INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
LA PRISIÓN, EL HOSPITAL Y LA TUMBA
 

 

Guadalupe — El santo derrotado — El Boquerón y las bañistas — La imagen milagrosa — La leñadora y su hijo — Polvorín y depósito de armas — Soldados — Cementerios — Día de difuntos — Cementerio de pobres — El gallinazo — El hospital — Doctores y boticarios — La cárcel provincial.


 

Mi buen amigo el doctor Pacho, quien me había mostrado dónde podía nadar pero que no me dijo en cuál momento hacerlo, me propuso, cuando me estaba recuperando de la enfermedad que ya les mencioné, que hiciéramos una excursión corta el día siguiente, y yo acepté aunque todavía me sentía débil.

Me desayuné temprano y pronto llegamos al sitio llamado Agua Nueva, más arriba de la ciudad, donde en el plano se ve la línea punteada que parte del extremo oriental de la calle que pasa por la catedral y señala una vía aceptable que conduce al Boquerón. La cruzamos y empezamos a subir exactamente detrás de la ciudad y al sur del Boquerón.

Al borde de una loma llegamos hasta donde estaban los cimientos de una iglesia que construyeron, según cuentan, cuando un terremoto destruyó otra que había más arriba, lanzando hasta aquí abajo la imagen sagrada que adoraban allí, pero que retornó milagrosamente a las ruinas la noche siguiente. Entonces los fieles decidieron construir una nueva iglesia en este sitio, pero el proyecto fracasó y la pobre imagen tuvo que contentarse con un alojamiento más modesto en la de San Juan de Dios, de donde hasta ahora no ha tratado de escapar.

Continuamos subiendo, a menudo por profundos callejones, hasta que por fin volvimos a ver el horizonte y a Monserrate, inclusive la Sabana que se extiende al norte de la ciudad. Por último llegamos a las ruinas de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en un tiempo más espléndida que la de Monserrate. Escalando los muros derruidos me encontré en la mayor altura a que había llegado nunca, a 11.039 pies. Recordé el Monte Washington, con su base a nivel del mar, y pensé que si estuviera abajo, al lado de esta montaña, apenas podría entrever su cima.

Desde este punto, mi amigo, que nunca perdía oportunidad de complicar la vida, propuso que bajáramos por el noreste hacia la ciudad, pasando por el Boquerón. En realidad, estaba convencido de que ese era el camino más corto de regreso. Bajamos tanto y tan rápidamente, que ya no había forma de regresar, y tuvimos que continuar por una ladera llena de malezas y sin rastros de trocha. Afortunadamente la gravedad obra milagros cuando uno confía en ella y lo increíble es que llegamos al pie del cerro ayudados por la buena suerte, algo de destreza y sin haber perdido un pañuelo. Me esperaba la prueba de pasar el Boquerón sin mojarme los pies, porque como todavía no estaba aclimatado, eso me habría costado una recaída. Pero el paisaje que nos rodeaba es el más agreste y magnífico que recuerdo haber visto. Por más de una milla los desfiladeros son tan escarpados que no se puede pensar en escalarlos y la hondonada es demasiado estrecha para construir una carretera.

Exvotos

A través de esta estrecha garganta llega gran parte de las provisiones que se consumen en Bogotá, cargadas sobre los hombros de hombres y mujeres y sobre los lomos de bueyes. A todas horas del día y en especial muy temprano el viernes por la mañana, fluyen por la hondonada leña, carbón, trigo, aves, trementina de frailejón en los recipientes de hojas y hasta plátanos de las regiones más cálidas que hay al otro lado de las montañas.

Crucé y volví a cruzar la quebrada varias veces, con el peligro de darme una zambullida completa en mis esfuerzos por no mojarme los pies, pero todavía me faltaba cruzarla otra vez antes de salir del Boquerón, y en ese punto encontré una dificultad completamente nueva. No se podía cruzar la quebrada por el punto hasta donde llegaba el camino, porque al otro lado había una roca inescalable, y por la misma orilla había una trocha que pasaba por un charco donde se estaban bañando unas niñas. Por el color de la piel se veía claramente que no eran de casta plebeya y me contaron que estaban bajo la vigilancia de una profesora. Para mí es un misterio cómo estas náyades podían sobrevivir en esa agua helada, donde yo no me atrevía ni a meter el pie, pero allí estaban ellas felices. Para pasar el grupo tuve que dar un rodeo y al fin salí del Boquerón cuando empezaba a llover. En la época de lluvias, llueve todas las tardes, pero me demoré mucho para convencerme de eso y mis amigos parecían olvidarlo porque siempre los sorprendía un aguacero.

