EXTRANJEROS EN
BOGOTÁ
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Las legaciones extranjeras en Bogotá
— La diplomacia en los Estados Unidos — Los señores King,
Green y Bennet — Las embajadas británica y francesa — El
embajador venezolano — El Nuncio Apostólico — Terquedad
española — Cortesía granadina —
Naturalización.
Lo correcto para el viajero al llegar a una ciudad extranjera es
saludar a los representantes diplomáticos de su país. En realidad
se puede decir que el ciudadano norteamericano que no ha tenido la
experiencia de conocer a los funcionarios de su gobierno en el
exterior, carece de un verdadero contacto con este último. El
bienestar y el respeto que se le brinda al extranjero dependen a
tal punto del carácter de los diplomáticos de su país, que el
viajero no puede menos de darse cuenta si éstos están cumpliendo o
no con sus deberes. También el autor de un libro de viajes tiene
obligaciones, y si una de ellas es agradecer las atenciones
recibidas, la principal es la de ser absolutamente
imparcial.
Se dice que algunos de nuestros representantes en el exterior
son pillos y rufianes, pero afortunadamente yo no he tropezado con
ninguno de estos. Quizá con la excepción del agente comercial del
Presidente Pierce en Santo Tomás, todos los funcionarios que conocí
cumplían sus deberes en la mejor forma posible. Pero antes de
describir mis experiencias en este sentido, vale la pena hacer
algunos comentarios sobre el sistema norteamericano de designar
ministros en el exterior.
A menos que el gobierno americano reformara el actual sistema de
nombrar y remover los funcionarios en el exterior, sería mejor
acabar con todas las embajadas en los países civilizados, y dejar
que nos den el mismo trato que reciben en nuestra capital los
representantes de Moroco, Muscat, Burma y otras naciones
bárbaras.
Bajo el sistema actual nuestro ministro será siempre el más
pobre en cualquier país. Otras naciones consideran que la
diplomacia es una profesión y nadie puede aspirar a ser embajador
si antes no ha sido agregado diplomático; pero entre nosotros se le
paga a un individuo para que deje sus negocios en los Estados
Unidos, si es que los tiene, y lo más probable es que regrese a los
cuatro años o generalmente mucho antes, pues de todas maneras ese
es su deseo inicial. En estas circunstancias es imposible que
llegue a conocer el idioma y todavía menos el gobierno y la
idiosincrasia de las gentes del país.
Tanto el embajador inglés como el francés en Bogotá están
casados con damas latinoamericanas y se rumora que ambos han
utilizado sus cargos para hacer negocios irregulares, el uno en
contrabando y el otro como socio de un gigantesco reclamo en que
intervino para lograr un fallo injusto. Además el gobierno inglés
cometió la imprudencia imperdonable de enviar un embajador católico
a un país católico, lo cual es un error porque en muchos casos se
puede considerar como pecado dar al viajero la protección que este
solicita. No existe argumento válido en contra de un embajador
católico en Suecia o en Prusia, o de un musulmán en Roma o en
Nápoles, pero es mejor dejar el cargo vacante que enviar un
católico como embajador a España o a un musulman a
Constantinopla.
Es curioso que todos nuestros embajadores ante el gobierno de la
Nueva Granada hayan sido oriundos de los estados del sur, lo cual
me parece que ésta muy bien, ya que como la Nueva Granada suprimió
la esclavitud, los abolicionistas no necesitan protección aquí en
el caso de expresar sus ideas. El señor Yelverton P. King, un
verdadero caballero de Georgia, vino con su mujer y un hijo, quien
sirvió como secretario de la Embajada. Su casa estuvo abierta a
todo compatriota decente, el viajero fatigado olvidaba por algunas
horas que era un extraño en tierras lejanas, y para el cristiano
que no encontraba a nadie que lo comprendiera, la familia del señor
King le brindaba consuelo inolvidable. Sin embargo, como ministro
fue incompetente debido a su falta de experiencia y a su
desconocimiento del idioma español y del carácter granadino, y como
además tenía una edad avanzada, ya era demasiado tarde para poder
adaptarse.
