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INDICE
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EL VALLE DEL
ORINOCO
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Hidrografía — El páramo de
Choachí — La cordillera de Bogotá y las provincias que hay en
ella — La selva oriental — Fuentes termales
—Resguardos indígenas — Sacerdote afortunado —
Penitente astuto —Planta de cabuya — Laguna Grande —
Tesoros escondidos — El asesinato del rey chibcha — El
señor Quevedo — Bolívar — Joaquín Mosquera —Rafael
Urdaneta —
Domingo Caicedo — José María Obando — Francisco de Paula
Santander —
Seis administraciones y tres rebeliones — Asesinato y
misterio — Sucre, Sardá
y Mariano París — Une — Páramo de Cruz Verde
— Plantas raras.
Había visto que los campesinos que bajan de los páramos a Bogotá
traen plátanos y naranjas que no se dan en esas altitudes, por
consiguiente, más allá del páramo debí a haber tierra caliente y yo
quería conocerla. Me dijeron que fuera a Ubaque y a Ubaque decidí
irme. Pero ¿dónde quedaba ese sitio? ¿Acaso en la cuenca del
Orinoco? Eso me parecía prácticamente imposible y resolví
preguntarle a un militar, quien me aseguró que las aguas de esa
región eran tributarias del río Bogotá, y al mismo tiempo me habló
de sembrados de caña y de plátano. Cuando yo le sugerí que un río
no podría subir desde tierras donde se diera el plátano hasta la
Sabana, admitió que efectivamente eso era algo
imposible.
Bogotá está en el propio límite de la cuenca del Orinoco, pero
las nociones hidrográficas del país no son muy exactas y muchas de
las regiones que se cree que desaguan en el Magdalena, lo hacen en
realidad en el Orinoco. En la mayoría de los mapas la Cordillera
Oriental o de Bogotá aparece como una cadena bien delimitada que
corre derecha en dirección nororiental. El mapa de Mosquera sitúa a
Bogotá a mitad de camino entre esta cadena de montañas y el
Magdalena, quizá más cerca del río. En el mapa de Tanner, de
Colombia, hecho en 1829, que es el mejor hasta ahora, la laguna de
Tota y el campo de batalla de Boyacá aparecen situados demasiado al
occidente de la cordillera, y tuve que corregir en dicho mapa la
salida que Tanner le da a la laguna por el Sogamoso e indicarle
otra, al lado opuesto, por el río Upía, el cual atraviesa una alta
cadena montañosa para llegar al Meta y al Orinoco. El mapa de
Acosta, el mejor geógrafo granadino hasta la llegada de Codazzi,
cometió el mismo error de Tanner. Hay otro mapa que sitúa a Bogotá
a todo el oriente de los Andes, ¡nada menos que en los llanos del
Orinoco!
En todas mis excursiones anteriores había usado botas pero esta
vez estrené una nueva clase de “chaussure”, los
alpargates o alpargatas. Imagínense una estera de cordón trenzado
al que primero enrollan dándole la forma exacta del pie y luego
cosen con una aguja larga, de un lado al otro, a todo lo ancho.
Arriba le cosen una cobertura para el pie pero la punta queda
abierta de manera que se ve el dedo gordo. En el talón amarran una
tira que se ajusta con una cuerda tejida, de colores vistosos,
amarrada por delante sobre el empeine. En la ilustración el
alpargate aparece como pantufla y para el conocedor es extraño que
la manga del pantalón quede tan encima del
alpargate.
Alpargate o alpargata.
Para caminar no hay nada que proteja los pies como el alpargate;
no los calienta, se ajusta a sus movimientos y permite un paso más
seguro porque se adapta mejor al terreno. Si tuviera que ganarme la
vida caminando, lo más probable es que lo hiciera en alpargates. En
Bogotá, el par vale quince centavos; en el Cauca son de peor
calidad y más caros. Yo me acostumbré a usarlos y ya no puedo
pasarme sin ellos. Es curioso que me es difícil encontrar
alpargates suficientemente grandes. No acostumbro mirarle los pies
a la gente, pero existe unanimidad entre los observadores sobre que
esta es una tierra de pies bonitos, lo cual me imagino que quiere
decir que son pequeños. La mejor prueba que podría presentar al
respecto es que nunca me he medido unos alpargates que me quedaran
grandes, a pesar de que siempre que se ha presentado la ocasión he
podido usar las pantuflas que me han prestado distintos
caballeros.
