INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
Bailes
 

 

Bailes — Mulas, toros y caballos — Jiménez de Quesada, el Conquistador 
—Bolívar y Santander — Colombia: aparición, historia y disolución — 
Dos o tres rebeliones — Mujer heroica y frágil — Granizada.


 

El lector ya debe estar cansado de tantas iglesias, yo lo estoy desde hace meses. Dejaré para otro día la descripción tediosa de ceremonias aburridas, pero que no se deben omitir al intentar presentar el retrato fiel de un país en donde por tanto tiempo se consideró que esos ritos eran importantísimos. Pero ahora vámonos al campo para conocer los alrededores de Bogotá.

La ciudad, situada al costado occidental de una sierra, está rodeada por montañas y por la Sabana. Visité más que todo la sierra y la describiré en el orden de los puntos donde estuve, comenzando por el norte. Empecemos entonces por la excursión del 1º de diciembre de 1852, que fue la más larga, la más desagradable y la más inútil de todas. Quería conocer el páramo, región demasiado fría para poderse cultivar. Partí muy temprano por la mañana, en un buen caballo que el señor King, nuestro embajador, muy gentilmente me prestó, y en la compañía del doctor Hoyos y del señor Triana, de la Misión Corográfica. Salimos por La Alameda, que después de San Diego (c) se convierte en un camino de macadam que lleva a las minas de sal de Zipaquirá, a las minas de esmeraldas de Muzo y sobre todo al santuario donde se venera al milagroso cuadro de Chiquinquirá.

Pasando cerca a San Diego, a mano derecha, y a los dos cementerios, bastante más lejos a la izquierda, el camino dobla hacia el occidente, cruza un riachuelo de aguas rápidas llamado El Arzobispo, y llega al sitio denominado Chapinero, donde hay una serie de casas. Un poco más adelante cogí unas flores de cerezo negro, de la especie |Cerasus Capollin, tan parecido al |C. Virginiana que solamente viéndolos juntos los podría distinguir. Únicamente lo he visto al borde de los caminos en las afueras de Bogotá, y por eso no probé la fruta. Es posible que se trate de un árbol importado. El cerezo y el sauce, |Salix, son los únicos árboles que se producen, aun cultivándolos, en la Sabana o en las montañas alrededor de Bogotá.

A mano izquierda hay una hacienda que visité en otra ocasión con el señor Green para asistir a la celebración del aniversario del triunfo de los liberales, en el famoso 7 de marzo de 1849. No nos quedamos mucho tiempo y nos fuimos antes de que la fiesta estuviera en lo fino porque nuestro digno representante se cansó muy pronto. Pero alcanzamos a presenciar un baile que vale la pena describir. En una pieza pequeña cerca a la entrada estaban tocando violín (aunque no estoy seguro si era clarinete), mientras llegaba la banda militar. Había dos o tres damitas, no de clase alta, y diez veces más representantes del sexo opuesto. Una pareja se puso a bailar un valse y en menos de dos minutos otro caballero reemplazó al primero sin perder el ritmo, luego un tercero y un cuarto, hasta que la señorita se cansó y la reemplazó su amiga en la misma forma. No supe cuánto tiempo más duró el valse porque nos salimos antes de que se acabara. Lo único que sé es que si también hubiera habido suficientes músicos para turnarse, el baile habría seguido indefinidamente, porque el granadino es incansable bailando de noche o de día, como en esta ocasión.

Millas más adelante volvimos a la derecha y dejamos la carretera, que es la segunda más bien construida en la Nueva Granada, aunque le hacen falta algunas reparaciones. Seguimos al pie de los cerros y luego empezamos el ascenso, algo que se dice en tres palabras pero otra cosa es hacerlo. Los caballos no estaban acostumbrados a caminos de montaña y en la subida nos pasó un buey que venía cargado desde Bogotá. Nos divirtió ver la facilidad con que subía, mientras que nuestras magníficas bestias tenían que esforzarse al máximo. Los caballos son cabalgaduras más seguras que las mulas en los caminos peores, pero estas últimas les ganan en cualquier otro camino, son mucho más rápida y creo que pueden transportar cargas más pesadas. Por esta razón una buena mula vale más y camina más segura, pero sospecho que no aguanta tanto como un caballo.

