(cotinuación capítulo Las iglesias de
Bogotá)
El altar mayor, como el de la catedral, está separado del muro,
de manera que las procesiones puedan desfilar detrás de él. Pero no
piensen que las procesiones se caracterizan por su dignidad y
esplendor. En ellas es importante el palio o dosel, que consiste en
seis varas que siempre llevan torcidas, cuyas puntas sostienen una
tela de seda suficientemente grande como para cubrir una calesa,
pero nadie hace ningún esfuerzo por mantenerla templada y lisa.
Bajo el palio va el sacerdote con la custodia y a medida que la
procesión da la vuelta todos los fieles van tornando como
girasoles, así que cuando ella acaba de dar la vuelta al altar
también ellos han dado una vuelta completa de rodillas. Una vez me
hicieron el honor de ofrecerme que llevara el primer cirio en la
procesión, una vela de una yarda de larga, pero me sentí obligado a
rechazar el honor. Me sorprendió ver un fraile, al terminar la
ceremonia, apagar el cirio contra el suelo, exactamente como lo
hacen los monjes en los cuadros alegóricos.
En San Agustín hay dos o tres capillas completamente separadas
de la nave central, una de las cuales es prácticamente una iglesia,
solo que no tiene puerta de salida independiente.
Me gustaría que observara el lector los dos cuadros que me
interesaron más en Bogotá, no tanto por la superioridad técnica y
de diseño, sino por el tema. En el que está detrás del altar
aparece el Salvador esperando que acaben los preparativos para la
crucifixión. Se ve terriblemente maltratado, en el costado le han
arrancado un pedazo de piel y se le pueden ver las costillas. El
verdugo agachado, con ambas manos ocupadas y un clavo enorme entre
los dientes, tiene tal expresión de ferocidad, subrayada por la
falta de dos dientes en una dentadura que podría ser perfecta, que
el espectador no puede menos de estremecerse ante su mirada. En el
cuadro únicamente hay un personaje más que es la Virgen, mucho más
joven que su hijo y agobiada por el dolor. Pero la cruz misma es
interesante, es una cruz vieja que quizá alguna vez fue bonita,
pero la pintura verde que la cubre está rajada por el sol, pelada
en algunos sitios por el uso y manchada con la sangre de
innumerables ejecuciones.
El otro cuadro está al lado derecho del altar y el tema es
interesante: se trata del matrimonio de José y María. José, a
diferencia de como lo representan los artistas italianos, se ve
joven y no da la impresión de tener hijos de un matrimonio anterior
ni de estar en el límite de la imbecilidad. A la Virgen, como
siempre, la pintan joven. No sé si la iglesia sostiene la juventud
perpetua de María, pero el caso es que ningún artista se ha
atrevido a pintarla vieja, arrugada y decrépita; posiblemente si
alguien lo hiciera, la Inquisición haría todos los esfuerzos para
enviar al artista a la hoguera.
En San Agustín me recibieron muy atentamente y por eso era el
convento que más me gustaba visitar. Lutero fue monje agustino.
Pero como no tenemos tiempo de visitar el convento, sigamos hacia
el sur y en la cuadra siguiente a la izquierda hallamos la iglesia
parroquial de Santa Bárbara, santa a la que siempre representan en
el momento en que van a degollarla. La iglesia es pequeña pero
tiene un cuadro que se considera muy milagroso. Todas estas nueve
iglesias y conventos están en una misma calle y todavía hay otros
dos en los dos extremos de la ciudad, el convento de San Diego, al
norte, y Las Cruces al sur.
Ahora visitaremos la capilla de un convento de monjas. Nunca
estuve en el interior de uno de estos y aunque me habría sido fácil
conseguir permiso para hacerlo, me pareció que no valía la pena
tomarse el trabajo. Para variar, cruzamos una cuadra más abajo del
río San Agustín, luego pasamos este por encima de un tronco y
llegamos al sur de la plaza: El primer edificio a la izquierda es
el cuartel de San Agustín, y en la cuadra siguiente, a la
izquierda, hay una escuela pública de varones con buena fachada. Un
domingo pasé por el frente y como vi que había niños, pensé que
estaban en la escuela dominical. ¡Vana esperanza! Simplemente
estaban preparándose para un examen que iban a
presentar.