Hay tres caminos a Ubaque, pero como a mí me gustan las vueltas
largas, con la venia del lector iremos por Choachí, pasando por El
Boquerón, en el que ya estuvimos mucho rato, y luego cruzaremos el
catión que se ve desde Monserrate. Exactamente a la salida del
Boquerón hay una venta y quien de allí se vuelva para mirar atrás
estará de acuerdo conmigo en que ningún camino ha atravesado jamás
un desfiladero más escarpado. Si estuviera a cien millas de Nueva
York en vez de a dos millas de distancia de Bogotá, sería una
atracción turística, pero aquí son muchas las bogotanas que no lo
conocen. En la Nueva Granada aprecian poco lo sublime, quizá por
tenerlo en tanta abundancia.
Seguimos ascendiendo continuamente por senderos que el uso
continuo ha gastado, a veces empinados, pero en largos trayectos
casi planos. En la boca del Boquerón dejamos el río San Francisco
que en ese sitio lo forman innumerables arroyos que vienen de todas
las direcciones. Pero ¡ qué camino tan solitario! Parece que
atravesara tierras que hubieran sido abandonadas, y con razón, por
no ser habitables para el hombre. En algunos lugares el camino se
bifurca en varios senderos, todos malos y que confluyen luego en un
callejón tan estrecho que es difícil que al lado del viajero pase
una pobre mujer con un enorme bulto de carbón sobre las espaldas,
cubierto de hojas de frailejón.
Y el ascenso continúa. Nos damos cuenta de lo que hemos avanzado
mirando las montañas que se elevan detrás de nosotros, y sobre todo
la iglesia de Monserrate, que ya no vemos destacarse contra el
cielo claro sino contra la sierra azul que se divisa al otro lado
de la Sabana. El frailejón empieza a ser más abundante y la
vegetación adquiere un colorido más opaco. Guadalupe también
desaparece de la vista, como también las montañas que sobriamente
dominan a Bogotá, con sus cimas rodeadas de nubes oscuras, mientras
la ciudad goza de un tiempo hermoso. Todas ellas se desdibujan y
por encima del pico más alto contemplamos la Sabana y mucho más
allá podríamos ver el Quindío si no lo taparan las nubes. Sin
embargo, seguimos subiendo.
Finalmente ganamos la última cumbre. Frente a nosotros se
extiende, muchas millas al oriente, una llanura ondulante y donde
ésta comienza se halla la primera casa que encontramos desde que
dejamos la venta a la salida del Boquerón. Pero ¡qué casa más
infeliz! Aparte de una pequeña parcela sembrada de papa y de
arracacha, no hay nada que aliente al espíritu del hombre. Al lado
de esto, Siberia debe ser un paraíso. Largo y desolado fue el
camino por el páramo de Choachí, y así y todo, no merece ese nombre
pues es demasiado bajo y caliente para ser un páramo. Vimos varias
casas y me cuentan que cuando hace mal tiempo los campesinos tienen
que quedarse encerrados.
Confieso que no logro explicarme porqué esta llanura es mucho
más fría que las llanuras africanas. El sol las ilumina con igual
intensidad, y el aire que es dos veces mas enrarecido no puede
desvanecer tan rápidamente el calor. Quizá se deba a que la
superficie está mucho más lejos del fuego interno de la tierra, que
es la fuente principal de calor, y que los rayos del sol
contribuyen mucho menos de lo que pensamos a calentar la
tierra.
La primera parte de la nieve que se derrite en la primavera es
la que está debajo de las capas superficiales y la tierra se
deshiela antes de que le den los rayos del sol. Así me imagino que
las aguas que descienden de nieves perpetuas proceden también de
esas capas inferiores de nieve. Sin embargo, no es extraño que la
temperatura de los sitios más bajos en la Nueva Granada sea menor
de la que les correspondería por su elevación o, si ustedes
prefieren, por el espesor de la capa terrestre sobre la cual están
situados. Las brisas que refrescan el rincón de Vijes proceden del
oriente y veinte minutos antes están en sitios altísimos y helados.
