LA NUEVA
GRANADA
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Escena tropical — Localización de
viajes — El Valle del Magdalena —El Cauca y el
aislamiento de su valle — Los objetivos de este trabajo
—Los orígenes del carácter — La influencia de la latitud
sobre el valor del tiempo — El efecto de la altitud sobre
la temperatura — El monopolio religioso — El linaje
— El plan de la obra.
Acabo de regresar de una zambullida refrescante en las frías
aguas de la quebrada que baja de la montaña. Me recuesto
perezosamente en el áspero y no muy limpio promontorio de tierra y
piedras, que forma un bando por debajo y a todo lo largo del
corredor de la choza donde vive el hombre que trabaja en la calera.
Él también está aquí, sentado en un gran pedazo de roca que deberá
arder algún día. Labra una cuchara de palo en la rama gruesa de un
arbusto, utilizando el machete, esa herramienta universal que casi
nunca le falta al campesino y que es un cuchillo de aproximadamente
veinte pulgadas de largo, enfundado y colgado de una correa
amarrada a la cintura.
En honor a mi venida, la niña más pequeña se pone la camisa,
quizá la única prenda que posee, pero la apariencia del diablito
apenas sí mejora, porque el vestido, aunque no tan negro como su
piel, es muchísimo menos limpio. Imitando al padre coge un palo
grande y lo golpea a troche y moche con un cuchillo romo que ha
perdido el mango de cacho, para hacer, según me dice, otra
cuchara.
La hija mayor y la mamá están ocupadas en un pequeño fogón
construido al final del corredor, asan para el almuerzo familiar
unos plátanos pelados y unos pedazos de carne de res de apariencia
bastante sospechosa, artículos estos que la clase trabajadora,
siempre que los tiene a mano, cocina para la frugal comida de medio
día. El niñito, libre de ropa y de mugre, está atareado examinando
al extranjero, pero al mismo tiempo tiene un interés expectante en
la actividad de la madre.
Estamos en un sitio un poco más alto que la planicie triangular
que se extiende hacia el oriente del río. En el ángulo cerca a
nosotros, hacia el occidente, hay una aldea de chozas, algunas
dignas de llamarse casas, situadas alrededor de la plaza que casi
nunca falta en las aldeas granadinas. La quebrada en la que me
acabo de bañar recibe un poco más abajo un afluente que desciende
de un cañón a mi derecha, bordea la aldea por el norte, y en su
orilla izquierda hay otras tantas casas, luego serpentea entre
campos de caña de azúcar, platanales y tierras incultas y atraviesa
un bosque de una o dos millas hasta perderse en las aguas amarillas
del río y correr hacia el norte para alcanzar el mar Caribe. El río
es el Cauca y la población Vijes.
Más allá del río se ven tierras bajas cubiertas de bosques, y en
el oriente, a la distancia, las cimas azules de las montañas del
Quindío que separan este apartado lugar del valle del
Magdalena.
Vijes, en su rincón, está aislado del resto del mundo, al
oriente por el bosque y el río, y en todos los otros costados por
una alta cadena de montañas rocosas, de laderas cubiertas de pasto
y de alturas coronadas de bosques espesos. El camino que viene del
sur, a lo largo del río, atraviesa penosamente estas montañas,
subiendo en zig-zag, o en quingos, como dicen aquí, logra avanzar
entre la loma y el río, pero cuando hay demasiados obstáculos,
trepa a lo largo de una ladera empinada para obviar dificultades y
luego desciende nuevamente. Digo
|camino, pero quizá esta
palabra es engañosa para el lector, porque implica casi siempre la
existencia de viajeros y se puede interpretar como un sendero por
el cual una mula puede pasar a otra, por eso la palabra
|trocha tal vez da una idea más exacta al hombre
occidental.
Podemos contemplar todo este paisaje porque la choza está
situada en el cañón de la cordillera, en un sitio plano aunque
ligeramente elevado. Los rayos verticales del sol, brillantes pero
no abrasadores, bañan la escena que es de una belleza serena y
tranquila, y tan alejada de todas las vías de tránsito que
posiblemente ninguno de los que lea estas líneas haya visto o vea
nunca el paisaje original que estoy intentando describir.
¿Y por qué no comenzar aquí y ahora las descripciones informales
que desde hace tanto tiempo vengo prometiendo a mis amigos? Pues
bien, este será el comienzo.
