(cotinuación capítulo Bailes y
toros)
El baile de Nochebuena estaba en su apogeo cuando las campanas
de la iglesia empezaron a repicar indicando que iba a comenzar la
misa de gallo. Todos los que estaban de fiesta, junto con los
grupos más piadosos de la población, acudieron al templo; los
músicos subieron al coro con los clarinetes y la pandereta y
siguieron tocando la misma música del baile o por lo menos muy
parecida. Los fieles se amontonaron alrededor del cura para besar
el muñeco o imagen del Niño Dios que aquel tenía sobre las
rodillas. Después, dentro de la iglesia, hubo una procesión hasta
la puerta principal y luego hasta el altar, seguida por una misa
muy larga. Cuando se acabó la ceremonia religiosa todo el mundo
salió con sueño y se fue a dormir.
El domingo se bailaba y jugaba billar todo el día. Sentí mucho
no haber ido aunque solo hubiera sido por un rato a ver al cura
actuando como “el patrón del baile” como él mismo me lo
contó después. El domingo es día de mercado en Fusagasugá y ninguna
descripción puede dar idea exacta de lo desagradable que es, pero
si el lector tuviera oportunidad de ver a las bien educadas hijas
de mi anfitrión, dedicadas pacientemente, una o dos horas, a una
tarea repugnante, pero que no se puede delegar a las sirvientas ni
dejar para otro día, comprendería que el día de mercado es algo que
sobrepasa la paciencia cristiana.
La misa y el mercado son a la misma hora, y como yo no me
descubría durante la elevación, trataba de no estar en ese momento
en el mercado para no ofender a los fieles. Una vez, estando con
una señora en el mercado, pasó una procesión que le dio la vuelta a
la plaza, pero yo no me quité el sombrero. Afortunadamente no me
vio ningún fanático capaz de agredirme. Muchos opinan que se deben
prohibir las procesiones fuera de la iglesia.
La Navidad es la temporada de toros en Fusagasugá, diversión
prohibida en Bogotá, debido al gran número de heridos y muertos que
deja. Ese domingo en el pueblo estaban ocupadísimos encerrando la
plaza al frente de la iglesia con una cerca de palos. A pesar de
haber oído hablar de la crueldad de ese deporte, estaba decidido a
conocerlo; pero después de asistir, quedé convencido que de deporte
y de cruel no tiene nada. El grabado de la página siguiente más que
una representación fiel es una idealización del espectáculo. El
toro aparece con una ferocidad poco común y sin la docilidad que
generalmente observé en los animales en el ruedo. Después de
embestir una o dos veces a sus verdugos, el toro se vuelve tan
tranquilo que ni siquiera se digna reaccionar cuando le tiran
cohetes a las patas, y lo único que hace es mirar con profundo
desprecio al público. Al toreador ya no lo llaman matador porque ya
no sacrifica al toro; en cambio, a veces este último por accidente
si mata al torero. El diestro no lleva armas y en ocasiones tira la
ruana sobre la cabeza del toro, cubriéndole los ojos y entonces es
divertido ver cómo el animal se la quita de encima sin romperla. Es
obvio que antes del espectáculo liman las puntas de los cachos de
los animales.
El toro del grabado parece enfurecido. Mientras estaba amarrado
con lazos y tumbado en el suelo le pusieron una cincha alrededor
del cuerpo, y ese tipo, descalzo pero con una espuela, se le montó
encima en el momento que lo lanzaron al ruedo. El hombre del
bayetón recibió su merecido. En el futuro tendrá cuidado de no
enfrentarse al enemigo sin tomar precauciones para huir o correr en
caso de necesidad. En realidad, ahora está volando, pero no
propiamente para ponerse a salvo. En este momento el toro persigue
al cachaco, y si lograra clavarle los cuernos en esa detestable
casaca, la diversión de los de ruana sería completa.
He visto fiestas de toros hasta el cansancio, y me parece que
ese es el nombre correcto y que la expresión inglesa “combate
de toros” es inexacta. Lo único que encuentro criticable en
estos espectáculos es la pérdida de tiempo que significan y el
peligro a que se exponen los toreros. La mayoría de estos son
vaqueros, pues es necesario saber cómo actuar frente a un toro.