Pero si el viento sopla del oriente, es posible que haya pasado
durante dos horas por regiones calientes y ya no sea tan frío; y si
viene del sur, será todavía más caliente. Pero difícilmente llega
una ráfaga del norte que no haya estado jugando un rato antes en
algún picacho cubierto de escarcha. Por esta razón el que quiera
conocer un ejemplo típico de lo que es el clima en la zona tórrida
no deberá buscarlo en la Nueva Granada, y creo que debido a estas
circunstancias muchas plantas tropicales no podrían vivir aquí sino
en invernaderos. Por último, ellas explican porqué razón los
granadinos no saben lo que es una noche verdaderamente
calurosa.
Pero esta charla, aceptable para los lectores que están
soportando estaciones caniculares, es tema demasiado frío para
proseguirlo en el páramo de Choachí; así que apresurémonos. Al
frente de nosotros se elevan unos picos que me gustaría escalar
pero que la falta de tiempo y la prudencia me lo impiden. Si de
pronto el páramo “se pusiera bravo”, mal lo pasaríamos y
mal comeríamos aun en el caso de que lográramos llegar a una de
esas chozas desoladas, sin ventanas y sin chimenea. ¡Qué silencioso
es el páramo! No hay pájaros, no hay insectos, y quizá debido a la
atmósfera rarificada no se oye el murmullo de los arroyos. Bebí el
agua helada inclinándome en un puente natural formado por una
piedra plana sobre un riachuelo tributario del Orinoco. A una hora
de camino cruzamos la vertiente y recuerdo el trabajo que me dio
descubrir la palabra hoya que utilizan aquí para expresar cuenca
hidrográfica, pues parece que a la gente inteligente no se le ha
ocurrido idear otra mejor.
Todos los arbustos en estas alturas son singulares, pero vi uno
que me llamó especialmente la atención pues tiene hojas tan grandes
como las del manzano, blancas por debajo y con un sabor acre. Es el
conocidísimo
|Drymis Winteri, que aquí no utilizan mucho como
remedio y que como lo llaman canelo, lo confunden con el árbol de
la canela, pero este es mucho más agradable y no tiene el sabor
fuerte del canelo granadino.
Estábamos acercándonos al límite oriental del páramo y quedé
asombrado de lo ancha que es la cima de la montaña, lo cual es
normal en toda la cordillera de Bogotá. En ella, al norte están
situadas provincias enteras, y en las de Vélez, Socorro, Tunja,
Tundama y Pamplona son muy pocas las ciudades importantes
localizadas en tierras donde se da la caña.
Las cumbres de esta cordillera son el jardín de la Nueva Granada
y de toda Sur América. En ninguna parte de América, excepto en
algunos lugares de los Estados Unidos, hay una población tan densa
como la que habita en este mar de montañas. Lo único que le falta
para ser una de las mejores razas de la tierra es educación
adecuada. Es proverbial el ánimo emprendedor de los socorranos, y
todos los habitantes de las tierras frías son de suyo muy
trabajadores.
La naturaleza ha sido también pródiga con las riquezas
minerales. Al norte de la Sabana están las minas de sal de
Zipaquirá y un poco más allá, en Pacho, las de hierro. Todas las
esmeraldas del mundo provienen de Muzo y Somondoco. Al norte de
Muzo está la mina de cobre de Moniquirá, y por último, para no
mencionar el estaño, el plomo y el azufre, que no se explotan
sistemáticamente, están los yacimientos auríferos de Piedecuesta.
Pero el más valioso de los depósitos minerales es el carbón, y
aunque en la Nueva Granada quizá sea menos abundante que en
Inglaterra o en Pensilvania, dadas las actuales necesidades del
país, es prácticamente inagotable.
En el límite oriental de la cordillera se encuentran muchas
crucesitas que posiblemente las personas que sobrevivieron al
ascenso colocaron en acción de gracias o quizá otras que buscaban
la protección del cielo para llegar abajo sin ningún hueso roto.