En primer lugar, localizaré geográficamente la región desde
donde estoy escribiendo. La Nueva Granada ocupa el rincón noroeste
de Sur América y se extiende desde un poco más allá del norte del
istmo de Panamá hasta las cercanías de la línea ecuatorial. Es la
zona central de las tres en que se dividió Colombia en 1830 y
comprende la mitad del territorio original.
En Sur América no desemboca al Pacífico ningún río importante.
El Amazonas, el Orinoco, el Magdalena y el Atrato dan al Atlántico,
así como casi todas las aguas de la Nueva Granada. Las nueve
décimas partes de la población viven en el Magdalena y en sus
afluentes, de los cuales el Cauca es el más grande. El Cauca y el
Magdalena corren hacia el norte por centenares de millas, a través
de valles paralelos y separados por las montañas del
Quindío.
Lo más acertado es considerar el nacimiento del Cauca en la fría
y elevada región que se extiende entre la provincia de Popayán y la
de Pasto. Desde el volcán de Puracé, al sureste de la antigua
ciudad de Popayán, corre un riachuelo que bien merece el nombre de
río Vinagre, ya que la composición de sus aguas es de once partes
de ácido sulfúrico y nueve de ácido clorhídrico en diez mil, o sea,
una en quinientas partes de ácido puro. Por leguas enteras ningún
pescado puede vivir en esas aguas avinagradas, aun después de que
el río vira directamente hacia el norte y recibe el nombre de río
Cauca. Más adelante entra en un amplio valle y se convierte en un
río tranquilo, de aguas turbias y navegables, bordeado siempre en
la ribera derecha, y a veces en ambas, por bosques enmarañados y
fangosos. Por esta razón las ciudades relativamente grandes de
Palmira y Cali, situadas una al frente de la otra, están a
dieciocho millas de distancia y bastante lejos del río, Palmira en
la banda izquierda y Cali en la derecha. La palabra banda, por lo
tanto, no equivale a orilla, ya que se refiere a un espacio que
incluye tierra considerablemente alejada del río.
Después de Cali, las montañas de la Cordillera Occidental se
apiñan hacia el Cauca y en un rincón está Vijes, en una planicie
fértil y semicultivada, con su riachuelo límpido y cantarino. Más
adelante están Buga y Cartago, ambas en la ribera oriental, y por
último, la vieja Antioquia; pero allí el río empieza a formar
rápidos, volviéndose más violento a medida que se precipita por
cañones por donde ningún camino puede cruzar, y destruyendo así
toda esperanza de encontrar una salida para el comercio por mar o
tierra, por barco o ferrocarril, por canoa o recuas de
mulas.
Finalmente hay una pausa en la veloz carrera del Cauca cuando
este casi alcanza el nivel del mar, vuelve hacia el noreste y une
sus turbias aguas a las igualmente oscuras del Magdalena,
continuando hacia el norte y hasta el mar. La parte baja y
navegable del río no tiene contacto con la alta, nadie viaja de la
una a la otra a visitar a sus amigos, a comprar artículos o a
vender sus productos.
Por lo tanto, la salida natural de este fértil valle está
cerrada para siempre al comercio, y ¿cuáles sustitutos hay? Primero
que todo el pestífero puerto marítimo de Buenaventura, en el
Pacífico, situado exactamente al occidente de Vijes. Los caminos
terrestres a Buenaventura llegan hasta Juntas, en los afluentes del
Dagua, desde donde es posible la navegación cuando el río no está
muy crecido o muy seco. Pero el que llega a Juntas desde el Cauca
casi nunca encuentra una embarcación, y no puede seguir más allá
por tierra; y el que viene de Buenaventura, a veces no encuentra
mulas y tampoco puede continuar navegando por el río. En ambos
casos el viajero tiene que detenerse en Juntas una semana; por esta
razón Buenaventura carece de comercio y aun los barcos que navegan
a lo largo de la Costa del Pacífico, desde Panamá, no se detienen
allí. La vía más corta de Bogotá a Buenaventura obliga a abandonar
el camino principal del Cauca en un punto al oriente de Vijes,
cruzar el río en un “ferry” particular y empezar a subir
la Cordillera Occidental, desde este mismo punto, por un sendero
increíblemente malo. Después de tres o cuatro horas de un ascenso
terrible se llega al sitio desde donde se ven correr los arroyos
que bajan por la vertiente occidental hacia el
Pacífico.
