INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(cotinuación capítulo Bailes y toros)
 

 

 

El baile de Nochebuena estaba en su apogeo cuando las campanas de la iglesia empezaron a repicar indicando que iba a comenzar la misa de gallo. Todos los que estaban de fiesta, junto con los grupos más piadosos de la población, acudieron al templo; los músicos subieron al coro con los clarinetes y la pandereta y siguieron tocando la misma música del baile o por lo menos muy parecida. Los fieles se amontonaron alrededor del cura para besar el muñeco o imagen del Niño Dios que aquel tenía sobre las rodillas. Después, dentro de la iglesia, hubo una procesión hasta la puerta principal y luego hasta el altar, seguida por una misa muy larga. Cuando se acabó la ceremonia religiosa todo el mundo salió con sueño y se fue a dormir.

El domingo se bailaba y jugaba billar todo el día. Sentí mucho no haber ido aunque solo hubiera sido por un rato a ver al cura actuando como “el patrón del baile” como él mismo me lo contó después. El domingo es día de mercado en Fusagasugá y ninguna descripción puede dar idea exacta de lo desagradable que es, pero si el lector tuviera oportunidad de ver a las bien educadas hijas de mi anfitrión, dedicadas pacientemente, una o dos horas, a una tarea repugnante, pero que no se puede delegar a las sirvientas ni dejar para otro día, comprendería que el día de mercado es algo que sobrepasa la paciencia cristiana.

La misa y el mercado son a la misma hora, y como yo no me descubría durante la elevación, trataba de no estar en ese momento en el mercado para no ofender a los fieles. Una vez, estando con una señora en el mercado, pasó una procesión que le dio la vuelta a la plaza, pero yo no me quité el sombrero. Afortunadamente no me vio ningún fanático capaz de agredirme. Muchos opinan que se deben prohibir las procesiones fuera de la iglesia.

La Navidad es la temporada de toros en Fusagasugá, diversión prohibida en Bogotá, debido al gran número de heridos y muertos que deja. Ese domingo en el pueblo estaban ocupadísimos encerrando la plaza al frente de la iglesia con una cerca de palos. A pesar de haber oído hablar de la crueldad de ese deporte, estaba decidido a conocerlo; pero después de asistir, quedé convencido que de deporte y de cruel no tiene nada. El grabado de la página siguiente más que una representación fiel es una idealización del espectáculo. El toro aparece con una ferocidad poco común y sin la docilidad que generalmente observé en los animales en el ruedo. Después de embestir una o dos veces a sus verdugos, el toro se vuelve tan tranquilo que ni siquiera se digna reaccionar cuando le tiran cohetes a las patas, y lo único que hace es mirar con profundo desprecio al público. Al toreador ya no lo llaman matador porque ya no sacrifica al toro; en cambio, a veces este último por accidente si mata al torero. El diestro no lleva armas y en ocasiones tira la ruana sobre la cabeza del toro, cubriéndole los ojos y entonces es divertido ver cómo el animal se la quita de encima sin romperla. Es obvio que antes del espectáculo liman las puntas de los cachos de los animales.

El toro del grabado parece enfurecido. Mientras estaba amarrado con lazos y tumbado en el suelo le pusieron una cincha alrededor del cuerpo, y ese tipo, descalzo pero con una espuela, se le montó encima en el momento que lo lanzaron al ruedo. El hombre del bayetón recibió su merecido. En el futuro tendrá cuidado de no enfrentarse al enemigo sin tomar precauciones para huir o correr en caso de necesidad. En realidad, ahora está volando, pero no propiamente para ponerse a salvo. En este momento el toro persigue al cachaco, y si lograra clavarle los cuernos en esa detestable casaca, la diversión de los de ruana sería completa.

