Bailes
Bailes — Mulas, toros y caballos
— Jiménez de Quesada, el Conquistador
—Bolívar y Santander — Colombia: aparición, historia y
disolución —
Dos o tres rebeliones — Mujer heroica y frágil —
Granizada.
El lector ya debe estar cansado de tantas iglesias, yo lo estoy
desde hace meses. Dejaré para otro día la descripción tediosa de
ceremonias aburridas, pero que no se deben omitir al intentar
presentar el retrato fiel de un país en donde por tanto tiempo se
consideró que esos ritos eran importantísimos. Pero ahora vámonos
al campo para conocer los alrededores de Bogotá.
La ciudad, situada al costado occidental de una sierra, está
rodeada por montañas y por la Sabana. Visité más que todo la sierra
y la describiré en el orden de los puntos donde estuve, comenzando
por el norte. Empecemos entonces por la excursión del 1º de
diciembre de 1852, que fue la más larga, la más desagradable y la
más inútil de todas. Quería conocer el páramo, región demasiado
fría para poderse cultivar. Partí muy temprano por la mañana, en un
buen caballo que el señor King, nuestro embajador, muy gentilmente
me prestó, y en la compañía del doctor Hoyos y del señor Triana, de
la Misión Corográfica. Salimos por La Alameda, que después de San
Diego (c) se convierte en un camino de macadam que lleva a las
minas de sal de Zipaquirá, a las minas de esmeraldas de Muzo y
sobre todo al santuario donde se venera al milagroso cuadro de
Chiquinquirá.
Pasando cerca a San Diego, a mano derecha, y a los dos
cementerios, bastante más lejos a la izquierda, el camino dobla
hacia el occidente, cruza un riachuelo de aguas rápidas llamado El
Arzobispo, y llega al sitio denominado Chapinero, donde hay una
serie de casas. Un poco más adelante cogí unas flores de cerezo
negro, de la especie
|Cerasus Capollin, tan parecido al
|C.
Virginiana que solamente viéndolos juntos los podría
distinguir. Únicamente lo he visto al borde de los caminos en las
afueras de Bogotá, y por eso no probé la fruta. Es posible que se
trate de un árbol importado. El cerezo y el sauce,
|Salix,
son los únicos árboles que se producen, aun cultivándolos, en la
Sabana o en las montañas alrededor de Bogotá.
A mano izquierda hay una hacienda que visité en otra ocasión con
el señor Green para asistir a la celebración del aniversario del
triunfo de los liberales, en el famoso 7 de marzo de 1849. No nos
quedamos mucho tiempo y nos fuimos antes de que la fiesta estuviera
en lo fino porque nuestro digno representante se cansó muy pronto.
Pero alcanzamos a presenciar un baile que vale la pena describir.
En una pieza pequeña cerca a la entrada estaban tocando violín
(aunque no estoy seguro si era clarinete), mientras llegaba la
banda militar. Había dos o tres damitas, no de clase alta, y diez
veces más representantes del sexo opuesto. Una pareja se puso a
bailar un valse y en menos de dos minutos otro caballero reemplazó
al primero sin perder el ritmo, luego un tercero y un cuarto, hasta
que la señorita se cansó y la reemplazó su amiga en la misma forma.
No supe cuánto tiempo más duró el valse porque nos salimos antes de
que se acabara. Lo único que sé es que si también hubiera habido
suficientes músicos para turnarse, el baile habría seguido
indefinidamente, porque el granadino es incansable bailando de
noche o de día, como en esta ocasión.
Millas más adelante volvimos a la derecha y dejamos la
carretera, que es la segunda más bien construida en la Nueva
Granada, aunque le hacen falta algunas reparaciones. Seguimos al
pie de los cerros y luego empezamos el ascenso, algo que se dice en
tres palabras pero otra cosa es hacerlo. Los caballos no estaban
acostumbrados a caminos de montaña y en la subida nos pasó un buey
que venía cargado desde Bogotá. Nos divirtió ver la facilidad con
que subía, mientras que nuestras magníficas bestias tenían que
esforzarse al máximo. Los caballos son cabalgaduras más seguras que
las mulas en los caminos peores, pero estas últimas les ganan en
cualquier otro camino, son mucho más rápida y creo que pueden
transportar cargas más pesadas. Por esta razón una buena mula vale
más y camina más segura, pero sospecho que no aguanta tanto como un
caballo.