La otra salida para el escaso comercio del valle es a través de
las montañas del Quindío. Luego de diez días a lomo de mula, y si
el tiempo es bueno, se llega al Magdalena a dos millas más abajo de
Honda; pero si se quiere llegar al puerto de Cartagena, hay que
seguir en mula hasta Calamar que queda a 65 millas, es decir, dos
veces la distancia de Vijes a Juntas. Ante el aislamiento de este
valle, el viajero se pregunta si puede existir un lugar más alejado
y si la vida y la naturaleza humanas, aunque esencialmente las
mismas en Labrador y Guinea, no deben presentar aquí algunos rasgos
únicos y singulares. Este es un punto al que volveremos más
adelante.
La naturaleza humana es, en verdad, esencialmente la misma en
todas partes, pero infinitamente diversificada por el poder de las
circunstancias externas. A diferencia del instinto, que raras veces
cede frente a las más poderosas influencias, la naturaleza humana
sufre la impronta de la más leve de las fuerzas perturbadoras. Los
antepasados, el suelo, el clima, la ocupación, la constitución
física, todos ellos influyen en la vida del hombre. Sin embargo, en
casi todas partes esos factores disminuyen, se modifican o se
neutralizan por la fuerza irresistible de la civilización europea,
que circula a través de las arterias de las vías de comunicación,
llegando hasta la más insignificante de las ramificaciones. Por eso
el viajero deseoso de estudiar la fuerza de las influencias locales
sobre los hombres, debe ir hasta lugares poco frecuentados por
otros viajeros y donde ninguna influencia ajena haya penetrado.
Debe instalarse sin premura en un país extranjero, de lengua, clima
y religión diferentes a la propia, y con un comercio y una
literatura locales o inexistentes.
Estas circunstancias son exactamente las que Vijes ofrece al
investigador protestante y angloamericano, quien viene de un medio
donde la vida es una ardua lucha, una guerra sin cuartel contra la
adversidad y la competencia, y donde ni siquiera los muertos
descansan en paz, a menos que sus restos se hallen en un sitio
donde el comercio no requiera construir una nueva vía férrea, y
donde los intereses y la salud no exijan la apertura de una nueva
calle. El viajero llega a un sitio donde el invierno nunca
sorprende al haragán, donde nunca nadie ha oído las máximas del
Pobre Ricardo, donde es más barato roturar un campo que defender un
pleito y más fácil criar otro niño que curar al enfermo; y donde
aún el ministerio religioso constituye un monopolio no turbado por
las luchas severas pero saludables que surgen cuando en la misma
aldea se instalan dos o tres doctores y dos o tres iglesias.
Observemos entonces desapasionadamente lo que está frente a
nuestros ojos; a través de los efectos lleguemos a las causas e
investiguemos las distintas fuerzas morales que influyen en el
carácter de los granadinos. Intentaré servirle al lector, tal como
los ojos sirven al cuerpo, presentándole imágenes de cuya fidelidad
no tendrá razón de dudar; y en el caso de que le ofrezca algunas
conclusiones, no será porque posea una sagacidad superior, sino
simplemente porque las conclusiones son demasiado obvias para pasar
inadvertidas.
Vijes (o Bijes, la ortografía es incierta) tiene una latitud de
aproximadamente 3º 45’ N, es decir que está más o menos sobre
la línea ecuatorial. Por lo tanto el sol debería ponerse
invariablemente a las seis de la tarde; pero como siempre se
esconde entre las nubes más o menos una hora después de medio día,
pasa después inadvertido, y todos dicen que el sol se
“esconde” alrededor de las cinco, y nunca mencionan el
ocaso. Como el crepúsculo termina entre las seis y media y las
siete de la noche, les parece muy natural que el sol desaparezca a
eso de las cinco. Nadie se da cuenta tampoco de si el sol está o no
en posición vertical a medio día, por lo cual aquí se desconocen
todas las diferencias que se pueden deducir de los cambios anuales
de la inclinación del sol. Es posible que aún esto influya en el
carácter.
