(cotinuación capítulo Bogotá)
Pero salgamos de este lúgubre y viejo edificio, con su
impresionante capilla, la escuela mal dirigida y ahora clausurada,
la Sala de Grados, la biblioteca con las colecciones y el museo
cerrados siempre y con la iglesia fanática abierta siempre.
Subiendo por la misma calle, inmediatamente después de San
Bartolomé, y a la derecha está el Palacio de San Carlos que es una
casa de aspecto corriente pero con dos o tres soldados en la
puerta, la cual queda al frente de la Biblioteca, de la colección
del Museo Natural, del Museo y de la Sala de Grados. Todos dan a la
carrera que va de norte a sur.
En los bajos de la esquina está la portería cuyo portero es un
hombre que hace años ocupa este puesto. La calle es empinada y a
medida que uno sube por ella observa que las ventanas del piso
principal van quedando más y más cerca de la calle, hasta que la
última no está sino a siete u ocho pies de altura. Recuérdese bien,
porque por ella saltó Bolívar para salvar la vida.
Unos cuantos pasos más arriba hay un edificio grande separado de
la calle por una reja alta y fuerte, posiblemente la construcción
más fea que hay en Bogotá. Es nada menos que el teatro, donde los
vendedores, los empleados y las guarichas se convierten en actores
los domingos y otros días festivos por la noche, cuando la gente
tiene tiempo de ir al teatro y ellos de actuar. Como nunca fui, no
puedo decir si el interior es tan feo como la fachada, pero sí
observé que se tuvo en cuenta la ventilación, pues el techo posee
las mismas aberturas que dejan escapar el humo y el vapor de las
cocinas.
Volviendo a la plaza veamos ahora el costado occidental. A la
derecha, después de pasar el pórtico de la Casa Consistorial, hay
una puerta con uno o dos centinelas. Es la entrada a la cárcel
provincial, mal administrada y no demasiado limpia, pero ya la
visitaremos en otra ocasión. A la izquierda, algo más adelante, hay
una casa muy grande donde están las oficinas de los ministerios, en
cuartos alrededor de dos patios, uno detrás del otro. De vez en
cuando hay un centinela en la puerta, me imagino que por respeto al
Ministerio de Guerra.
A la derecha, en la siguiente cuadra, está el convento de La
Concepción, que ocupa dos manzanas enteras en el corazón de la
ciudad. En el plano se ve que el extremo oriental está construido y
que la manzana de abajo es un jardín. Es lástima que el gobierno no
hubiera confiscado esta magnífica propiedad antes de lograr la
separación de la Iglesia y el Estado, pero hay algo que todavía
puede hacer y es dividir este enorme e inútil inmueble en dos
manzanas, evitando así que se dedique la de abajo al recreo de unas
pocas monjas ociosas y juguetonas. Esto me recuerda que no hay nada
peor que pasar por el frente de un convento de monjas pues nunca
construyen aceras decentes. Una cuadra más abajo, frente al
jardín de la Concepción, hay otro convento, el de Santa Inés. Los
conventos no tienen la iglesia en la esquina de la calle por lo
cual carecen de puertas del Perdón, o quizá, como por la puerta
lateral es por donde entra la gente, sea esa la del Perdón y
teóricamente la principal sea la que está al frente del altar mayor
y permite entrar del convento a la iglesia.
Volviendo a la esquina nororiental de la plaza, al pie de la
catedral y mirando hacia arriba por la calle de la Puerta del
Perdón, se ve un poco más lejos el centinela que permanece frente a
la puerta de la Casa de Moneda. En el plano de la ciudad las
manzanas de la catedral, del palacio y de la Casa de Moneda están
sombreadas. La Casa de Moneda es un establecimiento muy respetable,
dirigido por el único sobreviviente del viejo grupo de científicos
cuyos miembros fueron casi todos asesinados por Morillo.
Afortunadamente Manuel Restrepo no cayó en su poder y vive todavía.
Es el geógrafo de Antioquia, el historiador de la Nueva Granada, el
director de la Casa de Moneda y un caballero
ejemplar.
Ahora desde el consulado americano dirijámonos hacia el norte.
Aquel está en la esquina suroriental de una manzana que
pertenece al convento de Santo Domingo, que es el más rico de la
Nueva Granada. Todas las tiendas y almacenes de los cuatro costados
de la manzana son también propiedad del convento, y como si esto
fuera poco, también es dueño de la parte de la calle por donde
subimos desde la iglesia de San Juan de Dios, con casas de dos
pisos y de patios pequeños. En esa calle la iglesia está en la
mitad de la cuadra y la Puerta del Perdón da a un pasaje entre dos
casas.
