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CAPITULO VII
UNA OJEADA SOBRE COLOMBIA
El paísSu configuraciónRíos y
montañasClimaDivi
sión políticaPlano
intelectualEl caucaPorvenir de ColombiaOrganización políticaLa
capitalLa ConstituciónLibertades absolutasLa prensaLa
palabraEn el Senado El elemento militarLos conatos de
dictaduraBolívarMeloLos
partidosConservadoresRadicalesIndependientesIdeas extremasEl
tiranicidioLa Asamblea Constituyente.
Ha llegado el momento de echar una
mirada de conjunto sobre esta inmensa región de la América Meridional que se extiende
desde el Istmo de Panamá á las tierras vírgenes é inexploradas donde comienza á
correr el Amazonas, que se llamó Virreinato de Santafé
bajo la dominación española, Nueva Granada más
tarde, y que hoy ha reivindicado para sí el glorioso nombre de Colombia que cobijó la
reunión de las tres repúblicas del Norte, confederadas bajo la inspiración de Bolívar,
separadas al día siguiente de su muerte.
El suelo colombiano se extiende
entre los grados 69 y 86 de longitud occidental y 12 de latitud NorteS de latitud
Sud (meridiano de París), cubriendo una superficie de 13,300
miriámetros cuadrados, sobre la que vive una
polación de poco más de tres millones de almas.
La nación está dividida
políticamente en 9
Estados soberanos, que son: Antioquia
(capital
Medellín), Bolívar (Cartagena), Boyacá (Tunja),
Cauca (Popayán), Cundinamarca
(Bogotá, capital
de la Unión, pero no federalizada), Magdalena
(Santamarta), Panamá
(Panamá), Santander (Socorro), Tolima (Neiva).
A partir del Ecuador, los Andes,
dividiéndose en tres grandes brazos,
determinan el sistema orográfico dc
Colombia, formando tres extensos valles, el del Magdalena, el del Atrato y el del Cauca,
regados por los tres ríos que les dan su nombre. El clima, ardiente y malsano en las
tierras bajas, sobre todo á inmediaciones de los cursos de agua, es fresco y saludable en
las alturas.
No es mi intención hacer una
descripción geográfica de Colombia, que fácilmente puede encontrarse en cualquier
tratado.
Por una coincidencia que viene á
corroborar las leyes históricas de Vico; Montesquieu y Herder, se podría fácilmente
levantar el plano topográfico de Colombia, estudiando el carácter de los hijos de sus
distintas secciones. Aquí, inquietos, vagabundos, aventureros; allí, sedentarios, rudos
á la labor, económicos y perseverantes. Más allá, sombríos, desconfiados, tétricos;
en el Cauca, poetas, soñadores, vibrantes; en Bogotá, cultos, eruditos, decidores,
eminentemente sociables. Y sobre el conjunto, un lazo de unión íntima, que les comu
nica el carácter de
vigorosa personalidad que distingue más á un colombiano de un hijo de Venezuela ó del
Ecuador, que á un ruso de un persa.
¿Qué hay dentro de esos millares
de leguas? En la exigua parte conocida, todo lo que la imaginación más ambiciosa puede
pedir á la corteza de la tierra, desde los productos tropicales más valiosos hasta los
frutos de las zonas templadas. El Cauca, ese territorio tan análogo á nuestro Chaco por
su misteriosa oscuridad; el Cauca, que linda al Noroeste con el Istmo de Panamá y va á
confinar con los desiertos del Brasil en el extremo Sudeste, sólo es conocido y no
totalmente en la parte que se extiende paralela al Pacífico; el inmenso y vago territorio
del Sud, tan fértil que los escasos datos traídos por raros viajeros semejan leyendas,
es y será por mucho tiempo una incógnita.
El porvenir de Colombia es inmenso,
pero desgraciadamente remoto. Será necesario que el exceso de la población europea llene
primero las vastas regiones americanas aún despobladas, que atraen la emigración en
primer término por la analogía de clima y las facilidades de transporte, para que la
corriente tome el rumbo de Colombia. ¿Cuántos años pasarán antes que se llene el FarWest del norte ó las dilatadas pampas
argentinas, sin contar con la Australia y el norte de Africa? Pero si ese porvenir es
remoto en el sentido de una transformación definitiva, no lo es respecto á los pro
gresos inmediatos que lo
acelerarán. Colombia, después de sus largas y sangrientas luchas, aspira hoy á la paz,
cuyo sentimiento empieza á arraigarse de una manera profunda en el corazón del pueblo.