La verdad es que las mulas no dejan que se abuse de ellas; en cambio, los caballos, para evitar el látigo o el espolazo, se esfuerzan hasta quedar agotados. Las mulas, cuando el esfuerzo les puede afectar la salud, son tan escrupulosas como un político: hágaseles lo que se les haga, no violan la sagrada constitución. Así las mulas forman una institución semibárbara al lado de la de los cargueros, la cual sí es completamente bárbara; y tal como estos se han opuesto con éxito a la construcción de caminos de herradura, la institución española de las mulas se ha enfrentado a las carreteras, y cuentan que en la madre patria ¡se opusieron a la inauguración de un ferrocarril ya construido!

El buey nos pasó pero seguimos subiendo rápidamente. La Sabana se extendía inmensa a nuestros pies. La época de lluvias ya estaba para terminar pero amplias extensiones estaban cubiertas de agua, tal como sucede casi todo el año. Frente a nosotros, en la distancia, se divisaba Funza, la cual dicen que fue la capital de los Muiscas, la nación más poderosa de la Nueva Granada, cuando en marzo de 1537 el infatigable Gonzalo Jiménez de Quesada vio por primera vez la Sabana. Su heroísmo está a la par del de Cortés y de Pizarro y su valor moral (menuda alabanza) muy por encima del de ellos.

Jiménez de Quesada salió de Santa Marta con más de ochocientos hombres y durante más de nueve meses luchó contra selvas y tempestades, contra el hambre y las enfermedades y al llegar a las riberas del río Opón solo le quedaban ciento setenta hombres y sesenta y dos caballos, a los cuales habían tenido que cargar muchas veces. Se abrió camino hasta la Sabana que tenemos ahora a nuestros pies, conquistó los Muiscas y otros pueblos chibchas, sin haber recibido ni un solo hombre de refuerzo. Jiménez de Quesada sobrevivió a todos los peligros de guerra y de conspiraciones y a todos los rigores de la ley y murió de lepra a la avanzada edad de ochenta años, en Mariquita, cerca de Honda, el 10 de febrero de 1579.

Continuamos subiendo y la vegetación era siempre diferente. Allí vi por primera vez el arbusto raro y bello del orden de las tiliáceas, la |Vallea stipularis, que tiene abundantes flores rosadas y hojas muy bonitas parecidas a las del álamo, más grandes y delgadas de las que por lo general se dan el lujo de tener las plantas a estas alturas. A otra planta ericácea aún más hermósa, la |Befaria resinosa, le dicen aquí pega-pega porque las flores son pegajosas. Estas tienen una pulgada de largo y son de distintos tonos de rosado, desde el más fuerte hasta el más delicado y crecen en densos racimos. Las de aquí tienen tan poca resma que al secarlas las pude separar fácilmente del papel.

Por fin dejamos de subir y en la cima en vez de una llanura encontramos que el terreno era quebrado y en una loma distante vimos un |árbol. Bajamos a una hacienda con tres casitas de adobe, la más grande en forma de |L y con tres piezas muy pequeñas pero habitables, en donde aparentemente vivía un hombre solo, no muy simpático pero muy rezandero, a juzgar por la capilla que tenía.

En las otras dos casas, que quedaban a cierta distancia, estaban la cocina y la pieza del mayordomo. Desde su alcoba, el dueño podía hacer sonar una campana en otra de las casas, jalando una cuerda, algo prácticamente desconocido en este país; en realidad, esa fue la primera campana, grande o chiquita que vi fuera de una iglesia, en la Nueva Granada. Dejamos los caballos en una de las piezas vacías y salimos a buscar plantas, pero una tempestad nos hizo regresar pronto, porque, como dicen aquí, el páramo se había puesto bravo.

