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INDICE
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EL SALTO DE
TEQUENDAMA
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Adiós a Bogotá — Buscando mulas
— Soacha — La agricultura en el Tequendama — El
curso del río — Descripción del Salto — Comparación con
las cataratas del Niágara — Vista fotográfica — Teoría
sobre la neblina — Helechos de árbol — Las haciendas de
Cincha y Tequendama —
Aserradero y fábrica de quinina — Lectura
dominical.
Dos meses habían reposado tranquilamente mis baúles en Bogotá
mientras yo me aclimataba y aprendía algo de la vida andina, cuando
decidí visitar los dos sitios naturales más extraordinarios de esta
región, que son el Salto de Tequendama y el puente de Pandi. La
mayoría de las personas que van a visitar el Salto pasan allí solo
una hora y van y regresan a Bogotá en el mismo día. También
acostumbran salir por la tarde, pasar una noche incómoda en Soacha
o dormir en la hacienda de Canoas, llevar un fiambre para comerlo
al pie del Salto y volver luego a Bogotá. En general este último
plan es el mejor, pero yo quería estar más tiempo en el Salto y al
efecto hablé con el señor Manuel Umaña para que me permitiera pasar
unos días en la hacienda de Tequendama.
No sabía que hay un buen camino para carretas que llega hasta el
mismo Salto y que al regreso se puede traer el equipaje en una de
las que transportan carbón evitando así el trabajo de empacar
cuidadosamente, de manera que las cargas tengan el peso igual que
se requiere para llevarlas a lomo de mula. Perdí todo un día
buscando bestias, que es el eterno problema de todos los viajeros
por los Andes, hasta que la buena de doña Tomasa me ayudó a
contratar dos mulas de carga, un caballo y un peón de Soacha. Como
siempre, llegaron más tarde de lo convenido y después de
despedirme de mis excelentes amigos, me adelanté al peón y a las
cargas, y me alejé de Bogotá cabalgando por la inmensa
Sabana.
Dos meses de lluvia constante habían transformado la naturaleza
menos de lo que yo había esperado: el color de la vegetación era
más verde pero no tan hermoso como el que se ve en primavera en los
campos que han estado largo tiempo cubiertos de nieve. Como dije,
el camino es una calzada para carretas, pero menos bueno que el de
Honda. Avanzando hacia el sur, tenía siempre las montañas a la
izquierda, y a una o dos millas, de la ciudad me alcanzó un hombre
joven a quien no conocía, pero que me acompañó por un trecho, más
allá de Bosa, a donde él iba, y al llegar al puente sobre el Fucha
se despidió amablemente y se devolvió.
En tres horas y a paso normal llegamos a Soacha, que es una
localidad famosa por los huesos de elefantes carnívoros que han
encontrado. La aldea es pequeña, dispersa, y está situada en un
distrito de 2.918 habitantes. Me detuve un momento en ella para
pagarle al dueño de las mulas y salí por el camino que entra por un
brazo de la Sabana y enmarcan dos sierras. En medio de ellas, a la
distancia, se eleva una masa de neblina en el sitio donde está el
Salto. Pero hay que seguir una o dos millas hacia el sur, hasta
llegar al portón inmenso de la hacienda, y desde allí el camino se
dirige más directamente al Salto.
En los campos había varios arados pequeños de vertedera, como
los que aparecen ilustrados en la Biblia, que estaban removiendo
tierra negra muy rica, y vi también unos hombres construyendo una
cerca de piedra, tan fuerte como los cimientos de una casa. En la
casa de la finca, una verdadera mansión, no estaba ninguno de los
dueños, y a un lado, en una hondonada, se encuentran un aserradero,
las casas de algunos trabajadores y una fábrica de quina, dirigida
por el señor Louis Godian, químico francés, hombre inteligente y
que, según me contaron, vive con una compatriota
mía.
Esta última resultó ser negra, de pura sangre africana y un
magnífico ejemplar de su raza. Su nombre de soltera es Joanna
Jackson y me contó que hasta la última vez que tuvo noticias de su
madre, ésta vivía en Haverstraw, y que si tuviera la seguridad de
que todavía estaba allá le gustaría enviarle cien o doscientos
dólares. Me comentó que cuando salió de los Estados Unidos los
candidatos para la presidencia eran el General Jackson y el señor
Van Buren, pero que se imaginaba que el general ya había muerto.