Los gobiernos se preocupan yá de la necesidad de hacer todo género de sacrificios por
dotar al país de un sistema regular de vías de comunicación, sin las cuales las
riquezas nacionales serán eternamente desconocidas.
La organización política actual de
Colombia es sumamente defectuosa, y esta opinión que avanzo después de un estudio
detenido, con cuyos detalles no recargaré estas páginas, es compartida hoy por muchos
colombianos ilustrados. El sistema republicano, representativo, federal, es allí llevado
á sus extremos. Cada Estado es soberano, con una autonomía legal incompatible con el
desenvolvímiento de la idea nacional. Mientras entre nosotros no hay más soberano que el
pueblo argentino,
que los gobernadores
de provincia son agentes naturales del Poder Ejecutivo Nacional, que la autoridad del
Congreso está arriba de todas, sin más limitación que la determinada por la
Constitución, atribuyendo á lós ciudadanos el recurso de inconstitucionalidad ante la
Corte Suprema de Justicia, en Colombia, corno he dicho, cada Estado es soberano, gobernado por un Presidente y participando del gobierno general por
medio de dos pleníp
otenciarios que delega al Senado, especie de
consejo anfictiónico. Las leyes del Congreso pueden
ser vetadas por la mayoría de las Legislaturas de los
Estados y no tienen fuerza ejecutiva hasta tanto que han merecido la aprobación de las
mismas. Añadid que el Presidente de la Unión dura sólo dos años, mientras el período presidencial en
algunos Estados es mucho mayor; pensad en la incomunicación constante de las diversas
secciones de ese organismo tan vasto y decid si es posible que se desarrolle y eche
raíces el sentimiento nacional.
Luégo, la falta de una capital
federal, símbolo vivo de la unión, que irradie sobre la nación entera Bogotá, capital
de Colombia y del Estado de Cundinamarca, hospeda en su seno á las autoridades locales y
á las de la nación. No es á los argentinos á quienes hay que recordar los
inconvenientes y los peligros de la coexistencia; ellos saben que basta en esos casos la
mala digestión de un gobernador para traer conflictos que pueden poner en cuestión todo
lo que hay de más grave, la existencia nacional misma. Así, en Bogotá, el Congreso se
ha visto escarnecido, insultado, apedreado por las barras iracundas.. . . y seguras de la
impunidad. Tenemos también entre nosotros tristes y análogos recuerdos!
Comprendo que la rivalidad determinada
por el prurito de soberanía y autonomismo absoluto entre los Estados de Colombia, haga
necesaria por
mucho tiempo la capital en Bogotá, aceptada y preferida precisamente por la
debilidad de su acción lejana. Pero, fuera de su posición topográfica, defecto que una
vía férrea, difícil pero posible, puede salvar, Bogotá reúne las condiciones todas
para, una vez federalizada, ser la capital ideal de un pueblo como Colombia. Tiene el
clima, tiene la tradición de la conquista, la ilustración, el brillo intelectual; pero
los hijos del Cauca y de Boyacá son allí huéspedes. En la nación no hay un centro
nacional.
Lo repito; feliz Colombia si
consiguiera levantar su capital en las orillas del mar, el eterno vehículo de la
civilización, en vez de mantenerla perdida en la región de las nubes, sin contacto con
el mundo y sin acción directa con su progreso colectivo. Pero, en tanto que eso es
imposible y lo será por muchos años, necesario es que los colombianos se persuadan de la
necesidad de dar fuerza y cohesión al sentimiento nacional, de convertir esa especie de
liga que mi soplo puede hacer periclitar, en una agrupación humana compacta, con un
ideal, con una concepción idéntica del patriotismo. Tál ha sido la labor de los
argentinos en los últimos treinta años, y todos los hombres que han gobernado, surgiendo
de partidos diferentes, han seguido la misma senda. Ese progreso nacional, esa
obliteración de las pasiones localistas, antes tan vivaces, se ve claro y neto en el
abandono casi
completo que hemos hecho de la
denominación Confederación Argentina, para designar á nuestro país. Hoy
decimos República Argentina y muy pronto diremos, como yá lo hacen los chilenos y
peruanos, la Argentina, esto es, la unidad, la patria, el pueblo uno. El
sistema federal es excelente por su descentralización administrativa; por las facilidades
que da al progreso local, trazándole rutas en armonía con las condiciones propias del
clima, del carácter, de la tradición y de la costumbre; por la ponderación constante de
los poderes políticos, que la alternativa completa; pero entendido como en Colombia, no
tengo embarazo en declarar que es un germen de muerte. No, la federación no puede, no es,
no debe ser un contrato civil, susceptible de liquiclarse, como una so
ciedad comercial; no
es un tratado para cuya cesación basta la denuncia de una de las altas partes
contratantes, como en las prácticas internacionales; es un hecho, un hecho único y
solemne, emanado no yá de la voluntad de dos ó tres agrupaciones, sino de la del único
soberano, el pueblo....
