(cotinuación capítulo Posada en
Bogotá)
El marido tenía un cuarto que le servía de alcoba y de oficina,
lejos de los dos dormitorios que ocupaban Doña Margarita, los niños
y la niñera. En otra pieza dormían las sirvientas y la cajera de la
tienda. Nunca supe para qué servían las demás piezas, excepto una,
ocupada por un médico de salud precaria, pariente de Margarita.
Detrás de la casa hay un patio grande dividido en dos por un muro
alto de ladrillo, una mitad es empedrada y en la otra quizá hubo
alguna vez un jardín, pero ahora no quedan sino un brevo y un
papayo. El cobertizo al lado del patio de atrás tiene un horno con
una mirilla lateral.
Esa es la casa donde estuve más cómodo que en ninguna otra en la
Nueva Granada. Nos daban dos comidas diarias, una a las 9 y la otra
a las 2. Esta última consistía casi siempre de un plato que llaman
puchero, hecho con carne de res, papas y repollo hervidos, parecido
al estofado de mi país. El plato de entrada era sopa de fideos, que
yo casi nunca tomaba; en cambio, un plato que me encantaba era el
cogollo de una palma, cocinado en mantequilla y llamado palmiche.
Pero de todas maneras me parece que es un crimen destruir una
planta tan majestuosa por un placer tan intrascendente. Me llamó la
atención que entre todos los platos españoles que nos dieron nunca
nos sirvieron la olla podrida. Sin embargo, no me atreví a
preguntar por ella porque me habría sentido obligado a comerla si
me la hubieran ofrecido; por eso opté por esperar a que la
sirvieran por su cuenta, pero esperé en vano, pues nunca apareció
en la mesa.
Nos daban muchas frutas, que compraban una vez a la semana en el
mercado. Los viernes, a veces los sábados, el postre era fruta
recién traída. Igualmente fresas con leche y azúcar, las curubas
que mencioné antes, bananos y otra que sabe a pepino cohombro y por
eso llaman también pepino. Los granadinos no saben preparar
huevos. La tortilla que hacen es incomible para nosotros, y cuando
los fríen, antes de comerlos abren un hueco en la yema y le ponen
sal, además parece que los frieran en agua. También comen huevos
tibios, cocinados en la cáscara, pero al servirlos no ofrecen ni un
poquito de mantequilla que los haría mucho más sabrosos. En cuanto
a flanes, tartas y pudines, dudo que ni siquiera tengan palabras en
español para esos postres. Un día me dieron algo parecido a un
“pie” al que le dicen pastilla, pero era ofensivo al
paladar.
Los platos preparados a base de leguminosas sí son de una
cantidad y variedad increíbles. Y para nosotros distinguirlas es
más difícil porque la palabra
|bean tiene significados
diferentes a cada lado del Atlántico. La
|Vicia Faba, en
francés
|feve y en español haba, es muy poco conocida entre
nosotros y la llamamos indistintamente
|Windsor-bean, broad-bean,
coffe-bean y
|horse-bean, mientras que para los ingleses
es simplemente
|bean. La mata de haba crece entre dos y
cuatro pies de altura. La
|Phaseolus vulgaris, en francés
|haricot, y en español fríjol, frisol y judía, es una planta
de menos de dos pies cuando es la que produce los
|kidney-beans,
cranberry-beans o los
|pote-bean.s, casi desconocidos en
Inglaterra, donde les dicen
|French-beane; en cambio, para
muchas familias yanquis son una de las bases de la
alimentación.
El garbanzo,
|chick-pea, vetch o
|fitch, cuyo nombre
científico es
|Cicer Arietinum, es una semilla de
aproximadamente el tamaño y la forma de una arveja común, pero
tiene una protuberancia que la hace menos bonita y a mí me gusta
poco. Las alverjas también se dan aquí pero las comen menos que los
garbanzos y, según entiendo, los españoles llaman alverja a los
garbanzos. Por último está la
|Ervum Lens, en inglés lentil y
en español lenteja, que completa la sinonimia de toda esta variedad
de alimentos útiles.
La arracacha es la raíz de plantas que se dan en distintas
partes del mundo y que están relacionadas con la familia de la
zanahoria y de la chirivía. Las de la Nueva Granada son la
|Conium Arracacha, la
|Conium Esculenta y la
|Conium
xanthorrhiza. La mayoría, si no todas, son como la papa, de
tierra fría. A mí me parecen muy insípidas, pero en ocasiones que
me vi acosado por el hambre, las comí fritas y me parecieron
deliciosas, pero aquí no las sirven sino hervidas.
Desafortunadamente no probé otra legumbre, parecida a la
acederilla nuestra, que tiene un bulbo demasiado pequeño para que
valga la pena comerlo. La especie que se da en la Nueva Granada,
|Oxalis tuberosa, llamado oca, se cultiva por el tallo
subterráneo o raíz de solo dos pulgadas de largo y aunque se da
donde crece la papa, no vale la pena introducirlo a nuestro país.
Todavía no he mencionado las batatas comunes antillanas,
|Dioscorea alata y
|D. sativa, que aquí les dicen ñame
y poco las cultivan fuera de la Costa. Solo me gustan cuando las
preparan en puré.
Si hay algo que cansa al viajero en Bogotá es la despensa, la
cocina y el comedor. Me siento mal después de haberle dedicado
tanto tiempo, esfuerzo y tinta a un tema tan mezquino. Pero quizá
sea inevitable darle importancia a estos asuntos a fin de mantener
el alma en el cuerpo y de cuidar el cuerpo en una tierra de cocina
tan heterodoxa. Para concluir alegremente mis experiencias en la
vida familiar bogotana les contaré cómo
|perdimos a
Ventura.
Este era un tipo de aspecto enfermizo, con la piel manchada, no
porque hubiera heredado dos pigmentaciones diferentes sino porque
sufría de una enfermedad cutánea llamada carate. Si el carate no es
una especie de lepra, y aquí no la consideran como tal, debe ser
una ulceración crónica
|sui géneris. Pero dejemos las
consideraciones médicas a un lado y volvamos a Ventura. Como por
las noches no teníamos en qué ocuparlo, comenzó a irse de vez en
cuando de la pieza de Don Pepe y a encontrarse más a gusto en la
que dormían la cajera, la cocinera y otra muchacha de la clase que
aquí llaman guaricha.
Resulta que el amo de la casa empezó a oír por las noches la tos
de Ventura y le pidió a Margarita que mandara a dormir a la
‘muchacha enferma’ a un sitio donde su tos no lo
molestara, y al fin se descubrió que la amiga de Ventura era la
cajera, una sirvienta muy buena que había estado con la familia
varios años. Margarita se puso furiosa e insistió en echar a
Ventura inmediatamente. Desgraciadamente Don Pepe estaba en tierra
caliente calentándose los huesos y como yo no quise intervenir en
el asunto hasta que él regresara, ella convino en que mientras
tanto encerráramos a Ventura en el cuarto grande todas las
noches.
Pero algunos temperamentos no resisten la soledad y al otro día
por la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, el muchacho se puso
insolente y le dijo un mundo de cosas desagradables a la señora de
la casa, sin negar ninguna de las acusaciones que se le hacían.
Margarita gritando llamó a su marido, quien fue en busca de un arma
punzante. Pero yo ya había oído la grosería de Ventura con la
señora e intervine ordenándole que abandonara la casa en el acto y
para siempre. Ventura obedeció inmediatamente antes de que
apareciera Don Pepe con su lanza.