NOTAS DE VIAJE SOBRE VENEZUELA Y COLOMBIA
Miguel Cané
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CAPITULO VI

LAS ULTIMAS JORNADAS

 

El Hotel del Valle—-De Guaduas á Villeta—Ruda jornada—La mula—El hotel de Villeta—Hospitalidad cariñosa—--Parlamento con un indio-—Consigo un caballo—Chimbe—La eterna ascensión——Un recuerdo de Schiller——El frío avanza—Despedida—Un recuerdo al que partió—-Agualarga -La calzada—El Alto del Roble—La Sabana de Bogotá— Manzanos——Facatativá—-En Bogotá.

 

No fue poco trabajo por la mañana reunir todos los elementos de viaje, desde las mulas hasta los indios portadores. Pero no nos dábamos prisa, porque habíamos resuelto hacer ese día una jornada corta, para dar descanso á las señoras y á los niños. No me olvidaré de una niñita de siete años, de Panamá, que un caballero llevaba á Bogotá para entregarla á sus padres. Silenciosa, sonriendo siempre, trepadita en una mula caprichosa, hizo toda la marcha sin manifestar el menor cansancio. En la cabeza sólo Llevaba un sombrerito de paja, de alas estrechas. En los duros momentos del medio día, cuando el sol caía á plomo, abrasándome el cráneo protegido por el helmuth, solía acercarme á ella. ‘‘¿Qué tal vamos, amiguita?—Muy bien, señor.—¿No está cansada, no quiere un quita-sol? —No, señor; gracias. La mulita tiene buen paso. Y yo veía la pobre criatura sacudirse sobre la silla á impulso del endemoniado trote mular! Pueden las desventuras de la vida caer sobre esa niña, me decía á mí mismo; encontrarán con quién hablar.

Fue á la salida de El Consuelo donde nos apercibímos del sitio en que nos encontrabamos y de su estupenda belleza. Nuestro albergue nocturno estaba situado en la cúspide de la primera cadená nontañosa que hay que atravesar para llegar á Bogota. A todos lados, valles profundos cuyo fondo se entreveia á través de la bruma flotante que se columpiaba á nuestros pies. A la espalda, la cinta ancha y brillante del Magdalena, extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba; al frente, una serie de montañas imponentes y sombrías. Cuántas veces, al traspasar esos cerros monumentales y al aparecer á lo lejos otros más altos aún, miraba á mi mula, cuyas orejas batían monótonas y cadenciosas, preguntándome si esa tortuga me llevaría á la región de las águilas!

La marcha era lenta, porque no podíamos desprender nuestras miradas de la vegetación soberana que se levantaba como una sinfonía poderosa en la falda de la montaña. ¿Qué árboles eran aquellos? ¿Qué nombres llevan en la clasificación de Linneo esas infinitas fibrillas que entrelazan sus troncos, defendiéndolos del sol y conservándoles una atmósfera de eterna frescura? ¿ Cómo nombrar esas mil flores, ostentando los colores del iris, que se inclinan sobre la senda estrecha y mecen sus racimos sobre la frente del viajero? No lo sabía, no quería saberlo, nó lo sabré nunca. ¿Se necesita acaso conocer las leyes físicas que determinan la tempestad para gozar de su aspecto soberbio? Aquello era una mezcla de la violenta vegetación alpina y de la lujosa florescencia tropical. Costeábamos la montaña por una estrecha senda practicada en su flanco. A la izquierda, el abismo, adivinado por la razón más que visto por los ojos, Los árboles que arraigaban sus troncos allá en el perdido fondo, levantaban sus copas hasta nosotros, las confundían y formaban un amplio toldo unido é impenetrable. De pronto una cascada juguetona bajaba de la montaña é iba á alimentar el hilo de agua imperceptible que serpeaba en el valle. Esa sección del camino es tal vez la más cómoda; salvo unas cuantas pendientes sumamente inclinadas y que fatigan en extremo por la penosa posición que hay que conservar sobre la mula, la mayor parte de la ruta está bien conservada. Desde las once de la mañana, el sol comenzó á molestarnos vivamente; las bestias se tornan reacias, la vista se fatiga con la lejana y constante reververación y una sed implacable empieza á devorarnos. Nos acercámos á una ó dos chozas encontradas en el tránsito; pero las buenas mujeres que las ocupaban nos invitaron á no tomar el agua que pedíamos y que nos sería nociva. Fue entonces cuando acudimos al guarapo, el jugo de la caña ligeramente fermentado, que constituye una bebida sana y fortificante.