Nos quedamos en la casa mucho tiempo, empapados y muertos de frío mientras nos preparaban un chocolate en la cocina, en atención a la amistad del doctor Hoyos con el dueño. Mientras tanto yo trataba de calentarme paseándome de arriba a abajo entre los dos cuartos. Afuera granizaba, que es lo más parecido a una nevada que hay en estas tierras.

El doctor Hoyos y Triana pertenecen a campos opuestos en política y no será tiempo perdido escucharlos dialogar. No tomé notas de la conversación, pero si acaso exagero algunas de las opiniones de los liberales, expuestas por el joven y entusiasta botánico, empleado del gobierno, se debe a la influencia de otro liberal todavía más entusiasta, el joven poeta y jefe político de Ambalema, José María Samper (Agudelo), cuyos “Apuntamientos” son el mejor ejemplo que conozco de republicanismo extremo.

En cambio el muy piadoso doctor Hoyos, quien fuera ayudante del eminente sacerdote y botánico Mutis, representa lossentimientos de los pocos hombres religiosos que quedan en el país y que conforman la extrema derecha conservadora. Así como las palabras de Triana reflejan el pensamiento de Samper, quien se puede considerar como el prototipo de “la juventud granadina”, la voz de Hoyos, expresando su pensamiento maduro pero lento y retrógrado, refleja el de Don Mariano Ospina, a quien ya vimos adecuadamente vestido en el hábito de los jesuitas, y que es el oráculo más respetable de la filosofía oscurantista.

Abajo en la Sabana se veía la hacienda del ex-Presidente Santander, y ese fue el pretexto para iniciar nuestro diálogo político, con la observación de Triana de que ningún otro hombre hizo o hará tanto por la Nueva Granada como Santander.

|Doctor Hoyos. Es cierto que le debemos mucho a Santander, pero si no hubiera sido por Bolívar, no habríamos tenido la ocasión de endeudarnos con Santander ni con ningún otro patriota. Sin un hombre como Bolívar, general a la altura de Napoleón, hombre de Estado de la categoría de Washington, nuestro pobre país habría luchado en vano, no tanto por el valor de los Godos de la metrópoli como por su ferocidad y superioridad numérica.

|Triana. Estoy de acuerdo con usted en cuanto al talento militar de Bolívar. Pero el hombre de estado era el vice-presidente Santander, quien con mucho tino dirigía el gobierno desde Bogotá, siempre y cuando que el Libertador, a la cabeza del ejército, no dictara algún decreto desde el campo de batalla, con el cual el guerrero impetuoso infundía el caos en las sabias medidas implantadas por el “Hombre de las Leyes”. ¿Y cuál es el mérito de librarnos de la tiranía transatlántica para imponernos la suya como dictador en Bogotá?

|Hoyos. La confusión y la ignorancia política del país obligaron a Bolívar a actuar como actué. Durante once años, desde el glorioso 20 de julio de 1810 hasta el Congreso de Cúcuta en 1821, no tuvimos ninguna clase de gobierno. Todavía estaba por conquistar la libertad cuando constitucionalmente el país eligió a Bolívar como Presidente y a Santander como vice-Presidente. La Constitución introdujo cambios demasiado grandes y violentos en la sociedad; no teníamos ninguna experiencia en el auto-gobierno y hasta la misma palabra tuvimos que prestarla del inglés; todo se había dejado en manos del ejecutivo, que a la hora de la verdad resultó ser demasiado débil.