Joanna estuvo en Irlanda, Inglaterra, Alemania y Rusia trabajando
como sirvienta, pero hoy es una dama en la Nueva Granada y tiene
sirvienta blanca. Joanna es una de las dos personas en este país
que sabe fabricar quinina en grandes cantidades.
Al fin llegó el equipaje y abrieron el enorme salón de la casa
para recibirlo. El patio también es muy grande y la casa es de un
piso, excepto al frente, que tiene dos. En la sala, que ocupa casi
todo el segundo piso, había cuatro sofás, doce sillas y tres mesas.
En un rincón me arreglaron la cama sobre una estera, me dieron de
comida chocolate en un jarro que debía ser el juguete de algún
niño, pan y dulce y en seguida me acosté a
descansar.
Salí por la mañana temprano después de tomarme una tasa de
chocolate, y para que el lector entienda el camino que seguí debe
comprender primero el curso del río. Ayer, mientras venía lo tuve
todo el tiempo a mi derecha, pero lo vi tan solo al llegar a la
hacienda, cuando entra por una garganta estrecha en el borde
escarpado de la Sabana en un sitio donde si se construyera una
represa de un cuarto de milla, la Sabana quedaría convertida, como
hace muchísimos años, en un lago del tamaño del lago
Champlain.
El río Bogotá corre en dirección sur por muchas millas (sur 7º
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oeste) y poco antes de entrar en la garganta recibe las
aguas oscuras de un riachuelo. En el desfiladero se oye por primera
vez el murmullo de aquel, que al dejar de ser silencioso también
empieza a cambiar de curso. Primero, durante media milla, se dirige
casi al occidente (S. 78º O.), luego hacia el noroeste dos millas y
media (N. 36º
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O.) hasta entrar en el bosque, donde da una
vuelta para seguir corriendo hacia el norte (17º O.), en tal forma
que después de bordear la montaña termina fluyendo en dirección
casi totalmente opuesta a la que seguía en la Sabana.
El río, al llegar a la garganta, ha descendido ya treinta pies
por debajo del nivel de la Sabana y parece como si estuviera
luchando desesperadamente contra el destino, porque a lo largo de
una milla cambia de curso ocho veces. El camino que va a lo largo
de la orilla la deja para subir una loma desde donde se divisa muy
bien la Sabana y desciende nuevamente a la margen del río, el cual
ruge violentamente entre las rocas. Ah ¡pobre río que ayer no más
fluías tranquilamente por verdes praderas y ahora debatiéndote
contra riscos violentos y peñascos enormes te precipitas a tu
ruina!
Seguimos por el camino para carretas, abrimos portones, pasamos
cercas, hasta que entramos al bosque y perdimos de vista el río y
entonces encontramos la explicación del camino al ver en la loma, a
la izquierda, un estrato de carbón de casi dos pies de grueso y de
buena calidad. Pero todavía no veíamos nada del Salto, porque
inclusive hay que pasarlo para poder contemplar el río
precipitándose al abismo entre los árboles. Estábamos cerca, pero
bajar no es nada fácil. Hay que avanzar con cautela, machete en
mano, y tener presentes cinco cosas: cuando se corta un bejuco de
un machetazo, el golpe debe darse en dirección contraria al muslo
si uno no quiere terminar también con éste cortado. Tampoco debe
interponerse la mano izquierda entre el machete y lo que se quiere
cortar. Hay que tener cuidado de no caer encima del machete, ni
encima del palo que se acaba de cortar oblicuamente, y tampoco se
debe cortar un arbusto inclinado que pueda devolver el golpe al
enderezarse. Esta es la técnica de lo que en español se llama
romper monte.
Y ¿dónde están las famosas culebras venenosas de Sur América?