Pero cualquiera que espere contemplar desde aquí los llanos sin
límites del Orinoco quedará decepcionado porque este sitio está más
o menos a la mitad del camino entre ellos y el Magdalena, así que
lo que se contempla desde este sitio es un abismo insondable, y más
allá montañas que se elevan nuevamente, una tras otra, de tal
manera que a simple vista es imposible saber que ya se ha cruzado
la parte más alta de la cordillera.
¿Cómo se llaman estas montañas? ¿Quiénes las habitan? ¿Qué
poblaciones hay a sus pies? Ninguna tiene nombre y todas son
inutilizables para el hombre. En la base de las montañas hay unas
trochas horribles que los viajeros no transitan. Casi la mitad de
las aguas de la Nueva Granada desembocan en el Orinoco y en el
Amazonas, pero de los 2.243.730 habitantes del censo de 1851,
únicamente 51.072 viven en esta región y en las tierras frías que
desaguan en el Magdalena. De estos, 28.873 están en los cantones de
San Martín y Cáqueza de la provincia de Bogotá, que es la
principal, un imperio que se extiende del Magdalena al Orinoco;
18.523 en la provincia de Casanare y 3.676 en los vastos
territorios de San Martín y Mocoa, cuyos límites la ley todavía no
ha demarcado.
Y en todo este inmenso espacio no hay más que siete oficinas de
correo. Aquí tenemos, pues, un mundo del futuro, habitado
únicamente en la periferia por algunos indios civilizados. Cáqueza,
a un día de viaje desde Bogotá (25 millas), es lo más lejos a que
llega la mayoría de la gente, y hasta allí hay poblamiento, aunque
muy escaso; pero pasando Cáqueza reina la soledad
absoluta.
Cabalgando en un sillón
Haciendo una pausa antes de empezar el descenso miremos el grupo
que acaba de aparecer en la hondonada y que se ha detenido para
ponerse ropa apropiada al clima por donde va a pasar. Si se
desenvolviera como a una momia al personaje principal, a quien el
observador desprevenido podría considerar como un bulto puesto de
cualquier manera sobre la mula, resultaría ser una dama bogotana
bastante elegante, cuya condición actual no es la más apropiada
para dedicarse al alpinismo. Poreso tuvo que hacer esta
excursión sentada en un sillón, montura parecida a las usadas en
Turquía y en Europa, pero que no son nada seguras ni aconsejables,
a menos que la señora sea totalmente incapaz de montar a
caballo.
Como pueden ver, los pies quedan al lado contrario del que
quedarían en una silla de montar de señora. El sillón, de cuero
rojo con adornos de plata, está lo suficientemente bien acolchonado
para ser cómodo cuando la bestia va al paso de un buey, pero para
esta es más incómodo que una montura ordinaria. Detrás viene a
caballo el marido con el primogénito en brazos. Pero el personaje
que más me intriga es el hombre a pie. Obviamente no es indio y el
sombrero es el de un caballero; pero el bulto que carga, los
pantalones enrollados y las alpargatas, indican que está afrontando
circunstancias a las que no está acostumbrado. Mi explicación no es
muy caritativa y quizá sea errada, pero me imagino que los tres
viajaron a Choachí o a Ubaque a veranear y jugaron y perdieron todo
el dinero. Habían ido en cuatro mulas alquiladas y con un carguero
para el niño, pero al regreso tuvieron que recortar gastos y dejar
parte del equipaje para subirlo en otra ocasión y empeñar la otra
silla. Esta historia explicaría toda la escena.
Una diferencia de cien pies en la altitud produce cambios
considerables en la vegetación. Más abajo encontré una planta
maravillosa que al principio se me pareció a la madreselva, pero
con flores de color escarlata de tres pulgadas de largo y que
resultó ser un arbusto que crece ocho pies, el
|Loranthus. En
otra ocasión al oriente del Boquerón encontré una especie más
bajita, la
|L. Mutisii, que tiene flores de seis pulgadas de
largo, y también he visto otra con flores amarillas más pequeñas.