A la una y media de la tarde estuvimos en la cumbre de una montaña que trepábamos desde temprano y que nos parecía inacabable. Desde allí dominábamos el precioso valle de Guaduas (cañas), el más pintoresco de los que he encontrado en mi camino y en cuyo centro brilla en su blancura la aldea que lleva su nombre. Es esa una de las regiones más privilegiadas de Colombia para el cultivo del café, cuyo grano rojo, destacándose de entre el verde follaje de los extensos cafetales que nos rodeaban, daba animación al paisaje. El café de Guaduas, como el de otros puntos en Colombia, igualmente reputados, es infinitamente superior á las marcas mejor cotizadas en el comercio. Lo distingue, como al Yungas, un sabor incomparable, aunque no tiene el perfume sin igual del Moka. Creo que una mezcla de tres partes de Guaduas y una de Moka, haría una bebida capaz de estremecer al viejo Voltaire en su tumba.

Otra particularidad del valle, son las cañas que le han dado el nombre. Algunas alcanzan á muchos metros de altura, con un diámetro de 20 á 25 centímetros. Los indios las emplean, por su resistencia y poco peso, para hacer las parihuelas en que trasportan á hombro todo aquello que no puede ser conducido por una mula, como pianos, espejos, maquinarias, muebles, etc.

Vamos encontrando á cada paso caravanas de indios portadores, conduciendo el eterno piano. Rara es la casa de Bogotá que no lo tiene, aun las más humildes. Las familias hacen sacrificios de todo género para comprar el instrumento que les cuesta tres veces más que en toda otra parte del mundo. Figuraos el recargo de flete que pesa sobre un piano; trasporte de la fábrica á Saint—Nazaire, de allí á Barranquilla, veinte ó treinta días; de allí á Honda, quince ó veinte, si el Magdalena lo permite; luégo, ocho ó diez hombres para llevarlo á hombro durante dos ó tres semanas! Encorvados, sudorosos, apoyándose en los grandes bastones que les sirven para sostener el piano en sus momentos de descanso, esos pobres indios trepan declives de una inclinación casi imposible para la mula. En esos casos, el peso cae sobre los cuatro de atrás, que es necesario relevar cada cinco minutos. A veces las fuerzas se agotan, el piano viene  al suelo y queda en medio del camino. Así hemos encontrado calderas para motores fijos, muebles pesados, etc. Nadie los toca y no hay ejemplo de que se haya perdido uno solo de esos depósitos entregados á la buena fe general.

Muchas veces oíamos el grito gutural de un conductor de cerdos que empujaba su piara hacia delante, Con todos trababa conversación; rasgo curioso: van generalmente descalzos, pero llevan en la cintura, á guisa de puñal, un par de alpargatas nuevecitas. A más, al flanco, la eterna peinilla, el facón de nuestros gauchos, hoja larga, chata y afilada. El aspecto de esos hombres, cubiertos de polvo Y sudor, medio desnudos, desgreñados, enronquecidos por la producción continua de un grito gutural, áspero é intenso, es realmente salvaje. Son humildes y pacientes. " Buen día, amigo.—Buenos días, su merced. —¿ De qué parte viene?—Del Tolima (ó de Antioquia)—¿Cuántos días trae de viaje? —Treinta (ó cuarenta)— ¿ Por dónde pasó el Magdalena?--Frente á Ambalena (ó á Nare).—— Etc., etc. Nunca dejan de pedir el cuartillo que una vez en su poder, se convierte inmediatamente en chicha ó guarapo, sobre todo en chicha (el azote de Colombia), en la próxima parada.

Se encuentran á centenares indias encorvadas bajo el peso y el volumen de las ollas, cántaros, hornallas, etc., de barro cocido que llevan á la espalda; vienen solas, de más lejos aún que los porqueros y después de dos ó tres meses de marcha, vuelven á su pueblo con un beneficio de un par de pesos fuertes! Pueblo rudo, trabajador, paciente, con aquel fatalismo indio, más intenso y callado que el árabe, será un elemento de rapido progreso para Colombia el día en que se implanten en su suelo las industrias europeas. Pero ante todo, hay que desarraigar en los indios el hábito de la chicha, funesta fermentación del maíz, cuyo uso constante acaba por atrofiar el cerebro. En Bogotá he notado con asombro la viveza chispeante de los cachifos de la calle (pilluelos), cuyas respuestas en nada desmerecerían de las ocurrencias de un gamín del boulevard. Entretanto, los indios adultos tienen la fisonomía muerta y el espíritu embotado. Los estragos de la chicha son terribles, sobre todo en las mujeres, aglomeradas siempre en las puertas de los inmundos almacenes donde se expende la bebida fatal. Abotagadas, sucias, vacilantes en la marcha, hasta las más jóvenes presentan el aspecto de una decrepitud prematura. El ajenjo, veneno lento, da por lo menos cierta excitación artificial; la chicha embrutece como el opio...

