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INDICE
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LA PRISIÓN, EL
HOSPITAL Y LA TUMBA
Guadalupe — El santo derrotado
— El Boquerón y las bañistas — La imagen milagrosa —
La leñadora y su hijo — Polvorín y depósito de armas —
Soldados — Cementerios — Día de difuntos —
Cementerio de pobres — El gallinazo — El hospital —
Doctores y boticarios — La cárcel provincial.
Mi buen amigo el doctor Pacho, quien me había mostrado dónde
podía nadar pero que no me dijo en cuál momento hacerlo, me
propuso, cuando me estaba recuperando de la enfermedad que ya les
mencioné, que hiciéramos una excursión corta el día siguiente, y yo
acepté aunque todavía me sentía débil.
Me desayuné temprano y pronto llegamos al sitio llamado Agua
Nueva, más arriba de la ciudad, donde en el plano se ve la línea
punteada que parte del extremo oriental de la calle que pasa por la
catedral y señala una vía aceptable que conduce al Boquerón. La
cruzamos y empezamos a subir exactamente detrás de la ciudad y al
sur del Boquerón.
Al borde de una loma llegamos hasta donde estaban los cimientos
de una iglesia que construyeron, según cuentan, cuando un terremoto
destruyó otra que había más arriba, lanzando hasta aquí abajo la
imagen sagrada que adoraban allí, pero que retornó milagrosamente a
las ruinas la noche siguiente. Entonces los fieles decidieron
construir una nueva iglesia en este sitio, pero el proyecto fracasó
y la pobre imagen tuvo que contentarse con un alojamiento más
modesto en la de San Juan de Dios, de donde hasta ahora no ha
tratado de escapar.
Continuamos subiendo, a menudo por profundos callejones, hasta
que por fin volvimos a ver el horizonte y a Monserrate, inclusive
la Sabana que se extiende al norte de la ciudad. Por último
llegamos a las ruinas de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe,
en un tiempo más espléndida que la de Monserrate. Escalando los
muros derruidos me encontré en la mayor altura a que había llegado
nunca, a 11.039 pies. Recordé el Monte Washington, con su base a
nivel del mar, y pensé que si estuviera abajo, al lado de esta
montaña, apenas podría entrever su cima.
Desde este punto, mi amigo, que nunca perdía oportunidad de
complicar la vida, propuso que bajáramos por el noreste hacia la
ciudad, pasando por el Boquerón. En realidad, estaba convencido de
que ese era el camino más corto de regreso. Bajamos tanto y tan
rápidamente, que ya no había forma de regresar, y tuvimos que
continuar por una ladera llena de malezas y sin rastros de trocha.
Afortunadamente la gravedad obra milagros cuando uno confía en ella
y lo increíble es que llegamos al pie del cerro ayudados por la
buena suerte, algo de destreza y sin haber perdido un pañuelo. Me
esperaba la prueba de pasar el Boquerón sin mojarme los pies,
porque como todavía no estaba aclimatado, eso me habría costado una
recaída. Pero el paisaje que nos rodeaba es el más agreste y
magnífico que recuerdo haber visto. Por más de una milla los
desfiladeros son tan escarpados que no se puede pensar en
escalarlos y la hondonada es demasiado estrecha para construir una
carretera.
Exvotos
A través de esta estrecha garganta llega gran parte de las
provisiones que se consumen en Bogotá, cargadas sobre los hombros
de hombres y mujeres y sobre los lomos de bueyes. A todas horas del
día y en especial muy temprano el viernes por la mañana, fluyen por
la hondonada leña, carbón, trigo, aves, trementina de frailejón en
los recipientes de hojas y hasta plátanos de las regiones más
cálidas que hay al otro lado de las montañas.
Crucé y volví a cruzar la quebrada varias veces, con el peligro
de darme una zambullida completa en mis esfuerzos por no mojarme
los pies, pero todavía me faltaba cruzarla otra vez antes de salir
del Boquerón, y en ese punto encontré una dificultad completamente
nueva. No se podía cruzar la quebrada por el punto hasta donde
llegaba el camino, porque al otro lado había una roca inescalable,
y por la misma orilla había una trocha que pasaba por un charco
donde se estaban bañando unas niñas. Por el color de la piel se
veía claramente que no eran de casta plebeya y me contaron que
estaban bajo la vigilancia de una profesora. Para mí es un misterio
cómo estas náyades podían sobrevivir en esa agua helada, donde yo
no me atrevía ni a meter el pie, pero allí estaban ellas felices.