Hasta entonces no había visto sino una, y muerta, por eso avanzaba
sin miedo ni más protección para los pies que unos alpargates. Así
fui abriendo la trocha porque el guía que me prestó el doctor
Umaña, que yo había aceptado sin entusiasmo, no conocía el camino y
era mucho más fácil abrir uno nuevo que buscar el viejo. Por fin
llegamos al borde del inmenso abismo, pero me detengo un momento
para describirlo.
Los escritores dicen que parece una obra de arte y de sus
descripciones se tiene la impresión que es como un dique de carena
abierto en el extremo inferior, pero cuyo fondo no se puede divisar
desde lo alto, y que por el costado del límite superior desciende
violentamente el río. Pero hay que tener en cuenta que esas
descripciones corresponden a la vista que se tiene desde el lado
opuesto, donde hay un camino para que la gente baje al borde del
abismo, y desde ese punto es imposible ver el Salto de frente,
porque este se halla en el rincón de un paralelogramo, y los que lo
contemplan desde el camino únicamente pueden ver de cerca uno de
los lados, con dirección N. 19º
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O., que es similar a la del
camino; mientras que la dirección del costado al otro lado del
Salto es de N. 27º
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E,; es decir, que hay una diferencia de
46 grados, o sea de aproximadamente la mitad de un ángulo recto.
Por lo demás, como ese lado es recto, estando allá parece que este
lado también lo fuera, pero desde aquí uno se da cuenta de que este
costado tiene muchas hendiduras y proyecciones, los lados no son
paralelos y la confluencia de ambos en el fondo de la catarata es
real y no producto de una ilusión óptica.
Desde aquí también se ve claramente el fondo, con excepción del
sitio donde cae el agua que, como es natural, siempre está cubierto
de neblina. En el lado opuesto, el del camino, los detritos han ido
formando un plano inclinado que en algunos sitios llega hasta las
dos terceras partes de la altura total. En cambio, a este lado la
roca se proyecta formando una especie de repisa donde crecen
algunos helechos de árbol. Pero desde el camino no se aprecia la
extensión de los detritos y este costado parece mucho más uniforme,
pues desde allá no se ven las proyecciones de la roca. Los estratos
de este lado se inclinan de cuatro a cinco grados hacia el sur, y
como posiblemente al otro costado las paredes están en ángulo recto
con los estratos, estos últimos sobresalen de la roca con más
posibilidad de derrumbarse, lo cual explica la cantidad de detritos
que hay allá.
La característica del Salto, que al mismo tiempo le da y le
resta belleza, es que la caída del agua no es ininterrumpida sino
que desciende veintisiete pies y ocho pulgadas y se estrella contra
una saliente de roca que la convierte en espuma y llega al fondo
pulverizada, no con la suavidad del agua que cae por simple ley de
gravedad. Los contornos irregulares y cambiantes de la masa de
espuma, por falta de mejor metáfora, recuerdan una columna de humo
o de vapor, pero en este caso la caída del agua es violenta y
angular y no se desplaza con la lentitud y gracia del humo. Aquí y
allá se desprenden de la gran masa de agua conos de rocío, pero al
momento aquella los alcanza y absorbe de nuevo. Los conos
probablemente son cuerpos no pulverizados que se alejan de la masa
de espuma, la cual desciende mucho más lentamente, pero la
resistencia del aire los convierte en gotas que después ella vuelve
a asimilar.
Cuando la posición del sol es favorable se forma sobre el Salto
un arco iris que varía a cada instante; tan pronto está
brillantísimo, como desaparece segundos después en la niebla, o la
caída del agua toma una forma demasiado irregular para permitir que
aparezca. El sitio desde donde mejor se puede observar todo esto es
la roca plana que hay al borde del agua. Encima se proyecta otra
roca cubierta de
|Thibaudias, helechos y orquídeas, de manera
que el observador queda como dentro de una gruta.
No hay que olvidar que está cerca el fin del invierno y que por
consiguiente el caudal del río, que aún hoy es demasiado pequeño
para la inmensidad del abismo, va a disminuir constantemente en los
próximos tres meses de verano, hasta que, según me cuentan, llega
un momento en que la poca agua que cae se convierte en neblina
antes de llegar al fondo.