Nos refugiamos en una venta donde los campesinos que van al mercado tienen la tendencia a gastar dinero en exceso y a tomar demasiada chicha, seguimos a la sala desolada y vacía y en el poyo de adobe que bordeaba la pieza nos sentamos a ver llover. Al otro lado del patio había dos chozas más de tierra pisada. Los postes del corredor eran troncos de palo bobo (helecho de árbol) que tienen una curiosa forma y consistencia rugosa.

En ese sitio vi una lombriz gigantesca, tan grande que hubiera servido de carnada para pescar ballenas. Pero no es necesario utilizar hipérboles, basta decir que tenía aproximadamente las dos terceras partes de una pulgada de diámetro y ocho o diez pulgadas de largo.

A eso de las tres había dejado de llover y el doctor consideró que ya había hecho todo el ejercicio y soportado todo el ayuno que convenían a mi precaria salud y aceptó mi sugerencia de que regresáramos a almorzar.

En otra ocasión hicimos una expedición parecida, solo que esa vez dejamos a la izquierda el cerro de Guadalupe. Pasamos al pie de la montaña junto a la iglesia de Egipto, llamada así,no sé si debido a la oscuridad de su interior o a la servidumbre de los fieles, en todo caso, por esas razones más de una iglesia merecería llevar ese nombre.

Dejando atrás las goteras de la ciudad, subimos hasta la iglesita de La Peña, donde están las estatuas milagrosas de la Sagrada Familia y la imagen de un ángel que lleva la custodia donde se guarda la hostia consagrada. Son las imágenes más veneradas que vi en la Nueva Granada. Cuentan que un indio las encontró en un pico casi inaccesible de la montaña, esculpidas en la roca. Desde ese sitio las bajaron con cuerdas e inmenso trabajo, sin separarlas de la base, y construyeron un templo destinado a adorarlas. Le dieron una mano de pintura a la obra divina, vistieron las imágenes llamativamente y las colocaron en el camarín, donde siguen haciendo milagros, tal como lo atestiguan los exvotos de brazos, piernas, ojos, etc., además de cuadros relativos a las distintas catástrofes que sobrevivieron los devotos que imploraron ayuda a La Señora de La Peña.

En la figura que anexamos se puede ver la forma como lucirían los exvotos si no estuvieran tan amontonados, tapando los unos a los otros, además el artista que hizo el grabado superó el estilo de las obras reales. El estilo de los cuadros es muy semejante o quizá peor y en ellos se relata toda clase de incidentes y de accidentes. Por ejemplo, hay uno de una señora que estaba subiendo a Monserrate a caballo y este se fue loma abajo dando volteretas con ella encima, pero la señora no se mató debido a la intervención de esta imagen de piedra. Otra señora que pasaba cerca a la plaza de San Victorino un día que celebraban allí unas corridas, la tumbó el toro y, según el cuadro, debió ser un espectáculo divertido pero muy peligroso, que gracias a la Virgen de La Peña no tuvo consecuencias fatales.

De la iglesia seguimos el camino escarpado que va hacia el suroeste hasta un pantano en las montañas, y de allí por una trocha muy gastada a lo largo de la serranía, llegamos a un sitio donde había una choza cubierta de yerba y dos potreros insignificantes y pobrísimos, donde un hombre, su mujer y sus dos hijos armaban atados de leña para llevar a la ciudad. Desde allí bajamos por el sur y llegamos a un camino a trechos empedrado, que va a la orilla del río Fucha.