   Hénos, por fin, en el bonito Hotel del Valle, situado á la entrada del pueblo de Guaduas y único albergue decente en todo el camino de Honda á Bogotá. Hay, sin embargo, muncha gente y es necesario contentarse con poco. Allí pasámos todo ese día, porque resueltamente había decidio no separarme de mis compañeros de viaje. Yá somos buenos amigos con Mimi y Dizzy y little Georgy empieza á tenderme los bracitos.

La tercera jornada, que emprendemos como siempre á las ocho de la mañana, habiéndonos dado cita para las seis, será también muy corta, pues pensámos detenernos en Villeta, adonde lle garemos á las tres de la tarde. Fue, sin embargo, sumamente dura, porque la temperatura, que en Guaduas era deliciosa, se elevaba constantemente á medida que descendíamos al fondo de embudo en que está situada Villeta. Ese descenso interminable, por un camino que la calzada de piedra destruída hace imposible; el sol, que caía á plomo; la mula cansada, afirmando el pie lentamente en las puntas de los guijarros sueltos, todo empezaba á darnos fiebre. Además, veíamos á Villeta allí en el fondo, casi al alcance de la mano, tál era el efecto de perspectiva y marchábamos, marchábamos tras la aldea que parecía alejarse á medida que avanzábamos.

Como la senda es estrecha, no hay ni aun el recurso de la conversación, pues es necesario marchar uno á uno. Tan pronto atrás, tan pronto adelante, en todas partes mal. En el momento en que escribo estas lineas, aunque bien lejos de mi tierra, no veo yá mulas en el porvenir de mi vida. Sólo el cielo sabe las peregrinaciones que aún me esperan, pero no será jamás por un acto espontáneo de mi voluntad como volveré á treparme en una mula. Cada vez que en mis largos viajes de ferrocarril, cuando después de veinte ó treinta horas de inmovilidad, no se tiene yá postura, entra en mi espíritu aquel mal humor que todos conocen, no tengo más que acordarme de la mula... para sentirme fresco, alegre y dispuesto. La que yo llev aba en ese momento era detestable, reacia, lerda, con una cojera endemoniada, y á más, con una costumbre de las más amenas. Como la senda es estrecha, según he dicho, cada vez que viene en dirección contraria una recua de mulas cargadas, hay que tomar precauciones infinitas á fin de no destrozarse las rodillas contra los costales ó no ir á dar al abismo. Pues mi mula tenía la manía de acercarse, de estrecharse contra todos los congéneres que encontraba á su paso. No le escaseaba reprimendas; pero la víctima era yo, que tenía piernas y brazos dislocados. Las mulas de carga, rendidas por una ascensión penosa, se echan al suelo inmediatamente que los arrieros, que las guían á pie y á gritos, dan la voz de alto. Así, cuando mi amigo el poeta chileno Soffia, que representa á su país en Colombia, llegó á Honda, visto su volúmen considerable y para mayor seguridad, se le dio una robusta mula de carga, que, sin el menor discernimiento entre una cajón de loza y un diplomático, se echaba al suelo en el acto que el jinete la detenía, lo que no contribía, para éste, á aumentar los encantos del viaje.

Las autoridades locales de Villeta, con algunos amables vecinos que se habían unido, salieron á recibirnos y á conducirnos al hotel. ¡Al hotell Un bogotano se pone pálido al oír mencionar el hotel de Villeta: ¡qué sería de nosotros cuando contempláramos la realidad! Felizmente para mí, se me avi só que un amigo me había hecho preparar alojamiento en una casa particular. Fui allí y recibí la más cariñosa acogida de parte de la señora Mouree, que, junto con las aguas termales y un inmenso árbol de la plaza, constituye lo único bueno que hay en Villeta, según aseguran las malas lenguas de Bogotá. ¡Qué delicioso me pareció aquel cuartito, limpio como un ampo, sereno, silencioso! Había una cama!! Una cama, con almohada, sábanas y cobijas! Hacía un mes que no conocía ese lujo asiático. La dulce anciana cariñosa, rodeándome de todas las imaginables atenciones, me traía á la memoria el hogar lejano y otra cabeza blanqueada como la suya, haciendo el bien sobre la tierra.

