen muchísima falta libros para niños y el sistema escolar carece por completo de textos de lectura.

Tampoco tienen buenos textos de geografía y no se permite estudiar esta materia hasta no haber visto álgebra y geometría. Tengo una pregunta clave para medir los conocimientos geográficos de mis interlocutores: ¿Dónde queda la Patagonia? Los que saben, no se sorprenden de mi ignorancia porque como está en Sur América creen que yo no tengo ni idea. Pero en general, aun gente educada piensa que la Patagonia está en algún lugar de Europa. Un amigo granadino muy inteligente me comentaba el otro día sobre el problema de los límites de pesca de los Estados Unidos, y no pude convencerlo de que en Groenlandia no había ningún escuadrón británico. Hasta hoy está convencido de que yo estoy muy mal informado sobre el tema.

La aritmética que vi enseñar en Ibagué es materia para un psicólogo. No me atrevo a describirla y criticarla porque los lectores pensarán que estoy exagerando y haciendo una caricatura. Todas las pizarras se quemaron en un incendio y para conseguir otras había que traerlas de Bogotá.

La maestra era una mujer agradable, con dos hijos, un niñito chapín de cuatro o cinco años y una muchachita traviesa, de dos. La maestra estaba casada (lo cual aquí no es exactamente lo corriente) con el secretario del Jefe Político que, según tengo entendido, recibe un salario de $ 192.

Asistí a unos exámenes en el Colegio Provincial aunque no pude formarme idea clara sobre la rutina diaria en éste. Pero me pareció criticable que la provincia pague la pensión de algunos alumnos mientras que rechaza a otros por no poder pagar la matrícula. El edificio del colegio es mucho más grande de lo necesario y está mal tenido.

La parroquia en Ibagué está atendida por un vicario, con salario nominal de $ 480, y un ayudante que recibe $ 240. El vicario me pareció hombre muy agradable y servicial. Un domingo por la tarde fui a devolverle un libro que me había prestado y lo encontré cenando al aire libre. Yo ya había comido pero le acepté una mazorca asada y el dulce. Después me invitó a que fuéramos a la gallera. Rechacé la invitación pero ofrecí acompañarlo hasta allá. Cuando llegamos nos dijeron que la pelea había terminado y entonces entré con él. Lo recibieron como a un alegre camarada, e inmediatamente el cura se puso a organizar otra pelea para |atenderme a mí, lo cual me pareció que era excesivo, pero todas mis protestas fueron en vano. Estaba muerto del miedo de que mi amigo se saliera con la suya porque me parecía horrible ser la causa de tanta crueldad hacia dos nobles animales, como el que veía muerto a mis pies. Pero las exhortaciones del reverendo padre no parecieron tan elocuentes como las que lanzó por la mañana desde el púlpito, y para mi inmensa tranquilidad no tuve que presenciar la pelea.

Otro día, estando en la casa del párroco, vinieron a llamarle para que le administrara los sacramentos a un moribundo. Le pedí que me dejara asistir a la ceremonia. “Con mucho gusto, me dijo, siempre que tenga la gentileza, como un favor personal, de descubrirse cuando yo lleve el Santísimo”. “No se preocupe por eso, le contesté tirando el sombrero sobre una silla, la noche está caliente y puedo dejar aquí mi sombrero”. Pero como ni conceder demasiado ni ceder demasiado satisfacen a nadie, tuve que llevar el sombrero y esperar en una tienda hasta que el palio estuviera suficientemente lejos. Y entonces, como el apóstol Pedro, lo seguí rezagado hasta llegar a una casita donde había gente arrodillada adentro y también afuera en la calle. Naturalmente que para entrar me descubrí. La única pieza la habían dividido temporalmente con una cortina, y en el fondo estaba la cama del enfermo. La pieza parecía una capilla, con crucifijos, santos, velas y flores, obviamente arreglada con la colaboración de los vecinos. Cuando yo entré el sacerdote estaba dedicado a sus labores religiosas, ya había confesado y absuelto al moribundo y ahora rezaba a la velocidad de una locomotora. Es fácil saber en qué momento los sacerdotes rezan en latín, cosa que no sucede sino una o dos veces al año, porque entonces no dicen sino unas ochenta palabras por minuto; pero cuando llegan a un pasaje muy conocido, arrancan a una velocidad de doscientas palabras. Después de una retahíla que a mí me tomaría una hora para decir, el cura abrió una cajita parecida a una tabaquera metálica, partió la hostia y le dio un pedazo al paciente. Más latín a toda la carrera, y sacó una botella de aceite en donde sumergió un alambre de plata, y con un pedazo de algodón en una mano le aplicó aceite en las orejas, los ojos, la nariz, los labios, los pulgares y los pies, y con el algodón iba secando el aceite. Todo lo hizo en la forma más expedita posible y con la mayor indiferencia, como si el pobre hombre estuviera muy acostumbrado a morir. Apenas terminó de darle al moribundo todo el consuelo de la religión, el buen sacerdote y el sacristán liaron sus bártulos y se fueron.