Siguiendo por ese camino y cerca a una zanja profunda, vi una escena que no olvidaré en mucho tiempo. Una muchacha que parecía tener quince años, aunque quizá fuera mayor, y con un haz enorme de leña a la espalda, bajaba ágilmente la cuesta, con paso rápido y seguro. En la mano derecha llevaba el cayado que siempre acompaña al campesino de estas tierras, y en el brazo izquierdo cargaba el hijo que desprevenidamente se nutría de la fuente viva. ¡Ah!, mujer, ¡cuán diferentes y universales son las injusticias que soportas! Es posible que el padre de esa criatura haya sido algún cura de aldea, rodeado de lujo vulgar, sin más preocupación que celebrar algunas ceremonias prescritas a horas prescritas, sin angustias, sin responsabilidades, sin esfuerzos, en otras palabras, sin nada que hacer fuera de “alimentarse, reproducirse y pudrirse”. En cambio ella, muy probablemente vive en una choza de barro, de siete pies de largo, seis de ancho y cinco desde el alero hasta el piso, y lucha por sostenerse y alimentar al hijo, recogiendo chamizos en la vecindad de su pocilga, para llevarlos luego, junto con el niño, a una distancia de siete o doce millas y venderlas por quince centavos.

Cerca a ese sitio cogí la fruta de un arbusto curioso, la |Coriaria, con flores tan diminutas que si no fuera porque son muy numerosas y dan la impresión de crecer en las hojas, ni siquiera se notarían. Lo raro es que cuando llega el momento de acabarse las flores, los pétalos en vez de caerse empiezan a |crecer y a llenarse de jugo de color rojo profundo, casi negro, y se apeñuscan tanto que la forma redonda original se vuelve angular, y oculta por completo la pequeña cápsula parecida a una mora. Allí encontré por primera vez en Sur América una planta de muérdago que crecía adherida a un arbusto.

El camino a Bogotá no bordea muy de cerca el río Fucha sino que sube por la loma, mientras que éste entra a la Sabana por una garganta. En esta última vi una figura enorme de San Cristóbal con el niño a las espaldas pintada en una roca inclinada sobre el río y se tenía la impresión de que el santo iba a vadearlo. En la mano llevaba una palma como cayado. De San Cristóbal desafortunadamente no sé más que lo que se infiere por la etimología del nombre (en inglés Christopher, del latín |ferre, llevar). Me pregunto si fue su madre la que le dio ese nombre cuando niño, y cuántas veces, ya maduro, tuvo el honor de cargar al Divino Niño sobre los hombros. Pero me imagino que es inútil preguntar.

Un poco más adelante nadé por primera vez en el clima helado de Bogotá; no estuve más que un momento en el agua y según el doctor Bayón “me di un baño de gato”, pero me costó estar enfermo durante quince días. Nunca dejará de sorprenderme cómo los “curtidos habitantes” de la Sabana gozan bañándose en estas aguas congeladas y cómo sumergen en ellas, deliberadamente, a niños muy pequeños.

Las excursiones que hice a la Sabana fueron pocas y menos interesantes. En una de ellas vine a un sitio algo más abajo de este punto, pasando por potreros rodeados de cercas de adobe protegidas con tejas y portones también con techo de teja. Para el botánico o el cazador no puede existir una cerca más detestable, porque no se puede pensar en escalarla y cuando se necesita un portón, no se encuentra ninguno. Ese día salimos por el sur y llegamos a un molino donde compran el trigo y lo convierten en harina de calidad semejante a la de segunda o tercera entre nosotros. Pero como la harina americana extrafina sufre mucho en el largo viaje por el trópico, cuando llega aquí no es mejor que ésta.

Al pie del canal que sale del Fucha está el edificio de la fábrica de pólvora, abandonada ya por el gobierno y la serrería está para la venta. Vista a la distancia y desde una loma parecía un establecimiento ordenado y bien dirigido, pero no tuve oportunidad de visitarlo.

En las riberas del Fucha se encuentra el polvorín, que es un edificio solitario, custodiado por soldados y con un corredor protegido por un muro alto que el río se ha llevado en parte. Los soldados estaban dormidos y ya me hallaba adentro cuando me di cuenta de que el lugar deberla tener guardia. En el corredor había un niñito acostado en una hamaca cerca a los fusiles y en el fogón contra el muro del polvorín se estaba cocinando el almuerzo. Cerca al edificio solitario nos encontramos con la madre del niño.

A poca distancia vi un pelotón de soldados lavando ropa en el río, vigilados por centinelas. Había algunas mujeres lavando, pero me sorprendió que fueran tan pocas, porque en los ejércitos en marcha van más mujeres que soldados; al menos eso es lo que me cuentan, y me aseguran que los oficiales las ayudan muy comedidamente por el camino y a pasar los ríos.