Para pasar el grupo tuve que dar un rodeo y al fin salí del
Boquerón cuando empezaba a llover. En la época de lluvias, llueve
todas las tardes, pero me demoré mucho para convencerme de eso y
mis amigos parecían olvidarlo porque siempre los sorprendía un
aguacero.
Nos refugiamos en una venta donde los campesinos que van al
mercado tienen la tendencia a gastar dinero en exceso y a tomar
demasiada chicha, seguimos a la sala desolada y vacía y en el poyo
de adobe que bordeaba la pieza nos sentamos a ver llover. Al otro
lado del patio había dos chozas más de tierra pisada. Los postes
del corredor eran troncos de palo bobo (helecho de árbol) que
tienen una curiosa forma y consistencia rugosa.
En ese sitio vi una lombriz gigantesca, tan grande que hubiera
servido de carnada para pescar ballenas. Pero no es necesario
utilizar hipérboles, basta decir que tenía aproximadamente las dos
terceras partes de una pulgada de diámetro y ocho o diez pulgadas
de largo.
A eso de las tres había dejado de llover y el doctor consideró
que ya había hecho todo el ejercicio y soportado todo el ayuno que
convenían a mi precaria salud y aceptó mi sugerencia de que
regresáramos a almorzar.
En otra ocasión hicimos una expedición parecida, solo que esa
vez dejamos a la izquierda el cerro de Guadalupe. Pasamos al pie de
la montaña junto a la iglesia de Egipto, llamada así,no sé si
debido a la oscuridad de su interior o a la servidumbre de los
fieles, en todo caso, por esas razones más de una iglesia merecería
llevar ese nombre.
Dejando atrás las goteras de la ciudad, subimos hasta la
iglesita de La Peña, donde están las estatuas milagrosas de la
Sagrada Familia y la imagen de un ángel que lleva la custodia donde
se guarda la hostia consagrada. Son las imágenes más veneradas que
vi en la Nueva Granada. Cuentan que un indio las encontró en un
pico casi inaccesible de la montaña, esculpidas en la roca. Desde
ese sitio las bajaron con cuerdas e inmenso trabajo, sin separarlas
de la base, y construyeron un templo destinado a adorarlas. Le
dieron una mano de pintura a la obra divina, vistieron las imágenes
llamativamente y las colocaron en el camarín, donde siguen haciendo
milagros, tal como lo atestiguan los exvotos de brazos, piernas,
ojos, etc., además de cuadros relativos a las distintas catástrofes
que sobrevivieron los devotos que imploraron ayuda a La Señora de
La Peña.
En la figura que anexamos se puede ver la forma como lucirían
los exvotos si no estuvieran tan amontonados, tapando los unos a
los otros, además el artista que hizo el grabado superó el estilo
de las obras reales. El estilo de los cuadros es muy semejante o
quizá peor y en ellos se relata toda clase de incidentes y de
accidentes. Por ejemplo, hay uno de una señora que estaba subiendo
a Monserrate a caballo y este se fue loma abajo dando volteretas
con ella encima, pero la señora no se mató debido a la intervención
de esta imagen de piedra. Otra señora que pasaba cerca a la plaza
de San Victorino un día que celebraban allí unas corridas, la tumbó
el toro y, según el cuadro, debió ser un espectáculo divertido pero
muy peligroso, que gracias a la Virgen de La Peña no tuvo
consecuencias fatales.
De la iglesia seguimos el camino escarpado que va hacia el
suroeste hasta un pantano en las montañas, y de allí por una trocha
muy gastada a lo largo de la serranía, llegamos a un sitio donde
había una choza cubierta de yerba y dos potreros insignificantes y
pobrísimos, donde un hombre, su mujer y sus dos hijos armaban
atados de leña para llevar a la ciudad. Desde allí bajamos por el
sur y llegamos a un camino a trechos empedrado, que va a la orilla
del río Fucha.