Conozco un muchacho de dieciséis años que un día trayendo un toro
amarrado a la cabeza de la montura, se le soltó la cincha, y
entonces el toro tumbó a él y a la montura al suelo. En ese caso si
uno es capaz de distraer al animal con la ruana, éste terminará
encontrando otro objeto que le interese más que uno.
De todos modos, el toro es el que representa el papel más seguro
en la función, aunque no el más agradable.
La fiesta de toros
En Fusagasugá visité la cárcel cantonal y pocas visitas me han
producido una indignación igual. Llegamos a la puerta y vimos
varios hombres adentro, los cuales nos invitaron a seguir.
“¿Dónde está el alcaide?”, preguntó mi amigo.
“Salió a la calle, señor”.
"¿Y no los deja encerrados con llave?”
“¿De qué serviría encerrarnos con llave si podemos salir
cuando queramos? Se puede hacer un hueco en las paredes, romper los
barrotes de las ventanas y la cerca que hay entre el patio de atrás
y el monte no le impedirá la salida ni a un cerdo”.
“¿Entonces por qué no se escapan?”
“Porque eso sería ir contra la ley,
señor”.
“Definitivamente esto está mal”, le comenté a mi
amigo. “El hombre que se queda detenido en esta cáscara de
barro debería estar por fuera bajo libertad condicional. Es una
burla cruel encerrar por ley a un hombre en un cuarto, y dejar las
puertas abiertas”.
La mayoría de los hombres estaban detenidos acusados de haber
robado corteza de chinchona, pero si fueran culpables ya hubieran
huido. Así que esta cárcel es prueba infalible de inocencia, como
era la prueba que se aplicaba para descubrir a las brujas, a las
que metían en un saco y tiraban al agua, y si la víctima era
inocente, se ahogaba. En la misma forma se puede mandar a un hombre
a la cárcel de Fusagasugá, y si no escapa, se tiene la seguridad de
que no debieron haberlo arrestado nunca.
En todos los bosques al oriente de Fusagasugá hay árboles de
quina, pero es supremamente difícil enterarse de los detalles del
comercio de la chinchona, porque toda la tierra donde se da está en
manos de particulares, y los quinquineros (sic), es decir los
cosecheros, a veces ganan más vendiéndola a personas distintas del
propietario. Hasta el comercio legítimo se mantiene en el mayor
secreto, y por esta razón apenas he visto las flores de dos
chinchonas, pero con corteza mala y solo logré conocer un arbolito
de buena calidad.
En el extremo inferior de la llanura está la hacienda Novillero,
la cual tiene un patio enorme al que dan la mayoría de las piezas
del primer piso, donde vive la familia. En el segundo hay un solo
cuarto y el techo se proyecta sobre un corredor agradable al aire
libre. Fusagasugá tiene un clima maravilloso; dos veces he pasado
allí el año nuevo, y mientras me bañaba en un arroyo de aguas con
la temperatura más agradable, pensaba en la nieve que estaba
cayendo en mi tierra. La población queda en el límite extremo, o
mejor, un poco más arriba de las regiones donde se cultiva la caña
de azúcar, los plátanos y las naranjas, y para tenerlos a la mano
estaría dispuesto a soportar un poquito más de calor, exactamente
el clima de la hacienda de El Chocho, del finado don Diego Gómez,
que queda a tres millas al suroeste de Fusagasugá, sobre el río del
mismo nombre. Por mucho tiempo guardaré el mejor recuerdo de los
cuatro paseos que hice al Chocho, tan agradables que casi me hacen
perder la nostalgia por mi tierra. Todas las veces fui en diferente
compañía y si las bellas amigas tienen alguna vez oportunidad de
leer estas líneas en que celebro su resistencia para caminar seis
millas, espero que me perdonen este “recuerdo de pasadas
alegrías, a la vez melancólicas y placenteras para el
alma”.