A simple vista es muy difícil calcular la profundidad del Salto;
no parece, por ejemplo, que fuera más hondo que las cataratas del
Niágara, pero en realidad es tres veces más profundo. Es muy
difícil ver u oír la piedra que cae al fondo, y si uno lanza unas
con toda la fuerza, se tiene la impresión de que tuercen de rumbo
hacia la roca y van a caer siempre exactamente debajo del que las
lanzó. La explicación de esta ilusión óptica es bien conocida y
obedece a las leyes de la perspectiva: la caída de la piedra es
paralela a la pared perpendicular, y como ambas líneas se alejan
del observador, éste tiene la sensación de que se juntan en la
distancia.
Varias personas han calculado la profundidad del Salto y algunas
han llegado a estimarla hasta en “media legua”. Presento
a continuación algunos cálculos en orden cronológico:
Mutis (barómetro) 698
Ezquiaqui (medida) 724
Humboldt (dejando caer objetos) 581
Humboldt (informe publicado) 600
Caldas (dejando caer objetos) 602
Gros (medida) 479.425
Cuervo (medida) 417.3 |
La medida del Barón Gros parece ser la más exacta. Acosta
calcula que tiene la misma altura de la gran pirámide; y si la del
Niágara es de ciento sesenta pies, al Tequendama le falta menos de
un pie para ser tres veces más profundo. El fondo del abismo está
cien o doscientos pies más abajo del sitio donde cae el
agua.
Sin embargo, la superioridad en altura sobre todas las cataratas
del hemisferio tiene poca importancia. El Salto no se puede
comparar con las cataratas del Niágara. El Tequendama no tiene la
impresionante voz de bajo profundo del Niágara, e inclusive el
ruido es menor que el de otras cataratas más pequeñas, debido a la
cantidad de aire que lleva aquí el agua al caer. Estimo que gran
parte del rugido del Salto proviene de la primera caída de solo
veintiocho pies. No creo que las cataratas del Niágara tengan rival
fuera de las del Misurí, de las cuales no conozco una buena
descripción. Es curioso que se hallen en Europa todos los saltos
más elevados. Parece que en Noruega, Suecia, Suiza y los Pirineos
los hay muy altos, pero solo dos son más imponentes que el
Tequendama, el de Lulea en Suecia, con 600 pies, y el de Ruckon
Foss en Noruega, de 800 pies. Pero en esta competencia ¿dónde se
queda Asia con las montañas más elevadas del mundo? ¿ Acaso no hay
cascadas en Asia? Lo que pasa es que son las llanuras y no las
montañas las que determinan la formación de las grandes cataratas.
El Tequendama es hijo de la Sabana de Bogotá, y si en Asia no hay
una que lo iguale es porque las altas mesetas asiáticas son
prácticamente desiertos donde no llueve nunca.
El río actual no fue el que formó el abismo del Tequendama. La
mayoría de los ríos al caer en medio de la niebla, emergen
nuevamente de un pozo de profundidad insondable. Pero aquí cuando
se vuelve a ver el Bogotá, corre rápidamente por un plano inclinado
de detritos, porque en otra era geológica una corriente de agua
muchísimo mayor y que ocupaba todo el ancho del abismo cayó lo que
el río no hace más que llenar con las piedras que arrastra desde
arriba.
Al Tequendama le falta la fuerza del Niágara, y un poco antes de
él se puede vadear el río. Si el Salto estuviera cerca de una
ciudad manufacturera sería fácil detener el curso del río y secarlo
temporalmente para hacer mover una serie de ruedas hidráulicas,
como en Paterson.
La neblina del Salto me llevó a hacer especulaciones de tipo
meteorológico. Dicen que ella empieza a formarse en la mañana, de
nueve a once, y que luego se extiende densa sobre los campos
vecinos. Me pregunto si aquí hay más neblina que en Bogotá. En el
día la niebla hace descender la temperatura media, mientras que en
la noche la eleva. Por consiguiente, la temperatura del Salto debe
ser más baja que la de cualquier otro sitio que esté a la misma
altura. Cerca al agua de una mina encontré que la temperatura era
de 54º,
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pero me gustaría confirmar ese dato. Pues bien,
aunque la altura de Bogotá tiene 850 pies más que la del Salto, la
temperatura es dos grados centígrados más alta, lo cual parece
confirmar mis conjeturas.