Siguiendo por ese camino y cerca a una zanja profunda, vi una
escena que no olvidaré en mucho tiempo. Una muchacha que parecía
tener quince años, aunque quizá fuera mayor, y con un haz enorme de
leña a la espalda, bajaba ágilmente la cuesta, con paso rápido y
seguro. En la mano derecha llevaba el cayado que siempre acompaña
al campesino de estas tierras, y en el brazo izquierdo cargaba el
hijo que desprevenidamente se nutría de la fuente viva. ¡Ah!,
mujer, ¡cuán diferentes y universales son las injusticias que
soportas! Es posible que el padre de esa criatura haya sido algún
cura de aldea, rodeado de lujo vulgar, sin más preocupación que
celebrar algunas ceremonias prescritas a horas prescritas, sin
angustias, sin responsabilidades, sin esfuerzos, en otras palabras,
sin nada que hacer fuera de “alimentarse, reproducirse y
pudrirse”. En cambio ella, muy probablemente vive en una choza
de barro, de siete pies de largo, seis de ancho y cinco desde el
alero hasta el piso, y lucha por sostenerse y alimentar al hijo,
recogiendo chamizos en la vecindad de su pocilga, para llevarlos
luego, junto con el niño, a una distancia de siete o doce millas y
venderlas por quince centavos.
Cerca a ese sitio cogí la fruta de un arbusto curioso, la
|Coriaria, con flores tan diminutas que si no fuera porque
son muy numerosas y dan la impresión de crecer en las hojas, ni
siquiera se notarían. Lo raro es que cuando llega el momento de
acabarse las flores, los pétalos en vez de caerse empiezan a
|crecer y a llenarse de jugo de color rojo profundo, casi
negro, y se apeñuscan tanto que la forma redonda original se vuelve
angular, y oculta por completo la pequeña cápsula parecida a una
mora. Allí encontré por primera vez en Sur América una planta de
muérdago que crecía adherida a un arbusto.
El camino a Bogotá no bordea muy de cerca el río Fucha sino que
sube por la loma, mientras que éste entra a la Sabana por una
garganta. En esta última vi una figura enorme de San Cristóbal con
el niño a las espaldas pintada en una roca inclinada sobre el río y
se tenía la impresión de que el santo iba a vadearlo. En la mano
llevaba una palma como cayado. De San Cristóbal desafortunadamente
no sé más que lo que se infiere por la etimología del nombre (en
inglés Christopher, del latín
|ferre, llevar). Me pregunto si
fue su madre la que le dio ese nombre cuando niño, y cuántas veces,
ya maduro, tuvo el honor de cargar al Divino Niño sobre los
hombros. Pero me imagino que es inútil preguntar.
Un poco más adelante nadé por primera vez en el clima helado de
Bogotá; no estuve más que un momento en el agua y según el doctor
Bayón “me di un baño de gato”, pero me costó estar
enfermo durante quince días. Nunca dejará de sorprenderme cómo los
“curtidos habitantes” de la Sabana gozan bañándose en
estas aguas congeladas y cómo sumergen en ellas, deliberadamente, a
niños muy pequeños.
Las excursiones que hice a la Sabana fueron pocas y menos
interesantes. En una de ellas vine a un sitio algo más abajo de
este punto, pasando por potreros rodeados de cercas de adobe
protegidas con tejas y portones también con techo de teja. Para el
botánico o el cazador no puede existir una cerca más detestable,
porque no se puede pensar en escalarla y cuando se necesita un
portón, no se encuentra ninguno. Ese día salimos por el sur y
llegamos a un molino donde compran el trigo y lo convierten en
harina de calidad semejante a la de segunda o tercera entre
nosotros. Pero como la harina americana extrafina sufre mucho en el
largo viaje por el trópico, cuando llega aquí no es mejor que
ésta.
Al pie del canal que sale del Fucha está el edificio de la
fábrica de pólvora, abandonada ya por el gobierno y la serrería
está para la venta. Vista a la distancia y desde una loma parecía
un establecimiento ordenado y bien dirigido, pero no tuve
oportunidad de visitarlo.
En las riberas del Fucha se encuentra el polvorín, que es un
edificio solitario, custodiado por soldados y con un corredor
protegido por un muro alto que el río se ha llevado en parte. Los
soldados estaban dormidos y ya me hallaba adentro cuando me di
cuenta de que el lugar deberla tener guardia. En el corredor había
un niñito acostado en una hamaca cerca a los fusiles y en el fogón
contra el muro del polvorín se estaba cocinando el almuerzo. Cerca
al edificio solitario nos encontramos con la madre del
niño.
A poca distancia vi un pelotón de soldados lavando ropa en el
río, vigilados por centinelas. Había algunas mujeres lavando, pero
me sorprendió que fueran tan pocas, porque en los ejércitos en
marcha van más mujeres que soldados; al menos eso es lo que me
cuentan, y me aseguran que los oficiales las ayudan muy
comedidamente por el camino y a pasar los ríos.
