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INDICE
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(cotinuación capítulo El valle del
Orinoco)
La fourcroya es una planta de la familia de las amarilidáceas y
dicen que la fibra más fina y costosa, la pita, la extraen de una
planta de la familia de las bromeliáceas, pero no he visto las
flores ni cómo tratan las hojas. De las hojas de la piña, la reina
de las bromeliáceas, sacan una fibra todavía más fina, que hoy la
utilizan para hacer pañuelos costosísimos que venden en las
ciudades de los Estados Unidos.
Pues bien, decía cómo estas pobres indiecitas, en una
estribación de la montaña, aisladas de la capital únicamente por
unas cuantas millas de páramo y de riscos, estaban retorciendo
cabuya en ese rancho pobrísimo. La súbita aparición de un
extranjero en su rincón de mundo las alarmó mucho, y cuando les
dije que todo lo que quería era saber el camino a Laguna Grande,
sintieron gran alivio. Es cierto que los indios sufren menos
atropellos por parte de los españoles, de los que tendrían que
soportar si estuvieran en manos de los peores forajidos de la raza
anglosajona, pero también están menos protegidos por la ley de lo
que estarían en los Estados del Norte, donde los tribunales aceptan
el testimonio de los indios. ¡Pobre raza! En el infierno del Dante
algunos de ellos deberían estar dedicados única y exclusivamente a
torturar conquistadores y legisladores.
Había llegado hasta el borde del costado oriental de la
cordillera donde están las tierras cultivables que hay más arriba
de Bogotá, el páramo, en la altiplanicie, y las laderas laborables
que se extienden en la vertiente oriental, hasta el río que
vela correr a mis pies. Seguí caminando hacia el sur hasta
llegar al frente de una pendiente abrupta y en el fondo vi la
laguna, de varias hectáreas y llena casi hasta los bordes de aguas
oscuras, quietas y frías como la muerte. El lago Averno en el
verano debe ser risueño en comparación con éste, pero en un
invierno sombrío ambos se parecerían tanto como un par de mellizos.
El verano nunca alegra a Laguna Grande, desde el principio de los
tiempos hasta hoy reina en ella el otoño perpetuo y el sol alterna
con la niebla y las tempestades. En las márgenes, la franja de
arbustos crece sobre terreno fangoso y tremedal y dicen que el
centro de la laguna tiene una profundidad insondable. Nunca se oye
el canto de un ave en este rincón escondido, y si no fuera por el
gusto de los reinosos por las tierras heladas de las montañas
andinas, nadie jamás lo hubiera descubierto.
Mientras contemplaba la laguna pensé para mis adentros que ese
sitio es maravilloso para mantener vivas leyendas y tradiciones,
que es imposible que exista un lugar más adecuado para fantasmas,
duendes y tesoros escondidos. Y esta impresión fue tan fuerte, que
lo primero que pregunté a unos amigos con quienes me encontré
después fue, “¿No hay tesoros escondidos en el fondo de la
laguna?”.
“Dicen que hay riquezas incalculables, señor”, me
contestaron. “Cuenta la tradición que en un festival anual el
Zipa navegaba al centro de la laguna llevando innumerables adornos
de oro y esmeraldas, que luego, durante la ceremonia, se quitaba
uno por uno e iba arrojando al agua”.
“¿Y nunca han intentado recuperarlos?”.
“Muchas veces han pensado hacerlo, pero jamás lo han llevado
a cabo”.
Además de los tesoros que sumergieron los indios en la laguna
para la gloria de los dioses, es muy probable que allí hayan
arrojado otros por odio a los españoles. En 1538 o en 1539
Zaquesazipa, el último Zipa de los Muiscas, murió cerca a Bogotá
“de tremendas calenturas”. Se supone que estas calenturas
o quemazones hacen referencia a las herraduras calentadas al rojo
vivo con que le quemaron los pies, y a otros tormentos parecidos a
que lo sometieron Jiménez de Quesada, el conquistador, Hernán Pérez
su hermano, Suárez Rendón y García (Zorro), con el fin de hacerlo
confesar dónde estaban los tesoros de su primo Tisquesusa, cuyo
reino él había usurpado cuando Jiménez de Quesada asesinó al
primero. Esos tesoros, si es que existieron, no se recuperaron
nunca; es probable que si el Zipa buscaba hacerlos desaparecer para
siempre, los haya arrojado a estas aguas oscuras y tranquilas; pero
también existe la posibilidad de que haya preferido enterrarlos en
algún sitio escondido.