Esa noche el carpintero se la pasó haciendo una caja muy extraña, que debía ser el ataúd para el moribundo. Me imagino que la forma tan rara de él se debía a que la hicieron de acuerdocon las descripciones inexactas de los ataúdes que se utilizan en los Estados Unidos. El padre del moribundo era uno de los que estaba con el carpintero entreteniéndolo y no dejando que perdiera el ánimo.

Un ataúd

El cementerio de Ibagué fue muy hermoso hace cincuenta años, pero hoy es horrible a pesar de que se halla en un sitio muy bello desde donde se divisa el Combeima; está invadido de malezas y las tumbas están completamente descuidadas y en ruinas. El muchacho murió y lo enterraron en el extraño ataúd, al otro día por la mañana. El sacerdote no fue al entierro.

Ibagué es una ciudad de peones y gran parte de sus ingresos provienen de los cargueros que prestan servicios a través de las montañas del Quindío, por caminos demasiado malos para mulas. Últimamente han mejorado uno, así que en verano pueden pasar mulas, pero como también ha aumentado el volumen del tráfico, hay más demanda que nunca de sirvientes, cargueros, chasquis y carteros. Ibagué tiene la misma relación con el Quindío que Independence con las Montañas Rocosas. En número de habitantes Ibagué es la cuarta población de la provincia y en riqueza ocupa el sexto o séptimo lugar.

En Ibagué se pueden conseguir muchas frutas que a veces son bastante baratas. Compré setenta y dos naranjas por diez centavos. La ciudad está situada en una llanura amplia y las casas se ven bonitas, en especial cuando los niños salen a jugar a la luz de la luna. Hay agua, pero a este respecto cito La Imprenta de mayo de 1852: “El agua viene a Ibagué de los lados del Tolima por un canal que pasa a través de la calle principal que cruza a la ciudad; en todas las cuadras este canal tiene una apertura en la que cualquier transeúnte que no conozca bien la geografía, puede pasar a mejor vida; y esto no es lo peor: los aguadores, en especial los miembros femeninos del gremio, bajan al fondo de estos pozos para buscar agua y después hacer toda clase de abluciones, siguen su camino. ¡Imagínense entonces la limpieza del agua cuando llega a la mesa!".

Otro capítulo interesante de la vida de Ibagué lo constituye la nigua, cuyo nombre científico es |Pulex penetrans. Este animalito microscópico, aproximadamente del tamaño de la pata de nuestra bien querida y conocida pulga, vive como ella en las letrinas, en los sitios donde no pasa el trapeador y donde se desconocen el agua y el jabón. Como otras damiselas, se la pasa brincando y buscando un lugar donde establecerse de por vida, hasta que tiene la suerte de dar con la pierna, o todavía mejor, con el pie de un ser humano, y cuando logra llegar al dedo gordo su fortuna está asegurada. Entra debajo de la piel (pero no debajo de la uña) por medios que todavía el microscopio no me ha revelado, y allí, como el inválido en la Cueva Mammoth, vive feliz gozando de un clima agradable y uniforme. Nunca más sabrá lo que es el hambre porque el día de su prosperidad ha llegado.