Colombia, como la Argentina, se
regirá siempre por el sistema federal, porque así lo exige la naturaleza de las cosas;
pero sus esfuerzos deben tender sin descaso á combatir los excesos del sistema, á
habituar á sus hijos, para dar una forma concreta á mi pensamiento, á decir Colombia, en vez de Los Estados Unidos de Colombia.
La lectura de la Constitución
colombiana hace soñar. Nunca ha producido la mente humana una obra más idealmente
generosa. Todo cuanto los poetas y los filósofos, los publicistas y los tribunos han
ansiado para aumentar la libertad del hombre en sociedad, está allí conisignado y
amparado por la ley. No hay pena de muerte, y el término mayor de presidio á que los
jueces pueden condenar á un criminal es el de diez años. Derecho de reunión, absoluto,
y absoluta libertad de la palabra escrita y oral. Absoluto, ¿entendéis? Si mañana un
hombre me dice que yo, funcionario público ó general del ejército, he sustraído los
fondos de la caja ó vendido al enemigo el estado de las fuerzas nacionales; si en una
hoja suelta o en un diario se me acusa de haber asesinado á mi hermano ó de negar
alimento á mis hijos, la ley no me dá acción ninguna contra el que así me infama. No
hay ley de imprenta. Parece á primera vista inconcebible la posibilidad de la permanencia
de un estado semejante; pero el exceso ha llevado en sí mismo su propio remedio y puedo
asegurar hoy que la prensa de Colombia no es ni más ni menos culta que la de Francia, de
los Estados Unidos ó la nuéstra. El que escribe una línea sabe bien que el asunto no
irá á los tribunales, eternizándose en el procedimiento ó dando motivo ante el jurado
á interminables discursos retóricos; le consta que el damnificado se echará un re
vólver al bolsillo y
buscará el medio de hacerse justicia por su mano. Lejos de mí la idea de aplaudir
semejante sistema; constato simplemente el hecho de que el grave peso de la
responsabilidad individual ha generalizado la prudencia y la cultura.
¡Qué no dicen aquellos muros de
Bogotá! El obrero, el estudiamite, el cachifo de
media calle que tiene que vengarse del policiano, como el aspirante, del presidente ó de
un ministro, tienen en las paredes su premisa libre. A veces la ortografía pa
dece y en la forma de la
letra se descubre la ruda mano de un hombre del pueblo. Pero qué lujo de expresiones,
qué cantidad de insultos! El Presidente es ladrón, asesino, inmoral, cobarde, cuanto hay
en el mundo de detestable y bajo.... Al lado, un carbón no menos robusto y convencido
establece que el mismo funcionario es un dechado de virtudes. De tiempo en tiempo, los
policianos borran esas expresiones gráficas del ingenio popular, operación que no
da más resultado que preparar nuevamente los lienzos á los pintores anónimos. Nadie,
por otra parte, hace caso. ¿Acaso en París no atruenan por la noche en los boulevares una nube de muchachos que venden
boletines con la noticia del asesinato de Gambetta ó el accouchement de M. Grévy, como lo he oído
repetidas veces?