Y ahora, sentado escribiendo mis experiencias de ese día, se me
ocurre que Laguna Grande puede ser en realidad el cráter de un
volcán. La laguna está en una montaña muy escarpada y al norte y al
occidente hay elevaciones abruptas pero escalables, y hacia el
oriente el piso se levanta ligeramente unos diez pies sobre el
nivel de la laguna, para descender luego en forma rápida. No se me
ocurre otra explicación sobre su origen, y no observé ninguna
formación diferente a la de terrenos areniscos.
Cerca a la laguna había dos o tres ranchos de indios, cuidados
por perros bravos. Por falta de tiempo y creyendo que volvería otro
día, no observé el sitio con el detenimiento que ahora lamento no
haberle dedicado.
Después de un ascenso largo y escarpado llegué a Ubaque, que es
apenas un conjunto de ranchos situados un poco más arriba del nivel
de la caña y es otro veraneadero de los bogotanos, inferior a
otros, pero más accesible. Confieso que yo preferiría ir al valle
de más abajo, donde se ve el humo de los trapiches, porque este
sitio me parece todavía muy frío.
La plaza de Ubaque ocupa casi toda la tierra plana que hay en la
población; a un lado se apeñuscan las casas contra la loma y al
otro hay un barranco profundo. Un torrente impetuoso, tan frío que
en medio minuto lo hace a uno tiritar, se precipita en busca del
río que corre por el valle y, según los bogotanos, es un sitio
delicioso para bañarse; ellos son capaces de quedarse en el agua
hasta media hora cada vez, mientras que yo tuve que salirme
volando. La idea de volver a bañarme allí es tan agradable como
pensar en que me entierren desnudo en un banco de
nieve.
En Ubaque estuve hospedado en casa de una excelente familia
venezolana, los Quevedos. El señor Quevedo, oficial de la
guerra de independencia, vive en Bogotá de sus ahorros, de su medio
sueldo y de sus dotes musicales. Me da pena admitirlo, pero tengo
que confesar que esta y otra familia venezolana, la del Coronel
Codazzi, fueron las más interesantes que conocí en Bogotá. Quizá
sea porque las comprendí mejor o porque ellas supieron hacerme
sentir más cómodo cuando las visitaba. También creo que en la Nueva
Granada hay pocas damas tan bien educadas como las señoras de estas
dos familias.
El señor Quevedo es gran admirador de Bolívar, y me place decir
que, en general, estoy de acuerdo con sus conclusiones, pero me
gustaría tener información más detallada sobre las concesiones que
el Libertador hizo al clero, aunque no creo que haya actuado movido
por mezquinas ambiciones de poder. Me parece una medida equivocada
la elección de Joaquín Mosquera para sucederlo en la presidencia, y
estoy por creer la sugerencia de Samper de que “la juventud
bogotana” se inmiscuyó más de lo debido en remover a Bolívar
de la presidencia. Me imagino el desconsuelo del viejo héroe al
dejar las riendas del gobierno en manos tan débiles como las de
Mosquera.
No creo que Bolívar haya tenido nada que ver con la revolución
en que Urdaneta —después de la batalla del Santuario, en
Puente Grande, en septiembre de 1830— derrocó esa
administración deficiente. Urdaneta, buen oficial subalterno, nunca
tuvo madera para ser jefe supremo del país, y su rebelión que,
hasta donde yo sé, no tuvo más motivos que la ambición personal,
causó enormes perjuicios y no le trajo a él ni a su facción ninguna
ventaja, ya que nueve meses más tarde, el 15 de mayo de 1831, lo
derrocaron con la misma facilidad con que había caído su
antecesor.