Su sucesor fue una persona totalmente diferente. Al señor King
lo atrajo la novedad de la vida andina; en cambio el señor James S.
Green buscaba rehacerse de las pérdidas que había sufrido a causa
de su participación en la actividad política. A este efecto llegó
con planes bien trazados. Dejó la familia en Misurí y se instaló en
una pensión en Bogotá. Como la hospitalidad no entraba dentro
de sus planes sino que, por el contrario, los ponía en peligro, ni
siquiera festejaba el 22 de febrero|
. Sin embargo,
como ministro el señor Green fue capaz y leal a su gobierno, si
hubiera continuado en su cargo, posiblemente habría llegado a ser
importante en la vida diplomática; pero ni siquiera permaneció aquí
lo suficiente para aprender a chapurrar el español y antes de que
pudiera empezar a actuar, sin tener que depender del consejo de sus
compatriotas, regresó a los Estados Unidos.
Se me preguntará cómo marchan nuestros asuntos en medio de
tantos cambios. La respuesta es muy sencilla. Como el consulado no
produce ni para cubrir los gastos, no hay político que lo acepte en
recompensa de servicios prestados y como no es ni pan ni pescado,
lo han dejado en manos del señor John A. Bennet, quien llegó al
país como fotógrafo y gracias a su versatilidad yanqui se convirtió
en comerciante respetable y goza de gran influencia entre los
bogotanos. Me atrevo a afirmar que en los últimos tiempos ninguno
de nuestros embajadores ha tomado ninguna decisión sin consultar
con el señor Bennet, ya que este es un consejero seguro e
interesado en la continuidad de las buenas relaciones entre los dos
países; por eso creo que ellas marcharán bien, haya o no embajador
de nuestro país en Bogotá.
¿Pero no es posible remediar esta situación? Lo dudo mucho
mientras las embajadas se utilicen como recompensa para los amigos
del presidente. Solo conozco una rama de los servicios nacionales
bien administrada, que es la del ejército. Me pregunto si no sería
lo más aconsejable nombrar tenientes de artillería o de ingeniería
como secretarios en el exterior y enviar a los mejores oficiales a
las legaciones más importantes. Es imposible encontrar un sistema
peor que el que tenemos hoy en día, y hasta que no adoptemos otro
mejor, solo el respeto a nuestros cañones evitará que nuestros
embajadores sean el hazmereír de otros diplomáticos, veteranos en
el servicio de sus respectivos países.
En cambio la legación venezolana está dirigida por un Embajador
excelente, quien no obstante encontrarse arreglando su próximo
matrimonio, no deja de atender todos los asuntos que se le
presentan. También mientras estuve en Bogotá había un Nuncio
Apostólico, un verdadero cardenal transitando por las calles con
sus vestiduras púrpuras. Pero según la Gaceta Oficial del 7 de
octubre de 1853, Monseñor Lorenzo Barili dejó de desempeñar su
cargo después de protestar oficialmente contra la ley que autoriza
matrimonios sin el consentimiento previo del clero. El gobierno no
podía reconocer el carácter celestial de las funciones del Nuncio
ni su derecho a intervenir en la legislación nacional después del
30 de agosto, por lo cual declaró que estaba dispuesto a tratar con
el representante del soberano de los Estados de la Iglesia sobre
cualquier asunto de carácter
|internacional entre los dos
estados, y cuando Monseñor rehusó altivamente ocuparse en forma
exclusiva de asuntos terrenales, el señor Lleras quiso saber en qué
momento renunciaría a su inmunidad diplomática, a lo cual el
cardenal contestó que desde ese mismo día renunciaría a todas las
ventajas de su cargo. Desde entonces se convirtió en agregado de la
legación francesa.
España no tiene representación diplomática en la Nueva Granada.