Y la prosperidad en la nigua, al igual que en los seres humanos, trae cambios increíbles. La ágil damisela se convierte en una obesa matrona, tan cambiada, que no pude convencer a un amigo naturalista, a quien le mostré los dos ejemplos, de que ambos animales fueran niguas. Para formarse una idea de la nigua que ahora estoy mirando bajo el microscopio, imagínense cómo se vería una persona a la que se le envolvieran en la cintura mil yardas de lienzo. Más o menos ese es el aspecto de esta nigua que estoy observando ahora y que tiene el cuerpo redondo, blanco y del tamaño de una arveja pequeña y con ojos y patas que no se pueden ver sino a través del microscopio. Está llena de huevos, pero se halla muy lejos de mis poderes imaginativos conjeturar dónde se encuentra el padre de todos ellos. Toda nigua que penetra en un dedo gordo se convierte en madre a los pocos días; quizá sean unisexuales como las sanguijuelas o tal vez, como en el caso de las tortugas de caparazón blanda de los ríos del sur de los Estados Unidos, el macho parezca pertenecer a otra especie.

Afortunadamente mi experiencia personal con las niguas no es muy profunda. Sé que las jóvenes son grandes colonizadoras que se alejan pronto de su lugar de origen para fundar familias numerosísimas, listas a cumplir a su vez la ley orgánica de la naturaleza.

Los anales de la Historia Natural nos cuentan de un mártir de la ciencia que llevó en el pie una familia de niguas a través del Atlántico. La familia se reprodujo mucho más allá de sus cálculos, sobrepasando las posibilidades del hombre para exterminarlas. Al llegar, el cirujano que lo atendió añadió la pierna a su colección de especimenes raros y de gran valor.

Donde hay niguas, |a |fortiori hay pulgas, y para conocer las mejores muestras de ambas especies, aconsejo visitar la antigua ciudad de Popayán. Dicen que la persona capaz de coger instintivamente una pulga que le camina por el cuerpo, es popayaneja, y que uno puede estar seguro de que si alguien se mete la mano entre la ropa y pesca tranquilamente de los omoplatos el bicho que le estaba picando la espalda, es porque es de Popayán. También se puede inferir lo mismo cuando a alguien le faltan las uñas o los dedos de los pies. Popayán es el paraíso de las pulgas. Si se suelta un caballo en un patio sin antes haberle echado grasa, el animal se enloquece a la media hora. En vano los popayanejos se bañan dos o tres veces al día: la plaga no los deja descansar más tiempo que el que toma secarse la espalda. Me cuentan que por la noche, para acostarse, hay que subirse a una mesa, quitarse y tirar lejos una por una las prendas de ropa, sacudir todo el cuerpo con la camisa, tirarla lejos y meterse a toda carrera en la hamaca. Después de todos estos cuentos, mis deseos de viajar a Popayán disminuyeron considerablemente.

Parece que las niguas en esa ciudad son una plaga todavía peor que la de las pulgas, y que llegan inclusive a causar la muerte. La víctima muere con colonias de niguas desde los dedos de los pies hasta la punta de los dedos de las manos.

Pero todo esto es el preámbulo de una historia muy corta. En un día de esa semana me sacaron tres niguas, al otro día cuatro y al siguiente cinco; como el lunes iba a necesitar los pies, empecé a preocuparme, hasta que logré reducir el promedio a menos de dos niguas diarias.

Ese fue el primer ataque de niguas que tuve que soportar y ya veo que muchos dirán que fue bien merecido por caer en la vulgaridad de usar alpargates, y quizá tengan razón porque en todo el tiempo que anduve con botas apenas se me entró una nigua, mientras que con los alpargates se me introducían una o dos semanales. La última vez que las niguas me atacaron en forma, fue en Honda, y el asalto fue tan intenso como el de Ibagué, con la diferencia de que yo ya sabía sacármelas.

La extracción de las niguas no es una operación dolorosa; por el contrario, hay algo placentero, como el gusto con que se da un buen estornudo. La irritación que produce la presencia del bicho causa una rasquiña que cesa inmediatamente que se empieza la extracción. En la operación se utiliza un alfiler, una aguja o la punta de la navaja; se hace una apertura en la cutícula y con un hábil movimiento circular se desprende la nigua de toda la membrana interna de la piel, y se extrae el animalito, ojalá entero. Se necesita muchísimo descuido personal para llegar a perder los pies o los dedos por culpa de las niguas, pero en los hospitales se ven casos tan graves que llegan a ser mortales. En la Nueva Granada no creen en la vieja doctrina de aplicar el remedio al instrumento que hizo la herida, pero en este caso sería muy eficaz, pues nigua y trapeador no pueden coexistir.