La verdad es que las mulas no dejan que se abuse de ellas; en
cambio, los caballos, para evitar el látigo o el espolazo, se
esfuerzan hasta quedar agotados. Las mulas, cuando el esfuerzo les
puede afectar la salud, son tan escrupulosas como un político:
hágaseles lo que se les haga, no violan la sagrada constitución.
Así las mulas forman una institución semibárbara al lado de la de
los cargueros, la cual sí es completamente bárbara; y tal como
estos se han opuesto con éxito a la construcción de caminos de
herradura, la institución española de las mulas se ha enfrentado a
las carreteras, y cuentan que en la madre patria ¡se opusieron a la
inauguración de un ferrocarril ya construido!
El buey nos pasó pero seguimos subiendo rápidamente. La Sabana
se extendía inmensa a nuestros pies. La época de lluvias ya estaba
para terminar pero amplias extensiones estaban cubiertas de agua,
tal como sucede casi todo el año. Frente a nosotros, en la
distancia, se divisaba Funza, la cual dicen que fue la capital de
los Muiscas, la nación más poderosa de la Nueva Granada, cuando en
marzo de 1537 el infatigable Gonzalo Jiménez de Quesada vio por
primera vez la Sabana. Su heroísmo está a la par del de Cortés y de
Pizarro y su valor moral (menuda alabanza) muy por encima del de
ellos.
Jiménez de Quesada salió de Santa Marta con más de ochocientos
hombres y durante más de nueve meses luchó contra selvas y
tempestades, contra el hambre y las enfermedades y al llegar a las
riberas del río Opón solo le quedaban ciento setenta hombres y
sesenta y dos caballos, a los cuales habían tenido que cargar
muchas veces. Se abrió camino hasta la Sabana que tenemos ahora a
nuestros pies, conquistó los Muiscas y otros pueblos chibchas, sin
haber recibido ni un solo hombre de refuerzo. Jiménez de Quesada
sobrevivió a todos los peligros de guerra y de conspiraciones y a
todos los rigores de la ley y murió de lepra a la avanzada edad de
ochenta años, en Mariquita, cerca de Honda, el 10 de febrero de
1579.
Continuamos subiendo y la vegetación era siempre diferente. Allí
vi por primera vez el arbusto raro y bello del orden de las
tiliáceas, la
|Vallea stipularis, que tiene abundantes flores
rosadas y hojas muy bonitas parecidas a las del álamo, más grandes
y delgadas de las que por lo general se dan el lujo de tener las
plantas a estas alturas. A otra planta ericácea aún más hermósa, la
|Befaria resinosa, le dicen aquí pega-pega porque las flores
son pegajosas. Estas tienen una pulgada de largo y son de distintos
tonos de rosado, desde el más fuerte hasta el más delicado y crecen
en densos racimos. Las de aquí tienen tan poca resma que al
secarlas las pude separar fácilmente del papel.
Por fin dejamos de subir y en la cima en vez de una llanura
encontramos que el terreno era quebrado y en una loma distante
vimos un
|árbol. Bajamos a una hacienda con tres casitas de
adobe, la más grande en forma de
|L y con tres piezas muy
pequeñas pero habitables, en donde aparentemente vivía un hombre
solo, no muy simpático pero muy rezandero, a juzgar por la capilla
que tenía.
En las otras dos casas, que quedaban a cierta distancia, estaban
la cocina y la pieza del mayordomo. Desde su alcoba, el dueño podía
hacer sonar una campana en otra de las casas, jalando una cuerda,
algo prácticamente desconocido en este país; en realidad, esa fue
la primera campana, grande o chiquita que vi fuera de una iglesia,
en la Nueva Granada. Dejamos los caballos en una de las piezas
vacías y salimos a buscar plantas, pero una tempestad nos hizo
regresar pronto, porque, como dicen aquí, el páramo se había puesto
bravo.