Los soldados granadinos son más bajitos que el resto de la
población. Yo no soy alto y sin embargo puedo mirar por encima de
una fila de soldados y ver todas las cabezas. La primera vez que me
di cuenta de lo pequeños que son los indígenas fue en una iglesia
llena de gente. Para mí, que estaba acostumbrado a perderme entre
la multitud, fue una experiencia nueva ver que mi cabeza sobresalía
de la del resto de la gente. A menudo me ha disgustado
profundamente la conducta descarada que tiene la hez de los
americanos en los países hispánicos, pero cuando veo estos
soldados, no me sorprende que algunos compatriotas sientan deseos
de buscarles camorra para divertirse un poco. Uno de los oficiales
que vi era de pura raza africana.
Con la venia del lector, le presento dos ejemplos de esta clase
desafortunada y con tan poco prestigio. El más alto de los dos es
uno de los Lanceros del Presidente y el otro un soldado de
infantería. El uniforme de ambos se parece al de los soldados
yanquis, excepto por los alpargates que les cubren parcialmente los
pies. Si se piensa que el más alto de los dos es relativamente
bajito y tan insolente como cualquier soldado de caballería, no es
extraño que algún “caballeroso” hijo de la Unión sienta
la tentación de “ponerlo en su sitio”.
Los alrededores del Fucha son una combinación de llano y loma,
pero al occidente el terreno es completamente plano y en esta época
del año casi todo se inunda. La diferencia con las praderas
norteamericanas es que estas tienen límites bajos porque los forman
ríos que corren a nivel inferior, mientras que aquí los límites son
los cerros y el río está al mismo nivel que elde la Sabana,
pero tanto en las praderas como en la Sabana la parte central es
por lo general más húmeda.
Soldado de infantería y lancero
Desde los cerros se puede ver el cementerio principal (a),
orgullo de los bogotanos, situado en el extremo nororiental de la
ciudad, aproximadamente en un acre de terreno, de forma elíptica,
rodeado por un muro alto y con una capilla al fondo. Lo visité
precisamente después del día de Todos los Santos, el 2 de
noviembre, la época en que durante varios lunes sucesivos la gente
guarda luto por sus muertos, para olvidarse de ellos el resto del
año. Al pasar, me crucé con muchísimas personas enlutadas que
conversaban y reían alegremente mientras entraban y salían de la
última morada de todos los seres humanos.
A los granadinos no les gusta la idea de construir cementerios
en zonas rurales, y por eso no buscan localizarlos en sitios
amplios y parajes románticos. Consideran que los monumentos mismos
deben conservarse, pero como no creen que los huesos sean sagrados,
no les importa que la tierra esté repleta de restos mientras en la
superficie haya espacio para los monumentos. De aquí que el panteón
o cementerio granadino esté concentrado en un espacio relativamente
pequeño y que coloquen a los muertos en bóvedas parecidas a hornos.
Los muros del cementerio de Bogotá están llenos de bóvedas,
colocadas una al lado de la otra, en dos o tres hileras que se
atienden a todo el rededor del muro elíptico, excepto en el espacio
que queda frente a la entrada donde está la capilla, indispensable
en todo cementerio granadino. El techo que cubre los muros se
proyecta sobre el corredor que hay al frente de las bóvedas para
proteger al visitante del sol y de la lluvia mientras contempla las
pinturas e inscripciones sobre las placas de cobre, en óleo o
acuarela, o esculpidas en mármol o en una bellísima piedra rosada
que no resistiría una helada de las zonas templadas. Pero muchas
bóvedas quedan tal como las dejaron cuando enterraron al muerto,
con solo el nombre y fecha de defunción escritos con un palo sobre
el cemento fresco.
Ese día estaban celebrando una serie de misas con la compasiva
intención de rescatar a los difuntos que pudieran encontrarse hacía
mucho tiempo sufriendo circunstancias desagradables en el otro
mundo. La capilla estaba llena de fieles, pero afuera había también
mucha gente, moviéndose de tumba en tumba con uno o dos sacerdotes,
que cantaban y rociaban agua bendita en cada tumba.