Y ¿qué fin tuvo Joaquín Mosquera? Parece que no volvió a
ambicionar el poder ejecutivo, pues en el corto tiempo que siguió
al retiro de Bolívar el poder supremo pasó de mano en mano;
primero, al Presidente Mosquera hasta septiembre de 1880; al
dictador Urdaneta hasta el 15 de mayo de 1831; al vice-presidente
Domingo Caicedo hasta diciembre de 1831; y a Obando hasta mano de
1833. Bajo su administración, la convención que redactó la primera
constitución de la Nueva Granada eligió en 1832, como primer
Presidente de la República, a Santander, entonces en el exilio por
su participación en la conspiración de 1828.
Santander fue buen presidente y los cargos que le hace Samper
creo que solo sirven para acreditar más su administración. En
especial les recomendaría a futuros gobernantes que imitaran la
energía con que castigó a los seguidores de Sardá. La conspiración
de Sardá no tuvo más motivos que la ambición y el fanatismo. Muchos
de los conspiradores fueron detenidos, y Sardá y Mariano París, que
lograron escapar, fueron declarados fuera de la ley, procedimiento
este que valdría la pena introducir en nuestro país, pero lo malo
es que somos demasiado benévolos con los criminales. Por mi parte
no creo que merezcan más consideraciones que el resto de los
ciudadanos. A París lo detuvieron y lo fusilaron con el pretexto de
que intentaba escaparse. José Ortiz asesinó una noche a Sardá en la
casa donde estaba escondido. Ortiz era subteniente del ejército, y
si no lo recompensaron abiertamente, tampoco lo enjuiciaron.
También ejecutaron a dieciséis de los otros conspiradores. Estos
hechos ocurrieron en 1833 y pasaron seis años sin que hubiera
habido otra conspiración. Tal vez si se hubiera tratado a Obando y
a López en la misma forma, Herrán, Mosquera y Arboleda nunca se
habrían alzado en armas contra su propio país.
Pero como en la Nueva Granada hay tan pocos hombres que no hayan
participado alguna vez en una revolución, todos son muy
susceptibles al respecto. Ahora se ha resuelto que el castigo para
los revolucionarios no puede ser la pena de muerte ni la cárcel,
sino el exilio, sin confiscaciones y hasta que cambien las
condiciones políticas. La última medida propuesta es que cuando se
destierre a un oficial por volver las armas contra la autoridad que
había jurado defender,
|¡se siga pagándole el
sueldo!
|.
Todas estas medidas son pura tontería. Lo que debería hacerse es
detener a todo general y a todo oficial que dirija tropas a cinco
horas de distancia de sus superiores, colgar al general, fusilar a
los oficiales más comprometidos, degradar por cobardía a los demás,
mandar a trabajos forzados a todos los abogados y sacerdotes
inmiscuidos en la rebelión (a éstos últimos de por vida). Así con
seguridad la próxima revolución sería la última.
Soy de opinión que José Ignacio Márquez, abogado, elegido
Presidente por el Congreso el 4 de marzo de 1837, fue buen
gobernante, aunque se le acusa de no haber sido lo suficientemente
extremista y de no haber favorecido la implantación de un
republicanismo rojo en el país. También dicen que ese nombramiento
fue inconstitucional, porque en marzo de 1835 había sido elegido
vice-presidente por cuatro años.
Bogotanos en Choachí
La rebelión de 1839 comenzó en Pasto, a consecuencia de la
supresión de algunos conventos, lo cual indica que la
administración de Márquez no fue totalmente inactiva. Pasto tiene
fama de ser el valle habitado más alto del mundo, y si no es el más
hermoso es por lo menos el más revolucionario. Los pastusos son
ignorantes y muy cristianos. El mercado más cercano está en
Barbacoas, a siete días de camino, hasta donde cargan a la espalda
bultos de papas y de otros productos. Pero cuando tienen la fortuna
de que los invadan, el campo del enemigo se convierte en el mejor
mercado, para no decir nada del privilegio de robar a cuanto
viajero va de Quito a Bogotá. Así, para los pastusos la paz y la
prosperidad nunca llegan juntas.