Nos quedamos en la casa mucho tiempo, empapados y muertos de
frío mientras nos preparaban un chocolate en la cocina, en atención
a la amistad del doctor Hoyos con el dueño. Mientras tanto yo
trataba de calentarme paseándome de arriba a abajo entre los dos
cuartos. Afuera granizaba, que es lo más parecido a una nevada que
hay en estas tierras.
El doctor Hoyos y Triana pertenecen a campos opuestos en
política y no será tiempo perdido escucharlos dialogar. No tomé
notas de la conversación, pero si acaso exagero algunas de las
opiniones de los liberales, expuestas por el joven y entusiasta
botánico, empleado del gobierno, se debe a la influencia de otro
liberal todavía más entusiasta, el joven poeta y jefe político de
Ambalema, José María Samper (Agudelo), cuyos
“Apuntamientos” son el mejor ejemplo que conozco de
republicanismo extremo.
En cambio el muy piadoso doctor Hoyos, quien fuera ayudante del
eminente sacerdote y botánico Mutis, representa
lossentimientos de los pocos hombres religiosos que quedan en
el país y que conforman la extrema derecha conservadora. Así como
las palabras de Triana reflejan el pensamiento de Samper, quien se
puede considerar como el prototipo de “la juventud
granadina”, la voz de Hoyos, expresando su pensamiento maduro
pero lento y retrógrado, refleja el de Don Mariano Ospina, a quien
ya vimos adecuadamente vestido en el hábito de los jesuitas, y que
es el oráculo más respetable de la filosofía
oscurantista.
Abajo en la Sabana se veía la hacienda del ex-Presidente
Santander, y ese fue el pretexto para iniciar nuestro diálogo
político, con la observación de Triana de que ningún otro hombre
hizo o hará tanto por la Nueva Granada como
Santander.
|Doctor Hoyos. Es cierto que le debemos mucho a Santander,
pero si no hubiera sido por Bolívar, no habríamos tenido la ocasión
de endeudarnos con Santander ni con ningún otro patriota. Sin un
hombre como Bolívar, general a la altura de Napoleón, hombre de
Estado de la categoría de Washington, nuestro pobre país habría
luchado en vano, no tanto por el valor de los Godos de la metrópoli
como por su ferocidad y superioridad numérica.
|Triana. Estoy de acuerdo con usted en cuanto al talento
militar de Bolívar. Pero el hombre de estado era el vice-presidente
Santander, quien con mucho tino dirigía el gobierno desde Bogotá,
siempre y cuando que el Libertador, a la cabeza del ejército, no
dictara algún decreto desde el campo de batalla, con el cual el
guerrero impetuoso infundía el caos en las sabias medidas
implantadas por el “Hombre de las Leyes”. ¿Y cuál es el
mérito de librarnos de la tiranía transatlántica para imponernos la
suya como dictador en Bogotá?
|Hoyos. La confusión y la ignorancia política del país
obligaron a Bolívar a actuar como actué. Durante once años, desde
el glorioso 20 de julio de 1810 hasta el Congreso de Cúcuta en
1821, no tuvimos ninguna clase de gobierno. Todavía estaba por
conquistar la libertad cuando constitucionalmente el país eligió a
Bolívar como Presidente y a Santander como vice-Presidente. La
Constitución introdujo cambios demasiado grandes y violentos en la
sociedad; no teníamos ninguna experiencia en el auto-gobierno y
hasta la misma palabra tuvimos que prestarla del inglés; todo se
había dejado en manos del ejecutivo, que a la hora de la verdad
resultó ser demasiado débil.