El precio de una bóveda es de $ 8, con derecho a usarla diez
años, al cabo de los cuales se sacan los huesos sin ningún gasto o
costo adicional para los deudos. Las tumbas en la tierra son más
baratas y mientras no necesiten el espacio, no sacan los restos;
además, a diferencia de las bóvedas, se puede comprar a perpetuidad
el derecho a una tumba en la tierra.
Estaba saliendo del cementerio cuando me encontré con cuatro
hombres que llevaban un ataúd y caminaban tan rápido que el cadáver
se movía de un lado al otro en el féretro y le pude ver las manos
enlazadas y la cara descubierta. Era una mujer de edad con vestido
de franela blanca. Cuando llegaron a la tumba la encontraron llena
de agua. Siguió una pausa porque unos estaban de acuerdo en tirar
el cadáver dentro del agua mientrasotros eran partidarios de
sacar primero el agua, hasta que unos hombres que estaban cavando
otra tumba vecina resolvieron ayudar y torpemente, dejando
descubierto el cadáver en forma ofensiva, lo depositaron en la
tumba. Entonces un muchacho le tiró una manotada de barro que
golpeó el cuerpo con un ruido sordo, haciéndolo estremecer,
rasgándole el vestido y dejando ver la manito y la cara de un niño
de meses que habían escondido entre la ropa de la mujer. Me
estremecí ante el espectáculo, pero me quedé viendo cómo les
tiraban terrón sobre terrón hasta que lentamente la impresionante
escena se termino.
Había una docena de sacerdotes en el cementerio mientras
enterraban estos dos cadáveres como si hubieran sido los de dos
animales, pero ninguno se acercó a la tumba. Me fui profundamente
deprimido y como nunca con el deseo de vivir lo suficiente para
llegar a mi patria.
El cementerio de los pobres está situado al occidente en una
parte muy húmeda de la Sabana. Ningún bogotano quería que lo viera
porque en realidad es un lugar espantoso. El camino que conduce al
cementerio tiene una cerca de palos amarrados a postes con cuerdas
de cuero, pero la del cementerio es de tapia y teja. Adentro se ven
huesos y hasta varias calaveras regados por el suelo, y en el muro
había uno de esos sucios animales, el chulo o gallinazo
|(Vultur
Jota) emparentado con nuestro aura, esperando picotear carne
cristiana, que aunque estaba fuera de su alcance sí se podía
oler.
Generalmente los límites del hábitat del gallinazo están antes
de subir a la Sabana, pero parece que Bogotá es la excepción por
ser relativamente más caliente que el resto de la planicie. En la
ciudad se ven muchísimos buscando comida en los basureros, o
parados en los techos y abriendo las alas fuliginosas en una
posición peculiar que hace decir a la gente que están rezando en
cruz, como los devotos en la iglesia de La Tercera. El rey de los
gallinazos, el Vultur, papa de los buitres, es un pájaro distinto y
no gregario como el gallinazo. Los gallinazos, ya sea por respeto o
por prudencia, se hacen a un lado cuando éste llega al banquete y
dejan todo para él hasta que se sacie de comer. Pero en general no
creo que el gallinazo, con toda su falta de gracia, sea tan sucio
como el buitre norteamericano, el Vultur Aura, con sus plumas
repugnantes y que cuando ha comido tanto que no puede escapar,
tiene la desvergüenza de vomitar sobre el cazador la porquería que
ha engullido.
A la mitad del camino que va al cerro por detrás de la ciudad, y
cerca a un horno donde queman ladrillos, utilizando como leña ramas
más delgadas que las del avellano, se encuentra el sitio donde
entierran a los suicidas y, según dicen, a algunos malhechores. Se
los entierra como animales y con ellos perece también su recuerdo.
Sin embargo, la pobre mujer que vive en un rancho cercano no se
atreve a salir de noche, ¡como si las miserables paredes de su
vivienda, que ni siquiera detienen el viento, pudieran defenderla
de fantasmas! Y ya que estamos tratando el tema de la muerte,
anotemos también que el uso de ataúdes en la Nueva Granada es
relativamente nuevo, pero aunque la costumbre se está
generalizando, son todavía muy caros. Cuatro presos vigilados por
soldados con fusiles cargados llevan a los pobres a su última
morada. Creo que sería conveniente construir bóvedas en nuestros
cementerios.
