INDICE




Presentación
Prefacio

CAPITULO I
La Nueva Granada

CAPITULO II
Sabanilla

CAPITULO III
Barranquilla

CAPITULO IV
Cartagena

CAPITULO V
El Vapor del Magdalena

CAPITULO VI
El Champán

CAPITULO VII
Honda y Guaduas

CAPITULO VIII
La sabana de Bogotá

CAPITULO IX
Posada en Bogotá

CAPITULO X
Bogotá

CAPITULO XI
Extranjeros en Bogotá

CAPITULO XII
Los Bogotanos

CAPITULO XIII
Religión e iglesia en Bogotá

CAPITULO XIV
Las iglesias de Bogotá

CAPITULO XV
Bailes

CAPITULO XVI
El acueducto

CAPITULO XVII
La prisión, el hospital y la tumba

CAPITULO XVIII
El valle del Orinoco

CAPITULO XIX
El Congreso, las constituciones, las instituciones y el clima

CAPITULO XX
El Salto de Tequendama

CAPITULO XXI
Bailes y toros

CAPITULO XXII
El Puente de Pandi

CAPITULO XXIII
Ibagué

CAPITULO XXIV
De regreso a Bogotá

CAPITULO XXV
Cruzando las montañas del Quindío

CAPITULO XXVI
Familia Caucana

CAPITULO XXVII
Roldanillo y la ley

CAPITULO XXVIII
La Vida del Hacendado

CAPITULO XXIX
Las diversiones del hacendado

CAPITULO XXX
La casa del Hacendado

CAPITULO XXXI
Los potreros de la montaña

CAPITULO XXXII
Buga y Palmira

CAPITULO XXXIII
Cali y viajes
Suplemento
(cotinuación capítulo Bogotá)


 

Pero salgamos de este lúgubre y viejo edificio, con su impresionante capilla, la escuela mal dirigida y ahora clausurada, la Sala de Grados, la biblioteca con las colecciones y el museo cerrados siempre y con la iglesia fanática abierta siempre. Subiendo por la misma calle, inmediatamente después de San Bartolomé, y a la derecha está el Palacio de San Carlos que es una casa de aspecto corriente pero con dos o tres soldados en la puerta, la cual queda al frente de la Biblioteca, de la colección del Museo Natural, del Museo y de la Sala de Grados. Todos dan a la carrera que va de norte a sur.

En los bajos de la esquina está la portería cuyo portero es un hombre que hace años ocupa este puesto. La calle es empinada y a medida que uno sube por ella observa que las ventanas del piso principal van quedando más y más cerca de la calle, hasta que la última no está sino a siete u ocho pies de altura. Recuérdese bien, porque por ella saltó Bolívar para salvar la vida.

Unos cuantos pasos más arriba hay un edificio grande separado de la calle por una reja alta y fuerte, posiblemente la construcción más fea que hay en Bogotá. Es nada menos que el teatro, donde los vendedores, los empleados y las guarichas se convierten en actores los domingos y otros días festivos por la noche, cuando la gente tiene tiempo de ir al teatro y ellos de actuar. Como nunca fui, no puedo decir si el interior es tan feo como la fachada, pero sí observé que se tuvo en cuenta la ventilación, pues el techo posee las mismas aberturas que dejan escapar el humo y el vapor de las cocinas.

Volviendo a la plaza veamos ahora el costado occidental. A la derecha, después de pasar el pórtico de la Casa Consistorial, hay una puerta con uno o dos centinelas. Es la entrada a la cárcel provincial, mal administrada y no demasiado limpia, pero ya la visitaremos en otra ocasión. A la izquierda, algo más adelante, hay una casa muy grande donde están las oficinas de los ministerios, en cuartos alrededor de dos patios, uno detrás del otro. De vez en cuando hay un centinela en la puerta, me imagino que por respeto al Ministerio de Guerra.

A la derecha, en la siguiente cuadra, está el convento de La Concepción, que ocupa dos manzanas enteras en el corazón de la ciudad. En el plano se ve que el extremo oriental está construido y que la manzana de abajo es un jardín. Es lástima que el gobierno no hubiera confiscado esta magnífica propiedad antes de lograr la separación de la Iglesia y el Estado, pero hay algo que todavía puede hacer y es dividir este enorme e inútil inmueble en dos manzanas, evitando así que se dedique la de abajo al recreo de unas pocas monjas ociosas y juguetonas. Esto me recuerda que no hay nada peor que pasar por el frente de un convento de monjas pues nunca construyen aceras decentes. Una cuadra más abajo, frente al jardín de la Concepción, hay otro convento, el de Santa Inés. Los conventos no tienen la iglesia en la esquina de la calle por lo cual carecen de puertas del Perdón, o quizá, como por la puerta lateral es por donde entra la gente, sea esa la del Perdón y teóricamente la principal sea la que está al frente del altar mayor y permite entrar del convento a la iglesia.

