RELIGION E IGLESIAS
EN BOGOTÁ
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Las doctrinas de la Iglesia Católica y
Romana — El nacimiento milagroso de Cristo — El bautismo
— El vínculo con los padrinos — La confirmación — La
comunión El rosario y la corona — Las devociones familiares
— Las visperas — Descuido de las prácticas
religiosas.
Son muchas las personas inteligentes que prácticamente
desconocen las doctrinas y ritos de la religión católica. Nosotros
nos proponemos estudiarlos como simples observadores, no
comoteólogos, limitándonos a presentar sencillamente los
hechos sin hacer comentarios, que aquí estarían fuera de lugar, y
si algún lector me acusa de irreverencia, lo único que puedo decir
es que los granadinos no me parecieron nada reverentes y por lo
tanto no se me puede exigir que yo lo sea más que ellos.
Vamos a visitar algunas de las iglesias de la ciudad de Santa
Fe, como algunos devotos quieren seguir llamando a Bogotá, aunque
ese nombre parece haber desaparecido con el último virrey que
gobernó el Nuevo Reino de Granada. Pero antes vale la pena que
conozcamos esa “santa fe” y al efecto la describiré
brevemente, más como historiador que como polemista.
La Iglesia Romana, o la Iglesia como prefiere designarse,
negando así la existencia de otras iglesias, no profesa enseñar,
como creen muchos de sus adeptos más ignorantes, que se puede
lograr la salvación sin ningún cambio de corazón, sino simplemente
a través de ritos; sin embargo, es esta la conclusión a que se
llega al aceptar la doctrina de que nadie que no haya sido
bautizado se escapa del infierno, en tanto que los bautizados,
salvo en algunos casos por lo general horrendos, no pueden
condenarse. El bautismo, que es el primer sacramento y el único
absolutamente esencial, puede ser administrado por cualquier hombre
o mujer en caso de necesidad. Si el recién nacido es débil, lo
bautiza inmediatamente alguna persona inteligente, sin mucha
ceremonia, lo que llaman “echar el agua”. En caso de que
el niño sobreviva, el sacerdote realiza el resto de la ceremonia
con aceite, sal y saliva, y campana, misal y cirio.
El sacerdote al derramar el agua en la cabeza del niño debe
tener la intención de bautizar, o de lo contrario la ceremonia no
es válida, lo cual significaría que a menos que se corrija la
deficiencia inicial, ninguna precaución que se tome después salvará
al niño del infierno. Algunos sacerdotes han sido culpables de este
tremendo crimen por pura maldad, pero el bautizo administrado por
uno estúpido o borracho es válido, porque aunque la intención no es
consciente, se considera habitual y, por lo tanto,
válida.
En el bautizo es necesaria la presencia de un padrino y de una
madrina, de los cuales el niño es ahijado o ahijada. Este vínculo
es impedimento de matrimonio y los sacerdotes pueden con toda
corrección recibir en su casa una ahijada como si fuera sobrina. El
padrino y la madrina consideran que entre ambos y entre ellos y los
padres del niño se crea un vínculo de por vida y se siguen llamando
compadre y comadre. Pero muchas personas utilizan estos términos
sin haber bautizo de por medio; son palabras cariñosas que de común
acuerdo emplean caballeros y damas amigos.
Es voluntad divina que a través de una buena educación cristiana
la mayoría de los hijos de cristianos lleguen a ser buenos
cristianos. Lo apropiado y justo es que el niño repita, al llegar a
la edad de la razón, la profesión de fe que los padrinos hicieron
en su nombre, e indudablemente, son los padres los que mejor pueden
determinar en qué momento el niño debe hacer esa profesión de fe.
La ceremonia se llama confirmación y lo natural sería que se
realizara cuando el niño tiene de doce a quince años, pero muchos
padres tienden a anticipar la edad de discreción y es muy común que
manden a confirmar los hijos apenas empiezan a caminar. Para esta
ceremonia es necesaria la intervención del obispo o de un sacerdote
con igual jerarquía. Presencié este rito en una ocasión en que el
hermano del expresidente Herrán, hoy Arzobispo, confirmó a un grupo
muy grande de niños, algunos de ellos entre los seis y los ocho
años y otros todavía de brazos. Entre otras cosas, para
confirmarlos, el obispo les da una palmadita en la mejilla y la
ceremonia, en realidad, no tiene nada de imponente.