|Triana. Por el contrario, demasiado fuerte. El ejecutivo
es el único elemento peligroso del gobierno, el único que puede
convertirse en déspota. Los cambios no fueron ni demasiado grandes
ni demasiado rápidos; fueron demasiado tímidos y demasiado pocos
para las necesidades del momento. Ni por un día se debió haber
dejado rastros del antiguo sistema. Los responsables de esa
Constitución cobarde tenían miedo hasta de sus propias sombras. No
le tenían confianza al poder de las instituciones democráticas y,
por consiguiente, no se atrevieron a estructurar una verdadera
república. En vez de liberar a los esclavos, solo ordenaron que los
que nacieran de ese momento en adelante fueran liberados al cumplir
los dieciocho años, mientras que el resto se redimiría lentamente a
través de un fondo. La pena capital, la unión de la Iglesia y el
Estado, la exención de sacerdotes y militares de juicios civiles y
hasta la misma existencia de un ejército, son incompatibles con el
verdadero republicanismo. Como también son incompatibles los
monopolios, las limitaciones al derecho del sufragio, las
restricciones a la libertad de prensa, la prisión por deudas; en
pocas palabras, ni una sola de las instituciones que nos legaron
los tiranos.
|Hoyos. ¿Y usted hubiera cambiado todo a la
vez?
|Triana. Naturalmente, habría sido la única forma de
tranquilizar al país.
|Hoyos. Yo considero que habría sido absolutamente
imposible comenzar en esa forma. Fue precisamente la agitación
desenfrenada de políticos entusiastas que atacaban al gobierno
desde el Congreso y la prensa, con planes y lenguaje extravagantes,
por no hablar de planes revolucionarios, lo que hizo necesario que
se impusieran restricciones a la prensa y se tomaran medidas más
severas en la administración. La obra de Bolívar no consistió en
administrar un gobierno libre, sino en preparar un pueblo libre
para vivir libremente. Y con seguridad que lo habría logrado si no
hubiera sido porque espíritus tan turbulentos como los del doctor
Francisco Soto y del doctor Vicente Azuero se propusieron
obstaculizar todas las medidas encaminadas a preparar al pueblo
hacia ese objetivo.
|Triana. ¡Qué preparación ni qué niño muerto!
|
¿ De manera que usted llama preparación para la
libertad restablecer conventos ya abolidos; reforzar el poder que
los sacerdotes habían perdido por su adhesión a la causa de la
tiranía; expedir decretos arbitrarios abrogando contratos legales,
como, por ejemplo, el de la navegación por el Magdalena; restringir
la educación y entregar las escuelas atadas de pies y manos a los
curas? ¿Todo eso es lo que usted llama preparar un pueblo para que
viva libremente?
|Hoyos. Nunca nos vamos a poner de acuerdo sobre asuntos
referentes a la iglesia y a la educación. Ya sé que pertenezco a
una minoría sin esperanzas, pero sé que tengo la razón, como usted
mismo lo tiene que admitir, a menos que reconozca que no es
cristiano. Pero dejando a un lado esos dos puntos, Bolívar no se
opuso a la voluntad popular sino a los delirios políticos de unos
cuantos lunáticos. Lo eligió la Convención de Cúcuta y el pueblo lo
reeligió en 1825, precisamente después de haber llevado a cabo esa
política retrógrada, como usted la llama. Pero demagogos
interesados más en conseguir puestos que en el bienestar del país
obstaculizaron su gobierno hasta obligarlo a renunciar en 1827. Su
renuncia no fue aceptada y como último recurso apeló al pueblo en
la Convención de Ocaña.
|Trian
|a
|. Me sorprende que se atreva a
mencionar la Convención de 1828. La historia imparcial de los años
de 1827 y 1828 justificaría plenamente la observación de Samper de
que a los libertadores de un país se les puede pagar con todo,
menos con la participación en el gobierno. El General Páez se
levantó en armas contra Colombia el 30 de abril de 1826, movido por
pura ambición y sin dar ni siquiera otro pretexto. Bolívar se
reunió con él, tramó planes con él, le manifestó amplia amistad y
cuando regresó a Bogotá renunció a la presidencia. Sus agentes
políticos, que eran mayoría en el Congreso de 1827, no aceptaron la
renuncia y convocaron la Convención de Ocaña con el solo objeto de
reforzar su poder. Entre tanto ¿qué estaba sucediendo en Guayaquil?