Volviendo a la esquina nororiental de la plaza, al pie de la catedral y mirando hacia arriba por la calle de la Puerta del Perdón, se ve un poco más lejos el centinela que permanece frente a la puerta de la Casa de Moneda. En el plano de la ciudad las manzanas de la catedral, del palacio y de la Casa de Moneda están sombreadas. La Casa de Moneda es un establecimiento muy respetable, dirigido por el único sobreviviente del viejo grupo de científicos cuyos miembros fueron casi todos asesinados por Morillo. Afortunadamente Manuel Restrepo no cayó en su poder y vive todavía. Es el geógrafo de Antioquia, el historiador de la Nueva Granada, el director de la Casa de Moneda y un caballero ejemplar.

Ahora desde el consulado americano dirijámonos hacia el norte. Aquel está en la esquina suroriental de una manzana que pertenece al convento de Santo Domingo, que es el más rico de la Nueva Granada. Todas las tiendas y almacenes de los cuatro costados de la manzana son también propiedad del convento, y como si esto fuera poco, también es dueño de la parte de la calle por donde subimos desde la iglesia de San Juan de Dios, con casas de dos pisos y de patios pequeños. En esa calle la iglesia está en la mitad de la cuadra y la Puerta del Perdón da a un pasaje entre dos casas.

Siguiendo hacia el norte por la Calle Real hasta el puente de San Francisco encontramos los almacenes y andenes mejores de la ciudad. Una cuadra más abajo de ese puente está el de los Micos, y todavía más abajo, después de que el río vuelve hacia el sur, el de San Victorino. En un tiempo hubo otro puente en la parte alta del río, pero lo arrastraron las aguas y como no era muy necesario no lo reconstruyeron nunca. Con excepción del puente de los Micos y del de Honda, todos los otros que conozco en la Nueva Granada son de construcción sólida; los de madera se pudrieron hace siglos y los débiles de piedra, si es que los hubo, los debieron destruir los terremotos.

Cruzando el puente de San Francisco está a la izquierda el convento del mismo nombre, y a la derecha la plaza de San Francisco con una fuente. El pequeño rectángulo que se ve en el plano es el cuartel, y el punto en la esquina noroeste es El Humilladero, la iglesia más pequeña de la Nueva Granada y la más antigua, no solo de Bogotá sino de todo el interior del país, construida, si no estoy mal, en 1538.

En la calle siguiente se ve un puente que conecta por encima de la calle al convento de San Francisco con el edificio de enfrente. No he podido enterarme bien de la historia de este último, pero como es un sitio donde mujeres devotas hacen reuniones de carácter religioso, dicen, sin mucha exactitud, que es un convento de monjas. En cuanto al puente, quizá por pura malicia lo llaman el de los suspiros, pero si no fue diseñado como lugar de encuentros y despedidas amorosas es difícil imaginar para qué otro fin lo hicieron.

La iglesia que está en el edificio al frente del convento de San Francisco se llama La Tercera, o sea de la tercera orden de San Francisco, siendo la primera orden la de los religiosos, la segunda la de las monjas de Santa Clara y la tercera la de personas casadas o solteras de ambos sexos interesadas en sujetarse a una vida religiosa más estricta de la que lleva la generalidad de los laicos. A la derecha, frente a La Tercera, hay un colegio para niñas, grande, muy de moda y dirigido con rigidez casi conventual por la viuda del expresidente Santander.

Dos cuadras más arriba, a la izquierda, hay un antiguo convento (sombreado en el plano) confiscado a los jesuitas y transformado en hospicio, pero cuando yo lo conocí estaba en condiciones lamentables. Para convertirlo en orfanato colocaron un torno en la pared de la calle. Al abrir la puerta de él se jala una cadena y adentro suena una campana. Si se pone un recién nacido en el torno (que es de treinta pulgadas de diámetro) y se hace girar, la portera recibe al niño sin ver quién lo puso allí, y la madre puede irse segura de que nunca conocerá a su hijo, ni éste a ella. ¡Difícilmente podrá encontrarse arreglo más conveniente! El grabado de la página siguiente, hecho con base en descripciones, muestra la altura del torno como el doble de la que en realidad tiene y sin puerta. El artista también se tomó la libertad de vestir a la infortunada madre con un vestido más europeo que granadino.