|Triana. Por el contrario, demasiado fuerte. El ejecutivo es el único elemento peligroso del gobierno, el único que puede convertirse en déspota. Los cambios no fueron ni demasiado grandes ni demasiado rápidos; fueron demasiado tímidos y demasiado pocos para las necesidades del momento. Ni por un día se debió haber dejado rastros del antiguo sistema. Los responsables de esa Constitución cobarde tenían miedo hasta de sus propias sombras. No le tenían confianza al poder de las instituciones democráticas y, por consiguiente, no se atrevieron a estructurar una verdadera república. En vez de liberar a los esclavos, solo ordenaron que los que nacieran de ese momento en adelante fueran liberados al cumplir los dieciocho años, mientras que el resto se redimiría lentamente a través de un fondo. La pena capital, la unión de la Iglesia y el Estado, la exención de sacerdotes y militares de juicios civiles y hasta la misma existencia de un ejército, son incompatibles con el verdadero republicanismo. Como también son incompatibles los monopolios, las limitaciones al derecho del sufragio, las restricciones a la libertad de prensa, la prisión por deudas; en pocas palabras, ni una sola de las instituciones que nos legaron los tiranos.

|Hoyos. ¿Y usted hubiera cambiado todo a la vez?

|Triana. Naturalmente, habría sido la única forma de tranquilizar al país.

|Hoyos. Yo considero que habría sido absolutamente imposible comenzar en esa forma. Fue precisamente la agitación desenfrenada de políticos entusiastas que atacaban al gobierno desde el Congreso y la prensa, con planes y lenguaje extravagantes, por no hablar de planes revolucionarios, lo que hizo necesario que se impusieran restricciones a la prensa y se tomaran medidas más severas en la administración. La obra de Bolívar no consistió en administrar un gobierno libre, sino en preparar un pueblo libre para vivir libremente. Y con seguridad que lo habría logrado si no hubiera sido porque espíritus tan turbulentos como los del doctor Francisco Soto y del doctor Vicente Azuero se propusieron obstaculizar todas las medidas encaminadas a preparar al pueblo hacia ese objetivo.

|Triana. ¡Qué preparación ni qué niño muerto! | ¿ De manera que usted llama preparación para la libertad restablecer conventos ya abolidos; reforzar el poder que los sacerdotes habían perdido por su adhesión a la causa de la tiranía; expedir decretos arbitrarios abrogando contratos legales, como, por ejemplo, el de la navegación por el Magdalena; restringir la educación y entregar las escuelas atadas de pies y manos a los curas? ¿Todo eso es lo que usted llama preparar un pueblo para que viva libremente?

|Hoyos. Nunca nos vamos a poner de acuerdo sobre asuntos referentes a la iglesia y a la educación. Ya sé que pertenezco a una minoría sin esperanzas, pero sé que tengo la razón, como usted mismo lo tiene que admitir, a menos que reconozca que no es cristiano. Pero dejando a un lado esos dos puntos, Bolívar no se opuso a la voluntad popular sino a los delirios políticos de unos cuantos lunáticos. Lo eligió la Convención de Cúcuta y el pueblo lo reeligió en 1825, precisamente después de haber llevado a cabo esa política retrógrada, como usted la llama. Pero demagogos interesados más en conseguir puestos que en el bienestar del país obstaculizaron su gobierno hasta obligarlo a renunciar en 1827. Su renuncia no fue aceptada y como último recurso apeló al pueblo en la Convención de Ocaña.

|Trian |a |. Me sorprende que se atreva a mencionar la Convención de 1828. La historia imparcial de los años de 1827 y 1828 justificaría plenamente la observación de Samper de que a los libertadores de un país se les puede pagar con todo, menos con la participación en el gobierno. El General Páez se levantó en armas contra Colombia el 30 de abril de 1826, movido por pura ambición y sin dar ni siquiera otro pretexto. Bolívar se reunió con él, tramó planes con él, le manifestó amplia amistad y cuando regresó a Bogotá renunció a la presidencia. Sus agentes políticos, que eran mayoría en el Congreso de 1827, no aceptaron la renuncia y convocaron la Convención de Ocaña con el solo objeto de reforzar su poder. Entre tanto ¿qué estaba sucediendo en Guayaquil? El intendente allí era Tomás Cipriano de Mosquera, que si no es el más rico es por lo menos el hombre más orgulloso de la Nueva Granada y jefe visible de la familia real granadina, ya que es ex-presidente, hermano de ex-presidente, suegro de ex-presidente y hermano de un arzobispo, ya muerto.