En la esquina de la próxima manzana se halla el Observatorio y
en toda la manzana siguiente, a la derecha, están haciendo el
edificio enorme del capitolio, que quién sabe si lo terminen jamás,
y nos encontramos otra vez en la Plaza de Bolívar, en la esquina
diagonal a la catedral. Cruzando hacia el occidente, a la derecha,
vemos la Casa Consistorial, luego la prisión que está al frente de
los ministerios y a la derecha el inmenso convento de La
Concepción, que ocupa dos manzanas enteras en el corazón de la
ciudad.
A cualquier persona que pudiera tener una visión panorámica de
la ciudad le sorprendería el número de iglesias y el tamaño de los
conventos en Bogotá. El gobierno ya le ha quitado a la iglesia
muchos de ellos a efectos de dedicarlos a fines más útiles para los
descendientes de los que con su dinero los edificaron, tales como
escuelas, hospitales, etc. No obstante, los que quedan ocupan
terrenos grandísimos y se dice que son dueños de la mitad de la
propiedad raíz de la ciudad.
El número de frailes y monjas en Bogotá no debe ser muy elevado
porque en los treinta y dos conventos granadinos no hay sino 697
religiosos, sin contar 469 sirvientes y 97 novicios. Todos ellos
cabrían en un solo convento bogotano. Antes de las reformas del
arzobispo Mosquera debieron haberla pasado muy agradablemente en
los conventos, pero el arzobispo les quitó los caballos a las
monjas, les prohibió que tuvieran teatro y que se disfrazaran de
hombre, y que ninguna, ni siquiera las más viejas y enfermas,
tuviera más de
|dos sirvientas. Pero a pesar de las
reformas no creo que sus sufrimientos sean excesivos, como que en
Santa Inés tienen 73 sirvientas para atender a 46 religiosas. Las
monjas no pueden salir nunca del convento y no he oído decir que en
los últimos tiempos se hayan presentado casos de monjas que hayan
violado sus votos.
Hacia la mitad del muro de La Concepción, a la derecha, empieza
el convento de Santa Inés, a la izquierda. Su iglesia fue la
primera que visité en Bogotá, un domingo, acompañado por el niño de
Don Fulano. Como ya había sido yo testigo de tantas profanaciones a
la santidad dominical a mi alrededor, no me sorprendió oír un
organillo e instintivamente, olvidando donde estaba, me volví para
ver el
|mico. El organillo resultó ser el órgano de la
iglesia y la música era el acompañamiento de la misa. El canto de
las monjas me pareció horroroso, sonaba como una pelea de gatos. En
ningún otro convento de monjas de la ciudad hay coro y en este lo
componen exclusivamente las monjas, que no tienen quién les enseñe
música ni ninguna motivación para estudiarla.
Los dos pisos del convento se hallan separados de la iglesia por
rejas de hierro; la parte baja de ella tiene dos a una distancia de
cuatro pies, a lo largo de la pared y al frente del altar. Arriba
hay una reja de madera que se extiende a lo largo de una de las
paredes y a lo ancho en la pared del fondo. Prácticamente es nada
lo que se puede ver de las monjas.
Las paredes de la iglesia de Santa Inés están cubiertas con una
serie de cuadros ilustrativos de la vida de la santa y en todas las
escenas la acompaña un corderito que parece que no creció nunca. En
el primer cuadro el cordero está observando cómo le dan a la futura
santa ese primer baño que a nosotros los del sexo fuerte
generalmente no nos permiten ver. Una sirvienta trae algo en una
taza sobre un plato grande, en vez de platillo como es la costumbre
aquí, para que lo tome la parturienta que está acostada en una cama
completamente inapropiada para sus circunstancias, según los
entendidos.
La sacristía hace parte del convento pero no tiene más puerta
que la que da a la iglesia. También hay un confesionario situado en
tal forma que el sacerdote pueda poner el oído derecho contra una
placa perforada de estaño en la pared del convento, el cual es
parte esencial en las instalaciones de los conventos de
monjas.
El sacristán de un convento es a veces hombre. Pude una vez ver
cómo desde una ventana del convento, después de cerrar por la
noche, subían una canasta con las llaves de la puerta, como
mostrando que quedaba suspendida toda comunicación con el mundo
exterior.
Esta es toda la información que conozco sobre los conventos de
monjas y no vale la pena averiguar más ni decir más. Es poca o
ninguna la belleza que encierran y debe ser muy escasa la
inteligencia y la juventud en instituciones tan obsoletas como
estas, que afortunadamente están ya en vía de extinción.