Los soldados granadinos son más bajitos que el resto de la población. Yo no soy alto y sin embargo puedo mirar por encima de una fila de soldados y ver todas las cabezas. La primera vez que me di cuenta de lo pequeños que son los indígenas fue en una iglesia llena de gente. Para mí, que estaba acostumbrado a perderme entre la multitud, fue una experiencia nueva ver que mi cabeza sobresalía de la del resto de la gente. A menudo me ha disgustado profundamente la conducta descarada que tiene la hez de los americanos en los países hispánicos, pero cuando veo estos soldados, no me sorprende que algunos compatriotas sientan deseos de buscarles camorra para divertirse un poco. Uno de los oficiales que vi era de pura raza africana.

Con la venia del lector, le presento dos ejemplos de esta clase desafortunada y con tan poco prestigio. El más alto de los dos es uno de los Lanceros del Presidente y el otro un soldado de infantería. El uniforme de ambos se parece al de los soldados yanquis, excepto por los alpargates que les cubren parcialmente los pies. Si se piensa que el más alto de los dos es relativamente bajito y tan insolente como cualquier soldado de caballería, no es extraño que algún “caballeroso” hijo de la Unión sienta la tentación de “ponerlo en su sitio”.

Los alrededores del Fucha son una combinación de llano y loma, pero al occidente el terreno es completamente plano y en esta época del año casi todo se inunda. La diferencia con las praderas norteamericanas es que estas tienen límites bajos porque los forman ríos que corren a nivel inferior, mientras que aquí los límites son los cerros y el río está al mismo nivel que elde la Sabana, pero tanto en las praderas como en la Sabana la parte central es por lo general más húmeda.

Soldado de infantería y lancero

Desde los cerros se puede ver el cementerio principal (a), orgullo de los bogotanos, situado en el extremo nororiental de la ciudad, aproximadamente en un acre de terreno, de forma elíptica, rodeado por un muro alto y con una capilla al fondo. Lo visité precisamente después del día de Todos los Santos, el 2 de noviembre, la época en que durante varios lunes sucesivos la gente guarda luto por sus muertos, para olvidarse de ellos el resto del año. Al pasar, me crucé con muchísimas personas enlutadas que conversaban y reían alegremente mientras entraban y salían de la última morada de todos los seres humanos.

A los granadinos no les gusta la idea de construir cementerios en zonas rurales, y por eso no buscan localizarlos en sitios amplios y parajes románticos. Consideran que los monumentos mismos deben conservarse, pero como no creen que los huesos sean sagrados, no les importa que la tierra esté repleta de restos mientras en la superficie haya espacio para los monumentos. De aquí que el panteón o cementerio granadino esté concentrado en un espacio relativamente pequeño y que coloquen a los muertos en bóvedas parecidas a hornos. Los muros del cementerio de Bogotá están llenos de bóvedas, colocadas una al lado de la otra, en dos o tres hileras que se atienden a todo el rededor del muro elíptico, excepto en el espacio que queda frente a la entrada donde está la capilla, indispensable en todo cementerio granadino. El techo que cubre los muros se proyecta sobre el corredor que hay al frente de las bóvedas para proteger al visitante del sol y de la lluvia mientras contempla las pinturas e inscripciones sobre las placas de cobre, en óleo o acuarela, o esculpidas en mármol o en una bellísima piedra rosada que no resistiría una helada de las zonas templadas. Pero muchas bóvedas quedan tal como las dejaron cuando enterraron al muerto, con solo el nombre y fecha de defunción escritos con un palo sobre el cemento fresco.

Ese día estaban celebrando una serie de misas con la compasiva intención de rescatar a los difuntos que pudieran encontrarse hacía mucho tiempo sufriendo circunstancias desagradables en el otro mundo. La capilla estaba llena de fieles, pero afuera había también mucha gente, moviéndose de tumba en tumba con uno o dos sacerdotes, que cantaban y rociaban agua bendita en cada tumba.