|Hoyos. Y todos ellos dignos de los altísimos cargos que les fueron confiados.

|Triana. Bueno, nuestro Chevalier Bayard, “sans peur et sans reproche” (sin miedo y sin tacha), como usted llama a Mosquera, proclamó dictador a Bolívar.

|Hoyos. Una medida magistral en la que Mosquera no tenía nada qué ganar y de la cual dependía la última esperanza de integridad para el país, esperanza que encontró dos obstáculos fatales para su realización: las quimeras trascendentales de ustedes los liberales y la ambición de un centenar de intrigantes que buscaban puestos públicos, entre ellos veinte con ambiciones presidenciales. Pero prosiga.

|Triana. Bien, la Convención se reunió el 2 de marzo de 1828, la fecha más negra de la historia de Colombia. 

|Hoyos. Sin duda, pero prosiga.

|Triana. Bolívar estaba en minoría y entonces se situó con 3.000 soldados en Bucaramanga, que fue lo más cerca de Ocaña a donde se atrevió a llegar, y desde allí, después de intentar en vano intimidar a la mayoría, convenció a una minoría de veinte delegados para que se retiraran, dejando la Convención sin quórum. Tres días más tarde, el 13 de junio, Pedro Alcántara Herrán, unido por matrimonio con “la familia real”, convocó una asamblea en Bogotá y proclamó dictador a Bolívar, exactamente como lo había hecho su suegro en Guayaquil el año anterior.

|Hoyos. Y por las mismas y poderosas razones. Pero prosiga.

|Triana. El Libertador y Opresor aceptó el cargo y el 27 de agosto de ese mismo año de 1828 dictó el decreto orgánico que abolía virtualmente la Constitución de 1821.

|Hoyos. ¿Y qué sucedió en septiembre?

|Triana. En septiembre, si no hubiera sido por la intervención de una prostituta alojada en Palacio, habría recibido la justa recompensa a sus actos.

|Hoyos. ¿De manera que usted admite que los conspiradores de 1828 habían decidido asesinar al hombre que para liberar el país, había sacrificado todos sus bienes, soportado hambre y sufrido frío en los páramos junto con el último de los soldados, y arriesgado la vida en centenares de batallas?

|Triana. Cuando un benefactor se convierte en tirano y se rodea de Mosqueras y de Herranes y está protegido por un ejército permanente, el enemigo universal de la libertad, no queda remedio mejor ni más barato, por lo menos no lo había en este caso. Lo que es necesario es correcto .

|Hoyos. ¿Y quién encabezaba la conspiración?

|Triana. Cabeza no tenía. Había siete jóvenes bogotanos, cada uno de los cuales presidía su propia sección.

|Hoyos. Jóvenes que nunca habían estado en una batalla y que no conocían más arma que el puñal, pero ¿y Santander?

|Triana. No hay duda de que el vice-presidente sabía algo de lo que estaban tramando. Pocas semanas antes lo habían despojado de su cargo por medio de un decreto tiránico y es seguro que a la muerte del dictador habría sido el presidente constitucional; pero no tuvo participación directa en la conspiración y se le condenó a muerte sin que se hubiera presentado ninguna prueba de su complicidad. Usted, señor norteamericano, ha visto los autos del juicio en la colección del Coronel Pineda, ¿no es cierto?

|Holton. Sí, como también la conmutación de la pena de muerte por el destierro, escrita de puño y letra de Bolívar; pero no investigué esos documentos a fondo.