Samper sostiene que la administración de Márquez quería que la
rebelión se agravara tanto como fuera posible, lo cual me parece
simplemente absurdo. Otro de los responsables de la revolución fue
Obando. El general Sucre, mariscal de Ayacucho, fue asesinado
durante el gobierno de Bolívar, el 4 de junio de 1830, a pleno día,
en los bosques de Berruecos, cerca a Pasto. El misterio de su
muerte tal vez no se aclare nunca. Es posible que los únicos
responsables hayan sido su esposa y el amante de ésta, general
Isidoro Barriga. En Bogotá se rumoraba su muerte a las pocas horas
de haber salido el pobre Sucre de la capital; y ya la anticipaban
en Popayán cuando pasó por allí. Un piquete de caballería enviado
desde el Ecuador, aparentemente por el general Juan José Flórez,
después presidente de ese país y últimamente dedicado a la
piratería, viajó en secreto, de noche, y regresó después de la
muerte. Por último detuvieron al coronel Apolinar Morillo, ladrón y
luego instrumento de Obando, a quien acusaron del crimen y
condenaron y ejecutaron después de haber confesado que Obando le
había ordenado cometerlo.
Así, pues, existían rumores de la muerte de Sucre antes de que
sucediera; se conocen causas suficientes para que los autores
intelectuales quisieran que el crimen se cometiera
|en
|secreto; se sabe de una causa pública en un sitio distante
al del rumor; decenas de hombres, que todo lo sabían antes y
después del asesinato, se confesaron con decenas de sacerdotes; y
por último, el mismo hombre que admite haber perpetrado el crimen
confiesa que Obando, y quizá López, lo instigaron a él, a Sarria y
a Erazo a hacerlo, ¡pero así y todo la verdad no se sabrá
nunca!
Ahora permítanme contarles una historia extraña e increíble que
muestra mejor que una disertación de doce páginas lo difícil que es
entender los enredos de la política granadina. Dicen que el
Arzobispo Herrán fue el confesor de Morillo antes de su ejecución y
que la hija del General Mosquera —más tarde esposa del general
Herrán y por consiguiente cuñada del arzobispo, pero que en esa
época estaba muy jovencita— visitaba frecuentemente al
criminal, lo cual puede ser absolutamente falso. A Morillo lo
condenaron por perjurio y le prometieron perdonarlo si confesaba
haber cometido el asesinato y admitía la participación de Obando en
el crimen, confesión que debería hacer en el banquillo de los
ajusticiados, para allí mismo ser indultado. Morillo siguió las
instrucciones, el prelado lo acompañó hasta el banquillo, él dijo
la mentira, recibió los últimos ritos de la iglesia, el confesor se
hizo a un lado, pero en vez del perdón lo que se oyó fue la orden
de “¡Apunten, fuego!“, y Morillo se calló para siempre.
En la Nueva Granada hay muchos cerebros dominados por odios
políticos que están dispuestos a creer todas estas historias y a
creerlas sin exigir prueba alguna.
Todos los delitos políticos cometidos antes de junio de 1830
quedaron incluidos en la amnistía de la Convención Constitucional
de 1832. Además eran crímenes cometidos contra las leyes de
Colombia y al dejar ésta de existir, la Nueva Granada no tenía
derecho de castigarlos. Por lo tanto, cuando se llamó a juicio a
Obando en 1839 Samper consideró que era persecución política,
debida a que Obando había sido el candidato de Santander para
sucederlo en la presidencia y porque de nuevo se mencionaba su
nombre para las próximas elecciones. Obando se quejó de que en el
juicio se estaba procediendo de mala fe y huyó, pero regresó para
luchar contra el país en la región montañosa y salvaje existente
entre Pasto y Popayán, donde había pasado la mitad de su vida en un
escenario de sangre y violencia.
En 1840 la ambición, el federalismo y algunos descontentos
empeoraron la situación, y fueron tantos los gobernadores que
traicionaron al gobierno que la rebelión de ese año se conoce como
la revolución de los Gobernadores. Es difícil saber cuántas
batallas se libraron, cuánta sangre se derramó y cuánto le costó al
tesoro esta guerra. Si no hubiera sido por el talento y la energía
de Mosquera, ministro de guerra, y por el general Herrán, la
debilidad de Márquez habría cedido ante tantas circunstancias
adversas; pero el gobierno derrotó a los rebeldes en La Culebrera,
el 28 de octubre de 1840, muy cerca de Puente Grande donde Joaquín
Mosquera había perdido el poder diez años antes. La batalla de
Tescua, cerca a Pamplona, el 1º de abril de 1841, y algunas
escaramuzas en la costa, marcaron el final de esta rebelión
aciaga.