El precio de una bóveda es de $ 8, con derecho a usarla diez años, al cabo de los cuales se sacan los huesos sin ningún gasto o costo adicional para los deudos. Las tumbas en la tierra son más baratas y mientras no necesiten el espacio, no sacan los restos; además, a diferencia de las bóvedas, se puede comprar a perpetuidad el derecho a una tumba en la tierra.

Estaba saliendo del cementerio cuando me encontré con cuatro hombres que llevaban un ataúd y caminaban tan rápido que el cadáver se movía de un lado al otro en el féretro y le pude ver las manos enlazadas y la cara descubierta. Era una mujer de edad con vestido de franela blanca. Cuando llegaron a la tumba la encontraron llena de agua. Siguió una pausa porque unos estaban de acuerdo en tirar el cadáver dentro del agua mientrasotros eran partidarios de sacar primero el agua, hasta que unos hombres que estaban cavando otra tumba vecina resolvieron ayudar y torpemente, dejando descubierto el cadáver en forma ofensiva, lo depositaron en la tumba. Entonces un muchacho le tiró una manotada de barro que golpeó el cuerpo con un ruido sordo, haciéndolo estremecer, rasgándole el vestido y dejando ver la manito y la cara de un niño de meses que habían escondido entre la ropa de la mujer. Me estremecí ante el espectáculo, pero me quedé viendo cómo les tiraban terrón sobre terrón hasta que lentamente la impresionante escena se termino.

Había una docena de sacerdotes en el cementerio mientras enterraban estos dos cadáveres como si hubieran sido los de dos animales, pero ninguno se acercó a la tumba. Me fui profundamente deprimido y como nunca con el deseo de vivir lo suficiente para llegar a mi patria.

El cementerio de los pobres está situado al occidente en una parte muy húmeda de la Sabana. Ningún bogotano quería que lo viera porque en realidad es un lugar espantoso. El camino que conduce al cementerio tiene una cerca de palos amarrados a postes con cuerdas de cuero, pero la del cementerio es de tapia y teja. Adentro se ven huesos y hasta varias calaveras regados por el suelo, y en el muro había uno de esos sucios animales, el chulo o gallinazo |(Vultur Jota) emparentado con nuestro aura, esperando picotear carne cristiana, que aunque estaba fuera de su alcance sí se podía oler.

Generalmente los límites del hábitat del gallinazo están antes de subir a la Sabana, pero parece que Bogotá es la excepción por ser relativamente más caliente que el resto de la planicie. En la ciudad se ven muchísimos buscando comida en los basureros, o parados en los techos y abriendo las alas fuliginosas en una posición peculiar que hace decir a la gente que están rezando en cruz, como los devotos en la iglesia de La Tercera. El rey de los gallinazos, el Vultur, papa de los buitres, es un pájaro distinto y no gregario como el gallinazo. Los gallinazos, ya sea por respeto o por prudencia, se hacen a un lado cuando éste llega al banquete y dejan todo para él hasta que se sacie de comer. Pero en general no creo que el gallinazo, con toda su falta de gracia, sea tan sucio como el buitre norteamericano, el Vultur Aura, con sus plumas repugnantes y que cuando ha comido tanto que no puede escapar, tiene la desvergüenza de vomitar sobre el cazador la porquería que ha engullido.

A la mitad del camino que va al cerro por detrás de la ciudad, y cerca a un horno donde queman ladrillos, utilizando como leña ramas más delgadas que las del avellano, se encuentra el sitio donde entierran a los suicidas y, según dicen, a algunos malhechores. Se los entierra como animales y con ellos perece también su recuerdo. Sin embargo, la pobre mujer que vive en un rancho cercano no se atreve a salir de noche, ¡como si las miserables paredes de su vivienda, que ni siquiera detienen el viento, pudieran defenderla de fantasmas! Y ya que estamos tratando el tema de la muerte, anotemos también que el uso de ataúdes en la Nueva Granada es relativamente nuevo, pero aunque la costumbre se está generalizando, son todavía muy caros. Cuatro presos vigilados por soldados con fusiles cargados llevan a los pobres a su última morada. Creo que sería conveniente construir bóvedas en nuestros cementerios.