En las cuatro ocasiones que tuve oportunidad de pasar por las
montañas donde se halla el Salto las vi cubiertas de neblina, o
esta se extendía sobre la campiña cercana. Hay que recordar que en
este país no hay niebla densa como en el nuestro, sino nubes y
neblinas de montaña en profusión tropical, y esta pequeña caída de
agua logra crear muchísima más neblina que el Niágara a una altitud
menor. Es indudable que la neblina se empieza a formar
mecánicamente, ¿pero no será posible que se propague
meteorológicamente? ¿Una partícula de neblina no podrá generar otra
en una atmósfera favorable? He aquí una pregunta seria. La cantidad
de neblina generada directamente por el Salto parece ser muy
pequeña, mientras que la que procede de él varía mucho en las
distintas horas del día y a veces se extiende cinco o diez millas.
Posiblemente lo que sucede es que algunas veces las condiciones
atmosféricas absorben la neblina y otras veces no. La meteorología
es una ciencia que todavía está en la infancia y la Nueva Granada
ofrece un campo muy amplio para estudiar ciertos aspectos, los
cuales son observables solo en los Andes.
Desde el sitio donde estaba podía ver los cerros que se elevan
en la distancia y alcancé a divisar en una de las lomas un sendero
que baja en zig-zag hasta la orilla del río, más abajo del Salto.
Pensé que servía únicamente para ir a lavar o cruzar el río.
Observé bien el camino porque quería pasar a la margen derecha,
subir a la loma y bajar por el mismo. Pero como al fin no pude
hacerlo, resolví efectuar una expedición por el lado izquierdo del
abismo para ver si encontraba la forma de bajar. No me atrevo a
pensar en todas las horas que perdí en esa tarea fatigosa. Primero
me dirigí al punto más retirado que se veía desde la cima y cubrí
la mitad de la distancia. Allí encontré un aparato construido para
bajar a la gente que va en busca de tesoros ocultos, hasta la roca
que se proyecta más abajo. Al día siguiente supe que gastaría
muchos días para bajar por ese punto, ya que no hay sendero y es
necesario abrirse camino, paso a paso, con el machete.
En cuanto al sendero en zig-zag que habla visto, no era, como
pensaba, únicamente para bajar al río, sino que es parte del camino
que va de Soacha a Tena, desde allí desciende hasta el Bogotá y
después sube de nuevo media milla. Para llegar a la cumbre de la
loma que hay al otro lado del río hay que bajar primero hasta este
y subir por el camino.
Cincuenta y tres semanas más tarde estuve en esa loma, en el
sitio donde empieza a bajar el camino y desde allí vi el Salto en
toda su soledad, mejor dicho, los primeros cincuenta pies de la
caída del agua, y apenas alcanzaba a oír el ruido. El paralelogramo
que describí se abría en dirección mía, pero un cerro me tapaba
gran parte del abismo. Tuve la impresión de haber llegado a la
periferia del mundo habitado y que desde allí contemplaba esta
cascada, sombría más que magnífica y rodeada de bosques
espesísimos.
La Sabana de Bogotá está limitada al occidente por una sierra de
lomas bajas, pero la vertiente occidental es muy escarpada, con
muchos precipicios, y el Bogotá se precipita desde la cima de esa
sierra. Si se trazara una línea imaginaria entre Neiva, al sur, y
Zipaquirá, al norte, que pasara por el nivel superior del Salto,
esa línea, con excepción de dos o tres caseríos indígenas, no
cubriría sino selvas casi inexploradas.
Empecemos por el norte y examinemos las montañas de esta región.
A la izquierda, hacia el oriente, hay lomas llenas de bosques cuyas
cimas sobrepasan en unos cuantos pies la línea imaginaria y separan
al viajero de la llanura habitada. Al occidente, a la derecha, hay
precipicios y abismos, y a la distancia se divisa Villeta, 5.000
pies más abajo, casi una milla, con sus cacaotales y cañaduzales.