El intendente allí era Tomás Cipriano de Mosquera, que si no es el
más rico es por lo menos el hombre más orgulloso de la Nueva
Granada y jefe visible de la familia real granadina, ya que es
ex-presidente, hermano de ex-presidente, suegro de ex-presidente y
hermano de un arzobispo, ya muerto.
|Hoyos. Y todos ellos dignos de los altísimos cargos que
les fueron confiados.
|Triana. Bueno, nuestro Chevalier Bayard, “sans peur
et sans reproche” (sin miedo y sin tacha), como usted llama a
Mosquera, proclamó dictador a Bolívar.
|Hoyos. Una medida magistral en la que Mosquera no tenía
nada qué ganar y de la cual dependía la última esperanza de
integridad para el país, esperanza que encontró dos obstáculos
fatales para su realización: las quimeras trascendentales de
ustedes los liberales y la ambición de un centenar de intrigantes
que buscaban puestos públicos, entre ellos veinte con ambiciones
presidenciales. Pero prosiga.
|Triana. Bien, la Convención se reunió el 2 de marzo de
1828, la fecha más negra de la historia de
Colombia.
|Hoyos. Sin duda, pero prosiga.
|Triana. Bolívar estaba en minoría y entonces se situó con
3.000 soldados en Bucaramanga, que fue lo más cerca de Ocaña a
donde se atrevió a llegar, y desde allí, después de intentar en
vano intimidar a la mayoría, convenció a una minoría de veinte
delegados para que se retiraran, dejando la Convención sin quórum.
Tres días más tarde, el 13 de junio, Pedro Alcántara Herrán, unido
por matrimonio con “la familia real”, convocó una
asamblea en Bogotá y proclamó dictador a Bolívar, exactamente como
lo había hecho su suegro en Guayaquil el año anterior.
|Hoyos. Y por las mismas y poderosas razones. Pero
prosiga.
|Triana. El Libertador y Opresor aceptó el cargo y el 27
de agosto de ese mismo año de 1828 dictó el decreto orgánico que
abolía virtualmente la Constitución de 1821.
|Hoyos. ¿Y qué sucedió en septiembre?
|Triana. En septiembre, si no hubiera sido por la
intervención de una prostituta alojada en Palacio, habría recibido
la justa recompensa a sus actos.
|Hoyos. ¿De manera que usted admite que los conspiradores
de 1828 habían decidido asesinar al hombre que para liberar el
país, había sacrificado todos sus bienes, soportado hambre y
sufrido frío en los páramos junto con el último de los soldados, y
arriesgado la vida en centenares de batallas?
|Triana. Cuando un benefactor se convierte en tirano y se
rodea de Mosqueras y de Herranes y está protegido por un ejército
permanente, el enemigo universal de la libertad, no queda remedio
mejor ni más barato, por lo menos no lo había en este caso. Lo que
es necesario es correcto .
|Hoyos. ¿Y quién encabezaba la conspiración?
|Triana. Cabeza no tenía. Había siete jóvenes bogotanos,
cada uno de los cuales presidía su propia sección.
|Hoyos. Jóvenes que nunca habían estado en una batalla y
que no conocían más arma que el puñal, pero ¿y
Santander?
|Triana. No hay duda de que el vice-presidente sabía algo
de lo que estaban tramando. Pocas semanas antes lo habían despojado
de su cargo por medio de un decreto tiránico y es seguro que a la
muerte del dictador habría sido el presidente constitucional; pero
no tuvo participación directa en la conspiración y se le condenó a
muerte sin que se hubiera presentado ninguna prueba de su
complicidad. Usted, señor norteamericano, ha visto los autos del
juicio en la colección del Coronel Pineda, ¿no es
cierto?
|Holton. Sí, como también la conmutación de la pena de
muerte por el destierro, escrita de puño y letra de Bolívar; pero
no investigué esos documentos a fondo.