Ibagué es la capital de la provincia de Mariquita, no por su tamaño, importancia comercial o posición geográfica, sino por razón del clima, que con una buena cama sería perfecto. Humboldt dice: |Nihil quietius, nihil muscosius, nihil amoenius, con lo cual estoy de acuerdo, solo que en Ibagué no encontré ni un solo musgo. Debido a la cercanía de las montañas del Quindío, en especial al nevado del Tolima, al páramo del Ruiz, y a la Mesa de Herveo, el clima de Ibagué es más fresco de lo que sería lo normal de acuerdo con su altitud.

El Gobernador de Mariquita recibe $ 1.440, los jefes políticos de Ambalema y de Honda $ 320, y los otros tres $ 240 cada uno. A esto añádanse los sueldos de secretarios y los gastos de papel, y tenemos que el costo de gobernar 86.985 habitantes es de $ 5.835, sin contar los sueldos de los alcaldes y del presidente, prebendas gubernamentales que no se encuentran entre nosotros y que tienen su origen en las viejas costumbres monárquicas. La nueva constitución busca introducir reformas en este sentido, de manera que el gobernador y los alcaldes sean elegidos popularmente y que se suprima el cargo de jefe político.

La gobernación de la provincia funciona en la casa del gobernador, hombre joven de apariencia sencilla y que está muy orgulloso de su apellido Uricoechea. En esos días estaba ocupadísimo viendo cómo alojar las tropas enviadas de Bogotá a Pasto en octubre, cuando la república del Ecuador expulsó a los Jesuítas, y que, como ya no se necesitaban, iban a acuartelarse en Ibagué.

El gobernador me regaló un legajo de |La Imprenta que hoy se llama |La Voz del Tolima, periódico oficial y, según tengo entendido, el único de la provincia. Tiene el tamaño aproximado de dos hojas de folio y es quincenal. A un lector americano le parecería, como todos los periódicos granadinos, terriblemente aburrido, pero a mí me interesó mucho. En él me informé de que este año le costará al gobierno $ 1.626, y aunque al principio me pareció un gasto innecesario, luego cambié de opinión. El periódico se divide en dos partes. En la primera, de carácter oficial, se encuentran las ordenanzas de la Cámara, los decretos del gobernador, casos legales, decisiones legales importantes, circulares e informes de los jefes políticos, informes escolares, anuncios de convictos fugitivos y hasta documentos públicos de los distritos cuando poseen suficiente interés. En la segunda parte el periódico tiene de todo menos noticias.

Varias veces al día pasaba por el frente de la cárcel provincial y siempre los presos me pedían por la ventana una limosna, y yo les contestaba, “No tengo limones”. Hasta que un día me metí uno en el bolsillo y cuando empezaron a pedirme una “limosnita”, se los di diciendo, “Aquí tienen sus limoncitos”. Desde entonces vieron que conmigo no había caso. Indudablemente la cárcel de Ibagué es muy mala.

Vi sesionar la Cámara, la cual tiene una mayoría conservadora muy fuerte, mientras que el gobernador, claro está, es liberal. Lo que observé en la Cámara me enseñó que los conservadores granadinos no son verdaderos conservadores, apenas a unos cuantos fanáticos papistas podría llamárseles así. El resto merecería más bien el nombre de Destructores y podrían clasificarse en Republicanos rojos y Republicanos rojísimos; los rojísimos pueden pertenecer a cualquiera de los dos partidos, y exceptuando los Gólgotas, los rojos más rojos que conozco son los conservadores de la provincia de Mariquita.

Esta afirmación es demasiado importante en sus consecuencias para no sustentarla con hechos concretos: en La Imprenta encontré ocho vetos de Uricoechea en veintidós días. En cuatro casos el proyecto pasó a pesar del veto, lo cual lo puede hacer la mayoría en una de las Cámaras y es la forma más fácil de legislar fuera de la monarquía absoluta y, según mi opinión, peor todavía que esta última. Estudié los ocho casos y en todos quedé convencido de que el gobernador (que daba la impresión de ser demasiado joven para el cargo) tenía la razón y que la Cámara estaba equivocada. Una de las leyes le quita el salario a los jefes políticos, quienes están obligados a servir y residir en la cabecera de cantón. Intentaron cambiarle el nombre de la provincia por el de Marquetá, derivado del nombre de los indios marquetón que vivieron en esta región, mientras que Mariquita es un diminutivo de María, pero la Corte Suprema decidió que la provincia no podía cambiar de nombre.