Pasando el hospicio se llega a la iglesia parroquial de Las Nieves, a mano derecha, y a una plazuela con una fuente, a la izquierda. Aquí aproximadamente termina la ciudad, porque avanzando al norte las casas comienzan a ser más escasas y pobres, luego apenas hay ranchos hasta que se llega a campo abierto y cruzando una quebrada está el pequeño convento franciscano de San Diego, que en el plano se señala con la letra |c. Por ahora no les mostraré más conventos, aunque hay todavía muchísimos más, tanto para frailes como para monjas; afortunadamente ya han suprimido varios de ellos.

Si de San Diego cruzamos hacia el occidente entramos nuevamente a la Sabana por un camino bordeado de zanjas profundas y orillas llenas de malezas. Esta vía pasa frente al cementerio elíptico de Bogotá (a), que visitaremos otro día; pero antes se ve una casita bien tenida, con un puente pequeño para cruzar la zanja, detrás de la cual hay un jardín de rosas y al finalizar un sendero florido está la entrada al cementerio inglés (b). Desafortunadamente perdí la copia que tenía de la bella y apropiada inscripción en latín e inglés que se lee en el portón a la entrada. El cementerio está cubierto de maleza y ya no se ven los caminos entre las tumbas. En el centro se encuentra la de un embajador británico rodeada de una verja de hierro, cuyos barrotes han ido quebrando o arrancando para llevárselos. Dicen que los ladrones saltaban el portón, por el espacio debajo de la arcada.

El torno del orfanato
 

Desde el norte se puede ir a la plazuela de San Victorino por una calle recta llamada La Alameda, no porque esté bordeada de álamos, sino por ser este el nombre de un famoso paseo de Madrid. A lo largo de las zanjas crece un arbusto muy curioso, la |Phyllantus, con las hojas compuestas como las del zumaque y unas florecitas euforbiáceas muy bonitas, que aparentemente brotan cerca al pecíolo, pero en realidad los que parecen pecíolos son ramitas y las hojas son simples.

Antes de llegar a la plazuela de San Victorino se encuentran a la derecha la edificación que fue hace algún tiempo convento de capuchinos y la iglesia; esta última, desde que se arruinó la de San Victorino, sirve de templo parroquial del barrio; el resto del edificio lo ocupa hoy el Colegio de la Merced, que es el público de mujeres para la provincia de Bogotá.

Pero sigamos a lo largo del río. Después de pasar la plaza y el puente encontramos a mano derecha un campo abierto, la Plaza de los Mártires, antes la Huerta de Jaimes. Posiblemente este Jaimes fue uno de los primeros pobladores de Bogotá, y no tiene nada de raro que haya sido de ascendencia inglesa. Los puntos negros colocados en forma irregular en el plano representan unos ranchos, probablemente de invasores de la manzana más grande de la capital. Uno de los muros de la plaza es una tapia alta de tierra apisonada. El del lado occidental está muy deteriorado por la acción del tiempo o por otra causa. A veces hacen sentar a un hombre en una banca a pocos pies de distancia de este muro; un pelotón de soldados se coloca al frente, el sacerdote se hace a un lado, dan la orden de disparar y la pobre víctima cae retorcida en los estertores de la muerte. Este muro es el patíbulo y el escaño el banquillo de los condenados.

En este sitio fueron ejecutados José Caldas, José Lozano, José María Cabal, J. G. Gutiérrez (Moreno), Manuel Ramón Torices, Antonio María Palacio (Fajar), el Conde de la Casa de Valencia, Miguel Pombo, Francisco Ulloa y otros hombres eminentes, todos mártires de la libertad, |y casi todos peor que muertos a manos del verdugo, asesinados por la espalda por orden de ese carnicero Morillo. Perdóname, querido lector, esta larga lista, pero el monumento a la memoria de aquellos y a esta infamia eterna en la Plaza de los Mártires todavía no se ha erigido.

Hace tiempo que la ley ordenó infligir la muerte por garrote, es decir, mediante el estrangulamiento con un collar de hierro, más humana pero más odiosa y que quizá sea la forma menos censurable de ejecutar la última pena. Se ha propuesto buscar otro sitio para ajusticiar a los criminales, con el fin de no manchar el recuerdo de los patriotas, pero de todas maneras la pena de muerte es tan escasa en la Nueva Granada que quizá por esta razón no se ha llevado a cabo el proyecto.

Y así damos por terminada esta clase de geografía sobre la ciudad de Bogotá.

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