He visto fiestas de toros hasta el cansancio, y me parece que ese es el nombre correcto y que la expresión inglesa “combate de toros” es inexacta. Lo único que encuentro criticable en estos espectáculos es la pérdida de tiempo que significan y el peligro a que se exponen los toreros. La mayoría de estos son vaqueros, pues es necesario saber cómo actuar frente a un toro. Conozco un muchacho de dieciséis años que un día trayendo un toro amarrado a la cabeza de la montura, se le soltó la cincha, y entonces el toro tumbó a él y a la montura al suelo. En ese caso si uno es capaz de distraer al animal con la ruana, éste terminará encontrando otro objeto que le interese más que uno.

De todos modos, el toro es el que representa el papel más seguro en la función, aunque no el más agradable.

La fiesta de toros
 

En Fusagasugá visité la cárcel cantonal y pocas visitas me han producido una indignación igual. Llegamos a la puerta y vimos varios hombres adentro, los cuales nos invitaron a seguir.

“¿Dónde está el alcaide?”, preguntó mi amigo.

“Salió a la calle, señor”.

"¿Y no los deja encerrados con llave?”

“¿De qué serviría encerrarnos con llave si podemos salir cuando queramos? Se puede hacer un hueco en las paredes, romper los barrotes de las ventanas y la cerca que hay entre el patio de atrás y el monte no le impedirá la salida ni a un cerdo”.


“¿Entonces por qué no se escapan?”

“Porque eso sería ir contra la ley, señor”.

“Definitivamente esto está mal”, le comenté a mi amigo. “El hombre que se queda detenido en esta cáscara de barro debería estar por fuera bajo libertad condicional. Es una burla cruel encerrar por ley a un hombre en un cuarto, y dejar las puertas abiertas”.

La mayoría de los hombres estaban detenidos acusados de haber robado corteza de chinchona, pero si fueran culpables ya hubieran huido. Así que esta cárcel es prueba infalible de inocencia, como era la prueba que se aplicaba para descubrir a las brujas, a las que metían en un saco y tiraban al agua, y si la víctima era inocente, se ahogaba. En la misma forma se puede mandar a un hombre a la cárcel de Fusagasugá, y si no escapa, se tiene la seguridad de que no debieron haberlo arrestado nunca.

En todos los bosques al oriente de Fusagasugá hay árboles de quina, pero es supremamente difícil enterarse de los detalles del comercio de la chinchona, porque toda la tierra donde se da está en manos de particulares, y los quinquineros (sic), es decir los cosecheros, a veces ganan más vendiéndola a personas distintas del propietario. Hasta el comercio legítimo se mantiene en el mayor secreto, y por esta razón apenas he visto las flores de dos chinchonas, pero con corteza mala y solo logré conocer un arbolito de buena calidad.

En el extremo inferior de la llanura está la hacienda Novillero, la cual tiene un patio enorme al que dan la mayoría de las piezas del primer piso, donde vive la familia. En el segundo hay un solo cuarto y el techo se proyecta sobre un corredor agradable al aire libre. Fusagasugá tiene un clima maravilloso; dos veces he pasado allí el año nuevo, y mientras me bañaba en un arroyo de aguas con la temperatura más agradable, pensaba en la nieve que estaba cayendo en mi tierra. La población queda en el límite extremo, o mejor, un poco más arriba de las regiones donde se cultiva la caña de azúcar, los plátanos y las naranjas, y para tenerlos a la mano estaría dispuesto a soportar un poquito más de calor, exactamente el clima de la hacienda de El Chocho, del finado don Diego Gómez, que queda a tres millas al suroeste de Fusagasugá, sobre el río del mismo nombre. Por mucho tiempo guardaré el mejor recuerdo de los cuatro paseos que hice al Chocho, tan agradables que casi me hacen perder la nostalgia por mi tierra. Todas las veces fui en diferente compañía y si las bellas amigas tienen alguna vez oportunidad de leer estas líneas en que celebro su resistencia para caminar seis millas, espero que me perdonen este “recuerdo de pasadas alegrías, a la vez melancólicas y placenteras para el alma”.