Luego se cruza la carretera que va a Bogotá y se ve el Aserradero a
unos 100 pies más arriba del camino, y al pasar el que va de La
Mesa a Bogotá se encuentra esa población sobre una meseta
situada 3.000 pies más abajo, pero todavía cerca del limite
superior de la caña y de la naranja. Después se pasa el Salto y no
vuelve a verse más que bosques enmarañados hasta cruzar el camino
que baja a Fusagasugá, el cual está en la ladera de la montaña y un
poco más alto que La Mesa.
Al oriente no hay más que montañas salvajes y llanuras
desoladas, luego se pasa por un terrible desfiladero, sobre el cual
la naturaleza tendió el Puente de Pandi, y si se sigue esa línea
aérea e imaginaria cien millas en dirección suroeste nos
encontramos con el río Magdalena. A la orilla de sus aguas oscuras
está Neiva, a 7.500 pies debajo de tal línea. En todo este inmenso
espacio, solo habremos cruzado tres caminos y dos ríos que irrumpen
del oriente. Tal vez pasaríamos por un par de caseríos y de
senderos indígenas, pero no habríamos visto ninguna otra obra hecha
por la mano del hombre. He aquí, pues, la naturaleza en su estado
primigenio.
Y es por el abismo del Tequendama por donde se entra a esta
región deshabitada y salvaje. Yo bajé acompañado del Gobernador de
la que en ese entonces era Provincia de Tequendama y de un peón que
nos llevaba las sogas. Llegamos al punto de partida muy temprano
pues salimos antes de que amaneciera, e intentamos subir por la
margen del río hasta el propio pie del Salto; pero fracasamos, creo
que es imposible hacerlo cuando el río está crecido y no se puede
vadear, porque se estrella ora a un lado, ora al otro contra rocas
inescalables. Si hubiéramos podido acampar varios días en ese sitio
no habría perdido las esperanzas de llegar al pie del Salto, aun
con las aguas tan crecidas, pues me contaron que alguien lo logró
bajando por una trocha seca pero extremadamente peligrosa que hay
en la orilla derecha. Desgraciadamente no encontramos un guía que
la conociera.
El Salto de Tequendama
Seguimos hacia Canoas y Soacha y el ascenso nos pareció
interminable. Finalmente llegamos a la cima de la serranía que
forma el límite de la Sabana, pero desde allí no podíamos
divisarla. Continuando por las montañas en dirección al sur
encontramos el camino que después de Soacha pasa un puente, la
hacienda de Canoas, el Salto y llega a las minas de carbón. Al
frente hay un descenso inmenso y para no perderse es necesario
tener un guía o disponer de buen juicio y buenas instrucciones. Me
parece que lo mejor es dejar las minas de carbón a la derecha y
tomar el camino más fácil hasta llegar a un sitio descubierto. Ahí
termina el camino de herradura y tanta gente se detiene a comer
alguna cosa en ese sitio, lleno de huesos de pollo, que le han
puesto el nombre de El Almorzadero. Los cargueros llevan el carbón
por unas escaleras hasta ese lugar, y por otras, todavía más
empinadas, puede bajar al Salto el que tenga coraje para
hacerlo.
Los mejores sitios de observación al lado derecho e
izquierdo están cerca de donde empieza la caída del agua. Hay otro
al pie del precipicio, que llaman El Balcón, y hasta allí va un
sendero aceptable y crece un árbol al que le pusieron el nombre del
|descubridor del lugar. Es precisamente ese sitio donde
hicieron la única fotografía buena del Salto que conozco. La tomó
el señor George Crowther, fotógrafo aficionado, quien visitó a
Bogotá por asuntos comerciales. El grabado que aparece en la página
anterior está hecho en madera por el señor Thwaites.
Ninguna obra de arte puede hacerle justicia al Niágara y todavía
menos al Tequendama. Los paisajes se extienden horizontalmente y si
el observador no puede a simple vista calcular la profundidad,
mucho menos podrá hacerlo en la superficie plana de un cuadro; así
y todo, esta es una vista excelente del Salto, siempre que se
tengan en cuenta varios detalles. Al tomar la fotografía fue
necesario bajar el eje de la cámara, por lo cual ella se debe mirar
desde un ángulo oblicuo. Con el grabado a unas cuantas pulgadas
debajo de los ojos, se ve la cima de la catarata al mismo nivel en
que yo estaba ese día, pero dudo que quien no haya visto el Salto
pueda formarse una idea correcta mirando la
fotografía.