Tampoco olvidaré fácilmente la montaña cubierta de robles que se
eleva al oriente de Fusagasugá, de donde desciende el arroyo que
baña la población y que luego entra a una hondonada llamada El
Maguey, debido a las plantas de “fourcroya” que crecen en
ese sitio, pero más adelante han desbrozado la tierra con el fin de
sembrar caña para forraje. Este arroyo desciende al Fusagasugá en
ángulo recto al río y al cerro que está en la otra banda, donde se
encuentra el miserable pueblito de Tibacuy, miserable digo en parte
debido al cura borracho que va del cepo al altar, y los domingos
del altar a Fusagasugá a jugar y a beber. Un domingo pasó a caballo
por donde estaba conversando con unos amigos y estos dijeron que
iba borracho, pero yo no le había notado nada.
Fusagasugá está en la margen derecha de este arroyo y el camino
a Tibacuy y a La Mesa (a una distancia de escasas dieciocho millas
pero a diecisiete horas de camino) lo cruza por un puente estrecho
y continúa a lo largo de la orilla izquierda. Por media milla el
camino está bordeado de vallas como las veredas campestres en los
Estados Unidos, pero por este sendero no ha transitado nunca una
carreta. A la izquierda hay varias casas de campo, entre ellas la
del General O’Leary, el embajador británico. El camino pasa la
portada de la hacienda de Novillero y dejando los edificios de esta
a la izquierda baja por una loma de prados verdes y llenos de sol.
La caminata fue larga y deliciosa hasta que llegamos a un lugar
donde crecían unas tunas (Opuntia) llenas de frutas rojas y
maduras, del tamaño de una pera pequeña, cubiertas de manojos de
espinas, exactamente como el higo chumbo que se da entre nosotros.
La fruta no es lo suficientemente ácida o dulce para ser agradable,
pero se puede comer, razón suficiente para que se deba comer. Una
docena de tunas, después de quitarles las tremendas espinas
microscópicas, no valen lo que una naranja de Fulton Market, con el
agravante de que quitárselas es dificilísimo; pero como hay que
comer la fruta, es preciso quitarle las espinas. Como resultado de
mi epicureísmo se me incrustó en el paladar una espina diminuta que
desafió todos los intentos de extraerla, hasta que juré que nunca
jamás cogería y pelaría otra tuna para mí o para ninguna muchacha
del mundo.
Las tunas me enseñaron también otra cosa. Ese día iba con el
calzado de los plebeyos, los alpargates, y la espina de un tallo
caído atravesó el tejido y se me enterró hondo en la planta del
pie, de manera que quedé convencido de que con todo lo buenos que
son los alpargates para caminar, no sirven para proteger el pie de
las espinas.
Más adelante vi otra planta que me llamó la atención porque es
un pedúnculo de seis pies de largo y tan grueso como una pita;
tenía un ramillete de flores y cuando estas se caen, salen unas
vainas cubiertas por espinas microscópicas que les dan apariencia
de terciopelo, y llenas de semillas grandes, redondas y aplanadas.
La mata es una de las distintas especies de
|Mucuna, que aquí
llaman pica-pica y también ojo de buey, debido a la forma de la
semilla.
El camino desciende mucho más suavemente que la quebrada pero al
llegar a un punto de la loma no le queda más remedio que bajar en
forma brusca y abrupta. En ese sitio el viajero se detiene
instintivamente para recrearse en el paisaje que se presenta ante
sus ojos. El río Fusagasugá corre al pie de la extensa colina que
se eleva al frente, la cual no tiene una sola hendidura
ni un solo risco en quince o veinte millas. A la derecha el terreno
va elevándose suavemente hasta el sitio donde empiezan los bosques
y de allí en adelante el ascenso a la Sabana se hace muy escarpado.
A la izquierda, a lo lejos, se divisa el boquerón por donde el río
se precipita al Sumapaz, antes de que éste llegue al valle del
Magdalena. Me parece que fue a la orilla del Fusagasugá donde me
comí los huevos duros cuando venía de Bogotá. Creo que si la
carretera cruzara el río mucho más arriba, en el sitio donde sale
de los bosques, se recortaría el tiempo de camino de once a seis
horas, aunque la distancia siguiera siendo de veinticinco
millas.