Claro está que Samper, el eterno defensor de la vida humana, que
no permitiría la ejecución de un forajido para evitar una guerra,
protestó enérgicamente por la severidad con que se trató a los
jefes de la rebelión. Mosquera y Herrán, que nunca habían sido
revolucionarios, en esa ocasión fueron responsables de más muertes
que todas las que podrían causar en el resto de su vida. Por mi
parte, siempre y cuando que los ajusticiados hayan estado
comprometidos en la revolución, considero la medida justificable,
cosa que Samper niega, naturalmente.
No quiero que se le atribuyan a mi digno anfitrión venezolano
todas las opiniones expresadas aquí. No he seguido al pie de la
letra sus puntos de vista, a pesar de que difícilmente otro hombre
pueda tener una visión más clara y segura de los hechos. Por mi
lado he hecho averiguaciones y hasta hablé con el mismo Obando
sobre el asesinato de Sucre, y debo confesar que este es un
misterio que me deja completamente desconcertado.
Tenía muchos deseos de conocer a Fómeque. La iglesita blanca,
las pocas casitas de la aldea y las parcelas bien cultivadas, mucho
más numerosas de las que había visto en cualquier parte de la Nueva
Granada, fueron una tentación casi irresistible para cambiar mis
planes de viaje. Pero como desgraciadamente no había hecho ninguna
clase de preparativos, muy a pesar mío tuve que renunciar a visitar
a Fómeque y a Cáqueza, así que al amanecer tomé una taza de
chocolate y emprendí el camino de regreso.
Cruzamos el arroyo que corre al sur de Ubaque y subimos por un
amplio desfiladero a Pueblo Viejo, caserío de chozas dispersas que,
según entiendo, se llama legalmente Distrito de Une. En la última
de esas casitas, la de la hacienda que queda en los límites
occidentales del valle del Orinoco, nos detuvimos a desayunar, con
cosas traídas de Ubaque y otras que intercambiamos con las dueñas
de casa. Estas eran unas señoras de cierta edad, muy interesantes y
quienes manejaban la hacienda contratando peones. Sentí mucho
despedirme de ellas y le recomiendo al lector que si alguna vez
viaja entre Cruz Verde y Pueblo Viejo no deje de visitar la primera
casa en tierra labrantía que se encuentra al sur del camino.
Al poco rato estábamos de nuevo subiendo trabajosamente las
empinadas montañas, y al oriente, detrás de los cerros de Ubaque
que enmarcan las fincas de Fómeque, divisábamos otros todavía más
altos. Hacía tiempo que me intrigaba no haber visto en la Nueva
Granada ningún arbusto de las berberidáceas, pero ese día, en el
camino, encontré un bérbero que, aunque no estaba agrio, era
incomible. Estoy seguro que era una
|Berberis glauca, y vi
otro cuando bajaba hacia el occidente y uno más antes del último
descenso a Bogotá. Sin embargo, esos fueron los únicos ejemplares
que he encontrado en la Nueva Granada. Las hojas del primero eran
muy blancas por debajo, lo cual me recuerda que en ese sitio me
llamó la atención el color gris del bosque. El liquen en la corteza
de los árboles, el follaje, las flores, todo contribuye a dar ese
colorido suave y extraño en un paisaje de vegetación tupida y
densa. Ese mismo colorido pero en tonalidad más oscura lo había
notado en el descenso del páramo de Choachí, pero fue en el viaje a
Fusagasugá donde mejor lo pude apreciar.