Siguiendo hacia el norte por la Calle Real hasta el puente de
San Francisco encontramos los almacenes y andenes mejores de la
ciudad. Una cuadra más abajo de ese puente está el de los Micos, y
todavía más abajo, después de que el río vuelve hacia el sur, el de
San Victorino. En un tiempo hubo otro puente en la parte alta del
río, pero lo arrastraron las aguas y como no era muy necesario no
lo reconstruyeron nunca. Con excepción del puente de los Micos y
del de Honda, todos los otros que conozco en la Nueva Granada son
de construcción sólida; los de madera se pudrieron hace siglos y
los débiles de piedra, si es que los hubo, los debieron destruir
los terremotos.
Cruzando el puente de San Francisco está a la izquierda el
convento del mismo nombre, y a la derecha la plaza de San Francisco
con una fuente. El pequeño rectángulo que se ve en el plano es el
cuartel, y el punto en la esquina noroeste es El Humilladero, la
iglesia más pequeña de la Nueva Granada y la más antigua, no solo
de Bogotá sino de todo el interior del país, construida, si no
estoy mal, en 1538.
En la calle siguiente se ve un puente que conecta por encima de
la calle al convento de San Francisco con el edificio de enfrente.
No he podido enterarme bien de la historia de este último, pero
como es un sitio donde mujeres devotas hacen reuniones de carácter
religioso, dicen, sin mucha exactitud, que es un convento de
monjas. En cuanto al puente, quizá por pura malicia lo llaman el de
los suspiros, pero si no fue diseñado como lugar de encuentros y
despedidas amorosas es difícil imaginar para qué otro fin lo
hicieron.
La iglesia que está en el edificio al frente del convento de San
Francisco se llama La Tercera, o sea de la tercera orden de San
Francisco, siendo la primera orden la de los religiosos, la segunda
la de las monjas de Santa Clara y la tercera la de personas casadas
o solteras de ambos sexos interesadas en sujetarse a una vida
religiosa más estricta de la que lleva la generalidad de los
laicos. A la derecha, frente a La Tercera, hay un colegio para
niñas, grande, muy de moda y dirigido con rigidez casi conventual
por la viuda del expresidente Santander.
Dos cuadras más arriba, a la izquierda, hay un antiguo convento
(sombreado en el plano) confiscado a los jesuitas y transformado en
hospicio, pero cuando yo lo conocí estaba en condiciones
lamentables. Para convertirlo en orfanato colocaron un torno en la
pared de la calle. Al abrir la puerta de él se jala una cadena y
adentro suena una campana. Si se pone un recién nacido en el torno
(que es de treinta pulgadas de diámetro) y se hace girar, la
portera recibe al niño sin ver quién lo puso allí, y la madre puede
irse segura de que nunca conocerá a su hijo, ni éste a ella.
¡Difícilmente podrá encontrarse arreglo más conveniente! El grabado
de la página siguiente, hecho con base en descripciones, muestra la
altura del torno como el doble de la que en realidad tiene y sin
puerta. El artista también se tomó la libertad de vestir a la
infortunada madre con un vestido más europeo que
granadino.
Pasando el hospicio se llega a la iglesia parroquial de Las
Nieves, a mano derecha, y a una plazuela con una fuente, a la
izquierda. Aquí aproximadamente termina la ciudad, porque avanzando
al norte las casas comienzan a ser más escasas y pobres, luego
apenas hay ranchos hasta que se llega a campo abierto y cruzando
una quebrada está el pequeño convento franciscano de San Diego, que
en el plano se señala con la letra
|c. Por ahora no les
mostraré más conventos, aunque hay todavía muchísimos más, tanto
para frailes como para monjas; afortunadamente ya han suprimido
varios de ellos.
Si de San Diego cruzamos hacia el occidente entramos nuevamente
a la Sabana por un camino bordeado de zanjas profundas y orillas
llenas de malezas. Esta vía pasa frente al cementerio elíptico de
Bogotá (a), que visitaremos otro día; pero antes se ve una casita
bien tenida, con un puente pequeño para cruzar la zanja, detrás de
la cual hay un jardín de rosas y al finalizar un sendero florido
está la entrada al cementerio inglés (b). Desafortunadamente perdí
la copia que tenía de la bella y apropiada inscripción en latín e
inglés que se lee en el portón a la entrada. El cementerio
está cubierto de maleza y ya no se ven los caminos entre las
tumbas. En el centro se encuentra la de un embajador británico
rodeada de una verja de hierro, cuyos barrotes han ido quebrando o
arrancando para llevárselos. Dicen que los ladrones saltaban el
portón, por el espacio debajo de la arcada.