Cuando á la mañana siguiente llegué al hotel, fresco, bañado, rozagante, mi colega inglés me miró con unos ojos feroces. Habían pasado una noche infernal, compartiendo las camas (?) con una cantidad tál de bichos desconocidos que las dos ó tres cajas de polvo insecticida que habían esparcido por precaución, sólo habían servido para abrirles el apetito!

Partí adelante solo, para hacer preparar el almuerzo en Chimhe. A la hora de camino,  la mula se me cansó definitivamente; ni la espuela ni el látigo éran suficientes. Me encontraba aislado, en un terreno desconocido, al pie de una cuesta dé una inclinación absurda. ¿Qué hacer? Busqué la sombra de un árbol, me tendí, encendí filosófica mente un cigarro y esperé, mientras los grillos cantaban á mi alrededor y el sol se levantaba ardiente como una ascua en un cielo de una pureza profunda. Un cuarto de hora después, algunas piedras pequeñas que rodaban me indicaron que alguien bajaba la cuesta. No tardó en aparecer un indio montado en un caballito alazán, flaco, pero de piernas delgadas y nerviosas. Me paré en medio del camino y á veinte pasos mi hombre se detuvo intrigado sin duda por mi traje exótico en aquellos parajes. Aún no llevaba el traje colombiano de viaje, que más tarde adopté por su comodidad. Un casco de los que los oficiales ingleses usan en la India, un poncho largo de guanaco (el cariñoso compañero que me acompañó de Mendoza á Chile y que hoy ha descendido á las humildes funciones de couvrepied en los ferrocarriles y unas botas granaderas constituían mí toilette del momento. El indio abrió tamaños ojos cuando oyó salir del fondo de aquella aparición una voz que hablaba español con claridad bastan te para hacerle comprender que mi modesto deseo era cambiar mi mula cansada por su caballo fresco. No sé si habría llegado hasta el crimen si aquel hombre se resiste; pero por lo menos estaba dispuesto á todos los sacrificios. El indio meditó largamente, echó pie á tierra, hizo un trueque de monturas y me encargó que entregara el caballo á fulano, en Agualarga. Mi criado, que venia atrás, al pie de la mula que montaba á una de las niñitas, se emcargaría de mi exhausta montura.—" Ahora, amigo, arreglemos el alquiler.” — Daba vueltas el sombrero de paja, sacaba y volvía á meter en la cintura el inevitable par de alpargatas nuevas, me hablaba largamente de las condiciones de su alazán, que tenía galope, cosa rara en los caballos de montaña, etc. Por fin reventó: quería tres pesos fuertes! Oh indio ingenuo, descendiente del que daba al español un puñado de oro por una cuenta de vidrio! Fue magnánimo y le di cinco, lo que me valió algunos consejos sobre la manera de acelerar la marcha del alazán.

Por fin llegué á Chimbe, después de traspasar montañas y montañas. Cuando, vencida una cumbre, se me presentaba otra más elevada aún, solía detenerme y preguntarme si no era juguete de alguna mistificación colosal. ¿Adónde voy? ¿Cómo es posible que allá, tras esos cerros gigantes, en esas cimas que se pierden en las nubes, habite un pueblo, exista una ciudad, una sociedad civilizada? Sólo me rendía ante el piano eterno que pasaba á mi lado sobre el hombro dolorido de diez indios jadeantes. Arriba, pues. No sé si á alguno de los hijos de Buenos Aires, nacidos y educados con el espectáculo de la pampa siempre abierta, ha ocurrido en su primer viaje en paises montañosos el mismo fenómeno que á mí, esto es serme necesario un esfuerzo para persuadirme de que en los estrechos valles, en las cuestas inclinadas, vive un pueblo, de hábitos sedentarios y con un organismo social análogo al nuéstro. Recuerdo que viajando en Suiza, por primera vez (venía de las llanuras lombardas), me preguntaba cómo los hombres podían apegarse á las rocas frías y estériles tan rebeldes á la labor humana, en vez de ir á sentar sus reales en las tierras fecundas y generosas, donde la azada se pierde sin esfuerzo. Esa misma noche, Schiller me contestaba en este diálogo admirable entre Tell y su hijo:

“WALTHER, mostrando el Bannberg. Padre, ¿es cierto que sobre esta montaña los árboles sangran cuando se les hiere con el hacha?