Pasar del tema de la
|tumba al del
|médico es
simplemente retroceder un paso, pero quiero que quede muy claro que
lo hago sin el menor ánimo de faltarle al respeto a esa profesión o
al doctor Merizalde. No conozco a nadie más sencillo que este
médico tan piadoso y tan respetable. Su biblioteca privada es la
más interesante que he conocido en el país y digna de una
descripción más detallada de la que el espacio me permite hacer.
Esta biblioteca contiene muchos libros raros, algunos de los cuales
cuentan doscientos años y otros son copias de libros que se han
perdido en Europa debido a que la prolífica producción de las casas
editoriales hace que se olviden los más viejos o a causa del uso
continuado y excesivo de los volúmenes. Pero los libros que llegan
a la colección del doctor Merizalde no corren esa clase de
peligros. Y a propósito, el cazador de libros raros encontraría un
campo muy abundante en las viejas bibliotecas de la Nueva
Granada.
El doctor Merizalde es el médico principal del hospital. Lo
encontré allí muy de mañana, en las horas que dedica a su obra de
amor. El bondadoso anciano va de cama en cama con la ternura de un
padre y seguido por numerosos estudiantes. Me llamó la atención la
cantidad de pacientes que vi con un bizcocho en la mano, hasta que
observé que el doctor llevaba un pañuelo azul, amarrado en las
cuatro puntas, donde cabían muchos ydel cual los sacaba
sigilosamente para dárselos a los pacientes sin que nadie se diera
cuenta.
El hospital es el antiguo convento de los Hermanos de San Juan
de Dios. Cuando lo construyeron lo pusieron en manos de la
comunidad como la mejor solución, pero la historia monástica de
Bogotá ha sido horrible. La única orden que no ha dado motivos de
escándalo y murmuraciones es la de los jesuitas. Dígase lo que se
diga de estos ahora, no hay duda que en otras épocas fueron fieles
al gobierno y que el primer destierro a que se los sometió fue
medida cruel y equivocada, dictada por motivos diferentes a los
religiosos. Pero los religiosos de San Juan de Dios, con espacio
suficiente y la despensa llena, limitaron el número de pacientes
que podían recibir, hasta que el Gobierno se vio obligado a
suprimir la orden y a poner el hospital en manos de la gobernación
provincial. Sin embargo, según entiendo, el hospital no recibe
ningún auxilio de la tesorería de la Provincia.
El hospital está en malas condiciones; los cuartos son viejos,
los ladrillos del piso están muy rajados y cada grieta es un
depósito de mugre que posiblemente viene acumulándose allí desde el
siglo pasado. Todo parece mal diseñado y necesitar una reforma
completa, pero para eso se requerirían fondos que no creo vayan a
estar disponibles en mucho tiempo. La cocina, sucia e ineficiente,
no tiene ollas grandes para cocinar en gran escala, ni ningún
aparato que haga más eficiente el trabajo. Parece como si se
preparara individualmente la comida de cada paciente y da la
impresión de que toda la instalación de ella fuera algo pasajero.
El dispensario también está en un estado vergonzoso y tampoco podrá
funcionar eficientemente sin una reforma a fondo. Posiblemente las
medicinas sean de pésima calidad, ya que todo lo que las rodea
lleva el sello del más completo abandono.
Las enfermedades, naturalmente, son diferentes a las que
predominan entre nosotros. Hay muy poca tuberculosis; en realidad
no recuerdo haber visto ni un solo caso; en cambio, la disentería
es la primera en la corte de la muerte. En vano intenté conseguir
estadísticas sobre el particular, pues no existen, y lo único que
puedo hacer es presentar mi opinión de que aproximadamente una
tercera parte de las muertes, si no la mitad, es causada por esa
enfermedad. Me llamó la atención el número reducido de pacientes
mentales, pero su situación es lamentable y creo que muy pocos se
recuperan. El hospital no recibe sifilíticos y debe rechazar a
muchos pacientes que buscan admisión por otras enfermedades. El
doctor Merizalde me aseguro que si se desocupara el hospital y se
lo dedicara únicamente a atender enfermos de sífilis, volvería a
llenarse en un día.
Como es natural, en el viejo convento no faltan los cuadros
ilustrativos de la vida del santo patrono. En uno de ellos vi dos
diablos que lanzan a éste, como si fuera una pelota, del uno al
otro. Y también observé el que describe Steuart, pero lo recuerdo
muy distinto: en vez de un monje colgando a un hereje, me pareció
que el diablo estaba estrangulando a un hombre con una soga o con
la cola, y que el santo intervenía para salvar a la víctima. No
importa mucho cuál de nosotros dos tenga la razón; solo me interesa
dar esta interpretación más caritativa, pero si soy yo el
equivocado, tanto peor para el diablo.