Les aconsejo, por lo tanto, que se imaginen que la foto fue
tomada desde el punto más alto, hasta donde llegan los detritos.,
aproximadamente a una tercera parte de la altura total, desde donde
se ve la mitad del Salto, pero no de frente. Ahora miren el grabado
pensando que el primer salto tiene casi treinta pies de caída y
entonces podrán imaginar el tamaño del abismo en su justa
proporción. Las figuras que aparecen en el grabado son
proporcionalmente demasiado grandes y por lo tanto no ayudan a que
el observador se forme una idea correcta de la profundidad del
Salto. Por ejemplo, si el helecho de árbol hubiera estado realmente
donde el artista lo pintó, no se habría notado en el cuadro pues lo
que parece estar en primer plano se halla en realidad muy distante.
De todas maneras el grabado me parece muy bueno y no se le puede
pedir que logre imposibles. Es muy difícil que alguien intente
tomar una fotografía desde abajo, y al lado derecho no hay punto
mejor que el escogido por el artista. Al otro lado es posible
encontrar sitios mejores, pero a ellos solo se puede llegar
abriéndose paso con machete, y al año no quedan ni rastros de esas
trochas, como de la que yo hice, si la gente no sigue
utilizándolas.
Dejando la mina a la izquierda y abriéndose camino por entre la
maleza, se puede llegar precisamente frente del Salto hasta una
roca que se proyecta sobre el paralelogramo y que quizá es el punto
donde mejor vista se tiene del Tequendama.
Es curioso leer las descripciones del Salto; algunas son
tremendamente exageradas. Hay quien afirma que el rugido del agua
es tan ensordecedor que ni los más valientes se atreven a acercarse
a más de cien yardas de la orilla. En realidad, este es uno de los
saltos menos ruidosos, creo que ni se alcanza a oír el agua que cae
al fondo. Ezquiaqui dice que la masa de agua ha excavado un hueco
de 108 pies de profundidad en el plano inclinado de roca, pero este
hecho es difícil de comprobar. Me han contado que detrás de la
caída del agua hay un espacio amplio a donde muchas personas han
llegado sin mayor dificultad. Pero no creo en simples afirmaciones
y esta me parece poco probable. El agua cae mezclada con cantidades
de aire y debe arrastrar consigo más viento que el Niágara en la
Cueva de Eolo.
El clima al fondo del Salto es engañador. Es cierto que pocas
millas más allá crece la caña, pero el nivel del río desciende poco
en esa distancia, quizá algo más de media milla, sin contar la
caída perpendicular del Salto. Sin embargo dicen que “abajo se
ven palmeras y estas no crecen sino en tierra caliente”. Lo
que pasa es que esas “palmeras” son en realidad helechos
de árbol, como lo puede comprobar exactamente cualquier botánico, y
los helechos de árbol también crecen en la parte superior del
Salto, y aunque no tan bellos como las palmeras, son muy
interesantes para el botánico. Los helechos de árbol o palos bobos
rara vez pasan de doce pies de altura, el tronco es áspero, velludo
y coronado de muchísimas hojas horizontales y uniformes. Pero por
lo regular los dibujos no les hacen justicia, pues el follaje de
los del Tequendama es mucho más tupido y las hojas más parejas en
tamaño y en distribución de lo que aparecen en el grabado. En
realidad, los troncos tienen la mitad de la altura y muchísimas más
hojas del tamaño de las más largas que pintó el artista.
Los helechos de árbol parecen darse especialmente bien a esta
altura. En esta región fue donde los vi por primera vez, y casi
todos los que he encontrado se hallan cerca al Salto o en la bajada
a Fusagasugá. En estos dos sitios hay muchas especies de géneros
distintos, aunque tan parecidas entre sí, que solo se distinguen
observándolas cuidadosamente. Es curioso que Humboldt no hubiera
encontrado sino un helecho de árbol en todo el territorio de la
Nueva Granada, cuando son tan abundantes y tan variados en el Valle
del Cauca y en los alrededores de Bogotá.
