INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
EXTRANJEROS EN BOGOTÁ |


 

Las legaciones extranjeras en Bogotá — La diplomacia en los Estados Unidos — Los señores King, Green y Bennet — Las embajadas británica y francesa — El embajador venezolano — El Nuncio Apostólico — Terquedad española — Cortesía granadina — Naturalización.

Lo correcto para el viajero al llegar a una ciudad extranjera es saludar a los representantes diplomáticos de su país. En realidad se puede decir que el ciudadano norteamericano que no ha tenido la experiencia de conocer a los funcionarios de su gobierno en el exterior, carece de un verdadero contacto con este último. El bienestar y el respeto que se le brinda al extranjero dependen a tal punto del carácter de los diplomáticos de su país, que el viajero no puede menos de darse cuenta si éstos están cumpliendo o no con sus deberes. También el autor de un libro de viajes tiene obligaciones, y si una de ellas es agradecer las atenciones recibidas, la principal es la de ser absolutamente imparcial.

Se dice que algunos de nuestros representantes en el exterior son pillos y rufianes, pero afortunadamente yo no he tropezado con ninguno de estos. Quizá con la excepción del agente comercial del Presidente Pierce en Santo Tomás, todos los funcionarios que conocí cumplían sus deberes en la mejor forma posible. Pero antes de describir mis experiencias en este sentido, vale la pena hacer algunos comentarios sobre el sistema norteamericano de designar ministros en el exterior.

A menos que el gobierno americano reformara el actual sistema de nombrar y remover los funcionarios en el exterior, sería mejor acabar con todas las embajadas en los países civilizados, y dejar que nos den el mismo trato que reciben en nuestra capital los representantes de Moroco, Muscat, Burma y otras naciones bárbaras.

Bajo el sistema actual nuestro ministro será siempre el más pobre en cualquier país. Otras naciones consideran que la diplomacia es una profesión y nadie puede aspirar a ser embajador si antes no ha sido agregado diplomático; pero entre nosotros se le paga a un individuo para que deje sus negocios en los Estados Unidos, si es que los tiene, y lo más probable es que regrese a los cuatro años o generalmente mucho antes, pues de todas maneras ese es su deseo inicial. En estas circunstancias es imposible que llegue a conocer el idioma y todavía menos el gobierno y la idiosincrasia de las gentes del país.

Tanto el embajador inglés como el francés en Bogotá están casados con damas latinoamericanas y se rumora que ambos han utilizado sus cargos para hacer negocios irregulares, el uno en contrabando y el otro como socio de un gigantesco reclamo en que intervino para lograr un fallo injusto. Además el gobierno inglés cometió la imprudencia imperdonable de enviar un embajador católico a un país católico, lo cual es un error porque en muchos casos se puede considerar como pecado dar al viajero la protección que este solicita. No existe argumento válido en contra de un embajador católico en Suecia o en Prusia, o de un musulmán en Roma o en Nápoles, pero es mejor dejar el cargo vacante que enviar un católico como embajador a España o a un musulman a Constantinopla.

Es curioso que todos nuestros embajadores ante el gobierno de la Nueva Granada hayan sido oriundos de los estados del sur, lo cual me parece que ésta muy bien, ya que como la Nueva Granada suprimió la esclavitud, los abolicionistas no necesitan protección aquí en el caso de expresar sus ideas. El señor Yelverton P. King, un verdadero caballero de Georgia, vino con su mujer y un hijo, quien sirvió como secretario de la Embajada. Su casa estuvo abierta a todo compatriota decente, el viajero fatigado olvidaba por algunas horas que era un extraño en tierras lejanas, y para el cristiano que no encontraba a nadie que lo comprendiera, la familia del señor King le brindaba consuelo inolvidable. Sin embargo, como ministro fue incompetente debido a su falta de experiencia y a su desconocimiento del idioma español y del carácter granadino, y como además tenía una edad avanzada, ya era demasiado tarde para poder adaptarse.

Su sucesor fue una persona totalmente diferente. Al señor King lo atrajo la novedad de la vida andina; en cambio el señor James S. Green buscaba rehacerse de las pérdidas que había sufrido a causa de su participación en la actividad política. A este efecto llegó con planes bien trazados. Dejó la familia en Misurí y se instaló en una pensión en Bogotá. Como la hospitalidad no entraba dentro de sus planes sino que, por el contrario, los ponía en peligro, ni siquiera festejaba el 22 de febrero| . Sin embargo, como ministro el señor Green fue capaz y leal a su gobierno, si hubiera continuado en su cargo, posiblemente habría llegado a ser importante en la vida diplomática; pero ni siquiera permaneció aquí lo suficiente para aprender a chapurrar el español y antes de que pudiera empezar a actuar, sin tener que depender del consejo de sus compatriotas, regresó a los Estados Unidos.

Se me preguntará cómo marchan nuestros asuntos en medio de tantos cambios. La respuesta es muy sencilla. Como el consulado no produce ni para cubrir los gastos, no hay político que lo acepte en recompensa de servicios prestados y como no es ni pan ni pescado, lo han dejado en manos del señor John A. Bennet, quien llegó al país como fotógrafo y gracias a su versatilidad yanqui se convirtió en comerciante respetable y goza de gran influencia entre los bogotanos. Me atrevo a afirmar que en los últimos tiempos ninguno de nuestros embajadores ha tomado ninguna decisión sin consultar con el señor Bennet, ya que este es un consejero seguro e interesado en la continuidad de las buenas relaciones entre los dos países; por eso creo que ellas marcharán bien, haya o no embajador de nuestro país en Bogotá.