Al pie de la loma hay un puente para pasar la quebrada y otro
para cruzar el Fusagasugá y algo más adelante está la hacienda de
El Chocho, nombre de un arbolito con flores rojas y bellísimas que
pertenece a una de las especies de la
|Erythinia. El dueño de
la finca, el señor Gómez, hubiera podido llegar a ser un hombre de
estado muy importante ya que tenía el talento y la educación para
ello, así como también mucho patriotismo e interés en asuntos
políticos. Sin embargo, lo acusaron de complicidad en el intento
fallido de asesinar a Bolívar el 26 de septiembre de 1828. El
juicio que le siguieron no dejó satisfechos ni al fiscal ni al
abogado defensor, y la sentencia que recibió parece dictada por un
déspota: “Ya que nada incrimina a Diego Gómez, se lo condena a
vivir bajo vigilancia en Turbaco durante tres
años".
“Me rompo la cabeza, le decía don Diego al oficial que lo
condujo a Turbaco, para encontrarle lógica a esa frase de ya
|que nada me incrimina,
|por consiguiente se me
condena”.
“No se rompa la cabeza, le contestó el oficial, porque no
será por falta de lógica que se arruine el país”. Lo cual es
literalmente exacto, ya que en la Nueva Granada Bacon no ha
sustituido nunca a Aristóteles.
Tres años son mucho tiempo. Cuando se fue, Gómez dejó a su
esposa, doña Josefa Acevedo de Gómez
|
|
(1)
, poetisa notable,digna
de figurar al lado de las señoras Hemans y Sigourney, y al regresar
encontró que ella había concebido un niño en su ausencia. Se
separaron, él se alcoholizó y ella se fue a vivir a los límites de
la selva, a poca distancia de aquí. En su retiro expresa en
conmovedores versos toda la amargura de su corazón, preguntándole a
la muerte por qué se acuerda de gentes felices y llenas de
esperanza y en cambio se olvida de ella. (Véase Acevedo, en el
Parnaso Granadino). Una estimable hija del matrimonio Gómez-Acevedo
se casó, según dicen, por debajo del nivel social de la familia, y
aunque el marido era hombre de grandes méritos, don Diego no le
permitía a la hija que fuera con él al Chocho. Así y todo el yerno
resultó ser digno sucesor del señor Gómez, en especial en lo que yo
lo apreciaba más, que era en el cultivo de árboles frutales. Me he
atrevido a relatar todos estos hechos porque hace pocos días me
enteré de la muerte de aquel desgraciado padre y esposo.
Había escrito antes que en la Nueva Granada no hay jardines,
pero la verdad es que en el Chocho hay tres, rodeados de muros
altos y con candados en los portones. Es la única manera de
cultivar frutas sin que se las roben. En los jardines de El Chocho
todas las plantas son perennes y en su gran mayoría árboles, porque
las plantas monocárpicas no se pueden cultivar sin contar con mano
de obra permanente. El peor enemigo de los frutales es el
murciélago, ya que las tapias, los portones y los candados se
encargan de no dejar entrar al resto de los mamíferos. Pero los
murciélagos vienen por miles y miles de noche, y ante ellos las
armas de los hombres son tan ineficaces como frente a la langosta.
Lo primero que atacan es la pomarrosa, que es una fruta mirtácea,
quizás la
|Eugenia Jambos, del tamaño de una pera pequeña y
con sabor parecido al de la pirola (gaulteria). Entre los
murciélagos y los niños no dejan una madura, y a falta de
pomarrosas atacan el mango,
|Mangifera Indica, que tiene la
forma y el tamaño de una pera, pero que está unido al tallo por la
parte más gruesa. El mango indudablemente es una de las frutas más
apreciadas en el trópico, y aunque alguien lo describió como una
mezcla de estopa y de trementina, lo mejor es hacer caso omiso de
esos ingredientes, porque si es cierto que nunca le faltan, jamás
los tiene en exceso.
Otra fruta que conocí en el jardín de El Chocho fue el madroño,
la
|Theobroma arborescens, cuya estructura es parecidaa
la del cacao, con el tamaño de una ciruela, dos o tres semillas y
una pulpa de sabor agradable pero tan escasa, que no vale la pena
comerla. El madroño es un árbol muy hermoso. Había también un sin
fin de variedades de naranjas y el doctor Gómez estaba muy
interesado en lograr que se le dieran unos vastagos de grosella
roja que había sembrado, así como unas palmas de dátiles, que
cuando las vi estaban demasiado jóvenes para poder determinar a qué
sexo pertenecían. En los jardines de El Chocho había frutales que
no he encontrado en ninguna otra parte y que por lo tanto ni
describo ni menciono, porque yo creo que lo común debe tener
prioridad frente a lo raro.