La parte más importante de la educación religiosa es la
preparación para la primera comunión. Cuando llega el momento de
hacerla, más o menos a los catorce años, retiran temporalmente al
niño del colegio, lo alejan de toda clase de juegos y lo ponen bajo
la tutela de un sacerdote, preferiblemente casto y devoto si se
trata de preparar a una niña. Algunos sacerdotes se contentan con
que el niño aprenda el catecismo y sepa las oraciones, pero una
señora me contó que el que la había preparado a ella le había hecho
sentir en tal forma la presencia de Dios, que nunca había vuelto a
ser la misma persona. Estaba convencida de que estos resultados
serían más frecuentes si hubiera más buenos sacerdotes. La primera
comunión es una ceremonia muy solemne pero no veía necesidad de
describirla.
Desde el punto de vista doctrinal, la Iglesia Católica no
difiere demasiado de las otras iglesias cristianas, excepto en
algunas creencias como, por ejemplo, la que afirma la necesidad de
practicar los sacramentos para escapar cómodamente del purgatorio,
ese lúgubre sitio inventado especialmente para los cristianos.
Creen en la doctrina de la Trinidad y en la necesidad de la fe y
del arrepentimiento; y además en la doctrina de la virginidad
perpetua de María, a la cual atribuyen una importancia que no puedo
menos de considerar exagerada. Me parece que este es un punto
demasiado delicado para entrar a discutirlo y me limito simplemente
a insinuar que de acuerdo con esta doctrina los católicos deducen
que el cuerpo de María nunca sufrió los cambios anatómicos que
conlleva la maternidad, y también el
|nacimiento milagroso de
Cristo, necesario para la conservación de la virginidad de su
Madre. La decencia me impide citar todas las palabras con que
explican esta doctrina en el catecismo para niños, y solo copio la
última frase: “Como un rayo de luz pasa a través de un vidrio
sin romperlo ni mancharlo”. Se supone que la persona que no
crea en esta doctrina está irremediablemente
perdida.
Dicen que la Virgen después de su muerte reveló a alguien
—nunca he podido saber a quién, cuándo y cómo— las
relaciones especiales que tuvo con su marido, y nadie tiene nada
que alegarme cuando yo sostengo que si el matrimonio es un
sacramento María tuvo que haber cometido un pecado tremendo
prostituyendo ese sacramento, simplemente para salvar su reputación
y escapar del castigo que la esperaba, debido a la falsa acusación
de haber faltado a la castidad.
La comunión consiste en tragar la hostia, la cual, antes de la
consagración, no es más que una oblea blanca común y corriente,
pero que el acto de consagración transforma en el cuerpo de Cristo.
Manos que no hayan sido consagradas no deben tocar nunca la hostia;
el sacerdote la toma con dos dedos y la pone directamente en la
boca de los fieles. La misa es la comunión del sacerdote y como
para comulgar es necesario estar en ayunas, solo se dicen misas por
la mañana y un sacerdote no puede celebrar sino una diaria, pero
esta regla tiene la excepción del dos de septiembre (sic), cuando
todo sacerdote debe celebrar tres misas antes del desayuno. Los
católicos tienen obligación de asistir a misa todos los días de
fiesta y pecan si no lo hacen sin justa causa. La ceremonia de la
misa ya la describimos a espacio en el capítulo VII.
Una de las prácticas religiosas más importantes es la de rezar
el rosario, que consiste en decir una serie de oraciones
representadas en una hilera de cuentas de diferentes tamaños. En el
grupo que se reúne a ello siempre hay una persona que lo encabeza y
que reza al comienzo una o dos oraciones; luego dice la primera
parte del Padre Nuestro, según la versión de Lucas, y el resto del
grupo lo termina. Lo mismo hacen con la Salve, pero diez veces
seguidas, y al terminar la décima Salve, rezan un Gloria Patri. El
grupo comienza a recitar en coro el Padre Nuestro y esta vez lo
termina la persona que está encabezando el rosario; esto se llama
rezar una casa, entonces empiezan la segunda y cuando el que
encabeza acaba el segundo Gloria Patri, empieza el tercer Padre
Nuestro y así continúan hasta terminar cinco casas o cincuenta
salves. Rezan otras oraciones, entre ellas el Credo, que es la más
larga. La corona es un rosario de diez casas.