Pero las pruebas más fehacientes de mi tesis se refieren al sistema tributario. Los impuestos directos eran desconocidos en la provincia. Las Cámaras no solo votaron para implantarlos sino para que la provincia dependiera totalmente de ellos desde el principio. El impuesto sobre bebidas alcohólicas se arrendó por varios años y a muy buen precio a un individuo, quien desgraciadamente importó una maquinaria innecesaria y cara, que posiblemente no sirva para nada. El monopolio no habría afectado más que a los vagos, quienes hubieran tenido que trabajar más o beber menos. Pero la Cámara ordenó que se rescindiera el contrato sin la aquiescencia del contratista, prefiriendo tener más ron barato y menos ingresos. Pero el sistema nuevo que inventaron (y no copiaron, porque eso no se usa en las repúblicas) no funcionó y al año siguiente introdujeron otro cambio radical. Anularon todos los impuestos directos y se decidió gravar la exportación de tabaco para recaudar los ingresos que se necesitan en los próximos dos años e indemnizar al contratista de licores. Con esta medida recayeron todas las cargas sobre Ambalema, la población más grande de la provincia y el notable mercado tabacalero de la Nueva Granada. Lo único que se logró con semejante medida fue desplazar el comercio del tabaco a otras provincias y reducir la población de Ambalema de 9.731 a menos de 5.000. Pero todavía surgieron otras dificultades. En un rincón de la provincia y sobre el Magdalena está Nare y desde cuando se implantó el nuevo tributo, la provincia no |exporta tabaco sino que Nare lo consume todo. ¡Parecería como si los nareños, incluyendo hombres, mujeres y niños, fumaran diariamente más tabaco de lo que pesan! La última noticia que he tenido de los logros de los conservadores en la Cámara es la ley que limita el consumo de tabaco en Nare a fin de que quede algo para la exportación.

Me gustaría terminar el tema, pero como la ambición de todos los partidos en la Nueva Granada es acabar con los impuestos indirectos, le explicaré a mis lectores en qué consisten los impuestos progresivos, los cuales están basados en una teoría filosófica que sostiene que los impuestos se deben pagar del ingreso, y que por consiguiente el que no tiene ingresos no puede pagar, como tampoco puede hacerlo la persona con entradas insuficientes para atender a sus necesidades. Se considera que la propiedad no se debe gravar; y que el impuesto “per cápita” es feudalismo, barbarie y esclavitud. Una persona necesita cierta suma para poder vivir, $ 100 al año, por ejemplo. El que tenga ingresos inferiores a esa suma no paga impuestos, pero si ellos están entre los $ 100 y los $ 400, podrá pagar el cinco por ciento; si están entre los $ 400 y los $ 2.000, el quince por ciento; y si las entradas sobrepasan los $ 10.000 al año, fácilmente puede pagar la mitad. Esto es tributación progresiva, solo que las cifras no las tomé de ningún plan específico.

Es obvio que un proyecto semejante está diseñado para proteger a los vagos, y que los derrochadores e imprevisivos quedarán libres de todas las cargas. Es más, si en la provincia hubiera un ciudadano tan rico como un duque inglés, podrían eximir de impuestos a todos los individuos con ingresos inferiores a los $ 100.000 anuales, y hacer que esa sola persona asumiera todos los gastos del gobierno. Un proyecto de este tipo fue el que recomendó el editor de La Voz del Tolima, que es el vocero de la gobernación conservadora, y un gobernador liberal de Bogotá recomendó otro proyecto semejante.

Esta legislación no trae otra cosa que inseguridad para el ciudadano; en cambio, la propiedad de los extranjeros está mucho más protegida. La provincia tenía el mismo derecho constitucional de obtener ingresos gravando las minas de plata en vez del tabaco, pero se sabía que con semejante medida no habría demorado mucho en llegar la flota inglesa a la bahía de Cartagena, y por lo tanto ni siquiera se contempló la posibilidad.