No es raro oír en Bogotá:
Fulano me ha
echado hoja. Es decir, fulano ha escrito contra mí una hoja
suelta, que ha hecho imprimir y fijar en las esquinas. Si contiene asuntos graves, el
procedimiento es terrible, como diré más adelante. Si no, el damnificado se contenta á
su vez con echarle hoja á su adversario, para
mayor contento de los impresores que realizan buenos beneficios y solaz de los vagos que
se pasan las muertas horas en las esquinas con la nariz al aire. La libertad de la palabra
no tiene limites y
en el parlamento mismo no tiene ni aun las
limitaciones económicas del reglamento. Las funciones del presidente se limitan á darla
al que la ha solicitado, á abriry cerrar la sesión, á firmar las actas y á hacer de
tiempo en tiempo desalojar la barra, prima hermana de la nuéstra. Por lo demás, es una
esfinge silenciosa que jamás desplega sus labios para llamar á la cuestión o al orden.
El colombiano es orador; la frase
sale elegante, con vida propia, llena de movimiento y garbo. En teatros más vastos,
Esguerra, Becerra, Galindo, Arosemena, tendrían una reputación universal. La fluidez, la
abundancia es inimitable; suben, se ciernen en las alturas de la elocuencia y allí se
mueven con la facilidad del águila en las nubes.... Puede concebirse el uso que harán
esos hombres para quienes hablar es una fruición, del derecho ilimitado de expresar sus
ideas. Más de una vez he asistido a seciones del Senado de Plenipotenciarios, he
oído durante tres horas
á un ciudadano que tenía la palabra, que quedaba con ella al levantarse la sesión, sín
poder darme cuenta del asunto que se discutía. Cada orador tiene el derecho, si así le
conviene, de relatar las campañas de Alejandro, á proposito del establecimiento de una
ferrería en Boyacá. Muchos lo hacen; se les oye con gusto, pero se deplora el tiempo
perdido para la tramitación de los asuntos de interés general.
La constatación de estos hechos y
las criticas que hago, inspiradas en mi educación cívica, tan distinta de la que impera
en Colombia, fueron más de una vez compartidas en Bogotá por hombres ¡lustrados que
veían con más claridad que yo los inconvenientes de esas prácticas viciosas.
Pero pongamos de lado esas
irregularidades que no són sino consecuencias extremas de ideas sanas y fecundas, y
podremos afirmar que pocos pueblos viven al amparo de instituciónes más liberales que
Colombia. El caudillaje militar ha muerto hace mucho tiempo; hay algo que recuerda los
tiempos libres de la Grecia en la práctica del Senado de elegir anualmente un número
determinado de ciudadanos militares ó no, de entre los que el Presidente debe nombrar los
generales necesarios para el comando del ejército. En una tierra donde de la noche á la
mañana un hombre es general, durante un año, los generales no tienen el prestigio que
puede convertirlos en una amenaza para las libertades públicas.
No faltan, por cierto, militares de
carrera, como los generales Trujillo, Salgar, Camargo, Sarmiento, etc., que han hecho sus
pruebas y que en la Presidencia han sido los primeros en respetar la Constitución; pero
va desapareciendo el general de barrio, el cacique de charreteras, que es un azote en las
otras secciones de la Amética.
Los dictadores gozan comúnmente de
mala salud en Colombia. Bolívar lo fue.... ó pretendió sérlo y aún se muestra en el
Palacio de Gobierno en Bogotá, el balcón por donde saltó escapando al grupo de jóvenes
que, fanáticos por la libertad como los romanos en tiempo de Bruto, creían acción santa
matar al tirano. Entre ellos estaba Florenitino González, cuyos restos reposan hoy en
suelo argentino. La intrepidez de la soberbia Manuela, la querida de Bolívar, cerrando
con su cuerpo el paso á los conjurados y las ideas caballerescas de éstos, que les
impedían matar á una mujer, salvaron la vida al libertador. Me figuro con repugnancia á
Bolívar saltando por el balcón y sobre todo, pasando la noche bajo el arco de aquel
puente raquítico, entre barro é inmundicias, para salir por la mañana, pálido,
desencajado y sucio.
Vale más la espléndida figura de
Pizarro, arrojando en su impaciencia la coraza cuyos broches no ajustan, para salir al
encuentro de sus asesinos, combatir hasta el último aliento y morir trazando en el suelo
la señal de la cruz con su propia sangre. Se trataba de la vida, que es cosa seria,
diréis. Es muy probable que cualquiera de nosotros, en caso semejante, se habría
felicitado de encontrar el puente salvador... Pero no somos Bolívar. Cuando se me vuela
el sombrero en la calle, corro tras él, como un simple M. Pickwick; ¿os figuráis á
Napoleón desalado tras su sombréro de dos picos que el viento arrebata y cubre de polvo?