|Hoyos. Ahora permítanme decirles cómo sucedieron en
realidad las cosas. La dictadura de Bolívar estuvo de acuerdo con
los deseos de todos los que amaban la estabilidad, pero en contra
de las ideas de ciertos jóvenes seguidores de las teorías de
Jeremías Bentham, y su gobierno obstaculizó la realización de
muchísimas ambiciones personales. Todos ellos consideraban que la
muerte de Bolívar equivaldría a cortar el nudo gordiano que les
permitiría llevar a cabo sus proyectos, pero la verdad es que lo
único que hubieran logrado habría sido sumir el país en una
anarquía terrible. Dos personalidades tan diferentes como las de
Bolívar y Santander no podían trabajar juntas en un periodo tan
tempestuoso. Pero es de creer que el vice-presidente no habría
manchado su carácter en la forma como lo hizo si no se hubiera
sentido lesionado por el decreto del 27 de agosto de 1828. La
conspiración se extendió hasta Popayán y sin duda que en ella
participaron también López y Obando, pero cuando los conspiradores
se vieron a punto de ser descubiertos, tuvieron que hacer estallar
la mina a la media noche del 25 de septiembre de 1828. Los
asesinos, cubiertos de sangre, llegaron hasta la puerta de palacio
y con la espada y el puñal subyugaron a la guardia. Apenas en ese
momento el Libertador se dio cuenta del peligro que corría.
Resolvió morir como un romano y salió desarmado a recibir a los
asesinos. Pero Manuela Sáenz...
|Triana. ¿ Cuál de nuestros presidentes, fuera de ese
solterón de Bolívar, ha mantenido una moza en
palacio?
|Hoyos. Nuestros mejores presidentes han tenido también
sus debilidades humanas. El heroísmo de esta mujer (comparable
apenas al de Rahab) cambió el curso de nuestra historia y nos salvó
de otra guerra civil. Ella detuvo a Bolívar y lo condujo a la
ventana situada más al oriente, la última del palacio hacia arriba,
frente al teatro. Bolívar saltó, eran solo ocho o nueve pies de
altura hasta la calle, corrió a la esquina, cruzó hacia el sur
hasta el río San Agustín y se escondió debajo del puente situado
dos cuadras más arriba del puente de San Agustín.
|Holton. ¿Y Manuela?
|Hoyos. La mujer, que no tuvo tiempo de pensar en
arreglarse, recibió a los asesinos en las escaleras diciéndoles que
si querían seguir tendrían que matarla primero a ella. La hicieron
a un lado manchándole la camisa blanca con las manos
ensangrentadas, pero no la hirieron, y el Libertador ya estaba a
salvo. Mientras él viviera la conspiración no tenía
ninguna posibilidad de éxito. Algunos de los cabecillas pagaron el
complot con sus vidas, otros con el destierro. El mismo Santander
vivió en el exilio hasta que fue elegido presidente en 1832.
|Holton. ¿Y qué le sucedió a Bolívar
después?
|Hoyos. Ese mismo día regresó a Palacio. Pero hubo otro
desafortunado intento contra su gobierno en Antioquia, donde el
pobre José María Córdoba, quien todavía adolescente había combatido
al lado de Bolívar, cayó en la sangrienta batalla del Santuario en
un día trágico de 1828. En esa ocasión comandaba las tropas del
dictador el General O’Leary, más tarde embajador británico en
Bogotá, quien falleció en 1852.
En 1830 Bolívar fue reemplazado por Joaquín Mosquera, el último
presidente de Colombia. Es verdad que era hermano de Tomás
Cipriano, pero también es cierto que fue buen presidente, como lo
atestiguan sus enemigos más acerbos y ambiciosos; y el hecho de que
perteneciera a una familia distinguida no le impidió hacer un buen
gobierno. En su período de gobierno se adoptó una nueva
constitución, pero Páez en Venezuela y Flórez en el Ecuador
lograron que sus países rechazaran tanto al presidente como a la
constitución, y en 1831, sin que se derramara una gota de sangre,
se disolvió la Gran Colombia.