Tampoco olvidaré fácilmente la montaña cubierta de robles que se eleva al oriente de Fusagasugá, de donde desciende el arroyo que baña la población y que luego entra a una hondonada llamada El Maguey, debido a las plantas de “fourcroya” que crecen en ese sitio, pero más adelante han desbrozado la tierra con el fin de sembrar caña para forraje. Este arroyo desciende al Fusagasugá en ángulo recto al río y al cerro que está en la otra banda, donde se encuentra el miserable pueblito de Tibacuy, miserable digo en parte debido al cura borracho que va del cepo al altar, y los domingos del altar a Fusagasugá a jugar y a beber. Un domingo pasó a caballo por donde estaba conversando con unos amigos y estos dijeron que iba borracho, pero yo no le había notado nada.

Fusagasugá está en la margen derecha de este arroyo y el camino a Tibacuy y a La Mesa (a una distancia de escasas dieciocho millas pero a diecisiete horas de camino) lo cruza por un puente estrecho y continúa a lo largo de la orilla izquierda. Por media milla el camino está bordeado de vallas como las veredas campestres en los Estados Unidos, pero por este sendero no ha transitado nunca una carreta. A la izquierda hay varias casas de campo, entre ellas la del General O’Leary, el embajador británico. El camino pasa la portada de la hacienda de Novillero y dejando los edificios de esta a la izquierda baja por una loma de prados verdes y llenos de sol. La caminata fue larga y deliciosa hasta que llegamos a un lugar donde crecían unas tunas (Opuntia) llenas de frutas rojas y maduras, del tamaño de una pera pequeña, cubiertas de manojos de espinas, exactamente como el higo chumbo que se da entre nosotros. La fruta no es lo suficientemente ácida o dulce para ser agradable, pero se puede comer, razón suficiente para que se deba comer. Una docena de tunas, después de quitarles las tremendas espinas microscópicas, no valen lo que una naranja de Fulton Market, con el agravante de que quitárselas es dificilísimo; pero como hay que comer la fruta, es preciso quitarle las espinas. Como resultado de mi epicureísmo se me incrustó en el paladar una espina diminuta que desafió todos los intentos de extraerla, hasta que juré que nunca jamás cogería y pelaría otra tuna para mí o para ninguna muchacha del mundo.

Las tunas me enseñaron también otra cosa. Ese día iba con el calzado de los plebeyos, los alpargates, y la espina de un tallo caído atravesó el tejido y se me enterró hondo en la planta del pie, de manera que quedé convencido de que con todo lo buenos que son los alpargates para caminar, no sirven para proteger el pie de las espinas.

Más adelante vi otra planta que me llamó la atención porque es un pedúnculo de seis pies de largo y tan grueso como una pita; tenía un ramillete de flores y cuando estas se caen, salen unas vainas cubiertas por espinas microscópicas que les dan apariencia de terciopelo, y llenas de semillas grandes, redondas y aplanadas. La mata es una de las distintas especies de |Mucuna, que aquí llaman pica-pica y también ojo de buey, debido a la forma de la semilla.

El camino desciende mucho más suavemente que la quebrada pero al llegar a un punto de la loma no le queda más remedio que bajar en forma brusca y abrupta. En ese sitio el viajero se detiene instintivamente para recrearse en el paisaje que se presenta ante sus ojos. El río Fusagasugá corre al pie de la extensa colina que se eleva al frente, la cual no tiene una sola hendidura ni un solo risco en quince o veinte millas. A la derecha el terreno va elevándose suavemente hasta el sitio donde empiezan los bosques y de allí en adelante el ascenso a la Sabana se hace muy escarpado. A la izquierda, a lo lejos, se divisa el boquerón por donde el río se precipita al Sumapaz, antes de que éste llegue al valle del Magdalena. Me parece que fue a la orilla del Fusagasugá donde me comí los huevos duros cuando venía de Bogotá. Creo que si la carretera cruzara el río mucho más arriba, en el sitio donde sale de los bosques, se recortaría el tiempo de camino de once a seis horas, aunque la distancia siguiera siendo de veinticinco millas.