La dignidad de esa débil pero orgullosa nación no le permite
reconocer la independencia de la Nueva Granada, y por tanto
prácticamente no hay intercambio entre los dos países. Si la Gran
Bretaña hubiera actuado en forma tan imprudente con respecto a las
colonias rebeldes, habría perdido muchísimo cerrando las puertas a
sus mejores mercados. Actualmente hay muy pocos españoles en la
Nueva Granada y ya casi ni se usa la palabra Chapetón, es decir,
oriundo de España, ni su contrapuesta criollo, que designaba a los
nacidos en el país. Aparte de los ciudadanos de repúblicas vecinas,
los extranjeros más numerosos en este país son ingleses, franceses,
norteamericanos, holandeses y alemanes. Generalmente nuestros
compatriotas no pasan de media docena y todos son ciudadanos
respetables. Los ingleses son más numerosos y entre ellos los hay
de condición humilde.
Unos cuantos extranjeros se han nacionalizado en la Nueva
Granada, pero aunque el Gobierno fomenta la nacionalización, esta
no es medida aconsejable. Para gran escándalo de Su Santidad, hace
mucho tiempo que se concedió libertad de culto a los inmigrantes.
El gobierno también les permite entrar al país sus efectos
domésticos y herramientas de trabajo, libres de derechos de
aduana, y además adjudica una parcela de tierra al jefe de familia
y otra por cada miembro de esta. Los lotes pueden escogerlos en
cualquiera de las tierras baldías, que son de propiedad del Estado.
Supe de un pleito muy largo en que el gobierno defendió a un
ciudadano naturalizado a quien pretendían arrojar de un terreno
sembrado de chinchona.
Pero es precisamente la protección que se da al extranjero lo
que hace menos atractiva la naturalización. El extranjero tiene
garantizada la libertad de culto y no está sometido a hacer
préstamos forzosos, los cuales son una desgracia en países de
tendencias revolucionarias. A veces al extranjero se le permite
ocupar cargos públicos, pero no está obligado a aceptarlos,
mientras que para el ciudadano son una verdadera pesadilla pues la
mayoría de los puestos oficiales de segunda categoría no tienen
salarios ni honorarios que compensen el trabajo y la
responsabilidad, y la única manera de evadir el nombramiento es
presentar un certificado médico o renunciar al cargo pero sin tener
la seguridad de que le sea aceptada la renuncia.
El funcionario de distrito tiene la obligación, muchas veces en
detrimento de sus negocios personales, de despachar diariamente en
el lugar designado como cabecera. Vi a un hombre que no quería ser
juez de distrito, rogarle a un médico que le diera un certificado a
fin de poder rechazar el nombramiento, y es así como este
importante cargo ha caído dos veces, hasta donde yo sé, en manos de
hombres que no saben leer ni escribir.
Por otra parte, aunque las leyes que protegen al individuo son
en principio las mismas para ciudadanos y extranjeros, en la
práctica los crímenes cometidos contra estos últimos se castigan
con más severidad si intervienen eficazmente los representantes de
su país. Así, pues, bajo este gobierno liberal es un privilegio ser
extranjero.
Pero ya sea el extranjero ciudadano naturalizado o no, la
cortesía del gobierno granadino hacia él no se limita al
cumplimiento exacto de la ley, y la generosidad del gobierno se
extiende no solo a los individuos sino a las otras naciones. La
diferencia que existe entre tener relaciones diplomáticas con la
Nueva Granada y con otras naciones, es semejante a la que hay entre
tratar con un comerciante serio y con otro que simplemente quiere
obtener toda la ventaja posible. Al gobierno granadino le repugna
el oportunismo y el engaño y rechaza la idea de imponer condiciones
leoninas en sus negociaciones. La historia de las negociaciones con
la Panamá Railroad Company es un ejemplo de esta actitud; y mi
propia experiencia es la de que desde el simple empleado de aduanas
hasta el Presidente de la República consideran al extranjero más
como un huésped que como un extraño.