INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(cotinuación capítulo El valle del Orinoco)


 

La fourcroya es una planta de la familia de las amarilidáceas y dicen que la fibra más fina y costosa, la pita, la extraen de una planta de la familia de las bromeliáceas, pero no he visto las flores ni cómo tratan las hojas. De las hojas de la piña, la reina de las bromeliáceas, sacan una fibra todavía más fina, que hoy la utilizan para hacer pañuelos costosísimos que venden en las ciudades de los Estados Unidos.

Pues bien, decía cómo estas pobres indiecitas, en una estribación de la montaña, aisladas de la capital únicamente por unas cuantas millas de páramo y de riscos, estaban retorciendo cabuya en ese rancho pobrísimo. La súbita aparición de un extranjero en su rincón de mundo las alarmó mucho, y cuando les dije que todo lo que quería era saber el camino a Laguna Grande, sintieron gran alivio. Es cierto que los indios sufren menos atropellos por parte de los españoles, de los que tendrían que soportar si estuvieran en manos de los peores forajidos de la raza anglosajona, pero también están menos protegidos por la ley de lo que estarían en los Estados del Norte, donde los tribunales aceptan el testimonio de los indios. ¡Pobre raza! En el infierno del Dante algunos de ellos deberían estar dedicados única y exclusivamente a torturar conquistadores y legisladores.

Había llegado hasta el borde del costado oriental de la cordillera donde están las tierras cultivables que hay más arriba de Bogotá, el páramo, en la altiplanicie, y las laderas laborables que se extienden en la vertiente oriental, hasta el río que vela correr a mis pies. Seguí caminando hacia el sur hasta llegar al frente de una pendiente abrupta y en el fondo vi la laguna, de varias hectáreas y llena casi hasta los bordes de aguas oscuras, quietas y frías como la muerte. El lago Averno en el verano debe ser risueño en comparación con éste, pero en un invierno sombrío ambos se parecerían tanto como un par de mellizos. El verano nunca alegra a Laguna Grande, desde el principio de los tiempos hasta hoy reina en ella el otoño perpetuo y el sol alterna con la niebla y las tempestades. En las márgenes, la franja de arbustos crece sobre terreno fangoso y tremedal y dicen que el centro de la laguna tiene una profundidad insondable. Nunca se oye el canto de un ave en este rincón escondido, y si no fuera por el gusto de los reinosos por las tierras heladas de las montañas andinas, nadie jamás lo hubiera descubierto.

Mientras contemplaba la laguna pensé para mis adentros que ese sitio es maravilloso para mantener vivas leyendas y tradiciones, que es imposible que exista un lugar más adecuado para fantasmas, duendes y tesoros escondidos. Y esta impresión fue tan fuerte, que lo primero que pregunté a unos amigos con quienes me encontré después fue, “¿No hay tesoros escondidos en el fondo de la laguna?”.

“Dicen que hay riquezas incalculables, señor”, me contestaron. “Cuenta la tradición que en un festival anual el Zipa navegaba al centro de la laguna llevando innumerables adornos de oro y esmeraldas, que luego, durante la ceremonia, se quitaba uno por uno e iba arrojando al agua”.

 
“¿Y nunca han intentado recuperarlos?”.

“Muchas veces han pensado hacerlo, pero jamás lo han llevado a cabo”.

Además de los tesoros que sumergieron los indios en la laguna para la gloria de los dioses, es muy probable que allí hayan arrojado otros por odio a los españoles. En 1538 o en 1539 Zaquesazipa, el último Zipa de los Muiscas, murió cerca a Bogotá “de tremendas calenturas”. Se supone que estas calenturas o quemazones hacen referencia a las herraduras calentadas al rojo vivo con que le quemaron los pies, y a otros tormentos parecidos a que lo sometieron Jiménez de Quesada, el conquistador, Hernán Pérez su hermano, Suárez Rendón y García (Zorro), con el fin de hacerlo confesar dónde estaban los tesoros de su primo Tisquesusa, cuyo reino él había usurpado cuando Jiménez de Quesada asesinó al primero. Esos tesoros, si es que existieron, no se recuperaron nunca; es probable que si el Zipa buscaba hacerlos desaparecer para siempre, los haya arrojado a estas aguas oscuras y tranquilas; pero también existe la posibilidad de que haya preferido enterrarlos en algún sitio escondido.