Pasar del tema de la |tumba al del |médico es simplemente retroceder un paso, pero quiero que quede muy claro que lo hago sin el menor ánimo de faltarle al respeto a esa profesión o al doctor Merizalde. No conozco a nadie más sencillo que este médico tan piadoso y tan respetable. Su biblioteca privada es la más interesante que he conocido en el país y digna de una descripción más detallada de la que el espacio me permite hacer. Esta biblioteca contiene muchos libros raros, algunos de los cuales cuentan doscientos años y otros son copias de libros que se han perdido en Europa debido a que la prolífica producción de las casas editoriales hace que se olviden los más viejos o a causa del uso continuado y excesivo de los volúmenes. Pero los libros que llegan a la colección del doctor Merizalde no corren esa clase de peligros. Y a propósito, el cazador de libros raros encontraría un campo muy abundante en las viejas bibliotecas de la Nueva Granada.

El doctor Merizalde es el médico principal del hospital. Lo encontré allí muy de mañana, en las horas que dedica a su obra de amor. El bondadoso anciano va de cama en cama con la ternura de un padre y seguido por numerosos estudiantes. Me llamó la atención la cantidad de pacientes que vi con un bizcocho en la mano, hasta que observé que el doctor llevaba un pañuelo azul, amarrado en las cuatro puntas, donde cabían muchos ydel cual los sacaba sigilosamente para dárselos a los pacientes sin que nadie se diera cuenta.

El hospital es el antiguo convento de los Hermanos de San Juan de Dios. Cuando lo construyeron lo pusieron en manos de la comunidad como la mejor solución, pero la historia monástica de Bogotá ha sido horrible. La única orden que no ha dado motivos de escándalo y murmuraciones es la de los jesuitas. Dígase lo que se diga de estos ahora, no hay duda que en otras épocas fueron fieles al gobierno y que el primer destierro a que se los sometió fue medida cruel y equivocada, dictada por motivos diferentes a los religiosos. Pero los religiosos de San Juan de Dios, con espacio suficiente y la despensa llena, limitaron el número de pacientes que podían recibir, hasta que el Gobierno se vio obligado a suprimir la orden y a poner el hospital en manos de la gobernación provincial. Sin embargo, según entiendo, el hospital no recibe ningún auxilio de la tesorería de la Provincia.

El hospital está en malas condiciones; los cuartos son viejos, los ladrillos del piso están muy rajados y cada grieta es un depósito de mugre que posiblemente viene acumulándose allí desde el siglo pasado. Todo parece mal diseñado y necesitar una reforma completa, pero para eso se requerirían fondos que no creo vayan a estar disponibles en mucho tiempo. La cocina, sucia e ineficiente, no tiene ollas grandes para cocinar en gran escala, ni ningún aparato que haga más eficiente el trabajo. Parece como si se preparara individualmente la comida de cada paciente y da la impresión de que toda la instalación de ella fuera algo pasajero. El dispensario también está en un estado vergonzoso y tampoco podrá funcionar eficientemente sin una reforma a fondo. Posiblemente las medicinas sean de pésima calidad, ya que todo lo que las rodea lleva el sello del más completo abandono.

Las enfermedades, naturalmente, son diferentes a las que predominan entre nosotros. Hay muy poca tuberculosis; en realidad no recuerdo haber visto ni un solo caso; en cambio, la disentería es la primera en la corte de la muerte. En vano intenté conseguir estadísticas sobre el particular, pues no existen, y lo único que puedo hacer es presentar mi opinión de que aproximadamente una tercera parte de las muertes, si no la mitad, es causada por esa enfermedad. Me llamó la atención el número reducido de pacientes mentales, pero su situación es lamentable y creo que muy pocos se recuperan. El hospital no recibe sifilíticos y debe rechazar a muchos pacientes que buscan admisión por otras enfermedades. El doctor Merizalde me aseguro que si se desocupara el hospital y se lo dedicara únicamente a atender enfermos de sífilis, volvería a llenarse en un día.

Como es natural, en el viejo convento no faltan los cuadros ilustrativos de la vida del santo patrono. En uno de ellos vi dos diablos que lanzan a éste, como si fuera una pelota, del uno al otro. Y también observé el que describe Steuart, pero lo recuerdo muy distinto: en vez de un monje colgando a un hereje, me pareció que el diablo estaba estrangulando a un hombre con una soga o con la cola, y que el santo intervenía para salvar a la víctima. No importa mucho cuál de nosotros dos tenga la razón; solo me interesa dar esta interpretación más caritativa, pero si soy yo el equivocado, tanto peor para el diablo.