Al pie de la loma hay un puente para pasar la quebrada y otro para cruzar el Fusagasugá y algo más adelante está la hacienda de El Chocho, nombre de un arbolito con flores rojas y bellísimas que pertenece a una de las especies de la |Erythinia. El dueño de la finca, el señor Gómez, hubiera podido llegar a ser un hombre de estado muy importante ya que tenía el talento y la educación para ello, así como también mucho patriotismo e interés en asuntos políticos. Sin embargo, lo acusaron de complicidad en el intento fallido de asesinar a Bolívar el 26 de septiembre de 1828. El juicio que le siguieron no dejó satisfechos ni al fiscal ni al abogado defensor, y la sentencia que recibió parece dictada por un déspota: “Ya que nada incrimina a Diego Gómez, se lo condena a vivir bajo vigilancia en Turbaco durante tres años".

“Me rompo la cabeza, le decía don Diego al oficial que lo condujo a Turbaco, para encontrarle lógica a esa frase de ya |que nada me incrimina, |por consiguiente se me condena”.

“No se rompa la cabeza, le contestó el oficial, porque no será por falta de lógica que se arruine el país”. Lo cual es literalmente exacto, ya que en la Nueva Granada Bacon no ha sustituido nunca a Aristóteles.

Tres años son mucho tiempo. Cuando se fue, Gómez dejó a su esposa, doña Josefa Acevedo de Gómez | | (1) , poetisa notable,digna de figurar al lado de las señoras Hemans y Sigourney, y al regresar encontró que ella había concebido un niño en su ausencia. Se separaron, él se alcoholizó y ella se fue a vivir a los límites de la selva, a poca distancia de aquí. En su retiro expresa en conmovedores versos toda la amargura de su corazón, preguntándole a la muerte por qué se acuerda de gentes felices y llenas de esperanza y en cambio se olvida de ella. (Véase Acevedo, en el Parnaso Granadino). Una estimable hija del matrimonio Gómez-Acevedo se casó, según dicen, por debajo del nivel social de la familia, y aunque el marido era hombre de grandes méritos, don Diego no le permitía a la hija que fuera con él al Chocho. Así y todo el yerno resultó ser digno sucesor del señor Gómez, en especial en lo que yo lo apreciaba más, que era en el cultivo de árboles frutales. Me he atrevido a relatar todos estos hechos porque hace pocos días me enteré de la muerte de aquel desgraciado padre y esposo.

Había escrito antes que en la Nueva Granada no hay jardines, pero la verdad es que en el Chocho hay tres, rodeados de muros altos y con candados en los portones. Es la única manera de cultivar frutas sin que se las roben. En los jardines de El Chocho todas las plantas son perennes y en su gran mayoría árboles, porque las plantas monocárpicas no se pueden cultivar sin contar con mano de obra permanente. El peor enemigo de los frutales es el murciélago, ya que las tapias, los portones y los candados se encargan de no dejar entrar al resto de los mamíferos. Pero los murciélagos vienen por miles y miles de noche, y ante ellos las armas de los hombres son tan ineficaces como frente a la langosta. Lo primero que atacan es la pomarrosa, que es una fruta mirtácea, quizás la |Eugenia Jambos, del tamaño de una pera pequeña y con sabor parecido al de la pirola (gaulteria). Entre los murciélagos y los niños no dejan una madura, y a falta de pomarrosas atacan el mango, |Mangifera Indica, que tiene la forma y el tamaño de una pera, pero que está unido al tallo por la parte más gruesa. El mango indudablemente es una de las frutas más apreciadas en el trópico, y aunque alguien lo describió como una mezcla de estopa y de trementina, lo mejor es hacer caso omiso de esos ingredientes, porque si es cierto que nunca le faltan, jamás los tiene en exceso.

Otra fruta que conocí en el jardín de El Chocho fue el madroño, la |Theobroma arborescens, cuya estructura es parecidaa la del cacao, con el tamaño de una ciruela, dos o tres semillas y una pulpa de sabor agradable pero tan escasa, que no vale la pena comerla. El madroño es un árbol muy hermoso. Había también un sin fin de variedades de naranjas y el doctor Gómez estaba muy interesado en lograr que se le dieran unos vastagos de grosella roja que había sembrado, así como unas palmas de dátiles, que cuando las vi estaban demasiado jóvenes para poder determinar a qué sexo pertenecían. En los jardines de El Chocho había frutales que no he encontrado en ninguna otra parte y que por lo tanto ni describo ni menciono, porque yo creo que lo común debe tener prioridad frente a lo raro.