El empleo de héroe tiene exigencias que es necesario respetar.
El segundo conato de dictadura en
Colombia fue el del general Melo, que sucumbió en breve ante los esfuerzos aunados de
liberales y conservadores, que es el rasgo más profundo de amor á la libertad que puede
encontrarse, conociendo las ideas de esos dos partidos extremos.
Las divisiones políticas
fundamentales de Colombia son hoy tres:conservadores, liberales é independientes. Los
últimos forman un partido nuevo, que pugna por crearse adeptos á favor de las ideas
sanas y moderadas que sostiene. Es indispensable olvidar la tradición de nuestros
partidos argentinos desde 1852 á la fecha, para formarse una idea exacta de los de
Colombia. Un demagogo de los nuestros pasa allí por un conservador, y un conservador
argentino es un comunista para los colombianos de ese tinte. No creo que hoy se encuentren
frente á frente, en parte alguna del mundo, principios más radicalmente opuestos,
opiniones más encontradas, creencias más antagónicas.
El partido conservador que estuvo en
el gobierno hasta 1860, siendo entonces derribado por una revolución liberal que conserva
hasta hoy el poder, cuenta en sus filas, según confesión de los mismos liberales, más
de las tres cuartas partes de la población de Colombia. ¿Por qué no ha triunfado en las
urnas ó, cuando el acceso á éstas le ha sido negado, en los campos de batalla donde
frecuentemente ha sido batido por las huestes liberales? Porque el exceso mismo de sus
ideas, que envuelven la negación más absoluta del progreso, les quita esa fuerza, ese
ímpetu que la violenta aspiración á la libertad, á la emancipación de la conciencia
humana comunica á sus adversarios. Se lee mal, cuando se lee de rodillas, ha
dicho Renán, refiriéndose á la interpretación de los textos bíblicos; se combate mal,
cuando se combate de rodillas, diremos á nuestro turno.
Los conservadores puros de Colombia
(y apelo á las declaraciones de sus hombres de letras, que son los más distinguidos del
país) parece que, como Luis xviii, no han aprendido ni olvidado nada. ... desde el siglo
xvi. Fanáticos, intransigentes en materia de religión, no ocultan en política su
preferencia por la monarquía y aun creo que no son muy ardientes partidarios de aquellas
que tienen por base el régimen parlamentario. Más de una vez he visto procesiones
insignificantes en Bogotá, á propósito de fiestas secundarias de la
Iglesia; el pendón era
siempre llevado por miembros conspicuos del partido conservador, por hombres cuyo apellido
no sólo recuerda las tradiciones de los buenos tiempos, sino que están vinculados á la
historia nacional, los Mallarino, los Arboleda, etc. Para ellos la palabra pública es una
sentencia que no puede ni debe cambiar el tiempo:
:fuera de la Iglesia, no hay
salvación. Viven en el seno de la Iglesia, que costean noblemente con sus
sacrificios, que honran con el cumplimiento de las prácticas religiosas, pudiendo estar
legítimamente orgullosos del clero colombiano que es puro, ilustrado, y digno en su
difícil situación.
¿ Conservaría el partido
conservador sus ideas actuales si llegase á gobernar? El poder es una experiencia
peligrosa para la lógica de los principios. Péro la oposición tiene también el
inconveniente de presentar un plano inclinado por el que éstos se deslizan
insensiblemente. Las exigencias de la polémica, el talento desplegado por una y otra
parte en Colombia, la buena fe recíproca, han llevado á conservadores y liberales á
aceptar las consecuencias más forzadas de sus sistemas y á hacer, declaraciones que
envuelven de ambos lados, las unas por su absolutismo, las otras por su tendencia
anárquica, la negación más completa de los buenos principios de gobierno que imperan
hoy en el mundo civilizado.