Y ahora, sentado escribiendo mis experiencias de ese día, se me ocurre que Laguna Grande puede ser en realidad el cráter de un volcán. La laguna está en una montaña muy escarpada y al norte y al occidente hay elevaciones abruptas pero escalables, y hacia el oriente el piso se levanta ligeramente unos diez pies sobre el nivel de la laguna, para descender luego en forma rápida. No se me ocurre otra explicación sobre su origen, y no observé ninguna formación diferente a la de terrenos areniscos.

Cerca a la laguna había dos o tres ranchos de indios, cuidados por perros bravos. Por falta de tiempo y creyendo que volvería otro día, no observé el sitio con el detenimiento que ahora lamento no haberle dedicado.

Después de un ascenso largo y escarpado llegué a Ubaque, que es apenas un conjunto de ranchos situados un poco más arriba del nivel de la caña y es otro veraneadero de los bogotanos, inferior a otros, pero más accesible. Confieso que yo preferiría ir al valle de más abajo, donde se ve el humo de los trapiches, porque este sitio me parece todavía muy frío.

La plaza de Ubaque ocupa casi toda la tierra plana que hay en la población; a un lado se apeñuscan las casas contra la loma y al otro hay un barranco profundo. Un torrente impetuoso, tan frío que en medio minuto lo hace a uno tiritar, se precipita en busca del río que corre por el valle y, según los bogotanos, es un sitio delicioso para bañarse; ellos son capaces de quedarse en el agua hasta media hora cada vez, mientras que yo tuve que salirme volando. La idea de volver a bañarme allí es tan agradable como pensar en que me entierren desnudo en un banco de nieve.

En Ubaque estuve hospedado en casa de una excelente familia venezolana, los Quevedos. El señor Quevedo, oficial de la guerra de independencia, vive en Bogotá de sus ahorros, de su medio sueldo y de sus dotes musicales. Me da pena admitirlo, pero tengo que confesar que esta y otra familia venezolana, la del Coronel Codazzi, fueron las más interesantes que conocí en Bogotá. Quizá sea porque las comprendí mejor o porque ellas supieron hacerme sentir más cómodo cuando las visitaba. También creo que en la Nueva Granada hay pocas damas tan bien educadas como las señoras de estas dos familias.

El señor Quevedo es gran admirador de Bolívar, y me place decir que, en general, estoy de acuerdo con sus conclusiones, pero me gustaría tener información más detallada sobre las concesiones que el Libertador hizo al clero, aunque no creo que haya actuado movido por mezquinas ambiciones de poder. Me parece una medida equivocada la elección de Joaquín Mosquera para sucederlo en la presidencia, y estoy por creer la sugerencia de Samper de que “la juventud bogotana” se inmiscuyó más de lo debido en remover a Bolívar de la presidencia. Me imagino el desconsuelo del viejo héroe al dejar las riendas del gobierno en manos tan débiles como las de Mosquera.

No creo que Bolívar haya tenido nada que ver con la revolución en que Urdaneta —después de la batalla del Santuario, en Puente Grande, en septiembre de 1830— derrocó esa administración deficiente. Urdaneta, buen oficial subalterno, nunca tuvo madera para ser jefe supremo del país, y su rebelión que, hasta donde yo sé, no tuvo más motivos que la ambición personal, causó enormes perjuicios y no le trajo a él ni a su facción ninguna ventaja, ya que nueve meses más tarde, el 15 de mayo de 1831, lo derrocaron con la misma facilidad con que había caído su antecesor.