Bolívar al ser reemplazado en la Presidencia se retiró a
Cartagena. El hombre que más peligros arrostró de todos los de su
generación, murió de muerte natural en San Pedro, cerca de Santa
Marta, el 17 de diciembre de 1830; y murió pobre, no obstante haber
ejercido durante tanto tiempo el poder supremo.
Puede suponerse que la discusión habría alcanzado este punto
cuando la llegada de algo caliente que nos trajeron de la cocina
hizo cambiar de rumbo la conversación. El lector no debe pensar que
este diálogo es ejemplo fiel de los relatos contradictorios que oye
el viajero y en los cuales debe basarse para formar su propia
opinión. Es imposible que entre tantas afirmaciones no se filtre
una que otra falsedad, que podría ser considerada como cierta por
el autor, o que no aparezca alguna exageración, que es muy difícil
reducir a su justa dimensión. Con esta presentación de los detalles
simplemente evité tener que pronunciarme sobre temas tan discutidos
y dudosos.
No puedo precisar en qué consistía la cosa caliente que nos
enviaron de la cocina, pero como para un solo día he hecho
suficientes esfuerzos rememorativos, espero que se me excuse si no
recuerdo ni su nombre, consistencia o sabor. Cuando la terminamos,
comimos algunos dulces que traía nuestro piadoso conservador en los
cojinetes y empezamos a pensar en el regreso a
Bogotá.
Hasta ahora no me he referido a los zamarros. Don Fulano creía
que no era decoroso que yo montara sin zamarros, así que insistió
en prestarme los de él. Los zamarros son una especie de overoles o
de pantalones incompletos hechos de cuero, y en este caso eran de
piel de toro. Una vez que me los puse, me sentí tan incómodo como
se sentiría un caballero moderno en una armadura antigua. Dos
personas tuvieron que ayudar a ponérmelos y dos a quitármelos; para
montarme en el caballo necesité encaramarme en un banco y cuando me
desmonté tuve la sensación de que la montura se me había quedado
pegada. Pasaron meses antes de que repitiera el experimento y
solamente me decidí a usarlos nuevamente cuando encontré un par más
suave y manejable. En las ilustraciones del Orejón, del Carguero y
el bebé, y del Vaquero se pueden ver los zamarros. Los de este
último son de piel de tigre, conocido como jaguar en los otros
países hispánicos, posiblemente el Felis manchado, que es el animal
mas terrible del Nuevo Mundo, pero afortunadamente bastante escaso
y además cobarde.
Cuando por fin me trepé de nuevo en el caballo pude darme el
lujo de observar el tiempo. El piso estaba blanco de granizo pero
ya había escampado. No se podía decir
|facilis descensus de
la bajada por las laderas empapadas de la montaña, antes de la
lluvia el descenso hubiera sido difícil, ahora era francamente
peligroso. Los caballos de mis amigos se cayeron varias veces en el
viaje de regreso, pero logramos llegar ilesos. En algunos sitios de
la Sabana encontramos
|¡hasta
|cinco pulgadas de
granizo! Lo cual en un comienzo me pareció la cosa más natural,
hasta que recordé que ese era el primer día de
|verano o de
la estación seca y que cualquiera de los dos términos era
inaplicable en este caso. Aquí se ponen felices con una granizada
de estas y recogen todo el granizo que pueden para hacer
helados.
La verdad es que la tormenta que había azotado la Sabana no fue
cualquier cosa. Los caminos se volvieron ríos. No fuenada
fácil dirigir los caballos por el camino, con las manos entumidas e
impedido como estaba con los zamarros. Triana sugirió que a los
caballos les convendría seguir el consejo de Virgilio a la nave:
|Non bene ripae creditur; lo que coincide, creo, con la idea
de Horacio de que el ibis navega con más seguridad por la mitad del
río:
|“In medio tutissimus ibis”; en tanto que el
conservador, con la prudencia habitual de sus creencias, sugirió
que si seguíamos los consejos de semejantes herejes, acabaríamos
rezando
|De profundis clamavi. No obstante llegamos a casa
antes de la comida, pero ya casi de noche y sin haber sacado más
provecho de la excursión que el placer de la mutua
compañía.