Empujados por la gravitación
conservadora que
se hunde en el pasado, los liberales
se lanzan al porvenir con una vehemencia terrible. No contentos con la separación de la
Iglesia y del Estado, que á mi juicio es un
beneficio
para el Estado y para la Iglesia, la mayor parte son individualmente ateos. Más de una
vez he constatado con asombro y tristeza los extremos á que los ha conducido la lógica
implacable de sus adversarios y que ellos han aceptado con lealtad y entereza. En un
exámen, en un colegio de niñas, uno de los
examinadores hacía hablar á una adorable criatura de quince años, de cuyos labios
rosados veía asombrado escaparse, en vez de risas ó canciones, las severas palabras de
la ciencia. Aquella niña hizo la apología del tiranicidio. Para ella, un tirano no era
un hombre, ni el asesinado de esa entidad fatal constituía un crimen. Que el alma pura de
Schiller justifique á Guillermo Tell en nombre de la dignidad humana; que nuestros
padres, bajo el colmo del dolor y la vergüenza hayan pensado y escrito que
"matar á Rosas es acción santa, puede explicarse; pero que fría y
dogmáticamente se enseñe en las escuelas que el asesinato puede alguna vez merecer
encomio sobre la tierra.... no! Creo tener ideas tan liberales como cualquier hombre que
aspire á la emancipación completa del pensamiento humano y á la ilimitada libertad de
la conciencia; pero la reflexión y los años me van enseñando que hay para las
sociedades barreras peligrosas de ul
trapasar, que hay necesidad
para el hogar de algo más elevado que nuestras tristes combinaciones humanas, que el
tiempo arrastra como hojas secas, para dar lugar á nuevos artificios igualmente
deleznables. La conciencia humana tiene en su seno fecundo, perdones generosos para
aquellos que, empujados por una exáltación irresistible, como Bruto, enloquecidos por
una pasión tiránica como el matador de Gustavo III, ó cediendo á una inspiración de
supremo cariño por la raza humana, como Carlota Corday, han trasgredido la ley eterna que
imponé el grave respeto de la vida. ¿Cuál de nosotros puede responder que no se
levantará su brazo armado contra el miserable que lacera el seno de la patria, que la
deshonra y la vilipendia? Pero á la faz de los cielos llenos de luz, al am
paro de la paz y la
libertad, con un porvenir de progreso y tranquilidad ante los ojos, ir á la escuela á
enseñar á la virgen que bebe allí las ideas que más tarde trasmitirá á sus hijos,
que el asesinato político es, en ciertos casos, una acción legítima. .. una vez más,
no!
En el centro de ese campo donde
combaten huestes tan opuestas, los independientes, antiguos liberales, se han segregado de
la masa, procurándo encontrar, al abrigo de la moderación de las ideas, un modus vivendi razonable para la colectividad. De un
liberalismo templado, manifiestan públicamente un serio respeto por la religión,
y en
materia política trabajan por introducir cierta reglamentación indispensable para hacer
fecundas las libertades y derechos garantizados por la Constitución. Pero por el
momento, el partido independiente no sólo es poco numeroso en Colombia, sino que carece
de autoridad moral, á pesar de las condiciones realmente distinguidas de algunos de sus
miembros. Partido nuevo, ha tenido que echar mano de todos: los elementos que se le
ofrecían; cuando se busca la cantidad, la percepción de la calidad se embota.
Frecuentemente, al contemplar la lucha
de esas tres entidades, me ha venido á la memoria la Asamblea Legislativa francesa en
1790;
de
un lado, la intransigencia del antiguo régimen, los restos del feudalismo señorial y
eclesiástico, representado por la alta nobleza y el clero de casta; enfrente, el grupo de
los innovadores, con los terribles cuadernos de quejas en las manos, el espíritu nutrido
de Rousseau, grupo encarnado en esos oscuros abogados de provincia, sin la menor noción
de gobierno y con la misión única y fatal de derribar. En el centro, Mirabeau, Barnave,
los Lameth, Lafayette, LallyTolendal... queriendo unir en un abrazo de conciliación
el pasado y el porvenir, regenerar la monarquía por medio de la libertad, ponderar la
libertad por medio de la institución monárquica. ...
¿No es acaso ese juego de los
partidos colom
bianos la marcha constante de las
sociedades humanas hacia el progreso y no está revelando la existencia de un pueblo libre
y enérgico en la defensa de sus derechos?
Espero que estas líneas escritas
por un extranjero que ama á Colombia como á ningún pueblo de la tierra, después de su
patria, sean consideradas por los colombianos como un juicio imparcial que puede ser
erróneo, pero leal.
CONTINUAR
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