TELL. ¿Quién te ha dicho eso, niño?

WALTHER. El pastor cuenta que hay una magia en esos árboles y que cuando un hombre los ha maltratado, su mano sale de la fosa después de su muerte.

TELL. Hay una magia en esos árboles, es cierto. ¿Ves allá á lo lejos esas altas montañas cuya punta blanca se levanta hasta el cielo?

WALTHER. Son los nevados que durante la noche resunenan como el trueno y de donde caen las avalanchas.

TELL. Si, hijo mío; hace mucho tiempo que las avalanchas habrían enterrado la aldea de Altdorf, si la selva que está ahí arriba de nosotros no le sirviera de baluarte.

WALTHER, después de un momento dc reflexión. Padre, ¿hay comarcas dondee no se ven montañas?

TELL. Cuando se desciende de nuestras montañas y se va siempre hacia abajo siguiendo el curso del río, se llega á una vasta comarca abierta, donde los torrentes no espuman, donde los ríos corren lentos y tranquilos. Allí, de todos lados, el trigo crece libremente en bellas llanuras y el país es como un jardín.

WALTHER. Y bien, padre mío, ¿por qué no descendemos aprisa hacia ese bello país, en vez de vivir aquí en el tormento y la ansiedad?

TELL. Ese país es bueno y bello como el cielo, pero los que lo cultivan no gozan de la cosecha que han sembrado!” (1)

Y Tell explica á su hijo lo que es la libertad. No falta, por cierto, en Colombia.

¡Cómo comprendo hoy el afecto tenaz y duro de los montañeses por su patria! Hay allí indudablemente una comunidad más íntima y constante entre el hombre y la naturaleza, que en nuestras pampas dilatadas, solemnes y monótonas, llenas de vigor al alba, deslumbrantes al medio día, tristes al caer la tarde, jamás íntimas y comunicativas. La montaña suele sonreír y consolar; la pampa llora con nosotros, pero llora como por un dolor gigante y solemne, por encima de   nuestras pequeñeces humanas. La montaña es forma, es color; da el placer de la pintura, la estatuaria ó la arquitectura, concreto siempre; la pampa empapa el alma en la sensación vaga y profunda de la música, infinita, pero informe! ... También se ama la llanura, también en ella, oh poeta, echa su raíz vivaz y vigorosa el árbol de la libertad!...

Chimbe es un punto del camino donde se levantan dos ó tres casas, en una de las cuales hay algo á manera de hostería, en   la que, después de un largo parlamento con la dueña, se obtiene un almuerzo compuesto de un caldo con papas, las papas duras y el caldo flaco, seguido por un trozo de carne salada, el trozo chico y la carne paquidérmica. Es otra de las regiones privilegiadas para el café. La temperatura, determinada no yá por la latitud, sino por la elevación, empieza á variar; la traspiración se detiene, ráfagas frescas comienzan á acariciar el rostto y la presión atmosférica, haciéndose más leve, dificulta un tanto la respiración para el pulmón habituado al aire compacto de la tierra caliente.

Allí me despedí de la familia de mi colega el ministro inglés, que pensaba pasar la noche algo más adelante, en Agualarga, mientras yo, gracias á mi alazán, tenía la esperanza de arribar á la sabana, avanzarme hasta Facatativá y tomar allí   carruaje, que, según mis cálculos, me estaría esperando desde la víspera.

Nunca hubiera sospechado que aquel hombre robusto á quien estrechaba la mano con cariño y que me contestaba lleno de gratitud, sucumbiría tres meses después, casi en mis brazos, derribado por un soplo helado que fue á paralizar la vida en sus pulmones. No me olvidaré jamás de la profunda y callada desesperación de aquella mujer joven, bella y elegante, que se había sacrificado buscando un avance en la carrera de su marido, sola, rodeada de sus hijitos, en el punto más lejano casi del mundo, emprendiendo la triste ruta del regreso, mientras el cuerpo del compañero dormía el sueño de la muerte allá en la remota altura! Teníamos el alma sombría delante de aquel cadáver, pensando cada uno en la patria, en el hogar tan lejos y en las vicisitudes de esta carrera  vagabunda.... Reposa el amigo en el seno de un pueblo hospitalario que mezcló sus lágrimas á las de los suyos, y según la bella frase de Soffia, el mismo cielo que habría cubierto sus restos en suelo inglés, los cubre en tierra colombiana!