Las babosas, |Bulimus oblongus, que se dan en los jardines de El Chocho son famosas y tan grandes como el huevo de un ganso. Los huevos de la babosa son del tamaño de los de los gorriones. La familia tuvo la gentileza de dejarme llevar varios, pues tengo la remota esperanza de que algunos logren sobrevivir hasta mi regreso.

Las fiestas no se acababan; el 28 de diciembre es el día de los inocentes, fecha en que aquí se conmemora la matanza de los niños por Herodes. La gente se toma la libertad de actuar en forma infantil, como lo hacemos nosotros el primero de abril, día de los bobos, y así a la persona víctima de la broma se la tiene por inocente, “téngase por inocente”. Esta misma idea aparece frecuentemente en las poesías satíricas. Por ejemplo, hay unas estrofas dedicadas a nuestro amigo López que dicen:

El que por ser Presidente
Creyó así gozar del mando,
Y es juguete de algún bando
Téngase por Inocente.

No intentaré describir las comparsas grotescas que se adueñaron de las calles todo el día y casi toda la noche, porque eso es algo que los yanquis hacemos mejor, cuando nos proponemos, y el baile de disfraces que hubo esa noche ni siquiera merecía tal nombre. Lo único que vale la pena de contar de este baile, que juré que sería el último al que asistiría en mi vida, fue que se celebró en la misma casa donde asistí al primero un año antes, la noche que fuimos a misa de gallo. Definitivamente son muy aburridos y ni siquiera el primero satisfizo mi curiosidad sobre las costumbres de la sociedad; por eso si fui a este otro fue únicamente por sentido de responsabilidad con los lectores, pues solo quiero describir lo que he visto con mis propios ojos.

Era la noche del sábado y me puse a conversar con el cura, que nunca pierde fiesta.

“¿No debería estarse preparando para la celebración del domingo?”, le pregunté.

“Ahora me estoy preparando”, me contestó.

“¡Cómo! ¿A esto lo llama usted prepararse?”

“Naturalmente, la misa en los días de fiesta se celebra mucho más tarde que en los días ordinarios y me moriría de hambre si no comiera antes de la media noche, porque no se puede celebrar misa si se come después de esa hora".

“¿Y cuando no hay baile?”
“Entonces voy al billar, que siempre está abierto”.

“¿Y si de pronto come alguna cosa después de la medianoche?”

“Tengo mucho cuidado de no hacerlo y me ayuda a ello tener un reloj muy bueno, que como usted sabe es artículo bastante escaso en este país. Si me doy cuenta de que he comido algo no consagro la hostia con que debo comulgar en la misa”.

“Ya, entonces en vez de decir las palabras de la consagración usted dice |Panis es, et panis manebis, pan eres y pan sigues siendo, pero ¿tendría esa misa alguna eficacia para los fieles?”.“Ninguna. Pero yo no diría esas palabras que son una burla y un irrespeto, lo que haría sería decir las palabras de la consagración pero |sin la intención, y así la hostia no quedaría consagrada”.

Como estábamos conversando en el intermedio entre dos tandas de baile y un grupo de personas se había reunido alrededor de nosotros, dejé de hablar en español y le pregunté en latín: “Quisiera hacerle otra pregunta: ¿ Los cánones católicos, como los de Moisés exigen abstenerse tanto de pan como de mujeres para oficiar”

“Las normas nos exigen abstinencia todo el tiempo y por lo tanto no hacen referencia especial a la castidad antes de celebrar la misa, sin embargo la infracción a la castidad no invalida la misa”.

“Entonces faltar a la castidad una hora antes de la misa ¿sería menos grave que comerse una saltina?”