|Hoyos. Ahora permítanme decirles cómo sucedieron en realidad las cosas. La dictadura de Bolívar estuvo de acuerdo con los deseos de todos los que amaban la estabilidad, pero en contra de las ideas de ciertos jóvenes seguidores de las teorías de Jeremías Bentham, y su gobierno obstaculizó la realización de muchísimas ambiciones personales. Todos ellos consideraban que la muerte de Bolívar equivaldría a cortar el nudo gordiano que les permitiría llevar a cabo sus proyectos, pero la verdad es que lo único que hubieran logrado habría sido sumir el país en una anarquía terrible. Dos personalidades tan diferentes como las de Bolívar y Santander no podían trabajar juntas en un periodo tan tempestuoso. Pero es de creer que el vice-presidente no habría manchado su carácter en la forma como lo hizo si no se hubiera sentido lesionado por el decreto del 27 de agosto de 1828. La conspiración se extendió hasta Popayán y sin duda que en ella participaron también López y Obando, pero cuando los conspiradores se vieron a punto de ser descubiertos, tuvieron que hacer estallar la mina a la media noche del 25 de septiembre de 1828. Los asesinos, cubiertos de sangre, llegaron hasta la puerta de palacio y con la espada y el puñal subyugaron a la guardia. Apenas en ese momento el Libertador se dio cuenta del peligro que corría. Resolvió morir como un romano y salió desarmado a recibir a los asesinos. Pero Manuela Sáenz...

|Triana. ¿ Cuál de nuestros presidentes, fuera de ese solterón de Bolívar, ha mantenido una moza en palacio?

|Hoyos. Nuestros mejores presidentes han tenido también sus debilidades humanas. El heroísmo de esta mujer (comparable apenas al de Rahab) cambió el curso de nuestra historia y nos salvó de otra guerra civil. Ella detuvo a Bolívar y lo condujo a la ventana situada más al oriente, la última del palacio hacia arriba, frente al teatro. Bolívar saltó, eran solo ocho o nueve pies de altura hasta la calle, corrió a la esquina, cruzó hacia el sur hasta el río San Agustín y se escondió debajo del puente situado dos cuadras más arriba del puente de San Agustín.

|Holton. ¿Y Manuela?

|Hoyos. La mujer, que no tuvo tiempo de pensar en arreglarse, recibió a los asesinos en las escaleras diciéndoles que si querían seguir tendrían que matarla primero a ella. La hicieron a un lado manchándole la camisa blanca con las manos ensangrentadas, pero no la hirieron, y el Libertador ya estaba a salvo. Mientras él viviera la conspiración no tenía ninguna posibilidad de éxito. Algunos de los cabecillas pagaron el complot con sus vidas, otros con el destierro. El mismo Santander vivió en el exilio hasta que fue elegido presidente en 1832.

|Holton. ¿Y qué le sucedió a Bolívar después?

|Hoyos. Ese mismo día regresó a Palacio. Pero hubo otro desafortunado intento contra su gobierno en Antioquia, donde el pobre José María Córdoba, quien todavía adolescente había combatido al lado de Bolívar, cayó en la sangrienta batalla del Santuario en un día trágico de 1828. En esa ocasión comandaba las tropas del dictador el General O’Leary, más tarde embajador británico en Bogotá, quien falleció en 1852.

En 1830 Bolívar fue reemplazado por Joaquín Mosquera, el último presidente de Colombia. Es verdad que era hermano de Tomás Cipriano, pero también es cierto que fue buen presidente, como lo atestiguan sus enemigos más acerbos y ambiciosos; y el hecho de que perteneciera a una familia distinguida no le impidió hacer un buen gobierno. En su período de gobierno se adoptó una nueva constitución, pero Páez en Venezuela y Flórez en el Ecuador lograron que sus países rechazaran tanto al presidente como a la constitución, y en 1831, sin que se derramara una gota de sangre, se disolvió la Gran Colombia.