En ese mismo sitio crece un arbusto melastomáceo bellísimo y más
adelante me entusiasmé por las flores de unos árboles altos de ese
orden, pero todos mis esfuerzos por cogerlas fueron inútiles.
Karsten y Triana presentaron esta especie como
|Codazzia
rosea. En ese lugar cogí una flor amarilla, una
|Loasa
que no sabía que pica como si fuera una avispa.
Poco antes de entrar al bosque me detuve en una venta con unos
campesinos que había encontrado en el camino. Sacaron algunas
provisiones de las mochilas y se pusieron a almorzar. Uno de ellos
me ofreció tímidamente un pedazo de chicharrón, bocado muy
apetecido, pero lo rechacé, aduciendo que no tenía nada de
hambre.
Al pie del cerro estuve en un manantial de aguas termales
azufradas, las que llevaban por una acequia hasta una caseta para
bañarse y por otra conducían agua fría para reducir hasta un punto
soportable la temperatura de las primeras. De la fuente se escapa
mucho gas que parece ser ácido carbónico. Desafortunadamente no
había llevado termómetro, pero las aguas parecían lo bastante
calientes como para cocinar huevos. Es curioso que estas aguas
termales no sean más conocidas y visitadas, quizá porque a los
bogotanos les gusta bañarse en agua helada y más que calentar el
agua prefieren enfriarla.
En la Sabana de Bogotá hay fuentes termales que me hubiera
gustado conocer, pero solo supe de ellas cuando ya me iba a ir. Las
de Tabio, a unas veinte millas al norte de Bogotá, tienen una
temperatura de 114ºF. mientras que cerca corre una quebrada cuyas
aguas tienen una temperatura de 53º También hay otras en Suba, a
diez o quince millas al norte de la capital.
Desde la fuente, que queda un poco fuera del camino, seguí hacia
el sur, a Choachí. Este es un pueblito situado en una planicie en
la ladera y a una milla o más del riachuelo que ruge al pie de la
montaña. Las riberas del río están densamente pobladas de indios y
en toda la región no había visto tantos cultivos como aquí.
Contemplar el paisaje de la tierra cultivada me produjo un placer
increíble. El distrito de Choachí cuenta con 4.691 habitantes, y
Ubaque, que está un poco más adelante, tiene 3.399, mientras que el
distrito de Fómeque, al otro lado del río, 6.645. La proporción de
sangre blanca en toda esta población es muy
reducida.
Una medida legal de carácter benévolo hizo que estas tierras
quedaran en manos de los indios, impidiéndoles que las vendieran,
excepto bajo ciertas condiciones; pero al difundirse la idea de
libertad, se vio que no era democrático restringir la libertad
individual. Varias legislaturas provinciales están estudiando ahora
este asunto; en algunas provincias la tierra de los resguardos solo
se puede vender en subasta pública, pero en otras cualquier persona
que logre convencer a uno de estos indios ignorantes de que le
venda la parcela, la puede comprar, por
|más barato que sea
el precio. Me duele saber que muchos han vendido sus tierras. Uno
de los más acuciosos compradores de tierras de resguardos es el
cura de Choachí, quien es hoy dueño de una extensión que antes
ocupaba una veintena de familias.
Hablando con uno de los fieles de la parroquia, le pregunté por
pura maldad cómo era la moza del cura, y el muy simple, sin
sorprenderse nada por la pregunta, me dijo que muy bonita. Sin
embargo, me parece que es de Choachí de donde cuentan la historia
de un simpático truco en el confesionario. Un indio se fue a
confesar y en una cruz que había junto al camino dejó a su
compañera diciéndole que lo esperara allí. El párroco, que odiaba
el concubinato porque le disminuía las entradas por concepto de
derechos de matrimonio, le preguntó:
“¿Estás casado?”.
“No señor”.
“¿Vives con una mujer?”.
“He vivido con una, señor, pero la dejé en la
cruz”.
El cura entendió que la cruz se refería a la fiesta de la Santa
Cruz, que había ocurrido hacía mucho tiempo, y entonces resolvió
que el pasado, pasado era, y José se escapó con una penitencia
leve. Arreglado el asunto a mutua satisfacción del cura y del
penitente, este regresó a la cruz, recogió la compañera y juntos se
fueron a casa.