En nuestro país los hombres se desesperan si pierden un día a
causa de la pleamar, o por la negligencia de un sirviente,
especialmente si el invierno está cerca, si llega la primavera, o
si se aproxima cualquier otro cambio que exija mucho trabajo. En
cambio, el granadino ve tranquilamente un día seguir a otro, como
fluyen las aguas del río, sin preocuparse, porque piensa que
dispondrá de un número indefinido de días. La ausencia total de
relojes refuerza esta ilusión. En toda la población que habita este
triángulo (1.160 habitantes), no sé de nadie que tenga uno, y
tampoco les hace mucha falta, porque las cosas marchan bien sin
relojes. Es absurdo medir el tiempo que trabaja un hombre, cuando
lo que realmente importa es la cantidad de trabajo que ese hombre
hace. Algunos cirujanos amputan piernas y brazos en cuestión de
minutos, pero hasta ahora no he oído que nadie haya propuesto
pagarles por minutos.
Vijes está aproximadamente a 3.540 pies sobre el nivel del mar,
altura por debajo del límite inferior del cultivo del trigo y de la
papa. Las pocas papas o el escaso pan que se ven en el pueblo son
el resultado del comercio con las tierras altas, en donde no se
cultiva la caña de azúcar y quizá tampoco el maíz. Pero mientras en
Vijes pueden prescindir del trigo y de las papas, las gentes de las
regiones frías necesitan la caña para preparar alimentación y
bebida; por consiguiente el comercio entre las tierras frías y las
calientes es inevitable.
No conozco otra razón para que este valle sea más frío por estar
más alto, que el hecho indudable de que una capa más gruesa de la
corteza terrestre lo separa del fuego central de la tierra. Un
hermoso día de principios de junio en Nueva York, o una fecha más
temprana en cualquier otro lugar del sur de los Estados Unidos
muestran todas las variaciones que el termómetro registra durante
el año en este paraíso. Hablando en cifras, la temperatura más baja
que he registrado es de 65º F. y la más alta 86º F., con la única
excepción en que subió hasta 89º F. Pero el calor ese día fue más
soportable que el de otras latitudes, porque aquí solo hay unas
diez horas de sol precedidas y seguidas por noches de deliciosa
frescura.
El clima influye en el carácter nacional, en forma directa por
intermedio del traje e indirectamente a través de los productos
agrícolas. El más importante de estos es el plátano, mal traducido
al inglés con la palabra “plantain”. El plátano ahorra al
hombre más trabajo que el vapor. Le da la mayor cantidad de
alimento por área de tierra cultivada y quizá el esfuerzo máximo es
el de llevarlo a la boca después de asarlo. Mi vecino Caldas dice
que “la Nueva Granada sería algo si acabáramos con el plátano
y con la caña de azúcar: esta es la madre de la embriaguez y aquel
el padre de la pereza.
Pero de todas las influencias que afectan la vida de los
granadinos ninguna tiene más radio de acción y más poder que la
religión. Este es un punto que debo tratar con suma delicadeza,
porque como soy protestante se me podría tildar de hostil al
catolicismo. Sin embargo, es un tema sobre el cual debo hablar
clara y llanamente aunque se ponga en duda mi imparcialidad. Mis
objeciones teológicas al catolicismo como religión formalista, son
diferentes a las políticas, por el monopolio que ejerce del culto.
Es cierto que legalmente este monopolio impuesto desde que el
primer español vino al país, dejó de existir el 30 de agosto de
1853. Sin embargo, continuará de hecho hasta que otras iglesias
compitan con la que hasta entonces había sido la establecida por
ley y era la única tolerada. El lector debe estar preparado para
encontrar en este relato sacerdotes mucho peores que los de Irlanda
y de Alemania, países donde la competencia asegura la existencia de
personas más consagradas a su ministerio, y todavía menos se pueden
comparar los sacerdotes granadinos con los de Estados Unidos, los
cuales, en el conjunto del sacerdocio católico, son como manzanas
de concurso al lado de las de un simple huerto.
Al hablar de las influencias del clima debí mencionar la idea
tan difundida de que las pasiones de los habitantes de la Zona
Tórrida son mucho más violentas que las de las razas nórdicas.
Ninguna creencia puede ser más falsa e improbable que la que afirma
que la sangre fluye más impetuosamente a través de las venas de los
lánguidos hijos de los trópicos que por las nuestras. La influencia
del ejemplo clerical, los votos de celibato, el confesionario y la
falta de frenos impuestos ya sea por la conciencia, ya por la
opinión pública, explican toda la diferencia de moralidad entre los
dos pueblos.