Las babosas,
|Bulimus oblongus, que se dan en los jardines
de El Chocho son famosas y tan grandes como el huevo de un ganso.
Los huevos de la babosa son del tamaño de los de los gorriones. La
familia tuvo la gentileza de dejarme llevar varios, pues tengo la
remota esperanza de que algunos logren sobrevivir hasta mi
regreso.
Las fiestas no se acababan; el 28 de diciembre es el día de los
inocentes, fecha en que aquí se conmemora la matanza de los niños
por Herodes. La gente se toma la libertad de actuar en forma
infantil, como lo hacemos nosotros el primero de abril, día de los
bobos, y así a la persona víctima de la broma se la tiene por
inocente, “téngase por inocente”. Esta misma idea aparece
frecuentemente en las poesías satíricas. Por ejemplo, hay unas
estrofas dedicadas a nuestro amigo López que dicen:
El que por ser Presidente
Creyó así gozar del mando,
Y es juguete de algún bando
Téngase por Inocente.
No intentaré describir las comparsas grotescas que se adueñaron
de las calles todo el día y casi toda la noche, porque eso es algo
que los yanquis hacemos mejor, cuando nos proponemos, y el baile de
disfraces que hubo esa noche ni siquiera merecía tal nombre. Lo
único que vale la pena de contar de este baile, que juré que sería
el último al que asistiría en mi vida, fue que se celebró en la
misma casa donde asistí al primero un año antes, la noche que
fuimos a misa de gallo. Definitivamente son muy aburridos y ni
siquiera el primero satisfizo mi curiosidad sobre las costumbres de
la sociedad; por eso si fui a este otro fue únicamente por sentido
de responsabilidad con los lectores, pues solo quiero describir lo
que he visto con mis propios ojos.
Era la noche del sábado y me puse a conversar con el cura, que
nunca pierde fiesta.
“¿No debería estarse preparando para la celebración del
domingo?”, le pregunté.
“Ahora me estoy preparando”, me
contestó.
“¡Cómo! ¿A esto lo llama usted
prepararse?”
“Naturalmente, la misa en los días de fiesta se celebra
mucho más tarde que en los días ordinarios y me moriría de hambre
si no comiera antes de la media noche, porque no se puede celebrar
misa si se come después de esa hora".
“¿Y cuando no hay baile?”
“Entonces voy al billar, que siempre está
abierto”.
“¿Y si de pronto come alguna cosa después de la
medianoche?”
“Tengo mucho cuidado de no hacerlo y me ayuda a ello tener
un reloj muy bueno, que como usted sabe es artículo bastante escaso
en este país. Si me doy cuenta de que he comido algo no consagro la
hostia con que debo comulgar en la misa”.
“Ya, entonces en vez de decir las palabras de la
consagración usted dice
|Panis es, et panis manebis, pan eres
y pan sigues siendo, pero ¿tendría esa misa alguna eficacia para
los fieles?”.“Ninguna. Pero yo no diría esas
palabras que son una burla y un irrespeto, lo que haría sería decir
las palabras de la consagración pero
|sin la intención, y así
la hostia no quedaría consagrada”.
Como estábamos conversando en el intermedio entre dos tandas de
baile y un grupo de personas se había reunido alrededor de
nosotros, dejé de hablar en español y le pregunté en latín:
“Quisiera hacerle otra pregunta: ¿ Los cánones católicos, como
los de Moisés exigen abstenerse tanto de pan como de mujeres para
oficiar”
“Las normas nos exigen abstinencia todo el tiempo y por lo
tanto no hacen referencia especial a la castidad antes de celebrar
la misa, sin embargo la infracción a la castidad no invalida la
misa”.
“Entonces faltar a la castidad una hora antes de la misa
¿sería menos grave que comerse una saltina?”