Hablando de cuadros noté uno que debo confesar me sorprendió
mucho verlo colgado en la puerta de la iglesia, en una fiesta
importante. En esas ocasiones es frecuente que presten cuadros y
cualquier rostro de hombre o mujer se acepta inmediatamente como si
fuera el de un santo. Pero al que me refiero no daba mucha cabida
para despertar sentimientos piadosos porque representaba al monje
Abelardo enamorando a Eloísa. Mencioné el incidente en casa y una
señora que estaba de visita se mostró muy bien informada sobre esa
vieja historia de amor, demasiado bien informada, según mi
opinión.
No tengo una idea muy buena de la Escuela o Facultad de
Medicina. Probablemente la mitad de la población nunca ha pagado
honorarios médicos porque es mucho más barato dejarse morir. Los
únicos médicos a quienes me atrevería a acudir en Bogotá serían el
doctor Cheyne, un caballero escocés que se casó aquí hace muchos
años, y uno o dos granadinos que estudiaron en París; pero
afortunadamente nunca tuve necesidad de ir donde ninguno. Me
cuentan que los bogotanos son muy renuentes a pagar honorarios
altos a los médicos y me parece que fuera de las ciudades no hay
ningún porvenir para el ejercicio de esta profesión. La asistencia
médica no cubre ni una décima parte de la población y la mayoría,
desde la cuna hasta la muerte, la desconoce
totalmente.
En Bogotá hay cuatro o cinco boticas que parecen ser bastante
buenas, aunque no tan llamativas como las mejores de
Norte América, pero están bien manejadas y atienden bien a los
clientes. La que conocí mejor fue la del doctor Lombana y estoy
seguro que si la receta está formulada empleando las medidas que
utilizan aquí, son capaces de despacharla correctamente. La forma
más segura sería que toda receta se escribiera en granos de 77/100
granos, lo cual es un dato útil de recordar, el problema es que lo
hagan. La diversidad de los idiomas de la tierra no es más
desconcertante que la diversidad de pesas y medidas, y los
granadinos las han cambiado con tanta frecuencia que las manejan
sin ninguna seguridad. En estos momentos el sistema legal es el
francés, el cual yo creo que debería
universalizarse.
Algo que llama la atención es que aquí se utilizan los mismos
remedios que en Norte América. Como no hay farmacéuticos, hasta la
ipecacuana y la zarzaparrilla las traen de los Estados Unidos o
Europa. La farmacopea es la española antigua, pero la mayoría de
los libros médicos que se utilizan en la Nueva Granada están en
francés, así que no se puede considerar como médico competente al
profesional que solo sepa leer español.
Después de conocer el hospital lo natural es seguir con la
cárcel. Fue una visita de la que hubiera querido excusarme, pero el
jefe político ofreció acompañarme y como las cárceles son
precisamente sitios sobre los que se debe decir la verdad, no pude
negarme a la invitación. La prisión provincial está en la misma
manzana donde funciona el Congreso y a menos de doscientos pies de
la curul del Presidente del Senado. La entrada se encuentra en la
calle que pasa por la esquina sur de la plaza y está siempre
vigilada por soldados. Es muy pequeña y bastante sucia y solo tiene
corredores en dos lados del patio, que en realidad es la mitad de
uno que dividieron con un muro alto de ladrillo. Aseguran que ya no
existe prisión por deudas; no obstante, vi a varios deudores
insolventes. Uno de los cuartos estaba acondicionado como capilla
con un altar muy pobremente arreglado, y por la noche servía de
dormitorio. En el edificio duermen los presidiarios que durante el
día trabajan como basureros, enterrando pobres, etc., siempre bajo
la vigilancia de soldados.
Con la sola excepción de la Casa de Reclusión de Guaduas, todas
las prisiones en la Nueva Granada son espantosas, pero sería
injusto culpar al gobierno, pues aunque las autoridades quisieran
mejorar la situación no pueden hacerlo porque el gobierno es
demasiado pobre y está incapacitado para mantener funcionarios
idóneos y costear edificios nuevos. Y con celdas repletas y
salarios bajos, ni el mismo Howard, aunque viviera todavía, podría
evitar que la cárcel de Bogotá fuera lo que sin duda alguna es, una
vergüenza.
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