Y ¿qué fin tuvo Joaquín Mosquera? Parece que no volvió a ambicionar el poder ejecutivo, pues en el corto tiempo que siguió al retiro de Bolívar el poder supremo pasó de mano en mano; primero, al Presidente Mosquera hasta septiembre de 1880; al dictador Urdaneta hasta el 15 de mayo de 1831; al vice-presidente Domingo Caicedo hasta diciembre de 1831; y a Obando hasta mano de 1833. Bajo su administración, la convención que redactó la primera constitución de la Nueva Granada eligió en 1832, como primer Presidente de la República, a Santander, entonces en el exilio por su participación en la conspiración de 1828.

Santander fue buen presidente y los cargos que le hace Samper creo que solo sirven para acreditar más su administración. En especial les recomendaría a futuros gobernantes que imitaran la energía con que castigó a los seguidores de Sardá. La conspiración de Sardá no tuvo más motivos que la ambición y el fanatismo. Muchos de los conspiradores fueron detenidos, y Sardá y Mariano París, que lograron escapar, fueron declarados fuera de la ley, procedimiento este que valdría la pena introducir en nuestro país, pero lo malo es que somos demasiado benévolos con los criminales. Por mi parte no creo que merezcan más consideraciones que el resto de los ciudadanos. A París lo detuvieron y lo fusilaron con el pretexto de que intentaba escaparse. José Ortiz asesinó una noche a Sardá en la casa donde estaba escondido. Ortiz era subteniente del ejército, y si no lo recompensaron abiertamente, tampoco lo enjuiciaron. También ejecutaron a dieciséis de los otros conspiradores. Estos hechos ocurrieron en 1833 y pasaron seis años sin que hubiera habido otra conspiración. Tal vez si se hubiera tratado a Obando y a López en la misma forma, Herrán, Mosquera y Arboleda nunca se habrían alzado en armas contra su propio país.

Pero como en la Nueva Granada hay tan pocos hombres que no hayan participado alguna vez en una revolución, todos son muy susceptibles al respecto. Ahora se ha resuelto que el castigo para los revolucionarios no puede ser la pena de muerte ni la cárcel, sino el exilio, sin confiscaciones y hasta que cambien las condiciones políticas. La última medida propuesta es que cuando se destierre a un oficial por volver las armas contra la autoridad que había jurado defender, |¡se siga pagándole el sueldo! |.

Todas estas medidas son pura tontería. Lo que debería hacerse es detener a todo general y a todo oficial que dirija tropas a cinco horas de distancia de sus superiores, colgar al general, fusilar a los oficiales más comprometidos, degradar por cobardía a los demás, mandar a trabajos forzados a todos los abogados y sacerdotes inmiscuidos en la rebelión (a éstos últimos de por vida). Así con seguridad la próxima revolución sería la última.

Soy de opinión que José Ignacio Márquez, abogado, elegido Presidente por el Congreso el 4 de marzo de 1837, fue buen gobernante, aunque se le acusa de no haber sido lo suficientemente extremista y de no haber favorecido la implantación de un republicanismo rojo en el país. También dicen que ese nombramiento fue inconstitucional, porque en marzo de 1835 había sido elegido vice-presidente por cuatro años.

Bogotanos en Choachí

La rebelión de 1839 comenzó en Pasto, a consecuencia de la supresión de algunos conventos, lo cual indica que la administración de Márquez no fue totalmente inactiva. Pasto tiene fama de ser el valle habitado más alto del mundo, y si no es el más hermoso es por lo menos el más revolucionario. Los pastusos son ignorantes y muy cristianos. El mercado más cercano está en Barbacoas, a siete días de camino, hasta donde cargan a la espalda bultos de papas y de otros productos. Pero cuando tienen la fortuna de que los invadan, el campo del enemigo se convierte en el mejor mercado, para no decir nada del privilegio de robar a cuanto viajero va de Quito a Bogotá. Así, para los pastusos la paz y la prosperidad nunca llegan juntas.