Hablando de cuadros noté uno que debo confesar me sorprendió mucho verlo colgado en la puerta de la iglesia, en una fiesta importante. En esas ocasiones es frecuente que presten cuadros y cualquier rostro de hombre o mujer se acepta inmediatamente como si fuera el de un santo. Pero al que me refiero no daba mucha cabida para despertar sentimientos piadosos porque representaba al monje Abelardo enamorando a Eloísa. Mencioné el incidente en casa y una señora que estaba de visita se mostró muy bien informada sobre esa vieja historia de amor, demasiado bien informada, según mi opinión.

No tengo una idea muy buena de la Escuela o Facultad de Medicina. Probablemente la mitad de la población nunca ha pagado honorarios médicos porque es mucho más barato dejarse morir. Los únicos médicos a quienes me atrevería a acudir en Bogotá serían el doctor Cheyne, un caballero escocés que se casó aquí hace muchos años, y uno o dos granadinos que estudiaron en París; pero afortunadamente nunca tuve necesidad de ir donde ninguno. Me cuentan que los bogotanos son muy renuentes a pagar honorarios altos a los médicos y me parece que fuera de las ciudades no hay ningún porvenir para el ejercicio de esta profesión. La asistencia médica no cubre ni una décima parte de la población y la mayoría, desde la cuna hasta la muerte, la desconoce totalmente.

En Bogotá hay cuatro o cinco boticas que parecen ser bastante buenas, aunque no tan llamativas como las mejores de Norte América, pero están bien manejadas y atienden bien a los clientes. La que conocí mejor fue la del doctor Lombana y estoy seguro que si la receta está formulada empleando las medidas que utilizan aquí, son capaces de despacharla correctamente. La forma más segura sería que toda receta se escribiera en granos de 77/100 granos, lo cual es un dato útil de recordar, el problema es que lo hagan. La diversidad de los idiomas de la tierra no es más desconcertante que la diversidad de pesas y medidas, y los granadinos las han cambiado con tanta frecuencia que las manejan sin ninguna seguridad. En estos momentos el sistema legal es el francés, el cual yo creo que debería universalizarse.

Algo que llama la atención es que aquí se utilizan los mismos remedios que en Norte América. Como no hay farmacéuticos, hasta la ipecacuana y la zarzaparrilla las traen de los Estados Unidos o Europa. La farmacopea es la española antigua, pero la mayoría de los libros médicos que se utilizan en la Nueva Granada están en francés, así que no se puede considerar como médico competente al profesional que solo sepa leer español.

Después de conocer el hospital lo natural es seguir con la cárcel. Fue una visita de la que hubiera querido excusarme, pero el jefe político ofreció acompañarme y como las cárceles son precisamente sitios sobre los que se debe decir la verdad, no pude negarme a la invitación. La prisión provincial está en la misma manzana donde funciona el Congreso y a menos de doscientos pies de la curul del Presidente del Senado. La entrada se encuentra en la calle que pasa por la esquina sur de la plaza y está siempre vigilada por soldados. Es muy pequeña y bastante sucia y solo tiene corredores en dos lados del patio, que en realidad es la mitad de uno que dividieron con un muro alto de ladrillo. Aseguran que ya no existe prisión por deudas; no obstante, vi a varios deudores insolventes. Uno de los cuartos estaba acondicionado como capilla con un altar muy pobremente arreglado, y por la noche servía de dormitorio. En el edificio duermen los presidiarios que durante el día trabajan como basureros, enterrando pobres, etc., siempre bajo la vigilancia de soldados.

Con la sola excepción de la Casa de Reclusión de Guaduas, todas las prisiones en la Nueva Granada son espantosas, pero sería injusto culpar al gobierno, pues aunque las autoridades quisieran mejorar la situación no pueden hacerlo porque el gobierno es demasiado pobre y está incapacitado para mantener funcionarios idóneos y costear edificios nuevos. Y con celdas repletas y salarios bajos, ni el mismo Howard, aunque viviera todavía, podría evitar que la cárcel de Bogotá fuera lo que sin duda alguna es, una vergüenza.

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