Cuando estábamos a punto de emprender el último ascenso, me di
cuenta de que había perdido la navaja. Recordé que la había usado
varias millas atrás, pero no sabía con exactitud dónde, para
indicarle al peón; y como sería tan difícil reponerla, no me quedó
más remedio que devolverme, aunque no tenía muchas esperanzas de
recuperarla, pues había pasado mucha gente que podía haberla
recogido. Afortunadamente la encontré, pero el precio fue alto,
pues tuve que caminar mucho y por una región bastante plana que lo
único que produce es carbón vegetal. Buscando la navaja, en tres
horas, pasé otras tantas veces por las mismas tres chozas, pobres,
solitarias y sin cultivos alrededor.
Al fin regresamos al pie del último ascenso, que es de media
milla y tan empinado como las escalas del monumento de Bunker Hill.
La cima está repleta de cruces, como las que hay siempre en todas
las alturas escarpadas de la Nueva Granada y a veces también al pie
de alguna tremenda bajada. El aire de la cima es terriblemente
helado a pesar de que el sol brilla resplandeciente. El páramo de
Cruz Verde es muy peligroso cuando está nublado y el viento azota a
los viajeros; por fortuna no es muy extenso y se puede cruzarlo en
poco tiempo.
En un pantano del páramo encontré dos florecitas de menos de una
pulgada de altura y me puse a recogerlas, pidiéndole al peón que me
ayudara, pero el frío y el viento tenían al pobre tan aterido, que
al rato tuvo que renunciar y sentarse en el sitio más resguardado
que encontró. No pude culparlo de que no le pareciera lo más
agradable del mundo meterse en un lodazal a mojarse las manos y los
pies, con un viento helado, para buscar unas malezas
insignificantes. Yo recogí cien en una hora y todas no pesaron más
de una onza. Encontré además algunos licopodios y entre ellos uno
que creí un selago, pero que para mi gran sorpresa resultó ser la
|Alchemilla nivalis, una planta rosácea que era la única de
su especie en ese lugar y que no estaba florecida. La
|Aragoa
abietina, también crece al oeste del páramo, así que bien puede
el botánico gastar todo un día para visitar a Cruz
Verde.
Poco después de salir del páramo nos alcanzó un chasqui o
mensajero que a toda velocidad quizá llevaba alguna comunicación de
un funcionario del oriente al gobernador en Bogotá. Seguramente
había pasado por Ubaque o salido de esta en las últimas horas de la
mañana y ya nos había alcanzado; y si nosotros no hubiéramos
apurado el paso a más de cuatro millas por ahora, fácilmente nos
habría dejado atrás. Hace algún tiempo no se remuneraba a los
chasquis, y puede ser que ese sea el caso todavía; por eso el
hombre a quien se le hacía nombramiento tan oneroso, lo tomaba como
indicio de que algún funcionario enemigo suyo estaba interesado en
perjudicarlo. Después me detuve a recoger una planta valiosa y el
chasqui, sin perder un instante, desapareció en una curva del
camino.
Entré a una casita miserable para protegerme del viento mientras
colocaba las plantas que llevaba entre papeles. Los dueños, al ver
los paquetes de papel, pensaron que vendía estampas de santos.
Valdría la pena viajar con unas cuantas litografías baratas y en
colores de “María”, “Elena” y “Rosa”
para regalárselas a estas pobres gentes que llevan una vida tan
dura, siendo en su mayoría leñadores. Prácticamente no cultivan
nada quizá porque cualquier cosa se demora meses para producir y
ellas no saben esperar tanto tiempo.
Por trechos larguísimos el piso estaba encharcado y muy
resbaloso, y en otros el camino es en realidad el lecho de una
quebrada. Tuvimos que cruzar varios riachuelos saltando de piedra
en piedra hasta llegar a un sitio donde se reúnen todas estas aguas
que bajan de la montaña y forman el río Fucha, que en el plano de
Bogotá aparece señalado con la letra
|m. El Fucha, ya en la
Sabana, es uno de los sitios preferidos de los bogotanos para ir a
bañarse.
El sol estaba ocultándose ya detrás de las montañas del Quindío
cuando nosotros llegamos a Las Cruces, iglesia al sur de la ciudad.
Como en un capítulo anterior describí la parte final del camino que
recorrimos hoy, omitiré los últimos detalles de la excursión. Y
ahora, amable lector, es justo que usted y yo tomemos un merecido
descanso.
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