Samper sostiene que la administración de Márquez quería que la rebelión se agravara tanto como fuera posible, lo cual me parece simplemente absurdo. Otro de los responsables de la revolución fue Obando. El general Sucre, mariscal de Ayacucho, fue asesinado durante el gobierno de Bolívar, el 4 de junio de 1830, a pleno día, en los bosques de Berruecos, cerca a Pasto. El misterio de su muerte tal vez no se aclare nunca. Es posible que los únicos responsables hayan sido su esposa y el amante de ésta, general Isidoro Barriga. En Bogotá se rumoraba su muerte a las pocas horas de haber salido el pobre Sucre de la capital; y ya la anticipaban en Popayán cuando pasó por allí. Un piquete de caballería enviado desde el Ecuador, aparentemente por el general Juan José Flórez, después presidente de ese país y últimamente dedicado a la piratería, viajó en secreto, de noche, y regresó después de la muerte. Por último detuvieron al coronel Apolinar Morillo, ladrón y luego instrumento de Obando, a quien acusaron del crimen y condenaron y ejecutaron después de haber confesado que Obando le había ordenado cometerlo.

Así, pues, existían rumores de la muerte de Sucre antes de que sucediera; se conocen causas suficientes para que los autores intelectuales quisieran que el crimen se cometiera |en |secreto; se sabe de una causa pública en un sitio distante al del rumor; decenas de hombres, que todo lo sabían antes y después del asesinato, se confesaron con decenas de sacerdotes; y por último, el mismo hombre que admite haber perpetrado el crimen confiesa que Obando, y quizá López, lo instigaron a él, a Sarria y a Erazo a hacerlo, ¡pero así y todo la verdad no se sabrá nunca!

Ahora permítanme contarles una historia extraña e increíble que muestra mejor que una disertación de doce páginas lo difícil que es entender los enredos de la política granadina. Dicen que el Arzobispo Herrán fue el confesor de Morillo antes de su ejecución y que la hija del General Mosquera —más tarde esposa del general Herrán y por consiguiente cuñada del arzobispo, pero que en esa época estaba muy jovencita— visitaba frecuentemente al criminal, lo cual puede ser absolutamente falso. A Morillo lo condenaron por perjurio y le prometieron perdonarlo si confesaba haber cometido el asesinato y admitía la participación de Obando en el crimen, confesión que debería hacer en el banquillo de los ajusticiados, para allí mismo ser indultado. Morillo siguió las instrucciones, el prelado lo acompañó hasta el banquillo, él dijo la mentira, recibió los últimos ritos de la iglesia, el confesor se hizo a un lado, pero en vez del perdón lo que se oyó fue la orden de “¡Apunten, fuego!“, y Morillo se calló para siempre. En la Nueva Granada hay muchos cerebros dominados por odios políticos que están dispuestos a creer todas estas historias y a creerlas sin exigir prueba alguna.

Todos los delitos políticos cometidos antes de junio de 1830 quedaron incluidos en la amnistía de la Convención Constitucional de 1832. Además eran crímenes cometidos contra las leyes de Colombia y al dejar ésta de existir, la Nueva Granada no tenía derecho de castigarlos. Por lo tanto, cuando se llamó a juicio a Obando en 1839 Samper consideró que era persecución política, debida a que Obando había sido el candidato de Santander para sucederlo en la presidencia y porque de nuevo se mencionaba su nombre para las próximas elecciones. Obando se quejó de que en el juicio se estaba procediendo de mala fe y huyó, pero regresó para luchar contra el país en la región montañosa y salvaje existente entre Pasto y Popayán, donde había pasado la mitad de su vida en un escenario de sangre y violencia.

En 1840 la ambición, el federalismo y algunos descontentos empeoraron la situación, y fueron tantos los gobernadores que traicionaron al gobierno que la rebelión de ese año se conoce como la revolución de los Gobernadores. Es difícil saber cuántas batallas se libraron, cuánta sangre se derramó y cuánto le costó al tesoro esta guerra. Si no hubiera sido por el talento y la energía de Mosquera, ministro de guerra, y por el general Herrán, la debilidad de Márquez habría cedido ante tantas circunstancias adversas; pero el gobierno derrotó a los rebeldes en La Culebrera, el 28 de octubre de 1840, muy cerca de Puente Grande donde Joaquín Mosquera había perdido el poder diez años antes. La batalla de Tescua, cerca a Pamplona, el 1º de abril de 1841, y algunas escaramuzas en la costa, marcaron el final de esta rebelión aciaga.