  Emprendí ha marcha llevando conmigo un muchacho montado, pues en Chimbe despedí al mozo de pie, cuya utilidad durante el viaje me había sido sumamente problemática. Los equipajes iban adelante y según mi cálculo, debían yá encontrarse en Bogotá. Sólo llevaba una valija con mis papeles y valores.

El camino ascendente hasta Agualarga es encantador; mi alazán marchaba noblemente, trepando con la seguridad de la mula, pero sin su andar infernal. Serían las cuatro de la tarde cuando llegué á Agualarga, punto de donde párte una excelente calzada hasta la sabana, transitable aun para carruajes. Como no encontrara allí ni noticias del mío, ordené á mi infantil escudero siguiera adelante, para esperarme en Los Manzanos, primer punto de la sabana, mientras yo conversaba un rato con algunos distinguidos caballeros de la localidad que habian venido á saludarme.

Cuando seguí viaje, sentía un frío intenso. Agualarga tiene reputación de ser el sitio más glacial de la montaña. La altura contribuye mucho, pero sobre todo su exposición á los vientos que entran silbando por dos o tres aberturas de los cerros circunvecinos. Con qué placer lancé mi caballo al galope por la extensa calzada! Es una fruición sin igual para el que viene deshecho por el paso de la mula. Pero, una hora después, ni sombra de mi muchacho, al que hacia mucho tiempo debía haber alcanzado. ¿Se ¡o había tragado la tierra? No me convenia, porque llevaba todo lo que me interesaba. Desanduve mi camino, pregunté en todas partes; nadie lo había visto; realmente inquieto, me detuve á meditar sobre el partido que me quedaba, cuando un indio pasante me sugirió la probabilidad de que el cachifo hubiera tomado el camino de abajo, que acortaba mucho la distancia. Tranquilo, continué. Subía, subía constantemente, y de nuevo me preguntaba cuándo concluiría aquella ascension interninable, donde se encontraba la tierra prometida. La naturaleza había variado y ahora se extendian á mi vista extensos y frondosos bosques de variados pinos. Al frente, altos picos inaccesibles. ¿Habría también que traspasarlos? De pronto, un grito de asombro se me escapó del pecho. Al doblar un recodo, una ancha lll anura, plana, bañada por el sol, se dilató ante mis ojos. Estaba en el Alto del Roble, la soberbia puerta que da ingreso á la sabana de Bogotá. Miraba á mi espalda y veía escalonarse á lo lejos la serie de montañas que había traspasado para llegar á aquella altura: estaba á 2,700 metros sobre el mar!

¿Qué capricho de la naturaleza tendió esa pampa en las cumbres? ¡Cómo ve el ojo más ignorante que aquello debió ser en los tiempos primitivos el lecho de un inmenso lago superior! La impresión es profunda por el contraste; en vano viene el espiritu preparado, el hecho ultrapasa toda expectativa.

   La sabana presenta á la entrada el aspecto de una inmensa circunferencia limitada por una cadena circular de cerros de poca elevación. Es una planicie sin atractivos pintorescos, y al entrar á ella es necesario despedirse de las vistas encantadas que he dejadó atrás.

En Los Manzanos, al acercarme al hotel para averiguar algo de mí carruaje, vi... mis pobres equipajes abandonados bajo un corredor! Me fueron necesarios algo más que ruegos para determinar á los arrieros á conducirlos hasta la próxima aldea de Facatativá, á la que llegué tarde yá, encontrando en la puerta del hotel al secretario, quien á pesar de sus dos días de avance, no había conseguido aún el carruaje para llegar á Bogotá. Pasámos allí la noche en un detestable hotel, frío como una tumba, y al día siguiente, después de cinco horas de marcha en la sabana, entrámos por fin á la capital de los Estados Unidos de Colombia.

Era el 13 de enero de 1882 y hacía justo un mes que nos habíamos puesto en viaje de Caracas!

De Viena á París se va en 28 horas! Verdad que cuando yo tenia diez años, empleaba con mi familia un día en hacer las dos leguas de pantanos quc separaban á Flores de Buenos Aires. También... empieza á hacer rato que yo tenía diez años!

 

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INDICE

(1)   SCHILLER, Guillermo Tell, acto III, esc.III. (regresar a 1)