Se supone que las familias deben rezar el rosario todas las
noches, en la casa o en la iglesia, pero es algo tan aburrido que
los hombres por lo general se escabullen a esa hora para no
rezarlo. Algunas familias solo lo rezan los días de fiestas
especiales y muchas ni siquiera entonces. Al crepúsculo rezan en la
casa “la oración” y en la iglesia las
“vísperas”. La señal para dar comienzo a la horrible
masacre de Palermo conocida como las Vísperas Sicilianas
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fue el tañido de las campanas que llamaban a los fieles a esta
devoción. Las “vísperas” de un santo son la tarde y a
veces todo el día anterior a su fiesta.
Claro está que la persona que reza no puede concentrarse todo el
tiempo en las palabras de la oración, ni tampoco se le exige que lo
haga, pero es aconsejable no dejar divagar libremente el
pensamiento, sino dirigirlo hacia algún tema provechoso. Para los
protestantes el tiempo que se gasta rezando el rosario debería
emplearse más bien en meditación, pero me temo que si se enseña
esta doctrina, la mayoría de la gente ni meditaría ni tampoco
volvería a rezar. Las oraciones son en español o latín y a menudo
cuando un sacerdote encabeza el rosario reza su parte en latín
y los fieles le contestan en español, pero la misa es siempre en
latín.
Hay otras dos ceremonias o devociones que en inglés se llaman
“to cross one’s self”, en español persignarse,
palabra derivada de la frase latina
|Per signum crucis,
consistentes en rezar: “Por la señal (mientras la persona se
hace una cruz en la frente) de la santa cruz (cruz en el pecho),
líbranos (cruz al lado derecho del pecho) de nuestros enemigos
(cruz al lado izquierdo). Amén”. En tanto que santiguarse es
hacer una sola señal de la cruz en estos cuatro sitios, diciendo al
mismo tiempo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén”.
Todavía no he mencionado la confesión, que es práctica poco
acostumbrada y que solo me tocó presenciar una vez, a pesar de que
estuve en Bogotá en la época en que la gente sé confiesa más. En
realidad hoy son pocas las personas inteligentes que se confiesan y
por lo tanto no pueden comulgar ni ayunar. La religión en Bogotá,
especialmente entre los hombres, se está convirtiendo en algo
obsoleto. El culto religioso, aun en las iglesias más ricas, ya no
tiene nada del antiguo esplendor que cautivaba los sentidos y me
pareció tan ridículo como enseñarle a los niños a disparar con
palos de escoba. Solamente una vez presencié una ceremonia
imponente en la catedral, la reseña, pero de ella me ocupará más
adelante. También podría agregar que después de conocer durante
veinte meses todas las clases sociales granadinas en diferentes
regiones del país, solo supe de tres personas que ayunaran, las
tres eran mujeres, y una de ellas una niña de
colegio.
Señoras y señores, doy por terminada mi conferencia y ahora sí
podemos salir a visitar iglesias, pero antes querida señora una
advertencia para que usted no tenga problemas con el vestido.
Primero que todo, deje a un lado el sombrero europeo —o gorra,
como lo llaman aquí equivocadamente— y venga con la cabeza
descubierta o con un sombrero de paja; de hombre o consiga una
chistera de las que usan las abuelitas bogotanas, con copa redonda
y ala ancha. Póngase la mejor falda de seda negra, amárrela encima
del vestido como si fuera una saya, y no se preocupe por el corpiño
de alegres colores, porque nadie lo va a ver debajo de la
mantellina, el chal de seda negra bordeado con cinta negra, que se
va a poner sobre los hombros. Así vestidas las señoras casi no se
diferencian de las indias, solo que la mantellina y la saya de las
mujeres del pueblo son de franela azul o negra. A la casa del Señor
hay que ir ataviada sencillamente porque no es lugar para la
ostentación.
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(1)
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Se llamó Vísperas Sicilianas a la matanza de los franceses en
Sicilia el año de 1282, bajo el gobierno de Carlos de Anjou,
hermano del rey San Luis. El lunes de Pascua los sicilianos se
rebelaron y mataron a todos los franceses en la isla. (N. de la
T.). (regresar 1)
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