¿Pero no es posible remediar esta situación? Lo dudo mucho mientras las embajadas se utilicen como recompensa para los amigos del presidente. Solo conozco una rama de los servicios nacionales bien administrada, que es la del ejército. Me pregunto si no sería lo más aconsejable nombrar tenientes de artillería o de ingeniería como secretarios en el exterior y enviar a los mejores oficiales a las legaciones más importantes. Es imposible encontrar un sistema peor que el que tenemos hoy en día, y hasta que no adoptemos otro mejor, solo el respeto a nuestros cañones evitará que nuestros embajadores sean el hazmereír de otros diplomáticos, veteranos en el servicio de sus respectivos países.

En cambio la legación venezolana está dirigida por un Embajador excelente, quien no obstante encontrarse arreglando su próximo matrimonio, no deja de atender todos los asuntos que se le presentan. También mientras estuve en Bogotá había un Nuncio Apostólico, un verdadero cardenal transitando por las calles con sus vestiduras púrpuras. Pero según la Gaceta Oficial del 7 de octubre de 1853, Monseñor Lorenzo Barili dejó de desempeñar su cargo después de protestar oficialmente contra la ley que autoriza matrimonios sin el consentimiento previo del clero. El gobierno no podía reconocer el carácter celestial de las funciones del Nuncio ni su derecho a intervenir en la legislación nacional después del 30 de agosto, por lo cual declaró que estaba dispuesto a tratar con el representante del soberano de los Estados de la Iglesia sobre cualquier asunto de carácter |internacional entre los dos estados, y cuando Monseñor rehusó altivamente ocuparse en forma exclusiva de asuntos terrenales, el señor Lleras quiso saber en qué momento renunciaría a su inmunidad diplomática, a lo cual el cardenal contestó que desde ese mismo día renunciaría a todas las ventajas de su cargo. Desde entonces se convirtió en agregado de la legación francesa.

España no tiene representación diplomática en la Nueva Granada. La dignidad de esa débil pero orgullosa nación no le permite reconocer la independencia de la Nueva Granada, y por tanto prácticamente no hay intercambio entre los dos países. Si la Gran Bretaña hubiera actuado en forma tan imprudente con respecto a las colonias rebeldes, habría perdido muchísimo cerrando las puertas a sus mejores mercados. Actualmente hay muy pocos españoles en la Nueva Granada y ya casi ni se usa la palabra Chapetón, es decir, oriundo de España, ni su contrapuesta criollo, que designaba a los nacidos en el país. Aparte de los ciudadanos de repúblicas vecinas, los extranjeros más numerosos en este país son ingleses, franceses, norteamericanos, holandeses y alemanes. Generalmente nuestros compatriotas no pasan de media docena y todos son ciudadanos respetables. Los ingleses son más numerosos y entre ellos los hay de condición humilde.

Unos cuantos extranjeros se han nacionalizado en la Nueva Granada, pero aunque el Gobierno fomenta la nacionalización, esta no es medida aconsejable. Para gran escándalo de Su Santidad, hace mucho tiempo que se concedió libertad de culto a los inmigrantes. El gobierno también les permite entrar al país sus efectos domésticos y herramientas de trabajo, libres de derechos de aduana, y además adjudica una parcela de tierra al jefe de familia y otra por cada miembro de esta. Los lotes pueden escogerlos en cualquiera de las tierras baldías, que son de propiedad del Estado. Supe de un pleito muy largo en que el gobierno defendió a un ciudadano naturalizado a quien pretendían arrojar de un terreno sembrado de chinchona.

Pero es precisamente la protección que se da al extranjero lo que hace menos atractiva la naturalización. El extranjero tiene garantizada la libertad de culto y no está sometido a hacer préstamos forzosos, los cuales son una desgracia en países de tendencias revolucionarias. A veces al extranjero se le permite ocupar cargos públicos, pero no está obligado a aceptarlos, mientras que para el ciudadano son una verdadera pesadilla pues la mayoría de los puestos oficiales de segunda categoría no tienen salarios ni honorarios que compensen el trabajo y la responsabilidad, y la única manera de evadir el nombramiento es presentar un certificado médico o renunciar al cargo pero sin tener la seguridad de que le sea aceptada la renuncia.

El funcionario de distrito tiene la obligación, muchas veces en detrimento de sus negocios personales, de despachar diariamente en el lugar designado como cabecera. Vi a un hombre que no quería ser juez de distrito, rogarle a un médico que le diera un certificado a fin de poder rechazar el nombramiento, y es así como este importante cargo ha caído dos veces, hasta donde yo sé, en manos de hombres que no saben leer ni escribir.

Por otra parte, aunque las leyes que protegen al individuo son en principio las mismas para ciudadanos y extranjeros, en la práctica los crímenes cometidos contra estos últimos se castigan con más severidad si intervienen eficazmente los representantes de su país. Así, pues, bajo este gobierno liberal es un privilegio ser extranjero.

Pero ya sea el extranjero ciudadano naturalizado o no, la cortesía del gobierno granadino hacia él no se limita al cumplimiento exacto de la ley, y la generosidad del gobierno se extiende no solo a los individuos sino a las otras naciones. La diferencia que existe entre tener relaciones diplomáticas con la Nueva Granada y con otras naciones, es semejante a la que hay entre tratar con un comerciante serio y con otro que simplemente quiere obtener toda la ventaja posible. Al gobierno granadino le repugna el oportunismo y el engaño y rechaza la idea de imponer condiciones leoninas en sus negociaciones. La historia de las negociaciones con la Panamá Railroad Company es un ejemplo de esta actitud; y mi propia experiencia es la de que desde el simple empleado de aduanas hasta el Presidente de la República consideran al extranjero más como un huésped que como un extraño.

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