Claro está que Samper, el eterno defensor de la vida humana, que no permitiría la ejecución de un forajido para evitar una guerra, protestó enérgicamente por la severidad con que se trató a los jefes de la rebelión. Mosquera y Herrán, que nunca habían sido revolucionarios, en esa ocasión fueron responsables de más muertes que todas las que podrían causar en el resto de su vida. Por mi parte, siempre y cuando que los ajusticiados hayan estado comprometidos en la revolución, considero la medida justificable, cosa que Samper niega, naturalmente.

No quiero que se le atribuyan a mi digno anfitrión venezolano todas las opiniones expresadas aquí. No he seguido al pie de la letra sus puntos de vista, a pesar de que difícilmente otro hombre pueda tener una visión más clara y segura de los hechos. Por mi lado he hecho averiguaciones y hasta hablé con el mismo Obando sobre el asesinato de Sucre, y debo confesar que este es un misterio que me deja completamente desconcertado.

Tenía muchos deseos de conocer a Fómeque. La iglesita blanca, las pocas casitas de la aldea y las parcelas bien cultivadas, mucho más numerosas de las que había visto en cualquier parte de la Nueva Granada, fueron una tentación casi irresistible para cambiar mis planes de viaje. Pero como desgraciadamente no había hecho ninguna clase de preparativos, muy a pesar mío tuve que renunciar a visitar a Fómeque y a Cáqueza, así que al amanecer tomé una taza de chocolate y emprendí el camino de regreso.

Cruzamos el arroyo que corre al sur de Ubaque y subimos por un amplio desfiladero a Pueblo Viejo, caserío de chozas dispersas que, según entiendo, se llama legalmente Distrito de Une. En la última de esas casitas, la de la hacienda que queda en los límites occidentales del valle del Orinoco, nos detuvimos a desayunar, con cosas traídas de Ubaque y otras que intercambiamos con las dueñas de casa. Estas eran unas señoras de cierta edad, muy interesantes y quienes manejaban la hacienda contratando peones. Sentí mucho despedirme de ellas y le recomiendo al lector que si alguna vez viaja entre Cruz Verde y Pueblo Viejo no deje de visitar la primera casa en tierra labrantía que se encuentra al sur del camino.

Al poco rato estábamos de nuevo subiendo trabajosamente las empinadas montañas, y al oriente, detrás de los cerros de Ubaque que enmarcan las fincas de Fómeque, divisábamos otros todavía más altos. Hacía tiempo que me intrigaba no haber visto en la Nueva Granada ningún arbusto de las berberidáceas, pero ese día, en el camino, encontré un bérbero que, aunque no estaba agrio, era incomible. Estoy seguro que era una |Berberis glauca, y vi otro cuando bajaba hacia el occidente y uno más antes del último descenso a Bogotá. Sin embargo, esos fueron los únicos ejemplares que he encontrado en la Nueva Granada. Las hojas del primero eran muy blancas por debajo, lo cual me recuerda que en ese sitio me llamó la atención el color gris del bosque. El liquen en la corteza de los árboles, el follaje, las flores, todo contribuye a dar ese colorido suave y extraño en un paisaje de vegetación tupida y densa. Ese mismo colorido pero en tonalidad más oscura lo había notado en el descenso del páramo de Choachí, pero fue en el viaje a Fusagasugá donde mejor lo pude apreciar.