Choachí dista mucho de ser un pueblo bonito. Las casas son de un
piso y tienen techo de paja; las pocas claustradas parecen más bien
cuatro chozas seguidas. La plaza es pequeña y a mí me gustaría
mucho más vivir en la cuesta del frente. Sin embargo, la vecindad
de las fuentes termales y otras razones le dan un aire de
veraneadero.
El grabado de la página anterior enseña la mejor muestra de las
costumbres y de los trajes europeos que he visto hasta ahora, pero
parece inverosímil que todos los seis personajes, vestidos con ropa
exclusivamente importada, se hayan encontrado el mismo día en
Choachí. Es tanto el cuidado que han puesto para eliminar cualquier
detalle autóctono en el vestido, que no es difícil pensar que
también los importaron a ellos empacados en aserrín.
Para mí tienen mucho más interés las dos figuras de los indios.
La mujer está vendiendo granadillas y se encuentra sentada al lado
de la jaula vacía que utiliza para vender gallinas. La forma como
lleva la mantellina, suelta en la espalda, muestra que es una
reinosa o habitante de tierra fría. Al principio el Nuevo Reino de
Granada no incluía las costas, y por eso hoy les dicen reinosos a
los habitantes del interior del país, y calentanos a los que viven
en tierra caliente. Pero la persona del grabado que más me llama la
atención es el muchacho que va de Fómeque a Bogotá para vender aves
y otros artículos, que protege con una piel de cabra, también para
la venta. Se ha quitado el sombrero para saludar a los señores
importantes con un
|Sacramento del altar, pero ellos están
tan ocupados examinando las granadillas que ni siquiera se dan
cuenta de su existencia.
El muchacho lleva un pañuelo amarrado en la cabeza, y una camisa
y una ruana pesada le protegen el cuerpo. Debajo de los zamarros
cortos posiblemente lleva unos calzones más cortos todavía, de
manera que los tobillos y el empeine quedan expuestos a todos los
peligros. Únicamente la planta del pie está protegida por las
albarcas de cuero, que son muy inferiores a los alpargates, excepto
cuando se camina en el barro. Por lo general las albarcas no se
amarran tan bien como se ve en el grabado, comúnmente tienen un
lazo para meter el dedo gordo y con otro las atan en el
talón.
En Choachí dejé el camino principal y subí por los sembrados
hasta que empecé a sentir bastante frío, y para que me indicaran el
camino me detuve en un rancho con techo de dos aguas y el costado
norte completamente abierto. Adentro un grupo alegre de indiecitas
trabajaba al parecer preparando hojas de fourcroya, planta que debo
describir porque es muy importante. En inglés la llaman
|aloe
y
|century plant, pero esta última no es un Aloe sino el
|Agave Americana y la fourcroya no es ni Aloe ni Agave. Como
el Agave, la fourcroya crece lentamente, tiene hojas de tres a
cuatro pies de largo, cinco pulgadas de ancho y media pulgada de
grueso. Después de vegetar durante años produce un bohordo de diez
a veinte pies de altura, del cual brotan flores y bulbos y luego
muere la planta. Aquí se conoce como maguey, cabuya o
fique.
El meollo del bohordo, que a veces tiene seis pulgadas de
diámetro, se utiliza como yesca después de que chamuscan las puntas
de las fibras. De las hojas se extrae una fibra parecida a la que
se conoce como cáñamo de Manila, para lo cual dividen las hojas y
luego con dos palos duros y bien apretados en un mango, van
raspando por ambos lados la epidermis y la parénquima hasta no
dejar más que las fibras, que son del largo de la hoja. En la
manufactura de la pita no utilizan ningún otro aparato. Después
retuercen las fibras para hacer cuerdas y lazos, las tejen para
fabricar guambías, mochilas y talegas, o las trenzan para hacer
alpargates. Si hubiera mayor demanda de fique en el mercado podría
sembrarse en grandes cantidades en las lomas secas que actualmente
solo sirven como potreros. Me imagino que la fibra se podría sacar
pasando la hoja solo una vez por entre un par de rodillos de hierro
que quedaran muy cerca el uno del otro.
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