La región del Tequendama es una de las más ricas en plantas que
he conocido. Generalmente la tierra a esta altura es seca, pero
aquí los bosques son húmedos. En los cuatro o cinco días que pasé
en el Tequendama recogí cientos de especímenes, olvidando todas las
precauciones y arriesgando muchas veces caer en el abismo, y así y
todo, hubo muchos que no alcancé y fueron numerosos los frutos que
no pude probar. Aquí se da el granadillo, pero no pude encontrar un
árbol vivo, apenas vi un tronco, y me pareció, si no me equivoco,
que se trataba del
|Bucida capitata. Sin embargo, no estoy
seguro, porque es muy difícil identificar las maderas que se
trabajan en la Nueva Granada. En realidad no le vi ninguna
diferencia con el palo de rosa.
Antes de dejar el tema del Salto quisiera hacer algunas
sugerencias a las personas que van a visitarlo. Se debe venir
temprano por la mañana y el sitio más cercano aunque no el más
cómodo para pasar la noche es Soacha. Me parece que no costaría
mucho hacer los arreglos necesarios para que las visitas al Salto
fueran agradables. En primer lugar deben quitarle los candados a
los portones y abrir al público el camino de carretas que hay en la
margen izquierda del río. Deben construir cerca del Salto una
casita de dos piezas, con un cobertizo para cocinar. Además
serviría mucho que hicieran un puente peatonal o para mulas un poco
más arriba del Salto y que abrieran un camino de herradura que
fuera al hueco que hay más abajo, y que de allí subiera hasta el
pie de la caída del agua. Todo lo que hace falta para que la gente
que viene de La Mesa y de Bogotá tenga acceso a la parte inferior y
superior del Salto, es una casita, un puente y un camino de
herradura de una milla.
La margen izquierda del río pertenece a la hacienda de Cincha,
que es de un hermano del señor Umaña. Es la casa más cercana al
Salto. No tenía carta de presentación del dueño, pero conocí a un
empleado que ocupa parte de la casa y cuyo comportamiento conmigo
fue más el de un caballero que el de un campesino; todo lo
contrario de la actitud del señor Abadía, el administrador de la
finca.
La hacienda Tequendama está mucho más lejos, queda a dos millas
del Salto, pero es más valiosa y mejor situada, ya que está en el
último rincón de la Sabana. El aserradero es toda una curiosidad,
con su enorme rueda hidráulica y sus engranajes, que debieron haber
costado más que toda la instalación del aserradero, y que trabaja
muy despacio y es ineficiente. La fábrica de quinina fue un molino
de harina antiguamente, parte de la maquinaria es bastante costosa
y el resto ordinaria pero adecuada. El director, como dije, es
Louis Godian, un francés amable, cordial y activo. No se había
podido casar con Joanna porque a ésta “le faltaba la fe de
bautismo”.
Joanna tiene el tipo de las negras de las colonias holandesas y
no me da pena decir que me encantaba estar con ella y más tarde
hice todo lo posible por volver a verla. Le tenía verdadero
aprecio, y su sola cocina norteña hubiera sido suficiente atracción
para alguien que hacía tanto tiempo no probaba platos de su tierra.
En Bogotá no aprecian la quinina que fabrican aquí, pero yo estoy
convencido de su pureza y buena fabricación y de que la puede haber
peor pero no mejor que esta. La corteza la pulverizan a mano y
hasta donde pude informarme, la traen de las montañas del sur. En
la Nueva Granada cada cual tiene sus propios secretos sobre la
fabricación de la quinina.
El señor Umaña vino el domingo a pagarle el jornal semanal a los
trabajadores, que son cerca de cien. En la pieza de la contabilidad
vi dos cosas que me sorprendieron: un coche, aparentemente en buen
estado, que podría viajar a Bogotá en cualquier momento, pero que
por la fuerza de la costumbre no lo usan nunca, y el “Ensayo
sobre el Hombre”, de Pope, en inglés. No podía pasar por alto
semejante contribución a mis conocimientos religiosos, así que me
lo llevé a la sala y lo leí con inmenso placer y provecho.
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