Bolívar al ser reemplazado en la Presidencia se retiró a Cartagena. El hombre que más peligros arrostró de todos los de su generación, murió de muerte natural en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830; y murió pobre, no obstante haber ejercido durante tanto tiempo el poder supremo.

Puede suponerse que la discusión habría alcanzado este punto cuando la llegada de algo caliente que nos trajeron de la cocina hizo cambiar de rumbo la conversación. El lector no debe pensar que este diálogo es ejemplo fiel de los relatos contradictorios que oye el viajero y en los cuales debe basarse para formar su propia opinión. Es imposible que entre tantas afirmaciones no se filtre una que otra falsedad, que podría ser considerada como cierta por el autor, o que no aparezca alguna exageración, que es muy difícil reducir a su justa dimensión. Con esta presentación de los detalles simplemente evité tener que pronunciarme sobre temas tan discutidos y dudosos.

No puedo precisar en qué consistía la cosa caliente que nos enviaron de la cocina, pero como para un solo día he hecho suficientes esfuerzos rememorativos, espero que se me excuse si no recuerdo ni su nombre, consistencia o sabor. Cuando la terminamos, comimos algunos dulces que traía nuestro piadoso conservador en los cojinetes y empezamos a pensar en el regreso a Bogotá.

Hasta ahora no me he referido a los zamarros. Don Fulano creía que no era decoroso que yo montara sin zamarros, así que insistió en prestarme los de él. Los zamarros son una especie de overoles o de pantalones incompletos hechos de cuero, y en este caso eran de piel de toro. Una vez que me los puse, me sentí tan incómodo como se sentiría un caballero moderno en una armadura antigua. Dos personas tuvieron que ayudar a ponérmelos y dos a quitármelos; para montarme en el caballo necesité encaramarme en un banco y cuando me desmonté tuve la sensación de que la montura se me había quedado pegada. Pasaron meses antes de que repitiera el experimento y solamente me decidí a usarlos nuevamente cuando encontré un par más suave y manejable. En las ilustraciones del Orejón, del Carguero y el bebé, y del Vaquero se pueden ver los zamarros. Los de este último son de piel de tigre, conocido como jaguar en los otros países hispánicos, posiblemente el Felis manchado, que es el animal mas terrible del Nuevo Mundo, pero afortunadamente bastante escaso y además cobarde.

Cuando por fin me trepé de nuevo en el caballo pude darme el lujo de observar el tiempo. El piso estaba blanco de granizo pero ya había escampado. No se podía decir |facilis descensus de la bajada por las laderas empapadas de la montaña, antes de la lluvia el descenso hubiera sido difícil, ahora era francamente peligroso. Los caballos de mis amigos se cayeron varias veces en el viaje de regreso, pero logramos llegar ilesos. En algunos sitios de la Sabana encontramos |¡hasta |cinco pulgadas de granizo! Lo cual en un comienzo me pareció la cosa más natural, hasta que recordé que ese era el primer día de |verano o de la estación seca y que cualquiera de los dos términos era inaplicable en este caso. Aquí se ponen felices con una granizada de estas y recogen todo el granizo que pueden para hacer helados.

La verdad es que la tormenta que había azotado la Sabana no fue cualquier cosa. Los caminos se volvieron ríos. No fuenada fácil dirigir los caballos por el camino, con las manos entumidas e impedido como estaba con los zamarros. Triana sugirió que a los caballos les convendría seguir el consejo de Virgilio a la nave: |Non bene ripae creditur; lo que coincide, creo, con la idea de Horacio de que el ibis navega con más seguridad por la mitad del río: |“In medio tutissimus ibis”; en tanto que el conservador, con la prudencia habitual de sus creencias, sugirió que si seguíamos los consejos de semejantes herejes, acabaríamos rezando |De profundis clamavi. No obstante llegamos a casa antes de la comida, pero ya casi de noche y sin haber sacado más provecho de la excursión que el placer de la mutua compañía.

anterior | índice | siguiente