Desafortunadamente era obvio que los que nos rodeaban estaban entendiendo mucho de la conversación, ya que el latín y el español son muy parecidos, y el buen cura rehusó seguir contestando a mis preguntas.

En la calle practican diversos juegos de azar a la luz de velas de sebo, lo cual da cierto aire de fiesta a las calles. La mayoría de los juegos me parecieron bastante peculiares, por decir lo menos. Uno de los favoritos se llama lotería y observé en qué consistía mirando por encima de las cabezas del grupo que estaba sentado alrededor de una mesa. Cada uno de los jugadores había apostado un cuartillo y tenía un cartón grande con láminas pintadas, diferentes en cada caso. Las mismas láminas están pintadas en las fichas que hay dentro de una bolsa y que va sacando el que canta la lotería, “Chulo chupando tripa”. El jugador que tenga tan interesante grabado, le pone encima un grano de maíz; el que canta la lotería saca otra ficha, la anuncia o canta, y así sucesivamente hasta que algún afortunado grita “Lotería” porque ha logrado poner cuatro granos de maíz en fila. El repartidor comprueba que las fichas correspondientes sí se han sacado de la bolsa, le da al ganador todos los cuartillos, menos uno, y empieza otro juego.

No creo que tenga razón el viajero (Duane) que afirmó que los bogotanos vienen a estos pueblos a jugar porque les da pena hacerlo en Bogotá. Me parece que el juego es un vicio nacional, tan común, que nadie se avergüenza de practicarlo. Los bogotanos vienen a divertirse en estos pueblos y juegan porque les gusta.

Es hora de que me vaya de Fusagasugá, pero me dolería mucho hacerlo sin antes mencionar la familia que tan bien me acogió y con la que tengo una deuda de gratitud tan grande. El doctor Joseph Blagborne vino de Inglaterra a trabajar con la compañía minera de Santa Ana, pero, según entiendo, se retiró debido a diferencias que tuvo con el agente de la compañía. Durante algún tiempo practicó la medicina en Bogotá, pero al hacerse ciudadano de la Nueva Granada, el gobierno le dio unas tierras muy hermosas a dos horas de Fusagasugá y el doctor está empezando a cultivarlas. En el pueblo lo quieren mucho pero no aprecian su valor; saben que es bueno, generoso, y considerado con los pobres, pero no se dan cuenta de toda la cultura y erudición que se esconde tras la fachada de su casa modesta; conocen al caballero, pero no al hombre de ciencia.

Afortunadamente no está solo. La señora Blagborne y seis hijas queridísimas y tan inglesas como si hubieran nacido en las islas británicas o en Boston, hacen que el viajero fatigado olvide por un momento lo lejos que está de la patria. Lo último que a uno se le ocurre es que muchas de las niñas no han estado jamás en el colegio y que nunca han tenido un maestro o un texto en sus manos. Pero el doctor Blagborne ha encontrado mayor alegría que la que podrían ofrecerle placeres más frívolos y mundanos en el cultivo de su jardín y de la mente de sus hijas, en ese Edén que le garantiza el gobierno más liberal del mundo (ya que no el más rico o poderoso).

¡Querida Alicita! ¡ Rayo de sol en mi camino! Cuán felices fueron las horas que pasamos en la espesura, donde nunca hacía demasiado frío o demasiado calor, y donde buscabas para mí los helechos delicados, la minúscula pasiflora y los nidos bien escondidos.          ¿ Recuerdas que cuando veía una rama de muérdago encima de mi cabeza pero demasiado alta, te encaramabas encima de mis hombros y con tus cuarenta pulgadas de estatura lograbas poner a tu alcance y al de mi herbario la frágil rama de la parásita? Con toda sinceridad y sin nada de pena admito que de toda la gente de esta mitad del continente americano es a tí a quien más quiero.
 

1. Josefa Acevedo de Gómez, 1803-1861, fue hija de El Tribuno del Pueblo, don José de Acevedo y Gómez. Escribió “Ensayos sobre los deberes de los casados” y publicó sus versos con el título de “Poesías de una granadina”. (Nota de la traductora). (regresar 1)

anterior | índice | siguiente