Cuando estábamos a punto de emprender el último ascenso, me di cuenta de que había perdido la navaja. Recordé que la había usado varias millas atrás, pero no sabía con exactitud dónde, para indicarle al peón; y como sería tan difícil reponerla, no me quedó más remedio que devolverme, aunque no tenía muchas esperanzas de recuperarla, pues había pasado mucha gente que podía haberla recogido. Afortunadamente la encontré, pero el precio fue alto, pues tuve que caminar mucho y por una región bastante plana que lo único que produce es carbón vegetal. Buscando la navaja, en tres horas, pasé otras tantas veces por las mismas tres chozas, pobres, solitarias y sin cultivos alrededor.

Al fin regresamos al pie del último ascenso, que es de media milla y tan empinado como las escalas del monumento de Bunker Hill. La cima está repleta de cruces, como las que hay siempre en todas las alturas escarpadas de la Nueva Granada y a veces también al pie de alguna tremenda bajada. El aire de la cima es terriblemente helado a pesar de que el sol brilla resplandeciente. El páramo de Cruz Verde es muy peligroso cuando está nublado y el viento azota a los viajeros; por fortuna no es muy extenso y se puede cruzarlo en poco tiempo.

En un pantano del páramo encontré dos florecitas de menos de una pulgada de altura y me puse a recogerlas, pidiéndole al peón que me ayudara, pero el frío y el viento tenían al pobre tan aterido, que al rato tuvo que renunciar y sentarse en el sitio más resguardado que encontró. No pude culparlo de que no le pareciera lo más agradable del mundo meterse en un lodazal a mojarse las manos y los pies, con un viento helado, para buscar unas malezas insignificantes. Yo recogí cien en una hora y todas no pesaron más de una onza. Encontré además algunos licopodios y entre ellos uno que creí un selago, pero que para mi gran sorpresa resultó ser la |Alchemilla nivalis, una planta rosácea que era la única de su especie en ese lugar y que no estaba florecida. La |Aragoa abietina, también crece al oeste del páramo, así que bien puede el botánico gastar todo un día para visitar a Cruz Verde.

Poco después de salir del páramo nos alcanzó un chasqui o mensajero que a toda velocidad quizá llevaba alguna comunicación de un funcionario del oriente al gobernador en Bogotá. Seguramente había pasado por Ubaque o salido de esta en las últimas horas de la mañana y ya nos había alcanzado; y si nosotros no hubiéramos apurado el paso a más de cuatro millas por ahora, fácilmente nos habría dejado atrás. Hace algún tiempo no se remuneraba a los chasquis, y puede ser que ese sea el caso todavía; por eso el hombre a quien se le hacía nombramiento tan oneroso, lo tomaba como indicio de que algún funcionario enemigo suyo estaba interesado en perjudicarlo. Después me detuve a recoger una planta valiosa y el chasqui, sin perder un instante, desapareció en una curva del camino.

Entré a una casita miserable para protegerme del viento mientras colocaba las plantas que llevaba entre papeles. Los dueños, al ver los paquetes de papel, pensaron que vendía estampas de santos. Valdría la pena viajar con unas cuantas litografías baratas y en colores de “María”, “Elena” y “Rosa” para regalárselas a estas pobres gentes que llevan una vida tan dura, siendo en su mayoría leñadores. Prácticamente no cultivan nada quizá porque cualquier cosa se demora meses para producir y ellas no saben esperar tanto tiempo.

Por trechos larguísimos el piso estaba encharcado y muy resbaloso, y en otros el camino es en realidad el lecho de una quebrada. Tuvimos que cruzar varios riachuelos saltando de piedra en piedra hasta llegar a un sitio donde se reúnen todas estas aguas que bajan de la montaña y forman el río Fucha, que en el plano de Bogotá aparece señalado con la letra |m. El Fucha, ya en la Sabana, es uno de los sitios preferidos de los bogotanos para ir a bañarse.

El sol estaba ocultándose ya detrás de las montañas del Quindío cuando nosotros llegamos a Las Cruces, iglesia al sur de la ciudad. Como en un capítulo anterior describí la parte final del camino que recorrimos hoy, omitiré los últimos detalles de la excursión. Y ahora, amable lector, es justo que usted y yo tomemos un merecido descanso.

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