Las otras influencias que modifican el carácter de los
granadinos son quizá menos fuertes, pero todavía apreciables. Tal
vez siga en importancia el linaje o los principios y costumbres
trasmitidos de padre a hijo; y hay que reconocer que el linaje de
esta gente es bien peculiar. Estoy obligado a admitir que los
conquistadores, como llaman aquí a los primeros invasores
españoles, pertenecían a una raza despiadada y sanguinaria. Las
mejores familias conservan esta sangre casi pura, pero únicamente
en escasas y terribles circunstancias surge la antigua crueldad en
alguna revuelta popular. Las clases restantes presentan toda una
gama de características entre el blanco, el negro y el aborigen;
solo que este último elemento es más escaso aquí que en cualquier
otra parte de la Nueva Granada, quizá porque los conquistadores
trataron a los indios con más severidad que a cualquier otro grupo.
Los españoles encontraron el valle diez veces más poblado de lo que
está ahora, y no me atrevo a contestar a la pregunta de qué
hicieron con todos esos habitantes. Tanto los indios como los
negros tenían un carácter suave y amable, y si el elemento negro
sobrevivió al indígena, puede ser porque los españoles tenían que
comprar a los negros, mientras que los indios no les costaban más
que el trabajo de cazarlos, y así estos corrieron la misma suerte
que la especie extinguida de los didos en las islas de la
India.
El español, la bella lengua de este valle, guarda respecto de
los principales idiomas europeos, la misma relación de isla a
continente, lo cual hace el aislamiento de la región más completo e
impenetrable. Cualquier hombre culto puede defenderse muy bien con
un solo idioma, siempre y cuando éste sea el alemán, el inglés o el
francés; pero estar limitado al español, idioma notablemente
deficiente en literatura periódica, en libros originales y en
traducciones, significa estar aislado del mundo por un muro
circundante.
Tal es el país que vamos a estudiar; pero ahora nos preocupa el
problema de cómo presentar el resultado de estas investigaciones.
Quizá lo peor sería presentarlas en forma de diario, pasando
repetidamente por el mismo territorio y detallando las cosas que
llaman la atención del viajero. Un diario es ameno y se escribe
fácilmente, pero no creo que los lectores de libros de viajes
encuentren en este género respuesta a sus inquietudes.
Indudablemente preferiría seguir el método analítico de Tschudi,
quien descarta el factor tiempo y ofrece resultados exclusivamente
geográficos; sin embargo, no tengo confianza en mi capacidad para
elaborar un trabajo interesante en ese estilo, por muy ameno que
resultara. Por lo tanto, seguiré un término medio, y si alguno
quiere precisión de datos, de orden cronológico, o saber el número
de veces que visité determinados lugares, puede consultar el
itinerario en el apéndice; los demás lectores deberán confiar en el
autor, quien los conducirá siguiendo la ruta que ellos mismos
podrían haber seguido.
Permítaseme añadir unas cuantas palabras en relación con las
personas mencionadas en la narración. Algunos viajeros ingleses en
los países hispánicos acostumbran tomarse grandes libertades al
escribir sobre los caracteres y circunstancias de sus anfitriones.
Un viajero, por ejemplo, después de comer en compañía de un antiguo
obispo de Popayán, habla en forma entusiasta, no solo de los vinos
sino también de la amante del obispo. Con el fin de evitar lo que
no concuerda con mis ideas sobre la hospitalidad, pero al mismo
tiempo sin privar a mis lectores de observaciones exactas y
seguras, he resuelto cambiar a veces los nombres de las personas
cuando tenga que decir algo desagradable de ellas. Y si debido a la
acuciosidad de algún mal intencionado, se llegasen a conocer las
fragilidades de alguien cuyo pan o plátano he compartido, no será
en ningún caso debido al uso de mi libro, porque preferiría
suprimir una docena de datos a dejar uno solo que fuera utilizado
en forma poco honorable. Por lo demás, espero que la diferencia de
lengua, la distancia, el aislamiento y mis sinceros esfuerzos para
disfrazar ciertas cosas, cubran con un manto de caridad una
multitud de pecados.
Pero aparte de esto, la ficción no tiene cabida en esta obra. He
sido testigo ocular de todas las cosas que afirmo haber visto, y
por respeto al lector y en honor a la verdad, nunca deformaré los
hechos.