Desafortunadamente era obvio que los que nos rodeaban estaban
entendiendo mucho de la conversación, ya que el latín y el español
son muy parecidos, y el buen cura rehusó seguir contestando a mis
preguntas.
En la calle practican diversos juegos de azar a la luz de velas
de sebo, lo cual da cierto aire de fiesta a las calles. La mayoría
de los juegos me parecieron bastante peculiares, por decir lo
menos. Uno de los favoritos se llama lotería y observé en qué
consistía mirando por encima de las cabezas del grupo que estaba
sentado alrededor de una mesa. Cada uno de los jugadores había
apostado un cuartillo y tenía un cartón grande con láminas
pintadas, diferentes en cada caso. Las mismas láminas están
pintadas en las fichas que hay dentro de una bolsa y que va sacando
el que canta la lotería, “Chulo chupando tripa”. El
jugador que tenga tan interesante grabado, le pone encima un grano
de maíz; el que canta la lotería saca otra ficha, la anuncia o
canta, y así sucesivamente hasta que algún afortunado grita
“Lotería” porque ha logrado poner cuatro granos de maíz
en fila. El repartidor comprueba que las fichas correspondientes sí
se han sacado de la bolsa, le da al ganador todos los cuartillos,
menos uno, y empieza otro juego.
No creo que tenga razón el viajero (Duane) que afirmó que los
bogotanos vienen a estos pueblos a jugar porque les da pena hacerlo
en Bogotá. Me parece que el juego es un vicio nacional, tan común,
que nadie se avergüenza de practicarlo. Los bogotanos vienen a
divertirse en estos pueblos y juegan porque les
gusta.
Es hora de que me vaya de Fusagasugá, pero me dolería mucho
hacerlo sin antes mencionar la familia que tan bien me acogió y con
la que tengo una deuda de gratitud tan grande. El doctor Joseph
Blagborne vino de Inglaterra a trabajar con la compañía minera de
Santa Ana, pero, según entiendo, se retiró debido a diferencias que
tuvo con el agente de la compañía. Durante algún tiempo practicó la
medicina en Bogotá, pero al hacerse ciudadano de la Nueva Granada,
el gobierno le dio unas tierras muy hermosas a dos horas de
Fusagasugá y el doctor está empezando a cultivarlas. En el pueblo
lo quieren mucho pero no aprecian su valor; saben que es bueno,
generoso, y considerado con los pobres, pero no se dan cuenta de
toda la cultura y erudición que se esconde tras la fachada de su
casa modesta; conocen al caballero, pero no al hombre de
ciencia.
Afortunadamente no está solo. La señora Blagborne y seis hijas
queridísimas y tan inglesas como si hubieran nacido en las islas
británicas o en Boston, hacen que el viajero fatigado olvide por un
momento lo lejos que está de la patria. Lo último que a uno se le
ocurre es que muchas de las niñas no han estado jamás en el colegio
y que nunca han tenido un maestro o un texto en sus manos. Pero el
doctor Blagborne ha encontrado mayor alegría que la que podrían
ofrecerle placeres más frívolos y mundanos en el cultivo de su
jardín y de la mente de sus hijas, en ese Edén que le garantiza el
gobierno más liberal del mundo (ya que no el más rico o
poderoso).
¡Querida Alicita! ¡ Rayo de sol en mi camino! Cuán felices
fueron las horas que pasamos en la espesura, donde nunca hacía
demasiado frío o demasiado calor, y donde buscabas para mí los
helechos delicados, la minúscula pasiflora y los nidos bien
escondidos. ¿ Recuerdas que cuando veía una rama de
muérdago encima de mi cabeza pero demasiado alta, te encaramabas
encima de mis hombros y con tus cuarenta pulgadas de estatura
lograbas poner a tu alcance y al de mi herbario la frágil rama de
la parásita? Con toda sinceridad y sin nada de pena admito que de
toda la gente de esta mitad del continente americano es a tí a
quien más quiero.
|
1.
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Josefa Acevedo de Gómez, 1803-1861, fue hija de El Tribuno del
Pueblo, don José de Acevedo y Gómez. Escribió “Ensayos sobre
los deberes de los casados” y publicó sus versos con el título
de “Poesías de una granadina”. (Nota de la traductora).
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