Otra consecuencia de esta teoría es que no se gravan las inmensas propiedades de gente muy rica. Grandes extensiones de tierra están en manos de familias acaudaladas, que esperan venderlas y colonizarlas en las próximas generaciones, y como las tierras no producen nada, no pagan nada. Si se impusiera un impuesto |horizontal del uno por ciento sobre cada fanegada y un impuesto “per cápita” de un dólar, se acabarían los problemas del tesoro, lo cual en última instancia redundaría en beneficio de los contribuyentes, pero naturalmente que estas medidas serían ofensivas para la teoría.

Estos son temas que no abordo con entusiasmo. La situación es el producto de las lucubraciones de los granadinos, que se basan para hacerlas en libros franceses sin tener en cuenta para nada la realidad. Y si el lector se asombra de la estupidez de los granadinos al no copiar nuestro sistema tributario, entonces yo le preguntaría por qué razón la ciudad de Nueva York no puede imitar los sistemas postales de Berlín o de Londres, o por qué en Norteamérica no hemos implantado y ni siquiera estudiado la ley de quiebras que rige en Inglaterra, mientras que en varios estados leyes confiscatorias arruinan todos los años a individuos solventes, o por qué todavía no hemos adoptado las leyes progresivas de acuñación de moneda vigentes en Inglaterra desde 1816. Lo que sucede es que los legisladores prefieren los productos raquíticos de su propia cabeza a adoptar las ideas sanas e inteligentes de otros cerebros.

Los alrededores de Ibagué son bellísimos y el paisaje es hermoso visto desde la misma ciudad o cuando se sale de paseo. Cuando hago excursiones cortas por lo general voy a pie, pero viajé al Tolima sometiéndome a las incomodidades de cabalgar la mula más mula que haya conocido botánico alguno. Desgraciadamente no fui al nevado del Tolima sino a una aldea indígena un poco más arriba del Combeima. El pico del Tolima es volcánico y ha lanzado piedra pómez a todas las regiones cercanas. Dicen que está a solo tres leguas de la ciudad pero que el camino es tan malo que para visitarlo hay que emplear cinco días. Tenía tiempo y en ninguna cosa hubiera podido emplearlo mejor; pero el daño que las niguas habían causado a mis medios de locomoción me hizo desistir de conseguir ácido sulfúrico cristalizado, plantas raras y productos volcánicos; así que lo único que hice fue ir a esa aldea que suministra gran parte de los alimentos a Ibagué.



Avancé mucho rato por la llanura y luego bajé al Combeima por un camino en quingos y empedrado. La tradición agrícola de los indios ha llenado el valle de pequeñas propiedades y de pequeños ranchos. Seguí río arriba hasta llegar a un vado que no estaba interesado en cruzar. Pero el viaje no valió la pena porque llovió copiosamente, había mucho barro y la obstinación de la mula era insoportable.

Me bañé en todos los ríos de los alrededores de Ibagué, pero el sitio mejor para nadar está más abajo del Combeima, cruzando un puente peatonal muy frágil, algo más arriba de donde se unen el Combeima y el Coello, que son dos ríos casi del mismo tamaño. El Chipalo es mucho más pequeño, pero queda más cerca de la población y sus aguas son más calientes.

No me gustaron los ibaguereños. Es la gente menos sociable que he encontrado en toda la Nueva Granada, y fuera de los servicios obligados que recibí debido a la carta de presentación y de las atenciones oficiales del gobernador, la única persona que me atendió fue el cura. Es una lástima, pues en Ibagué lo único que falta es sociabilidad, o por lo menos la hospitalidad y amabilidad que son corrientes en la Nueva Granada.

Al irme de Ibagué tuve la primera y la última dificultad que se me ha presentado respecto al pago de una cuenta en este país. Me cobraron $ 1,60 por la casa, incluyendo todos los cuartos vacíos a los que tenía acceso, pero yo decidí pagar únicamente por los que había utilizado. En todo el tiempo que duré empacando, su señoría no dio el menor indicio de estar dispuesta a hacer ninguna rebaja, y llegué a pensar que tendría que irme sin pagar o decidirme a conocer cómo funciona el código procesal granadino; pero cinco minutos antes de la partida, la señora rebajó la cuenta a ochenta centavos. Le di un dólar, porque me pareció que el experimento había valido la diferencia en el precio. Es la pelea más tranquila que he tenido en mi vida; en ningún momento nos cruzamos palabras descorteses o desagradables.

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